Oración de la mañana
¡Dios mío y Señor mío!
Te doy gracias por haberme creado,
redimido, hecho cristiano y conservado la vida.
Te ofrezco mis pensamientos, palabras y obras
de este día, a honra y gloria tuya.
No permitas que te ofenda y
dame fortaleza para huir
de las ocasiones de pecar.
Oración de la noche
¡Dios mío y Señor mío!
Te doy gracias por los beneficios
que hoy me has concedido.
Te pido perdón de todas las faltas
que he cometido durante este día;
me pesa de todo corazón el haberte ofendido
y propongo firmemente nunca más pecar,
ayudado de tu divina gracia.
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con vosotros descanse en paz el alma mía.
Te doy gracias por los beneficios
que hoy me has concedido.
Te pido perdón de todas las faltas
que he cometido durante este día;
me pesa de todo corazón el haberte ofendido
y propongo firmemente nunca más pecar,
ayudado de tu divina gracia.
Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con vosotros descanse en paz el alma mía.
Oración de Ofrecimiento Diario al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo,
inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con Él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración
inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con Él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración
Oración al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía, Señor, tu Espíritu
para darnos vida,
y renovarás la faz de la Tierra.
Oh Dios, que iluminas los corazones
de tus fieles con la luz del Espíritu Santo,
concédenos saber lo que es bueno
según el mismo Espíritu,
y gozar siempre de sus consuelos.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía, Señor, tu Espíritu
para darnos vida,
y renovarás la faz de la Tierra.
Oh Dios, que iluminas los corazones
de tus fieles con la luz del Espíritu Santo,
concédenos saber lo que es bueno
según el mismo Espíritu,
y gozar siempre de sus consuelos.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.
Oración de Alabanza
Alabado seas, Señor, por todas las cosas creadas, en especial por nuestro hermano sol, que nos da el día.
Por él nos iluminas, y porque es bello y radiante, nos trae tu imagen.
Alabado seas, Señor, por nuestra hermana luna y las estrellas; las has formado en el cielo haciéndolas claras, preciosas y bellas.
Alabado seas, Señor, por el hermano viento y por el aire, las nubes, la calma y todo el tiempo.
Alabado seas, Señor por nuestra hermana agua, que es muy útil y humilde.
Alabado seas, Señor, por el hermano fuego, con él alumbras la noche, y es alegre, robusto, fuerte y bello.
Alabado seas, Señor, por todas y en todas tus criaturas hechas por tu mano excelsa.
Amén.
Por él nos iluminas, y porque es bello y radiante, nos trae tu imagen.
Alabado seas, Señor, por nuestra hermana luna y las estrellas; las has formado en el cielo haciéndolas claras, preciosas y bellas.
Alabado seas, Señor, por el hermano viento y por el aire, las nubes, la calma y todo el tiempo.
Alabado seas, Señor por nuestra hermana agua, que es muy útil y humilde.
Alabado seas, Señor, por el hermano fuego, con él alumbras la noche, y es alegre, robusto, fuerte y bello.
Alabado seas, Señor, por todas y en todas tus criaturas hechas por tu mano excelsa.
Amén.
Oración de la paz - San Francisco de Asis
Señor, haz de nosotros instrumentos de tu paz;
donde haya odio, pongamos amor,
donde haya ofensa, pongamos perdón,
donde haya discordia, pongamos unión,
donde haya mentira, pongamos verdad,
donde haya duda, pongamos fe,
donde haya desesperación, pongamos esperanza,
donde haya tinieblas, pongamos luz,
donde haya tristeza, pongamos alegría.
Señor, que no busquemos tanto
ser consolados como consolar,
ser comprendidos como comprender,
ser amados como amar.
Porque dando es como se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
muriendo se resucita a la vida eterna.
Amén.
La Iglesia - 27º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - Es Apostólica
P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA
27.4 LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA
27.4 LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
La apostolicidad de la Iglesia es la
cuarta nota del símbolo de la Iglesia. (Niceno-Constantinopolitano. S. IV). Es
una nota esencial de la Iglesia y designa la identidad de la Iglesia con la
institución de los Doce Apóstoles por Jesucristo como cimiento del ser de la
Iglesia. En efecto, siendo ella la humanidad organizada socialmente en Cristo
(visibilidad de la Iglesia), es decir, jerárquicamente en Pedro y en el
Colegio de los Doce, la Apostolicidad forma la espina dorsal de su constitución,
la garantía de su continuidad, (sucesión apostólica), la condición de su
fecundidad. La apostolicidad es la garantía de la verdad de la Iglesia frente a
las otras comunidades cristianas.
S. Juan, al autor del 4º evangelio es
el que mejor ha vivido y desarrollado una teología del apostolado que parte del
misterio de la Encarnación del Verbo divino en las entrañas de María. La
Encarnación es una revelación de Dios que lo abarca todo y que se dirige a
todos los hombres. Con la "encarnación" del Logos preexistente, se
ha sometido a las condiciones de la existencia humana. Y para que, a pesar de
eso, la universalidad de su mensaje no sufra menoscabo, Jesús tiene que servirse de colaboradores humanos
(los apóstoles). Como la encarnación es una unión por la que Dios se hace
visible en forma humana bajo las categorías del espacio y del tiempo, después
de Cristo, los Doce juntamente con Pablo se convierten en mediadores y testigos
de la revelación, dentro de un orden concreto y jerárquico. Ellos participan de
la autoridad que Cristo mismo les ha dado, (Jn 20, 21), la cual, a su vez,
procede de la autoridad del Padre, Jn 12, 44. Según S. Juan, lo esencial del
apostolado es que:
- La unión con Cristo asegura a los discípulos el amor entrañable del Padre, Jn 1, 12; 16, 27.
- La unión con Cristo esta garantizada por el don del Espíritu Santo. El Espíritu Santo ilumina a los discípulos para que su doctrina sea verdadera, Jn 14, 16; 16, 13.
- La elección de los discípulos desemboca en la misión de los mismos. Cristo constituye a los Doce en representantes suyos. En sus manos deposita la plenitud de poderes que El ha recibido del Padre, Jn 14, 27; 15, 15; 17, 2; 18, 22.
A la unión indisoluble de Cristo con
los Doce se debe el que, en su Iglesia:
- El mensaje de los apóstoles sea la palabra misma, que a su vez es la sabiduría inconmensurable del Padre, Jn 21, 15.
- Los apóstoles sean testigos fidedignos de Cristo.
- Los apóstoles sea delegados de Cristo, cuyos oficios mesiánicos de maestro, sacerdote y pastor les han sido transmitidos. Estos “poderes fueron transmitidos realmente" para que la obra salvadora de Cristo tuviera una prosecución visible, pero a la vez, lo fueron a título de "representación" y para que no quedara lesionada la "unidad de la misión", que está reservada al único mediador entre Dios y los hombres, Cristo. Por consiguiente, La puesto que la transmisión del oficio fue real, el oficio apostólico significa la “presencia invisible" de Cristo en su Iglesia.
El Concilio Vaticano II, en
Lumen Gentium, Nº 18,b, dice: "Este Santo Sínodo, siguiendo las huellas
del Concilio Vaticano I, enseña y declara con él, que Jesucristo, Pastor
eterno, edificó la santa Iglesia enviando a su Apóstoles lo mismo que El fue
enviado por el Padre, Jn 20, 21, y quiso que los sucesores de aquéllos, los
Obispos, fuesen los pastores en su Iglesia hasta la consumación de los
siglos".
En el Nº 19, dice : "Los Apóstoles
. . . predicando en todas partes el Evangelio, Mc 16, 20 recibido por los
oyentes bajo la acción del Espíritu Santo, congregan la Iglesia universal que
el Señor fundó en los Apóstoles, y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su
cabeza, siendo el propio Cristo Jesús la piedra angular", Apoc 21, 24 ;Mt
16, 18.
El Magisterio de la Iglesia enseña :
"La Iglesia fundada por Cristo es apostólica", (de fe).
Estas cuatro notas distintivas de la
Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica, como se manifiestan al exterior y
son fácilmente cognoscibles, no son únicamente propiedades esenciales de la
verdadera Iglesia de Cristo, sino que al mismo tiempo son notas distintivas.
El Santo Oficio hizo la siguiente
declaración durante el pontificado de Pío IX, (1864): "La verdadera
Iglesia de Cristo es constituida y discernida, en virtud de la autoridad de
Dios, por la cuádruple nota que confesamos como objeto de la fe en el símbolo
de la Iglesia". Denz 1686.
