Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Junio

APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
JUNIO






Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.






Por las Intenciones del Papa

Intención General:

Para que los creyentes sepan reconocer en la Eucaristía la presencia viva del Resucitado, que les acompaña en la vida cotidiana.


Intención Misional:

Para que los cristianos en Europa redescubran la propia identidad y participen con mayor empeño en el anuncio del evangelio.






Por las Intenciones de la Conferencia
Episcopal Peruana

Para que los cristianos nos unamos con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que es
la era digital, para anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia.




EUCARISTÍA, PRESENCIA VIVA DEL RESUCITADO

Nos acompaña y nos sirve de modelo en la vida cotidiana y debe impregnar toda nuestra existencia. Cristo nos convoca para constituir su Iglesia, su Cuerpo místico en medio del mundo. La Palabra de Dios nos revela los misterios divinos y nos ayuda a vivir según el plan de Dios. Si tenemos pecado grave, antes de recibir el Cuerpo de Cristo hemos de acudir a la confesión sacramental.


LOS CRISTIANOS EN EUROPA

Hoy, en un mundo que experimenta una turbación profunda, se invita a los cristianos en Europa a descubrir de nuevo la riqueza del don que han recibido en Jesucristo y a aprender de nuevo a dar a los demás lo que ellos mismos ha recibido. El Espíritu está actuando. Acojamos su presencia y colaboremos orando a su acción salvadora.


APARECIDA - MISIÓN CONTINENTAL

La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. 251.


Eucaristía
Misa de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. (Misal romano)

Palabra de Dios
Lucas 22, 14-22. Institución de la Eucaristía.
Mateo 28, 16-20. Estaré con ustedes todos los días.
Lucas 24, 13-35. Discípulos de Emaús.

Reflexión
¿Qué parte de la Misa me ayuda más a sentir a Jesús presente?
¿Voy gustoso y animado a la misa del Domingo y de los días de precepto?
¿Mi asistencia a la Santa Misa me ayuda a vivir la presencia de Jesús en mi vida ordinaria?

P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.



Invitación
A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.
Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.

Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ



Visítenos en:
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¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!


Apostolado de la Oración




Azángaro 451, Lima

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Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Dt 4,32-34.39s; S. 32; Ro 8,14-17; Mt 28,16-20


Siendo la Santísima Trinidad el misterio más hondo de nuestra fe es más fácil vivirlo que entenderlo. Por eso creo bueno recordar estas palabras de San Columbano, monje y gran misionero en la Europa del siglo VI:
“Nadie tenga la presunción de preguntarse sobre lo indescifrable de Dios. Limítate a creer con sencillez, pero con firmeza. ¿Quién es, por tanto, Dios? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. No indagues más acerca de Dios; porque los que quieren saber las profundidades insondables deben antes considerar las cosas de la naturaleza. En efecto, el conocimiento de la Trinidad divina se compara, con razón, a la profundidad del mar, según aquella expresión del Eclesiastés: Lo que existe es remoto y muy oscuro, ¿quién lo averiguará? Porque del mismo modo que la profundidad del mar es impenetrable a nuestros ojos, así también la divinidad de la Trinidad escapa a nuestra comprensión. Y por esto insisto: si alguno se empeña en saber lo que debe creer, no piense que lo entenderá mejor disertando que creyendo; al contrario, al ser buscado, el conocimiento de la divinidad se alejará más aún que antes de aquél que pretenda conseguirlo. Busca, pues, el conocimiento supremo no con disquisiciones verbales sino con la perfección de una buena conducta, no con palabras sino con la fe que procede de un corazón sencillo y que no es fruto de una argumentación basada en una sabiduría irreverente. Por tanto, si buscas mediante el discurso racional al que es inefable, te quedarás muy lejos, más de lo que estabas; pero si lo buscas mediante la fe, la sabiduría estará a la puerta, que es donde tiene su morada, y allí será contemplada, en parte por lo menos”.
Vamos a seguir el consejo de San Columbano. Sin embargo, para evitar estorbos que es fácil cree nuestra razón, es bueno constatar que misterios los hay en nuestra misma naturaleza.
Por ejemplo el hecho de que cada uno de nosotros sea una sola naturaleza humana individual con conciencia clara de ser uno: yo soy un solo hombre. Ese hombre es el mismo que actúa con la mano, quiere con la voluntad, piensa con la inteligencia. La inteligencia, al razonar, tiene conciencia de ello y de que es un hombre el que razona y que razonar es distinto de querer y de hacer. La inteligencia razona y ve la conveniencia de hacer algo, la voluntad decide hacerlo, el cuerpo lo hace. La acción es fruto de los tres. En cada facultad el hombre es consciente de sí mismo y de que actúa, pero ni hay tres acciones ni tres hombres obrando, sino uno solo y el mismo y una sola acción realizada por tres facultades distintas, cada una con la conciencia de su acto y del todo. Y no hay tres naturalezas humanas sino un solo hombre. Hay, pues, misterios en la naturaleza; no nos extrañe que los haya en Dios.
Dios fue revelando el misterio de la Trinidad poco a poco. Pero con Jesucristo, el Mesías salvador prometido a los judíos, Dios nos abre del todo el corazón. Aquel Dios creador de todo y salvador es su Padre (Jn 5,17) y con Él es un solo Dios (Jn 10,30); y es también nuestro Padre, el de cada uno de nosotros, como hemos escuchado decirlo a Pablo en la Carta a los Romanos (Ro 8; 1Jn 3,1). “¿Puede una madre –dice por Isaías– olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, Yo no me olvidaré de ti” (Is 49,15) y lo dice no refiriéndose a santos, sino a gentes que han caído en los más nefandos pecados de idolatría e injusticia. “¡Abba!”, así se dirigía Jesús a Dios y lo hizo en el momento en que necesitaba sentir más el amor de Dios Padre. “Abba”, papaíto, padre mío querido, carece en nuestras lenguas de una traducción que exprese bien la carga de afecto, intimidad, confianza, cariño que contiene. Así oró Jesús en el huerto antes de la pasión; así nos enseña que nos dirijamos nosotros a Dios. Porque es nuestro Padre entrañable, (Jn 20,17: “subo a mi Padre y vuestro Padre”); porque nos quiere por encima de todo cálculo; porque el mayor pecado contra la fe es desconfiar de su amor. Así debemos orar: “Padre nuestro”; porque a los que creyeron los hizo hijos de Dios, que han nacido de Dios (Jn 1,11-13). Para eso vino el Hijo unigénito, enviado precisamente para salvar del pecado a todos los hombres (Jn 3,16) y no sólo salvarnos sino hacernos sus hijos queridos, naciendo del agua y del Espíritu (Jn 3,5). “Bendito sea el Dios y Padre de Jesús, que nos ha bendecido en Cristo con todas las bendiciones posibles; nos ha otorgado el perdón, la riqueza de su gracia, hacernos sus hijos, ser sellados con el Espíritu Santo y sus dones para alabanza de su gloria” (v. Ef 1,3-14).
Entremos de lleno con una vida santa en este océano de bendiciones y maravillas. Que todo en nuestra vida sea fe, servicio alegre y amor a nuestro Padre, a un Dios que nos espera, sabemos que nos ama y a quien queremos amar más y más. Porque toda obra y toda oración solo estarán bien hechas si por Cristo el Espíritu las origina desde el amor de hijos al Padre, si expresan, suscitan y encienden actitudes de confianza, respeto, gratitud y amor filiales en Dios Padre.
Hemos sido bautizados y debemos bautizar “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; hagamos lo posible por vivir también en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Un Dios que existe desde siempre, que ha creado todo y a todos, que ama a todos y, siendo todos pecadores, de tal forma nos ama que ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que, avalando la deuda cuasi infinita de nuestros pecados, la satisficiese con su obediencia hasta la muerte en la cruz, alcanzase la salvación todo aquél que creyese en su amor y se arrepintiese, recibiendo su Espíritu Santo, que le convertiría en santo y ciudadano del Cielo (Hch 2,38).


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Domingo 03 de Junio del 2012

Santísima Trinidad

P. Adolfo Franco, S.J.



Mateo 28, 16-20

La Santísima Trinidad. Quedamos admirados, deslumbrados y desconcertados ente el Misterio Esencial de Dios.


Como continuando la contemplación admirada de los misterios de nuestra fe, y con el deseo de seguir en el clima de alegría de Pascua, la liturgia de la Iglesia nos trae este domingo la celebración de la Santísima Trinidad. La revelación de la Santísima Trinidad es la plenitud de la manifestación de Dios. La revelación de Dios ya comienza cuando abrimos las primeras páginas de la Sagrada Escritura, y ella nos habla majestuosamente de Dios haciendo cada una de las obras de la creación, pero esa revelación llega a su culminación con esta magnífica e insondable manifestación: Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Todo un conjunto de textos del Nuevo Testamento contienen esta afirmación y nos introducen en lo más íntimo de Dios.

Nosotros, que necesitamos de las palabras y de los conceptos en ellas encerrados, queremos acercarnos a la verdad, como quien se acerca al sol; y la Verdad más elevada es una luz tan fuerte que tenemos que cerrar los ojos, pues nos deslumbra; y es que esa verdad esencial es tan deslumbrante que se nos queda oculta detrás de esa afirmación: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la teología, en su intento de comprender la realidad de Dios, tampoco llega muy lejos. Decimos que Dios es una esencia única e indivisible, y que es a la vez tres Personas. Pero no podemos entender cómo una misma esencia es participada por igual por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y se nos ocurre pensar en un ser humano que fuera a la vez tres personas, y eso nos parece una afirmación disparatada. Además decimos que el Padre engendra al Hijo, pero el Hijo no es posterior al Padre, sino tan eterno como El. Y hay un padre que engendra, sin una madre. Y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y el Hijo no es como una esposa, que con su esposo hacen aparecer un nuevo ser. La Teología busca, profundiza, pero no llega al conocimiento que buscaba.

Qué pobres nos resultan nuestras palabras. Parecen instrumentos torpes, inservibles cuando con ellas queremos acceder al conocimiento del Ser Fundamental. Nuestras palabras son tan ciegas. Pero por la fe intuimos que detrás de la frontera de esas palabras se abre el Abismo de lo más elevado y de lo más sublime. Las palabras persona, esencia, padre, hijo, espíritu, y todas las otras con que nos acercamos a la Maravillosa y Luminosa Revelación, nos gritan que saltemos por encima de lo inteligible. Así nos damos cuenta que debemos descalzarnos (como Moisés ante la zarza ardiendo), debemos acercarnos desnudos de conceptos, y dándole al corazón el puesto de la inteligencia, o más bien hacer que el corazón, con su capacidad intuitiva, dirija a la inteligencia en esta nueva forma de conocer.

Sabemos, y tenemos certeza por la Revelación de que esas palabras tan torpes nos colocan cara a cara de esta realidad. Y así colocados, entonces el corazón abre nuevas rutas; y así detrás de esas palabras aparece el abismo inacabable, sin fronteras, de todo lo que es Realidad y Belleza, y Verdad. Y así nos embarcamos en la aventura de la fe, que se deja llevar, que se atreve a sintonizar con lo totalmente nuevo y diferente. El corazón puede palpitar al unísono con esta realidad envolvente y gozosa, de la cual las palabras sólo son gemidos sin articular, como los sonidos sin articular de un infante.

Realidad sublime y maravillosa. Trinidad de Dios deslumbradora y bella. Y qué bueno es encontrar que nuestro entendimiento humano no queda aprisionado en su aventura del conocer por el horizonte pequeño de nuestras palabras y de nuestros razonamientos. La Verdad en su plenitud nos pone al descubierto como indigentes, nos enseña que nuestras palabras  resultan completamente torpes, para conducirnos. Pero que nos sirven de punto de partida para dar un salto al conocimiento que excede todo entendimiento. Teníamos nuestras palabras, nuestras razones, nuestra lógica, y quedamos desnudos, sin palabras, sin razones, sin lógica, cuando la Realidad más plena se nos presenta y Dios cariñosamente nos dice cómo es El. Y la mejor manera de celebrar el misterio es quedarnos atónitos, asombrados y con el corazón abierto de par en par, para recibir la Luminosidad del Dios Uno y Trino, y gozar con aquello que no alcanzamos ni a sospechar.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Novena al Sagrado Corazón de Jesús


Por la señal de la santa Cruz, etc. 

Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón, y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar, con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu Reino.




ORACIÓN PREPARATORIA

¡Oh Corazón divinísimo de mi amado Jesús, en quien la Santísima Trinidad depositó tesoros inmensos de celestiales gracias! Concededme un corazón semejante a vos mismo, y la gracia que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, vuestro sagrado culto y bien de mi alma. Amén.


Rezar a continuación la oración del día que corresponda.
Ver más abajo.


ORACIONES FINALES

ORACIÓN DE TODOS LOS DÍAS AL ETERNO PADRE

¡Oh Padre eterno! por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y camino, llegó a tu Majestad: por medio de este adorable corazón, te adoro por todos los hombres que no te adoran; te amo por todos los que no te aman; te conozco por todos lo que voluntariamente ciegos no quieren conocerte. Por este divino Corazón deseo satisfacer a tu Majestad todas las obligaciones que te tienen todos los hombres; te ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de tu divino Hijo, y te pido humildemente la conversión de todas por el mismo misericordioso Corazón. No permitas que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haz que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a tu Majestad, sobre este santísimo Corazón, a tus siervos mis amigos, y te pido les llenes de su espíritu para que siendo su protector el mismo divino Corazón merezcan estar contigo eternemanete. Amén.
Petición.


ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA


¡Oh Corazón divino de Jesús, digno de la adoración de los hombres y de los ángeles! ¡Oh Corazón inefable y verdaderamente amable, digno de ser adorado con infinitas alabanzas, por ser fuente de todos los bienes, por ser origen de todas las virtudes, por ser el objeto en quien más se agrada toda la Santísima Trinidad entre todas las criaturas! ¡Oh Corazón de Jesús! Yo profundísimamente te adoro con todo mi pobre corazón, yo te alabo, yo te ofrezco las alabanzas todas, de los más amantes serafines y de toda tu corte celestial y todas las que te puede dar el Corazón de tu Madre Santísima. Amén.


Antífona
Mi corazón sufre improperios y miserias; he estado esperando alguno que se contriste conmigo, y no hay ninguno; alguno que me consuele, y no viene nadie.
Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón: Y hallaréis paz para vuestras almas.

ORACIÓN
Señor nuestro Jesucristo, que por un beneficio singular de tu amor, te has dignado revelar a la Iglesia, tu esposa, las inefables riquezas de tu Corazón; concédenos propicio, que nuestros corazones merezcan enriquecerse con las gracias celestiales que manan de esa dulcísima fuente, Señor que vives y reinas, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

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ORACIONES DE LA NOVENA


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA PRIMERO 


¡Oh Corazón sagrado y humano de Jesús, que, con fervientes deseos y ardiente amor, deseas corregir y desterrar la sequedad y tibieza de nuestros corazones! Inflama y consume las maldades e imperfecciones del mío, para que se abrase en tu amor; dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra ti, ¡oh amantísimo Corazón!, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma.
 
Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.

Continúa con las Oraciones Finales.


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA SEGUNDO 


¡Oh Corazón amable de Jesús, celestial puerta por donde nos llegamos a Dios y Dios viene a nosotros! Dígnate estar patente a nuestros deseos y amorosos suspiros, para que, entrando por Ti a tu Eterno Padre, recibamos sus celestiales bendiciones y copiosas gracias para amarte. Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra Ti, ¡oh fiel Corazón!, y la que te pido en esta novena, sí es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.

Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.

Continúa con las Oraciones Finales.
 

ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA TERCERO


¡Oh Corazón Santísimo de Jesús, camino para la mansión eterna y fuente de aguas vivas! Concédeme que siga tus sendas rectísimas para la perfección y para el cielo, y que beba de Ti el agua dulce y saludable de la verdadera virtud y devoción, que apaga la sed de todas las cosas temporales. Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra Ti, ¡oh fiel Corazón!, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.

Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.


Continúa con las Oraciones Finales.


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA CUARTO



¡Oh Corazón purísimo de Jesús, espejo cristalino en quien resplandece toda la perfección! Concédeme que yo pueda contemplarte perfectamente, para que aspire a formar mi corazón a tu semejanza, en la oración, en la acción y en todos mis pensamientos, palabras y obras. Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra Ti, ¡oh fiel Corazón!, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.


Continúa con las Oraciones Finales.


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA QUINTO



¡Oh Corazón misericordioso de Jesús, órgano de la Trinidad venerada, por quien se perfeccionan todas nuestras obras! Yo te ofrezco las mías, aunque tan imperfectas, para que supliendo Tú mi negligencia, puedan aparecer muy perfectas y agradables ante el divino acatamiento. Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra Ti, ¡oh fiel Corazón!, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.

Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.


Continúa con las Oraciones Finales.


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA SEXTO



¡Oh Corazón abierto de Jesús, templo sagrado donde me mandas habite con toda mi alma, potencias y sentidos! Gracias te doy por la inexplicable quietud. sosiego y gozo que yo he hallado en este templo hermoso de la paz, donde descansaré gustoso eternamente. Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra Ti, ¡oh fiel Corazón!, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.


Continúa con las Oraciones Finales.


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA SÉPTIMO



¡Oh Corazón clemente de Jesús!, divino propiciatorio, por el cual ofreció el Eterno Padre que oiría siempre nuestras oraciones, diciendo: "Pídeme por el Corazón de mi amantísimo Hijo Jesús; por este Corazón te oiré, y alcanzarás cuanto me pides". Presento por Ti a tu Eterno Padre todas mis peticiones, para conseguir el fruto que deseo. Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra Ti, ¡oh fiel Corazón!, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.


Continúa con las Oraciones Finales.


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA OCTAVO



¡Oh Corazón amantísimo de Jesús, trono ígneo y lucidísimo, inflamado en el amor de los hombres, a quienes deseas abrasados mutuamente en tu amor! Yo deseo vivir siempre respirando llamas de amor divino en que me abrase, y con que encienda a todo el mundo, para que te corresponda amante y obsequioso. Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra Ti, ¡oh fiel Corazón!, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.


Continúa con las Oraciones Finales.


ORACIÓN PARTICULAR PARA EL 
DÍA NOVENO



¡Oh Corazón dolorido de Jesús, que para ablandar nuestra dureza y hacer más patente el amor con que padeciste tantos dolores y penas para salvarnos, los quisiste representar en la cruz, corona de espinas y herida de la lanza, con que te manifestastes paciente y amante al mismo tiempo! Dame la gracia de resarcir las injurias e ingratitudes hechas contra ti, correspondiendo agradecido a tu amor, y la que te pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, culto tuyo y bien de mi alma. Amén.

Tres Padrenuestros, tres Avemarías, en reverencia de las tres insignias de la Pasión con que se mostró el Divino Corazón a Santa Margarita de Alacoque.


Continúa con las Oraciones Finales.





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Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús - 3º Parte


P. Manuel Mosquero Martin S.J. †

Tercera Promesa del Sagrado Corazón de Jesús
"Les consolaré en todas sus aflicciones"




Murillo, genio en el arte pictórico, entre sus obras más célebres tiene un cuadro, que representa a San Francisco de Asís, apoyando su pie sobre el mundo y estrechando en apretado abrazo a Jesús crucificado, mientras Éste, desclava su brazo, y se lo tiende con amor. Símbolo maravilloso de las almas crucificadas, que buscan su consuelo en Jesús.

El Corazón de Jesús es el único consuelo verdadero de los atribulados.

Abrazar auténticamente la devoción al Corazón de Jesús, es resolver el problema más candente de la vida: el dolor.


En esta vida es inevitable el dolor

Nos lo dice la fe: “El hombre nacido de mujer vive poco y lleno de miserias” (Job).
Nos lo dice la Iglesia: Ella nos hace llamar a este mundo “Valle de lágrimas”; nos presenta el Crucifijo, imagen del varón de dolores”; nos propone el Corazón de Jesús rodeado de espinas y nos muestra la única vía del cielo, diciéndonos: “Si padecemos juntamente con Cristo es, para ser con Él glorificados”

Nos lo dice la experiencia: Recorred todos los caminos de la historia. Encontraréis, víctimas del dolor, a la humanidad, un continente, una nación, un pueblo, una familia, un individuo. Víctimas colectivas en las grandes catástrofes y víctimas individuales en las tragedias íntimas.
Y son víctimas del dolor en todas sus manifestaciones: guerra, hambre, pestes, inundaciones, terremotos, enfermedades, traiciones, torturas del cuerpo y agonías del alma, días de Gólgota y noches de Getsemaní. Todavía se recuerdan los fuertes terremotos que han asolado varios países.

El Corazón de Jesús, soluciona el problema del dolor

Él mismo lo promete: “Les consolaré en todas sus aflicciones”. Muchas veces deseamos que no vengan a nosotros los que sufren. Mucho menos los llamamos, porque nos sentimos impotentes a consolarlos. Sin embargo, Jesucristo nos ofrece esta promesa de consuelo para todas nuestras aflicciones, promesa que es un eco de aquella su afirmación categórica: “Venid a Mí los que padecéis y andáis agobiados…”. Es una invitación sin límites. “Que Yo os aliviaré”. A esa invitación ilimitada sigue una promesa terminante)

Fuera de Él no hay verdadero consuelo. “Llorar lejos de Dios (en la incredulidad o en el cumplimiento de su Ley) es llorar en el desierto. La arena absorbe las lágrimas, que son sangre de nuestro corazón” (S. Agustín). Y otro pensador religioso, Hartzenbusch, aseguró que “no puede haber muchos días hermosos en el olvido de Dios y en la mentira de las pasiones”.

Mucha gente se engaña con la idea de que la felicidad consiste en la satisfacción de sus deseos; y no reparan que el deseo es tan insaciable como el mar, y tanto más alborotadamente ruge cuanto con mayor premura cedemos a sus exigencias. El halago de nuestros egoístas apetitos intensifica el hambre del alma. Una de las mayores desilusiones del rico es no poder comprar la felicidad con su dinero, pues el dinero no satisface más que una parte de nuestro ser, ya que “no sólo de pan vive el hombre”.

En Él está el verdadero consuelo. “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará quieto hasta que descanse en Ti” (San Agustín). Después, por la posesión beatífica; ahora, por la presencia de la gracia divina, hecha amistad entre el pobre hombre y su Dios.
Entre los amantes y apóstoles del Sagrado Corazón encontramos a los que sufren con resignación y gozo:

“Señor, no creeré que me amas, si no me haces sufrir mucho y por mucho tiempo” (San Claudio de la Colombière)
“La vida sin sufrir, me sería insoportable” (Santa Margarita María de Alacoque)
Padecer o morir (S. Magd. De Pazzi)
Lo dice la S. Escritura: “Yo mismo os consolaré” (Is. 6,12).
“Bendito sea Dios… que nos consuela en todas nuestras tribulaciones” (2Cor 1,3-4) “Si algún consuelo hay, ése nos viene de Cristo” (Fil 2,3).


Modos de Consolarnos

¿Quitándonos las penas? No. Los sufrimientos para el cristiano, - que los soporta pacientemente, unido con Cristo, su divina Cabeza -, son una prenda segura de encontrarse dentro de los planes de la Redención. La cruz, según el abecedario cristiano, es la medida de la gracia y la gracia es la medida de la gloria. Por eso el Verbo la unió en su Persona, después en la de su Madre y, por último, en la persona de todos sus elegidos. Por eso el modo ordinario de consolarnos el Señor no será, quitándonos nuestras penas en el camino de nuestra vida, porque esto sería privarnos de una ocasión magnífica de glorificarle a Él y de merecer nosotros.

Aunque deje de sufrir, consuela. Es que hay otra manera de consolar, dándonos socorros actuales, para el momento del sufrimiento, que ilustren nuestro entendimiento, haciéndonos comprender que Dios no suprimió el dolor, sino que hizo algo más excelente, divinizarlo; y el que lo lleva en la vida, con valentía y garbo, ese es “como Jesús”. Es un arma, que consigue doble victoria: ser nuestro conductor al cielo y ser el redentor de nuestros semejantes. Sirve, pues, para nuestra santificación y para la salvación de nuestras almas. Y esos socorros serán también moción a la voluntad, para que acepte no sólo con resignación, sino también con alegría.

“El amor es la miel, que torna sabrosa las amarguras de la vida” (San Buenaventura).
“Cuando se ama, no se sufre; y si se sufre, hasta el sufrir es el mayor deleite” (San Agustín)
Amigo mío: Si piensas en serio, ¿verdad que es un disparate la súplica, que con palabras, o con el deseo dirige el pobre hombre a su Dios: “De tu cruz y de mis cruces, líbrame, Señor”?



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Matrimonios comprometidos con la Iglesia - 3º Parte

3. Llevar a otros lo que hemos recibido


P. Vicente Gallo, S.J.



Hablando del tema de arrojar los demonios, Jesús dice a sus Discípulos: “Dad gratis lo que habéis recibido gratis” (Mt 10, 8). Las parejas que han encontrado una vida de relación con el amor como Cristo ama a su Iglesia, y viven su Sacramento con fe muy consciente, han hallado el gran tesoro por el que vale la pena vender todo lo que se tiene para adquirirlo (Mt 13, 44). Deben hacerse muy conscientes de lo penoso que era su matrimonio para toda la vida sin haber hallado tal tesoro; para tratar de entender el drama de tantos matrimonios que viven en la mayor pobreza, la de no amarse como Cristo nos ama.

Quienes conocen y viven toda la riqueza del Matrimonio como Sacramento, deben saber que es gracia de Dios, muy valiosa, la que han recibido no por méritos personales sino por regalo de Dios sin haberlo merecido más que los otros.  No pueden permitirse que, por ese regalo divino, ellos tengan tan grande riqueza, y dejen a los demás que no la tengan, siendo tan fácil darla sin que con ello se empobrezcan. Cumplir el “Amaos unos a otros como Yo os he amado”, el mandato de Jesús para ser suyos, es gozar de ese amor como Dios goza en el suyo.  Pero es, además, una luz que alumbra a todos los de la casa que viven sumidos en tinieblas (Mt 5, 16).

Esa luz, necesaria para saber dónde se encuentran como matrimonio, también es necesaria para ver por dónde caminar felizmente, sin tropiezos ni angustias, y llegar dichosos a la meta de vivir juntos con el amor que se desearon al casarse. Hay muchos matrimonios a los que les falta tener esa luz, y penan en la desorientación previendo el fracaso o pereciendo sin ver salida en el horizonte. Los matrimonios que viven día a día su Sacramento, testifican a todos que es posible mantenerse juntos con ese gozo; todos  quienes los ven, pueden acudir a ellos y preguntarles cómo se vive tan felizmente el estar casados. En un matrimonio donde los padres se aman como los ama Cristo, los hijos serán felices al verlo.

Para mantenerse en este modo de gozar el matrimonio cristiano, no basta con conocerlo en todo su alcance; es necesario alimentarlo cada día con firmeza  en el empeño.  Ya hemos mencionado anteriormente los caminos para hacer realidad permanente en el matrimonio el mandato de Cristo “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Esos caminos son: tomar en todas las situaciones la decisión de amar así,  avivarlo en el Diálogo diario, vivir la unión sexual no sólo con responsabilidad de personas sino con la fe en el amor de Cristo, rezar juntos en pareja, y hacer grupo con otros matrimonios que entiendan las cosas lo mismo, queriendo animarse unos a otros al reunirse, para ir caminando juntos en apoyo mutuo contándose sus éxitos y sus tropiezos en tan esforzado intento. Son también los caminos para mantener viva la espiritualidad matrimonial que hemos venido desarrollando.

Terminamos con esta reflexión final.  La espiritualidad del cristiano, creyente en Cristo el Salvador, ha de transformar no solamente la vida de quien la vive; debe trasformar también el mundo en el que se realiza.  Así tiene que ser la Espiritualidad de los que viven cristianamente su matrimonio.  Se ha dicho que las teorías que no trasforman las realidades son  una vana ideología.  El cristianismo igualmente, como doctrina, puede parecer muy bello para muchos que lo conozcan, como dicen que le ocurría a Gandhi; pero no se harán creyentes en Cristo si no encuentran que, quienes creen en él, transforman y hacen mejor al mundo con esa fe, y lo salvan.  Lo mismo sucederá con la Espiritualidad Matrimonial que hemos tratado de presentar: se quedará en vanas consideraciones, si la dejamos en bonita teoría.



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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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¿Qué es la Biblia? - 1º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.



1. ¿Qué es la Biblia?

La palabra Biblia proviene de la palabra griega “ta biblia” que significa = los Libros. La Biblia, fundamentalmente es un libro religioso que nos narra los hechos salvíficos de Dios realizados en su pueblo elegido Israel, pueblo creado por Dios; nos cuenta las relaciones mantenidas de Dios con su pueblo, y también nos descubre las relaciones de este pueblo con Dios. El Dios de la Biblia no es un Dios abstracto, mudo, distante, al contrario es un Dios cercano, que habla, reprende, exhorta, orienta, es sobre todo un Dios que ama y salva.
Parece ser que fue Clemente de Alejandría (S. II) el primero en emplear esta palabra al referirse a las Sagradas Escrituras. A partir del S. XIII comenzó a emplearse la palabra Biblia para referirse a los libros de la Sagrada Escritura. 



                       
2. Significado de la Biblia en la tradición de la Iglesia

"La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. La santa Madre Iglesia, fiel a la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y, como tales, han sido confiados a la Iglesia. En la composición de los libros sagrados Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos. De ese modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería". (Concilio Vat. II. Constitución dogmática, "Dei Verbum", sobre la Divina Revelación, Nº 11).

En estas palabras del Concilio Vaticano II hay cuatro afirmaciones importantes:
  • Todos los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, han sido escritos por inspiración del Espíritu Santo.
  • Tienen a Dios como autor.
  • Como tales han sido confiados a la Iglesia.
  • Los escritores inspirados son también verdaderos autores de libros.
Tales afirmaciones, aceptadas con fe dentro de la Iglesia, exigen del cristiano una actitud especial ante los libros sagrados, distinta de la actitud que se puede tener ante cualquier otro escrito. Cuando el cristiano oye leer, o lee él mismo, los diversos escritos que constituyen la Biblia, sabe que se encuentra con una palabra que viene de Dios. Dios Padre, por medio de su Hijo Unigénito y en unión con el Espíritu Santo, se nos comunica a través de la Sagrada Escritura. Pero nuestro Señor Jesucristo confió a los Apóstoles y sucesores de los Apóstoles, y a toda la Iglesia, la interpretación auténtica de la misma.

El cristiano lee la Sagrada Escritura como la Palabra de Dios en el seno de la comunidad creyente; es decir, lee la Escritura según el sentido que le da la Iglesia, conducida por los Apóstoles y sus sucesores, y vivificada por el Espíritu Santo. Finalmente, el cristiano, al leer la Escritura con esta actitud de fe, no ignora que los libros sagrados son, también, libros escritos por hombres concretos. Necesita, por tanto, de la ayuda de especialistas que le faciliten el sentido literal de escritos que se redactaron hace muchos siglos.





3. La Biblia, Palabra de Dios
               
La enseñanza de la Iglesia sobre la inspiración divina de la Sagrada Escritura se apoya en la misma Sagrada Escritura. Que Dios se nos ha comunicado no solo a través de la palabra humana, predicada o proclamada por hombres elegidos por El, sino también a través de la palabra escrita de hombres que escribieron bajo la especial inspiración divina ha sido siempre una convicción de fe en el pueblo de Dios. He aquí algunos testimonios: El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.

3.1. Antiguo Testamento
               
Ex 24, 4: "Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor". Esta afirmación nos da a entender que la vida religiosa y moral de Israel estuvo dirigida y animada por un Texto escrito.
               
Otro ejemplo es, después del destierro, Esdras llega de Babilonia a Jerusalén con un rollo de la Ley y lee en él. La literatura bíblica posterior al destierro muestra una dependencia expresa respecto de los primeros libros de la Biblia. Nunca se puso en duda que la palabra de los profetas equivalía a la palabra de Dios. Al ser fijada por escrito se insinúa que es una palabra de Dios conservada para las generaciones futuras, Jer 36, 6‑10; Ez 2, 9‑10.
               
La palabra de los profetas se pone por escrito y  posteriormente se coleccionan bajo el título “Palabra del Señor que recibió...” Os 1,1; Joel 1,1.; Sof 1,1.

3.2. Nuevo Testamento
               
Los Apóstoles predican la Buena Nueva a judíos que reconocen la Escritura como norma de verdad. Y basan en la misma Escritura todas sus discusiones con estos. Los escritos del A.T. son fuente de verdad, Mt 22, 29; Mc 12, 24‑27, son palabras proféticas que dan testimonio en favor de Cristo, Jn 5, 39; Hech 8, 32‑ 35, pero sólo pueden ser entendidas cuando Jesús las explica Lc 24, 27‑32. Jn, 2, 22.
               
S. Pablo considera los escritos del A.T. como palabra irrevocable de Dios. Afirmar que: "la Escritura dice",  es para S. Pablo dar a entender que Dios habla por ella.
               
Todos estos testimonios manifiestan que la Iglesia apostólica consideró los escritos del A.T. como un don recibido de Dios e instrucción suya. Son escritos inspirados por Dios y revestidos de su misma autoridad, por esta razón son: "Escrituras santas". La Sagrada Escritura no es sólo un escrito acreditado por Dios, sino su propia Palabra que ha tomado la forma de un libro humano.
               
En 2 Ptr 3, 15-16: “La paciencia de Nuestro señor juzgadla como salvación, como les escribió Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas en las que habla de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también todas las demás Escrituras – para su propia perdición”, se coloca a las cartas de S. Pablo en el mismo plano que los escritos del A.T. De este modo se reconoce que la Iglesia de Cristo, además de los escritos del AT, posee sus propios escritos sagrados, que tienen la misma autoridad y el mismo carácter divino que los del AT. En 1 Tim. 5, 18, se dice: “La Escritura dice: “no pondrás bozal al buey que trilla”, y también,: “El obrero tiene derecho a su salario”, se citan con el mismo valor de “Escritura” un texto del AT: Deut 25,4 y otro del NT.
               
La sagrada Escritura no es sólo un escrito acreditado por Dios, sino su propia Palabra que ha tomado la forma de un libro humano.




4. La Biblia, palabra humana        
               
“Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática, “Dei Verbum”, nº 12.  El papa Juan Pablo II dirigiéndose a la Pontificia Comisión Bíblica, el 27 de abril de 1979, decía: “la misma palabra divina se había hecho lenguaje humano, asumiendo los modos de expresarse de diversas culturas, que desde Abrahán hasta el vidente del Apocalipsis han ofrecido al misterio adorable del amor salvífico de Dios la posibilidad de hacer accesible y comprensible a las diversas generaciones, a pesar de las múltiples diversidades de situaciones históricas”. Esta es la manera por la que, la palabra de Dios adoptó la forma de expresión en las lenguas humanas que existían, desde la lengua hebrea hasta la lengua griega, todo ello para hacerse comprender adecuadamente con el interlocutor humano.


4.1. El escritor sagrado, un hombre de su tiempo
               
La palabra de Dios que recoge la Sagrada Escritura se manifiesta bajo una forma humana. Los libros bíblicos, inspirados por Dios, se presentan ante nosotros como escritos redactados por unos hombres que hablaban y escribían en la lengua de pueblos concretos y que vivieron en ámbitos culturales y tiempos determinados.
               
Efectivamente, los autores sagrados escriben lo que Dios les revela tras haberlo comprendido y formulado con su entendimiento, su imaginación y su sensibilidad humana y con las formas de expresión de la cultura y de la época en que viven. Presentan el contenido de la revelación divina en el molde de palabras humanas.
               
La acción inspiradora de Dios no les ahorra el esfuerzo ni anula ciertas limitaciones, propias también de los autores no inspirados: imperfecciones gramaticales deficiente capacidad de expresión, de la lengua empleada, aceptación de las ideas de su pueblo y de su tiempo acerca de los astros, las plantas y sobre la vida humana, y que según la ciencia actual resultan erróneas.

4.2. Lenguas de la Biblia
               
¿Cuál fue el elemento material en el que se escribieron las Sagradas Escrituras? Fundamentalmente en dos, en un principio en papiros (juncos que crecen en las orillas de los ríos, de contextura vegetal fuerte, que aplanados con palos y secados al sol ofrecían el equivalente a lo que hoy día es el papel), y pergaminos, son pieles de animales: corderos, cabritos, becerros jóvenes, que curtidos y bien secados y preparados sirven para escribir y son más consistentes que los papiros que al ser de composición vegetal, pasados los años fácilmente se deterioran. El pergamino por ser de composición animal es más fuerte, más sólido y duradero.
               
¿En qué lenguas fueron escritos los libros de la Biblia?. Los libros originales están escritos en tres lenguas fueron escritos originariamente los libros de la Biblia: Hebreo, Arameo y Griego:
  • Hebreo: Es una lengua semita que los israelitas encontraron al conquistar Palestina y que adoptaron con ligeras modificaciones. Es la lengua que habló el pueblo israelita la mayor parte de su historia bíblica. Se convirtió en lengua escrita y culta cuando la lengua del pueblo fue el arameo. Esta situación se prolonga hasta los tiempos de Jesús. Los escribas del Nuevo Testamento siguen designando como hebrea la lengua aramea del pueblo.
  • Arameo: Lengua de la región siro ‑ arábiga, pasó a ser lengua internacional de la diplomacia y el comercio en el Siglo VII antes de Cristo.
  • Griego: Sustituyó al arameo como lengua oficial después de las conquistas de Alejandro Magno en el año 331 antes de Jesucristo. Pero el griego bíblico (el de la traducción de los LXX y el del Nuevo Testamento), no es el griego clásico. Es un griego simplificado (denominado: "koiné") que sirvió de lengua común y vehículo de intercambios comerciales y culturales en todo el Mediterráneo. Fue lengua hablada durante cerca de ocho siglos y favoreció de manera notable la expansión del cristianismo.
     
El griego bíblico tiene, además muchas expresiones hebreas y arameas que ponen de manifiesto la lengua nativa aramea de los escritos bíblicos o de las fuentes a las que acudieron.




5. Los elementos materiales para escribir 

Para realizar los escritos bíblicos se acudía a los papiros, de composición vegetal, elaborados en juncos de río, y pergaminos, pieles curtidas de ovejas, becerros, etc. La mayor parte de los manuscritos bíblicos hallados a orillas del Mar Muerto, en Qumram, y están escritos sobre pergaminos.





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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Especial: Nuestra Señora de Fátima

Celebrando la Fiesta de Nuestra Señora de Fátima y con ocasión del mes dedicado a la Virgen, seleccionamos los enlaces a las publicaciones dedicadas a la devoción de la Virgen de Fátima. Acceda AQUÍ.

Homilía de la Solemnidad de Pentecostés: Envíanos, Señor, tu Espíritu




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas Hch 2,1-11; 1Cor 12,3-7.12-13; Jn 20, 19-23

El Catecismo de la Iglesia Católica, al pasar a exponer cómo ha de ser la conducta del cristiano, la titula “La vida en Cristo”. Y dice así: “En la catequesis es importante destacar con toda claridad el gozo y las exigencias del camino de Cristo. La catequesis de la vida nueva en Él será: una catequesis del Espíritu Santo”; y luego sigue la enumeración de los demás elementos (1697).

Esto es lo que hoy celebramos: El don del Espíritu Santo que Dios otorgó a su Iglesia para que realizase la misión que quería de ella. Es la misma misión de Cristo. La debe realizar la Iglesia en su conjunto y también todos y cada uno de nosotros, los que formamos esa Iglesia. Para eso vino el Espíritu Santo no sólo a los Apóstoles sino sobre todos los reunidos en el Cenáculo.
Pero además tengamos presente que Dios da el Espíritu Santo no una sino más e incluso muchas veces. Se lo dio ya el día de resurrección (v. Jn 20,23); y en el libro de los Hechos se señalan otras numerosas venidas del Espíritu Santo: cuando Pedro recibe en la Iglesia a los primeros paganos, cuando Felipe se acerca a la carroza del ministro de la reina de Candaces, cuando Pablo y Bernabé son seleccionados para ir a evangelizar Chipre y otras regiones.
Ya se lo he explicado en otras ocasiones. En el sacramento del bautismo se da al neófito (el que es bautizado) el don del Espíritu Santo, que se le comunica por haber sido injertado en la vid, que es Cristo. En el sacramento de la Confirmación se otorga también al bautizado el don del Espíritu Santo para que le comunique fuerza y eficacia para ser testigo de Cristo resucitado. A la escucha de la Palabra, la oración, el ejercicio de las virtudes y la recepción de los sacramentos también el Señor responde con la acción del Espíritu Santo. Cristo mismo dijo a todo el mundo y levantando la voz: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí. De su seno correrán ríos de agua viva. Y lo decía refiriéndose –aclara el evangelio– al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 7,37s). Este Espíritu era el agua viva de la que habló Cristo a la mujer samaritana y que quería darle para que la elevase hasta la vida eterna. Este Espíritu, que no sólo vino en Pentecostés sino que siguió derramándose una y otra vez sobre apóstoles y fieles sigue actuando hoy en todos, también en los laicos, en ustedes.
Enseña así el concilio Vaticano II: “Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés para que indeficientemente (es decir sin descanso, constantemente) santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. Él es el Espíritu de la vida o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna, por quien vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales. El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad y unifica en comunión y ministerio”.
Estos dones jerárquicos, de que habla el concilio, los da el Espíritu al Papa para que sea un buen Papa, a los Obispos para ser buenos obispos, a los sacerdotes, religiosos, laicos para cumplir cada uno con su misión específica. La de ustedes los laicos es la ofrecer a Dios y santificarse en todas esas cosas y actividades temporales en las que su vida está como entretejida: su vida de matrimonio y familia, su trabajo o su estudio, sus decisiones en la vida social en general. Así –prosigue el Concilio– el Espíritu “hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven!. Así se manifiesta toda la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Tengamos esto siempre bien presente. “Hacia el Espíritu Santo –dice San Basilio– dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia Él tiende el deseo de los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Él es fuente de santidad, luz para  la inteligencia; Él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad. Por Él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es Él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales. Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás. De aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí finalmente lo más sublime que se pude desear: que el hombre llegue a ser como Dios” (“Liturgia de las Horas”, tiempo pascual, martes 7ª semana).
Por eso debemos activarlo siempre. Oremos, actuemos, vivamos bajo la acción del Espíritu. La misa dominical es  una gran oportunidad. “Anden según el Espíritu y no realicen los deseos de la carne” (Ga 5,16). María obtuvo con su oración que la gracia de Pentecostés fuera especialmente grande. Pidámosle a ella que por la glorificación de Jesús y la venida del Espíritu Santo nos conceda el Padre que dones tan grandes, como los recibidos en el bautismo y la confirmación, nos muevan a vivir con mayor plenitud, alegría y eficacia las riquezas de nuestra fe.



