El Sembrador

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del Domingo XV del T.O. "Con la parábola de la semilla, Jesús nos invita a examinar la clase de terreno que somos". Acceda AQUÍ.

La Misa: 1° Parte - La Cena Pascual Judía

La Misa se encuentra en el centro de la vida del cristiano, estas publicaciones que iniciamos del P. Rodrigo Sánchez Arjona, S.J., nos mostrarán que la Misa siempre ha sido popular, porque estuvo de continuo en el corazón del la Iglesia. En esta primera entrega iremos a sus raíces en la Cena Pascual Judía. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 26º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - Es Católica

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa compartiendo sus temas sobre las propiedades de la Iglesia, en esta entrega nos comenta sobre la universalidad de la Iglesia. Acceda AQUÍ.

¿Qué es el Año Litúrgico? - 1° Parte

Iniciamos una serie de publicaciones del P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. sobre el Año Litúrgico. Creemos que todos los católicos debemos tener una iniciación elemental al Año Litúrgico y estamos seguros que estas publicaciones nos ayudarán para tal fin. Acceda AQUÍ.

Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 3° Parte: Sus orígenes

Continuamos publicando este escrito del P. Rubén Vargas Ugarte, S.J. en esta oportunidad compartimos los ejemplos de devoción del dominico Fray Diego de Hojeda, del venerable jesuita P. Juan de Alloza S.J., del venerable jesuita P. Francisco Del Castillo S.J. y de la venerable madre mercedaria Paula de Jesús Nazareno. Acceda AQUÍ 

Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Introducción

Carta que la Congregación envía con el objetivo de promover la adoración eucarística para la santificación de los sacerdotes y la maternidad espiritual. En esta primera parte compartimos a manera de introducción la Carta escrita por el Prefecto Cláudio Card. Hummes. Acceda AQUÍ.

Catequesis del papa Francisco

Compartimos los mensajes del Papa a través sus diferentes actividades. Acceda a través de los siguientes enlaces:
07/07/14 - Homilía: Misa con víctimas de abusos sexuales por parte del clero
Visita Pastoral a las Diócesis de Campobasso-Boiano e Isernia-Venafro:
05/07/14 - Discurso: Encuentro con los reclusos
05/07/14 - Discurso: Convocación del Año Jubilar Celestiniano
05/07/14 - Discurso: Encuentro con el mundo laboral y de la industria
Catequesis:
25/06/14 - Audiencia: La Iglesia: 2° Parte - Pertenencia a la Iglesia
18/06/14 - Audiencia: La Iglesia: 1° Parte - La Iglesia somos todos

La Iglesia - 26º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - Es Católica

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


27.3 LA IGLESIA ES CATÓLICA

La palabra "Católica" viene del griego: "katolike" = “universal”. Esta prerrogativa de la Iglesia, como la unidad y la santidad, nace también de la esencia misma de la Iglesia.
         
La Iglesia se llama "Católica", por la universalidad de su misión salvífica. Cristo dijo a sus Apóstoles: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes...", Mt 28, 19. Es decir, les envía por todo el orbe a comunicar la "buena nueva", o el evangelio de Cristo como Salvador de todo el género humano.
         
Hay que distinguir entre la catolicidad "virtual", es decir, el de­recho y la potencia espiritual difundirse por todo el mundo, y la catolicidad "actual", que es la difusión efectiva por toda la tie­rra. La catolicidad virtual fue desde el principio una nota distin­tiva de la Iglesia; la catolicidad actual, como es natural, no pudo alcanzarse hasta pasado un período largo de tiempo desde el punto de vista del desarrollo histórico.
         
La catolicidad actual puede ser a su vez : "física" o "moral". "Física", según que comprenda a todos los pueblos de la tierra. Moral, o solamente a la mayor parte de los mismos. La catolicidad supone previamente la unidad de la Iglesia.
         
El Magisterio de la Iglesia enseña : "La Iglesia fundada por Cristo es católica", (de fe). La fundamentación bíblica de la catolicidad de la Iglesia, está ya implícita en las profecías mesiánicas del A T, en la que se predice la catolicidad como propiedad distintiva del Reino mesiánico. Mien­tras que el Reino de Dios en el A T, se limitaba al pueblo de Israel, el futuro reino mesiánico abarcar a todos los pueblos de la tierra, Gen 22, 18: "En tu simiente serán bendecidos todos los pueblos de la tierra". Gen 12, 3; Is 2, 2; Ez 17, 22-24; Mal 1, 11.
         
Cristo quiso que su Iglesia fuera universal y abrazara a todos los pueblos. Jesús proclamó su universalismo salvífico, tan amplio como el propio mundo : "Será predicado este evangelio del reino de Dios en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces ­vendrá el fin", Mt 24, 14; Lc 24, 47. "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra", Hech 1, 8.
         
De la catolicidad de la Iglesia nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles. Cuando describe la actividad misionera de los prime­ros cristianos en Judea, Samaria y en Antioquía, donde fueron llamados por primera vez los discípulos de Jesús : "cristianos".  S. Pablo fue el modelo de apostolado universal. Sus viajes apostólicos nos hablan de la universalidad del evangelio al ser predicado éste entre los gentiles. Por eso, cuando S. Pablo invita a los cristianos a una ora­ción católica y proclama que existe en Dios una voluntad universal de salvación, justifica su afirmación por la unicidad de Dios y de su mediador: 1 Tim 2, 1-5, dice : "Ante todo recomiendo que se hagan ple­garias, oraciones y súplicas y acciones de gracias por todos los hombres por los reyes y por los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila, y apacible, con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro .Salvador, que quiere que to­dos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la ver­dad".  Rom 3, 22-30; Ef 4, 4-6.
         
El titulo de "Iglesia Católica" lo emplea por primera vez S. Ignacio de Antioquía y dice en sus escritos a los cristianos de Esmirna : "Donde está Jesús, allí esta la Iglesia católica”. ­ Sto. Tomás de Aquino, prueba la "catolicidad" de la Iglesia por su expansión universal por todo el orbe por la totalidad de las clases sociales que en ella figuran y por su duración universal desde los tiempos de Abel hasta la terminación del mundo.
         
El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium, Nº 2, dice: "(La Iglesia) se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los santos Padres, todos los justos desde Adán, "desde el justo Abel hasta el último elegido", serán congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre". En el Nº 13,b: "Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu''.
         
En el Decreto sobre la Actividad Misionera, Nº 1,a: "La Iglesia por exigencia radical de su catolicidad, obediente al mandato de su Fundador, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres".


Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.
...

Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.


...

El Sembrador

P. Adolfo Franco, S.J.



DOMINGO XV
del Tiempo Ordinario

Mateo, 13, 1-23

Con la parábola de la semilla Jesús nos invita a examinar la clase de terreno que somos.


El Señor vuelca hoy su mensaje en la parábola de la semilla. El sembrador, la semilla, el terreno: tres realidades que concurren en una misma historia. Hay un Sembrador que viene a sembrar con una gran riqueza y abundancia de semillas. Dios es espléndido, generoso, dadivoso. Y tiene una semilla especial que esparcir en el terreno: una semilla muy especial, es su propia vida, la Luz de la fe en la oscuridad de nuestras cuevas interiores, el amor y la intimidad con El. El viene a la tierra justamente a eso a sembrar en la tierra de los hombres.

Así que El es el sembrador y la fe en El y su amor, la semilla. Dios en nuestros surcos, en nuestra alma. Así podríamos definir los tres actores de este drama, que concurren en la parábola: El sembrador es Jesús, la semilla es su propia vida, la vida de Dios, la Fe, y el terreno el corazón del hombre, al que Dios se dirige.

Y ¿qué le pasa a Dios, a Jesús, en su siembra entre los hombres? la historia de la relación de Dios con los hombres está descrita en síntesis en esta parábola dramática. Cuando se escucha que la semilla se desperdicia en tres de los cuatro terrenos, se siente el drama de la relación de Dios con los hombres. Dios que siempre busca al hombre, para darle lo mejor, darse a sí mismo, y los hombres que frecuentemente se resisten a Dios, le impiden que entre en sus vidas.

Dios vino al mundo, como un sembrador, y podemos sintetizar todo lo que El viene a darnos en la Fe, que es vida y es luz, para que entre en nosotros y haga fructificar nuestra existencia, que no sea una existencia vacía e intrascendente, estéril. Y aún más que la fe podríamos decir que la semilla que Dios quiere sembrar es la “amistad con El”.

Esta semilla es sembrada en la primera tierra; pero hay corazones que no se abren a la fe, y menos aún al amor; corazones que se resisten a estar fecundados por la luz que Jesús viene a traernos. Corazones endurecidos por el orgullo; piensan que se bastan a sí mismos para tener su propia luz. No se dan cuenta que están en la oscuridad: su pequeña lámpara mortecina no les permite darse cuenta de cuán oscuro está todo en sus vidas. Se echa la semilla, el corazón está duro, y los pájaros se comen la semilla. La falsa ciencia, los torpes y limitados razonamientos humanos, son los pájaros siniestros que se comen la buena semilla. ¡Pobre semilla desperdiciada!

Hay otros terrenos en que cae la semilla, la luz de la fe, la vida de Dios mismo. Y la semilla aparentemente produce una planta que crece rápidamente; se produce un amor inicial. Pero, cuando vienen las dificultades, a veces problemas en la vida, la salud, el fracaso en el trabajo, dificultades con los hijos, hacen que la semilla se quede sin el riego necesario, y la planta recién nacida se seca; se abandona el amor. Ha faltado regar la semilla con perseverancia, cultivar el amor, ablandar ese terreno de las profundidades, donde todo es piedra, y donde la planta no puede seguir desarrollando sus raíces. Son las durezas que hay en el fondo de nuestro ser y que impiden que la semilla, avance, que la luz nos llegue a todos los rincones.

Y hay otros terrenos a los que alude el Señor en la parábola, donde la semilla crece y aparentemente todo está bien; pero enseguida empiezan a aparecer otras plantas, más vigorosas que la buena, impiden que la buena semilla se desarrolle, porque las malas hierbas le quitan el jugo, y además esas plantas perniciosas se echan encima de la tímida buena planta y la asfixian; se ha querido que el amor a Dios se combine con otros amores. El final lastimoso es que la buena semilla no produjo el fruto que debió producir. Y es que hay corazones así: Jesús siembra la semilla de la fe, la vida del Señor empieza a desarrollarse en el corazón, hay ilusión de seguir creciendo. Pero en el corazón no se han eliminado las malas tendencias, los apetitos materiales, la sensualidad es fuerte, la comodidad vuelve a aparecer, y todas estas plantas, amores  torcidos que habría que sacar de raíz, vuelven a crecer, crecen mucho, porque no quieren que la buena semilla predomine, y poco a poco la buena planta se va secando, hoja tras hoja, hasta que al final no quedan más que las malas hierbas y más vigorosas que antes. La semilla ha quedado sin fruto. Y se perdió el amor.

Y finalmente también hay el terreno, que es agradecido y que ha recibido la semilla, y la ha dejado penetrar en el corazón: el amor de Dios ha sido sembrado en lo hondo del corazón. La semilla en esa persona puede invadir todos los rincones, no hay espacios duros que bloqueen la entrada del Señor, todo se le permite, entrar en todos los rincones. Entonces la semilla va fortaleciéndose poco a poco, y a medida que se hace vigorosa, va eliminando los vestigios de malas hierbas que pudieran encontrarse en algunos de los espacios del alma. La persona se transforma interiormente y progresivamente. El fruto es abundante, de acuerdo a la entrega. Pero también en la entrega puede haber diferencias, y por tanto diferencias en el fruto: de treinta, de sesenta y de ciento por uno.


Todo un desafío, para la fe, para la vida que Dios nos quiere comunicar, para nuestra realización: ¿aspiramos a treinta, a sesenta o a ciento  por uno?


...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

...

