¡FELIZ PASCUA!








































¡CRISTO HA RESUCITADO!


«¿Por qué buscáis entre los muertos al que está 
vivo? No está aquí, ha resucitado.
»
Lucas 24, 5-6


La Resurrección de Jesús es el hecho central de la vida cristiana y de la salvación.
¡Alegrémonos con la Resurrección de Cristo, y que esta alegría esté siempre presente en nuestra vida!

¡ALELUYA!






Exhortación Apostólica del Papa Francisco: «Gaudete et exsultate»

Se publicó la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, «sobre el llamado a la santidad en el mundo actual», la tercera de su Pontificado. Compartimos un enlace para la descarga del documento PDF. Acceda AQUÍ.

Jesús se aparece a sus discípulos

El P. Adolfo Franco, jesuita, nos comparte su reflexión del 3° Domingo de Pascua: "Cristo resucitado se aparece a los Apóstoles para ir estableciendo la Iglesia."Escuche en audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.

Jesús y Tomás

El P. Adolfo Franco, jesuita, nos comparte su reflexión sobre el 2° Domingo de Pascua: "Cristo se aparece a los apóstoles para confirmarles en su fe." Escuche en audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de ABRIL 2018

Compartimos la intención del Papa Francisco para este mes de ABRIL y las oraciones que nos permitan unirnos a él en oración a través de la Red Mundial. Acompañamos con la reflexión del P. Javier Rojas, S.J. sobre la intención de este mes. Acceda AQUÍ.

Oraciones diarias Click To Pray en Audios y Videos - ABRIL 2018

Oremos en ABRIL junto al Papa Francisco a través de la Red Mundial de Oración. Podemos acceder o descargar las oraciones del mes en  AUDIO y VÍDEO. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa Francisco

Compartimos sus últimas catequesis, entre ellas las que finalizan la serie sobre la Santa Misa, acceda a través de los siguientes enlaces:
Bautismo: el fundamento de la vida cristiana, audiencia del 11 de abril del 2018
La Santa Misa: Ritos de conclusión, audiencia del 4 de abril del 2018
El Triduo Pascual, audiencia del 28 de marzo del 2018
La Santa Misa - Liturgia Eucarística: La Comunión, audiencia del 21 de marzo del 2018
La Santa Misa - Liturgia Eucarística: "Padre nuestro" y la fracción del Pan, audiencia del 14 de marzo del 2018
La Santa Misa - Liturgia Eucarística: Plegaria Eucarística, audiencia del 7 de marzo del 2018

Exhortación Apostólica del Papa Francisco: «Gaudete et exsultate»



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Publicación de
Vatican News

Se publicó la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, «sobre el llamado a la santidad en el mundo actual», la tercera de su Pontificado.


Ciudad del Vaticano

«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12). Empieza con las palabras de Jesús «a los que son perseguidos o humillados por su causa», la Exhortación Apostólica firmada por el Santo Padre Francisco el 19 de marzo, Solemnidad de San José, del año 2018, sexto de su Pontificado.

«El Llamado a la santidad»; «Dos sutiles enemigos de la santidad»; «A la luz del Maestro»; «Algunas notas de la santidad en el mundo actual» y «Combate, vigilancia y discernimiento»

Son los cinco capítulos, del documento pontificio - publicado en español, italiano, francés, inglés, portugués, alemán, polaco y árabe - en el que el Papa Francisco recuerda las Bienaventuranzas como camino «a contracorriente» que Jesús nos indica para ser un buen cristiano:

«Puede haber muchas teorías sobre lo que es la santidad, abundantes explicaciones y distinciones. Esa reflexión podría ser útil, pero nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (63).

No es un tratado sino el anhelo de hacer resonar el llamado a la santidad

«No es de esperar aquí un tratado sobre la santidad, con tantas definiciones y distinciones que podrían enriquecer este importante tema, o con análisis que podrían hacerse acerca de los medios de santificación. Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades. Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4). (2)

El Papa Francisco desea coronar sus reflexiones con María:

«… porque Ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con Ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…». (176)



