Homilía: 3° Domingo de Adviento (A)



P. José R. Martínez Galdeano, S.J.
Lecturas: Is 35,1-6.10; S.145; San 5,7-10; Mt 11,2-11

Les anuncio un gran gozo 
(Lc 2,10)


Al participar en la misa de hoy, nos habremos dado cuenta que la Iglesia hoy trata de suscitar en nuestros espíritus sentimientos de alegría muy intensa para vivir cristianamente la Navidad que se acerca: “Estén siempre alegres en el Señor. Se lo repito: estén alegres”. En la oración colecta (así se llama) se designa a la Navidad como “fiesta de gozo y salvación” y se pide a Dios la gracia de “poder celebrarla con alegría desbordante”. Se nos ha releído la profecía de Isaías que, oteando desde siglos esta venida, predice que hasta el desierto y el yermo se alegrarán, porque verán la gloria y la belleza de Dios, porque los ciegos verán, los sordos oirán, los mudos hablarán, se acabará la pena y la aflicción. Lo mismo hemos cantado en el salmo. Y en la misma carta del apóstol Santiago, de tono severo en general, la Iglesia ha descubierto como actitud a imitar la alegría y esperanza del labrador esperando abundante cosecha tras el arduo trabajo. Por fin en el texto del evangelio se elige lo que viene a ser un canto de alabanzas a Juan el Bautista, “más que profeta” y cuya llegada como anunciador del Mesías, que era él, Jesús, había sido predicha. Todo ello se estaba cumpliendo y ahora todo culminaba en el Reino de los Cielos presente ya con la fantástica gracia de hacernos, a los que creyéramos, hijos de Dios, como él, como Jesús. Porque el más pequeño de los que creyeren y acogieren su mensaje es más grande que Juan, aquel gran profeta y más que profeta.

Como vemos, son muchas las razones, es grande la insistencia. Hay en todo esto un mensaje bien claro: Vivir la Navidad desde la fe es vivirla con alegría y, más todavía, con alegría desbordante. Una alegría que brota del misterio mismo, del don que se nos ha dado con la primera Navidad y que se sigue renovando. Porque “un niño nos ha nacido y un hijo se nos ha dado” (Is 9,6). Porque “donde abundó el pecado”, y por mucho que siga abundando, sobreabundó y sigue sobreabundando la gracia” (Ro 5,20)

Todo hombre busca la felicidad, porque está hecho para ella, y cuando la encuentra, aunque sea en un grado pequeño, se llena de alegría.  Feliz es el hombre cuando logra satisfacer sus aspiraciones. Dos son las aspiraciones fundamentales del hombre: la verdad, toda la verdad, y el amor, un amor infinito que nunca se cansa ni sacia de amar y de ser amado. Esto no lo puede encontrar el hombre sino en Dios. Por eso dice la revelación que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo cual significa que el hombre necesita de la relación interpersonal con Dios, de conocerle y amarle y ser amado personalmente por Él. Fue el pecado, cuando Adán y Eva quisieron ser como Dios, haciendo que bueno y malo fuera lo que a ellos les daba la gana, lo que rompió el lazo del amor con Dios. Pero por el gran amor con que nos amaba, en su gran debilidad por el hombre, Dios envió a su Hijo para que, haciéndose hombre, pudiera el hombre pagar por su pecado y, recuperando la posibilidad de conocer y amar a su Dios, reencontrara la felicidad, la verdad, el amor y la salvación. Esta es la razón de la alegría de la Navidad y debe ser su fuente. Este es el nuevo y definitivo comienzo de la historia y la razón de nuestra alegría: que Dios ha venido y forma parte del género humano, que ha pagado de sobra por nuestros pecados, que nos une a él con el bautismo, haciéndonos hijos verdaderos de Dios con la vida de la gracia, que nos da su Espíritu y así creemos, esperamos y amamos y amaremos por toda la eternidad.

El cristiano que vive su fe es necesariamente una persona alegre. Un jesuita convertido del Islám escribe que fue profundamente tocado en su corazón en su primer contacto con el catolicismo. “Se hablaba —dice— de un Dios amigo, hermano, que se da de comer y beber, un Dios que, hecho hombre, se pone a caminar con los hombres”.

Éste es nuestro Dios, con Él nos reunimos cada domingo a su mesa, escuchando su palabra, alimentando nuestra vida con su cuerpo y su sangre, con la luz y la fuerza, que nos comunica su Espíritu, llevamos con alegría y esperanza nuestras cruces vivimos con amor sirviéndole y sirviendo a los hermanos.

Desbordemos, pues, de alegría en la Navidad. Porque la Navidad debe darse primero en nuestras almas. “Les anuncio un gran gozo. Que les ha nacido el Salvador” (Lc 2,10s). Es lo primero: que la Navidad sea en nosotros, que el Niño nazca en nuestros corazones, que la salvación, que nos ha traído y nos trae, sea acogida. Sin eso todo sería un gran fraude.

Acogiendo de María la salvación de Jesús, nos abrimos al amor de Dios, a su perdón, que siempre necesitamos. Le damos gracias por él. Veamos nuestra vida salpicada aquí y allá con tan numerosas y continuas invitaciones de nuestro Dios y Padre al encuentro y a la amistad con Él. “Dios es amor y hemos creído en el amor”—dice San Juan, 1Jn 4,16—. Creámoslo y digámoslo. Nuestra alegría ha de brotar de la fe en ese amor de Dios, que se ha manifestado en Jesucristo. Que los regalos y las reuniones familiares no sean la esencia de la Navidad, sino la expresión y ejercicio del espíritu, el amor y la gracia que Jesús nos ha comunicado y que nos desborda hasta compartirlo con los demás.





Orar por los difuntos y enterrarlos



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 30 de noviembre de 2016



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la catequesis de hoy concluimos el ciclo dedicado a la misericordia. Aunque las catequesis terminan, ¡la misericordia debe continuar! Damos las gracias al Señor por todo esto y conservémoslo en el corazón como consolación y conforto.

La última obra de misericordia espiritual pide rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. A esta podemos unir también la última obra de misericordia corporal que invita a sepultar a los muertos. Esta última puede parecer una petición extraña; en cambio, en algunas zonas del mundo que viven bajo el flagelo de la guerra, con bombardeos que día y noche siembran miedo y víctimas inocentes, esta obra es tristemente actual. La Biblia tiene un hermoso ejemplo al respecto: el del viejo Tobías, quien, aun arriesgando su propia vida, sepultaba a los muertos no obstante la prohibición del rey (Cf. Tob 1, 17-19; 2, 2-4). También hoy hay quien arriesga la vida para dar sepultura a las pobres víctimas de las guerras. Por lo tanto, esta obra de misericordia corporal no es lejana de nuestra existencia cotidiana. Y nos hace pensar a lo que sucede el Viernes Santo, cuando la Virgen María, con Juan y algunas mujeres estaban ante la cruz de Jesús. Después de su muerte, fue José de Arimatea, un hombre rico, miembro del Sanedrín pero convertido en discípulo de Jesús, y ofreció para él su sepulcro nuevo, excavado en la roca. Fue personalmente donde Pilatos y pidió el cuerpo de Jesús: una verdadera obra de misericordia hecha con gran valor (Cf. Mt 27, 57-60). Para los cristianos, la sepultura es un acto de piedad, pero también un acto de gran fe. Depositamos en la tumba el cuerpo de nuestros seres queridos, con la esperanza de su resurrección (Cf. 1 Cor 15, 1-34). Este es un rito que perdura muy fuerte y sentido en nuestro pueblo, y que encuentra una resonancia especial este mes de noviembre dedicado, en particular, al recuerdo y a la oración por los difuntos.

Rogar por los difuntos es, sobre todo, una muestra de agradecimiento por el testimonio que han dejado y el bien que han hecho. Es un agradecimiento al Señor por habérnoslos donado y por su amor y su amistad. La Iglesia ruega por los difuntos de manera particular durante la Santa Misa. Dice el sacerdote: «Acuérdate, Señor, de tus hijos, que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz» (Canon romano). Un recuerdo simple, eficaz, lleno de significado, porque encomienda a nuestros seres queridos a la misericordia de Dios. Oremos con esperanza cristiana para que estén con Él en el paraíso, en la espera de encontrarnos juntos en ese misterio de amor que no comprendemos, pero que sabemos que es verdadero porque es una promesa que Jesús hizo. Todos resucitaremos y todos permaneceremos por siempre con Jesús, con Él.

El recuerdo de los fieles difuntos no debe hacernos olvidar también rezar por los vivos, que junto a nosotros se enfrentan las pruebas de la vida cada día. La necesidad de esta oración es todavía más evidente si la enfocamos desde la profesión de fe que dice: «Creo en la comunión de los santos». Es el misterio que expresa la belleza de la misericordia que Jesús nos ha revelado. La comunión de los santos, precisamente, indica que todos estamos inmersos en la vida de Dios y vivimos en su amor. Todos, vivos y difuntos, estamos en la comunión, es decir, como una unión; unidos en la comunidad de cuantos han recibido el Bautismo, y de los que se han nutrido del Cuerpo de Cristo y forman parte de la gran familia de Dios. Todos somos de la misma familia, unidos. Y por eso rezamos los unos por los otros.

¡Cuántos maneras distintas hay para rezar por nuestro prójimo! Son todas válidas y aceptadas por Dios si se hacen con el corazón. Pienso en particular en las mamás y en los papás que bendicen a sus hijos por la mañana y por la noche. Todavía existe esa costumbre en algunas familias: bendecir al hijo es una oración; pienso en la oración por las personas enfermas, cuando vamos a verles y rezamos por ellos; en la intercesión silenciosa, a veces con lágrimas, en tantas situaciones difíciles por las que rezar. Ayer vino a Misa en Santa Marta un buen hombre, un empresario. Ese hombre joven tiene que cerrar su fábrica porque no puede y lloraba diciendo: «no soy capaz dejar sin trabajo a más de 50 familias. Podría declarar la bancarrota de la empresa: me voy a casa con mi dinero, pero mi corazón llorará toda la vida por estas 50 familias». Este es un buen cristiano que reza con las obras: vino a misa para rezar para que el Señor les dé una salida, no solo para él, sino para las 50 familias. Este es un hombre que sabe rezar, con el corazón y con los hechos, sabe rezar por el prójimo. Está en una situación difícil. Y no busca la salida más fácil: «que se las apañen». Este es un cristiano. ¡Me ha hecho mucho bien escucharle! Y quizás hay muchos así, hoy, en este momento en el cual tanta gente sufre por la falta de trabajo; pienso también en el agradecimiento por una bonita noticia que se refiere a un amigo, a un pariente, a un compañero…: «¡Gracias, Señor, por esta cosa bonita!, eso también es rezar por los demás. Dar las gracias al Señor cuando las cosas son bonitas. A veces, como dice San Pablo, «no sabemos rezar como es debido; pero es el Espíritu que intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8, 26). Es el Espíritu que reza dentro de nosotros. 

Abramos, entonces, nuestro corazón, de manera que el Espíritu Santo, escrutando los deseos que están en lo más profundo, los pueda purificar y conseguir que se realicen. De todos modos, por nosotros y por los demás, siempre pidamos que se haga la voluntad de Dios, como en el Padre Nuestro, porque su voluntad es seguramente el bien más grande, el bien de un Padre que no nos abandona nunca: rezar y dejar que el Espíritu Santo rece por nosotros. Y esto es bonito en la vida: reza agradeciendo, alabando a Dios, pidiendo algo, llorando cuando hay alguna dificultad, como la de ese hombre. Pero que el corazón esté siempre abierto al Espíritu para que rece en nosotros, con nosotros y por nosotros.

Concluyendo estas catequesis sobre la misericordia, esforcémonos en rezar los unos por los otros para que las obras de misericordia corporales y espirituales se conviertan cada vez más en el estilo de nuestra vida. Las catequesis, como he dicho al principio, terminan aquí. Hemos hecho el recorrido de las 14 obras de misericordia, pero la misericordia continua y debemos ejercerla a través de estos 14 modos.

Gracias.


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Tomado:
http://w2.vatican.va/

Enseñar al que no sabe


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 23 de noviembre de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Finalizado el Jubileo, hoy volvemos a la normalidad, pero quedan todavía algunas reflexiones sobre las obras de misericordia, y por eso continuaremos con esto.

La reflexión sobre las obras de misericordia espiritual se refiere hoy a dos acciones muy unidas entre sí: aconsejar a los dudosos y enseñar a los ignorantes, es decir, a los que no saben. La palabra ignorante es demasiado fuerte, pero quiere decir que no saben algo y a quien se debe enseñar. Son obras que se pueden vivir sea en una dimensión simple, familiar, al alcance de todos, que —especialmente la segunda, la de enseñar— desde un plano más institucional, organizado. Pensemos, por ejemplo, en cuántos niños sufren todavía el analfabetismo. Esto no se puede entender: ¡que en un mundo en el cual el progreso técnico científico ha llegado tan lejos, haya niños analfabetos! Es una injusticia. Cuántos niños sufren la falta de instrucción. Es una condición muy injusta que afecta a la misma dignidad de la persona. Sin educación además se convierte fácilmente en presa de la explotación y de varias formas de malestar social.

La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha sentido la exigencia de esforzarse en el ámbito de la instrucción porque su misión de evangelización conlleva el compromiso de devolver la dignidad a los más pobres. Desde el primer ejemplo de una «escuela» fundada precisamente aquí en Roma por san Justino, en el siglo ii, para que los cristianos conocieran mejor la Sagrada Escritura, hasta san José de Calasanz, que abrió las primeras escuelas públicas gratuitas de Europa, tenemos una larga lista de santos y santas que en varias épocas han llevado instrucción a los más desfavorecidos, sabiendo que por este camino habrían podido superar la miseria y las discriminaciones. Cuántos cristianos laicos hermanos y hermanas consagradas, sacerdotes han dado su propia vida por la instrucción, por la educación de los niños y los jóvenes. Esto es grande: ¡yo os invito a rendirles homenaje con un gran aplauso! Estos pioneros de la instrucción habían comprendido a fondo la obra de misericordia y habían hecho de ello un estilo de vida tal hasta el punto de transformar la misma sociedad. A través de un trabajo simple y pocas estructuras ¡supieron devolver la dignidad a muchas personas! Y la instrucción que impartían a menudo estaba orientada también hacia el trabajo. Pero pensemos en san Juan Bosco, que preparaba para trabajar a chicos de la calle, en el oratorio y después en la escuela, las oficinas. Es así como surgieron muchas y diversas escuelas profesionales, que habilitaban para trabajar mientras educaban con valores humanos y cristianos. La instrucción, por lo tanto, es verdaderamente una peculiar forma de evangelización.

Cuanto más crece la instrucción más personas adquieren las certezas y la conciencia, que todos necesitamos en la vida. Una buena instrucción nos enseña el método crítico, que comprende también un cierto tipo de duda, útil para plantear preguntas y verificar los resultados alcanzados, en vista de un conocimiento mayor. Pero la obra de misericordia de aconsejar a los dudosos no se refiere a este tipo de duda. Expresar la misericordia hacia los dudosos equivale, sin embargo, a aliviar ese dolor y ese sufrimiento que proviene del miedo y de la angustia que son las consecuencias de la duda. Por tanto es un acto de verdadero amor con el cual se pretende sostener a una persona ante la debilidad provocada por la incertidumbre.

Pienso que alguien podría preguntarme: «Padre, pero yo tengo muchas dudas sobre la fe ¿Qué tengo que hacer? ¿Usted nunca tiene dudas?». Tengo muchas... ¡Claro que en algunos momentos a todos nos entran dudas! Las dudas que tocan la fe, en sentido positivo, son la señal de que queremos conocer mejor y más a fondo a Dios, Jesús, y el misterio de su amor hacia nosotros. «Pero, yo tengo esta duda: busco, estudio, veo o pido consejo sobre cómo hacer». ¡Estas son dudas que hacen crecer! Es un bien entonces que nos planteemos preguntas sobre nuestra fe, porque de esa manera estamos impulsados a profundizar en ella. Las dudas, de todos modos, hay que superarlas. Por ello es necesario escuchar la Palabra de Dios, y comprender lo que nos enseña. Una vía importante que ayuda mucho en esto es la de la catequesis, con la cual el anuncio de la fe sale a nuestro encuentro en el aspecto concreto de la vida personal y comunitaria. Y hay, al mismo tiempo, otra senda igualmente importante, la de vivir lo más posible la fe. No hagamos de la fe una teoría abstracta donde las dudas se multipliquen. Hagamos más bien de la fe nuestra vida. Intentemos practicarla a través del servicio a los hermanos, especialmente de los más necesitados. Entonces muchas dudas desaparecen, porque sentimos la presencia de Dios y la verdad del Evangelio en el amor que, sin nuestro mérito, vive en nosotros y compartimos con los demás.

Como se puede ver, queridos hermanos y hermanas, estas dos obras de misericordia tampoco están lejos de nuestra vida. Cada uno de nosotros puede esforzarse en vivirlas para poner en práctica la palabra del Señor cuando dice que el misterio del amor de Dios no ha sido revelado a los sabios e inteligentes, sino a los pequeños (cf. Lc 10, 21; Mt 11. 25—26). Por lo tanto, la enseñanza más profunda que estamos llamados a transmitir y la certeza más segura para salir de la duda, es el amor de Dios con el cual hemos sido amados (cf. 1 Gv 4, 10). Un amor grande, gratuito y dado para siempre ¡Dios nunca da marcha atrás con su amor! Sigue siempre hacia adelante y espera; dona su amor para siempre, del cual debemos sentir una fuerte responsabilidad, para ser testimonios ofreciendo misericordia a nuestros hermanos. Gracias.

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Tomado de:
http://w2.vatican.va/

Ser pacientes y saber soportar



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 16 de noviembre de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Dedicamos la catequesis de hoy a una obra de misericordia que todos conocemos muy bien, pero que quizás no la ponemos en práctica como deberíamos: soportar pacientemente a las personas molestas. Todos somos muy buenos para identificar una presencia que puede molestar: ocurre cuando encontramos a alguien por la calle, o cuando recibimos una llamada… Enseguida pensamos: «¿Cuánto tiempo tendré que escuchar las quejas, los chismes, las peticiones o las presunciones de esta persona?». También sucede, e veces, que las personas fastidiosas son las más cercanas a nosotros: entre los familiares hay siempre alguno; en el trabajo no faltan; y ni siquiera durante el tiempo libre estamos a salvo. ¿Qué debemos hacer con las personas molestas? Pero también nosotros somos molestos para los demás muchas veces. ¿Por qué entre las obras de misericordia también ha sido incluida esta? ¿Soportar pacientemente a las personas molestas?

En la Biblia vemos que Dios mismo debe usar misericordia para soportar las quejas de su pueblo. Por ejemplo, en el libro del Éxodo el pueblo resulta ser verdaderamente insoportable: primero llora porque es esclavo en Egipto, y Dios lo libera; luego, en el desierto, se queja porque no tiene qué comer (cf. 16, 3), y Dios envía las codornices y el maná (cf. 16, 13—16), no obstante las quejas no cesan. Moisés hacía de mediador entre Dios y el pueblo, y él también de vez en cuando habrá resultado molesto para el Señor. Pero Dios ha tenido paciencia y así ha enseñado también a Moisés y al pueblo esta dimensión esencial de la fe.

Entonces, surge espontánea una primera pregunta: ¿alguna vez hacemos un examen de conciencia para ver si también nosotros, a veces, podemos resultar molestos para los demás? Es fácil señalar con el dedo los defectos y las faltas de otros pero debemos aprender a meternos en la piel de los demás.

Miremos sobre todo a Jesús: ¡cuánta paciencia ha tenido que tener durante los tres años de su vida pública! Una vez, mientras estaba en camino con sus discípulos, fue parado por la madre de Santiago y Juan, la cual le dijo: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino» (Mt 20, 21). La mamá hacía de lobby para sus hijos, pero era la mamá... Jesús se inspira también en esa situación para impartir una enseñanza fundamental: el suyo no es un reino de poder, no es un reino de gloria como los terrenos, sino de servicio y entrega a los demás. Jesús enseña a ir siempre a lo esencial y a mirar más allá para asumir con responsabilidad la propia misión. Podríamos ver aquí la referencia a otras dos obras de misericordia espiritual: la de advertir a los pecadores y la de enseñar a los ignorantes. Pensemos en el gran esfuerzo que se puede emplear cuando ayudamos a las personas a crecer en la fe y en la vida. Pienso, por ejemplo, en los catequistas —entre los cuales hay muchas madres y muchas religiosas— que dedican tiempo para enseñar a los chicos los elementos básicos de la fe. ¡Cuánto esfuerzo, sobre todo cuando los chicos preferirían más bien jugar antes que escuchar el catecismo!

Acompañar en la búsqueda de lo esencial es bonito e importante, porque nos hace compartir la alegría de saborear el sentido de la vida. A menudo ocurre que nos encontremos a personas que se paran en las cosas superficiales, efímeras y banales; a veces porque no han encontrado a alguien que les estimule para buscar otra cosa, para apreciar a los verdaderos tesoros. Enseñar a mirar lo esencial es una ayuda determinante, especialmente en un tiempo como el nuestro que parece haber tomado la orientación de seguir satisfacciones cortas de miras. Enseñar a descubrir qué es lo que el Señor quiere de nosotros y cómo podemos corresponder significa ponernos en camino para crecer en la propia vocación, el camino de la verdadera alegría. De ahí las palabras de Jesús a la madre de Santiago y Juan, y luego a todo el grupo de los discípulos, señalan la vía para evitar caer en la envidia, en la ambición, en la adulación, tentaciones que están siempre al acecho incluso entre nosotros los cristianos. La exigencia de aconsejar, advertir y enseñar no nos debe hacer sentir superiores a los demás, sino que nos obliga sobre todo a volver a entrar en nosotros mismos para verificar si somos coherentes con lo que pedimos a los demás. No olvidemos las palabras de Jesús: «¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?» (Lc 6, 41). Que el Espíritu Santo nos ayude a ser pacientes para soportar y humildes y sencillos para aconsejar.


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Tomado de:
http://w2.vatican.va/

La Misericordia de Dios es inclusiva



JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA JUBILAR

Sábado 12 de noviembre de 2016




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta última Audiencia Jubilar del sábado consideramos un aspecto importante de la misericordia: la inclusión, que refleja el actuar de Dios, que no excluye a nadie de su designio amoroso de salvación, sino llama a todos. Esta es la invitación que hace Jesús en el Evangelio de Mateo que acabamos de escuchar: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados». Nadie está excluido de esta llamada, porque la misión de Jesús es revelar a cada persona el amor del Padre.

Por el sacramento del bautismo, nos convertimos en hijos de Dios y en miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Por eso, como cristianos, estamos invitados a hacer nuestro este criterio de la misericordia, con el que tratamos de incluir en nuestra vida a todos, acogiéndolos y amándolos como los ama Dios. Así evitamos encerrarnos en nosotros mismos y en nuestras propias seguridades.

El Evangelio nos impulsa a reconocer en la historia de la humanidad el designio de una gran obra de inclusión que, respetando la libertad de cada uno, llama a todos a formar una única familia de hermanos y hermanas, y a ser miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo.

*En el pasaje del Evangelio de Mateo que acabamos de oír, Jesús se dirige a una invitación verdaderamente universal: "Venid a mí todos los que trabajan y están cargados, y os daré reposo" (11:28). Nadie queda excluido de esta llamada, porque la misión de Jesús es revelar el amor del Padre a todos. Nuestra tarea es abrir nuestros corazones, confiar en Jesús y aceptar este mensaje de amor, que nos hace entrar en el misterio de la salvación.

Este aspecto de la misericordia, la inclusión, se manifiesta al abrirse los brazos para dar la bienvenida, sin excluir; Sin etiquetar a otros de acuerdo a su estatus social, idioma, raza, cultura o religión: hay, ante nosotros, sólo una persona para ser amado como Dios los ama. La persona que encuentro en mi trabajo, en mi barrio, es una persona para amar, como Dios ama. "Pero él es de ese país, o de ese otro país, o de esta religión, u otra ... Él es una persona a quien Dios ama y tengo que amarlo". Esto es incluir, y esto es inclusión.

Nos encontramos con tantas personas cansadas y oprimidas hoy! En la calle, en las oficinas públicas, en las prácticas médicas ... La mirada de Jesús se apoya en cada uno de esos rostros, incluso a través de nuestros ojos. ¿Y cómo está nuestro corazón? ¿Es misericordioso? Y nuestra forma de pensar y actuar, ¿es inclusiva? El Evangelio nos llama a reconocer, en la historia de la humanidad, el diseño de una gran obra de inclusión que respete plenamente la libertad de cada persona, cada comunidad, cada nación y pida a todos formar una familia de hermanos y hermanas Justicia, solidaridad y paz, y ser parte de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo.

¡Cuán verdaderas son las palabras de Jesús, que invitan a aquellos que están cansados ​​y cansados ​​de venir a Él a encontrar descanso! Sus brazos extendidos en la cruz muestran que nadie está excluido de su amor y su misericordia, ni siquiera el mayor pecador: ¡nadie! Todos estamos incluidos en su amor y en su misericordia. La expresión más inmediata con la que nos sentimos bien acogidos e incluidos en él es la del perdón. Todos tenemos que ser perdonados por Dios. Y todos necesitamos encontrar hermanos y hermanas que nos ayuden a ir a Jesús, a abrirnos al regalo que nos ha dado en la cruz. ¡No nos detengamos mutuamente! ¡No excluyamos a nadie! Más bien, con humildad y simplicidad, seamos instrumentos de la misericordia inclusiva del Padre. La misericordia inclusiva del Padre: es así. La Santa Madre Iglesia prolonga en el mundo el gran abrazo de Cristo que murió y resucitó. También esta Plaza, con su columnata, expresa este abrazo. Participemos en este movimiento de incluir a otros, para ser testigos de la misericordia con la que Dios ha aceptado y dado la bienvenida a cada uno de nosotros.

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Tomado de:
http://w2.vatican.va/
*Párrafos siguientes. Textos traducidos de la versión en inglés.

San Juan Bautista: Modelo de preparación para la venida de Jesús


P. Adolfo Franco, S.J.

ADVIENTO
Segundo Domingo

Mt 3, 1-12

Juan Bautista con su vida austera nos indica cómo prepararnos a la venida de Jesús.


La presencia de Juan Bautista, tal como aparece en este párrafo del Evangelio es impresionante, por lo que hace y por lo que dice. Lo principal que hace es ser coherente, vivir una vida extremadamente austera sin compromisos con lo fácil, con lo material, con la comodidad. En su vivienda, en su comida y en su vestido, hay un desarraigo de todo lo placentero, que impresiona: vive en el desierto, sin protección de techo alguno, come lo que el desierto produce (¿y qué produce el desierto?), y viste una piel de animal. En él todo se ha concentrado en su espíritu, y por eso de ese espíritu brota una voz llena de verdad y de fuerza.

Esa voz nos empuja a dos cosas: a la conversión y a estar abiertos a la novedad de Jesús, que viene detrás de él, pero que es más fuerte y que bautizará con Espíritu Santo y fuego. La conversión y la aceptación de la novedad de Jesús. Dos mensajes que se complementan, que uno lleva al otro. Porque la conversión es principalmente una actitud radical del espíritu, que nos vacía de todo lo que sobra en nuestro espíritu y en nuestra vida, y así nos capacita para recibir a Jesús y su novedad.

Juan bautiza, y a los que confesaban sus pecados, les daba un mensaje de conversión. Buscar las raíces del pecado, que hay detrás de los pecados y arrancarla. Ese es el camino de la conversión. Para nosotros es hacer el esfuerzo por recuperar la pureza original en la que fuimos bautizados. Esa renuncia al mal que repetimos entonces en nuestro bautismo por tres veces: estar siempre del lado del bien, de la verdad, de la pureza, y renunciar a Satanás y sus seducciones; eso dijimos y eso debemos recobrar, una acción decidida para recuperar la blancura del vestido que nos cubrió en el bautismo. Esfuerzo de conversión que es aspirar a lo que podemos llegar a ser, y dejar la mediocridad de una vida en que vivimos un cristianismo de “más o menos”.

Nos preparamos a celebrar la Navidad, y miramos en la dirección del pesebre, y por eso adelantando la luz que de ahí brota, queremos otra vez estar configurados a la imagen del Salvador que nacerá como una luz sin sombras, y como nuestro ideal.

Y la segunda parte del mensaje que nos da Juan Bautista es la novedad que trae la llegada de Jesús, el Salvador. Ya no se trata de la filiación de Abrahán, de la que se gloriaban los judíos. La salvación de Jesús sobrepasa la propuesta de la ley judía. Va más allá, y es completamente nueva.

Y es que todo lo que trae Jesús es nuevo. Y lo primero que es nuevo, es que quien viene a vivir entre nosotros, que viene a enseñarnos y viene a salvarnos, es Dios mismo. Ya no es un mensajero como tantos que El había ido enviando antes. Ahora es Dios en la persona de su Hijo, habitando entre nosotros; y esto es algo completamente asombroso y que siempre será nuevo.

Pero además es nuevo el concepto de Dios, que Jesús nos revela: Dios es amor y es nuestro Padre; esto es completamente nuevo. Dios es un abismo de amor, que habita en nuestras vidas. Ya Dios no es un “habitante del templo” sino que es un “habitante del corazón del hombre”. Dios es parte de nuestra propia intimidad, y al que debemos llamar Padre.

Es nueva toda la doctrina que Jesús nos enseña; es tan nueva que nos desconcierta, cuando nos propone sus ideales en las bienaventuranzas. Cuando nos empuja al amor hasta el extremo y sin condiciones, hasta dar la vida, sin esperar retribución. Es nueva esta conducta cristiana, que ningún otro maestro habría podido enseñar, porque Jesús es el único que la vive en su totalidad, hasta la muerte.

Por eso tenemos que estar abiertos a la novedad, después de purificar nuestro corazón con la conversión. Y tomar la novedad misma como un horizonte de nuestra vida cristiana personal. La novedad es algo que debe caracterizar también nuestra vida de cristianos. Una adhesión a Jesús siempre renovada, como si siempre estuviéramos de estreno. Cada acto de nuestra vida de cristianos, saliendo del corazón como si por primera vez conociéramos a Cristo. Si cada acto de nuestra vida de cristianos fuera de verdad un acto profundo de amor, nuestro cristianismo siempre tendría el vigor y la lozanía de lo nuevo. Y es que en nuestra vida de cristianos podemos también establecer mecanismos repetitivos, y formar así rutinas de comportamiento, en las que la emoción de la entrega no está casi nunca presente. Nuestro cristianismo debe aspirar a ser siempre algo nuevo, no algo simplemente mecánico.

Así nos preparamos con este nuevo mensaje para la Navidad: la conversión del corazón y el asombro ante lo nuevo de Jesús.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 54 JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Empujados por el Espíritu para la Misión


Queridos hermanos y hermanas

En los años anteriores, hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre dos aspectos de la vocación cristiana: la invitación a «salir de sí mismo», para escuchar la voz del Señor, y la importancia de la comunidad eclesial como lugar privilegiado en el que la llamada de Dios nace, se alimenta y se manifiesta.

Ahora, con ocasión de la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, quisiera centrarme en la dimensión misionera de la llamada cristiana. Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad. Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio. El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado, y no está llamado a anunciarse a sí mismo, ni a velar los intereses de un negocio; simplemente ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí: «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera» (Exht. Ap. Evangelium gaudium, 21)

Por eso, el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria. No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión: «Ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?”. Contesté: “Aquí estoy, mándame”» (Is 6,7-8).

Todo discípulo misionero siente en su corazón esta voz divina que lo invita a «pasar» en medio de la gente, como Jesús, «curando y haciendo el bien» a todos (cf. Hch 10,38). En efecto, como ya he recordado en otras ocasiones, todo cristiano, en virtud de su Bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos (cf. Catequesis, 30 enero 2016). Esto vale especialmente para los que han sido llamados a una vida de especial consagración y también para los sacerdotes, que con generosidad han respondido «aquí estoy, mándame». Con renovado entusiasmo misionero, están llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres (cf. Homilía durante la Santa Misa Crismal, 24 marzo 2016). La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44).

Ciertamente, son muchas las preguntas que se plantean cuando hablamos de la misión cristiana: ¿Qué significa ser misionero del Evangelio? ¿Quién nos da la fuerza y el valor para anunciar? ¿Cuál es la lógica evangélica que inspira la misión? A estos interrogantes podemos responder contemplando tres escenas evangélicas: el comienzo de la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-30), el camino que él hace, ya resucitado, junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y por último la parábola de la semilla (cf. Mc 4,26-27)

Jesús es ungido por el Espíritu y enviado. Ser discípulo misionero significa participar activamente en la misión de Cristo, que Jesús mismo ha descrito en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18). Esta es también nuestra misión: ser ungidos por el Espíritu e ir hacia los hermanos para anunciar la Palabra, siendo para ellos un instrumento de salvación.

Jesús camina con nosotros. Ante los interrogantes que brotan del corazón del hombre y ante los retos que plantea la realidad, podemos sentir una sensación de extravío y percibir que nos faltan energías y esperanza. Existe el peligro de que veamos la misión cristiana como una mera utopía irrealizable o, en cualquier caso, como una realidad que supera nuestras fuerzas. Pero si contemplamos a Jesús Resucitado, que camina junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-15), nuestra confianza puede reavivarse; en esta escena evangélica tenemos una auténtica y propia «liturgia del camino», que precede a la de la Palabra y a la del Pan partido y nos comunica que, en cada uno de nuestros pasos, Jesús está a nuestro lado. Los dos discípulos, golpeados por el escándalo de la Cruz, están volviendo a su casa recorriendo la vía de la derrota: llevan en el corazón una esperanza rota y un sueño que no se ha realizado. En ellos la alegría del Evangelio ha dejado espacio a la tristeza. ¿Qué hace Jesús? No los juzga, camina con ellos y, en vez de levantar un muro, abre una nueva brecha. Lentamente comienza a trasformar su desánimo, hace que arda su corazón y les abre sus ojos, anunciándoles la Palabra y partiendo el Pan. Del mismo modo, el cristiano no lleva adelante él solo la tarea de la misión, sino que experimenta, también en las fatigas y en las incomprensiones, «que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 266).

Jesús hace germinar la semilla. Por último, es importante aprender del Evangelio el estilo del anuncio. Muchas veces sucede que, también con la mejor intención, se acabe cediendo a un cierto afán de poder, al proselitismo o al fanatismo intolerante. Sin embargo, el Evangelio nos invita a rechazar la idolatría del éxito y del poder, la preocupación excesiva por las estructuras, y una cierta ansia que responde más a un espíritu de conquista que de servicio. La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo» (Mc4,26-27). Esta es nuestra principal confianza: Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.

Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión. Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios.

Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, también hoy podemos volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. Ante la sensación generalizada de una fe cansada o reducida a meros «deberes que cumplir», nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a él, con una vida plenamente humana, dichosa de gastarse amando.

María Santísima, Madre de nuestro Salvador, tuvo la audacia de abrazar este sueño de Dios, poniendo su juventud y su entusiasmo en sus manos. Que su intercesión nos obtenga su misma apertura de corazón, la disponibilidad para decir nuestro «aquí estoy» a la llamada del Señor y la alegría de ponernos en camino, como ella (cf. Lc 1,39), para anunciarlo al mundo entero.

Vaticano, 27 de noviembre de 2016

Primer Domingo de Adviento

Francisco


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Tomado de:
http://w2.vatican.va/

ESPECIAL: ADVIENTO - 1° SEMANA

Iniciamos el Adviento, espera que nos llevará a Jesús nacido en Belén y que quiere nacer también en nuestros corazones.
Compartimos nuestras publicaciones dedicadas a este tiempo litúrgico e iremos incorporando las homilías de nuestro Director, el P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J., cada domingo.
Acceda AQUÍ.

Homilía: 2° Domingo de Adviento (A)




P. José R. Martínez Galdeano, S.J.
Domingo 2º de Adviento (A)
Lecturas: Is 11,1-10; S.71; Ro 15,4-9; Mt 3,1-12

Preparad el camino al Señor 
(Lc 3,4)


“Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, a fin de que, entre la paciencia y el consuelo que nos dan las Escrituras, mantengamos la esperanza”, hemos escuchado en la segunda lectura. Es la actitud del atleta que toma la salida decidido a poner todo su esfuerzo con ilusión pues está convencido de que puede triunfar. Los textos litúrgicos que la Iglesia nos ofrece en la misa de hoy parecen estar elegidos con la intención de llenarnos de entusiasmo para un esfuerzo espiritual grande en estas semanas de preparación para el gran acontecimiento de fe que debe ser la Navidad.

Todos los cristianos reunidos a lo largo y ancho de la tierra, hemos pedido y estamos pidiendo a Dios que no permita que los afanes de este mundo nos impidan gozar plenamente del esplendor de la gloria de Jesús a los que salimos animosos a su encuentro, que nos ayude compasivo a ello pues nosotros no podemos nada sin su gracia, y nos dé así esa sabiduría que necesitamos para amar los bienes del cielo (v. ors. de la misa).

En ese día, que Dios quiere que llegue para todos, cuando haya nacido Jesús en los corazones que se hayan convertido a él, el espíritu de la ciencia verdadera, el del Señor, el de la paz y del amor fraterno, “la raíz de Jesé”, el descendiente prometido a David como salvador de los hombres, se erguirá como bandera de los pueblos. La buscarán los gentiles, será gloriosa su morada. Nosotros somos aquellos gentiles, la Iglesia es su morada.

¿Qué tenemos que hacer? Convertirnos. Es la exigencia que el evangelio destaca como necesaria para nosotros en este momento. Juan Bautista aparece poco antes de que Jesús comience su obra. Llega con la misión, que Dios le ha encomendado, de preparar los corazones para que acojan favorablemente a Jesús.

Esto es la conversión. Tiene una doble vertiente: apartarse de lo que me separa de Dios y volverse hacia lo que acerca a Él. Para apartarse de lo que separa de Dios, del pecado, exigía el arrepentimiento, la confesión de sus pecados y el bautismo de penitencia. Volverse hacia Dios es cumplir en las obras con sus mandatos. Como los árboles han de dar fruto, así el creyente debe hacer obras buenas, es decir obras de amor a Dios y de amor al prójimo.

Son muchas las veces en que Dios aparece en la Biblia pidiendo la conversión de Israel. Es que la debilidad del hombre ante la tentación del maligno es tan grande que una y otra se aparta de Dios y Dios que tiene que enviar profetas y castigos para corregirle.

También nosotros estamos heridos por la misma debilidad. También nosotros, los que venimos cada domingo a misa, tenemos necesidad de conversión. Pecaríamos de soberbios si no pensáramos cosa semejante, y recordemos que Dios desprecia a los soberbios y a los humildes da su gracia. En nuestra misma oración nos distraemos muchas veces y la hacemos con poca fe y sin la debida humildad. Herimos de palabra a los demás en el seno de nuestra familia, de nuestro trabajo, de nuestra convivencia social; fácilmente pensamos mal de otros y aun lo manifestamos; otras veces envidiamos o sentimos alegría por la mala suerte ajena; otras veces somos atraídos por las pasiones de la lujuria, de la pereza, de la ira, de la venganza.

En cuanto al segundo aspecto de la conversión, el de la marcha hacia Dios, el de la práctica de las virtudes, el de dar frutos de buenas obras, ¡cuántas resistencias internas para orar, para dedicar tiempo a cultivar nuestra fe, para dar limosna, para dedicar nuestro tiempo a ayudar a los demás, para dar un saludo amable, una felicitación sincera, una sonrisa, una muestra de agradecimiento a la esposa, al esposo, al hijo/a, al hermano/a, al amigo/a, a cualquiera!

Con un poco de humildad y sinceridad descubrimos enseguida en nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones no pocas oportunidades y exigencias para continuar y profundizar nuestra conversión. A veces se trata de deficiencias que se arrastran de años y, aunque no sea más que por ello, bastante difíciles de desarraigar. La Iglesia, movida por el Espíritu, confía en una gracia especial en este tiempo.

Elijan el defecto que Dios les manifiesta como el que más les impide para acercarse a Jesús. Pidan diariamente a Dios la gracia para combatirlo y superarlo, sométanlo a evaluación cada vez que se confiesan, pregúntense sobre su esfuerzo y resultados cada noche, ténganlo presente cuando busquen luz y fuerza en la palabra. Poco a poco les garantizo que, si son constantes, lo irán superando. Un primer resultado será que sus reincidencias les servirán para hacerse cada vez más humildes; porque es difícil superar nuestros defectos. Y recuerden: El Señor “enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,52s).

No esperemos más, hermanos. Como lo hemos cantado en el aleluya: Preparemos el camino del Señor, allanemos sus senderos, y veremos todos la salvación de nuestro Dios (Lc 3,4.6).


Oraciones diarias para unirnos a la Red Mundial del Papa en el mes de DICIEMBRE - ClickToPray, 1 al 15


Material de ClickToPray para el mes de DICIEMBRE





























Agradecemos al P. Enrique Rodríguez S.J. Secretario Nacional del AO - Perú, por compartir el material.