San Roberto Belarmino S.J.

Cardenal y Doctor (1542-1621)
Fiesta: 17 de Septiembre


San Roberto Belarmino, el tercero de doce hermanos, nació en Montepulciano, provincia de Siena (Italia), el 4 de octubre de 1542, siendo sus padres Vicente Belarmino, gentilhombre y primer magistrado de la ciudad, y Cintia Cervino, hermana del Papa Marcelo II. Ya de pequeño, al despertarse, se ponía en oración, repetía a sus hermanitos los sermones que oía de la Pasión del Señor, enseñaba el catecismo a los niños de los labradores y, luego mayor, rezaba el Oficio de la Virgen, ayunaba y comulgaba todos los domingos.

En 1555 ingresó en el Colegio de los Jesuitas y reveló en seguida una gran fuerza de entendimiento y de voluntad. Cuando tenía que disertar en público, decían algunos: “Vamos a ver lo que nos dice ese ángel.” En uno de estos actos públicos habló con tanta convicción y fuerza en un día de Carnaval contra las diversiones malas, que decían luego los asistentes que “aquel Carnaval también se había convertido”.

Las ilusiones mundanas, que su padre se forjaba sobre el hijo, vinieron al suelo, cuando éste le manifestó que estaba resuelto a hacerse jesuita. En el desengaño por todos los honores terrenos influyó mucho la inesperada muerte de su tío Marcelo II, que murió a los 22 días de haber sido elevado al Sumo Pontificado. En la carta que escribió el padre de Belarmino al General de los Jesuitas, Láinez, le decía así: “Habiendo considerado que se debe a Dios lo que más se estima, he dado a mi hijo la bendición y lo he ofrecido a Dios.”

En 1567 fue destinado al magisterio de Retórica en el Colegio de Florencia. Aquí se sintió tan agotado al principio mismo de su carrera, que los médicos desconfiaban de su vida. El corrió al Sagrario y en fervorosa súplica hizo esta oración: “Señor, no quiero morir tan pronto. ¿Todavía os quiero servir!” Dios le concedió una carrera larga en su servicio y muy gloriosa hasta los 80 años de vida.

Enviado a la Universidad de Lovaina, triunfó plenamente como profesor y predicador. Pueblo y estudiantes invadían la iglesia de San Miguel o se agolpaban alrededor de la cátedra para oír sus sermones y lecciones. Hasta de Inglaterra y Holanda acudían para oír al que pronto llamaría “martillo de los herejes”. En 1570 fue ordenado sacerdote y dos años después hacía su profesión solemne.

Gregorio XIII quiso que se fundase en el Colegio Romano una cátedra polémico – apologética y fue designado para ella Belarmino. De estas lecciones romanas salió la monumental obra de “Las Controversias”, cuyo primer volumen salió en Inglostadt el año 1586, y que resultó una defensa completa y científica de la Iglesia Católica, de su constitución y doctrina, contra el protestantismo que quedaba victoriosamente refutado. El éxito fue asombroso. En 30 años se editó veinte veces y el nombre de Belarmino se pronunciaba en todas partes, llegando a decir muchos que su obra no era de un particular sino de todo un colegio o universidad de Maestros, San Francisco de Sales decía: “He predicado durante cinco años con sólo la Biblia y el Belarmino.” Y el protestante Teodoro de Beza: “Este es el libro que nos ha perdido.”

Algo más tarde, San Roberto dirigió una comisión a la que el Papa Clemente VIII encargó preparar la publicación de una edición revisada de la Biblia Vulgata. Ya en la época de Sixto V se había preparado una edición, bajo la supervisión del Pontífice; pero la falta de conocimiento de los exegetas y el temor de modificar demasiado el texto corriente, la habían convertido en un trabajo inútil. La nueva versión, que recibió el "imprimatur" de Clemente VIII, precedida de un prefacio de San Roberto Belarmino, es el texto latino que se usa actualmente.

En 1582 fue relevado de la enseñanza por su delicada salud y nombrado P. Espiritual de los Estudiantes Jesuitas de Roma. En este cargo tuvo bajo su dirección a San Luis Gonzaga. En 1592 fue nombrado Rector, y dos años más tarde Provincial de Nápoles.

Tres años más tarde, volvió a Roma a trabajar como teólogo de Clemente VIII. Por expreso deseo del Pontífice escribió sus dos célebres catecismos para gente sencilla. Su famoso Catecismo Resumido fue traducido a 55 idiomas y ha tenido más de 300 ediciones, éxito superado solo por la Santa Biblia y La Imitación de Cristo. Luego redactó el Catecismo Explicado, el cual llegó a las manos de sacerdotes y catequistas en todos los países del mundo. Durante su vida logró ver veinte ediciones seguidas de sus preciosos catecismos.

Dios tiene sus caminos. San Roberto entró en los Jesuitas porque estos tenían un reglamento que prohibía aceptar cargos en la jerarquía. Sin embargo, por obediencia al Sumo Pontífice, muy en contra de sus deseos personales, llegó a ser el único obispo y cardenal de los jesuitas en ese tiempo. En 1598, Belarmino fue elevado al cardenalato por Clemente VIII, "en premio de su ciencia inigualable". Y al Papa, que se maravillaba de que no le pidiese nada, le respondió: “He nacido pobre gentilhombre; he crecido pobre religioso; me contento con poder vivir y morir pobre Cardenal.” El santo no abandonó su austeridad. Se alimentaba, como los pobres, de pan y ajo y ni siquiera en invierno había fuego en su casa. En cierta ocasión pagó el rescate de un soldado que había desertado y regalaba a los pobres los tapices de sus departamentos, diciendo: "Las paredes no tienen frío".

En 1602 fue nombrado Arzobispo de Capua. Volvió a Roma para el Cónclave de Clemente VIII, donde tuvo once votos para Papa. Paulo V le quiso tener siempre a su lado, como Cardenal de la Curia, para aprovechar de cerca sus excelentes servicios, y así vivió desde el 1605 hasta su muerte. A los 78 años entró por tercera vez en cónclave y luego obtuvo del nuevo Papa, Gregorio XV, permiso para retirarse al Noviciado jesuítico del Quirinal y prepararse a bien morir. Esta había sido una de sus ideas principales en la vida: morir santamente. En su “Arte de bien morir” se pregunta por qué el arte de bien morir, que debería ser conocido de todos, es estudiado por tan pocos. Y responde que la razón es la que da el Sabio: el número de necios es infinito. El Arte de bien morir es la más excelente de todas, porque ella resuelve el problema más sustancial de todo hombre. Como norma fundamental, establece que el arte de bien morir consiste en aprender a vivir bien.

El corazón de Belarmino estuvo siempre en el cielo. Cuando su tesorero le presentaba los papeles de cuentas, sólo se preocupaba de revisar las limosnas que se habían hecho. En cuanto a lo demás, añadía: “Estas cosas son todas del mundo; van y vienen con el tiempo y con el mundo.” Y cerraba los registros sin detenerse a examinarlas.

El 25 de agosto del año 1621, cuando se recogió en el Noviciado de San Andrés del Quirinal, después de la cena, le mostraban los Padres desde el jardín la quinta del nuevo Papa en la Puerta Pinciana, no lejos de la otra más espléndida del Cardenal Borghese. El santo contestó: “Yo quiero dejar que todos planten su vida en la tierra; yo plantaré una más bella que todas en el cielo. Y para esto quiero prepararme en los días que me quedan con la lectura de las vidas de los Santos y con la meditación.”

El primero de setiembre del mismo año 1621 se sintió aliviado de su última dolencia y los médicos le dijeron que había esperanza de que se pusiese bien. El santo Cardenal respondió: “Lo siento.” – “¿Por qué?”, le preguntaron, y él contestó: “Porque ahora me parece estar preparado y probablemente me salvaré, si muero; pero no se lo que me sucedería otra vez.”

