Especial de ADVIENTO


De nuevo llega la Navidad. Es Dios, hecho hombre, que llama al corazón de cada uno. Despertemos.



"Se acerca la liberación" 
(Evang. de la Misa)

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor Tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esta vida que puede salvarlo.

Jesucristo, Palabra del Padre,
Luz eterna de todo creyente:
Ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

(Del himno litúrgico de Vísperas)






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Especial de NAVIDAD

Para vivir este tiempo de Navidad que ya se avecina, compartimos nuestras publicaciones dedicadas a esta hermosa fiesta del cristianismo. Acceda AQUÍ.

Especial de NAVIDAD


"Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor" Is. 9,2.

El Señor es generoso. Abrámosle el corazón y confiemos en Él. Feliz llegada del Señor.

José Ramón, S.J.
















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Foto: Nacimiento 2010 de nuestra Parroquia de San Pedro.
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Homilía del 3º Domingo de Adviento (C)


Con la alegría del Señor

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Sof 3,14-18; Is 12,2-6; Flp 4,4-7; Lc 3,10-18


Tal vez algunos lo hayan advertido. Parece haber contradicción entre el evangelio y los otros textos litúrgicos. Las dos primeras lecturas estimulan el sentimiento de alegría ante la perspectiva de la venida del Señor en Navidad: “Regocíjate…alégrate y goza de todo corazón”. “Griten jubilosos”. “Estén siempre alegres en el Señor…El Señor está cerca”. En la oración colecta, que expresa la petición central al Señor en este domingo hemos pedido “llegar a la Navidad –fiesta de gozo y salvación– y poder celebrarla con alegría desbordante”. Sin embargo en el evangelio se nos vuelve a recordar la necesidad de corregir nuestra conducta, de convertirnos: “El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene... No extorsionen, no denuncien en falso… Viene uno con más poder que yo… separará el trigo de la paja, recogerá el trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga”.

En realidad no hay contradicción. La auténtica liberación del hombre es la de quedar libre de su pecado. Y nadie puede liberarse de sus pecados sin la acción de Jesucristo. Por eso la gran noticia para todos los hombres ha sido y es que “ha llegado” ya nuestro Salvador. Se ha inaugurado por fin la historia del perdón y de la gracia.
Porque Dios Padre por el gran amor con que nos amó y nos ama, habiendo pecado el hombre y perdido la gracia, la dignidad y el don de su filiación y de formar una familia con Él, prometió y cumplió el remedio enviando a su Hijo unigénito para hacerse hombre en el seno de la Virgen María, enseñar lo que cada hombre debería hacer para recuperar lo perdido, y merecerlo para todos ellos con su obediencia al Padre hasta la muerte cruz.
En el orden de los acontecimientos humanos, de lo que se designa como “historia” (aunque el momento cumbre será el de su muerte en el Gólgota) momento clave del comienzo de esta obra salvadora es el del nacimiento del Hijo de Dios en Belén. La Navidad es por eso el primer acontecimiento histórico que hace visible la decisión salvadora de Dios. La Iglesia lo celebra con alegría, con las expresiones más grandes de alegría y de agradecimiento a Dios por su decisión, por la “terquedad”, digamos, de librar a los hombres de sus pecados. Nadie tiene más motivos que nosotros, los que tenemos fe, para la alegría.
La 1ª lectura fue dirigida por el profeta a los desterrados en Babilonia. Ciro había decretado el final de su destierro. Todos podían volver a su país. Una explosión de alegría se produjo en todos ellos. Dios lo hizo, Dios influyó en el corazón de Ciro. El profeta lo celebra y anima a celebrarlo: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena”.
La “hija de Sión”, “Israel” y “Jerusalén” representan a la Iglesia, el rey Ciro representa a Jesús. En la Navidad Dios viene, Dios salva. Para aquellos israelitas la vuelta a pie desde Babilonia a Palestina suponía un esfuerzo enorme. Pero se dispusieron a hacerlo con gran alegría. Merecía la pena. Tal vez hay quienes sienten como muy duro dejar una vida de pecado y volver. Pero la alegría de verse libre del pecado y encontrarse con Cristo merece la pena por muchos años que se lleven en destierro. Hagan suyo el canto responsorial, tomado de Isaías: “¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!”.
San Pablo, encarcelado, insiste en lo mismo a sus queridos filipenses: “Estén siempre alegres en el Señor. Estén alegres. Que todo el mundo les conozca a ustedes por su bondad. El Señor está cerca”. La cercanía de Dios, si es que se le ama, da paz y alegría. Estén alegres porque el Señor está cerca, porque les ama (no lo olviden), porque les ha perdonado, porque quiere darles su gracia para ayudarles y para que puedan ver su rostro y amarle en su esposo/a, en sus hijos/as, en sus padres, en sus amigos y en sus enemigos. La familia es la primera gruta de Belén donde encontrar a Cristo. Y entonces oren, supliquen y den gracias. Sobre todo den gracias ¡por tantas cosas! Es muy bueno, para tener siempre a Dios presente, la costumbre de darle gracias con frecuencia. Es verdad que entonces “la paz de Dios custodiará sus corazones y pensamientos en Cristo Jesús”.
Y, como la gente, también nosotros hacemos la pregunta: “¿Entonces qué hacemos?”. Porque el misterio de Belén no nos debe dejar pasivos ni indiferentes. Y la respuesta es la misma: No importa lo que somos. Cambiemos. Si el pecado todavía nos tiene aprisionados, hagamos el esfuerzo; confiemos; podemos liberarnos. El egoísta, que sólo piensa en sí mismo, que se vuelva a descubrir las necesidades de los demás y las remedie cuando puede; que dé de lo que le sobra a quien no tiene nada. El que tiene poder y fuerza, que no abuse de él, sino que lo use para servir. Renovarse en el Espíritu. Abrirse a toda virtud. Quitar de sí el egoísmo y el pecado. Esforzarse en obrar bien, en hacer el bien a todos, en aprender, como los pastores, las lecciones que Belén nos da.
Enseña San Ignacio que el Espíritu, a los ya convertidos del pecado que se esfuerzan en practicar mejor toda virtud, les comunica paz y alegría intensas. Nadie dejemos estos días de ir a Belén, de vivir de su alegría, de hacerla crecer, de hacer que con ella nuestro corazón se acerque más a Dios. Belén es una buena escuela y José, María y el Niño muy buenos maestros.



