Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de JUNIO 2018







APOSTOLADO DE LA ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE JUNIO



OFRECIMIENTO DIARIO

Dios, Padre nuestro, yo te ofrezco toda mi jornada: 
mis oraciones, pensamientos, afectos y deseos, palabras, obras, alegrías y sufrimientos en unión con el Corazón de tu Hijo Jesucristo que sigue ofreciéndose a Ti en la Eucaristía para la salvación del mundo.
El Espíritu Santo, que condujo a Jesús, me guíe y sea mi fuerza en este día para que pueda ser testigo de tu amor.
Con María, la Madre del Señor y de la Iglesia, pido especialmente por la intención del Papa para este mes:



Intención Universal
Las redes sociales

«Para que las redes sociales favorezcan la solidaridad y el respeto por el otro en su diferencia»




VÍDEO DEL PAPA
INTENCIONES DEL MES



ORACIÓN

Dios, nuestro Padre,
Diste a tus hijos la capacidad y la creatividad para hacer de este mundo un lugar de comunión.
Hoy es fácil estar unidos con personas de lugares y culturas muy diferentes.
Ayúdanos a aprovechar las posibilidades del ingenio humano para construir un mundo más solidario, cerca de las realidades difíciles, un mundo capaz de acoger la diferencia y donde reinen la justicia, la paz y la verdad.
Danos tu Espíritu, para que cada uno de nosotros sepa realizar su pequeña parte, en los medios digitales en los que esté presente.
Padre Nuestro...

Click to Pray



GUÍA PRÁCTICA

  • Procurar mirar con atención cómo funcionan las redes sociales, qué argumentos y discusiones son más populares y qué intereses esconden.
  • Procurar tener una actitud positiva y constructiva en las redes sociales, compartiendo contenidos que promuevan la solidaridad y el respeto, la verdad y la buena reflexión.
  • Tomar conocimiento de buenos proyectos de evangelización en las redes sociales y procurar también traer la voz de la Iglesia y sus propuestas a estos espacios.
Fuente: Click To Pray




“EN LAS REDES LES MOSTRAMOS A LOS DEMÁS CÓMO QUEREMOS SER VISTOS”



Creo que deberíamos dedicar un momento en el día para conocer la belleza, la chispa Divina, que anida en nuestro interior. Los “Me gusta” de Facebook, los “corazones de Instagram”, los “retweet” de Twitter, por nombrar algunos, tienen sobre algunas personas un poder de atracción increíble.

El aprecio del otro tiene un efecto seductor. Debemos tener cuidado de no convertir nuestra vida en una vidriera del Shopping. 

Todos sabemos que en las redes sociales hay una porción reducida de lo que somos. La felicidad que mostramos, la belleza que exhibimos, son un recorte de lo que somos y de lo que vivimos.
En definitiva, en las redes les decimos a los demás cómo queremos ser vistos. Pero también sabemos que la paz, y la verdadera felicidad es un don que está en el fondo de nuestro ser y para hacerlo emerger debemos conocer el camino para llegar hasta allí. 

Lo peor que podríamos hacer en nuestra contra es mentirnos y engañarnos a nosotros mismos haciéndonos creer que somos felices cuando en realidad no es así.

Un momento para estar a solas con nosotros mismos y con Dios, es lo que necesitamos para fundar en nuestro interior la certeza absoluta de que somos amados con todo, y en todo lo que somos, y no solamente por la porción de lo que mostramos. ¿Has descubierto la belleza que hay en ti?

P. Javier Rojas, S.J.
DIRECTOR REGIONAL
ARGENTINA-PARAGUAY Y URUGUAY

Fuente: Revista Click To Pray - Red Mundial de Oración del Papa N°22 - Junio 2018



RECURSOS EN LA RED

A. Cada Primer Viernes en Youtube, se pude buscar "El Video del Papa".

B. "Click To Pray" es una aplicación para teléfonos inteligentes (iOS y Android) en donde puedes unirte cada día a la red Mundial de Oración del Papa. Descarga ClickToPray[App Store] [Google Play]

C. Para comunicarnos:
apostolado.oración.peru@gmail.com


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Orando con el Papa Francisco en el mes de JUNIO - 2018








La Confirmación: Para el crecimiento de la Iglesia



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles, 6 de junio de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Prosiguiendo la reflexión sobre el sacramento de la confirmación, consideramos los efectos que el don del Espíritu Santo hace madurar en los confirmados, llevándolos a convertirse, a su vez, en don para los demás. El Espíritu Santo es un don. Recordemos que cuando el obispo nos da la unción con el óleo, dice: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo». Ese don del Espíritu Santo entra en nosotros y hace fructificar, para que nosotros podamos darlo a los demás. Siempre recibir para dar: nunca recibir y tener las cosas dentro, como si el alma fuera un almacén. No: siempre recibir para dar. Las gracias de Dios se reciben para dar a los demás. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Espíritu Santo, por tanto, descentrarse de nuestro yo para abrirse al «nosotros» de la comunidad: recibir para dar. No estamos nosotros en el centro: nosotros somos un instrumento de ese don para los demás.

Completando en los bautizados la similitud con Cristo, la confirmación les une más fuertemente como miembros vivos al cuerpo místico de la Iglesia (cf. Rito de la Confirmación, n. 25). La misión de la Iglesia en el mundo procede a través de la aportación de todos aquellos que son parte. Alguno piensa que en la Iglesia hay patrones: el Papa, los obispos, los sacerdotes, y después está el resto. No: ¡la Iglesia somos todos! Y todos tenemos la responsabilidad de santificarnos el uno al otro, de cuidar de los demás. La Iglesia somos todos nosotros. Cada uno tiene su trabajo en la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. De hecho debemos pensar en la Iglesia como un organismo vivo, compuesto por personas que conocemos y con las que caminamos, y no como una realidad abstracta y lejana.

La Iglesia somos nosotros que caminamos, la Iglesia somos nosotros que hoy estamos en esta plaza. Nosotros: esta es la Iglesia. La confirmación vincula a la Iglesia universal dispersa por toda la tierra, implicando activamente a los confirmados en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, con el obispo a la cabeza, que es el sucesor de los apóstoles. Y por esto el obispo es el ministro originario de la confirmación (cf. Lumen gentium, 26), porque él incluye en la Iglesia al confirmado. El hecho de que, en la Iglesia latina, este sacramento sea ordinariamente conferido por el obispo pone de relieve que «tiene como efecto unir a los que lo reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1313). 

Y esta incorporación eclesial está bien significada por el signo de paz que concluye el rito de la crismación. El obispo dice, de hecho, a cada confirmado: «La paz sea contigo». Recordando el saludo de Cristo a los discípulos la tarde de Pascua, colmada de Espíritu Santo (cf. Juan 20, 19-23) —hemos escuchado—, estas palabras iluminan un gesto que «expresa la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles» (cf. CIC, 1301). Nosotros, en la confirmación, recibimos al Espíritu Santo y la paz: aquella paz que debemos dar a los demás. Pero pensemos: cada uno que piense en la propia comunidad parroquial, por ejemplo. Está la ceremonia de la confirmación y después nos damos la paz: el obispo la da al que se confirma y después en la misa, la intercambiamos entre nosotros. Esto significa armonía, significa caridad entre nosotros, significa paz. Pero después, ¿qué sucede? Salimos y comenzamos a hablar mal de los demás, a «despellejar» a los demás. 

Comenzamos los chismorreos. Y los chismorreos son guerras. ¡Esto no funciona! Si nosotros hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Espíritu Santo, debemos ser hombres y mujeres de paz y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Espíritu. ¡Pobre Espíritu Santo, el trabajo que tiene con nosotros, con esta costumbre del chismorreo! Pensad bien: el chisme no es una obra del Espíritu Santo, no es una obra de la unidad de la Iglesia. El chisme destruye lo que hace Dios.

Pero por favor: ¡paremos de chismorrear! La confirmación se recibe una sola vez, pero el dinamismo espiritual suscitado por la santa unción es perseverante en el tiempo.

No terminaremos nunca de cumplir el mandato de difundir en todas partes el buen perfume de una vida santa, inspirada por la fascinante sencillez del Evangelio. Nadie recibe la confirmación solo para sí mismo, sino para cooperar en el crecimiento espiritual de los demás.

Solo así, abriéndonos y saliendo de nosotros mismos para encontrar a los hermanos, podemos realmente crecer y no solo engañarnos con hacerlo. Cuanto recibimos como don de Dios debe ser, de hecho, donado —el don es para donar— para que sea fecundo y que no sea, en cambio, sepultado por temores egoístas, como enseña la parábola de los talentos (cf. Mateo 25, 14-30). También la semilla, cuando tenemos la semilla en la mano pero no está para meterlo allí, en el armario, dejarlo allí: está para sembrarlo.

