Homilía del 24º Domingo TO (B), 16 de Septiembre del 2012

Ninguna otra gloria, la cruz de Jesucristo

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Is 50,5-10; S. 114; St 2,14-18; Mc 8,27-35



El texto de este evangelio es inmediato al del domingo pasado. Cronológicamente tienen lugar en los días finales  del viaje del que hablamos. Cesarea de Felipe es una de las ciudades de la región Decápolis. Fue reconstruida de otra anterior por Herodes Filipo y la llamó así en honor del emperador romano César Augusto y de sí mismo. Este Herodes Filipo fue hijo de Herodes el grande, quien obtuvo del emperador romano el título de tetrarca y el gobierno de aquellas tierras, que no pertenecían a Palestina. Jesús lleva ya como un año y medio de predicación y está casi a un año de su muerte.
Como ya les expliqué, es un tiempo que Jesús dedica a la preparación más intensa de sus discípulos. Un día, caminando con ellos, les hace una pregunta clave, para medir hasta dónde han llegado en el conocimiento de su persona después de ver y oír tantas cosas maravillosas durante casi dos años: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Solo Pedro da con la respuesta acertada: “Tú eres el Mesías”. En el paralelo de Mateo tenemos la felicitación de Jesús, que ya hemos comentado otras veces. Una vez más aparece Pedro tras el texto de Marcos, cuya fuente primera es la catequesis de Pedro en Roma. Pedro humildemente suele silenciar o bajar el tono de todo lo que pueda redundar en alabanza propia, como aquí las palabras de Jesús, que conocemos por Mateo. Desde luego que Pedro ha tenido experiencias de Jesús especialmente ricas: En su primer encuentro ya Jesús le miró de una manera especial y anunció su cambio de nombre, que era el Simón, por el de Pedro o “piedra”, símbolo del fundamento que un día sería de su Iglesia. Luego tuvo otra experiencia profundísima con la primera pesca milagrosa. Luego la curación de su suegra sin haberle pedido nada, de forma tan sencilla y al mismo tiempo tan poderosa. Hace no mucho tiempo anduvo sobre el agua sacudido por la tempestad, le suplicó y evitó que se hundiera. Al día siguiente en Cafarnaúm tuvo una gracia especial reconociendo la promesa de Jesús sobre la eucaristía como palabras de vida eterna. Ahora le manifestaba creer que era el Mesías y todavía más: que era el Hijo de Dios bendito, como recuerda el texto de Mateo. La respuesta llenó de entusiasmo a Jesús, que le hizo promesa formal de dejarlo tras su muerte al frente de su Iglesia con plenos poderes y el don de la infalibilidad.
Sin embargo cuando oye a Jesús desvelar su futuro de cruz, no entiende nada, cree que Jesús está desvariando y aun se atreve a increparle. Jesús le corrige durísimamente. Llega a llamarle Satanás e incluso llama a sus discípulos y otras personas que están hablando con ellos y los desafía a servirle hasta la muerte llevando también una cruz. Y hace de esto una condición necesaria para salvarse eternamente: “Miren, el que quiera salvar su vida la perderá –es decir, se condenará– pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.
No seamos crueles con San Pedro. También a nosotros nos resulta casi imposible de aprender esa verdad. Otras dos veces se la repetirá Jesús solemnemente a los doce. Nada. Necesitaron la enorme gracia del Espíritu Santo en Pentecostés. A pesar de que la cruz aparece muchas otras veces en el Antiguo y en el Nuevo Testamento en el camino del Mesías.
Todos queremos ser felices; pero somos nosotros mismos los que nos ponemos los mayores obstáculos. El primero es precisamente la no aceptación de la cruz como condición para seguir a Cristo. Ningún santo ha llegado al cielo sin haber pasado por muchas tribulaciones. Atiendan a tantas advertencias de Dios sobre lo mismo. La primera lectura de hoy es una: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba, etc.”. También en el evangelio hemos escuchado: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Cuando lean la Palabra, no dejen de prestar atención a tantos textos que nos recuerdan esta necesidad de abrazar nuestra cruz. Tengan devoción a Cristo crucificado.
Como les he recordado otras veces, hay que vivir la fe con espíritu deportivo. El atleta se cansa, sufre, pero se siente feliz porque logra sus objetivos venciendo o batiendo su propio récord. Así debemos afrontar todo lo que nos hace sufrir. El sufrimiento nos asemeja a Jesucristo. El sufrimiento, aceptado con paciencia y mejor con alegría, nos va transformando en Cristo; el sufrimiento por Cristo nos dará unos réditos del ciento por uno; con el sufrimiento ofrecido a Dios colaboramos también en la salvación de otros hermanos nuestros así como Cristo con los suyos nos redimió a nosotros y al mundo entero, alcanzando gracias para su salvación.
Y ya que la oración es en todo caso necesaria para dar cualquier paso en la vida sobrenatural, oremos para llevar con paciencia, fe y alegría las cruces grandes y pequeñas de la vida normal; las que recibimos de los acontecimientos y las que nos causan los defectos de las personas y nuestras limitaciones. No hagamos tragedia de lo desagradable que nos ocurre a diario en la vida. No retrocedamos a añadir la sal del sacrificio que la vida corriente de familia, de trabajo y de convivencia nos exige para que ésta sea una ofrenda generosa de amor a Dios y al prójimo.
Yo les aseguro que poniendo de esta manera sus plantas en las huellas de Cristo crucificado, sus espíritus rebosarán de la alegría del Espíritu de Cristo, que lo verán cerca y sentirán su gracia con frecuencia.   
Antes de ayer fue la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, ayer la memoria de Nuestra Señora de los Dolores; que, por su intercesión, el Señor que nos conceda la gracia de “no gloriarnos sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Ga 6,14).


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¿Quién es Jesús para mí?

P. Adolfo Franco, S.J.

Marcos 8, 27-35

La pregunta de Jesús a los apóstoles de "¿qué dicen que es El?" también nos urge a nosotros, también nos pide una respuesta personal.


Jesucristo, en el centro de su actividad apostólica, hace la pregunta fundamental a sus apóstoles: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Y después de que ellos le dan las diversas respuestas que corren entre el pueblo a esta pregunta, Jesús les hace la pregunta directamente a ellos mismos: "¿Y ustedes quién dicen que soy yo?".


Hoy deberíamos también responder a Jesús sobre lo que la gente dice de El, y también atrevernos a darle nuestra propia respuesta. Algunos, ante esta pregunta empezarían a decir: Jesús es una persona que nació aproximadamente en el siglo primero, y en una pequeña ciudad de una provincia del Imperio Romano, llamada Belén. Fue un hombre que vivió según parece algo más de 30 años, y que era la unión substancial del Hijo de Dios con un hombre mortal. Y Jesús interrumpiría al erudito para decirle: disculpa que hoy no estoy para lecciones de historia ni de teología. ¿Soy algo más que una página de la historia o una definición hecha por intelectuales? ¿Qué dices que soy?

Hay personas, cristianos que lo que dicen de El es casi nada, porque no lo conocen y no les interesa. Hay cristianos para los que Jesús es prácticamente nada. No sólo es casi nada lo que pueden decir de El porque no saben, sino que el espacio le dan en su vida es nulo.

Otros sí le dan un poco de espacio en sus vidas; pero sólo un poco de espacio y en muy contadas ocasiones: le dan un espacio cuando sienten temor, frente a una enfermedad, o cuando emprenden un viaje y tienen miedo al avión; o cuando les viene un asunto complicado que escapa de sus manos. Es verdad, le dan un poco de tiempo, pero sólo el suficiente hasta que pasa la emergencia; dirían de Jesús que es “un botiquín de primeros auxilios”. Otros le dan un poco de tiempo cuando se casan y se acercan a la Iglesia, después de mucho tiempo; o cuando quieren tener una ceremonia religiosa por la pérdida de un ser querido, o cuando necesitan que Dios les bendiga el negocio, y no para que Dios esté presente en el negocio (sería incómodo que El viera las cosas que se hacen en ese negocio) sino sólo para que le dé “buena suerte”, y después, que se vaya; casi se podría decir que para estos Jesús es el adorno espiritual que necesitan en los momentos solemnes de sus vidas.

Pero hay cristianos que responden de otra manera a esa pregunta ¿qué dicen estos cristianos de Jesús? Que es incómodo, que está desadaptado, que no se ha puesto al día. Que sus preceptos y su rigor ante la moral del matrimonio, de la sexualidad, y de otras muchas cosas, corresponden a tiempos antiguos. Le dirían a Jesús: Jesús te has hecho viejo, y ya muchos no te siguen, pues hay que estar de acuerdo a los tiempos. Señor, tendrías que hacerte más flexible, para estar a la altura de estas circunstancias. Si no, la gente se te seguirá yendo, y cada vez tendrás menos amigos, porque te empeñas en ser incómodo.

Otros cristianos le dirían que es parte importante de sus vidas. Recordarían todo lo que en su vida ha sucedido por estar con El: qué orgullo sienten de ser cristianos, cómo les marcó la vida la familia cristiana que Jesús les dio, y el colegio cristiano al que pudieron asistir. Le agradecerían al Señor tantas cosas de su existencia: cómo en momentos de tristeza El estuvo presente y les dio su apoyo: en especiales momentos de dolor han podido llorar sobre su hombro. Le dirían al Señor que han procurado estar cerca de El sin separarse; y cuando han caído el Señor les ha tenido paciencia y los ha levantado. Pero le dirían al Señor que no se puede pedir más. Que El, Dios esté en su sitio sin invadir, y ellos, en el suyo: una comunicación suficiente entre ambos espacios, pero sin confundir los espacios.

Y el Señor a éstos y a todos nos preguntaría ¿y nada más?  ¿Tú no quieres la invasión total? ¿Tú no me dices que soy TU TODO? Me abres las puertas de tu casa, pero sólo me dejas entrar en la sala. Soy para ti un Huésped, casi amigo, me recibes bien, pero sólo a ratos; como Huésped no quieres que mi visita sea continua. Y en muchos momentos quieres estar a solas, sin mi compañía; sientes que si mi compañía fuera demasiado continua te incomodaría. Hay pocos que ante mi pregunta responden llanamente que soy Su Dios, Su Amigo, Su Todo.

¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? ¿Quién dices tú que soy Yo? ¿Qué responde tu vida? ¿Te soy absolutamente necesario, como el aire, como la vida, te soy tan necesario como tu propio yo? Sin tu yo, serías una persona despersonalizada (valga la redundancia); y sin Mi ¿te sentirías igualmente despersonalizado?.

¡Cuántas respuestas a la pregunta esencial que Cristo hace a sus apóstoles, y que nos hace a nosotros!¡Qué pocas respuestas satisfactorias!


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Jesús de Nazaret - 2º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.
Seminario Arquidiocesano de Arequipa


1.8. El Misterio de la Encarnación




1.8.1. El Hijo de Dios se hizo hombre. Por qué el Padre envía al Verbo de Dios

Con el Credo Niceno - Constantinopolitano respondemos confesando a Cristo: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre». El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 1O).» El Padre envió a su Hijo para “ser salvador del mundo» (1 Jn 4, 14). «El se manifestó para quitar los pecados» (1 Jn 3, 5):

El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7) (72). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios». «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios». «El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres».


1.8.2. La Encarnación

Volviendo a tomar la frase de S. Juan, «El Verbo se encarnó”: Jn 1, 14, la Iglesia llama «Encarnación» al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz “, (Flp 2, 5-8). 
  
La carta a los Hebreos habla del mismo misterio: Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: “No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad!”. 

La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: «Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios» (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta «el gran misterio de la piedad»: «El ha sido manifestado en la carne» (1 Tm 3, 16).

1.8.3. Verdadero Dios y verdadero hombre

El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que  la falseaban.


1.8.4. Nacido de la Virgen María. Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo

La anunciación a María inaugura “la plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4), es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará «corporalmente la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9). La respuesta divina a su «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1, 35).

La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es «el Señor que da la vida», haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.

El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María, es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo, desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores, a los magos, a Juan Bautista, a los discípulos. Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará «cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38).


1.8.5. La predestinación de María. La Inmaculada Concepción

«Dios envió a su Hijo» (Gal 4, 4), pero para «formarle un cuerpo», quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc l, 26-27).

Dios Padre, en su infinita sabiduría y misericordia, preparó una digna morada para su Hijo. María para ser la Madre del Salvador, fue «dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante» y  Dios la preservó del Pecado Original, es decir, María fue concebida en el seno de su madre sin pecado original; de esta manera estaba preparada para concebir en su seno al Verbo divino sin mancha de pecado. 

De ahí el nombre de “Inmaculada”.  In = no; mácula = mancha. Inmaculada = sin mancha. El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como «llena de gracia» (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios y limpia de todo pecado.

Esta «resplandeciente santidad del todo singular» de la que ella fue «enriquecida desde el primer instante de su concepción», le viene toda entera de Cristo: ella es «redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo» . 

El Padre la ha «bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha «elegido en él, antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4).


1.8.6. «Hágase en mí según tu palabra...» La maternidad divina de María 

Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rm 1, 5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 37-38). 

Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.

Llamada en los evangelios «la Madre de Jesús» (Jn 2, 1; 19, 25), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como «la madre de mi Señor» desde antes del nacimiento de su hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios.


1.8.7. La virginidad de María. María, la «siempre Virgen»


Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido, esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. 

Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra: Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas, «Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo», dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo».

La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo «lejos de disminuir consagró la integridad virginal» de su madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la «siempre - virgen».

Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres, a los cuales El vino a salvar: «Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rm 8, 29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre».


1.8.8. La maternidad virginal de María en el designio de Dios 

La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres.

Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque él es el Nuevo Adán, que inaugura la nueva creación: «El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo» (1 Cor 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios «le da el Espíritu sin medida» (Jn 3, 34). De «su plenitud», cabeza de la humanidad redimida  «hemos recibido todos gracia por gracia» (Jn 1, 16).

Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe. «¿Cómo será eso?» (Lc 1, 34). La participación en la vida divina no nace «de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios» (Jn 1, 13). 

La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.  

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe «no adulterada por duda alguna» y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: «Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo». 

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: «La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También La Virgen María «colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres». Ella pronunció su “fiat”, «ocupando el lugar de toda la naturaleza humana». Por su obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes. ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo».


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Evangelio según San Mateo

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.





Mateo: Las parábolas

Lo que llama la atención de este evangelio, a simple vista, es la gran cantidad de discursos, parábolas y enseñanzas. Jesús habla como un Maestro que tiene autoridad: “… pero yo os digo…”

En Mateo se pueden distinguir cinco grandes secciones en las que se recogen las enseñanzas del Maestro. Las cinco tienen que ver con el anhelado “reinado de los cielos”. Son las siguientes: 1º, el sermón del monte (5-7); la 2º, Instrucciones a los enviados del “reino” (10); la 3º, las parábolas del “reino” (13); la 4º, la reconciliación en el “reino” (18); la 5º, la venida del rey definitivo y absoluto (24-25).
Es innegable, por tanto, el interés de Mateo por la doctrina de Jesús; pero como sucede con el resto de los evangelistas, su centro es la persona concreta e histórica de Jesús, contemplada desde la fe. La doctrina, por tanto, nace de una historia, no de un mito. Su único maestro es Jesús, y la primera intención del evangelista es mostrarnos lo que significan para nuestra salvación los hechos y los dichos del Señor.


Parábolas según San Mateo

  1. El adversario y el juez - 5,25-26
  2. Las dos casas - 7,24-27
  3. Paño y odres nuevos - 9,16-17
  4. Los muchachos en la plaza - 11,16-19
  5. Retorno del espíritu inmundo - 12, 43-45
  6. El sembrador - 13,3-9
  7. Trigo y cizaña - 13,24-30
  8. El grano de mostaza - 13,31-32
  9. La levadura - 13,33
  10. El tesoro escondido - 13,44
  11. La perla - 13,45-46
  12. La red - 13,47-50
  13. La oveja perdida - 18,12-14
  14. El deudor sin piedad - 18,23-35
  15. Obreros de la hora undécima - 20,1-16
  16. Los dos hijos - 21,28-32
  17. Los viñadores homicidas - 21,33-44
  18. Invitación al banquete - 22,2-14
  19. Lección de la higuera - 24,32-33
  20. El amo vigilante - 24,43-44
  21. El siervo fiel - 24,45-51
  22. Las diez vírgenes - 25,1-13
  23. Los talentos - 25,14-30


¿Por qué hablas a la gente por medio de parábolas? 
Él les contestó: - A vosotros, Dios os permite conocer los secretos del su Reino, pero a ellos no. Pues al que tiene se le dará y le sobrará.
(Mt 13, 10-12)


“Claves” para lectura de Mateo

Prólogo (1-2) 
Presentación de la persona del Señor Jesús como el Mesías esperado. Los relatos de su infancia recogen escenas y datos que revelan su ministerio, dando cumplimiento al mismo tiempo a lo profetizado en el Antiguo Testamento.

Es el momento (3-4) 
En el bautismo, Jesús es “consagrado” para su misión de obediencia a favor de los hombres: “Este es mi Hijo, el predilecto” (3,17). El pasaje de las tentaciones descarta el mesianismo político – religioso. Jesús da comienzo a su predicación sobre el reinado de Dios y se rodea de algunos discípulos que él mismo elige y llama. “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas; anunciaba la buena noticia del reino y curaba las enfermedades y las dolencias del pueblo” (4,23)

Desde el monte (5-7)
En su inicio nos encontramos con las “bienaventuranzas”; éstas son como na mística superación de la ley, son sal y luz sobre el candelero, pero no niegan la Ley mosáica: “no he venido a abolirla sino a darle cumplimiento” (5,17). Y como los fariseos ponían un gran énfasis en la oración vocal, ayunos y limosnas, Jesús cuida en resaltar lo que les da su sentido religioso básico y fundamental. Se ha de construir sobre roca, no sobre arena, al estilo de no pocos fariseos hipócritas.

“Signos” de su reinado (8-9)
“Así se cumplió lo que dice el profeta Isaías. El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (8,17). Aparece el dominio de Jesús sobre las fuerzas del mal: sobre la tempestad en el mar, los demonios inmundos, las enfermedades símbolos de pecado, al menos en aquel entonces. Actuaba con autoridad y con un poder eficaz.

Instrucciones (10) 
Sus discípulos han de anunciar una salvación ya presente, con sencillez y prudencia. La persecución suele acompañar a la misión, pero no hay que dejarse llevar del miedo. Y la persecución puede venir, porque la fe en Jesús a veces es causa de separación y ruptura. Pero el que predica la palabra de Dios tendrá recompensa de “profeta”, es decir, de embajador de Dios, como un enviado suyo.

Dudas y rechazos (11-12) 
“Eres tú el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro?” (11,3) Es la pregunta que le hacen los discípulos de Juan el Bautista. Después de hacer un elogio elocuente del precursor, Jesús censura la falta de fe de los judíos. Y destaca que sólo los “pequeños” accederán al reino. Surge la controversia sobre lo que está permitido hacer en “sábado”. Los fariseos entonces interpretan que su poder de curación es un poder diabólico, no de Dios. Jesús les replica que ellos pertenecen a una generación “perversa”.

Parábolas del reino (13) 
Las parábolas que se recogen en este importante capítulo son siete. Hay gente que cree y confía, y gente que no cree no confía en él. Quienes creen en su persona están llamados al reino de Dios. Sus discípulos ya a comprender y a tener fe en él.

¿Quién es éste? (14,1-16,20) 
Como continuación de estas parábolas (siete) viene el relato de una serie de milagros y la controversia con los fariseos y escribas. Esta tensión termina por desembocar en la pregunta sustancial a sus discípulos: “Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (16,15). A la impulsiva respuesta de Pedro, sigue la afirmación de Jesús: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del abismo no la vencerá” (16,18).

Iglesia peregrina (16, 21-20, 34) 
Ya Jesús anuncia su pasión y también su resurrección particularmente en el pasaje de la “transfiguración”. Da instrucciones a sus discípulos de cómo han de comportarse en la Iglesia. En su marcha hacia Jerusalén les instruye sobre el matrimonio, las riquezas y el desprendimiento; incluso se habla sobre la actitud ante una recompensa, y el mérito propio de su trabajo como misioneros y embajadores suyos. “Si alguno de vosotros quiere ser grande, deberá ponerse al servicio de los demás” (20,26). Como unos peregrinos y como unos servidores.

Jerusalén le espera (21-23) 
Tanto las parábolas como las preguntas que le hacen con el ánimo de acusarle culminan con una serie de siete “ayes” contra aquellos dirigentes espirituales de Israel. No extraña que este capítulo 23 termine con una “lamentación” sobre la ciudad santa.

La venida última (24-25) 
Se anuncia la venida definitiva de Jesucristo como Señor de todas las cosas. El estilo literario de a narración pertenece al género apocalíptico. La actitud de los cristianos ha de ser de vigilancia y de laboriosidad (parábola de los “talentos”), aunque siempre como “siervos inútiles”. Se nos juzgará a todos “en el amor”, por nuestra capacidad de amar de forma desinteresada, al estilo de Dios que es padre, y padre misericordioso. El amor a los demás es su estilo.

Pasión y muerte (26-27) 
Llega la pascua judía y Jesús es entregado y condenado a muerte de cruz. El pueblo judío, por medio de sus jefes rechazó al nuevo liberador: “¡Qué su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (27,25)

Epílogo (28) 
Anuncio de la resurrección, y de la misión universal de la Iglesia en comunión con este Jesús ya resucitado y viviente junto al Padre. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo” (v. 20).


Haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo. (Mt 28,19-20) 



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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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