Y añade su biógrafo Fiocchi: “Qué predicación esta de los santos sobre la importancia de la salvación eterna! San Roberto, durante casi 79 años no había hecho otra cosa que dedicarse hasta el sacrificio a la conquista del cielo, y llegado a sus puertas, rico en preciosos méritos, se entristece, sintiendo una vaga incertidumbre, lejana de toda seria probabilidad.”

El 8 de setiembre le dijeron que no había ya esperanza de mejorarse. Entonces, levantando las manos, dijo dos veces: “¡Oh, qué buena noticia, oh, qué buena noticia!” El día 16 rezó el Miserere y el Credo, diciendo en voz alta: “El vitam aeternam. Amén.” Después, con voz muy baja, repitió unas treinta veces, Jesús, Jesús, Jesús… y así expiró en la mañana del 17 de setiembre de 1621.

Poco antes de morir escribió en su testamento que lo poco que tenía se repartiera entre los pobres. Lo que dejó no alcanzó sino para costear los gastos del entierro. Pidió que sus funerales fueran de noche (para que no hubiera tanta gente) y se hicieran sin solemnidad. Pero a pesar de que se le obedeció haciéndole los funerales de noche, el gentío fue inmenso y todos estaban convencidos de que estaban asistiendo al entierro de un santo. Su cuerpo fue colocado junto al angelical San Luis Gonzaga en la iglesia de San Ignacio, de Roma; como él lo había pedido en vida ya que lo consideraba su hijo espiritual.

Fue beatificado el 13 de mayo de 1923 por Pío XI, que también lo canonizó el 29 de junio de 1930 y lo declaró Doctor de la Iglesia Universal en 1931.


Bibliografía

Juan Leal S.J. “Santos y Beatos de la Compañía de Jesús” 1950, Editorial Sal Terre Santander

La cruz de Cristo y su descubrimiento

P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

El suplicio de la cruz en tiempos de Jesús.

Conocemos sus horrores por los escritores romanos del tiempo de Jesús. Así Cicerón, político, orador, filósofo y escritor, que murió menos de 40 años antes de Cristo. Lo llama "el suplicio de la esclavitud y sumo y extremo de los suplicios". Recuerda que a este suplicio no podían ser condenados ciudadanos romanos y dice: «La cruz debe quedar lejos no sólo del cuerpo de los ciudadanos romanos, sino también de sus pensamientos, de sus ojos y de sus oídos». En Roma era el suplicio de los piratas, de los ladrones, de los truhanes y de los esclavos fugitivos. En él se juntaban todos los dolores y todas las infamias. El reo era azotado, cargado con el madero ignominioso, injuriado y maltratado. Después se le desnudaba, se le ataba o se le clavaba, y quedaba en la cruz abrasado por una sed rabiosa, a menos que acelerasen su fin por medio del crucifragio o rompimiento de los huesos de sus piernas con una maza de hierro. Todo despertaba el horror, la repugnancia y el desprecio.

La cruz en los primeros siglos de la Iglesia.

Había que luchar contra todos los instintos humanos y contra todas las prevenciones sociales para reaccionar contra aquel sentimiento, consiguiendo no solamente la compasión, sino la adoración de la Cruz y del Crucificado.

No obstante todos los libros apostólicos respiran amor y veneración a la Cruz, y contra las burlas de los judíos y los ascos de los paganos lanzaba el Apóstol aquella réplica altiva: "Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. Aceptar el cristianismo, era aceptar la Cruz. Religiosos de la Cruz llama Tertuliano (a. 155-230) a sus correligionarios. Si el gentil veneraba la lanza de Minerva, el rayo de Júpiter, la cítara de Apolo o el tridente de Neptuno, la veneración del cristianismo se concentraba en la Cruz de Cristo. Ella resumía su fe, condensaba su moral y le señalaba un hito en su peregrinación sobre la tierra. Y de este modo el instrumento de ignominia se convirtió en signo de victoria, en motivo de consuelo, en mensajero de gracia y en confesión de fe. Al nacer los ritos de la liturgia cristiana, el signo de la Cruz se junta a ellos, para indicar que de él toman todo su valor. No se podrá bautizar a un catecúmeno, ni consagrar el pan, ni ungir a un moribundo, sin trazar ese signo misterioso. Del culto público, la Cruz pasa a la liturgia del hogar. Los contemporáneos de Orígenes (a. 185-254) se santiguaban ya en la frente, en los labios y en el pecho; se santiguaban al salir de casa, antes de comer, antes del sueño y siempre que empezaban alguna obra buena. Como la paloma, como el áncora y el pez, la Cruz empezaba a figurar en los dijes, en los anillos, en las gemas y en los monumentos. La primera representación que hoy conocemos figura en un altar de Palmira, elevado en "honor de aquel cuyo nombre es bendito en la eternidad" en el año 134. Después aparece en las Catacumbas, en los sarcófagos, en las estelas funerarias, al frente de los epitafios, hasta que, cerrada la era de las persecuciones, empieza a adornar las coronas de los reyes. El triunfo del cristianismo es el triunfo de la Cruz. Constantino la fija en el lábaro, los soldados la graban en sus escudos, las damas la bordan en sus sedas, y los magnates la colocan en la fachada de sus palacios. Ya no se la podrá grabar como signo infamante en la frente de los esclavos, ya no se la podrá usar como instrumento de suplicio para los malhechores. El símbolo de la esclavitud se ha convertido en trofeo de la realeza.

Pero hasta el siglo IV no se conoce si se conserva en algún lugar la Cruz de Cristo. Nadie sabe dónde está; parece haber desaparecido para siempre. "Oh Santa Cruz –decía un poeta a principios del siglo IV– la tierra no te poseerá jamás; pero llegará un día en que abrazarás con tu mirada la inmensidad del cielo". La tristeza y la desesperanza se habían apoderado de los espíritus. La vieja ciudad de David había sido destruida; sobre sus ruinas se alzaba una nueva ciudad, Elia Capitolina, rica en hermosos monumentos, infectada de idolatría, poblada de templos y de estatuas paganas. Sobre el Moira (lugar del antiguo Templo) se levantaba el ara de Júpiter y a la cima del Calvario llegaban los adoradores de Venus llevando a su diosa guirnaldas de mirto. ¿Qué esperanza podía haber de encontrar los recuerdos de la Pasión del Señor?

Pero hay una mujer que dice: "Vamos a adorar el lugar donde se posaron sus sagrados pies." Fe ciega, devoción ardiente, poder y riqueza. Santa Elena, la madre del primer emperador cristiano, llega a Jerusalén. Su presencia llena de entusiasmo las almas. Rueda la estatua de Venus, cae el altar de Zeus; se destruye, se desmonta, se trabaja noche y día bajo la mirada alentadora de la emperatriz; aparece la gruta del Santo Sepulcro, surgen basílicas de admirable belleza, y Jerusalén queda transformada. San Ambrosio (340-397) pone estas exclamaciones en los labios de la intrépida exploradora: "He aquí el lugar del combate; pero ¿dónde está el signo de la víctima? Busco el estandarte de mi salvación y no llego a encontrarle. ¡Cómo! ¿Yo llevo una corona, y la Cruz de mi Salvador yace en el polvo? ¿Cómo queréis que me crea redimida si no veo el instrumento de la redención?" Mas he aquí tres cruces en el fondo de la gruta, tres cruces de una madera resinosa, oscura, resistente, de madera de pino. Una de ellas es seguramente. ¿Cuál? El milagro da la respuesta: una mujer paralítica, sana repentinamente: la multitud cae de rodillas, prorrumpe en gritos de admiración, reza, llora y adora. "La emperatriz se arroja sobre el sagrado tesoro, y no se cansa de tocar y de besar aquella reliquia, que fue el lecho de la misma Verdad; el leño parecía brillar a sus ojos, y la gracia iluminaba su corazón." Así dice San Ambrosio y su relato está confirmado por los de Rufino, Sócrates y Sozomeno (los tres historiadores), San Paulino de Nola y San Juan Crisóstomo.

Un grito de alborozo alzóse del seno de todas las familias cristianas a la nueva de que Jerusalén salía de sus ruinas coronada con la Cruz verdadera de Jesucristo. Dios acababa de consagrar con un postrer milagro el triunfo, ya maravilloso, de la Iglesia. ¡Qué espectáculo el del resurgimiento repentino de las mismas entrañas de la tierra del instrumento del suplicio divino, convertido en señal de dominación y victoria! Las gentes creían presenciar el día de la resurrección universal, y ver al Hijo del Hombre entronizado sobre las nubes y dispuesto a coronar a sus servidores. En todos los corazones no había más que un deseo: poder ir a Jerusalén para ver, para tocar, para venerar el santo madero, que era prenda de bendición. Y empezó el torrente de las peregrinaciones, que no debía interrumpirse jamás. Llegaban los emperadores humillando sus coronas, los anacoretas vestidos de sus mantos de pieles, las matronas consulares de la Ciudad Eterna, los grandes y los pequeños de todos los países de la tierra. Llegaban clérigos y obispos, embajadores de iglesias lejanas, implorando alguna partícula, por menuda que fuese, del adorable patíbulo. Los fragmentos de la verdadera Cruz se extendían con tal rapidez, que unos años después del descubrimiento decía San Cirilo de Jerusalén: "Testimonio espléndido es el que da a Jesucristo el sagrado madero, que vemos entre nosotros, y cuyos fragmentos, arrancados por la fe de los cristianos, llenan ya casi toda la tierra." Y donde no llegaba la presencia misma de la verdadera Cruz, estaba su figura. Se la veía en todos los rincones del mundo, en la última aldea de la Iberia lejana, en los castillos del Danubio, en los campamentos de la Mesopotamia y en las chozas de los solitarios. En los más humildes hogares, la Cruz empezaba a ocupar el de honor, desde donde enseñaba a cuantos la veían la ciencia de bien vivir y de bien morir. El paisano la plantaba en un ángulo de su campo; la saludaba al despuntar el día, cuando empezaba la faena, y el trabajo se le hacía más ligero. Y San Gregorio de Nacianzo decía: "Huye, maligno, si no quieres que levante el bastón de la cruz, ante quien todo tiembla. Yo la llevo en mis miembros, la llevo cuando camino, la llevo cuando descanso, la llevo en mi corazón. ¡La cruz es mi gloria!"

Homilías: Domingo 24 T.O. (A)

Lecturas: Num 21,4-9; S. 77; Flp 2,6-11; Jn 3,13-17

En la cruz está la vida
Homilía por el P.José R. Martínez Galdeano, S.J.


Para entender la fiesta de hoy, la Exaltación de la Santa Cruz, se precisan algunos conocimientos. Jesús muere el sábado de Pascua 8 de abril del año 30. La fecha puede darse como segura. Es notable la precisión a que se ha podido llegar con los datos de los evangelios y científicos. El año 66 se subleva toda Palestina contra el poder romano. La respuesta de Roma culmina el año 70 con la reconquista de Jerusalén e incendio del Templo. Se cumple entonces la profecía de Jesús, pronunciada poco antes de su muerte. El año 132 una nueva sublevación. El 134 Jerusalén vuelve a poder de Roma y el 135 acaba la sublevación con la muerte del jefe, Bar Kokebá. Los judíos son expulsados de Palestina. Para evitar toda nostalgia y cualquier culto tanto judío como cristiano, Roma edifica templos a dioses paganos en donde estuvieron el Templo, el Gólgota, el sepulcro de Jesús y la cueva de Belén.

Los cristianos fueron perseguidos por el Imperio Romano durante algo más de dos siglos y medio. Sin embargo aquel poder no pudo acabar con nuestra Iglesia. Los cristianos fueron aumentando. Hasta la mamá del que iba a ser el emperador Constantino, Elena, se había convertido al cristianismo. Incluso parece que hubo una intervención sobrenatural, una cruz que Constantino viera el 27 de octubre del 312, víspera de la batalla del Ponte Milvio, decisiva en su camino al poder, y escuchara las palabras: “Con este signo vencerás”. Constantino, vencedor, aun siguiendo pagano, dio a los cristianos plena libertad, igual que los fieles de las demás religiones paganas, para serlo, para tener templos y para organizar instituciones como los demás ciudadanos. Llevada por sus sentimientos de creyente, Elena quiso visitar Palestina y Jerusalén, la tierra de Jesús. No le fue difícil detectar los lugares de la crucifixión y del sepulcro, pues los templos edificados para borrar toda memoria del Nazareno sirvieron como signo fácil de los lugares a excavar. De esta forma se encontraron el sepulcro, las tres cruces de Jesús y los ladrones, y el lugar mismo donde estuvieron alzadas y muriera Nuestro Señor. Allí edificó Constantino, todavía no bautizado pero muy afecto ya al Cristianismo, la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, que todavía hoy se conserva. El año del descubrimiento oscila entre el 325 y 327.

Fácil es darse cuenta de la alegría que tal descubrimiento supuso en toda la cristiandad. Pese a las dificultades del viaje, fueron muchos los que ya entonces empezaron a peregrinar (al menos, si fuese posible, una vez en la vida) a Jerusalén. Se conserva el diario de una peregrina española, Egeria, que lo hizo y tuvo la feliz idea de narrarlo. Se conocen así muchos detalles precisos de la situación de aquellos lugares ya en siglo IV y de los cultos y procesiones. La fiesta de hoy recuerda estos acontecimientos.

Pero naturalmente tales acontecimientos tienen importancia porque fue Cristo quien murió y realizó la redención en esa cruz y en ese lugar, y ahí estuvo enterrado y de ahí resucitó. Por medio de la cruz fue como nos salvó Jesús y redimió de nuestros pecados. “Canceló nuestra deuda y la suprimió, clavándola en la cruz” (Col 2,14). El Evangelio y la lectura de los Números expresan hoy claro que Jesús lo sabía desde el principio. El evangelio habla del primer viaje de su vida publica a Jerusalén poco después de su bautismo en el Jordán. Allí le dice a Nicodemo que morirá en la cruz como hemos escuchado y así nos salvará. “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna” (Jn 3,14s). Luego lo repetiría solemnemente a sus discípulos por tres veces (Mt 16,21; 17,22s; 20,18s). Pero además lo dice y repite a todo el que quiera ser su discípulo: “El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí” (Mt. 10,38; 16,24). Lo repite constantemente Pablo. Lean los dos primeros capítulos de la primera carta a los Corintios: “Los judíos piden milagros, los griegos sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1,22s). Pablo no se gloriará sino en la cruz de Cristo (Ga 6,14); “muchos viven –escribe a sus predilectos filipenses– según les dije tantas veces y ahora se lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición” (Flp 3,18s). “Se despojó de sí mismo” –hemos escuchado en la segunda lectura y se refiere a la condición divina de Jesús–, “tomando la condición de esclavo” –la cruz era suplicio para esclavos; ningún romano podía ser crucificado– “y se humilló obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”.

Es común en la espiritualidad cristiana. No se puede ser santo sin la cruz de Cristo. Todos los santos han sufrido. Dice Santa Rosa en una de sus cartas lo que el Señor le manifestó en una visión: “El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción del incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino de subir al cielo». Apenas escuché estas palabras, experimenté un fuerte impulso de ir en medio de las plazas a gritar muy fuerte a toda persona de cualquier edad, sexo o condición: Escuchad, pueblos, escuchad todos. Por mandato del Señor, con las mismas palabras de su boca, os exhorto: No podemos alcanzar la gracia, si no soportamos la aflicción; es necesario unir trabajos y fatigas para alcanzar la íntima participación en la naturaleza divina, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta felicidad del espíritu”.

Subrayo estas palabras, medítenlas: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia».

Todos los santos han amado la cruz, porque es el instrumento necesario para asemejarse a Cristo y para llegar a la santidad. San Pablo escribe lo que hemos escuchado hoy para estimular a los cristianos de Filipos a tener más unión entre sí. Introduce el párrafo así: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo” (2,5). En la cruz de Cristo será donde alcancen la fuerza y la inspiración para construir una unidad mejor.

Y como sin la gracia de Dios no podemos hacer nada que nos lleve a la santidad, y la gracia se alcanza normalmente con la oración humilde, es necesario pedir con frecuencia, más aun continuamente, saber llevar la cruz.

En primer lugar no rehusar la cruz que tenemos que soportar para evitar el pecado, mortal o venial. Esto es claro. Luego la que nos llega sin buscarla: una enfermedad, un fracaso, una situación molesta. Se trata también de cruces grandes y pequeñas. Quien rechaza las pequeñas, menos aguantará las grandes. “El que es fiel en lo poco también lo será en lo mucho” (Lc 16,10). Dios, que es buen pedagogo, empieza por las pequeñas y luego va probando y cargando poco a poco cruces más pesadas y más santificadoras. Por fin son provechosas las cruces y mortificaciones voluntarias. Nos entrenan para las necesarias. Nos asimilan a Cristo crucificado. “Llevo en mi carne las llagas de Cristo” (Gal 6,17). Son muchas veces necesarias para practicar la caridad con los demás, que difícilmente se puede hacer y menos mantener sin asumir renuncias y sacrificios voluntarios.

La misa, centrada en el sacrificio de la cruz, al que nos une, nos recuerda cada domingo este camino de la cruz, que fue el de Jesús, que es hoy el camino de todos los amigos de Jesús.

San Pedro Claver S.J.: Apóstol de los Negros

(1580-1654)
Fiesta: 9 de Septiembre



La Iglesia española y el martirologio de la Compañía de Jesús se honra hoy con la memoria de San Pedro Claver, el apóstol y esclavo de los esclavos.

Tímido y sencillo, catalán corto en palabras y largo en hechos, Pedro Claver Corberó, conocido como “el esclavo de los esclavos”, es una de las figuras del santoral más apasionantes y arriesgadas del siglo XVII, cuya vida se desarrolló en el colorido contexto de aventuras, pasiones e injusticias del puerto negrero de Cartagena de Indias. Su entrega abnegada a los negros bozales, de los que los teólogos discutían incluso si poseían alma, es un antecedente admirable de la praxis de liberación cristiana, de la defensa de los derechos humanos y el compromiso preferencial de la Iglesia por los pobres y marginados.

Nacido en Verdu, de Cataluña, en junio de 1580, de humildes pero cristianos padres, estudió las primeras letras al lado de su tío, canónigo de la Catedral de Solsona, pasando luego al Colegio de la Compañía de Jesús en Barcelona. Había recibido ya la tonsura clerical, cuando ingresó en el Colegio; a los veintidós años lo encontramos en el Noviciado de Tarragona, en busca de la perfección y de las almas. En 1605 fue destinado al Colegio de Mallorca para estudiar la Filosofía. Los tres años que pasó en la isla fueron decisivos en la orientación de su vida.

Era entonces portero de aquel Colegio de Montesión el Hermano coadjutor San Alonso Rodríguez, venerable anciano tan ilustrado en los misterios de Dios, que aún los más doctos sacerdotes acudían a él en busca de consejo. Las dos almas se entendieron desde el primer encuentro. Pedro se entregó a la dirección espiritual del Hno. Alonso, el cual había conocido por luz sobrenatural que estaba tratando con un santo. Un día contempló en el cielo una serie de tronos maravillosos; entre ellos había uno más bello pero vacío: “¿Vez aquel trono? – le dijo el ángel de su guarda – está reservado para Claver, tu discípulo, quien lo ha de merecer con las heroicas virtudes y celo extraordinario que desplegará en las Indias occidentales, llevando muchas almas a Dios nuestro Señor.”

Terminada la filosofía, Claver volvió a Barcelona para estudiar teología y al año siguiente se embarcó a Sevilla con rumbo a Cartagena de Indias. Era el 1610. Durante el viaje, el joven misionero, que sólo había cursado el primer año de teología, se hizo apóstol y enfermero de todo el pasaje. Preparaba las medicinas, servía a los enfermos, catequizaba a los ignorantes. El capitán lo hizo sentar a su mesa y Pedro Claver se aprovechó de esta distinción para repartir los mejores alimentos a sus queridos enfermos.

Llegado a Cartagena mientras se habrían las clases de sagrada teología, se ocupó en el Colegio Santa Fe de Bogotá en los oficios de los hermanos coadjutores: sacristán, portero, enfermero, cocinero, con tanta satisfacción de su espíritu que pidió quedarse en aquel grado toda la vida. En 1612 los superiores le dieron orden de que reanudase la interrumpida teología, que terminó en 1615. De Santa Fe regresó a Cartagena donde fue ordenado de sacerdote y dedicado al ministerio con los pobres negros. Allí conoció al sabio jesuita Alonso de Sandoval, investigador de la vida de los negros y autor del famoso libro De instauranda ethiopum salute, quien, en contra del dominante ambiente esclavista, recibía con afecto y bautizaba a los esclavos que llegaban al puerto en abundancia y en un estado calamitoso en las bodegas de los barcos negreros, procedentes de África. El joven sacerdote siguió a la letra el método empleado por el padre Sandoval.

El infame comercio conocido con el nombre de “trata de negros” estaba entonces en todo su apogeo en manos de negreros, principalmente ingleses, portugueses y holandeses. Cada año millares de negros eran cazados como fieras en las costas africanas de Guinea, Congo y Angola y trasladados a los puertos de América en los inmundos bodegones de los barcos negreros, con cadenas, sin cama y mal alimentados. Muchos perecían en el viaje; los demás llegaban cubiertos de llagas purulentas. En los puertos de desembarco aquella triste mercancía humana era encerrada, como animales, en almacenes húmedos y oscuros o custodiados en grandes cercados hasta que los colonos los compraban para utilizarlos como esclavos en las plantaciones o en las minas. Uno de los puertos de desembarco era Cartagena en la actual Colombia. Este fue el campo de apostolado de San Pedro Claver durante cuarenta años, quien puso todo su orgullo y su ideal de sacerdote jesuita en mostrarse y firmarse “el esclavo de los pobres esclavos”.

Luego que sabía que se acercaba un barco negrero intensificaba sus oraciones y penitencias, iba casa por casa pidiendo limosna para sus “queridos hijos”. Fondeado el barco allí estaba Claver con sus regalos acompañados de los intérpretes. Subía al puente, saludaba sonriendo a aquellos infelices que lo miraban con el terror y angustian de un sentenciado a muerte. Los intérpretes los aquietaban clamando: “Buen ánimo hermanos, éste es vuestro padre” y Claver abría los sacos y para todos tenía un regalo.

Concluida esta primera entrevista con los sanos, bajaba a la bodega, donde el hedor era insoportable; allí se encontraban los enfermos y moribundos mezclados con los cadáveres de sus compañeros. Saludaba a todos, curaba sus úlceras, bautizaba a los desahuciados, repartía sus regalos, los abrazaba y besaba. El último adiós, antes de bajar a tierra, era la promesa de volver para la hora del desembarco.

Y allí estaba otra vez el P. Claver con sus intérpretes y algunos hombres robustos para el transporte de los enfermos en pequeños carros. Aquella escena de cristiana caridad contrastaba con la crueldad y avaricia de los negreros y comerciantes. Mientras la caravana era conducida a los lugares de concentración, el Padre subía a bordo y en sus propios brazos bajaba a los impedidos y los metía en los carros. En las barracas los acomodaba del mejor modo posible; y, reuniendo a los sanos para despedirse de ellos, fijaba el día y hora en que se volverían a ver para la primera lección de catecismo.

La doctrina se tenía, bien bajo un gran techo, bien al aire libre y al sol tropical. El santo tenía preparados bancos, cajones, cestas, esteras, cuanto había podido hallar. Por medio de intérpretes separaba a los paganos de los que habían recibido el bautismo; durante varias horas, les enseñaba la señal de la cruz y las principales verdades de la fe, y, para terminar, con el crucifijo levantado en alto decía: “Cristo Jesús, Hijo de Dios, Tú eres mi padre, mi madre y todo mi bien. Yo te amo mucho; me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. ¡Señor, te amo mucho, mucho, mucho!”

Mientras los negros estaban en Cartagena los reunía todos los días; mas cuando partían para las posesiones de los colonos, los despedía dándoles la mano, y con lágrimas en los ojos los exhortaba a conservar la gracia divina. Visitaba los hospitales y es célebre lo que cuentan de su manteo ¡Dios sólo sabe las veces que lo extendió en el suelo para recostar en él al enfermo, mientras le arreglaba la cama y cómo lo recogió hecho un asco! Hubo día en que lo tuvo que lavar hasta siete veces. Y aquel manteo no olía nunca mal, sino con frecuencia exhalaba un grato perfume, y no pocas veces fue instrumento de curaciones milagrosas.

Además acudía regularmente a la leprosería, hospital de San Lázaro, cuidada por los Hermanos de San Juan de Dios. Allí barría, arreglaba las camas, daba de comer a los enfermos y les llevaba pequeños frascos de licor. Conseguía mosquiteros, limosnas, medicinas y comida para aquel pobre hospital que era un conjunto de bohíos que llegó a albergar hasta setenta leprosos. Los días de fiesta les llevaba una comida más fina y una banda de música.

La fuente de todas sus acciones era la oración. Una visita a Jesús, una mirada al Crucifijo o a la Virgen bastaba para humedecer los ojos con amorosas lágrimas. Para su descanso le bastaban tres horas de sueño; sus penitencias eran extraordinarias: para beber, sólo un poco de agua; para comer, un pedazo de pan o las sobras de los demás; su cama, una estera, y por almohada, un tronco, y además de esto frecuentes y sangrientas disciplinas.

Cuando en 1650 le sobrevino su última y larga enfermedad llevaba 35 años de activo apostolado, y ahora empezó el del sufrimiento. Poco a poco fue perdiendo el uso de todos los miembros, sin poderse valer de ellos ni para tomar un bocado. En 1651 fue confiado al cuidado de un negro, que inconscientemente hacía el oficio de verdugo. El santo, lejos de protestar, cuando alguno de casa le ofrecía sus servicios, solía responder: “Gracias, me va muy bien con mi querido negro.” En los primeros días de setiembre de 1654 la enfermedad se agravó. Había predicho que moriría el día de la Natividad de Nuestra Señora. El día 6, llevado por dos negros, entró por última vez en la iglesia para comulgar; por la tarde le sobrevino una fuerte calentura y, al amanecer del día 8, entregó plácidamente su espíritu al Señor, a los 74 años de edad. Cuatro años antes, preguntado sobre cuántos negros había bautizado hasta entonces, respondió ingenuamente: “Más de trescientos mil.”

La muerte del santo conmovió a toda Cartagena de Indias, que desfiló ante el cadáver a besarle las manos y tocar su cuerpo con rosarios. Las autoridades pidieron que se retrasara un día el entierro para hacerlo con mayor solemnidad. Todos lo proclamaron santo. El propio gobernador, dos alcaldes e ilustres caballeros de la Armada condujeron su ataúd a hombros. Fue enterrado en la iglesia de los jesuitas, hoy de San Pedro Claver, donde en la actualidad reposan sus restos. Los negros cantaron en su misa y, transcurridos los años, su estatua cercana al mar se ennegreció con la brisa. Los negros porfiaban frente a ella: “Que no era blanco, sino negro, pues, si no, no nos hubiera querido tanto”. Tras un minucioso y largo proceso, con varias etapas, Pío IX, el 21 de septiembre de 1851 lo declara beato, y León XII, –que dijo: “Es la vida que más me ha impresionado después de Cristo”, lo canoniza el 15 de enero de 1888, junto a los también jesuitas San Juan Berchmans y su querido San Alonso Rodríguez. Como recuerda Juan Pablo II, que lo llama en su encíclica Sollicitudo rei socialis “modelo de solidaridad y testimonio para nuestros tiempos”, gracias a Sandoval y Claver, Cartagena de Indias fue declarada “Cuna de los Derechos Humanos”.

Bibliografía

Juan Leal S.J. “Santos y Beatos de la Compañía de Jesús” 1950, Editorial Sal Terre Santander
Enciclopedia Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Claver

María nos ayuda desde el Cielo

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.
Reflexión sobre la Asunción de la Virgen María

Tomada de la Homilía con ocasión de la fiesta de la Asunción de María al Cielo.


Celebramos hoy una de las grandes fiestas de la Virgen María. Cuatro son las verdades acerca de María que pertenecen a nuestra fe, son enseñadas infaliblemente por la Iglesia y constituyen la base firme de nuestra devoción y del culto a la Virgen María:

La maternidad divina de María. María es madre de Dios, de Jesús cuya naturaleza humana fue concebida en su seno. Jesús nunca existió sin ser el Hijo de Dios.
La segunda verdad, también de fe, sobre María es su virginidad. Está unida a su maternidad divina. Concibió a Jesús sin intervención de varón; y siguió siendo virgen hasta su muerte.
La tercera es su concepción inmaculada: en atención a su destino de madre de Dios fue liberada por Dios de todo pecado, aun el original, en previsión de los futuros méritos de Jesús en la cruz, “a futuro”, y fue colmada de gracia santificante en el mismo momento de la concepción por sus padres.
La cuarta verdad es la que hoy conmemoramos: que María ha ido y está ya en cuerpo y alma en el Cielo. Nos ha precedido. En el credo decimos de nosotros mismos: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. Ahí nos incluimos nosotros mismos. No hemos de desaparecer. No ya el alma, tampoco el cuerpo. No sabemos cómo. No sabemos lo que será de este mundo. Sí sabemos que este género humano desaparecerá de la tierra y que los que se salven irán junto a Dios por toda la eternidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma con decisión que María “es verdaderamente la Madre de los miembros de Cristo” (963) y que “el papel de María con relación a la Iglesia (ser la Madre de todos los cristianos) es inseparable de su unión con Cristo y de ella (de su unión con Cristo) deriva directamente” (964). Es decir que no conocemos plenamente a María y su relación con Jesús si no la conocemos como nuestra Madre con lo que ello comporta. Maternidad de Cristo y maternidad de la Iglesia y no se pueden comprender la una sin la otra. Por eso el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Mater, que nos escribió con motivo del Año Mariano, que se celebró durante su pontificado, añade que se puede afirmar que la Iglesia aprende de María su propia maternidad y que los progresos del pueblo cristiano en la comprensión del misterio de la Iglesia se viven en mayor profundidad si se viven parejos a la profundización del misterio de la Virgen María.

El misterio salvífico de María corre unido estrechamente a su unión con el misterio de Jesús y de la Iglesia: Ya desde su concepción inmaculada y de la plenitud de gracia recibida cuando comienza su existencia, en la encarnación del Hijo de Dios en su seno, a lo largo de su vida y hasta la cruz, en el alumbramiento de la Iglesia en Pentecostés y hasta su muerte (pues es más general entre los teólogos el hecho de su muerte) y tras ser llevada en cuerpo y alma al cielo ( sin morir como piensan algunos pocos teólogos o tras su resurrección corporal como opina la mayoría).

María acompaña maternalmente el caminar de la Iglesia desde el principio de su existencia. Lo hizo en cierta forma durante la vida mortal de Jesús y continúa después de su muerte, desde que nace la Iglesia en Pentecostés y después de su asunción a los cielos. Hoy dedicamos este día a celebrar, meditar este misterio y orar a María con motivo de su celebración. Pertenece a la fe de nuestra Iglesia.

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra”. De esta forma anunció el ángel a María su maternidad divina y le despejó los obstáculos para su aceptación. El mismo Espíritu cubriría a la pequeña iglesia naciente el día de Pentecostés y también María formaba parte de aquel grupo que por diez días había esperado y rogado intensamente la venida del Espíritu. Nacía la Iglesia para ser la Madre de todos los creyentes, nacía como María por obra del Espíritu Santo, nacía para obrar la palabra que le había confiado Jesús que predicase hasta el fin del mundo y de los tiempos.

Así María y la Iglesia son la mujer del Apocalipsis, que ha concebido en su seno un Hijo varón y es perseguida por el Diablo, cuya baba no podrá alcanzarla, pero intentará hacer la guerra al resto de sus hijos, los que tenemos que atravesar todavía el desierto de esta vida (v. Ap. 12). Pero como Jesús a sus discípulos les prometió que les iba a preparar un lugar con Él en los Cielos, así también la Virgen María lo hace con nosotros.

Testimonio de esto y de la maternidad activa y actual de María respecto de todos nosotros y de la Iglesia es el creciente manifestarse a sus hijos en los sitios más diversos y con gracias maravillosas de milagros corporales y espirituales en lugares de culto y peregrinación mariana, y sobre todo en el fondo de los corazones, en los que María entra como madre, consuela, anima, resucita la fe y se deja oír aquel: “Hagan todo lo que Él les diga”.

En este momento María se siente Madre de la Iglesia y de todos sus hijos. No dejará de escucharnos y la historia llenaría bibliotecas con testimonios de conversiones, curaciones, gracias de lo más diversas. Recurran, hermanos, a su protección en sus problemas, en sus necesidades, sobre todo en la necesidad del agua y del vino de su Hijo, para hacer de nosotros verdaderos hijos de Dios.

Salvados por la fe en Cristo

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.
Reflexión de Romanos 3,21-25.28
Tomada de la Homilía del Domingo 9 T.O. (A)


Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen - pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente. Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley. (Ro 3,21-25.28)

Terminado el ciclo de las grandes fiestas con la del Corpus Christi el domingo pasado, la liturgia retoma el tiempo ordinario. Las lecturas tienen el fin de dar a conocer más a los fieles el tesoro que tienen en la Biblia. Este año se nos ofrece el evangelio según San Mateo y estos domingos la carta a los Romanos, la más importante de San Pablo. Tras un largo saludo a unos fieles que personalmente no conoce aún, pero que quiere ver, comienza el tema de la carta, que es explicar a la iglesia de Roma su concepto de la que se llama nueva economía de salvación (así se suele decir), y que para Pablo es fundamental, es decir el de la salvación del pecado y la necesaria respuesta de fe para alcanzarla.

Cuando redacta el texto de hoy, Pablo ha puesto en claro que, tanto el conjunto de los paganos, sin revelación de Dios, ni de los judíos con las promesas y la Alianza, la Ley y el templo de la Abrahán, Moisés y los Profetas, todos habían tropezado en el pecado. Su razonamiento ha concluido así: “Tanto judíos como griegos están todos bajo el pecado, como dice la Escritura: No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo, no hay quien busque a Dios. No hay temor de Dios ante sus ojos” (Ro 3,10-11.18; S 14,2-3; S 36,2).

Y llega al texto de hoy: “Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley”. “La justicia” significa aquí lo mismo que la salvación; porque sólo la justicia de Dios tiene el poder de hacer justos, quitando el pecado. ¿Cómo ha sido? Independientemente de la aquella Ley antigua, que obligaba sólo a los judíos. Ahorita, y para todos, griegos y judíos, la forma de salvarse será –y sólo será así– “por la fe en Jesucristo”. “Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna”. Y añade: “Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios y son justificados gratuitamente por su gracia”. Es ésta la clave que Pablo ha descubierto con su proceso de conversión. Con Jesucristo ha comenzado “Ahorita”, ya, una nueva forma, una nueva economía de salvación. Se trata de una salvación por la fe en Jesucristo y gratuita. Esto es lo que vamos a explicar.

Pero antes una observación. No esperen ni exijan argumentos filosóficos, que sabios humanos hayan descubierto. Estas cosas nos han sido reveladas. No se descubren con la razón, aunque sí pueden entenderse de alguna forma, aunque sea borrosa. Es el trabajo de la teología.

Dice, pues, el texto que: “por la fe en Jesucristo” –y sólo por la fe– puede un hombre llegar a ser justo. Nadie nace justo. Lo repite muchas veces la Biblia, que es la palabra, la revelación de Dios. El pecado original de Adán ha alcanzado a todos. “En pecado me concibió mi madre” –dice el salmo 51. Judíos y griegos, todos están bajo el pecado. No hay uno libre –hemos recordado líneas antes. Más adelante (5,12-15) argüirá Pablo con el argumento de la ley de la muerte de todos. La muerte es castigo por aquel pecado y es bien patente que todos morimos. Luego el pecado de Adán alcanza a todos. Todos han nacido sin la justicia de Dios: “En pecado me concibió mi madre”.

Si nadie nace justo y además posteriormente, cuando alcanzamos ya responsabilidad personal, añadimos nuestros propios pecados personales: “¿Quién puede decir: Purifiqué mi corazón; estoy limpio de mi pecado” (Prov. 20,9) “Si decimos: No tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (Jn 1,8). En conclusión: “Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios”.

También los niños nacen “privados de la gloria de Dios”. Por el pecado de Adán nacen “privados de la gloria de Dios”, como Dios hubiera querido. Pero nacen como meros hijos de los hombres, sometidos a la concupiscencia de sus egoísmos como se verá en cuanto empiecen a obrar por propia cuenta, no participan de la vida de Dios, no son sarmientos vivos injertados en Cristo, no pertenecen al cuerpo vivo de la Iglesia. Por eso repito una vez más: Padres, abuelos, catequistas, pastores, insistamos una y otra vez en la importancia del bautismo de los niños. La ley de la Iglesia dice que: “Los padres tienen obligación de hacer que los hijos sean bautizados en las primeras semanas” (CCD. Der. Can. 867). Y recuerden que en peligro de muerte puede (y debe) bautizar cualquiera (empezando por el papá y la mamá) echando agua y recitando la fórmula: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Comentemos ya los puntos decisivos. El primero: Todos “son justificados (esto es salvados) gratuitamente por su gracia (la de Dios)”. Empiezo con un ejemplo sacado de mi propia vida. Hace algo más de un año padecí una enfermedad poco frecuente. Me paralizó totalmente con unos dolores terribles como no los he sentido en la vida. Imposible hacer nada para curarme, ni tenía conocimientos ni fuerzas. La solución no pudo venirme sino desde fuera de mí, desde los médicos. Sólo después de su intervención y de la acción de los medicamentos pude irme sanando. Es la imagen del pecador. Enfermo, aniquilado de fuerzas por su pecado, él no puede salir solo. No tiene la posibilidad de salvarse, ni de arrepentirse, ni de cambiar su corazón hacia Dios si Dios no se vuelve hacia él: “Conviértete a mi y me convertiré. Hazme volver y volveré” (Jer 31,18). “Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado no le atrae” (Jn 6,44). Esta conversión no comienza ni prosigue si Dios primero no se dirige al pecador. Pero esta acción de Dios no se puede merecer de forma ninguna, porque todo lo que podamos hacer está manchado como todo lo que viene de un corazón sucio y necesita limpiarse para hacer algo que pueda ser aceptado por Dios. Estamos ante un círculo vicioso. El pecador necesita arrepentirse para ser perdonado y el arrepentimiento le es imposible porque está en pecado.

