Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018



«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)


Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»[1], que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo[2]; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos[3]. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero[4].

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos[5], para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»[7], para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos


Francisco


[1] Misal Romano, I Dom. de Cuaresma, Oración Colecta.
[2] «Salía el soberano del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho» (Infierno XXXIV, 28-29).
[3] «Es curioso, pero muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014).
[4] Núms. 76-109.
[5] Cf. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 33.
[6] Cf. Pío XII, Enc. Fidei donum, III.
[7] Misal Romano, Vigilia Pascual, Lucernario.

Jesús cura a un leproso





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P. Adolfo Franco, S.J.

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO VI

Mc. 1, 40-45.

Se le acercó un leproso que, puesto de rodillas, le decía suplicante: «Si quieres, puedes limpiarme.»  Encolerizado, extendió su mano, lo tocó y le dijo: «Quiero. Queda limpio.» Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: 
«Mira, no digas nada a nadie. Pero vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio.»  
Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ningún pueblo, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.
Palabra de Dios.

Jesús se acerca a todos y especialmente a los que se sienten marginados.

El Evangelista San Marcos nos cuenta en este párrafo la curación de un leproso, por el sólo mandato de Jesús: quiero, queda limpio. Además de la curación de la enfermedad, en lo que se parece a otras muchas curaciones, este milagro de la curación del leproso destaca algunas cosas de suma importancia en la forma de actuar de Jesús, en la introducción del nuevo mensaje, la Buena Nueva que El viene a traer.

El leproso debía vivir aislado y no se podía acercar a nadie sano. Incluso desde lejos debía gritar: ¡impuro!, para que nadie por inadvertencia se le acercase. Los leprosos vivían en las afueras de las ciudades, totalmente alejados de los demás, para que no les contaminasen de impureza. La pureza proclamada en el Antiguo Testamento era, en muchos casos, una pureza física, más que espiritual. Los alimentos podían contaminar, había que lavar las vasijas, las manos; había animales que contaminaban, y enfermedades que contaminaban, y en particular contaminaba la lepra. Probablemente todo esto tenía que ver con la higiene, y con la precaución ante posibles epidemias. Pero se había convertido en una pureza de alcances religiosos. Ningún buen israelita piadoso se podía acercar a un leproso, porque quedaría contaminado.

Jesús, en este caso, no sólo permite que se le acerque físicamente el leproso, sino que además El lo cura tocándolo. ¡Qué tal atrevimiento, tocar a un leproso! Jesucristo, al actuar así, viene a decirnos que la pureza es asunto del corazón, y no es asunto exterior. Eso por lo que respecta a la pureza.

Y por lo que respecta a la exclusión que se hacia con los leprosos, viene a decirnos que no hay que separar a nadie, ni discriminar a nadie porque todos somos Hijos de Dios

Los fariseos pensaban que se mantenían puros por apartarse de los leprosos y de los pecadores (los publicanos cobradores de impuestos). La mejor manera de ser puros era formar una especie de “club de los buenos”, del cual había que excluir a los demás: comer con los pecadores era algo que había que evitar, lo mismo que acercarse a un leproso. Los fariseos querían vivir en un recinto, donde no hubiera manchados; y no se preocupaban si en ese recinto habían entrado pecados tan graves, como la soberbia, y el desprecio de los demás.

Jesús, al actuar así, tocando al leproso, está expresando con su conducta, que la pureza no es un problema exterior, sino que es asunto más exigente: lo que hay que tener limpio es el corazón, las intenciones, los deseos. Eso lo recalcará muchas veces en su predicación.

Jesucristo en este milagro además rompe con estas normas que tendían a discriminar a los demás seres humanos. El ha venido para todos, y se acercará a los leprosos, lo mismo que se acercará a los pecadores.

Así Jesucristo, al predicar que todos somos hermanos, está erradicando de una vez por todas toda división entre los seres humanos. Ya no hay hombres puros y hombres impuros. No hay cristianos de primera clase y cristianos de segunda clase. Pero lamentablemente en la humanidad el virus de la división del racismo, de la xenofobia y de todas las discriminaciones no ha muerto y revive incluso en esta nuestra civilización que pensamos que es avanzada y que ha llegado desterrar las lacras del pasado.

Hay discriminación por el color de la piel, por el origen racial, por la cultura. No todas las personas son iguales ante la ley. Los derechos humanos de los que hoy hablamos tanto, no son aplicados de la misma manera a todos. Un negro tiene menos posibilidades que un blanco. Un indio o un mestizo no tienen las mismas posibilidades de progresar. A veces se destaca a algún héroe excepcional de raza negra o de raza mestiza que han triunfado, y con eso se quiere decir que no hay discriminación. Pero el hecho de que esos casos sean excepciones, no hacen más que afirmar la regla general. Hay todavía, y es lamentable constatarlo, una forma peor de maltrato y de discriminación de los seres humanos y es la esclavitud. Puede estar disfrazada de obligaciones laborales, o de dependencia económica, pero siempre es privación de libertad, impuesta al débil por el fuerte.

En el fondo de nuestro corazón nos cuesta mucho trabajo aceptar la igualdad de todos. Una igualdad que nos viene  no de ninguna consideración superficial, de raza, de país,  de cultura, sino del hecho de que somos hijos de Dios. Y no es más hijo de Dios un negro que un blanco, ni que un elegante intelectual. Y si Dios tiene alguna preferencia esos precisamente son los marginados y los menos favorecidos.



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Santísima Trinidad: 19° Parte - Las Personas Divinas, conocimiento, propiedades y nociones



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

4. LAS PERSONAS DIVINAS

Continuación

Artículo 2º. El conocimiento de las Personas divinas. Propiedades y nociones.

Tesis 14°. " El conocimiento de las Personas divinas requiere del uso de nociones y propiedades para comprender mejor el misterio de la Trinidad"

A. Explicación

Antes de considerar cada persona divina en aquello que le es propio, examinemos brevemente la cuestión de las "nociones divinas".

Como ya vimos, el conocimiento de la Trinidad de Personas sólo se alcanza por medio de la fe, pero a partir de las Personas se pueden dar razones, que no demuestran en sí el misterio trinitario, pero sí prueban que no es algo imposible y que: "supuesta la existencia de la Trinidad, dichas nociones son congruentes". Sto. Tomás I, 32, 1 ad 2. Estos argumentos de la existencia de las nociones y sus propiedades son necesarios para comprender rectamente el misterio de la Creación y especialmente el misterio de la Redención y Santificación: "para que pensáramos como debemos de la salvación del género humano, que se realiza por el Hijo encarnado y por el don del Espíritu Santo", Sto. Tomás, I, 32, 1 ad 3.

Supuesta la fe, conocemos sobrenaturalmente a las personas divinas por las "nociones", es decir, por la razones propias, o notas características, por las cuales conocemos y distinguimos a las personas divinas, como por ejemplo al Padre por la noción de paternidad, y al Hijo por la noción de filiación, y al Espíritu Santo por la noción de procesión.

Las nociones, aunque son realmente en Dios, sin embargo no se significan como cosas, sino como conceptos, que nos dan a conocer las personas, designando a las personas divinas con nombres abstractos. Así pues, necesitamos de las nociones para conocer más específicamente a las divinas personas, y con términos abstractos por el modo de pensar humano, que no puede llegar a la simplicidad divina tal como es en sí misma, sino que conoce y designa lo divino a su modo, es decir, partiendo de las cosas sensibles, empleando nombres abstractos para significar las formas simples (divinidad) y nombres concretos (Dios) para los supósitos o cosas subsistentes.

De este modo para hablar de la divina Esencia, utilizamos nombres esenciales en abstracto y en concreto. Designamos en abstracto (la deidad), para designar su forma simple; y en concreto (Dios), su ser subsistente y completo. Y decimos que Dios es Dios por la divinidad, pero no olvidando al mismo tiempo que se trata de un Ser simplicísimo, que es Dios sólo con aquella divinidad que es Él mismo.

B. Magisterio de la Iglesia

Así el Concilio de Reims (1148) enseña: "Creemos y confesamos que Dios es naturaleza simple de divinidad y que en ningún sentido católico puede negarse que la divinidad es Dios y que Dios es divinidad. Y si se dice que Dios es sabio por la sabiduría, grande por la grandeza, eterno por la eternidad, uno por la unidad, Dios por la divinidad y otras  cosas por el estilo: creemos que es sabio sólo con aquella sabiduría que es el mismo Dios ..., que es Dios sólo con aquella divinidad que es El mismo: es decir, es por sí mismo sabio, grande, eterno, uno solo Dios". Dz 389.

C. Argumento teológico

Utilizamos las nociones o nombres abstractos en relación a las personas divinas, para dar razón de la existencia y conocimiento de la Trinidad, es decir, de lo propio de cada persona divina, y por tanto destacar su distinción real, sin que ello vaya en prejuicio de la simplicidad de las personas divinas. Como decimos que Dios es Dios por la deidad, así el Padre es Padre por la paternidad, el Hijo es Hijo por la filiación, y el Espíritu Santo es Espíritu Santo por la procesión, aunque se identifiquen en la realidad, pues la paternidad es el Padre, la filiación es el Hijo, y la procesión es el Espíritu Santo. Sto. Tomás I, 32, 2 ad 2. De este modo:
"la esencia en Dios es significada como "lo que es" (ut quid est),
"la persona como "quién es" (ut quis est),
"la propiedad como "por lo que es" (ut quo est).

Para el concepto de "noción" se requieren cuatro cosas:
  1. Que pertenezca a los orígenes (procesiones), o relaciones, puesto que las personas se distinguen por ellas (las procesiones y las relaciones)
  2. Que expresen dignidad y perfección
  3. Que signifique algo propio de las personas o al menos que convenga sólo a dos, por lo común pertenece a la Esencia divina y no a la distinción de Personas
  4. Finalmente, que esté significada de modo abstracto, pues son precisamente como razones propias que nos dan a conocer las personas divinas, y no como cosas subsistentes; por eso aunque se puede decir que Dios es uno por la unidad de Esencia y trino por la Trinidad de personas, no podemos decir que Dios sea quino (5) por las cinco nociones.

  • Propiedades: son notas peculiares que convienen únicamente a cada Persona divina, distinguiéndolas de las otras. Las propiedades son las mismas relaciones por las que se constituyen las Personas divinas, en cuanto que se expresan mediante nombres abstractos, por ejemplo: el Padre = paternidad; el Hijo = filiación; el  Espíritu Santo = procesión (espiración pasiva).
  • Nociones: son conceptos o notas distintivas de las Personas divinas que expresan las razones propias, o notas características, por las cuales conocemos o distinguimos a las Personas divinas, como por ejemplo:
Al Padre por la noción de paternidad.
Al Hijo por la noción de filiación.
Al Espíritu Santo por la noción de procesión. 


Sto. Tomás advierte que de las cinco nociones divinas solamente cuatro son "propiedades" a saber: Innascibilidad, paternidad, filiación y procesión. (La común espiración activa (del Padre y del Hijo) no es propiedad, porque conviene a dos Personas: el Padre y el Hijo).

Y de las cinco nociones sólo tres son "personales" constitutivas de la persona, a saber: paternidad, filiación y procesión. La innascibilidad y la común espiración activa se llaman nociones de las personas, pero no personales.

Aunque la Sagrada Escritura no hable de las divinas nociones de una manera formal y explícita, las enseña de un modo equivalente e implícito al revelarnos la existencia y distinción de tres Personas divinas en un solo Dios verdadero. Los teólogos, admiten unánimemente la existencia de las divinas nociones como una conclusión teológicamente cierta. La razón es porque las nociones no son otra cosa que principios o formalidades objetivas y abstractas por las cuales se nos manifiestan la distinción de una persona divina con relación a las otras y la razón propia que la caracteriza. Sin ellas el teólogo no sabría responder a las preguntas  y dificultades concretas de los herejes sobre en qué aspecto las personas divinas son una misma cosa y en qué se distinguen realmente. Para entender mejor estas nociones divinas vamos a presentar un cuadro esquemático que aclarará mejor lo que venimos exponiendo: Veamos:





Actos nocionales

Se llaman actos nocionales a las mismas relaciones divinas expresadas a modo de acción o de pasión. Los actos nocionales son cuatro:

1.- Dos activos: Engendrar (generare) y Espirar activamente (spirare)
2.- Dos pasivos: Ser engendrado (generari) y Ser espirado (spirari).

Veamos ahora, a modo de conclusión los principales puntos de la teología trinitaria:

En DIOS hay:

  • Una sola esencia o naturaleza divina, común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
  • Dos procesiones: la generación del Hijo (generare), y la espiración activa del Espíritu Santo (spirare).
  • Tres Personas divinas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
  • Tres propiedades personales: 3 propiedades personales, es decir, constitutivas de personas: paternidad, filiación y procesión, pues la innascibilidad y la común espiración son nociones de las personas, pero al no tener oposición real, no fundan alguna persona: 

-La innascibilidad, porque no refiere al Padre con otro, sino solamente dice que no procede de nadie.
-La común espiración se opone relativamente a la procesión, pero no a la paternidad y a la filiación.

  • Cuatro relaciones reales: paternidad, filiación, espiración activa, y espiración pasiva (procesión), pues por la innascibilidad el Padre no se refiere a ninguna persona divina.
  • Cuatro actos nocionales: engendrar (generare), ser engendrado (generari), espirar (spirare) y ser espirado (spirari).
  • Cuatro propiedades de las personas : Innascibilidad, paternidad, filiación, y procesión, pues la común espiración no es propia de una persona, sino que conviene al Padre y al Hijo.
  • Cinco nociones: Innascibilidad, paternidad, filiación, espiración activa, y espiración pasiva (procesión).



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Los escritos de San Pablo: Introducción



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


INTRODUCCIÓN

Los apóstoles nos presentaron en la predicación oral, concretizada después en los Evangelios, la persona y la obra de Jesús. Esta presentación San Pablo por medio de su labor evangelizadora y apostólica la lleva más adelante: él vive el misterio cristiano; lo piensa y busca expresarlo con vigor y profundidad. A la exposición teórica, densa y coherente, une sus vivencias apostólicas y espirituales. En sus maravillosas cartas, escritos de circunstancias, transmite a todas las épocas la comprensión que tuvo del misterio de Cristo.

Un bosquejo de la teología de San Pablo, por lo tanto, debe tener en cuenta el carácter de los escritos del Apóstol, que no ofrecen una exposición sistemática de su pensamiento. La mayor parte de los escritos de San Pablo fueron compuestos según las circunstancias, es decir, para salir al paso y solucionar situaciones concretas por carta. San Pablo desarrolló algunos temas doctrinales y exhortó a sus iglesias locales una práctica más intensa de la vida en Cristo.

Casi todas las cartas existentes constituyen un ejemplo de esa doble finalidad. Esta dualidad de objetivos explica por qué San Pablo pudo mezclar en ellas elementos de la revelación, fragmentos del kerigma cristiano primitivo, enseñanzas de Cristo, interpretaciones del A T, su concepción personal del acontecimientos de Cristo y hasta sus propias opiniones particulares acerca de su vida personal e íntima en Cristo. Cualquier intento de formular una “teología paulina” debe de procurar tener presentes los diversos matices de pensamiento y expresión del Apóstol.

Por tanto quien intente trazar las líneas de la teología de San Pablo en una exposición descriptiva debe de participar de la misma fe de Pablo y buscar a través de ella la forma de determinar el sentido que tiene hoy.

El estudio de la teología de San Pablo parte del convencimiento de que, por mediación de San Pablo: “el único Señor ... y el único Dios y Padre de todos”, Efes 4, 5-6, le está comunicando a él y a los hombres de su tiempo, un mensaje inspirado. El punto de partida fundamental de su teología está en el carácter inspirado del: “corpus paulinus”, que es una cuestión, en definitiva, de FE.

Nuestro curso tiene como objeto un acercamiento a la teología de San Pablo. El mensaje paulino tiene la perenne actualidad de la palabra de Dios y del misterio de Cristo. Reflexionar sobre él a partir de la vida nos revelará otros niveles de lo ya revelado en las cartas paulinas. Su doctrina puede y debe iluminar nuestras situaciones vitales, nuestro contexto existencial.

Dividimos nuestro estudio en tres partes:


PRIMERA PARTE
CUESTIONES PRELIMINARES
1. El apóstol Pablo
2. Los escritos paulinos.  Cuestiones generales

SEGUNDA PARTE
1. Las cartas paulinas
2. Cartas de la cautividad
3. Cartas pastorales
4. Carta a los hebreos

TERCERA PARTE
1. Las grandes líneas de la teología de san Pablo


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Un día en la vida apostólica de Jesús

El P. Adolfo Franco S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelo del domingo 04 de febrero:"Jesús con las innumerables curaciones que realiza, nos muestra la inacabable misericordia de Dios." Acceda AQUÍ.

La Misa: 21° Parte - La Misa del Vaticano II: Liturgia Eucarística - Rito de la Comunión y la Conclusión

Finalizamos nuestra serie sobre la Santa Misa, con el tema sobre el rito de la Comunión y el de la Conclusión. Con esto esperamos contribuir en conocer un poco más sobre la importancia y el sentido que tiene la Santa Misa en la vida cristiana. Acceda AQUÍ.

Santísima Trinidad: 18° Parte - Las Personas Divinas

Hemos estudiado en este tratado de la Santísima Trinidad, primeramente lo referente a las "procesiones" inmanentes en Dios y también las "relaciones" que de ellas se derivan. Ahora el P. Ignacio Garro S.J., inicia el tema referido a las "Personas" divinas, que son los términos inmanentes, de aquellas procesiones. Acceda AQUÍ.

Un día en la vida apostólica de Jesús



P. Adolfo Franco, S.J.

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO V

Mc 1, 29-39

Cuando salió de la sinagoga, se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y le hablaron de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre desapareció, y ella se puso a servirles.
Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron a todos los que se encontraban mal y a los endemoniados. La población entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Pero no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario; y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca. Al encontrarlo, le dijeron: «Todos te buscan.» Él replicó:
«Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí; pues para eso he salido.»
Así que se puso a recorrer toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los
demonios.
Palabra de Dios.


Jesús con las innumerables curaciones que realiza, nos muestra la inacabable misericordia de Dios.

Jesucristo comienza a actuar. Tendrá un tiempo muy breve de actuación pública: tres años. En esos tres años tiene una gran actividad, muy intensa y variada. Marcos nos narra el trabajo de un día de la vida apostólica de Jesús. Y en ese día pone como una síntesis de toda la variedad de actividades de Jesús, que después desarrollará en todo su Evangelio: predicación, curaciones, oración, peregrinaje.

Reflexionemos en la importancia que tienen las curaciones de enfermedades en el actuar de Jesús. Es tan importante esta parte de la actividad del Señor que era inclusive una de las señales fundamentales de la venida del Mesías; y así cuando Juan Bautista envía algunos discípulos a Jesús para que averigüen si es el Mesías, Jesús mismo les dará como señal: los cojos andan, los ciegos ven (o sea los enfermos son curados).

Así que las curaciones de enfermos fue una actividad muy importante del Mesías. Manifiestan, entre otras cosas, la bondad del Señor. Pero cuando los enfermos no son curados ¿es que entonces está lejos el Mesías? Y es necesario plantearnos esta cuestión, pues tenemos la tentación de pensar que cuando hay una enfermedad y no se cura, a pesar de nuestras oraciones, es que Dios se nos fue lejos. Y otras veces pensamos que si una persona tiene una grave enfermedad, es que esa persona ha cometido algo malo y por eso es castigado. Cuántas veces se piensa así. Ya en el Evangelio Cristo mismo tuvo que responder a sus propios apóstoles, cuando se le presentó un ciego de nacimiento y le preguntaron ¿quién pecó éste o sus padres, para que naciera ciego? Y Jesús claramente responderá que ni pecó el ciego ni sus padres; sino que esto servirá para que Dios se manifieste.