Jesús se aparece a sus discípulos




P. Adolfo Franco, jesuita.

PASCUA
DOMINGO III

Lucas, 24, 35-48

Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el  camino  y  cómo lo  habían  reconocido  al  partir  el pan.
Estaban  comentando  todo  esto,  cuando  se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»  Sobresaltados  y  asustados, creyeron  ver  un  espíritu.  Pero  él  les  dijo:  «¿Por qué  os  turbáis?  ¿Por  qué  alberga  dudas  vuestra mente?  Mirad  mis  manos  y  mis  pies;  soy  yo
mismo. Palpadme y pensad que un espíritu no tiene carne  y  huesos  como  véis que  yo  tengo.» Dicho esto,  les  mostró  las  manos  y  los  pies. Como  no acababan  de  creérselo  a  causa  de  la alegría,  y estaban asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?»  Ellos le ofrecieron un trozo de pescado.  Lo tomó y comió delante de ellos.
Después les  dijo:  «Lo  ocurrido  confirma  las palabras  que  os  dije  cuando  todavía  estaba  con vosotros:  Es  necesario  que  se  cumpla  todo  lo  que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los  Salmos  acerca  de  mí.»  Entonces,  abrió  sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Está escrito que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.
Palabra del Señor.

Cristo resucitado se aparece a los Apóstoles para ir estableciendo la Iglesia.

Loa apóstoles necesitaban la experiencia de Cristo resucitado. Ellos debían ser la antorcha que iba a iluminar con la fe este mundo que permanecía en la sombra. Y los mismos apóstoles en ese momento estaban completamente a oscuras. Por eso Jesús se acerca a sus amigos. Esta aparición a los apóstoles es un gesto de amistad y también un paso más para el nacimiento de la Iglesia.

Al decir que esta aparición de Jesús a los apóstoles es un paso más en la fundación de la Iglesia, no se debe interpretar como si esta visita de Jesús a sus apóstoles fuera una especie de reunión de directorio, una sesión de trabajo; es una reunión de amistad, una confirmación de su Resurrección, necesaria como fundamento de la Iglesia que El estaba estableciendo. Jesús Resucitado necesitaba encontrarse con sus amigos, y sabía que sus amigos lo necesitaban, estaban en emergencia, había que confirmarlos en la fe, que ellos implantarían en la Iglesia. Y allá va el Señor para estar con ellos, para que recuperasen el ánimo; estaban tan por los suelos.

Por tanto, quería consolidar las bases ya concretas de la obra que El había venido a establecer: la Iglesia como ejecutora de la salvación que El había ya realizado. Así en esta aparición se confirman los principales componentes de esta Iglesia. Y primero la fe en Cristo Resucitado. Por eso El se va a prodigar tantas veces: debe quedar bien asentado este hecho ¡Ha resucitado! ¡Es verdad! Sin eso no hay Iglesia. La Iglesia es un conjunto de creyentes, que establecen su vida y la apoyan en esta afirmación contundente ¡Cristo ha resucitado! Sin eso no hay Iglesia. La Iglesia es el conjunto de los testigos de Cristo resucitado.

Y este Jesús amigo, Resucitado, les empieza a explicar las Escrituras, y les hace ver cómo hay que entenderlas desde la perspectiva de su muerte y resurrección. Es también muy importante esto para el ser de la Iglesia. La Iglesia será la que custodie e interprete las Escrituras. Cristo se las explica a los Apóstoles, para que las entiendan. Y solamente se podían explicar viendo en ellas el anuncio de la muerte y resurrección del Mesías. La Resurrección es el hecho clave para hacer una lectura correcta de las Escrituras. Sin esa perspectiva, la lectura de las Escrituras es incorrecta. Y Jesús se las explica a los apóstoles (la Jerarquía naciente), para que ellos después las puedan explicar y hacer entender de la misma manera.

De hecho, los primeros discursos de los apóstoles en el libro de los Hechos de los Apóstoles, no contienen más que esto: que Jesús, es el Mesías, y que padeció, murió y resucitó según las Escrituras. Es prácticamente la lección que Cristo les da en esta aparición, y la misma que ha dado a los discípulos de Emaús a los que les iba explicando las Escrituras por el camino, y les decía cómo todo había ocurrido según las Escrituras. Es también muy importante para nosotros saber tener la Resurrección como orientación de la lectura y comprensión de los libros sagrados.

Además, para el establecimiento de la Iglesia, Jesús les repite la misión que ellos tienen: anunciar la conversión y el perdón de los pecados a todas las naciones. Los dones de la gracia, contenidos en los sacramentos con los que ellos deberán enriquecer a los demás; en este momento les habla del perdón de los pecados, después les hablará de todos los demás sacramentos. La Iglesia, como el conjunto de personas que cumplen esta misión, de predicar y realizar el perdón de los pecados y de distribuir todas las gracias contenidas en los sacramentos.

Todo esto es el sentido de esta aparición de Jesús Resucitado. Y que se irá completando en otros encuentros de Jesús con los apóstoles, en los días previos a su Ascensión a los cielos. Jesús está aún en la tierra cuarenta días entre la Resurrección y la Ascensión, completando los últimos retoques de la formación de sus apóstoles. Y preparándolos así para la venida del Espíritu Santo, en que ya recibirán la fuerza de lo Alto, para ponerse en marcha.

Esto da también un sentido a todo el hecho de la Resurrección del Señor. El Señor ha vivido sus 33 años en la tierra, ha realizado la Obra de la Salvación encomendada por el Padre. Y ahora El se va, pero la Obra debe extenderse en el tiempo y en el espacio, y aplicarse a los hombres de todas las razas. El está entregando a sus apóstoles tres cofres llenos de riqueza: el primer cofre, es la fe en Jesús Resucitado, el segundo cofre contiene un libro: las Sagradas Escrituras; y el tercer cofre: lleno con los sacramentos, la gran riqueza de la gracia de Dios. Este es su trabajo final, como hombre antes de volver al Padre; pero seguirá caminando con nosotros hasta el final de los tiempos.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

Jesús y Tomás



P. Adolfo Franco, jesuita.

PASCUA DE RESURRECCIÓN
Domingo II

Juan 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, los discípulos tenían cerradas las puertas del lugar donde se encontraban, pues tenían miedo a los judíos. Entonces se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»
Dicho esto, sopló y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, no creeré.» Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» Luego se dirigió a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» Replicó Jesús:
«Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
Palabra del Señor

Cristo se aparece a los apóstoles para confirmarles en su fe.

El Evangelio de hoy nos narra una de las apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles, cuando estaban escondidos en una casa. Tenían miedo de que los enemigos de Jesús los buscasen también a ellos. Estaban muy lejos de pensar en que Cristo hubiera resucitado y que con su triunfo hubiera disipado los temores y los miedos de ellos y de todos nosotros. Esta actitud de tristeza, miedo o simplemente cerrazón, es la que tuvieron invariablemente todos los que fueron testigos presenciales de la resurrección; y así providencialmente nos hicieron más creíble su testimonio.

En esas circunstancias se les aparece Jesús resucitado y les trae el don de la Paz, el don del Espíritu, y el don del perdón de los pecados. Y es que de la resurrección de Jesús manan en abundancia la plenitud de los dones de Dios; con la muerte y resurrección de Cristo nuestra salvación se ha cumplido. Y esa salvación se nos va otorgando a través de los dones maravillosos de Dios: la Paz, el Espíritu Santo, el perdón de los pecados.

Es importante reflexionar, bajo la luz de la resurrección, en estos dones de Dios, y en particular en el perdón. Pues el perdón de los pecados es especialmente participación en la resurrección: es la renovación de la nueva creación que el triunfo de Cristo viene a operar en los hombres. El perdón de los pecados es resurrección personal; cuando, en el sacramento de la reconciliación se nos perdonan los pecados, pasamos de la muerte a la vida.

Jesús vincula definitivamente su perdón a la potestad de los apóstoles: ellos serán los intermediarios del perdón: "A quienes les perdonen Uds. los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 23). Queda establecida la condición del perdón que nos otorga Dios; los apóstoles son el camino del perdón de Dios. Y quedan descalificados los que piensan que pueden saltarse el camino para confesarse directamente con Dios.  Dios es el que puede perdonar, y el que nos ha manifestado cómo concede su perdón.

En segundo lugar vincula el perdón a la resurrección. Esta vinculación surge porque Jesucristo al morir y resucitar queda convertido en la fuente de la redención. Todo lo que es salvación del hombre nos viene por el misterio pascual; y el perdón de los pecados es elemento esencial de nuestra salvación.

Además ser perdonado es de alguna forma insertarse en la resurrección de Cristo: "Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba" (Col 3, 1). El efecto que obra el sacramento de la reconciliación es no sólo purificarnos de las faltas, liberarnos de las consecuencias del pecado, es devolverle a nuestro ser una novedad sin mancha (que resucite lo muerto en nosotros), y hacernos aspirar a los bienes de arriba, como dice San Pablo en su Carta a los Colosenses: tener aspiraciones elevadas. La resurrección debe iluminar el mundo, los sucesos y los valores, y les da a todos un nuevo sentido. Los valores humanos, por la Resurrección de Cristo, tienen una jerarquía diferente de la puramente lógica y racional; y así nos empuja a aspiraciones superiores, a una forma diferente de juzgar nuestro entorno, nuestras aspiraciones y nuestros ideales.

El sacramento de la reconciliación nos va ayudando a una transformación paulatina, a la que nos indica la resurrección, a tener aspiraciones mayores, a superar las metas mediocres: sacar de nosotros las potencialidades más hermosas: intentar llegar a ser, lo que íntimamente soñamos con ser. Es vincularnos a la resurrección como actitud personal. Por eso este sacramento es establecido en el primer día de Pascua. Y así sus frutos van más allá de la simple limpieza de los pecados.

Y si hemos recibido el don del perdón, nuestra transformación debe empujarnos a ser personas que testimonian el perdón y que saben perdonar. Y es que lo que hacemos, al no perdonar, es negar en nosotros el fruto de la resurrección. Así seremos testigos de la resurrección que nos llega a través del sacramento. Así proclamaremos que Cristo ha resucitado. Si somos testigos de la resurrección por el perdón recibido,  debemos transmitir a otros esta experiencia, perdonando de corazón.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.


Novena a la Divina Misericordia




La novena a la Divina Misericordia comienza el Viernes Santo.

La novena consiste en rezar la Coronilla de la Divina Misericordia, la que presentamos es la novena particular que Jesús le dio a Sor Faustina que también se puede rezar.

CELEBRACIÓN DE LA FIESTA DE LA MISERICORDIA

El Señor Jesús desea que ese día la imagen de la Misericordia sea bendecida solemnemente y venerada en público, es decir, litúrgicamente; que los sacerdotes hablen a las almas de esta inmensa e insondable misericordia de Dios.

Los fieles, para recibir estos grandes dones con los cuales el Señor Jesús desea colmar a cada hombre y a toda la humanidad, tienen que estar en el estado de la gracia santificante (después de confesarse), cumplir las condiciones de la devoción a la Divina Misericordia, es decir, confiar en Dios y amar activamente al prójimo, y beber de la Fuente de Vida, es decir, recibir la santa Comunión.

De acuerdo con el deseo del Señor Jesús, la fiesta ha de celebrarse el primer domingo después de Pascua, lo que indica una estrecha relación que hay entre el misterio de redención y esta fiesta. La liturgia de ese día alaba con la máxima plenitud a Dios en el misterio de su misericordia.


PRIMER DÍA

Hoy, tráeme a toda la humanidad y especialmente a todos los pecadores, y sumérgelos en el mar de mi misericordia. De esta forma, me consolarás de la amarga tristeza en que me sume la pérdida de las almas.

Jesús misericordiosísimo, cuya naturaleza es la de tener compasión de nosotros y de perdonarnos, no mires nuestros pecados, sino la confianza que depositamos en tu bondad infinita. Acógenos en la morada de tu compasivísimo Corazón y nunca los dejes escapar de él. Te lo suplicamos por tu amor que te une al Padre y al Espíritu Santo.

Padre Eterno, mira con misericordia a toda la humanidad y especialmente a los pobres pecadores que están encerrados en el compasivísimo Corazón de Jesús y por su dolorosa pasión muéstranos tu misericordia para que alabemos la omnipotencia de tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

SEGUNDO DÍA

Hoy, tráeme a las almas de los sacerdotes y los religiosos, y sumérgelas en mi misericordia insondable. Fueron ellas las que me dieron fortaleza para soportar mi amarga pasión. A través de ellas, como a través de canales, mi misericordia fluye hacia la humanidad.

Jesús misericordiosísimo, de quien procede todo bien, aumenta tu gracia en nosotros para que realicemos dignas obras de misericordia, de manera que todos aquellos que nos vean, glorifiquen al Padre de misericordia que está en el cielo.

