Ha llegado el tiempo del verdadero culto



AUDIENCIA GENERAL
DE SS BENEDICTO XVI
Miércoles 7 de enero de 2009


Queridos hermanos y hermanas:


En esta primera audiencia general del año 2009 deseo expresaros a todos mi más cordial felicitación por el año nuevo recién comenzado. Reavivemos en nosotros el compromiso de abrir a Cristo la mente y el corazón para ser y vivir como verdaderos amigos suyos. Su compañía hará que este año, a pesar de sus inevitables dificultades, sea un camino lleno de alegría y de paz. En efecto, sólo si permanecemos unidos a Jesús, el año nuevo será bueno y feliz.
El compromiso de unión con Cristo es el ejemplo que nos da también san Pablo. Prosiguiendo las catequesis dedicadas a él, reflexionaremos hoy sobre uno de los aspectos importantes de su pensamiento, el relativo al culto que los cristianos están llamados a tributar. En el pasado, se solía hablar de una tendencia más bien anti-cultual del Apóstol, de una "espiritualización" de la idea del culto. Hoy comprendemos mejor que san Pablo ve en la cruz de Cristo un viraje histórico, que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto. Hay sobre todo tres textos de la carta a los Romanos en los que aparece esta nueva visión del culto.
1. En Rm 3, 25, después de hablar de la "redención realizada por Cristo Jesús", san Pablo continúa con una fórmula misteriosa para nosotros. Dice así: Dios lo "exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe". Con la expresión "instrumento de propiciación", más bien extraña para nosotros, san Pablo alude al así llamado "propiciatorio" del templo antiguo, es decir, a la cubierta del arca de la alianza, que estaba pensada como punto de contacto entre Dios y el hombre, punto de la presencia misteriosa de Dios en el mundo de los hombres. Este "propiciatorio", en el gran día de la reconciliación —"yom kippur"— se asperjaba con la sangre de animales sacrificados, sangre que simbólicamente ponía los pecados del año transcurrido en contacto con Dios y, así, los pecados arrojados al abismo de la bondad divina quedaban como absorbidos por la fuerza de Dios, superados, perdonados. La vida volvía a comenzar.
San Pablo alude a este rito y dice que era expresión del deseo de que realmente se pudieran poner todas nuestras culpas en el abismo de la misericordia divina para hacerlas así desaparecer. Pero con la sangre de animales no se realiza este proceso. Era necesario un contacto más real entre la culpa humana y el amor divino. Este contacto tuvo lugar en la cruz de Cristo. Cristo, verdadero Hijo de Dios, que se hizo verdadero hombre, asumió en sí toda nuestra culpa. Él mismo es el lugar de contacto entre la miseria humana y la misericordia divina; en su corazón se deshace la masa triste del mal realizado por la humanidad y se renueva la vida.
Revelando este cambio, san Pablo nos dice: con la cruz de Cristo —el acto supremo del amor divino convertido en amor humano— terminó el antiguo culto con sacrificios de animales en el templo de Jerusalén. Este culto simbólico, culto de deseo, ha sido sustituido ahora por el culto real: el amor de Dios encarnado en Cristo y llevado a su plenitud en la muerte de cruz. Por tanto, no es una espiritualización del culto real, sino, al contrario: el culto real, el verdadero amor divino-humano, sustituye al culto simbólico y provisional. La cruz de Cristo, su amor con carne y sangre es el culto real, correspondiendo a la realidad de Dios y del hombre. Para san Pablo, la era del templo y de su culto había terminado ya antes de la destrucción exterior del templo: san Pablo se encuentra aquí en perfecta consonancia con las palabras de Jesús, que había anunciado el fin del templo y había anunciado otro templo "no hecho por manos humanas", el templo de su cuerpo resucitado (cf. Mc 14, 58; Jn 2, 19 ss). Este es el primer texto.
2. El segundo texto del que quiero hablar hoy se encuentra en el primer versículo del capítulo 12 de la carta a los Romanos. Lo hemos escuchado y lo repito una vez más: "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual". En estas palabras se verifica una paradoja aparente: mientras el sacrificio exige normalmente la muerte de la víctima, san Pablo hace referencia a la vida del cristiano. La expresión "presentar vuestros cuerpos", unida al concepto sucesivo de sacrificio, asume el matiz cultual de "dar en oblación, ofrecer". La exhortación a "ofrecer los cuerpos" se refiere a toda la persona; en efecto, en Rm 6, 13 invita a "presentaros a vosotros mismos". Por lo demás, la referencia explícita a la dimensión física del cristiano coincide con la invitación a "glorificar a Dios con vuestro cuerpo" (1 Co 6, 20); es decir, se trata de honrar a Dios en la existencia cotidiana más concreta, hecha de visibilidad relacional y perceptible.
San Pablo califica ese comportamiento como "sacrificio vivo, santo, agradable a Dios". Es aquí donde encontramos precisamente la palabra "sacrificio". En el uso corriente este término forma parte de un contexto sagrado y sirve para designar el degüello de un animal, del que una parte puede quemarse en honor de los dioses y otra consumirse por los oferentes en un banquete. San Pablo, en cambio, lo aplica a la vida del cristiano. En efecto, califica ese sacrificio sirviéndose de tres adjetivos. El primero —"vivo"— expresa una vitalidad. El segundo —"santo"— recuerda la idea paulina de una santidad que no está vinculada a lugares u objetos, sino a la persona misma del cristiano. El tercero —"agradable a Dios"— recuerda quizá la frecuente expresión bíblica del sacrificio "de suave olor" (cf. Lv 1, 13.17; 23, 18; 26, 31; etc.).
Inmediatamente después, san Pablo define así esta nueva forma de vivir: este es "vuestro culto espiritual". Los comentaristas del texto saben bien que la expresión griega (tēn logikēn latreían) no es fácil de traducir. La Biblia latina traduce: "rationabile obsequium". La misma palabra "rationabile" aparece en la primera Plegaria eucarística, el Canon romano: en él se pide a Dios que acepte esta ofrenda como "rationabile". La traducción italiana tradicional "culto espiritual" no refleja todos los detalles del texto griego (y ni siquiera del latino). En todo caso, no se trata de un culto menos real, o incluso sólo metafórico, sino de un culto más concreto y realista, un culto en el que el hombre mismo en su totalidad de ser dotado de razón, se convierte en adoración, glorificación del Dios vivo.
Esta fórmula paulina, que aparece de nuevo en la Plegaria eucarística romana, es fruto de un largo desarrollo de la experiencia religiosa en los siglos anteriores a Cristo. En esa experiencia se mezclan desarrollos teológicos del Antiguo Testamento y corrientes del pensamiento griego. Quiero mostrar al menos algunos elementos de ese desarrollo. Los profetas y muchos Salmos critican fuertemente los sacrificios cruentos del templo. Por ejemplo, el Salmo 49, en el que es Dios quien habla, dice: "Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros?, ¿beberé sangre de cabritos? Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza" (vv. 12-14) En el mismo sentido dice el Salmo siguiente, 50: "Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias" (v. 18 s). En el libro de Daniel, en el tiempo de la nueva destrucción del templo por parte del régimen helenístico (siglo II a.C.) encontramos un nuevo pasaje que va en la misma línea. En medio del fuego —es decir, en la persecución, en el sufrimiento— Azarías reza así: "Ya no hay, en esta hora, ni príncipe ni profeta ni caudillo ni holocausto ni sacrificio ni oblación ni incienso ni lugar donde ofrecerte las primicias, y hallar gracia a tus ojos. Mas con corazón contrito y espíritu humillado te seamos aceptos, como holocaustos de carneros y toros. (...) Tal sea hoy nuestro sacrificio ante ti, y te agrade" (Dn 3, 38 ss). En la destrucción del santuario y del culto, en esta situación de privación de todo signo de la presencia de Dios, el creyente ofrece como verdadero holocausto su corazón contrito, su deseo de Dios.
Vemos un desarrollo importante, hermoso, pero con un peligro. Hay una espiritualización, una moralización del culto: el culto se convierte sólo en algo del corazón, del espíritu. Pero falta el cuerpo, falta la comunidad. Así se entiende, por ejemplo, que el Salmo 50 y también el libro de Daniel, a pesar de criticar el culto, deseen la vuelta al tiempo de los sacrificios. Pero se trata de un tiempo renovado, de un sacrificio renovado, en una síntesis que aún no se podía prever, que aún no se podía imaginar.
Volvamos a san Pablo. Él es heredero de estos desarrollos, del deseo del culto verdadero, en el que el hombre mismo se convierta en gloria de Dios, en adoración viva con todo su ser. En este sentido dice a los Romanos: "Ofreced vuestros cuerpos como una víctima viva. (...) Este será vuestro culto espiritual" (Rm 12, 1). San Pablo repite así lo que ya había señalado en el capítulo
3: El tiempo de los sacrificios de animales, sacrificios de sustitución, ha terminado. Ha llegado el tiempo del culto verdadero.
Pero también aquí se da el peligro de un malentendido: este nuevo culto se podría interpretar fácilmente en un sentido moralista: ofreciendo nuestra vida hacemos nosotros el culto verdadero. De esta forma el culto con los animales sería sustituido por el moralismo: el hombre lo haría todo por sí mismo con su esfuerzo moral. Y ciertamente esta no era la intención de san Pablo.
Pero persiste la cuestión de cómo debemos interpretar este "culto espiritual, razonable". San Pablo supone siempre que hemos llegado a ser "uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 28), que hemos muerto en el bautismo (cf. Rm 1) y ahora vivimos con Cristo, por Cristo y en Cristo. En esta unión —y sólo así— podemos ser en él y con él "sacrificio vivo", ofrecer el "culto verdadero". Los animales sacrificados habrían debido sustituir al hombre, el don de sí del hombre, y no podían. Jesucristo, en su entrega al Padre y a nosotros, no es una sustitución, sino que lleva realmente en sí el ser humano, nuestras culpas y nuestro deseo; nos representa realmente, nos asume en sí mismo. En la comunión con Cristo, realizada en la fe y en los sacramentos, nos convertimos, a pesar de todas nuestras deficiencias, en sacrificio vivo: se realiza el "culto verdadero".
Esta síntesis está en el fondo del Canon romano, en el que se reza para que esta ofrenda sea "rationabile", para que se realice el culto espiritual. La Iglesia sabe que, en la santísima Eucaristía, se hace presente la autodonación de Cristo, su sacrificio verdadero. Pero la Iglesia reza para que la comunidad celebrante esté realmente unida con Cristo, para que sea transformada; reza para que nosotros mismos lleguemos a ser lo que no podemos ser con nuestras fuerzas: ofrenda "rationabile" que agrada a Dios. Así la Plegaria eucarística interpreta de modo adecuado las palabras de san Pablo. San Agustín aclaró todo esto de forma admirable en el libro décimo de su Ciudad de Dios. Cito sólo dos frases: "Este es el sacrificio de los cristianos: aun siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo". "Toda la comunidad (civitas) redimida, es decir, la congregación y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios mediante el Sumo Sacerdote que se ha entregado a sí mismo" (10, 6: CCL 47, 27 ss).
3. Por último, quiero hacer una breve reflexión sobre el tercer texto de la carta a los Romanos referido al nuevo culto. En el capítulo 15 san Pablo dice: "La gracia que me ha sido otorgada por Dios, de ser para los gentiles ministro (liturgo) de Cristo Jesús, de ser sacerdote (hierourgein) del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm 15, 15 s).
Quiero subrayar sólo dos aspectos de este texto maravilloso y, por su terminología, único en las cartas paulinas. Ante todo, san Pablo interpreta su acción misionera entre los pueblos del mundo para construir la Iglesia universal como acción sacerdotal. Anunciar el Evangelio para unir a los pueblos en la comunión con Cristo resucitado es una acción "sacerdotal". El apóstol del Evangelio es un verdadero sacerdote, hace lo que es central en el sacerdocio: prepara el verdadero sacrificio.
Y, después, el segundo aspecto: podemos decir que la meta de la acción misionera es la liturgia cósmica: que los pueblos unidos en Cristo, el mundo, se convierta como tal en gloria de Dios, "oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo". Aquí aparece el aspecto dinámico, el aspecto de la esperanza en el concepto paulino del culto: la autodonación de Cristo implica la tendencia de atraer a todos a la comunión de su Cuerpo, de unir al mundo. Sólo en comunión con Cristo, el Hombre ejemplar, uno con Dios, el mundo llega a ser tal como todos lo deseamos: espejo del amor divino. Este dinamismo siempre está presente en la Eucaristía; este dinamismo debe inspirar y formar nuestra vida. Y con este dinamismo comenzamos el nuevo año. Gracias por vuestra paciencia.
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"Desafíos para una renovada Pastoral Social en la perspectiva de la Misión Continental" 1º Parte


CONFERENCIA DE LA X SEMANA SOCIAL NACIONAL
Perú, Noviembre 11-14 de 2008.

Leonidas Ortiz Lozada, Pbro.
Director del Observatorio Pastoral del CELAM
Secretario Ejecutivo de la Comisión de la Misión Continental



INTRODUCCIÓN

La Conferencia Episcopal Peruana, a través de su Area de Pastoral Social, integrada por la Comisión Episcopal de Acción Social, Cáritas, Pastoral de Salud, Pastoral de la Movilidad Humana y la Campaña Compartir, han organizado este importante evento en un tiempo de esperanza para la Iglesia, ya que está disfrutando del nuevo aire de Aparecida. Se trata de la X Semana Social Nacional Peruana.

Y se ha escogido un tema celebrativo: "De Medellín a Aparecida: 40 años al servicio de la Evangelización y la Promoción Humana en el Perú”. No hay duda que la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín, fue un acontecimiento fundamente para la vida de la Iglesia que peregrina en este Continente, porque dio la tónica, el estilo y el espíritu de la aplicación del Concilio Vaticano II. Más adelante, Puebla y Santo Domingo mantuvieron, en una u otra forma, la continuidad de este esfuerzo postconciliar. Y Aparecida ya se comienza a ver como una segunda recepción del Concilio.

El propósito de esta intervención es presentar, a partir de Medellín, lo que han sido los desafíos en clave de misión, para la pastoral social latinoamericana. Corresponde ya a los discípulos misioneros de esta bella tierra identificar los desafíos y encontrar los caminos pastorales para la vivencia de la vida nueva en Jesucristo.

1. Río de Janeiro (1955): la misión social de la Iglesia entendida como “Acción Social y Asistencia a los pobres”

1.1. Los desafíos de la época

En el campo socio-político

Al concluir la segunda guerra mundial los problemas sociales y políticos se agudizan en el mundo entero; también en nuestra región.

Aunque los únicos países latinoamericanos que participaron directamente en la guerra mundial, casi en forma simbólica, fueron México con el Escuadrón 201 en Filipinas y Brasil con la Fuerza Expedicionaria Brasileña en Italia, sin embargo, las consecuencias del conflicto se sienten en todas partes: pobreza en la mayor parte de la población, migraciones, enfermedades, levantamientos sociales…

En Perú, fue una época de enfrentamientos políticos, de escasez de productos básicos, de una inflación galopante, de conflictos laborales permanentes, que trajo consigo un deterioro general de la economía. Había sido elegido, por mayoría abrumadora, el abogado Luis Bustamante y Rivero, un liberal y jurista internacional, que recibió el apoyo del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), el cual tenía mayorías en el Congreso y por primera vez formaba parte del gobierno. En 1948, el general Manuel Arturo Odría, Ministro de Gobierno y de Policía, da un golpe de estado y asume el poder.

En los otros países de la región la situación era no menos conflictiva. En Ecuador, en 1944, después de un levantamiento armado y una huelga general, fue derrocado Carlos Alberto Arroyo del Río y llega al poder José María Velasco Alvarado con el apoyo del movimiento obrero. En Bolivia, en el mismo año, el dictador Gualberto Villarroel es derrocado por Víctor Paz Estensoro del Movimiento Nacionalista Revolucionario. En Brasil, en 1945, Getulio Vargas, para hacer frente a la presión popular, liberó presos políticos, comenzó a desmontar el aparato represivo del régimen y convocó a elecciones generales. En Venezuela, en 1948, Marcos Pérez Jiménez lidera el golpe de estado contra el presidente socialdemócrata Rómulo Gallegos y forma parte de una Junta Militar hasta 1952, cuando encabeza otro golpe y asume la presidencia hasta 1958.

En Colombia, en 1953, se da el golpe militar de Gustavo Rojas Pinilla. En Paraguay, en 1954, el de Alfredo Stroessner. En República Dominicana gobierna el dictador Rafael Trujillo; y en Nicaragua Antonio Somoza.

Los años de la posguerra fueron muy difíciles para todos nuestros pueblos. Millones de personas migraron o fueron desplazadas y desarraigadas de su propio territorio.

Un acontecimiento que contribuyó a la búsqueda de nuevos caminos de paz para el mundo fue la creación de la Organización de las Naciones Unidas-ONU en 1945, cuando en la Conferencia de San Francisco se adopta la Carta de las Naciones Unidas y el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia. Luego, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos, que ya está para cumplir su sexagésimo aniversario.

En el campo eclesial

Las grandes preocupaciones de la Iglesia en aquella época eran especialmente tres. En primer lugar, los problemas sociales, especialmente la situación de los trabajadores urbanos y rurales, el abandono de los indígenas y de los afrodescendientes y la multitud de migrantes y desplazados como consecuencia de la guerra, de la violencia partidista y de la miseria en los campos. En segundo lugar, la falta de una adecuada preparación social y una profunda instrucción religiosa de los fieles laicos, para lo cual se estaban promoviendo espacios de formación como la Acción Católica. Y en tercer lugar, la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, por lo cual no se podía atender debidamente las necesidades y urgencias mencionadas. A esto se unía el desafío que representaba para la Iglesia católica el avance del protestantismo, la práctica extendida del espiritismo y la superstición y la actitud beligerante de la masonería.

1.2. La misión social de la Iglesia entendida como Acción Social y Asistencia a los pobres

Frente a esta situación, la misión social de la Iglesia se orienta a la Acción social y la Asistencia a los pobres. Pío XII plantea la urgencia de construir un mundo mejor y defiende el derecho de la migración, proponiendo 56 normas pastorales de asistencia a los migrantes.

En América Latina la Iglesia se promueve en 1945 la realización del Primer Congreso Interamericano de Educación Católica en Bogotá; en 1952 el Congreso Coordinador de Obras Católicas de Colombia, motivado por el Nuncio Apostólico Antonio Samoré y el auditor en la Nunciatura Monseñor Michel Buro, quienes estarían muy presentes en la creación y funcionamiento del CELAM; y en 1953, el Segundo Congreso Latinoamericano de Vida Rural, con la participación de delegados de 16 países, entre ellos 2 arzobispos y 20 obispos.

En Río de Janeiro (1955) encontramos una honda preocupación por los problemas sociales que se viven en América Latina, por la situación angustiosa de los trabajadores del campo y de la ciudad y por el abandono a que se tienen sometidos a los “indios y gente de color”.

En la Conferencia de Río se trataron diversos temas en el campo social. Monseñor José Medeiros Delgado, Arzobispo de San Luis de Maranhao, Brasil, hizo una presentación global de “Los problemas sociales de la América Latina”. Monseñor Miguel Darío Miranda, Obispo de Tulancingo, México, presentó una panorámica de las “Actividades sociales de la Iglesia”. Monseñor Manuel Larraín Errázuriz, Obispo de Talca, Chile, habló sobre “La colaboración en la Acción Católica y en la Acción Social”; y Monseñor Ramón Bogarín, Obispo Auxiliar de Asunción, presentó la íntima relación entre “La Acción Católica, el apostolado social y la responsabilidad del cristiano en la vida cívico-política”.

En el texto conclusivo de Río se tratan temas relacionados con los indígenas, los negros, los campesinos, los migrantes y la gente de mar. Se pide la fundación de escuelas normales rurales, de artes y oficios, agrícolas y de labores domésticas; la creación de obras de asistencia social (hospitales, asilos, sanatorios, dispensarios); y se pide la eliminación de todo uso o costumbre que pueda aparecer como discriminación racial.

De igual manera, se urge a los católicos para que colaboren con empeño para buscar, a la luz de la doctrina de la Iglesia, una justa solución, encauzando las iniciativas hacia la raíz misma de los males. Y en el perfil de los seglares católicos que trabajan en lo social se les pide, no solo seguridad de su doctrina, sino sobre todo, espíritu desinteresado de su acción y perfección de sus conocimientos y del trabajo que realizan. Sobre el problema específico de los migrantes y desplazados, los Obispos exhortan a abrir puertas a la inmigración, como un deber de caridad cristiana, de justicia social y de solidaridad humana.

Como resultado de esta preocupación social de la Iglesia latinoamericana, expresada en la Conferencia de Río, se crea en el CELAM el Subsecretariado de Acción Social (1956) con el propósito de difundir el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia y de responder con obras concretas a las múltiples necesidades sociales del continente. De igual forma se crea la Cáritas para América Latina (1958), que tan óptimos resultados ha dado en la región.
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Continuará
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Agradecemos a Roberto Tarazona por compartir esta Conferencia

Día Internacional de la Mujer


¡Feliz Día de la Mujer!

Una mujer valiosa…
es aquella que sacrifica su sueño temporalmente
por hacer felices a los demás.

Gabriel García Márquez

Conferencia en San Pedro


Laicos: Formación para su apostolado


Tema:

La Rebelión protestante,
causas generales.


Expositor:
P. José Ramón Martínez Galdeano SJ

Martes 10 de marzo de 7:00 a 8:00PM
Parroquia San Pedro de Lima
Esquina de Jr. Azángaro y Jr. Ucayali a espalda de la Biblioteca Nacional de la Av. Abancay.
Donativo S/. 2,00

Día Internacional de la Mujer



¡Feliz Día de la Mujer!

Que Dios, quien necesitó del Sí de María para hacerse hombre, en este día especial, colme de bendiciones a todas las mujeres, quienes con su abnegada labor cotidiana nos dan muestras del amor que son capaces de dar y que transforma nuestras vidas.

Queremos dedicarles a ellas, y también a ellos, este significativo mensaje:

El dulce sabor de una exquisita mujer


Una mujer exquisita no es aquella que más hombres tiene a sus pies,
sino aquella que tiene uno sólo que la hace realmente feliz.
Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca,
ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo;
es aquella que con tan sólo una franca y abierta sonrisa
y un buen consejo puede alegrarte la vida.
Una mujer valiosa no es aquella que tiene más títulos
ni más cargos académicos;
es aquella que sacrifica su sueño temporalmente
por hacer felices a los demás.
Una mujer exquisita no es la más ardiente,
sino la que vibra al hacer el amor
solamente con el hombre que ama.
Una mujer interesante no es aquella que se siente
halagada al ser admirada por su belleza y elegancia;
es aquella mujer firme de carácter
que puede decir NO.

Y un hombre?
Un hombre exquisito es aquel que valora a una mujer así...
Que se siente orgulloso de tenerla como compañera...
Que sabe tocarla como un músico virtuosísimo
toca su amado instrumento...
Que lucha a su lado compartiendo todos sus roles,
desde lavar los platos y atender tripones,
hasta devolverle los masajes y cuidados
que ella le prodigó antes...
La verdad, compañeros hombres,
es que las mujeres en eso de ser "muy machas"
nos llevan gran recorrido...
Qué tontos hemos sido -y somos-
cuando valoramos el regalo solamente
por la vistosidad de su empaque...
¡Tonto y mil veces tonto el hombre
que come sobras en la calle,
teniendo un exquisito manjar en casa!

Gabriel García Márquez
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Gracias a Zoila por compartir con nosotros este mensaje.

Homilías - ¡Qué amor nos tiene el Padre! - Domingo 2º Cuaresma (B)






P. José R. Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Gen 22,1-2.9.15-18; S 115,10.15-19; Ro 8,31-34; Mc 9,1-9



En la Iglesia de los primeros siglos se bautizaban normalmente convertidos adultos. La preparación al bautismo era el catecumenado. Se procuraba que el proceso culminase en la vigilia pascual. Los domingos de cuaresma precedentes se explicaban algunos evangelios que de manera especial propiciaban renovar la explicación del bautismo.

La Pascual de Resurrección nos coloca ante el centro de la fe: que Jesús ha resucitado y está vivo en la Iglesia. Y es que además, como efecto de la resurrección de Jesús, los fieles cristianos también hemos resucitado, participando con el bautismo de la vida resucitada de Cristo. El bautismo nos ha comunicado y comunica la vida resucitada de Cristo, pues es absurdo que Cristo viva ahora con dos vidas distintas, una resucitada y otra no resucitada. La vida divina, de la que nosotros participamos por el bautismo, que nos ha unido a Cristo y nos ha transformado en hijos de Dios por el Espíritu de Jesús, que habita en nosotros, es la de Jesús resucitado.

Esta realidad nos ha transformado profundamente y para bien. Esto no se debe olvidar nunca y el período de la cuaresma, intensificando la oración, la penitencia y las obras de caridad, se espera que contribuya a alcanzar de Dios la gracia de vivirla con fe y amor más profundos.
Las lecturas de hoy están elegidas para ello. La exigencia de Dios a Abrahán de sacrificarle a su hijo único Isaac probó la fe del patriarca, pero también simboliza el sacrificio de Jesús en la cruz, exigido por el Padre para el perdón de los pecados de los hombres. Como Isaac cargó con la leña del sacrificio, Jesús debió cargar el madero de la cruz, sería entregado a la muerte y heredaría una gran descendencia de hermanos, los bautizados, hijos de Dios.

San Pablo lo expresa en términos más teológicos. El Padre “no perdonó a su propio Hijo”, a Jesús, “sino que lo entregó a la muerte por nosotros”. Dice Pablo que tanto nos amó el Padre a nosotros los hombres que, para perdonar nuestros pecados, quiso que su Hijo, habiendo tomado carne humana y siendo cabeza y representante de todos los hombres, asumiera la deuda de nuestros pecados, hecho en cierta manera pecado (2Cor 5,21), y, obedeciendo al Padre hasta la muerte y muerte de cruz, le restituyó en nuestro nombre toda la gloria y mucha más de la que nuestras ofensas le habían negado. Porque Jesús, que era su Hijo, Dios Él mismo, teniendo una dignidad infinita, avaló nuestra deuda de pecado y se sometió a su voluntad hasta la muerte por nuestros pecados. Es lo que el Padre quiso y es lo que Jesús cumplió a cabalidad.

Esta forma de borrar nuestros pecados, querida por Dios, nos muestra tanto el amor de Dios Padre como el del Hijo. Por eso hemos que tener mucha confianza tanto en el amor del Padre como del Hijo: “El que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que salva. ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?”. Tanto Dios Padre como Jesús, el Hijo, nos darán todas las ayudas, la gracia, la fuerza, la luz del Espíritu, para nuestra salvación y la limpieza de nuestros pecados y defectos.

Debemos tener una inmensa confianza. Somos tan privilegiados como Pedro, Santiago y Juan. Jesús en el monte nos recuerda a Moisés y a Elías también en el monte en diálogo intimo con Dios. Jesús en el centro, porque es más que ellos. La indicación es suficientemente clara como indicadora de la naturaleza divina de Jesús, de que Jesús es más porque es Dios y Moisés y Elías, siendo tan extraordinarios, no dejan de ser hombres. Jesús, Moisés y Elías nos dice San Lucas que hablan sobre la muerte en Jerusalén. Allí pagará nuestro rescate y nos liberará de nuestros pecados. Y Jesús se transfigura, es decir la belleza, el poder, las dotes propias de la divinidad de Jesús atraviesan la opacidad del cuerpo y los vestidos y transmiten una luz y adquieren una blancura que no existen igual en este mundo. Jesús es mucho más que Moisés y que Elías y que ningún personaje del Antiguo Testamento, Jesús está más arriba que ningún profeta ni criatura, es Dios, es el Hijo de Dios, como ya enseñaba la predicación cristiana antes de que se escribiera este evangelio de Marcos (hay escritos del Nuevo Testamento anteriores), y por eso tiene poder para pagar y salvarnos de nuestros pecados.

“Y salió una voz de la nube: Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”... Pero “cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No cuenten a nadie lo que ustedes han visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Nada deben contar por ahora; pero, cuando resucite, deberán decirlo “a toda criatura”. Porque esos dones de Jesús resucitado se nos dan en el bautismo.

Porque ya no somos sólo hombres sino verdaderos hijos de Dios. “Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 3,1-2). No podemos verlo con nuestros ojos de carne, pero tenemos razones para creerlo y vivirlo con la fe. Por eso le damos gracias por la gracia del bautismo, por el perdón que nos ha renovado tantas veces en la penitencia, por la luz que nos da con la enseñanza infalible de la Iglesia, con la alegría y la fuerza que comunica para vencer en nosotros el pecado, llevar nuestra cruz y amar a Dios y a los hombres como Él sabemos que los ama a ellos y a nosotros.

Que el Señor nos conceda esta Cuaresma avanzar en el conocimiento de la gracia de ser cristianos, el agradecérselo profundamente y que el amor a Dios y a los hombres sea más y más la norma de nuestro pensar y obrar.




Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog





¿Cuál es la verdad?



Testimonio de conversión al catolicismo de Marcos C. Grodi


Soy un ex-ministro protestante. Como muchos otros he recorrido los caminos que llevan a Roma, por la vía que se conoce como Protestantismo. Nunca me imaginé que algún día me convertiría al Catolicismo.
Por temperamento y entrenamiento soy más un pastor que un erudito, por eso la historia de mi conversión a la Iglesia Católica quizá carezca de los detalles técnicos en los cuales algunos teólogos se mueven y algunos lectores se deleitan. Pero espero poder explicar adecuadamente el por qué hice lo que hice y por qué creo con todo mi corazón que todos los protestantes también debieran hacerlo.
No voy a detenerme en los detalles de mis primeros años, excepto para decir que crecí en una familia típicamente protestante con unos padres buenos que me dieron mucho cariño. Pasé por la mayoría de las experiencias que forman parte de la niñez y adolescencia propias de un americano de mi generación. Me enseñaron a amar a Jesús e ir a la Iglesia los domingos. También me las arreglé para tropezar con los errores tontos que otros muchos de mi generación cometían. Pero después de una temporada de rebeldía juvenil, cuando tenía veinte años experimenté una conversión radical a Jesucristo. Me alejé de los placeres del mundo y tomé en serio la oración y el estudio bíblico.
Ya como un joven adulto me comprometí verdaderamente con Cristo, aceptándolo como mi Señor y Salvador, rezando para que me ayudara a cumplir la misión en la vida que Él tenía para mí.
Cuanto más deseaba, a través de la oración y el estudio, seguir a Jesús y someter mi vida a su voluntad, más sentía el ardiente deseo de dedicar mi vida entera a servirle. Gradualmente, en la misma forma que los primeros rayos del amanecer aparecen en el horizonte oscuro, comenzó a crecer en mi la convicción de que el Señor me estaba llamando a ser un Ministro.
Esta convicción creció cada vez más fuerte mientras estaba en la universidad y más tarde durante mi trabajo como ingeniero. No pude ignorar por mucho tiempo esta llamada del Señor, estaba convencido que el Señor quería que mi hiciera un Ministro. Dejé mi trabajo y me metí en el seminario teológico de Gordon-Conwell en un suburbio de Boston. Adquirí el doctorado en Divinidad y poco después fui ordenado Ministro Protestante.
Mi hijo Juan Marcos, de seis años, recientemente memorizó el juramento del club de Niños Exploradores, el cual dice en parte <>. Este honesto voto infantil resume en detalle mis propias razones para abandonar a la carrera de ingeniería y poder servir al Señor totalmente dedicado solamente al ministerio. Tomé muy en serio mis nuevas obligaciones pastorales y deseaba llevarlas a cabo correcta y fielmente, para que al final de mi vida, cuando me encontrase cara a cara con Dios, pudiera oírle decirme estas importantes palabras: “bien hecho sirvo bueno y fiel”. Mientras me adaptaba a la nueva vida, más bien cómoda, de un Ministro Protestante, me sentí feliz conmigo mismo y con Dios. Finalmente sentí que ¡había llegado!
¡Pero no había llegado!
Muy pronto me encontré a mí mismo enfrentado a una multitud de preguntas confusas de teología y administración. Tenía dilemas de exegética sobre cómo interpretar correctamente un difícil pasaje bíblico y también sobre decisiones litúrgicas que podían fácilmente dividir a la congregación. Mis estudios en el seminario no me habían preparado adecuadamente para responder a estas cuestiones tan diversas.
Lo único que yo deseaba era ser un buen pastor, pero no podía encontrar respuestas consistentes a mis preguntas, las de mis compañeros y amigos pastores, tampoco en los libros de “cómo hacerlo” que estaban en mi librero, ni tampoco en los líderes de mi denominación Presbiteriana.
Daba la impresión, que se esperaba que cada pastor tuviese su propia opinión en esos asuntos.
Esta mentalidad de “reinventar la rueda tantas veces como lo necesites” que es el corazón del carácter pastoral del protestantismo, me estaba perturbando profundamente.
¿Porque tendría yo que reinventar la rueda? me preguntaba a mí mismo con enfado.
¿Qué habría pasado con los Ministros de los siglos pasados que enfrentaron los mismos dilemas? ¿Qué hicieron ellos? La emancipación del protestantismo de las leyes y mandatos de Roma “hechos por el hombre que ha “maniatado” por siglos a los cristianos” (por supuesto esto es como nos enseñaron en el seminario a ver el triunfo de la reforma sobre el romanismo) comenzaba a parecer más una anarquía que una genuina libertad.
Nunca recibí las respuestas que necesitaba, a pesar de que oraba constantemente pidiendo dirección. Sentía que había agotado mis recursos y no sabía a quien recurrir. Irónicamente, ese sentido de frustración de estar sin respuestas, fue providencial. Me preparó para estar dispuesto a las respuestas ofrecidas por la Iglesia Católica. Estoy seguro que si hubiese sentido que tenía todas las respuestas, no hubiese estado dispuesto o inclinado a investigar las cosas a un nivel más profundo.

UNA BRECHA EN MI DEFENSA

En la antigüedad, las ciudades se construían en la cima de un monte y se rodeaban de gruesas murallas que protegían a los habitantes de los invasores.
Cuando un ejercito invasor rodeaba una ciudad, como el ejercito de Nabucodonosor rodeó Jerusalén (2 Reyes 25: 1 al 7) los habitantes estaban seguros mientras tenían agua y comida, y en tanto las murallas podían resistir el violento ataque que lanzaban las catapultas y los picos de los zapadores. Pero si abrían una brecha en la muralla la ciudad estaba perdida.
Mi apertura a considerar las posturas de la Iglesia Católica comenzó como resultado de una brecha en la muralla de la teología de Reforma Protestante que circundaba mi alma. Por casi cuarenta años trabajé para construir la muralla piedra por piedra, para proteger mis convicciones protestantes.
Las piedras estaban hechas de mis experiencias personales, la educación del seminario, relaciones con otros protestantes y mis éxitos y fallos en el ministerio. La argamasa que cementó las piedras en su lugar fue mi fe y filosofía protestante. Mi muralla era elevada y gruesa y, yo pensaba que, impenetrable para cualquier fuerza invasora.
Pero cuando la argamasa se desmoronaba y las piedras comenzaron a moverse y resbalar, al principio imperceptiblemente, pero después con una rapidez alarmante, comencé a preocuparme. Traté con empeño de discernir la razón de la creciente falta de confianza en las doctrinas protestantes.
No estaba seguro si estaba buscando reemplazar mis creencias calvinistas paro sabia que mi teología no era invencible. Leí más libros y consulté con teólogos en un esfuerzo de remendar la muralla pero no logré ningún progreso.
Frecuentemente reflexionaba en Proverbios 3: 5 y 6 “Confía en el Señor con todo tu corazón y no te fíes de tu propia sabiduría. En cualquier cosa que hagas tenlo presente, Él allanará tus caminos”. Esta exhortación me perseguía y a la vez me consolaba, mientras luchaba con la confusión doctrinal y el caos procesal del protestantismo.
Los reformadores han sido los campeones de la idea de la interpretación privada de la Biblia por el individuo, una posición con la cual me empecé a sentir cada vez más incómodo, a la luz de Proverbios 3: 5 y 6.
Los creyentes bíblicos protestantes dicen que siguen las enseñanzas de este pasaje buscando la guía de Dios. El problema es que hay miles de caminos doctrinales bajo los cuales los protestantes sienten que el Señor les está enseñando que viajen. Y esas doctrinas varían ampliamente de acuerdo a la denominación.
Estuve luchando con las preguntas ¿cómo puedo saber cual es la voluntad de Dios para mi vida y para la gente de mi congregación? ¿Cómo puedo estar seguro que estoy predicando lo correcto? ¿Cómo sé cual es la verdad? A la luz de la mutilación doctrinal que existe con el protestantismo donde cada denominación está delimitando por si misma la doctrina basada en la interpretación del hombre que la fundó, el criterio que alardean los protestantes “yo solo creo lo que la Biblia dice” comenzaba a sonar vacío.
Yo prometí que iba a ver solamente la Biblia para buscar la verdad, pero las doctrinas reformadas que heredé de Juan Calvino, Juan Knox y los puritanos, chocaban en muchos aspectos con las sostenidas por mis amigos luteranos, bautistas y anglicanos.
En el evangelio Jesús explica lo que significa ser un verdadero discípulo (Mateo 19: 16 a 23). Es más que leer la Biblia o tener tu nombre en la lista de los miembros de una iglesia o asistir regularmente al servicio del domingo, o incluso el hacer una simple oración para aceptar a Jesús como Señor y Salvador. Estas cosas, aún con lo buenas que son, por si solas no nos hacer verdaderos discípulos de Jesús. Ser un discípulo de Jesús significa hacer un compromiso radical de amar y obedecer al Señor en cada palabra, cada actitud y aspirar a irradiar su amor a otros. Jesús dice que el verdadero discípulo, está dispuesto a renunciar a todo, aún a su propia vida, si es necesario para servir al Señor.
Yo estaba profundamente convencido de esto, y a la vez que trataba de practicarlo en mi propia vida (no siempre con éxito) también hice todo lo posible para convencer a mi congregación, que este llamado al discipulado no es una opción, es algo a lo que todos los cristianos tienen que aspirar. Lo irónico era que mi teología protestante me hacia impotente para llamarlos a un discipulado radical y a ellos los hacia impotentes para oírlo y seguir el llamado.
Uno podría preguntarse ¿si todo lo que se requiere para ser salvado es confesar con los labios que Jesús es el Señor y creer en tu corazón que Dios lo resucitó de la muerte (Romanos 10:9) por qué yo debo cambiar? Si, seguro debería cambiar mis caminos pecaminosos.
Debería aspirar a agradar a Dios. Pero si no lo hago ¿importa realmente? mi salvación está asegurada.
Hay una historia acerca de un reportero en la ciudad de New York que deseaba escribir un artículo acerca de lo que la gente creía que era el descubrimiento más increíble del siglo veinte. Se lanzo a las calles entrevistando gente al azar y recibió una variedad de respuestas: el avión, el teléfono, el automóvil, el ordenador, la energía nuclear, los viajes al espacio, los antibióticos. Las respuestas siguieron es esa línea hasta que un individuo dio una respuesta inesperada: “Es obvio. La invención más increíble es el termo” ¿El termo? preguntó el reportero levantando las cejas. “Seguro. Las cosas calientes las mantiene calientes y las cosas frías las mantiene frías”. El reportero parpadeó. “¿Y que? ¿Cómo sabe?... que esto es lo más importante
Esta anécdota tiene un significado para mí. Puesto que mi obligación y deseo era enseñar la verdad de Cristo a mi congregación mi creciente preocupación era ¿cómo saber cual era la verdad y cual no?
Cada domingo, me paraba en mi púlpito e interpretaba la escritura para mi rebaño sabiendo que en un radio de quince millas a la redonda de mi iglesia había docenas de pastores protestantes los cuales creían que solamente la Biblia es la única autoridad para la doctrina y la práctica, pero cada uno estaba enseñando algo diferente a lo que yo estaba enseñando. ¿Es mi interpretación de la Escritura la correcta o no lo es? me preguntaba. Quizá alguno de esos otros pastores esta en lo correcto y yo estoy engañando a estas personas que confían en mi. También
estaba el tener la certeza (que me revolvía el estómago) que un día tendría que morir y estar delante del Señor Jesucristo, el Juez Eterno, y responder no solamente por mis acciones sino también cómo dirigí a la gente que él me había dado para pastorear. ¿Estoy predicando la verdad o el error? Le preguntaba al Señor repetidamente, “yo creo que estoy en lo correcto”, pero cómo estar seguro.
Este dilema me perseguía. Comencé a cuestionar cada aspecto de mi ministerio y de la teología y de la Reforma, desde las cosas más insignificantes hasta las más importantes.
Ahora miro al pasado con cierto humor vergonzoso al ver como luchaba duramente en aquellos días de prueba e incertidumbre. Llegué a un punto que incluso luche con la duda de sí debería o no usar un cuello clerical.
Como no hay una forma mandataria de como vestirse, para los ministros presbiterianos, algunos usan cuello clerical, otros trajes, otros batas y otros una combinación de todo lo anterior.
Un ministro amigo mío guardaba un cuello clerical en la guantera de su auto, solamente para usarlo en caso de que en algún momento le pudiera traer alguna ventaja, como el de evitar una multa por exceso de velocidad. Cuando me lo dijo, con un gesto de complicidad, decidí no usar un cuello clerical. En el servicio del domingo usaba una simple bata negra sobre mi traje.
En lo que se refiere a la forma y contenido de la liturgia del domingo cada iglesia tiene sus propios puntos de vista en cómo las cosas deben de hacerse, y cada pastor es libre, en lo que cabe, de hacer lo que quiera. Sin guías denominacionales mandatarias que me dirigieran, hice los que otros pastores estaban haciendo, improvisaba: cantos, sermones, selección de las Escrituras, participación de la congregación, y la administración de bautismos, matrimonios y la Cena del Señor fueron un campo abierto a la experimentación.
Me estremezco con el recuerdo de un domingo en particular, que en un esfuerzo para hacer el servicio de jóvenes más interesante y relevante dije las palabras del Señor sobre una jarra de gaseosa y una fuente de patatas fritas “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre. Hagan esto en memoria mía”.
Las preguntas de teología eran las que más me enfadaban. Recuerdo estar de pie al lado de una cama en un hospital donde un hombre que estaba cercano a la muerte después de sufrir un ataque al corazón, su esposa muy nerviosa me preguntó ¿va a ir mi esposo al cielo? Dudé unos momentos antes de darle mi respuesta presbiteriana adecuada mientras consideraba la gran variedad de alternativas que podría dar como respuesta, dependiendo de lo que uno era, metodista, bautista, luterano, asambleas de Dios, nazareno, ciencia cristiana, evangelio de las cuatro esquinas, testigo de Jehová, etc., etc. Todo lo que pude fue murmurar una clase de respuesta piadosa pero vaga. “Debemos confiar en el Señor acerca de la salvación de su esposo” Este hombre había entregado su vida a Cristo, se había regenerado y estaba confiado que era uno de los elegidos de Dios, ¿pero lo era realmente?
Yo estaba profundamente perturbado sabiendo que no importaba cuan honestamente el haya pensado que había sido predestinado para el cielo (es interesante que todos los que predican la doctrina de la predestinación creen firmemente que ellos mismos son unos de los elegidos) ni importaba cuan sinceramente lo creían los que lo rodeaban, él podría no haber ido al cielo. ¿Y que si sectariamente se había desviado y caído en pecado y había estado viviendo en un estado de rebelión con Dios en el momento que el ataque al corazón lo pilló por sorpresa? La teología de la reforma me decía que si ese era el caso entonces el pobre hombre había sido engañado por una falsa seguridad, pensando que fue regenerado y predestinado para el cielo cuando de hecho no se desvió de su camino al infierno. Calvino enseñó que los elegidos de Dios tienen que perseverar en gracia y elección. Si una persona muere en estado de rebelión con Dios demuestra que nunca fue uno de los elegidos. ¿Que clase de absoluta seguridad era esa?, me preguntaba.
Encontré muy difícil dar una respuesta clara y convincente a la clase de preguntas que me hacían mis parroquianos: ¿va mi esposo a ir al cielo? Cada pastor protestante que conozco tiene un conjunto de criterios que consideran “necesarios” para la salvación. Como un calvinista yo creía que si uno aceptaba públicamente a Jesús como su Señor y Salvador, era salvado por gracia a través de la fe. Pero, a pesar de que yo consolé a otros con esas palabras bien intencionadas, estaba preocupado por el estilo de vida mundano y a veces ampliamente pecaminoso que habían tenido algunos miembros, ahora muertos, de mi congregación. Después de algunos años de ministerio comencé a dudad si debería continuar.

TEN EN CUENTA A LOS GORRIONES

Una mañana me levanté antes del amanecer y tomando una silla plegable, mi diario y la Biblia, me dirigí a un campo muy tranquilo detrás de mi iglesia. Era la hora del día que más me gusta, cuando los pájaros están cantando el despertar del mundo. Muchas veces me he maravillado con la exuberancia de los pájaros temprano en la mañana. Que memoria tan maravillosamente pequeña tienen. Comienzan cada día de su simple existencia con una sinfonía de alabanza al Señor que los creó, totalmente despreocupados y sin planes. Algunas veces pienso en los gorriones y medito en la simplicidad de sus vidas.
Sentado quietamente en el campo cubierto con el amanecer esperando la salida del sol. Leo la escritura y medito en las cuestiones que me han estado molestando, poniendo mis preocupaciones ante el Señor. La Biblia me advirtió de “no apoyarme en mi entendimiento”, por eso estaba determinado a dejar que el Señor me guiase.
Estuve considerando dejar el pastoreo y vi tres opciones. Una fue ser el líder del ministerio de jóvenes en una gran iglesia Presbiteriana que me había ofrecido la posición. Otra fue dejar el ministerio completamente y volver a la ingeniería. La tercera posibilidad era volver a la universidad y completar mi educación científica en un área que podría abrirme aun más las puertas a mi profesión. Había sido aceptado en un programa para graduados sobre Biología Molecular en la universidad de Ohio State. Estuve reflexionando sobre estas opciones pidiéndole a Dios que guiase mis pasos, “una voz audible hubiese sido estupenda”, sonreí mientras cerraba mis ojos y esperaba la respuesta del Señor. No tenia idea de que forma sería la respuesta, pero no tardó mucho en venir.
Mis ensueños terminaron abruptamente cuando pasó un gorrión triando alegremente y lanzó su excremento en mi cabeza. ¿Que me estas diciendo, Señor? clame con la angustia de Job.
El gorjeo de los pájaros fue la cínica respuesta. No había voces celestiales (ni siquiera un susurro disimulado), solamente los sonidos de la naturaleza levantándose de su sueño en un maizal de Ohio. ¿Sería una señal divina o simplemente un comentario editorial del hermano pájaro a mis preocupaciones? Disgustado doble la silla, tome mi Biblia y me fui a casa.
Más tarde en el día cuando le dije a mi esposa acerca de las tres opciones que estaba considerando y el incidente con el gorrión, ella se rió y con su habitual sabiduría exclamó: El significado está claro, Marcos. El Señor está diciendo “ninguna de las tres”.
A pesar de que hubiese preferido un método menos humillante de comunicación, yo sé que nada ocurre por accidente, y que ni los gorriones ni lo que tiran cae a la tierra sin el conocimiento de Dios. Tomé esto como una simpática insinuación de Dios para que permaneciese en el ministerio. Pero continué dándome cuenta que mi situación no estaba bien. Quizá lo que necesitaba era una iglesia más grande, con un presupuesto mayor y con más personal. Seguramente entonces sería feliz. Por lo tanto tome la dirección de que “cuanto más grande, mejor iglesia” pensando que podría satisfacer mi intranquilo corazón.
A los seis meses encontré una que me gustaba y que parecía que yo también le gustaba a su numerosa congregación. Me ofrecieron el puesto de Pastor a cargo con un personal de oficina y un presupuesto diez veces mayor del que había tenido en mi iglesia anterior. Lo mejor de todo es que era una iglesia evangélica fuerte, con muchos miembros que estaban activamente interesados en el estudio de las Escrituras y en ministerios laicos. Disfrute predicando ante esta nueva y aprobatoria congregación cada domingo. Al principio pensé que había resuelto el problema, pero solamente un mes después me di cuenta que “más grande no era mejor”. Mi frustración creció proporcionalmente mayor.
Sonrisas corteses me iluminaban durante cada sermón, pero yo no estaba ciego ante el hecho que para muchos en la congregación mis apasionadas exhortaciones a vivir una vida virtuosa, meramente pasaban rozando la superficie de una vena de religiosidad, como gotas de agua en un sartén caliente. Muchos decían “Gran sermón, realmente me ha bendecido”. Pero yo sentía que lo que realmente pensaban era “Esta bien para otra gente, Pastor -para pecadores-, pero yo ya he llegado. Mi nombre ya está escrito en los rollos del Cielo, no necesito preocuparme con todas esas cosas. Pero claro que estamos de acuerdo con usted, Pastor, eso es lo que tenemos que decirles a todos los pecadores, que se pongan a bien con Dios”.
Un día me encontré parado ante el liderato local, como orador de un grupo de pastores y laicos que defendían la idea de llamar a Dios padre y no madre. Defendí esa posición aludiendo las Escrituras y la Tradición Cristiana. Para mi consternación me di cuenta que la fracción que representaba era una minoría y estábamos peleando una batalla perdida. El asunto sería resuelto, no por un buen razonamiento, apelando a las Escrituras o a la Historia de la Iglesia, sino por la mayoría de votos de los liberales, en pro de un lenguaje neutral. Fue en esa reunión que por primera vez reconocí el principio anarquista situado en el centro del protestantismo.
Estos liberales, (penosamente equivocados como estaban en su proyecto de reducir a Dios a las meras funciones de “creador” “redentor” y “santificador” en vez de las personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo) eran simplemente buenos protestantes.
Estaban solamente siguiendo el curso de protesta que trazaron para ellos sus teólogos antecesores. Marín Lutero, Calvino y otros reformadores. La máxima de la reforma de “no acatar la enseñanza a menos que yo crea que correcta y bíblica” estaba siendo invocada por esos protestantes liberales en favor de su protesta contra los nombres masculinos de Dios. Súbitamente comprendí que estaba observando el protestantismo en su completa gloria y en su hábito natural, protestar. ¿En que clase de iglesia estoy? Me pregunte a mí mismo descorazonado mientras votaban y mi grupo perdía.
Por ese tiempo mi esposa Marilyn que había sido la directora de un centro Pro Vida para mujeres embarazadas, en crisis, comenzó a retarme que intentara resolver la inconsistencia entre nuestras inquebrantables convicciones pro vida y la postura pro aborto de nuestra iglesia Presbiteriana. “Cómo puedes ser miembro de una denominación que aprueba matar a los bebés que no han nacido” me preguntó.
El liderato de nuestra iglesia se había inclinado bajo la presión de las feministas radicales, homosexuales, pro aborto y otros grupos extremistas de presión dentro de la denominación (a pesar de que prominentes miembros de otras congregaciones hermanas mantenía puntos de vista pro vida) e impusieron estrictas pautas liberales en el proceso de contratar nuevos pastores.
Cuando ella me hizo ver que una porción de las donaciones que mi congregación enviaba a la Asamblea General Presbiteriana estaban, lo más seguro, pagando por abortos y que no había nada que yo o mi congregación pudiésemos hacer al respecto, me quede pasmado. Marilyn y yo sabíamos que teníamos que dejar la congregación pero, ¿a dónde podríamos ir? Esta pregunto nos llevó a otra ¿dónde voy a encontrar un trabajo de ministro? Compré un libro que contenía los detalles de la mayoría de las denominaciones cristianas y comencé a evaluar algunas de las denominaciones que me interesaban. Cuando leía los sumarios doctrinales pensaba “está bien, pero no me gustan sus puntos de vista sobre el bautismo” o “esto no está mal, pero su visión sobre los últimos tiempos es un poco llevada por el pánico” o “esta otra parece exactamente lo que estaba buscando, pero me siento incomodo con su estilo de alabanza”. Después de examinar cada posibilidad y no encontrar una que me gustara, cerré el libro, frustrado. Yo sabía que iba a dejar el Presbiterianismo, pero no tenía idea de cuál era la denominación correcta para pertenece. Parecía que había algo mal en cada una, que lastima que no puedo hacer la iglesia perfecta, a mi medida, pensé ilusoriamente.
Por ese tiempo un amigo de Illinois me llamó por teléfono, él también era un pastor presbiteriano que había oído el rumor que yo estaba pensando dejar la iglesia presbiteriana. “Marc, no puedes dejar la iglesia” me regañaba, “tu no puedes dejar nunca la iglesia, estas comprometido con la iglesia” “no importa que algunos teólogos y pastores estén locos, nosotros tenemos que mantenernos con la iglesia y trabajar para renovarla desde adentro”, “debemos conservar la unidad a toda costa”. En primer lugar, contesté malhumoradamente, si eso es verdad ¿por qué nosotros los protestantes nos separamos de la Iglesia Católica? No sé de donde me salieron esas palabras, nunca antes en mi vida había tenido el más ligero pensamiento sobre si los reformadores estuvieron o no equivocados al romper con la Iglesia Católica. Había sido la esencia natural del protestantismo intentar traer renovación a través de división y fragmentación.
El emblema de la Iglesia Presbiteriana es “Reformada y siempre reformando”. Se podría añadir “y reformando y reformando y reformando... etc.” Podría irme a otra denominación sabiendo que eventualmente, tendría que irme a otra cuando empezase a estar insatisfecho o podría decidir quedarme donde estaba y aguantar.
Pero entonces ¿cómo podría justificar quedarme donde estaba? ¿No debería volver a la denominación previa donde los presbiterianos nos habíamos separado con aire desafiante? Ninguna de estas opciones me parecía bien, por lo tanto decidí que debería dejar el ministerio hasta que resolviese el asunto de una manera o de otra.
Volver a la universidad parecía la manera más fácil de tomar un respiro de todo esto, por lo tanto me enrolé en un programa para graduados, de Biología Molecular, en la universidad Case Western Reserve. Mi meta era combinar mis conocimientos científicos y teológicos en una carrera de bioética.
Me imaginé que un doctorado en Biología Molecular me ganaría una mejor posición entre los científicos que lo que lo haría un título en Teología o Ética, aparte que lograr un doctorado en Teología o Ética requeriría aprender Latín y Alemán, y a los 39 me imagine que mis células cerebrales estaban en un declive avanzado para esa clase de rigor mental. El viaje a la universidad de Cleveland duraba más de una hora de ida y otro tanto de vuelta y por los siguientes ocho meses tuve suficiente tiempo de tranquilidad para introspección y oración.
Pronto estuve profundamente sumergido en un proyecto de investigación de Ingeniería Genética el cual comprendía el remover y reproducir el DNA sacado de los riñones homogeneizados de una persona. El programa era un gran reto y me gustaba, aunque comparando la complejidad de los aminoácidos y ciclos bioquímicos con el tener que luchar con las conjugaciones del latín y las declinaciones del alemán de pronto parecía mucho más fácil. El proyecto me fascinaba y me asustaba. Disfrutaba la estimulación intelectual de la investigación científica pero también vi cuan deshumanizada puede ser la investigación de laboratorio.
El tejido genético, tomado de los cadáveres de los pacientes que morían en la Clínica de Cleveland lo mandaban a nuestro laboratorio para investigación del DNA. A mí me conmovía profundamente el hecho de que este tejido provenía de personas, mamas, papas, niños y abuelos que un día habían vivido, trabajado, reído y amado y que ahora estaban muertos. En el laboratorio esos frascos con tejido numerados con esmero eran simplemente material experimental y estaba totalmente desasociado de la persona humana a la cual perteneció.
Escribí una composición de los problemas de ética envueltos en el trasplante de tejido fetal, y comencé a hablar a grupos cristianos acerca de los peligros y las bendiciones de la técnica biológica moderna. Las cosas parecían que estaban marchando de acuerdo al plan hasta que me di cuenta que la razón real por lo que volví a la universidad no era obtener un título. ¡Había sido para que comprase un ejemplar del periódico local de Cleveland!
Un viernes en la mañana, después de conducir el largo trayecto hasta Cleveland, estaba tomando el desayuno, matando el tiempo antes de clases y tratando de estar despierto. Normalmente trato de estudiar un poco, pero esa mañana hice algo desacostumbrado, compré un ejemplar del Plain Dealer. Mientras metía las monedas en la máquina dispensadora de periódicos no me imaginaba que había llegado el momento de confluencia del camino y estaba a punto de comenzar una senda que me llevaría fuera del protestantismo y dentro de la Iglesia Católica (supongo que de haber sabido donde me llevaría habría ido en otra dirección).
Echando una ojeada a los titulares con poco interés, me encontré con un pequeño anuncio que me resalto: “Teólogo católico Scott Hahn hablará en la parroquia católica local el domingo por la tarde”. Me atraganté con el café. ¿Teólogo católico Scott Hahn? No podía ser el Scott Hahn que yo había conocido. Habíamos atendido juntos al seminario teológico Gordon- Conwell
Al comienzo de los años 80. En aquel entonces era un fiel calvinista, anticatólico, el más firme de la universidad. Yo había estado rondando un grupo de intenso estudio calvinista el cual era dirigido por Scott, pero mientras el y otros pasaban largas horas subrayando la Biblia como detectives, tratando de descubrir todos los ángulos de cada implicación teológica, yo jugaba baloncesto. Aunque no había visto a Scott desde que se graduó en 1982, había oído el rumor de que se había hecho católico, no había pensado mucho acerca de ello, seguramente el rumor era falso o ideado por alguien celoso de la intensidad de las convicciones de Scott o de lo contrario Scott había dado un vuelco.
Decidí hacer el viaje de hora y media para saberlo. Estaba totalmente impreparado para lo que iba a descubrir.

APRENDER MUCHO TE VOLVIÓ LOCO

Estuve nervioso cuando llegué al estacionamiento de la gran estructura gótica. Nunca había estado en una Iglesia Católica y no sabía que esperar. Entré en la Iglesia rápidamente, bordeando las pilas de agua bendita, huyendo por el pasillo, inseguro de cual era el protocolo correcto para sentarse en las bancas. Sabía que los católicos se arrodillaban o hacían una reverencia hacia el altar, antes de entrar en las bancas, pero yo, solamente me deslice y con un “crujido” me senté, con la esperanza de no haber sido reconocido como protestante.
Después de unos minutos, y de que ningún acomodador de cara ceñuda me tocara al hombro y apuntando con el dedo la puerta dijera: “vamos amigo lárgate, todos sabemos que no eres católico”, comencé a relajarme y miré atónito el interior de la Iglesia extraño, pero inigualablemente bello.
Unos cuantos segundos más tarde Scott se dirigió al pódium y comenzó su charla con una oración. Cuando el hizo el signo de la cruz supe realmente que realmente había saltado del barco. Se me cayó el alma a los pies, “pobre Scott” gemí interiormente, “los católicos lo ganaron con si hábiles argumentos”. Escuche atentamente su charla sobre la Última Cena, titulada “La cuarta copa” tratando con ahínco de detectar errores, pero no encontré ninguno (la charla de Scott fue tan buena que plagié la mayoría de ella en mi siguiente sermón de comunión).
Mientras hablaba, usando las Escrituras a cada paso para apoyar la enseñanza católica sobre la misa y la Eucaristía, me encontré a mi mismo hipnotizado por lo que estaba oyendo. El catolicismo estaba siendo explicado en una forma que yo nunca me imagine que fuera posible - por la Biblia.
De la forma en que Scott explicaba la misa y la Eucaristía no eran ofensivas o extrañas para mí. Al final de la charla cuando Scott hizo un conmovedor llamado a una conversión radical a Cristo, me pregunté si quizá él estaba solamente fingiendo una conversión para así infiltrarse en la Iglesia Católica y llevar renovación y conversión a los católicos espiritualmente muertos.
No tardé mucho en saberlo. Después que los aplausos de la audiencia se apagaron, fui al frente para ver si me había reconocido. Estaba rodeado por una multitud de personas con preguntas. Me paré unos pasos atrás y estudié su cara mientras hablaba con su típico encanto y convicción al gran grupo de gente. ¡Si era el mismo Scott que conocí en el seminario! Ahora lucía un bigote y yo una barba (un gran cambio de nuestro aspecto aseado de los días del seminario). Cuando se volvió en mi dirección sus ojos brillaron con una sonrisa en un saludo silencioso.
En un momento estábamos juntos dándonos un caluroso apretón de manos. El se disculpó si me había ofendido en alguna forma. “No, seguro que no” le aseguré mientras reíamos compartiendo la alegría de vernos otra vez. Después de unos momentos del obligado ¿como está tu esposa y tu familia? dejé escapar lo que estaba en mi mente “supongo que es cierto lo que oí” ¿por que cambiaste de equipo y te hiciste católico? Scott me dio una breve explicación de su lucha para encontrar la verdad acerca del catolicismo (el circulo de personas escuchaba intensamente la mini historia de su conversión). Me sugirió que tomara una copia de la cinta con la historia de su conversión, dichas copias estaban desapareciendo como pan caliente de la mesa del vestíbulo.
Intercambiamos números de teléfono y nos dimos la mano nuevamente y me fui al fondo de la iglesia donde encontré la mesa cubierta con cinas sobre la fe católica grabadas por Scott y su esposa Kimberly, así como cintas por Steve Wood, otro convertido al catolicismo, el cual también estudió en el seminario de Gordon-Conwell. Compré una copia de cada cinta y un libro de Karl Keating, Catolicismo y Fundamentalismo, que Scott me había recomendado.
Antes de irme me paré atrás de la Iglesia, absorbiendo la extraña y al mismo tiempo atractiva esencia del catolicismo que me rodeaba: iconos, estatuas, adornos en el altar, velas y los obscuros confesionarios. Estuve parado por un momento cavilando el porqué Dios me había llevado a ese lugar. Salía al aire fresco de la noche, mi cabeza me daba vueltas con tantos pensamientos, y mi corazón rebosaba con un desconcertante lío de emociones.
Fui a un restaurante de comida rápida, compré una hamburguesa para el largo camino de regreso a casa, deslice la cinta de la conversión de Scott en el tocacintas de mi auto, planeando descubrir dónde se había equivocado. Aún no había recorrido la mitad del camino a casa, cuando estaba tan embriagado con la emoción que tuve que parar en la orilla de la carretera para poder aclarar mi cabeza
Aunque la jornada de Scott a la Iglesia Católica fue muy diferente a la mía, los interrogantes con los que luchamos el y yo fueron esencialmente los mismos. Y las respuestas que el encontró, que cambiaron tan drásticamente su vida, eran muy convincentes.
Su testimonio me convenció de que la razón de mi creciente insatisfacción con el protestantismo no podía ser ignorada. Las respuestas a mis preguntas, el declaraba que se encontraban en la Iglesia Católica. La idea me taladró hasta la médula. Estaba a la vez asustado y excitado pensando que quizá Dios me estaba llamando a la Iglesia Católica.
Oré por un rato con mi cabeza apoyada en el volante, ordenando mis pensamientos antes de encender el coche otra vez y conducir a casa.
Al día siguiente abrí Catolicismo y Fundamentalismo, lo leí sin parar, acabando el último capítulo esa misma noche. Mientras me preparaba para acostarme, comprendí que estaba en problemas. Ahora estaba claro para mí que los dos dogmas centrales de la reforma protestante, (solo la escritura y solo la justificación por la fe) estaban en un terreno bíblico muy movedizo y por lo tanto yo también lo estaba.
Mi apetito se había agudizado, comencé a leer libros católicos, especialmente los primeros Padres de la Iglesia cuyos escritos me ayudaron a entender la verdad acerca de la historia católica anterior a la reforma.
Pasé incontables horas debatiendo con católicos y protestantes, tratando de someter las verdades católicas a los más difíciles argumentos bíblicos que podía encontrar.
Marylin, como se habrán imaginado, no estaba nada contenta cuando le dije de mi lucha con las doctrinas católicas. A pesar de que al principio me dijo “esto también te va a pasar” eventualmente también ella comenzó a estar intrigada con las cosas que yo estaba aprendiendo y comenzó a estudiar ella misma.
Mientras me abría paso libro tras libro compartía con ella la claridad y sentido común de las enseñanzas de la Iglesia Católica que estaba descubriendo. Más y más seguido juntos llegamos a la conclusión de cuanto más sentido y cuanta más verdad tenía el punto de vista católico de las Escrituras, que todo lo que habíamos encontrado en el amplio rango de opiniones protestantes.
Encontramos que había en la posición católica una profundidad, una fuerza histórica, una consistencia filosófica. El Señor estaba haciendo una increíble transformación en nuestra vida, persuadiéndonos, hombro a hombro, paso a paso, juntos todo el camino.
Junto con las cosas buenas que estábamos encontrando en la Iglesia Católica también nos confrontamos con asuntos confusos y disturbadores. Me encontré con un sacerdote que me consideraba raro por considerar la Iglesia Católica, creía que la conversión era innecesaria. Conocimos a católicos que conocían muy poco acerca de su fe y algunos cuyos estilos de vida no concordaban con las enseñanzas morales de su Iglesia Católica. Cuando atendimos a misa nos encontramos que no éramos bienvenidos y nadie nos asistió. Pero a pesar de esos obstáculos bloqueando nuestro camino a la Iglesia, nos mantuvimos estudiando y orando por la guía del Señor.
Después de oír docenas de cintas y digerir varias docenas de libros yo sabía que no podía permanecer por más tiempo siendo protestante, tenía claro que la respuesta protestante a la renovación de la iglesia fue completamente anti escritural. Jesús oró por unidad entre sus seguidores y Pablo y Juan ambos retaron a sus seguidores a mantener la verdad que habían recibido, no permitiendo que las opiniones los dividieran. Como protestantes habíamos estado con la libertad, poniendo las opiniones personales sobre la autoridad de la enseñanza de la Iglesia. Creíamos que la guía del Espíritu Santo es suficiente para dirigir a cualquier creyente que sinceramente buscase el verdadero significado de la Escritura.
La respuesta católica a este punto de vista es que es la misión de la Iglesia enseña con acierto infalible. Cristo prometió a sus apóstoles y sus sucesores “quien los escucha a ustedes me escucha a mí, y los que los rechazan, rechazan al que me envió” (Lucas 10, 16) La iglesia primitiva también creía esto.
Un pasaje muy fuerte me impresionó mientras estudiaba la historia de la Iglesia:

Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo: una y otra cosa, por ende, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente asegurados por la resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos -después de probarlos por el espíritu- por obispos y diáconos de los que habían de creer. Y esto no era novedad, pues de mucho tiempo atrás se había ya escrito acerca de tales obispos y diáconos. La Escritura, en efecto dice así en algún lugar: “Estableceré a los obispos de ellos en justicia y a sus diáconos en fe.” (Clemente de Roma, Epístola a los Corintios 45, 1 a 5)


Otra cita patrística que me ayudo hacer una brecha en la muralla de mis presunciones protestantes fue la siguiente de Irineo, obispo de Lyons:

Siendo, pues, tantos los testimonios, ya no es preciso buscar en otros la verdad que tan fácil es recibir de la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en un rico almacén, todo lo referente a la verdad, a fin de que <> (Ap. 22, 17). Esta es la entrada a la vida. <> (Jn 10, 1. 8-9). Por eso es necesario evitarlos, y en cambio amar con todo afecto cuanto pertenece a la Iglesia y mantener la Tradición de la verdad.
Entonces, si se halla alguna divergencia aun en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias? (Contra la herejías 3,4,1)


Estudié las causas de la reforma protestante. La Iglesia Católica en aquellos días necesitaba desesperadamente renovarse pero Martín Lutero y los otros reformadores escogieron equivocadamente, el método no bíblico de lidiar con los problemas que vieron en la Iglesia. El camino correcto, fue y sigue siendo, justamente lo que me dijo mi amigo presbiteriano “no dejes la Iglesia, no rompas la unidad de la fe”. “Trabaja por una reforma genuina basada en el plan de Dios no en el del hombre, consiguiéndolo a través de la oración, penitencia y buen ejemplo”.
No pude por más tiempo permanecer protestante. El hacerlo significaba que negaba la promesa de Cristo de guiar y proteger su Iglesia y enviar el Espíritu Santo para llevarla a la verdad completa. (Mateo 16: 18 y 19, 18: 18, 28: 20. Juan 14: 16-25, 16: 13) Pero no podía soportar el pensar en hacerme católico. Había sido enseñado por tanto tiempo a despreciar el “romanismo” que a pesar que intelectualmente había descubierto que el catolicismo era la verdad, tuve un tiempo muy difícil sacudiéndome los perjuicios emocionales en contra de la Iglesia.
Una dificultad clave fue el ajuste psicológico a la complejidad de la teología católica. En contraste el protestantismo es simple: admite que eres pecador, arrepiéntete de tus pecados, acepta a Jesús como tu salvador personal, confía en su perdón y estás salvado.
Continué estudiando las escrituras y libros católicos y pasé muchas horas debatiendo con amigos y colegas protestantes, sobre asuntos difíciles, como María, oración a los santos, indulgencias, purgatorio, celibato del sacerdocio y la Eucaristía. Eventualmente comprendí que el asunto más importante era autoridad. Toda la lucha sobre cómo interpretar la Escritura no va a ningún lado, sino hay forma de saber con infalible certidumbre que una interpretación es la correcta. La autoridad de enseñanza de la Iglesia en el Magisterio se centra alrededor de la silla de Pedro. Si podía aceptar esta doctrina, yo sabía que podía confiar en la Iglesia en todo lo demás.
Leí Las llaves del Reino y Sobre esta Roca de Fray Stanley Jaki, los Documentos del Vaticano II y de los Concilios anteriores, especialmente el de Trento. Estudié cuidadosamente la Escritura y los escritos de Calvino, Lutero y los otros reformadores para comprobar los argumentos católicos. Vez tras vez encontré que los argumentos protestantes contra la primacía de Pedro simplemente no eran bíblicos ni históricos. Era claro que la posición católica era la bíblica.
El Espíritu Santo, literalmente me envió un rayo de su luz a lo que quedaba de perjuicios anticatólicos cuando leí el libro del Cardenal John Henry Newman Un ensayo en el desarrollo de la Doctrina Cristiana. De hecho mis objeciones se evaporaron cuando había leído doce páginas del libro donde Newman explica el desarrollo de la autoridad papal.
Mi estudio de la posición católica me llevó cerca de año y medio. Durante este período Marilyn y yo estudiamos juntos, compartimos juntos como pareja los miedos, esperanzas y retos que nos acometían durante el camino a Roma. Asistíamos juntos a Misa semanalmente, viajando a una parroquia suficientemente alejada de nuestra ciudad (mi anterior iglesia presbiteriana estaba a menos de una milla de nuestra casa) para evitar la controversia y confusión que sin duda alguna se levantaría si nuestros anteriores parroquianos supiesen que yo estaba explorando Roma.
Gradualmente comenzamos a sentirnos confortables haciendo todas las cosas que los católicos hacen en Misa (excepto recibir la comunión). Doctrinalmente, emocionalmente y espiritualmente nos sentíamos listos para formalmente entrar en la Iglesia, pero quedaba una barrera que teníamos que superar. Antes de conocernos y enamorarnos Marilyn y yo, ella se había divorciado después de un breve matrimonio. Como éramos protestantes cuando nos conocimos y nos casamos esto no planteó ningún problema hasta donde yo y mi denominación sabíamos.
Fue hasta que nos sentimos listos para entrar en la Iglesia Católica que nos informaron que no podíamos hacerlo a menos que Marilyn recibiese una anulación de su primer matrimonio. Al principio sentimos que Dios nos estaba jugando una broma. Después fuimos de la sorpresa al enojo. Nos parecía tan injusto y ridículamente hipócrita: podíamos haber cometido cualquier otro pecado, no importaba cuan atroz y con una confesión habría sido adecuadamente limpiado para la admisión en la Iglesia, pero por causa de esta falta nuestra entrada a la Iglesia se paró en seco.
Pero cuando recordamos lo que nos había llevado a este punto en nuestro peregrinaje espiritual, tuvimos que confiar en Dios con todo nuestro corazón y no apoyarnos en nuestro entendimiento. Tuvimos que reconocer y confiar que Él guiaría nuestros caminos. Era evidente que esta era la prueba final de perseverancia mandada por Dios.
Por lo tanto Marilyn comenzó el difícil proceso de investigación para la anulación y seguimos esperando. Continuamos asistiendo a Misa, permaneciendo sentados en la banca, con el corazón dolido mientras los de nuestro alrededor iban a recibir al Señor en la Sagrada Eucaristía y nosotros no podíamos hacerlo.
Fue por no poder recibir la Eucaristía que aprendimos a apreciar el increíble privilegio que Jesús concedió a sus amados de recibir el Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad en el Santísimo Sacramento. La promesa del Señor en la Escritura se hizo real para nosotros en esas misas. “El Señor al que ama lo disciplina” Hebreos 12: 16
Después de nueve meses de espera supimos que la anulación de Marilyn había sido concedida. Sin ninguna otra tardanza nuestro matrimonio fue bendecido y fuimos recibidos con gran expectación y celebración en la Iglesia Católica. Nos sentimos tan increíblemente bien de por fin estar en casa donde pertenecíamos. Derramé lágrimas de gozo y gratitud en la primera Misa cuando pude caminar al frente con mis hermanos católicos y recibir a Jesús en la Sagrada Comunión.
Muchas veces le pregunté al Señor en la oración ¿cual es la verdad? Él me contestó con la Escritura diciendo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Ahora como católico me alegro de que no solo conozco la verdad sino también lo recibo a Él en la Eucaristía.

RESUMIENDO EN UNAS CUANTAS PALABRAS FINALES

Pienso que es importante que mencione una idea más del Cardenal Newman que hizo una diferencia crucial en el proceso de mi conversión a la Iglesia Católica. “Profundizar en la historia es cesar de ser protestante”. Esta sola línea sumaría la razón clave por la cual yo abandoné el protestantismo, evité la Iglesia Ortodoxa y me hice católico.
Newman estaba en lo correcto. Cuanto más leía la historia de la Iglesia y las Escrituras, lo menos que yo podía confortablemente permanecer protestante. Vi que fue la Iglesia Católica la que fue establecida por Jesucristo, y todas las otras iglesia pretendientes al “titulo” de verdadera iglesia tienen que hacerse a un lado. Fue la Biblia y la historia de la Iglesia que hicieron un católico de mi, contra mi voluntad (al menos al comienzo) y para mi inmensa sorpresa.
También aprendí que la otra cara de la moneda en el adagio de Newman es igualmente verdadera. Cesar de profundizar en la historia es hacerse protestante. Es por eso que los católicos debemos saber porqué creemos lo que enseña la Iglesia, así como la historia detrás de estas verdades de salvación.
Debemos de prepararnos nosotros mismos y a nuestros hijos para estar siempre dispuestos a dar una explicación a cualquiera que pregunte cual es la razón de tu esperanza (1 Pedro 3: 15)
Viviendo y proclamando nuestra fe valientemente muchos oirán a Cristo hablar a través de nosotros y los llevará a un conocimiento de la verdad completa en la Iglesia Católica.
¡Dios los bendiga en su propia jornada de fe!
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Testimonio tomado de: http://chnetwork.org/

Jornada en San Pedro


“CRECIENDO EN FE Y EN OBRAS”

REFLEXIONES:
- Sentido de pertenencia a un grupo.
- Importancia de una vida espiritual a la luz de la Palabra.
- Compromiso para la acción apostólica (Documentos de la Iglesia)

EXPOSITOR:

P. Ramón Martínez Galdeano S.J.

DIRIGIDO A:
Laicos Consagrados y Colaboradores de Grupos Parroquiales.

DÍA: Sábado 7 de Marzo
HORA: 8.30 AM a 4.30 PM.
LUGAR:
Ambientes de la Parroquia San Pedro de Lima, Esquinas Azángaro y Ucayali, espalda de la Biblioteca Nacional de la Av. Abancay - Cercado de Lima
Tfno. 428 – 3017 y al 462 - 1449

TRAER: Biblia y Cuaderno
INCLUYE: Material y Refrigerio (S/. 8.00)
ORGANIZA: Grupo Mariano del Cercado de Lima.

“Formarnos para la acción evangelizadora, es nuestro deber”

Homilías: Cuaresma - Domingo I (B)


Mc. 1, 12-15

P. Adolfo Franco S.J.



Para empezar la reflexión espiritual sobre la Cuaresma, la liturgia de este primer domingo, nos trae a consideración estos versículos del Evangelio de San Marcos en que hablan de la estancia de Jesús en el desierto, de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo de la predicación de Juan Bautista y su exhortación a la conversión.

Los tres temas van estrechamente unidos, y nos animan a iniciar la cuaresma con una decisión de aprovecharla para avanzar decididamente en nuestra vida cristiana. La Cuaresma es momento litúrgico de especial significado, porque nos invita a unirnos más al misterio de Cristo, a compartir con El su camino y especialmente el camino que lo llevó a la Cruz y a la Resurrección. Así la Cuaresma es camino con Cristo hacia la Pasión y la Resurrección.

Jesús nos enseña a vencer la tentación, nos indica el camino del desierto, y Juan nos anima a este esfuerzo continuo por la conversión o sea para la transformación de nuestros criterios y decisiones, en criterios y decisiones evangélicas. La tentación de Cristo es un hecho señalado claramente en los Evangelios, y en varios momentos de la vida de Jesús. Pero cuando consideramos a Jesús, como Dios-Hombre, nos es difícil imaginar en que pudiera tener tentaciones. Pero el hecho lo afirman las Sagradas Escrituras. Cualquier explicación que se dé a estas tentaciones será una teoría, pero el hecho mismo de la tentación es revelado, no es teoría. Claro no podemos imaginar a Jesús, como nosotros cuando somos tentados, pensando en su interior durante un rato, como nos pasa a veces a nosotros cuando algo prohibido nos atrae, si hago esto, o lo de más allá. El contenido de sus tentaciones lo conocemos por otros evangelistas; sus tentaciones se refirieron a su obediencia a los planes de Dios, su aceptación de nuestra Salvación por medio de la cruz y de la muerte. Y El padeció esa tentación, que atacaba la esencia misma de su ser, para darnos ejemplo a nosotros.

Nosotros continuamente somos tentados, y la tentación en nosotros tiene fuerza, mucha fuerza, porque en nuestro propio interior el mal cuenta con un aliado que es el desorden de nuestras operaciones, la atracción que el mal produce, el desorden de los instintos, la distorsión en nuestra escala de valores. Es importante tomar nota de esto, que es tan evidente, y que olvidamos con facilidad. La tentación es algo que nos ronda con frecuencia, es algo que nunca dejaremos atrás mientras vivamos en este mundo. Y añadamos que al considerar la tentación es también importante constatar dos cosas: el mal resulta fácil, el bien requiere esfuerzo. Ya el Señor nos lo advierte al decirnos que el camino ancho lleva a la perdición y el estrecho conduce a la vida.

Para estar alerta ante la tentación, nos ayuda “el desierto”. Jesús estuvo físicamente en el desierto durante cuarenta días. El sacrificio de esa vida austera, y la oración que allí practicó le fueron una preparación (si se puede hablar así, hablando de Jesús) para vencer la tentación. Y para nosotros está claro que una vida austera y una vida de oración nos ayuda para vencer la tentación. Por supuesto que vencer la tentación es una gracia de Dios, y es Su Fuerza y no la nuestra la que vence en la lucha contra el mal. Pero Dios no sustituye nuestro necesario esfuerzo, y nuestro esfuerzo consiste en orar para no caer en la tentación. Sacrificio y oración: dos consignas para la Cuaresma.

La Cuaresma es un tiempo en que se nos inculca de manera especial el sacrificio. No se trata de buscar tormentos, porque eso no es humano y no es cristiano. El sacrificio, que es privación voluntaria a veces de caprichos, a veces de vicios, a veces es resistencia a inclinaciones torcidas (ira, orgullo, sensualidad, pereza, murmuración, etc.) El sacrificio entendido así es lo más humano, y lo más cristiano. Es humano, porque evidentemente mejora la calidad de nuestra vida, y nos da una voluntad más enérgica. Y es cristiano, porque nos hace vivir más de acuerdo con el Evangelio.

Y aquí viene el tercer punto de que se nos habla en este Evangelio: la conversión. Y en esto consiste precisamente la conversión: en transformar nuestro corazón, de modo que no caigamos en el mal. La conversión debería ser la gran tarea de nuestra vida; podemos ser constructores de nuestro propio ser (siempre con la gracia del Espíritu Santo). Irnos transformando paulatinamente hasta ser de verdad imágenes de Dios, como Dios nos hizo en el principio. Eso es la conversión: ser totalmente Hijos de Dios. A eso nos invita hoy la Iglesia al comenzar la Cuaresma. Y el mejor medio para esta conversión es precisamente la oración y el ayuno.
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Agradecemos al P. Franco SJ por autorizar la publicación de la homilía.

María en el misterio de Cristo


Verdadera devoción a la Santísima Virgen - 1º Parte.


Comenzamos a transcribir partes del libro Tratado de la verdadera devoción, escrito por San Luis María de Monfort. En esta oportunidad, la primera parte del Capítulo I. La numeración de los párrafos corresponden a la del libro.


a. En la Encarnación

16. Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María. Por más suspiros que hayan exhalado los patriarcas, por más ruegos que hayan elevado los profetas y santos de la antigua ley durante 4,000 años a fin de obtener dicho tesoro, solamente María lo ha merecido y ha hallado gracia delante de Dios por la fuerza de su plegaria y la elevación de sus virtudes. El mundo era indigno dice San Agustín de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos al Padre.
Quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de Ella.
Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María.
Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido consentimiento por medio de los primeros ministros de su corte.



b. En los misterio de la Redención.


17. Dios Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura creatura era capaz de recibirla para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su Cuerpo Místico.
18. Dios Hijo descendió al seno virginal de María como nuevo Adán a su paraíso terrestre, para complacerse y realizar allí secretamente maravillas de gracia.

· Este Dios hombre encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno.
· Manifestó su poder dejándose llevar por esta jovencita;
· Cifró su gloria y la de su Padre en ocultar sus resplandores a todas las creaturas de la tierra, para no revelarlos sino a María.
· Glorificó su propia independencia y majestad, sometiéndose a esta Virgen amable en la concepción, nacimiento, presentación en el templo, vida oculta de treinta años, hasta la muerte, a la que Ella debía asistir, para ofrecer con Ella un solo sacrifico y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno, como en otro tiempo Isaac por la obediencia de Abraham a la voluntad de Dios.

Ella le amamantó, alimentó, cuidó, educó y sacrificó por nosotros.

¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! Para mostrarnos su precio y gloria infinita, el Espíritu Santo no pudo pasarla en silencio en el Evangelio, a pesar de habernos ocultado casi todas las cosas admirables que la Sabiduría encarnada realizó durante su vida oculta. Jesucristo dio mayor gloria a Dios, su Padre, por su sumisión a María durante treinta años que la que le hubiera dado convirtiendo al mundo entero con los milagros más portentosos. ¡Oh! ¡Cuán altamente glorificamos a Dios, cuando para agradarle nos sometemos a María, a ejemplo de Jesucristo, nuestro único modelo!

19. Si examinamos de cerca el resto de la vida de Jesucristo, veremos que ha querido inaugurar sus milagros por medio de María.

Por la palabra de Ella santificó a San Juan en el seno de Santa Isabel, su madre, habló María, y Juan quedó santificado. Este fue su primero y mayor milagro en el orden de la gracia.

Ante la humilde plegaria de María, convirtió el agua en vino en las bodas de Caná. Era su primer milagro en el orden de la naturaleza. Comenzó y continuó sus milagros por medio de María y por medio de Ella los continuará hasta el fin de los siglos.

20. Dios Espíritu Santo, que es estéril en Dios es decir, no produce otra persona divina en la Divinidad se hizo fecundo por María, su Esposa. Con Ella, en Ella y de Ella produjo su obra maestra, que es un Dios hecho hombre, y produce todos los días hasta el fin del mundo a los predestinados y miembros de esta Cabeza adorable.

Por ello, cuanto más encuentra a María, su querida e indisoluble Esposa, en una alma, tanto más poderoso y dinámico se muestra para producir a Jesucristo en esa alma y a ésta en Jesucristo.

21. No quiero decir con esto que la Santísima. Virgen dé al Espíritu Santo la fecundidad, como si El no la tuviese, ya que siendo El Dios, posee la fecundidad o capacidad de producir tanto como el Padre y el Hijo, aunque no la reduce al acto al no producirá otra persona divina. Quiero decir solamente que el Espíritu Santo, por intermedio de la Santísima. Virgen de quien ha tenido a bien servirse, aunque absolutamente no necesita de Ella reduce al acto su propia fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y a sus miembros. ¡Misterio de la gracia desconocido aún por los más sabios y espirituales entre los cristianos!
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Continuará

Teólogo protestante ahora católico



Por Salvador Melara


Saludos de paz y bien. Mi nombre es Salvador Melara, tengo 39 años, nací en la Iglesia Católica, fuí bautizado, hice mi primera comunión, desde que tengo memoria siempre me gustó la vida religiosa a tal punto que en algunos juegos de mi niñez jugaba que era sacerdote. Cuando llegué a la adolescencia tuve el deseo de ser sacerdote, se lo comuniqué a mi mamá pero lejos de apoyarme me dijo que estaba loco, que pronto iba a conocer alguna muchacha bonita y me iba a enamorar y si me hacía cura no iba a poder porque ellos "no se casan".

En 1983, un compañero de escuela comenzó a "evangelizarme", el era de las Asambleas de Dios. Después de tanto insistirme en acompañarlo al culto al fín me decidí a ir y... me gustó!. Me gustaron las alabanzas, la predicación (ya no había aquel "ritual aburrido, monótono y rutinario" de las misas), y un día antes de cumplir 16 años (30 de agosto de 1983) "acepté a Cristo como mi Salvador". A partír de ahí me fuí involucrando en la congregación, cuando terminé mi bachillerato (high school), comenzé a estudiar medicina pero al final del primer año, después de una convención misionera en la congregación, decidí dedicar mi vida a la vida religiosa (pero esta vez como evangelico) y comenzé a estudiar una Licenciatura en Teología en la Universidad de mi denominación.

Me gradué como Licenciado en Teología en 1992, fuí misionero en Belize por un corto tiempo, y me dediqué a pastorear. Fundé tres congregaciones de las Asambleas de Dios (dos de ellas todavía funcionan pero ya no pertenecen a la denominación), y fuí pastor asociado en dos congregaciones más de la misma denominación. También fuí catedrático de Teología en la Universidad de mi denominación y de otra Universidad evangélica muy importante. En esta segunda universidad me asignan una materia llamada "Historia del pensamiento cristiano", y eso me hizo estudiar a los padres de la Iglesia, y "Nunca" me había percatado que los padres de la Iglesia habían sido "Catolicos".

Comienzo a rastrear la historia de mi denominación y me doy cuenta de que:

1. Jesús dijo que el mundo nos iba a reconocer por ser "perfectos" en unidad, pero hay miles de iglesias evangélicas y todas productos de divisiones de otras iglesias.

2. Mi denominación fué producto de una subdivisión por una supuesta visita del Espíritu Santo.

3. Me enseñaron a odiar a la Iglesia Católica y me dijeron que era la "Gran Ramera", y "guarida de demonios", pero cuando la comenzé a conocer me encontré con expresiones como "Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo"... en la Hora Santa se dice "Bendito sea Dios, Bendito sea su Santo Nombre, Bendita sea la preciosa sangre de Jesucristo, etc.." en el rito de comunión se dice "Líbranos Señor de todos los males y concédenos la paz en nuestros días para que ayudados por tu misericordia vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo... Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria por siempre Señor.. Un demonio "Jamas" puede decir eso...

4. Me dijeron que los católicos le han añadido libros a la Biblia y descubrí que en el s. XIX, Sociedades Bíblicas quitó los libros deuterocanónicos de la versión Reina Valera (la llamada Biblia evangélica) por presiones económicas de las iglesias protestantes dominantes en esa época, porque si no los quitaba dichas iglesias no seguirían aportando el subsidio económico que recibía.

5. Pero el mayor conflicto era que me habían dicho que la Eucaristía era un invento de los católicos, que el pedacito de galleta y el refresquito de uva que tomabamos en la santa cena "representaban" el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pero en los Evangelios y en 1 Corintios cap. 11, Jesús dice claramente "Esto es Mi Cuerpo".

A partir de ahí tuve que tomar una decisión y le comuniqué estos descubrimientos a mis esposa. Yo pensé que iba a haber una reacción negativa por parte de ella pero no.. ella ya estaba luchando contra esto desde hacía algún tiempo pero no podía decirmelo porque yo era pastor, pero cuando supo que yo también estaba luchando, juntos buscamos la Iglesia y fuímos recibidos nuevamente después de cumplir algunos requisitos como bautizar a nuestros hijos y tomar el sacramento del matrimonio.

Este próximo mes de noviembre cumpliremos tres años de haber regresado a la Iglesia. No fué facil porque yo era pastor, profesor de teología, vivía del ministerio y todo eso se terminó de la noche a la mañana. Nos quedamos sin trabajo (fuí removido como profesor de teología), pasamos muchas necesidades después de haber tenido un nivel de vida bastante bueno, pero damos gracias a Dios que El nos sustentó, nos proveyó trabajo a ambos, y ahora con la ayuda de Dios comparto mi testimonio para ayudar a los que están dentro de la Iglesia pero que su fe es muy debil para que se afirmen en la verdadera fe, la fe católica.

Sé que he escrito bastante, pero he procurado resumir lo más que pude, y pido a Dios que estas palabras puedan ser de utilidad, y gracias por tomarse el tiempo de leerlas.
En el amor de Cristo y María, Salvador Melara.
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Tomado de: