Oración de la mañana


¡Dios mío y Señor mío!
Te doy gracias por haberme creado,
redimido, hecho cristiano y conservado la vida.

Te ofrezco mis pensamientos, palabras y obras
de este día, a honra y gloria tuya.

No permitas que te ofenda y
dame fortaleza para huir
de las ocasiones de pecar.

Oración de la noche

¡Dios mío y Señor mío!
Te doy gracias por los beneficios
que hoy me has concedido.

Te pido perdón de todas las faltas
que he cometido durante este día;
me pesa de todo corazón el haberte ofendido
y propongo firmemente nunca más pecar,
ayudado de tu divina gracia.

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con vosotros descanse en paz el alma mía.

Oración de Ofrecimiento Diario al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con Él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración

Oración al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía, Señor, tu Espíritu
para darnos vida,
 y renovarás la faz de la Tierra.

Oh Dios, que iluminas los corazones
de tus fieles con la luz del Espíritu Santo,
concédenos saber lo que es bueno
según el mismo Espíritu,
y gozar siempre de sus consuelos.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Oración de Alabanza

Alabado seas, Señor, por todas las cosas creadas, en especial por nuestro hermano sol, que nos da el día.
Por él nos iluminas, y porque es bello y radiante, nos trae tu imagen.

Alabado seas, Señor, por nuestra hermana luna y las estrellas; las has formado en el cielo haciéndolas claras, preciosas y bellas.

Alabado seas, Señor, por el hermano viento y por el aire, las nubes, la calma y todo el tiempo.

Alabado seas, Señor por nuestra hermana agua, que es muy útil y humilde.

Alabado seas, Señor, por el hermano fuego, con él alumbras la noche, y es alegre, robusto, fuerte y bello.

Alabado seas, Señor, por todas y en todas tus criaturas hechas por tu mano excelsa.
Amén.

Oración de la paz - San Francisco de Asis



Señor, haz de nosotros instrumentos de tu paz;
donde haya odio, pongamos amor,
donde haya ofensa, pongamos perdón,
donde haya discordia, pongamos unión,
donde haya mentira, pongamos verdad,
donde haya duda, pongamos fe,
donde haya desesperación, pongamos esperanza,
donde haya tinieblas, pongamos luz,
donde haya tristeza, pongamos alegría.

Señor, que no busquemos tanto
ser consolados como consolar,
ser comprendidos como comprender,
ser amados como amar.

Porque dando es como se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
muriendo se resucita a la vida eterna.
Amén.

La Iglesia - 27º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - Es Apostólica

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


27.4 LA IGLESIA ES APOSTÓLICA


La apostolicidad de la Iglesia es la cuarta nota del símbolo de la ­Iglesia. (Niceno-Constantinopolitano. S. IV). Es una nota esencial de la Iglesia y designa la identidad de la Iglesia con la institución de los Doce Apóstoles por Jesucristo como cimiento del ser de la Iglesia. En efecto, siendo ella la humanidad organizada socialmente en Cristo (visibili­dad de la Iglesia), es decir, jerárquicamente en Pedro y en el Colegio de los Doce, la Apostolicidad forma la espina dorsal de su constitu­ción, la garantía de su continuidad, (sucesión apostólica), la condición de su fecundidad. La apostolicidad es la garantía de la verdad de la Iglesia frente a las otras comunidades cristianas.  

S. Juan, al autor del 4º evangelio es el que mejor ha vivido y desarrollado una teología del apostolado que parte del misterio de la Encarnación del Verbo divi­no en las entrañas de María. La Encarnación es una revelación de Dios que lo abarca todo y que se dirige a todos los hombres. Con la "encar­nación" del Logos preexistente, se ha sometido a las condiciones de la existencia humana. Y para que, a pesar de eso, la universalidad de su mensaje no sufra menoscabo, Jesús  tiene que servirse de colaboradores humanos (los apóstoles). Como la encarnación es una unión por la que Dios se hace visible en forma humana bajo las categorías del es­pacio y del tiempo, después de Cristo, los Doce juntamente con Pablo se convierten en mediadores y testigos de la revelación, dentro de un orden concreto y jerárquico. Ellos participan de la autoridad que Cristo mismo les ha dado, (Jn 20, 21), la cual, a su vez, procede de la auto­ridad del Padre, Jn 12, 44. Según S. Juan, lo esencial del apostolado es que:

  • La unión con Cristo asegura a los discípulos el amor entrañable del Padre, Jn 1, 12; 16, 27.
  • La unión con Cristo esta garantizada por el don del Espíritu Santo. El Espíritu Santo ilumina a los discípulos para que su doctrina sea verdadera, Jn 14, 16; 16, 13.
  • La elección de los discípulos desemboca en la mi­sión de los mismos. Cristo constituye a los  Doce en representantes suyos. En sus manos deposita la plenitud de poderes que El ha recibido del Padre, Jn 14, 27; 15, 15; 17, 2; 18, 22.



A la unión indisoluble de Cristo con los Doce se debe el que, en su Iglesia:

  • El mensaje de los apóstoles sea la palabra mis­ma, que a su vez es la sabiduría inconmensurable del Padre, Jn 21, 15.
  • Los apóstoles sean testigos fidedignos de Cristo.
  • Los apóstoles sea delegados de Cristo, cuyos oficios mesiánicos de maestro, sacerdote y pastor les han sido transmitidos. Estos “poderes fueron transmitidos realmente" para que la obra salva­dora de Cristo tuviera una prosecución visible, pero a la vez, lo fueron a título de "representación" y para que no quedara lesionada la "uni­dad de la misión", que está reservada al único mediador entre Dios y los hombres, Cristo. Por consiguiente, La puesto que la transmisión del oficio fue real, el oficio apostólico significa la “presencia invi­sible" de Cristo en su Iglesia.

         
El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium, Nº 18,b, dice: "Este Santo Sínodo, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano I, enseña y declara con él, que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando a su Apóstoles lo mismo que El fue enviado por el Padre, Jn 20, 21, y quiso que los sucesores de aquéllos, los Obispos, fuesen los pas­tores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos".
         
En el Nº 19, dice : "Los Apóstoles . . . predicando en todas partes el E­vangelio, Mc 16, 20 recibido por los oyentes bajo la acción del Espí­ritu Santo, congregan la Iglesia universal que el Señor fundó en los Apóstoles, y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, sien­do el propio Cristo Jesús la piedra angular", Apoc  21, 24 ;Mt  16, 18.
         
El Magisterio de la Iglesia enseña : "La Iglesia fundada por Cristo es apostólica", (de fe).
         
Estas cuatro notas distintivas de la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica, como se manifiestan al exterior y son fácilmente cognos­cibles, no son únicamente propiedades esenciales de la verdadera Igle­sia de Cristo, sino que al mismo tiempo  son notas distintivas.
         
El Santo Oficio hizo la siguiente declaración durante el pontifica­do de Pío IX, (1864): "La verdadera Iglesia de Cristo es constituida y discernida, en virtud de la autoridad de Dios, por la cuádruple nota que confesamos como objeto de la fe en el símbolo de la Iglesia". Denz 1686.
         



28. LA PERTENENCIA A LA IGLESIA



Después de haber explicado las propiedades esenciales de la Iglesia o sus notas distintivas vamos a explicar la necesidad de la pertenencia a la Iglesia para participar de la obra de la redención.



La Doctrina de la Iglesia dice: "Miembros de la Iglesia son todos aquellos que han recibido válidamente el sacramento del bautismo y no se han separado de la unidad de la fe, ni de la unidad de la comunidad jurídica de la Iglesia", (senten­cia cierta).

Conforme a esta declaración, tienen que cumplirse tres requisitos para ser miembros de la Iglesia:

         a.- Haber recibido válidamente el sacramento del bautismo .
         b.- Profesar la fe verdadera
         c.- Hallarse unido a la comunidad de la Iglesia.   
         
