Domingo VI Pascua. Ciclo B - El amor a Dios y al prójimo
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P. Adolfo Franco, jesuita.
Lectura del santo evangelio según san Juan (15, 9 -17)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»
Palabra del Señor
Amor a Dios y al prójimo, lo central de todo el mensaje de Jesús
Jesús en el largo discurso que tiene con los discípulos al final de la Ultima Cena está dando las últimas recomendaciones y enseñanzas. Es la última vez que hablará tan largo con ellos. Y en este contexto se inserta el párrafo que leemos en este domingo.
El mensaje es especialmente hermoso, porque todo él se centra en el amor. Jesús nos dice que nos ama, como el Padre lo ama a El. Y nos pide permanecer en el amor. Nos llama amigos. Nos dice que el amor debe llevarnos a guardar los mandamientos y a dar la vida por los demás. Y añade que somos objeto de su elección; nos ha elegido para amarnos y para que amemos.
Esta es la esencia de nuestra relación con Dios. Si hubiera que hacer una síntesis breve de lo que es ser Cristiano, es ésta, que es la síntesis que hace Jesús.
Lo primero y esencial es la relación de amor entre Jesús y el cristiano y entre el cristiano y Jesús. La religión cristiana para muchos es un conjunto de reglas de conducta, o un conjunto de cumplimientos rituales, o un conjunto de verdades sobre Dios, el mundo y la vida. Religión cristiana convertida en una moral, o en prácticas rituales o en una ciencia de lo trascendente. Cristo pone el énfasis en otra cosa. No es que haya que descartar de la vida cristiana, ni los mandamientos, ni las prácticas sacramentales, ni el conocimiento que deriva de la fe. Pero la esencia es otra cosa, es la relación de amor entre Cristo y el cristiano, que además es la que da vida auténtica a la moral, a los ritos y al conocimiento de las verdades.
Si no amamos no somos nada, y nuestro cumplimiento de preceptos morales, será una mala imitación de lo que Jesús quería. El recto cumplimiento de la moral cristiana es una consecuencia del amor: estar enamorado de Jesús nos conduce a hacer el bien: es una prolongación del amor mismo. El bien buscado siempre y en toda circunstancia, es un impulso que nace del amor que se le tiene a Jesús. Por eso El mismo dice: si me aman guardarán mis mandamientos. Y darán la vida por los demás, que es el resumen de toda la moral cristiana: vivir sin egoísmo hasta dar a cada uno de los que me rodean un poco de mi vida. Esa es la moral del mandamiento que se refiere a los padres, a la vida de los demás, a la pureza, a los bienes. Quien quebranta alguno de estos mandamientos, no da vida, sino quita vida. Y Jesús está hablando de dar la vida.
Además, nos dice que no le hemos elegido nosotros, sino que El nos ha elegido. El es el que tiene la iniciativa siempre, El es el que hace la Salvación, el que nos la ofrece, el que nos llama a participar con El; El es quien nos elige para ser sus amigos, para depositar en nosotros su amor. El que ama hace una elección. Y eso hace Jesús: al amarnos, nos elige. Ese Jesús que vivió, murió y resucito ¿me ama a mí? ¿está hoy presente a mi lado? A veces estas palabras nos pueden parecer palabras hermosas inventadas, pero que no corresponden a nada real. Y, sin embargo, aunque no se conviertan en algo corporal y material, son tan reales o más que el suelo que pisamos y el aire que respiramos. Algo parecido les pasó a los apóstoles cuando lo vieron resucitado: pensaron que era un fantasma, también nosotros pensamos que su amor es un fantasma. Y Jesús tiene que demostrarles y demostrarnos que no es un fantasma. Nosotros no tenemos normalmente la posibilidad de la constatación palpable de su presencia. Pero estamos rodeados de símbolos que nos llevan a conocer esta realidad, a veces se nos comunican experiencias íntimas, y siempre tenemos la luz de la fe (que es la forma más certera de conocer la realidad), y todo eso converge en la misma verdad: Jesús me ama. Y me ama porque ha elegido libremente amarme; y de ahí deriva que yo cumpla sus mandamientos, y que dé también la vida, como El ha dado la vida por los amigos. Y así daremos fruto, o sea nuestra vida no habrá sido estéril, sino de verdad fructuosa. Esa es la forma en que Jesús quiere que entendamos nuestra propia existencia, la existencia cristiana.
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Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de MAYO 2021: El mundo de las finanzas

junto al Corazón de tu Hijo Jesús,
que se entrega por mí y que viene a mí en la Eucaristía.
Que tu Espíritu Santo me haga su amigo y apóstol,
Pongo en tus manos mis alegrías y esperanzas,
en comunión con mis hermanos y hermanas de esta red mundial de oración.
Señor Jesús, Hijo del Padre, que defendiste a los pobres
sometidos por las injusticias económicas de tu tiempo,
presentamos ante Ti a nuestros hermanos, que sufren
las consecuencias negativas de una economía financiera,
que alimenta la especulación sin trabajo y ahoga la verdadera
Economía centrada en las personas que trabajan.
¡Nos indigna esta injusticia que hunde a los más frágiles!
Que tu Espíritu ablande el corazón de los responsables de esta situación
para que usen el poder para proteger y cuidar a los menos favorecidos.
Y a nosotros danos un corazón grande para compartir
el fruto de nuestro de nuestro trabajo, aliviando el sufrimiento.
Amen.
Padre Nuestro…
Ave María...
Gloria...
Amén
Intención del Papa Francisco para el mes de Mayo: Regular los peligros financieros
Comentario del Papa Francisco a la intención del mes
109. […] La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real.
No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental. En algunos círculos se sostiene que la economía actual y la tecnología resolverán todos los problemas ambientales, del mismo modo que se afirma, con lenguajes no académicos, que los problemas del hambre y la miseria en el mundo simplemente se resolverán con el crecimiento del mercado. No es una cuestión de teorías económicas, que quizás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la economía.
Quienes no lo afirman con palabras lo sostienen con los hechos, cuando no parece preocuparles una justa dimensión de la producción, una mejor distribución de la riqueza, un cuidado responsable del ambiente o los derechos de las generaciones futuras. Con sus comportamientos expresan que el objetivo de maximizar los beneficios es suficiente. Pero el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social[89]. Mientras tanto, tenemos un «super desarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora»[90], y no se elaboran con suficiente celeridad instituciones económicas y cauces sociales que permitan a los más pobres acceder de manera regular a los recursos básicos.
No se termina de advertir cuáles son las raíces más profundas de los actuales desajustes, que tienen que ver con la orientación, los fines, el sentido y el contexto social del crecimiento tecnológico y económico.
189. La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente curación. La crisis financiera de 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos y para una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo una reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo al mundo. La producción no es siempre racional, y suele estar atada a variables económicas que fijan a los productos un valor que no coincide con su valor real. Eso lleva muchas veces a una sobreproducción de algunas mercancías, con un impacto ambiental innecesario, que al mismo tiempo perjudica a muchas economías regionales [133]. La burbuja financiera también suele ser una burbuja productiva. En definitiva, lo que no se afronta con energía es el problema de la economía real, la que hace posible que se diversifique y mejore la producción, que las empresas funcionen adecuadamente, que las pequeñas y medianas empresas se desarrollen y creen empleo.
CARTA ENCÍCLICA LAUDATO SI - FRANCISCO - 24 DE MAYO DE 2015
Ver el texto completo:
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html
PARA MEDITAR: HUMANOS
Riqueza genuina y trabajo transformador
El trabajo es una fuerza transformadora y creadora. A través del trabajo cada persona tiene la oportunidad de colocar su energía creativa y transformadora al servicio de la mejora sus ambientes y así del mundo (cfr. Gn 1, 28). Esa fuerza creadora es fuente de riqueza que aprovecha a sí mismo (sustento) y a otros, repitiéndose el círculo virtuoso de trabajo – energía transformadora – creación de riqueza.
Sin embargo, cuando el centro de esta dinámica deja de ser el trabajo que protagoniza una persona y su lugar lo ocupa el dinero comienza a gestarse un círculo vicioso en el que se pierde el central: la persona y el trabajo transformador. Lo importante no es el valor “de mercado” medido en dinero que las cosas tienen sino la persona que con su trabajo protagoniza la transformación y la mejora del mundo. La generación de riqueza que produce el trabajo transformador es un resultado deseable en el mundo, lo perverso es la acumulación de esa riqueza en manos de unos pocos.
Y el colmo se da cuando el dinero se transforma en un generador de valor: tener dinero genera más dinero, comprando y vendiendo monedas reales o digitales, dando a préstamo; porque ya no importa si hay personas o hay trabajo, sólo importa el dinero que se gana con el dinero y no con la energía del trabajo de la persona.
Lo único que puede garantizar el desarrollo integral de las personas es que ellas tengan acceso a un trabajo transformador, que ese trabajo pida su fuerza creativa, generando riqueza para sí mismo y para otros. Así la economía se apoya en las personas y el trabajo, capitaliza sus talentos, estimula desafíos, transforma el mundo, y ayuda a crecer. La política debe estar al servicio de este circuito generando ambientes económicos sanos de crecimiento para las personas. Se trata de la única opción válida, y no de una opción más, sino como humanidad estaremos hipotecando nuestro futuro.
Te invitamos a que este mes acompañemos con la oración y el servicio al Papa Francisco que nos invita a mirar de cerca este desafío de una la economía real apoyada en el trabajo transformador protagonizado por las personas. Pequeñas actitudes cotidianas, aunque sencillas, colaboran con este pedido del Papa: pongamos en valor el trabajo de quienes tenemos cerca no por su valor económico sino porque es realizado por un hermano y por el amor puesto en él; en toda situación rescatemos el valor de la persona y no la utilidad de lo que hace o deje de hacer; seamos austeros con el uso del dinero. Y este mes “recemos para que los responsables del mundo financiero colaboren con los gobiernos, a fin de regular los mercados financieros para proteger a los ciudadanos de su peligro”.
MARÍA BETTINA RAED - DIRECTORA REGIONAL RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA - ARGENTINA - URUGUAY
PARA MEDITAR: HUMILDAD
La persona en el centro
Francisco pone su mirada en este mes de mayo en los responsables del mundo financiero y en su colaboración con los gobiernos, con el fin de regular el campo de las finanzas. En el trasfondo de la intención se encuentra la protección de los ciudadanos: la persona.
Leyendo someramente y sin profundizar, pudiera parecernos que la intención de este mes nos queda algo lejos a la mayoría de nosotros, que, ni somos responsables del mundo financiero, ni miembros de los gobiernos. Pero, como en todas las intenciones que mensualmente nos propone en Papa, las posibilidades concretas de acción en nuestra vida cotidiana son múltiples.
Para centrar el tema, quizá sea necesario mirar la intención de oración en clave de la persona y sus relaciones. Las personas son, en definitiva, el centro y la clave de la intención. Francisco nos habla, con frecuencia, de la economía y las finanzas como ocasión de encuentro, de diálogo, de reconocimiento de derechos y de prestación de servicios.
El desafío de este mes nos invita a reflexionar y mirar la propia vida en relación con esta temática, desde una doble perspectiva.
En primer lugar, nos llama la atención en relación con nosotros mismos y nos invita a revisar cómo es nuestra conducta (nuestras “pequeñas” corrupciones, evasiones fiscales y de impuestos…), nuestro consumo, nuestra cultura de “usar y tirar”, nuestra obediencia, a veces ciega, a la mano invisible del mercado… No somos bienes de consumo. Y Francisco nos invita, con esta intención, a relativizar el dinero y el poder, a no buscar tanto tener más, como ser más.
En segundo lugar, es también una invitación a revisar nuestras dinámicas y nuestras relaciones con los demás: ¿anteponen a la persona o a la economía y el dinero? ¿son altruistas o utilitaristas? Las elecciones cotidianas, ¿ayudan a favorecer el bien social, ofreciendo oportunidades de desarrollo a todos?
En definitiva, nuestras acciones ¿están encaminadas a no dejar a nadie atrás, a no descartar a ninguno de nuestros hermanos y hermanas? ¿Vivimos de verdad una solidaridad generosa y desinteresada, poniendo nuestros bienes al servicio de bien común?
Para poder llevar a cabo este programa es necesaria, sin duda, una profunda renovación de nuestro corazón (conversión). Pidamos, durante este mes, esta conversión personal, a la vez que oramos y nos movilizamos para que los responsables del mundo financiero y los gobiernos pongan todo su empeño en luchar contra los desequilibrios, en la condonación de la deuda de los países que más lo necesitan, en la colaboración entre entidades locales e internacionales que trabajen a favor de la erradicación de la pobreza, a ayudas a vivienda, escuela, electricidad y agua potable, y en trabajar por una vida digna para todos, desde los niños a los ancianos.
DAVID FORNIELES - COORDINADOR NACIONAL - MEJ - ESPAÑA
PARA MEDITAR: VÍNCULOS
Riqueza que genere trabajo
Algunas ideas simples de economía nos pueden ayudar a ponerle “carne” a la oración y la acción de este mes. En primer lugar, la economía de una sociedad mide y pone valor al trabajo y a los bienes que éste produce. El valor real de los bienes lo dan las personas por el uso que hacen de ellos y se mide en dinero. En segundo lugar, el valor del trabajo se mide según los bienes que produce. Así, si las personas usamos de manera desmedida los bienes, los hacemos más caros e inaccesibles para los más pobres. Por otro lado, no importa tanto quién trabaja, como en qué se trabaja y cuánto valen lo bienes que se producen. La persona, que debería ser el centro del trabajo, pasa a ser secundaria, importa lo que se hace y cuánto vale y no quién lo hace.
Un problema extra es el juego del mercado financiero, donde los protagonistas ya no son el trabajo, las cosas o los bienes, sino el valor de ellos y, más aún, no lo que valen realmente sino lo que se cree que valen. “Las finanzas ahogan la economía real” dice el Papa Francisco sobre este tema. Así, muchos trabajos, y muchos producidos de esos trabajos valen lo que las finanzas dicen que valen, y no lo que las personas dicen que valen. Es decir que están a la merced de mercados financieros volátiles e inseguros controlados por unos pocos. Mercados que generan más dinero, pero menos trabajo; más riqueza, pero menos bienes y servicios para las personas. Es allí donde la riqueza y el dinero sirven para generar más riqueza y más dinero, pero no más trabajo ni crecimiento humano. Por eso es urgente una regulación de estos mercados.
Sin embargo, debemos darnos cuenta, que nosotros, podemos influir en este circuito con nuestras decisiones. El modo en que usamos bienes y servicios, compramos y vendemos pone valor a las cosas. También nosotros, ante el trabajo de los demás, decidimos si valoramos el qué o el quién. También es nuestro consumo desmedido lo que impulsa las producciones alienantes y destructivas que solo alimentan más consumo, encarecen los bienes y los hacen inaccesibles para la mayoría. La riqueza de algunos es el trabajo no valorado de muchos.
Tenemos el deber humano y fraterno con los demás de inclinar esta balanza hacia el otro lado. Urge que despertemos, que nos demos cuenta si somos cómplices de este sistema o facilitadores de una economía sustentable. ¿Colaboramos con la cultura del descarte y el consumo desmedido? Orientemos nuestro trabajo y nuestra riqueza, poca o mucha, al servicio de generar trabajo. Que nuestro trabajo sea una oportunidad para poner en valor el trabajo de otros, no para quitarle. Tomemos en consideración que las cosas son medios y su valor real está en que son el fruto del trabajo de alguien, y no tienen valor en sí mismas, sino sólo en relación con las personas.
La verdadera riqueza es la que genera trabajo, y el verdadero trabajo es el que se valora en relación con la persona y no por lo que produce. Debemos generar riqueza que genere trabajo, y trabajo que genere valor y crecimiento para las personas y no para las cosas. Son las personas las que crecen, no las economías.
JUAN IANCHINA, LIC. EN ECONOMÍA - ARGENTINA
PARA MEDITAR: ORACIÓN
Orar da consistencia a la vida
La oración nos cambia y nos transforma operando en nosotros una renovación de mirada que nace desde el corazón. Orar es encuentro, y cuando el encuentro es verdadero, real, salimos de ella transformados. En la oración damos permiso al Señor para que tome lo nuestro y nos lo devuelva según su Él. “Cuando se reza, todo adquiere ‘espesor’. Esto es curioso en la oración, quizá empezamos en una cosa sutil, pero en la oración esa cosa adquiere espesor, adquiere peso, como si Dios tomara en sus manos y la transformase” (Papa Francisco).
Orar es un encuentro personal con el Señor en el que no nos desentendemos de nuestra realidad para que mágicamente el Señor la resuelva, sino por el contrario, entregamos lo que llevamos en el corazón para acoger lo que el Señor nos quiera dar y del modo que Él lo quiera. Por eso orar es llevar la vida propia a la oración y al salir de ella es hacer vida lo que en la oración se nos da a sentir. En este sentido, la oración da consistencia a la vida y lo que vivimos pone carne y realidad a la oración.
Así, no sólo nos encontramos con el Señor en los momentos en los que estamos a solas con Él, en el silencio y la soledad de la oración, sino en cada momento del día, en lo que nos toca vivir, pues el Señor no sólo acoge nuestra realidad en la oración, sino que nos acoge a nosotros en la realidad que vivimos, sale a nuestro encuentro allí donde estamos y en lo que hacemos. Orar es un camino continuo, es una manera de estar, un estilo de vivir, pues es estar en Él y con Él a cada momento, en la soledad de la oración, y en la rutina de trabajo donde Él nos espera y nos acoge. Orar es con Él, en Él para ser cada vez más como Él.
EQUIPO CLICK TO PRAY - ESPAÑOL
Actitudes del mes para encarnar en nuestra vida
Las intenciones de oración del Papa nacen de la compasión por el mundo y, por lo tanto, expresan desafíos para la humanidad y para la misión de la Iglesia. Cuando Francisco nos confía sus intenciones de oración, nos ayuda a acercarnos al corazón de Cristo, a contemplar el mundo con sus propios ojos: «El corazón de Cristo es tan grande que desea acogernos a todos en la revolución de la ternura. La cercanía al Corazón del Señor insta a nuestro corazón a acercarse a nuestro hermano con amor, y nos ayuda a entrar en esta compasión por el mundo» Francisco.
Cada intención puede ser desplegada en actitudes concretas que ayudan a encarnarla en la propia vida. Estas actitudes constituyen “una bajada” a la vida concreta y por tanto orientan el diseño de contenidos en los diversos proyectos de la RMOP, las instancias de formación, oración y actividades apostólicas en las comunidades cuyo tema sea la intención de oración mensual. Las actitudes orientan el modo de concretar en la propia vida, la intención de oración.
La actitud que aparece en el centro es la actitud global mensual, la cual es desplegada en actitudes concretas a trabajar durante el mes.
REVISTA DIGITAL - RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA - MAYO 2021 - N°55
Domingo V Pascua. Ciclo B - Jesús la Vid y los sarmientos
P. Adolfo Franco, jesuita.
Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»
Palabra del Señor
Jesús nos anima a unirnos a Él para que nuestra vida de frutos de servicio
Jesús habla de su relación con nosotros con una parábola hermosa: La de la Vid y los sarmientos. El es la vid y nosotros las ramas. Y nos afirma que las ramas que no están unidas a la vid, se secan y no producen fruto, simplemente son ramas inútiles, que solo sirven como leña para el fuego.
Lo que está encerrado en estas afirmaciones es muy serio: Jesús es el centro de la vida, y si nos separamos de El, el flujo de la vida no nos llega. Esto lo ha dicho de muchas formas y en diversos momentos: por ejemplo cuando nos dice que El es el pan de la vida, y que si no nos alimentamos de El no tenemos vida. Y en el comienzo del Evangelio de San Juan se dice: por El fue hecho todo lo que existe. Y San Pablo, en forma similar, dice: todo fue creado por El y para El.
Se trata de un asunto esencial: algo que toca a la esencia del ser. Sin Cristo estamos privados de las conexiones vitales, que nos hacen vivir. No es sólo un asunto religioso, sino más hondo, no se trata solo del comportamiento moral, sino de la esencia misma del ser. Esa es la afirmación de Jesús: El está en el centro de toda vida, y toda vida se alimenta en la medida en que mantiene nexos vitales con El.
¿Cómo haremos para mantener esta unidad con El? Hay muchas cosas que podemos hacer, para mantener y reforzar esta unión. Pero también hay que afirmar que aquí se trata de la ayuda de Dios, imprescindible para toda obra buena. Esa ayuda de Dios la podemos suponer, porque Dios siempre está dispuesto: El quiere que todos los hombres se salven; por tanto lo que queda es ver cuál es nuestra parte en este trabajo de estar unidos con Jesús.
Primero hay que evitar todo corte de los vasos vitales por los cuales nos llega su aliento de vida: claro está que con el pecado se corta o se debilita esta unión vital con Cristo. Esta es una condición previa, para poder después progresar en la unión. Hay que subrayar de nuevo que se trata de unión substancial, y no simplemente concordancia moral con Cristo: cumplir lo que El dice. En esto nos va la vida, en estar unidos a la fuente de donde nace y se alimenta toda vida.
La unión se hace entonces por la gracia, ese flujo vital, por el cual la vida de Dios vive en nosotros. Y que se alimenta por los sacramentos y por la oración. Lamentablemente los sacramentos no producen en nosotros todos sus efectos, porque el rito se nos convierte a veces en una barrera, por nuestra falta de penetración en el misterio. El sacramento no es un “encuentro”, como debería ser. Se trata de una cita de verdad con Aquel que nos ama. Pero cuando se recibe, o se acude a El, sin fuerza, sin apertura de corazón, nuestro espíritu queda en la periferia de la fiesta, como un invitado que se queda sólo a la puerta. Es verdad que el Sacramento está rodeado de una especie de muralla, que es la forma ritual en que se celebra. Y hay que penetrar en esa muralla, para que se produzca el encuentro.
Aquí hay dificultades que se pueden ir eliminando poco a poco, con un poco de interés personal, y con mucha ayuda del Señor. El quiere que vayamos vislumbrando poco a poco el tesoro escondido, y que tengamos como meta, atravesar la cortina del tesoro. Dios entrará en nosotros para hacernos recibir el milagro de su amor. Así se irá produciendo más y más el fruto de la unión, así nuestra ramita (nosotros) estaremos unidos a esa vid, que nos provee de frutos tan maravillosos, como la paz y el gozo de vivir en El.
Y de forma similar la oración debe intensificar esta unión con El. La oración en sí misma es estar unidos a Cristo, para que se produzca un flujo de El a nosotros y de nosotros a El. Esta oración viene siendo un proceso en que progresivamente vamos pasando de los círculos exteriores hasta el centro de la intimidad. Pero el que persevera en la oración poco a poco se irá adentrando, cada vez estará en una órbita más cercana al Centro, al Sol. Así la oración irá produciendo el fruto de la unión.
Esa es una tarea importante para nuestra vida, ya que El nos ha dicho que si no estamos unidos a su tronco, no tenemos vida, no tenemos fruto. Y ponerse en marcha hacia esa unión le da a la vida una plenitud insospechada. Marchar decididos a una unión tal que podamos exclamar: Vivo yo, pero no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí.
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Catequesis del Papa sobre la Oración: 31, «La meditación»
PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 28 de abril de 2021
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy hablamos de esa forma de oración que es la meditación. Para un cristiano “meditar” es buscar una síntesis: significa ponerse delante de la gran página de la Revelación para intentar hacerla nuestra, asumiéndola completamente. Y el cristiano, después de haber acogido la Palabra de Dios, no la tiene cerrada dentro de sí, porque esa Palabra debe encontrarse con «otro libro», que el Catecismo llama «el de la vida» (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2706). Es lo que intentamos hacer cada vez que meditamos la Palabra.
La práctica de la meditación ha recibido en estos años una gran atención. De esta no hablan solamente los cristianos: existe una práctica meditativa en casi todas las religiones del mundo. Pero se trata de una actividad difundida también entre personas que no tienen una visión religiosa de la vida. Todos necesitamos meditar, reflexionar, reencontrarnos a nosotros mismos, es una dinámica humana. Sobre todo, en el voraz mundo occidental se busca la meditación porque esta representa un alto terraplén contra el estrés cotidiano y el vacío que se esparce por todos lados. Ahí está, por tanto, la imagen de jóvenes y adultos sentados en recogimiento, en silencio, con los ojos medio cerrados… Pero podemos preguntarnos: ¿qué hacen estas personas? Meditan. Es un fenómeno que hay que mirar con buenos ojos: de hecho nosotros no estamos hechos para correr en continuación, poseemos una vida interior que no puede ser siempre pisoteada. Meditar es por tanto una necesidad de todos. Meditar, por así decir, se parecería a detenerse y respirar hondo en la vida.
Pero nos damos cuenta que esta palabra, una vez acogida en un contexto cristiano, asume una especificidad que no debe ser cancelada. Meditar es una dimensión humana necesaria, pero meditar en el contexto cristiano va más allá: es una dimensión que no debe ser cancelada. La gran puerta a través de la cual pasa la oración de un bautizado —lo recordamos una vez más— es Jesucristo. Para el cristiano la meditación entra por la puerta de Jesucristo. También la práctica de la meditación sigue este sendero. Y el cristiano, cuando reza, no aspira a la plena transparencia de sí, no se pone en búsqueda del núcleo más profundo de su yo. Esto es lícito, pero el cristiano busca otra cosa. La oración del cristiano es sobre todo encuentro con el Otro, con el Otro pero con la O mayúscula: el encuentro trascendente con Dios. Si una experiencia de oración nos dona la paz interior, o el dominio de nosotros mismos, o la lucidez sobre el camino que emprender, estos resultados son, por así decir, efectos colaterales de la gracia de la oración cristiana que es el encuentro con Jesús, es decir meditar es ir al encuentro con Jesús, guiados por una frase o una palabra de la Sagrada Escritura.
El término “meditación” a lo largo de la historia ha tenido significados diferentes. También dentro del cristianismo se refiere a experiencias espirituales diferentes. Sin embargo, se pueden trazar algunas líneas comunes, y en esto nos ayuda también el Catecismo, que dice así: «Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. […] Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús» (n. 2707). Y aquí se señala un compañero de camino, uno que nos guía: el Espíritu Santo. No es posible la meditación cristiana sin el Espíritu Santo. Es Él quien nos guía al encuentro con Jesús. Jesús nos había dicho: “Os enviaré el Espíritu Santo. Él os enseñará y os explicará. Os enseñará y os explicará”. Y también en la meditación, el Espíritu Santo es la guía para ir adelante en el encuentro con Jesucristo.
Por tanto, son muchos los métodos de meditación cristiana: algunos muy sobrios, otros más articulados; algunos acentúan la dimensión intelectual de la persona, otros más bien la afectiva y emotiva. Son métodos. Todos son importantes y todos son dignos de ser practicados, en cuanto que pueden ayudar a la experiencia de la fe a convertirse en un acto total de la persona: no reza solo la mente, reza todo el hombre, la totalidad de la persona, como no reza solo el sentimiento. En la antigüedad se solía decir que el órgano de la oración es el corazón, y así explicaban que es todo el hombre, a partir de su centro, del corazón, que entra en relación con Dios, y no solamente algunas facultades suyas. Por eso se debe recordar siempre que el método es un camino, no una meta: cualquier método de oración, si quiere ser cristiano, forma parte de esa sequela Christi que es la esencia de nuestra fe. Los métodos de meditación son caminos a recorrer para llegar al encuentro con Jesús, pero si tú te detienes en el camino y miras solamente el camino, no encontrarás nunca a Jesús. Harás del camino un dios, pero el camino es un medio para llevarte a Jesús. El Catecismo precisa: «La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”» (n. 2708).
Esta es por tanto la gracia de la oración cristiana: Cristo no está lejos, sino que está siempre en relación con nosotros. No hay aspecto de su persona divino-humana que no pueda convertirse para nosotros en lugar de salvación y de felicidad. Cada momento de la vida terrena de Jesús, a través de la gracia de la oración, se puede convertir para nosotros en contemporáneo, gracias al Espíritu Santo, la guía. Pero vosotros sabéis que no se puede rezar sin la guía del Espíritu Santo. ¡Es Él quien nos guía! Y gracias al Espíritu Santo, también nosotros estamos presentes en el río Jordán, cuando Jesús se sumerge en él para recibir el bautismo. También nosotros somos comensales de las bodas de Caná, cuando Jesús dona el vino más bueno para la felicidad de los esposos, es decir, es el Espíritu Santo quien nos une con estos misterios de la vida de Cristo porque en la contemplación de Jesús hacemos experiencia de la oración para unirnos más a Él. También nosotros asistimos asombrados a las muchas sanaciones realizadas por el Maestro. Tomamos el Evangelio, hacemos la meditación de esos misterios del Evangelio y el Espíritu nos guía para estar presentes ahí. Y en la oración —cuando rezamos— todos nosotros somos como el leproso purificado, el ciego Bartimeo que recupera la vista, Lázaro que sale del sepulcro… También nosotros somos sanados en la oración como fue sanado el ciego Bartimeo, ese otro, el leproso... También nosotros hemos resucitado, como resucitó Lázaro, porque la oración de meditación guiada por el Espíritu Santo, nos lleva a revivir estos misterios de la vida de Cristo y a encontrarnos con Cristo y a decir, con el ciego: “Señor, ¡ten piedad de mí! Ten piedad de mí” — “¿Y qué quieres?” — “Ver, entrar en ese diálogo”. Y la meditación cristiana, guiada por el Espíritu nos lleva este diálogo con Jesús. No hay página del Evangelio en la que no haya lugar para nosotros. Meditar, para nosotros cristianos, es una forma de encontrar a Jesús. Y así, solo así, reencontrarnos con nosotros mismos. Y esto no es un encerrarnos en nosotros mismos, no: ir a Jesús y en Jesús encontrarnos a nosotros mismos, sanados, resucitados, fuertes por la gracia de Jesús. Y encontrar a Jesús salvador de todos, también mío. Y esto gracias a la guía del Espíritu Santo.
Tomado de:
Textos claves del Nuevo Testamento - 7. "...somos hombres..."
P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita
Dios llama al universo entero desde la nada a su existencia actual: “Nosotros somos de la misma condición que vosotros —gritaron Bernabé y Pablo—, somos hombres que os anunciamos la buena noticia para que, de estos dioses vacíos, os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos” (Hch 14,15).
Este Dios creador es también Padre de Jesucristo: “Para nosotros no hay más que un Dios, el Padre de quien proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor, Jesucristo, por quien han sido creadas todas las cosas y por quien también nosotros existimos” (I Cor 8,6); “En ella (la Palabra) estaba la vida v la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,4). Pero con el Verbo hecho carne, en Cristo, se ha inaugurado ya una nueva creación. Si por el pecado este mundo estuvo condenado a desaparecer, por la gracia de Cristo es posible su renovación y transfiguración: “La creación vive en la esperanza de ser también ella liberada de la servidumbre de la corrupción y participar así en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,20-21).
Teología fundamental. 37. El Credo. El Espíritu Santo
P. Ignacio Garro, jesuita †
5. EL CREDO
Continuación
5.17. EL ESPIRITU SANTO
5.17.1. Su divinidad: procede eternamente del Padre y del Hijo
Los cristianos confesamos con la Iglesia que el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, distinta del Padre y del Hijo, de quienes procede eternamente.
Creemos en el Espíritu Santo, Señor, y vivificador, que, con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: "Sed... perfectos, como también es perfecto vuestro Padre celestial" (Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios, n. 13). Cfr. Documento de Puebla, nn. 202-204.
Ya en el Símbolo de los Apóstoles se confiesa esa fe en el Espíritu Santo, Persona de la Trinidad distinta del Padre y del Hijo. En el Antiguo Testamento se habla de El veladamente (cfr. Ps. 103, 30; Is. 11, 2; Ex. 36, 27), pero es el Nuevo Testamento quien lo revela con claridad, declarando expresamente su divinidad.
En los Hechos de los Apóstoles leemos lo que San Pedro dijo a Ananías: "¿Cómo ha tentado Dios tu corazón para que mintieras al Espíritu Santo? No has mentido a los hombres, sino a Dios" (Hechos 5, 3).
Como una consecuencia, el Espíritu Santo -por ser Dios, igual al Padre y al Hijo- merece la misma adoración y gloria. Por su consustancialidad con el Padre y el Hijo – es la misma sustancia divina -, hay una identidad en el honor y la gloria que los hombres le debemos.
a) Es una Persona divina, que procede del Padre y del Hijo
Decimos que el Espíritu Santo es Persona divina, y no un atributo o virtud divina impersonal. Así lo confiesa la fe de la Iglesia:
"Creemos en el Espíritu Santo, el que habló en la Ley y anunció en los profetas y descendió sobre el Jordán, el que habla en los Apóstoles y habita en los santos; y así creemos en El que es Espíritu Santo, Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador e increado" (Símbolo de Epifanía, Dz. 13).
El Espíritu Santo es una Persona realmente distinta del Padre y del Hijo, como queda manifiesto en la fórmula trinitaria del bautismo (cfr. Mt. 2 8, 19), la teofanía del Jordán (cfr. Mt. 3, 6) y el discurso de despedida de Jesús (cfr. Juan 14, 16-26; 15, 26).
Esta doctrina concerniente al Espíritu Santo en cuanto Dios, como Persona que procede del Padre y del Hijo, que es enviada por ambos, es firmemente enseñada desde el principio de la Iglesia hasta nuestros días.
b) Sus nombres
En realidad, las palabras "Espíritu Santo" pueden también aplicarse con razón al Padre y al Hijo, pues ambos son espíritu y santos. También se pueden aplicar a los ángeles y a las almas de los justos, y por eso debe evitarse el error al que puede llevar la ambigüedad de estas palabras: la Iglesia aplica este nombre a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, según se toma de la Sagrada Escritura, porque el Espíritu Santo carece de nombre propio. Le llamamos así porque procede del Padre y del Hijo por vía de espiración y de amor.
Procede como de un único principio: así como el Padre, al comprenderse a Sí mismo, engendra al Verbo, que es Subsistente, así el amor mutuo del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo.
Se le pueden también aplicar otros nombres, p.ej. el nombre de Paráclito, que significa consolador o abogado (cfr. Juan 5, 3-4, 16-26), y abunda en el sentido de que es una Persona real. Por eso se le atribuyen acciones que sólo realizan los seres personales, como ser maestro de la verdad, dar testimonio de Cristo, conocer los misterios de Dios (cfr. Juan, 16, 13; 1 Cor. 2, 10).
5.17.2. El Espíritu Santo asiste a la Iglesia
Como lo había prometido Jesús antes de marcharse de nuevo al cielo, desde allá nos envía, junto con su Padre, al Paráclito. Es San Lucas quien nos relata su venida: "Llegado el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa. Y aparecieron unas como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2, 1-5).
El Espíritu Santo:
a) Iluminó el entendimiento de los Apóstoles en las verdades de la fe, y los transformó de ignorantes, en sabios;
b) fortificó su voluntad, y de cobardes los transformó en valerosos defensores de la doctrina de Cristo, que todos sellaron con su sangre.
- El Espíritu Santo no descendió sólo para los Apóstoles, sino para toda la Iglesia, a la cual enseña, defiende, gobierna y santifica.
- Enseña, ilustrándola e impidiéndole que se equivoque- Por eso Cristo lo llamó "Espíritu de verdad" (Juan 16, 13);
- La defiende, librándola de las asechanzas de sus enemigos;
- La gobierna, inspirándole lo que debe obrar y decir;
- La santifica con su gracia y sus virtudes.
- Es muy significativo que los Apóstoles, en el primer Concilio, en Jerusalén, invocaron la autoridad del Espíritu Santo como fundamento de sus decisiones: "Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros. (Hechos 15, 28).
- Ejemplos prácticos de esta asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia hay muchos:
- Ningún Pontífice Romano ha errado en sus decisiones dogmáticas;
- Siempre se han desencadenado contra ella graves males, pero entonces suscita eminentes varones que los contrarresten;
- Los perseguidores de la Iglesia nunca han podido hacer daños irreparables, y han tenido un fin desastroso.
- Nunca han faltado cristianos de eminente santidad.
Su acción en la Iglesia es permanente: "Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros eternamente" (Juan 14, 16). Tal fue la promesa de Cristo.
5.17.3. El Espíritu Santo vive en el alma en gracia
"La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo, como aquel que es dador de vida, aquél en el que el inescrutable Dios trino y uno se comunica con los hombres construyendo en ellos la fuente de vida eterna" (Juan Pablo 11, Ene. Dominum et vivificantem, n. 2).
En nuestra santificación intervienen las tres Personas divinas, porque el principio de las operaciones es la naturaleza y en Dios no hay más que una sola Esencia o Naturaleza. Por ser el Espíritu Santo, Amor, y por ser la santificación obra fundamentalmente del Amor de Dios, es por lo que la obra de la santificación de los hombres se atribuye al Espíritu Santo (cfr. Decr. Apostolicam actuositatem, n. 3).
Esta santificación la realiza principalmente a través de los sacramentos, que son signos sensibles instituidos por Jesucristo, que no sólo significan sino que confieren la gracia.
La vida divina que nos santifica, nace, crece y sana por medio de los sacramentos. Son, pues, los medios de salvación a través de los cuales nos santifica, principalmente, el Espíritu Santo.
Así, el Espíritu Santo inhabita en el alma del justo y distribuye sus dones, pues "no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si El fuera ajeno a ella, no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina, sino que El mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios" (San Cirilo de Alejandría, Thesaurus de sancta et consubstantiali Trinitate 34: PG 75, 609).
En efecto, cuando el alma corresponde con docilidad a sus -inspiraciones, va produciendo actos de virtud y frutos innumerables -San Pablo enumera algunos como ejemplo: caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, modestia, continencia, castidad (cfr. Gal. 5, 22)-, derramando abundantemente su gracia en nuestros corazones:
- habita en el alma y la convierte en templo suyo;
- la ilumina en lo referente al conocimiento de Dios;
- la santifica con la abundancia de sus virtudes, gracias y dones;
- la fortalece en el bien y reprime sus malas inclinaciones;
- la consuela (por eso es llamado "Espíritu Consolador").
Son muy expresivos los textos de la Sagrada Escritura en este sentido. Entre ellos se pueden entresacar algunos:
- Cuando venga el Espíritu Santo os enseñará todas las verdades" (Jn. 14, 26).
- "Fuisteis santificados, fuisteis justificados por el Espíritu Santo" (I Cor. 6, 11).
- "El Espíritu ayuda nuestra flaqueza, pues no sabiendo qué hemos de pedir, él mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables" (Rom. 8, 26).
5.17.4. Tratar al Espíritu Santo
Si el Espíritu Santo es el santificador de nuestras almas, es necesario que los hombres nos esforcemos en conocerle, tratarle y seguir sus enseñanzas, demostrando así que le queremos.
El hombre debe hablar con El, pedirle ayuda, tratarle con intimidad: "Concede a tus fieles, que en ti confían, tus siete sagrados dones.
Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo" (Secuencia de la misa de Pentecostés).
El trato continuo con el Espíritu Santo aumenta nuestro amor, y en consecuencia nos facilita el seguir con docilidad sus enseñanzas:
"El Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras... Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre".
Nuestros deberes para con El son:
a) Presentarle nuestros homenajes de adoración y amor.
b) Pedirle sus virtudes y sus dones, tan importantes en la vida cristiana.
c) Evitar cuanto pueda disgustarlo, y sobre todo el expulsarlo de nuestra alma por el pecado mortal: "no contristéis al Espíritu Santo", nos alerta San Pablo (Ef. 41, 30).
Son igualmente de San Pablo estas palabras: "¿Ignoráis vosotros que sois templo de Dios, y que el Espíritu Santo mora en vosotros? Pues si alguno profanare el templo de Dios, Dios le perderá" (I Cor. 3, 16).
Tenemos pues, una estricta obligación de alejar nuestro cuerpo y nuestra alma de toda impureza, por respeto al Espíritu Santo, que mora en ellos.
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