Segunda venida de nuestro Señor Jesucristo



P. Adolfo Franco, jesuita.

DOMINGO XXXIII
del Tiempo Ordinario

Marcos 13, 24-32

«Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre viniendo entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Parábola de la higuera. «De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo; sólo el Padre.
Palabra del Señor.

El evangelio nos enseña que Jesús es la meta de toda la historia y de la nuestra.

Estos discursos sobre el fin del mundo, que también los hay en el evangelio de San Mateo y de San Lucas, producen una cierta curiosidad que llega a la fascinación: parecería que quieren describir el espectáculo de la catástrofe cósmica. Algo parecido ocurre con el Apocalipsis. Y en todos los casos, eso de la catástrofe cósmica es sencillamente una mala interpretación de los textos sagrados, por fijarnos más en los símbolos que en el mensaje.

¿Y cuál es el mensaje de estos textos, y en particular en el de San Marcos que hoy leemos? Este párrafo del Evangelio de San Marcos pretende darnos una lección sobre el sentido de la historia humana: la Historia Humana es una Historia de Salvación. Y ésta es la única perspectiva apropiada para interpretar la historia de los pueblos y nuestra propia historia.

Lo mismo que el origen del mundo hay que interpretarlo correctamente desde la lección que nos da el Génesis, así el final del mundo hay que interpretarlo desde esta lección contenida en el discurso que nos narra San Marcos. En el comienzo del mundo está la Presencia de Dios, que se cernía sobre las aguas, y enseguida se escucha su voz creadora. Es el verdadero sentido del origen del mundo. La Biblia narra todo esto a través de los siete días de la creación. Pero los hechos científicos que ocurren cuando Dios da el impulso creador son: el big bang y la evolución consiguiente. Pero estos hechos científicos innegables son sólo los acontecimientos: pero su sentido profundo son las palabras del Génesis: que Dios existía desde siempre y que se decidió a crear con sólo su poder.

Lo mismo pasa con el fin del mundo: la catástrofe cósmica (que puede ser sólo un símbolo) es el hecho: la venida del Hijo del Hombre es su sentido. Es la glorificación final del Hijo, y el Juicio final de los Hombres y de las Naciones.

Así la historia del mundo es una historia de amor de Dios con el mundo, que empieza con la Creación y termina en la Glorificación de Jesús. Y toda la suma de hechos y acontecimientos entre estos dos extremos, son pasos dados en esta dirección. Y así adquieren su verdadera significación. Los hechos de la historia humana, desde los primeros hasta los últimos son como las cuentas de un rosario, que deben estar unidos para que sean un rosario, si no, serían simples cuentas dispersas. La presencia de Dios en estos hechos de nuestra historia, desde el principio hasta el fin, es lo que da sentido a esa historia La historia es la marcha de la humanidad desde la creación hasta esa manifestación gloriosa de Jesucristo, donde todo será juzgado por Dios. Y allí todos seremos convocados: todo lo que pasó en el mundo tendrá su juicio.

Muchas veces pensamos la historia humana, como si fuera cosa sólo de los hombres; y es una forma de verla, pero es una forma incompleta. La vemos como una suma de sucesos, de guerras, de países, de construcciones, de civilizaciones que surgen y desaparecen. Y como resultado de todo ello, y como huellas de todo lo que ha pasado, las ruinas, las obras de arte, los monumentos del pasado. Y frecuentemente sólo entendemos así la Historia como un relato de hechos humanos. Y este párrafo del Evangelio que estamos meditando nos ilumina para que  entendamos esta Historia como un camino, que se desarrolla por todas las etapas que se han vivido, por las que se viven en la actualidad y por las que se vivirán en el futuro; un camino que tiene a Dios como su principio y tiene a Dios como su término.

No sólo la Historia de la humanidad tiene ese sentido; también la nuestra, la de cada uno: es una suma de acontecimientos que tienen a Dios en su comienzo y a Dios también en su término.

Vista así la historia (la de la humanidad en general y la nuestra en particular), nos da un mensaje: hay que estar preparados y confiar. Dos mensajes: la preparación y la esperanza. Hay que estar preparados, y hay que saber dirigirse hacia ese acontecimiento final, con la alegría del encuentro con Dios. La preparación, con una vida recta y pura a la que Cristo nos impulsa, debe ser permanente, porque no sabemos el día ni la hora. Esa incertidumbre del momento, nos incita a estar preparados siempre. No podemos ser descuidados, porque el hecho final (especialmente el personal), puede darse cuando menos lo pensemos. Jesús lo que quiere es que estemos todos los días, cada día, como nos gustaría que nos encuentre el momento final.

Y además de esta actitud de preparación, nos abre a la esperanza. Tener en el corazón una firme convicción, nacida de la certeza de lo que va a venir. Es verdad, que yo no sé cuándo va a ocurrir, pero si sé cierto lo que va a ocurrir. Ese juicio final, esa glorificación del Hijo del Hombre, esa convocatoria al juicio, hecha para todos los hombres, eso es algo real, y hacia lo que se encamina mi vida. Cuando se tiene ante la vista cuál es el fin hacia el cual caminamos, sabremos caminar mejor. La esperanza nos mantiene alerta y nos ayuda a saber por dónde caminar, para llegar adecuadamente al punto de la cita con Dios.

Esto por otra parte es lo más real de la vida, del fin y de la historia. No tener presente esta perspectiva es perdernos en los detalles, que por importantes que nos parezcan, en comparación de esta visión, no serían más que pequeños detalles.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Los Orígenes: El Levítico



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.

EL LIBRO DEL LEVÍTICO

No parece ser éste un libro para leer, pero sirve como referencia para entender algo del esfuerzo tenaz de Israel por evitar la influencia agobiante de las culturas religiosas dominantes en Egipto y Canaán. El matrimonio entre hermanos era normal en Egipto. Las regulaciones y normas que aparecen en el Levítico sobre la maternidad y el nacimiento de los hijos pretendían frenar la perversión sexual, la prostitución sagrada y el sacrificio de los niños, tan propiciados por los cultos cananeos.

Las reglamentaciones sobre los alimentos puros e impuros tenían el propósito de aclarar y evitar la confusión de sus sacrificios a Yahvéh con los ritos idolátricos de los egipcios. La memoria y el recuerdo de la esclavitud padecida inspira las instrucciones en favor de los pobres en tiempo de recolección y cosecha, en proveer a quienes nada tienen, en honrar a los ancianos y en dar ejemplo de solidaridad, respeto y justicia en la relación con los demás. Las leyes morales iban así adquiriendo un valor de permanencia, pero muchas de las civiles y las más rituales fueron consideradas de hecho como temporales y ligadas a revisión y a un necesario cambio posterior.

Conforme a la concepción actual occidental lo puro-impuro está estrechamente relacionado con lo moral-inmoral. Para la mentalidad israelita se daba una diferencia sustancial. Puro-impuro se vinculaba más en particular con el abismal contraste de lo sagrado-profano. Y sagrado era lo que se pone en contacto con la santidad de Yahvéh. ¡Sólo Dios es santo! De ordinario, evitaban el pronunciar su nombre en señal de respeto. Lo sagrado en su esencia “pertenecía” a Dios. “No te acerques aquí; quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3,5).

SIENDO JUEZ NO HAGAS INJUSTICIA, NI POR FAVOR DEL POBRE, NI POR RESPETO AL GRANDE: CON JUSTICIA JUZGARÁS A TU PRÓJIMO. NO ANDES DIFAMANDO ENTRE LOS TUYOS; NO DEMANDES CONTRA LA VIDA DE TU PRÓJIMO. YO, YAHVÉH. NO ODIES EN TU CORAZÓN A TU HERMANO, PERO CORRIGE A TU PRÓJIMO, PARA QUE NO TE CARGUES CON PECADO POR SU CAUSA. NO TE VENGARÁS NI GUARDARÁS RENCOR CONTRA LOS HIJOS DE TU PUEBLO. AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TÍ MISMO. YO, YAHVÉH. (Lv 19,15-18)

CUANDO UN FORASTERO RESIDA JUNTO A TÍ, EN VUESTRA TIERRA, NO LE MOLESTÉIS. AL FORASTERO QUE RESIDE JUNTO A VOSOTROS, LE MIRARÉIS COMO A UNO DE VUESTRO PUEBLO Y LO AMARÁS COMO A TÍ MISMO; PUES FORASTEROS FUISTEIS VOSOTROS EN LA TIERRA DE EGIPTO. YO, YAHVÉH, VUESTRO DIOS. (Lv 19,33-3*)


Guía del Libro del Levítico

(1,1-7,38)
• Leyes sobre los sacrificios. • Los holocaustos. • Las ofrendas. • Sacrificios pacíficos. • Sacrificios expiatorios. • Sacrificios de reparación. • Ritual de los sacrificios.

(8,1-10,20)
• La investidura de los sacerdotes. • Consagración. • Ofrenda de los sacrificios. • Entrada en funciones. • Falta de los hijos de Aarón. • Reglas complementarias.

(11,1-16,34)
• Pureza legal. • Animales puros e impuros. • Purificación de la mujer que da a luz. • La lepra y su purificación. • Impurezas sexuales. • El gran día de la expiación.

(17,1-25,55)
• La ley de santidad. • Sobre los sacrificios. • Sobre la honestidad matrimonial. • Deberes religiosos y sociales. • Sanciones. • Santidad del sacerdocio. • Acerca de los manjares sagrados. • Calendario de fiestas. • Prescripciones rituales complementarias. • Blasfemia y ley del Talión. • Años santos.

(26,1-27,34)
• Promesas y amenazas. • Reconciliación y salvación. • Apéndice: aranceles y tasaciones.

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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Catequesis sobre los mandamientos, 13: "No digas falso testimonio"



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 14 de noviembre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy afrontaremos la Octava Palabra del Decálogo: «No darás testimonio falso contra tu prójimo». Este mandamiento —dice el Catecismo— «prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo» (n. 2464). Vivir de comunicaciones no auténticas es grave porque impide las relaciones recíprocas y por tanto, impide el amor. Donde hay mentira no hay amor, no puede haber amor. Y cuando hablamos de comunicación entre las personas entendemos no solo las palabras, sino también los gestos, los comportamientos, incluso los silencios y las ausencias. Una persona habla con todo lo que es y lo que hace. Todos nosotros estamos en comunicación, siempre. Todos nosotros vivimos comunicando y estamos continuamente en vilo entre la verdad y la mentira.
Pero, ¿qué significa decir la verdad? ¿Significa ser sinceros? ¿O exactos? En realidad, esto no basta, porque se puede estar sinceramente equivocado, o se puede ser precisos en el detalle pero sin captar el sentido del conjunto. A veces nos justificamos diciendo: «Pero yo he dicho lo que sentía». Sí, pero has extremado tu punto de vista. O: «he dicho completamente la verdad». Puede ser, pero has revelado hechos personales o reservados. Cuantas habladurías destruyen la comunión por inoportunidad o falta de delicadeza. Es más, las habladurías matan y esto lo dice el apóstol Santiago en su Carta. El chismoso, la chismosa son gente que mata: mata a los demás, porque la lengua mata como un cuchillo. ¡Tened cuidado! Un chismoso o una chismosa es un terrorista, porque con su lengua lanza la bomba y se va tranquilo, pero lo que dice, esa bomba lanzada, destruye la fama del prójimo. No lo olvidéis: decir habladurías es matar. Pero entonces: ¿qué es la verdad? Esta es la pregunta hecha por Pilatos, justo mientras Jesús, frente a él, realizaba el octavo mandamiento (cf. Juan 18, 38). De hecho, las palabras «No darás testimonio falso contra tu prójimo» pertenecen al lenguaje forense. Los Evangelios culminan en el relato de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús; y este es el relato de un proceso, de la ejecución de la sentencia y de una consecuencia inaudita.

Interrogado Pilatos, Jesús dice: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Juan18, 37). Y este «testimonio» Jesús lo da con su pasión, con su muerte. El evangelista Marcos narra que «el centurión, que se encontraba frente a él, que había expirado de esa manera dijo: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios» (15, 39). Sí, porque era coherente, fue coherente: con ese modo suyo de morir, Jesús manifiesta al Padre su amor misericordioso y fiel. La verdad encuentra su plena realización en la persona misma de Jesús (cf. Juan 14, 6), en su modo de vivir y de morir, fruto de su relación con el Padre. Esta existencia como hijos de Dios, Él, resucitado, nos la da también a nosotros enviando al Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad, que atestigua a nuestro corazón que Dios es nuestro Padre (cf. Romanos 8, 16).
En cada acto suyo, el hombre, las personas, afirman o niegan esta verdad. Desde las pequeñas situaciones cotidianas a las elecciones más comprometidas. Pero es la misma lógica, siempre: la que los padres y los abuelos nos enseñan cuando nos dicen que no digamos mentiras.


Preguntémonos: ¿qué verdad atestiguan las obras de nosotros cristianos, nuestras palabras, nuestras elecciones? Cada uno puede preguntarse: ¿Yo soy un testigo de la verdad o soy más o menos un mentiroso disfrazado de verdadero? Que cada uno se pregunte. Los cristianos no somos hombres y mujeres excepcionales. Sino que somos hijos del Padre celestial, el que es bueno y no nos decepciona y pone en su corazón el amor por los hermanos. Esta verdad no se dice tanto con los discursos, es un modo de existir, un modo de vivir y se ve en cada obra (cf. Santiago 2, 18). Pero se comporta como verdadero, como verdadera. Dice la verdad, actúa con la verdad. Un hermoso modo de vivir para nosotros. La verdad es la revelación maravillosa de Dios, de su rostro de Padre, es su amor sin fronteras. Esta verdad corresponde a la razón humana pero la supera infinitamente, porque es un don bajado a la tierra y encarnado en Cristo crucificado y resucitado; esto es visible para quien le pertenece y muestra sus mismas aptitudes. No dirás falso testimonio quiere decir vivir como hijo de Dios, que nunca, nunca se desmiente a sí mismo, nunca dice mentiras; vivir como hijos de Dios, dejando emerger en cada obra la gran verdad: que Dios es Padre y que nos podemos fiar de Él. Yo me fío de Dios: esta es la gran verdad. De nuestra confianza en Dios, que es Padre y me ama, nos ama, nace mi verdad y el ser verdadero y no mentiroso.


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Tomado de:

http://w2.vatican.va

Catequesis sobre los mandamientos, 12: No robar



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 7 de noviembre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Continuando con la explicación del Decálogo, hoy llegamos a la séptima Palabra: «No robarás».

Escuchando este mandamiento pensamos en el tema del robo y del respeto de la propiedad ajena. No existe cultura en la que el robo y la confiscación de bienes sean algo lícito; la sensibilidad humana, en efecto, es muy susceptible en lo que respecta a la defensa de lo propio.

Pero vale la pena que nos dispongamos a hacer una lectura más amplia de esta Palabra, focalizando el tema de la propiedad de los bienes a la luz de la sabiduría cristiana. En la doctrina social de la Iglesia se habla de destino universal de los bienes. ¿Qué significa? Escuchemos lo que dice el Catecismo: «Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos. Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano» (n. 2402).

Y también: «El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio» (n. 2403). La Providencia, sin embargo, no dispuso un mundo «en serie», existen diferencias, condiciones diversas, culturas diversas, así se puede vivir atendiéndose los unos a otros. El mundo es rico en recursos para asegurar a todos los bienes primarios. Y sin embargo, muchos viven en una escandalosa indigencia y los recursos, usados sin criterio, se van deteriorando.

Pero el mundo es uno solo. La humanidad es una sola. La riqueza del mundo, hoy, está en las manos de la minoría, de pocos, y la pobreza, es más, la miseria y el sufrimiento, en las de de tantos, de la mayoría. Si en la tierra existe el hambre, no es porque falta la comida. Es más, por las exigencias del mercado se llega a veces a destruirla, se tira. Lo que hace falta es un empresariado libre y de grandes horizontes, que asegure una adecuada producción, y una perspectiva solidaria, que asegure una justa distribución.

Dice también el Catecismo: «El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás» (n.2404). Cada riqueza, para ser buena, tiene que tener una dimensión social. En esta perspectiva, aparece el significado positivo y amplio del mandamiento «No robarás». «La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia» (ibíd.). Nadie es dueño absoluto de los bienes: es un administrador de los bienes. La posesión es una responsabilidad. «Pero yo soy rico en todo...» —esta es una responsabilidad que tienes. Y todo bien arrebatado a la lógica de la Providencia de Dios traiciona, traiciona en el sentido más profundo. Lo que verdaderamente poseo es lo que sé donar.


Esta es la medida para valorar cómo soy capaz de gestionar las riquezas, si bien o mal; esta palabra es importante: lo que poseo verdaderamente es lo que sé donar. Si yo sé donar, estoy abierto, entonces soy rico no sólo con lo que poseo, sino también en la generosidad, generosidad también como un deber de dar la riqueza, para que todos participen de ella. En efecto, si no soy capaz de donar algo, es porque esa cosa me posee, tiene poder sobre mí y soy esclavo de ella. La posesión de bienes es una ocasión para multiplicarlos con creatividad y usarlos con generosidad, y así crecer en la caridad y en la libertad. Cristo mismo, aun siendo Dios, «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo» (Filipenses 2, 6-7) y nos enriqueció con su riqueza (cf. 2 Corintios 8, 9). Mientras la humanidad se fatiga para tener más, Dios la redime haciéndose pobre: aquel hombre crucificado pagó por todos un rescate inestimable por parte de Dios Padre, «rico en misericordia» (Efesios 2, 4; cf. Santiago 5, 11). Lo que nos hace ricos no son los bienes sino el amor. Muchas veces hemos sentido lo que el pueblo de Dios dice: «el diablo entra por los bolsillos». Se comienza con el amor hacia el dinero, el apetito de poseer; después viene la vanidad: «Ah, soy rico y presumo de ello»; y al final, el orgullo y la soberbia. Este es el modo de actuar del diablo en nosotros. Pero la puerta de entrada son los bolsillos. Queridos hermanos y hermanas, una vez más Jesucristo nos revela el pleno sentido de las Escrituras. «No robarás» significa: ama con tus bienes, aprovecha tus medios para amar como puedas. Entonces tu vida será buena y la posesión se convertirá verdaderamente en un don. Porque la vida no es un tiempo para poseer sino para amar. Gracias.


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http://w2.vatican.va

El óbolo de la viuda



P. Adolfo Franco, jesuita.

DOMINGO XXXII 
del Tiempo Ordinario

Marcos 12, 38-44

Decía también en su instrucción: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Ésos tendrán una sentencia más rigurosa.» 
Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro. Muchos ricos echaban mucho; pero llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado, de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.» 
Palabra del Señor.


El Señor nos exhorta a que demos con generosidad

Jesús está a la puerta del templo, donde estaba el lugar en que los israelitas depositaban sus ofrendas a Dios, sus ofrendas para el Templo, y para los sacerdotes. Jesús observa no sólo la cantidad sino la calidad de las limosnas: observaba la mano que depositaba la limosna y el corazón de donde salía esa misma limosna. En un momento ve a una pobre viuda que busca y rebusca en sus pobres bolsillos, y decide echar todo lo que ha encontrado para Dios. Jesús queda admirado de la generosidad de la pobre. En cambio no le sorprende la abundancia de la limosna que depositan algunos ricos.

El diezmo era una norma establecida por Dios desde el Antiguo Testamento y que quería significar que todos los bienes de la tierra pertenecen a Dios; y que por eso el buen israelita debía reconocerlo, dándole a Dios el diezmo de todo lo que cosechara. Y los israelitas en general lo practicaban con bastante cuidado.

«El diezmo entero de la tierra, tanto de las semillas de la tierra como de los frutos de los árboles, es de Yahvé; es cosa sagrada que pertenece a Yahvé.  Si alguno quiere rescatar parte de su diezmo, añadirá un quinto de su valor. Todo diezmo de ganado mayor o menor, es decir, una de cada diez cabezas que pasan bajo el cayado, será cosa sagrada de Yahvé.  No se escogerá entre animal bueno o malo, ni se le podrá sustituir; y si se hace cambio, tanto el animal permutado como su sustituto serán cosas sagradas; no podrán ser rescatados.» (Lev 27, 30-33).

Así que el diezmo, lo que llamaríamos ahora la limosna en la Iglesia, tiene un carácter sagrado. Es la toma de conciencia de que los bienes materiales, aunque también provengan de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo y de nuestro ingenio, son cosa de Dios, y lo reconocemos dando a Dios una parte de eso que recibimos de El.

Naturalmente que también consideramos como dado a Dios cualquier donación que hacemos a favor de nuestros hermanos, cualquier obra de bien; porque el Señor mismo nos dice que “cuanto hicimos por un hermano necesitado, lo hicimos con El”. Y de hecho se interpretaba así igualmente en muchos casos en el Antiguo Testamento. Pero de todas formas había un especial cuidado en hacer donación al Templo, para el servicio de Dios mismo.

¿Tenemos conciencia de que la donación de parte de nuestros bienes es una obligación religiosa? Tampoco tenemos un concepto claro de lo que significa la propiedad individual de los bienes. De hecho la propiedad individual está normada por la Ley de Dios: hay un buen uso de los bienes y un mal uso; lo cual quiere decir que no podemos usar de nuestra propiedad al propio capricho, o sea que no somos dueños tan absolutos de nuestros bienes, como podríamos pensar.

Es necesario volver a subrayar esto: que los bienes que tenemos, que en última instancia vienen de Dios, debemos utilizarlos de acuerdo a la voluntad de Dios; y que una parte de esos bienes deben ser dados a Dios, o en ayuda al prójimo, o en ayuda al sostenimiento de la obra de Dios, la Iglesia.

Así que una parte de los bienes que tenemos deberíamos dárselos a Dios: en el templo o en el necesitado. Las donaciones al templo deben ser una manifestación de nuestro agradecimiento a Dios. Tienen en primer lugar un carácter sagrado. Y por eso la “colecta” en la Misa se hace en el momento en que el sacerdote ofrece el pan y el vino, que serán después consagrados. Muchas veces las personas han reducido su aporte en el templo al carácter de limosna; limosna, o sea algo que no es propiamente debido, sino algo de lo que me desprendo, simplemente porque quiero; no tenemos el sentido de deuda con Dios. Y por eso nuestras “limosnas” a la hora de la colecta en el templo son tan exiguas.

Si pintásemos la escena que narra el Evangelio de hoy, pero situada en alguna de nuestras Iglesias, esta escena estaría narrada así: Jesús desde el altar estaba viendo lo que echaban cada uno de los fieles en el momento de la colecta; y veía a uno elegantemente vestido que rebuscaba en su bolsillo, y si le salía una moneda grande, la volvía a guardar, para buscar una más pequeña; vería a otro que miraba al techo en el momento en que le ponían la bolsa de la colecta delante de su vista, para que pasasen de largo. Otros que generosamente ponían algo más grande para el Señor; vería a otros que le daban a su hijito pequeño unas moneditas, para que él las echara, porque a ellos mismos les daba vergüenza echar tan poca cosa. Y ¿qué comentario haría el Señor al ver estas escenas? Cada uno lo puede imaginar. Quizá el Señor podría decirnos en ese momento: “con la misma medida (o con la misma moneda) que midiereis seréis medidos; dad y se os dará”.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Catequesis sobre los mandamientos, 11 / B: Nuestra vocación nupcial encuentra su plenitud en Cristo



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 31 de octubre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera completar la catequesis sobre la Sexta Palabra del Decálogo —«No cometerás adulterio»— evidenciando que el amor fiel de Cristo es la luz para vivir la belleza de la afectividad humana. De hecho, nuestra dimensión afectiva es una llamada al amor, que se manifiesta en la fidelidad, en la acogida y en la misericordia. Esto es muy importante. ¿El amor cómo se manifiesta? En la fidelidad, en la acogida y en la misericordia.

Pero no hay que olvidar que este mandamiento se refiere explícitamente a la fidelidad matrimonial y por lo tanto está bien reflexionar más a fondo sobre su significado esponsalicio. Este pasaje de la Escritura, este pasaje de la Carta de San Pablo es revolucionario. Pensar, con la antropología de aquel tiempo, y decir que el marido debe amar a la mujer como Cristo ama a la Iglesia: ¡es una revolución! Tal vez, en aquel tiempo, fue lo más revolucionario que se dijo sobre el matrimonio. Siempre en el camino del amor. Nos podemos preguntar: este mandamiento de fidelidad, ¿a quién está destinado? ¿Solo a los esposos? En realidad, este mandamiento es para todos, es una Palabra paternal de Dios dirigida a todos los hombres y mujeres.

Recordemos que el camino de la maduración humana es el recorrido mismo del amor que va desde recibir cuidado hasta la capacidad de ofrecer cuidado, desde recibir la vida hasta la capacidad de dar la vida. Convertirse en hombres y mujeres adultos quiere decir llegar a vivir la actitud nupcial y paterna, que se manifiesta en las varias situaciones de la vida como la capacidad de asumir el peso de otra persona y amarla sin ambigüedad. Es, por lo tanto, una actitud global de la persona que sabe asumir la realidad y sabe entablar una relación profunda con los demás.

¿Quién es, por tanto, el adúltero, el lujurioso, el infiel? Es una persona inmadura, que tiene para sí su propia vida e interpreta las situaciones en base al propio bienestar y a la propia satisfacción. Así que para casarse ¡no basta con celebrar la boda! Es necesario hacer un camino del yo al nosotros, de pensar solo a pensar en dos, de vivir solo a vivir en dos: es un buen camino, es un camino hermoso. Cuando llegamos a descentralizarnos, entonces todo acto es conyugal: trabajamos, hablamos, decidimos, encontramos a otros con una actitud acogedora y oblativa.

Toda vocación cristiana, en este sentido, —ahora podemos ampliar un poco la perspectiva— y decir que toda vocación cristiana, en este sentido, es nupcial. El sacerdocio lo es porque es la llamada, en Cristo y en la Iglesia, a servir a la comunidad con todo el afecto, el cuidado concreto y la sabiduría que el Señor da. La Iglesia no necesita aspirantes para el papel de sacerdotes —no sirven, mejor que se queden en casa— sino que hacen falta hombres a quienes el Espíritu Santo toca el corazón con un amor incondicional por la Esposa de Cristo. En el sacerdocio se ama al pueblo de Dios con toda la paternidad, la ternura y la fuerza de un esposo y un padre. Así también, la virginidad consagrada en Cristo se vive con fidelidad y alegría como una relación conyugal y fructífera de maternidad y paternidad.

Repito: toda vocación cristiana es conyugal, porque es fruto del vínculo de amor en el que todos somos regenerados, el vínculo de amor con Cristo, como nos ha recordado el pasaje de Pablo leído al inicio. A partir de su fidelidad, de su ternura, de su generosidad, miramos con fe al matrimonio y a toda vocación y comprendemos el sentido pleno de la sexualidad. La criatura humana, en su inseparable unidad de espíritu y cuerpo y en su polaridad masculina y femenina, es una realidad muy buena, destinada a amar y a ser amada. El cuerpo humano no es un instrumento de placer, sino el lugar de nuestra llamada al amor y en el amor auténtico no hay espacio para la lujuria y para su superficialidad. ¡Los hombres y las mujeres se merecen más que eso! Por lo tanto, la Palabra «No cometerás adulterio», aunque expresada en forma negativa, nos orienta a nuestra llamada original, es decir, al amor nupcial pleno y fiel, que Jesucristo nos reveló y donó. (cf. Romanos 12, 1).


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Catequesis sobre los mandamientos, 11 / A: No cometas adulterio



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 24 de octubre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre los Mandamientos, llegamos hoy a la Sexta Palabra, que está relacionada con la dimensión afectiva y sexual y reza: «No cometerás adulterio». La llamada inmediata es a la fidelidad, pues no hay auténtica relación humana sin lealtad y fidelidad. No se puede amar solo cuando «conviene». El amor se manifiesta cuando se da todo sin reservas. Como afirma el Catecismo: «El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero» (n. 1646). La fidelidad es la característica de una relación humana libre, madura, responsable. También un amigo demuestra que es auténtico cuando sigue siéndolo en todas las circunstancias; de lo contrario no es un amigo. Cristo revela el amor auténtico, Él que vive del amor sin límites del Padre y en base a esto es el Amigo fiel que nos acoge también cuando nos equivocamos y quiere siempre nuestro bien, incluso cuando no lo merecemos.

El ser humano necesita ser amado sin condiciones, y quien no recibe esta acogida lleva en sí algo incompleto, a menudo sin saberlo. El corazón humano busca llenar ese vacío con sucedáneos, componendas y mediocridades, que de amor solo tienen un vago sabor. El riesgo es el de llamar «amor» a relaciones estériles e inmaduras, con la falsa ilusión de encontrar allí un poco de luz y de vida, en algo que, en el mejor de los casos, es solo un reflejo.

Así, se sobrevalora, por ejemplo, la atracción física, que en sí misma es un don de Dios, pero que está orientada para preparar el camino a una relación personal auténtica y fiel con la persona. Como decía San Juan Pablo II, el ser humano «está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones» que «es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón» (cf. Catequesis, 12 de noviembre de 1980).

La llamada a la vida conyugal requiere, por tanto, un discernimiento cuidadoso sobre la calidad de la relación y un tiempo de noviazgo para verificarla. Para acceder al Sacramento del matrimonio, los novios tienen que madurar la certeza de que en su vínculo está la mano de Dios, que les precede y les acompaña y les permitirá decir: «Con la gracia de Dios prometo serte fiel siempre». No pueden prometerse fidelidad «en la alegría y en la pena, en la salud y en la enfermedad» ni amarse y honrarse todos los días de sus vidas solo sobre la base de la buena voluntad o de la esperanza de que «la cosa funcione». Necesitan basarse en el terreno sólido del amor fiel de Dios. Y por eso, antes de recibir el Sacramento del Matrimonio, es necesaria una cuidadosa preparación, diría un catecumenado, porque se juega toda la vida en el amor, y con el amor no se bromea. No se puede definir como «preparación al matrimonio» a tres o cuatro conferencias en la parroquia; no, esta no es la preparación: esta es una falsa preparación. Y la responsabilidad de quien hace esto cae sobre él: sobre el párroco, sobre el obispo que permite estas cosas. La preparación debe ser madura y requiere tiempo. No es un acto formal: es un Sacramento. Pero se debe preparar con un verdadero catecumenado.

La fidelidad, de hecho, es un modo de ser, un estilo de vida. Se trabaja con lealtad, se habla con sinceridad, se permanece fieles a la verdad en los propios pensamientos, en las propias acciones. Una vida tejida de fidelidad se expresa en todas las dimensiones y conduce a ser hombres y mujeres fieles y confiables en todas las circunstancias.

Pero para llegar a una vida tan hermosa no basta nuestra naturaleza humana, es necesario que la fidelidad de Dios entre en nuestra existencia, nos contagie. Esta Sexta Palabra nos llama a dirigir la mirada a Cristo, que con su fidelidad puede sacar de nosotros un corazón adúltero y darnos un corazón fiel. En Él, y solo en Él está el amor sin reservas ni replanteamientos, la entrega completa sin paréntesis y la tenacidad de la acogida hasta el fondo. De su muerte y resurrección deriva nuestra fidelidad, de su amor incondicional deriva la constancia en las relaciones. De la comunión con Él, con el Padre y con el Espíritu Santo deriva la comunión entre nosotros y el saber vivir nuestros vínculos en la fidelidad.


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Catequesis sobre los mandamientos, 10 / A: No matar



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 10 de octubre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy está dedicada a la Quinta Palabra: no matarás. El quinto mandamiento: no matarás. Estamos ya en la segunda parte del Decálogo, la que se refiere a las relaciones con el prójimo; y este mandamiento, con su formulación concisa y categórica, se yergue como una muralla de defensa del valor fundamental en las relaciones humanas. Y ¿cuál es el valor fundamental en las relaciones humanas? El valor de la vida. Por eso, no matarás.

Se podría decir que todo el mal obrado en el mundo se resume en esto: el desprecio por la vida. La vida está agredida por las guerras, por las organizaciones que explotan al hombre —leemos en los periódicos o vemos en los informativos muchas cosas—, por las especulaciones sobre la creación y por la cultura del descarte y por todos los sistemas que someten la existencia humana a cálculos de oportunidad, mientras que un número escandaloso de personas vive en un estado indigno para el hombre. Esto es despreciar la vida, es decir, de algún modo, matar.

Un punto de vista contradictorio consiente también la supresión de la vida humana en el seno materno en nombre de la salvaguardia de otros derechos. Pero, ¿cómo puede ser terapéutico, civilizado, o simplemente humano un acto que suprime la vida inocente e indefensa en su florecimiento? Yo os pregunto: ¿Es justo «quitar de en medio» una vida humana para resolver un problema? ¿Es justo contratar a un sicario para resolver un problema? No se puede, no es justo «quitar de en medio» a un ser humano, aunque sea pequeño, para resolver un problema. Es como contratar a un sicario para resolver un problema.

¿De dónde viene todo esto? La violencia y el rechazo a la vida, ¿de dónde nacen, en el fondo? Del miedo. De hecho, acoger al otro es un desafío al individualismo. Pensemos, por ejemplo, cuando se descubre que una vida naciente es portadora de discapacidad, incluso grave. Los padres, en estos casos dramáticos, necesitan cercanía real, solidaridad verdadera, para enfrentar la realidad y superar temores comprensibles. En su lugar, a menudo reciben consejos apresurados para interrumpir el embarazo, es decir, es una forma de decir: «interrumpir el embarazo» significa «quitar de en medio a uno», directamente.

Un niño enfermo es como todos los necesitados de la tierra, como un anciano que necesita ayuda, como tantas personas pobres que luchan por salir adelante: él, el que se presenta a sí mismo como un problema, es en realidad un don de Dios que puede sacarme del egocentrismo y hacerme crecer en el amor. La vida vulnerable nos muestra el camino de salida, la manera de salvarnos de una existencia replegada sobre sí misma y de descubrir la alegría del amor. Y aquí me gustaría parar para agradecer, agradecer a muchos voluntarios, agradecer al voluntariado italiano fuerte que es el más fuerte que he conocido. Gracias.

¿Y qué lleva al hombre a rechazar la vida? Son los ídolos de este mundo: el dinero —mejor deshacerse de esto, porque costará— el poder, el éxito. Estos son parámetros incorrectos para valorar la vida. ¿Cuál es la única medida auténtica de la vida? ¡Es el amor, el amor con el que Dios la ama! El amor con el que Dios ama la vida: esta es la medida. El amor con el que Dios ama a toda vida humana.

De hecho, ¿cuál es el sentido positivo de la Palabra «No matarás»? Que Dios es «amante de la vida», como hemos escuchado hace poco en la lectura bíblica.

El secreto de la vida se nos ha revelado por cómo la trató el Hijo de Dios, que se convirtió en hombre, hasta asumir, en la cruz, el rechazo, la debilidad, la pobreza y el dolor (cf. Juan 13, 1). En cada niño enfermo, en cada anciano débil, en cada migrante desesperado, en cada vida frágil y amenazada, Cristo nos está buscando (cf. Mateo 25, 34-46), está buscando nuestro corazón para revelarnos la alegría del amor.

Vale la pena acoger a toda vida, porque cada hombre vale la sangre de Cristo mismo (cf. 1 Epístola de san Pedro 1, 18-19). ¡No se puede despreciar lo que Dios ha amado tanto!

Debemos decirles a los hombres y mujeres del mundo: ¡no desprecies tu vida! La vida de los demás, pero también la suya, porque el mandamiento también es válido para eso: «No matarás». A muchos jóvenes se les debe decir: ¡no despreciéis vuestra existencia! ¡Dejad de rechazar la obra de Dios! ¡Tú eres una obra de Dios! ¡No te subestimes, no te desprecies con adicciones que te arruinarán y te llevarán a la muerte!

Nadie mide la vida de acuerdo con los engaños de este mundo, pero que cada uno se acepte a sí mismo y a los demás en nombre del Padre que nos creó. Él es «un amante de la vida»: esto es hermoso, «Dios es un amante de la vida». Y todos somos tan queridos por él que ha enviado a su Hijo por nosotros. «Porque —dice el Evangelio— tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16).


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Catequesis sobre los mandamientos, 10 / B: "No mates" según Jesús



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 17 de octubre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera continuar la catequesis sobre la Quinta Palabra del Decálogo: «No matarás». Ya hemos subrayado cómo este mandamiento revela que a los ojos de Dios la vida humana es valiosa, sacra e inviolable. Nadie puede despreciar la vida de otros o la propia; el hombre, de hecho, lleva en sí la imagen de Dios y es objeto de su amor infinito, cualquiera que sea la condición en la que ha sido llamado a la existencia.

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hace poco, Jesús nos revela de este mandamiento un sentido aún más profundo. Él afirma que, frente al tribunal de Dios, también la ira contra un hermano es una forma de homicidio. Por eso, el Apóstol Juan escribe: «Todo el que aborrece a su hermano es un asesino» (1 Juan 3, 15). Pero Jesús no se detiene en esto, y en la misma lógica añade que también el insulto y el desprecio pueden matar. Y nosotros estamos acostumbrados a insultar, es cierto. Y nos sale un insulto como si fuera un suspiro. Y Jesús nos dice: «Detente, porque el insulto hace mal, mata». El desprecio. «Pero yo... esta gente, a este lo desprecio». Y esta es una forma para matar la dignidad de una persona. Y sería hermoso que esta enseñanza de Jesús entrara en la mente y en el corazón, y cada uno de nosotros dijera: «Nunca insultaré a nadie». Sería un propósito hermoso, porque Jesús nos dice: «Mira, si tú desprecias, si tú insultas, si tú odias, eso es homicidio».

Ningún código humano equipara hechos tan diferentes asignándoles el mismo grado de juicio. Y de manera coherente, Jesús invita además a interrumpir la oferta del sacrificio en el templo si se recuerda que un hermano se ha ofendido con nosotros, para ir a buscarlo y reconciliarse con él. También nosotros, cuando vamos a Misa, deberíamos tener esta actitud de reconciliación con las personas con las que hemos tenido problemas. Incluso si hemos pensado mal de ellos, les hemos insultado. Pero muchas veces, mientras esperamos que venga el sacerdote a decir la Misa, se charla un poco y se habla más de los demás. Pero esto no se puede hacer. Pensemos en la gravedad del insulto, del desprecio, del odio: Jesús los pone al mismo nivel del asesinato. ¿Qué pretende decir Jesús, extendiendo hasta este punto el campo de la Quinta Palabra? El hombre tiene una vida noble, muy sensible, y posee un yo recóndito no menos importante de su ser físico. De hecho, para ofender la inocencia de un niño basta una frase inoportuna. Para herir a una mujer puede bastar un gesto de frialdad. Para partir el corazón de un joven es suficiente negarle la confianza. Para aniquilar a un hombre basta ignorarlo. La indiferencia mata. Es como decir a la otra persona: «Tú estás muerto para mí», porque tú lo has matado en tu corazón. No amar es el primer paso para matar; y no matar es el primer paso para amar.

En la Biblia, al inicio, se lee esa frase terrible salida de la boca del primer homicida, Caín, después de que el Señor le pregunta dónde está su hermano, Caín responde: «No lo sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Génesis 4, 9). Así hablan los asesinos: «no me afecta», «son cosas tuyas» y cosas similares. Probemos a responder a esta pregunta: ¿Somos nosotros los custodios de nuestros hermanos? ¡Sí que lo somos! ¡Somos custodios los unos de los otros! Y este es el camino de la vida, es el camino del no matarás. La vida humana necesita amor. Y, ¿cuál es el amor auténtico? Es el que Cristo nos ha mostrado, es decir, la misericordia. El amor del que no podemos prescindir es el que perdona, que acoge a quien nos ha hecho mal. Ninguno puede sobrevivir sin misericordia, todos necesitamos el perdón. Por lo tanto, si matar significa destruir, suprimir, eliminar a alguien, entonces no matar querrá decir cuidar, valorar, incluir. Y también perdonar.

Nadie se puede ilusionar pensando: «Estoy bien porque no hago nada malo» un mineral o una planta tienen este tipo de existencia, en cambio el hombre, no; una persona —un hombre o una mujer— no. A un hombre o a una mujer se les pide más. Hay bien por hacer, preparado para cada uno de nosotros, cada uno el suyo, que nos hace ser nosotros mismos hasta el fondo. «No matarás» es un llamamiento al amor y a la misericordia, es una llamada a vivir según el Señor Jesús, que dio la vida por nosotros y por nosotros resucitó. Una vez repetimos todos juntos, aquí en la plaza, una frase de un Santo sobre esto. Tal vez nos ayude: «No hacer el mal es algo bueno. Pero no hacer el bien no es bueno». Siempre debemos hacer el bien. Ir más allá.

Él, el Señor, que encarnándose santificó nuestra existencia; Él, que con su sangre la hizo inestimable; Él, «el jefe que lleva a la vida» (Hechos 3, 15), gracias al que cada uno es un regalo del Padre. En Él, en su amor más fuerte que la muerte y por la potencia del Espíritu que el Padre nos da, podemos acoger la Palabra «No matarás» como el llamamiento más importante y esencial: es decir, no matarás significa una llamada al amor.




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Tomado de:

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Los escritos de San Pablo: Su Teología - El estado del hombre sin Cristo - La muerte



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

TEOLOGÍA DE SAN PABLO - 4° ENTREGA

10.4. LA MUERTE

"El salario del pecado es la muerte", Rom 6, 23. Donde hay pecado hay muerte espiritual y física. Pablo une estrechamente: Ley, pecado y muerte. Los personifica. El concepto de muerte en Pablo aparece con significaciones muy diversas:

Muchas veces significa sencillamente el fin natural de la vida terrena sin ningún matiz secundario, 2 Cor 1, 9-10: “pues hemos tenido sobre nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. Él nos libró de tan mortal peligro y nos librará; en Él esperamos que nos seguirá librando”; y en Filp 2, 27: “Es cierto que estuvo enfermo y a la muerte. Pero Dios se compadeció de él; y no sólo de él, sino también de mí, para que no tuviese yo tristeza sobre tristeza”.
Pero generalmente la muerte aparece en estrecha relación con el pecado:

  • Es consecuencia de él: Rom. 5,12: “por tanto como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron”; y en Rom 8,10: “Mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia”.
  • El pecado es el aguijón de la muerte: 1 Cor. 15, 56: “El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley”.
  • La muerte como el pecado es un tirano y un enemigo, Rom 5, 14: “Con todo, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una transgresión semejante a la de Adán”. Y posteriormente en Rom 5, 17: “En efecto, si por el delito de uno reinó la muerte por un hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno, Jesucristo!”.
  • El pecado no solo engendra la muerte física sino que trae ante todo la muerte espiritual Rom 7, 10-11: “y yo morí; y resultó que el precepto, dado para vida, me causó la muerte. Porque el pecado, aprovechándose del precepto, me sedujo, y por él me dio muerte”.
  • Los deseos de la carne se encaminan a la muerte, entendida como perdición total. Rom 8, 6: “Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio de Dios: no se someten a la Ley de Dios, ni siquiera pueden”.
  • También el pecado extiende su dominio a la creación natural, que anhela la redención: Rom 8, 19-22: “Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la caducidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto”.
  • Cristo nos libera de la muerte espiritual y física. Él muere por nosotros y resucitando se convierte en el "primogénito" de los muertos: 1 Cor 15, 26: “El último enemigo en destruir será la  Muerte”; 1 Cor 15, 55-57: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado es la ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!”; y en Col 1, 18: “Él es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia: Él es el principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo”.
  • Con Cristo somos sepultados en la muerte por el bautismo: Rom 6,  3-6: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?. Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos injertado en Él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante, sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda libre del pecado”; y en Filip 3, 10: “Y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hecho semejante a Él en la muerte”.

Así morimos al pecado, al hombre viejo, a la carne, a la Ley: Rom 6, 6: “Sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado”. Y en Rom 6, 11. “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”. En 8, 10: “mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia”. Y en Gal 2, 19: “En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado”.

Hay que morir diariamente a las obras de la carne: Rom 8, 13: “pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis”; Col 3, 5: “Por tanto, mortificad cuanto en vosotros es terreno: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia que es una idolatría”.

La muerte corporal tiene un nuevo sentido para el cristiano: es un encuentro con el Señor: 2 Cor 5, 1-4: “Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos”. Y en Filip 1, 19-23: “Y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Sometió todo bajo sus pies y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del lo llena todo en todo”. Así, la muerte es un morir para el Señor: Rom 14, 7-8: “porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y su morimos para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos del Señor somos”. La muerte, es el camino de la resurrección: Rom 8,11: “Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita entre vosotros, Aquel que resucitó a  Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”.




Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Los escritos de San Pablo: Su Teología - El estado del hombre sin Cristo - La Ley



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

TEOLOGÍA DE SAN PABLO - 3° ENTREGA

10.3. LA LEY

Por el nombre de Ley se entiende toda la economía de la salvación que rigió al pueblo judío de Moisés a Cristo.  Particularmente la legislación de Moisés, la “TORAH”.

En Pablo se hace una distinción entre la parte ética de la Ley, Rom 7, 7-11: “¿Qué decir, entonces? ¿Qué la ley es pecado? ¡De ningún modo! Si embargo yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ¡No te des a la concupiscencia! Mas el pecado aprovechándose del precepto, suscitó en mí toda suerte de concupiscencias; pues sin ley el pecado estaba muerto. ¡Vivía yo un tiempo si ley!, pero en cuanto sobrevino el precepto, revivió el pecado, y yo morí; y resultó que el precepto, dado para vida, me causo muerte. Porque el pecado, aprovechándose del precepto, me sedujo, y por él me dio la muerte”;  y la ética ritual (fiestas, sacrificios, observancias) que aparece incluida en lo que él llama: "elementos del mundo", Gal 4, 8-9: “Pero en otro tiempo, cuando no conocíais a Dios, servíais a los que en realidad no son dioses. Mas ahora que habéis conocido a Dios, o mejor, que él os ha conocido, ¿cómo retornáis a esos elementos  sin fuerza ni valor, a los cuales queréis volver a servir de nuevo?.

Para comprender la doctrina paulina sobre la Ley hay que considerar dos cosas especialmente:
  • a.- la división tripartita de la historia de la salvación, que Pablo recibe de la tradición rabínica.
  • b.- el contexto polémico de la discusión con los judaizantes.

Las tres grandes etapas de la historia salvífica eran:
  1. De Adán a Moisés: periodo sin Ley. Hay pecados y transgresiones pero no se atribuyen al hombre porque no existe la Ley, Rom 4, 15: “Porque la ley produce la ira; por el contrario, donde no hay ley, no hay transgresión”. Y Rom 5, 13: “Porque, hasta la ley, había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa no habiendo ley”.
  2. De Moisés a Cristo: es la época de la Ley. Su presencia ocasiona el que los pecados se imputen a los hombres y que ellos sean objeto de condenación y maldición, Gal 3, 10: “Porque todos los que viven en las obras de la ley incurren en maldición. Pues dice la Escritura: “Maldito todo el que se mantenga en la práctica de todos los preceptos escritos en el libro de la Ley”; y en  Rom 4, 15: “porque la ley produce la ira; por el contrario donde no hay ley no hay transgresión”.
  3. De Cristo hasta el final de la historia: Él acaba con la Ley, Ef 2, 15: “anulando su carne en la Ley con sus mandamientos y sus decretos, para crear en sí mismo, de los dos un solo Hombre Nuevo, haciendo las paces”; y en Rom 10, 4: “Porque el fin de la Ley es Cristo, para justificación de todo creyente”. Él nos comunica la nueva Ley: el Espíritu Santo, Rom 8, 2: “Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte”; que lleva a la libertad, 2 Cor 3, 17: “Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad”.

En la polémica con los judaizantes Pablo insiste en la incapacidad de justificar que tenía la Ley. Más todavía, pone de relieve que su papel es el de aumentar las transgresiones, Rom 5, 20: “La Ley, en verdad, intervino para que abundara el delito; pero donde abundo el pecado sobreabundó la gracia”; y el de hacer al hombre objeto de maldición, Gal 3, 10: “Porque todos los que viven en las obras de la ley incurren en maldición. Pues dice la Escritura: “Maldito todo el que se mantenga en la práctica de todos los preceptos escritos en el libro de la Ley”;

Para Pablo existe una oposición radical entre:
  • Ley y Gracia: Rom 6, 14-15: “Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia”, y en Gal 2, 21: “No anulo la gracia de Dios, pues si por la  ley se obtuviera la justicia, Cristo habría muerto en vano”; y en Gal 5, 4-5: “Habéis roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la ley. Habéis caído en desgracia. En cuanto a nosotros por el Espíritu y la fe esperamos la justicia anhelada”.
  • Ley y Fe: La Fe y no la Ley es la que justifica. Gal  3, 1-2: “¡Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a vosotros, a cuyos ojos ha sido presentado Jesucristo crucificado? Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿habéis recibido el Espíritu por las obras de la Ley o por la fe en la predicación?”.
  • Ley y Promesa: la Ley que vino después de la promesa no puede hacer vana la palabra de Dios, Gal 2, 21: “No tengo por inútil la palabra de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano”.
Estas antítesis ponen de relieve el valor de la gracia en la obra de la redención: Dios salva gratuitamente.

Pablo exagera el poco valor de la Ley e insiste en su carácter negativo:
  • Da solamente conocimiento del pecado: Rom 3, 20: “ya que nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado”; y en 7, 7: “¿Qué decir, entonces? ¿Qué la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ¡No te des a la concupiscencia”.
  • No puede ser causa de vida: Gal 3, 21: “Según esto, ¿la ley se opone a las promesas de Dios? ¡ De ningún modo! Si se nos hubiera otorgado una ley capaz de dar vida, en ese caso la justicia vendría realmente d e la ley”.
  • Da una justicia ilusoria porque provoca la "ira de Dios": Rom 4, 15. “porque la ley produce la ira; por el contrario, donde no hay ley, no hay transgresión”.
  • Es un pedagogo severo del cual uno quiere librarse: Gal 3, 25: “Mas una vez llegada la fe ya no estamos bajo el pedagogo”.
  • Provoca la concupiscencia y da ocasión al pecado de obrar la muerte: Rom 7, 7-11: “Porque el pecado aprovechándose del precepto, me sedujo, y por él, me dio muerte”.
  • Es la "fuerza" del pecado, que sin ella quedaría inerte: 1 Cor 15, 55-56: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?.
Decíamos que esta actitud negativa de Pablo frente a la Ley se explica en el contexto de su polémica con los judaizantes. Ellos insistían en una observancia de la Ley a partir de las solas fuerzas naturales. Veían en esa observancia la causa de la justificación. Caían en el desprecio de los gentiles, a quienes llamaban "sin Ley" y "pecadores", y en un ritualismo y formalismo esclavizantes.

La insistencia de Pablo en lo negativo de la Ley no le impidió reconocer sus aspectos positivos:
  • La Ley de Dios, es buena, santa, espiritual: Rom 7, 12.14: “Así que la ley es santa, y santo el precepto, y justo y bueno. Luego ¿se ha convertido lo bueno en muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el pecado, para aparecer como tal, se sirvió de una cosa buena, para procurarme la muerte, a fin de que el pecado ejerciera todo su poder de pecado por medio del precepto. Sabemos en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado”.
  • Era un privilegio de Israel, Rom 9, 4: "Son israelitas; de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas”; que tenía en ella el medio de conocer lo que agradaba a Dios.
  • Las afirmaciones de Pablo contra la Ley y a favor de la fe; no la anulan (a la Ley) sino que la confirman, Rom 3, 31: “Entonces ¿por la fe privamos a la ley de su valor? ¡De ningún modo!. Más bien la consolidamos”.
La Ley tuvo un carácter provisional, Gal 3, 23-25: "Y así, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la Ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe. Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo".

Cristo trajo la liberación de la ley del pecado y de la muerte, Rom 8, 1-2: “Por tanto, ninguna condena pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte”.



Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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