Padre eterno, mira con misericordia al grupo elegido de tu viña, a las almas de los sacerdotes y a las almas de los religiosos; otórgales el poder de tu bendición. Por el amor del Corazón de tu Hijo, en el cual están encerradas, concédeles el poder de tu luz para que puedan guiar a otros en el camino de la salvación y a una sola voz canten alabanzas a tu misericordia sin límite por los siglos de los siglos. Amén.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

TERCER DÍA

Hoy, tráeme a todas las almas devotas y fieles, y sumérgelas en el mar de mi misericordia. Estas almas me consolaron a lo largo del vía crucis. Fueron una gota de consuelo en medio de un mar de amargura.

Jesús misericordiosísimo, que desde el tesoro de tu misericordia les concedas a todos tus gracias en gran abundancia, acógenos en la morada de tu compasivísimo Corazón y nunca nos dejes escapar de él. Te lo suplicamos por el inconcebible amor tuyo con que tu Corazón arde por el Padre celestial.

Padre Eterno, mira con misericordia a las almas fieles como herencia de tu Hijo y por su dolorosa pasión, concédeles tu bendición y rodéalas con tu protección constante para que no pierdan el amor y el tesoro de la santa fe, sino que con toda la legión de los ángeles y los santos, glorifiquen tu infinita misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

CUARTO DÍA

Hoy, tráeme a aquellos que no creen en Dios y aquellos que todavía no me conocen. También pensaba en ellos durante mi amarga pasión y su futuro celo consoló mi Corazón. Sumérgelos en el mar de mi misericordia.

Jesús compasivísimo, que eres la luz del mundo entero. Acoge en la morada de tu piadosísimo Corazón a las almas de aquellos que no creen en Dios y de aquellos que todavía no te conocen, pero que están encerrados en el compasivísimo Corazón de Jesús. Atráelas hacia la luz del Evangelio. Estas almas desconocen la gran felicidad que es amarte. Concédeles que también ellas ensalcen la generosidad de tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

QUINTO DÍA

Hoy, tráeme a las almas de los hermanos separados y sumérgelas en el mar de mi misericordia. Durante mi amarga pasión, desgarraron mi cuerpo y mi Corazón, es decir, mi Iglesia. Según regresan a la Iglesia, mis llagas cicatrizan y de este modo alivian mi pasión.

Jesús misericordiosísimo que eres la bondad misma, tú no niegas la luz a quienes te la piden. Acoge en la morada de tu compasivísimo Corazón a las almas de nuestros hermanos separados y llévalas con tu luz a la unidad con la Iglesia y no las dejes escapar de la morada de tu compasivísimo Corazón sino haz que también ellas glorifiquen la generosidad de tu misericordia.

Padre eterno, mira con misericordia a las almas de nuestros hermanos separados, especialmente a aquellos que han malgastado tus bendiciones y han abusado de tus gracias por persistir obstinadamente en sus errores. No mires sus errores, sino el amor de tu Hijo y su amarga pasión que sufrió por ellos, ya que también ellos están encerrados en el compasivísimo Corazón de Jesús. Haz que también ellos glorifiquen tu gran misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

SEXTO DÍA

Hoy, tráeme a las almas mansas y humildes y las almas de los niños pequeños y sumérgelas en mi misericordia. Estas son las almas más semejantes a mi Corazón. Ellas me fortalecieron durante mi amarga agonía. Las veía como ángeles terrestres que velarían al pie de mis altares. Sobre ellas derramo torrentes enteros de gracias. Solamente el alma humilde es capaz de recibir mi gracia; concedo mi confianza a las almas humildes.

Jesús misericordiosísimo, tú mismo has dicho: Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón. Acoge en la morada de tu compasivísimo Corazón a las almas mansas y humildes y a las almas de los niños pequeños. Estas almas llevan a todo el cielo al éxtasis y son las preferidas del Padre celestial. Son un ramillete perfumado ante el trono de Dios, de cuyo perfume se deleita Dios mismo. Estas almas tienen una morada permanente en tu compasivísimo Corazón y cantan sin cesar un himno de amor y misericordia por la eternidad.

Padre eterno, mira con misericordia a las almas de los niños pequeños que están encerradas en el compasivísimo Corazón de Jesús. Estas almas son las más semejantes a tu Hijo. Su fragancia asciende desde la tierra y alcanza tu trono. Padre de misericordia y de toda bondad, te suplico por el amor que tienes por estas almas y el gozo que te proporcionan.

Bendice al mundo entero para que todas las almas canten juntas las alabanzas de tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

SÉPTIMO DÍA

Hoy, tráeme a las almas que veneran y glorifican mi misericordia de modo especial y sumérgelas en mi misericordia. Estas almas son las que más lamentaron mi pasión y penetraron más profundamente en mi Espíritu. Ellas son un reflejo viviente de mi Corazón compasivo. Estas almas resplandecerán con una luz especial en la vida futura. Ninguna de ellas irá al fuego del infierno. Defenderé de modo especial a cada una en la hora de la muerte.

Jesús misericordiosísimo, cuyo Corazón es el amor mismo, acoge en la morada de tu compasivísimo Corazón a las almas que veneran y ensalzan de modo particular la grandeza de tu misericordia. Estas almas son fuertes con el poder de Dios mismo. En medio de toda clase de aflicciones y adversidades siguen adelante confiadas en tu misericordia y unidas a ti, ellas cargan sobre sus hombros a toda la humanidad. Esta almas no serán juzgadas severamente, sino que tu misericordia las envolverá en la hora de la muerte.

Padre eterno, mira con misericordia a aquellas almas que glorifican y veneran tu mayor atributo, es decir, tu misericordia insondable y que están encerradas en el compasivísimo Corazón de Jesús. Estas almas son un Evangelio viviente, sus manos están llenas de obras de misericordia y sus corazones desbordantes de gozo cantan a ti, oh Altísimo, un canto de misericordia. Te suplico, oh Dios, muéstrales tu misericordia según la esperanza y la confianza que han puesto en ti. Que se cumpla en ellas la promesa de Jesús quien les dijo que: a las almas que veneren esta infinita misericordia mía, yo mismo las defenderé como mi gloria durante sus vidas y especialmente en la hora de la muerte.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

OCTAVO DÍA

Hoy, tráeme a las almas que están en la cárcel del purgatorio y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Que los torrentes de mi sangre refresquen el ardor del purgatorio. Todas estas almas son muy amadas por mí. Ellas cumplen con el justo castigo que se debe a mi justicia. Está en tu poder llevarles el alivio. Haz uso de todas las indulgencias del tesoro de mi Iglesia y ofrécelas en su nombre. Oh, si conocieras los tormentos que ellas sufren ofrecerías continuamente por ellas las limosnas del espíritu y saldarías las deudas que tienen con mi justicia.

Jesús misericordiosísimo, tú mismo has dicho que deseas la misericordia, he aquí que yo llevo a la morada de tu compasivísimo Corazón a las almas del purgatorio, almas que te son muy queridas, pero que deben pagar su culpa adecuada a tu justicia. Que los torrentes de sangre y agua que brotaron de tu Corazón, apaguen el fuego del purgatorio para que también allí sea glorificado el poder de tu misericordia.

Padre eterno, mira con misericordia a las almas que sufren en el purgatorio y que están encerradas en el compasivísimo Corazón de Jesús. Te suplico por la dolorosa pasión de Jesús, tu Hijo, y por toda la amargura con la cual su sacratísima alma fue inundada, muestra tu misericordia a las almas que están bajo tu justo escrutinio. No las mires sino a través de las heridas de Jesús, tu amadísimo Hijo, ya que creemos que tu bondad y tu compasión no tienen límites. Amén.

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA

NOVENO DÍA

Hoy, tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia.

Jesús misericordiosísimo, que eres la compasión misma, te traigo a las almas tibias a la morada de tu piadosísimo Corazón. Que estas almas heladas que se parecen a cadáveres y te llenan de gran repugnancia se calienten con el fuego de tu amor puro. Oh Jesús compasivísimo, ejercita la omnipotencia de tu misericordia y atráelas al mismo ardor de tu amor y concédeles el amor santo, porque tú lo puedes todo.

Padre eterno, mira con misericordia a las almas tibias que, sin embargo, están encerradas en el piadosísimo Corazón de Jesús. Padre de la misericordia, te suplico por la amarga pasión de tu Hijo y por su agonía de tres horas en la cruz, permite que también ellas glorifiquen el abismo de tu misericordia. Amén. (1209-1229)

CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA