La Iglesia - 28º Parte: Estructura Jerárquica de la Iglesia


P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


29. LA ESTRUCTURA JERÁRQUICA DE LA IGLESIA

                  

Presentado ya el ser de la Iglesia y hecha la descripción teológica de la misma, es hora de hablar de la estructura jerárquica de la Iglesia (Orden Sacerdotal), la cual no surge en ella como resultado de una delegación democrática, sino como una constitución de estructura apostólica de la Iglesia que Cristo así la quiso. Esta estructura Jerárquica sólo podremos conocerla recurriendo a la Sagrada Escritura y a la Tradición.

El estudio de la Jerarquía, dentro del tratado de Ecclesia, viene en el marco del estudio de la Iglesia como Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo, porque la razón de ser de la jerarquía está dentro del pueblo de Dios y al servicio de él. En la Iglesia, lo primero, y fundamental es pertenecer y ser miembro de la Iglesia, por el Bautismo nos incorporamos a Cristo y pertenecemos a su Cuerpo Místico que es la Iglesia, sólo después podemos hablar de la Jerarquía de la Iglesia como una autoridad puesta y querida por Cristo para estar al frente de la misma Iglesia y al servicio de todo el pueblo de Dios.
                  

29.1. ESTRUCTURA JERÁRQUICA DE LA IGLESIA - SACRAMENTO DEL ORDEN

Por voluntad de Cristo, que la ha instituido, la Iglesia, es una sociedad orgánica y jerárquica, animada y vivificada por el Espíritu Santo y gobernada por los Obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con el sucesor de Pedro, vicario de Cristo y cabeza visible de toda la Iglesia.

Es un deber de todos los miembros de la Iglesia no permanecer pasivos en el cuerpo que ella constituye, sino para participar positivamente, en comunión de espíritu, de su actividad.

Anteriormente hemos afirmado que toda la Iglesia es Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu. Y todos los miembros de la I­glesia por medio del sacramento del bautismo  tienen la misma fundamental dignidad de ser hijos de Dios, tienen por cabeza a Cristo y tienen por fin apostólico la dilatación del Reino de Dios entre todos los hombres.

Pero no to­dos tienen las mismas funciones dentro de la comunidad, ni las mismas responsabilidades. Y esto no solo por la necesidad inherente a toda comunidad bien organizada, sino por voluntad expresa del Señor, que cimentó la Iglesia sobre el ministerio apostólico unido en la roca de Pedro y perpetuado hasta el final de los tiempos en sus sucesores. 
 
Los Apóstoles, con Pedro a la cabeza, son los que han recibido de Cristo la misión de participar y per­petuar en  la Iglesia la triple función salvífica de Cristo:

  1. Función Profética: Es decir, proclamar, dar a conocer, enseñar, el Misterio de Cristo, su persona y su obra salvífica, contenido en los Evangelios, dar a conocer la verdad salvífica del Reino de Dios entre los hombres. Es el “munus docendi” (oficio de enseñar).
  2. Función Sacerdotal: Es el oficio de santificar al Pueblo de Dios por medio de los sacramentos, la oración, etc. Es la participación y realización de Cristo – Sacerdote de la Nueva Alianza. Es el “munus santificandi”, (oficio de santificar).
  3. Función Pastoral, o Real: Es decir, participación de la función salvífica de Cristo Buen Pastor, Rey y Señor de todo el Universo. Se trata de gobernar, guiar al pueblo de Dios por medio de la caridad fraterna hacia la patria celestial donde está Cristo. Gobernar, guiar, al Pueblo de Dios como quien sirve, hasta dar la vida por todos, como el modelo Cristo, el Buen Pastor. Es el “munus gobernandi” (oficio de gobernar).


La Constitución Lumen Gentium en el nº 18 dice: “Para apacentar y engrandecer continuamente al pueblo de Dios, Cristo Señor, estableció en su Iglesia diversos ministerio, dirigidos al bien de todo el Cuerpo. Los ministros, dotados de poder sagrado, sirven a sus hermanos, para que cuantos pertenecen al pueblo de Dios  y que por tanto, poseen la auténtica dignidad cristiana, lleguemos a la salvación colaborando de manera  libre y ordenada para conseguir los mismos objetivos”.

Esto quiere decir que la estructura sacramental de la Iglesia divi­no - humana es jerárquica, o sea, que la responsabilidad última res­pecto a la fiel transmisión de la Palabra de Dios, a la administración de los sacramentos y al gobierno y dirección de la Iglesia, no reside en el pueblo indiferenciado, sino en aquella parte del pueblo de Dios que ha recibido de Cristo, a través de la sucesión apostólica, el encargo de enseñar, santificar y gobernar la Iglesia de Cristo, como participación de la gracia capital de Cristo Cabeza.

La fe de la Iglesia afirma que estos responsables son los Apóstoles y sus su­cesores directos, los Obispos. También afirma que el Colegio Episcopal tiene su principio de unidad en el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, el Papa.
La Iglesia católica dice: "Cristo dio a su Iglesia una constitución jerárquica", (de fe).

Los poderes jerárquicos (autoritativos) de la Iglesia comprenden una triple potestad:

  1. Enseñar, por medio de la palabra revelada todo lo referente a la salvación. Cristo el centro del mensaje; es la mi­sión de profeta - maestro.
  2. Santificar,  realizando y comunicando los sacramentos y su eficacia salvadora, ministerio sacerdotal
  3. Gobernar, guiar, cuidar, al pueblo de Dios en orden a la santidad de vida con el vínculo de la caridad, y también la capacidad legisladora y jurídica en bien del Cuerpo de Cristo, función pastoral.


Estas tres funciones potestativas se representan en las imágenes de Cristo, Profeta, Sacerdote y Pastor, de las cuales partici­pan todos los bautizados en el sacerdocio común como partícipes del Cuerpo Místico de Cristo y de una manera especial los bautizados que pertenecen al orden sacerdotal, sacerdocio ministerial, como partícipes de la gracia capital de Cristo Cabeza,  por medio del sacramento del orden.

Cristo trans­mitió a los Apóstoles este triple oficio con sus poderes correspon­dientes. El fundamento bíblico de esta índole jerárquica y apostólica es el siguiente: Cristo transmitió a los apóstoles la misión que había re­cibido del Padre, Jn 20, 21. La misión de Cristo comprende su triple función de redentor. Jesús dio a los apóstoles el encargo de predicar el evangelio por todo el mundo, Mt 28, 19; Mc 16, 15. Les confirió la autoridad de gobernar, Lc 10, 16; Mt 10, 40; les prometió el poder de atar y desatar, Mt 18, 18 y les transmitió los poderes sacerdotales de bautizar, Mt 28, 19, celebrar la Eucaristía, Lc 22, 19,  de perdonar los pecados, Jn 20, 23.

En efecto, los Apóstoles, según el testimonio de S. Pablo, se consideraban como legados de Cristo: "por el cual hemos recibido la gracia del apos­tolado para promover entre las naciones la obediencia a la fe", Rom 1, 5; se consideraban como "ministros de Cristo y dispensadores de los miste­rios de Dios", l Cor 4, 1, como enviados por Cristo de los cuales se vale Dios para amonestar, 2 Cor 5, 20 como: "predicadores de la palabra de reconciliación" y "portadores del ministerio de la reconciliación", 2 Cor 5, 18. Los Apóstoles hicieron uso de los poderes que les habían conferido: "e­llos se fueron y predicaron por doquier", Mc 16, 20; dieron leyes y pres­cripciones a los fieles, Hech 15, 28; l Cor 11, 34; dieron sentencias e impusieron castigos, l Cor 5, 3-5; bautizaron, Hech 2, 41 l Cor 1, 14; celebra­ron la Eucaristía, Hech 2, 42, y confirieron poderes eclesiásticos por la imposición de sus manos, Hech 6, 16; 14, 22; 1 Tim 4, 14; Tit 1, 5.

La palabra "Jerarquía" viene del griego: ieros = sagrado - "arje" = principio, y significa = “principado sacro”. Este vocablo no parece en los escritos del N.T. Sin em­bargo es un término manejado en los escritos apostólicos de la primi­tiva comunidad cristiana como en el Pseudo-Dionisio, refiriéndose a los Apóstoles elegidos por Cristo y a sus sucesores los Obispos. La "jerarquía" es pues, un "principado sacro", no sólo porque se ejer­cita sobre las cosas sagradas (objeto) sino, sobre todo, porque quien lo ejercita (sujeto), está consagrado en virtud de un acto positivo de Cristo que lo hace instrumento suyo para continuar la obra salvífica y lo coloca, por lo tanto, en un rango especial en la Iglesia, Orden sa­cerdotal.

La función de la jerarquía es precisamente la de perpetuar en el mundo la presencia de estos medios salvíficos: la predicación de la pa­labra de Dios (fe), la distribución y realización de los sacramentos y la dirección del Pueblo de Dios hacia su fin sobrenatural último.

En la Iglesia primitiva además de los Apóstoles, aparecen también, como poseedores de los oficios ministeriales y poderes jerárquicos los "presbiteroi", que significa = ancianos. Los presbíteros,  por su función eran colaboradores de los apóstoles, Hech 20, 17; 1 Petr 5, 1-2, y los diakonos, que significa = servidor. Los presbíteros de la comunidad ungían a los enfermos en el nombre del Señor y les ­concedían el perdón de los pecados, Sant 5, 4, s.s. Estos colaboradores de los apóstoles eran escogidos, a veces, por la comunidad, pero recibían su oficio y potestad no de la comunidad, sino de los a­póstoles. Hech 6, 6, (institución de los siete diáconos), y en Hech 14, 22 la institución de presbíteros. Los cristianos carismáticos, que durante la era apostólica tuvieron parte tan importante en la edificación de la Iglesia, 1 Cor 12 y 14 no pertenecían a la jerarquía, a no ser que poseyeran al mismo tiempo oficios eclesiásticos. S. Pablo les exige la subordinación de los carismas al oficio apostólico, 1 Cor 14, 26, s.s.

El Concilio de Trento declaró: contra los protestantes (los cuales re­chazaban el sacerdocio ministerial y, con ello, la jerarquía de la Igle­sia, y tan sólo reconocían el sacerdocio común (bautismo) de todos los fieles), que en la Iglesia católica  existe una jerarquía creada por ­institución divina. Denz 966.
El Papa Pío VI rechazó como herética la doctrina galicana del Sínodo de Pistoya en la que dicha doctrina afirmaba: la que la autori­dad eclesiástica había sido concedida inmediatamente por Dios a la Iglesia, es decir, a la totalidad de los fieles, y por la Iglesia pasaba a los pastores", Denz 1502.

El papa Pío VI, afirmo: "que Cristo confió inmediatamente el poder espiritual a los apóstoles". Pío X, condenó la proposición del modernismo en la que decía que la jerarquía eclesiástica era el resultado de una sucesiva evolución his­tórica. Denz 2054.

Finalmente el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, "Lumen Gentium" en los  Nº 18-29,  trata con detenimiento sobre la constitución jerárquica de la Iglesia.

Si queremos reducir a una breve fórmula la doctrina expuesta por el Conc. Vat. II acerca de la Iglesia podemos decir que: La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios que vive con un orden jerárquicamente estructu­rado al servicio del reino de Dios. El orden jerárquico, instituido por Cristo (orden sacerdotal), con el que se introduce la distinción entre ministros y laicos, es esencial a la Iglesia, por eso hablamos de la estructura jerárquica de la I­glesia como el principio que constituye al Pueblo de Dios, y tiene su lugar teológico en la sacramentalidad de la Iglesia. La Iglesia es el signo de salvación puesto por Jesucristo para to­dos los hombres, "como sacramento en Cristo, es decir, como signo e instrumento para la más íntima unión con Dios, así como para la unión de toda la humanidad", L. G. Cptlo 1º, Nº 1.

Este significado sacra­mental de la Iglesia está vinculado a la estructura jerárquica que le es propia; o sea, la Iglesia es signo salvífico sacramental sólo gracias a que el Señor, su cabeza invisible, está representado visi­blemente en ella por determinados hombres (los Apóstoles y sus suce­sores); pues sin cabeza visible la Iglesia no puede ser representa­ción visible del cuerpo del Señor. Esta organización eclesiástica se debe a la voluntad del Señor de continuar su acción salvífica me­diante representantes plenipotenciarios en la Iglesia.

Vimos que Cristo eligió entre sus discípulos a Doce  y los ins­tituyó como Apóstoles y como lo indica la palabra griega: "apos­tolos", los hizo sus representantes en sentido apostólico y jurídico, colocando a Pedro al frente de los mismos. Con la continuación de su misión, asegurada mediante la sucesión a­postólica. Jesucristo sigue viviendo personalmente en la Iglesia y es la cabeza que vivifica y rige a todos los miembros del pueblo de Dios, no sólo por el gobierno invisible del Espíritu Santo, sino también por la acción visible de los servidores elegidos y autorizados.

En definitiva la jerarquía de la Iglesia apunta a la representación del único Señor, Jesucristo. La jerarquía eclesiástica se divide en: Jerarquía de orden y Jerarquía de jurisdicción. A esta división de la jerarquía co­rresponde la distinción entre potestad de orden y potestad de juris­dicción, que deben de entenderse como elementos complementarios del único poder sagrado de los Apóstoles.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.




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Jesús camina sobre las aguas


P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XIX
del Tiempo Ordinario

Mateo 14, 22-33

El Señor nos invita a salir de la seguridad de la barca y que arriesguemos aunque nos parezca que caminamos sobre las aguas.


Esta escena del Evangelio nos muestra a Jesús caminando sobre las aguas mientras los apóstoles están en la barca remando con dificultad. Y cuando ven a Jesús venir hacia ellos desde lejos, piensan que es un fantasma y se asustan.

Se nos presentan dos mundos, el mundo de la barca, en que se avanza con dificultad y con mucho esfuerzo, y el mundo libre fuera de la barca, donde se camina sobre el mar.

Esta escena tan especial del evangelio se puede interpretar como una clave de nuestra vida, en su empeño por ascender más arriba; se puede interpretar como un símbolo de lo que es la ascensión espiritual. Nos presenta como los dos niveles de la realidad en los cuales nos situamos en esta vida los seres humanos: el nivel de la realidad mundana, o sea eso que vemos, pesamos y medimos; lo que llamamos nuestro mundo. Y el otro nivel, ese al que nos asomamos por la fe, al que accedemos al orar: el nivel de la realidad sobrenatural, la que está totalmente llena por Dios.

Volvamos a la escena: Jesús caminando sobre las aguas y los apóstoles en la barca. Nosotros vivimos, como los apóstoles, en la barca, que está flotando y está sostenida por el agua: ese es nuestro mundo. Jesús, que acaba de orar está flotando sobre el agua. Ha orado de tal forma que está viviendo en el otro nivel, en el que se flota sobre la realidad mundana. Y por eso los de la barca lo creen un fantasma. Jesús ha vivido su oración de tal forma que parece fantasma. Es el efecto de una oración elevada: su contacto con el Padre le da una vivencia, una perspectiva y una apariencia nueva. Ocurre esto mismo en la Transfiguración en que Jesús resplandecía de blancura; ocurre aquí, que vuelve de su oración y va caminando por encima de nuestras realidades de cada día, por encima del mar. Ocurre cuando, a la vuelta de una sesión de oración, los discípulos lo ven transformado y se admiran y le piden: enséñanos a orar.

Este efecto transformador de la oración, ha puesto a Jesús (que siempre vive con los pies en nuestra tierra) en otro nivel, a donde también nos quiere llevar a nosotros. Por eso en este pasaje a Pedro le dice: Ven. Y Pedro sale de la barca (de esta realidad simplemente mundana) al otro nivel, al de las realidades supremas, y le manda que camine sobre las aguas. Desde este mundo en que vivimos ahora ¿se puede acceder al nivel superior, el nivel de las realidades inmutables? ¿Puede darse la invitación de Jesús a que salgamos de la barca y a que caminemos sobre las aguas?

Toda persona, cuando la oración le introduce en el ámbito sin fronteras de la fe, de alguna manera se ha puesto a caminar sobre las aguas. Y especialmente en esa oración simple y silenciosa, en que nuestro espíritu se pone en su totalidad a la vista de Dios. Pero también la oración más común de peticiones, es salir de la barca y caminar por encima de las aguas, llamados por la voz de Jesús. Y el sostén del caminante es la fe: la fe nos sostiene al ponernos a caminar sobre el mar. Porque la oración es el ejercicio valiente y decidido de la fe.

Algunas veces se experimenta la llamada fuerte a caminar sobre las aguas. Una llamada a salir de la barca y caminar sobre la superficie del mar. Y ya no salir de la barca momentáneamente para volver a ella, sino salir de la barca para vivir caminando sobre las aguas. Alguna vez se da esta llamada y esta experiencia. Y no es para salirse de este mundo, pero sí para ver el mundo, desde encima del mar, y no simplemente desde la barca. Y ahí puede ocurrir el peligro de titubear, de tener dudas de lo que está pasando y entonces, el agua se abre debajo de los pies, y se hunde el sujeto de la experiencia. Y es que es difícil no dudar, es difícil no preguntarse por la realidad nueva que se está viviendo.

Esto por otra parte no es lo más importante de la lección de este evangelio, lo verdaderamente importante es el conocimiento de las dos realidades, y de que es fundamental que caminemos con la mirada puesta en ese “maravilloso mundo del amor de Dios”, donde se camina sobre las aguas, al que estamos llamados a llegar y a donde llegaremos para vivir asombrados.

Esta lección se puede sacar de esta escena: de una forma se ven las cosas cuando estamos dentro de la barca, y de otra forma cuando salimos de la barca para caminar sobre las olas. Desde la barca Jesús es visto como un fantasma, pero cuando se sale de la barca se le ve como el que nos salva de las olas.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 5° Parte: Su expansión


+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.



2. LA EXPANSIÓN DE LA DEVOCIÓN
(Continuación)

2.1. La Congregación del Purísimo Corazón de María

En 1725, o a más tardar en 1726, aparecía en Lima la obra escrita en italiano por el P. Juan Pedro Pinamonti: “El Sagrado Corazón de María Virgen, Nuestra Señora”, traducida al castellano e impresa en México en 1720. El P. Messia cuidó de reproducirla y le añadió una noticia de las Indulgencias que ganaban los Congregantes de la Congregación fundada por él bajo este título en la Capilla interior de la Casa Profesa de los Desamparados. El Prefecto de esta Congregación, agregada a la de la Anunciata de Roma, fue nada menos que el Virrey Don José de Armendariz, Marqués de Castelfuerte y en ella se inscribieron los caballeros más nobles de Lima. El 7 de Diciembre de 1726 fue la instalación solemne y en dicho año se publicó una Breve Noticia de este suceso que no pudo menos que repercutir en la sociedad de entonces y sirvió para esparcir el amor y devoción al Corazón de María.

El segundo, es decir el P. Moncada, nos ha dejado como testimonio de su amor al Sagrado Corazón de Jesús, la Casa de Ejercicios para Señoras Nobles de Lima que en el año 1752 abrió sus puertas, gracias a la generosidad de la fundadora, Doña María Fernández de Córdoba y Sande, viuda de Don Alonso Calderón de la Barca. Esta señora entregó la casa y su administración a los padres dela Compañía de Jesús, los cuales cuidaron de que en ella se diesen los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, obteniendo por medio de ellos notable fruto. Aquí fue donde muchas señoras aprendieron a honrar al Corazón de Jesús, titular de la casa y donde aprendieron a penetrar en el interior de Jesucristo.

Claro indicio de la Devoción que ya empezaba a extenderse es la impresión en el año 1752 de la Novena al Sacratísimo Corazón, sacada de la obra del ya citado P. Loyola, aun cuando algunos años antes ya había comenzado a circular, pues en el año 1746, se imprime en Lima otra y en la portada se dice que se “ha sacado nuevamente para más extensión de su culto”, palabras que nos permiten suponer que con anterioridad había sido impresa, aun cuando reconocemos que ningún bibliógrafo ha descrito esta primera edición. La obra del P. Loyola fue reeditada varias veces y a ella podemos añadir la del P. Onofre Martorell, de la Provincia de Chile, que se reimprimió en Lima el año 1769, año en que salió también de las prensas limeñas una Novena al Corazón Santísimo de María.

Ya por entonces se comenzaba a practicar la devoción de los nueve primeros viernes de mes, pues en el año 1778 se imprimía en Lima un “Exercicio Devoto al Santísimo y Suavísimo Corazón de Jesús para el primer Viernes, después de la Octava de la fiesta del Corpus, para todos los primeros de cada mes y para todos los del año…” que el Arzobispo Don Diego Antonio de Parada enriqueció con indulgencias. Con el tiempo fue creciendo la devoción y en un papel impreso en 1793, un devoto, Don Ignacio Escandón, celebraba al Corazón Divino en estos versos:

Corazón que eres de un Dios,
¿qué dirá de Ti mi labio?
si tus finezas no caben
ni en el concepto más alto?

Treinta y tres años sufriste,
mi Dios, horribles trabajos
y en él, tu constancia hallaste
para poder tolerarlos.

Del corazón es la vida,
el amor y este te ha dado
vida para recibir
un morir el más tirano!

Ese corazón herido
el rigor está mostrando
pues después de muerto ya
le rompió sangrienta mano.

Si en algo correspondido,
fuera exceso el sufrir tanto,
¿qué será el favorecer
a lo que son sólo ingratos?

De esta manera continúa el autor y, al fin, termina de este modo:

Danos tu gracia, que así
por nosotros has pagado,
porque por ella podemos
pagarte y quedar honrados.


Y en nota no olvidaba decir que en Lima se celebraba el Primer Viernes de cada mes con mucha solemnidad y entonándose cánticos durante la misa. Todo esto prueba cuán pronto arraigó entre nosotros el amor al Corazón Sagrado y cómo se esforzaron los buenos cristianos en corresponder a sus finezas.

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Bibliografía:

P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú. 

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Papa Francisco en visita apostólica a Corea del Sur

VIAJE APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD FRANCISCO
A LA REPÚBLICA DE COREA
CON OCASIÓN DE LA VI JORNADA DE LA JUVENTUD ASIÁTICA
(13-18 DE AGOSTO DE 2014)

La multiplicación de los panes y los peces

P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XVIII
del Tiempo Ordinario

Mateo 14, 13-21

En la multiplicación de los panes el Señor nos enseña que también el servicio en la Iglesia debe procurar ayudar en las necesidades materiales con dedicación.


En cada una de las acciones de Jesús se descubre mucho de su mundo interior, tan maravilloso como insondable; y especialmente en algunas de ellas queda bastante al descubierto de este mundo interior, en el que quisiéramos perdernos, para llegar a admirar su misterio más íntimo.

Y tenemos como puerta de entrada en el mundo interior de Jesús, este milagro de la multiplicación de los panes. Para captar todo lo que se manifiesta en este conocido milagro tenemos que irnos fijando despacio en cada detalle de la narración. Y lo primero que nos dice el evangelista es que, al conocer la noticia (se entiende de la muerte de Juan Bautista) se fue a un lugar solitario. Jesús tiene afición a los sitios solitarios. Necesita de estos espacios para estar plena y totalmente inmerso en la contemplación de su Padre: necesidad de entrar en el abismo de Dios, y estar totalmente envuelto por El. Para Jesús ésta es una necesidad más grande que la necesidad del alimento y del sueño. Jesús necesita de este encuentro con su Padre en solitario. Ahí se nos descubre un rasgo característico del mundo interior de Jesús: su sed de Dios (si es que de El podemos hablar así).

Después el Evangelio nos habla de la muchedumbre que tenazmente lo busca. ¿Por qué lo seguía la multitud? ¿Qué habían descubierto en El? No es un bienhechor que reparte ropa, o favores. No es un poderoso con el que conviene estar bien. Sus palabras, su persuasión, su tono: ahí la gente del pueblo ha descubierto que hay un corazón que los acoge con bondad. Justamente en esta narración se hace alusión a esto; se nos dice que cuando Jesús vio a la multitud que lo seguía sintió compasión de ellos.

Los discípulos dicen a Jesús que despida pronto a la multitud, porque ya se hace de noche y cada uno debe comprar su comida en las aldeas vecinas. Jesús en ese momento manifiesta otro rasgo de su personalidad: asume el problema de la multitud, como si fuera su propia responsabilidad. Los problemas de los demás, no le son ajenos, son suyos. Es un corazón generoso y que está siempre cerca del que lo necesita; es un alma inconmensurable. Es más natural la actitud de los apóstoles: que cada uno resuelva su problema; pero Jesús no siente así.

Y va a dar de comer a sus hermanos más necesitados. Dios se interesa por el pan; para Él el alimento y todo lo material necesario para la vida, también es importante. Y también cuida de esto. Jesús no es un personaje irreal, que vive en un mundo de espíritus sin materia, sin necesidades de cada día. El sabe que necesitamos el pan, el vestido, la casa, el dinero. Y no es ajeno a las necesidades materiales. Va a hacer un milagro portentoso, y simplemente para que unos hombres y mujeres que le seguían no pasen hambre un día. Es también como un detalle de cortesía: a sus invitados, a sus seguidores, hacerles pasar al comedor. En el Evangelio aparecen también muchos detalles que muestran la cortesía de Jesús en el trato con todos. Lo que manifiesta una actitud de gran respeto a los demás.

Otros detalles de este milagro que manifiestan la “calidad” de su alma: hace que otros participen; El lo puede hacer todo solo, pero quiere que también los demás sean sus colaboradores que tengan parte activa. Primero: el niño que ofrece su pequeño don de los panes y los peces. Este pequeño va a ser colaborador del gran milagro. Y después los apóstoles: entre sus manos se va produciendo la multiplicación de los panes y los peces.

Además Jesús manifiesta su enorme generosidad: todos van quedar saciados en abundancia. No van a recibir el alimento con medida, todos van a quedar saciados; Jesús es liberal y magnánimo.

Una pequeña pregunta para seguir descubriendo a Jesús: ¿El tendría hambre? ¿El comió de esos panes y peces, o se contentó con mirar alegre cómo comían sus seguidores?

Este extraordinario espíritu de Jesús se manifiesta en cada una de sus actuaciones. Y es importante recoger con atención y asombro cada uno de estos detalles, que harán crecer en nosotros el amor al Señor que nos salva.


Todo termina, la fiesta se acabó y Jesús se va al monte solo, a orar. Es todo lo que en ese momento le interesa; ha hecho lo que tenía que hacer, y ahora necesita volver a la intimidad de su Padre.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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San Ignacio de Loyola



El 31 de julio se celebra la fiesta litúrgica dedicada a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y autor de los Ejercicios Espirituales, invitamos a leer nuestras publicaciones dedicadas a su vida y su obra:


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El tesoro escondido y la perla de gran valor

El P. Adolfo Franco S.J., nos comparte su reflexión sobre el evangelio del Domingo XVII del T.O., nos recuerda "La parábola del tesoro escondido nos cuestiona ¿cuál es nuestro máximo interés en la vida?". Acceda AQUÍ.


Devocionario

Compartimos con todos ustedes este pequeño devocionario con los rezos católicos más conocidos y más utilizados en la vida diaria, para poder hacerlos oración de manera personal o en comunidad. Hemos colocado un ingreso directo en la columna izquierda, que estará de manera permanente. Acceda AQUÍ.

La Misa: 2° Parte - La Cena Pascual Judía

En esta segunda parte que presentamos, el P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. escribió sobre la vivencia religiosa provocada por el rito de la Misa. Nos interesa conocer la vivencia religiosa de los piadosos judíos en la cena pascual, pues esa vivencia religiosa nos permite vislumbrar los sentimientos de Jesús en su última cena, de donde ha brotado la Eucaristía cristiana, la Misa Católica. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 27º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - Es Apostólica

El P. Ignacio Garro, S.J. finaliza el apartado sobre las propiedades de la Iglesia explicándonos sobre su apostolicidad, que designa la identidad de la Iglesia con la institución de los Doce Apóstoles por Jesucristo como cimiento del ser de la Iglesia. Acceda AQUÍ.

¿Qué es el Año Litúrgico? - 2° Parte

Continuamos presentando los escritos del P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J., en esta segunda entrega se continúa con el tema sobre el Misterio de Cristo y el Año Litúrgico, explicando sobre la Misa y la Liturgia de las Horas u Oficio Divino. Acceda AQUÍ.