Las otras cartas de Pablo: Timoteo y Tito

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.




De todos los colaboradores de Pablo, Timoteo es sin duda el mejor conocido. Era oriundo de la ciudad de Listra, en la provincia de Galacia. Pablo y Bernabé llegaron a Listra en su primer viaje misionero (Hch 14,8-21). Pero fue ya en su segundo viaje misionero cuando el apóstol decide asociarse con su más íntimo colaborador (Hch 16,1-3). Timoteo era hijo de padre griego y madre judía. Por ello y porque entre aquellos cristianos había no pocos de origen judío, Pablo juzgó prudente el que Timoteo fuera también circuncidado. Este aparece vinculado al intenso y complejo trabajo evangelizador del apóstol.

Cuando le comisiona como embajador suyo a Corinto, escribe Pablo: “Para ello os he enviado a Timoteo, mi hijo querido y fiel en el Señor. El os recordará el modo de conduciros como cristianos, cosa que voy enseñando por todas partes y en todas las iglesias” (1 Cor 4,17). Y cuando está proyectando enviarlo a la iglesia de Filipos, les dice: “Pues no tengo a nadie que comparta tan íntima y sinceramente como él mis sentimientos y afán por vosotros. Todos buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo; pero en el caso de Timoteo conocéis su probada fidelidad y el servicio que ha prestado al evangelio juntamente conmigo, como un hijo que ayuda a su padre” (Flp 2, 20-22)

La tradición considera a Timoteo como el primer obispo de la iglesia de Efeso. Las dos cartas que hoy conocemos como dirigidas a él, recogen una serie importante de recomendaciones sobre la organización, la forma de enfrentar a los herejes y la vida cristiana de los creyentes. Pero, de las dos cartas, la segunda viene a ser como el “testamento” espiritual del apóstol Pablo.

Encarcelado y presintiendo próxima e ineludible su muerte, escribe: “Mi vida es como una ofrenda a punto de ser inmolada; ya llega la hora de mi muerte. He luchado con valor, he corrido hasta llegar a la meta, he conservado la fe. Sólo me queda recibir la corona de salvación que el Señor, justo juez, me entregará el día del juicio. Y no sólo a mí, sino a todos los que hayan esperado su venida gloriosa con amor” (2 Tim 4, 6-8)

Por las cartas de Pablo se capta también que el apóstol apreciaba en mucho a su discípulo Tito. Este era un cristiano de origen pagano. Acompañó al apóstol en una época difícil y conflictiva. Fue con él a Jerusalén en momentos de tensión y permanente sospecha de parte de algunos miembros de la iglesia judaizante; fue portador ante los Corintios de la carta más severa de Pablo (2 Cor 8,16). Era Tito un hombre muy práctico, suave en la forma pero eficaz en el fondo. Era un colaborador dotado para resolver problemas difíciles. Su envío a Creta con el fin de nombrar responsables en las iglesias de cada ciudad de la isla (Tit 1,5) va acompañado de un escrito que le acredita ante los cretenses, de quienes se presupone que será su obispo (según Eusebio). Esta credencial es lo que conservamos como “Carta a Tito”.

Yo te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y en nombre de su Manifestación y de su Reino: proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio. Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hay aguardado con amor su Manifestación. (2Tm 4,1-8)

Guía de la 1º Carta a Timoteo

1,1-11 Saludo – Te recomendé que permanecieras en Efeso para hacer frente a esos que andan enseñando cosas raras – Que vivas el amor que brota de un corazón limpio, de una conciencia sana y de una fe sin engaños.

1,12-20 Dios tuvo misericordia de mí y la gracia se volcó sobre mí – Conserva la fe, mantén limpia la conciencia – Por descuidar esta última, algunos perdieron la fe.

2,1-15 Te encarezco, en primer lugar la oración por los gobernantes – Ellos tienen el poder sobre la tierra y por tanto de ellos depende la paz – Hombres y mujeres oren con un corazón limpio, libre de odios y altercados.

3,1-16 Quien aspire a ser dirigente en la iglesia, ha de ser sobrio, equilibrado, cortés, hospitalario y con el don de enseñar a los demás – Quienes están como auxiliares han de ser personas responsables.

4,1-5,2 Entrénate en una vida al servicio de Dios – No hagas estéril el don que has recibido – Trata a los creyentes como si fueran una familia.

5,3-6,5 Consejos prácticos a Timoteo como pastor: Preocúpate de las viudas abandonadas; no aceptes fácilmente una acusación contra un responsable de la iglesia; reprende a quienes pecan de forma pública; cómo han de comportarse los esclavos cristianos; todas estas cosas son las que debes enseñar y recomendar.

6,6-19 La avaricia es la raíz de todos los males – Mantén valerosamente el combate de la fe – Guarda limpio y sin reproche el mandato que has recibido – A los ricos, incúlcales el que no pongan su esperanza en el dinero.

6,20-21 Última recomendación: conserva lo que te he transmitido – Despedida.

Guía de la 2º Carta a Timoteo

1,1-5 Saludo inicial – Te tengo muy presente, día y noche, en mis oraciones.

1,6-19 Sostenido por la fuerza de Dios, sufre conmigo por el evangelio – Al verme encarcelado, muchos de los conocidos me han abandonado – Onesíforo ha sido mi paño de lágrimas.

2,1-26 No te eches atrás en la hora de las penalidades – Ten siempre presente a Jesucristo resucitado – Si morimos con Cristo, viviremos con Él – Esfuérzate por merecer la aprobación de Dios – Quien sirve al Señor ha de ser amable con todos, buen educador y sufrido.

3,1-4,5 Se acercan tiempos difíciles – Pero, tú has seguido de cerca mi enseñanza, mi estilo de vida y mis planes – Desde la cuna te han sido familiares las Escrituras Santas como fuente de sabiduría y de salvación mediante la fe en Cristo Jesús – Proclama el mensaje e insiste en todo momento, tanto si gusta como si no gusta.

4,6-18 Ya llega la hora de mi muerte – He luchado con valor, he corrido hasta llegar a la meta, he conservado la fe – Sólo me queda recibir la corona de salvación – El único que está conmigo es Lucas – Ante el tribunal me sentí desamparado.

4,19-22 Saludos finales.

Te he dejado en Creta, para que terminaras de organizarlo todo y establecieras presbíteros en cada ciudad de acuerdo con mis instrucciones. (Tit 1,5)

Guía de la Carta a Tito

1,1-4 Saludo intenso y solemne.

1,5-16 En Creta, nombra a los responsables de la iglesia, conforme a mis instrucciones – En esa región abundan los propagadores de falsas doctrinas.

2,1-3,11 Enseña en conformidad con la doctrina auténtica – Porque se ha hecho visible la bondad de Dios que trae la salvación – Restablecidos en su amistad, hemos sido constituidos en herederos de la vida plena que esperamos – Evita controversias, polémicas y divisiones.

3,12-15 Recomendaciones personales y saludos.



Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús. (Gal 3,28)

PABLO Y LA MUJER: Cuando llegaron a Filipos, en Macedonia, fueron junto a la ribera del río y allí se encontraron con un grupo de mujeres. Y luego de ori a Pablo, una de ellas, llamada Lidia, se convirtió al Señor y les ofreció hospitalidad (Hch 16,13-15). Son bastantes las referencias en el libro de los Hechos y en las cartas del apóstol que muestran la colaboración de no pocas mujeres y el reconocimiento de Pablo hacia ellas (Hch 17,4 y 12; 17,34; Rm 16,1-12; Col 4,15; Flp 4,2). Es un hecho y no cabe duda alguna de que las mujeres participaron de forma muy activa en su apostolado evangelizador.

Pero diversos textos de sus cartas (1Cor 11,2-16; 14,34-35; Ef 5,22-24) parecen contradecir y chocar con este hecho ya resaltado por evidente. Si por una parte se defiende el derecho de la mujer cristiana a manifestar de forma pública los dones y carismas recibidos del Espíritu, por otra se les impone que se cubran con un velo en la asamblea. La explicación aceptable sería la de que el velo en la mujer era un signo cultural y religioso arraigado en el Oriente. Era un signo de sencillez y también de libertad, contrario a la vanidad y ostentación. Para estar en la presencia de Dios tal como uno es, hay que estarlo desde el ser uno “criatura”, tal cual.

Sobre los versículos 34-35 correspondientes al cap. 14 de la primera carta a los Corintios, se consideran hoy en día como una interpolación posterior de influencia judía. Véase el texto 1Tim 2,11-12 similar al de 1Cor 14 (La autoría de las cartas pastorales es atribuida a un discípulo del apóstol).

Respecto al texto de Ef 5,22-24 se trataría de una explicación (¿?) de la relación entre Cristo y su Iglesia. Se parte del hecho real, sobre todo en aquel tiempo, de la subordinación de la mujer a su marido (como el cuerpo de la cabeza). De forma análoga, la santidad a la Iglesia le viene de su cabeza que es Cristo. No parece ser una alegoría acertada para nosotros, pero su enseñanza de fondo es que la relación entre los esposos cristianos no sólo se funda en el respeto mutuo sino sobre todo en un amor al estilo de Cristo con su Iglesia. En toda interpretación no olvidemos el principio de Pablo: “Ya no hay distinción entre judío o griego, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28)





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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Como Católicos deberían explicar 1Timoteo 3:2, acerca de que el obispo pastor o dirigente como lo quieran llamar si debe tener esposa, pues en ninguna carta de Pablo, habla de celibato como obligación sino por voluntad propia, como él que decidió ser soltero.