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El camino que nos lleva al Señor

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 3, 10-18

Preparar un camino en nuestra vida para el Señor, es una buena tarea de Adviento.






En este tercer domingo de Adviento se nos presenta la poderosa figura de Juan Bautista, para nuestra reflexión; él es una personificación del Adviento, pues su mensaje tiene como intención central señalar a Jesús, indicar el camino que nos lleva al Señor.

El irrumpe en la anodina tranquilidad de su tiempo con un mensaje que hace despertar al pueblo: “todo árbol que no dé fruto será cortado, pues ya está preparada el hacha”. Es un toque de trompeta estridente, que nos despierta de la modorra. Pero aunque su mensaje es fuerte, desafiante, no tiene intenciones destructoras, sino que quiere que se mire con esperanza al Señor que ya llega. Hay que prepararse, porque Jesús viene. Lo que él, Juan, no puede aceptar es que esta preparación sea inconsistente, superficial. No se trata de hacerle guirnaldas al Señor que está llegando, sino de hacer una verdadera conversión interior.

Y el que predica esto tiene de verdad autoridad moral: él vive en el desierto, no ha escogido la comodidad, ni se ha rodeado de facilidades, vive en el desierto donde el paisaje obliga a resistir con fortaleza tanto el calor del día, como el intenso frío de la noche. Ahí no hay un palacio con jardines y con fuentes, sino a lo más una choza, o el hueco en alguna de las paredes rocosas que limitan el desierto. Su alimento es lo que el desierto permite, o sea casi nada, y su vestido una piel de camello. El se ha despojado de todo, para indicar con su vida lo que quiere decir cuando habla de conversión.

Pero la sinceridad y la fuerza de su mensaje aún necesitan explicaciones. El Evangelio de hoy nos presenta a sus oyentes que le preguntan con sinceridad ¿para mí en qué consiste esa conversión? Y Juan tiene paciencia para decirle a cada uno lo que necesita hacer. Se le acerca gente que tiene abundancia de cosas, y les dice que repartan con los necesitados: “el que tenga dos túnicas que dé una a quien no tiene”. Esa es una forma de prepararse para la venida de Cristo: compartir los bienes que uno tiene. La generosidad, el sentir al necesitado como mi hermano.

Pero también se le acercan los recaudadores de impuestos (quizá los personajes con peor fama de toda la sociedad de aquel tiempo). Y a éstos les dice que practiquen la justicia: que no exijan más de lo debido. Les está pidiendo que no sean abusivos; recordemos que más adelante Jesús se encontrará con Zaqueo, y éste en su conversión reconocerá que tiene que restituir el cuádruplo a todos a aquellos a quienes les ha hecho injusticia. El que ha estafado, sólo se puede preparar a la venida del Señor siendo justo.

Y también se le acercan soldados a pedirle un consejo; a éstos les dice que no abusen de su poder. Todos los que ejercen el poder pueden tener el peligro de usarlo mal, en exceso o en su propio provecho. Y el poder no es entregado para esto. Por esto Juan Bautista les dice a estos soldados bien intencionados, que si quieren prepararse a la venida del Señor, tienen que esforzarse en usar el poder como un servicio. Eso es prepararse para la venida del Señor.

En esta preparación de la venida del Señor, Juan Bautista no habla de guirnaldas de colores o de bengalas, ni de otras cosas simplemente periféricas, sino de lo central. Lo que es preparar el corazón para que el Señor venga.

