El Sacramento de la Eucaristía - 5º Parte


VI. EL BANQUETE PASCUAL

(CIC 1382 - 1405)


La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da. "¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?", dice san Ambrosio (De sacramentis 5,7), y en otro lugar: "El altar es imagen del Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar" (De sacramentis4,7). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:
«Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición» (Plegaria Eucarística I o Canon Romano 96; Misal Romano).

“Tomad y comed todos de él”: la comunión

El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).

Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf Mt 8,8): "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme". En la Liturgia de san Juan Crisóstomo, los fieles oran con el mismo espíritu:
«A tomar parte en tu cena sacramental invítame hoy, Hijo de Dios: no revelaré a tus enemigos el misterio, no te  te daré el beso de Judas; antes como el ladrón te reconozco y te suplico: ¡Acuérdate de mí, Señor, en tu reino!» (Liturgia Bizantina. Anaphora Iohannis Chrysostomi, Oración antes de la Comunión) 
Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones (cf CIC, cans. 916-917), comulguen cuando participan en la misa [Los fieles pueden recibir la Sagrada Eucaristía solamente dos veces el mismo día. Pontificia Comisión para la auténtica interpretación del Código de Derecho Canónico, Responsa ad proposita dubia 1]. "Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor" (SC 55).

La Iglesia obliga a los fieles "a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia" (cf OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, s i es posible en tiempo pascual (cf CIC can. 920), preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.

Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino. "La comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico" (Institución general del Misal Romano, 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos orientales.


Los frutos de la comunión

La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: "Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: "Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6,57):
«Cuando en las fiestas [del Señor] los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva, se nos han dado las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María [de Magdala]: "¡Cristo ha resucitado!" He aquí que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo» (Fanqîth, Breviarium iuxta ritum Ecclesiae Antiochenae Syrorum,  v. 1).
Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, "vivificada por el Espíritu Santo y vivificante" (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.

La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es "entregado por nosotros", y la Sangre que bebemos es "derramada por muchos para el perdón de los pecados". Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:
«Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor (cf. 1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio» (San Ambrosio, De sacramentis 4, 28).

Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificadaborra los pecados veniales (cf Concilio de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él:
«Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir crucificados para el mundo [...] y, llenos de caridad, muertos para el pecado vivamos para Dios» (San Fulgencio de Ruspe, Contra gesta Fabiani 28, 17-19).
Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía realiza esta llamada: "El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (1 Co 10,16-17):
«Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis "Amén" [es decir, "sí", "es verdad"] a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir "el Cuerpo de Cristo", y respondes "amén". Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu "amén" sea también verdadero» (San Agustín, Sermo 272).
La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):
«Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. [...] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno [...] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).
La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, san Agustín exclama: O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O vinculum caritatis! ("¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!") (In Iohannis evangelium tractatus 26,13; cf SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en Él.

Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor. "Estas Iglesias, aunque separadas, [tienen] verdaderos sacramentos [...] y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo estrechísimo" (UR 15). Una cierta comuniónin sacris, por tanto, en la Eucaristía, "no solamente es posible, sino que se aconseja...en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica" (UR 15, cf CIC can. 844,§3).

Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, "sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del misterio eucarístico" (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas comunidades eclesiales "al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa" (UR 22).

Si, a juicio del Ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos (Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC, can. 844, §4).



VII. LA EUCARISTÍA, "PIGNUS FUTURAE GLORIAE"


En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: O sacrum convivium in quo Christus sumitur . Recolitur memoria passionis Eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur ("¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!") /(Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona del «Magnificat» para las II Vísperas: Liturgia de las Horas). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados "de gracia y bendición" (Plegaria Eucarística I o Canon Romano 96: Misal Romano), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.

En la última Cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el Reino de Dios: "Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre" (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia "el que viene" (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: Marana tha (1 Co 16,22), "Ven, Señor Jesús" (Ap 22,20), "que tu gracia venga y que este mundo pase" (Didaché 10,6).

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristíaexpectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi ("Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo") (Ritual de la Comunión, 126 [Embolismo después del «Padrenuestro»]: Misal Romano; cf Tit 2,13), pidiendo entrar "[en tu Reino], donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro" (Plegaria Eucarística III, 116: Misal Romano).

De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, "se realiza la obra de nuestra redención" (LG3) y "partimos un mismo pan [...] que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre" (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 20, 2).


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Extractos del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC).

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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 14° Parte: En ambos lados del Océano


+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.


5. EN AMBOS LADOS DEL OCÉANO

5.1. UN JESUITA EN EL DESIERTO

Entre los quinientos jesuitas que por orden del Rey Carlos III salieron desterrados del Perú en el año 1767, había muchos, por no decir todos, entusiastas devotos del Sagrado Corazón. Uno de ellos merece especial mención. Se llamó Miguel León y había nacido en Lima el 8 de mayo de 1737. Hizo sus estudios en el Real Colegio de San Martín y, a los quince años vestía la sotana de la Compañía. Tres de sus hermanos abrazaron el estado eclesiástico: el mayor, Manuel, era, al sobrevivir la expulsión, cura en la Misión de San Simón, entre los Mojos, en el Oriente de Bolivia; Melchor, que seguía en edad a Miguel, entró también en la Orden de Ignacio y estudiaba por entonces Teología en el Colegio máximo de San Pablo; finalmente, José Leandro, quizá el menor, fue sacerdote secular.

El P. Miguel era ayudante del Maestro de Novicios en la Casa de Probación de San Antonio Abad, cuando recibió la orden de partir a España con sus hermanos y el 28 de octubre de 1767 se alejaba de estas playas en compañía de Melchor.
Llegados a Italia, siguieron la suerte de todos esos pobres desterrados que no tenían otro recurso para vivir que la mísera pensión que les pasaba el Gobierno español. Por un tiempo vivieron en la comarca de Génova, salvo el mayor, Manuel, que vivió en la legación de Ferrara. En 1790 se encontraban en Roma, desde donde escribía el P. Gaspar Juárez, argentino, a D. Ambrosio Funes y le decía: “El autor de aquel billete que antes incluí a Vuestra Merced sobre la Devoción al Sagrado Corazón, es el mismo que del adjunto... Las letras iniciales M.L. quieren decir Miguel León, es natural de Lima, joven de gran virtud y devotísimo del Sagrado Corazón y muy aficionado a Ud...”

Por aquellos tiempos la devoción al Sagrado Corazón era bastante combatida y de ahí que su celo por propagarla sea más recomendable. Muchos de sus contemporáneos se refieren a ella. Citaremos algunos. El P. Ramón Diosdado Caballero, dice así en su Biblioteca: “Me facilitó la lectura de muchos folletos relativos al culto de los Sagrado Corazones de Jesús y María, mi muy querido amigo, el eminente hispanoperuano Miguel de León, que con gran fervor de espíritu se ha dedicado a la propagación de esta devoción y ha reunido una colección no pequeña de libros sobre la materia...” (1) El P. Prat de Saba, en su obra: Vicennalia Sacraperuviana, impresa en Ferrara en 1788, al hablar del P. Corzos, otro jesuita del Perú, dedica al P. León estas palabras: “En tan santa obra no le iba en zaga otro fervoroso jesuita, el P. Miguel León, quien profesándose amantísimo de los Sagrados Corazones de Jesús y de María había reunido una Biblioteca de obras escritas sobre este tema...”

Pero el P. León hizo mucho más. Deseando esparcir esta devoción en todas partes y, especialmente en la América española, escribió a unos y otros, a fin de que se estableciese su culto y se ofreció a recabar de la Santa Sede, indulgencias y gracias a favor de los que practicasen esta devoción. El mismo P. León, hizo un elenco o Catálogo de las diócesis en que ya se honraba al Corazón Divino y de los nombres de los Cardenales, Arzobispos y Obispos que había implorado alguna gracia con este fin.

En muchos casos el P. León advierte que esas gracias se han obtenido por su medio y alcanzado merced a su diligencia. Es decir que, de una manera oculta, estaba contribuyendo eficazmente a difundir el culto al Corazón Deífico.
En la correspondencia del P. Juárez con D. Ambrosio Funes y del P. León con el mismo se hallan no escasas referencias a este celo del P. Miguel. En sus cartas no hablaba de otra cosa y no hacía sino recomendar a todos esta devoción, insinuando las prácticas que podían entablarse, como la Adoración Perpetua y remitiendo opúsculos y folletos que de ella trataban. Con razón decía de él la insigne Sierva de Dios María Antonia de la Paz, conocida en las comarcas del Plata con el nombre de la Beata de los Ejercicios, por lo mucho que hizo en difundirlos, que “el P. León era un borracho, porque era un bebedor de todos los días”, dando a entender que estaba como embriagado de esta devoción. No parece que él mismo escribiera sobre el tema, pero sí tradujo del francés la obra del P. Derouville: Ejercicios de Meditaciones, lecturas y actos en honor del Corazón para el primer viernes de cada mes. La tradujo al italiano, pero luego procuró que se hiciese una edición en español.


En Roma perseveraron los hermanos León hasta mediado el año 1798. Aprovechando la licencia otorgada por el Monarca para trasladarse a la Península, Miguel y Manuel pasaron a Barcelona, en tanto que Melchor quedó en la ciudad eterna. Desde esta ciudad solicitaban se les diera el socorro a que tenían derecho y el 2 de abril de 1799 se resolvió acudirles con 600 reales vellón a cada uno. En Barcelona permanecieron hasta fines de 1800, sin poder encaminarse al Perú como era su deseo. Este año o el siguiente se les obligó a volver a Italia, en donde por lo turbado de los tiempos empeoró su situación. Todavía en 1807 se encontraban en Roma, desde donde escribían  a sus amigos de Buenos Aires, a fin de que les auxiliasen. Después de esta fecha se pierde su rastro. Fuera de los escritos de que arriba hemos hecho mención, conviene citar una Instrucción sobre el modo de hacer la Novena del Sagrado Corazón, que remitió a uno de sus correspondientes.


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Tratado de Mariología - 8° Parte: La Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


HISTORIA

Casi un siglo después de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción de María, su Santidad Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, definía el dogma de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Así dice la Constitución Apostólica "Munificentessimus Deus" en su forma dogmática: "Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial", Denz 2333. El dogma de la Asunción de la Virgen María, en cuerpo y alma, a los cielos, significa la glorificación corporal anticipada de la Santísima Virgen, es decir, que María, después de su vida terrestre, se encuentra en el cielo en aquel estado en el que se hallarán los justos después de la resurrección final.

A diferencia de los doctrina del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, este dogma de la Asunción a los cielos se encuentra de manera más explícita en la tradición antigua de la Iglesia.

Hay que advertir que no hay que buscar en la Sagrada Escritura ningún dato explícito acerca de este dogma. Pero tal vez en el Siglo IV encontramos testimonios explícitos en el apócrifo de Melitón al que Gregorio de Tours dio una gran difusión en Occidente. Pero ya mucho antes, es decir, a partir del Siglo II encontramos en la Padres de la Iglesia el tema de la asociación de María como nueva-Eva, con Cristo nuevo-Adán, en la lucha con el diablo. Lucha que termina con la victoria total sobre el demonio de Cristo en la cruz. Victoria que es ante todo sobre el pecado y la muerte, Rom 5 y 6; 1 Cor 15, 21-26; 54-57.

Muerte y pecado que en Cristo fueron vencidos totalmente con su admirable resurrección y de la que participamos los creyentes desde el día del Bautismo muriendo con Cristo al pecado y participando de su resurrección renaciendo a una nueva vida, la vida de los hijos de Dios en la caridad fraterna, 1 Cor 15, 54. Ahora bien, María asociada a la obra de Cristo, que venció al pecado por los méritos de su Hijo Jesucristo, no quedaría totalmente asociada a su victoria completa sin la glorificación corporal. Esto es lo que ha intuido el pueblo cristiano en la Liturgia más antigua  con la fiesta de la "dormición", celebrada en Jerusalén desde el Siglo VI y que en el siglo VII se establece en Roma con la fiesta de la "Asunción de la Virgen María a los cielos".

Por eso, cuando Pío XII consultó a los Obispos de la Iglesia Católica si se podría definir la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos como dogma de fe, la unanimidad del Pueblo de Dios se manifestó (ciñéndose sólo a los Obispos), en que de las 1.181 respuestas, sólo 6 "dudaban" de si esa verdad estaba o no revelada. Hubo otras 22 respuestas negativas, pero no por una cuestión de fondo, sino porque no estimaban oportuno una nueva definición. Las 1.169 respuestas restantes fueron plenamente afirmativas

El objeto primario de la definición es la glorificación corporal de María - y no sólo glorificación de su alma - una vez "cumplido el curso de la vida terrestre"; esta fórmula puede resultar un poco rebuscada, pero fue necesario utilizarla una vez que se determinó no definir explícitamente si la Virgen María había muerto realmente, es decir, cuando se separa el alma del cuerpo (y en ese caso, la Asunción habría que interpretarla como una resurrección glorificada anticipada), o si había sido tomada y glorificada por Dios en toda su realidad existencial humana sin pasar por la muerte, de modo parecido a lo que sucederá con los justos a los que la "parusía" (o segunda venida gloriosa del Señor) encuentre vivos al final de la historia, basándonos en 1 Cor, 51 que dice: "No todos moriremos, pero todos seremos transformados".

Por lo demás, el hecho que Pío XII no definiera dogmáticamente que María murió previamente a su Asunción a los cielos, no quiere decir que este punto de la muerte, o no muerte de la Virgen María, sea teológicamente libre. Creemos sinceramente que el verdadero estado de la cuestión es este: Pío XII no quiso intencionadamente pronunciarse, al menos en la fórmula dogmática, sobre:

  • La muerte o no muerte de María, o sea sobre si fue asunta al cielo después de morir y resucitar
  • Si fue trasladada en cuerpo y alma al cielo sin pasar por el trance de la muerte como todos los demás mortales (e incluso el mismo Cristo).

Ahora bien, ¿Cuál de las dos posiciones es la correcta?
Los argumentos que se aducen en uno y otro lado no son tan decisivos como para llevar a una certeza absoluta cualquiera de las dos opiniones teológicas. Sin embargo, la opinión que sostiene con firmeza la Asunción gloriosa de María después de su muerte y resurrección, no solamente reúne los sufragios de la inmensa mayoría de los teólogos especialistas en mariología, sino que nos parece objetivamente mucho más probable que la opinión teológica que defiende la Asunción de María a los cielos sin la muerte previa de la Virgen. Por eso la opinión, o doctrina, más probable y común dice: "La Virgen María murió realmente para resucitar gloriosa, en cuerpo y alma, poco tiempo después de su muerte".


5.1. FUNDAMENTOS EN LA TRADICIÓN CRISTIANA

El testimonio de la Tradición es abrumador a favor de la muerte de María. En la misma Constitución Apostólica  "Munificentessimus Deus" de Pío XII, se leen estas palabras, cuya importancia excepcional nadie puede ignorar: "Los fieles, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores, aprendieron también de la Sagrada Escritura que la Virgen María, durante su peregrinación terrena, llevó una vida llena de ocupaciones, angustias y dolores, y que se verificó lo que el santo viejo Simeón había profetizado: que una agudísima espada le traspasaría el corazón a los pies de la cruz de su divino Hijo, nuestro Redentor. Igualmente no encontraron dificultad en admitir que María hubiese muerto del mismo modo que su Unigénito. Pero esto no les impidió creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo divino".
Nótese la singular importancia de este texto reciente. En la misma Bula en la que Pío XII define la Asunción de María, enseña que los fieles, es decir, el pueblo cristiano, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores, no han tenido dificultad en admitir la muerte de María, con tal de preservarla de la corrupción del cuerpo. Se trata, pues, del sentir de la Iglesia - pastores y fieles -, que constituye un argumento de mucho peso, que algunos teólogos no dudan en afirmar argumento de fe, porque es imposible que pastores y fieles se equivoquen conjuntamente en una doctrina universalmente profesada por todos.


5.2. LA SAGRADA LITURGIA

Desde la antigüedad, la liturgia oficial de la Iglesia recogió la doctrina de la muerte de María. Dichas oraciones litúrgicas recogen expresamente la muerte de María al celebrar la fiesta de su gloriosa Asunción a los cielos. La nueva oración de la fiesta del 15 de agosto no alude a la muerte por no ir más lejos de lo que el papa Pío XII proclamó como dogmático en la Constitución Apostólica de la Asunción y esto se explica perfectamente. Ahora bien, el argumento litúrgico tiene  un gran valor, según el aforismo: "Lex orandi statuat lex credendi", tiene que haber una perfecta armonía entre lo que la Iglesia ora y la Iglesia cree, puesto que en la aprobación oficial de los libros litúrgicos está empeñada la autoridad de la Iglesia, que, regida y gobernada por el Espíritu Santo, no puede proponer a los fieles fórmulas falsas o erróneas.


5.3. MAGISTERIO DE LA IGLESIA

El papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 en la Constitución apostólica “Munificentessimus Deus” declara: “… Por eso … para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra:.- proclamamos, declaramos y definimos ser dogma de fe divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asumida en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Denz 3903.


5.4. RAZÓN TEOLÓGICA

La muerte corporal de María parece exigida por múltiples razones. He aquí las principales:

  • Por haber recibido la naturaleza caída de Adán. Es cierto que María no contrajo el pecado original, pero tuvo el débito del mismo, recibió por tanto, la naturaleza caída de Adán, si bien con los privilegios ya conocidos: Inmaculada concepción, etc. Ahora bien, la naturaleza caída de Adán estaba sujeta a la muerte. Luego para decir que María no murió habría que demostrar la existencia de ese privilegio especial para ella, lo que no consta en ninguna parte, puesto que María padeció muchos dolores a lo largo de su vida, especialmente en la pasión y muerte de Xto, en la cruz. Si no se le concedió ese privilegio, precisamente por ser corredentora, ¿por qué se le iba a conceder el de la inmortalidad corporal tan íntimamente ligado al dolor de la muerte?.
  • Por exigencias de su maternidad divino - corredentora: Si dio al Redentor carne pasible y mortal, debió tenerla también ella. Si nos corredimió con su Hijo, debió participar de sus dolores y de su muerte.
  • Cristo murió en la cruz, ¿y María sería superior a Él al menos en este aspecto relativo a la muerte corporal?. Suponiendo, que María tenía derecho a no morir, sin duda alguna hubiera María renunciado de hecho a ese privilegio para parecerse más en todo, hasta la muerte y resurrección, a su divino Hijo Jesucristo.
  • Para ejemplo y consuelo nuestro: María debió morir para enseñarnos a bien morir aceptando la muerte. María recibió la muerte con serenidad, con gozo, mostrándonos que no tiene nada de terrible para aquel creyente que ha vivido piadosamente y mereciéndonos la gracia de recibir la muerte con santa disposición.
  • Posible explicación de cómo se realizó la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos: La Virgen María murió como todo ser mortal, en el momento mismo de su muerte se separó su alma de su cuerpo. En el mismo momento en que su alma santísima se separó del cuerpo, entró inmediatamente en el cielo y quedó, por decirlo así, glorificada o llena de gloria, como correspondía a la Madre de Dios. Su cuerpo santísimo, mientras tanto, fue llevado al sepulcro por los discípulos y amigos del Señor y de ella.


Poco tiempo después, el cuerpo de María resucitó. La resurrección realizó la unión del alma a informar el cuerpo, del que se había separado por la muerte. Pero como el alma de María, al informar el cuerpo virginal, no venía en el mismo estado que salió, sino glorificada y llena de gloria, comunicó al cuerpo su propia glorificación, poniéndole en estado de glorificación inigualable. Y eso es todo. Teológicamente hablando, la Asunción de María consiste en la resurrección gloriosa de su cuerpo, en virtud de cuya resurrección comenzó a estar en cuerpo y alma glorificados en el cielo.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

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El Pan de Vida

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión del evangelio del domingo 02 de agosto: "Jesús anuncia la Eucaristía y nos enseña su importancia en nuestras vidas". Acceda AQUÍ.

Santa Rosa de Lima

La santa limeña se dedicó a una vida de piedad y de virtud y cuando vistió el hábito de la tercera Orden de Santo Domingo, hizo grandes progresos en el camino de la penitencia y de la contemplación mística. Compartimos su biografía con motivo de su fiesta litúrgica el 30 de agosto. Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de Agosto

Para orar con el Papa Francisco en el mes de agosto, compartimos sus intenciones que encomienda cada mes al Apostolado de la Oración (A.O.), como también las intenciones de la Conferencias Episcopal Peruana para este mes. Acompañamos las intenciones con las reflexiones del P. Enrique Rodríguez, S.J. Secretario Nacional del A.O. Acceda AQUÍ.

Tratado de Mariología - 7° Parte: La Inmaculada Concepción

El P. Ignacio Garro, S.J. siguiendo con la presentación de los dogmas sobre la Virgen María, nos comparte su tema sobre este cuarto dogma. Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de Agosto


APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL 
MES DE AGOSTO


Ofrecimiento Diario

Dios, Padre nuestro, yo te ofrezco toda mi jornada: mis oraciones, pensamientos, afectos y deseos, palabras, obras, alegrías y sufrimientos en unión con el Corazón de tu Hijo Jesucristo que sigue ofreciéndose a Ti en la Eucaristía para la salvación del mundo.
El Espíritu Santo, que condujo a Jesús, me guíe y sea mi fuerza en este día para que pueda ser testigo de tu amor.

Con María, la madre del Señor y de la Iglesia, pido especialmente por las intenciones del Papa y de nuestros obispos para este mes:


Oremos con el Papa Francisco


Para que quienes colaboran en el campo del voluntariado se entreguen con generosidad al servicio de los necesitados.




Para que quienes saliendo de nosotros mismos, sepamos hacernos prójimos de quienes se encuentran en las periferias de las relaciones humanas y sociales. 




Oremos con los Obispos del Perú

Para que las personas discriminadas por enfermedad o habilidades diferentes sean integradas en las comunidades de fe.






VOLUNTARIOS CRISTIANOS

El Papa Francisco los ha llamado imagen de una Iglesia que se pone el delantal y se inclina a servir a los hermanos en dificultad. La experiencia de sus miembros con la dimensión del servicio voluntario a los pobres, sigue el estilo del buen Samaritano, en coherencia con los valores evangélicos. A partir de su identidad cristiana colaboran a dar respuestas concretas a los escándalos del hambre y de las guerras. Sus intervenciones junto a los hombres y a las mujeres en dificultad son un anuncio vivo de la ternura de Cristo, que camina con la humanidad de todo tiempo.

En medio de las “nuevas pobrezas” hay necesidad de testimoniar el valor de la gratitud, hay que colaborar para que los pobres sean protagonistas, se organicen. Solidarizarse con los pobres es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Es luchar contra las causas estructurales de la pobreza: la desigualdad, la falta de un trabajo y de una casa, la negación de los derechos sociales y laborales. La solidaridad es un modo de hacer la historia con los pobres, evitando presuntas obras altruistas que reducen al otro a la pasividad.

El Papa anima a los voluntarios que trabajan para que la creación permanezca como un patrimonio de todos, de entregar en toda su belleza a las generaciones futuras. A los que trabajan por el desarrollo de los pueblos y así cooperan en construir la paz. A los que construyen puentes entre las culturas y las religiones. A los que desde la fe realizan signos de paz y de esperanza en los campos de migrantes y refugiados.


CAMINO DE SANTIDAD

“Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies” (Job 29,15). 

Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son “ojos del ciego” y “del cojo los pies”. Personas que están junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y se es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia.

El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo. Es alabanza a Dios, que nos conforma a la imagen de su Hijo, el cual “no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,28) 


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. 

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.

El Apostolado de la Oración es antes que nada hacernos interiormente disponibles a la misión de Cristo. Esta disponibilidad tiene como su fuente y modelo a Jesucristo entregado a nosotros y por nosotros, que se nos hace presente continuamente en la Eucaristía. Recibir su vida nos lleva, en reconocimiento, a ofrecer diariamente nuestra propia vida al Padre.


Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ



Visítenos en:

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MEJ (Movimiento Eucaristico Juvenil)-Perú
San Pedro de Lima – Santuario del Corazón de Jesús



Secretariado Nacional

Apartado 387 – Lima 100 – Perú

Jirón Azángaro 451 – Cercado de Lima

sanpedrodelima@gmail.com

Tlf.  427-0266

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ESPECIAL: SAN IGNACIO DE LOYOLA

El 31 de julio se celebra su fiesta, por ello compartimos nuestras publicaciones sobre la vida y obra del Fundador de la Compañía de Jesús. Acceda AQUÍ.

La multiplicación de los panes

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 26 de julio. "En la multiplicación de los panes Jesús pide colaboración y sigue pidiéndonos a todos que colaboremos con Él para que no haya hambre". Acceda AQUÍ.