Oraciones diarias Click To Pray en PDF, Audios y Videos - MARZO 2018




Ofrecimiento diario

Orando con el Papa Francisco en el mes de MARZO 2018


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AUDIOS





Jesús expulsa a los mercaderes del Templo



P. Adolfo Franco, S.J.

CUARESMA
Domingo III

Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Entonces hizo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes, desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los vendedores de palomas: «Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado.» Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito:
El celo por tu casa me devorará. Los judíos entonces le dijeron: «¿Qué signo puedes darnos que justifique que puedes obrar así?» Jesús les respondió: «Destruid este santuario y en tres días lo levantaré.»
Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando fue levantado de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de esto que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había pronunciado Jesús.
Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos; y no necesitaba que alguien le dijera cómo son las personas, pues él conocía lo que hay en el ser humano.
Palabra de Dios.

Con la purificación del templo Jesús nos invita a una profunda purificación interior.

Al comienzo de la predicación de Jesús, sitúa el evangelista San Juan el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo. Sorprende este hecho, violento, muy violento, en Jesús que se definía a sí mismo, como manso y humilde de corazón. Hay que analizar con la luz del Espíritu Santo este hecho, porque no podemos reducirlo solamente a la voluntad de Jesús de poner orden en el caos comercial que rodeaba el templo de Jerusalén. Hay más que descubrir.

El Templo debía estar rodeado de una cantidad de servicios necesarios para la realización de las ceremonias y sacrificios. Debía tener una serie de puestos de venta, donde se vendía de todo lo necesario para el culto: animales para los sacrificios, puestos de monedas para el cambio por la moneda oficial del templo; y se fueron añadiendo otras muchas cosas, pues los comerciantes aprovechaban la multitud, que siempre había alrededor del templo, para ofrecerles recuerdos y toda suerte de baratijas. Estos puestos habían llegado a invadir el primero de los atrios del templo. Algo parecido a la aglomeración de ambulantes que vemos en muchas calles populares, con el agravante de que, en este caso, invadían terreno sagrado.

Cuando Jesús arrebatado por la honra de Dios, toma la iniciativa de expulsar a estos mercaderes, para preservar la pureza del templo, lo que quiere hacer entender es que todo el concepto mismo de Dios, templo y religión debían ser purificados. La religión misma que planteaban especialmente los fariseos era una religión de intercambio, una religión comercial. Algo así como: yo voy cumpliendo puntualmente todas las prescripciones de la ley, los diezmos, los ayunos, las purificaciones, y compro así un bono de reconocimiento que me da el derecho a la salvación. Por eso, cuando a Jesús le piden cuentas de lo que ha hecho, dice esa frase “destruyan este templo y yo lo reharé en tres días”. Y es que con su muerte y resurrección iba a quedar destruido el templo y todo lo que él significaba: El iba a reconstruir el culto de Dios desde la raíz.

El tema del templo  y de su renovación será repetido de alguna forma, en el mismo evangelista San Juan, cuando él narre el encuentro de Jesús con la samaritana. Ella quiere comenzar una discusión sobre la legitimidad del templo de Jerusalén, en contraposición del que tenían los samaritanos; Jesús no acepta la discusión, que ahora ya es inútil, porque a Dios habrá que darle culto sobre todo en el corazón del hombre.

Así que esta purificación del templo, lo que quiere significar es la purificación de todo el culto a Dios, el nuevo culto que quería establecer Jesús. Y que supone lo siguiente: es fundamental que a Dios se entregue la persona entera; no basta con ofrecerle sacrificios rituales. El único verdadero sacrificio que es agradable a Dios es la totalidad de la entrega de una persona, que lo ama, y se decide por Dios hasta llamarlo Padre, y pedirle que en todo se haga su voluntad. Así la entrega a Dios no está reglamentada por ritos y menudencias legales, sino que es una entrega sin límites, que busca la totalidad.

Este nuevo culto supone que se mira al prójimo, a todo prójimo como a un hermano. Ya no hay límites territoriales ni étnicos, para ver quién es mi prójimo. Ni tengo que comerciar con mis servicios; de modo que sea generoso con todos y no sólo con quienes me pueden retribuir. No puedo establecer entre los hombres con quienes me relacione, dos categorías: la de los amigos y la de los indiferentes y enemigos. No puedo tener la venganza, como justicia que me tomo por mi cuenta. El amor al prójimo, y el perdón no tienen límites: más de setenta veces siete. El que pretende ser mayor, debe ser el servidor de todos.

Todos los profetas, todos los líderes antiguos: Moisés, Elías, Abrahán, han quedado sustituidos por el Hijo del Hombre, que existía antes de Abrahán. El es el único guía de la humanidad, porque es el camino, la verdad y la vida, y nadie llega al Padre, sino por Jesús.

Estas y otras cosas son las que Jesús quiere que nos queden claras. Es lo que significa la purificación del templo. Jesús quiere purificar toda la forme de religión que entonces practicaban en Israel y que, a veces, hoy seguimos practicando. Jesús debería entrar en el templo de nuestro propio corazón, para expulsar todos los mercaderes que llevamos dentro.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Santísima Trinidad: 21° Parte - Las operaciones y apropiaciones de las Personas divinas




P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

Artículo 4º. Operaciones "ad extra" de las Personas divinas.

En el estudio de las Personas divinas hemos visto hasta aquí su constitución, sus propiedades y nociones y su igualdad  íntima unión. Pasamos ahora a considerar a las Personas divinas en sus operaciones "ad extra", es decir, en las operaciones de la Trinidad respecto a los seres creados.

TESIS 17°.  "Las operaciones divinas "ad extra" son comunes a las tres divinas Personas"

Explicación: La tesis afirma que, en todas las operaciones "ad extra", la operación de las tres divinas Personas es una y la misma en la realidad y en el número. Quiere esto decir que en las operaciones  de Dios "ad extra" es toda la Trinidad un solo principio "quod", de modo que no hay más que una sola acción común. Por tanto se afirman explícitamente dos cosas:

1. Que las Personas divinas no realizan en los seres creados nada por separado.

2. Que actúan con una operación no sólo unánime o específicamente idéntica, sino con una operación numéricamente la misma, es decir, única. Es claro que hablamos de operación divina en la línea de causa eficiente y final.

Magisterio de la Iglesia

  • Concilio IV de Letrán (año 1215):  Afirma que las tres divinas Personas son un "solo principio de todas las cosas".
  • Pío XII: "Además sostendrán firmemente y con toda certeza que en estas cosas todo es común a la Santísima Trinidad, puesto que todo se refiere a Dios como a suprema causa eficiente". Myst Corp. l943.

Adversarios

  • Günther (1863): que establecía división en la operación "ad extra" de la santísima Trinidad a pesar de la unidad de esencia divina y así, la realización del plan universal de Dios es obra exclusiva del Verbo y la vuelta de todas las criaturas a Dios es obra exclusiva del Espíritu Santo.

Sagrada Escritura

  • Jn 5,19: "No puede el Hijo hacer nada por Sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que Éste hace, lo hace igualmente el Hijo".

Argumento Teológico

  • En Dios todo es "uno" donde no obsta la oposición de relación, ahora bien, en las operaciones "ad extra" no se da una oposición de relación entre una Persona divina y otra, luego la operación "ad extra" de las tres divinas Personas es "una" e "idéntica".
  • Por una parte, la naturaleza es causa de las cosas en cuanto que, mediante la voluntad divina, quiere absolutamente hacerlas. Pero como la naturaleza divina en este aspecto es común a las tres Personas divinas, síguese que la operación divina “ad extra” tiene que ser la misma en ellas.
  • Finalmente, las criaturas todas proceden de Dios en cuanto que Dios es perfectísimo y contiene eminentemente toda posible perfección. Ahora bien, por su divinidad las tres Personas son perfectamente idénticas, lo que implica que las criaturas proceden de ellas como de un solo principio.
  • Sto. Tomás al considerar si por medio de la razón natural puede conocerse la Trinidad de Personas toca indirectamente nuestro tema y dice.
  • “Es imposible llegar  al conocimiento de la trinidad de Personas por medio de la razón natural. Hemos demostrado que el hombre, con sus propias fuerzas, no puede alcanzar el conocimiento de Dios, si no es mediante las criaturas. Mas las criaturas conducen al conocimiento de Dios, como el efecto al de su causa. Luego la razón natural no puede conocer de Dios más que aquello que necesariamente le compete en cuanto es principio de todos los seres; y este es el fundamento en que nos hemos apoyado en el tratado de Deo Uno. Ahora bien, el poder creador de Dios es común a toda la trinidad, y por ello pertenece a la unidad de la esencia y no a las Personas distintas. Luego mediante la razón natural pued3 conocerse de Dios lo que pertenece a la unidad de esencia, pero no en lo referente a la distinción de Personas". (”Iª q32, a. 1)
  • La razón es que en las operaciones "ad extra" en todas ellas actúa Dios como "uno", no tal o cual Persona divina en particular.
  • Lo cual no contradice que “cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal, así, el N.T. en 1 Cor 8, 6: “uno es Dios y Padre de quien proceden todas las cosas, uno solo el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas”.


Artículo 5º. Las Apropiaciones de las Personas divinas

TESIS 18°. "Las operaciones divinas "ad extra", sin embargo se atribuyen o apropian a las distintas Personas"

Explicación

La "apropiación" o "atribución" consiste en que una operación o un atributo esencial, común a las tres Personas divinas, se atribuye a una, con preferencia sobre las demás, por cierta afinidad entre la obra realizada "ad extra", o el atributo, y el carácter personal de aquella Persona a la cual se le atribuye. Sto. Tomás dice : " es, una manera peculiar de predicar de una sola Persona un atributo o una operación divina común a las tres. La apropiación tiene por objeto manifestarnos de una manera más clara las propiedades y características de las tres Personas divinas que hay en Dios". La razón más inmediata de esta peculiar atribución es una cierta analogía o semejanza que facilita la manifestación de las características de aquella Persona.

Magisterio de la Iglesia

Conc. de Florencia (1439-1445) Dice: “La sacrosanta Iglesia romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro firmemente cree, profesa y predica a un solo y verdadero Dios omnipotente, inmutable y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en esencia y trino en Personas: el Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo”. Denz 1330.

Sagrada Escritura

  • 1Cor 12,4-6: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos".
  • 2Cor 13,13: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros".
  • Efes 4,4-6: "Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos".
  • Tito 3,4-6: "Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, Él nos salvó, no por nuestras obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Señor".

Puede apreciarse que a Dios Padre se le atribuye la bondad promotora de nuestra salvación. A Jesucristo se le atribuye los méritos de la redención de todo el género humano y que al Espíritu Santo se le atribuye la aplicación inmediata a nosotros de esta redención (la santificación), mediante el baño de la regeneración que es el bautismo.

Argumento Teológico

La apropiación es legítima si tiene un adecuado "fundamento" y un "fin determinado". El fundamento casi siempre es la analogía o semejanza que se da entre el atributo absoluto y la propiedad personal. El fin de la apropiación es dar a conocer con más claridad a la tres divinas Personas. Así por ejemplo, la potencia operativa puede atribuirse al Padre, como principio sin principio en la Trinidad. Al Hijo por ser instrumento o brazo del Padre. Y al Espíritu Santo en cuanto que se concibe como el amor que impulsa a realizar las obras buenas.
Ya que los atributos esenciales son comunes a las tres Personas divinas, no pueden ser utilizados para designar la propiedad de una persona, a no ser que se le “apropie”, aplicándolo a esta persona en su singularidad. Para que esta apropiación no sea arbitraria, es necesario que se fundamente de algún modo en la propiedad real de esa persona en relación a las otras dos. Propiedad que nos viene indicada por la procesión divina. Así, por la mediación del atributo utilizado, se puede conocer cada persona divina en su distinción.
De este modo, todos los conceptos que designan la potencia divina son atribuidos al Padre, principio fontal de la Trinidad. Los atributos inteligentes al Hijo –Verbo- que procede de la inteligencia divina. Los atributos de la bondad al Espíritu Santo, que procede por vía de amor.
En la intimidad eterna del dios único todo es común entre las tres Personas, el ser y la vida, la sabiduría y la voluntad, la majestad y la belleza, la santidad y la omnipotencia. Pero hay que decir que sólo el Padre engendra; sólo el Hijo es engendrado; sólo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Por tanto, en Dios uno y trino: “todo es uno, donde no obsta la oposición de relación personal” Conc. de Florencia 1439-45
En lo que respecta a las obras exteriores de Dios (ad extra), todas las acciones divinas, sean en el orden de la naturaleza o de la gracia, son comunes a las tres divinas personas, pues la causa de esas operaciones es la naturaleza divina, una e indivisible.
La Iglesia quiere que Dios sea conocido y amado no sólo en la Unidad de su ser sino también en su Trinidad  personal. Y por eso, apoyándose en la Revelación y en la Tradición, atribuye en su Magisterio y en su Liturgia ciertas acciones a una de las tres Personas divinas, por la especial afinidad que esa obra tiene con ella.
Y así, siendo el Padre el principio sin principio, el origen de las otras dos Personas divinas, iguales a El en su divinidad y eternidad, la Iglesia le atribuye la condición de “Creador”, de origen absoluto de todo lo visible e invisible, aunque bien sabe la Iglesia que la creación es obra de las tres divinas Personas.
Y así la Iglesia, siendo el Hijo la expresión infinita del pensamiento del Padre(su Logos), su idea eterna, le atribuye la condición de “Sabiduría” divina, Logos, Hijo, Verbo divino, que procede del Padre por generación intelectual. Por medio del misterio de la Encarnación realizará el misterio de la Redención y será el único Redentor de todo el género humano.
Y así también, al proceder eternamente el Espíritu Santo del Padre y del Hijo por vía de espiración de amor, la Iglesia identifica esta persona tercera de la Trinidad divina como el “Amor” de Dios, y a Él atribuye de especial modo toda la obra de la santificación  de los hombres.
De este modo la Iglesia, dice León XIII, hace estas atribuciones en el interior del misterio de la Trinidad: “con gran propiedad. Y la finalidad última de estas apropiaciones según Sto. Tomás es “para manifestar la fe”.
Pues bien estas atribuciones se expresan principalmente por los Nombres que la Tradición cristiana da a cada una de las tres Personas divinas, a saber: Dios Padre es el Creador; Dios Hijo es el Redentor; y el Espíritu Santo es el Santificador.

Nota teológica: 

La Iglesia enseña: "Para hablar con exactitud y precisión acerca de las "apropiaciones" o "atribuciones" de la Trinidad, se ha de entender no sólo a la cosa significada, sino también al modo de significar las palabras". Por ello hay que tener en cuenta las siguientes normas para hablar con propiedad y precisión y evitar equívocos teológicos:

  • Hay que evitar aquellas expresiones que puedan ofender la unidad de la naturaleza divina o la Trinidad de Personas en Dios. Por ejemplo: (es falsa la siguiente proposición): "Dios es distinto en tres Personas". La expresión correcta es ésta: " Dios es uno solo en tres Personas distintas".
  • Hay que abstenerse de aquellas expresiones que comprometen la real distinción entre las Personas, o la identidad de esencia o la unidad de la naturaleza. Es falsa la proposición: "El Padre es el Hijo". (aunque es muy verdadero lo que Cristo dijo: "El Padre y yo somos una misma cosa". Es decir, son una misma naturaleza divina, pero no la misma Persona).
  • Los nombres substantivos absolutos que significan la esencia de Dios o los atributos absolutos, o las acciones "ad extra", no pueden predicarse en plural de Dios o de las divinas Personas. Es falsa la siguiente afirmación: "El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres señores o tres inmensos". Sino que hay que decir: "Un solo Señor y un solo inmenso". Tampoco se puede decir: "Son tres creadores o tres providentes", sino :"Un solo Creador y un solo Providente".
  • Los nombres relativos que denotan pluralidad pueden emplearse rectamente en plural. Puede y debe decirse, que en Dios hay dos procesiones, tres Personas, tres subsistencias relativas, etc.".
  • Los nombres sustantivos absolutos que se enuncian en concreto, a veces significan la esencia, y a veces la Persona o una propiedad personal. Por ejemplo: la expresión: "Dios crea, Dios engendra, Dios espira el amor", son verdaderas aplicando la primera a la esencia divina (Dios uno), la segunda al Padre y la tercera al Padre y al Hijo.
  • Los nombres absolutos abstractos siempre significan la esencia, nunca la Persona. Es falsa esta proposición: "La deidad engendra", debe decirse: "Dios Padre engendra".
  • Los nombres adjetivos, si se refieren a las Personas, pueden enunciarse en plural, pero no si se refieren a la esencia. Ejemplo: Puede decirse (aunque no deba de decirse para evitar equívocos) lo siguiente: Tres omnipotentes, tres inmensos, tres eternos". Si esa afirmaciones se aplican adjetivamente a las Personas; pero de ninguna manera debe de decirse si se aplican substantivamente a la esencia divina (que es siempre una), porque entonces hay que decir: "un solo omnipotente, un solo inmenso, un solo eterno", como bien enseña el símbolo Quicumque, Denzinger 39.


Finalmente la Iglesia enseña: "Ciertos atributos esenciales de Dios, comunes a las tres Personas divinas, se aplican a alguna Persona en particular por una conveniente apropiación".
Los atributos esenciales. por ejemplo: eternidad, omnipotencia, inmensidad, sabiduría, amor, etc, corresponden como es obvio, a Dios en cuanto uno. Porque la esencia divina es única para las tres divinas Personas. Sin embargo, se aplican a veces a alguna de las tres divinas Personas en particular por una muy conveniente "apropiación", que tiene por objeto darnos a conocer mejor lo que es propio y peculiar de esa Persona divina en el seno de la Trinidad.
Y así por ejemplo, aunque se trata de atributos esenciales comunes a las tres divinas Personas, se atribuye de modo especial la "omnipotencia" a Dios Padre; la "sabiduria" a Dios Hijo; y el "amor" a Dios Espíritu Santo. Porque en el seno de la Trinidad, al Padre le corresponde la razón del Primer Principio (así encaja admirablemente el término de omnipotencia); al Hijo la razón de ser Verbo o Palabra (muy afín con la sabiduría), y al Espíritu Santo la razón de "procesión" por vía del amor (luego el amor debe de atribuírsele de forma especial).


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.


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Los escritos de San Pablo: La vida del Apóstol II


P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


1.5. La Vocación apostólica

La imagen que tenemos de Pablo perseguidor de la Iglesia de Cristo se debe en buena medida a la exposición que nos ofrece Hechos de los Apóstoles. La revelación que Pablo recibió de Cristo en el camino de Damasco hacia el año 34 no modificó su ciencia escriturística ni su técnica en la interpretación del Antiguo Testamento. Transformó, sin embargo, su vida mediante una nueva comprensión religiosa que Dios le dio en su revelación. El acontecimiento fue una "llamada" de Dios, por medio de la cual Pablo recibió la misión de anunciar a Cristo a los gentiles, Gal 1, 15-16: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo hambre alguno”. De perseguidor de la Iglesia de Dios, Pablo se convirtió en Evangelizador y servidor de Cristo, que lo apresó, Filp 3, 12: “...  como Cristo me alcanzó a mí”. Este es el significado fundamental - así lo expresa Pablo - de su encuentro con Cristo cuando caminaba hacia Damasco.

La aparición de Cristo está narrada tres veces en el libro de los Hech  9, 1-30; 22, 6-11; 26, 12-18. Entre las tres narraciones existen algunas diferencias, pero coinciden en los elementos esenciales:
A continuación vamos a ver la primera narración de la conversión en Hech 9, 1-22: “Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar presos a Jerusalén.

Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le envolvió una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Él preguntó: “¿Quién eres, Señor”? Y Él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y te dirán lo que debes de hacer”. Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto, pues oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía sus ojos bien abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le introdujeron en Damasco. Pasó tres días sin ver, y  sin comer ni beber.

Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: “Ananías”. Él respondió: “Aquí estoy, Señor”. Y el Señor: “Levántate y vete a la calle recta y pregunta  en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para recobrar la vista”. Respondió Ananías: “Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén y que aquí tiene poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre”. El Señor respondió: “Vete, pues éste me es instrumento elegido para llevar mi nombre a los gentiles, los reyes y los hijos de Israel”. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre”.

Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo”. Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado. Tomó alimento y recobró las fuerzas.

Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco, y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: “éste es el Hijo de Dios.” Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: “¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocan ese nombre, y ha venido aquí con el objeto de llevárselos encadenados a los sumos sacerdotes?”. Pero Saulo se fortalecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco demostrándoles que éste es el Cristo”.

  • Aparición luminosa de Cristo: Hech 9, 3; 22, 6; 26, 13.
  • Caída de Pablo, mientras oía una voz celestial: Hech 9, 4; 22, 7; 26, 14.
  • La reprensión a Pablo es idéntica: "Saúl, Saúl, por qué me persigues?", Hech 9, 4; 22, 7; 26, 14.
  • La pregunta de Pablo y la respuesta del Señor: "Quién eres, Señor?... "Yo soy Jesús, a quien tú persigues": Hech 9, 5; 22, 8; 26, 15.

Estos son los elementos clásicos de una teofanía y nos sirven para ilustrar la breve indicación que hace Pablo en Gal 1, 16: "revelar  en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles”. Por otra parte, la tercera narración de Lucas en los Hechos recuerda esta finalidad apostólica de la aparición teofánica, Hech 26, 16-18: “Pero levántate, y ponte en pie; pues me he aparecido a ti para constituirte servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; para que reciban el perdón de  los pecados y una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí”.

En otras palabras, Pablo recibió del Señor un, "apocalipsis", es decir, una "revelación", Gal 1, 16: “revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles...”. Las indicaciones claras de 1 Cor 9, 1: “¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?”; nos obligan a pensar en una visión de Cristo glorioso, análogas a las que recibieron los otros apóstoles. Esta visión consagró a Pablo como verdadero apóstol de Cristo, auténtico testigo de Cristo resucitado, al igual que los otros Doce.

Este Cristo, conocido por Pablo es un ser celestial, pero también histórico: "nacido de mujer", Gal 4, 4; “hijo de David”, Rom 1, 3, un ser que vivió en el tiempo, "en una carne semejante a la del pecado",  Rom 8, 3; que "tomó la condición de esclavo" y “se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz", Flp 2, 6-11. Pablo no distinguió nunca al Jesús de la gloria del Jesús de la historia.
El acontecimiento de Damasco es de una importancia capital: fue decisivo para el futuro de Pablo. Él, hecho cristiano y apóstol de Cristo Jesús entre los gentiles, pudo hacer triunfar rápidamente una orientación espiritual y universal en el cristianismo primitivo. De este modo, él es el protagonista de un desarrollo extraordinario en la Iglesia de Cristo.

1.6. Vida cristiana y apostólica

En Pablo no se puede separar la: "vida cristiana" de la "vida apostólica". El acontecimiento de Damasco fue para él el principio de su vida cristiana y de su vida apostólica. Él se convirtió en cristiano al convertirse en Apóstol de los Gentiles. Esta es su definición. Todo lo demás, incluso su profunda teología, únicamente se puede entender en relación y dependencia de su apostolado.
En primer lugar tenemos que tener en cuenta lo que el mismo Pablo nos cuenta acerca de qué hizo antes de empezar en serio su actividad apostólica. Se trata de su estancia en el desierto de Arabia: Al poco tiempo del suceso de Damasco y de su conversión repentina, Pablo se dirige, según sus propias palabras a Arabia. Pablo menciona este texto en el que quiere demostrar respecto de Jerusalén. Así lo explica en Gal 1, 17-20: “ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi ningún apóstol, sino a Santiago, el hermano del Señor. Y en lo que os escribo, Dios me es testigo de que no miento”.

Se calcula que la estancia de Pablo en Arabia duró, más o menos, dos años. Pero en ese tiempo tenemos que incluir su visita a Damasco. No se sabe con certeza cronológica como se reparte el tiempo entre Arabia y Damasco. Pero nos preguntamos, ¿por qué Pablo se dirigió a Arabia? Su mentalidad mercantil y urbana no encaja con la soledad del desierto. Se puede suponer que arreció contra él la oposición de los judíos recién convertidos a Cristo y de los otros judíos a quienes quería convertir. No olvidemos que sus mismos hermanos cristianos lo miraron con cierto escepticismo y desconfianza debido a la rápida conversión de Pablo como perseguidor a evangelizador y a su peculiar interpretación del Evangelio predicado a los gentiles.

1.6.1. La primera actividad apostólica de Pablo

Los hechos que siguieron inmediatamente a la conversión de Pablo los encontramos narrados en la Carta a los Gálatas y en el libro de los Hechos de los Apóstoles: Hech 9, 19-30: “Tomó alimento y recobró las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco, y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: “éste es el Hijo de Dios.” Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: “¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocan ese nombre, y ha venido aquí con el objeto de llevárselos encadenados a los sumos sacerdotes?”. Pero Saulo se fortalecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco demostrándoles que éste es el Cristo. Al cabo de bastante tiempo los judíos tomaron la decisión de matarle. Pero Saulo tuvo conocimiento de su conjura. Hasta las puertas estaban vigiladas día y noche para poderle matar. Pero los discípulos le tomaron durante la noche y le descolgaron por la muralla dentro de una espuerta.

Llegó a Jerusalén e intentaba juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé le tomó y lo presentó a los apóstoles y les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús. Andaba con ellos por Jerusalén, predicando con valentía en el nombre del Señor. Hablaba también y discutía con los helenistas; pero éstos intentaban matarle. Los hermanos, al saberlo le llevaron a Cesarea y le enviaron a Tarso”.

En Gal 1, 15 a 2, 10: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno, ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí me fui a Arabia, de donde volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, sino a Santiago, el  hermano del Señor. Y en lo que os escribo, Dios me es testigo de que no miento. Más tarde me fui a las regiones de Siria y de Cilicia. Personalmente no me conocían las iglesias de Cristo en Judea. Solamente habían oído decir: “El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir. Y glorificaban a Dios por mi causa”.

Luego, al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén con  Bernabé, llevando también a Tito. Subí movido por una revelación y les expuse a los notables en privado el Evangelio que proclamo a los gentiles para ver si corría o había corrido en vano. Pues bien, ni siquiera Tito que estaba conmigo, con ser griego, fue obligado a circuncidarse. Y esto a causa de los intrusos, los falsos hermanos que solapadamente se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud, a quienes ni por un instante cedimos, sometiéndonos, a fin de salvaguardar para vosotros la verdad del Evangelio. Y de parte de los que eran tenidos por notables -¡no importa lo que fuesen!: Dios no mira la condición de los hombres –en todo caso, los notables nada nuevo me impusieron. Antes al contrario, viendo que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, - pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme apóstol de los gentiles – y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos. Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que he procurado cumplir”.

Este párrafo de la epístola a los Gálatas es indispensable para delinear el primer periodo cristiano y la primera actividad apostólica de Pablo. Se trata de una apología personal en la que Pablo defiende su "Evangelio" y su propio apostolado contra los judaizantes, que amenazaban destruir la fe sembrada por él en la Iglesia de Galacia.  Al recordar su actividad apostólica y sus relaciones con el colegio apostólico, él tiene la intención de ilustrar el origen divino del evangelio que él predica Gal 1, 11-12: "os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es cosa de hombres, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo". Por eso, en su apología insistimos en los siguientes hechos.

Inmediatamente después de su llamada y de la revelación que recibió en el camino de Damasco, salió para Arabia (en el territorio de los nabateos, cercano a Damasco), sin haber ido antes a Jerusalén para ver a los Apóstoles.

Sólo después de tres años de actividad apostólica, se decide a subir a Jerusalén para encontrarse con Pedro.  Insiste en que se quedó allá solo quince días y en que sólo vio a Pedro y a Santiago, hermano del Señor.

De Jerusalén marchó a las regiones de Siria y Cilicia, donde predicó el evangelio. Su fama comenzó a difundirse en la Iglesia de Judea.

Después de catorce años de intensa actividad apostólica, Pablo volvió a Jerusalén, acompañado por Bernabé y Tito. Esta visita a las "columnas" de la Iglesia Madre la hace "movido por una revelación", en la que comprende la necesidad de una garantía eclesial para su evangelio.

Las "columnas" de la Iglesia: Pedro, Santiago y Juan no juzgan necesario añadir nada a su evangelio. Reconocen, además, la gracia que le había sido dada de evangelizar a los gentiles y le tienden la mano en señal de comunión.

Esta apología nos ayuda a comprender el modo como Pablo entiende su apostolado: “es una gracia que se le dio mediante una "revelación" directa del Señor”, y que, por consiguiente, no depende del reconocimiento de los otros apóstoles. Pablo es Apóstol como los otros doce. Desde el punto de vista eclesial su evangelio recibió también la garantía de la aceptación de las "columnas" de la Iglesia.

El mismo pasaje de la carta a los Gálatas tiene también un interés histórico: nos traza un cuadro de la primera actividad apostólica de Pablo. Si lo comparamos con la narración de Lucas en los Hechos de los Apóstoles vemos que no existe un perfecto acuerdo.

1.6.2. Primer apostolado

Damasco = Arabia – Damasco, Gal 1, 17. Después de una permanencia, cuya duración se puede calcular aproximadamente de dos años en Arabia, Pablo vuelve a Damasco, donde desarrolla una intensa actividad apostólica. Es durante esta segunda permanencia en Damasco cuando tiene lugar la persecución de los judíos, la intervención del etnarca del rey Aretas y la huida de Pablo en una espuerta,  Hech 9, 23-25: “Al cabo de bastante tiempo los judíos tomaron la decisión de matarle. Pero Saulo tuvo conocimiento de su conjura. Hasta las puertas estaban vigiladas día y noche para poderle matar. Pero los discípulos le tomaron durante la noche y le descolgaron por la muralla dentro de una espuerta”. Y en  2 Cor. 11, 32-33: “En Damasco el etnarca del rey Aretas tenía puesta guardia en la ciudad de los damascenos con el fin de prenderme. Por una ventana y en una espuerta fui descolgado muro abajo. Así escapé de sus manos”.

Es entonces, después de tres años de vida cristiana y apostólica, cuando Pablo por primera vez (después de su conversión) se dirige a Jerusalén, Gal 1, 18: “Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía”. El tiempo indicado no significa necesariamente  tres años cumplidos. Hay que contarlo, además, a partir de su conversión.
Pablo nos dice explícitamente que esta primera visita a Jerusalén duró solo quince días. No hubo en ella ninguna actividad apostólica, sino secreto y anonimato. Lucas, en Hech 9, 26-29, nos da otra versión. Esto se debe probablemente a una esquematización en la que se presenta, unidos en un cuadro, los recuerdos de la primera y de la segunda visita a Jerusalén.

Todavía desconocido personalmente a los cristianos de Judea, Pablo deja Jerusalén y se dirige a la región de Siria - Cilicia, donde continúa su apostolado misionero, Gal 1, 21-24: “Más tarde me fui a las regiones de Siria y de Cilicia. Personalmente no me conocían las iglesias de Cristo en Judea. Solamente habían oído decir: “El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir. Y glorificaban a Dios por mi causa”.

Como lo hará más tarde, Pablo se estableció ciertamente en un centro. Probablemente sus centros fueron Tarso, su ciudad natal y  Antioquía, capital de Siria. Este apostolado de Pablo por las regiones de Siria y Cilicia duró catorce años. Pablo nos da una descripción muy genérica, Gal 1, 23-24. De la permanencia en Antioquía nos informa Lucas, Hech 11, 25-26: “Partió (Bernabé) para Tarso en busca de Saulo, y en cuanto le encontró le llevó a Antioquía. Estuvieron juntos durante un año entero en aquella iglesia e instruyeron a una gran muchedumbre. En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”.

Segunda visita de Pablo a Jerusalén, Gal 2, 1-10. “Luego, al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén con  Bernabé, llevando también a Tito. Subí movido por una revelación y les expuse a los notables en privado el Evangelio que proclamo a los gentiles para ver si corría o había corrido en vano. Pues bien, ni siquiera Tito que estaba conmigo, con ser griego, fue obligado a circuncidarse. Y esto a causa de los intrusos, los falsos hermanos que solapadamente se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud, a quienes ni por un instante cedimos, sometiéndonos, a fin de salvaguardar para vosotros la verdad del Evangelio. Y de parte de los que eran tenidos por notables -¡no importa lo que fuesen!: Dios no mira la condición de los hombres –en todo caso, los notables nada nuevo me impusieron. Antes al contrario, viendo que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, - pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme apóstol de los gentiles – y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos. Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que he procurado cumplir”.

Hay una dificultad: Pablo habla de dos visitas a Jerusalén; Lucas en cambio, de tres, Hech 9, 26; 11, 29-30; 15, 2-4, en ese mismo periodo de tiempo. Hay que referir ciertamente las noticias que nos da Pablo. Lucas probablemente hace una mención anticipada en Hech 11, 29-30, de la visita de Hech 15, 2-4. El motivo, según algunos, sería el haber ordenado Lucas la documentación que tenía en tal forma que se pusiera de relieve la función de Jerusalén como centro de la fe y origen de la primera  vitalidad de la Iglesia, Hech 1, 8. La fecha de la segunda visita: alrededor del año 49 d.C.

Otra dificultad: ¿Cuándo se tuvo el primer viaje misionero de Pablo? Hechos de los Apóstoles, Cptlos: 13 -14. Existen dos posibilidades; o antes o después de la segunda visita a Jerusalén. La solución más probable es la que lo coloca antes, es decir en el periodo de 14 años que menciona Pablo en Gálatas. Si hace mención explícita de él es porque su apología estaba centrada en sus visitas a Jerusalén y en el diálogo tenido con los Apóstoles.

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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.


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La Santa Misa - Liturgia Eucarística: Presentación de los dones



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 28 de febrero de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con la catequesis sobre la santa misa. En la liturgia de la Palabra —sobre la que me he detenido en las pasadas catequesis— sigue otra parte constitutiva de la misa, que es la liturgia eucarística. En ella, a través de los santos signos, la Iglesia hace continuamente presente el Sacrificio de la nueva alianza sellada por Jesús sobre el altar de la Cruz (cf. Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, 47). Fue el primer altar cristiano, el de la Cruz, y cuando nosotros nos acercamos al altar para celebrar la misa, nuestra memoria va al altar de la Cruz, donde se hizo el primer sacrificio. El sacerdote, que en la misa representa a Cristo, cumple lo que el Señor mismo hizo y confió a los discípulos en la Última Cena: tomó el pan y el cáliz, dio gracias, los pasó a sus discípulos diciendo: «Tomad, comed... bebed: esto es mi cuerpo... este es el cáliz de mi sangre. Haced esto en memoria mía».

Obediente al mandamiento de Jesús, la Iglesia ha dispuesto en la liturgia eucarística el momento que corresponde a las palabras y a los gestos cumplidos por Él en la vigilia de su Pasión. Así, en la preparación de los dones. son llevados al altar el pan y el vino, es decir los elementos que Cristo tomó en sus manos. En la Oración eucarística damos gracias a Dios por la obra de la redención y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Siguen la fracción del Pan y la Comunión, mediante la cual revivimos la experiencia de los Apóstoles que recibieron los dones eucarísticos de las manos de Cristo mismo (cf. Instrucción General del Misal Romano, 72).

Al primer gesto de Jesús: «tomó el pan y el cáliz del vino», corresponde por tanto la preparación de los dones. Es la primera parte de la Liturgia eucarística. Está bien que sean los fieles los que presenten el pan y el vino, porque estos representan la ofrenda espiritual de la Iglesia ahí recogida para la eucaristía. Es bonito que sean los propios fieles los que llevan al altar el pan y el vino. Aunque hoy «los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual» (ibíd., 73). Y al respecto es significativo que, al ordenar un nuevo presbítero, el obispo, cuando le entrega el pan y el vino dice: «Recibe las ofrendas del pueblo santo para el sacrificio eucarístico» (Pontifical Romano – Ordenación de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos). ¡El Pueblo de Dios que lleva la ofrenda, el pan y el vino, la gran ofrenda para la misa! Por tanto, en los signos del pan y del vino el pueblo fiel pone la propia ofrenda en las manos del sacerdote, el cual la depone en el altar o mesa del Señor, «que es el centro de toda la Liturgia Eucarística» (IGMR, 73). Es decir, el centro de la misa es el altar, y el altar es Cristo; siempre es necesario mirar el altar que es el centro de la misa. En el «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», se ofrece por tanto el compromiso de los fieles a hacer de sí mismos, obedientes a la divina Palabra, «sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso», «por el bien de toda su santa Iglesia». Así «la vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1368).

Ciertamente, nuestra ofrenda es poca cosa, pero Cristo necesita de este poco. Nos pide poco, el Señor, y nos da tanto. Nos pide poco. Nos pide, en la vida ordinaria, buena voluntad; nos pide corazón abierto; nos pide ganas de ser mejores para acogerle a Él que se ofrece a sí mismo a nosotros en la eucaristía; nos pide estas ofrendas simbólicas que después se convertirán en su cuerpo y su sangre. Una imagen de este movimiento oblativo de oración se representa en el incienso que, consumido en el fuego, libera un humo perfumado que sube hacia lo alto: incensar las ofrendas, como se hace en los días de fiesta, incensar la cruz, el altar, el sacerdote y el pueblo sacerdotal manifiesta visiblemente el vínculo del ofertorio que une todas estas realidades al sacrificio de Cristo (cf. IGMR, 75). Y no olvidar: está el altar que es Cristo, pero siempre en referencia al primer altar que es la Cruz, y sobre el altar que es Cristo llevamos lo poco de nuestros dones, el pan y el vino que después se convertirán en el tanto: Jesús mismo que se da a nosotros. Y todo esto es cuanto expresa también la oración sobre las ofrendas. En ella el sacerdote pide a Dios aceptar los dones que la Iglesia les ofrece, invocando el fruto del admirable intercambio entre nuestra pobreza y su riqueza. En el pan y el vino le presentamos la ofrenda de nuestra vida, para que sea transformada por el Espíritu Santo en el sacrificio de Cristo y se convierta con Él en una sola ofrenda espiritual agradable al Padre. Mientras se concluye así la preparación de los dones, nos dispones a la Oración eucarística (cf. ibíd., 77).


Que la espiritualidad del don de sí, que este momento de la misa nos enseña, pueda iluminar nuestras jornadas, las relaciones con los otros, las cosas que hacemos, los sufrimientos que encontramos, ayudándonos a construir la ciudad terrena a la luz del Evangelio.





Tomado de:
www.vatican.va