Catequesis del Papa sobre la Oración: 28, «Rezar en comunión con María»


 PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 24 de marzo de 2021

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la catequesis está dedicada a la oración en comunión con María, y tiene lugar precisamente en la vigilia de la solemnidad de la Anunciación. Sabemos que el camino principal de la oración cristiana es la humanidad de Jesús. De hecho, la confianza típica de la oración cristiana no tendría significado si el Verbo no se hubiera encarnado, donándonos en el Espíritu su relación filial con el Padre. Hemos escuchado, en la lectura, de esa reunión de los discípulos, a las mujeres pías y María, rezando, después de la Ascensión de Jesús: es la primera comunidad cristiana que espera el don de Jesús, la promesa de Jesús.

Cristo es el Mediador, el puente que atravesamos para dirigirnos al Padre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2674).  Es el único Redentor: no hay co-redentores con Cristo. Es el Mediador por excelencia, es el Mediador. Cada oración que elevamos a Dios es por Cristo, con Cristo y en Cristo y se realiza gracias a su intercesión. El Espíritu Santo extiende la mediación de Cristo a todo tiempo y todo lugar: no hay otro nombre en el que podamos ser salvados (cf. Hch 4,12). Jesucristo: el único Mediador entre Dios y los hombres.

De la única mediación de Cristo toman sentido y valor las otras referencias que el cristianismo encuentra para su oración y su devoción, en primer lugar a la Virgen María, la Madre de Jesús.

Ella ocupa en la vida y, por tanto, también en la oración del cristiano un lugar privilegiado, porque es la Madre de Jesús. Las Iglesias de Oriente la han representado a menudo como la Odighitria, aquella que “indica el camino”, es decir el Hijo Jesucristo. Me viene a la mente ese bonito cuadro antiguo de la Odighitria en la catedral de Bari, sencillo: la Virgen que muestra a Jesús, desnudo. Después le pusieron una camisa para cubrir esa desnudez, pero la verdad es que Jesús está retratado desnudo, a indicar que él, hombre nacido de María, es el Mediador. Y ella señala al Mediador: ella es la Odighitria. En la iconografía cristiana su presencia está en todas partes, y a veces con gran protagonismo, pero siempre en relación al Hijo y en función de Él. Sus manos, sus ojos, su actitud son un “catecismo” viviente y siempre apuntan al fundamento, el centro: Jesús. María está totalmente dirigida a Él (cf. CCE, 2674). Hasta el punto que podemos decir que es más discípula que Madre. Esa indicación, en las bodas de Caná: María dice “haced lo que Él os diga”. Siempre señala a Cristo; es la primera discípula.

Este es el rol que María ha ocupado durante toda su vida terrena y que conserva para siempre: ser humilde sierva del Señor, nada más. A un cierto punto, en los Evangelios, ella parece casi desaparecer; pero vuelve en los momentos cruciales, como en Caná, cuando el Hijo, gracias a su intervención atenta, realizó la primera “señal” (cf. Jn 2,1-12), y después en el Gólgota, a los pies de la cruz.

Jesús extendió la maternidad de María a toda la Iglesia cuando se la encomendó al discípulo amado, poco antes de morir en la cruz. Desde ese momento, todos nosotros estamos colocados bajo su manto, como se ve en ciertos frescos y cuadros medievales. También la primera antífona latina — Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei Genitrix: la Virgen que, como Madre a la cual Jesús nos ha encomendado, envuelve a todos nosotros; pero como Madre, no como diosa, no como corredentora: como Madre. Es verdad que la piedad cristiana siempre le da bonitos títulos, como un hijo a la madre: ¡cuántas cosas bonitas dice un hijo a la madre a la que quiere! Pero estemos atentos: las cosas bonitas que la Iglesia y los Santos dicen de María no quita nada a la unicidad redentora de Cristo. Él es el único Redentor. Son expresiones de amor como la de un hijo a su madre —algunas veces exageradas—. Pero el amor, nosotros lo sabemos, siempre nos hace hacer cosas exageradas, pero con amor.