La Misa: 1° Parte - La Cena Pascual Judía

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


1. LA CENA PASCUAL JUDÍA

La Misa Católica tiene una larga historia, tan larga como la existencia d la Iglesia. Más aún, nuestra celebración de la Eucaristía hunde sus raíces en la Cena Pascual del pueblo judío. Por eso podemos hablar con razón de la prehistoria de nuestra Misa, pero de una prehistoria popular, porque lo más interesante en la Cena Pascual de los judíos es la vivencia popular que ella ha sabido despertar a lo largo de los siglos en el corazón de los fieles.

Vamos a recordar cómo fue la Cena Pascual en tiempos de Jesús y cuál era su espiritualidad.


1.1.   El rito de la Cena Pascual Judía

La Cena Pascual en los tiempos de Jesús tenía dos elementos litúrgicos cuyo lazo de unión era el cordero pascual.

El primer elemento del rito era realizado en el templo, allí se sacrificaron los corderos. Según Flavio Josefo en su tiempo se venían a inmolar unos 250000 (Bellum iudaicum VI 9,3) A esta hecatombe se le llamaba la víctima; durante el sacrificio se entonaba el himno Hallel acompañado por la música de varios instrumentos.

El cordero era inmolado por el padre de familia, por el jefe  del grupo o por algún delega suyo.  La sangre de animal era llevada y derramada junto al altar por los sacerdotes en cubos de plata. La cola, el sebo, pulmones, riñones e hígado de los corderos eran quemados como sacrificios en honor de Yavé en el altar y el resto del animal envuelto en la pial era llevado a casa, en donde se asaba a fuego lento y de este modo quedaba listo para la cena.

Los evangelios nos presentan a unos discípulos preparando todo lo necesario para la cena del grupo encabezado por Jesús (Lc. 22,7-13).

El segundo aspecto del rito pascual se realizaba en familia y tenía cuatro partes llamadas seder, correspondientes a las cuatro copas de vino que se bebían durante la cena.

El primer seder era un rito de preparación para la ceremonia religiosa, el padre de familia alaba a dios por el vino diciendo:

“Seas bendito, Eterno, nuestro Dios, Rey del universo que as creado el fruto de la vida".
“Seas bendito, Eterno, nuestro Dios, Rey del universo, que nos ha elegido entre todas las naciones y nos has santificado por tus mandamientos. En tu amor por nosotros, ¡Oh Eterno, Dios nuestro, tú nos has dado las fiestas, las solemnidades y los tiempos sagrados para nuestra alegría y gozo y también nos diste estas fiestas de los ácimos, aniversario de nuestra liberación, convocación santa, recuerdo de la salida de Egipto!"
“Seas bendito, Eterno, nuestro Dios, Rey del universo que nos has dado la vida, nos mantienes con salud y nos has permitido llegar a este tiempo sagrado" (Haggadah, 13-14).

Terminada la bendición bebían todos los presentes de la copa. Sin duda alguna, a esta primera copa alude el evangelista Lucas, cuando nos dice:

“Llegada la hora se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer...Y tomando una copa, dadas las gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo  entre vosotros; porque os digo que a partir de este momento, beberé del fruto de la vida hasta que llegue el Reino de Dios” (Lc. 22,14-18).

A continuación todos se lavaban las manos y el padre de familia o jefe del grupo repartía a los presentes las hierbas amargas mojadas en vinagre. Antes de comerlas se decía la siguiente bendición: 

”Seas bendito, Eterno, nuestro Dios, Rey del universo que creas el fruto de la tierra”.

Se partía después el pan ázimo y el presidente lo mostraba a los comensales diciendo:                                                              

“He aquí el pan de la miseria que nuestros padres comieron en el país de Egipto. Cualquiera que tenga hambre venga a comer con nosotros, que todos los necesitados vengan a celebrar la Pascua con nosotros" (Haggadah, p. 17).

El segundo seder comenzaba, cuando se llenaba de nuevo la copa con el vino y el más joven del grupo hacía la pregunta ritual:

“¿En qué se distingue esta noche de las otras noches?¿Por qué en las otras noches comemos pan ázimo y fermentado y esta noche comemos sólo pan ácimo?¿Por qué las otras noches nosotros comemos toda clase de hierbas y esta noche solo comemos hierbas amargas?¿Por qué en las otras noches comemos sentados o echados y esta noche sólo echados?” (Haggadah, p.17-18).