También cada uno de nosotros podría preguntarle a Juan Bautista ¿y yo que tengo que hacer? Es arriesgado hacer esta pregunta a Juan Bautista, porque él es muy directo y muy sabio. Y podría decirme que me limpie de mi rencor; o que no sea tan avaro y sea generoso con los demás; o que use mi tiempo bien y que lo distribuya proporcionalmente entre las cosas que valen la pena; o me diría que sea más puro en mis pensamientos y palabras, que no me esconda detrás de tantas justificaciones. Vale la pena hacerle la pregunta, si es que queremos prepararnos de verdad a la venida del Señor.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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El Año de la fe. Dios revela su «designio de benevolencia»



BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 5 de diciembre de 2012


Queridos hermanos y hermanas:

El apóstol san Pablo, al comienzo de su carta a los cristianos de Éfeso (cf. 1, 3-14), eleva una oración de bendición a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos introduce a vivir el tiempo de Adviento, en el contexto del Año de la fe. El tema de este himno de alabanza es el proyecto de Dios respecto al hombre, definido con términos llenos de alegría, de estupor y de acción de gracias, como un «designio de benevolencia» (v. 9), de misericordia y de amor.

¿Por qué el apóstol eleva a Dios, desde lo profundo de su corazón, esta bendición? Porque mira su obrar en la historia de la salvación, que alcanza su cumbre en la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, y contempla cómo el Padre celestial nos ha elegido antes aun de la creación del mundo para ser sus hijos adoptivos en su Hijo Unigénito Jesucristo (cf. Rm 8, 14s.; Ga 4, 4s.). Nosotros existimos en la mente de Dios desde la eternidad, en un gran proyecto que Dios ha custodiado en sí mismo y que ha decidido poner por obra y revelar «en la plenitud de los tiempos» (cf. Ef 1, 10). San Pablo nos hace comprender, por lo tanto, cómo toda la creación y, en particular, el hombre y la mujer no son fruto de la casualidad, sino que responden a un designio de benevolencia de la razón eterna de Dios que con el poder creador y redentor de su Palabra da origen al mundo. Esta primera afirmación nos recuerda que nuestra vocación no es simplemente existir en el mundo, estar insertados en una historia, y tampoco ser sólo criaturas de Dios; es algo más grande: es ser elegidos por Dios, antes aun de la creación del mundo, en el Hijo, Jesucristo. En Él, por lo tanto, nosotros ya existimos, por decirlo así, desde siempre. Dios nos contempla en Cristo como hijos adoptivos. El «designio de benevolencia» de Dios, que el Apóstol califica también como «designio de amor» (Ef 1, 5), se define «el misterio» de la voluntad divina (v. 9), oculto y ahora manifestado en la Persona y en la obra de Cristo. La iniciativa divina precede a toda respuesta humana: es un don gratuito de su amor que nos envuelve y nos transforma.

¿Cuál es el fin último de este designio misterioso? ¿Cuál es el centro de la voluntad de Dios? Es —nos dice san Pablo— el de «recapitular en Cristo todas las cosas» (v. 10). En esta expresión encontramos una de las formulaciones centrales del Nuevo Testamento que nos hacen comprender el designio de Dios, su proyecto de amor para toda la humanidad, una formulación que, en el siglo II, san Ireneo de Lyon tomó como núcleo de su cristología: «recapitular» toda la realidad en Cristo. Tal vez alguno de vosotros recuerda la fórmula usada por el Papa san Pío X para la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús: «Instaurare omnia in Christo», fórmula que remite a esta expresión paulina y que era también el lema de ese santo Pontífice. El Apóstol, sin embargo, habla más precisamente de recapitulación del universo en Cristo, y ello significa que en el gran designio de la creación y de la historia Cristo se erige como centro de todo el camino del mundo, piedra angular de todo, que atrae a Sí toda la realidad, para superar la dispersión y el límite y conducir todo a la plenitud querida por Dios (cf. Ef 1, 23).

Este «designio de benevolencia» no ha quedado, por decirlo así, en el silencio de Dios, en la altura de su Cielo, sino que Él lo ha dado a conocer entrando en relación con el hombre, a quien no sólo ha revelado algo, sino a Sí mismo. Él no ha comunicado simplemente un conjunto de verdades, sino que se ha auto-comunicado a nosotros, hasta ser uno de nosotros, hasta encarnarse. El Concilio Ecuménico Vaticano II en la constitución dogmática Dei Verbum dice: «Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo —no sólo algo de sí, sino a sí mismo— y manifestar el misterio de su voluntad: por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina» (n. 2). Dios no sólo dice algo, sino que se comunica, nos atrae en la naturaleza divina de tal modo que quedamos implicados en ella, divinizados. Dios revela su gran designio de amor entrando en relación con el hombre, acercándose a él hasta el punto de hacerse, Él mismo, hombre. Continúa el Concilio: «Dios invisible movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía» (ib.). El hombre, sólo con su inteligencia y sus capacidades, no habría podido alcanzar esta revelación tan luminosa del amor de Dios. Es Dios quien ha abierto su Cielo y se abajó para guiar al hombre al abismo de su amor.

Escribe también san Pablo a los cristianos de Corinto: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios» (1 Co 2, 9-10). Y san Juan Crisóstomo, en una célebre página de comentario al comienzo de la Carta a los Efesios, invita a gustar toda la belleza de este «designio de benevolencia» de Dios revelado en Cristo, con estas palabras: «¿Qué es lo que te falta? Te has convertido en inmortal, en libre, en hijo, en justo, en hermano, en coheredero, con Cristo reinas, con Cristo eres glorificado. Todo nos ha sido donado y —como está escrito— “¿cómo no nos dará todo con Él?” (Rm 8, 32). Tu primicia (cf. 1 Co 15, 20.23) es adorada por los ángeles [...]: ¿qué es lo que te falta?» (PG 62, 11).

Esta comunión en Cristo por obra del Espíritu Santo, ofrecida por Dios a todos los hombres con la luz de la Revelación, no es algo que se sobrepone a nuestra humanidad, sino que es la realización de las aspiraciones más profundas, de aquel deseo de infinito y de plenitud que alberga en lo íntimo el ser humano, y lo abre a una felicidad no momentánea y limitada, sino eterna. San Buenaventura de Bagnoregio, refiriéndose a Dios que se revela y nos habla a través de las Escrituras para conducirnos a Él, afirma: «La Sagrada Escritura es [...] el libro en el cual están escritas palabras de vida eterna para que no sólo creamos, sino también poseamos la vida eterna, en la cual veremos, amaremos y se realizarán todos nuestros deseos» (Breviloquium, Prol.; Opera Omnia V, 201 s.). Por último, el beato Papa Juan Pablo II recordaba que «la Revelación introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino sólo recibir y acoger en la fe» (Enc. Fides et ratio, 14).

Desde esta perspectiva, ¿qué es, por lo tanto, el acto de fe? Es la respuesta del hombre a la Revelación de Dios, que se da a conocer, que manifiesta su designio de benevolencia; es, por usar una expresión agustiniana, dejarse aferrar por la Verdad que es Dios, una Verdad que es Amor. Por ello san Pablo subraya cómo a Dios, que ha revelado su misterio, se debe «la obediencia de la fe» (Rm 16, 26; cf. 1, 5; 2 Co 10, 5-6), la actitud con la cual «el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela» (Const. dogm. Dei Verbum, 5). Todo esto conduce a un cambio fundamental del modo de relacionarse con toda la realidad; todo se ve bajo una nueva luz, se trata por lo tanto de una verdadera «conversión». Fe es un «cambio de mentalidad», porque el Dios que se ha revelado en Cristo y ha dado a conocer su designio de amor, nos aferra, nos atrae a Sí, se convierte en el sentido que sostiene la vida, la roca sobre la que la vida puede encontrar estabilidad. En el Antiguo Testamento encontramos una densa expresión sobre la fe, que Dios confía al profeta Isaías a fin de que la comunique al rey de Judá, Acaz. Dios afirma: «Si no creéis —es decir, si no os mantenéis fieles a Dios— no subsistiréis» (Is 7, 9b). Existe, por lo tanto, un vínculo entre estar ycomprender que expresa bien cómo la fe es acoger en la vida la visión de Dios sobre la realidad, dejar que sea Dios quien nos guíe con su Palabra y los Sacramentos para entender qué debemos hacer, cuál es el camino que debemos recorrer, cómo vivir. Al mismo tiempo, sin embargo, es precisamente comprender según Dios, ver con sus ojos lo que hace fuerte la vida, lo que nos permite «estar de pie», y no caer.

Queridos amigos, el Adviento, el tiempo litúrgico que acabamos de iniciar y que nos prepara para la Santa Navidad, nos coloca ante el luminoso misterio de la venida del Hijo de Dios, el gran «designio de benevolencia» con el cual Él quiere atraernos a sí, para hacernos vivir en plena comunión de alegría y de paz con Él. El Adviento nos invita una vez más, en medio de tantas dificultades, a renovar la certeza de que Dio está presente: Él ha entrado en el mundo, haciéndose hombre como nosotros, para llevar a plenitud su plan de amor. Y Dios pide que también nosotros nos convirtamos en signo de su acción en el mundo. A través de nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra caridad, Él quiere entrar en el mundo siempre de nuevo y quiere hacer resplandecer siempre de nuevo su luz en nuestra noche.


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Tomado de:
http://www.vatican.va
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El Año de la fe. ¿Cómo hablar de Dios?




BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 28 de noviembre de 2012


Queridos hermanos y hermanas:

La cuestión central que nos planteamos hoy es la siguiente: ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvífica en los corazones frecuentemente cerrados de nuestros contemporáneos y en sus mentes a veces distraídas por los muchos resplandores de la sociedad? Jesús mismo, dicen los evangelistas, al anunciar el Reino de Dios se interrogó sobre ello: «¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos?» (Mc 4, 30). ¿Cómo hablar de Dios hoy? La primera respuesta es que nosotros podemos hablar de Dios porque Él ha hablado con nosotros. La primera condición del hablar con Dios es, por lo tanto, la escucha de cuanto ha dicho Dios mismo. ¡Dios ha hablado con nosotros! Así que Dios no es una hipótesis lejana sobre el origen del mundo; no es una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse. Dios es una realidad de nuestra vida; es tan grande que también tiene tiempo para nosotros, se ocupa de nosotros. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el «arte de vivir», el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef 1, 5; Rm 8, 14). Jesús ha venido para salvarnos y mostrarnos la vida buena del Evangelio.

Hablar de Dios quiere decir, ante todo, tener bien claro lo que debemos llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia; el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y del cómo vivir. Por esto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y su Evangelio; supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino siguiendo el método de Dios mismo. El método de Dios es el de la humildad —Dios se hace uno de nosotros—, es el método realizado en la Encarnación en la sencilla casa de Nazaret y en la gruta de Belén, el de la parábola del granito de mostaza. Es necesario no temer la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y lentamente la hace crecer (cf. Mt 13, 33). Al hablar de Dios, en la obra de evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, es necesario una recuperación de sencillez, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se hace cercano a nosotros en Jesucristo hasta la Cruz y que en la Resurrección nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera. Ese excepcional comunicador que fue el apóstol Pablo nos brinda una lección, orientada justo al centro de la fe, sobre la cuestión de «cómo hablar de Dios» con gran sencillez. En la Primera Carta a los Corintios escribe: «Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (2, 1-2). Por lo tanto, la primera realidad es que Pablo no habla de una filosofía que él ha desarrollado, no habla de ideas que ha encontrado o inventado, sino que habla de una realidad de su vida, habla del Dios que ha entrado en su vida, habla de un Dios real que vive, que ha hablado con él y que hablará con nosotros, habla del Cristo crucificado y resucitado. La segunda realidad es que Pablo no se busca a sí mismo, no quiere crearse un grupo de admiradores, no quiere entrar en la historia como cabeza de una escuela de grandes conocimientos, no se busca a sí mismo, sino que san Pablo anuncia a Cristo y quiere ganar a las personas para el Dios verdadero y real. Pablo habla sólo con el deseo de querer predicar aquello que ha entrado en su vida y que es la verdadera vida, que le ha conquistado en el camino de Damasco. Así que hablar de Dios quiere decir dar espacio a Aquel que nos lo da a conocer, que nos revela su rostro de amor; quiere decir expropiar el propio yo ofreciéndolo a Cristo, sabiendo que no somos nosotros los que podemos ganar a los otros para Dios, sino que debemos esperarlos de Dios mismo, invocarlos de Él. Hablar de Dios nace, por ello, de la escucha, de nuestro conocimiento de Dios que se realiza en la familiaridad con Él, en la vida de oración y según los Mandamientos.

Comunicar la fe, para san Pablo, no significa llevarse a sí mismo, sino decir abierta y públicamente lo que ha visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su existencia ya transformada por ese encuentro: es llevar a ese Jesús que siente presente en sí y se ha convertido en la verdadera orientación de su vida, para que todos comprendan que Él es necesario para el mundo y decisivo para la libertad de cada hombre. El Apóstol no se conforma con proclamar palabras, sino que involucra toda su existencia en la gran obra de la fe. Para hablar de Dios es necesario darle espacio, en la confianza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: hacerle espacio sin miedo, con sencillez y alegría, en la convicción profunda de que cuánto más le situemos a Él en el centro, y no a nosotros, más fructífera será nuestra comunicación. Y esto vale también para las comunidades cristianas: están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazones, egoísmos, indiferencia, y viviendo el amor de Dios en las relaciones cotidianas. Preguntémonos si de verdad nuestras comunidades son así. Debemos ponernos en marcha para llegar a ser siempre y realmente así: anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos.

En este punto debemos preguntarnos cómo comunicaba Jesús mismo. Jesús en su unicidad habla de su Padre —Abbà— y del Reino de Dios, con la mirada llena de compasión por los malestares y las dificultades de la existencia humana. Habla con gran realismo, y diría que lo esencial del anuncio de Jesús es que hace transparente el mundo y que nuestra vida vale para Dios. Jesús muestra que en el mundo y en la creación se transparenta el rostro de Dios y nos muestra cómo Dios está presente en las historias cotidianas de nuestra vida. Tanto en las parábolas de la naturaleza —el grano de mostaza, el campo con distintas semillas— o en nuestra vida —pensemos en la parábola del hijo pródigo, de Lázaro y otras parábolas de Jesús—. Por los Evangelios vemos cómo Jesús se interesa en cada situación humana que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y de las mujeres de su tiempo con plena confianza en la ayuda del Padre. Y que realmente en esta historia, escondidamente, Dios está presente y si estamos atentos podemos encontrarle. Y los discípulos, que viven con Jesús, las multitudes que le encuentran, ven su reacción ante los problemas más dispares, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios. En Él anuncio y vida se entrelazan: Jesús actúa y enseña, partiendo siempre de una íntima relación con Dios Padre. Este estilo es una indicación esencial para nosotros, cristianos: nuestro modo de vivir en la fe y en la caridad se convierte en un hablar de Dios en el hoy, porque muestra, con una existencia vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de aquello que decimos con las palabras; que no se trata sólo de palabras, sino que muestran la realidad, la verdadera realidad. Al respecto debemos estar atentos para percibir los signos de los tiempos en nuestra época, o sea, para identificar las potencialidades, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura actual, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la protección de la creación, y comunicar sin temor la respuesta que ofrece la fe en Dios. El Año de la fe es ocasión para descubrir, con la fantasía animada por el Espíritu Santo, nuevos itinerarios a nivel personal y comunitario, a fin de que en cada lugar la fuerza del Evangelio sea sabiduría de vida y orientación de la existencia.