Y así empezamos a rezarla con algunas expresiones dirigidas a ella, presentes en los Evangelios: “llena de gracia”, “bendita entre las mujeres” (cf. CCE, 2676s.). En la oración del Ave María pronto llegaría el título “Theotokos”, “Madre de Dios”, ratificado por el Concilio de Éfeso. Y, análogamente y como sucede en el Padre Nuestro, después de la alabanza añadimos la súplica: pedimos a la Madre que ruegue por nosotros pecadores, para que interceda con su ternura, “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Ahora, en las situaciones concretas de la vida, y en el momento final, para que nos acompañe —como Madre, como primera discípula— en el paso a la vida eterna.

María está siempre presente en la cabecera de sus hijos que dejan este mundo. Si alguno se encuentra solo y abandonado, ella es Madre, está allí cerca, como estaba junto a su Hijo cuando todos le habían abandonado.

María ha estado presente en los días de pandemia, cerca de las personas que lamentablemente han concluido su camino terreno en una condición de aislamiento, sin el consuelo de la cercanía de sus seres queridos. María está siempre allí, junto a nosotros, con su ternura materna.

Las oraciones dirigidas a ella no son vanas. Mujer del “sí”, que ha acogido con prontitud la invitación del Ángel, responde también a nuestras súplicas, escucha nuestras voces, también las que permanecen cerradas en el corazón, que no tienen la fuerza de salir pero que Dios conoce mejor que nosotros mismos. Las escucha como Madre. Como y más que toda buena madre, María nos defiende en los peligros, se preocupa por nosotros, también cuando nosotros estamos atrapados por nuestras cosas y perdemos el sentido del camino, y ponemos en peligro no solo nuestra salud sino nuestra salvación. María está allí, rezando por nosotros, rezando por quien no reza. Rezando con nosotros. ¿Por qué? Porque ella es nuestra Madre.



Tomado de:
http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2021/documents/papa-francesco_20210324_udienza-generale.html


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Catequesis del Papa sobre la Oración: 27, «La oración y la Trinidad. 2»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 17 de marzo de 2021

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy completamos la catequesis sobre la oración como relación con la Santísima Trinidad, en particular con el Espíritu Santo.

El primer don de toda existencia cristiana es el Espíritu Santo. No es uno de los muchos dones, sino el Don fundamental. El Espíritu es el don que Jesús había prometido enviarnos. Sin el Espíritu no hay relación con Cristo y con el Padre. Porque el Espíritu abre nuestro corazón a la presencia de Dios y lo atrae a ese “torbellino” de amor que es el corazón mismo de Dios. Nosotros no somos solo huéspedes y peregrinos en el camino en esta tierra, somos también huéspedes y peregrinos en el misterio de la Trinidad. Somos como Abrahán, que un día, acogiendo en su tienda a tres viajeros, encontró a Dios. Si podemos en verdad invocar a Dios llamándolo “Abbà - Papá”, es porque en nosotros habita el Espíritu Santo; es Él quien nos transforma en lo profundo y nos hace experimentar la alegría conmovedora de ser amados por Dios como verdaderos hijos. Todo el trabajo espiritual dentro de nosotros hacia Dios lo hace el Espíritu Santo, este don. Trabaja en nosotros para llevar adelante nuestra vida cristiana hacia el Padre, con Jesús.

El Catecismo, al respecto, dice: «Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al camino de la oración. Puesto que Él nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante» (n. 2670). Esta es la obra del Espíritu en nosotros. Él nos “recuerda” a Jesús y lo hace presente en nosotros —podemos decir que es nuestra memoria trinitaria, es la memoria de Dios en nosotros— y lo hace presente en Jesús, para que no se reduzca a un personaje del pasado: es decir, el Espíritu trae al presente a Jesús en nuestra conciencia. Si Cristo estuviera tan solo lejano en el tiempo, nosotros estaríamos solos y perdidos en el mundo. Sí, recordaremos a Jesús, allí, lejano, pero es el Espíritu que lo trae hoy, ahora, en este momento en nuestro corazón. Pero en el Espíritu todo es vivificado: a los cristianos de todo tiempo y lugar se les abre la posibilidad de encontrar a Cristo. Está abierta la posibilidad de encontrar a Cristo no solamente como un personaje histórico. No: Él atrae a Cristo en nuestros corazones, es el Espíritu quien nos hace encontrarnos con Cristo. Él no está distante, el Espíritu está con nosotros: Jesús todavía educa a sus discípulos transformando su corazón, como hizo con Pedro, con Pablo, con María Magdalena, con todos los apóstoles. ¿Pero por qué está presente Jesús? Porque es el Espíritu quien lo trae en nosotros.

