La Misa: 8° Parte - El culto estacional romano

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


A partir del siglo IV la misa romana, presidida por el Papa, a pesar de las invasiones de los bárbaros y otras calamidades, movilizó de forma avasalladora al pueblo e hizo vibrar sus fibras religiosas más profundas.

Al lado de las misas dominicales, tenidas en los templos parroquiales de la ciudad para sus respectivos barrios, saltaban a primer plano las solemnes funciones religiosas comunes para toda la población, en las que oficiaba el Papa en la Iglesia elegida por él como Statio con asistencia de la corte papal, de los nobles y del pueblo de todos los barrios de Roma.

Estos cultos papales fueron puestos por escrito y de ahí nacieron los diversos libros litúrgicos romanos:

El Sacramentarium era el libro del altar; en él estaban las oraciones de cada misa y los prefacios de las diversas solemnidades. Para las lecturas se usaban el Apostolus y el Evangelium. El Catatorium era el libro del salmista que dirigía el canto responsorial entre las lecciones y de los cantores que acompañaban las procesiones de entrada, de ofertorio y de comunión. Por último los Ordines eran los libros de los maestros de ceremonias.

Por estos Ordines conocemos hoy todos los ritos de la misa estacional del Papa, los cuales fueron evolucionando poco a poco a lo largo de los años y de los siglos. Cuando la Misa papal había llegado a su máximo esplendor y popularidad, se tenía de la manera siguiente:

El Papa salía a caballo de su palacio pontificio en Letrán para dirigirse a la iglesia estacional del día y era acompañado de un grupo de personas que formaban una procesión solemnísima:

Precedían  a pie los acólitos y a caballo los siete diáconos de las siete regiones de Roma; seguían al Papa también a caballo los altos funcionarios de su corte.
Antes de que el Papa llegara a la Iglesia estacional ya habían llegado a ella siete procesiones que habían salido de las siete regiones de la ciudad. En cada una de estas procesiones marchaban a la cabeza una cruz de plata y los fieles cantaban las letanías de los santos y otros cantos religiosos.

En la puerta de la Iglesia estacional el Pontífice era recibido por los representantes de la misma. El resto del clero romano había tomado asiento en la sillería que rodeaba el altar en semicírculo; el pueblo venido delas siete regiones de Roma en sendas procesiones llenaba las naves del templo. El Papa era conducido a la sacristía, situada junto a la puerta de la basílica; allí se revestía de los ornamentos sagrados, y cuando se ponía en marcha la procesión hacia el altar, formada por clérigos con cirios e incienso que acompañaban al Papa, los cantores entonaban el Introitum. Al llegar frente al altar el Papa se postraba en silencio, homenaje mudo a la Majestad Divina; una vez levantado besaba el libro del Evangelio y se dirigía a su cátedra. Allí permanecía durante la liturgia de la Palabra.

Se leían sólo dos pasajes de la Escritura; entre las dos lecturas se cantaba el salmo gradual. La lectura del Evangelio era acompañada de gran solemnidad: el diácono se acercaba a la sede del Papa y le besaba el pie; recibía de él la bendición, tomaba del altar el libro del Evangelio, lo besaba y precedido del incensario y delos ciriales se dirigía al ambón, desde donde proclamaba el texto evangélico ante toda la asamblea puesta en pie.

Durante el ofertorio los cantores entonaban el canto propio mientras todos los presentes, incluido el Papa, hacían sus ofrendas de pan, vino y dinero. Al finalizar el ofertorio el Papa recitaba la oración de las ofrendas.

Va el Papa al altar y de cara al pueblo comenzaba la Oración Eucarística. Una vez que iniciaba la fracción del pan volvía a su sede y allí recibía el sacramento del pan y del vino; seguía la comunión del clero y de los fieles, mientras los cantores entonaban el canto propio de la comunión. Acabada ésta, el Papa recitaba la pos-comunión, un diácono cantaba el Ite Missa est y el pueblo respondía Deo Gratias. En seguida se formaba la procesión que acompañaba al Papa hasta la sacristía.

Al hacer una valoración de la misa papal de aquellos siglos el P. Jungmann escribe:

“No podemos negar que, visto en conjunto este cuadro, saca uno la impresión de una unidad grandiosa en medio de tanta variedad. Una gran sociedad, heredera de una cultura milenaria, ha encontrado su última expresión en la Iglesia, y, por otra parte, ha comunicado al culto de la Iglesia el esplendor de sus nobles tradiciones” (Jungmann, p. 111-112)


De esta manera la misa papal de aquellos siglos vino a ser para el pueblo romano una parte integrante de su existencia terrena y por consiguiente fue popular en sumo grado para todos los niveles sociales de la Roma de entonces.



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Referencia bibliográfica: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. "La Misa en la religión del pueblo", Lima, 1983.

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¿Qué es el Año Litúrgico? 11° Parte - El Ayuno en la Cuaresma



P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.