¿Cómo se sale? Nadie lo puede por sí mismo. Es Dios quien saca sin que el pecador lo merezca, sin poder hacer nada para dar comienzo al proceso. Es siempre Dios el que toma la iniciativa, va en busca, llama a la oveja perdida por puro amor, por misericordia. Del pecador sólo pide que escuche, que se deje agarrar, que se deje llevar, que confíe. Nosotros hasta podemos creer que tomamos la decisión, pero si el asfixiado puede empezar a hacer el esfuerzo es porque el oxígeno le ha llegado. Todo esto lo sabemos también por la fe: “Separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Jn 15,5). Todo aquello que viene de Dios y conmueve el corazón, aunque el pecador no lo vea ni sienta como tal, no lo ha merecido nunca ni lo puede merecer; es gracia, don de Dios, que le viene, sin mérito alguno suyo, del amor de Dios, de la misericordia de Dios. Sólo entonces, ayudado y movido de esa luz, de ese impulso y de otras formas que pueda tener la intervención de Dios no debida, es decir la gracia podrá continuar entonces el pecador colaborar y hacer algo para salvarse. Por dos veces y seguidas repite Pablo la conclusión: Todos “son justificados gratuitamente y con su gracia”. Y muchas veces encontraremos la idea en sus escritos. “Por la gracia de Dios soy lo que soy” –dirá de sí mismo –(1Cor 15,10). Por haberle caído en gracia a Dios. Porque me amó sin mérito ni cualidad especial que lo pudiera exigir ni explicar.

De alguna manera había sido revelado al pueblo de Israel, aunque no lo había entendido. No nos resulta fácil tampoco a nosotros. Con la figura del profeta Óseas quiso Dios hacérselo ver. Israel había cometido infinidad de pecados gravísimos, apostató, sacrificó niños a los ídolos, se violó la justicia más elemental con los pobres, no se cumplieron con las ofrendas al templo y los sacerdotes se las apropiaron. Sin embargo Dios continuó enviando profetas y castigos para que reflexionara y volviera. Por fin y tras setenta años de destierro, un resto al menos, le había aceptado como el único Dios de Israel y vuelto a su palabra, pero sin entender su misericordia. La soberbia iba a nublar su corazón para entender.

Vino Jesús y vino por amor, porque gracia sólo la concede el amor. “Porque tanto amó Dios al mundo –dice Jesús a Nicodemo– que le entregó a su Hijo único para que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; pero el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Hijo de Dios” (Jn 3,16-18). Es lo mismo que Pablo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí” (Ga 2,20).

Todos “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante su propia sangre, gracias a la fe”. Murió por nuestros pecados. Esta es la causa fundamental de la muerte de Jesús, no sus verdugos. El verdugo actúa en nombre de la sociedad. Los verdugos de Jesús actuaron en nombre de todos los hombres. “Se entrego a sí mismo por nuestros pecados” (Ga 1,4); “murió por nuestros pecados” (1Cor 15,3). Nadie tenía derecho alguno a que Dios Hijo se hiciera hombre, cargase con nuestros pecados como si hubieran sido suyos y con su obediencia hasta la muerte de cruz, de valor infinito, pues todo lo que hizo Jesús el Hijo de Dios es de valor infinito, pagase la factura de nuestra deuda. Es lo que llama la Escritura “sacrificio de propiciación” o “sacrificio por el pecado” (Lev 4; 16)

Y en definitiva esa salvación nos alcanza “gracias a la fe”. Es el arco de bóveda del edificio, sin el que todo lo anterior se destruye: La fe. Creer. “Hemos creído en el amor”. En definitiva sólo en el amor de Dios, sólo creyendo y aceptando su misericordia infinita es como nos hemos podido arrepentir y como podemos corregirnos de nuestros pecados, vivir alegres del amor de Dios y alcanzar las virtudes y las gracias, con las que seamos más santos y gocemos más de los favores sobrenaturales que vemos en muchos santos.

De aquí, entre otras cosas, la importancia de orar por nosotros mismos y por los pecadores. Como no se puede merecer, sólo se puede lograr por la oración humilde y repetida (porque repetir la oración es signo de que no se merece lo que se pide, sino de que se apela a la sola misericordia). Esta oración la puede hacer otra persona o el mismo pecador (pero téngase en cuenta de que la del mismo pecador es ya consecuencia de una gracia previa para orar).

No se trata de entender. Hay que creer lo que Dios ha revelado y la Iglesia enseña con infalibilidad. Esta es la luz, la fuente y la fuerza de la alegría cristiana: “Si Dios está con nosotros, ¿quién nos podrá en contra?”. “Nadie podrá separarnos del amor de Dios que vemos en Cristo Jesús” (Ro 8,31.39).

Homilías: Domingo 23 T.O. (A)

Lecturas: Ez 33,7-9; S. 94; Ro 13,8-10; Mt 18,15-20

No deber más que el amor
Homilía por el P.José R. Martínez Galdeano, S.J.


Comentamos el domingo pasado el principio general de la vida moral cristiana, que Pablo resume en hacer de la vida un culto a Dios, renovando la mente y buscando hacer siempre la voluntad de Dios.

A continuación concreta lo dicho en normas a tener en cuenta en las asambleas cristianas, antecesoras de nuestras eucaristías, y en lo que respecta al comportamiento como ciudadanos.

Una observación: Pablo no ha estado nunca en Roma, no es fundador de aquella comunidad, no la conoce en su concreción. Por eso no se refiere a problemas especiales de los creyentes de Roma; son comunes a otras comunidades; hoy ocurran cosas análogas en los grupos parroquiales. Luego toca la actitud respecto a las autoridades civiles. También era un problema común. Pablo escribe durante su tercer viaje apostólico, desde Corinto y probablemente hacia el año 57; en las comunidades de entonces hay fieles de origen judío y de origen pagano y pudieron darse posturas conflictivas por su postura ante la autoridad romana. En la de Roma se sabe ya de cristianos en buenos puestos de la administración del estado, otros eran esclavos o de clases bajas, otros eran de raza judía, con relaciones complicadas respecto al estado romano, pagano e idólatra. Sin embargo no han comenzado las persecuciones y Pablo ha tenido hasta ahora con los funcionarios estatales encuentros más bien positivos. Ciertamente aquellas autoridades paganas no eran precisamente santas. Sin embargo hay que respetarlas.

Termina con la perícopa que hemos escuchado y vamos a comentar. Viene a ser un resumen de lo anterior y norma general de la conducta moral cristiana: “A nadie le deban nada más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley”. Conocemos esta doctrina por el Evangelio. Aparece tantas veces. El amor es el alma de los mandamientos cristianos. No nos salgamos del mandamiento del amor, y del amor al prójimo. Sorprende que a Jesús no se le oye hablar del amor a Dios hasta muy avanzado el evangelio, en aquella respuesta al escriba: “¿Cuál es el primer mandamiento?”. Jesús responde: Lo escrito en la Ley: amarás a Dios con todo el corazón. Pero añade en seguida: El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se resumen la ley y los profetas” (v. Mt 22,36-40). Es lo mismo que con fórmulas variadas repite San Juan en su carta: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Nosotros amemos, porque Él –Dios– nos amó primero. Si alguno dice: amo a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. Pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,7-8.19-20).

Creer en Dios es creer en su amor y su misericordia para conmigo. El que cree en Dios, en Dios amor para Él, que ha enviado a su Hijo para salvarle, que le añadirá todo lo que sea necesario para lograrlo, se ve invitado llevado por el amor, que se abre y responde, del hijo al Padre. Y amar al Padre es amar a los hermanos. En resumen todo viene a reducirse al amor a los hermanos.

Habla del amor como de un “deber”: “A nadie le deban nada más que amor”. Amar para un cristiano no es moralmente libre, es una obligación; más aún es una obligación. Además no hay otra obligación: “Porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley”. Basta con amar. Los demás mandamientos no son otra cosa que formas distintas de practicar el amor: “De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». La prueba es clarísima. ¿Quién no ve que esas acciones no son un mal causado al esposo o esposa legítimos, a la víctima del asesinato o robo, un mal deseado para el que es envidiado?. Porque, así concluye: “Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera”.

Pero los mandatos negativos (“no cometerás adulterio, etc.) no agotan las obligaciones del amor (al que como virtud se designa como “caridad”). En las parábolas sobre el juicio final y el buen samaritano se habla de acciones positivas y como obligatorias: “Tuve hambre y me dieron de comer, etc” (Mt 25,35ss). En el acto de contrición al comienzo de la eucaristía pedimos perdón por pecados “de omisión”. Se trata de obras buenas que hemos dejado de hacer, normalmente obras de caridad, oportunidades de hacer el bien que hemos tenido “al paso”.

El sacramento de la penitencia es una gran arma para corregir nuestros defectos morales. Cuando vayan a confesar, es bueno que se pregunten no sólo por el mal, grande o pequeño, que hayan hecho o deseado para el prójimo. Pregúntense también si han hecho el bien al prójimo.

El amor es algo activo. El amor se adelanta a las obras, crea las ocasiones de expresarse. En la naturaleza la expresión mejor del amor la encontramos en el amor de la madre. La madre, amando al hijo, busca el bien del hijo, se alegra de su bien, le preocupa su daño. La madre no espera a que el hijo pida, se adelanta a mostrarle su cariño con sus besos, su compañía, el alimento que necesita, sus caricias y su sonrisa. En la madre el cariño actúa de continuo, no a ratos ni por intermitencias.

Cuando vayamos a confesar, examinemos cómo ha sido de fuerte y de constante nuestro amor al prójimo. A ese prójimo al que en general no tenemos que buscar: en la familia, la vecindad, el trabajo, el colegio o la universidad, la parroquia, la calle, el taxi o el microbús, y tanto etcétera. Se trata de un amor que hay que mostrar en obras, palabras y pensamientos. Se trata de una capacidad de amar que hay que defender ante tanto virus, tanta maledicencia. Se trata de un amor que hay que pedirlo a Dios como un don, porque así es; es un don que manifiesta que somos de veras seguidores de Jesús. Se trata de un amor que perdona setenta veces siete, que avisa con delicadeza de un pecado, como hemos visto en el texto del evangelio de hoy. Se trata de un amor que refleja nuestro amor a Dios, la seguridad de que Él nos ama; que no desaparece por el mal que se nos haga sino que vence el mal a base de bien. Que Dios conceda a todos este amor. Pidamos con frecuencia, pidiendo la intercesión de María, que nos sea concedido.

Homilías: Domingo 22 T.O. (A)

Lecturas: Jer 20,7-9; S. 62; Ro 12,1-2; Mt 16,21-27

Progresar en la vida de fe
Homilía por el P. José R. Martínez Galdeano s.j.

Con la breve perícopa (o fragmento de la Escritura), leída hoy, San Pablo comienza la parte final de su carta, que dedica a recomendaciones morales. Lo hace de modo normal. La fe estaría muerta si no tuviese incidencia moral en la vida (St 2,17). En la carta a los Romanos esta parte ocupa tres capítulos y medio. Se dedica el medio capítulo final a saludos de despedida a personas concretas, que son muchas, lo que llama la atención, pues San Pablo todavía no había estado en Roma.

La fe estaría muerta y no salvaría si no tiene consecuencias en el comportamiento moral (St 2,17). Ello es claro en la enseñanza de la Iglesia y en la Biblia misma, Antiguo y Nuevo Testamento, y lo saben ustedes muy bien. Hay que creer; pero no basta. “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,19-21). Por eso San Pablo, insistiendo tanto en la necesidad de creer en Jesucristo y en que nadie se salva sino por Cristo, termina sus cartas aplicando la fe a la vida moral.

“Los exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios”. Se siente “como un aborto, el último de los apóstoles, indigno del nombre de apóstol por haber perseguido a la Iglesia de Dios; mas por la gracia de Dios es el que es” (1Cor 15,8s). De todo lo que ha llegado a saber y experimentar de Dios, su misericordia es lo que más le conmueve y llega adentro. Y la verdad es que lo que más ha querido y quiere revelar Dios a los hombres a lo largo de la historia de la salvación y de la historia de cada uno, es su misericordia. “Señor, Señor, –exclamó Moisés en la experiencia de Dios más grande de su vida– Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado” (Ex 34,6-7). Esa conciencia de haber sido objeto de la misericordia de Dios es el gran fundamento sólido de la santidad. Es la perla preciosa de los grandes convertidos, como Pablo (estamos en el año paulino), Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Edith Stein y tantos más. Cuando ya ha llegado al seno de María y está a punto de aparecer en este mundo, canta María con entusiasmo que “el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de todas las generaciones” (Lc 1,49s). Repítanselo ustedes cada día, cada momento, cuando se ponen en oración, cuando vienen a misa: Yo soy objeto de esa misericordia; Dios me ha perdonado y me ha dado su gracia; he quedado limpio, libre, estoy vivo, soy hijo de Dios... por su misericordia. “Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios (esa gracia que es fruto de la misericordia) a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el mundo presente, aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Pues también nosotros fuimos en algún tiempo insensatos, desobedientes, descarriados, esclavos de toda suerte de pasiones y placeres, viviendo en malicia y envida, aborrecibles y aborreciéndonos unos a otros. Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración (el bautismo) y de renovación del Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros en gran cantidad por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados con su gracia, fuésemos hechos herederos, en esperanza, de vida eterna” (Tit 2,11-13; 3,3-7). ¿No es verdad que aun en este mundo nuestro destino es maravilloso?

No dudemos, pues, hermanos, “por la misericordia de Dios, en presentar nuestros cuerpos (Pablo entiende aquí por cuerpo la persona entera) como hostia viva, santa, agradable a Dios; sea éste su culto espiritual”. Es un lenguaje litúrgico, cultual. Recuerden que el bautismo nos ha consagrado a Dios. Somos personas sagradas, un pueblo –como dice San Pedro– sacerdotal y santo por la unión con Cristo y la presencia y comunicación del Espíritu Santo (1Pe 2,5.9). Nuestras obras buenas, hechas en gracia de Dios, no son meramente nuestras, son también de Dios, son fruto de su presencia en nuestra alma y de las virtudes teologales e infusas que nos comunica por el Espíritu Santo. Por eso, al hacerlas como Dios quiere, estamos reconociendo a Dios lo que es, el Señor, y le damos además el culto que se merece y pide. El Señor lo dice claramente en los profetas: “¿A mí qué tanto sacrificio vuestro? – dice el Señor –Harto estoy de carneros y la sangre de novillos no me agrada... Quiten sus crímenes de delante de mi vista, dejen de hacer el mal, aprendan a obrar el bien, busquen lo justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda” (Is 1,11.16-17). Este es el sacrificio que yo quiero. La gota de agua que en el ofertorio el celebrante mezcla con el vino representa nuestras buenas obras, que, unidas a Cristo, se convierten en sacrificio de Cristo, digno del Padre, lo mismo que el agua se convertirá en la sangre de Cristo con las palabras de la consagración. No olviden recordarlo en el ofertorio. El justo vive de la fe. Así la vida de cada uno de ustedes se convierte en obra de Cristo, en culto razonable, como Dios se lo merece, para gloria de Dios y salvación de los hombres. “Por Cristo, con Él y en Él a Ti, Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria”. No se trata sólo de la hostia y vino consagrados, sino de toda nuestra vida. Por eso todo el pueblo se une respondiendo: “amén”.

De esta forma la vida cuya calidad y valor supera con mucho a la meramente humana. Por eso “no se adapten a los criterios de este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable, lo perfecto”. En este mundo reinan la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la codicia de las riquezas (1Jn 2,16). No en vano le dijo el Demonio a Cristo: A mí se me ha dado el poder y la gloria de los reinos del mundo.

“Transfórmense”. Esto es la conversión a la santidad. La conversión perfecta que comienza con el impulso de la gracia de Dios, no continúa hasta su perfección sin la aceptación y colaboración de cada uno. Recuerden el ejemplo de enfermo. Solo no se cura. Necesita del médico. Pero es necesario que colabore y haga lo que él le diga. Por eso “transfórmense”. La purificación de la mente ha de continuar. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Quienes así se esfuerzan por ser mejores, purifican su alma y, como en un espejo limpio se refleja mejor la imagen y a través de un cristal limpio se ve con más claridad, así el corazón se va purificando con las buenas obras y va teniendo más capacidad para distinguir lo que Dios quiere, lo que en cada momento es lo bueno, lo que agrada a Dios y es lo mejor. La oración, los sacramentos, la Eucaristía, os han de ayudar a ello.