Es la experiencia que han vivido muchos orantes: hombres y mujeres que el Espíritu Santo ha formado según la “medida” de Cristo, en la misericordia, en el servicio, en la oración, en la catequesis… Es una gracia poder encontrar personas así: nos damos cuenta que en ellos late una vida diferente, su mirada ve “más allá”. No pensemos solo en los monjes, los eremitas; se encuentran también entre la gente común, gente que ha tejido una larga vida de diálogo con Dios, a veces de lucha interior, que purifica la fe. Estos testigos humildes han buscado a Dios en el Evangelio, en la Eucaristía recibida y adorada, en el rostro del hermano en dificultad, y custodian su presencia como un fuego secreto.

La primera tarea de los cristianos es precisamente mantener vivo este fuego, que Jesús ha traído a la tierra (cf. Lc 12,49), ¿y cuál es este fuego? Es el amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Sin el fuego del Espíritu las profecías se apagan, la tristeza suplanta la alegría, la costumbre sustituye al amor, el servicio se transforma en esclavitud. Viene a la mente la imagen de la lámpara encendida junto al tabernáculo, donde se conserva la Eucaristía. También cuando la iglesia se vacía y cae la noche, también cuando la iglesia está cerrada, esa lámpara permanece encendida, continúa ardiendo: no la ve nadie, pero arde ante el Señor. Así es el Espíritu en nuestro corazón, está siempre presente como esa lámpara.

Encontramos también escrito en el Catecismo: «El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos. En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia» (n. 2672). Muchas veces sucede que nosotros no rezamos, no tenemos ganas de rezar o muchas veces rezamos como loros con la boca pero el corazón está lejos. Este es el momento de decir al Espíritu: “Ven, ven Espíritu Santo, calienta mi corazón. Ven y enséñame a rezar, enséñame a mirar al Padre, a mirar al Hijo. Enséñame cómo es el camino de la fe. Enséñame cómo amar y sobre todo enséñame a tener una actitud de esperanza”. Se trata de llamar al Espíritu continuamente para que esté presente en nuestras vidas.

Es por tanto el Espíritu quien escribe la historia de la Iglesia y del mundo. Nosotros somos páginas abiertas, disponibles a recibir su caligrafía. Y en cada uno de nosotros el Espíritu compone obras originales, porque no habrá nunca un cristiano completamente idéntico a otro. En el campo infinito de la santidad, el único Dios, Trinidad de Amor, hace florecer la variedad de los testigos: todos iguales por dignidad, pero también únicos en la belleza que el Espíritu ha querido que se irradiase en cada uno de aquellos que la misericordia de Dios ha hecho sus hijos. No lo olvidemos, el Espíritu está presente, está presente en nosotros. Escuchemos al Espíritu, llamemos al Espíritu —es el don, el regalo que Dios nos ha hecho— y digámosle: “Espíritu Santo, yo no sé cómo es tu rostro – no lo conocemos - pero sé que tú eres la fuerza, que tú eres la luz, que tú eres capaz de hacerme ir adelante y de enseñarme cómo rezar. Ven Espíritu Santo”. Una bonita oración esta: “Ven, Espíritu Santo”.