El jefe del grupo descubría los panes ázimos y decía:

“Nosotros fuimos esclavos del faraón en Egipto y el Eterno, nuestro Dios, nos hizo salir de Egipto a nuestros padres, nosotros, nuestros hijos y nietos, seríamos todavía esclavos de Egipto. Por eso, aunque todos fuéramos sabios, hombres superdotados y ancianos llenos de experiencia  e instruidos en la ley, sería nuestro deber contar la salida de Egipto”(Haggadah, p.19)

Seguidamente el padre de familia o el presidente del grupo levantaban la copa llena de vino, símbolo de la liberación prometida, y decía:

“Esta promesa es la que nos ha sostenido a nosotros y a nuestros  padres.
Porque no ha sido sólo un enemigo el que se ha levantado contra nosotros para exterminarnos, y el Santo, sea bendito, nos ha salvado de sus manos” (Haggadah, p. 28).

Dejada la copa sobre la mesa, el presidente tomaba la palabra para explicar en forma de homilía la salida de Egipto comentando el texto del Deuteronomio (26,5-8), en cumplimiento del mandato bíblico: 

”En aquel día harás saber a tus hijos: Esto es con motivo de lo que hizo conmigo Yavé cuando salí de Egipto”(Éxodo 13,8).

Una vez terminada la homilía el grupo recitaba el símbolo de la fe judía recordando las maravillas obradas por Dios a favor de su pueblo:

“¡Cómo son grandes y numerosos los beneficios hechos por Dios en nuestro favor! El nos ha hecho salir de Egipto. El ha pronunciado un juicio contra los egipcios y contra sus dioses. El golpeó a sus primogénitos. El nos ha dado sus bienes. El ha dividido para nosotros las aguas del mar. El nos ha hecho pasar por el pasar por él con los pies secos. El ahogó allí a nuestros enemigos. El ha provisto a nuestras necesidades en el desierto durante cuarenta años. El nos ha alimentado con el maná. El nos condujo hasta el monte Sinaí. El nos ha dado la ley.El nos ha hecho entrar en el país de Israel. El nos ha construido la casa de elección, en donde encontramos perdón de nuestros pecados“ (Haggadah , p. 43-45).

En seguida el padre de familia explicaba el simbolismo del cordero, del pan ázimo y de las hierbas amargas:


  • El cordero sacrificado recordaba la liberación de los primogénitos judíos y de la muerte de los primogénitos egipcios.
  • El pan ázimo venía a recordar la salida precipitada de los judíos, pues tuvieron que hacer galletas porque la masa no tuvo tiempo para fermentar. Las hierbas amargas recordaban la vida dura y áspera de los judíos en la esclavitud de Egipto. (Haggadah, p. 45-49).

Terminada la parte catequética, el presidente hacía la siguiente monición:

“En todos los siglos cada uno de nosotros tiene el deber  de considerarse a sí mismo, como si el hubiera salido de Egipto. Porque no solo nuestros padres son a quienes el Santo, sea él bendito, ha liberado; a nosotros también nos ha liberado con ellos”.

Y tomando la copa en la mano proseguía:

“Por eso nosotros tenemos el deber de dar gracias, de cantar, de alabar, de glorificar, de exaltar, de celebrar, de bendecir, de magnificar y de honrar a Aquel que ha hecho por nuestros antepasados y por todos nosotros estos milagros. El nos ha conducido de la esclavitud a la libertad,  de la tristeza a la alegría, del duelo a la fiesta, de las tinieblas a la luz, de la servidumbre a la liberación. Cantemos en su honor un cántico nuevo. ¡Aleluya!" (Haggadah, p. 51).

Todos los presentes entonaban los salmos 113 y 114, es decir la primera parte del Hallel. Y el que presidía, volviendo a tomar en sus manos la copa llamada de la “liberación”, oraba así:

“Seas bendito, Eterno, nuestro Dios, Rey del universo, que has liberado de la opresión de Egipto a nuestros padres y nos has permitido a nosotros llegar a esta noche y comer el cordero,  el pan ázimo y las hierbas amargas… Nosotros te damos gracias con un cántico nuevo por nuestra libertad y por nuestra liberación. Seas bendito, Eterno, que has liberado a Israel” (Haggadah, p. 53)

Bebían  todos los comensales de la segunda copa y todos se lavaban las manos. En este momento del rito debemos colocar la escena del lavatorio de los pies a los discípulos narrado por el evangelista San Juan (13,1-16)

El que presidía la cena continuaba diciendo:

“Seas bendito, Eterno, nuestro Dios, Rey del universo que haces salir el pan de la tierra”.

A continuación rompía el pan, comía un trozo y daba a cada uno de los asistentes un pedazo del pan roto. Fue en este momento cuando Jesús dijo a sus discípulos: 

“Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío” (Lc. 22,19)

Comido el pan ázimo, se consumían las hierbas amargas y la carne del cordero pascual. A continuación se servía la cena que duraba un largo tiempo. Durante ella los comensales conversaban del sentido religioso de la Pascua, el evangelista Juan nos ha trasmitido las conversaciones de Jesús con sus discípulos en su última cena (Jn 13.18-17,26)

Una vez terminada la cena comenzaba el tercer seder, llenando la copa, llamada de las bendiciones, porque ante ella se recitaba la Gran Bendición Pascual. En efecto el presidente de la ceremonia invitaba a los comensales a dar gracias a Yavé ante la copa llena de vino, símbolo de los favores divinos.
San Lucas nos habla expresamente de este rito realizado por Jesús:

“Igualmente después de cenar, (tomó) el cáliz diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre que va a ser derramada por vosotros” (Lc. 22,20)

Veamos ahora cómo se desarrollaría en la cena Jesús este rito solemne de la gran alabanza.

Presidente: Bendigamos a nuestro Dios.

Grupo: Bendito el nombre del Señor desde ahora por siempre.

Presidente: Con el asentimiento de los presentes vamos a bendecir a Aquel de cuya magnificencia hemos participado.

Grupo: Bendito Aquel de cuya magnificencia hemos participado y de cuya bondad vivimos.

El Presidente sigue cantando solo así:

“Te alabamos Yavé, Dios nuestro, que has dado a nuestros padres una tierra grande, buena y querida y los sacaste de Egipto y los liberaste de la casa de la esclavitud. Te alabamos por la alianza que has sellado en nuestra carne, por tu ley que nos has enseñado, por tus mandamiento que nos manifiestas, por la vida, la gracia y la misericordia que nos has dado, por el aliento que nos otorgas…
Bendito Yavé, Dios nuestro, Rey del universo, Dios de nuestros padres, Rey nuestro, Creador, Redentor, Santo, Fuerte, Pastor nuestro, Pastor de Israel, Rey lleno de bondad, Benefactor de todo, Tú que diariamente nos prodigas nuevos favores, la prosperidad, la bendición, la ayuda, el consuelo, el alimento, la misericordia, la salud, la paz, la dicha completa… Que el Dios de la misericordia nos envíe al profeta Elías para anunciarnos un feliz mensaje, el auxilio y el consuelo…
Que el Dios de la misericordia nos haga dignos del tiempo del Mesías y de la vida del mundo futuro…” (Haggadah, p. 59-68)

Cuando el presidente terminaba de cantar esta gran alabanza, todos los asistentes bebían con piedad de la copa de las bendiciones y fue en este momento cuando Jesús dio a sus discípulos el cáliz diciéndoles:

“Bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la Alianza” (Mt 26,27-28)

Se llenaba por cuarta vez la copa con vino para dar comienzo al cuarto seder  y todos los presentes entonaban la segunda parte del Hallel (Salmos 115-118) y el Gran Hallel (Salmo 136)

Con esta emotiva acción de gracias comunitaria, después de beber la cuarta copa, terminaba la cena pascual judía. A ello aluden los evangelistas, cuando dicen: “Cantados los himnos, salieron hacia el monte de los olivos” (Mt 26,30; Mc 14,26)



...

Referencia bibliográfica: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. "La Misa en la religión del pueblo", Lima, 1983.
...

¿Qué es el Año Litúrgico? - 1° Parte

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.

1.  MISTERIO DE CRISTO Y AÑO LITÚRGICO


El Año Litúrgico nos habla de tiempo, que pasa y marcha hacia un futuro de esperanzas… Pero la fe católica nos hace sentir, que en el campo religioso, la meta final llegó con la aparición del Hijo de Dios en figura humana. ¿Cómo unir, pues, una meta oteada en el futuro con una meta inalterablemente ya presente? Cristo siempre es misterioso, y por ello nos invita sin cesar a la reflexión.

San Pablo llamó a la época histórica, en la que Jesús vivió en la tierra, “la plenitud de los tiempos” (Gal 4.4), porque Cristo para él es el término definitivo del progreso religioso, ya que en el Verbo-Encarnado se abrazaron inseparablemente e inconfusamente el Dios perseguidor incansable del corazón humano y el hombre, eterno sediento del rostro divino. Por consiguiente ningún acontecimiento traerá después de Cristo un aporte nuevo a la dimensión religiosa del ser humano, ni los hombres pueden esperar un mañana mejor en el aspecto religioso, como bellamente lo expresó San Máximo de Turín:

“El día de Cristo es un día sin noche, un día sin término… Para nosotros el hoy y el mañana son una sola cosa, pues Cristo es el día perenne, ya que en Él vivimos, en Él nos movemos y en Él morimos” (PL. 57,362)

Lo dicho nos hace comprender que hace comprender que los acontecimientos de la vida terrena de Jesús estuvieran penetrados de misterios religiosos a veces estremecedores, a veces insondables y siempre portadores de llamados espirituales muy penetrantes:

La Encarnación nos dice que el Hijo de Dios, en un momento determinado de la historia, tomó carne para vivir una existencia humana y para llevar a Dios su carne glorificada, como una avanzadilla esperanzadora. El Nacimiento de Jesús, en el humilde establo iluminado por la claridad de los ángeles y de la estrella, nos anuncia la irrupción en el mundo de la luz religiosa definitiva. El paso visible de Jesús por los años históricos de su vida pública es un símbolo del paso invisible del Señor por los años del tiempo de la Iglesia, y así las palabras de Cristo, pronunciándolas en un lenguaje humano, seguirán resonando en los oídos de los hombres hasta el final de los tiempos, y sus milagros fueron un esbozo material de las sanciones que Él sigue realizando en el mundo interior de los espíritus. El tiempo de máxima densidad religiosa es llamado por Jesús “Mi Hora”, es decir, un tiempo señalado por el Padre, en el cual el Hijo Encarnado debía morir en la Cruz por obediencia a Dios Padre. Pero esa obediencia trae como contrapartida la Resurrección, manifestación de la gloria divina, que siempre estuvo presente en la carne humana de Jesús. Entre la Resurrección y la Ascensión los evangelistas nos presentan al Resucitado viviendo en la tierra de manera misteriosa, pero este período tiene una importancia capital para el Año Litúrgico, porque él es la frontera entre la “plenitud del tiempo” y el “tiempo de la Iglesia”, el cual correrá desde la Ascensión hasta el Juicio Final.

El Símbolo de los Apóstoles nos hace confesar que Jesús “subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos”: por consiguiente los misterios de Cristo no terminan con la Ascensión: más allá de ella está la Parusía o Juicio al final de los tiempos, y entre la Ascensión y la Parusía queda un misterio actual de Cristo, pues Él “está sentado a la derecha del Padre”. Según esto somos contemporáneos de un misterio de Cristo en el tiempo de la Iglesia, por ello la carta a los Hebreos nos presenta a Jesús Resucitado como un ancla poderosa sumergida en el océano divino, la cual sostiene con las miradas fijas en la eternidad a los cristianos atrapados por el torbellino del tiempo (Heb. 6,19-20)
Para facilitar a los católicos la más estrecha unión con el misterio de Cristo, la Iglesia, según el Concilio Vaticano II ha instituido el Año Litúrgico, gran sacramental del tiempo, por el cual los misterios de la redención “en cierto modo se hacen presentes en todo el tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación” (S.C. 102)

Todos los misterios de la vida terrena de Jesús estuvieron orientados a la Pascua, fueron iluminados por ella, participaron de su poder salvador y permanecen mistéricamente presentes en la existencia gloriosa del Señor, punto culminante de su paso de este mundo al Padre. Por esta razón las diversas fiestas del Año Litúrgico tienen un núcleo inmutable, cual es el encuentro del Pueblo de Dios con la Pascua de Cristo, que tuvo lugar en una época determinada de la historia, está eternamente presente en el cielo, y reaparece por el rito litúrgico en la coordenada espacio-temporal propia de la Iglesia. Pero a la vez cada fiesta tiene su fisonomía propia y sus gracias peculiares según el misterio de Cristo celebrado.

Estas ideas brevemente apuntadas nos explican por qué los católicos, cuando a lo largo de su existencia viven con hondura el Año Litúrgico, experimentan que su fe “es como la luz del alba, cuyo esplendor va creciendo hasta el pleno día” (Prov. 4,18)

Si ahora quisiéramos resumir las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre el Año Litúrgico podríamos decir que éste consiste en un año solar a lo largo del cual la Iglesia celebra litúrgicamente los misterios de Cristo, para que los fieles consigan por estas celebraciones la santificación y la gloria eterna (SC 102-105)

Así pues, el Año Litúrgico tiene la duración de un año solar e introduce en él un sagrado recuerdo de los misterios del Señor, pero no de una manera meramente sicológica, sino haciéndonos presentes y actuantes mediante el memorial litúrgico. Y de esta manera el misterio global de la redención, a través de las diversas festividades, se va coloreando de diversos matices según los misterios particulares que corresponden a las diversas etapas de la vida de Cristo. La celebración de la Eucaristía juntamente con la liturgia de las Horas revive en medio de la asamblea de  los fieles los mismos dichos, para que les sirvan de ejemplos palpitantes y de fuentes de iluminación y fortaleza espirituales.

El Año Litúrgico, al contar con el método de la repetición y con un cristocentrismo absoluto, es un medio pedagógico para educar al pueblo en la fe, difícilmente igualable. Pío XI decía: “Para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerlo por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucha más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio” (Quas Primas, 15)

El germen del Año Litúrgico lo hallamos en la fiesta semanal del domingo, pues desde los comienzos la comunidad cristiana celebraba la Pascua del Señor cada ocho días. No tardó mucho en introducirse el aniversario de la muerte y de la resurrección del Señor. Este domingo de Pascua vino a ser la gran fiesta cristiana; en torno a ella se organiza poco a poco la Cuaresma como preparación y el tiempo pascual como continuación de la fiesta, que terminaba con Pentecostés. Más tarde apareció la fiesta de Navidad con el Adviento, que eran un tiempo de preparación y con los días que prolongaban las fiestas navideñas. Así tenemos los dos ciclos de Navidad y Pascua, y de este modo las solemnidades de la Pascua y de Navidad llegaron a ser como los dos focos en torno a los cuales gira todo el Año Litúrgico. Por eso debemos representarnos el Año Litúrgico no tanto como un círculo, sino más bien como una elipse, tal como lo muestra la figura siguiente:


Como puede verse, todo el Año Litúrgico gira en torno a Cristo contemplado desde dos focos de luz: el ciclo de Navidad y el de Pascua, que se contemplan mutuamente. El ciclo de Pascua acentúa la redención humana realizada por la muerte y la resurrección de Cristo. Por su parte el ciclo de Navidad subraya la presencia del Señor entre los hombres. Se conserva la perfecta unidad de los dos ciclos, ya que ambos conmemoran una única obra de redención llevada a cabo por el Hijo de Dios Encarnado. La encarnación, el nacimiento, la vida oculta, forman ya parte de esta obra que se completó con la vida pública, la pasión, la muerte y la resurrección. Jesús, santificando todas las etapas de la vida humana, mereció las gracias correspondientes a estos misterios, a fin de que los hombres pudieran conforman sus vidas con la del Hijo de Dios revestido de figura humana.



...

Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982