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Domingo 27 de Mayo del 2012




Pentecostés: Fiesta del Espíritu Santo

P. Adolfo Franco, S.J.


Juan 15, 26-27; 16, 12-15
o Juan 20, 19-23


Celebramos a nuestro "Consolador","Abogado", "El Paráclito", "El Espíritu de la Verdad"... y tantos otros nombres y hermosas características del Espíritu Santo.


El día de Pentecostés (al final de las siete semanas de pascua) la misma Pascua de Cristo llega a su culminación con la efusión del Espíritu Santo, que se manifiesta, se da y se comunica. Por eso es conveniente meditar en la íntima relación que hay entre la vida y la obra de Jesús y el Espíritu Santo. Es claro que esto brota de la misma relación esencial que hay entre Jesús y el Espíritu Santo, como dos personas de la misma Santísima Trinidad.

La relación entre la vida de Jesús y el Espíritu Santo está muy marcada en la revelación. El Espíritu se hace presente en los momentos centrales de la vida de Jesús. Y empezando por la concepción: es el Espíritu Santo el que vendrá sobre María, para que comience la Encarnación del Hijo de Dios. La existencia de Jesús en su origen humano es obra del Espíritu. En otro momento importante, en los cuarenta días en que Jesús está en el desierto, es el Espíritu el que lo lleva al desierto. En el Bautismo del Señor, el Espíritu en forma de paloma se posa sobre El. Empieza a predicar por la acción del Espíritu Santo. En algún momento se dice que Jesús oró lleno de gozo por la acción del Espíritu Santo. Y en la Ultima Cena Jesús continuamente les habla a sus apóstoles que les enviará el Espíritu Santo, y de la acción importante del Espíritu en ellos cuando empiecen a actuar. Parecería entonces que el Espíritu Santo es como una sombra que acompaña continuamente al Señor en todo lo que vive y en todo lo que hace. Esta es, en resumen, la participación del Espíritu Santo en la vida y en la obra de Jesús.

También es fundamental la actuación del Espíritu Santo en la obra de Jesus, la Iglesia. Con razón se ha dicho que si Cristo es Cabeza de la Iglesia, el Espíritu es el Alma de esa Iglesia. Desde el mismo comienzo el Espíritu Santo actúa cuando los apóstoles se reúnen para elegir al sucesor de Judas Iscariote, para completar el número de los doce. El Espíritu Santo es el que guiará la elección. Cuando Jesús se va al cielo, el Espíritu se hace presente más y más en la tarea de la Iglesia naciente. Y especialmente el día de Pentecostés (que hoy conmemoramos), en que ocurre esta invasión poderosa del Espíritu sobre los apóstoles; y no será ésta la única ocasión de su irrupción. Se cuenta en los Hechos de los Apóstoles varias de estas manifestaciones del Espíritu en los momentos de evangelización de Pedro y Pablo. En alguna ocasión se narra que el Espíritu Santo bajó sobre un grupo de paganos y naturalmente enseguida fueron bautizados. Cuando haya que dirimir el asunto tan delicado en la primitiva Iglesia, de si hay que circuncidar a los paganos para que se hagan cristianos, es el Espíritu Santo el que iluminará a los apóstoles para que tomen la decisión correcta. Y no solamente actúa el Espíritu Santo en la Iglesia en vida de los apóstoles.

En toda la historia posterior de la Iglesia está presente el Espíritu; por ejemplo, cuando en los Concilios la Iglesia tenga que definir más y más su doctrina. Es el Espíritu el que guía a la Iglesia en tantas bifurcaciones doctrinales como se le presentaron, para que escogiera siempre el camino correcto; precisamente ése, dejando los otros. Y esto ocurrió tantas veces. Así el Espíritu Santo fue el garante de la verdadera fe. Y más todavía: la Iglesia institución divina, y humana a la vez, tendrá momentos en que necesite una revitalización, y a veces una reforma. Y será el Espíritu el que en esos momentos haga surgir en la Iglesia tantos ejemplos de cristianos, para revivir el ideal de Cristo en su entera pureza: así nacerá la Vida Religiosa en la Iglesia, las diversas Congregaciones: los monjes, los franciscanos, dominicos, jesuitas. Etc. etc. Y cada uno en su momento, en el momento necesario; todos son manifestaciones del Espíritu Santo, especialmente en sus fundadores y para el bien de la Iglesia.

Todo esto es manifestación de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Pero también vive el Espíritu Santo en cada uno de nosotros, inspirando toda obra buena. Cuando oramos es el Espíritu quien ora desde nuestro interior, cuando anhelamos servir, cuando sentimos el deseo de ayudar. Todos esos movimientos interiores que producen obras buenas, son movimientos del Espíritu Santo en nosotros. El nos guía y nos conduce para que vivamos el Evangelio, para que vivamos como hijos de Dios, hermanos de Cristo y templos del Espíritu Santo.

Así hoy celebramos al Espíritu Santo que estuvo presente en cada uno de los momentos de la vida de Jesús, que está presente en la vida de la Iglesia y está presente en lo íntimo de nuestros corazones. Por eso oramos: “VEN, ESPIRITU SANTO”.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco por su colaboración.

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