Para unirnos a la CVX en su Día


“Profundizando las Gracias de Fátima para encaminarnos hacia una
Comunidad Profética como CVX Mundial”



Como miembros de la Comunidad de Vida Cristiana Mundial nos sentimos especialmente unidos por nuestra fe y espiritualidad comunes, y muy particularmente nos sentimos llamados a ser un verdadero Cuerpo Apostólico que sea signo de esperanza y factor en la construcción del Reino en nuestros días. La Asamblea Mundial reunida en Fátima (Agosto 2008) ha sido especialmente sensible a un llamado que nos invita a asumir con gran “creatividad discerniente” el reto de responder como UN CUERPO APOSTÓLICO ante los signos de los tiempos de este mundo tan complejo y cambiante; sobre todo frente a las situaciones tan generalizadas de exclusión hacia los más necesitados. Unido a ello reconocemos la importancia de profundizar y fortalecer nuestra pertenencia y compromiso como miembros de CVX, así como encontrar maneras de contagiar a otros de esta gracia que quiere comunicar la esperanza que vivimos como seguidores de Cristo y su Iglesia.
Hoy especialmente nos sentimos invitados por el Dios del amor para vivir como comunidad que se reúne alrededor de Jesús (Mc 6, 30), en la presencia de María nuestra madre, para expresarle lo que hemos hecho, aprendido y enseñado en los últimos meses y años. Todos los miembros de CVX nos hemos de sentir invitados a la mesa con Jesús para compartir con Él lo que ha sido y es significativo de nuestras vidas como ignacianos, como miembros de una Iglesia, y sobre todo como compañeros de camino en este Cuerpo Apostólico.
En Fátima los delegados recibimos profundos regalos como Asamblea, pues experimentamos un genuino banquete del Señor, y reconocimos los signos evidentes de la gracia que nos acompaña como comunidad.
Hoy es necesario que el espíritu de Fátima siga contagiando la esperanza que vivimos como CVX mundial, de tal forma que todos y todas nos sintamos parte esencial de este banquete alrededor del Señor. Este don profundo e intenso tiene como destinatarios, en primera instancia, a cada uno y una de los miembros de la CVX en todo el mundo, para que nos sintamos genuinamente llamados a crecer en pertenencia, esperanza y compromiso con este cuerpo CVX.
Los últimos meses hemos vivido un momento privilegiado de oración comunitaria alrededor de Jesús, donde hemos sido llamados a abrazar las invitaciones de las Asambleas Mundiales anteriores, y donde se ha hecho evidente nuestro crecimiento en esperanza y claridad de nuestra misión comunitaria como Cuerpo Apostólico. Por tanto, en este momento de gracia tenemos la herencia de nuestra historia comunitaria que se convierte en impulso y revelación progresiva del Señor, que hoy nos pide que demos un paso más al modo de nuestro “Magis” ignaciano.
Proponemos dos momentos de oración para hacer personal y comunitariamente, sintiéndonos en auténtica sintonía con todos los miembros de la Comunidad en este día Mundial de la CVX 2009.

I. Primer Momento. Las Gracias de Fátima 2008

El Señor nos ha compartido 5 signos de esperanza y retos que emanan de la experiencia de Fátima1, y que son fuente de inspiración para toda la CVX hoy:
- Fidelidad a las orientaciones de Nairobi.
- Unidad en la diversidad.
- El llamado a vivir como una comunidad laical profética
- Una más cercana identificación con la misión de Cristo para llevar la buena nueva a los pobres.
- Ampliar y profundizar nuestras redes de colaboración.
*Sugerimos una lectura personal orante, a manera de meditación, de la parte II del documento final de Fátima para enriquecer este primer momento.
Con estas esperanzas y retos, que hemos reconocido como claras mociones del buen espíritu, invitamos a todos los miembros de la CVX mundial para que hagamos una oración en torno a Jesús, profundizando estas invitaciones, y para recuperar las gracias de Fátima:
a) Oración personal
- ¿Qué movimientos internos me produce la oración de estas mociones: como individuo, laico,
cristiano, miembro de una familia, y especialmente como miembro de la CVX?
- ¿Cuál de estas mociones produce más impulsos consolatorios en mi corazón?
- ¿Qué medios he puesto personalmente para secundar estas mociones de Fátima después de que han pasado algunos meses de nuestra Asamblea Mundial?
- ¿Qué invitaciones concretas me siento invitado a continuar y retomar; y qué nuevos impulsos
descubro en esta revisión personal de las gracias de Fátima?
b) Compartir comunitariamente
- ¿Qué es lo que más me llamó la atención, y produjo en mí consolación en la oración personal? Cada uno compartir sus inquietudes personales.
- ¿Qué mociones encuentran más afinidad o comunión entre los miembros de esta comunidad
reunida? Registrar las mociones compartidas para que estén a la vista de todos, y reconocer las
consolaciones y desolaciones.
- ¿Qué tipo de medios concretos (actividades, proyectos, procesos de oración y discernimiento, etc.) hemos dispuesto como comunidad pequeña, local y nacional, para secundar las mociones e
invitaciones que hemos recibido de Fátima? Registrar los frutos y dificultades de estos primeros meses posteriores a Fátima.
- ¿Qué invitaciones concretas debemos mantener, retomar; o incluso qué nuevos impulsos debemos emprender a partir de esta revisión de nuestro compromiso con las gracias de Fátima? Registrar las invitaciones que queremos retomar y mantener, y los nuevos impulsos para caminar durante los próximos meses/años.
Proponemos recuperar los frutos de este primer momento de oración para compartirlos con las otras pequeñas comunidades locales, con los consejos locales y nacionales, y con el EXCO mundial, de tal forma que sean un recuento de los primeros pasos después de Fátima, así como un impulso para los pasos en el futuro.

II. Segundo Momento. Invitados a ser una comunidad Profética.

Un momento crucial para la Asamblea Mundial en Fátima fue el aporte inspirador y retador de nuestro Asistente Eclesiástico Mundial, el P. Adolfo Nicolás, S.J. Sus palabras hicieron eco en lo profundo de nuestros corazones, primordialmente porque se dirigió hacia nosotros como Comunidad que YA ha discernido su vocación eminentemente Apostólica, y que reconoce la fuerza de los impulsos de Nairobi donde se expresa que: Nos sentimos confirmados en nuestra vocación de hacernos un cuerpo apostólico seglar que comparte la responsabilidad de la misión de la Iglesia (Nairobi 2003).
Nuestro Asistente Eclesiástico Mundial fue un paso más adelante reconociendo los impulsos e intenciones de esta comunidad apostólica que está en camino, por lo que nos retó y confrontó, poniendo en esta mesa de la CVX alrededor de Jesús la pregunta: ¿Somos capaces de vivir como una comunidad profética para responder a esta gracia de Dios? Que esta pregunta sobre nuestra vocación profética habite nuestros corazones durante los próximos años, y sea un horizonte para la CVX en el mundo, manteniendo viva la luz de Fátima entre nosotros.
Presentamos los puntos centrales del compartir del P. Nicolás que están dirigidos para todos y cada uno de los miembros de la CVX. Con ellos los invitamos a tener un segundo momento de oración personal y comunitaria:
¿Podemos vivir una vocación Profética como Comunidad de Vida Cristiana?
1. El Profeta VE el mundo con los ojos de Dios. Jn 1, 6-9. Nuestro carisma ignaciano nos invita a
mirar la realidad a la manera de la contemplación de la Encarnación, para que seamos testigos de la luz de Dios que se nos presenta en los rostros y situaciones concretas de nuestra vida cotidiana.
¿Cuándo he recibido la gracia de mirar con los ojos de Dios, y qué se ha trasformado en mí al
mirar con esos ojos?
2. El Profeta ESCUCHA con sus oídos lo que Dios oye. 1 Sam 3, 10. Como miembros de CVX nos
sentimos invitados a vivir en profunda apertura para escuchar el llamado de Dios en el clamor de los signos de los tiempos. ¿Cómo es la llamada de Dios que escucho hoy como persona y como
miembro de CVX?
3. El Profeta SIENTE con el Corazón de Dios. Mt 5, 1-12. La invitación a ser profetas requiere que tengamos la voluntad de tener los sentimientos que tuvo Jesús al conmoverse de la situación de sus prójimos más necesitados. ¿Qué sentimientos experimento al sabernos invitados como CVX a ser Comunidad Profética?
4. El Profeta DISCIERNE, DECIDE y ACTÚA movido por el Espíritu. Lc 1, 38. Ser Comunidad
Profética siguiendo el espíritu pide de nosotros una genuina gratuidad y apertura de corazón para que la voluntad de Dios se haga vida en nosotros. María es nuestro modelo de disponibilidad y oramos con ella para responder a nuestros llamados como CVX, buscando actuar siempre
conforme al espíritu. ¿Cuándo hemos experimentado esta actitud de disponibilidad y gratuidad
como CVX a lo largo de nuestra historia?
5. El Profeta HABLA la Palabra de Dios. Hch 2, 1-4. El Señor es el que abre nuestras bocas para
que podamos expresar lo que hemos hecho, aprendido y enseñado, y es el mismo Señor el que nos inspira con su fuego para contagiar la grandeza de la esperanza en Dios que vivimos como
cristianos, miembros de CVX. ¿Qué le expreso al Señor sobre lo que he hemos hecho, aprendido y enseñado como CVX a partir de Fátima?
*Sugerimos una lectura personal orante, a manera de meditación, del documento: “Notas para una Comunidad Profética Laical Guiada por el Espíritu” del P. Nicolás.
a) Oración personal
- ¿Qué movimientos internos experimento frente a esta invitación a ser una Comunidad Profética como CVX?
- ¿Qué invitaciones del Señor encuentro para ser fermento, con mis dones y limitaciones personales, para aportar a esta Comunidad Profética CVX?
b) Compartir comunitariamente
- ¿Qué es lo que produjo mayor consolación en mi oración personal? Cada uno compartir sus
inquietudes personales.
- ¿Qué mociones encuentran más afinidad o comunión entre los miembros de esta comunidad
reunida? Registrar las mociones compartidas para que estén a la vista de todos y dedicar un breve momento de oración en silencio antes de responder la siguiente pregunta.
- ¿Qué invitaciones sentimos como pequeña comunidad para impulsar el camino a ser una
Comunidad Profética local, nacional y mundialmente? Registrar los nuevos impulsos para iluminar el camino durante los próximos años.