28. LA PERTENENCIA A LA IGLESIA
Después de haber explicado
las propiedades esenciales de la Iglesia o sus notas distintivas vamos a
explicar la necesidad de la pertenencia a la Iglesia para participar de la
obra de la redención.
La
Doctrina de la Iglesia dice: "Miembros de la Iglesia son todos aquellos
que han recibido válidamente el sacramento del bautismo y no se han separado de
la unidad de la fe, ni de la unidad de la comunidad jurídica de la
Iglesia", (sentencia cierta).
Conforme a esta
declaración, tienen que cumplirse tres requisitos para ser miembros de la
Iglesia:
a.- Haber recibido válidamente el
sacramento del bautismo .
b.- Profesar la fe verdadera
c.- Hallarse unido a la comunidad de la
Iglesia.
Cumpliendo estos tres requisitos, el
hombre se somete al triple ministerio de la Iglesia: al sacerdotal (bautismo),
al doctrinal (profesión de fe) y al pastoral (sumisión a la autoridad de la
Iglesia).
Como los tres poderes
transmitidos en estos tres ministerios de la Iglesia: el de enseñar, santificar
y gobernar, constituyen la unidad y visibilidad de la Iglesia, es claro que el
someterse a todos estos poderes es requisito necesario para pertenecer a la
Iglesia.
El Magisterio de la Iglesia enseña: "Todos los hombres tienen la necesidad
de pertenecer a la Iglesia para conseguir la salvación", (de f e ) .
Cristo ordenó que todos los hombres
pertenecieran a la Iglesia, pues la fundó como una institución necesaria para
alcanzar la salvación. Cristo revistió a los apóstoles de autoridad, les dio el
encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, haciendo depender la salvación
eterna de que éstas quisieran recibir su doctrina y ser bautizadas; Lc 10, 16
Mt 10, 40; 28, 19; Mc 16, 15.Todos aquellos que "con ignorancia
inculpable" desconocen la Iglesia de Cristo, pero están prontos a
obedecer en todo a los mandamientos de la Ley de Dios, no son condenados, como
se deduce de la justicia divina y de la universalidad de la voluntad salvífica
de Dios de la cual existen claros testimonios en 1 Tim 2, 3- 5.
Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.
...
Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.
...
¿Qué es el Año Litúrgico? - 2° Parte
P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.
1. MISTERIO DE CRISTO Y AÑO LITÚRGICO
(...Continuación)
El valor
redentor de la vida de Jesús radica en el hecho de que el hombre que la vivió
era el mismo Hijo de Dios. No fue un judío de aquella época, quien nació pobre
y murió en la cruz, sino el Hijo de Dios, que tomó forma humana para unir
consigo a todos los hombres y dar así
culto digno a Dios quitando y borrando del corazón humano el pecado, que
ofrece al mismo Dios.
Entre los
ciclos de Navidad y de Pascua hallamos el Tiempo Ordinario, parte del Año
Litúrgico, que nos recuerda el trabajo
silencioso de la gracia salvadora en los corazones de los hombres, pues
la Historia de la Salvación llega hasta los tiempos presentes, ya que el
Espíritu Santo, brotado del Costado de Cristo en forma de agua, y derramado en
los pechos de los fieles con el agua del Bautismo, hace germinar y florecer en
ellos la fe, la esperanza y la caridad cristianas.
Precisamente
las fiestas de la Virgen María y los Santos, introducidas por la iglesia en el
Año Litúrgico, nos vienen a recordar el poder salvador de la gracia redentora de
Cristo, que hace posible el prodigio de la santidad heroica en medio de un
mundo dominado por valores totalmente opuestos a los caminos señalados por Dios
a los hombres desde el alba de la humanidad.
De ahí que
el Año Litúrgico, al comenzar con el primer domingo de Adviento y al terminar
con la fiesta de Cristo Rey y la semana que le sigue, nos recuerde el mundo
eterno de Dios, hacia donde los cristianos se dirigen como peregrinos. Así los
fieles podrán conformarse con el supremo misterio de Cristo expresado por él,
cuando dijo: “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y me voy
al Padre” (Jn. 16,28)
Al Año
Litúrgico de la Iglesia, que tanto ayuda a los fieles para configurarse con
Cristo pasando de este mundo al Padre, se va plasmando día tras día en las
celebraciones litúrgicas de la Eucaristía y de las Horas. Por ello pienso que
no pocos lectores me agradecerán si recuerdo ahora la estructura fundamental de
ambas celebraciones antes de comenzar a explicar con detalle las diversas etapas
del Año Litúrgico.
1. La
Misa nos es a todos
más familiar, y como sabemos, consta de las partes siguientes:
·
Los ritos iniciales están compuestos del canto o
“antífona” de entrada, del saludo del celebrante al altar y al pueblo, del acto
penitencial, del Señor ten piedad, del gloria y de “la oración colecta” con la
que se expresa el sentido religioso de la celebración del día.
·
La liturgia de la Palabra tiene como parte principal las
lecturas de la Sagrada Escritura con los cantos intercalados del salmo o del
aleluya y como partes integrantes la homilía, la profesión de fe y la oración
de los fieles. Cada día del año tiene sus lecturas y cantos señalados.
·
La liturgia de la Eucaristía comienza con la preparación de los
dones y culmina con la “oración sobre las ofrendas”. Preparados los dones, el
celebrante invita a los presentes a elevar sus corazones a Dios y a darle
gracias, después canta o recita la Plegaria Eucarística, oración de alabanza y
de consagración. Ella comienza por “el Prefacio” que es un himno de acción de
gracias a Dios por los diversos aspectos de la obra redentora de Cristo y
cambia según los variantes del día, de la fiesta o del tiempo litúrgico; en
ella, mediante la repetición de las palabras y gestos de Jesús, se realiza el
sacrificio instituido por Cristo en la última Cena.
El rito de la comunión
se abre con la recitación del Padre Nuestro y continúa con el saludo de paz.
Mientras el sacerdote y los fieles reciben el sacramento tiene lugar el canto
de la comunión. Si no hay canto, se recitará la “antífona” de la comunión
propuesta por el Misal. En la “oración después de la comunión” el sacerdote
ruega inspirado por la celebración del día para que los fieles obtengan los
frutos del misterio celebrado.
·
El rito de conclusión consta del saludo, de la bendición
sacerdotal y de la despedida con la que se disuelve la asamblea litúrgica.
2. La
Liturgia de las Horas u Oficio Divino
fue creado por la Iglesia para que las alabanzas y súplicas a Dios broten del
pueblo cristiano a lo largo del día. Las Horas Litúrgicas tienen una estructura
comunitaria, aunque pueden ser recitadas en privado y están perfectamente
programadas para cada día del Año Litúrgico.
Hoy
están obligados a recitar diariamente el Oficio Divino todos los que han
recibido las órdenes sagradas y una serie de religiosos y religiosas. A los
laicos está recomendado, cuando se reúnen en asambleas de oración y de apostolado,
el recitar parte de la liturgia de las Horas, de modo especial las Vísperas.
El
número de las Horas cada día es de siete, las dos principales son los laudes
como oración matutina y Vísperas como oración vespertina. El Oficio de lecturas
se orienta a ofrecer a los fieles abundante meditación tomada de la Biblia y de
los mejores autores espirituales. Las Horas de Tercia, Sexta y Nona se
mantienen para los que recitan el oficio en común. A los que lo rezan en
privado se les permite elegir de las tres una, llamada Hora Intermedia. Las
Completas son la última oración del día, que se hace antes del descanso
nocturno.
Los
elementos del Oficio Divino son los
siguientes:
Los
salmos y otros himnos bíblicos son cantos insignes compuestos bajo la
inspiración del Espíritu Santo y forman la base de la Liturgia de las Horas.
Todos
los días se recitan los cánticos evangélicos del Benedictus en Laudes y del Magnificat
en Vísperas.
Las
Antífonas son como sentencias breves colocadas antes y después de cada salmo,
himno o cántico bíblico y ayudan a descubrir el mensaje religioso de ellos y el
sentido espiritual de la celebración litúrgica del día.
Las
lecturas de la Sagrada Escritura pueden ser breves o largas según las diversas
Horas; las lecturas de Santos Padres o Escritores Espirituales y las
hagiógrafas son propias del Oficio de lecturas y suele explicar el sentido
teológico – litúrgico del día o el mensaje del santo celebrado.
Los
Responsorios son frases breves que se dicen y se repiten después de las
lecturas, para subrayar su enseñanza principal.
Los
himnos y otros cantos no bíblicos constituyen el principal elemento poético
creado por la Iglesia, para manifestar el carácter propio de cada Hora o de
cada una de las fiestas litúrgicas.
Las
preces son las oraciones de súplica del Oficio Divino elaboradas por la
Iglesia; en Laudes se hacen invocaciones para encomendar a Dios el nuevo día y
en Vísperas se hacen en forma de intercesiones. A continuación de estas preces
se reza el Padre Nuestro.
Todas
las Horas Litúrgicas terminan con la oración conclusiva y en completas, después
de esta oración, se recita una antífona a la Virgen.
...
Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982
La Misa: 2° Parte - La Cena Pascual Judía
P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.
1.2.
La vivencia religiosa provocada por el rito
Nos
interesa sobre manera conocer la vivencia religiosa de los piadosos judíos en
la cena pascual, pues esa vivencia religiosa nos permite vislumbrar los
sentimientos de Jesús en su última cena, de donde ha brotado la eucaristía
cristiana, la misa católica.
En
la cena pascual los judíos piadosos sentían una serie de sentimientos
religiosos en torno a un central, es decir, al sentimiento de bendición o de
alabanza.
El
sentimiento de alabanza, aunque fronterizo al de acción de gracias, tiene
matices propios que nos conviene recordar ahora: en la alabanza el hombre se
olvida de sí mismo, para fijar su mirada sólo en el ser alabado, mientras que
en la acción de gracias el hombre se mira así mismo como sujeto que ha recibido
un beneficio; por esta razón la alabanza brota espontánea y a acción de gracias
por el contrario nace de una obligación reflexivamente aceptada. Además, la
alabanza supone capacidad de admirarse, de maravillarse, de salir de sí por el
éxtasis, mientras que la acción de gracias sólo necesita un corazón agradecido.
Finalmente, el sentimiento de alanzan espontáneamente busca un auditor, un
público, a quien contar lo admirado; por el contrario, el sentimiento de acción
de gracias busca de preferencia la intimidad del bienhechor para expresar la
gratitud.
En
los tiempos de Jesús la espiritualidad de las bendiciones o de alabanza era el
corazón de la espiritualidad judía. En todos los acontecimientos, en todas sus
actividades el judío piadoso contemplaba y bendecía la presencia protectora de
Yavé. Las bendiciones continuas del judío, a vistas de los sucesos cotidianos,
de las personas y de sus cualidades, de las mieses y del ganado, de la mar
embravecida o serena… hacían de todas las cosas creadas una morada de Yavé.
Por
estas bendiciones continuas el judío piadoso sacralizaba el cosmos, la historia
de los pueblos y de las personas y veía la presencia de Yavé en todas partes;
por ellas subía hasta Dios partiendo de lo creado para alabarle como fuente del
ser, de la vida, del éxito…
Esta
espiritualidad de la alabanza llegaba a su cumbre en la gran alabanza de la
cena judía. En ella el presidente vivía con la máxima intensidad el dicho del
salmo:
“Proclamaré
tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te alabaré” (21,23)
Alabanza
y proclamación eran las dos caras de una misma situación psicológica. Alabar
era contar, narrar, referir y recordar para arrastrar a otros en el mismo sentimiento
de alabanza que embargaba al que presidía la cena ritual. Así pues, en el
ritual de la Pascua la bendición o alabanza es como una línea central, como una
flecha que llega hasta la cena de Jesús y en ella encuentra su culminación.
Paralelos a esta línea central hallamos otros sentimientos religiosos en la
piedad judía de la cena pascual.
Como
hemos dicho, la bendición judía narraba y recordaba para alabar, era alabanza y
recuerdo a la vez. El memorial litúrgico judío, al recordar, resucita ante la
comunidad un hecho histórico salvador pasado a través de los símbolos rituales.
Por medio del rito religioso los fieles se enrolan en la acción salvadora de
Yavé y captan como ya presente una salvación futura y definitiva. De esta
manera el pasado, el presente y el futuro se dan cita en el memorial litúrgico.
En
la Cena Pascual de los tiempos de Jesús los judíos hacían una confesión de fe
de todas las maravillas obradas por Yavé a favor de su pueblo (Deut. 26,1-11);
pero esta confesión de la fe la hacían para contar y proclamar la historia de
la salvación, a fin de que los hombres crean en Yavé, se fíen de Él, reconozcan
su salvación. Pero el creer no era para ellos solamente aceptar con la mente la
realidad de unos hechos históricos pasados; creer era ante todo una adhesión
personal y comunitaria a Yavé, el cual se hacía presente en la cena ritual para
salvar, para iluminar, para consolar y para dar esperanzas, pues Yavé era visto
ante todo como el Fiel.
Porque
la bendición y el memorial proclamaban la historia de la salvación cuyo fundamento
era la alianza. Alianza que evocaba ante todo la fidelidad inquebrantable de
Yavé a sus promesas y animaba a los judíos al arrepentimiento de las fallas en
el cumplimiento de la alianza firmada con Yavé.
Era,
pues, la Cena Pascual un rito de renovación anual de la alianza entre el pueblo
y Yavé que exigía año tras año a su pueblo la fidelidad, la conversión, la
rectificación de sus caminos errados (Os. 2) Por esta razón el sacrificio del
cordero pascual era a la vez un sacrificio de comunión y de expiación.
El sacrificio
de comunión tenía como elementos esenciales la inmolación del animal, el rito
de la sangre y la comida con la carne inmolada. Esta comida era llamada
banquete sagrado, porque con él se significaba la amistad del pueblo elegido
con Yavé. De ahí que en este banquete de comunión la comunidad pasara al primer
plano y se sintiera a Yavé en medio de su pueblo haciendo alianza y
ofreciéndole paz, seguridad y esperanza. De ahí también que el sacrificio de
comunión de la Pascua fuera gozoso y se celebrase con músicas y cantos en honor
de Yavé y de esta manera el sacrificio de la alianza entroncara con la
bendición y con el memorial.
Junto
con el matiz de comunión y de alianza, el sacrificio pascual en los tiempos de
Jesús presentaba también el aspecto de expiación por los pecados del pueblo
mediante la sangre derramada de los corderos.
Es
importante recordar tres elementos rituales de la cena judía destinados a ser
el lazo de unión más importante con la eucaristía cristiana. Ellos son el cordero,
el pan y el vino.
Los
evangelistas no hablan del cordero en la cena, porque según ellos el verdadero
cordero, el figurado por los corderos de la pascua judía, era el Señor Jesús (1
Cor 5,7) Así, pues, la carne inmolada del Cordero de Dios se entregó a los
discípulos bajo la apariencia del pan ázimo y la sangre de la nueva alianza
derramada por los pecados se les dio bajo el aspecto del vino tinto de aquellas
memorable cena (Mt 26,26-28)
De
esta manera el pan y el vino que en la Cena Pascual significaban la miseria del
pueblo durante la esclavitud y la alegría de la liberación en la tierra
prometida, vinieron a significar en la Cena Cristiana la pascua del Señor y de
los cristianos, su paso de la muerte a la vida, su marcha de la esclavitud a la
liberación, de las tinieblas a la luz.
...
Referencia bibliográfica: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. "La Misa en la religión del pueblo", Lima, 1983.
...
Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 4° Parte: Su expansión
+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.
2. LA EXPANSIÓN DE LA DEVOCIÓN
2.1. Congregación
del Sagrado Corazón en Panamá (1739)
El
siglo XVII es el siglo de la expansión de esta amable devoción. En la misma
España ella no vino a hacerse pública hasta 1733, en que comenzó el V.P.
Bernardo de Hoyos a difundirla, valiéndose de dos insignes misioneros de la
Compañía de Jesús, los PP. Jesuitas Cardaveraz y Calatayud, los cuales
erigieron por doquier las Congregaciones del Sagrado Corazón. Contribuyó
también muchísimo a su expansión el libro del P. Juan de Loyola, impreso por
vez primera en 1736 y que lleva por título: El Corazón Sagrado de Jesús
Descubierto a Nuestra España en la Breve Noticia de su Dulcísimo Culto… Este
libro se reimprimió varias veces, de modo que en 1738 aparecía en Barcelona la
quinta edición.
Como
vamos a ver, el libro llegó también al Perú y aquí fue reproducido varias
veces, pero no sólo alcanzó nuestras playas, toda la América se benefició con
su lectura y sirvió para encender en las almas el fuego de esta devoción. En
México se estableció la primera Congregación en honor del Sagrado Corazón en la
Iglesia de los Hermanos Betlemitas en el año 1733, casi al mismo tiempo que en
España y en el Virreinato del Perú, creemos que la primera fue la erigida en
Panamá por el P. Ignacio Caironi S.J., en la Iglesia de la Compañía de Jesús,
en el año 1739. No podemos citar otra en concreto, pero no sería extraño que
alguna otra la hubiera precedido, porque fue el P. Baltazar de Moncada,
Provincial entonces de la Provincia de Quito, pero sujeto perteneciente a la del
Perú, el que alentó al P. Caironi a fundarla en Panamá.