También en nuestro tiempo un lugar privilegiado para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. El Concilio Vaticano II habla de los padres como los primeros mensajeros de Dios (cf. Lumen gentium, 11; Apostolicam actuositatem, 11), llamados a redescubrir esta misión suya, asumiendo la responsabilidad de educar, de abrir las conciencias de los pequeños al amor de Dios como un servicio fundamental a sus vidas, de ser los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos. Y en esta tarea es importante ante todo lavigilancia, que significa saber aprovechar las ocasiones favorables para introducir en familia el tema de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a los numerosos condicionamientos a los que están sometidos los hijos. Esta atención de los padres es también sensibilidad para recibir los posibles interrogantes religiosos presentes en el ánimo de los hijos, a veces evidentes, otras ocultos. Además, la alegría: la comunicación de la fe debe tener siempre una tonalidad de alegría. Es la alegría pascual que no calla o esconde la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de la dificultad, de la incomprensión y de la muerte misma, sino que sabe ofrecer los criterios para interpretar todo en la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es precisamente esta mirada nueva, esta capacidad de ver cada situación con los ojos mismos de Dios. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es un peso, sino una fuente de alegría profunda; es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien que no hace ruido; y ofrece orientaciones preciosas para vivir bien la propia existencia. Finalmente, la capacidad de escucha y de diálogo: la familia debe ser un ambiente en el que se aprende a estar juntos, a solucionar las diferencias en el diálogo recíproco hecho de escucha y palabra, a comprenderse y a amarse para ser un signo, el uno para el otro, del amor misericordioso de Dios.

Hablar de Dios, pues, quiere decir hacer comprender con la palabra y la vida que Dios no es el rival de nuestra existencia, sino su verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. Y con ello volvemos al inicio: hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la palabra y la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, ese Dios que nos ha mostrado un amor tan grande como para encarnarse, morir y resucitar por nosotros; ese Dios que pide seguirle y dejarse transformar por su inmenso amor para renovar nuestra vida y nuestras relaciones; ese Dios que nos ha dado la Iglesia para caminar juntos y, a través de la Palabra y los Sacramentos, renovar toda la Ciudad de los hombres a fin de que pueda transformarse en Ciudad de Dios.


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Tomado de:
http://www.vatican.va
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Enderezad el camino

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 3,1-6




En este segundo domingo del camino del Adviento, se nos exhorta a la conversión. San Lucas recoge una profecía de Isaías: “Enderezad el camino, allanad las sendas” (Is. 40, 3-4); el profeta nos enseña su mensaje mediante dos metáforas: una referente al camino: enderezad los caminos; y la otra referente al terreno: hay que hacerlo llano. Es una forma gráfica de hablarnos de la conversión: pues llega el Señor, y hay que prepararle un buen camino para que llegue a nosotros.

Debemos enderezar las sendas: en nuestro camino hay recovecos, en nuestro corazón hay muchas cosas que no son rectas, sino sinuosas. Hay muchas cosas que hay que rectificar, porque no son rectas. Hay muchas cosas en penumbra, cosas escondidas. Cuando se habla de rectificar, de hacer recto lo torcido, se está haciendo referencia a las segundas intenciones (torcidas) que se esconden detrás de acciones aparentemente desinteresadas. En las relaciones familiares a veces se muestra un aparente intenso afecto a los padres, cuando se les quiere sacar algo. A veces se busca la amistad por intereses muy egoístas. En la misma caridad se puede buscar aplauso y alabanza. La oración inclusive, puede tener detrás un interés de autocomplacencia, de autojustificación, de consuelo narcisista. Hay que enderezar todo lo que está torcido.

Cuando busco mis intereses (con egoísmo), más que la entrega, ahí hay algo torcido que enderezar. Cuando uso mal mi tiempo, lo pierdo, o lo uso demasiado en cosas que no lo merecen, hay algo que enderezar. Cuando me encierro en mi propio mundo morboso del dolor vivido casi con complacencia, entonces hay algo torcido que enderezar. Cuando mis metas no son elevadas, mis ideales no son los de una persona iluminada y atraída por Dios, sino son simplemente de la tierra y para la tierra, ahí hay mucho que enderezar.

Hay muchos recovecos, muchos rincones escondidos en nuestro camino, son muy variadas las torceduras. El Adviento, por boca de Isaías nos dice, que, ya que viene el Señor, nos dediquemos a rectificar, a hacer recto el camino, para que el pueda llegar a nosotros por un camino apropiado.

Pero también se nos dice que elevemos lo que está hundido, y rebajemos lo que está levantado. Aquí está aludiendo también el profeta al terreno por el cual transcurre el camino: partes elevadas, o partes muy hundidas: hay que hacer un camino llano. Hay hundimiento en nuestro camino, cuando propendemos al pesimismo, cuando cultivamos la tristeza, cuando no salimos de nuestro cuarto oscuro, donde cultivamos tenazmente nuestro fracaso, o nuestra soledad, o nuestra enfermedad, o nuestra mala suerte. El Señor que viene, no puede llegar si encuentra una sima hundida, un abismo tan hondo, en nuestro terreno: Dios no está con la tristeza, así cultivada, como si se hubiese perdido la esperanza.

Pero lo mismo que hay que llenar los abismos, hay que rebajar lo muy elevado: la cresta del orgullo, es un impedimento para el camino. A veces nos sentimos en los cielos, elevados, encaramados sobre la cima de nuestro orgullo; nuestra soberbia nos hace creer superiores, nuestro ego crece, inflándose de vanidad. Tampoco Dios puede acercarse cuando en el camino encuentra la barrera de nuestra soberbia. Hay que rebajar esa hinchazón y reducirnos a nuestras modestas, pero más auténticas dimensiones. Así el camino queda preparado para que el Señor se nos acerque.

Esta es la voz de esperanza que nos da el Adviento: enderezad los caminos, allanad el sendero; que el Señor está llegando. Y de ahí nace la urgencia de preparar el camino: viene a nosotros Aquel que más queremos, y no desearíamos que no encontrase el camino, y que no se pudiera producir el encuentro con nosotros.

En el Adviento estamos preparando la Navidad, y nuestra preparación no puede ser superficial: una preparación de adornos exteriores, de una fiesta en la que lo principal de la Navidad quede en segundo plano. Esta es la verdadera preparación: “preparar en nuestro corazón un camino recto” para que el Señor venga a nosotros.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Homilía del 2º Domingo de Adviento (C)


Navidad para el Año de la Fe

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Ba 5,1-9; S 125; Flp 1,4-6.8-11; Lc 3,1-6