III. Tercer momento. Coloquio comunitario

Concluir con un coloquio a manera de oración final:
- Dialogar con María para que interceda por nosotros frente a su hijo, y nos dé su luz y su fuerza para mantener vivas las gracias recibidas en Fátima durante los próximos años.
- Dialogar con Jesús para que nos ayude y acompañe en nuestro anhelo de ser sus cercanos
seguidores como Comunidad Apostólica y Profética en los tiempos por venir, especialmente con un auténtico compromiso como miembros de CVX.
- Rezar un Padre Nuestro para pedir a “Abbá” nos dé la sencillez de corazón, y así poder escuchar sus llamados sabiéndonos parte de una misión más grande que nosotros mismos como individuos, como CVX, e incluso mayor que la misma Iglesia. Para que alcancemos la plenitud de su reino mirando y optando siempre por los más necesitados.


Mauricio López Oropeza
Consultore


Daniela Frank
Presidente

¡Felicidades Hno. Alfredo Tarancón!




Sesenta Años de servicio a Dios en la Compañía





Este 16 de Marzo 2009 nuestra Parroquia de San Pedro y su Comunidad han tenido un motivo muy importante para celebrar y agradecer a Dios, porque nuestro querido hermano Alfredo Tarancón S.J. ha cumplido 60 años de vida religiosa. Desde este espacio queremos saludar y felicitar al Hno. Tarancón por este hermoso regalo que el Señor le ha dado: Sesenta años de servicio a Dios en la Compañía de Jesús.

En la Misa de Acción de Gracias, el Hno. Tarancón nos dirigió unas palabras muy significativas, un testimonio de lo que ha sido todo este caminar guiado por el Señor. Nosotros, así como él, queremos compartirlas con Uds. y ser testigos de cómo Dios actúa en los que se dejan llevar por su Voluntad, recibiendo tanto bien, tanto cuanto hemos dado.

Lima 16 de Marzo del 2009

Amigos y hermanos en la Compañía,
amigas y amigos que me acompañan en esta fiesta de Acción de Gracias por mis sesenta años de vida religiosa en la Compañía de Jesús:

El P. Superior me pidió que, en este día, fuera yo quien tuviera unas palabras compartiendo con Uds. mi itinerario durante estos 60 años. Lo hago con la sencillez de quien sabe que todo este camino no hubiera sido posible si Dios no hubiera estado cada día a mi lado, alimentando mi vocación, animando mis limitaciones, en fin… empujando el carro, como decimos. Por eso nos juntaremos en esta Eucaristía: para festejar, para celebrar, para cantar… por todo el camino recorrido y por “tanto bien recibido”.

Todo empezó allá, por 1948. Llevaba dos años estudiando en el Seminario de Sigüenza, con la idea de ser Sacerdote. Mis inquietudes y preguntas vocacionales, me llevaron a hablar con el Rector del Seminario: Don Vicente. En aquella conversación ambos convenimos en que mi vocación no estaba en el Seminario, sino en la Compañía de Jesús, como HERMANO. "Coadjutores”, nos decían en este tiempo.

Bueno, no iba a ser fácil cambiar el seminario por el postulantado de los Jesuitas. Con mis 17 años, entonces era “menor de edad” y mi madre no autorizaba mi decisión. Desde el Seminario mi corazón le escribió una carta, directa, sin muchos rodeos: “mamá, tu felicidad y la mía, tanto en nuestro camino terrenal, como en el definitivo del Cielo, la siento ligada a esta decisión: ser “hermano” en la Compañía de Jesús e ingresar para ello en el Postulantado que los Jesuitas tienen en Madrid. Siento que esto le agrada a Dios. El sabrá hacernos felices a los dos”.

Los sencillos argumentos de mi corazón, le convencieron. A mediados de Mayo de 1948 mi propia madre me acompañaba para iniciar este nuevo camino en mi vida y, de alguna manera, también sería feliz. Así llegamos a la casa que los Jesuitas tenían en Chamartín, entonces muy a las afueras de Madrid (España). Me recibieron. Nos despedimos.

Desde finales de ese Mayo 1948 hasta Marzo de 1949, pasé diez meses como postulante viviendo en dos casas diferentes de jesuitas, compartiendo con ellos y comenzando a conocer a la Compañía. Finalmente, hoy hace SESENTA AÑOS, el 16 de Marzo de 1949, muchos y muchas de Uds. no habían nacido todavía, me inscribieron en la Compañía de Jesús y comencé mis dos años de Noviciado. Los Jesuitas siempre hemos tenido dos años de noviciado. Y el 16 de Marzo de 1951 hacía mis Primeros Votos.

Otra vez el mes de Mayo sería de mucho movimiento interior. En ese mes de 1952 fui interiorizando, cada día más, que nuestro espíritu como jesuitas debía ser: “saber que nuestra vocación era para discurrir y hacer vida en cualquier parte del mundo donde se diera más el servicio a Dios y la ayuda a los prójimos”.

Por estos pensamientos y sentimientos andaba, cuando en los primeros días de Junio de 1952, mientras estaba trabajando en la huerta de Aranjuez, cerca de Madrid, peleando con las abejas en las colmenas que teníamos de buena y dulce miel, me comunicaron que el P. Suárez del Villar, nuestro formador, quería hablar conmigo.

Bueno, me dije, qué habré hecho, por qué me querrá llamar la atención. Entonces era frecuente que nuestros formadores nos estuvieran llamando la atención, aún por pequeñas cosas, eran “los modos de formar”. Con un pequeño temblorcillo, en la mano, pero siempre con confianza, toqué la puerta de su cuarto: ¡¡¡ENTRE…!!!. Nos saludamos. La conversación arrancó con una pregunta que me dejó desconcertado: ¿Está Ud. bien de salud…?. Bueno… sí, contesté. Que yo sepa. Dejándose de rodeos, fue a la pregunta de verdad, la que, seguro habría estado pensando y orando durante tiempo: ¿tendrías alguna dificultad en irte a trabajar al Perú? Sin dudar, le contesté que lo haría con gusto. Era la concreción de mis sentimientos y del deseo de San Ignacio: discurrir por el mundo… Sin más trámite pasó de la pregunta a la afirmación: ESTÁS DESTINADO AL PERÚ.

No hubo mucho tiempo para pensarlo, ni para pensar en maletas. El seis de julio, del puerto de Barcelona, salíamos con el P. José Vicente, cinco novicios y yo. Veintidós día de viaje en barco, de movimiento, de calor… El 28 de Julio de 1952 desembarcábamos en el Callao. Habíamos cambiado el sol del verano español por la neblina limeña. Yo estaba contento. Eso sí, explorando tantas novedades, paisajistas sobre todo. Porque, a nivel de Compañía, todo era igual. Hasta los horarios.

Mis dos primeros años los pasé en Miraflores, en nuestra casa de Fátima. Después pasé a la Parroquia de Desamparados en Breña. Fue mi primer contacto con la Parroquia a la que más tarde regresaría y que tanto aprendí a querer. No sólo yo tomé en serio aquello del “discurrir”. También mis Superiores… Así, de Breña me destinaron al Cusco, donde estuve nueve años, trabajando principalmente en el Seminario. Al cabo de este tiempo, el P. Ignacio Muguiro, entonces Provincial, me invita a seguir “discurriendo”. Ligero de equipaje tomo mis pocas cosas y pongo rumbo a mi nuevo destino: el Chiriaco. Allí, en nuestra selva peruana, donde tenemos cuatro puntos de encuentro con las culturas Huambisas y Aguarunas, en el Alto Marañón, junto a los ríos Santiago, Nieva, Cenepa y el Chiriaco.


Allí paso once años. Ahora sí discurriendo por caminos embarrados, trochas, botes, camiones cargados de alimentos… Porque me pidieron que me hiciera cargo del abastecimiento de los víveres, tanto para nuestras comunidades como para los alumnos e internados, en los cuatro lugares donde estábamos. Mis años en la selva transcurrieron entre compras, cargas de camiones hasta el lugar donde nos esperaban los botes. Pasar la carga a los botes con cuidado, no exceder las tres toneladas, no fueran a terminar nuestros alimentos como alimentos de las pirañas, y envío de los botes a sus pequeños puertos de destino. Las mil peripecias de este tiempo con las lluvias, los barros, las crecidas de los ríos… rebasan el tiempo de este pequeño recuento de mi historia personal en estos sesenta años.

Finalmente el recorrido por estas trochas en las que transcurrió mi vida en el Perú recala de nuevo en Lima. Y aquí estoy desde 1982. Primero 16 años en esta misma casa y Parroquia de San Pedro y después 11 años en la Parroquia de Desamparados, a donde regresé después de tanto tiempo. Y allí estuve hasta que la Compañía se vio en la necesidad de dejar la Parroquia. Allí quedó gran parte de mi corazón. A pesar de tantas “despedidas” como ha habido en mi vida, tal vez fue la despedida de Breña la que se me hizo más difícil. Por eso agradezco que haya venido un buen grupo desde allí, para acompañarme en esta Acción de Gracias por mis sesenta años de vida como jesuita.

Sólo me queda, al terminar, agradecer a Dios por “tanto bien recibido” y por tantas “Gracias” como desde “lo Alto”, Él ha hecho descender sobre mi vida durante todos estos años. Agradecer también a tantos compañeros jesuitas que me acompañaron durante todos estos años y fueron para mí, un espejo donde mirarme. Agradecerles también a Uds., quienes hoy han querido compartir conmigo la alegría de mi Vocación y de mis recuerdos, porque son también parte de mi vocación. Esta Celebración me sorprende en esta Comunidad de San Pedro, donde ya antes había estado por 16 años. Con menos fuerza ciertamente, pero deseoso de seguir sirviendo al Señor, sirviendo a los hermanos, mientras Él me de alguna fuerza para seguir haciéndolo.

MUCHAS GRACIAS.

Hno. Alfredo Tarancon S.J.

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FOTOS (de arriba a abajo):
Hno. Tarancón en Burgo de Osma Soria, España, 2004.
En su pueblo natal Taroda a 170 Km de Madrid, 1965. De izquierda a derecha: Don José María párroco del pueblo, el P. José Luis Fernández Castañeda SJ, Sra. Gurmensinda Molinero (cuñada), Sra. Justa Casado (mamá), Sra Valeriana (cuñada). El Hno. Tarancón trabajó junto al P. José Luis Fernández varios años en el Seminario del Cusco hasta 1965. El P. José Luis también fue Párroco de San Pedro por varios años hasta su sensible fallecimiento el año pasado.
Con todos sus hermanos y su papá, en su casa natal (1967). De izquierda a derecha Albina, Urbano, Dionisio (papá), Fortunato, Conrrado, Manuel, Alfredo.
Con su padre en la casa donde nació, en Taroda Soria, España (1967).
En el Cusco, cruzando el río Vilcanota abasteciendo al Seminario (1964 a 1969)
Viajando desde Chiclayo o Jaén por carretera hasta el Chiriaco, abasteciendo a las obras de la zona (1970 a 1981).
En el río Chiriaco (1979) Desde allí, en botes semejantes a éste, se llevaban los alimentos y demás cosas necesarias a los cuatro centros principales por los ríos Marañón, Santiago, Nieva, Cénepa y Chiriaco.
Hno. Tarancón en la Parroquia San Pedro de Lima, Altar Mayor (2004), donde actualmente reside.
Hno. Tarancón y familiares (2004) en el pueblo de Agua Viva, España. Romería en el 150 aniversario del descubrimiento de la imagen enterrada de la Virgen.
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Muchas gracias Hno. Tarancón por compartir su testimonio con nosotros, Que Dios lo siga bendiciendo.
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Nota realizada el 16 de Marzo 2009.

El Hno. Alfredo Tarancón partió a la Casa del Padre el 29 de marzo del 2025, en la Enfermería de Fátima, en Miraflores de Lima. 
Que descanse en paz y que de Dios goce, querido Hno. Alfredo Tarancón S.J.
30.03.2025






Homilías: Somos templo de Dios - Domingo 3º Cuaresma (B)




P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Ex 20,1-17; S. 18; 1Cor 1,22-25; Jn 2,13-25


El hecho, que nos narra Juan en este evangelio, contado con tanta precisión más de 60 años después de haber sucedido y repitiendo, contra su costumbre, un suceso narrado ya por los sinópticos, ya indica que Juan ve en él algo especial.

Además Juan expresamente destaca varias veces que Jesús obra con conciencia clara de su mesianidad y de su filiación divina. Obra con autoridad, como dueño del Templo, del que habla como “la casa de mi Padre”, que los judíos entienden como decirse igual a Dios (Jn 5,18). Juan recuerda que Jesús vive entonces el espíritu del Mesías en la cruz, su hora suprema, predicho en el salmo 69,10: “Me devora el celo por tu templo y las afrentas con que te afrentan, caen sobre mí”.

La autoridad que le exigen tener, recuerda la del Mesías en la profecía de Malaquías 3,1-5: “Mirad, yo envío mi mensajero a prepararme el camino. De pronto vendrá a su Templo el Señor que buscan, el ángel de la alianza que desean; mírenlo, que entra –dice el Señor Todopoderoso. ¿Quién resistirá cuando Él llegue? ¿Qué quedará en pie cuando aparezca? ... Les llamaré a juicio, seré testigo drástico contra hechiceros, adúlteros, los que juran en falso, los que estafan al jornalero, a la viuda y al huérfano, los que agravian al inmigrante sin ningún temor de mí”.

Tampoco los discípulos captaron entonces el significado; sólo pudieron descifrarlo después de la resurrección y probablemente tras haber recibido ya con plenitud el Espíritu en Pentecostés.

Y por fin Juan confirma la conciencia clara de su divinidad, que tiene Jesús en estos momentos, en la nota sobre el conocimiento del interior de la conciencia de la gente: “los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque Él sabía lo que hay dentro de cada hombre”. Según la Biblia afirma varias veces, solo Dios puede conocer el interior del corazón del hombre: “El corazón ... ¿quién lo conoce?. Yo, el Señor, para dar a cada uno según sus obras” (Jer 17,95; cfr. 1S 16,7; 1Re 8,39; S. 32,15). La conclusión es clara: Jesús conocía lo que pensaban, porque era Dios.

Jesús obró muy consciente de su propia divinidad y de la importancia de lo que hacía. Para nosotros el hecho tiene un significado especialmente profundo. El Templo era el lugar central de la religión judía. Dios habitaba en aquel templo. Desde él miraba y protegía al pueblo de Israel, porque era su pueblo, el elegido entre todos los pueblos. Con él había pactado una alianza y le había dado su ley. Allí estaba presente, allí escuchaba las peticiones y aceptaba los sacrificios que se le ofrecían. Aquel Templo era el orgullo de Israel y la admiración de otros pueblos por su tamaño y magnificencia, por las riquezas que guardaba, fruto de las contribuciones de los creyentes, y por el esplendor de su culto. En las grandes fiestas como la de Pascua llegaban a Jerusalén judíos de todo el mundo, de los lugares más alejados. El relato de la pasión nos habla de Simón de Cirene, radicado a unos 2.000 Km., en el actual Túnez. El viaje costaba meses y mucha plata. No importaba; se iba.

El texto de la Alianza, que Israel tenía con Dios, lo hemos escuchado. Responde en la forma a los tratados internacionales hititas de vasallaje, en que un pueblo se somete a los hititas a cambio de su protección frente a enemigos más fuertes: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud”. Y luego vienen las estipulaciones o compromisos que en respuesta agradecida acepta Israel. El texto se escribió en piedra, como se hacía, y se depositaba en el santuario del dios, en nuestro caso el Señor que los sacó de Egipto y en el Arca de la Alianza, y se leía pública y regularmente. Era una ley “perfecta, descanso del alma, recta, alegría del corazón preciosa como el oro, más dulce que la miel”. Así lo cantaban, como hemos escuchado. Pero carecía de la fuerza necesaria para su cumplimiento. Israel no la observó. San Pablo trata de explicarlo en la carta a los Romanos. El hecho es que, conociendo el bien, aquel pueblo hizo el mal. “No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron. No hay quien obre el bien, no hay siquiera uno” (Ro 3,10-12; S. 14, 1-3).

Cuando Jesús, probablemente al principio de su vida pública, tras el primer contacto con Galilea, del que ya hemos hablado, entra en el templo de su Padre y se encuentra con la suciedad y el negocio, su espíritu se rebela: ¿Qué significa su Padre allí? Se llena de ira, hace un látigo y los echa a todos sin que nadie se atreva a enfrentarse. “El celo de tu casa me devora”(S. 69,10). “No habrá más comerciante en la casa del Señor todopoderoso el día aquel” (Zac 14,21).

Todo esto tiene significado. Pocos días después responderá Jesús a la mujer samaritana que ni en el templo de los samaritanos en el monte Garizím ni en Jerusalén se va a adorar más al Señor, porque los verdaderos adoradores “en Espíritu y en verdad”, que son los que se necesitan, son otros (Jn 4,23). En la respuesta a los judíos Jesús se refiere a la destrucción de su cuerpo, a la muerte en la cruz, y a su resurrección a los tres días. En el momento de la muerte el velo del Templo de Jerusalén se rasgó de arriba abajo (Mt 27,51). Ahora se abre su Corazón. Acabó el culto antiguo. Comienza el nuevo, el del Espíritu, el del Amor y la Verdad. Ya había hablado también de “su Iglesia” construida sobre roca y en la cual permanecerá vivo hasta el fin de los tiempos (Mt 28,18). Esa Iglesia es el cuerpo de Cristo, edificada con piedras vivas, que junta a los dos pueblos en uno, que es la morada del Espíritu Santo y de la cual el Mismo Jesús es la cabeza y fuente de vida, de la que la vida procede y llega hasta los miembros, haciéndolos un pueblo nuevo, sacerdotal, de hijos de Dios, que invocan al Señor Abbá, Padre (1P 5-8; Ro 8,14s). Esta Iglesia conserva todo lo bueno de la antigua ley (“no he venido a destruir la ley sino a darle su cumplimiento” –Mt 5,17–) e incorpora el Espíritu.

Este es el nuevo templo, Jesús, donde ahora Dios está presente; que asimismo está también presente en cada uno de sus miembros, en donde actúa y desde don ofrece sacrificios y ofrendas puros al Padre (Jn 1,14; 12,45; 14,10s; 15; Ro 8,19-23; Ef 1,10).

Este es el cambio revolucionario que el orden de la salvación ha realizado el Padre por su Hijo Jesucristo. Esto es lo que debemos esforzarnos en revivir en esta Cuaresma y en la Pascua. Cristo, y Cristo con las señales de la pasión, está vivo en medio de nosotros. Nuestra comunicación con Cristo debe ser algo normal. El justo vive de la fe. Éste es el modo de vivir normal del cristiano. Cierto que es una gracia. Pidámosla continuamente. Insistamos como aquél: “Creo, Señor, pero ayuda a mi incredulidad”.

La misa es una buena oportunidad para ello. Cuando entramos en la iglesia, tomemos conciencia de que entramos en la casa de Dios y de que Jesús está realmente en el Sagrario. Tomemos conciencia de que, estando Jesús cuando están reunidos dos o tres creyentes, con cuánta razón creemos que Jesús está presente entre nosotros. Él preside nuestra oración, Él nos dirige la palabra, Él ofrece al Padre su muerte y resurrección por todos los hombres y con Él ofrecemos nuestros sacrificios. Él se nos da como alimento. Él nos manda a ser testigos suyos y estará presente en el prójimo, sobre todo si es necesitado.

La Cuaresma y la Pascua son un tiempo de gracia para adelantar en este camino. No dudemos en hacerlo, que como a tantos el Señor nos acompaña.




Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

...


P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog


«Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4,10)



MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud 2009

Queridos amigos:

El próximo domingo de Ramos celebraremos en el ámbito diocesano la XXIV Jornada Mundial de la Juventud. Mientras nos preparamos a esta celebración anual, recuerdo con enorme gratitud al Señor el encuentro que tuvimos en Sydney, en julio del año pasado. Un encuentro inolvidable, durante el cual el Espíritu Santo renovó la vida de tantos jóvenes que acudieron desde todos los lugares del mundo. La alegría de la fiesta y el entusiasmo espiritual experimentados en esos días, fueron un signo elocuente de la presencia del Espíritu de Cristo. Ahora nos encaminamos hacia el encuentro internacional programado para 2011 en Madrid y que tendrá como tema las palabras del apóstol Pablo: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2,7). Teniendo en cuenta esta cita mundial de jóvenes, queremos hacer juntos un camino formativo, reflexionando en 2009 sobre la afirmación de san Pablo: «Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4,10), y en 2010 sobre la pregunta del joven rico a Jesús: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10,17).

La juventud, tiempo de esperanza

En Sydney, nuestra atención se centró en lo que el Espíritu Santo dice hoy a los creyentes y, concretamente a vosotros, queridos jóvenes. Durante la Santa Misa final os exhorté a dejaros plasmar por Él para ser mensajeros del amor divino, capaces de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad. Verdaderamente, la cuestión de la esperanza está en el centro de nuestra vida de seres humanos y de nuestra misión de cristianos, sobre todo en la época contemporánea. Todos advertimos la necesidad de esperanza, pero no de cualquier esperanza, sino de una esperanza firme y creíble, como he subrayado en la Encíclica Spe salvi. La juventud, en particular, es tiempo de esperanzas, porque mira hacia el futuro con diversas expectativas. Cuando se es joven se alimentan ideales, sueños y proyectos; la juventud es el tiempo en el que maduran opciones decisivas para el resto de la vida. Y tal vez por esto es la etapa de la existencia en la que afloran con fuerza las preguntas de fondo: ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Qué será de mi vida? Y también, ¿cómo alcanzar la felicidad? ¿Por qué el sufrimiento, la enfermedad y la muerte? ¿Qué hay más allá de la muerte? Preguntas que son apremiantes cuando nos tenemos que medir con obstáculos que a veces parecen insuperables: dificultades en los estudios, falta de trabajo, incomprensiones en la familia, crisis en las relaciones de amistad y en la construcción de un proyecto de pareja, enfermedades o incapacidades, carencia de recursos adecuados a causa de la actual y generalizada crisis económica y social. Nos preguntamos entonces: ¿Dónde encontrar y cómo mantener viva en el corazón la llama de la esperanza?

En búsqueda de la «gran esperanza»

La experiencia demuestra que las cualidades personales y los bienes materiales no son suficientes para asegurar esa esperanza que el ánimo humano busca constantemente. Como he escrito en la citada Encíclica Spe salvi, la política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la gran esperanza a la que todos aspiramos. Esta esperanza «sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar» (n. 31). Por eso, una de las consecuencias principales del olvido de Dios es la desorientación que caracteriza nuestras sociedades, que se manifiesta en la soledad y la violencia, en la insatisfacción y en la pérdida de confianza, llegando incluso a la desesperación. Fuerte y clara es la llamada que nos llega de la Palabra de Dios: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien» (Jr 17,5-6).
La crisis de esperanza afecta más fácilmente a las nuevas generaciones que, en contextos socio-culturales faltos de certezas, de valores y puntos de referencia sólidos, tienen que afrontar dificultades que parecen superiores a sus fuerzas. Pienso, queridos jóvenes amigos, en tantos coetáneos vuestros heridos por la vida, condicionados por una inmadurez personal que es frecuentemente consecuencia de un vacío familiar, de opciones educativas permisivas y libertarias, y de experiencias negativas y traumáticas. Para algunos –y desgraciadamente no pocos–, la única salida posible es una huída alienante hacia comportamientos peligrosos y violentos, hacia la dependencia de drogas y alcohol, y hacia tantas otras formas de malestar juvenil. A pesar de todo, incluso en aquellos que se encuentran en situaciones penosas por haber seguido los consejos de «malos maestros», no se apaga el deseo del verdadero amor y de la auténtica felicidad. Pero ¿cómo anunciar la esperanza a estos jóvenes? Sabemos que el ser humano encuentra su verdadera realización sólo en Dios. Por tanto, el primer compromiso que nos atañe a todos es el de una nueva evangelización, que ayude a las nuevas generaciones a descubrir el rostro auténtico de Dios, que es Amor. A vosotros, queridos jóvenes, que buscáis una esperanza firme, os digo las mismas palabras que san Pablo dirigía a los cristianos perseguidos en la Roma de entonces: «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15,13). Durante este año jubilar dedicado al Apóstol de las gentes, con ocasión del segundo milenio de su nacimiento, aprendamos de él a ser testigos creíbles de la esperanza cristiana.

San Pablo, testigo de la esperanza

Cuando se encontraba en medio de dificultades y pruebas de distinto tipo, Pablo escribía a su fiel discípulo Timoteo: «Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4,10). ¿Cómo había nacido en él esta esperanza? Para responder a esta pregunta hemos de partir de su encuentro con Jesús resucitado en el camino de Damasco. En aquel momento, Pablo era un joven como vosotros, de unos veinte o veinticinco años, observante de la ley de Moisés y decidido a combatir con todos los medios a quienes él consideraba enemigos de Dios (cf. Hch 9,1). Mientras iba a Damasco para arrestar a los seguidores de Cristo, una luz misteriosa lo deslumbró y sintió que alguien lo llamaba por su nombre: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Cayendo a tierra, preguntó: «¿Quién eres, Señor?». Y aquella voz respondió: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (cf. Hch 9,3-5). Después de aquel encuentro, la vida de Pablo cambió radicalmente: recibió el bautismo y se convirtió en apóstol del Evangelio. En el camino de Damasco fue transformado interiormente por el Amor divino que había encontrado en la persona de Jesucristo. Un día llegará a escribir: «Mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2,20). De perseguidor se transformó en testigo y misionero; fundó comunidades cristianas en Asia Menor y en Grecia, recorriendo miles de kilómetros y afrontando todo tipo de vicisitudes, hasta el martirio en Roma. Todo por amor a Cristo.

La gran esperanza está en Cristo

Para Pablo, la esperanza no es sólo un ideal o un sentimiento, sino una persona viva: Jesucristo, el Hijo de Dios. Impregnado en lo más profundo por esta certeza, podrá decir a Timoteo: «Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1 Tm 4,10). El «Dios vivo» es Cristo resucitado y presente en el mundo. Él es la verdadera esperanza: Cristo que vive con nosotros y en nosotros y que nos llama a participar de su misma vida eterna. Si no estamos solos, si Él está con nosotros, es más, si Él es nuestro presente y nuestro futuro, ¿por qué temer? La esperanza del cristiano consiste por tanto en aspirar «al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1817).

El camino hacia la gran esperanza

Jesús, del mismo modo que un día encontró al joven Pablo, quiere encontrarse con cada uno de vosotros, queridos jóvenes. Sí, antes que un deseo nuestro, este encuentro es un deseo ardiente de Cristo. Pero alguno de vosotros me podría preguntar: ¿Cómo puedo encontrarlo yo, hoy? O más bien, ¿de qué forma Él viene hacia mí? La Iglesia nos enseña que el deseo de encontrar al Señor es ya fruto de su gracia. Cuando en la oración expresamos nuestra fe, incluso en la oscuridad lo encontramos, porque Él se nos ofrece. La oración perseverante abre el corazón para acogerlo, como explica san Agustín: «Nuestro Dios y Señor […] pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar» (Carta 130,8,17). La oración es don del Espíritu que nos hace hombres y mujeres de esperanza, y rezar mantiene el mundo abierto a Dios (cf. Enc. Spe salvi, 34).

Dad espacio en vuestra vida a la oración. Está bien rezar solos, pero es más hermoso y fructuoso rezar juntos, porque el Señor nos ha asegurado su presencia cuando dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Hay muchas formas para familiarizarse con Él; hay experiencias, grupos y movimientos, encuentros e itinerarios para aprender a rezar y de esta forma crecer en la experiencia de fe. Participad en la liturgia en vuestras parroquias y alimentaos abundantemente de la Palabra de Dios y de la participación activa en los sacramentos. Como sabéis, culmen y centro de la existencia y de la misión de todo creyente y de cada comunidad cristiana es la Eucaristía, sacramento de salvación en el que Cristo se hace presente y ofrece como alimento espiritual su mismo Cuerpo y Sangre para la vida eterna. ¡Misterio realmente inefable! Alrededor de la Eucaristía nace y crece la Iglesia, la gran familia de los cristianos, en la que se entra con el Bautismo y en la que nos renovamos constantemente por al sacramento de la Reconciliación. Los bautizados, además, reciben mediante la Confirmación la fuerza del Espíritu Santo para vivir como auténticos amigos y testigos de Cristo, mientras que los sacramentos del Orden y del Matrimonio los hacen aptos para realizar sus tareas apostólicas en la Iglesia y en el mundo. La Unción de los enfermos, por último, nos hace experimentar el consuelo divino en la enfermedad y en el sufrimiento.

Actuar según la esperanza cristiana

Si os alimentáis de Cristo, queridos jóvenes, y vivís inmersos en Él como el apóstol Pablo, no podréis por menos que hablar de Él, y haréis lo posible para que vuestros amigos y coetáneos lo conozcan y lo amen. Convertidos en sus fieles discípulos, estaréis preparados para contribuir a formar comunidades cristianas impregnadas de amor como aquellas de las que habla el libro de los Hechos de los Apóstoles. La Iglesia cuenta con vosotros para esta misión exigente. Que no os hagan retroceder las dificultades y las pruebas que encontréis. Sed pacientes y perseverantes, venciendo la natural tendencia de los jóvenes a la prisa, a querer obtener todo y de inmediato.
Queridos amigos, como Pablo, sed testigos del Resucitado. Dadlo a conocer a quienes, jóvenes o adultos, están en busca de la «gran esperanza» que dé sentido a su existencia. Si Jesús se ha convertido en vuestra esperanza, comunicadlo con vuestro gozo y vuestro compromiso espiritual, apostólico y social. Alcanzados por Cristo, después de haber puesto en Él vuestra fe y de haberle dado vuestra confianza, difundid esta esperanza a vuestro alrededor. Tomad opciones que manifiesten vuestra fe; haced ver que habéis entendido las insidias de la idolatría del dinero, de los bienes materiales, de la carrera y el éxito, y no os dejéis atraer por estas falsas ilusiones. No cedáis a la lógica del interés egoísta; por el contrario, cultivad el amor al prójimo y haced el esfuerzo de poneros vosotros mismos, con vuestras capacidades humanas y profesionales al servicio del bien común y de la verdad, siempre dispuestos a dar respuesta «a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15). El auténtico cristiano nunca está triste, aun cuando tenga que afrontar pruebas de distinto tipo, porque la presencia de Jesús es el secreto de su gozo y de su paz.

María, Madre de la esperanza

San Pablo es para vosotros un modelo de este itinerario de vida apostólica. Él alimentó su vida de fe y esperanza constantes, siguiendo el ejemplo de Abraham, del cual escribió en la Carta a los Romanos: «Creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones» (4,18). Sobre estas mismas huellas del pueblo de la esperanza –formado por los profetas y por los santos de todos los tiempos– nosotros continuamos avanzando hacia la realización del Reino, y en nuestro camino espiritual nos acompaña la Virgen María, Madre de la Esperanza. Ella, que encarnó la esperanza de Israel, que donó al mundo el Salvador y permaneció, firme en la esperanza, al pie de la cruz, es para nosotros modelo y apoyo. Sobre todo, María intercede por nosotros y nos guía en la oscuridad de nuestras dificultades hacia el alba radiante del encuentro con el Resucitado. Quisiera concluir este mensaje, queridos jóvenes amigos, haciendo mía una bella y conocida exhortación de San Bernardo inspirada en el título de María Stella maris, Estrella del mar: «Cualquiera que seas el que en la impetuosa corriente de este siglo te miras, fluctuando entre borrascas y tempestades más que andando por tierra, ¡no apartes los ojos del resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borrascas! Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María... En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María... Siguiéndola, no te desviarás; rogándole, no desesperarás; pensando en ella, no te perderás. Si ella te tiene de la mano no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si ella te es propicia» (Homilías en alabanza de la Virgen Madre, 2,17).

María, Estrella del mar, guía a los jóvenes de todo el mundo al encuentro con tu divino Hijo Jesús, y sé tú la celeste guardiana de su fidelidad al Evangelio y de su esperanza.

Al mismo tiempo que os aseguro mi recuerdo cotidiano en la oración por cada uno de vosotros, queridos jóvenes, os bendigo de corazón junto a vuestros seres queridos.

Vaticano, 22 de febrero de 2009.

Benedicto XVI

No confundir a Jesús con nadie


José Antonio Pagolasan Sebastián (Guipuzcoa)


ECLESALIA, 04/03/09.- Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.
Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.
La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.

Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.

Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.
Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.
Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.

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Ha llegado el tiempo del verdadero culto



AUDIENCIA GENERAL
DE SS BENEDICTO XVI
Miércoles 7 de enero de 2009


Queridos hermanos y hermanas:


En esta primera audiencia general del año 2009 deseo expresaros a todos mi más cordial felicitación por el año nuevo recién comenzado. Reavivemos en nosotros el compromiso de abrir a Cristo la mente y el corazón para ser y vivir como verdaderos amigos suyos. Su compañía hará que este año, a pesar de sus inevitables dificultades, sea un camino lleno de alegría y de paz. En efecto, sólo si permanecemos unidos a Jesús, el año nuevo será bueno y feliz.
El compromiso de unión con Cristo es el ejemplo que nos da también san Pablo. Prosiguiendo las catequesis dedicadas a él, reflexionaremos hoy sobre uno de los aspectos importantes de su pensamiento, el relativo al culto que los cristianos están llamados a tributar. En el pasado, se solía hablar de una tendencia más bien anti-cultual del Apóstol, de una "espiritualización" de la idea del culto. Hoy comprendemos mejor que san Pablo ve en la cruz de Cristo un viraje histórico, que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto. Hay sobre todo tres textos de la carta a los Romanos en los que aparece esta nueva visión del culto.
1. En Rm 3, 25, después de hablar de la "redención realizada por Cristo Jesús", san Pablo continúa con una fórmula misteriosa para nosotros. Dice así: Dios lo "exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe". Con la expresión "instrumento de propiciación", más bien extraña para nosotros, san Pablo alude al así llamado "propiciatorio" del templo antiguo, es decir, a la cubierta del arca de la alianza, que estaba pensada como punto de contacto entre Dios y el hombre, punto de la presencia misteriosa de Dios en el mundo de los hombres. Este "propiciatorio", en el gran día de la reconciliación —"yom kippur"— se asperjaba con la sangre de animales sacrificados, sangre que simbólicamente ponía los pecados del año transcurrido en contacto con Dios y, así, los pecados arrojados al abismo de la bondad divina quedaban como absorbidos por la fuerza de Dios, superados, perdonados. La vida volvía a comenzar.
San Pablo alude a este rito y dice que era expresión del deseo de que realmente se pudieran poner todas nuestras culpas en el abismo de la misericordia divina para hacerlas así desaparecer. Pero con la sangre de animales no se realiza este proceso. Era necesario un contacto más real entre la culpa humana y el amor divino. Este contacto tuvo lugar en la cruz de Cristo. Cristo, verdadero Hijo de Dios, que se hizo verdadero hombre, asumió en sí toda nuestra culpa. Él mismo es el lugar de contacto entre la miseria humana y la misericordia divina; en su corazón se deshace la masa triste del mal realizado por la humanidad y se renueva la vida.
Revelando este cambio, san Pablo nos dice: con la cruz de Cristo —el acto supremo del amor divino convertido en amor humano— terminó el antiguo culto con sacrificios de animales en el templo de Jerusalén. Este culto simbólico, culto de deseo, ha sido sustituido ahora por el culto real: el amor de Dios encarnado en Cristo y llevado a su plenitud en la muerte de cruz. Por tanto, no es una espiritualización del culto real, sino, al contrario: el culto real, el verdadero amor divino-humano, sustituye al culto simbólico y provisional. La cruz de Cristo, su amor con carne y sangre es el culto real, correspondiendo a la realidad de Dios y del hombre. Para san Pablo, la era del templo y de su culto había terminado ya antes de la destrucción exterior del templo: san Pablo se encuentra aquí en perfecta consonancia con las palabras de Jesús, que había anunciado el fin del templo y había anunciado otro templo "no hecho por manos humanas", el templo de su cuerpo resucitado (cf. Mc 14, 58; Jn 2, 19 ss). Este es el primer texto.
2. El segundo texto del que quiero hablar hoy se encuentra en el primer versículo del capítulo 12 de la carta a los Romanos. Lo hemos escuchado y lo repito una vez más: "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual". En estas palabras se verifica una paradoja aparente: mientras el sacrificio exige normalmente la muerte de la víctima, san Pablo hace referencia a la vida del cristiano. La expresión "presentar vuestros cuerpos", unida al concepto sucesivo de sacrificio, asume el matiz cultual de "dar en oblación, ofrecer". La exhortación a "ofrecer los cuerpos" se refiere a toda la persona; en efecto, en Rm 6, 13 invita a "presentaros a vosotros mismos". Por lo demás, la referencia explícita a la dimensión física del cristiano coincide con la invitación a "glorificar a Dios con vuestro cuerpo" (1 Co 6, 20); es decir, se trata de honrar a Dios en la existencia cotidiana más concreta, hecha de visibilidad relacional y perceptible.
San Pablo califica ese comportamiento como "sacrificio vivo, santo, agradable a Dios". Es aquí donde encontramos precisamente la palabra "sacrificio". En el uso corriente este término forma parte de un contexto sagrado y sirve para designar el degüello de un animal, del que una parte puede quemarse en honor de los dioses y otra consumirse por los oferentes en un banquete. San Pablo, en cambio, lo aplica a la vida del cristiano. En efecto, califica ese sacrificio sirviéndose de tres adjetivos. El primero —"vivo"— expresa una vitalidad. El segundo —"santo"— recuerda la idea paulina de una santidad que no está vinculada a lugares u objetos, sino a la persona misma del cristiano. El tercero —"agradable a Dios"— recuerda quizá la frecuente expresión bíblica del sacrificio "de suave olor" (cf. Lv 1, 13.17; 23, 18; 26, 31; etc.).
Inmediatamente después, san Pablo define así esta nueva forma de vivir: este es "vuestro culto espiritual". Los comentaristas del texto saben bien que la expresión griega (tēn logikēn latreían) no es fácil de traducir. La Biblia latina traduce: "rationabile obsequium". La misma palabra "rationabile" aparece en la primera Plegaria eucarística, el Canon romano: en él se pide a Dios que acepte esta ofrenda como "rationabile". La traducción italiana tradicional "culto espiritual" no refleja todos los detalles del texto griego (y ni siquiera del latino). En todo caso, no se trata de un culto menos real, o incluso sólo metafórico, sino de un culto más concreto y realista, un culto en el que el hombre mismo en su totalidad de ser dotado de razón, se convierte en adoración, glorificación del Dios vivo.
Esta fórmula paulina, que aparece de nuevo en la Plegaria eucarística romana, es fruto de un largo desarrollo de la experiencia religiosa en los siglos anteriores a Cristo. En esa experiencia se mezclan desarrollos teológicos del Antiguo Testamento y corrientes del pensamiento griego. Quiero mostrar al menos algunos elementos de ese desarrollo. Los profetas y muchos Salmos critican fuertemente los sacrificios cruentos del templo. Por ejemplo, el Salmo 49, en el que es Dios quien habla, dice: "Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros?, ¿beberé sangre de cabritos? Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza" (vv. 12-14) En el mismo sentido dice el Salmo siguiente, 50: "Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias" (v. 18 s). En el libro de Daniel, en el tiempo de la nueva destrucción del templo por parte del régimen helenístico (siglo II a.C.) encontramos un nuevo pasaje que va en la misma línea. En medio del fuego —es decir, en la persecución, en el sufrimiento— Azarías reza así: "Ya no hay, en esta hora, ni príncipe ni profeta ni caudillo ni holocausto ni sacrificio ni oblación ni incienso ni lugar donde ofrecerte las primicias, y hallar gracia a tus ojos. Mas con corazón contrito y espíritu humillado te seamos aceptos, como holocaustos de carneros y toros. (...) Tal sea hoy nuestro sacrificio ante ti, y te agrade" (Dn 3, 38 ss). En la destrucción del santuario y del culto, en esta situación de privación de todo signo de la presencia de Dios, el creyente ofrece como verdadero holocausto su corazón contrito, su deseo de Dios.
Vemos un desarrollo importante, hermoso, pero con un peligro. Hay una espiritualización, una moralización del culto: el culto se convierte sólo en algo del corazón, del espíritu. Pero falta el cuerpo, falta la comunidad. Así se entiende, por ejemplo, que el Salmo 50 y también el libro de Daniel, a pesar de criticar el culto, deseen la vuelta al tiempo de los sacrificios. Pero se trata de un tiempo renovado, de un sacrificio renovado, en una síntesis que aún no se podía prever, que aún no se podía imaginar.
Volvamos a san Pablo. Él es heredero de estos desarrollos, del deseo del culto verdadero, en el que el hombre mismo se convierta en gloria de Dios, en adoración viva con todo su ser. En este sentido dice a los Romanos: "Ofreced vuestros cuerpos como una víctima viva. (...) Este será vuestro culto espiritual" (Rm 12, 1). San Pablo repite así lo que ya había señalado en el capítulo
3: El tiempo de los sacrificios de animales, sacrificios de sustitución, ha terminado. Ha llegado el tiempo del culto verdadero.
Pero también aquí se da el peligro de un malentendido: este nuevo culto se podría interpretar fácilmente en un sentido moralista: ofreciendo nuestra vida hacemos nosotros el culto verdadero. De esta forma el culto con los animales sería sustituido por el moralismo: el hombre lo haría todo por sí mismo con su esfuerzo moral. Y ciertamente esta no era la intención de san Pablo.
Pero persiste la cuestión de cómo debemos interpretar este "culto espiritual, razonable". San Pablo supone siempre que hemos llegado a ser "uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 28), que hemos muerto en el bautismo (cf. Rm 1) y ahora vivimos con Cristo, por Cristo y en Cristo. En esta unión —y sólo así— podemos ser en él y con él "sacrificio vivo", ofrecer el "culto verdadero". Los animales sacrificados habrían debido sustituir al hombre, el don de sí del hombre, y no podían. Jesucristo, en su entrega al Padre y a nosotros, no es una sustitución, sino que lleva realmente en sí el ser humano, nuestras culpas y nuestro deseo; nos representa realmente, nos asume en sí mismo. En la comunión con Cristo, realizada en la fe y en los sacramentos, nos convertimos, a pesar de todas nuestras deficiencias, en sacrificio vivo: se realiza el "culto verdadero".
Esta síntesis está en el fondo del Canon romano, en el que se reza para que esta ofrenda sea "rationabile", para que se realice el culto espiritual. La Iglesia sabe que, en la santísima Eucaristía, se hace presente la autodonación de Cristo, su sacrificio verdadero. Pero la Iglesia reza para que la comunidad celebrante esté realmente unida con Cristo, para que sea transformada; reza para que nosotros mismos lleguemos a ser lo que no podemos ser con nuestras fuerzas: ofrenda "rationabile" que agrada a Dios. Así la Plegaria eucarística interpreta de modo adecuado las palabras de san Pablo. San Agustín aclaró todo esto de forma admirable en el libro décimo de su Ciudad de Dios. Cito sólo dos frases: "Este es el sacrificio de los cristianos: aun siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo". "Toda la comunidad (civitas) redimida, es decir, la congregación y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios mediante el Sumo Sacerdote que se ha entregado a sí mismo" (10, 6: CCL 47, 27 ss).
3. Por último, quiero hacer una breve reflexión sobre el tercer texto de la carta a los Romanos referido al nuevo culto. En el capítulo 15 san Pablo dice: "La gracia que me ha sido otorgada por Dios, de ser para los gentiles ministro (liturgo) de Cristo Jesús, de ser sacerdote (hierourgein) del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm 15, 15 s).
Quiero subrayar sólo dos aspectos de este texto maravilloso y, por su terminología, único en las cartas paulinas. Ante todo, san Pablo interpreta su acción misionera entre los pueblos del mundo para construir la Iglesia universal como acción sacerdotal. Anunciar el Evangelio para unir a los pueblos en la comunión con Cristo resucitado es una acción "sacerdotal". El apóstol del Evangelio es un verdadero sacerdote, hace lo que es central en el sacerdocio: prepara el verdadero sacrificio.
Y, después, el segundo aspecto: podemos decir que la meta de la acción misionera es la liturgia cósmica: que los pueblos unidos en Cristo, el mundo, se convierta como tal en gloria de Dios, "oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo". Aquí aparece el aspecto dinámico, el aspecto de la esperanza en el concepto paulino del culto: la autodonación de Cristo implica la tendencia de atraer a todos a la comunión de su Cuerpo, de unir al mundo. Sólo en comunión con Cristo, el Hombre ejemplar, uno con Dios, el mundo llega a ser tal como todos lo deseamos: espejo del amor divino. Este dinamismo siempre está presente en la Eucaristía; este dinamismo debe inspirar y formar nuestra vida. Y con este dinamismo comenzamos el nuevo año. Gracias por vuestra paciencia.
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"Desafíos para una renovada Pastoral Social en la perspectiva de la Misión Continental" 1º Parte


CONFERENCIA DE LA X SEMANA SOCIAL NACIONAL
Perú, Noviembre 11-14 de 2008.

Leonidas Ortiz Lozada, Pbro.
Director del Observatorio Pastoral del CELAM
Secretario Ejecutivo de la Comisión de la Misión Continental



INTRODUCCIÓN

La Conferencia Episcopal Peruana, a través de su Area de Pastoral Social, integrada por la Comisión Episcopal de Acción Social, Cáritas, Pastoral de Salud, Pastoral de la Movilidad Humana y la Campaña Compartir, han organizado este importante evento en un tiempo de esperanza para la Iglesia, ya que está disfrutando del nuevo aire de Aparecida. Se trata de la X Semana Social Nacional Peruana.

Y se ha escogido un tema celebrativo: "De Medellín a Aparecida: 40 años al servicio de la Evangelización y la Promoción Humana en el Perú”. No hay duda que la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín, fue un acontecimiento fundamente para la vida de la Iglesia que peregrina en este Continente, porque dio la tónica, el estilo y el espíritu de la aplicación del Concilio Vaticano II. Más adelante, Puebla y Santo Domingo mantuvieron, en una u otra forma, la continuidad de este esfuerzo postconciliar. Y Aparecida ya se comienza a ver como una segunda recepción del Concilio.

El propósito de esta intervención es presentar, a partir de Medellín, lo que han sido los desafíos en clave de misión, para la pastoral social latinoamericana. Corresponde ya a los discípulos misioneros de esta bella tierra identificar los desafíos y encontrar los caminos pastorales para la vivencia de la vida nueva en Jesucristo.

1. Río de Janeiro (1955): la misión social de la Iglesia entendida como “Acción Social y Asistencia a los pobres”

1.1. Los desafíos de la época

En el campo socio-político

Al concluir la segunda guerra mundial los problemas sociales y políticos se agudizan en el mundo entero; también en nuestra región.

Aunque los únicos países latinoamericanos que participaron directamente en la guerra mundial, casi en forma simbólica, fueron México con el Escuadrón 201 en Filipinas y Brasil con la Fuerza Expedicionaria Brasileña en Italia, sin embargo, las consecuencias del conflicto se sienten en todas partes: pobreza en la mayor parte de la población, migraciones, enfermedades, levantamientos sociales…

En Perú, fue una época de enfrentamientos políticos, de escasez de productos básicos, de una inflación galopante, de conflictos laborales permanentes, que trajo consigo un deterioro general de la economía. Había sido elegido, por mayoría abrumadora, el abogado Luis Bustamante y Rivero, un liberal y jurista internacional, que recibió el apoyo del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), el cual tenía mayorías en el Congreso y por primera vez formaba parte del gobierno. En 1948, el general Manuel Arturo Odría, Ministro de Gobierno y de Policía, da un golpe de estado y asume el poder.

En los otros países de la región la situación era no menos conflictiva. En Ecuador, en 1944, después de un levantamiento armado y una huelga general, fue derrocado Carlos Alberto Arroyo del Río y llega al poder José María Velasco Alvarado con el apoyo del movimiento obrero. En Bolivia, en el mismo año, el dictador Gualberto Villarroel es derrocado por Víctor Paz Estensoro del Movimiento Nacionalista Revolucionario. En Brasil, en 1945, Getulio Vargas, para hacer frente a la presión popular, liberó presos políticos, comenzó a desmontar el aparato represivo del régimen y convocó a elecciones generales. En Venezuela, en 1948, Marcos Pérez Jiménez lidera el golpe de estado contra el presidente socialdemócrata Rómulo Gallegos y forma parte de una Junta Militar hasta 1952, cuando encabeza otro golpe y asume la presidencia hasta 1958.

En Colombia, en 1953, se da el golpe militar de Gustavo Rojas Pinilla. En Paraguay, en 1954, el de Alfredo Stroessner. En República Dominicana gobierna el dictador Rafael Trujillo; y en Nicaragua Antonio Somoza.

Los años de la posguerra fueron muy difíciles para todos nuestros pueblos. Millones de personas migraron o fueron desplazadas y desarraigadas de su propio territorio.

Un acontecimiento que contribuyó a la búsqueda de nuevos caminos de paz para el mundo fue la creación de la Organización de las Naciones Unidas-ONU en 1945, cuando en la Conferencia de San Francisco se adopta la Carta de las Naciones Unidas y el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia. Luego, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos, que ya está para cumplir su sexagésimo aniversario.

En el campo eclesial

Las grandes preocupaciones de la Iglesia en aquella época eran especialmente tres. En primer lugar, los problemas sociales, especialmente la situación de los trabajadores urbanos y rurales, el abandono de los indígenas y de los afrodescendientes y la multitud de migrantes y desplazados como consecuencia de la guerra, de la violencia partidista y de la miseria en los campos. En segundo lugar, la falta de una adecuada preparación social y una profunda instrucción religiosa de los fieles laicos, para lo cual se estaban promoviendo espacios de formación como la Acción Católica. Y en tercer lugar, la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, por lo cual no se podía atender debidamente las necesidades y urgencias mencionadas. A esto se unía el desafío que representaba para la Iglesia católica el avance del protestantismo, la práctica extendida del espiritismo y la superstición y la actitud beligerante de la masonería.

1.2. La misión social de la Iglesia entendida como Acción Social y Asistencia a los pobres

Frente a esta situación, la misión social de la Iglesia se orienta a la Acción social y la Asistencia a los pobres. Pío XII plantea la urgencia de construir un mundo mejor y defiende el derecho de la migración, proponiendo 56 normas pastorales de asistencia a los migrantes.

En América Latina la Iglesia se promueve en 1945 la realización del Primer Congreso Interamericano de Educación Católica en Bogotá; en 1952 el Congreso Coordinador de Obras Católicas de Colombia, motivado por el Nuncio Apostólico Antonio Samoré y el auditor en la Nunciatura Monseñor Michel Buro, quienes estarían muy presentes en la creación y funcionamiento del CELAM; y en 1953, el Segundo Congreso Latinoamericano de Vida Rural, con la participación de delegados de 16 países, entre ellos 2 arzobispos y 20 obispos.

En Río de Janeiro (1955) encontramos una honda preocupación por los problemas sociales que se viven en América Latina, por la situación angustiosa de los trabajadores del campo y de la ciudad y por el abandono a que se tienen sometidos a los “indios y gente de color”.

En la Conferencia de Río se trataron diversos temas en el campo social. Monseñor José Medeiros Delgado, Arzobispo de San Luis de Maranhao, Brasil, hizo una presentación global de “Los problemas sociales de la América Latina”. Monseñor Miguel Darío Miranda, Obispo de Tulancingo, México, presentó una panorámica de las “Actividades sociales de la Iglesia”. Monseñor Manuel Larraín Errázuriz, Obispo de Talca, Chile, habló sobre “La colaboración en la Acción Católica y en la Acción Social”; y Monseñor Ramón Bogarín, Obispo Auxiliar de Asunción, presentó la íntima relación entre “La Acción Católica, el apostolado social y la responsabilidad del cristiano en la vida cívico-política”.

En el texto conclusivo de Río se tratan temas relacionados con los indígenas, los negros, los campesinos, los migrantes y la gente de mar. Se pide la fundación de escuelas normales rurales, de artes y oficios, agrícolas y de labores domésticas; la creación de obras de asistencia social (hospitales, asilos, sanatorios, dispensarios); y se pide la eliminación de todo uso o costumbre que pueda aparecer como discriminación racial.