He
aquí cómo daba cuenta de los progresos de esta devoción en Panamá, D. Pedro
Morcillo Rubio de Auñón, Obispo de la Diócesis, en carta a Su Santidad de 12 de
septiembre de 1740. (1) Se dice que las noticias llegadas de España, donde su
culto iba tomando incremento, habían movido al P. Rector del Colegio de la
Compañía de Jesús a celebrar su fiesta el viernes inmediato a la Octava del
Corpus, como en efecto se hizo y continuando todo el año, una vez al mes, los
ejercicios propios de esta devoción. Se eligió para este fin la Iglesia
parroquial de Santa Ana, por carecer el Colegio de Iglesia propia. El público
acudió a estos actos en gran número y la frecuencia de sacramentos llegó a ser
notable, por lo cual, impulsado por su Provincial, resolvió establecer una
Congregación del Sagrado Corazón por el
estilo de la que se había fundado en Lorca (España), sin exigir contribución
alguna a los asociados. Habló con este fin con el Presidente de la Audiencia,
D. Dionisio Martínez de la Vega y me consultó también, dice el Obispo. Con
beneplácito de ambos convocó al vecindario y en la primera reunión dio el Padre
cuenta de lo que se pretendía y de la conveniencia de establecer una asociación
que fomente los ejercicios que se venían practicando y que difunda el culto al
Corazón Divino. El Presidente de la Audiencia que en un principio se había
mostrado favorable, cambió de parecer y manifestó al Obispo que mientras no se
presentasen las Constituciones y fuesen aprobadas por Su Majestad, no era
posible que subsistiese la Congregación. El obispo respondió que las
Constituciones no se habían redactado aún, pero que, una vez que fuesen
aprobadas por el Ordinario, se remitirían al Consejo. Entre tanto, creía que
los ejercicios que por más de un año se venían practicando podían proseguir,
aunque no existiese la Congregación. No accedió el Presidente y ordenó que
cesasen los cultos, como sucedió en efecto. El Obispo y el P. Rector tuvieron
con gran sentimiento suyo que acatar lo dispuesto y, por este motivo, decidió
escribir a Su Santidad. El 3 de Marzo de 1742 el Consejo pidió al Presidente
que informe sobre el hecho y disponiendo que cesase la Congregación como tal
hasta tanto que se cumpliese con lo prescrito por la Ley, pero se podían
permitir los ejercicios de piedad que se habían introducido con anterioridad al
proyecto de establecimiento de la Cofradía o Esclavitud del Sagrado Corazón.
Creemos que al fin se obtuvo la licencia necesaria, pero hemos querido recordar
la parte que en los comienzos de esta devoción cupo así al Obispo, D. Pedro
Morcillo como al rector del Colegio de la Compañía de Jesús P. Ignacio María
Caironi.
En
cambio la primera Iglesia que en América se levantó al Sagrado Corazón surgió en
nuestro suelo, en el año 1742, en tanto que la primera que se cita de la Nueva
España data del año 1756, fecha de su inauguración por los PP. Camilos o de la
Buena muerte. Antes de esta fecha ya se había comenzado a invocar al Corazón de
Jesús y circulaban sus imágenes. Dos padres de la Compañía de Jesús, el P.
Alonso Messia Bedoya, Provincial del Perú y Prepósito luego de la Casa Profesa
de los Desamparados y el P. Baltazar de Moncada, Provincial también de la misma
Provincia se encargaron de difundir esta devoción y la fomentaron de palabra y
por escrito. El primero, a quien se debe la propagación de la devota práctica,
conocida con el nombre delas Tres Horas de Agonía de Nuestro Salvador, no sólo
fue un gran devoto del Corazón de Jesús sino que extendió el objeto de su
devoción al Purísimo Corazón de María.
Bibliografía:
P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú.
Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Mensaje de SS Benedicto XVI y experiencia de San Agustín
“¡ROGAD, PUES, AL DUEÑO DE LA MIES QUE MANDE
OBREROS!”
“¡Rogad, pues, al Dueño de la
mies que mande obreros!”. Eso significa: la mies existe, pe-ro Dios quiere
servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita
hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero
en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que está madurando en
el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la
eternidad y transformarse en perenne comunión divina de alegría y de amor.
“¡Rogad, pues, al Dueño de la mies!” quiere decir también: no podemos
‘producir’ vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como
sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada,
por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del
corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del
hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres,
también hace falta nuestra colaboración.
Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa
ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por
favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría
por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que
cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo!”.
Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo
se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las
palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón orante brote
luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y
suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su “sí”. Como personas de
oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración,
los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su
parte. En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies,
sacudir su corazón y, con Dios, tocar mediante nuestra oración también el
corazón de los hombres, para que Él, según su voluntad, suscite en ellos el
“sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del
tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de
la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin
cesar de este la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es
hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los
hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.
BENEDICTO XVI
ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES Y LOS DIÁCONOS EN
FREISING, 14 DE SEPTIEMBRE DE 2006
MATERNIDAD ESPIRITUAL PARA LOS SACERDOTES
La vocación a ser madre espiritual para los
sacerdotes es demasiado poco conocida, escasamente comprendida y, por tanto, poco
vivida a pesar de su vital y fundamental importancia. Esta vocación a menudo
está escondida, invisible al ojo humano, pero apunta a transmitir vida
espiritual.
De esto estaba convencido el Papa Juan Pablo II: por
ello quiso en el Vaticano un monasterio de clausura donde se pudiera rezar por
sus intenciones como sumo Pontífice.
“¡LO QUE LLEGUÉ A SER Y CÓMO, SE LO DEBO A MI MADRE!”
San
Agustín
Independientemente
de la edad y del estado civil, todas las mujeres pueden convertirse en madre
espiritual de un sacerdote y no solamente las madres de familia. También es
posible para una enferma, para una joven soltera o para una viuda. De modo
particular esto vale para las misioneras y las religiosas, que ofrecen toda su
vida a Dios para la santificación de la humanidad. Juan Pablo II agradeció
incluso a una niña por su ayuda materna: “Expreso mi gratitud también a la
beata Jacinta por los sacrificios y oraciones que ofreció por el Santo Padre, a
quien había visto en gran sufrimiento” (13 de mayo de 2000).
Cada
sacerdote está precedido por una madre, que frecuentemente también es una madre
de vida espiritual para sus hijos. Giuseppe Sarto, por ejemplo, el futuro Papa
Pío X, apenas consagrado obispo, fue a encontrar a su madre de setenta años.
Ella besó con respeto el anillo del hijo y al improviso, haciéndose meditativa,
mostró su pobre anillo nupcial de plata: “Sí,
Peppo pero ahora tú no lo usarías, si yo primero no llevara esta alianza
nupcial”. Justamente San Pío X lo confirmaba con su
experiencia: “¡Cada vocación
sacerdotal proviene del corazón de Dios, pero pasa por el corazón de una
madre!”.
Nos
lo demuestra muy bien la vida de Santa Mónica. San Agustín, su hijo, que a la
edad de diecinueve años, estudiante en Cartago, había perdido la fe, ha escrito
en sus ‘Confesiones’:
“...
Tú has tendido tu mano desde lo alto y has sacado mi alma de estas densas
tinieblas, ya que mi madre, siéndote fiel, lloraba sobre mí más que cuanto
lloran las madres la muerte física de los hijos… sin embargo aquella viuda casta,
devota, morigerada, de las que tú prefieres, hecha más animosa por la
esperanza, pero no por ello menos fácil al llanto, no dejaba de llorar delante
de ti, en todas las horas de oración”. Después de
la conversión, él dijo con gratitud: “Mi santa madre, tu sierva, nunca me
abandonó. Ella me dio a luz con la carne a esta vida temporal y con el corazón
a la vida eterna. Lo que llegué a ser y cómo, se lo debo a mi Madre!”.
Durante
sus discusiones filosóficas, San Agustín quiso siempre consigo a su madre; ella
escuchaba cuidadosamente, a veces intervenía delicadamente con su opinión o,
con maravilla de los expertos presentes, daba también respuestas a cuestiones
abiertas. ¡Por ello no sorprende que San Agustín se declarara su ‘discípulo en
filosofía’!
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Tomado de:
http://www.clerus.org/
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