Solemnidad de Corpus Christi



P. Adolfo Franco, S.J.

Juan 6, 51-58

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne, para vida del mundo.» 
Discutían entre sí los judíos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» 
Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como aquel que comieron vuestros antepasados, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»


Celebramos con alegría que el Señor se haya querido quedar entre nosotros para siempre en la Eucaristía.

La realidad de la Humanidad de Cristo es central dentro del plan de salvación de Dios. El Invisible quiso acercarse a nosotros de una forma sorprendente. Quiso acercarse en la forma real de Jesús, que siendo Dios es verdadero hombre. Así en toda su vida manifiesta de innumerables formas el hecho de que es un hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado. Y es hombre para manifestarnos a Dios, para convertirse en revelación, descubrimiento de lo que es Dios: Dios se ha ido manifestando; desde los orígenes se comunicaba con algunos de manera especial, y cuando llegó la plenitud de los tiempos se nos manifestó en Jesús, en forma ya plena. Todo el plan de salvación de Dios comienza por la encarnación del Hijo de Dios. Dios se hizo hombre de verdad, tuvo cuerpo. Por eso San Juan en su evangelio subraya esto, diciendo de la encarnación: el Verbo se hizo carne.

Naturalmente lo más visible del hombre es su cuerpo, aunque también el espíritu se asoma por las ventanas del cuerpo. Y para dejarnos esta enseñanza muy clara, hoy día la Iglesia nos hace una fiesta para celebrar la realidad del Cuerpo de Cristo.

Este cuerpo real que tuvo Cristo era el lenguaje por el cual Dios hablaba. Fue elemento esencial para manifestar el encargo que Cristo venía a traer. Cada uno de los miembros de su cuerpo eran mensaje de Dios. Por eso El mismo dirá: quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.

Toda la fuerza de Dios salía hacia fuera en cada una de las acciones de Jesús a través de su Cuerpo, a través de su voz, de sus manos, de su mirada.

Cuando los ojos de Jesús miraban a alguien, a Pedro, a la pecadora, a los niños, era la luz de Dios mismo la que llegaba en esa mirada. De sus ojos debía salir una irradiación que llenaba al amigo de gozo, de certeza, de luz. Debía ser algo inefable sentirse mirado por Cristo. Y a través de esa mirada se podría llegar hasta el fondo de su ser, que era como un lago tranquilo, profundo, lleno de aliento, de esperanza, un mensaje de salvación.

Cuando Cristo tocaba a alguien (o era tocado) la energía de Dios se transmitía al afortunado que recibía ese contacto: La Magdalena, los leprosos, debieron sentir a través de las manos de Cristo una corriente de salud, de afecto. La ternura de Dios comunicada por el contacto de Cristo. Que unas veces limpiaba de la lepra y del miedo, otras veces limpiaba de la vergüenza de ser pecador. A algunos los levantaba resucitados, porque su contacto era fuerza de vida.

Sus palabras, los sonidos, salían de su propio corazón. Y de allí tomaban toda la fuerza que Dios puede llegar a poner en las palabras inventadas por los hombres, para darles un significado nuevo. Palabras de Cristo que salían con la marca de lo auténtico, de lo genuino. Palabras de aliento, para curar temores; palabras de bienaventuranza, para preferir a los pobres; palabras del Reino, para darle a la cosecha, a la pesca, al tesoro, a la perla, la trascendencia de la vida eterna. Por eso la gente que le oía decía: sólo tú tienes palabras de vida eterna; y también decían: nadie ha hablado como este hombre.

Su figura toda emanaba autoridad, firmeza, bondad, energía, cercanía. Era todo El la certeza de Dios entre los hombres, el cumplimiento de todas las promesas y de todos los mejores sueños que los hombres habían tenido desde el principio del mundo. El tuvo un cuerpo real, para enseñarnos a nosotros a vivir, para poder convertirse en nuestro camino, y en el ideal al que podemos aspirar.

Este Cuerpo de Cristo, una vez aparecido en el mundo, cuando llegó la “hora” de Dios, se hizo para siempre imprescindible. Y El antes de irse, nos lo dejó como Sacramento. Así cumple su promesa: yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Y esta Eucaristía, Cuerpo de Cristo, es el centro de la vida de todo cristiano. No se puede vivir la fe, sin recibir el mensaje que emana del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. De ese Cuerpo de Cristo llega a nosotros la luz de sus ojos, la fuerza de sus manos, la presencia de Dios, la participación de su vida. No se ha acabado la presencia hasta física de Dios en nuestro mundo. Y toda esa presencia está en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo sigue siendo para nosotros la manifestación real de Dios: “El es imagen visible del Dios invisible” (Col 1, 15). El que come este Pan vivirá para siempre.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Amados hijos, la certeza de la esperanza



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 14 de junio de 2017



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy hacemos esta audiencia en dos lugares, pero unidos por las pantallas gigantes: los enfermos, para que no sufran tanto el calor, están en el Aula Pablo VI, y nosotros aquí. Pero permanecemos todos juntos y nos une el Espíritu Santo, que es aquel que hace siempre la unidad. ¡Saludamos a los que están en el Aula!

Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. Y una fea esclavitud en la que podemos caer es la de creer que el amor haya que merecerlo. Quizá gran parte de la angustia del hombre contemporáneo deriva de eso: creer que si no somos fuertes, atractivos y guapos, entonces nadie se ocupará de nosotros. Muchas personas hoy buscan una visibilidad solo para colmar un vacío interior: como si fuéramos personas eternamente necesitadas de confirmaciones. Pero, ¿os imagináis un mundo donde todos mendigan motivos para suscitar la atención de los otros, y sin embargo ninguno está dispuesto a querer gratuitamente a otra persona? Imaginad un mundo así: ¡un mundo sin la gratuidad del querer!

Parece un mundo humano, pero en realidad es un infierno. Muchos narcisismos del hombre nacen de un sentimiento de soledad y de orfandad. Detrás de muchos comportamientos aparentemente inexplicables se esconde una pregunta: ¿es posible que yo no merezca ser llamado por mi nombre, es decir ser amado? Porque el amor siempre llama por el nombre...

Cuando quien no es o no se siente amado es un adolescente, entonces puede nacer la violencia. Detrás de muchas formas de odio social y de vandalismo hay a menudo un corazón que no ha sido reconocido. No existen niños malos, como no existen adolescentes del todo malvados, pero existen personas infelices. ¿Y qué puede hacernos felices si no la experiencia del amor dado y recibido? La vida del ser humano es un intercambio de miradas: alguno que mirándonos nos arranca la primera sonrisa, y nosotros que gratuitamente sonreímos a quien está cerrado en la tristeza, y así le abrimos un camino de salida. Intercambio de miradas: mirar a los ojos y se abren las puertas del corazón.

El primer paso que Dios da hacia nosotros es el de un amor que se anticipa y es incondicional. Dios ama primero. Dios no nos ama porque en nosotros hay alguna razón que suscita amor. Dios nos ama porque Él mismo es amor, y el amor tiende por su naturaleza a difundirse, a donarse. Dios no une tampoco su bondad a nuestra conversión: más bien esta es una consecuencia del amor de Dios. San Pablo lo dice de forma perfecta: «Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Romanos 5, 8). Mientras éramos todavía pecadores. Un amor incondicional. Estábamos “lejos”, como el hijo pródigo de la parábola: «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido...» (Lucas 15, 20). Por amor nuestro Dios ha cumplido un éxodo de sí mismo, para venir a encontrarnos a esta tierra donde era insensato que Él transitara. Dios nos ha querido también cuando estábamos equivocados.

¿Quién de nosotros ama de esta manera, sino quien es padre o madre? Una madre continúa queriendo a su hijo también cuando este hijo está en la cárcel. Yo recuerdo a muchas madres, que hacían la fila para entrar en la cárcel, en mi diócesis precedente. Y no se avergonzaban. El hijo estaba en la cárcel, pero era su hijo. Y sufrían muchas humillaciones en el registro, antes de entrar, pero: “¡Es mi hijo!”. “¡Pero, señora, su hijo es un delincuente!” — “¡Es mi hijo!”. Solamente este amor de madre y de padre nos hace entender cómo es el amor de Dios. Una madre no pide la cancelación de la justicia humana, porque cada error exige una redención, pero una madre no deja nunca de sufrir por el propio hijo. Lo ama también cuando es pecador. Dios hace lo mismo con nosotros: ¡somos sus hijos amados! ¡Pero puede ser que Dios tenga algunos hijos que no ame? No. Todos somos hijos amados por Dios. No hay ninguna maldición sobre nuestra vida, sino solo una bondadosa palabra de Dios, que ha creado nuestra existencia de la nada. La verdad de todo es esa relación de amor que une al Padre con el Hijo mediante el Espíritu Santo, relación en la que nosotros somos acogidos por gracia. En Él, en Jesucristo, nosotros hemos sido queridos, amados, deseados. Hay Alguno que ha impreso en nosotros una belleza primordial, que ningún pecado, ninguna elección equivocada podrá nunca cancelar del todo. Nosotros estamos siempre delante de los ojos de Dios, pequeñas fuentes hechas para que brote agua buena. Lo dijo Jesús a la mujer samaritana: «El agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna» (Juan 4, 14)

Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? ¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? [responden: el amor] ¡Más fuerte! [gritan: ¡el amor!] ¡Muy bien, muy bien, muy bien todos! ¿Y cómo se hace sentir a la persona que la amas? Es necesario sobre todo abrazarla. Hacer sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste. Amor llama amor, de forma más fuerte de lo que el odio llama a la muerte. Jesús no murió y resucitó para sí mismo, sino por nosotros, para que nuestros pecados sean perdonados. Es por tanto tiempo de resurrección para todos: tiempo de sacar a los pobres del desánimo, sobre todo aquellos que yacen en el sepulcro desde un tiempo más largo de tres días. Sopla aquí, sobre nuestros rostros, un viento de liberación. Brota aquí el don de la esperanza. Y la esperanza es la de Dios Padre que nos ama como somos nosotros: nos ama siempre a todos. ¡Gracias!



Tomado de:
www.vatican.va

La paternidad de Dios, la fuente de nuestra esperanza



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 7 de junio de 2017



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Había una cosa fascinante en la oración de Jesús, tan fascinante que un día sus discípulos pidieron ser partícipes. El episodio se encuentra en el Evangelio de Lucas, que entre los evangelistas es el que mayormente documentó el misterio del Cristo “orante”: el Señor rezaba. Los discípulos de Jesús están impactados por el hecho de que Él, especialmente por la mañana y por la tarde, se retira en soledad y se “sumerge” en la oración. Y por esto, un día, le piden que les enseñen a rezar a ellos también (Lucas 11, 1). Es entonces cuando Jesús transmite la que se ha convertido en la oración cristiana por excelencia: el padrenuestro. En verdad, Lucas, respecto a Mateo, nos devuelve la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que comienza con la simple invocación: «Padre» (v. 2).

Todo el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el valor de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia cuando, invitándonos a la oración comunitaria de la oración de Jesús, utiliza la expresión «nos atrevemos decir». Efectivamente, llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho descontado. Nos surgiría usar los títulos más elevados, que nos parecen más respetuosos por su trascendencia. En cambio, invocarlo como “Padre” nos pone en una relación de confidencia con Él, como un niño que se dirige a su papá, sabiendo que es amado y cuidado por él. Esta es la gran revolución que el cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de Dios, que siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero ya no da miedo, no nos oprime, no nos angustia. Esta es una revolución difícil de aceptar en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía y al ángel, «huyeron […], pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas» (Marcos 16, 8). Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice: “¡No tengáis miedo!”.

Pensemos en la parábola del padre misericordioso (cf Lucas 15, 11-32). Jesús habla de un padre que sabe ser solo amor para sus hijos. Un padre que no castiga al hijo por su arrogancia y que es capaz incluso de confiarle su parte de herencia y dejarle irse de casa. Dios es Padre, dice Jesús, pero no de la manera humana, porque no hay ningún padre en este mundo que se comportaría como el protagonista de esta parábola. Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante el libre arbitrio del hombre, capaz solo de conjugar el verbo “amar”. Cuando el hijo rebelde después de haber despilfarrado todo, vuelve finalmente a la casa natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino que siente sobre todo necesidad de perdonar, y con su abrazo hace entender al hijo que durante todo ese largo tiempo de ausencia le ha echado de menos, ha sido dolorosamente echado de menos por su amor de padre. ¡Qué misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor hacia sus hijos! Quizás es por esta razón que, evocando el centro del misterio cristiano, el apóstol Pablo no es capaz de traducir en griego una palabra que Jesús, en arameo, pronunciaba “abbà”. Dos veces san Pablo, en su epistolario (cf. Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6), toca este tema, y en dos ocasiones deja esa palabra sin traducir, en la misma forma en la cual ha florecido en boca de Jesús, “abbà”, un término aún más íntimo respecto a “padre”, y que alguno traduce “papá”.

Queridos hermanos y hermanas, nunca estamos solos. Podemos estar lejanos, hostiles, podemos también profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos revela que Dios que no puede estar sin nosotros: Él no será nunca un Dios “sin el hombre”; ¡es Él quien no puede estar sin nosotros, y esto es un misterio grande! Dios no puede ser Dios sin el hombre: ¡este es un gran misterio! Y esta certeza es el manantial de nuestra esperanza, que encontramos custodiada en todas las invocaciones del padrenuestro. Cuando necesitamos ayuda, Jesús no nos dice que nos resignemos y nos cerremos en nosotros mismos, sino que nos dirijamos al Padre y le pidamos a Él con confianza. Todas nuestras necesidades, desde aquellas más evidentes y cotidianas, como la comida, la salud, el trabajo, hasta la de ser perdonados y apoyados en las tentaciones, no son solo el espejo de nuestra soledad: sin embargo hay un Padre que siempre nos mira con amor, y que seguramente no nos abandona.

Ahora os hago una propuesta: cada uno de nosotros tiene muchos problemas y muchas necesidades. Pensemos un poco, en silencio, en estos problemas y estas necesidades. Pensemos también en el Padre, en nuestro Padre, que no puede estar sin nosotros, y que en este momento nos está mirando. Y todos juntos, con confianza y esperanza, recemos: “Padre nuestro, que estás en los Cielos...”!


¡Gracias!



Tomado de:
www.vatican.va

¿Qué es el Año Litúrgico? 21° Parte - Tiempo Ordinario: Domingos 16° al 33°



P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


Continuación


Domingo 16° 

La oración sobre las ofrendas de este domingo nos recuerda la unión misteriosa del sacrificio de la misa con el sacrificio de la Cruz, y la incorporación mística del sacrificio de cada cristiano con el sacrificio de Cristo, figurado por los sacrificios de las religiones naturales, representadas por Abel y por los del Antiguo Testamento.

Del sacrificio eucarístico brota para el católico la posibilidad de “abandonar el pecado y pasar a una vida nueva", y de esta manera se hará realidad la antífona de la comunión:
“Estoy a la puerta llamando,
—dice el Señor.
Si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos”.

Domingo 17°

La misa de hoy nos recuerda la vida cotidiana del cristiano visitada por la confianza en el “Dios, protector de los que en él esperan" y nos invita a pedirle que “de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos".

Y a esta súplica hace eco la oración sobre las ofrendas cuando nos recuerda que los sagrados misterios de la Eucaristía tienen capacidad para santificar “los días de nuestra vida”, ya que la Eucaristía es el “memorial perpetuo de la pasión del Señor”.

Domingo 18°

La misa de este domingo nos lleva al misterio religioso de Dios visto como “Creador”. El hombre pecó y por eso la creación divina fue degenerada. Hoy le suplicamos al Señor: “renueva y protege tu creación”. La renovación y la protección sólo la puede esperar el cristiano del “pan del cielo”. Por eso las dos antífonas de la comunión nos recuerdan esa realidad religiosa:
“Nos has dado pan del cielo, Señor, que brinda toda delicia y sacia todos los gustos”.
“Yo soy el pan de la vida.
El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.
—dice el Señor”.
Domingo 19°

En el domingo pasado recordamos a Dios como Creador, y en éste lo sentimos como “Padre”. Unidos misteriosamente con Jesús los cristianos han recibido el espíritu de hijos. Y por eso rogamos en la oración colecta:
“Aumenta en nuestros corazones el espíritu filial”.
Estas grandes verdades de la fe han de iluminar los pasos del cristiano en su caminar por la vida; en la última oración suplicamos, que “nos afiance en la luz de su verdad”.

Domingo 20°

Hoy la liturgia nos señala el cielo. Dios ha preparado “bienes inefables para los que le aman”.
¿Cómo llegar a esa mansión eterna? Amando a Dios “en todo y sobre todas las cosas”. Nuestro corazón no tiene capacidad para semejante amor. Sólo Dios" puede suscitarlo en nosotros, por eso le pedimos que infunda “el amor de su nombre en nuestros corazones”.

La eucaristía es un “admirable intercambio”; damos y recibimos, por eso suplicamos que por la comunión seamos “trasformados en la tierra a imagen” de Jesús, para “participar de su gloria en el cielo”.

Domingo 21°

De nuevo la colecta de la misa nos habla de la vida del cristiano realizada “en medio de las vicisitudes de esta vida” y de la ayuda venida de arriba, para que “nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría”. De ahí la súplica de la antífona de entrada:
“Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti.
Ten piedad de mí, Señor,
que a ti estoy llamando todo el día”.
Y de ahí la necesidad de que Dios “inspire a su pueblo el amor a sus preceptos y la esperanza en sus promesas”.

Domingo 22°

La misa de hoy está inspirada en unas frases del Apóstol Santiago (Sant. 1, 17.27). Nos recuerda que de Dios “procede todo don perfecto”; pide para los fieles presentes una “vida más religiosa”; y nos enseña que la verdadera religión mueve a “servir a Dios en nuestros hermanos”.

Domingo 23°

La antífona de la comunión nos introduce en los secretos más hondos del alma cristiana, en sus anhelos más ardientes:
“Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”.
En la Iglesia Dios ha colocado dos fuentes misteriosas, recordadas por la oración de la comunión:
“Con tu palabra, Señor, y con tu pan del cielo, alimentas y vivificas a tus fieles”.
Domingo 24°

La oración de la comunión pide que el sacramento penetre nuestro cuerpo y espíritu para que toda nuestra vida sea movida y dirigida por “su fuerza y no por nuestro sentimiento”.

En esta perspectiva del poder de la gracia, en la vida cristiana, la liturgia de hoy dice a Dios: ‘‘Concédenos servirte de todo corazón” y que ‘‘la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre, sirva para la salvación de todos”.

Domingo 25°

En la antífona de entrada Dios se nos muestra como el Salvador: ‘‘Yo soy la salvación del pueblo”. Y en la antífona de la comunión Jesús nos dice: "Yo soy el buen Pastor”. Cristo Pastor es la encarnación visible de Dios Salvador.

La respuesta del cristiano no puede ser otra, sino la apertura amante a Dios y al prójimo, pues Dios ha “puesto la plenitud de la ley en el amor a Él y al prójimo”. Sólo así los cristianos alcanzarán “los bienes en que han creído por la fe”.

Domingo 26°

La figura de Dios misericordioso y perdonador es la que la liturgia de hoy nos presenta. Para la Iglesia, conocedora del misterio del Dios vivo y del corazón humano, el poder de Dios se nos muestra principalmente en su capacidad de “perdón y de misericordia”.

La muerte de Jesucristo en la Cruz por los pecados de los hombres es el signo más elocuente de la capacidad de perdón y de misericordia de Dios; el misterio eucarístico nos hace participar de esta ‘‘herencia gloriosa del Hijo", puesto que al terminar la misa podemos afirmar que ‘‘hemos compartido y anunciado la muerte” de Jesús. Por ello la grandeza mayor del cristiano consistirá en saber perdonar, como Dios perdona.

Domingo 27°

El domingo pasado la liturgia nos recordaba la magnanimidad de Dios, hoy proclama su munificencia, su esplendidez.

Dios es ‘‘Dueño del universo"; en Dios la omnipotencia está al servicio del amor, por eso podemos decirle: ‘‘Con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican". Los que conocen y sienten a Dios como a un Padre cariñoso y espléndido, viven “libres de toda inquietud” y se ponen confiados en sus manos para que Él les conceda “aún aquello que no se atreven a pedir".

Domingo 28°

La misa de hoy es toda una síntesis de la vida cristiana, la cual consiste en el abandono de la vida del pecado para poder llegar a la “gloria del cielo”. El camino que nos conduce del pecado al cielo es Jesucristo, que nos ofrece como alimento su “Cuerpo y Sangre”, dotado de la fuerza sobrehumana para “llevarnos a la gloria del cielo’’.

Y es que como creyentes estamos convencidos que nuestra fidelidad y perseverancia dependen de una continua intervención de la gracia de Dios en nuestras vidas. De ahí que debamos pedir que esa “gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien”.

Domingo 29°

La experiencia cristiana de la lucha sin tregua con el enemigo mortal de las almas hace que la antífona de entrada nos haga pedir al Señor: “Guárdame como la niña de tus ojos”. No dejará Dios de oír la voz humilde del cristiano, pues sabemos que “los ojos del Señor están puestos en sus fieles”.

En las oraciones de esta misa pedimos a Dios: “Entregarnos a Él con fidelidad y servirle con sincero corazón”, "con un Corazón libre”, y participar frecuentemente “en esta eucaristía”.

Domingo 30°

Casi al final del Año Litúrgico llega a nosotros un eco de la alegría pascual: “Que se alegren los que buscan al Señor”, “que podamos celebrar tu victoria”.

La alegría cristiana es la manifestación más trasparente de que Dios “aumenta la fe, la esperanza y la caridad” en nuestros espíritus. Por eso la liturgia, tomando un tono realista cristiano, pone en nuestra boca la súplica siguiente:
“Para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos”.
Domingo 31° 

La vida cristiana es un caminar hacia la ciudad eterna, conscientes de lo que ponemos en juego durante este viaje, pedimos en la misa de hoy a Dios la gracia de “caminar sin tropiezo hacia los bienes que El promete”.

Sabemos que nuestra senda tendrá pasos difíciles, peligrosos, de ahí que pidamos al comienzo de la misa: “No me abandones, Señor,... Ven aprisa a socorrernos”. Y al final de la misa diremos confiados:
“Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tú presencia”.
Domingo 32°

Hoy la liturgia nos recuerda la presencia callada y eficaz del Espíritu Santo en medio del Pueblo de Dios. Pedimos en la oración de la comunión que “el Espíritu Santo mantenga siempre viva la gracia de la sinceridad, en quienes han recibido la fuerza de lo alto”.

El Espíritu Santo, habitando en el corazón de los fieles, es el gran fruto de la Pasión del Señor. Rogamos al Padre que “al celebrar el misterio de la pasión de tu Hijo, gocemos de sus frutos en nuestro corazón”.

Extasiada la Iglesia ante el misterio de la salvación, nos presenta en su liturgia de hoy a Jesús como su Pastor, que conduce a los fieles hacia ‘‘verdes praderas” y ‘‘fuentes tranquilas”, símbolos bellos del Espíritu Santo, el cual alimenta a los corazones cristianos con la esperanza inderrocable y los sacia con un amor indefectible.

Domingo 33°

En este último domingo del Tiempo Ordinario la Iglesia nos hace vislumbrar a lo lejos el final de este mundo visible; la mayor parte de las lecturas tienen relación con este fin irremediable. De esta manera el Año Litúrgico, que habla del presente tiempo, nos descubre lo precario de la vida presente y nos abre ventanales a la vida del más allá.

Mientras llega esa hora, los fieles recibimos de la liturgia, la gran maestra de espiritualidad, estas tres consignas: Oración: ‘‘Para mí lo bueno es estar con el Señor”.
‘‘Yo os aseguro que todo cuanto pidáis en oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis”.

Práctica de la caridad: “Humildemente te pedimos, Señor, que el memorial que tu Hijo nos mandó celebrar aumente la caridad en todos nosotros”.

Fidelidad en el servicio divino:
“Concédenos, Señor, Dios nuestro, vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, Creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero”.


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Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

Santísima Trinidad: 12° Parte - Cómo obra Dios, La Vida de Dios y Operaciones Transeuntes



Por el P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


Continuación

4.C. OPERACIONES TRANSEUNTES

4.C.1. EL PODER DE DIOS

Este apartado se refiere a las operaciones divinas "ad extra", (hacia afuera). Después de haber estudiado las operaciones divinas inmanentes, tanto la inteligencia como la voluntad de Dios, el orden lógico pide considerar el plano de la ejecución de esas operaciones. Las operaciones "ad extra" específicas se estudian en los tratados de Dios Creador, Dios Redentor, Dios Santificador, etc,.