 

Tomado de:
http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2021/documents/papa-francesco_20210317_udienza-generale.html


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Catequesis del Papa sobre la Oración: 26, «La oración y la Trinidad. 1»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 3 de marzo de 2021

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro camino de catequesis sobre la oración, hoy y la próxima semana queremos ver cómo, gracias a Jesucristo, la oración nos abre de par en par a la Trinidad —al Padre, al Hijo y al Espíritu—, al mar inmenso de Dios que es Amor. Jesús es quien nos ha abierto el Cielo y nos ha proyectado en la relación con Dios. Ha sido Él quien ha hecho esto: nos ha abierto esta relación con el Dios Trino: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es lo que afirma el apóstol Juan, en la conclusión del prólogo de su Evangelio: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (1,18). Jesús nos ha revelado la identidad, esta identidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nosotros realmente no sabíamos cómo se podía rezar: qué palabras, qué sentimientos y qué lenguajes eran apropiados para Dios. En esa petición dirigida por los discípulos al Maestro, que a menudo hemos recordado durante estas catequesis, está todo el tanteo del hombre, sus repetidos intentos, a menudo fracasados, de dirigirse al Creador: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1).

No todas las oraciones son iguales, y no todas son convenientes: la Biblia misma nos atestigua el mal resultado de muchas oraciones, que son rechazadas. Quizá Dios a veces no está contento con nuestras oraciones y nosotros ni siquiera nos damos cuenta. Dios mira las manos de quien reza: para hacerlas puras no es necesario lavarlas, si acaso es necesario abstenerse de acciones malvadas. San Francisco rezaba: «Nullu homo ène dignu te mentovare», es decir “ningún hombre es digno de nombrarte” (Cántico del hermano sol).

Pero quizá el reconocimiento más conmovedor de la pobreza de nuestra oración floreció de la boca de ese centurión romano que un día suplicó a Jesús que sanara a su siervo enfermo (cf. Mt 8,5-13). Él se sentía completamente inadecuado: no era judío, era oficial del odiado ejército de ocupación. Pero la preocupación por el siervo le hace osar, y dice: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (v. 8). Es la frase que también nosotros repetimos en cada liturgia eucarística. Dialogar con Dios es una gracia: nosotros no somos dignos, no tenemos ningún derecho que reclamar, nosotros “cojeamos” con cada palabra y cada pensamiento… Pero Jesús es la puerta que nos abre a este diálogo con Dios.

¿Por qué el hombre debería ser amado por Dios? No hay razones evidentes, no hay proporción… Tanto es así que en gran parte de las mitologías no está contemplado el caso de un dios que se preocupe por las situaciones humanas; es más, estas son molestas y aburridas, completamente insignificantes. Recordemos la frase de Dios a su pueblo, repetida en el Deuteronomio: “Piensa, ¿qué pueblo tiene a sus dioses cerca de sí, como vosotros me tenéis a mí cerca de vosotros?”. ¡Esta cercanía de Dios es la revelación! Algunos filósofos dicen que Dios puede pensar solo en sí mismo. En todo caso, somos los humanos los que intentamos impresionar a la divinidad y resultar agradables a sus ojos. De aquí el deber de “religión”, con la procesión de sacrificios y devociones a ofrecer continuamente para congraciarse con un Dios mudo, un Dios indiferente. No hay diálogo. Solo ha sido Jesús, solo ha sido la revelación de Dios antes de Jesús a Moisés, cuando Dios se presentó; solo ha sido la Biblia la que nos ha abierto el camino del diálogo con Dios. Recordemos: “¿Qué pueblo tiene a sus dioses cerca de sí como tú me tienes a mí cerca de ti?”. Esta cercanía de Dios que nos abre al diálogo con Él.

Un Dios que ama al hombre, nosotros nunca hubiéramos tenido la valentía de creerlo, si no hubiéramos conocido a Jesús. El conocimiento de Jesús nos ha hecho entender esto, nos ha revelado esto. Es el escándalo que encontramos grabado en la parábola del padre misericordioso, o en la del pastor que va en busca de la oveja perdida (cfr Lc 15). Historias de este tipo no hubiéramos podido concebirlas, ni siquiera comprenderlas, si no hubiéramos encontrado a Jesús. ¿Qué Dios está dispuesto a morir por los hombres? ¿Qué Dios ama siempre y pacientemente, sin pretender ser amado a cambio? ¿Qué Dios acepta la tremenda falta de reconocimiento de un hijo que pide un adelanto de la herencia y se va de casa malgastando todo? (cf. Lc 15,12-13).

Es Jesús que nos revela el corazón de Dios. Así Jesús nos cuenta con su vida en qué medida Dios es Padre. Tam Pater nemo: Nadie es Padre cómo Él. La paternidad que es cercanía, compasión y ternura. No olvidemos estas tres palabras que son el estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura. Es el modo de expresar su paternidad con nosotros. Nosotros imaginamos con dificultad y muy de lejos el amor del que la Santísima Trinidad está llena, y qué abismo de mutua benevolencia existe entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los iconos orientales nos dejan intuir algo de este misterio que es el origen y la alegría de todo el universo.

Sobre todo, estaba lejos de nosotros creer que este amor divino se expandiría, alcanzando nuestra orilla humana: somos el fin de un amor que no tiene igual en la tierra. El Catecismo explica: «La santa humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre» (n. 2664). Y esta es la gracia de nuestra fe. Realmente no podíamos esperar vocación más alta: la humanidad de Jesús —Dios se ha hecho cercano en Jesús— ha hecho disponible para nosotros la vida misma de la Trinidad, ha abierto, ha abierto de par en par esta puerta del misterio del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.



Tomado de:
http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2021/documents/papa-francesco_20210303_udienza-generale.html


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Homilías: Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia - Domingo 2º Pascua (B)

 


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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita.




Domingo II Pascua. Ciclo B - Jesús resucitado se aparece a sus apóstoles


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P. Adolfo Franco, jesuita

Lectura del santo evangelio según san Juan (20, 19-31)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.

Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor


Jesús resucitado trae dones a sus discípulos para el bien de la Iglesia: la paz, el perdón y el Espíritu Santo

El Evangelio de hoy nos narra una de las apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles, cuando estaban escondidos en una casa. Tenían miedo de que los enemigos de Jesús los buscasen también a ellos. Estaban muy lejos de pensar en que Cristo hubiera resucitado y que con su triunfo hubiera disipado los temores y los miedos de ellos y de todos nosotros. Esta actitud de tristeza, miedo o simplemente cerrazón, es la que tuvieron invariablemente todos los que fueron testigos presenciales de la resurrección; y así providencialmente nos hicieron más creíble su testimonio.

En esas circunstancias se les aparece Jesús resucitado y les trae el don de la Paz, el don del Espíritu, y el don del perdón de los pecados. Y es que de la resurrección de Jesús manan en abundancia la plenitud de los dones de Dios; con la muerte y resurrección de Cristo nuestra salvación se ha cumplido. Y esa salvación se nos va otorgando a través de los dones maravillosos de Dios: la Paz, el Espíritu Santo, el perdón de los pecados.

Es importante reflexionar, bajo la luz de la resurrección, en estos dones de Dios, y en particular en el perdón. Pues el perdón de los pecados es especialmente participación en la resurrección: es la renovación de la nueva creación que el triunfo de Cristo viene a operar en los hombres. El perdón de los pecados es resurrección personal; cuando, en el sacramento de la reconciliación se nos perdonan los pecados, pasamos de la muerte a la vida.

Jesús vincula definitivamente su perdón a la potestad de los apóstoles: ellos serán los intermediarios del perdón: "A quienes les perdonen Uds. los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 23). Queda establecida la condición del perdón que nos otorga Dios; los apóstoles son el camino del perdón de Dios. Y quedan descalificados los que piensan que pueden saltarse el camino para confesarse directamente con Dios.  Dios es el que puede perdonar, y el que nos ha manifestado cómo concede su perdón.

En segundo lugar, vincula el perdón a la resurrección. Esta vinculación surge porque Jesucristo al morir y resucitar queda convertido en la fuente de la redención. Todo lo que es salvación del hombre nos viene por el misterio pascual; y el perdón de los pecados es elemento esencial de nuestra salvación.

Además, ser perdonado es de alguna forma insertarse en la resurrección de Cristo: "Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba" (Col 3, 1). El efecto que obra el sacramento de la reconciliación es no sólo purificarnos de las faltas, liberarnos de las consecuencias del pecado, es devolverle a nuestro ser una novedad sin mancha (que resucite lo muerto en nosotros), y hacernos aspirar a los bienes de arriba, como dice San Pablo en su Carta a los Colosenses: tener aspiraciones elevadas. La resurrección debe iluminar el mundo, los sucesos y los valores, y les da a todos un nuevo sentido. Los valores humanos, por la Resurrección de Cristo, tienen una jerarquía diferente de la puramente lógica y racional; y así nos empuja a aspiraciones superiores, a una forma diferente de juzgar nuestro entorno, nuestras aspiraciones y nuestros ideales.

El sacramento de la reconciliación nos va ayudando a una transformación paulatina, a la que nos indica la resurrección, a tener aspiraciones mayores, a superar las metas mediocres: sacar de nosotros las potencialidades más hermosas: intentar llegar a ser, lo que íntimamente soñamos con ser. Es vincularnos a la resurrección como actitud personal. Por eso este sacramento es establecido en el primer día de Pascua. Y así sus frutos van más allá de la simple limpieza de los pecados.

Y si hemos recibido el don del perdón, nuestra transformación debe empujarnos a ser personas que testimonian el perdón y que saben perdonar. Y es que lo que hacemos, al no perdonar, es negar en nosotros el fruto de la resurrección. Así seremos testigos de la resurrección que nos llega a través del sacramento. Así proclamaremos que Cristo ha resucitado. Si somos testigos de la resurrección por el perdón recibido, debemos transmitir a otros esta experiencia, perdonando de corazón.



Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.


 





Conferencias Espirituales - P. José María Iraburu

Compartimos los enlaces a la página de INFOCATÓLICA, donde encontramos los audios de las Conferencias Espirituales del P. José María Iraburu, la espiritualidad es una dimensión de la vida cristiana muy importante y esperamos que los temas presentados ayuden a alimentar la espiritualidad de nuestros lectores. El P. Iraburu nos dice sobre esta serie "Forma su conjunto una Síntesis de espiritualidad católica, en la que expongo todos o casi todos los temas principales de los manuales clásicos de Ascética y mística o de Teología Espiritual. Ciertamente son temas de suma importancia para nuestra propia vida y nuestra acción apostólica."Acceda al ÍNDICE de los enlaces a InfoCatólica de las Conferencias AQUÍ.

Homilías: Domingo de Resurrección (B) - ¡Hemos resucitado con Cristo!



AQUÍ acceda a la homilía de nuestro Director

P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita.



Domingo de Resurrección. Ciclo B - La Pascua del Señor


Escuchar AUDIO o descargar en MP3


P. Adolfo Franco, jesuita

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor


Cristo ha resucitado. Transmitamos su alegría.

La resurrección de Jesús es el hecho central de la vida cristiana y de la salvación. Jesús mismo lo propone muchas veces como la gran señal de la autenticidad de su persona y de su mensaje. Es la culminación del plan de Dios. En la resurrección de Cristo se manifiesta el proyecto cabal de Dios sobre el hombre.

Pero ¿qué es la resurrección? Es importante responder a esta pregunta, para saber qué es lo que estamos celebrando. Y por otra parte es muy difícil responder a esta pregunta ¿qué es la resurrección? Pero, aunque sea difícil la respuesta, vale la pena esbozar al menos algunas ideas. 

Normalmente hablamos de la resurrección como de una recuperación de la vida, que se ha interrumpido. Un ser que estaba muerto, por el toque de la resurrección, vuelve a recuperar su vida tal como la tenía antes. Y de hecho este tipo de resurrección es el que devolvió la vida a Lázaro, y a otros revividos milagrosamente por la acción de Dios. Es legítimo hablar de resurrección en este sentido. Pero no es la Resurrección fundamental, aquella a la que todos estamos llamados por el plan de Dios. No es esa la Resurrección de Cristo. 

Y esto, entre otras razones, porque el Resucitado de la resurrección definitiva, ya no puede volver a morir, en cambio Lázaro resucitó, pero volvió a morir. Podríamos distinguir así entre resurrección temporal y resurrección definitiva. La primera es la de Lázaro, la segunda es la de Jesús y la que nos espera a nosotros. Y sobre ésta hay que reflexionar. 

En la resurrección recuperamos la vida en plenitud, no la vida defectuosa de antes, y la recuperamos incluso con su componente corporal. Esta resurrección es recuperar la vida, pero en otras dimensiones, superando totalmente todo lo que pudiéramos imaginar. Entre el sujeto antes de morir, y el sujeto resucitado hay una verdadera identidad, es el mismo sujeto en su esencia, el que vivía la vida mortal y el que vive ahora la vida ya inmortal. Pero, aunque sea en verdad el mismo sujeto, ha habido una transformación radical. Por poner un ejemplo, al que a veces se recurre al hablar de esto, el gusano de seda y la mariposa que sale del capullo después de unas semanas, es el mismo ser, pero evidentemente no es lo mismo un gusano que una mariposa.

Hay que profundizar por tanto en la modificación que se produce por el hecho de la resurrección, para entender, o al menos vislumbrar lo que es la resurrección. El ser resucitado es ya totalmente y esencialmente luz: imaginemos nuestra persona con todos sus poros, todas sus células irradiando luz. Imaginemos nuestro ser con todas sus ilusiones colmadas en plenitud. Imaginemos un sujeto totalmente sin sombras, sin limitaciones de debilidad, con un corazón que es un volcán de amor. Un sujeto que es bueno hasta en los más recónditos escondites de su ser, que ama con la fuerza de un huracán, y que sabe comprender. Que se acerca a la verdad y la absorbe y la posee en totalidad, sin errores ni dudas. Pues cuando podamos imaginar un ser en estas condiciones, nos hemos acercado un poco, pero aún estamos muy lejos de captar lo que es un Resucitado.

Esto es lo que hoy celebramos en Jesús, y por eso nos llenamos de alegría por El, principalmente, pero también por nosotros. Jesús ha culminado con su resurrección todo el proceso de la redención. Ya la humanidad ha sido restaurada; el plan inicial de Dios ha sido otra vez rehecho, aunque de una forma mejor. La puerta de la resurrección para nosotros ha quedado abierta. Y para que esta resurrección de Jesús nos vaya invadiendo a cada uno, para que la hagamos nuestra, nos ha dejado un camino, unas señales, unas actuaciones de su presencia bendita y restauradora: los sacramentos. Esos sacramentos son los espacios que Dios nos ofrece ahora para nuestra vida, para que en ellos vivamos la luz, la alegría y la salvación de la resurrección.

Además, con la resurrección de Cristo nuestra fe tiene un fundamento sólido; San Pablo decía: Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Pero efectivamente ha resucitado, por tanto, todo lo que ha enseñado es verdad, nuestra Iglesia es su Iglesia, es su Cuerpo Místico. Como Cristo en verdad ha resucitado, la Biblia es de verdad Palabra de Dios. Como Cristo ha resucitado, somos de verdad hijos de Dios. Como es verdad que Cristo ha resucitado, es posible el perdón de nuestros pecados; esto es de verdad. Como es verdad la Resurrección de Cristo, nuestra oración llega hasta nuestro Padre, que siempre nos escucha. Por Cristo resucitado tenemos camino hacia la Verdad, hacia la Vida, y hacia el Amor.

Alegrémonos con la Resurrección de Cristo, y que esta alegría esté siempre presente en nuestra vida. Que así le demos su verdadero sentido a esa palabra Aleluya que repetimos en estos días tantas veces.




Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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VIGILIA PASCUAL

 


Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.

Pregón Pascual


Semana Santa: Vigilia Pascual

La Semana Santa: Vigilia Pascual y Domingo de Resurrección







Reflexiones sobre Semana Santa - P. Gerardo Aste, jesuita - Video


Reflexiones sobre Semana Santa

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Reflexiones diarias del Evangelio

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