Cumpliendo estos tres requisitos, el hombre se somete al triple mi­nisterio de la Iglesia: al sacerdotal (bautismo), al doctrinal (profesión de fe) y al pastoral (sumisión a la autoridad de la Iglesia).
         
Como los tres poderes transmitidos en estos tres ministerios de la Iglesia: el de enseñar, santificar y gobernar, constituyen la unidad y visibilidad de la Iglesia, es claro que el someterse a todos estos poderes es requisito necesario para pertenecer a la Iglesia.
         
El Magisterio de la Iglesia enseña: "Todos los hombres tienen la necesidad de pertenecer a la Iglesia para conseguir la salvación", (de f e ) .

         
Cristo ordenó que todos los hombres pertenecieran a la Iglesia, pues la fundó como una institución necesaria para alcanzar la salvación. Cristo revistió a los apóstoles de autoridad, les dio el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, haciendo depender la sal­vación eterna de que éstas quisieran recibir su doctrina y ser bau­tizadas; Lc 10, 16 Mt 10, 40; 28, 19; Mc 16, 15.Todos aquellos que "con ignorancia inculpable" desconocen la Igle­sia de Cristo, pero están prontos a obedecer en todo a los mandamientos de la Ley de Dios, no son condenados, como se deduce de la jus­ticia divina y de la universalidad de la voluntad salvífica de Dios de la cual existen claros testimonios en  1 Tim 2, 3- 5.


Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.
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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.




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¿Qué es el Año Litúrgico? - 2° Parte

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.

1.  MISTERIO DE CRISTO Y AÑO LITÚRGICO

     (...Continuación)


El valor redentor de la vida de Jesús radica en el hecho de que el hombre que la vivió era el mismo Hijo de Dios. No fue un judío de aquella época, quien nació pobre y murió en la cruz, sino el Hijo de Dios, que tomó forma humana para unir consigo a todos los hombres y dar así  culto digno a Dios quitando y borrando del corazón humano el pecado, que ofrece al mismo Dios.

Entre los ciclos de Navidad y de Pascua hallamos el Tiempo Ordinario, parte del Año Litúrgico, que nos recuerda el trabajo  silencioso de la gracia salvadora en los corazones de los hombres, pues la Historia de la Salvación llega hasta los tiempos presentes, ya que el Espíritu Santo, brotado del Costado de Cristo en forma de agua, y derramado en los pechos de los fieles con el agua del Bautismo, hace germinar y florecer en ellos la fe, la esperanza y la caridad cristianas.

Precisamente las fiestas de la Virgen María y los Santos, introducidas por la iglesia en el Año Litúrgico, nos vienen a recordar el poder salvador de la gracia redentora de Cristo, que hace posible el prodigio de la santidad heroica en medio de un mundo dominado por valores totalmente opuestos a los caminos señalados por Dios a los hombres desde el alba de la humanidad.

De ahí que el Año Litúrgico, al comenzar con el primer domingo de Adviento y al terminar con la fiesta de Cristo Rey y la semana que le sigue, nos recuerde el mundo eterno de Dios, hacia donde los cristianos se dirigen como peregrinos. Así los fieles podrán conformarse con el supremo misterio de Cristo expresado por él, cuando dijo: “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn. 16,28)

Al Año Litúrgico de la Iglesia, que tanto ayuda a los fieles para configurarse con Cristo pasando de este mundo al Padre, se va plasmando día tras día en las celebraciones litúrgicas de la Eucaristía y de las Horas. Por ello pienso que no pocos lectores me agradecerán si recuerdo ahora la estructura fundamental de ambas celebraciones antes de comenzar a explicar con detalle las diversas etapas del Año Litúrgico.

1.   La Misa nos es a todos más familiar, y como sabemos, consta de las partes siguientes:
·         Los ritos iniciales están compuestos del canto o “antífona” de entrada, del saludo del celebrante al altar y al pueblo, del acto penitencial, del Señor ten piedad, del gloria y de “la oración colecta” con la que se expresa el sentido religioso de la celebración del día.
·         La liturgia de la Palabra tiene como parte principal las lecturas de la Sagrada Escritura con los cantos intercalados del salmo o del aleluya y como partes integrantes la homilía, la profesión de fe y la oración de los fieles. Cada día del año tiene sus lecturas y cantos señalados.
·         La liturgia de la Eucaristía comienza con la preparación de los dones y culmina con la “oración sobre las ofrendas”. Preparados los dones, el celebrante invita a los presentes a elevar sus corazones a Dios y a darle gracias, después canta o recita la Plegaria Eucarística, oración de alabanza y de consagración. Ella comienza por “el Prefacio” que es un himno de acción de gracias a Dios por los diversos aspectos de la obra redentora de Cristo y cambia según los variantes del día, de la fiesta o del tiempo litúrgico; en ella, mediante la repetición de las palabras y gestos de Jesús, se realiza el sacrificio instituido por Cristo en la última Cena.
El rito de la comunión se abre con la recitación del Padre Nuestro y continúa con el saludo de paz. Mientras el sacerdote y los fieles reciben el sacramento tiene lugar el canto de la comunión. Si no hay canto, se recitará la “antífona” de la comunión propuesta por el Misal. En la “oración después de la comunión” el sacerdote ruega inspirado por la celebración del día para que los fieles obtengan los frutos del misterio celebrado.
·         El rito de conclusión consta del saludo, de la bendición sacerdotal y de la despedida con la que se disuelve la asamblea litúrgica.

2.   La Liturgia de las Horas u Oficio Divino fue creado por la Iglesia para que las alabanzas y súplicas a Dios broten del pueblo cristiano a lo largo del día. Las Horas Litúrgicas tienen una estructura comunitaria, aunque pueden ser recitadas en privado y están perfectamente programadas para cada día del Año Litúrgico.

Hoy están obligados a recitar diariamente el Oficio Divino todos los que han recibido las órdenes sagradas y una serie de religiosos y religiosas. A los laicos está recomendado, cuando se reúnen en asambleas de oración y de apostolado, el recitar parte de la liturgia de las Horas, de modo especial las Vísperas.

El número de las Horas cada día es de siete, las dos principales son los laudes como oración matutina y Vísperas como oración vespertina. El Oficio de lecturas se orienta a ofrecer a los fieles abundante meditación tomada de la Biblia y de los mejores autores espirituales. Las Horas de Tercia, Sexta y Nona se mantienen para los que recitan el oficio en común. A los que lo rezan en privado se les permite elegir de las tres una, llamada Hora Intermedia. Las Completas son la última oración del día, que se hace antes del descanso nocturno.

Los elementos del Oficio Divino son los siguientes:

Los salmos y otros himnos bíblicos son cantos insignes compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo y forman la base de la Liturgia de las Horas.

Todos los días se recitan los cánticos evangélicos del Benedictus en Laudes y del Magnificat en Vísperas.

Las Antífonas son como sentencias breves colocadas antes y después de cada salmo, himno o cántico bíblico y ayudan a descubrir el mensaje religioso de ellos y el sentido espiritual de la celebración litúrgica del día.

Las lecturas de la Sagrada Escritura pueden ser breves o largas según las diversas Horas; las lecturas de Santos Padres o Escritores Espirituales y las hagiógrafas son propias del Oficio de lecturas y suele explicar el sentido teológico – litúrgico del día o el mensaje del santo celebrado.

Los Responsorios son frases breves que se dicen y se repiten después de las lecturas, para subrayar su enseñanza principal.

Los himnos y otros cantos no bíblicos constituyen el principal elemento poético creado por la Iglesia, para manifestar el carácter propio de cada Hora o de cada una de las fiestas litúrgicas.

Las preces son las oraciones de súplica del Oficio Divino elaboradas por la Iglesia; en Laudes se hacen invocaciones para encomendar a Dios el nuevo día y en Vísperas se hacen en forma de intercesiones. A continuación de estas preces se reza el Padre Nuestro.

Todas las Horas Litúrgicas terminan con la oración conclusiva y en completas, después de esta oración, se recita una antífona a la Virgen.



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Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

La Misa: 2° Parte - La Cena Pascual Judía

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


1.2. La vivencia religiosa provocada por el rito

Nos interesa sobre manera conocer la vivencia religiosa de los piadosos judíos en la cena pascual, pues esa vivencia religiosa nos permite vislumbrar los sentimientos de Jesús en su última cena, de donde ha brotado la eucaristía cristiana, la misa católica.

En la cena pascual los judíos piadosos sentían una serie de sentimientos religiosos en torno a un central, es decir, al sentimiento de bendición o de alabanza.

El sentimiento de alabanza, aunque fronterizo al de acción de gracias, tiene matices propios que nos conviene recordar ahora: en la alabanza el hombre se olvida de sí mismo, para fijar su mirada sólo en el ser alabado, mientras que en la acción de gracias el hombre se mira así mismo como sujeto que ha recibido un beneficio; por esta razón la alabanza brota espontánea y a acción de gracias por el contrario nace de una obligación reflexivamente aceptada. Además, la alabanza supone capacidad de admirarse, de maravillarse, de salir de sí por el éxtasis, mientras que la acción de gracias sólo necesita un corazón agradecido. Finalmente, el sentimiento de alanzan espontáneamente busca un auditor, un público, a quien contar lo admirado; por el contrario, el sentimiento de acción de gracias busca de preferencia la intimidad del bienhechor para expresar la gratitud.

En los tiempos de Jesús la espiritualidad de las bendiciones o de alabanza era el corazón de la espiritualidad judía. En todos los acontecimientos, en todas sus actividades el judío piadoso contemplaba y bendecía la presencia protectora de Yavé. Las bendiciones continuas del judío, a vistas de los sucesos cotidianos, de las personas y de sus cualidades, de las mieses y del ganado, de la mar embravecida o serena… hacían de todas las cosas creadas una morada de Yavé.

Por estas bendiciones continuas el judío piadoso sacralizaba el cosmos, la historia de los pueblos y de las personas y veía la presencia de Yavé en todas partes; por ellas subía hasta Dios partiendo de lo creado para alabarle como fuente del ser, de la vida, del éxito…

Esta espiritualidad de la alabanza llegaba a su cumbre en la gran alabanza de la cena judía. En ella el presidente vivía con la máxima intensidad el dicho del salmo:

“Proclamaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te alabaré” (21,23)

Alabanza y proclamación eran las dos caras de una misma situación psicológica. Alabar era contar, narrar, referir y recordar para arrastrar a otros en el mismo sentimiento de alabanza que embargaba al que presidía la cena ritual. Así pues, en el ritual de la Pascua la bendición o alabanza es como una línea central, como una flecha que llega hasta la cena de Jesús y en ella encuentra su culminación. Paralelos a esta línea central hallamos otros sentimientos religiosos en la piedad judía de la cena pascual.

Como hemos dicho, la bendición judía narraba y recordaba para alabar, era alabanza y recuerdo a la vez. El memorial litúrgico judío, al recordar, resucita ante la comunidad un hecho histórico salvador pasado a través de los símbolos rituales. Por medio del rito religioso los fieles se enrolan en la acción salvadora de Yavé y captan como ya presente una salvación futura y definitiva. De esta manera el pasado, el presente y el futuro se dan cita en el memorial litúrgico.

En la Cena Pascual de los tiempos de Jesús los judíos hacían una confesión de fe de todas las maravillas obradas por Yavé a favor de su pueblo (Deut. 26,1-11); pero esta confesión de la fe la hacían para contar y proclamar la historia de la salvación, a fin de que los hombres crean en Yavé, se fíen de Él, reconozcan su salvación. Pero el creer no era para ellos solamente aceptar con la mente la realidad de unos hechos históricos pasados; creer era ante todo una adhesión personal y comunitaria a Yavé, el cual se hacía presente en la cena ritual para salvar, para iluminar, para consolar y para dar esperanzas, pues Yavé era visto ante todo como el Fiel.

Porque la bendición y el memorial proclamaban la historia de la salvación cuyo fundamento era la alianza. Alianza que evocaba ante todo la fidelidad inquebrantable de Yavé a sus promesas y animaba a los judíos al arrepentimiento de las fallas en el cumplimiento de la alianza firmada con Yavé.

Era, pues, la Cena Pascual un rito de renovación anual de la alianza entre el pueblo y Yavé que exigía año tras año a su pueblo la fidelidad, la conversión, la rectificación de sus caminos errados (Os. 2) Por esta razón el sacrificio del cordero pascual era a la vez un sacrificio de comunión y de expiación.

El sacrificio de comunión tenía como elementos esenciales la inmolación del animal, el rito de la sangre y la comida con la carne inmolada. Esta comida era llamada banquete sagrado, porque con él se significaba la amistad del pueblo elegido con Yavé. De ahí que en este banquete de comunión la comunidad pasara al primer plano y se sintiera a Yavé en medio de su pueblo haciendo alianza y ofreciéndole paz, seguridad y esperanza. De ahí también que el sacrificio de comunión de la Pascua fuera gozoso y se celebrase con músicas y cantos en honor de Yavé y de esta manera el sacrificio de la alianza entroncara con la bendición y con el memorial.

Junto con el matiz de comunión y de alianza, el sacrificio pascual en los tiempos de Jesús presentaba también el aspecto de expiación por los pecados del pueblo mediante la sangre derramada de los corderos.

Es importante recordar tres elementos rituales de la cena judía destinados a ser el lazo de unión más importante con la eucaristía cristiana. Ellos son el cordero, el pan y el vino.

Los evangelistas no hablan del cordero en la cena, porque según ellos el verdadero cordero, el figurado por los corderos de la pascua judía, era el Señor Jesús (1 Cor 5,7) Así, pues, la carne inmolada del Cordero de Dios se entregó a los discípulos bajo la apariencia del pan ázimo y la sangre de la nueva alianza derramada por los pecados se les dio bajo el aspecto del vino tinto de aquellas memorable cena (Mt 26,26-28)

De esta manera el pan y el vino que en la Cena Pascual significaban la miseria del pueblo durante la esclavitud y la alegría de la liberación en la tierra prometida, vinieron a significar en la Cena Cristiana la pascua del Señor y de los cristianos, su paso de la muerte a la vida, su marcha de la esclavitud a la liberación, de las tinieblas a la luz.




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Referencia bibliográfica: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. "La Misa en la religión del pueblo", Lima, 1983.
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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 4° Parte: Su expansión

+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.



2. LA EXPANSIÓN DE LA DEVOCIÓN

2.1. Congregación del Sagrado Corazón en Panamá (1739)

El siglo XVII es el siglo de la expansión de esta amable devoción. En la misma España ella no vino a hacerse pública hasta 1733, en que comenzó el V.P. Bernardo de Hoyos a difundirla, valiéndose de dos insignes misioneros de la Compañía de Jesús, los PP. Jesuitas Cardaveraz y Calatayud, los cuales erigieron por doquier las Congregaciones del Sagrado Corazón. Contribuyó también muchísimo a su expansión el libro del P. Juan de Loyola, impreso por vez primera en 1736 y que lleva por título: El Corazón Sagrado de Jesús Descubierto a Nuestra España en la Breve Noticia de su Dulcísimo Culto… Este libro se reimprimió varias veces, de modo que en 1738 aparecía en Barcelona la quinta edición.

Como vamos a ver, el libro llegó también al Perú y aquí fue reproducido varias veces, pero no sólo alcanzó nuestras playas, toda la América se benefició con su lectura y sirvió para encender en las almas el fuego de esta devoción. En México se estableció la primera Congregación en honor del Sagrado Corazón en la Iglesia de los Hermanos Betlemitas en el año 1733, casi al mismo tiempo que en España y en el Virreinato del Perú, creemos que la primera fue la erigida en Panamá por el P. Ignacio Caironi S.J., en la Iglesia de la Compañía de Jesús, en el año 1739. No podemos citar otra en concreto, pero no sería extraño que alguna otra la hubiera precedido, porque fue el P. Baltazar de Moncada, Provincial entonces de la Provincia de Quito, pero sujeto perteneciente a la del Perú, el que alentó al P. Caironi a fundarla en Panamá.

He aquí cómo daba cuenta de los progresos de esta devoción en Panamá, D. Pedro Morcillo Rubio de Auñón, Obispo de la Diócesis, en carta a Su Santidad de 12 de septiembre de 1740. (1) Se dice que las noticias llegadas de España, donde su culto iba tomando incremento, habían movido al P. Rector del Colegio de la Compañía de Jesús a celebrar su fiesta el viernes inmediato a la Octava del Corpus, como en efecto se hizo y continuando todo el año, una vez al mes, los ejercicios propios de esta devoción. Se eligió para este fin la Iglesia parroquial de Santa Ana, por carecer el Colegio de Iglesia propia. El público acudió a estos actos en gran número y la frecuencia de sacramentos llegó a ser notable, por lo cual, impulsado por su Provincial, resolvió establecer una Congregación del Sagrado Corazón  por el estilo de la que se había fundado en Lorca (España), sin exigir contribución alguna a los asociados. Habló con este fin con el Presidente de la Audiencia, D. Dionisio Martínez de la Vega y me consultó también, dice el Obispo. Con beneplácito de ambos convocó al vecindario y en la primera reunión dio el Padre cuenta de lo que se pretendía y de la conveniencia de establecer una asociación que fomente los ejercicios que se venían practicando y que difunda el culto al Corazón Divino. El Presidente de la Audiencia que en un principio se había mostrado favorable, cambió de parecer y manifestó al Obispo que mientras no se presentasen las Constituciones y fuesen aprobadas por Su Majestad, no era posible que subsistiese la Congregación. El obispo respondió que las Constituciones no se habían redactado aún, pero que, una vez que fuesen aprobadas por el Ordinario, se remitirían al Consejo. Entre tanto, creía que los ejercicios que por más de un año se venían practicando podían proseguir, aunque no existiese la Congregación. No accedió el Presidente y ordenó que cesasen los cultos, como sucedió en efecto. El Obispo y el P. Rector tuvieron con gran sentimiento suyo que acatar lo dispuesto y, por este motivo, decidió escribir a Su Santidad. El 3 de Marzo de 1742 el Consejo pidió al Presidente que informe sobre el hecho y disponiendo que cesase la Congregación como tal hasta tanto que se cumpliese con lo prescrito por la Ley, pero se podían permitir los ejercicios de piedad que se habían introducido con anterioridad al proyecto de establecimiento de la Cofradía o Esclavitud del Sagrado Corazón. Creemos que al fin se obtuvo la licencia necesaria, pero hemos querido recordar la parte que en los comienzos de esta devoción cupo así al Obispo, D. Pedro Morcillo como al rector del Colegio de la Compañía de Jesús P. Ignacio María Caironi.


En cambio la primera Iglesia que en América se levantó al Sagrado Corazón surgió en nuestro suelo, en el año 1742, en tanto que la primera que se cita de la Nueva España data del año 1756, fecha de su inauguración por los PP. Camilos o de la Buena muerte. Antes de esta fecha ya se había comenzado a invocar al Corazón de Jesús y circulaban sus imágenes. Dos padres de la Compañía de Jesús, el P. Alonso Messia Bedoya, Provincial del Perú y Prepósito luego de la Casa Profesa de los Desamparados y el P. Baltazar de Moncada, Provincial también de la misma Provincia se encargaron de difundir esta devoción y la fomentaron de palabra y por escrito. El primero, a quien se debe la propagación de la devota práctica, conocida con el nombre delas Tres Horas de Agonía de Nuestro Salvador, no sólo fue un gran devoto del Corazón de Jesús sino que extendió el objeto de su devoción al Purísimo Corazón de María.



Bibliografía:

P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú. 

Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Mensaje de SS Benedicto XVI y experiencia de San Agustín


“¡ROGAD, PUES, AL DUEÑO DE LA MIES QUE MANDE OBREROS!”


“¡Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros!”. Eso significa: la mies existe, pe-ro Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y transformarse en perenne comunión divina de alegría y de amor.


“¡Rogad, pues, al Dueño de la mies!” quiere decir también: no podemos ‘producir’ vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración.


Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo!”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón orante brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su “sí”. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que Él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de este la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

BENEDICTO XVI
ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES Y LOS DIÁCONOS EN FREISING, 14 DE SEPTIEMBRE DE 2006



MATERNIDAD ESPIRITUAL PARA LOS SACERDOTES

                                            
La vocación a ser madre espiritual para los sacerdotes es demasiado poco conocida, escasamente comprendida y, por tanto, poco vivida a pesar de su vital y fundamental importancia. Esta vocación a menudo está escondida, invisible al ojo humano, pero apunta a transmitir vida espiritual.
De esto estaba convencido el Papa Juan Pablo II: por ello quiso en el Vaticano un monasterio de clausura donde se pudiera rezar por sus intenciones como sumo Pontífice.



“¡LO QUE LLEGUÉ A SER Y CÓMO, SE LO DEBO A MI MADRE!”
San Agustín

Independientemente de la edad y del estado civil, todas las mujeres pueden convertirse en madre espiritual de un sacerdote y no solamente las madres de familia. También es posible para una enferma, para una joven soltera o para una viuda. De modo particular esto vale para las misioneras y las religiosas, que ofrecen toda su vida a Dios para la santificación de la humanidad. Juan Pablo II agradeció incluso a una niña por su ayuda materna: “Expreso mi gratitud también a la beata Jacinta por los sacrificios y oraciones que ofreció por el Santo Padre, a quien había visto en gran sufrimiento” (13 de mayo de 2000)
 
Cada sacerdote está precedido por una madre, que frecuentemente también es una madre de vida espiritual para sus hijos. Giuseppe Sarto, por ejemplo, el futuro Papa Pío X, apenas consagrado obispo, fue a encontrar a su madre de setenta años. Ella besó con respeto el anillo del hijo y al improviso, haciéndose meditativa, mostró su pobre anillo nupcial de plata: Sí, Peppo pero ahora tú no lo usarías, si yo primero no llevara esta alianza nupcial”. Justamente San Pío X lo confirmaba con su experiencia: “¡Cada vocación  sacerdotal proviene del corazón de Dios, pero pasa por el corazón de una madre!”.

Nos lo demuestra muy bien la vida de Santa Mónica. San Agustín, su hijo, que a la edad de diecinueve años, estudiante en Cartago, había perdido la fe, ha escrito en sus ‘Confesiones’: 

“... Tú has tendido tu mano desde lo alto y has sacado mi alma de estas densas tinieblas, ya que mi madre, siéndote fiel, lloraba sobre mí más que cuanto lloran las madres la muerte física de los hijos… sin embargo aquella viuda casta, devota, morigerada, de las que tú prefieres, hecha más animosa por la esperanza, pero no por ello menos fácil al llanto, no dejaba de llorar delante de ti, en todas las horas de oración”. Después de la conversión, él dijo con gratitud: “Mi santa madre, tu sierva, nunca me abandonó. Ella me dio a luz con la carne a esta vida temporal y con el corazón a la vida eterna. Lo que llegué a ser y cómo, se lo debo a mi Madre!”. 


Durante sus discusiones filosóficas, San Agustín quiso siempre consigo a su madre; ella escuchaba cuidadosamente, a veces intervenía delicadamente con su opinión o, con maravilla de los expertos presentes, daba también respuestas a cuestiones abiertas. ¡Por ello no sorprende que San Agustín se declarara su ‘discípulo en filosofía’!


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Tomado de:
http://www.clerus.org/

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