El don del Espíritu Santo debemos darlo a la comunidad. Exhorto a los que se van a confirmar a que no «enjaulen» al Espíritu Santo, a no oponer resistencia al Viento que sopla para empujarlos a caminar en libertad, a no sofocar el Fuego ardiente de la caridad que lleva a consumir la vida por Dios y por los hermanos. Que el Espíritu Santo nos conceda a todos nosotros el coraje apostólico de comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras a cuantos encontramos en nuestro camino.

Con las obras y las palabras, pero las palabras buenas: aquellas que edifican. No las palabras de los chismes que destruyen.

Por favor, cuando salgáis de la iglesia pensad que la paz recibida es para darla a los demás: no para destruirla con el chismorreo.

No olvidéis esto.





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La Confirmación: El sello del Espíritu



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 30 de mayo de 2018



Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con el argumento de la Confirmación o Crismación, deseo hoy poner el foco en la «íntima conexión de este sacramento con toda la iniciación cristiana» (Sacrosanctum Concilium, 71).
Antes de recibir la unción espiritual que confirma y refuerza la gracia del bautismo, quienes se van a confirmar están llamados a renovar las promesas hechas un día por padres y padrinos.

Entonces son ellos mismos quienes profesan la fe de la Iglesia, listos para responder «creo» a las preguntas dirigidas por el obispo; listos, en particular, a creer «en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida y que hoy, por medio del sacramento de la confirmación está de un modo especial conferido a ellos, como lo fue a los Apóstoles en el día de Pentecostés». (Rito de la confirmación n. 26).

Puesto que la venida del Espíritu Santo reclama corazones recogidos en oración (cf. Hechos 1, 14) después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, manteniendo las manos extendidas sobre los que van a confirmarse, suplica a Dios que infunda en ellos su Santo Espíritu.

El Espíritu es el mismo (cf. I Corintios 12, 4), pero viniendo a nosotros lleva consigo la riqueza de dones: sabiduría, intelecto, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la confirmación, nn. 28-29).

Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que lleva el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11, 2) estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para que cumpla su misión. También san Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gálatas 5, 22).

El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen la única Iglesia: es el autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas pero del mismo modo crea la armonía, es decir, la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros cristianos.

Por tradición, atestiguado por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del bautismo se comunica a través de la imposición de manos (cf. Hechos 8, 15-17; 19, 5-6; Hebreos 6, 2). A este gesto bíblico, para expresar mejor el derramamiento del Espíritu que impregna a quienes lo reciben, se ha agregado una unción de aceite perfumado, llamado crisma, que ha permanecido en uso hasta nuestros días, tanto en Oriente como en Occidente (cf. Catecismo de Iglesia Católica, 1289).

El aceite —el crisma— es una sustancia terapéutica y cosmética que entrando en los tejidos del cuerpo medica las heridas y perfuma las extremidades; por esas cualidades fue asumido por la simbología bíblica y litúrgica para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra e impregna al bautizado, embelleciéndolo con carismas.

El sacramento se confiere mediante la unción del crisma en la frente, llevada a cabo por el obispo con la imposición de la mano y mediante las palabras: «Recibe el sello del Espíritu Santo que se te ha dado como don». El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es el sello invisible. Recibiendo en la frente el signo de la cruz con el óleo perfumando, el confirmando recibe una huella espiritual indeleble, el «carácter», que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracias de propagar entre los hombres su «buen perfume» (cf. 2 Corintios 2,15).

Escuchamos de nuevo la invitación de san Ambrosio a los nuevos confirmandos. Dice así: «Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual […] y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu» (De mysteriis 7,42: csel 73,106; cf. ccc, 1303).


Es un don inmerecido del Espíritu, para acoger con gratitud, haciendo espacio a su creatividad inagotable. Es un don para custodiar con premura, para secunda con docilidad, dejándose plasmar, como cera, por su ardiente caridad, «que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 23).



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La Confirmación: Testimonio cristiano



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 23 de mayo de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de las catequesis sobre el bautismo, estos días que siguen a la solemnidad de Pentecostés nos invitan a reflexionar sobre el testimonio que el Espíritu suscita en los bautizados, poniendo en movimiento su vida, abriéndola al bien de los otros. A sus discípulos Jesús encomendó un misión grande: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (cf. Mateo 5, 13-16). Estas son imágenes que hacen pensar en nuestro comportamiento, porque tanto la carencia como el exceso de sal hacen desagradable la comida, así como la falta y/o el exceso de luz impiden ver. ¡Quien puede realmente hacernos sal que da sabor y preserva de la corrupción, y luz que ilumina el mundo es solamente el Espíritu Santo! Y esto es el don que recibimos en el sacramento de la confirmación, sobre el que deseo detenerme a reflexionar con vosotros. Se llama «confirmación» porque confirma el bautismo y refuerza la gracia (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1289); como también «crismación», por el hecho de que recibimos al Espíritu mediante la unción con el «crisma» —óleo mezclado con perfume consagrado por el obispo—, término que lleva a «Cristo» el Ungido de Espíritu Santo.

Renacer a la vida divina en el bautismo es el primer paso; es necesario después comportarse como hijos de Dios, o sea, ajustándose a Cristo que obra en la santa Iglesia, dejándose implicar en su misión en el mundo. A esto provee la unción del Espíritu Santo: «mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro» (cf. Secuencia de Pentecostés). Sin la fuerza del Espíritu Santo no podemos hacer nada: es el Espíritu quien nos da la fuerza para ir adelante. Como toda la vida de Jesús fue animada por el Espíritu, así también la vida de la Iglesia y de cada uno de sus miembros está bajo la guía del mismo Espíritu.

Concebido por la Virgen por obra del Espíritu Santo, Jesús emprende su misión después de que, al salir del agua del Jordán, es consagrado por el Espíritu que desciende y permanece en Él (cf. Marcos 1, 10; Juan 1, 32). Él lo declara explícitamente en la sinagoga de Nazaret: ¡es bonito cómo se presenta Jesús, cuál es el carnet de identidad de Jesús en la sinagoga de Nazaret! Escuchemos cómo lo hace: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lucas 4, 18). Jesús se presenta en la sinagoga de su pueblo como el Ungido, Aquel que ha sido ungido por el Espíritu.

Jesús está lleno de Espíritu Santo y es la fuente del Espíritu prometido por el Padre (cf. Juan 15, 26; Lucas 24, 49; Hechos 1, 8; 2, 33). En realidad, la noche de Pascua el Resucitado sopló sobre sus discípulos diciéndoles: «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20, 22); y en el día de Pentecostés la fuerza del Espíritu desciende sobre los Apóstoles de forma extraordinaria (cf. Hechos 2, 1-4), como conocemos.

La «respiración» del Cristo Resucitado llena de vida los pulmones de la Iglesia; y, de hecho, la boca de los discípulos, «colmados de Espíritu Santo», se abren para proclamar a todos las grandes obras de Dios (cf. Hechos 2, 1-11). El Pentecostés —que celebramos el domingo pasado— es para la Iglesia lo que para Cristo fue la unción del Espíritu recibida en el Jordán, es decir, Pentecostés es el impulso misionero a consumar la vida por la santificación de los hombres, para gloria de Dios.

Si en cada sacramento obra el Espíritu, está de modo especial en la confirmación, ya que «los fieles reciben como Don al Espíritu Santo» (Pablo vi, Cost. ap. Divinae consortium naturae). Y en el momento de hacer la unción, el obispo dice esta palabra: «Recibe al Espíritu Santo que te ha sido dado como don»: es el gran don de Dios, el Espíritu Santo. Y todos nosotros tenemos al Espíritu dentro.

El Espíritu está en nuestro corazón, en nuestra alma. Y el Espíritu nos guía en la vida para que nos convirtamos en la sal correcta y en la luz correcta para los hombres.

Si en el bautismo es el Espíritu Santo quien se sumerge en Cristo, en la confirmación es Cristo quien nos colma de su Espíritu, consagrándonos como sus testigos, partícipes del mismo principio de vida y de misión, según el designio del Padre celestial. El testimonio prestado por los que se confirman manifiesta la recepción del Espíritu Santo y la docilidad a su inspiración creativa.

Yo me pregunto: ¿Cómo se ve que hemos recibido el Don del Espíritu? Si cumplimos las obras del Espíritu, si pronunciamos palabras enseñadas por el Espíritu (cf. 1 Corintios 2, 13).