Este año el texto evangélico de la misa será el de San Lucas. Es un personaje extraordinariamente interesante. No era judío ni conoció personalmente a Jesucristo. Nació en Antioquía, ciudad entonces importante  del imperio romano. De padres paganos, debió convertirse al cristianismo en su patria. Porque en Antioquía se formó pronto una comunidad cristiana vigorosa y fue allí donde los cristianos comenzaron a ser llamados así: “cristianos”. Escribió su evangelio y también “Los hechos de los Apóstoles”, que es continuación del Evangelio. Ambos escritos muestran a su autor como muy culto y muy buen escritor. Su lengua natural era el griego y son con ventaja sus escritos los mejores del Nuevo Testamento. Las cartas de San Pablo nos dan datos interesantes de sus conocimientos en medicina y en jurisprudencia. Tanto el Evangelio como Los Hechos de los Apóstoles están dedicados a un cristiano amigo suyo llamado Teófilo, que también parece que era de clase social y cultura elevada. Lucas acompañó a Pablo al menos en su segundo viaje apostólico y en el último viaje a Roma, en donde permaneció mucho tiempo acompañando a Pablo encarcelado. Una teoría bien fundamentada afirma que Lucas fungió de abogado defensor en el juicio de San Pablo y que Los Hechos de los apóstoles es la defensa jurídica de San Pablo ante el tribunal imperial.
Precedido por dos capítulos sobre el nacimiento y vida oculta de Jesús, sigue el evangelio con el texto de hoy. Es el comienzo de la vida apostólica. Como ya lo venía haciendo, Lucas muestra su sentido de la historia y así lo primero que hace es precisar con cuidado el momento. Señala con precisión el año, quienes gobernaban en Palestina y en Roma, de cuyo imperio formaba parte la región en que Jesús hizo su obra; da los nombres de todos los gobernantes civiles, las zonas de su autoridad,  y por fin las autoridades religiosas judías. Indica muy bien cómo surge el movimiento religioso que produce la aparición de Juan el Bautista y el interés que suscita.
Todos esos datos y nombres están confirmados por documentos de indudable valor histórico. Ello confirma el pretendido valor histórico del evangelio de Lucas y confirma lo que dice al principio del libro en su dedicatoria a Teófilo. Ha decidido escribírselo “después de haber investigado todo diligentemente desde los orígenes para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1,3-4).
Juan aparece de repente en la zona ribereña del río Jordán, que es la zona más oriental de la presencia judía entonces. Es posible que hubiese pasado años en la zona vecina del desierto, formando parte de los esenios, especie de monjes dedicados a la oración, estudio de la Sagrada Escritura y penitencias, las ruinas de cuyo monasterio están muy cerca (Lc 1,80). Jericó y el camino normal de Galilea a Jerusalén pasan por allí, lo que hace posible que Juan Bautista se hiciese encontradizo con grupos que caminaban a Jerusalén con o sin motivos religiosos y les dirigiese su mensaje. La noticia se extendió rápidamente. Juan anunciaba la próxima llegada del Mesías liberador, que esperaba la gente, y predicaba la conversión de los pecados y el perdón de Dios, que se expresaba con el rito del bautismo (también practicado por los esenios).
Con Juan volvían aquellos profetas de su historia, enviados de Dios, que el pueblo conocía y cuya palabra se releía con frecuencia en la sinagoga. Y así lo recordaba el mismo Juan, citando a Isaías: “Una voz grita en el desierto”; era la de Juan. “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”; es decir: hagan fácil que el Señor entre en sus corazones y los cambie. “Elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo áspero se iguale” “Y entonces todos verán la salvación de Dios”.
La Navidad de este año, la del Año de la fe, debe ser algo especial. Hemos de prepararnos para gracias grandes. Las lecturas del libro de Baruc con el salmo responsorial y de la carta a los Filipenses tratan de forzar a nuestra esperanza para que se abra con confianza a gracias grandes. A los desterrados en Babilonia, símbolo de los que se alejaron de la Iglesia, los anima a la vuelta rápida y gloriosa. Dios los guiará, allana los caminos, “les mostrará su misericordia”, “el Señor ha estado grande con ellos”. A sus queridos cristianos de Filipos, estando en la cárcel, les dice que “reza por ellos” y “con gran alegría”, pidiendo que “su amor siga creciendo más y más en conocimiento y sensibilidad para todo”. Habla de amor a Jesucristo y al Padre, y del amor a los hermanos que es su fruto y que nos debe distinguir a los cristianos. No nos limitemos en conservar el grado de fe, de esperanza y de caridad, de las virtudes teologales que tenemos, ni de las demás virtudes ni dones que tenemos de Dios. Trabajemos por crecer en todas ellas, esforzándonos en aumentarlas.
Como les he explicado ya otras veces, eso es imposible sin la gracia de Cristo, la ayuda de Dios y la fuerza del Espíritu. Dios nos las quiere dar a condición de que se las pidamos con humildad. Recurramos a María. Ayer celebramos con alegría la solemnidad de su concepción inmaculada y llena de gracia. Cada año al comienzo del adviento nos sale al paso para ayudarnos a preparar la Navidad. Sobre todo hagámoslo en este Año de la fe “para llegar al día de Cristo, colmados de frutos de justicia, para gloria y alabanza de Dios”.



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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Diciembre



APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
DICIEMBRE








Ofrecimiento Diario


Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:


Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros 

tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.






Por las Intenciones del Papa

Intención General
Para que los migrantes sean acogidos en todo el mundo con generosidad y amor auténtico, especialmente por las comunidades cristianas.




Intención Misional
Para que Cristo se revele a toda la humanidad con la luz que emana de Belén y se refleja en el rostro de la Iglesia.





Por la Conferencia Episcopal Peruana
Para que los pobladores de las regiones más pobres de nuestra patria, con la colaboración de todos, consigan mejorar sus condiciones de vida: en lo religioso, cultural, sanitario y económico.









LOS TRABAJADORES EXTRANJEROS

“... no obstante las dificultades inherentes a su integración contribuyen de manera significativa con su trabajo al desarrollo del país que los acoge, así como a su país de origen a través de las remesas de dinero... no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral... Todo migrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos en cualquier circunstancia...” (Benedicto XVI, Caritas in veritate 142, 29.6.2009. Extracto)


LUZ DE CRISTO PARA LA HUMANIDAD

“... Que la Madre del Verbo encarnado nos ayude a ser dóciles discípulos de su Hijo, Luz de los pueblos... una invitación para los Reyes Magos de hoy a abrir su mente y su corazón a Cristo... esplendor de la verdad. Déjense iluminar por Él todos los pueblos de la tierra, déjense envolver por su amor y en él encontrarán el camino de la paz”. (Benedicto XVI 6.1.2007. Extracto)   


APARECIDA - MISIÓN CONTINENTAL

Queremos llamar al sentido de responsabilidad de los laicos para que estén presentes en la vida pública... y en la oposición a las injusticias. (508)

Eucaristía
Misa de Navidad. (Misal romano)

Palabra de Dios
Levítico 19,33-34. Acoger al forastero.
1 Corintios 12,13. Somos un solo cuerpo.
Mateo 25,3146. Fui forastero y me acogisteis.

Reflexión
¿Cómo evitar un cierto racismo en nuestro ambiente?
¿Cómo fomentar la debida acogida a extraños?
¿Cómo respetar la dignidad de quienes son ayudados?

P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. 

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


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¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino! 









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