LA CUARESMA
Continuación


EL AYUNO EN LA CUARESMA

El ayuno es siempre una práctica ascética de desprendimiento, pero el ayuno bíblico es ante todo una práctica religiosa, pues por él los fieles quieren expresar su total abandono en Dios con una actitud de humildad. Así fue el ayuno de Moisés, así lo fue el de Elías, y así lo fue el de Jesús (Ex 34,28, 1 Re 19,8; Mt 4,1-11)

El ayuno perfecto en la tradición de la Iglesia es el “ayuno de los vicios”; el ayuno de los alimentos simboliza la actitud de lucha contra el pecado para hacer en todo la voluntad de Dios:

“A lo que cada cristiano debe hacer en todo tiempo, debe dedicarse ahora con mayor fe y amor; de este modo satisfaremos esta obligación, que se remonta hasta los Apóstoles, de ayunar durante cuarenta días, no sólo reduciendo nuestra alimentación sino sobre rodo absteniéndonos del pecado” (León Magno, 1 Sermón sobre la Cuaresma)

Y de esta manera el ayuno se convierte en una cura espiritual de efectos sorprendentes, así nos lo dice San Agustín:

“Cuando el cuerpo se modera con el ayuno, el alma, adquiriendo conocimiento de sí misma, entiende con cuánta afición debe seguir al Redentor” (Sermón 120)

En último término el ayuno cuaresmal de la Iglesia busca que los cristianos participen del misterio de la Cruz del Señor:

“En estos días, pues, se han decretado… ayunos mayores con el fin de que, tomando nuestra parte en la Cruz de Cristo, hagamos también nosotros algo de lo que él ha hecho por nosotros, según estas palabras del Apóstol: Si sufrimos con él, con él seremos glorificados” (León Magno, 9 Sermones sobre Cuaresma)

La liberación del peso de la carne, que produce la mortificación del ayuno y de la penitencia, abre a los fieles la puerta de la oración contemplativa, que admira los caminos misericordiosos de Dios, que descubre la nada del ser humano, y que hace sentir al corazón humano la presencia abrasadora del Dios vivo, que corrige, interpela, amenaza, anima y alienta a sus siervos.
Esta última reflexión nos conduce a la dimensión más religiosa del desierto, cual es la trasformación de la inhóspita soledad en el lugar privilegiado, en donde el ser humano puede escuchar la voz amante y el llamado amistoso de Dios:

“La llevaré al desierto
Y le hablaré a su corazón”
(Oseas, 2,16)

Así, pues, el sentido espiritual más hondo de la Cuaresma está en que este tiempo litúrgico nos hace presente el misterio de Jesús tentado por el demonio y vencedor de las seducciones diabólicas, y nos pone en contacto con él mediante las celebraciones religiosas cuaresmales.

Esto nos explica por qué los fieles experimentan en sí durante este tiempo deseos sinceros de conversión, de purificación, de salvación eterna, y por qué buscan el desierto, por lo menos en la soledad más retirada de sus corazones, para reafirmarse en su creencia yen su confianza en Dios, y para preparase a las luchas constantes y agotadoras contra el “Seductor del mundo entero”, mediante una mortificación más intensa y una contemplación más asidua de los caminos salvadores del Señor. No puede extrañarnos, si al final de la Cuaresma, los cristianos se sienten más alentados por la esperanza de la victoria de Cristo sobre Satanás en sus vidas.

Las prácticas cuaresmales de la Iglesia en la actualidad pueden ser agrupadas en los acápites siguientes: Celebraciones litúrgicas, ejercicios piadosos, y prácticas personales de devoción. Todas ellas están ordenadas a la preparación de la Pascua.

Según el Vaticano II los catecúmenos y los fieles deben entregarse en este tiempo a la penitencia, a oír con más frecuencia la Palabra de Dios y a la oración. Para facilitar estas prácticas la reforma litúrgica nacida del Concilio Vaticano II ha restituido por lo menos en el ciclo dominical A las lecturas y oraciones de la antigua celebración cuaresmal romana, y ha creado un ciclo de lecturas para los días de entre semana sugestivo, para que los pastores del Pueblo de Dios puedan fácilmente llegar al objetivo de pastoral litúrgica de este tiempo señalado por las Normas Universales sobre el Año Litúrgico:

“La liturgia cuaresmal prepara para la celebración del ministerio pascual tanto a los catecúmenos, haciéndolos pasar por los diversos grados de la iniciación cristiana, como a los fieles, que recuerdan el bautismo y hacen penitencia”
Por esta razón la Ordenación General del Misal Romano recomienda que se predique homilía todos los días de la Cuaresma.

La gran puerta de la Cuaresma es hoy el Miércoles de Cenizas. En la rúbrica inicial de este día se lee en el Misal:

“En la Misa de este día se bendicen y se imponen las cenizas, confeccionadas de los ramos de olivos y de otros árboles bendecidos el año pasado”.

Y al final de la celebración de este día litúrgico se lee también en el misal la siguiente aclaración:

“La Bendición e imposición de las cenizas pueden tenerse también sin misa. En este caso se debe seguir todo el ceremonial: canto de entrada, colecta, lecturas con sus cantos como en la Misa. Sigue la homilía, la bendición e imposición de las cenizas. Termina el rito con la oración de los fieles”.

La liturgia de este día fue creada para dar comienzo a la penitencia de los pecadores públicos, que querían reconciliarse con la Iglesia el Jueves Santo. Hoy el rito de la ceniza se extiende a todos los fieles, pues todos deben considerarse pecadores (1 Jn. 1,8). Para la Biblia la ceniza es un símbolo de la brevedad de la vida (Job. 30,19) y de la conversión penitente (Dan. 9,3). Por eso el sacerdote al imponer la ceniza dice una de estas dos fórmulas:

“Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1,15)
“Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Genesis 3,19).

Pero para la liturgia de este día de Cenizas todos los símbolos exteriores de penitencia deben llevar ante todo a la conversión interior del corazón:

“Señor, fortalécenos con tu auxilio al comenzar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión” (Colecta)
“Rasgad los corazones, no las vestiduras” (1º Lectura)
“Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Salmo Responsorial)
“Tú en cambio cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre que está allí, en los secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará” (Mt. 6,17-18)


Esta mirada a lo “secreto” del hombre vigilado continuamente por Dios es la que deberá iluminar al Pueblo de Dios en los próximos días, para que los cristianos “fieles a las prácticas cuaresmales puedan llegar, con corazón limpio, a la celebración del ministerio pascual” (Bendición de las cenizas). De esta manera la liturgia del Miércoles de Ceniza centra perfectamente la labor de los pastores y la actividad espiritual de los fieles durante la Cuaresma.


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Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

CRISTOLOGÍA



Por el P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

Jesucristo es el objeto central de la fe de la Iglesia. Cristo es, también, el objeto del estudio de la Cristología, que como su propio nombre lo indica, es el tratado: logos, sobre la Persona de Cristo. La Cristología se estudia en dos apartados generales. La Primera Parte (Serie de 12 entregas) estudia el Misterio de la Persona de Cristo: quién es Jesucristo, cómo se encarnó, qué se deriva de este misterio de la Encarnación, cómo puede unirse la naturaleza divina con la naturaleza humana en la unidad de Persona, etc. La Segunda Parte del tratado de Cristología (Serie de 32 entregas) se trata de la Obra Salvífica realizada por Cristo, como enviado del Padre para salvar al género humano, conocida con el nombre de Soteriología (soter: salvador)

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CRISTOLOGÍA I - FUNDAMENTAL

Cristología - Introducción
Cristología - 1° Parte: La existencia histórica de Jesús

Cristología - 2° Parte: El Misterio de la Encarnación
Cristología - 3° Parte: El Dogma de la verdadera divinidad de Cristo
Cristología - 4° Parte: La verdadera humanidad de Cristo 
Cristología - 5° Parte: La Unión de ambas naturalezas en Cristo
Cristología - 6° Parte: Explicación teológica de la Unión Hipostática
Cristología - 7° Parte: Consecuencias de la Unión Hipostática
Cristología - 8° Parte: Consecuencias de la Unión Hipostática, continuación
Cristología - 9° Parte: Consecuencias de la Unión Hipostática, continuación
Cristología - 10° Parte: Los atributos de la naturaleza humana de Cristo 

Cristología - 11° Parte: Los atributos de la naturaleza humana de Cristo, continuación
Cristología - 12° Parte: Los defectos o la pasibilidad de la naturaleza humana de Cristo


CRISTOLOGÍA II - SOTERIOLOGÍA

Cristología II - Introducción a la Soteriología
Cristología II - 1° Parte: Fundamentos Veterotestamentarios de la Cristología
Cristología II - 2° Parte: Títulos cristológicos en el Nuevo Testamento
Cristología II - 3° Parte: El Misterio de la Encarnación
Cristología II - 4° Parte: El Misterio de la Encarnación - La venida del Hijo
Cristología II - 5° Parte: El Misterio de la Encarnación - La forma del Siervo
Cristología II - 6° Parte: El Misterio de la Encarnación - De la anunciación a la infancia hasta presentación de Jesús en el templo
Cristología II - 7° Parte: La Vida Pública de Jesús - El Bautismo en el Jordán
Cristología II - 8° Parte: La Vida Pública de Jesús - Las tentaciones de Jesús
Cristología II - 9° Parte: La Vida Pública de Jesús - El anuncio del Reino
Cristología II - 10° Parte: La Vida Pública de Jesús - Las exigencias para entrar en el Reino de Dios
Cristología II - 11° Parte: La Vida Pública de Jesús - Los milagros de Jesús
Cristología II - 12° Parte: La Vida Pública de Jesús - La transfiguración de Jesús
Cristología II - 13° Parte: Jesucristo Redentor - El sacrificio redentor y la preparación existencial
Cristología II - 14° Parte: Jesucristo Redentor - El Siervo de Yahvé
Cristología II - 15° Parte: Jesucristo Redentor - El único Mediador
Cristología II - 16° Parte: Jesucristo Redentor - La Misión Redentora
Cristología II - 17° Parte: El Misterio Pascual - La Pasión de Cristo
Cristología II - 18° Parte: El Misterio Pascual - El Sacrificio del Hijo del Hombre
Cristología II - 19° Parte: El Misterio Pascual - El amor divino
Cristología II - 20° Parte: El Misterio Pascual - La doctrina de san Pablo sobre el amor de Cristo
Cristología II - 21° Parte: La Redención según San Juan
Cristología II - 22° Parte: Muerte y sepultura de Cristo
Cristología II - 23° Parte: Jesús descendió a los infiernos
Cristología II - 24° Parte: Interpretación cultual del sacrificio redentor de Cristo
Cristología II - 25° Parte: Naturaleza y valor de la oblación del sacrificio de Cristo al Padre
Cristología II - 26° Parte: Naturaleza y valor de la oblación del sacrificio de Cristo al Padre II
Cristología II - 27° Parte: El Valor de la reparación de Cristo
Cristología II - 28° Parte: La redención en la Tradición 
Cristología II - 29° Parte: La Resurrección - 1° Parte
Cristología II - 32° Parte: Pentecostés
Cristología II - Bibliografía General

Cristología - Introducción

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


1. CRISTO, OBJETO DE ESTUDIO DE LA CRISTOLOGÍA

Jesucristo es el objeto central de la fe de la Iglesia. Cristo es, también, el objeto del estudio de la Cristología, que como su propio nombre lo indica, es el tratado = logos, sobre la Persona de Cristo. La Cristología se estudia en dos apartados generales. La Primera Parte estudia el Misterio de la Persona de Cristo: quién es Jesucristo, cómo se encarnó, qué se deriva de este misterio de la Encarnación, cómo puede unirse la naturaleza divina con la naturaleza humana en la unidad de Persona, etc. La Segunda parte del tratado de Cristología se trata de la Obra Salvífica realizada por Cristo, como enviado del Padre para salvar al género humano, conocida con el nombre de Soteriología (soter = salvador).
Nosotros vamos a estudiar la Primera parte de la Cristología, es decir, vamos a ver quién es Jesucristo, el misterio de la Encarnación, a saber: cómo la Persona divina del Verbo asume la naturaleza humana en unidad de Persona, (estudio sobre la gracia de Unión Hipostática), consecuencias de la Unión Hipostática, etc.


2. EL MISTERIO DE DIOS SE NOS HA MANIFESTADO EN CRISTO

Dios Padre, rico en misericordia, se ha dado conocer mediante su Hijo Jesucristo, (Misterio de la Encarnación). Este es un dato de la revelación y una convicción de todo cristiano. Su contenido se puede desglosar en tres afirmaciones:
1°. Dios es definitivamente cognoscible y reconocible en la revelación que su Hijo Jesucristo nos ha dado de Él, con su palabra y con su vida. (Movimiento descendente, "katábasis" = descenso), en el que Dios sale al encuentro de los hombres por medio de su Hijo hecho hombre).
2°. Jesucristo sólo es comprensible por su referencia a Dios Padre y a la luz de su mensaje sobre quién es el Padre, entender y aceptar su designio salvífico para toda la humanidad. (Jesucristo es la Revelación del Padre. El es el único Mediador entre Dios y los hombres, pues es verdadero Dios y verdadero hombre. Jesucristo es el lugar de encuentro y de salvación entre Dios y los hombres).
3°. El hombre a la luz de los dos puntos anteriores recobra su sentido, halla el camino para ir al Padre sabiéndose hijo del Padre y redimido por Cristo, del poder del pecado y de la muerte, quiere hacer hermanos en Cristo a todos los demás hombres (Movimiento ascendente, "anábasis" = ascenso). El hombre encuentra el sentido profundo de su existir en Cristo, pues ha sido creado en Cristo Jesús, habiendo perdido por el pecado la gracia santificante, Cristo le libra del poder del pecado y de la muerte, le otorga con la gracia de justificación, la filiación divina, es decir, su condición de verdadero hijo de Dios.

Así, pues, la profesión de fe: Jesús, es el Cristo, representa el resumen de la fe cristiana, y la cristología no es sino el estudio detallado y el contenido esencial de esta profesión de fe. Desde este punto de vista podemos decir que la Cristología ocupa el lugar central en el estudio de la Teología. Por eso la cuestión de quién es Jesucristo es una pregunta clave de nuestra fe cristiana. Jesucristo es el Logos (Palabra) del Padre, que asume naturaleza humana en unidad de Persona, es lo que conocemos como el misterio de la Encarnación.


3. EL JESÚS DE LA HISTORIA Y EL CRISTO DE LA FE

Esta distinción entre Jesús histórico y el Cristo de la fe es una distinción que surge dentro del mundo de la teología protestante. En síntesis el problema viene a ser el siguiente, según los teólogos protestantes del S. XVIII Y XIX: H. S. Reimarus (1700-1768), introduce en el campo de la exégesis bíblica un racionalismo exacerbado, destructor de principios fundamentales de la fe cristiana. Con él se establece una distinción entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe proclamado por los Evangelios y la Iglesia primitiva cristiana.
Su actitud crítica y racionalista se hace de derecho público en el año 1778, precisamente 10 años después de su muerte, acaecida en la ciudad de Hamburgo en 1768. En efecto, un manuscrito de Reimarus es publicado por G. E. Lessing entre 1774 y 1778. Este manuscrito se publica en 7 apartados de los cuales el último se titula: "De la pretensión de Jesús y de sus discípulos". Reimarus distingue entre la finalidad pretendida por Jesús y la de sus discípulos. Jesús era un Mesías político ilusionado por implantar un reino terreno y librar a los judíos del yugo romano, pero Jesús fracasó en su obra, como se puede deducir de su grito en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, Mt. 27,46. Ante este fracaso de Jesús, la actitud de los discípulos es clara. Ellos no quieren volver a sus primitivas ocupaciones; para ello roban el cadáver de Jesús e inventan el mensaje de la resurrección y el anuncio de su futura venida. La predicación pública de los discípulos está sellada por un "auténtico fraude". Fueron los Apóstoles los que crearon la figura de Jesús que nosotros leemos y creemos en los escritos de los Evangelios.
Su sucesor F. Strauss (1770-1856), con la publicación de su obra: "Vida de Jesús", en 1835, inicia un nuevo camino en el proceso explicativo del Jesús histórico basándose en la teoría del mito. Según él, para explicar la vida de Jesús no hay que recurrir a lo sobrenatural, como hacen los teólogos dogmáticos, ni hay que recurrir al "fraude" de Reimarus. Toda la narración de los Evangelios es como la conclusión de una leyenda que se desenvuelve poco a poco. La vida de Jesús está arraigada en el mito, es decir, en la expresión de una idea o creación de la imaginación de un hecho que no ha ocurrido en sí. La figura de Jesús es una imagen poética formada a partir de los que se decía en el A.T. sobre el Mesías prometido, Jesús es un personaje idealizado, no es un Jesús realmente histórico.
Con estos argumentos de Reimarus (Jesús, es un fraude) y Strauss (Jesús, es un mito), del Jesús histórico, real, sabemos muy poco, casi nada o nada. Argumento que dan: Los evangelios no son libros históricos en el sentido científico de la palabra, más bien son libros escritos por una comunidad de creyentes que a la luz de los acontecimientos posteriores a la muerte de Cristo (Resurrección-Ascensión-Pentecostés), han idealizado al Jesús histórico del que se nos dicen muy pocas cosas. Los evangelios son escritos desde la fe y por lo tanto ya no nos narran lo que "realmente" ocurrió, sino lo que esa comunidad ha idealizado, mitificando la persona de Cristo y su obra de predicar el Reino de Dios. Por eso ellos hacen un distinción entre lo que ellos llaman el Jesús de la historia, o el Jesús histórico y el Cristo de la fe, el Kyrios, Señor. Para los protestantes, éste Cristo, es un Cristo idealizado, tiene muy poco que ver con el Jesús histórico.
Esta distinción del Jesús de la historia con el Cristo de la fe es propia de la teología protestante, antidogmática, racionalizante y que tiene poco aprecio de la sucesión apostólica y de la vivencia real de la primitiva comunidad cristiana. Desde el punto de vista de la teología protestante los evangelios hay que leerlos con mucha distancia ya que están muy lejos de contarnos la "vida real" de Jesús. El prejuicio ideológico que hay detrás de estas afirmaciones es la causa determinante por la que ellos dicen que, para encontrar al Jesús de la historia sería necesario "recuperarlo" de esas mitificaciones e invenciones que realizó al comunidad primitiva cristiana. La investigación histórica sobre el verdadero Jesús consistirá, según estos autores protestantes, en sospechar de la mitificación exaltada en cada palabra y hecho del Nuevo Testamento que parezca contener "algo que se salga de lo normal", algo sobrenatural, pues esto sobrenatural es sospechoso y hay que atribuirlo a la exaltada idealización imaginativa de la comunidad primitiva cristiana. El problema de la historicidad de los Evangelios es el de hallar la continuidad existente entre "el Cristo de la fe" y  "el Jesús histórico". Sabemos, ciertamente, que los Evangelios nos dan una visión de Jesús iluminada por la fe pascual. Cada evangelista, con su labor de selección de datos recibidos, de la acomodación de los mismos a las necesidades y circunstancias concretas de su predicación apostólica, presenta a su manera la visión de la persona y de la obra de Cristo. La redacción última del Evangelio recoge, a su vez, toda una tradición oral, previa proclamada por los Apóstoles y vivida en la fe por la comunidad cristiana. Así tenemos tres elementos que configuran y garantizan la autenticidad de los Evangelios y por lo tanto de la persona de Jesucristo:
a. Predicación y tradición apostólica.
b. Vivencia en la fe de los seguidores de Jesucristo (primitiva comunidad cristiana).
c. Redacción final de los Evangelios.

Estos tres elementos nos describen la persona de Cristo, en quien creen y a quien confiesan como el Señor.
Quien comienza el estudio de la cristología debe de tener en cuenta este "prejuicio" surgido de las teorías de Reimarus y Strauss, que ejerce gran influencia en muchos trabajos de investigación histórica, restándole la objetividad imprescindible para que puedan llamarse justamente obra científica.
La Iglesia Católica enseña y dice que el Jesús de la historia es el mismo que Jesús de la fe, que hay un verdadero nexo entre el Jesús real y el Cristo resucitado y glorificado, este nexo lo realizaron los Apóstoles con su predicación y testimonio, su predicación desde el día de Pentecostés hasta nuestros días. Testimonio de vida de la primitiva comunidad cristiana. Los evangelios son producto de esta comunicación de esta Buena Nueva que Cristo ha traído al mundo.



Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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Viaje apostólico a Cuba y Estados Unidos


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El matrimonio y la familia

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 16 de septiembre de 2015




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta es nuestra reflexión conclusiva sobre el tema del matrimonio y la familia. Estamos en vísperas de acontecimientos hermosos y arduos, que están directamente relacionados con este gran tema: el Encuentro mundial de las familias en Filadelfia y el Sínodo de los obispos aquí, en Roma. Ambos tienen resonancia mundial, que corresponde a la dimensión universal del cristianismo, pero también al alcance universal de esta comunidad humana fundamental e insustituible que es precisamente la familia.

El paso actual de la civilización parece marcado por los efectos a largo plazo de una sociedad administrada por la tecnocracia económica. La subordinación de la ética a la lógica del provecho dispone de medios ingentes y de enorme apoyo mediático. En este escenario, una nueva alianza del hombre y de la mujer no solo es necesaria, sino también estratégica para la emancipación de los pueblos de la colonización del dinero. Esta alianza debe volver a orientar la política, la economía y la convivencia civil. Decide la habitabilidad de la tierra, la transmisión del sentimiento de la vida, los vínculos de la memoria y de la esperanza. De esta alianza, la comunidad conyugal-familiar del hombre y de la mujer es la gramática generativa, podríamos decir, el «lazo de oro». Toma la fe de la sabiduría de la creación de Dios, que no ha confiado a la familia el cuidado de una intimidad que es fin en sí misma, sino el emocionante proyecto de hacer «doméstico» el mundo. Precisamente la familia está al inicio, en la base de esta cultura mundial que nos salva; nos salva de tantos, tantos ataques, de tantas destrucciones, de tantas colonizaciones, como la del dinero o de las ideologías que amenazan tanto al mundo. La familia es la base para defenderse.

Precisamente en la Palabra bíblica de la creación hemos tomado nuestra inspiración fundamental para nuestras breves meditaciones del miércoles sobre la familia. A esta Palabra podemos y debemos recurrir nuevamente con amplitud y profundidad. Es un gran trabajo el que nos espera, pero también muy estimulante. La creación de Dios no es una simple premisa filosófica: es el horizonte universal de la vida y de la fe. No hay un designio divino diverso de la creación y de su salvación. Por la salvación de la criatura —de toda criatura— Dios se hizo hombre: «Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación», como dice el Credo. Y Jesús resucitado es «primogénito de toda criatura» (Col 1, 15). El mundo creado está confiado al hombre y a la mujer: lo que sucede entre ellos deja la impronta en todo. Su rechazo de la bendición de Dios desemboca fatalmente en un delirio de omnipotencia que arruina todas las cosas. Es lo que llamamos «pecado original». Y todos venimos al mundo con la herencia de esta enfermedad.

No obstante esto, no somos malditos ni estamos abandonados a nosotros mismos. Al respecto, el antiguo relato del primer amor de Dios por el hombre y la mujer ya tenía páginas escritas a fuego. «Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia» (Gn 3, 15 a). Son las palabras que Dios dirige a la serpiente engañadora, encantadora. Mediante estas palabras Dios marca a la mujer con una barrera protectora del mal, a la que puede recurrir —si quiere— para cada generación. Quiere decir que la mujer lleva una bendición secreta y especial, para la defensa de su criatura del Maligno. Como la Mujer del Apocalipsis, que corre a esconder al hijo del Dragón. Y Dios la protege (cf. Ap 12, 6).

Pensad qué profundidad se abre aquí. Existen muchos lugares comunes, a veces incluso ofensivos, sobre la mujer tentadora que inspira el mal. En cambio, hay espacio para una teología de la mujer que esté a la altura de esta bendición de Dios para ella y para la generación.

En todo caso, la misericordiosa protección de Dios respecto al hombre y a la mujer jamás se pierde para ambos. No olvidemos esto. El lenguaje simbólico de la Biblia nos dice que antes de alejarlos del jardín del Edén, Dios les hizo al hombre y a la mujer túnicas de piel y los vistió (cf. Gn 3, 21). Este gesto de ternura significa que, incluso en las dolorosas consecuencias de nuestro pecado, Dios no quiere que permanezcamos desnudos y abandonados a nuestro destino de pecadores. Esta ternura divina, esta solicitud por nosotros, la vemos encarnada en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios «nacido de mujer» (Gál 4, 4). Y el mismo san Pablo dice una vez más: «Siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5, 8). Cristo, nacido de mujer, de una mujer. Es la caricia de Dios sobre nuestras llagas, sobre nuestros errores, sobre nuestros pecados. Pero Dios nos ama como somos y quiere llevarnos adelante con este proyecto, y la mujer es la más fuerte, la que lleva adelante este proyecto.

La promesa que Dios hace al hombre y a la mujer, en el origen de la historia, incluye a todos los seres humanos, hasta el fin de la historia. Si tenemos suficiente fe, las familias de los pueblos de la tierra se reconocerán en esta bendición. De todos modos, quienquiera que se deje conmover por esta visión, independientemente del pueblo, la nación o la religión a la que pertenezca, ¡póngase en camino con nosotros! Será nuestro hermano y nuestra hermana, sin hacer proselitismo. Caminemos juntos con esta bendición y con este objetivo de Dios de hacernos a todos hermanos en la vida, en un mundo que va adelante y nace precisamente de la familia, de la unión del hombre y la mujer.


¡Que Dios os bendiga, familias de todos los rincones de la tierra! ¡Que Dios os bendiga a todos!




Tomado de:
www.vatican.va

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La familia y la comunidad cristiana

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 9 de septiembre de 2015




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Quiero centrar hoy nuestra atención en el vínculo entre la familia y la comunidad cristiana. Es un vínculo, por decirlo así, «natural», porque la Iglesia es una familia espiritual y la familia es una pequeña Iglesia (cf. Lumen gentium, 9).

La comunidad cristiana es la casa de quienes creen en Jesús como fuente de la fraternidad entre todos los hombres. La Iglesia camina en medio de los pueblos, en la historia de los hombres y las mujeres, de los padres y las madres, de los hijos y las hijas: esta es la historia que cuenta para el Señor. Los grandes acontecimientos de las potencias mundanas se escriben en los libros de historia, y ahí quedan. Pero la historia de los afectos humanos se escribe directamente en el corazón de Dios; y es la historia que permanece para la eternidad. Es este el lugar de la vida y de la fe. La familia es el ámbito de nuestra iniciación —insustituible, indeleble— en esta historia. Una historia de vida plena, que terminará en la contemplación de Dios por toda la eternidad en el cielo, pero comienza en la familia. Este es el motivo por el cual es tan importante la familia. El Hijo de Dios aprendió la historia humana por esta vía, y la recorrió hasta el final (cf. Hb 2, 18; 5, 8). Es hermoso volver a contemplar a Jesús y los signos de este vínculo. Él nació en una familia y allí «conoció el mundo»: un taller, cuatro casas, un pueblito de nada. De este modo, viviendo durante treinta años esta experiencia, Jesús asimiló la condición humana, acogiéndola en su comunión con el Padre y en su misma misión apostólica. Luego, cuando dejó Nazaret y comenzó la vida pública, Jesús formó en torno a sí una comunidad, una «asamblea», es decir una con-vocación de personas.
Este es el significado de la palabra «iglesia».

En los Evangelios, la asamblea de Jesús tiene la forma de una familia y de una familia acogedora, no de una secta exclusiva, cerrada: en ella encontramos a Pedro y a Juan, pero también a quien tiene hambre y sed, al extranjero y al perseguido, la pecadora y el publicano, los fariseos y las multitudes.

Y Jesús no deja de acoger y hablar con todos, también con quien ya no espera encontrar a Dios en su vida. Es una lección fuerte para la Iglesia. Los discípulos mismos fueron elegidos para hacerse cargo de esta asamblea, de esta familia de los huéspedes de Dios.

Para que esta realidad de la asamblea de Jesús esté viva en el hoy, es indispensable reavivar la alianza entre la familia y la comunidad cristiana. Podríamos decir que la familia y la parroquia son los dos lugares en los que se realiza esa comunión de amor que encuentra su fuente última en Dios mismo. Una Iglesia de verdad, según el Evangelio, no puede más que tener la forma de una casa acogedora, con las puertas abiertas, siempre. Las iglesias, las parroquias, las instituciones, con las puertas cerradas no se deben llamar iglesias, se deben llamar museos.

Y hoy, esta es una alianza crucial. «Contra los “centros de poder” ideológicos, financieros y políticos, pongamos nuestras esperanzas en estos centros del amor evangelizadores, ricos de calor humano, basados en la solidaridad y la participación» (Consejo pontificio para la familia, Gli insegnamenti di J.M. Bergoglio - Papa Francesco sulla famiglia e sulla vita 1999-2014, LEV 2014, 189), y también en el perdón entre nosotros.

Reforzar el vínculo entre familia y comunidad cristiana es hoy indispensable y urgente. Cierto, se necesita una fe generosa para volver a encontrar la inteligencia y la valentía para renovar esta alianza. Las familias a veces dan un paso hacia atrás, diciendo que no están a la altura: «Padre, somos una pobre familia e incluso un poco desquiciada», «No somos capaces de hacerlo», «Ya tenemos tantos problemas en casa», «No tenemos las fuerzas». Esto es verdad. Pero nadie es digno, nadie está a la altura, nadie tiene las fuerzas. Sin la gracia de Dios, no podremos hacer nada. Todo nos viene dado, gratuitamente dado. Y el Señor nunca llega a una nueva familia sin hacer algún milagro. Recordemos lo que hizo en las bodas de Caná. Sí, el Señor, si nos ponemos en sus manos, nos hace hacer milagros —¡pero esos milagros de todos los días!— cuando está el Señor, allí, en esa familia.

Naturalmente, también la comunidad cristiana debe hacer su parte. Por ejemplo, tratar de superar actitudes demasiado directivas y demasiado funcionales, favorecer el diálogo interpersonal y el conocimiento y la estima recíprocos. Las familias tomen la iniciativa y sientan la responsabilidad de aportar sus dones preciosos para la comunidad.

Todos tenemos que ser conscientes de que la fe cristiana se juega en el campo abierto de la vida compartida con todos, la familia y la parroquia tienen que hacer el milagro de una vida más comunitaria para toda la sociedad.

En Caná, estaba la Madre de Jesús, la «madre del buen consejo». Escuchemos sus palabras: «Haced lo que Él os diga» (cf. Jn 2, 5).


Queridas familias, queridas comunidades parroquiales, dejémonos inspirar por esta Madre, hagamos todo lo que Jesús nos diga y nos encontraremos ante el milagro, el milagro de cada día. Gracias.


Tomado de:
www.vatican.va


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La familia y la trasmisión de la fe

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL


Plaza de San Pedro
Miércoles 2 de septiembre de 2015




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este último tramo de nuestro camino de catequesis sobre la familia, ampliemos la mirada acerca del modo en que ella vive la responsabilidad de comunicar la fe, de transmitir la fe, tanto hacia dentro como hacia fuera.

En un primer momento, nos pueden venir a la mente algunas expresiones evangélicas que parecen contraponer los vínculos de la familia y el hecho de seguir a Jesús. Por ejemplo, esas palabras fuertes que todos conocemos y hemos escuchado: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt10, 37-38).

Naturalmente, con esto Jesús no quiere cancelar el cuarto mandamiento, que es el primer gran mandamiento hacia las personas. Los tres primeros son en relación a Dios, y este en relación a las personas. Y tampoco podemos pensar que el Señor, tras realizar su milagro para los esposos de Caná, tras haber consagrado el vínculo conyugal entre el hombre y la mujer, tras haber restituido hijos e hijas a la vida familiar, nos pida ser insensibles a estos vínculos. Esta no es la explicación. Al contrario, cuando Jesús afirma el primado de la fe en Dios, no encuentra una comparación más significativa que los afectos familiares. Y, por otro lado, estos mismos vínculos familiares, en el seno de la experiencia de la fe y del amor de Dios, se transforman, se «llenan» de un sentido más grande y llegan a ser capaces deir más allá de sí mismos, para crear una paternidad y una maternidad más amplias, y para acoger como hermanos y hermanas también a los que están al margen de todo vínculo. Un día, en respuesta a quien le dijo que fuera estaban su madre y sus hermanos que lo buscaban, Jesús indicó a sus discípulos: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc3, 34-35).
La sabiduría de los afectos que no se compran y no se venden es la mejor dote del genio familiar. Precisamente en la familia aprendemos a crecer en ese clima de sabiduría de los afectos. Su «gramática» se aprende allí, de otra manera es muy difícil aprenderla. Y es precisamente este el lenguaje a través del cual Dios se hace comprender por todos.

La invitación a poner los vínculos familiares en el ámbito de la obediencia de la fe y de la alianza con el Señor no los daña; al contrario, los protege, los desvincula del egoísmo, los custodia de la degradación, los pone a salvo para la vida que no muere. La circulación de un estilo familiar en las relaciones humanases una bendición para los pueblos: vuelve a traer la esperanza a la tierra. Cuando los afectos familiares se dejan convertir al testimonio del Evangelio, llegan a ser capaces de cosas impensables, que hacen tocar con la mano las obras de Dios, las obras que Dios realiza en la historia, como las que Jesús hizo para los hombres, las mujeres y los niños con los que se encontraba. Una sola sonrisa milagrosamente arrancada a la desesperación de un niño abandonado, que vuelve a vivir, nos explica el obrar de Dios en el mundo más que mil tratados teológicos. Un solo hombre y una sola mujer, capaces de arriesgar y sacrificarse por un hijo de otros, y no sólo por el propio, nos explican cosas del amor que muchos científicos ya no comprenden. Y donde están estos afectos familiares, nacen esos gestos del corazón que son más elocuentes que las palabras. El gesto del amor... Esto hace pensar.

La familia que responde a la llamada de Jesús vuelve a entregar la dirección del mundo a la alianza del hombre y de la mujer con Dios. Pensad en el desarrollo de este testimonio, hoy. Imaginemos que el timón de la historia (de la sociedad, de la economía, de la política) se entregue —¡por fin!— a la alianza del hombre y de la mujer, para que lo gobiernen con la mirada dirigida a la generación que viene. Los temas de la tierra y de la casa, de la economía y del trabajo, tocarían una música muy distinta.

Si volvemos a dar protagonismo —a partir de la Iglesia— a la familia que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, nos convertiremos en el vino bueno de las bodas de Caná, fermentaremos como la levadura de Dios.

En efecto, la alianza de la familia con Dios está llamada a contrarrestar la desertificación comunitaria de la ciudad moderna. Pero nuestras ciudades se convirtieron en espacios desertificados por falta de amor, por falta de una sonrisa. Muchas diversiones, muchas cosas para perder tiempo, para hacer reír, pero falta el amor. La sonrisa de una familia es capaz de vencer esta desertificación de nuestras ciudades. Y esta es la victoria del amor de la familia. Ninguna ingeniería económica y política es capaz de sustituir esta aportación de las familias. El proyecto de Babel edifica rascacielos sin vida. El Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos (cf. Is32, 15). Tenemos que salir de las torres y de las habitaciones blindadas de las élites, para frecuentar de nuevo las casas y los espacios abiertos de las multitudes, abiertos al amor de la familia.

La comunión de los carismas —los donados al Sacramento del matrimonio y los concedidos a la consagración por el reino de Dios— está destinada a transformar la Iglesia en un lugar plenamente familiar para el encuentro con Dios. Vamos hacia adelante por este camino, no perdamos la esperanza. Donde hay una familia con amor, esa familia es capaz de caldear el corazón de toda una ciudad con su testimonio de amor.


Rezad por mí, recemos unos por otros, para que lleguemos a ser capaces de reconocer y sostener las visitas de Dios. El Espíritu traerá el alegre desorden a las familias cristianas, y la ciudad del hombre saldrá de la depresión.


Tomado de:
www.vatican.va

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