El testimonio cristiano consiste en hacer solo y todo aquello que el Espíritu de Cristo nos pide, concediéndonos la fuerza de cumplirlo.





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El Bautismo: Revestido de Cristo



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 16 de mayo de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre el bautismo. Los efectos espirituales de este sacramento, invisibles a los ojos pero operativos en el corazón de quien se ha convertido en una nueva criatura, se hacen explícitos mediante la entrega del vestido blanco y de la vela encendida. Después del lavacro de regeneración, capaz de recrear al hombre según Dios en la verdadera santidad (cf. Efesios 4, 24) ha parecido natural, desde los primeros siglos revestir a los neobautizados con una vestimenta nueva, cándida, similar al esplendor de la vida conseguida en Cristo y en el Espíritu Santo.

La vestimenta blanca, mientras expresa simbólicamente lo que ha sucedido en el sacramento, anuncia la condición de los transfigurados en la gloria divina. Lo que significa revestirse de Cristo lo recuerda san Pablo explicando cuáles son las virtudes que los bautizados deben cultivar: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos, mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó. Y por encima de todo esto, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección» (Colosenses 3, 12-14).

También la entrega ritual de la llama extraída del cirio pascual, recuerda el efecto del bautismo: «Recibe la luz de Cristo», dice el sacerdote. Estas palabras recuerdan que no somos nosotros la luz sino que la luz es Jesucristo (Juan 1, 9; 12, 46), el cual, resucitado de entre los muertos, venció a las tinieblas del mal. Nosotros estamos llamados a recibir su esplendor. Como la llama del cirio pascual da luz a cada vela, así la caridad del Señor Resucitado inflama los corazones de los bautizados, colmándolos de luz y calor. Y por eso, desde los primeros siglos, el bautismo se llamaba también «iluminación» y a quien era bautizado se le llamaba «el iluminado». Esta es, de hecho, la vocación cristiana: «caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe» (cf. Rito de iniciación cristiana de los adultos, n. 226; Juan 12, 36). Si se trata de niños, es tarea de los padres, junto a padrinos y madrinas, hacerse cargo de alimentar la llama de la gracia bautismal en sus pequeños, ayudándoles a perseverar en la fe (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 73). «La educación cristiana es un derecho de los niños; esta tiende a guiarles gradualmente a conocer el diseño de Dios en Cristo: así podrán ratificar personalmente la fe en la cual han sido bautizados» (ibíd., Introducción, 3).

La presencia viva de Cristo, para custodiar, defender y dilatar en nosotros, es lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras elecciones, llama que calienta los corazones en el ir al encuentro al Señor, haciéndonos capaces de ayudar a quien hace el camino con nosotros, hasta la comunión inseparable con Él. Ese día, dice el Apocalipsis, «ya no habrá noche, y ya no necesitaremos la luz de lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios nos iluminará. Y reinaremos por los siglos de los siglos» (cf. 22, 5). La celebración del bautismo se concluye con la oración del Padre Nuestro, propia de la comunidad de los hijos de Dios. De hecho, los niños renacidos en el bautismo recibirán la plenitud del don del Espíritu en la confirmación y participarán en la eucaristía, aprendiendo qué significa dirigirse a Dios llamándole «Padre».

Al finalizar estas catequesis sobre el bautismo, repito a cada uno de vosotros la invitación que expresé así en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate: «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Gálatas 5, 22-23)» (n. 15).




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El Bautismo: Regeneración



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 9 de mayo de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis sobre el sacramento del bautismo nos lleva a hablar hoy del lavacro santo acompañado por la invocación de la Santísima Trinidad, o sea al rito central que propiamente «bautiza» —es decir sumerge— en el Misterio pascual de Cristo (cf.Catecismo de la Iglesia Católica, 1239). El sentido de este signo lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma, preguntando antes: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados por su muerte?» y después respondiendo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Romanos 6, 3-4). El bautismo nos abre la puerta a una vida de resurrección, no a una vida mundana. Una vida según Jesús.

¡La pila bautismal es el lugar en el que se hace Pascua con Cristo! Es sepultado el hombre viejo, con sus pasiones engañosas (cf. Efesios 4, 22), para que renazca una nueva criatura; realmente las cosas viejas han pasado y han nacido nuevas (cf. 2 Corintios 5, 17). En las «catequesis» atribuidas a san Cirilo de Jerusalén se explica a los neobautizados lo que les ha sucedido en el agua del bautismo. Es bonita esta explicación de san Cirilo: «En el mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros sepulcro y madre» (n. 20, Mistagógica 2, 4-6: pg 33, 1079-1082). El renacimiento del nuevo hombre exige que sea reducido a polvo el hombre corrompido por el pecado. Las imágenes de la tumba y del vientre materno referidas a la pila, son de hecho muy incisivas para expresar cuanto sucede de grande a través de gestos sencillos del bautismo. Me gusta citar la inscripción que se encuentra en el antiguo baptisterio romano del Laterano, en el que se lee, en latín, esta expresión atribuida al Papa Sixto III. «La Madre Iglesia da a luz virginalmente mediante el agua a los hijos que concibe por el aliento de Dios. Los que habéis renacido de esta pila, esperad el reino de los cielos». Es bonito: la Iglesia que nos hace nacer, la Iglesia que es vientre, es madre nuestra por medio del bautismo. Si nuestros padres nos han generado a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna del bautismo. Nos hemos convertido en hijos en su Hijo Jesús (cf. Romanos 8, 15; Gálatas 4, 5-7). También sobre cada uno de nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, el Padre celeste hace resonar con infinito amor su voz que dice: «Tú eres mi hijo amado» (cf. Mateo 3, 17). Esta voz paterna, imperceptible al oído pero bien audible para quien cree, nos acompaña para toda la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: «Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hija amada».

Dios nos ama mucho, como un Padre y no nos deja solos. Esto desde el momento del bautismo. Renacidos hijos de Dios, lo somos para siempre. El bautismo, de hecho, no se repite, porque imprime un sello espiritual indeleble: «Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación» (cic, 1272). El sello del bautismo no se pierde nunca. «Padre, pero si una persona se convierte en un bandido, de los más famosos, que mata a gente, que comete injusticias, ¿el sello no se borra?». No. Para su propia vergüenza el hijo de Dios que es aquel hombre hace estas cosas, pero el sello no se borra. Y continúa siendo hijo de Dios, que va en contra de Dios pero Dios nunca reniega de sus hijos. ¿Habéis entendido esto último? Dios nunca reniega de sus hijos. ¿Lo repetimos todos juntos? «Dios nunca reniega de sus hijos». Un poco más fuerte, que yo o estoy sordo o no he entendido: [repiten más fuerte] «Dios nunca reniega de sus hijos». He aquí, así está bien. Incorporados a Cristo por medio del bautismo, los bautizados se conforman, por lo tanto, a Él, «el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8, 29). Mediante la acción del Espíritu Santo, el bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos un solo cuerpo (cf. 1 Corintios 6, 11; 12, 13). Lo expresa la unción del crisma, «que es señal del sacerdocio real y de su agregación a la comunidad del pueblo de Dios» (Rito del bautismo de los niños, Introducción, n. 18, 3). Por ello, el sacerdote unge con el sagrado crisma la cabeza de cada bautizado, después de haber pronunciado estas palabras que explican el significado: «Dios mismo os consagra con el crisma de salvación, para que inseridos en Cristo, sacerdote, rey y profeta, seáis siempre miembros de su cuerpo para la vida eterna» (ibíd., n. 71).

Hermanos y hermanas, la vocación cristiana está toda aquí: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para desarrollar la misma misión, en este mundo, llevando frutos que duran para siempre.

Animado por el único Espíritu, de hecho, todo el Pueblo de Dios participa en las funciones de Jesucristo, «Sacerdote, Rey y Profeta» y lleva las responsabilidades de misión y servicio que se derivan (cf. CIC, 783-786). ¿Qué significa participar del sacerdocio real y profético de Cristo? Significa hacer de sí una oferta grata a Dios (cf. Romanos 12, 1) ofreciéndole testimonio por medio de una vida de fe y de caridad (cf. Lumen gentium, 12), poniéndola al servicio de los demás, sobre el ejemplo del Señor Jesús (cf. Mateo 20, 25-28; Juan 13, 13-17). Gracias.



El Bautismo: Fuente de la vida



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 2 de mayo de 2018




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Prosiguiendo con la reflexión sobre el bautismo, hoy quisiera detenerme en los ritos centrales, que se desarrollan en la pila bautismal. Consideramos en primer lugar el agua, sobre la cual se invoca el poder del Espíritu para que tenga la fuerza de regenerar y renovar (cf. Juan 3, 5 y Tito 3, 5). El agua es matriz de vida y de bienestar, mientras que su falta provoca la extinción de toda fecundidad, como sucede en el desierto; pero el agua puede ser también causa de muerte, cuando sumerge entre sus olas o en grandes cantidades arrasa con todo; finalmente, el agua tiene la capacidad de lavar, limpiar y purificar.

A partir de este simbolismo natural, universalmente reconocido, la Biblia describe las intervenciones y las promesas de Dios a través del signo del agua. Aún así, el poder de perdonar los pecados no está en el agua en sí, como explicaba san Ambrosio a los nuevos bautizados: «Has visto el agua, pero no toda el agua resana: resana el agua que tiene la gracia de Cristo […] La acción es del agua, la eficacia es del Espíritu Santo» (De sacramentis 1, 15). Por eso la Iglesia invoca la acción del Espíritu sobre el agua «para que aquellos que en ella reciban el bautismo, sean sepultados con Cristo en la muerte y con Él resuciten a la vida inmortal» (Rito del Bautismo de los niños, n. 60). La oración de bendición dice que Dios ha preparado el agua «para ser signo del bautismo» y recuerda las principales prefiguraciones bíblicas: sobre las aguas de los orígenes se libraba el Espíritu para hacerlas semilla de vida (cf. Génesis 1, 1-2); el agua del diluvio marcó el final del pecado y el inicio de la vida nueva (cf. Génesis 7, 6-8, 22); a través del agua del Mar Rojo fueron liberados de la esclavitud de Egipto los hijos de Abraham (cf. Éxodo 14, 15-31). En relación con Jesús, se recuerda el bautismo en el Jordán (cf. Mateo 3, 1 3-17), la sangre y el agua derramados de su costado (cf. Juan 19, 31-37), y el mandato a los discípulos de bautizar a todos los pueblos en el nombre de la Trinidad (cf. Mateo 28, 19). Fortalecidos por tal recuerdo, se pide a Dios infundir en el agua de la pila la gracia de Cristo muerto y resucitado (cf. Rito del bautismo de los niños, n. 60). Y así, esta agua viene transformada en agua que lleva en sí la fuerza del Espíritu Santo. Y con esta agua con la fuerza del Espíritu Santo, bautizamos a la gente, bautizamos a los adultos, a los niños, a todos.

Santificada el agua de la pila, es necesario disponer el corazón para acceder al bautismo. Esto sucede con la renuncia a Satanás y la profesión de fe, dos actos estrechamente conectados entre ellos. En la medida en la que digo «no» a las sugestiones del diablo —aquel que divide— soy capaz de decir «sí» a Dios que me llama a adaptarme a Él en los pensamientos y en las obras. El diablo divide; Dios une siempre la comunidad, la gente en un solo pueblo. No es posible adherirse a Cristo poniendo condiciones. Es necesario despegarse de ciertas uniones para poder abrazar realmente otros; o estás bien con Dios o estás bien con el diablo. Por esto la renuncia y el acto de fe van juntos. Es necesario cortar los puentes, dejándoles a la espalda, para emprender el nuevo Camino que es Cristo.

La respuesta a las preguntas —«¿Renunciáis a Satanás, a todas sus obras, y a todas sus seducciones?»— está formulada en primera persona del singular: «Renuncio». Y de la misma forma es profesada la fe de la Iglesia, diciendo: «Creo». Yo renuncio y yo creo: esta es la base del bautismo. Es una elección responsable, que exige ser traducida en gestos concretos de confianza en Dios. El acto de fe supone un compromiso que el mismo bautismo ayudará a mantener con perseverancia en las diferentes situaciones y pruebas de la vida. Recordamos la antigua sabiduría de Israel: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclesiástico 2, 1), es decir, prepárate a la lucha. Y la presencia del Espíritu Santo nos da la fuerza para luchar bien.

Queridos hermanos y hermanas, cuando mojamos la mano en el agua bendecida —entrando en una iglesia tocamos el agua bendecida— y hacemos la señal de la cruz, pensemos con alegría y gratitud en el bautismo que hemos recibido —esta agua bendecida nos recuerda el bautismo— y renovamos nuestro «Amén» —«Estoy contento»—, para vivir inmersos en el amor de la Santísima Trinidad.



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Tomado de:
http://w2.vatican.va