Las otras cartas de Pablo: Carta a los Hebreos

P. Fernando Martínez, S.J.


El sacerdocio de Cristo

Ante cualquier escrito del Nuevo Testamento se suelen hacer las tres preguntas de rigor: ¿quién escribió el libro?; ¿a quiénes estaba dirigido? Y ¿cuándo fue escrito? Aunque la respuesta a estas interrogantes varía y tiene su propio valor, que no se ha de menospreciar, lo más importante bajo el punto de vista esencial de la Escritura como alimento espiritual de la propia vida de fe, es que su verdadero autor en definitiva y conforme a la realidad espiritual de la fe no es otro sino el Espíritu Santo; y que los destinatarios somos nosotros mismos, cada uno de nosotros; y que se trata de un escrito vivo, con vitalidad permanente, como si cada día se estuviera escribiendo. El Espíritu es fuente y origen de vida y de luz y también de fortaleza y amparo.

Respecto de la calificada como “Carta a los Hebreos” es conocido el texto de Orígenes (siglo III), un gran estudioso de la Escritura: “Si yo tuviera que exponer mi opinión, yo diría que los pensamientos son del apóstol, pero la expresión y la composición son de alguien que ha recogido sus enseñanzas y, por así decirlo, ha glosado la doctrina del maestro. Por tanto, si una iglesia mantiene esta carta como obra de Pablo, que se considere muy feliz por ello, porque no sin fundamento alguno los antiguos nos la han transmitido como una obra suya. Pero sólo Dios sabe quién es el que realmente la escribió.”

A la autorizada apreciación precedente hemos de añadir, que la llamada “Carta a los Hebreos” no es propiamente una carta sino una predicación muy bien estructurada y con un estilo literario muy superior al habitual en los escritos del Nuevo Testamento. Pero su contenido sí tiene referencias claras que indican la influencia de las ideas de Pablo acerca de la obediencia de Cristo, la ley que no es suficiente para salvarnos y la gloria y exaltación de nuestro Señor como resucitado y viviente actual.

Respecto de los destinatarios titulares de esta carta (a los “hebreos”), se justificaría sólo en buena parte por el conocimiento detallado y profundo que implica el escrito acerca del A.T., y más en particular de su prolijo ritual en los sacrificios. Los destinatarios de hecho son cristianos de segunda generación que se sienten muy atribulados y perseguidos en su fe. En consecuencia, la fecha del escrito se suele situar entre la del incendio de Roma que fue inculpado a los cristianos (a. 64) y la de la destrucción del templo de Jerusalén (a. 70)

Para una lectura útil y provechosa de esta carta, que más que carta es como una predicación litúrgica, no de fácil comprensión, conviene seguir su estructura. Consta ésta de cinco partes que van encuadradas por un prólogo y un epílogo al final.

Prólogo (1,1-3): Dios nos ha hablado por medio de su hijo Jesucristo, culmen de la historia de nuestra salvación.

Parte 1º (1,4-2,18): Es un poderoso valedor, más que los mismos ángeles; él es el único capaz de recuperar el destino perdido de los hombres al ser él también un hombre sufriente. Por haber sido puesto a prueba él mismo y haber soportado el sufrimiento, puede ahora ayudar a quienes se debaten en medio de la prueba.

Parte 2º (3,1-5,10): Jesucristo, como verdadero hijo que es, está al frente de la casa de Dios. A ella somos llamados nosotros, mientras mantengamos una fe esperanzada y alegre. Esforcémonos por entrar en su descanso. Jesucristo es nuestro sumo sacerdote. Pues Él tiene la confianza de Dios y la representación de los hombres que necesitan de misericordia y comprensión. El puede compadecerse de nuestras flaquezas. El, aun siendo hijo como era, aprendió en la escuela del dolor lo duro y penoso que cuesta obedecer (ser fiel).

Parte 3º (5,11-10,39): Es la sección más central del sermón y en ella desarrolla su autor, las características esenciales del sumo sacerdocio de Jesucristo. Después de una exhortación esperanzada (5,11 – 6,20) hacia el madurar como adultos fuertes en la fe en Jesucristo, se presenta (7,1 – 28) el aspecto de su sacerdocio levítico del Antiguo Testamento, y que sólo en Melquisedec (Gn 14,18-20 y Sal 110,4) se encuentran signos vivos de este sacerdocio para siempre. Es un sacerdocio no en virtud de un sistema de normas y leyes terrenas, sino en virtud del Altísimo que posee una vida indestructible. Es un sacerdocio nuevo.

Un segundo aspecto del sacerdocio de Cristo es su perfección (8,1-9,28). ¿En qué consiste esa perfección? El culto antiguo es imperfecto porque no llega a Dios, se queda en la tierra, en su templo, sombra oscura de las realidades celestiales. La antigua alianza se ha quedado vieja porque los sacrificios de entonces eran externos. Pero el sacrificio de Cristo se presenta ante Dios en un templo que no es de este mundo; ofreció su vida hasta la muerte y cargó sobre sí la ceguera y los pecados de todos. Es el sacrificio y culto de la nueva alianza. Y así Cristo siendo también hombre no entró en un santuario hecho por hombres, sino en el mismo cielo, donde ahora intercede por nosotros en presencia de Dios.

Un tercer aspecto (10,1-18) del sacerdocio de Cristo es que viene a sustituir a la ley porque ésta, lejos de eliminar el pecado, nos lo recuerda. El sacerdocio de Cristo lo borra y no sólo no lo tiene en cuenta sino que lo desborda: “… y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de su cuerpo, una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios” (10,10).

Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. El puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana. Por eso debe ofrecer sacrificios, no solamente por los pecados del pueblo, sino también por los propios pecados. (Heb 5,1-3)

A continuación, el autor del sermón hace una exhortación (10,19-39) a la vida cristiana, radica en una confianza plena ante la salvación que se nos ofrece por medio de Cristo. Hay una clara advertencia contra la apostasía y un recuerdo encendido de la recompensa que nos espera.

Parte 4º (11,1-12,13): Destaca dos actitudes fundamentales para levar una vida cristiana, la de la fe que salva y la de la paciencia en soportar las pruebas que conlleva esa misma vida cristiana. Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y las realidades que vemos, “Armaos de valor y no os dejéis vencer por el cansancio” (12,12)

Parte 5º (12,14-13,19): Subraya dos actitudes, la primera de acercamiento al Dios que habla, y la segunda, de perseverancia en el amor fraterno. “No ceséis de amaros los unos a los otros como hermanos” (13,1). “Esos son los sacrificios que agradan a Dios” (13,16).

Epílogo (13,20-21): Un final solemne y litúrgico; una especie de oración por la que el autor del sermón pide a Dios mismo a favor de sus destinatarios para que él les “haga aptos para el cumplimiento de su voluntad con toda clase de obras buenas”.

Aquellos versículos que vienen después (13,22-25) son un añadido de la persona que se encarga de remitir el sermón como un escrito a una comunidad cristiana, y de recomendarles su lectura al estilo paulino. Y ellos podrían muy bien haber tenido su origen en el mismo Pablo.

Precisamente por haber sido puesto a prueba Él mismo y haber soportado el sufrimiento, puede ahora ayudar a quienes se debaten en medio de la prueba (Heb. 2,18)





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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.

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