La verdad es que las curaciones en el Evangelio tienen mucha importancia para manifestar la bondad y el poder de Dios. Pero muchísimos enfermos no fueron curados entonces, ni lo son ahora. Y nosotros pedimos y pedimos curaciones de enfermedades, y muchas veces parece que Dios no hace caso; simplemente pasan los días y no hay curación. ¿Qué es esto?

Hay un planteamiento equivocado con respecto a la enfermedad; simplemente la catalogamos como mal: es mejor estar sano que estar enfermo; esta afirmación parece obvia. Y sin embargo, no lo es tanto. Analicemos esto.

La enfermedad primero es un asunto intrínsecamente humano; de alguna forma se puede decir que constituye parte del plan de Dios sobre nuestra vida en la tierra. Es tan precario y milagroso el equilibrio de los diversos componentes corporales, que basta que un pequeño agente externo intervenga y el equilibrio se descompone. Basta que haya un poco más de alguna sustancia o un poco menos de otra y nuestro organismo se desmorona.

La enfermedad no es un castigo de Dios, sino la expresión de la fragilidad del ser humano.

Además muchas veces de una enfermedad resulta un extraordinario beneficio espiritual del que carecía el sujeto cuando estaba sano. Aunque tampoco hay que sacar la conclusión de que nos hace falta la enfermedad para ser buenos. Pero no hay duda de que la enfermedad es un período en el que muchísimos se sienten más cerca de Dios. ¿Podríamos calificar en este caso la enfermedad como una gracia de Dios? Muchas veces es un camino por el que Dios se hace presente a una persona.

La enfermedad, como etapa del ser humano, nos desafía a nuestro orgullo, a nuestra tentación de todopoderosos. Ayuda a muchos a ser más reflexivos, especialmente los que siempre andan aturdidos por la distracción y por una vida superficial. Nos ayuda a todos a sentirnos necesitados y Dios tiene especial cuidado de los que claman a El en su necesidad.

De hecho Dios se hace presente en la enfermedad, para el que está atento. Y cuando esa enfermedad es grave, quiere hacerse compañero del enfermo mediante uno de los sacramentos, el de la Unción de los Enfermos, al cual le ha dado una extraordinaria capacidad curativa del espíritu. Y es que el Señor, quiere así decirnos que El está presente siempre en nuestra vida; y especialmente en la enfermedad, quiere decirnos que nunca nos abandona y más aún cuando sentimos la debilidad de nuestro frágil ser humano.

La enfermedad en conclusión, no es una situación tan negativa: puede ser una presencia privilegiada de Dios en nuestras vidas.




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Santísima Trinidad: 18° Parte - Las Personas Divinas



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


4. LAS PERSONAS DIVINAS

Hemos estudiado en este tratado de Trinidad, primeramente lo referente a las "procesiones" inmanentes en Dios y también las "relaciones" que de ellas se derivan. Lo lógico es tratar ahora de las "Personas" divinas, que son los términos inmanentes, de aquellas procesiones.

Antes de formular una serie de cuestiones sobre las Personas en la Trinidad hay que aclarar el concepto de persona y naturaleza. Lo primero que hay que decir es que no debe de confundirse el concepto de persona con el de naturaleza o esencia, pues son completamente distintos. La fe católica nos enseña que en Dios has tres "Personas"  completamente distintas : Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero que no hay más que una "sola esencia o naturaleza divina". Entonces hay que aclarar el concepto de "naturaleza" o "esencia" como distinto del concepto de "persona".

Naturaleza: responde a la pregunta de "qué" es una cosa, (quid).
Persona: responde a la pregunta "quién" es, (quis).

Estas nociones, cuando se aplican a Dios no se toman en el sentido vulgar sino que las tomamos del sentido más profundo como es el filosófico.

  • "Naturaleza":  (en griego = fisis) Es la esencia de una cosa; se dice que es el principio del cual se sirve el que obra para obrar.  “Naturaleza" es todo aquello que hace que un ser sea lo que es y que se distinga de cualquier otro ser. Naturaleza: Se entiende en filosofía la esencia de una cosa en cuanto que es sujeto de las operaciones que le son propias. Responde a la pregunta: ¿qué cosa es esto? y se contesta: una piedra, un vegetal, un animal, un hombre.
  • "Persona": (en griego = prosopon = máscara), es una hipóstasis racional. Boecio define persona como : "Substancia individual de naturaleza racional". Según esta definición, la persona es substancia y no accidente; individual o singular, es decir, que de ningún otro se predica, frente a la substancia universal que se predica de muchos. Pertenecen al concepto de "persona" la substancialidad y la incomunicabilidad.

Persona es un individuo, pero un individuo dotado de inteligencia. Es un ser que subsiste por sí mismo (individuo) en una naturaleza humana. Así considerada la persona es:

  • El principio último de operación del ser (el "yo" actúa en su propio nombre)
  • El sujeto de atribución de sus actos (aquel a quien se atribuyen sus actos)
  • El centro de responsabilidad (aquel que debe de responder por ellos).

Podemos decir que la persona se expresa verbalmente con la palabra "yo".

"Hipóstasis": (en griego: Hipo = bajo y stasis = lo que permanece permanentemente), es una substancia individual, completa, subsisten¬te en si.

La hipóstasis y la naturaleza están subordinadas recíprocamente de forma que la hipóstasis es la portadora de la naturaleza y el último sujeto de todo el ser y de todas sus operaciones (es el principium quod) y la naturaleza es aquello mediante lo cual la hipóstasis es y obra (es el principium quo).

En consecuencia, la hipóstasis, es el principio operativo (principium quod), el centro de atribución del ser.

4.1. Historia del término "persona"

Las últimas investigaciones filosófico-teológicas del sentido de la palabra "persona" hacen la siguiente síntesis: La palabra persona puede venir en el sentido vulgar del mundo cultural griego "prosopon", que significa máscara de teatro, y ésta sirve para ponerse ante la faz del actor que cumple su rol en el teatro de representar a un personaje.

La palabra hebrea "pânêh", significa: la faz de la cara humana, esta palabra hebrea en la traducción de los LXX a la lengua griega la tradujeron por la palabra "prosopon" y de aquí a la traducción, en la versión de la Vulgata latina, de "persona".

S. Pablo en 2ª Corintios 2, 10, dice:" Pues los que yo perdoné ... fue por vosotros en "presencia" de Cristo". Allí la palabra "presencia = faz", tiene el sentido de persona en Cristo.

Igualmente todos aquellos textos que afirman que Dios no juzga según la "faz", es decir las apariencias, tiene evidentemente el sentido de individuo, persona, como en las citas Hech 10, 34; Rom 2, 11; Efes 6, 9; Col 3, 25, en las que se afirma que Dios no hace acepción de personas.

En los Padres Apostólicos este mismo sentido de "prosopon" se usa como en la "Didajé" que dice: "Buscarás cada día los rostros de los santos para descansar en sus palabras".

La palabra "prosopon" aplicada a la Trinidad se encuentra en S. Hipólito de Poitiers en su Tratado "Contra Haeresim Noetii". Pero es Tertuliano  a quien se debe la fórmula definitiva de tres Personas divinas y una sola Substancia en su escrito "Adversus Praxeam". Esta palabra se encuentra también en Novaciano, en San Ambrosio, S. Agustín y otros escritos de la época muestran que el lenguaje de la Iglesia latina a mediados del S. V, estaba definitivamente fijado con esta palabra.

Volvamos a la definición de Boecio,(470-525): en su Libro: "De duabus naturis", escribió la clásica definición sobre qué es persona como "Persona es rationalis naturae individua substancia".


  • Substancia individua: "Hay muchas realidades  individuadas (substancias) pero solamente las que sustentan la naturaleza racional, consciente, capaz de conocimiento, amor y libertad, pueden ser llamadas personas".

Boecio, toma de la tradición aristotélico - patrística el término "substantia", pero inmediatamente pone a su lado el término "individua", con un sentido específico, a saber: la "individualidad" es aquello que nos diferencia de otros, aquello que nos hace intransferibles = personales, ya que una "persona" nunca es otra persona. Esto lo puede entender cualquiera: lo que es personal no es intercambiable del uno al otro, no es comunicable, aquí se quiere decir que lo personal no es lo común a todos, lo genérico, sino lo específico, lo individual, lo intransferible. Así la "substantia individua", indica la raíz de la propia identidad de un persona.

  • Rationalis naturae: Hay que destacar que la posibilidad de comunicabilidad de una persona con otras es su naturaleza intelectual (rationalis naturae). En efecto, la naturaleza intelectiva existe, en concreto, de modo personalizado, es decir, de modo intransferible, irreductible y personal. Así, la "rationalis naturae", la naturaleza racional indica la posibilidad de comunicación de una persona con otra.

La naturaleza racional "rationalis naturae" es, por tanto, el principio y la raíz de esta capacidad de comunicación que bien podríamos calificar de experiencia primordial de la persona, la cual se sabe distinta e intransferible, pero toda ella con capacidad de comunicación.
Santo Tomás, analiza esta definición, afirmando que en ella se pone en primer lugar "substantia individua", para "indicar lo singular del género de substancia", y que añade "rationalis naturae", para "significar lo singular de las substancias racionales".
Santo Tomás expone de varias maneras los diversos aspectos bajo los que se puede considerar el concepto de "persona". La definición de "persona" más apta para el tratado de la Trinidad, es la siguiente:  "persona es un subsistente distinto e incomunicable en naturaleza intelectual".
Santo Tomás, siguiendo la consideración de la noción de persona dada por Boecio, dice que la persona no es cualquier substancia individua, sino aquel tipo de:
1º. Substacia superior que le corresponde existir en una naturaleza humana.La noción de racionalidad es un elemento esencial y necesario de la persona; por eso no se llaman persona a los animales irracionales. Persona, expresa grandeza y dignidad, significa lo más perfecto que hay en toda naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza racional. Grandeza y dignidad que posee precisamente tanto por la superioridad de la naturaleza como también por la de su modo de existir: Santo Tomás dice al respecto: "Persona significa cierta naturaleza con cierto modo de existir. La naturaleza que incluye la persona en su significación es la más digna de las naturalezas, esto es, la naturaleza individual según su género. De modo semejante también el modo de existir que importa la persona es dignísimo, en cuanto algo existente por  sí".
Ahora bien, si la persona comparte la dignidad que le viene de la subsistencia con otras substancias no racionales, las trasciende incomparablemente por la dignidad que posee por su naturaleza racional, por lo cual de la noción de persona: "se excluyen los cuerpos inanimados, las plantas y los brutos (animales) que no son persona". 
2º. Dignidad de su naturaleza racional que tiene como consecuenciaUna dignidad particular en su obrar, es decir, un obrar perfecto correspondiente a las creaturas racionales, en cuanto no solamente obran por sí, sino también y principalmente teniendo dominio de sus propios actos. Santo Tomás dice: "A la substancia individua le es propio existir por sí, y también obrar por sí... El obrar por sí conviene de modo más excelente a las substancias de naturaleza racional que a las demás. Pues sólo las substancias racionales tienen dominio de sus actos, como en ellas sea el obrar y el no obrar, en cambio las otras substancias más que mover son movidas".
Podemos observar, cómo esta noción ontológica considera a la persona en su totalidad: como un ente entre otros entes, con una determinada naturaleza que es la racional, que a su vez es el fundamento de la libertad y de la conciencia de sí y la fuente de las relaciones espirituales.
Tal noción ontológica es el fundamento del "acto segundo" por el cual la persona se desarrolla, crece y llega a su última perfección. Así la persona humana debe ser entendida y contemplada en su totalidad, en una visión realista que comprenda todos sus aspectos, unidos en ese único e irrepetible sujeto corporal y espiritual que es cada hombre. 
3º. La aplicación del término persona a DiosSanto Tomás aplica a Dios la realidad de la persona. A Dios, como causa universal de todos los entes, se le atribuye y precontiene en su simplicidad absoluta todas las perfecciones de las cosas creadas, y por consiguiente en la perfección de la persona.
Santo Tomás dice: "La persona significa lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza racional pero todo lo que significa perfección debe atribuirse a Dios, porque su esencia contiene en sí todas las perfecciones, de aquí, que es justo que el nombre de persona se aplique a Dios".
Por todo esto podemos concluir: La naturaleza designa a las cosas. La persona designa a un yo. Y afirmamos que: en sentido analógico y depurado de las imperfecciones que adquiere en las criaturas, puede aplicarse a Dios el concepto de persona.

Artículo 1º. Constitución de las Personas divinas.

TESIS 1°. "Las Personas divinas se constituyen por las tres relaciones opuestas subsistentes entre sí, es decir, la paternidad, filiación y espiración pasiva"

A. Explicación
Decimos que en Dios hay tres Personas realmente distintas que tienen una misma naturaleza divina singular y completa, de manera que podemos afirmar con Sto. Tomás que: "una misma esencia es de tres Personas y que tres Personas son una misma esencia".

B. Magisterio de la Iglesia
El símbolo "Quicumque" dice: "La fe católica venera a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas  ni separar las substancias; porque una es la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y co-eterna majestad"
Concilio XI de Toledo: "Luego sólo (las Personas divinas) indican número en cuanto están relacionadas entre sí; y carecen de número en cuanto son para sí".
Concilio de Florencia (año, 1438-1445). : "Y todo es uno (en la Trinidad) donde no obsta la oposición de relación".

C. Adversarios
Ricardo de S.Victor (año, 1104-1173): afirmaba que las Personas divinas se constituyen por sus orígenes y no por sus relaciones opuestas subsistentes entre sí.

D. Argumento Teológico
Sto. Tomás dice: "Persona, significa lo más perfecto que hay en la naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza racional. Si, pues, todo lo que significa perfección debe atribuirse a Dios, porque su esencia contiene en sí todas las perfecciones, es conveniente que el nombre de persona se aplique a Dios. Sin embargo, no le conviene del mismo modo que a las criaturas, sino de modo más excelente, a la manera como le conviene los otros nombres que fueron impuestos a las criaturas y se atribuyen a Dios".
Finalmente podemos decir: En Dios, el nombre de "persona" no designa a la esencia divina, (que es una), sino a las "relaciones divinas opuestas y subsistentes entre sí" (que son tres). Si el concepto de persona, aplicado a Dios, designa directamente a la esencia divina, habría que concluir que en Dios hay tres esencias divinas, o sea, tres dioses, porque es de fe que las Personas divinas son tres. Luego, con la palabra "persona" no se designa en Dios la esencia divina (que es una), sino las relaciones intratrinitarias, en cuanto subsistentes y opuestas entre sí, ( que son tres : generare, generari, spirari), dichas relaciones intratrinitarias subsistentes opuestas entre sí, son la paternidad, la filiación y la espiración pasiva o procesión, y que están cabalmente identificadas con la Persona del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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La Misa: 21° Parte - La Misa del Vaticano II: Liturgia Eucarística - Rito de la Comunión y la Conclusión



P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


7.4. LITURGIA EUCARÍSTICA


Continuación


El Rito de la Comunión

El rito de la comunión en la Misa está compuesto de múltiples símbolos elaborados para significar los diversos matices religiosos del banquete sagrado y para preparar a los fieles a una comunión fructuosa.

El sacerdote invita a recitar la oración de la mesa del Señor, el Padre nuestro. Y los fieles, a una con el celebrante, cantan o recitan la oración; en ella piden la venida del Reino de Dios al mundo, piden el pan cotidiano, alusión abierta al alimento del cuerpo y velada al del espíritu, piden el perdón de los pecados y la liberación de toda clase de males.

Esta última petición es retomada por el sacerdote en el embolismo o explanación;
“Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo”.
El pueblo cierra esta parte del rito con la aclamación:
‘‘Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.

Ha pedido el sacerdote a Dios Padre el don inapreciable de la paz. Esta súplica anuncia el rito de paz, con el que los fieles imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana y, según la costumbre del lugar, mediante un signo externo, se dan la paz, manifestando así la caridad común y el sentido más hondo de la Eucaristía, la cual significa y realiza la unidad de los cristianos.

El gesto de la fracción del pan, acompañado del canto “Cordero de Dios”, viene a subrayar que la Eucaristía es “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad”,-pues significa que los cristianos por la comunión del único pan de vida vienen a ser un solo Cuerpo (I Cor. 10,17).

Llega el momento de la comunión con toda la profundidad religiosa que ella trae al corazón creyente. Se impone una reflexión en la fe. El sacerdote ora en voz baja:
“Señor Jesucristo, líbrame por tu sacrosanto Cuerpo y Sangre de todos mis pecados y de todos los males: haz que siempre cumpla tus mandamientos, y no permitas que me separe de Ti...
El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y lo muestra al pueblo diciendo:
Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Dichosos los llamados a la cena del Señor”.
y todos añaden:
‘‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Todas estas frases llenas de la simbología bíblica hablan de Cristo como el Cordero que con su muerte ha dado al pecador la posibilidad de salir de su esclavitud, hablan de la Cena del Señor en donde se come la carne inmolada de este Cordero y se experimenta la intimidad de Jesucristo, hablan de la humildad del hombre que siente su indignidad y suplica al Señor una palabra poderosa capaz de traer la salud al corazón humano herido por el pecado.

Buscando en lo posible la mayor actualización de los símbolos, la Ordenación General añade:
‘‘Es muy de desear que los fieles participen del Cuerpo del Señor con pan consagrado en esa misma Misa y, en los casos previstos, participen del cáliz, de modo que aparezca mejor, por los signos externos, que la comunión es una participación en el sacrificio que entonces mismo se celebra” (56, h).
Mientras el sacerdote y los fieles reciben la comunión se entona el canto propio de la comunión. Este canto expresa la unión espiritual de los que comulgan y el gozo religioso de sus corazones.

Al terminar la distribución de la comunión se puede guardar unos momentos de silencio para que los asistentes oren en lo profundo del espíritu visitado por la presencia sacramental del Señor. ¿Qué sentimientos pueden dirigir las reflexiones en este tiempo?, también el Misal del Vaticano II nos ha presentado una serie de oraciones muy ricas en sentimientos cristianos para la acción de gracias después de la comunión:

Con la oración de Sto. Tomás se nos enseña a dar gracias a Dios Padre, pues nos ha alimentado con el Cuerpo y Sangre de su Hijo, y se nos muestra una serie de peticiones que debemos hacer a fin de que esta comunión recibida en el tiempo nos lleve al convite eterno.

A continuación se nos invita a recitar las aspiraciones al Santísimo Redentor:
“Alma de Cristo, santifícame...

En estas oraciones se nos enseña a entregarnos en cuerpo y alma a la voluntad de Dios siguiendo las enseñanzas de San Ignacio de Loyola en sus ejercicios (234), y se nos recomienda postrarnos ante Jesús Crucificado para contemplar con gran amor y compasión las cinco llagas del Salvador, y se nos aconseja pedir con el Papa Clemente XI:
“Creo, Señor, haz que crea con más fuerza; espero, haz que espere con mayor confianza; me arrepiento, haz que tenga mayor dolor...

Termina esta serie de oraciones propuestas por el Misal Romano con una dirigida a María, “Virgen y Madre Santísima”.

Estas oraciones privadas preparan a todos los presentes para la Oración después de la comunión, en ella el sacerdote ruega para que se obtengan los frutos del misterio celebrado. El pueblo hace suya esta oración con la aclamación: Amén.





Rito de la Conclusión

El sacerdote, extendiendo sus manos, saluda al pueblo y en seguida prosigue:
“La bendición de Dios todopoderoso Padre, Hijo, y Espíritu Santo descienda sobre vosotros".
El pueblo responde:
Amén. .
Mientras pronuncia las palabras el sacerdote hace la señal de la Cruz, pues “la Cruz, fuente de todas las bendiciones, es causa de todas las gracias” (León Magno, PL. 54,340).

En seguida el sacerdote o el diácono con las manos juntas dice:
“Podéis ir en paz”.
El pueblo responde:
“Demos gracias a Dios".
La Misa ha terminado, la gracia y la paz de Dios nos acompañan para volver a la lucha diaria, para ser luz en medio de la noche, para ser una ciudad edificada sobre un monte elevado:

“Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos" (Mt. 5,16).





FIN
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