El concilio de Jerusalén y la controversia de Antioquía

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 1 de octubre de 2008


Queridos hermanos y hermanas:


El respeto y la veneración que san Pablo cultivó siempre hacia los Doce no disminuyeron cuando él defendía con franqueza la verdad del Evangelio, que no es otro que Jesucristo, el Señor. Hoy queremos detenernos en dos episodios que demuestran la veneración y, al mismo tiempo, la libertad con la que el Apóstol se dirige a Cefas y a los demás Apóstoles: el llamado "Concilio" de Jerusalén y la controversia de Antioquía de Siria, relatados en la carta a los Gálatas (cf. Ga 2, 1-10; 2, 11-14).

Todo concilio y sínodo de la Iglesia es "acontecimiento del Espíritu" y reúne en su realización las solicitudes de todo el pueblo de Dios: lo experimentaron personalmente quienes tuvieron el don de participar en el concilio Vaticano II. Por eso san Lucas, al informarnos sobre el primer Concilio de la Iglesia, que tuvo lugar en Jerusalén, introduce así la carta que los Apóstoles enviaron en esta circunstancia a las comunidades cristianas de la diáspora: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros..." (Hch 15, 28). El Espíritu, que obra en toda la Iglesia, conduce de la mano a los Apóstoles a la hora de tomar nuevos caminos para realizar sus proyectos: Él es el artífice principal de la edificación de la Iglesia.

Y sin embargo, la asamblea de Jerusalén tuvo lugar en un momento de no poca tensión dentro de la comunidad de los orígenes. Se trataba de responder a la pregunta de si era indispensable exigir a los paganos que se estaban convirtiendo a Jesucristo, el Señor, la circuncisión, o si era lícito dejarlos libres de la Ley mosaica, es decir, de la observancia de las normas necesarias para ser hombres justos, obedientes a la Ley, y sobre todo, libres de las normas relativas a las purificaciones rituales, los alimentos puros e impuros y el sábado. A la asamblea de Jerusalén se refiere también san Pablo en la carta a los Gálatas (Ga 2, 1-10): tras catorce años de su encuentro con el Resucitado en Damasco —estamos en la segunda mitad de la década del 40 d.C.—, Pablo parte con Bernabé desde Antioquía de Siria y se hace acompañar de Tito, su fiel colaborador que, aun siendo de origen griego, no había sido obligado a hacerse circuncidar cuando entró en la Iglesia. En esta ocasión, san Pablo expuso a los Doce, definidos como las personas más relevantes, su evangelio de libertad de la Ley (cf. Ga 2, 6). A la luz del encuentro con Cristo resucitado, él había comprendido que en el momento del paso al evangelio de Jesucristo, a los paganos ya no les eran necesarias la circuncisión, las leyes sobre el alimento y sobre el sábado, como muestra de justicia: Cristo es nuestra justicia y "justo" es todo lo que es conforme a él. No son necesarios otros signos para ser justos. En la carta a los Gálatas refiere, con pocas palabras, el desarrollo de la Asamblea: recuerda con entusiasmo que el evangelio de la libertad de la Ley fue aprobado por Santiago, Cefas y Juan, "las columnas", que le ofrecieron a él y a Bernabé la mano derecha en signo de comunión eclesial en Cristo (cf. Ga 2, 9). Si, como hemos notado, para san Lucas el concilio de Jerusalén expresa la acción del Espíritu Santo, para san Pablo representa el reconocimiento decisivo de la libertad compartida entre todos aquellos que participaron en él: libertad de las obligaciones provenientes de la circuncisión y de la Ley; la libertad por la que "Cristo nos ha liberado, para que seamos libres" y no nos dejemos imponer ya el yugo de la esclavitud (cf. Ga 5, 1). Las dos modalidades con que san Pablo y san Lucas describen la asamblea de Jerusalén se unen por la acción liberadora del Espíritu, porque "donde está el Espíritu del Señor hay libertad", como dice en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 3, 17).

Con todo, como aparece con gran claridad en las cartas de san Pablo, la libertad cristiana no se identifica nunca con el libertinaje o con el arbitrio de hacer lo que se quiere; esta se realiza en conformidad con Cristo y por eso, en el auténtico servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Por esta razón, el relato de san Pablo sobre la asamblea se cierra con el recuerdo de la recomendación que le dirigieron los Apóstoles: "Sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero" (Ga 2, 10). Cada concilio nace de la Iglesia y vuelve a la Iglesia: en aquella ocasión vuelve con la atención a los pobres que, de las diversas anotaciones de san Pablo en sus cartas, se trata sobre todo de los de la Iglesia de Jerusalén. En la preocupación por los pobres, atestiguada particularmente en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 8-9) y en la conclusión de la carta a los Romanos (cf. Rm 15), san Pablo demuestra su fidelidad a las decisiones maduradas durante la Asamblea.

Quizás ya no seamos capaces de comprender plenamente el significado que san Pablo y sus comunidades atribuyeron a la colecta para los pobres de Jerusalén. Se trató de una iniciativa totalmente nueva en el ámbito de las actividades religiosas: no fue obligatoria, sino libre y espontánea; tomaron parte todas las Iglesias fundadas por san Pablo en Occidente. La colecta expresaba la deuda de sus comunidades a la Iglesia madre de Palestina, de la que habían recibido el don inefable del Evangelio. Tan grande es el valor que Pablo atribuye a este gesto de participación que raramente la llama simplemente "colecta": para él es más bien "servicio", "bendición", "amor", "gracia", más aún, "liturgia" (2 Co 9). Sorprende, particularmente, este último término, que confiere a la colecta en dinero un valor incluso de culto: por una parte es un gesto litúrgico o "servicio", ofrecido por cada comunidad a Dios, y por otra es acción de amor cumplida a favor del pueblo. Amor a los pobres y liturgia divina van juntas, el amor a los pobres es liturgia. Los dos horizontes están presentes en toda liturgia celebrada y vivida en la Iglesia, que por su naturaleza se opone a la separación entre el culto y la vida, entre la fe y las obras, entre la oración y la caridad para con los hermanos. Así el concilio de Jerusalén nace para dirimir la cuestión sobre cómo comportarse con los paganos que llegaban a la fe, optando por la libertad de la circuncisión y de las observancias impuestas por la Ley, y se resuelve en la solicitud eclesial y pastoral que pone en el centro la fe en Cristo Jesús y el amor a los pobres de Jerusalén y de toda la Iglesia.

El segundo episodio es la conocida controversia de Antioquía, en Siria, que atestigua la libertad interior de que gozaba san Pablo: ¿Cómo comportarse en ocasión de la comunión de mesa entre creyentes de origen judío y los procedentes de los gentiles? Aquí se pone de manifiesto el otro epicentro de la observancia mosaica: la distinción entre alimentos puros e impuros, que dividía profundamente a los hebreos observantes de los paganos. Inicialmente Cefas, Pedro, compartía la mesa con unos y con otros: pero con la llegada de algunos cristianos vinculados a Santiago, "el hermano del Señor" (Ga 1, 19), Pedro había empezado a evitar los contactos en la mesa con los paganos, para no escandalizar a los que continuaban observando las leyes de pureza alimentaria; y la opción era compartida por Bernabé. Tal opción dividía profundamente a los cristianos procedentes de la circuncisión y los cristianos venidos del paganismo. Este comportamiento, que amenazaba realmente la unidad y la libertad de la Iglesia, suscitó las encendidas reacciones de Pablo, que llegó a acusar a Pedro y a los demás de hipocresía: "Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?" (Ga 2, 14). En realidad, las preocupaciones de Pablo, por una parte, y de Pedro y Bernabé, por otro, eran distintas: para los últimos la separación de los paganos representaba una modalidad para tutelar y para no escandalizar a los creyentes provenientes del judaísmo; para Pablo constituía, en cambio, un peligro de malentendido de la salvación universal en Cristo ofrecida tanto a los paganos como a los judíos. Si la justificación se realiza sólo en virtud de la fe en Cristo, de la conformidad con él, sin obra alguna de la Ley, ¿qué sentido tiene observar aún la pureza alimentaria con ocasión de la participación en la mesa? Muy probablemente las perspectivas de Pedro y de Pablo eran distintas: para el primero, no perder a los judíos que se habían adherido al Evangelio; para el segundo, no disminuir el valor salvífico de la muerte de Cristo para todos los creyentes.

Es extraño decirlo, pero al escribir a los cristianos de Roma, algunos años después (hacia la mitad de la década del 50 d.C.), san Pablo mismo se encontrará ante una situación análoga y pedirá a los fuertes que no coman comida impura para no perder o para no escandalizar a los débiles: "Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece, o se escandalice, o flaquee" (Rm 14, 21). La controversia de Antioquía se reveló así como una lección tanto para san Pedro como para san Pablo. Sólo el diálogo sincero, abierto a la verdad del Evangelio, pudo orientar el camino de la Iglesia: "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm14,17). Es una lección que debemos aprender también nosotros: con los diversos carismas confiados a san Pedro y a san Pablo, dejémonos todos guiar por el Espíritu, intentando vivir en la libertad que encuentra su orientación en la fe en Cristo y se concreta en el servicio a los hermanos. Es esencial conformarnos cada vez más a Cristo. De esta forma se es realmente libre. Así se expresa en nosotros el núcleo más profundo de la Ley: el amor a Dios y al prójimo. Pidamos al Señor que nos enseñe a compartir sus sentimientos, para aprender de él la verdadera libertad y el amor evangélico que abraza a todo ser humano.
Tomado de:

Homilía del Papa en Inauguración de Sínodo

A continuación transcribimos la Homilía de S.S. Benedicto XVI en la Inauguración del Sínodo.

INAUGURACIÓN DE LA XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica de San Pablo extramurosDomingo 5 de octubre de 2008

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:
La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, así como la página del evangelio según san Mateo, han propuesto a nuestra asamblea litúrgica una sugestiva imagen alegórica de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña, de la que ya hemos oído hablar los domingos precedentes. El pasaje inicial del relato evangélico hace referencia al "cántico de la viña", que encontramos en Isaías. Se trata de un canto ambientado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar muy familiar a los oyentes de Jesús y gracias a la cual, como gracias a otras referencias de los profetas (cf. Os 10, 1; Jr 2, 21; Ez 17, 3-10; 19, 10-14; Sal 79, 9-17), se comprendía bien que la viña indicaba a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha elegido, los mismos cuidados que un esposo fiel reserva a su esposa (cf. Ez 16, 1-14; Ef 5, 25-33).

Por tanto, la imagen de la viña, junto con la de las bodas, describe el proyecto divino de la salvación y se presenta como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo. En el evangelio, Jesús retoma el cántico de Isaías, pero lo adapta a sus oyentes y a la nueva hora de la historia de la salvación. Más que en la viña pone el acento en los viñadores, a quienes los "servidores" del propietario piden, en su nombre, el fruto del arrendamiento. Pero los servidores son maltratados e incluso asesinados.

¿Cómo no pensar en las vicisitudes del pueblo elegido y en la suerte reservada a los profetas enviados por Dios? Al final, el propietario de la viña hace un último intento: manda a su propio hijo, convencido de que al menos a él lo escucharán. En cambio, sucede lo contrario: los viñadores lo asesinan precisamente porque es el hijo, es decir, el heredero, convencidos de quedarse fácilmente con la viña. Por tanto, se trata de un salto de calidad con respecto a la acusación de violación de la justicia social, como aparece en el cántico de Isaías. Aquí vemos claramente cómo el desprecio de la orden impartida por el propietario se transforma en desprecio de él: no es una simple desobediencia de un precepto divino, es un verdadero rechazo de Dios: aparece el misterio de la cruz.

Lo que denuncia esta página evangélica interpela nuestro modo de pensar y de actuar. No habla sólo de la "hora" de Cristo, del misterio de la cruz en aquel momento, sino de la presencia de la cruz en todos los tiempos. De modo especial, interpela a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar a menudo la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia de esto, Dios, aun sin faltar jamás a su promesa de salvación, ha tenido que recurrir con frecuencia al castigo.

En este contexto resulta espontáneo pensar en el primer anuncio del Evangelio, del que surgieron comunidades cristianas inicialmente florecientes, que después desaparecieron y hoy sólo se las recuerda en los libros de historia. ¿No podría suceder lo mismo en nuestra época? Naciones que en otro tiempo eran ricas en fe y en vocaciones ahora están perdiendo su identidad bajo el influjo deletéreo y destructor de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que "Dios ha muerto", se declara a sí mismo "dios", considerándose el único artífice de su destino, el propietario absoluto del mundo.

Desembarazándose de Dios, y sin esperar de él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que se le antoje y que puede ponerse como la única medida de sí mismo y de su obrar. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara "muerto" a Dios, ¿es verdaderamente más feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y dueños únicos de la creación, ¿pueden construir de verdad una sociedad donde reinen la libertad, la justicia y la paz? ¿No sucede más bien —como lo demuestra ampliamente la crónica diaria— que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y la explotación, la violencia en todas sus manifestaciones? Al final, el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.

Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su suerte a los viñadores infieles, el propietario no renuncia a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por eso Jesús, citando el salmo 117: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (v. 22), asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte no permanecerá en la tumba; más aún, precisamente lo que parecerá ser una derrota total marcará el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte en la cruz seguirá la gloria de la resurrección. Entonces, la viña continuará produciendo uva y el dueño la arrendará "a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo" (Mt 21, 41).

La imagen de la viña, con sus implicaciones morales, doctrinales y espirituales aparecerá de nuevo en el discurso de la última Cena, cuando, al despedirse de los Apóstoles, el Señor dirá: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta; y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto" (Jn 15, 1-2). Por consiguiente, a partir del acontecimiento pascual la historia de la salvación experimentará un viraje decisivo, y sus protagonistas serán los "otros labradores" que, injertados como brotes elegidos en Cristo, verdadera vid, darán frutos abundantes de vida eterna (cf. Oración colecta). Entre estos "labradores" estamos también nosotros, injertados en Cristo, que quiso convertirse él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, que nos da su sangre, que se nos da a sí mismo en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo.

El mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final vence Cristo. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta buena nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al Apóstol de los gentiles, el primero en difundir el Evangelio en vastas regiones de Asia menor y Europa. Renovaremos de modo significativo este anuncio durante la XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que tiene como tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia".

Aquí quiero saludaros con afecto cordial a todos vosotros, venerados padres sinodales, y a quienes participáis en este encuentro como expertos, auditores e invitados especiales. Además, me alegra acoger a los delegados fraternos de las otras Iglesias y comunidades eclesiales. Al secretario general del Sínodo de los obispos y a sus colaboradores les expreso la gratitud de todos nosotros por el arduo trabajo que han realizado durante estos meses, así como nuestros buenos deseos ante las fatigas que les esperan en las próximas semanas.

Cuando Dios habla, siempre pide una respuesta; su acción de salvación requiere la cooperación humana; su amor espera correspondencia. Que no suceda jamás, queridos hermanos y hermanas, lo que relata el texto bíblico apropósito de la viña: "Esperó que diese uvas, pero dio agrazones" (Is 5, 2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre; por eso, es importante que tanto los creyentes como las comunidades entren en una intimidad cada vez mayor con ella. La Asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse con la palabra de Dios es para ella la tarea primera y fundamental. En efecto, si el anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la componen. Sabemos, además, que el anuncio de la Palabra, siguiendo a Cristo, tiene como contenido el reino de Dios (cf. Mc 1, 14-15), pero el reino de Dios es la persona misma de Jesús, que con sus palabras y sus obras ofrece la salvación a los hombres de todas las épocas. Es interesante al respecto la consideración de san Jerónimo: "El que no conoce las Escrituras no conoce la fuerza de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24, 17).

En este Año paulino oiremos resonar con particular urgencia el grito del Apóstol de los gentiles: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16); grito que para todo cristiano se convierte en invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mt 9, 37), repite también hoy el Maestro divino: muchos aún no se han encontrado con él y están a la espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de haber recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo conservan un contacto superficial con la Palabra de Dios; y otros se han alejado de la práctica de la fe y necesitan una nueva evangelización. Además, no faltan personas de actitud correcta que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo pude dar respuestas satisfactorias. En esos casos es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén preparados para responder a quienes les pidan razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin componendas el Evangelio.

Venerados y queridos hermanos, que el Señor nos ayude a interrogarnos juntos, durante las próximas semanas de trabajos sinodales, sobre cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro tiempo. Todos comprobamos cuán necesario es poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.

Al participar en la celebración eucarística, experimentamos siempre el íntimo vínculo que existe entre el anuncio de la Palabra de Dios y el sacrificio eucarístico: es el mismo Misterio que se ofrece a nuestra contemplación. Por eso "la Iglesia —como puso de relieve el concilio Vaticano II— siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia, y nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (Dei Verbum, 21). El Concilio concluye con razón: "Como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participación asidua del misterio eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la Palabra de Dios, "que dura para siempre"" (ib., 26).

Que el Señor nos conceda acercarnos con fe a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que nos obtenga este don María santísima, que "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). Que ella nos enseñe a escuchar las Escrituras y a meditarlas en un proceso interior de maduración, que jamás separe la inteligencia del corazón. Que también nos ayuden los santos, en particular el apóstol san Pablo, a quien durante este año estamos descubriendo cada vez más como intrépido testigo y heraldo de la Palabra de Dios. Amén.
Tomada de:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20081005_apertura-sinodo_sp.html

Ayudemos a nuestros hermanos católicos en la India

Petición de ayuda:

Nuestros hermanos son asesinados en la India. Oremos y hagamos en sus favores. Por ejemplo:
Escribir al Sr. Embajador de la India en el Perú (o del país donde reside). Puede hacerse en estos o parecidos términos:


Excelentísimo Señor Embajador de la India:

Han llegado a mi conocimiento las persecuciones desatadas por fanáticos en ciertas regiones de la India. Se tiene información de que han sido asesinados más de 60 cristianos, incluso un niño de 8 años. Además de los muertos hay más de 18.000 heridos, 178 iglesias destruidas, más de 4.600 casas quemadas y 13 escuelas y centros sociales dañados. Más de 50.000 cristianos han huido de sus pueblos y se han refugiado en campos o en la selva. Se han quemando las casas de los cristianos con cócteles molotov. Y todo ello con la pasividad de la policía, de los gobiernos regionales y del gobierno central. Sabemos que todo ello está en contra de las mejores tradiciones indias y de la misma Constitución del Estado. Es claro, pues, que lo que está sucediendo dice mucho en desprestigio del Estado Indio y de la calidad de sus gobernantes, indiferentes antes violaciones gravísimas de los derechos humanos.

Es por ello que le ruego transmitir a su Gobierno este sentimiento para que por el bien de la India y su Gobierno actúe eficazmente para que acaben estas masacres, que violentan los derechos humanos más fundamentales.

Esperando y agradeciendo que así lo haga

Firma

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Dirección electrónica de Embajada de la India en el Perú:
hoc@indembassy.org.pe

Homilías: Domingo 28 T.O. (A)

Lecturas:; Is 25,6-10; S.22; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14

El Señor es mi pastor, nada me falta
P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

Pablo está terminando su carta. Antes del saludo final les da las gracias por la limosna que le han enviado con Epafrodito, con el que va su respuesta. En general Pablo había tenido como norma no pedir a ninguna comunidad ayuda económica para vivir. Vivía de su trabajo como fabricante de tiendas de campaña, que era su oficio, aprendido probablemente de su padre. Lo tenía como punto de honor. Quiere evitar que nadie le pueda tachar de que predica a Jesucristo como un medio de vida. Con los Filipenses hizo una excepción, lo que confirma la gran confianza que con ellos tenía.

Expresa su agradecimiento de manera delicada. La limosna enviada con Epafrodito es prueba del afecto que ellos le tienen, lo que le ha alegrado mucho. Aunque ya lo supiese, el gesto sensible de su amor ha activado también el suyo. Pero no quiere que se sientan obligados a seguirle enviando limosnas. Él confía en Dios que ya le ayudará. Mira hacia atrás en su experiencia apostólica momentos muy variados; el Señor le ayudó siempre. A veces ha sufrido por falta de plata, ha tenido que aguantar el hambre, ha tenido que dormir en cualquier lado. Otras veces ha tenido más de lo que necesitara. “Se lo que es vivir en la pobreza y también lo que es vivir en la abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: a estar satisfecho y a pasar hambre, para la abundancia y para la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta”. El que le conforta, es Dios, es el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Él le ha dado fuerza para superar el aguijón de la carne (“bástate mi gracia” –2Cor 12,9), para aguantar el hambre y la sed, los naufragios, cárceles, azotes y persecuciones. También cada uno podríamos decir tal vez no tanto, pero sí algo de ello. Es necesario y basta tener fe, tener confianza. “Si crees, todo es posible al que cree” (Mt 9,23); “confía, tu fe te ha salvado” (Mc 5,34). Como todos sabemos, la situación económica mundial ha sufrido de repente un cambio a peor. Lo normal es asustarse demasiado y así empeorar más las cosas. Hay que confiar en Dios. Y hay que pedir a Dios, por sí mismos y por los demás, para así saber afrontar la situación. Pidamos saber ser pobres o algo menos ricos: tener poder para superar lo que sea necesario; tener coraje para acortar gastos menos necesarios; no quejarse; no pedir préstamos (tengan en cuenta que las condiciones en Perú son tan onerosas que es normalmente imposible hacerles frente); procurar ayudar a los que más sufren.

La carta continúa: “Sin embargo, ustedes hicieron bien compartiendo mis sufrimientos. Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza atenderá con generosidad todas sus necesidades por medio de Cristo Jesús”. Estas expresiones muestran la hermosa realidad propia de la comunión de los santos, la que es el núcleo y la fuente de la unidad de la Iglesia. Ninguno de nosotros está obligado ni puede hacerlo todo en la Iglesia. Para cada uno Dios tiene un plan personal de vida. Todos tenemos que cargar con nuestra cruz. Pero en la obra de la Iglesia hay misiones diferentes, naturalmente unas más duras que otras, que muchas veces son heroicas (como en las persecuciones en la India que actualmente suscede tenemos un caso). San Pablo dice a los cristianos de Filipos que con su limosna han hecho bien y han compartido con él sus padecimientos. Esa limosna es un signo de que con él comparten su sufrimiento. Esa limosna, realizada a impulso de la gracia, muestra de su caridad, ha dado alegría a Pablo y ha contribuido a darle ánimo. Nosotros podemos también hacer lo mismo. Podemos compartir los sufrimientos de tantos apóstoles y misioneros, enfermos, cristianos perseguidos, como ahora los de algunas regiones de la India, colaborar con el Papa, con nuestro obispo, con nuestros sacerdotes (antes que criticarlos hay que orar y sacrificarse por ellos).

La limosna es también una forma y necesaria de compartir la vida y el sufrimiento de la Iglesia. Los católicos peruanos recibimos desde hace años una gran colaboración de nuestros hermanos de España, Alemania, Italia, Estados Unidos, Canadá y otras naciones. Debemos sentirnos muy agradecidos y orar mucho por ellos. Porque las fuerzas del mal están sembrando allí mucha cizaña. Y nosotros participemos generosamente también con nuestras limosnas, incluso restando de nuestros gastos superfluos y aun de los menos necesarios que los de nuestros hermanos más pobres, en esos esfuerzos del conjunto de nuestra Iglesia. Como hemos escuchado, “Dios con su infinita riqueza atenderá con generosidad todas sus necesidades por medio de Cristo Jesús”. Es decir Cristo Jesús se les hará más presente en su oración y en su vida, tendrán más y mejores luces para las decisiones que tengan que tomar en su familia, trabajo y demás obligaciones, recibirán más fuerza para llevar su cruz y se les hará ligera, tendrán más fácilmente la alegría y la paz de Dios.

Es oportuno a este propósito recordar alguna idea del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”, “Dios es amor”: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios, celebración de los sacramentos y servicio de la caridad. Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (25). Es una verdad que el Papa desarrolla con amplitud en la misma encíclica y que nunca debemos olvidar.

“A Dios, nuestro Padre, sea la gloria por siempre. Amén”. El “amén” es de Pablo. Es la expresión de un deseo profundo y religioso, basado en Dios y preñado de confianza absoluta. Dios es nuestro Padre. Así le llamamos en la oración de Jesús, el Padre nuestro; así le invocamos constantemente en las oraciones de la misa (fíjense con cuidado siempre y en cada misa); la fe en su paternidad, la confianza y esperanza en su providencia, la seguridad de su amor y misericordia, que se nos manifiestan en Jesús, deben llegar a estar siempre presentes, impregnar nuestro corazón y crecer de continuo por el Espíritu que se nos ha dado. Crecer en la fe va acompañado del crecer de la vivencia de que Dios es nuestro Padre.

A Él, “a Dios nuestro Padre, sea la gloria por siempre”. “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. El Señor es mi pastor, nada me falta”. Amén, que así sea y cada vez más.

Conferencia


LAICOS: Formación para su apostolado

TEMA:

El Celibato de los Sacerdotes

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.


Martes 14 de octubre de 7:00 a 8:00PM
Parroquia San Pedro de Lima
Esquina de Jr. Azángaro y Jr. Ucayali a espalda de la antigua Biblioteca Nacional.
Donativo S/.2,00

¿Qué es el Sínodo de los Obispos?


El Sínodo de los Obispos fue instituido por Pablo VI con el Motu Proprio Apostolica sollicitudo el 15 de septiembre de 1965. Pablo VI dio la definición de Sínodo de los Obispos en el Angelus del domingo 22 de septiembre de 1974: "Es una institución eclesiástica que nosotros, interrogando los signos de los tiempos y, aún más, acercándonos a la interpretación profunda de los designios divinos y de la constitución de la Iglesia Católica, hemos establecido después del Concilio Vaticano II, para favorecer la unión y la colaboración de los Obispos de todo el mundo con la Santa Sede, a través de un estudio común de las condiciones de la Iglesia y la búsqueda de soluciones correspondientes a las cuestiones relacionadas a su misión. No es un Concilio, no es un Parlamento, sino un Sínodo de naturaleza especial".
Las Asambleas, tanto ordinarias como extraordinarias, realizadas por el Sínodo que han tratado diversos temas, han sido las siguientes:
"Preservación y fortalecimiento de la fe católica, su integridad, su fuerza, su desarrollo, su coherencia doctrinal e histórica"
"La cooperación entre la Santa Sede y las Conferencias Episcopales"
"El sacerdocio ministerial y la justicia en el mundo"
"La evangelización en el mundo moderno"
"El catecismo de nuestro tiempo"
"La situación pastoral en los Países Bajos"
"La familia cristiana"
"Vigésimo aniversario de las conclusiones del Concilio Vaticano II"
"La vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo"
"La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales"
"Somos testigos de Cristo que nos liberó"
"La Iglesia en África y su función evangelizadora de cara al año 2000: ‘Seréis mis testigos’ (He 1, 8)"
"La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo"
"Cristo es nuestra esperanza: renovados en su espíritu, solidarios somos testigos de su amor"
"Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América"
"Jesucristo el Salvador y su misión de amor y de servicio en Asia: ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’ (Jn. 10, 10)"
"Jesucristo y los pueblos de Oceanía: siguiendo su camino, proclamando su verdad y viviendo su vida"
"Jesucristo viviente en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa"
20 - X Asamblea General Ordinaria (30 de septiembre-27 de octubre de 2001)
"El Obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo"
21 - XI Asamblea General Ordinaria (2-23 de octubre de 2005)
"La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia"
Actualmente realizándose:
"La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia"
Próxima a realizarse:
"La Iglesia en Africa al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz. 'Vosotros sois la sal de la tierra ... Vosotros sois la luz del mundo' (Mt 5, 13.14)".
Tomado de:

Oración para el buen éxito del Sínodo




Señor Jesucristo, a quien el Padre nos ha encomendado escuchar como a su Hijo amado: ilumina tu Iglesia, para que nada sea para ella más santo que escuchar tu voz y seguirte. Tú, que eres Sumo Pastor y Señor de nuestras almas, dirige tu mirada a los Pastores de tu Iglesia, que en estos días se reúnen con el Sucesor de Pedro en asamblea sinodal. Te imploramos que los santifiques en la verdad y los confirmes en la fe y el amor.

Señor Jesucristo, envía tu Espíritu de amor y de verdad sobre los Obispos que celebran el Sínodo y sobre quienes les asisten en sus tareas: haz que sean fieles a lo que el Espíritu dice a las Iglesias y, de este modo, inspire sus almas y les enseñe la verdad. A través de su trabajo, que los fieles puedan ser purificados y reforzados en el espíritu para adherir al Evangelio de la salvación que Tú has cumplido y se convirtiertan en oblación viviente al Dios del cielo.

Y María, la santísima Madre de Dios y Madre de la Iglesia asista hoy a los Obispos como un día asistió a los Apóstoles en el Cenáculo e interceda con su materno apoyo, para que honren la comunión fraterna, tengan prosperidad y paz en días serenos y, escrutando con amor los signos de los tiempos, celebren la majestad de Dios, Señor misericordioso de la historia, para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.




Tomado de:

Presentación de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos


Conferencia de Prensa del
Secretario General del Sínodo de los Obispos
Mons. Nikola Eterović


Viernes, 3 de octubre de 2008 a las 11.30 horas en el Aula Juan Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Secretario General del Sínodo de los Obispos S.E.R. Mons. Nikola Eterović ha llevado a cabo un “briefing” para dar informaciones sobre el sentido y el desarrollo de la Asamblea sinodal que actualmente se desarrolla.

Reproducimos a continuación el texto de la presentación del Secretario General:

“Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”(Lc. 11,28). Así respondió Jesús Cristo a una mujer que, maravillada por sus milagros y por sus enseñanzas, impartidas con autoridad (cfr. Lc 4, 32), quería elogiar a su madre, la cual debía de estar orgullosa de su hijo. El Señor, en cambio, declaró bienaventurados a aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la guardan. Escuchar la Palabra de Dios significa comprender lo que se proclama, meditar sobre ese anuncio para que se vuelva parte de la vida concreta. En otra ocasión, para evitar cualquier equivocación, nuestro Señor Jesucristo precisó: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 21).

Para convertirse en miembros de la familia de Jesucristo, de su Iglesia, es necesario por lo tanto escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Ahora la Palabra de Dios es Jesús mismo, el Verbo eterno hecho carne (cfr. Jn 1, 14), aquél que tiene palabras de vida eterna (cfr. Jn 6, 68). Para comprender el misterio de Jesucristo es necesario conocer las Escrituras, las del Antiguo Testamento, que preparan su venida, y las del Nuevo Testamento, sobre todo los cuatro Evangelios, que narran su vida, describen su misterio pascual, a través del cual Jesús ha salvado el mundo, y cuentan los comienzos de la Iglesia por Él fundada.

Convocados por el Santo Padre Benedicto XVI, los padres sinodales estarán reunidos en Roma del 5 al 26 de octubre de 2008 en la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos para reflexionar sobre la Palabra de Dios, sobre su ser centro de la vida de la Iglesia y sobre su dinamismo, que anima a los cristianos en misión a que anuncien con las palabras y con el ejemplo de vida la Buena Noticia de la presencia entre nosotros del Señor Jesús resucitado. Él, enviado por el Padre, “habla las palabras de Dios porque da el Espíritu sin medida” (Jn 3,34). Por la gracia del Espíritu Santo, los fieles pueden percibir su presencia en la Iglesia, en la oración, en la celebración de la Palabra y, de una manera muy especial, en la Eucaristía.

La celebración de la Eucaristía, presidida por el Santo Padre Benedicto XVI, acompañará los trabajos sinodales en momentos muy significativos. Su Santidad, Presidente del Sínodo de los Obispos, presidirá las 4 celebraciones eucarísticas. La apertura de la Asamblea sinodal tendrá lugar el domingo 5 de octubre en la Basílica Papal de San Pablo Extramuros. Es la primera vez que un Sínodo de Obispos es inaugurado fuera de la Basílica Papal de San Pedro. La razón es obvia, ya que la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos se desarrolla en el Año Paulino que el Sumo Pontífice inauguró el 29 de junio de 2008. La Eucaristía conclusiva tendrá lugar el 26 de octubre en la Basílica de San Pedro del Vaticano. En la misma sede tendrán lugar otras dos celebraciones eucarísticas. El 12 de octubre serán canonizados cuatro beatos que se han distinguido en la escucha de la Palabra de Dios y en ponerla en práctica. Se trata del sacerdote Gaetano Errico, de dos religiosas, Maria Bernarda Büttler y Alfonsa de la Inmaculada Concepción y, de una laica, Narcisa de Jesús Martillo Morán. Es una invitación para todos, para los Padres sinodales y los fieles, para dejarse guiar por el Espíritu Santo por medio de la Palabra de Dios en el necesario y, al mismo tiempo, elevado camino de la beatitud o de la santidad. El 9 de octubre, el Obispo de Roma presidirá la Santa Misa con ocasión del 50 aniversario de la muerte del Siervo de Dios Pío XII que, entre otros grandes méritos, renovó el interés de los estudios bíblicos. Así mismo, la Eucaristía del 19 de octubre, en el Pontificio Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya, será ocasión para que el Santo Padre suplique a la Beata Virgen María su intercesión en favor de los Padres sinodales para que sigan el ejemplo de la Discípula de Jesucristo que escuchaba la Palabra de Dios, guardaba todas esas cosas y las meditaba en su corazón (cfr. Lc 2, 19).

Como de costumbre, cada una de las 24 Congregaciones generales previstas, comenzará y terminará con la oración. En especial, la de las mañanas consistirá en la Liturgia de la Hora Tercia, acompañada por una breve homilía, a cargo de los Padres sinodales. La oración acompañará también el encuentro ecuménico del sábado 18 de octubre de 2008. En la Sala del Sínodo de los Obispos, el Santo Padre, Benedicto XVI, y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, presidirán las primeras Vísperas del XXIX domingo del tiempo ordinario. A continuación, harán sus respectivas intervenciones sobre el tema de la Palabra de Dios con especial referencia al Año Paulino. Será la primera vez que el Patriarca Ecuménico se dirigirá a los Padres sinodales. Él trae el saludo de las Iglesias particulares que el Apóstol de las Gentes fundó antes de trasladarse a Roma, donde fue víctima del martirio. Por su parte, el Obispo de Roma, Papa Benedicto XVI, acogerá en un abrazo fraterno al Patriarca ecuménico para subrayar la importancia de la misión de San Pablo en Roma, ciudad que custodia celosamente y con orgullo los restos mortales de dos pilares de la Iglesia: Pedro y Pablo, así como su rica tradición Apostólica.

En este ambiente de oración y de religiosa escucha de la Palabra de Dios, se llevarán a cabo los trabajos de la XII Asamblea General Ordinaria. En ésta participarán 253 Padres sinodales, representantes de 13 Iglesias Orientales Católicas sui iuris, de 113 Conferencia Episcopales, de 25 Dicasterios de la Curia Romana, y de la Unión de Superiores Generales.

De los 253 Padres sinodales, 51 provienen de África, 62 de América, 41 de Asia, 90 de Europa y 9 de Oceanía. Ellos participarán en la Asamblea General Ordinaria de distintas formas: 173 fueron elegidos, 38 participan ex officio, 32 han sido nombrados por el Santo Padre y 10 fueron elegidos por la Unión de Superiores Generales. Por lo tanto, el 72,3 % de los padres sinodales son elegidos; el 15 % forman parte de los trabajos ex officio y el 12, 6 % están nombrados por el Santo Padre. Entre los 253 padres sinodales hay 8 Patriarcas, 52 Cardinales [1], 2 Arzobispos Mayores, 79 Arzobispos, 130 Obispos. En relación a las funciones que desempeñan: 10 son jefes de las Iglesias Orientales sui iuris, 30 Presidentes de Conferencias Episcopales, 24 jefes de los Dicasterios de la Curia Romana, 185 Ordinarios, 17 Auxiliares.

Entre los padres sinodales el más anciano tiene 88 años (el Patriarca de Antioquía de los Maronitas Card. Pierre Nasrallah Sfeir), mientras que el más joven tiene 39 años (Mons. Anton Leichtfried, Obispo Auxiliar de Sankt Pölten, Austria). Por lo tanto, en las reflexiones sinodales podrán beneficiarse de la experiencia de los hermanos mayores y del dinamismo de los más jóvenes. En todo caso, la edad media de los padres sinodales es 63 años.
En la Asamblea sinodal participarán también 41 Expertos, procedentes de 21 países, y 37 Oyentes procedentes de 26 países. Entre los expertos hay 6 mujeres, mientras que las Oyentes son 19, una más que los Oyentes.

En esta cumbre sinodal participan igualmente algunos Delegados fraternos, representantes de 10 Iglesias y comunidades eclesiásticas, que junto a los católicos, comparten el amor y una respetuosa veneración de las Sagradas Escrituras. Además del Patriarcado Ecuménico, estarán representados los Patriarcas de Moscú, Serbia y Rumanía, la Iglesia Ortodoxa de Grecia y la Iglesia Apostólica Armenia, así como la Comunidad Anglicana, la Federación Luterana Mundial, la Iglesia de los Discípulos de Cristo, además del Consejo Ecuménico de las Iglesias.

En los trabajos sinodales participarán también 3 Invitados especiales del Santo Padre, Benedicto XVI. El primero que intervendrá es el Rabino jefe de Haifa, Shear Yashyv Cohen, que la tarde del 6 de octubre, expondrá cómo el Pueblo Hebreo lee e interpreta la Sagrada Escritura - la Toráh, los profetas y los escritos sapienciales - que, en gran parte, comparten con los cristianos y que ellos denominan Antiguo Testamento. Se trata de la primera vez que un Rabino, y no un cristiano, se dirige a los padres sinodales. Luego, su E. Card. Albert Vanhoye, S.J., explicará cómo los cristianos se refieren a las Sagradas Escrituras Hebreas, presentando algunas normas del documento de la Pontificia Comisión Bíblica del año 2001: El Pueblo hebreo y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana. Los otros dos Invitados especiales son el Rev. Dr. A. Miller Milloy, Secretario general de la United Bible Societies y el Hermano Alois, Prior de la Comunidad de Taizé.

Los periodistas serán informados con regularidad sobre los trabajos sinodales por los 5 Encargados de Prensa para el francés, el inglés, el italiano, el español y el alemán, respectivamente. Lógicamente, se realizarán algunas Conferencias de prensa que se anunciarán con tiempo. Los trabajos sinodales se pueden llevar a cabo gracias al apoyo de los Asistentes, Traductores, personal técnico y, sobre todo, al de los Oficiales de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos. En total, en el Sínodo de los Obispos participarán más de 400 personas. Durante la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos se aplicará, por primera vez, el Ordo Synodi Episcoporum actualizado en el año 2006. El texto, además de las normas jurídicas, contiene el desarrollo de la praxis sinodal durante sus 40 años de existencia,. Obviamente, se ha tratado de adaptar el Reglamento a las normas del Códice de Derecho Canónico y al Código de los cánones de las Iglesias Orientales, promulgados en 1983 y 1990 respectivamente.

La descripción detallada de las modificaciones exigiría mucho tiempo y sería interesante para los especialistas en derecho, sobre todo en lo que concierne al desenvolvimiento de las instituciones eclesiásticas. A este respecto habría que leer con atención el Proemio, que indica brevemente los aspectos teológicos y jurídicos del Sínodo de los Obispos, confirmados por la praxis sinodal durante más de 4 décadas. Me parece que para esta ocasión será suficiente destacar lo siguiente.Se indican con mayor claridad las competencias del Relator General y del Secretario Especial. Como se sabe, el Relator General es Su Eminencia el Sig. Card. Marc Ouellet, P.S.S., Arzobispo di Quebec, Canadá. Es la primera vez que un Obispo canadiense cumple la función de Relator General. El Secretario Especial es su Excelencia Mons. Laurent Monsengwo Pasinya, Arzobispo de Kinshasa, República Democrática del Congo. Es también la primera vez que un Obispo africano, como su Ex. Mons. Monsengwo, desempeña el papel de Secretario Especial de una Asamblea General Ordinaria. Él sustituye a Su Excelencia Mons. Wilhelm Emil Egger, O.F.M. Cap., Obispo di Bolzano-Bressanone, prematuramente desaparecido.

En el mencionado Reglamento se refleja mejor la posición jurídica de las venerables Iglesias Orientales Católicas sui iuris. Éstas pueden estar representadas por los Jefes de sus respectivas Iglesias o, si no pudieran participar en la Asamblea sinodal, entonces lo estarían por un Delegado, seleccionado por el Jefe y con el consenso del Sínodo de la Iglesia sui iuris. Además, las Iglesias Orientales Católicas que tienen un número de Obispos superior a 25 pueden escoger otro representante para las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de los Obispos. Así pues, contaremos por primera vez, en lo que se refiere a las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, tres categorías de representación: ex officio, ex designatione y ex electione.

El Reglamento del Sínodo de los Obispos recoge, además de las intervenciones escritas por los Padres sinodales, la llamada Discusión libre. Ésta tendrá lugar de 6:00 a 7:00 PM, dentro de cada una de las Congregaciones generales de la tarde. Además, puesto que cada padre sinodal tendrá a disposición para su intervención oficial 5 minutos, se ha aumentado el tiempo de Discusión libre durante los trabajos sinodales después de las Relaciones anterior y posterior a la Discusión, y también para el Mensaje (Nuntius).

Así mismo, habrán momentos de Discusión libre después de cada cinco relaciones, cada una de 10 minutos en las cuales cinco Obispos indicarán cómo el tema de la Palabra de Dios se recibe en los cinco continentes. Se trata de otra novedad metodológica, prevista para la tarde del 6 de octubre, che permitirá obtener un información más precisa sobre la realidad de las Iglesias particulares en cada uno de los continentes.

Así mismo, en el programa se incluye una relación de unos 30 minutos sobre la recepción de la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, la primera del Santo Padre Benedicto XVI. El Relator será su E. Card. Angelo Scola, Patriarca de Venecia, Relator general de la última Asamblea sinodal. Posteriormente habrá una Discusión libre sobre dicho tema. Con esta presentación de algunos aspectos importantes de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobreLa Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, quisiera invitar a todos, sobre todo a quienes como personas tienen la vida consagrada, a rezar con mayor fervor y perseverancia con el propósito de que los resultados sinodales contribuyan a renovar el amor hacia la Palabra de Dios que en la Sagrada Escritura encuentra su expresión testimonial, junto al auspiciado dinamismo de la Iglesia y de su misión evangelizadora y de promoción humana.

Concluyo con la cita del último libro de la Biblia que abre los horizontes de la eternidad a quienes aman a Jesucristo, enviado por Dios Padre, que, al escuchar la Palabra de Dios y guiados por el Espíritu Santo, caminan hacia el Reino de los Cielos, en comunión con todos los santos: “Dichoso el que lea y el que escuche las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella porque el Tiempo está cerca” (Ap 1, 3).

Notas[1] Algunos grupos se repiten varias veces como en el caso de los Cardenales, ya que entre ellos se incluyen 4 Patriarcas Cardenales, así como un Arzobispo Mayor.

Tomado de:
http://www.vatican.va/news_services/press/sinodo/documents/bollettino_22_xii-ordinaria-2008/04_spagnolo/b02_04.html#PRESENTACIÓN_DEL_SECRETARIO_GENERAL

Gracias a Aquel que nos amó

P. José R. Martínez Galdeano s.j.
Reflexión sobre 2Tim 4,6-8.17-18

Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación.
Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui «librado de la boca del león». El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Es tal vez la carta más conmovedora. Pablo está en la cárcel. Estuvo una primera vez y salió libre. Ahora presiente que no va a ser así, que morirá condenado a muerte: “Estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente”. Está solo; sólo le acompaña Lucas, acompañante de sus viajes y autor de un evangelio y del libro de los Hechos de los Apóstoles. Se siente viejo. Escribe a Timoteo, discípulo muy querido, hijo de una familia muy querida, de los primeros convertidos en la ciudad de Listra. Se unió al grupo de compañeros de Pablo en el segundo viaje, cuando Pablo visitó Listra, y desde entonces le acompañará en sus viajes. Está en Éfeso al cargo de aquella Iglesia, en la que sucederá a su maestro.

Pablo escribe con el corazón en la mano: “Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida (de la muerte) es inminente. He combatido bien mi combate (enorme su esfuerzo predicando el Evangelio desde Asia, las actuales Palestina, Siria y Turquía, hasta el otro extremo del Mediterráneo, España), he corrido hasta la meta (nueva alusión a la muerte), he mantenido la fe (ha sufrido persecuciones, ha escrito numerosas cartas a comunidades amenazadas por el error). Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida”. Se siente cansado, pero no fracasado. Hay otro mundo, existe la vida eterna, existe el Cielo, existe el premio y existe un juez justo. ¡Cómo le ha amado Pablo desde que aceptó su derrota y la victoria de Cristo por amor! “¡Mi vivir es Cristo! ¡Llevo impresas sus llagas en mi cuerpo!” (Flp 1,21; Ga,6,17). Casi veinte siglos más tarde dirá otra gran amante de Jesucristo en circunstancia igual, Teresa de Lisieux, ante la muerte: “¡Qué felicidad saber que me va a juzgar Aquel, a quien he amado tanto!”. El mismo lenguaje, el mismo amor.

Es maravilloso, es conmovedor ver a Pablo en la cárcel ante la muerte, sin miedo, lleno de fortaleza y esperanza, deseando el encuentro con Cristo, que espera será pronto. Aunque no sea más que con la imaginación, acercarse a ese momento sacude de emoción; una corriente que estremece, recorre el cuerpo y el alma.

El texto litúrgico que reflexionamos salta unas líneas, pidiendo a Timoteo que se apresure a ir a Roma. Pablo tiene miedo a no llegar a verle antes de morir. Se añaden unas breves noticias y recomendaciones. Luego prosigue. Afrontó la primera sesión del tribunal; estuvo, como dice, ante “la boca del león”; su actitud no dejaba lugar a dudas sobre el resultado de la sentencia: va ser sacrificado. Tal vez presidió el mismo emperador romano, Nerón; la administración de la justicia era una de las funciones imperiales importantes, que desempeñaba personalmente. Pero no se amilanó. El Espíritu cumplió la promesa de Jesús (Mt 10,20): “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles”. Tal vez no habían oído el Evangelio nunca o les había sido adulterado; pero él, Pablo, había podido dar a aquellos paganos, tan ignorantes del Dios verdadero, una síntesis veraz y precisa del mensaje de Jesús. Le escucharon: “Él me libró de la boca del león”. Y culmina su recuerdo victoriosamente: “El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!”. Así termina la carta. Añadirá sólo varios saludos de parte suya y de otros.

Impresionante el momento. Solo, encarcelado, sin defensa, ante la muerte próxima, “sabe de quién se ha fiado” (2Tim 1,12). Sintiendo a Dios muy cerca, con una historia personal de apasionado enemigo de Jesús y otra etapa de igualmente apasionado seguidor de Cristo hasta las últimas consecuencias (de Cristo crucificado), no tiene miedo. Ha amado hasta la muerte y ahora sabe que es amado por quien amó y ama infinitamente. No tiene miedo: Me salvará, me llevará a su reino del cielo. “¿Quién me separará del amor de Cristo? Ni la muerte, ni la vida, ni criatura alguna” (Ro 8,38s). El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén”, así sea, así será.

Precioso el ánimo y la fe que anima a Pablo a enfrentar su muerte. Ojalá que sean los nuestros en aquellos momentos. Temo que hoy no sea lo más común. Al menos a veces a los cristianos nos falta la fe suficiente para ayudar a nuestros moribundos a afrontar la muerte con un espíritu que recuerde al de Pablo. No pocos de nuestros fieles mueren en la cama, pero sin haber recibido los sacramentos. Uno piensa para qué se llama al sacerdote para que ore sobre un difunto, al que se le ha dejado morir sin la confesión, ni el viático, ni la unción de los enfermos. Y si se llama al sacerdote para administrar la unción, mi experiencia frecuente es que el moribundo ya no traga, no habla y hasta se encuentra ya en coma. Caigan todos en la cuenta que es obligación grave de piedad y caridad proporcionar a un enfermo grave la oportunidad del perdón y del auxilio de Dios en momento tan decisivo para su salvación eterna.

Según la opinión general de los teólogos la perseverancia final, el morir en gracia de Dios, es una gracia especial distinta del mero conservarse en gracia. Es como el que sube a una alta montaña. No le basta su empeño. Si no bebe durante el camino, sus fuerzas no le alcanzarán para llegar a la cumbre. Hace falta una gracia especial para triunfar en la agonía, en la lucha última con la muerte, para morir con Cristo. De la muerte del justo joven dice la Biblia: “Su alma era del agrado del Señor; por eso se apresuró a sacarle de entre la maldad” (Sab 4,14). Si la fe no es posible sin la gracia, la perseverancia y la coherencia con ella en el decisivo momento final y para siempre, con mayor razón. La Iglesia no la supone sin más. La Iglesia, siguiendo las apremiantes recomendaciones del Señor, insta a todos a pedirla y además con frecuencia.

Cristo ha dotado a su Iglesia de un sacramento especial cuyos efectos son el perdón de los pecados (caso de que la confesión no sea posible), la misma salud corporal (si conviene a la salvación) y el fortalecimiento de la fe, esperanza y caridad para vencer las tentaciones y asumir la muerte. Que una persona sea anciana o vaya a sufrir una operación con peligro de muerte, es razón que justifica la recepción de la unción de los enfermos. En la piedad tradicional cristiana se incluye la oración, que ha de ser constante y normal, por el don de la perseverancia final. Es costumbre que se ha perdido en muchos casos, y es importante que todo cristiano piadoso recupere. “Velen. Su adversario el Diablo ronda como león rugiente (no pensemos nunca que se acabaron los peligros) buscando a quién devorar. El Dios de toda gracia (toda gracia es don de Dios), el que les ha llamado, Él les restablecerá, afianzará, robustecerá y consolidará. A Él el poder por los siglos de los siglos. Amén” (1Pe 5,8-11). Porque “en todo salimos (y saldremos) vencedores gracias a Aquel que nos amó” (Ro 8,37).

San Pablo y los Apóstoles

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 24 de septiembre de 2008


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero hablar sobre la relación entre san Pablo y los Apóstoles que lo habían precedido en el seguimiento de Jesús. Estas relaciones estuvieron siempre marcadas por un profundo respeto y por la franqueza que en san Pablo derivaba de la defensa de la verdad del Evangelio. Aunque era prácticamente contemporáneo de Jesús de Nazaret, nunca tuvo la oportunidad de encontrarse con él durante su vida pública. Por eso, tras quedar deslumbrado en el camino de Damasco, sintió la necesidad de consultar a los primeros discípulos del Maestro, que él había elegido para que llevaran su Evangelio hasta los confines del mundo.

En la carta a los Gálatas san Pablo elabora un importante informe sobre los contactos mantenidos con algunos de los Doce: ante todo con Pedro, que había sido elegido como Kephas, palabra aramea que significa roca, sobre la que se estaba edificando la Iglesia (cf. Ga 1, 18); con Santiago, "el hermano del Señor" (cf. Ga 1, 19); y con Juan (cf. Ga 2, 9): san Pablo no duda en reconocerlos como "las columnas" de la Iglesia. Particularmente significativo es el encuentro con Cefas (Pedro), que tuvo lugar en Jerusalén: san Pablo se quedó con él 15 días para "consultarlo" (cf. Ga 1, 19), es decir, para informarse sobre la vida terrena del Resucitado, que lo había "atrapado" en el camino de Damasco y le estaba cambiando la vida de modo radical: de perseguidor de la Iglesia de Dios se había transformado en evangelizador de la fe en el Mesías crucificado e Hijo de Dios que en el pasado había intentado destruir (cf. Ga 1, 23).

¿Qué tipo de información sobre Jesucristo obtuvo san Pablo en los tres años sucesivos al encuentro de Damasco? En la primera carta a los Corintios podemos encontrar dos pasajes que san Pablo había conocido en Jerusalén y que ya habían sido formulados como elementos centrales de la tradición cristiana, una tradición constitutiva. Él los transmite verbalmente tal como los había recibido, con una fórmula muy solemne: "Os transmito lo que a mi vez recibí". Insiste, por tanto, en la fidelidad a cuanto él mismo había recibido y que transmite fielmente a los nuevos cristianos. Son elementos constitutivos y conciernen a la Eucaristía y a la Resurrección; se trata de textos ya formulados en los años treinta. Así llegamos a la muerte, sepultura en el seno de la tierra y a la resurrección de Jesús (cf. 1 Co 15, 3-4).

Tomemos ambos textos: las palabras de Jesús en la última Cena (cf. 1 Co 11, 23-25) son realmente para san Pablo centro de la vida de la Iglesia: la Iglesia se edifica a partir de este centro, llegando a ser así ella misma. Además de este centro eucarístico, del que vuelve a nacer siempre la Iglesia —también para toda la teología de san Pablo, para todo su pensamiento—, estas palabras tuvieron un notable impacto sobre la relación personal de san Pablo con Jesús. Por una parte, atestiguan que la Eucaristía ilumina la maldición de la cruz, convirtiéndola en bendición (cf. Ga 3, 13-14); y por otra, explican el alcance de la misma muerte y resurrección de Jesús. En sus cartas el "por vosotros" de la institución se convierte en "por mí" (Ga 2, 20) —personalizando, sabiendo que en ese "vosotros" él mismo era conocido y amado por Jesús— y, por otra parte, en "por todos" (2 Co 5, 14); este "por vosotros" se convierte en "por mí" y "por la Iglesia" (Ef 5, 25), es decir, también "por todos" del sacrificio expiatorio de la cruz (cf. Rm 3, 25). Por la Eucaristía y en la Eucaristía la Iglesia se edifica y se reconoce como "Cuerpo de Cristo" (1 Co 12, 27), alimentado cada día por la fuerza del Espíritu del Resucitado.

El otro texto, sobre la Resurrección, nos transmite de nuevo la misma fórmula de fidelidad. San Pablo escribe: "Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Co 15, 3-5). También en esta tradición transmitida a san Pablo vuelve a aparecer la expresión "por nuestros pecados", que subraya la entrega de Jesús al Padre para liberarnos del pecado y de la muerte. De esta entrega san Pablo saca las expresiones más conmovedoras y fascinantes de nuestra relación con Cristo: "A quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21); "Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8, 9). Vale la pena recordar el comentario con el que Martín Lutero, entonces monje agustino, acompañaba estas expresiones paradójicas de san Pablo: "Este es el grandioso misterio de la gracia divina hacia los pecadores: por un admirable intercambio, nuestros pecados ya no son nuestros, sino de Cristo; y la justicia de Cristo ya no es de Cristo, sino nuestra" (Comentario a los Salmos, de 1513-1515). Y así somos salvados.

En el kerygma (anuncio) original, transmitido de boca a boca, merece señalarse el uso del verbo "ha resucitado", en lugar de "fue resucitado", que habría sido más lógico utilizar, en continuidad con el "murió" y "fue sepultado". La forma verbal "ha resucitado" se eligió para subrayar que la resurrección de Cristo influye hasta el presente de la existencia de los creyentes: podemos traducirlo por "ha resucitado y sigue vivo" en la Eucaristía y en la Iglesia. Así todas las Escrituras dan testimonio de la muerte y la resurrección de Cristo, porque —como escribió Hugo de San Víctor— "toda la divina Escritura constituye un único libro, y este único libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y tiene en Cristo su cumplimiento" (De arca Noe, 2, 8). Si san Ambrosio de Milán pudo decir que "en la Escritura leemos a Cristo", es porque la Iglesia de los orígenes leyó todas las Escrituras de Israel partiendo de Cristo y volviendo a él.

La enumeración de las apariciones del Resucitado a Cefas, a los Doce, a más de quinientos hermanos, y a Santiago se cierra con la referencia a la aparición personal que recibió san Pablo en el camino de Damasco: "Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo" (1 Co 15, 8). Dado que él había perseguido a la Iglesia de Dios, en esta confesión expresa su indignidad de ser considerado apóstol al mismo nivel que los que le han precedido: pero la gracia de Dios no fue estéril en él (cf. 1 Co 15, 10). Por tanto, la actuación prepotente de la gracia divina une a san Pablo con los primeros testigos de la resurrección de Cristo: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído" (1 Co 15, 11). Es importante la identidad y la unicidad del anuncio del Evangelio: tanto ellos como yo predicamos la misma fe, el mismo Evangelio de Jesucristo muerto y resucitado, que se entrega en la santísima Eucaristía.

La importancia que san Pablo confiere a la Tradición viva de la Iglesia, que transmite a sus comunidades, demuestra cuán equivocada es la idea de quienes afirman que fue san Pablo quien inventó el cristianismo: antes de proclamar el evangelio de Jesucristo, su Señor, se encontró con él en el camino de Damasco y lo frecuentó en la Iglesia, observando su vida en los Doce y en aquellos que lo habían seguido por los caminos de Galilea. En las próximas catequesis tendremos la oportunidad de profundizar en las contribuciones que san Pablo dio a la Iglesia de los orígenes; pero la misión que recibió del Resucitado en orden a la evangelización de los gentiles necesita ser confirmada y garantizada por aquellos que le dieron a él y a Bernabé la mano derecha como señal de aprobación de su apostolado y de su evangelización, así como de acogida en la única comunión de la Iglesia de Cristo (cf. Ga 2, 9).

Se comprende entonces que la expresión: "Si conocimos a Cristo según la carne" (2 Co 5, 16) no significa que su existencia terrena tenga poca importancia para nuestra maduración en la fe, sino que desde el momento de la Resurrección cambia nuestra forma de relacionarnos con él. Él es, al mismo tiempo, el Hijo de Dios, "nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos", como recuerda san Pablo al principio de la carta a los Romanos (Rm 1, 3-4).

Cuanto más tratamos de seguir las huellas de Jesús de Nazaret por los caminos de Galilea, tanto más podemos comprender que él asumió nuestra humanidad, compartiéndola en todo, excepto en el pecado. Nuestra fe no nace de un mito ni de una idea, sino del encuentro con el Resucitado, en la vida de la Iglesia.
Tomado de:

Homilías: Domingo 27 T.O. (A)

Lecturas:; Is 5,1-7; S. 79; Flp 4,6-9; Mt 21,33-43

Cristo nuestra paz
Homilía por el P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

El texto de la carta de San Pablo a los Filipenses, que se lee estos domingos, da un salto largo hasta el capítulo final. Tras recomendar con énfasis la alegría, recordando que “el Señor está cerca”, recomienda esforzarse por la paz. Se trata en primer lugar de la paz interior, de la paz del corazón, que es base para tenerla con los demás. “Que nada los angustie; al contrario en cualquier situación presenten sus deseos a Dios, orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. Vamos a reflexionar, con la ayuda del Espíritu Santo, sobre esta paz del corazón, de la que brota la paz con los demás.

Ya el profeta Isaías anuncia a Cristo como “príncipe de la paz”. Cuando Jesús vino al mundo el primer anuncio fue de gozo y paz: “Les anuncio un gran gozo” –dice el ángel a los pastores–. “En la tierra paz a los hombres por la buena voluntad de Dios” –cantan los ángeles–. También había cantado, lleno del Espíritu Santo, el padre de Juan el Bautista, que Jesús venía para “guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,79). Se lo dijo también Jesús a sus amigos cuando iba a la pasión: “Mi paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14,27) y de nuevo el domingo de resurrección: “La paz sea con ustedes” (Jn 20,19). Se trata de “la paz de Dios”, de la paz de Cristo, de una paz sobrenatural, que es un fruto de la presencia y acción del Espíritu Santo, que proviene y da Dios, al que en el mismo texto se designa como “el Dios de la paz”. El mismo Pablo identifica en la carta a los Efesios a Cristo con la paz: “Él es nuestra paz” (Ef 2,14).

Hay una paz natural. Proviene de bienes naturales: la buena salud, una situación económica suficiente, la carencia de ambiciones inalcanzables, una familia unida y serena, los buenos amigos, el aprecio de los demás y el buen nombre, un futuro tranquilo y no amenazado. Esta paz es buena, pero tiene una buena dosis de inseguridad. Es exterior, no responde al mérito ni al valor moral de las personas, con frecuencia es en el fondo inestable y a veces fingida.

La de Cristo es interior, brota dentro de sí mismo, es la paz consigo mismo; y al mismo tiempo exterior, con los demás. Puede y suele haber relación entre ambas, pero pueden estar en contradicción. Es claro que aquí debemos hablar de ésta, de la sobrenatural, que para la persona de fe, siempre es posible con la gracia de Dios y Dios quiere concederla.

San Ignacio de Loyola, que se ha expresado con gran luz sobre esto, piensa que en las personas convertidas, que han dado el paso decisivo, que han salido de una situación normal de pecado, que van progresando en la virtud, según la fórmula que él mismo emplea: “que van de bien en mejor subiendo”, en estas personas el Espíritu Santo actúa con frecuencia sensiblemente, es decir que la persona lo experimenta y lo puede distinguir. ¿Cómo? Porque en el alma surge “algo”, ocurre una situación de componente intelectual y afectivo, de idea y sentimiento, que puede traducirse como amor que se enciende, alegría, alivio, claridad, liberación, luz, paz: “aumento de esperanza, fe y caridad y toda alegría interna (que brota de dentro) que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salvación del alma, aquietándola y pacificándola en su Criador y Señor” (E.E. 316). Esto, hermanos, es normal en la vida cristiana. Esto lo han sentido ustedes muchas veces, me atrevo a decir, y es importante que ustedes se den cuenta, para aprovechar esa luz y esa fuerza, para agradecer, para fortalecer su fe, aumentar su caridad, limpiar las legañas de sus ojos y ver a Dios en todas las cosas, en todos los acontecimientos, en todos los hermanos y bendecir, bendecir y bendecir a Dios, dándole las gracias con humildad.

¿Cómo lograrlo? San Pablo nos propone como medio eficaz primero la oración: “en cualquier situación presenten sus deseos a Dios, orando, suplicando y dando gracias”. La Iglesia en su oración oficial (la de las horas que obliga a sacerdotes y muchos religiosos) emplea mucho la oración de acción de gracias. La Eucaristía significa acción de gracias; en la misa se dan gracias en el canto del Gloria y con el prefacio, en la consagración se recuerda y hace propia la acción de gracias de Jesús, en la oración inmediata se ofrece a Dios y se agradece el sacrificio y se une el nuestro. Entonces se recibe y da la paz, que es lo mismo que hemos escuchado a Pablo: Después de haber orado, suplicado y dado gracias, “la paz de Dios (no la nuestra) custodiará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús (es decir por medio de la gracia que viene de Cristo Jesús) y finalmente tengan en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta. Practiquen así mismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes”. Es decir que con la ayuda obtenida por la oración y acción de gracias irán practicando y progresando en toda virtud, se estará abierto a los buenos ejemplos de otros, que enseñan y estimulan, y vivirán en una paz creciente.

Lo que no hay que olvidar es que esta oración tiene que ser como la de Jesús. Ante la pasión Jesús pidió que pasase de él aquel cáliz, pero que no se hiciese su voluntad sino la del Padre (Mt 26,42). El Cristo, que trae y es la paz, es, como en Pablo, el Cristo crucificado. En el dolor oren ante Cristo crucificado, como la virgen María. Ante Cristo crucificado es mucho más fácil ver que todo lo que nos ocurre es para nuestro bien (Ro 8,28) y aceptar nuestra propia cruz. En la misa el sacerdote, que representa a Cristo, despide a los fieles, para que vayan a testimoniar que Cristo está vivo y ama a los hombres, con la fórmula: “Pueden ir en paz”. La Iglesia confía en que la palabra de Dios, la oración, la ofrenda de su vida junto al sacrificio de Cristo, al pie de la cruz, el perdón obtenido del Cordero de Dios y otorgado a todo hermano, y el alimento de la víctima sacrificada hayan fortalecido al fiel para anunciar y transmitir a Cristo y su paz: “El Señor esté con ustedes. Pueden ir en paz”.

No renuncien a esto. Tómenlo en serio. Eso es vivir de la fe. Entonces cambia la vida.