De igual manera, se urge a los católicos para que colaboren con empeño para buscar, a la luz de la doctrina de la Iglesia, una justa solución, encauzando las iniciativas hacia la raíz misma de los males. Y en el perfil de los seglares católicos que trabajan en lo social se les pide, no solo seguridad de su doctrina, sino sobre todo, espíritu desinteresado de su acción y perfección de sus conocimientos y del trabajo que realizan. Sobre el problema específico de los migrantes y desplazados, los Obispos exhortan a abrir puertas a la inmigración, como un deber de caridad cristiana, de justicia social y de solidaridad humana.

Como resultado de esta preocupación social de la Iglesia latinoamericana, expresada en la Conferencia de Río, se crea en el CELAM el Subsecretariado de Acción Social (1956) con el propósito de difundir el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia y de responder con obras concretas a las múltiples necesidades sociales del continente. De igual forma se crea la Cáritas para América Latina (1958), que tan óptimos resultados ha dado en la región.
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Continuará
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Agradecemos a Roberto Tarazona por compartir esta Conferencia

Día Internacional de la Mujer


¡Feliz Día de la Mujer!

Una mujer valiosa…
es aquella que sacrifica su sueño temporalmente
por hacer felices a los demás.

Gabriel García Márquez

Conferencia en San Pedro


Laicos: Formación para su apostolado


Tema:

La Rebelión protestante,
causas generales.


Expositor:
P. José Ramón Martínez Galdeano SJ

Martes 10 de marzo de 7:00 a 8:00PM
Parroquia San Pedro de Lima
Esquina de Jr. Azángaro y Jr. Ucayali a espalda de la Biblioteca Nacional de la Av. Abancay.
Donativo S/. 2,00

Día Internacional de la Mujer



¡Feliz Día de la Mujer!

Que Dios, quien necesitó del Sí de María para hacerse hombre, en este día especial, colme de bendiciones a todas las mujeres, quienes con su abnegada labor cotidiana nos dan muestras del amor que son capaces de dar y que transforma nuestras vidas.

Queremos dedicarles a ellas, y también a ellos, este significativo mensaje:

El dulce sabor de una exquisita mujer


Una mujer exquisita no es aquella que más hombres tiene a sus pies,
sino aquella que tiene uno sólo que la hace realmente feliz.
Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca,
ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo;
es aquella que con tan sólo una franca y abierta sonrisa
y un buen consejo puede alegrarte la vida.
Una mujer valiosa no es aquella que tiene más títulos
ni más cargos académicos;
es aquella que sacrifica su sueño temporalmente
por hacer felices a los demás.
Una mujer exquisita no es la más ardiente,
sino la que vibra al hacer el amor
solamente con el hombre que ama.
Una mujer interesante no es aquella que se siente
halagada al ser admirada por su belleza y elegancia;
es aquella mujer firme de carácter
que puede decir NO.

Y un hombre?
Un hombre exquisito es aquel que valora a una mujer así...
Que se siente orgulloso de tenerla como compañera...
Que sabe tocarla como un músico virtuosísimo
toca su amado instrumento...
Que lucha a su lado compartiendo todos sus roles,
desde lavar los platos y atender tripones,
hasta devolverle los masajes y cuidados
que ella le prodigó antes...
La verdad, compañeros hombres,
es que las mujeres en eso de ser "muy machas"
nos llevan gran recorrido...
Qué tontos hemos sido -y somos-
cuando valoramos el regalo solamente
por la vistosidad de su empaque...
¡Tonto y mil veces tonto el hombre
que come sobras en la calle,
teniendo un exquisito manjar en casa!

Gabriel García Márquez
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Gracias a Zoila por compartir con nosotros este mensaje.

Homilías - ¡Qué amor nos tiene el Padre! - Domingo 2º Cuaresma (B)






P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Gen 22,1-2.9.15-18; S 115,10.15-19; Ro 8,31-34; Mc 9,1-9



En la Iglesia de los primeros siglos se bautizaban normalmente convertidos adultos. La preparación al bautismo era el catecumenado. Se procuraba que el proceso culminase en la vigilia pascual. Los domingos de cuaresma precedentes se explicaban algunos evangelios que de manera especial propiciaban renovar la explicación del bautismo.

La Pascual de Resurrección nos coloca ante el centro de la fe: que Jesús ha resucitado y está vivo en la Iglesia. Y es que además, como efecto de la resurrección de Jesús, los fieles cristianos también hemos resucitado, participando con el bautismo de la vida resucitada de Cristo. El bautismo nos ha comunicado y comunica la vida resucitada de Cristo, pues es absurdo que Cristo viva ahora con dos vidas distintas, una resucitada y otra no resucitada. La vida divina, de la que nosotros participamos por el bautismo, que nos ha unido a Cristo y nos ha transformado en hijos de Dios por el Espíritu de Jesús, que habita en nosotros, es la de Jesús resucitado.

Esta realidad nos ha transformado profundamente y para bien. Esto no se debe olvidar nunca y el período de la cuaresma, intensificando la oración, la penitencia y las obras de caridad, se espera que contribuya a alcanzar de Dios la gracia de vivirla con fe y amor más profundos.
Las lecturas de hoy están elegidas para ello. La exigencia de Dios a Abrahán de sacrificarle a su hijo único Isaac probó la fe del patriarca, pero también simboliza el sacrificio de Jesús en la cruz, exigido por el Padre para el perdón de los pecados de los hombres. Como Isaac cargó con la leña del sacrificio, Jesús debió cargar el madero de la cruz, sería entregado a la muerte y heredaría una gran descendencia de hermanos, los bautizados, hijos de Dios.

San Pablo lo expresa en términos más teológicos. El Padre “no perdonó a su propio Hijo”, a Jesús, “sino que lo entregó a la muerte por nosotros”. Dice Pablo que tanto nos amó el Padre a nosotros los hombres que, para perdonar nuestros pecados, quiso que su Hijo, habiendo tomado carne humana y siendo cabeza y representante de todos los hombres, asumiera la deuda de nuestros pecados, hecho en cierta manera pecado (2Cor 5,21), y, obedeciendo al Padre hasta la muerte y muerte de cruz, le restituyó en nuestro nombre toda la gloria y mucha más de la que nuestras ofensas le habían negado. Porque Jesús, que era su Hijo, Dios Él mismo, teniendo una dignidad infinita, avaló nuestra deuda de pecado y se sometió a su voluntad hasta la muerte por nuestros pecados. Es lo que el Padre quiso y es lo que Jesús cumplió a cabalidad.

Esta forma de borrar nuestros pecados, querida por Dios, nos muestra tanto el amor de Dios Padre como el del Hijo. Por eso hemos que tener mucha confianza tanto en el amor del Padre como del Hijo: “El que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que salva. ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?”. Tanto Dios Padre como Jesús, el Hijo, nos darán todas las ayudas, la gracia, la fuerza, la luz del Espíritu, para nuestra salvación y la limpieza de nuestros pecados y defectos.

Debemos tener una inmensa confianza. Somos tan privilegiados como Pedro, Santiago y Juan. Jesús en el monte nos recuerda a Moisés y a Elías también en el monte en diálogo intimo con Dios. Jesús en el centro, porque es más que ellos. La indicación es suficientemente clara como indicadora de la naturaleza divina de Jesús, de que Jesús es más porque es Dios y Moisés y Elías, siendo tan extraordinarios, no dejan de ser hombres. Jesús, Moisés y Elías nos dice San Lucas que hablan sobre la muerte en Jerusalén. Allí pagará nuestro rescate y nos liberará de nuestros pecados. Y Jesús se transfigura, es decir la belleza, el poder, las dotes propias de la divinidad de Jesús atraviesan la opacidad del cuerpo y los vestidos y transmiten una luz y adquieren una blancura que no existen igual en este mundo. Jesús es mucho más que Moisés y que Elías y que ningún personaje del Antiguo Testamento, Jesús está más arriba que ningún profeta ni criatura, es Dios, es el Hijo de Dios, como ya enseñaba la predicación cristiana antes de que se escribiera este evangelio de Marcos (hay escritos del Nuevo Testamento anteriores), y por eso tiene poder para pagar y salvarnos de nuestros pecados.

“Y salió una voz de la nube: Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”... Pero “cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No cuenten a nadie lo que ustedes han visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Nada deben contar por ahora; pero, cuando resucite, deberán decirlo “a toda criatura”. Porque esos dones de Jesús resucitado se nos dan en el bautismo.

Porque ya no somos sólo hombres sino verdaderos hijos de Dios. “Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-2). No podemos verlo con nuestros ojos de carne, pero tenemos razones para creerlo y vivirlo con la fe. Por eso le damos gracias por la gracia del bautismo, por el perdón que nos ha renovado tantas veces en la penitencia, por la luz que nos da con la enseñanza infalible de la Iglesia, con la alegría y la fuerza que comunica para vencer en nosotros el pecado, llevar nuestra cruz y amar a Dios y a los hombres como Él sabemos que los ama a ellos y a nosotros.

Que el Señor nos conceda esta Cuaresma avanzar en el conocimiento de la gracia de ser cristianos, el agradecérselo profundamente y que el amor a Dios y a los hombres sea más y más la norma de nuestro pensar y obrar.




Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog