El Buen Pastor



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 4 de mayo de 2016




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Conocemos todos la imagen del Buen Pastor que carga sobre sus hombros a la oveja perdida. Desde siempre esta imagen representa la solicitud de Jesús hacia los pecadores y la misericordia de Dios que no se resigna a perder a ninguno. Jesús cuenta la parábola para hacer comprender que su cercanía a los pecadores no debe escandalizar, sino, al contrario, provocar en todos una seria reflexión acerca de cómo vivimos nuestra fe. El relato presenta, por una parte, a los pecadores que se acercan a Jesús para escucharlo y, por otra, a los doctores de la ley, los escribas sospechosos que se alejan de Él por este comportamiento suyo. Se alejan porque Jesús se acercaba a los pecadores. Eran orgullosos, eran soberbios, se creían justos.

Nuestra parábola se desarrolla alrededor de tres personajes: el pastor, la oveja perdida y el resto del rebaño. Quien actúa, sin embargo, es sólo el pastor, no las ovejas. El pastor, por lo tanto, es el único auténtico protagonista y todo depende de él. Una pregunta introduce la parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar a la que se perdió hasta que la encuentra?» (v. 4). Se trata de algo paradójico que lleva a dudar acerca del modo de obrar del pastor: ¿es sabio abandonar a las noventa y nueve por una sola oveja? Y, por lo demás, sin la seguridad de un rebaño sino en el desierto. Según la tradición bíblica el desierto es lugar de muerte dónde es difícil encontrar alimento y agua, sin amparo y bajo la amenaza de las fieras y de los salteadores. ¿Qué pueden hacer noventa y nueve ovejas indefensas? La paradoja, de todos modos, sigue diciendo que el pastor, al encontrar a la oveja, «la pone contento sobre sus hombros, y llegando a casa convoca a los amigos y vecinos, y les dice: Alegraos conmigo» (vv. 5-6). Parece, por lo tanto, que el pastor no regresa al desierto para recuperar a todo el rebaño. Dedicado a esa única oveja parece olvidar a las otras noventa y nueve. Pero en realidad no es así. La enseñanza que Jesús quiere darnos es más bien que no se puede dejar que ninguna oveja se pierda. El Señor no puede resignarse ante el hecho de que incluso una sola persona pueda perderse. El modo de obrar de Dios es el de quien va en busca de los hijos perdidos para luego hacer fiesta y alegrarse con todos por haberlos encontrado. Se trata de un deseo incontenible: ni siquiera noventa y nueve ovejas pueden detener al pastor y tenerlo encerrado en el redil. Él podría razonar así: «Hago un cálculo: tengo noventa y nueve, he perdido una, pero no es una gran pérdida». Él, en cambio, va a buscar a esa misma, porque cada una es muy importante para él y esa es la más necesitada, la más abandonada, la más descartada; y él va a buscarla. Estamos todos avisados: la misericordia hacia los pecadores es el estilo con el cual obra Dios y a esa misericordia Él es muy fiel: nada ni nadie podrá apartarlo de su voluntad de salvación. Dios no conoce nuestra cultura actual del descarte, en Dios esto no tiene lugar. Dios no descarta a ninguna persona; Dios ama a todos, busca a todos: ¡uno por uno! Él no conoce la expresión «descartar a la gente», porque es todo amor y misericordia.

El rebaño del Señor está siempre en camino: no se posesiona del Señor, no puede ilusionarse con aprisionarlo en nuestros esquemas y en nuestras estrategias. Al pastor se lo encontrará allí donde está la oveja perdida. Así, pues, al Señor hay que buscarlo allí donde Él quiere encontrarnos, no donde nosotros pretendemos encontrarlo. De ninguna otra forma se podrá reconstituir el rebaño si no es siguiendo la senda trazada por la misericordia del pastor. Mientras busca a la oveja perdida, él provoca a las noventa y nueve para que participen en la reunificación del rebaño. Entonces no sólo la oveja que lleva sobre los hombres, sino todo el rebaño seguirá al pastor hasta su casa para hacer fiesta con «amigos y vecinos».

Deberíamos reflexionar con frecuencia sobre esta parábola, porque en la comunidad cristiana siempre hay alguien que falta y se ha marchado dejando un sitio vacío. A veces esto es desalentador y nos lleva a creer que se trate de una pérdida inevitable, una enfermedad sin remedio. Es entonces que corremos el peligro de encerrarnos dentro de un redil, donde no habrá olor de oveja, sino olor a encierro. ¿Y los cristianos? No debemos ser cerrados, porque tendremos el olor de las cosas cerradas. ¡Nunca! Hay que salir y no cerrarse en sí mismo, en las pequeñas comunidades, en la parroquia, considerándose «los justos». Esto sucede cuando falta el impulso misionero que nos lleva al encuentro de los demás. En la visión de Jesús no hay ovejas definitivamente perdidas, sino sólo ovejas que hay que volver a encontrar. Esto debemos entenderlo bien: para Dios nadie está definitivamente perdido. ¡Nunca! Hasta el último momento, Dios nos busca. Pensad en el buen ladrón; pero sólo en la visión de Jesús nadie está definitivamente perdido. La perspectiva, por lo tanto, es totalmente dinámica, abierta, estimulante y creativa. Nos impulsa a salir en búsqueda para emprender un camino de fraternidad. Ninguna distancia puede mantener alejado al pastor; y ningún rebaño puede renunciar a un hermano. Encontrar a quien se ha perdido es la alegría del pastor y de Dios, pero es también la alegría de todo el rebaño. Todos nosotros somos ovejas encontradas y convocadas por la misericordia del Señor, llamados a recoger junto a Él a todo el rebaño.



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ESPECIAL: SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS



En el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús compartimos nuestras publicaciones sobre esta hermosa y muy difundida devoción centrada en el Amor de Dios, para que todos podamos conocerla y profundizar en ella:













ESPECIAL: PUERTA DE LA MISERICORDIA



Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
(Salmo 85,8)








Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión del evangelio del domingo 05 de junio: "Jesús con este milagro nos anuncia ya su triunfo definitivo sobre la muerte." Acceda AQUÍ.

Cristología II - 8° Parte: La Vida Pública de Jesús - Las tentaciones de Jesús

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa con la serie de Cristología II y nos presenta en esta oportunidad las tentaciones de Jesús desde las convergencias de los tres evangelistas y su historicidad. Acceda AQUÍ.

Historia de la Salvación: 13° Parte - El destierro de los judíos

El P. Ignacio Garro, S.J. nos presenta las tres deportaciones de los judíos a Babilonia y sus consecuencias en la fe del pueblo judío. Acceda AQUÍ.

Homilía del Papa en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús




JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Viernes 3 de junio de 2016
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús




La celebración del Jubileo de los Sacerdotes en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a llegar al corazón, es decir, a la interioridad, a las raíces más sólidas de la vida, al núcleo de los afectos, en una palabra, al centro de la persona. Y hoy nos fijamos en dos corazones: el del Buen Pastor y nuestro corazón de pastores.

El corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino la misericordia misma. Ahí resplandece el amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado. Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).

El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama «hasta el extremo» (Jn 13,1); no se detiene antes, va hasta el final, sin imponerse nunca.

El corazón del Buen Pastor está inclinado hacia nosotros, «polarizado» especialmente en el que está lejano; allí apunta tenazmente la aguja de su brújula, allí revela la debilidad de un amor particular, porque desea llegar a todos y no perder a nadie.

Ante el Corazón de Jesús nace la pregunta fundamental de nuestra vida sacerdotal: ¿A dónde se orienta mi corazón? Pregunta que nosotros sacerdotes tenemos que hacernos muchas veces, cada día, cada semana: ¿A dónde se orienta mi corazón? El ministerio está a menudo lleno de muchas iniciativas, que lo ponen ante diversos frentes: de la catequesis a la liturgia, de la caridad a los compromisos pastorales e incluso administrativos. En medio de tantas actividades, permanece la pregunta: ¿En dónde se fija mi corazón? Viene a mi memoria esa oración tan bonita de la liturgia: «Ubi vera sunt gaudia…». ¿A dónde apunta, cuál es el tesoro que busca? Porque —dice Jesús— «donde estará tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Tenemos debilidades todos nosotros, también pecados. Pero vayamos a lo profundo, a la raíz: ¿Dónde está la raíz de nuestras debilidades, de nuestros pecados? Es decir: ¿Dónde está el «tesoro» que nos aleja del Señor?

Los tesoros irremplazables del Corazón de Jesús son dos: el Padre y nosotros. Él pasaba sus jornadas entre la oración al Padre y el encuentro con la gente. No la distancia, sino el encuentro. También el corazón de pastor de Cristo conoce sólo dos direcciones:el Señor y la gente. El corazón del sacerdote es un corazón traspasado por el amor del Señor; por eso no se mira a sí mismo —no debería mirarse a sí mismo— sino que está dirigido a Dios y a los hermanos. Ya no es un «corazón bailarín», que se deja atraer por las seducciones del momento, o que va de aquí para allá en busca de aceptación y pequeñas satisfacciones. Es más bien un corazón arraigado en el Señor, cautivado por el Espíritu Santo, abierto y disponible para los hermanos. Y ahí resuelve sus pecados.

Para ayudar a nuestro corazón a que tenga el fuego de la caridad de Jesús, el Buen Pastor, podemos ejercitarnos en asumir en nosotros tres formas de actuar que nos sugieren las Lecturas de hoy: buscar, incluir y alegrarse.

Buscar. El profeta Ezequiel nos recuerda que Dios mismo busca a sus ovejas (cf. 34,11.16). Como dice el Evangelio, «va tras la descarriada hasta que la encuentra» (Lc 15,4), sin dejarse atemorizar por los riesgos; se aventura sin titubear más allá de los lugares de pasto y fuera de las horas de trabajo. Y no se hace pagar lo extraordinario. No aplaza la búsqueda, no piensa: «Hoy ya he cumplido con mi deber, y tal vez me ocuparé mañana», sino que se pone de inmediato manos a la obra; su corazón está inquieto hasta que encuentra esa oveja perdida. Y, cuando la encuentra, olvida la fatiga y se la carga sobre sus hombros todo contento. A veces tiene que salir para buscarla, para hablar, persuadir; otras veces debe permanecer ante el Sagrario, luchando con el Señor por esa oveja.

Así es el corazón que busca: es un corazón que no privatiza los tiempos y espacios. ¡Ay de los pastores que privatizan su ministerio! No es celoso de su legítima tranquilidad —legítima, digo; ni siquiera de esa—, y nunca pretende que no lo molesten. El pastor, según el corazón de Dios, no defiende su propia comodidad, no se preocupa de proteger su buen nombre, aunque sea calumniado como Jesús. Sin temor a las críticas, está dispuesto a arriesgar con tal de imitar a su Señor. «Bienaventurados cuando os insulten, os persigan….» (Mt 5,11).

El pastor según Jesús tiene el corazón libre para dejar sus cosas, no vive haciendo cuentas de lo que tiene y de las horas de servicio: no es un contable del espíritu, sino un buen Samaritano en busca de quien tiene necesidad. Es un pastor, no un inspector de la grey, y se dedica a la misión no al cincuenta o sesenta por ciento, sino con todo su ser. Al ir en busca, encuentra, y encuentra porque arriesga. Si el pastor no arriesga, no encuentra. No se queda parado después de las desilusiones ni se rinde ante las dificultades; en efecto, es obstinado en el bien, ungido por la divina obstinación de que nadie se extravíe. Por eso, no sólo tiene la puerta abierta, sino que sale en busca de quien no quiere entrar por ella. Y como todo buen cristiano, y como ejemplo para cada cristiano, siempre está en salida de sí mismo. El epicentro de su corazón está fuera de él: es un descentrado de sí mismo, centrado sólo en Jesús. No es atraído por su yo, sino por el tú de Dios y por el nosotros de los hombres.

Segunda palabra: incluir. Cristo ama y conoce a sus ovejas, da la vida por ellas y ninguna le resulta extraña (cf. Jn 10,11-14). Su rebaño es su familia y su vida. No es un jefe temido por las ovejas, sino el pastor que camina con ellas y las llama por su nombre (cf. Jn 10, 3-4). Y quiere reunir a las ovejas que todavía no están con él (cf. Jn 10,16).

Así es también el sacerdote de Cristo: está ungido para el pueblo, no para elegir sus propios proyectos, sino para estar cerca de las personas concretas que Dios, por medio de la Iglesia, le ha confiado. Ninguno está excluido de su corazón, de su oración y de su sonrisa. Con mirada amorosa y corazón de padre, acoge, incluye, y, cuando debe corregir, siempre es para acercar; no desprecia a nadie, sino que está dispuesto a ensuciarse las manos por todos. El Buen Pastor no conoce los guantes. Ministro de la comunión, que celebra y vive, no pretende los saludos y felicitaciones de los otros, sino que es el primero en ofrecer mano, desechando cotilleos, juicios y venenos. Escucha con paciencia los problemas y acompaña los pasos de las personas, prodigando el perdón divino con generosa compasión. No regaña a quien abandona o equivoca el camino, sino que siempre está dispuesto para reinsertar y recomponer los litigios. Es un hombre que sabe incluir.

Alegrarse. Dios se pone «muy contento» (Lc 15,5): su alegría nace del perdón, de la vida que se restaura, del hijo que vuelve a respirar el aire de casa. La alegría de Jesús, el Buen Pastor, no es una alegría para sí mismo, sino para los demás y con los demás, la verdadera alegría del amor. Esta es también la alegría del sacerdote. Él es transformado por la misericordia que, a su vez, ofrece de manera gratuita. En la oración descubre el consuelo de Dios y experimenta que nada es más fuerte que su amor. Por eso está sereno interiormente, y es feliz de ser un canal de misericordia, de acercar el hombre al corazón de Dios. Para él, la tristeza no es lo normal, sino sólo pasajera; la dureza le es ajena, porque es pastor según el corazón suave de Dios.


Queridos sacerdotes, en la celebración eucarística encontramos cada día nuestra identidad de pastores. Cada vez podemos hacer verdaderamente nuestras las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Este es el sentido de nuestra vida, son las palabras con las que, en cierto modo, podemos renovar cotidianamente las promesas de nuestra ordenación. Os agradezco vuestro «sí», y por tantos «sí» escondidos de todos los días, que sólo el Señor conoce. Os agradezco por vuestro «sí» para dar la vida unidos a Jesús: aquí está la fuente pura de nuestra alegría.






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Tomado de:
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Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín



P. Adolfo Franco, S.J.

Lc 7, 11-17

Jesús con este milagro nos anuncia ya su triunfo definitivo sobre la muerte.


Esta es una de las tres resurrecciones de muertos que nos narra el Evangelio, realizadas por Jesús. Y antes de entrar en el comentario de este milagro de Jesús, es bueno aclarar el término resurrección. Hay una resurrección en que el sujeto  recupera una vida mortal y precaria, como la que tenía antes de morir (y de estas son las resurrecciones que Cristo hizo durante su vida); pero hay otra resurrección, la de Jesús después de muerto, y la que tendremos con la gracia de Dios al final de los tiempos, que es resurrección a una vida inmortal y plena, donde ya no habrá llanto ni dolor.

Y vayamos a reflexionar sobre la resurrección del hijo de la viuda de Naín. Jesús toma la iniciativa. Ha llegado a la puerta de esta ciudad de Naín y se encuentra con el cortejo fúnebre de este único hijo de una madre viuda. La primera reacción de Jesús es acompañar el dolor de esta pobre mujer, y se compadeció de ella, o sea compartió el dolor de la madre. Y enseguida pasó a consolarla, y a decirle no llores. Es bueno detenerse en la reflexión de estos sentimientos de Jesús; porque sus hechos son importantes ciertamente, pero es muy importante conocer también el interior de Jesús, sus sentimientos, que muestran su calidad humana extraordinaria.

Luego Jesús toca el féretro, y detiene el cortejo fúnebre. Podemos sacar una reflexión sobre este hecho, de que Jesús detiene la marcha de la muerte. El detiene la muerte, como hará enseguida al devolver a este joven a la vida que había perdido. Jesús en este milagro está demostrando que El es la Vida, la fuente de toda vida, y que ha venido para que tengamos vida en abundancia. La muerte es el símbolo del fracaso del hombre en los comienzos del paraíso; y ahora Jesús ha venido para destruir a este enemigo. Con la muerte de Jesús, la muerte no sólo quedará detenida, como en este caso, sino totalmente eliminada.

Y enseguida, con el féretro a su alcance, tocado con su mano, ordenó al muchacho que viviera, que se levantara. Parece como un nuevo acto creador del Creador. Le manda vivir, y sólo Dios puede hacer vivir y además con una sola palabra: “yo te lo mando”. El muerto recupera la vida, y Jesús se lo devuelve a su madre. Otro gesto delicado del Señor, el devolver personalmente a su madre este hijo que se le había arrebatado en plena juventud.

Jesús se manifiesta como el que da el hijo a su madre, como es el que da todos los hijos a todas las madres. En este caso es una devolución que indica el poder de Jesús de secar todas las lágrimas, con el sentido total que El da a nuestras vidas, y el poder con el que devuelve el sentido a todas nuestras desgracias.

Y la reacción de los presentes: “un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. La alegría y admiración de los presentes va más allá del hecho puntual de esta resurrección. Recuerdan ellos en este momento a todos los grandes profetas con que Dios manifestaba su presencia en medio de su pueblo. Los judíos llevaban mucho tiempo sin la manifestación de algún enviado especial de Dios. Ahora descubren en Jesús la presencia de Dios entre su pueblo. Naturalmente que es una fe incompleta: sólo lo sienten como un gran profeta. Jesús, con sus hechos y sus palabras, fue descubriendo progresivamente el misterio de su realidad interior, el ser Hijo del Dios vivo. Esto sólo se entendió poco a poco, y solo lo descubrieron los que tenían el corazón preparado: “nadie conoce al Hijo, sino el Padre y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar”.

Es un milagro de Jesús hecho con una clara intención; más importante que el prodigio en sí es el mensaje que este milagro encierra, y que muchos de los presentes captan, y proclaman con alegría.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.



Cristología II - 8° Parte: La Vida Pública de Jesús - Las tentaciones de Jesús




P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



4.2. LAS TENTACIONES DE JESÚS EN EL DESIERTO

"Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo"
Mt  4, 1.

El hecho de las tentaciones en el desierto lo narran los tres sinópticos. Las coincidencias entre ellos son manifiestas, aunque hay pequeñas divergencias.

La primera convergencia se refiere al contexto en que colocan este suceso. El hecho ocurre inmediatamente después del bautismo en el Jordán y antes de comenzar la predicación pública. Estamos ante un hecho notable antes de comenzar la vida publica de Jesús. En el que se intenta demostrar que sólo después de haber vencido a Satanás, comenzará Jesús a predicar el Reino de Dios. En el bautismo Jesús inaugura su misión salvífica como Hijo de Dios predilecto y Siervo de Yahvé; y ahora se nos explica la manera de ejercer el oficio que se le ha encomendado.

La segunda convergencia que se da en los sinópticos se refiere al lugar y a la duración de la tentación. Veamos: "cuarenta días", en el desierto evocan el recuerdo de los "cuarenta años", de peregrinación del pueblo israelita por el desierto a la salida de la esclavitud de Egipto. "El desierto", es el lugar de la proximidad de Dios y de la intimidad con el, Os 2, 14; pero también había sido para el pueblo israelita el lugar que Dios había elegido para ponerlo a prueba, Deut 8, 2-4.

La tercera convergencia, y la mas importante, es la de afirmar el hecho de unas tentaciones provocadas por el "tentador", "Satanás", "el diablo", Mt 4, 3; Mc 1, 13; Lc 4, 3. Aquí aparecen las divergencias. Marcos sólo afirma el hecho de que Jesús "era tentado". Mateo y Lucas especifican en qué consisten esas tentaciones.

Marcos, Mc 1, 12-13, es extraordinariamente conciso: habla de tentación, pero no nos informa ni sobre su contenido ni sobre su resultado. Este resultado se adivina en unos versículos posteriores. El primer acto de Jesús es el milagro de la expulsión de un demonio, los espectadores comentan entre sí: "qué es esto?"... de modo que incluso da órdenes a los demonios y estos le obedecen". Mc 1, 21-27. Jesús da la explicación de este poder sobre los demonios: "nadie puede entrar en la casa ocupada por un hombre fuerte y arrebatar los despojos si primero no ha maniatado a aquel intruso". Mc 3, 27. Así, Jesús aparece desde el principio de su predicación como "el más poderoso", que ha encadenado a Satanás; los exorcismos pronunciados con eficacia por Jesús demuestran que en la tentación del desierto, Jesús había derrotado y subyugado a su enemigo, y puede arrebatar de sus manos a los hombres que tenía esclavizados. Las expulsiones de los demonios y el perdón de los pecados son la manifestación y la aplicación de aquella victoria inicial y radical,  Mc 2, 5-12. En S. Mateo, las tentaciones en el desierto ofrecen a primera vista el aspecto de una disputa exegética entre rabinos: se citan con abundancia textos bíblicos. Mt 4,4.6.7.10. Cristo sale triunfante pues su interpretación de la Escritura es mas atinada que la de su enemigo.

En Mateo, Cristo es el "nuevo Israel", el "verdadero Israel", que tiene que hacer durante cuarenta días en el desierto la prueba que había hecho el pueblo de Israel en el desierto durante cuarenta años. El Pueblo israelita había sido elegido por Dios como "hijo primogénito", Ex 4, 22, como tal había sido liberado de la esclavitud del pueblo egipcio, Os 11,1, y es conducido a través del desierto hacia la tierra prometida. Con Jesús, está el verdadero "Hijo único", de Dios, Mt 3, 17; como Hijo de Dios tiene que renovar la experiencia del pueblo israelita: se sentirá abatido, hambriento, abandonado y por lo mismo tentado. Es la hora de la prueba: "Si eres Hijo de Dios...", di que estas piedras se conviertan en panes"; respuesta: "No solo de pan vive el hombre..." "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo..."; respuesta: "No tentarás al Señor". Jesús pone toda su confianza en Dios, se somete a su voluntad y afirma como regla de su vida el adorar y servir a sólo Dios. En estas pruebas tentadoras Jesús ha renovado la experiencia del pueblo elegido en el desierto, pero ha reaccionado de una manera totalmente opuesta, y por su sumisión incondicional a la voluntad del Padre, ha demostrado ser verdaderamente Hijo de Dios. Estas tentaciones nos hacen también comprender que aquí no se presentan unas tentaciones vulgares de gula, vanagloria o ambición; lo que aquí se pone en juego es la misión y el destino del "nuevo Israel": Cristo. Se trata del mesianismo salvífico y redentor: Satanás invita a Jesús a orientarlo con independencia e incluso en oposición al plan de Dios. Pero Jesús da la respuesta que el pueblo israelita no supo dar en el desierto, Deut 6, 16; su mesianismo será el de la obediencia del Siervo de Yahvé, ante la desobediencia del pueblo de Israel en el desierto.

S. Lucas presenta las tentaciones como un preludio del viaje hacia la pasión. Y decimos "pasión", sin añadir "glorificación"; porque la narración de Lucas, en vez de terminar, con la pincelada triunfal de la retirada de Satanás y el homenaje y ayuda de los ángeles, como hacen Mateo y Marcos, se cierra con el preanuncio de otra batalla encarnizada: "acabado todo género de tentación el diablo se alejó de el hasta un tiempo oportuno", Lc 4, 13, es decir, hasta la pasión: "porque llega el Príncipe de este mundo, nada puede él contra mí", Jn 14, 30. En la pasión también  vencerá Jesús a Satanás por su obediencia al  Padre.

En resumen, lo que Satanás propone a Jesucristo en la prueba del desierto es que estructure su vida y misión salvífica conforme al ideal de mesianismo predominante de aquella época: un mesianismo triunfalista, de independencia y poder político, de felicidad terrena y de esplendor sin tener en cuenta el plan de Dios: que era salvar a todo el género humano por el camino del sacrificio de su Hijo ofreciéndose como víctima propiciatoria al Padre en favor de los hombres, estos son caminos que van por el  dolor, sufrimiento, kénosis, en definitiva el modelo del Siervo de Yahvé.


4.2.1. Historicidad de las tentaciones 

Si Jesús fue El  solo al desierto, y fue tentado en la soledad, ¿quién fue testigo de todo lo que allí ocurrió?, nadie, excepto el mismo Jesús. Entonces ¿cómo narraron los evangelistas unos hechos que nadie vio? Es indudable que Jesús narró estos hechos a sus discípulos y estos hechos fueron narrados y tenidos en cuenta en la predicación y transmisión oral del mensaje. Un hecho tan importante, tan íntimo y profundo de la vida de Jesús no pudo ser inventado por nadie. Tuvo que ser Jesús quién narró este pasaje a los discípulos como una enseñanza importante en la predicación del Reino de Dios. Por eso, para los evangelistas, las tentaciones de Jesús fueron tan reales (aunque no fueran testigos presenciales), como sus milagros y su pasión y muerte. De hecho vemos cómo Jesús en su vida apostólica tuvo que enfrentarse con concepciones mesiánicas que la gente se hacía sobre él, y ese mesianismo triunfalista lo rechazó definitivamente: "Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte", Jn 6, 15. Pero todas las tentaciones se concentran en una sola: "Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos", Mt 27, 40-43, porque en la concepción judaica del mesianismo, la cruz es totalmente incompatible con el Mesías. Jn 12, 34.

Esta tentación de huir de la cruz, le acompañó toda su vida asaltándole en todas partes, incluso del discípulo Pedro a quien había llamado "bienaventurado", por haberle reconocido como Mesías, Hijo de Dios, y momentos después le increpa con palabras durísimas "Apártate de mí Satanás ... me eres escándalo y tropiezo, porque no entiendes los misterios de Dios, sino que  te dejas guiar por el modo de ver de los hombres". Mt 16, 22-23. El designio de Dios Padre era  salvar a todo el Género Humano mediante la cruz, l Cor 1, 23-25, y según este plan, el verdadero mesianismo era el de la humillación y sufrimiento del Siervo de Yahvé. Ahí es donde se manifiesta la tentación: el mesianismo que propone Satanás y el que esperaba el pueblo coetáneo de Jesús, era el mesianismo lleno de prodigios, de felicidad terrena y de poder político, muy lejos, ciertamente del plan pensado por Dios Padre.

La realidad existencial de la tentación en la vida de todo cristiano es un hecho. Jesús en el huerto de Getsemaní recomendó a sus discípulos que "orasen para no caer en la tentación", Mt 26, 41 y el mismo se entregó a la oración: Mt 26, 36. Porque "el fue tentado en todo como nosotros", Hebr 4,1 5, "y por haber sufrido realmente la tentación, puede venir en socorro de los que somos tentados", Hebr 2, 18. Esto quiere decir, que sus tentaciones no fueron una mera representación escénica, sino una experiencia real y humana.

Negar la realidad de la tentación de Jesús nos llevaría a una especie de "docetismo" o de "monofisismo":  Jesús no sería verdadero hombre que vive nuestra experiencia humana. Además, si sus tentaciones no hubieran sido reales, perderían todo su valor pedagógico; y precisamente son un modelo de comportamiento para nosotros porque son una experiencia vivida, que le arrancó en su vida mortal "grandes gemidos y lágrimas", Hebr 5, 7. Pero ¿cómo podemos explicarnos una tentación "real" en Jesucristo?.

Para responder correctamente hay que considerar el "sujeto" de la tentación y el "objeto" de la tentación.


a. Por parte del "sujeto tentado"

Jesús, la tentación no supone necesariamente en El ninguna connivencia previa con el mal o con el pecado. Para que una tentación sea verdadera, y se sienta como tal, no es necesario que el corazón del hombre esté inclinado hacia el pecado con anterioridad a la misma tentación. La inclinación afectiva, no controlada ni controlable plenamente por la voluntad, sino nacida espontáneamente en el corazón del hombre herido por el pecado y que, como un peso, le impide el vuelo del alma a Dios, le arrastra al amor de los bienes creados y la cierra en su egoísmo, es lo que en teología se llama "concupiscencia". Es lo que S. Pablo llama "ley del pecado", que "reina en nuestros miembros" y "nos esclaviza bajo el poder del pecado", Rom 7, 21 25.

En Jesucristo, Hijo de Dios, santificado desde el primer instante por la plenitud del Espíritu Santo, no se puede imaginar una connivencia previa con el mal, ninguna ley del pecado que reine en sus miembros, ninguna aceptación del mal propuesto por Satanás. Más bien Jesucristo es modelo de perfecta unión y de connaturalidad con las cosas de Dios su Padre. Ahora bien, negar las concupiscencias en Jesús, no es negar su sensibilidad de parte del sujeto, ésta es suficiente para que esté abierto a la tentación Y de Jesús, si algo nos queda claro en los evangelios es su fina sensibilidad para todas las sensaciones de la vida, ya positivas o negativas. Jesús por tanto, sin tener pecado, ni inclinación al pecado "sintió" real y verdaderamente en su naturaleza humana la malicia y maldad de la tentación. La epístola a los Hebreos no sólo recuerda "sus grandes gemidos y lágrimas", pidiendo ser librado de la muerte, Hebr 5, 7 8, y anteriormente había dicho: "(Jesús), sin pecado, fue tentado en todo como nosotros", Hebr 4, 15.


b. Por parte del "elemento objetivo"

El "elemento objetivo", de la tentación en Jesús puede brevemente definirse como; una situación ambigua, en la que la voluntad del Padre y su mandamiento presentan un aspecto paradójico. El objeto concreto es lo de menos; lo importante es que el "tentador" aprovecha aquella situación ambigua y aquel mandato paradójico para hacer sentir al hombre una anomalía en el plan de Dios, y así incitarle a la desconfianza y, en último término, a la insubordinación y rebeldía contra Dios, como ocurrió en la primera prueba del Paraíso. Gen 3, 1 5.

Esta ambigüedad y anomalía semejante presenta la "misión" encomendada a Jesús por el Padre. Nada tan grandioso como la obra de implantar el Reino de Dios entre los hombres; pero nada también tan aparentemente tan absurdo e incoherente como elegir para ello la humillación el sufrimiento y la derrota: éste es el escándalo de la debilidad y locura de la cruz, 1 Cor 1, 21 23. Humanamente hablando, es más lógico y razonable un mesianismo con gloria y poder. Y ciertamente la misión del Siervo de Yahvé, humanamente hablando, está abocada al fracaso, en medio de una situación compleja y totalmente obscura. Y sin embargo, ese era el plan de Dios, salvar al Género Humano, instaurando el Reino de Dios en el corazón de los hombres por medio del fracaso, la humillación, el servicio fraterno y culminando en el sacrificio cruento de la cruz. Este plan ciertamente nunca lo sospechó Satanás, es más, ni podía sospecharlo, porque este plan es sabiduría de Dios y no vanagloria de los hombres. Por todo ello ¿por qué iban a ser necesarias la hostilidad de las autoridades judías, la indiferencia y frialdad del pueblo, la incomprensión de sus discípulos? ¿Por qué tendrá que morir en la cruz como un maldito y blasfemo de Dios? De todo esto es lo que Satanás le propone que huya: que use de su poder mesiánico para centrarse en sí mismo, que demuestre su autoridad y poder de Hijo de Dios, que ponga su confianza en los medios de la sabiduría y fortaleza humanas, organizando el plan de su vida y de su obra salvífica en conformidad con los "criterios" humanos (en este caso diabólicos) y sobre todo, con independencia de Dios.

En resumen: lo que Satanás propone es que Jesús no admita nada de fracaso, humillación, muerte ni cruz. Y justo, ése era el plan de Dios. Si hay que tomar en serio las tentaciones de Jesús hemos de ver en ellas cómo a Jesús se le abren dos caminos: el de la gloria y el triunfo humano y el de la humillación, dolor y fracaso de la cruz. La elección es dolorosa; pero Jesús, "en vez del gozo, eligió la cruz, sin tomar en cuenta la ignominia", Hebr 12, 2. Precisamente porque es Hijo de Dios, confía totalmente en su Padre, (primera tentación), sin pedirle pruebas de su amor (segunda tentación), tomando por única norma de su vida la reverencia y la sujeción amorosa a Dios su Padre (tercera tentación).

En las tentaciones de Jesús tenemos un modelo real y consolador de cómo responder a la tentación. El, que: "fue tentado en todo como en nosotros, pero sin pecado", Hebr 4, 15, es modelo de respuesta decisiva y ejemplar de tener puesta la confianza en su Padre, en reverenciar el plan de salvación que su Padre le había confiado y que se traducía en un servicio incondicionado hasta llegar a la totalidad del sacrificio de la cruz, en favor nuestro. El, nos dió ejemplo con su vida de haber obrado conforme al deseo de su Padre, Jn 8, 29, y dice: "Padre, he llevado a cabo la obra que me encomendaste", Jn 17, 4. En la cruz dirá claramente: "todo se ha llevado a cabo", Jn 19, 30. Y el móvil de su vida fue la total sujeción a la voluntad de su Padre: "amo al Padre, y obro conforme al mandamiento de mi Padre", Jn 14, 31. El dinamismo de la vida de Jesús en su relación con el Padre es el siguiente. El Padre y el Hijo viven en el amor mutuo, y este amor es una amorosa obediencia; obediencia que le lleva a realizar las obras del Padre en actitud de servicio hasta llegar al sacrificio cruento de la cruz, éste es  el plan de redención querido por el Padre.

Esta obediencia amorosa se traduce en una actitud de total servicio: "no he venido a ser servido, sino a servir y a dar mi vida por todos", Mt 20, 28. La vida de Jesús, es una vida de amor, obediencia y servicio que culmina con el sacrificio de la cruz, y como premio a su obediencia y entrega Cristo es resucitado y glorificado para siempre. Este era el plan del Padre, esta fue la vida de Cristo, así se realizó la redención del Género Humano. S. Pablo lo expondrá:  "así como por la desobediencia de un solo hombre (Adán),todos fueron constituídos pecadores, así también por la obediencia de uno solo (Cristo)todos serán constituídos justos", Rom 5, 19.



Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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Historia de la Salvación: 13° Parte - El destierro de los judíos



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



7.9. REALIDAD HISTÓRICA DEL DESTIERRO

El destierro de los judíos se escalona en tres etapas coincidiendo con otras tantas rebeliones del pueblo judío contra Nabucodonosor.

a. Primera deportación

En el año 597, Nabucodonosor: "deportó a Joaquín... y llevó cautivos .... a la madre del rey, a las mujeres del rey, a sus eunucos, a los grandes de la tierra, a todos los hombres de armas, en número de siete mil, y a los carpinteros y a lo herreros en número de mil", 2 Reyes 24, 15-16. Es una medida prudencial para impedir la rebelión: exiliar a los ciudadanos judíos más cualificados.


b. Segunda deportación

En el año 587, después de la toma de Jerusalén y de la destrucción del Templo, Nabuzerdán, jefe de la guardia de Nabucodonosor: "llevó cautivos a los que habían quedado en la ciudad, de los que se rindieron al rey de Babilonia y  al resto de la gente, fuera de algunos pobres que dejó, como viñadores y labradores",   2 Reyes  25, 11-12.


c. Tercera deportación

En el año 532, hay una tercera deportación, no muy numerosa,  probablemente como represalia por la muerte de Godolías, el gobernador puesto por Nabucodonosor sobre Judá.

El número total de israelitas deportados no fue excesivamente elevado en sí: entre 10.000 y 20.000. Pero dado el escaso número de habitantes de Judá, y dada sobre todo, la calidad humana de los desterrados, los que representaban algo en la vida política, económica y social y religiosa del pueblo judío, la Biblia puede hablar, y con razón que: "fue deportado todo Judá, fue llevado cautivo lejos de su tierra",  2 Reyes  25, 21.



7.10. LA CRISIS DE FE EN EL PUEBLO DE ISRAEL

La destrucción de Jerusalén con el destierro constituye humanamente hablando el fin de Israel. Todas las seguridades humanas se le han venido abajo: 


  • La Tierra Prometida, pérdida, deportación y salida humillante. Ahora viven en tierra extraña.
  • La dinastía monárquica: El Trono de David ha sido desecho y vencido. No habrá sucesión real.
  • La institución sagrada del Templo: El lugar de encuentro con Dios, donde se halla la gloria de Dios. El Templo fue saqueado y semidestruido, los sumos sacerdotes y levitas deportados. La Ciudad Santa, Jerusalén, ha sido invadida, asaltada y arrasada, sus murallas destruidas, símbolo de fortaleza y de seguridad. El pueblo israelita se siente desamparado, desprotegido.


Antes estos hechos palpables, duros y difíciles, surgen las preguntas que oprimen los corazones angustiados del pueblo judío: ¿Dónde están las victorias de Yahvé sobre nuestros enemigos para conquistar la Tierra Prometida? ¿Dónde está ahora el poder de Yahvé y la promesa al trono de David? ¿Dónde están  las promesas a la ciudad santa y al Templo? Estas y otras muchas preguntas se hacía el pueblo y se las responde con reproche el profeta Jeremías: "Desde que dejamos de quemar incienso a la reina del cielo y ofrecerle libaciones carecemos de todo y nos consume la espada y el hambre", Jer 44, 18. El pueblo ha perdido la fe y está perdiendo la esperanza. Israel en el destierro está sintiendo en toda su crudeza el silencio de Dios. La crisis estaba justificada. El momento histórico es de suma trascendencia. Es el fin de una época, cuando todo lo anterior falla y el futuro es francamente horroroso.


7.11. SENTIDO TEOLÓGICO DEL DESTIERRO

El destino del pueblo israelita en el destierro fue muy distinto, dependía de los grupos. En Palestina quedó un buen núcleo de habitantes empobrecidos, desorganizados y religiosamente abandonados, que  se mezclaron con los colonos llegados de fuera. Otros grupos de israelitas lograron huir a Transjordania o a Egipto, donde formaron colonias, las cuales dieron origen al fenómeno de la diáspora o dispersión judía, que incluía también a los deportados a Babilonia. Este grupo formado por unos cuantos miles de habitantes que representaban a lo más selecto de Israel, no fue maltratado y pudo reunirse libremente en aldeas babilónicas.

Si el pueblo, en su conjunto, logró sobrevivir a la gran crisis política y religiosa del exilio, fue gracias a la labor de los profetas y sacerdotes que reflexionando sobre el pasado, explicaron la catástrofe en términos de responsabilidad nacional y descubrieron en las antiguas tradiciones nuevas perspectivas de esperanza y continuidad. Con ello edificaron las bases de una nueva identidad más religiosa que política. La circuncisión, el día sábado, la observancia estricta de la Ley y la inquebrantable afirmación de Yahvé como único Dios, serán las nuevas mediaciones que sustituyan a las instituciones fracasadas. Jeremías desde el extranjero y Ezequiel en Babilonia junto con el profeta anónimo del Deutero-Isaías, serán los grandes impulsores de la obra de restauración de Israel como pueblo de Dios.


7.11.1. Jeremías

Aunque no fue deportado a Babilonia, él fue le primer guía religioso de los exiliados, les escribe desde Jerusalén después de la primera deportación invitándoles a escuchar la palabra de Yahvé sin hacerse ilusiones de una liberación inminente, Jer 29, 1 y s.s. Los grandes temas de su predicación: conversión del corazón, esperanza en tiempos mejores, cumplir la alianza, y vivir la verdadera religión interior, serán meditados por el pueblo israelita en el exilio y empezarán a tener la esperanza de la salvación.


7.11.2. Ezequiel

Sacerdote fue conducido a Babilonia con el pueblo israelita en el año 598. Comienza su misión profética anunciando la ruina total de Jerusalén como castigo a las faltas de idolatría e injusticia de Israel Ez. capítulo 1 al 4. Pero tras la desolación de la ciudad en el año 587, se convierte en el profeta de la esperanza en Yahvé. Durante más de 20 años reanimó la fe y la esperanza de sus compatriotas en el exilio, primero, haciendo un llamado urgente a la conversión, pidiéndoles que no se quejen de Yahvé y de su justicia, sino que más bien reconozcan sus pecados, sus injusticias, sus desvíos, su incumplimiento de la Alianza Ez 19, 1-32; segundo, infundiéndoles la certeza de que Yahvé salvaría a su pueblo para santificar su nombre y así manifestar su gloria, Ez 36, 22-25.
NOTA: Es muy conveniente leerse todos los capítulos de Ezequiel para entender bien qué fue lo que acaeció antes del destierro, durante el destierro y después del destierro.


7.11.3. Deutero - Isaías

Este lejano discípulo perteneciente a la escuela teológica de Isaías anuncia el consuelo al pueblo de Israel en el destierro, Is 40, 1.2. Ante la victoria del rey persa Ciro sobre los pueblos de Oriente, el segundo Isaías le presenta como el instrumento del que Dios se servirá para realizar su designio de salvación, Is 41, 1-4; 45, 1-6 y 12-13; y liberar a su pueblo como en un nuevo éxodo, Is 40, 3; 43, 16-19.
Este profeta presenta unas perspectivas universalistas: a la comunidad de exiliados encerrados en sí mismos les habla de un Dios que ofrece la salvación a todos los hombres, Is 45, 20-22. Finalmente anuncia un misterioso “Siervo de Yahvé”, Is 42, 1-7; 49 1, 6; 50,4-9; 52, 13 al 53, 1-12, un justo que sufre y expía los pecados de los demás (Jesucristo), sucediendo tras su muerte una glorificación y una grandiosa fecundidad espiritual.

a. El destierro no ha sido casual ni imprevisto
Desde los momentos fundacionales del pueblo elegido, al comprometerse con Yahvé en alianza con Israel y suscribir las bendiciones y maldiciones de la misma, el castigo aparecía siempre en lontananza, al menos como una terrible realidad. Los profetas se han encargado de recordárselo al pueblo judío: infiel y desviado del cumplimiento de la Alianza fueron detrás de los ídolos y no han hecho caso a las advertencias que ha hecho Dios por medio de Jeremías. Por eso Dios los ha desterrado, los ha arrancado de la tierra; los destierra, los ha abandonado.

b. El destierro tiene una causa: EL PECADO
La infidelidad a la ALIANZA del Sinaí, en primer lugar a causa de la idolatría, atentando a una de las cláusulas más importantes de la Alianza: “No hay más que un solo Dios, no adorarás a otros dioses”; en segundo lugar, la injusticia, el abuso contra el pobre, el huérfano y la viuda, tratándoles injusta y cruelmente. El pueblo de Israel atentó gravemente contra el primer mandamiento de la Ley de Dios, hicieron caso omiso a los profetas enviados por Dios, se encerraron en su codicia, soberbia e indiferencia y Dios permitió que fueran expulsados de la Tierra Prometida; permitió el final de la monarquía y finalmente la destrucción del Templo. A pesar de esa infidelidad, el destierro se habría podido evitar, si el pueblo hubiera reconocido la voluntad de Yahvé por boca de su profeta Jeremías, si se hubiera convertido a Yahvé, si hubieran adorado al único Dios, abandonando las prácticas idolátricas; si hubieran practicado la justicia y el derecho, si hubieran reconocido y apartado de sus pecados, pero no fue así, Israel endureció su corazón y prefirió seguir su propio camino, camino que fue a parar en el fracaso más grande su historia: Ser expulsados de la Tierra Prometida, fin de la monarquía y destrucción del Templo, es decir, no tener ni la presencia, ni la bendición, ni la protección de Yahvé.

c. Purificación
El destierro tiene una finalidad: purificar al pueblo de las desviaciones de su fe. Israel se había instalado en la tierra que Yahvé le había dado como su patria definitiva y se contaminó en el culto a los ídolos de Canaán, cometió el gran pecado de la idolatría, admitía de hecho que había otros dioses, y esto era una gran ofensa a Yahvé. Por otro lado, había puesto su seguridad en instituciones materiales aunque fueran de orden religioso como: La dinastía, la ciudad santa y el Templo sagrado. Por eso Yahvé les avisa por medio del profeta que les dice: "No pongáis vuestra confianza en palabras engañosas diciendo: "el Templo de Yahvé, el Templo de Yahvé.  Éste es el templo de Yahvé",  Jer 7, 4.

Ya no confían pues, en Yahvé, de quien aquellas instituciones eran iniciativa y representación de El. El error del pueblo elegido fue que confundieron a Yahvé con dichas instituciones, y esto era caer en la idolatría y en la superstición. Las instituciones ya no llevaban al pueblo a adorar a Dios. Para que el pueblo pueda nuevamente encontrarse con Dios es necesario que se vea desamparado, que le fallen todas esas seguridades institucionales, materiales.

Para eso es el destierro, para purificarse de sus pecados y desvíos, como la idolatría, la soberbia, la codicia que es fuente de toda injusticia que abusa del pobre, del huérfano, de la viuda, del que no tienen protección; el destierro les sirve para que se den cuentan que los medios materiales son medios relativos. El único absoluto es YAHVÉ.


7.12. PEDAGOGÍA DE DIOS EN EL DESTIERRO DE BABILONIA 

Junto a este aspecto de juicio de Yahvé sobre su pueblo Israel, los profetas descubren un sentido positivo al destierro: ser un camino de Salvación. En primer lugar, con motivo del destierro, es la ocasión para hacer un profundo examen de conciencia, en efecto, el pueblo reflexiona sobre su pasado infiel a la voluntad de Yahvé y esta reflexión le lleva a adquirir conciencia de su propio pecado, al reconocimiento, aceptación y confesión del mismo. Israel reconoce ante todo que ha pecado, que ha fallado a su Señor, que ha sido infiel a la Alianza. Este es el primer paso hacia la conversión. Así el profeta Jeremías dice: "¡Yacemos en nuestro oprobio, y nos cubre nuestra vergüenza! Porque hemos pecado contra Yahvé nuestro Dios, nosotros y nuestros padres desde nuestra juventud y hasta el día de hoy, y hemos  desoído la palabra de Yahvé nuestro Dios",  Jer 3, 25.


7.12.1. Conversión profunda

Israel necesita una profunda conversión y ésta sólo se puede dar si Dios toma la iniciativa: "Conviértenos a ti, Oh Yahvé,  y nos convertiremos",  Lam 5, 21. Porque Yahvé no espera, Yahvé siempre toma la iniciativa en el proceso de la conversión, Él da primer paso en busca del desterrado para restablecer la Alianza con Él. De esta manera gracias a la conversión del pueblo movido por Yahvé, el destierro se convierte en nuevo comienzo más glorioso aún que el antiguo. El orden antiguo ha muerto. Pero Yahvé no abandona a su pueblo a la muerte, antes al contrario, Él mismo se ha hecho desterrado con ellos como lo ve Ezequiel cuando la gloria de Yahvé abandona el Templo para irse a instalar en el lugar donde moran los desterrados, Ez 1, 28.

Y la presencia de Yahvé entre su pueblo es garantía de que el destierro desembocará en una nueva vida: será como una nueva creación, como una resurrección de los muertos, Ez 37, como un nuevo éxodo, más maravilloso que el primero, Is 43, que desembocará en una nueva alianza más perfecta, más pura que la primera, porque esta nueva alianza se basará en el perdón de los pecados, Ez 36, 25-27: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras  basuras os purificaré. y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas”.

De esta manera, el destierro, que humanamente tenía que haber significado el fin de todo, se convertirá, por obra de Yahvé, en un futuro más glorioso que el anterior. De Yahvé, solamente de Yahvé, vendrá una maravillosa salvación.

Con la experiencia del destierro, el pueblo de Israel adquiere una nueva conciencia de su propia misión en el mundo. En el destierro al tener contacto con otros pueblos y otras culturas obliga a Israel a interrogarse sobre su función como pueblo escogido con relación a esos pueblos y sobre la función de esos pueblos en relación con él. Es el profeta el que da la respuesta: "Así habla Yahvé; el creó los cielos, el Dios que formó la tierra... No he hablado yo en secreto en un oscuro rincón de la tierra... Reuníos, venid, acercaos, juntamente los sobrevivientes de las naciones... No hay Dios justo ni Salvador fuera de mí. Volveos a mí, y seréis salvos", Is 45, 18-20.


7.12.2. El Castigo – Purificación

A pesar del castigo merecido, Dios no abandona a su pueblo. Este sentido profundo religioso les impulsó a interpretar teológicamente todos los eventos históricos que estaban acaeciendo. Por eso el exilio se convierte en un tiempo precioso de purificación. Es como si el pueblo de Israel fuera llevado de nuevo al desierto, al lugar de prueba, donde se carece de todo y el hombre es purificado por la acción de Dios. La gran tragedia  es que el pueblo de Dios había acabado apropiándose de los dones de Dios de tal manera que en vez de que estos los recibieran con gratitud y les llevaran a Dios, en realidad abusando de los dones de Dios se habían apartado del Señor, advertencia hecha ya en Deut 8, 11-14: “Guárdate de olvidar a Yahvé tu Dios descuidando sus mandamientos, que yo te prescribo hoy; no sea que, cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casa y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas; cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten tus bienes, tu corazón se engría y olvides a Yahvé tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Israel se ha absolutizado los medios (tierra prometida, rey y Templo) y se ha olvidado del fin: Dios, al que los medios debían de conducir: ha puesto su seguridad en conquistar la Tierra Prometida, en tener un rey, en la seguridad de tener un gran Templo, en vez de confiar sólo en Dios que habita en el templo pero es infinitamente más grande y poderoso  que el Templo, Is 66, 1: “Así dice el Señor: Los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Pues, ¿Qué casa me vais a edificar, o qué lugar de reposo, si el universo lo hizo mi mano y todo vino al ser?”. En consecuencia Dios les retira esos dones: la tierra, el rey, el templo ... todo, para que vuelvan al autor de todos ellos. Así el exilio, es un tiempo de purificación que conduce al pueblo a una religión más auténtica, a una piedad más sincera, a una fe más viva y depurada, a una conversión más interior.




7.12.3. Creación de la Sinagoga. 

Pronto comprendieron que en vez de lamentar errores históricos pasados se hallaban en un país impuro, Ez 4, 13, donde resultaba casi imposible seguir practicando con pureza el culto yahvista. Era preciso buscar alguna suplencia al culto del Templo y para lograrlo comenzaron a prodigar asambleas comunitarias, que les daban el descanso y la esperanza de evocar sus más genuinas costumbres y tradiciones cúlticas. En el destierro recordaban en dichas asambleas con nostalgia la mano providente con que Yahvé les había conducido, en otros tiempos, a través del desierto hasta sellar una Alianza en el Sinaí.

Tales asambleas fueron adquiriendo un cuño cada vez más religioso, dándose así origen a la "Sinagoga". Éstas, para patentizar su entronque con el ideal sinaítico, dieron gran relieve a la observancia del "Sabbat". Así, se diferenciaban de los cultos paganos, mientras iban concienciando al grupo judío de su compromiso con Yahvé. Sin necesidad de prodigar ceremonias cúlticas, el "Sábado" pasó a significar el lazo de unión entre Yahvé y su comunidad en el exilio, Ez 23, 28.
Es posible que la redacción del llamado "Código Sacerdotal" se llevara a cabo en este ambiente de delirio religioso, lo que explicaría el énfasis en la observancia del "Sábado", relacionándolo con la creación misma del mundo, Gen 2, 3. Fue tal la importancia asignada al reposo sabático que éste fue interpretado por la tradición postexílica como signo de fidelidad a la Alianza Is 56, 1-8. Así Israel enseña la Ley, manifiesta ante esos pueblos sus costumbres y sus tradiciones. Se convierte de un pueblo nacionalista y a la vez en pueblo universal y misionero.

Finalmente, la prueba del destierro ilumina con nueva claridad algunos "problemas oscuros" en la religiosidad de Israel. El primero es el de la "retribución" de las buenas y malas obras,  y el segundo es el problema  del "sufrimiento".

a. La "retribución"
Pasa de una dimensión teológica y moral comunitaria a una perspectiva personal. A cada persona se le retribuirá según su conducta, según su caminos. Ya no pagarán los hijos las culpas de los padres,  Ez 18.

b. El "sufrimiento"
Esta experiencia les hace entender también el valor positivo del sufrimiento. Dios se manifiesta como misericordioso, pues: “no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta y viva”, Ez 18, 23. 32; 33, 11; pero esta misericordia, para ser eficaz, necesita usar la marga medicina del sufrimiento: como la plata y el oro necesitan pasar por el fuego para desechar la escoria. Israel necesita pasar por el crisol del sufrimiento para ser purificado y renovado, ex 22, 17-22; Is 48, 10; así Israel aprenderá que: “Yahvé reprende a aquel que ama, como un padre al hijo querido”, Prov, 3, 12.

El destierro hace descubrir a Israel que el sufrimiento puede adquirir un valor redentor, ya que a través de él, el pueblo sale de su egoísmo y de su corazón duro y cerrado en sí mismo para abrirse hacia una nueva vida. Esta función redentora del dolor se expresa de una forma hermosísima en la profecía de los "Cánticos del Siervo de Yahvé" del profeta Isaías.

Las características personales de este 'Siervo", como se ve no corresponden a las del pueblo elegido, Israel:


  • El pueblo judío es  cobarde,  Is 40,27; el "Siervo", es  valiente, Is 49, 4
  • El pueblo judío es pecador, Is.43,27; el "Siervo", es inocente, Is 50, 5
  • El pueblo judío es impaciente, Is 40, 27; el "Siervo", es  paciente, Is 53, 7
  • El pueblo expía por sí, Is  43, 22; el "Siervo",  expía por otros, Is 53, 4


A estos "Cánticos del Siervo de Yahvé" se le han dado dos interpretaciones:

  1. Una dice que este Siervo de Yahvé se refiere al pueblo elegido.
  2. Otra dice que se refiere a Jesucristo, el Hijo de Dios.


Esta última interpretación es la más aceptada hoy día en la Iglesia Católica pues vemos que se cumple de una manera extraordinaria en Jesucristo, que realiza la misión salvífica del "Siervo de Yahvé", y que es universal, Is 49, 1-6. Es una misión dolorosa: será menospreciado, varón de dolores, abominado de las gentes, esclavizado por los soberanos, Is 42, 7; herido, abofeteado, injuriado, Is 50, 6, hasta el punto que queda maltrecho y desfigurado, Is 53 1-3.

El siervo no va forzado sino que acepta y se ofrece a la muerte, como un siervo del pueblo, en sustitución y en beneficio del pueblo mismo. Toma sobre sí la maldición que pesaba sobre el pueblo debido a su pecado, sufriendo él el castigo que libera al pueblo elegido, Is 53, 5. El mismo siervo es ensalzado, puesto en alto, como centro de atención de todos los pueblos, herederos de ellos, como su Pastor, Is 53, 7-12.


7.12.4. Misión universal

Finalmente, Israel al contacto en el destierro con otros pueblos descubre la misión universal de su vocación salvífica; frente al particularismo nacionalista en que se había encerrado durante siglos, ahora va comprendiendo que si han sido objeto de una predilección especial de Dios, que les ha manifestado su voluntad haciendo una Alianza con ellos, es para que estos dones los transmitan y los comuniquen a otros pueblos: "Así habla Yahvé; el que creó los cielos, el Dios que formó la tierra, la hizo y la afianzó; el que no la creó caótica sino que la formó habitable. No he hablado yo en secreto en un oscuro rincón de la tierra; no he dicho a la descendencia de Jacob: “Búsquenme en el vacío”. Yo soy el Señor que digo lo que es justo y anuncio lo que es recto. Reunios, venid, acercaos, juntamente los sobrevivientes de las naciones. ¡Qué ignorantes son los que cargan con un ídolo de madera e invocan a un dios incapaz de salvar!  No hay Dios justo ni Salvador fuera de mí. Volveos a mí, y seréis salvos", Is 45, 18-23. Así los israelitas serán convertidos y se manifestarán como: “luz de las gentes”, Is 42, 6.

De este modo Dios ha preparado cuidadosamente un “resto de Israel” que cuando regrese a Palestina será portador de una fe más profunda y purificada, de una religión más espiritual. De este modo la revelación de Dios da un paso decisivo hacia la plenitud que acontecerá en la persona de su Hijo Jesucristo.

Así el exilio en Babilonia que parecía una desgracia irreparable, se convierte por la gracia de Dios en una gracia universal incalculable.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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