Santo Tomás dentro de la lógica de su exposición dedica toda la cuestión XXV a tratar de la potencia divina, como encargada de poner en ejecución todo lo que previamente ha sido concebido y programado por el entendimiento y la voluntad de Dios, y en tres artículos expone la existencia, extensión y perfección de ese poder divino.


4.C.2. LA BIENAVENTURANZA DE DIOS

Santo Tomás concluye su tratado de Dios Uno con la cuestión en torno a la bienaventuranza infinita de Dios. Dentro del esquema general tratado, el lugar asignado al estudio de la bienaventuranza divina aparece como apropiado. En efecto, la felicidad es el resultado natural y lógico de la virtud, y, por ello, después de haber estudiado las que pudiéramos considerar como "virtudes" divinas, tales como sus atributos de sabiduría, amor, misericordia, justicia, etc, es coherente concluir con el estudio de la felicidad.

Acerca de esta cuestión, Santo Tomás estudia, en primer lugar, la existencia de la bienaventuranza divina. Al profundizar en la naturaleza de esta bienaventuranza, ante todo la considera absolutamente y en sí misma, esto es, su constitutivo metafísico, consistente en la intelección del Ser divino; a continuación considera la bienaventuranza divina relativamente y esto en orden a los demás bienaventurados.

Dios es infinitamente bienaventurado:

"A Dios compete la bienaventuranza en grado máximo. Con el nombre de bienaventuranza no se entiende más que el bien perfecto de la naturaleza intelectual, cuyo es conocer la propia satisfacción en el bien de que goza y a la que compete ser dueña de sus acciones y susceptible de que le sobrevengan cosas buenas o malas. Pues bien, ambas condiciones, o sea, la de ser perfecto e inteligente, son propias de Dios en grado máximo, y por tanto, en el mismo grado lo es bienaventuranza"

Dios es bienaventurado por el entendimiento:

"La bienaventuranza, como hemos dicho, significa el bien perfecto de la naturaleza intelectual, pues así como todas las cosas apetecen su perfección, la naturaleza intelectual apetece ser bienaventurada. Ahora bien, lo más perfecto que hay en la naturaleza intelectual es la operación intelectual, por la que en cierto modo adquiere todas las cosas y, por consiguiente, la bienaventuranza de toda naturaleza intelectual consiste en entender. Y aunque en Dios el ser y el entender no son realmente distintos, tienen, sin embargo, distintos conceptos, y, por consiguiente, la bienaventuranza se ha de atribuir a Dios por el entendimiento, como también a los otros bienaventurados que se llaman tales por asimilación con la bienaventuranza divina"

Dios, objeto de la bienaventuranza de toda bienaventurado:

"La bienaventuranza de la naturaleza intelectual consiste en el acto del entendimiento, en el cual se pueden distinguir dos cosas: el objeto del acto, que es lo inteligible y el acto mismo, que es la acción de entender. Si, pues, la bienaventuranza, se considera por parte del objeto, entonces sólo Dios es la bienaventuranza, pues sólo porque entiende a Dios es alguien bienaventurado, como dice San Agustín: "Bienaventurado el que te conoce, aunque ignore otras cosas".

La bienaventuranza de Dios abarca toda bienaventuranza:

"Cuanto de deseable hay en cualquier clase de felicidad, todo preexiste de modo más elevado en la bienaventuranza divina. Por lo que se refiere a la felicidad contemplativa, tiene la contemplación continua y ciertísima de Sí mismo y de todas las otras cosas, y en cuanto a la activa, tiene el gobierno de todo el universo. De la felicidad terrena, que, según Boecio, consiste en placeres, riquezas, poder, dignidad, y fama, por deleite, tiene el gozo de Sí y de todos los demás seres; por riqueza, tiene la omnímoda abundancia que la riqueza promete; por poder, la omnipotencia; por dignidad, el gobierno de todos lo seres, y por fama, la admiración de todas las criaturas.



A.M.D.G.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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No tengan miedo, nos dice el Señor



P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XII
del Tiempo Ordinario

Mateo 10, 26-33

«No les tengáis miedo, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís en voz baja, proclamadlo desde los terrados.

«No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por unos cuartos? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.

«Si alguien se declara a mi favor ante los hombres, también yo me declararé a su favor ante mi Padre que está en los cielos. Pero si alguien me niega ante los hombres, también yo le negaré ante mi Padre que está en los cielos. 

«No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su propia familia.»

Palabra de Dios.


El Señor nos anima a que vivamos en paz y sin miedos porque Él está siempre pendiente de nosotros.

Un anuncio repetido en el Evangelio, desde los comienzos de la infancia de Cristo, hasta la resurrección es “No tengas miedo”. Anuncio que en este párrafo del evangelio de San Mateo se repite varias veces. Y además Jesús nos da una motivación fundamental para quitarnos el miedo: “No tengas miedo, porque Dios tu Padre te cuida”.

Tenemos miedo de acontecimientos, de personas, de nosotros mismos. ¿De qué nos vienen los miedos? ¿Por qué nos vienen los miedos?

Sentimos nuestra pequeñez, nuestras limitaciones. Uno de los temores más frecuentes es el temor de la enfermedad. La vemos como una amenaza a nuestra tranquilidad, o a nuestra integridad física, al bienestar que necesitamos para vivir. Ciertamente nos da miedo estar enfermos, porque la enfermedad nos limita mucho y además con frecuencia va acompañada de dolores.

Nos da miedo la muerte. Es un temor natural por un lado, pero por otro, siendo parte inherente de nuestra condición de criaturas sometidas al paso inexorable del tiempo, deberíamos aceptarla, y encontrar la manera de hacer las paces con esta realidad constitutiva de la vida humana; y más aún si, como creyentes, sabemos que es una ventana hacia Dios.

Tenemos miedo a las amenazas exteriores, que pueden venirnos de personas que nos agreden, que nos imponen su fuerza. Temores de catástrofes. Tenemos miedo de los terremotos, de las inundaciones, de los huracanes, de los ladrones, de los terroristas.

A veces nos tenemos miedo a nosotros mismos. Miedo a equivocarnos, miedo a elegir mal, miedo a tener que resolver situaciones complicadas al interior del trabajo, o de la familia. Miedo a la vejez, miedo a estar sin futuro.

El Evangelio es un anuncio (casi una orden) “No tengas miedo”. ¿En que se fundamenta este anuncio? En este párrafo del Evangelio se nos dice que nuestro Padre cuida de nosotros. La Providencia rige nuestras vidas. La presencia de Dios cerca de nosotros debería espantar todos los miedos. E inclusive podría llegar el momento en que convirtiéramos las amenazas en aliados de nuestra vida. Dios está con nosotros, nuestra vida está en sus manos. Esos son los motivos con los que el Evangelio quiere eliminar de nuestras vidas el miedo.

Y es que el miedo, que por una parte es un sentimiento natural, por otra parte puede llevarnos a tener una vida triste, llena de inquietud, falta de vitalidad. El miedo nos quita alegría, y energía. Podemos superar el miedo, no mediante la solución de no pensar; el ser inconscientes e irresponsables, no es una salida para el miedo; es la solución del avestruz, que entierra su cabeza en la arena, para no ver el peligro; como si, no viendo el peligro, éste desapareciera. Seríamos como niños, que cuando sienten miedo en la cama, se esconden debajo de la almohada.

Podemos superar el miedo, porque Alguien más grande que todas las amenazas, nuestro Padre, camina a nuestro lado. El cuida de nuestra vida, porque para El somos lo más importante. A nosotros a veces nos queda algo así como un rompecabezas, difícil de armar ¿cómo se juntan las piezas del sufrimiento, de las dificultades, de nuestra propia pobreza personal, con esta certeza de que Dios nos cuida, de que nos trata como hijos? Así resolvía San Pablo este difícil problema: “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom 8, 28)





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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Libros Históricos del Antiguo Testamento: Libros de Rut, Tobías. Judit y Ester



P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.

Relatos con moraleja 

Aquí tenemos varias narraciones cuyo titular es el nombre propio de una persona: Rut, Tobías, Ester y Judit. Algunos incluyen en esta sección el libro de Jonás. Y la pregunta que suele hacerse sobre su contenido es: ¿son historias verdaderas o son cuentos? Pero esta pregunta no es precisa, porque hay fábulas y cuentos que son verdaderos, que expresan una gran verdad. Lo esencial de estas narraciones no es lo histórico sino lo que enseñan, el Dios que nos revelan.

Libro de Rut

Sus personajes principales son Rut y Booz. Ella es moabita, una extranjera. Resulta que el rey David también tuvo raíces moabitas, pero ésto no empaña su elección, porque la providencia del Señor Yahvéh escribe derecho aunque los renglones estén más que retorcidos. Una mujer no judía, extranjera, humilde y sencilla, cautiva y seduce el corazón del buen Booz, hombre justo y cumplidor de la Ley de Yahvéh, que protege la descendencia como fruto del respeto y el amor.
La actitud de Booz refleja el corazón de Yahvéh. Es el personaje protagonista.

Libro de Tobías

Habla de dos familias judías que viven lejos en dos lugares distintos y fuera de Palestina. Ambas familias padecen sufrimientos y contrariedades, pero respetan a Yahvéh y en él ponen toda su confianza. Cumplen la Ley y ruegan a Dios que les ayude. Efectivamente, éste se hace presente en la persona de Rafael que acompaña a Tobías (hijo) en su viaje de familia, desde Nínive (Asiria) a Ecbatana (ciudad de los medos), donde vive Sara, una buena muchacha pero que se siente perturbada por el maligno. El final es feliz. Siguiendo el consejo del mensajero de Dios (Rafael), Sara se desposa con Tobías y es liberada de su mal. Los jóvenes esposos regresan a Nínive y el padre de Tobías recupera su visión. La moraleja del cuento es que Yahvé no se olvida de la honestidad de los justos, aunque ellos padezcan el paso de pruebas y sufrimientos. Yahvéh está cerca del que sufre con fe. 

Libro de Ester

Es un libro muy polémico. Escrito en los tiempos agitados que precedieron a la rebelión de los Macabeos, cuando el fervor nacionalista judío se desbordó en contra del paganismo que trataba de imponerse a sangre y fuego sobre la manera de ser de Israel. Aun sin nombrar apenas a Yahvéh, su mensaje religioso es que Yahvéh vela por su pueblo elegido incluso en los acontecimientos y avatares crueles y despiadados de la historia de los hombres. El relato concreto no parece ser verosímil, y está centrado en el ambiente de los judíos establecidos en medio de la sociedad persa. Y en esta sociedad ficticia, Ester expresa la actitud xenófoba, mezcla del rencor y del fervor religioso y piadoso de no pocos judíos de aquella agitada y revolucionaria época macabea (s.II a.C.)

Libro de Judit

Se trata de un escrito que por su género literario pertenece a la literatura apocalíptica. Reflexiona su autor, inspirado en las calamidades del pueblo judío (tiempos del odiado Antíoco Epifanes, en los años 167-164 a.C.), en la lucha entre el bien y el mal, personificados por Judit (comunidad de Israel) y Holofernes (perseguidor de la cultura y fe judías). La heroína Judit insiste en que la salvación está en la fidelidad, confianza y obediencia a Yahvéh. A esta mujer victoriosa, valiente y poco escrupulosa se le cantará el “bendita tú entre las mujeres” (13,18), expresión que el evangelista Lucas, en el misterio de La Anunciación pondrá en boca del arcángel Gabriel ensalzando a María, la madre de Jesús, a quien una espada de dolor traspasará su corazón (Lc 1,42; 2,35).


ASÍ FUE CÓMO BOOZ SE CASÓ CON RUT. SE UNIÓ A ELLA; EL SEÑOR HIZO QUE RUT CONCIBIERA Y DIESE A LUZ UN HIJO (...) NOEMÍ TOMÓ AL NIÑO, LO PUSO EN SU RECAZO Y SE ENCARDÓ DE CRIARLO. LAS VECINAS, LE BUSCABAN UN NOMBRE, DICIENDO: ¡NOEMÍ HA TENIDO UN NIÑO! Y LE PUSIERON POR NOMBRE OBED. FUE EL PADRE DE JESÉ, PADRE DE DAVID, (Rut 4,13.16-17)


Guía del Libro de Rut

(1,1-22) • En Moab, a Nohemí se le ijiueren su marido y sus hijos casados. • Nohemí se dispuso a volver a Belén. • Su nuera Rut no quiso separarse de ella.
(2,1-23) • Rut fue a espigar en los campos de Booz. • Este se fija en ella, pues ya había oído de su fidelidad hacia Nohemí. • Esta se alegra por el trato que ha recibido Rut.
(3,1-4,22) • Rut, a los pies de Booz, se le ofrece en fidelidad. • Un pariente más cercano renuncia a sus derechos a casarse, en favor de Booz. • Este, entonces, se casa con Rut. • Según la tradición, David procede del linaje de esta pareja.

Guía del Libro de Tobías

(1,1-3,17) • En Nínive, Tobit es modelo de fidelidad. • Está perseguido y ha perdido la vista. • Oración del afligido. • En Ecbatana (región de Media), Sara padece una gran tribulación. • Acude a la oración. • Ambos son escuchados por Dios.
(4,1- 6,19) • Tobit envía a su hijo Tobías a cobrar una deuda en Ecbatana. • Aparece un acompañante de nombre Rafael. • La pesca del pez. • Rafael aconseja a Tobías que se case con Sara.
(7,1-8,21) • Recibimiento en Ecbatana en casa de Ragüel. • Boda de Tobías y Sara. • Noche de bodas. • Bendición al Dios del cielo.
(9,1-14,15) • Cobro de la deuda. • La vuelta a casa. • Curación de Tobit. • Rafael descubre su misterio. • Cántico de Tobit. • Su muerte. • Epílogo.

Guía del Libro de Judit

(1,1-3,10) • Nabucodonosor y Arfaxad. • Guerra contra los pueblos del occidente (Palestina). • Victoria de Holofernes.
(4,1-7,32) • Los israelitas se preparan para resistir. • El consejo de Ajior a Holofernes. • Este se indigna y lo rechaza. • Asedio de Betulia.
(8,1-9,14) • Presentación de Judit. • Su alegato ante los “ancianos”. • Su oración.
(10,1-13,20) • Salida de Judit. • Ante Holofernes. • El banquete. • Judit decapita a Holofernes. • Judit lleva a Betulia la cabeza de Holofernes. • Alabanzas a Dios.
(14,1-16.25) • Huida del ejército asirio. • Gran victoria israelita. • Cántico de Judit. • Honores y celebración. • Su muerte en la ancianidad.

Guía del Libro de Ester

(la-lk) • El sueño de Mardoqueo.
(1,1-2,20) • Banquetes del rey Asuero y de la reina Vasti. • Ester es elegida reina.
(2,21-4,17z) • Conjura abortada. • Amán es nombrado primer ministro. • Decreto contra los judíos. • Oración de Mardoqueo y Ester.
(5,1-8,17) • Ester ante el rey. • Amán prepara la horca para Mardoqueo. • Pero el rey desea honrar la fidelidad de Mardoqueo. • Banquete preparado por Ester. • Expresión de su deseo. • El favor real pasa a los judíos. • Su rehabilitación.
(9,1-10,31) • En recuerdo de este triunfo. • La fiesta de los Purim. • Elogio de Mardoqueo. • Nota del traductor griego.


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Santísima Trinidad: 13° Parte - La Trinidad en la Sagrada Escritura



1. LA EXISTENCIA DEL MISTERIO

1.1. LA TRINIDAD EN LA SAGRADA ESCRITURA

TESIS 1° "Por los escritos del Nuevo Testamento consta claramente que en Dios hay tres Personas distintas y una sola naturaleza divina"

A. Explicación

Aunque más adelante, al hacer la exposición teológica del misterio de la Trinidad, profundizaremos en los distintos conceptos, ahora adelantaremos algunas nociones necesarias para entender esta tesis.

  • "Persona": “es una substancia individual de naturaleza racional".( Boecio). En la teología católica es equivalente a "hipóstasis espiritual"; a su vez "hipóstasis", sinónimo de supuesto, es una substancia particular, no cualquiera sino acabada, completa y subsistente en sí misma que, al tratarse de substancias inteligentes, se denomina "persona".
  • "Naturaleza":  por su parte, es la esencia o la substancia de un ser,  (Sto. Tomás).


B. Adversarios

B.1. Monarquianismo

A fines del S. I de la era cristiana ya hubo algunos herejes judaizantes como un tal Cerinto y los Ebionitas, que, tomando como base un rígido monoteísmo unipersonal, negaron la divinidad de Cristo. (San Ireneo de Lyon, en Adv. Haer.  I,26).

A fines del S. II, la herejía, conocida con el nombre de "monarquianismo" (mono= uno; arje = principio) enseñaban que en Dios no hay más que una Persona, el Padre.

Dos modalidades del monarquianismo:
  • Monarquianismo dinamístico  o  adopcionista: Enseña que Cristo es solo hombre, aunque nacido sobrenaturalmente de la Virgen María por obra del Espíritu Santo; en el bautismo del Jordán, Dios le dotó de particular poder divino y le adoptó como Hijo. Los principales propugnadores de esta herejía fueron Teódoto el Curtidor, de Bizancio, que transplantó esta herejía a Roma hacia el año 190 y fue excomulgado por el Papa Víctor I (189-198). Otro hereje fue Pablo de Somosata, Obispo de Antioquía, a quien un Sínodo de Antioquía destituyó como hereje el año 268, y también el Obispo Fotino de Sirmio, depuesto en el año 351 por el sínodo de Sirmio.
  • Monarquianismo modalístico (también llamado patri - pasianismo): Esta herejía mantiene por un lado la verdadera divinidad de Cristo, y por otra lado enseña al mismo tiempo la uni-personalidad de Dios explicando que fue el Padre quien se hizo hombre en Jesucristo y que sufrió por nosotros.

Los principales propugnadores de esta herejía fueron, Noeto de Esmirna contra el cual escribió el Obispo Hipólito. Praxeas, de Asia Menor, combatido por Tertuliano. Y el más importante de todos Sabelio, enseñando que en Dios hay una sola "hipóstasis" (persona) y tres "prosopa" (máscara de teatro) conforme a los tres modos distintos con que se ha manifestado la divinidad. Así, en la creación se revela el Dos uni-personal como Padre, en la redención se presenta el mismo Dios Padre como Hijo, y finalmente en la obra de la santificación se presenta el mismo Dios Padre como Espíritu Santo. Es decir, Sabelio, presenta  la Trinidad de las divinas Personas como tres modos de ser de un único Dios. (Es una sola Persona divina, Dios Padre que se presenta con tres máscaras distintas: Creación, Redención, Santificación). No hay pues, distinción real de Personas divinas, sino que Uno solo es el principio de todo, este es el Padre, que ha creado todo, que se ha encarnado, muerto y resucitado, que luego nos ha santificado. Así, para Sabelio, Dios es: o el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo, según su modo de obrar es una persona u otra, reduciendo la Personas divinas a simples "modalidades" meramente transitorias, y de esta manera quedaba radicalmente eliminado el problema Trinitario. El Papa Calixto (217-222) excomulgó públicamente a Sabelio. Y su herejía fue condenada por el Papa S. Dionisio (259-268).

B.2. Triteismo

Doctrina herética de los que enseñan que no sólo hay en Dios tres Personas divinas, sino también tres esencias, tres sustancias, en definitiva  tres dioses. La historia del triteismo aparecieron con los “eutiquianos” y los “monofisitas”, que no admitían más que una naturaleza en Jesucristo, la divina.

Más tarde, Juan Filipón, gramático de la ciudad de Alejandría, (muerto el 565), declaró que no podía concebir dos naturalezas en Jesús: la divina y la humana sin admitir también dos personas; Juan Filoponos  identificó la naturaleza divina con la persona divina (ousia = naturaleza; hipóstasis = persona). En la doctrina trinitaria cayó en el error del triteismo, (tres dioses). Según Juan Filoponos, las tres divinas Personas son tres individuos de la divinidad, de forma parecida a como tres hombres son tres individuos de la misma especie humana. Puso, por tanto, en lugar de la unidad numérica de esencia, una unidad específica.

Al ser corregido doctrinalmente y advirtiéndole que había que distinguir entre ambos conceptos: persona y naturaleza, porque si no se hacía así también habría que aceptar tres naturalezas en tres Personas divinas, J. Filipón no se corrigió y así nació el triteismo.

El Obispo Damían de Alejandría, profesó que había tres Personas en la Santísima Trinidad, pero que ninguna de ellas tomada aisladamente era Dios. La divinidad era para él un todo y la Personas no eran más que partes de ese todo.

Protestantismo: Lutero censuró la terminología trinitaria, pero en realidad mantuvo la creencia en este misterio trinitario. No obstante el subjetivismo introducido por él, condujo finalmente a la negación del dogma Trinitario.

La teología racionalista protestante moderna suele conservar las terminología trinitaria de la Tradición, pero considera las divinas personas como meras personificaciones de atributos divinos, como el poder de Dios, la sabiduría de Dios, la bondad de Dios. Según Harnack, la profesión cristiana del dogma trinitario se originó accidentalmente en las polémicas entre el cristianismo y el judaísmo. Al principio se adoptó únicamente la fórmula bimembre Dios y Cristo, como antítesis de Dios y Moisés, ya más tarde se añadió al Espíritu Santo.

En conclusión, del hecho de las herejías trinitarias se constituyen variaciones de algunas posibilidades fundamentales de entender de manera "incorrecta" el contenido de la fe, por ello: o se sostiene el monoteísmo de forma que se excluye la Trinidad o se llega al triteismo (tres dioses) de forma que niega la unicidad y unidad de Dios. En el primer caso, el del monoteísmo que excluye radicalmente la trinidad de Personas, se dan dos nuevas posibilidades:

  • O el Padre sólo corresponde a la definición de Dios, mientras que el Hijo y el Espíritu Santo se le subordinan como seres divinos, pero siempre "seres creados" (esa es la interpretación de los arrianos).
  • O las tres divinas Personas, no son más que tres simples modos de revelarse el único Dios (este es el caso de los sabelianos, monarquianos, y patri-pasianos).


El triteismo (tres dioses) posee posibilidades teoréticas menos sólidas, pero de todas formas representan también un continuo peligro para la fe. Hablando en terminología de Sto. Tomás podemos decir: "todos los errores y herejías trinitarias provienen: o de negar en Dios la existencia de procesiones inmanentes, es decir, "ad intra", no admitiendo más que las transeúntes, es decir "ad extra", (arrianismo, macedonianismo), o de concebir que las procesiones inmanentes son al modo de las transeúntes, (sabelianismo)".

C. Sagrada Escritura

Decimos que el misterio de la Santísima Trinidad consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son :

  • Tres Personas realmente distintas entre sí
  • Cada una de ellas es Dios
  • Que sólo hay un Dios.

Ahora bien, en el Nuevo Testamento aparecen con claridad todos estos elementos. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres Personas realmente distintas entre sí.

Doctrina del N.T. sobre cada una de las Personas:

C.1. En cuanto al Padre:

  • En sentido impropio: Es frecuente en la Biblia referirse a Dios Padre en sentido impropio. Así, se habla de Dios como Padre de las criaturas en el orden natural (por la creación, conservación y providencia): "¿No es el Señor tu padre, que te creó, el que te hizo y te fundó?" Deut 32,6. Y también "Porque yo soy para Israel un padre", Jer 31,9. En Mateo 5,48: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial". Juan 1,12 dice: "Pero a todos los que recibieron (al Verbo), les dió poder de hacerse hijos de Dios". Pablo en Rom 8,14-15: "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... pues no recibisteis un espíritu de esclavos... antes bien, recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abba, Padre!. El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios".
  • En sentido propio: En el N.T. aparece también Dios como Padre en sentido verdadero y propio. Pablo dice: "doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra", Efes 3,14-15. Esta paternidad corresponde únicamente a la primera Persona (Padre) y se presenta como ejemplar de la paternidad divina en el sentido impropio, antes explicado, y de toda paternidad creada. Por otra parte, Jesucristo considera a Dios como Padre suyo en un sentido propio y exclusivo como se puede ver en los siguientes textos:

"Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y a aquel a quien el Hijo quiera revelárselo". Mt 11,27
"Hemos visto su gloria ( la del Hijo), gloria como de Unigénito del Padre". Jn 1,14
"El Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, ése nos lo ha dado a conocer".  Jn 1,18
"El Padre y yo somos una misma cosa". Jn 10,30.
"Por eso los judíos buscaban con más ahínco matarlo, porque llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Dios". Jn 5,18.
En todos estos textos queda claro que Jesús consideraba a Dios como Padre suyo en un sentido propio.
C.2. En cuanto a Dios Hijo:

  • Es una Persona: 

Cuando el evangelista S. Juan utiliza el término "Logos", no se refiere a un atributo de Dios o a una cualidad o virtud impersonal, sino a una persona. Aparte de otras consideraciones, la expresión "el Logos se hizo carne" Jn 1,14, no se puede aplicar de ningún modo a un atributo divino, sino sólo a una persona.
Asimismo, en el N.T. Cristo aparece contrapuesto al Padre, que ciertamente es Persona; contrapuesto también a persona humanas como Jonás, Salomón, Abrahán, respecto a los cuales  El es mayor. Finalmente, al Logos encarnado se atribuyen operaciones propias de una persona como las de ser enviado, o constituido heredero etc. Jn 8,58.

  • Es Persona realmente distinta del Padre:  

Efectivamente, S. Juan afirma que "el Logos estaba junto a Dios", Jn 1,1. Lo cual implica comunión íntima de vida con Dios, y arguye la existencia de dos Personas distintas. Juan dice "hemos visto su gloria (del Logos), gloria como de Unigénito del Padre". Jn 1.18, con lo cual identifica al Logos con el Hijo Unigénito del Padre. Ese Hijo es enviado al mundo por el Padre, Jn.10,36, y hace peticiones a ese Padre de quien salió, Mt 11,17; 10,32. 

  • Es Persona divina:

En los sinópticos aparece con claridad la divinidad del Hijo. Por una parte, Cristo se presenta como centro de la vida moral y religiosa y con potestad para legislar perfeccionando la misma ley de Dios, Mt 5,21-42; Lc 7,48-50: "Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Aquí se manifiesta la conciencia clara que Cristo tenia de su filiación divina en sentido propio.
El mismo Dios Padre declara solemnemente esta filiación divina de Cristo en el bautismo del Jordán y en la Transfiguración: "Este es mi Hijo, el predilecto". Mc 3,17; Lc 9,35. Esta misma filiación divina en sentido propio se la atribuye a sí mismo Cristo cuando distingue entre "mi Padre" y "vuestro Padre", "mi Dios " y "vuestro Dios", Mt 7,21; 10,32; Lc 2,49; 10,22. Y sobre todo cuando alguien declara su filiación divina, tanto en la confesión de Pedro, Mt.16,17; como en el juicio de Caifás, Mt 26, 63,s.s.
S. Juan expresamente afirma que "el Logos era Dios", Jn 1.1. También dice "al principio era el Logos", Jn 1,1. Lo que hace referencia al atributo divino de la eternidad. "Todas las cosas fueron hechas por El", Jn 1,3, con lo cual da a entender que el Logos es Dios, al ser Creador y autor del orden natural, así como también autor del orden sobrenatural, en cuanto que es dispensador de la Verdad, Jn 1,4, de la Vida y de la gracia. Jn 1,12 y 14. También S. Juan dice: "El Padre y Yo somos una misma cosa",  Jn 10,30.
S. Pablo confirma esta verdad, al presentarnos a Cristo como imagen viva de Dios: "El es imagen de Dios invisible", Col 1,15 y "es imagen de Dios", 2 Cor 4.4. En la carta a los Hebreos de Cristo, leemos: "resplandor de la gloria de Dios e impronta de su esencia", Hbr 1,3, fórmulas ambas que expresan, la identidad de la naturaleza entre el Padre y el Hijo, y real distinción de Personas.

C.3. En cuanto a Dios Espíritu Santo:
El término que utiliza el N.T. para hablar del Espíritu Santo es "pneuma", que, en algunas ocasiones se refiere simplemente a la naturaleza espiritual de Dios, o a un poder impersonal del mismo. Sin embargo, en muchos pasajes se usa ciertamente como referido a una Persona, distinta del Padre y del Hijo y que es verdadero Dios.

  • El Espíritu Santo es una Persona:

En primer lugar, porque se le llama "Paráclito", es decir, "consolador" y abogado, lo cual no puede afirmarse más que de una persona, Jn 14,16; 15,26; además se equipara al Padre y al Hijo y si éstos tienen personalidad propia, la tendrá también el Espíritu Santo Mt 28,19: "bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"; y por último, se le atribuyen operaciones propias de personas, como enseñar a los Apóstoles, Jn 14,26, dar testimonio de Cristo, Jn.15,26; constituir Obispos, Hech.20,28; distribuye carismas 1Cor 2,4-6 y habita en nosotros, 1Cor 3,16; 2Tim 1,14. Los Hechos de los Apóstoles expresan la personalidad del Espíritu Santo cuando lo describen como autor y orientador de toda la actividad de la primitiva comunidad cristiana, Hech 2,4, 5,3-4; 5,32.etc.

  • Es Persona distinta del Padre y del Hijo:

Ante todo por la fórmula trinitaria del bautismo, ya aludida y transmitida por S. Mateo, por la teofanía del bautismo de Cristo en el Jordán y también por el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto, Mt 4,1,s.s: "Jesús lleno del Espíritu Santo ... llevado por el Espíritu al desierto...", S. Juan nos muestra al Espíritu Santo como dado por el Padre y el Hijo, Jn 14,16-26. S. Pablo nos transmite la misma verdad: el Espíritu viene de Dios, 1Cor 2,12; es enviado por Dios, Gal 4,6; es difundido por Dios a través de Jesucristo, Tit 3,6; y es llamado unas veces Espíritu de Dios, 1 Cor 2,14;  y otras Espíritu de Cristo, Rom 8,9.
S. Lucas en los Hechos de los Apóstoles, enseña una clara distinción entre el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo: afirma que es Espíritu de Dios y de Jesús, Hech 5,9; 8,39; 16,7.; dado por Dios Hech 5,32; es Dios quien ha ungido a Cristo con el Espíritu Santo, Hech 10.28. Finalmente ese mismo Espíritu Santo, que pone a los Obispos a pastorear la Iglesia de Dios, Hech 20,28, es objeto de una doctrina específica antes de la recepción del bautismo cristiano, Hech 19,1-7.

  • El Espíritu Santo es verdadero Dios:

En primer lugar, se identifica al Espíritu Santo con Dios, como muestra el texto de Hech.5,3,s.s: "Ananías ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo?... no has mentido a los hombres, sino a Dios". Además, en la fórmula trinitaria del bautismo de Mt 28,19, aparece el Espíritu Santo en plano de igualdad con el Padre y el Hijo, los cuales son Dios. Finalmente, al Espíritu Santo se atribuyen acciones divinas como la plenitud del saber Jn 14,17.26: "El Espíritu de la verdad que os enseñará toda la verdad", y la capacidad de escudriñar los misterios insondables de Dios, l Cor 2,10-11, siendo El quien inspiró en el AT. a los profetas, 2Petr 1, 21. A su poder se atribuye la Encarnación virginal, Lc 1,35, y la expulsión de los demonios, Mt 12,28, como, sobre todo, el prodigio de Pentecostés, Hech 2,2-4.
En una palabra, el Espíritu Santo aparece en el NT como dispensador de las gracias, tanto otorgadas en beneficio de la Iglesia, 1Cor 12,11, como las destinadas a la santificación personal, cuales son la gracia de la primera justificación bautismal, Jn 3,5, y la de la segunda justificación en el sacramento de la penitencia, Jn 20,22.

Doctrina Neotestamentaria sobre las tres Personas juntamente:

El hecho de que la Sagrada Escritura afirme, como hemos visto, que hay tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que son verdaderamente Dios, no puede contradecir la doctrina, enseñada de modo fundamental por la misma Escritura, acerca de un solo Dios (o la unicidad de Dios), es decir, de una sola naturaleza divina. Por lo tanto, esas tres Personas, que son Dios, habrán de subsistir en una sola naturaleza divina. Esta unidad de naturaleza divina en la tres Personas distintas está suficientemente expresada en lo que se denominan las fórmulas trinitarias y en algunos otros pasajes bíblicos.

  1. En la Anunciación: Se enumeran tres Personas: al Padre se le denomina Altísimo, al Hijo se le llama Hijo de Dios y al Espíritu Santo se le atribuye la Encarnación, aunque se le llama "Virtud del Altísimo". Ello no obstante, si Padre e Hijo, en este texto, son personas distintas, pues nadie es Padre e Hijo de sí mismo, es razonable admitir que también ese Espíritu Santo es Persona distinta de las otras dos: "Concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y llamado Hijo del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el Hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios". Lc 1,31-35.
  2. La teofanía en el Bautismo penitencial de Jesús en el Jordán: Mt 3,16-17: "Aconteció, pues, que... bautizado Jesús y orando se abrió el cielo y descendió el Espíritu Santo en forma corporal... sobre El y se dejó oír una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco". En este texto de los sinópticos aparece la Trinidad: el Padre hablando, el Hijo siendo bautizado, y el Espíritu Santo descendiendo sobre el Hijo. La naturaleza divina de  estas tres Personas se deduce de la similitud de esta teofanía con las teofanías del AT., en las cuales quienes se manifiestan, tienen naturaleza divina.
  3. En el precepto de bautizar a todas las gentes: Mt 28,19. : "Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Sobre este texto, de gran importancia en materia dogmática, la Pontificia Comisión Bíblica se pronunció a favor de su autenticidad y veracidad histórica el 18 de junio de 1911. Por otra parte, es un pasaje neotestamentario muy utilizado en las controversias trinitarias contra los arrianos. Es clara también su íntima relación con el rito bautismal. En esta fórmula hay una clara distinción de Personas entre el Padre y el Hijo, en cuanto a la tercera Persona, se distingue también al venir mencionada con las otras dos. Todo ello se advierte con más notoriedad a partir del texto griego que repite ante cada Persona tanto la conjunción como el artículo (del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo). En una palabra, sería absurdo enumerar en un mismo nivel a dos Personas que realmente se distinguen entre sí, con una tercera Persona que no se distinguiera de ellas.Las tres Personas enumeradas son igualmente Dios. La razón es porque ser bautizado equivale a ser liberado del pecado, ser justificado, y ser consagrado a Dios, todo lo cual es competencia exclusiva de Dios como causa principal. Además, si el Padre, primero de la enumeración, es ciertamente Dios, también deben ser Dios el Hijo y el Espíritu Santo, mencionados a un mismo nivel. A su vez los Santos Padres, sobre todo S. Atanasio y S. Agustín, ven expresada la unidad de naturaleza divina de las tres Personas en el uso en singular del vocablo "nombre" que en hebreo significa "la esencia y el poder".
  4. La distribución de gracias y dones, 1Cor 12,4-6: " Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos". Como se ve por el texto, los dones o carismas se atribuyen al Espíritu Santo, los ministerios o diaconías al Señor, y las operaciones a Dios. Ahora bien, todos estos dones son divinos, lo que arguye tanto el Padre, como el Hijo, como el Espíritu Santo deben pertenecer a un plano divino. Por otra parte, como en S. Pablo los términos "Dios" y "Señor" se refieren a las Personas del Padre y del Hijo, lo lógico es pensar que el término "Espíritu" se refiere a la tercera Persona, y no como alguien pudiera pensar que S. Pablo, en este lugar, se refiere únicamente a la Persona del Espíritu Santo bajo diversos nombres.
  5. El saludo y bendición de S. Pablo: 2Cor 13,13: " La gracia del Señor Jesucristo y la caridad de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros". Puesto que los dones que se desean son divinos, hay que concluir que los tres a quienes se atribuyen pertenecen a la divinidad; y la distinción de las tres Personas se expresa claramente en la triple atribución. Nada obsta a lo dicho la circunstancia que S. Pablo asumiera esta fórmula de la liturgia primitiva; el uso de esta fórmula en la liturgia actual es una confirmación de su inequívoco valor trinitario. 

Fórmulas parecidas se encuentran en otros pasajes paulinos donde las distintas funciones de las tres divinas Personas ofrecen variaciones según los diversos conceptos, Rom 15,16.30;1Cor 2,10-16; Gal 4,6; Filp 2,1.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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Amar a Dios



P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XIII
del Tiempo Ordinario

Mateo 10, 37-42

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
«Quien a vosotros acoge, a mí me acoge, y quien me acoge a mí, acoge a Aquel que me ha enviado.
«Quien acoja a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta, y quien acoja a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
«Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.»

Palabra de Dios


El Señor nos enseña en este párrafo del Evangelio qué significa amar a Dios por encima de todo.

Jesús inicia este párrafo del Evangelio de San Mateo con una afirmación muy fuerte, que resulta como un desafío: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”. Y en todo el párrafo se van haciendo aclaraciones importantes sobre lo que es el amor cristiano, el mandamiento nuevo que nos enseña un “amor nuevo”. Y es que Cristo fundamentalmente en el Evangelio nos enseña cómo amar, quiere instaurar en nuestra alma el verdadero amor ya que el amor es lo más importante de la persona humana, incluso lo que le da verdadero valor humano y cristiano a la inteligencia y a la libertad.

Jesús nos da enseñanzas sobre el amor, purificando primero el amor a la propia familia. El conjunto de personas que más amamos, que nos rodean de cerca y nos nutren de afecto y de valores, deben ser amadas con el amor que nos brota de Dios. Así las amaremos de verdad: amarlas en Dios es amarlas más y amarlas mejor. Este mismo amor de Dios debe liberarnos del amor de las comodidades, hasta llegar al amor de la cruz. Ese amor que Cristo quiere comunicarnos debe llevarnos a arriesgar la vida por Dios, y así debemos amar a Dios más que a nuestra vida. Finalmente la enseñanza se hace concreta y pragmática, y nos dice que amar a Dios es acoger al prójimo, y darle un vaso de agua fresca. Si no, todo el pretendido amor no es más que humo que se desvanece.

En este amor nuevo Jesús nos dice que El debe tener prioridad; sería una nueva versión del primer mandamiento que se nos reveló ya en el Antiguo Testamento “amar a Dios por encima de todas las cosas”. Pero Jesús añade algo más, que no estaba en la formulación tradicional del primer mandamiento: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Parece que es un nuevo aspecto del amor, que aquí se nos inculca: el amor a la cruz. Esto completa lo anteriormente dicho; o sea que amar a Jesús, implica amar su cruz. Pero hay que entender este concepto de cruz, para no convertir la vida cristiana en masoquismo. Cargar la cruz evidentemente tiene que ver con el sufrimiento, pero es más que eso (además el sufrimiento no puede ser un fin de la vida espiritual, es sólo un medio); amar la cruz es recibir toda la vida personal, con las limitaciones y dificultades incluidas, como don que Dios me ha hecho porque me ama. Tener alegría con mi realidad, porque viene de Dios. Mi realidad es mi propia cruz.

Pero este párrafo sigue con más indicaciones sobre el “amor nuevo”. El verdadero amor a la vida propia, es saber arriesgar la vida, si fuere necesario. El egoísmo es perder la vida. Un amor centrado en uno mismo, es un mal amor, es destructivo: “el que ama su vida la perderá”. La vida está hecha para entregarla, más que para encerrarse en una autodefensa egoísta. Y es que el amor es una salida de sí mismo: sacar las fuerzas del corazón, y entregarse de una forma totalmente pura, sin mezcla de búsqueda personal.

Por último el amor debe referirse a los demás: y en estos demás, Jesús incluye al apóstol que predica, y a los pobres. Pero en general se trata de la acogida a los hermanos. Porque es interesante que en este momento se nos presente el amor, como acogida: “el que recibe...” Y todos hemos experimentado, cómo la acogida cordial es una forma del verdadero amor. Acoger: aceptar a una persona en la casa, no en el umbral de la puerta. Cuando recibimos a un vendedor, o a alguien extraño en la casa, no lo hacemos pasar del dintel de la puerta; en cambio a un familiar lo hacemos pasar adentro, al interior. Y esa es la acogida que Cristo nos pide con los hermanos, recibirlos en lo interior de nuestro corazón, no simplemente soportar su presencia (esto seria recibirlo en el umbral de nuestra casa), sino acogerlos. Y de una forma especial acoger a quien nos evangeliza, y a los pobres. Y además de acoger, que es la actitud inicial del amor, cuando alguien se nos presenta, hay que darles un vaso de agua, el agua de nuestra propia cercanía y comprensión; hay que llegar a calmar las necesidades de aquel a quien hemos acogido, para que nuestro amor sea genuino.





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