Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 3° Parte: Sus orígenes

P. Francisco Del Castillo, S.J.
P. Rubén Vargas Ugarte S.J.



1. LOS ORÍGENES DE LA DEVOCIÓN
   
1.3. Fray Diego de Hojeda O.P.

Tras él justo es mencionar al insigne autor de La Cristiada, el dominico Fray Diego de Hojeda. En los claustros de Santo Domingo, en donde vistió el hábito de religioso o en los de la Recoleta Dominica, escribió su Poema, que todo él rezuma su grande amor a Cristo. Dotes tenía como para emprender una obra de este género, pero sus estrofas son más bien fruto de la meditación asidua de la Pasión del Redentor y he ahí por qué en la edición príncipe dela Cristiada, figura un grabado en el que aparece Hojeda a los pies del Crucificado y de sus labios brota esta frase: Bebo el agua de la fuente del Salvador o en otros términos: Bebo de la fuente que mana de su Corazón.
Respondiendo a la pregunta que se hace, es decir, por qué quiso Cristo morir en una cruz, responde de esta manera:

Quiso morir en Cruz, porque no había
género de tormento formidable
de más afrenta ni demás porfía,
ni más terrible en sí ni más durable,
y con él declararnos pretendía
su ardiente caridad, su Amor afable,
que quien por el amado así padece,
su pecho abierto en su pasión le ofrece.

Y más abajo en este mismo Libro XII, describe el momento en que José y Nicodemo, depositan en el regazo de María el cuerpo yerto de su Hijo y dice así:

Vino al fin a la llaga del costado,
a la preciosa llaga descubierta,
para mirar el Corazón sagrado,
como una ancha y venerable puerta.
Viólo y dejólo en lágrimas bañado
y otra llaga en el suyo vido abierta,
llaga espiritual y llaga viva
de la llaga del muerto compasiva.

Otros pasajes podían citarse, pero con lo dicho basta. Hojeda que en 1615 se extinguía en el convento de Huánuco, pero cuyos restos reposan hoy en la cripta de la sala del Capítulo de Santo Domingo de Lima, fue un gran amador de Cristo y como tal no pudo menos de penetrar en su interior y descubrir las riquezas encerradas en su Corazón.


1.4. El V. P. Juan de Alloza, S.J.

El venerable P. Juan de Alloza, de la Compañía y natural de la ciudad de Lima, fue tenido en vida y después de su muerte por hombre santo y de gran virtud. Lo elevado de su espíritu y el alto grado de oración a que llegó le merecieron el calificativo de extático. En una órbita que escribió para los Congregantes de María y que por desdicha, se ha perdido, hallamos esta exhortación: “Entrar dentro del amorosísimo Corazón de Jesucristo, y viendo que en él está toda la esfera del fuego del Divino Amor y que la leña con que arden son los encendidos deseos que tiene de la salvación de las almas que tanto le costaron, soplar y atizar el fuego para que crezcan sus llamas con estos afectos: “Oh gran Señor ¡Si todos los hombres y mujeres del mundo se salvasen! ¡Oh si no hubiese nadie que os ofendiese!...”

No es pues de extrañar que a tan fervoroso amante de Jesucristo el mismo Señor le premiase, convidándole a acercar sus labios a a llaga de su costado. El mismo lo refiere en un Memorial que escribió por orden de uno de sus confesores y dice que sintiéndose muy acongojado por la incertidumbre que tenía de su salvación, recibió del Señor este favor y luego de haber aplicado sus labios al pecho abierto de Cristo quedó tan consolado y tan lleno de confianza que pudo escribir este dístico:

Non est cur timeam mortem, nam sanguine sacro, Christe, tuo resident vita salusque simul.

En los Procesos de su beatificación, existentes en el archivo Arzobispal de Lima, se conserva su Autobiografía y basta recorrerla para darse cuenta de la íntima unión del Siervo  de Dios y Jesucristo. Refiriéndose a su estancia en el Colegio de Huamanga, en donde no le faltaron desolaciones y dolores, añade que también fueron muchas las gracias y favores que recibió del cielo. En este dístico condensa su sentir:

Non sol tot mittit radios e culmine coeli quot mihi divinus lumina amoris, amor.

Entre esas Mercedes no puede omitirse la de la transverberación de su corazón. Expresamente dice el P. Alloza: “que después de haber sido tratado con aspereza por uno de los religiosos y escuchado palabras hirientes, puesto en oración, le pareció que las cinco llagas de Cristo Nuestro Señor se imprimían en su propio cuerpo y, fuera de revestirlo de un fulgor extraordinario, lo colmaron de indecible suavidad, al mismo tiempo que hacían crecer en él los deseos de sufrir y padecer. Hablando luego de la oración y de su facilidad en unirse a dios, aún con sólo decir: Padre nuestro, agrega: “… muchas veces se me representa vivamente que con un dardo encendido me clava el corazón y a veces con tan violento afecto de deseo de ir a ver a Dios que me pone en peligro de muerte. Lo que aquí me pasa puntualmente se puede ver en la Vida de Santa Teresa, que ella escribió en el Capítulo XI, Morada Sexta”.


1.5. El V. P. Francisco del Castillo, S.J.

El venerable P. Francisco del Castillo fue digno émulo de su hermano en religión el P. Alloza. Aunque en su Autobiografía procura hablar lo menos posible de sí, acá y allá asoman los encendimientos de su alma y los favores que recibió del cielo. Era aún estudiante de filosofía y en este tiempo dice: “que sentía un júbilo, alegría y consuelo grande en el corazón, otras me parecía y como que sentía tener la boca en el sacrosanto costado y llaga de Cristo Nuestro Señor, de quien me parecía sentir la presencia, no con figura o imagen corpórea sino con un modo intelectual muy delicado y sutil…”
En abril de 1666 sintió los efectos de su unión con Cristo crucificado de modo que el alma y aún el cuerpo se sentían como penetrados y unidos a Cristo. No es fácil explicar con palabras este favor, pero el V. P. nos describe sus efectos, de esta manera: “De aquí nacen los tiernos y amorosos abrazos con Cristo Nuestro Señor crucificado, el parecerle y sentir el alma que le da a besar la llaga de su costado, el entrarse el alma dentro del Corazón del Señor, el parecerle que quiere volar por los aires con Cristo Nuestro Señor crucificado. De aquí la apretura grande en los ojos, la suavidad y gusto en la lengua, el incendio, regalos y deliquios del corazón, el parecer que el corazón crece y que no se puede contener ni cabe en el pecho, el quedar sin fuerzas el cuerpo, rendido ya como muerto y, finalmente, el parecer y sentir que Cristo Nuestro Señor solamente está viviendo y amando en el alma y que puede decir con San Pablo: “Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí”.

Gracias semejantes le fueron otorgadas más de una vez, de modo que vinieron a hacerse frecuentes en su vida. Estando un día en su celda, en la casa de los Desamparados, vio en visión intelectual a Cristo y sintió que su alma quería volar y entrarse en el sacrosanto costado y unirse a su Divina Majestad y dice el V.P. que oyó estas palabras: “que el modo para volar y entrar por el costado a su Corazón era el abatirse y humillarse y que cuanto más se humillase, tanto más veloz subiría el alma y entraría en su Corazón”. Por eso fue humildísimo y mereció se repitieran tan extraordinarios favores.


1.6. Sor Paula de Jesús Nazareno

Para finalizar presentamos a un alma candorosa y pura, como el blanco hábito que vestía de Nuestra Señora de la Merced. Nacida en Lima el 10 de enero de 1687 e hija de Don Pedro Vallejo y Carriego, Caballero de Alcántara, muy niña entró en el convento junto con su hermana Rosa. Hizo notables progresos en todas las virtudes y el Señor la enriqueció con dones extraordinarios, como puede verse en su Vida que escribió por orden de su director espiritual. Una página de ella servirá para conocerla. Dice así: “Un día, después de haber comulgado y recogídome interiormente, decíale yo a mi Señor y Dueño de mi alma: Llevadme a la fuente, vámonos a las frescuras, mas esto no lo decía yo como que nacía de mí el decirlo, sino parecíame enseñármelo mi Señor, para que se lo dijese ni yo sabía lo que me decía. Halléme pues al instante a orillas de una fuente en compañía de mi Señor, que aunque no le veía sentía claramente estar conmigo, así como un ciego que tiene una persona cerca de sí y ésta le habla que aunque no la ve puede asegurar ciertamente que la tiene cerca de sí y está en su compañía, así le pasaba a mi alma que, aunque no veía a mi Señor, le sentía tan claramente cerca de ella y la hablaba tan inmediato mi Señor que conocía claramente estar en su compañía. Decía yo, qué fuente es esta donde mi Señor me ha traído y que tanto recreo me causa y aunque esto no lo pronunciaba, hablome mi Señor, diciéndome. Yo soy fuente de aguas vivas. Deseé tener inteligencia de estas palabras de mi Señor y díjome: Mira, yo soy fuente de aguas vivas porque de mi dimana todo o bueno y esto es lo que da vida al alma, pues mediante las virtudes que yo la comunico se hace heredera de la vida eterna. Dióme con esto un gran deseo de morirme, por ir a estar siempre en compañía de mi Señor y quitarme del riesgo que tenemos mientras vivimos de poderle perder. Servíame de gran peso mi libre albedrío, pues me parecía que Él podía ser causa de apartarme de tan gran bien y que muriéndome me libraba de tan gran enemigo y arrebatada de este deseo, empecé a decir los versos siguientes, los cuales me parecía cantárselos mi alma a mi Señor:

Vámonos a la fuente,
querido mío,
donde viva contigo
sin mi albedrío.
Sácame de prisiones,
vámonos luego,
donde pueda gozarte
por tiempo eterno.

Un alma tan enamorada de Cristo y de tan subida perfección no podía menos de buscar asilo en el Corazón del Redentor. Ella misma en uno de sus cantares nos dice cómo en Él había colocado todos sus afectos:

Ocupando el corazón
tan noble y divino dueño,
ya no hay cuidado otro alguno,
todos los demás murieron.

A su vez, el Señor se complacía en habitar en el pecho de su sierva y ésta lo dice en estos versos:

Tú eres la que huyes de mí,
que yo siempre te pretendo,
solicitando me des
en tu corazón un lecho.

Paula, como se ve en su Vida, tuvo sus delicias en esta mística unión con cristo y en unirse a su corazón y el Señor a su vez no se apartó de su sierva que tan fidelísimamente se había entregado a Él (1)



(1)Vida de la Venerable Madre Paula de Jesús Nazareno… escrita de su propia mano por la obediencia y orden de su confesor el R.P.M. Fr. Miguel Antonio Rodríguez, de la Orden de la Merced, siendo Vicario General de Lima. Monasterio de Mercedarias.


Bibliografía:

P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú. 


Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Introducción


Carta que la Congregación envía con el objetivo de promover la adoración eucarística
para la santificación de los sacerdotes y la maternidad espiritual:


Excelencia Reverendísima:

Son realmente muchas las cosas por hacer para el verdadero bien del Clero y para la fecundidad del ministerio pastoral en las actuales circunstancias, pero justamente por esto, aún con el firme propósito de afrontar tales desafíos sin eludir dificultades y fatigas, con la conciencia que el actuar es consecuencia del ser y que el alma de cada apostolado es la intimidad divina, se quiere partir de un movimiento espiritual que, haciendo tomar cada vez más conciencia del vínculo ontológico entre Eucaristía y Sacerdocio y de la especial maternidad de María hacia todos los Sacerdotes, haga nacer una cadena de adoración perpetua, para la santificación de los clérigos como un inicio de compromiso de las almas femeninas consagradas para que, sobre la tipología de la Santísima Virgen María, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote y Socia de su obra de Redención, quieran adoptar espiritualmente a sacerdotes para ayudarlos con la ofrenda de sí, con la oración y la penitencia. En la adoración se incluye el acto de reparación por los propias faltas y, en las actuales circunstancias, se sugiere incluir una intención particular en tal sentido.

Según el dato constante de la Tradición, el misterio y la realidad de la Iglesia no se reducen a la estructura jerárquica, a la liturgia, a los sacramentos y a los ordenamientos jurídicos.

En efecto, la naturaleza íntima de la Iglesia y el origen primario de su eficacia santificadora, hay que buscarlos en la mística unión con Cristo.

Según la doctrina y la propia estructura de la constitución dogmática Lumen Gentium, tal unión no puede imaginarse separada de la Madre del Verbo Encarnado y que Jesús ha querido unida íntimamente a Sí para la salvación de todo el género humano.

Entonces no es casual que el mismo día que fue promulgada la constitución dogmática sobre la Iglesia - el 21 de noviembre de 1964 -, Pablo VI proclamó a María “Madre de la Iglesia”, es decir, madre de todos los fieles y de todos los pastores.

Y el Concilio Vaticano II - refiriéndose a la Santísima Virgen - así se expresa: “…Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras Él moría en la Cruz, cooperó en la obra del Salvador en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia” (LG n. 61).

Sin añadir o quitar nada a la única mediación de Cristo, la siempre Virgen es reconocida e invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Medianera; Ella es el modelo del amor materno, que tiene que animar a quienes cooperan, a través de la misión apostólica de la Iglesia, en la regeneración de toda la humanidad (Cf. LG n. 65).

A la luz de estas enseñanzas que forman parte de la eclesiología del Concilio Vaticano II, los fieles, dirigiendo la mirada a María - ejemplo fúlgido de cada virtud -, están llamados a imitar a la primera discípula, la Madre, a quien en Juan - a los pies de la cruz (Cf. Jn 19, 25-27) - fue confiado cada discípulo, así, convirtiéndose en sus hijos, aprenden de Ella el verdadero sentido de la vida en Cristo.

De tal modo - y justamente a partir del lugar ocupado y del rol desarrollado por la Santísima Virgen en la historia de la salvación - se entiende, de modo todo particular, confiarle a María, la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, todos los Sacerdotes, suscitando en la Iglesia un movimiento de oración, que ponga al centro la adoración eucarística continuada durante las veinticuatro horas, de modo tal, que de cada rincón de la tierra, siempre se eleve a Dios, incesantemente, una oración de adoración, agradecimiento, alabanza, petición y reparación, con el objetivo principal de suscitar un número suficiente de santas vocaciones al estado sacerdotal y, al mismo tiempo, acompañar espiritualmente - a nivel del Cuerpo Místico - con una especie de maternidad espiritual, a quienes ya han sido llamados al sacerdocio ministerial y están ontológicamente conformados al único Sumo y Eterno Sacerdote, para que sirvan siempre mejor a Él y a los hermanos como a quienes que, al mismo tiempo, están “en” la Iglesia pero también, “al frente de” la Iglesia, teniendo las funciones de Cristo y representándolo como cabeza, pastor y esposo de la Iglesia (Cf. PdV n. 16).

Por tanto, se ruega a todos los Ordinarios diocesanos que, de modo particular, advierten la especificidad y la insustituibilidad del ministerio ordenado en la vida de la Iglesia, junto a la urgencia de una acción común en favor del sacerdocio ministerial, que sean parte activa y promuevan - en los diferentes sectores del pueblo de Dios confiados a ellos - verdaderos cenáculos en los cuales clérigos, religiosos y laicos se dediquen, unidos entre ellos y con espíritu de verdadera comunión, a la oración bajo forma de adoración eucarística continuada, también en espíritu de genuina y real reparación y purificación. Se incluye a tal fin un opúsculo con la finalidad de comprender mejor la índole de tal iniciativa, para poder adherirse con espíritu de fe al proyecto presentado.

¡Que María, Madre del Único, Eterno y Sumo Sacerdote, bendiga esta iniciativa e interceda delante de Dios, pidiendo una auténtica renovación de la vida sacerdotal partiendo del único modelo posible: Jesucristo, Buen Pastor!

En el Vínculo de la communio eclesial con sentimientos de intenso afecto colegial, cordialmente,

Cláudio Card. Hummes
Prefecto

+ Mauro Piacenza
Secretario


Ciudad del Vaticano, 8 de diciembre de 2007
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

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Tomado de:
http://www.clerus.org/

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Homilía del Papa en misa con víctimas de abusos sexuales por parte del clero

SANTA MISA EN LA CAPILLA DE LA CASA SANTA MARTA

CON ALGUNAS VÍCTIMAS DE ABUSOS SEXUALES POR PARTE DEL CLERO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Lunes 7 de julio de 2014




La imagen de Pedro viendo salir a Jesús de esa sesión de terrible interrogatorio, de Pedro que se cruza la mirada con Jesús y llora. Me viene hoy al corazón en la mirada de ustedes, de tantos hombres y mujeres, niños y niñas, siento la mirada de Jesús y pido la gracia de su llorar. La gracia de que la Iglesia llore y repare por sus hijos e hijas que han traicionado su misión, que han abusado de personas inocentes. Y hoy estoy agradecido a ustedes por haber venido hasta aquí.

Desde hace tiempo siento en el corazón el profundo dolor, sufrimiento, tanto tiempo oculto, tanto tiempo disimulado con una complicidad que no, no tiene explicación, hasta que alguien sintió que Jesús miraba, y otro lo mismo y otro lo mismo… y se animaron a sostener esa mirada.

Y esos pocos que comenzaron a llorar nos contagiaron la consciencia de este crimen y grave pecado. Esta es mi angustia y el dolor por el hecho de que algunos sacerdotes y obispos hayan violado la inocencia de menores y su propia vocación sacerdotal al abusar sexualmente de ellos. Es algo más que actos reprobables. Es como un culto sacrílego porque esos chicos y esas chicas le fueron confiados al carisma sacerdotal para llevarlos a Dios, y ellos los sacrificaron al ídolo de su concupiscencia. Profanan la imagen misma de Dios a cuya imagen hemos sido creados. La infancia, sabemos todos es un tesoro. El corazón joven, tan abierto de esperanza contempla los misterios del amor de Dios y se muestra dispuesto de una forma única a ser alimentado en la fe. Hoy el corazón de la Iglesia mira los ojos de Jesús en esos niños y niñas y quiere llorar. Pide la gracia de llorar ante los execrables actos de abuso perpetrados contra menores. Actos que han dejado cicatrices para toda la vida.

Sé que esas heridas son fuente de profunda y a menudo implacable angustia emocional y espiritual. Incluso de desesperación. Muchos de los que han sufrido esta experiencia han buscado paliativos por el camino de la adicción. Otros han experimentado trastornos en las relaciones con padres, cónyuges e hijos. El sufrimiento de las familias ha sido especialmente grave ya que el daño provocado por el abuso, afecta a estas relaciones vitales de la familia.

Algunos han sufrido incluso la terrible tragedia del suicido de un ser querido. Las muertes de estos hijos tan amados de Dios pesan en el corazón y en la conciencia mía y de toda la Iglesia. Para estas familias ofrezco mis sentimientos de amor y de dolor. Jesús torturado e interrogado con la pasión del odio es llevado a otro lugar, y mira. Mira a uno de los suyos, el que lo negó, y lo hace llorar. Pedimos esa gracia junto a la de la reparación.

Los pecados de abuso sexual contra menores por parte del clero tienen un efecto virulento en la fe y en la esperanza en Dios. Algunos se han aferrado a la fe mientras que en otros la traición y el abandono han erosionado su fe en Dios.

La presencia de ustedes, aquí, habla del milagro de la esperanza que prevalece contra la más profunda oscuridad. Sin duda es un signo de la misericordia de Dios el que hoy tengamos esta oportunidad de encontrarnos, adorar a Dios, mirarnos a los ojos y buscar la gracia de la reconciliación.

Ante Dios y su pueblo expreso mi dolor por los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero contra ustedes y humildemente pido perdón.

También les pido perdón por los pecados de omisión por parte de líderes de la Iglesia que no han respondido adecuadamente a las denuncias de abuso presentadas por familiares y por aquellos que fueron víctimas del abuso, esto lleva todavía a un sufrimiento adicional a quienes habían sido abusados y puso en peligro a otros menores que estaban en situación de riesgo.

Por otro lado la valentía que ustedes y otros han mostrado al exponer la verdad fue un servicio de amor al habernos traído luz sobre una terrible oscuridad en la vida de la Iglesia. No hay lugar en el ministerio de la Iglesia para aquellos que cometen estos abusos, y me comprometo a no tolerar el daño infligido a un menor por parte de nadie, independientemente de su estado clerical. Todos los obispos deben ejercer su servicio de pastores con sumo cuidado para salvaguardar la protección de menores y rendirán cuentas de esta responsabilidad.

Para todos nosotros tiene vigencia el consejo que Jesús da a los que dan escándalos: la piedra de molino y el mar (cf. Mt 18,6).

Por otra parte vamos a seguir vigilantes en la preparación para el sacerdocio. Cuento con los miembros de la Pontificia Comisión para la Protección de Menores, todos los menores, sean de la religión que sean, son retoños que Dios mira con amor.

Pido esta ayuda para que me ayuden a asegurar de que disponemos de las mejores políticas y procedimientos en la Iglesia Universal para la protección de menores y para la capacitación de personal de la Iglesia en la implementación de dichas políticas y procedimientos. Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia.
Hermanos y hermanas, siendo todos miembros de la Familia de Dios, estamos llamados a entrar en la dinámica de la misericordia. El Señor Jesús nuestro salvador es el ejemplo supremo, el inocente que tomó nuestros pecados en la Cruz; reconciliarnos es la esencia misma de nuestra identidad común como seguidores de Jesucristo. Volviéndonos a El, acompañados de nuestra Madre Santísima a los pies de la Cruz, buscamos la gracia de la reconciliación con todo el Pueblo de Dios. La suave intercesión de nuestra Señora de la Tierna Misericordia es una fuente inagotable de ayuda en nuestro viaje de sanación.

Ustedes y todos aquellos que sufrieron abusos por parte del clero son amados por Dios. Rezo para que los restos de la oscuridad que les tocó sean sanados por el abrazo del Niño Jesús, y que al daño hecho a ustedes le suceda una fe y alegría restaurada.

Agradezco este encuentro. Y por favor, recen por mí para que los ojos de mi corazón siempre vean claramente el camino del amor misericordioso, y que Dios me conceda la valentía de seguir ese camino por el bien de los menores. Jesús sale de un juicio injusto, de un interrogatorio cruel y mira a los ojos de Pedro, y Pedro llora. Nosotros pedimos que nos mire, que nos dejemos mirar, que lloremos, y que nos dé la gracia de la vergüenza para que como Pedro, cuarenta días después podamos responderle: “Vos sabés que te amamos” y escuchar su voz “Volvé por tu camino y apacentá a mis ovejas” y añado “y no permitas que ningún lobo se meta en el rebaño”.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Encuentro con los reclusos



ENCUENTRO CON LOS RECLUSOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Centro penitenciario (Isernia)
Sábado 5 de julio de 2014


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Os doy las gracias por vuestra acogida. Y os agradezco por el testimonio de esperanza, que he escuchado de las palabras de vuestro representante. También en el saludo de la directora me ha impresionado esta palabra: esperanza. Este es el desafío,como dije hace dos semanas en el centro penitenciario de Castrovillari: el desafío de la reinserción social. Y para esto se necesita un itinerario, un camino, tanto en lo externo, en la cárcel, en la sociedad, como en el interior, en la conciencia y en el corazón. Realizar el camino de reinserción, que todos debemos hacer. Todos. Todos cometemos errores en la vida. Y todos debemos pedir perdón por estos errores y hacer un camino de reinserción, para no cometerlos más. Algunos hacen este camino en la propia casa, en el propio trabajo; otros, como vosotros, en un centro penitenciario. Pero todos, todos... Quien dice que no tiene necesidad de hacer un camino de reinserción es un mentiroso. Todos nos equivocamos en la vida y también, todos, somos pecadores. Y cuando vamos a pedir perdón al Señor de nuestros pecados, de nuestros errores, Él nos perdona siempre, no se cansa nunca de perdonar. Nos dice: «desanda este camino, porque no te hará bien ir por aquí». Y nos ayuda. Esta es la reinserción, el camino que todos debemos hacer.

Lo importante es no estar inerte. Todos sabemos que cuando el agua se estanca se pudre. Hay un dicho en español que dice: «El agua estancada es la primera en corromperse». No permanecer estancados. Debemos caminar, dar un paso cada día, con la ayuda del Señor. Dios es Padre, es misericordia, nos ama siempre. Si nosotros lo buscamos, Él nos acoge y nos perdona. Como dije, no se cansa de perdonar. Es el lema de esta visita: «Dios no se cansa de perdonar». Nos hace levantar de nuevo y nos restituye plenamente nuestra dignidad. Dios tiene memoria, no es un desmemoriado. Dios no se olvida de nosotros, se acuerda siempre. Hay un pasaje de la Biblia, del profeta Isaías, que dice: Si incluso una madre se olvidara de su hijo —y es imposible— yo no te olvidaré jamás (cf. Is 49, 15). Y esto es verdad: Dios piensa en mí, Dios se acuerda de mí. Yo estoy en la memoria de Dios.

Y con esta confianza se puede caminar, día tras día. Y con este amor fiel que nos acompaña, la esperanza no defrauda. Con este amor la esperanza no defrauda jamás: un amor fiel para ir adelante con el Señor. Algunos piensan que hacen un camino de castigo, de errores, de pecados y que sólo es sufrir, sufrir, sufrir... Es verdad, es verdad, se sufre. Como dijo vuestro compañero, aquí se sufre. Se sufre dentro y se sufre también fuera, cuando uno ve que la propia conciencia no es pura, está sucia, y quiere cambiarla. Ese sufrimiento que purifica, ese fuego que purifica el oro, es un sufrimiento con esperanza. Hay algo hermoso, cuando el Señor nos perdona no dice: «Yo te perdono, ¡arréglatelas!». No, Él nos perdona, nos toma de la mano y nos ayuda a seguir adelante en este camino de la reinserción, en la propia vida personal y también en la vida social. Esto lo hace con todos nosotros. Pensar que el orden interior de una persona se corrija solamente «a bastonazos» —no sé si se dice así—, que se corrija solamente con el castigo, esto no es de Dios, esto es un error. Algunos piensan: «No, no, se debe castigar más, más años, de más». Esto no resuelve nada, ¡nada! Enjaular a la gente porque —disculpad la palabra— por el solo hecho de que si está dentro estamos seguros, esto no sirve, no nos ayuda. La cosa más importante es lo que hace Dios con nosotros: nos toma de la mano y nos ayuda a seguir adelante. ¡Y esto se llama esperanza! Y con esta esperanza, con esta confianza se puede caminar día tras día. Y con este amor fiel, que nos acompaña, la esperanza verdaderamente no defrauda.

Os doy las gracias por la acogida. Y quisiera... me viene ahora decirlo, porque siempre lo siento, también cuando cada quince días hablo por teléfono a una cárcel de Buenos Aires, donde hay jóvenes y hablamos un poco por teléfono. Os hago una confidencia. Cuando me encuentro con uno de vosotros, que está en un centro penitenciario, que está caminando hacia la reinserción, pero que está detenido, sinceramente me hago esta pregunta: ¿por qué él y no yo? Lo siento así. Es un misterio. Pero partiendo de este sentimiento, de este sentir yo os acompaño.
Podemos rezar juntos a la Virgen, nuestra Madre, para que nos ayude, nos acompañe. Es Madre. Avemaría...

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Tomado de:
www.vatican.va
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Convocación del Año Jubilar Celestiniano


ENCUENTRO CON LA POBLACIÓN
Y CONVOCACIÓN DEL AÑO JUBILAR CELESTINIANO

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO



 Plaza de la Catedral (Isernia)
Sábado 5 de julio de 2014



Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por vuestra calurosa acogida. Agradezco a monseñor Camillo Cibotti, el nuevo obispo de Isernia, y a su predecesor, monseñor Salvatore Visco, al alcalde, a las distinguidas autoridades y a todos los que han colaborado en la realización de esta visita. Este es el último encuentro de hoy, y tiene lugar en un lugar simbólico: la plaza de la catedral. La plaza es el sitio donde nos encontramos como ciudadanos, y la catedral es el lugar donde nos encontramos con Dios, escuchamos su Palabra, para vivir como hermanos, ciudadanos y hermanos. En el cristianismo no existe contraposición entre sacro y profano, en este sentido: ciudadanos y hermanos.
Hay una idea fuerte que me ha conmovido, pensando en la herencia de san Celestino V. Él, como san Francisco de Asís, tuvo un fortísimo sentido de la misericordia de Dios, y del hecho que la misericordia de Dios renueva el mundo.

Pedro del Morrone, como Francisco de Asís, conocían bien la sociedad de su tiempo, con sus grandes pobrezas. Fueron muy cercanos a la gente, al pueblo. Tenían la misma compasión de Jesús hacia tantas personas cansadas y oprimidas; pero no se limitaban a dar buenos consejos, o piadosas consolaciones. Ellos, los primeros, hicieron una opción de vida a contracorriente, eligieron confiar en la Providencia del Padre, no sólo como ascesis personal, sino como testimonio profético de una paternidad y de una fraternidad, que son el mensaje del Evangelio de Jesucristo.

Y siempre me conmueve que con su fuerte compasión por la gente, estos santos sintieron la necesidad de dar al pueblo lo más grande, la riqueza más grande: la misericordia del Padre, el perdón. «Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». En estas palabras del Padrenuestro está todo un proyecto de vida basado en la misericordia. La misericordia, la indulgencia, la condonación de la deuda, no es sólo algo devocional, privado, un paliativo espiritual, una especie de óleo que ayuda a ser más suaves, más buenos, no. Es la profecía de un mundo nuevo: misericordia es profecía de un mundo nuevo, en el que los bienes de la tierra y del trabajo se distribuyen equitativamente y nadie se ve privado de lo necesario, porque la solidaridad y el acto de compartir son la consecuencia concreta de la fraternidad. Estos dos santos dieron el ejemplo. Ellos sabían que, como clérigos —uno era diácono, el otro obispo, obispo de Roma—, como clérigos, los dos tenían que dar ejemplo de pobreza, de misericordia y de despojamiento total de sí mismos.

He aquí, entonces, el sentido de una nueva ciudadanía, que percibimos con fuerza en este lugar, en esta plaza ante la catedral, desde donde nos habla la memoria de san Pedro del Morrone, Celestino V. He aquí el sentido actualísimo del Año jubilar, de este Año jubilar celestiniano, que desde este momento declaro inaugurado, y durante el cual se abrirá de par en par para todos la puerta de la divina misericordia. No es una fuga, no es una evasión de la realidad y de sus problemas, es la respuesta que viene del Evangelio: el amor como fuerza de purificación de las conciencias, fuerza de renovación de las relaciones sociales, fuerza de proyección para una economía distinta, que pone en el centro a la persona, el trabajo, la familia, en lugar del dinero y el beneficio.

Todo somos conscientes de que este camino no es el del mundo; no somos soñadores, ilusos, ni queremos crear oasis fuera del mundo. Creemos más bien que este camino es la senda buena para todos, es la senda que verdaderamente nos acerca a la justicia y a la paz. Pero sabemos también que somos pecadores, que nosotros somos los primeros en ser tentados de no seguir este camino y conformarnos a la mentalidad del mundo, a la mentalidad del poder, a la mentalidad de las riquezas. Por ello nos encomendamos a la misericordia de Dios, y nos comprometemos, con su gracia, a realizar frutos de conversión y obras de misericordia. Estas dos cosas: convertirse y realizar obras de misericordia. Este es el motivo conductor de este año, de este Año jubilar celestiniano. Que nos acompañe y nos sostenga siempre en este camino la Virgen María, Madre de misericordia.


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Tomado de:
www.vatican.va

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Encuentro con el mundo laboral y de la industria



ENCUENTRO CON EL MUNDO LABORAL Y DE LA INDUSTRIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO




Aula Magna de la Universidad de Molise (Campobasso) 
Sábado 5 de julio de 2014




Señor rector,
autoridades, alumnos, personal de la Universidad, profesores,
hermanos y hermanas del mundo del trabajo:

Os agradezco vuestra acogida. Os agradezco, sobre todo, por haber compartido conmigo la realidad que vivís, las fatigas y las esperanzas. El señor rector ha retomado la expresión que pronuncié una vez: que nuestro Dios es el Dios de las sorpresas. Es verdad, cada día nos presenta una sorpresa. Así es nuestro Padre. Pero ha dicho otra cosa sobre Dios, que considero ahora: Dios rompe los esquemas. Y si nosotros no tenemos la valentía de romper los esquemas, jamás iremos adelante, porque nuestro Dios nos impulsa a esto: a ser creativos respecto al futuro.

Mi visita a Molise comienza a partir de este encuentro con el mundo del trabajo, pero el lugar en el que nos encontramos es la Universidad. Y esto es significativo: expresa la importancia de la investigación y de la formación también para responder a las nuevas y complejas cuestiones que plantea la crisis económica actual a nivel local, nacional e internacional. Lo testimoniaba hace poco el joven agricultor con su elección de seguir el curso de licenciatura en agronomía y trabajar la tierra «por vocación». La permanencia del campesino en la tierra no significa quedarse inmóvil, sino tener un diálogo, un diálogo fecundo, un diálogo creativo. Es el diálogo del hombre con su tierra, a la que hace florecer, a la que convierte en fecunda para todos nosotros. Esto es importante. Un buen itinerario formativo no ofrece soluciones fáciles, pero ayuda a tener una mirada más amplia y más creativa para valorar mejor los recursos del territorio.

Comparto plenamente lo que se dijo sobre «custodiar» la tierra para que dé fruto sin que sea «explotada». Este es uno de los desafíos más grandes de nuestra época: convertirnos a un desarrollo que sepa respetar la creación. Lo veo en América, y también en mi patria: tantas selvas despojadas, que se convierten en tierra que no se puede cultivar, que no puede dar vida. Este es nuestro pecado: explotar la tierra y no dejar que nos dé lo que tiene dentro, con la ayuda de nuestro cultivo.

Otro desafío ha surgido en la voz de esta animosa madre obrera, que también ha hablado en nombre de su familia: su esposo, su niño pequeño y el niño en su vientre. El suyo es un llamamiento por el trabajo y, al mismo tiempo, por la familia. Gracias por este testimonio. En efecto, se trata de buscar conciliar los tiempos del trabajo con los tiempos de la familia. Pero os diré una cosa: cuando voy al confesonario y confieso —ahora no tanto como lo hacía en la otra diócesis—, cuando se acerca una mamá o un papá joven, les pregunto: «¿Cuántos niños tienes?, y me lo dicen. Y hago otra pregunta, siempre: «Dime: ¿juegas con tus niños?». La mayor parte responde: «¿Cómo dice, padre?». «Sí, sí: ¿juegas? ¿Pierdes tiempo con tus niños?». Estamos perdiendo esta capacidad, esta sabiduría de jugar con nuestros niños. La situación económica nos impulsa a esto, a perder esto. Por favor, perdamos tiempo con nuestros niños. El domingo: usted (se dirige a la trabajadora) ha hecho referencia a este domingo en familia, a perder tiempo… Este es un punto «crítico», un punto que nos permite discernir, valorar la calidad humana del sistema económico en el que nos encontramos. Y dentro de este ámbito se sitúa también la cuestión del domingo laboral, que no interesa sólo a los creyentes, sino que interesa a todos, como elección ética. Es este espacio de la gratuidad lo que estamos perdiendo. La pregunta es: ¿a qué cosa queremos dar prioridad? El domingo libre del trabajo —excepto los servicios necesarios— significa que la prioridad no la tiene lo económico sino lo humano, lo gratuito, las relaciones no comerciales sino familiares, amistosas, y para los creyentes la relación con Dios y con la comunidad. Quizá ha llegado la hora de preguntarnos si trabajar el domingo constituye una verdadera libertad. Porque el Dios de las sorpresas es el Dios que rompe los esquemas, sorprende y rompe los esquemas para que lleguemos a ser más libres: es el Dios de la libertad.

Queridos amigos: Hoy quiero unir mi voz a la de tantos trabajadores y empresarios de este territorio para pedir que se realice un «pacto para el trabajo». He visto que en Molise se está tratando de responder al drama del desempleo uniendo las fuerzas de modo constructivo. Muchos puestos de trabajo podrían recuperarse a través de una estrategia concordada con las autoridades nacionales, un «pacto para el trabajo» que sepa aprovechar las oportunidades que ofrecen las normativas nacionales y europeas. Os aliento a ir adelante por este camino, que puede dar buenos frutos, tanto aquí como también en otras regiones.

Quiero retomar una palabra que tú (se dirige al trabajador) has dicho: dignidad. No tener trabajo no es solamente no tener lo necesario para vivir, no. Podemos comer todos los días: vamos a Cáritas, vamos a esta asociación, vamos al club, vamos allá y nos dan de comer. Pero este no es el problema. El problema es no llevar el pan a casa: esto es grave, y esto niega la dignidad. Esto niega la dignidad. Y el problema más grave no es el hambre, aunque el problema existe. El problema más grave es la dignidad. Por eso debemos trabajar y defender nuestra dignidad, la que da el trabajo.

En fin, quiero deciros que me ha emocionado el hecho que me hayáis regalado un cuadro que representa precisamente una «maternidad». Maternidad comporta trabajo, pero la fatiga del parto está orientada a la vida, está llena de esperanza. Entonces, no sólo os agradezco este regalo sino más aún el testimonio que encierra: el de un trabajo lleno de esperanza. Gracias. Y quiero añadir un hecho histórico, que me sucedió. Cuando era provincial de los jesuitas, hubo necesidad de enviar a un capellán a la Antártida, para que viviera allí diez meses del año. Pensé, y fue uno, el padre Bonaventura De Filippis. Pero, ¿sabéis?, había nacido en Campobasso, era de aquí. ¡Gracias!


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Tomado de:
www.vatican.va

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La Iglesia: 2° Parte


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 25 de junio de 2014




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy hay otro grupo de peregrinos en conexión con nosotros en el aula Pablo VI: son los peregrinos enfermos. Porque con este tiempo que está haciendo, entre el calor y la posibilidad de lluvia, era más prudente que ellos permaneciesen allí. Pero ellos están en conexión con nosotros a través de la pantalla gigante. Y así estamos unidos en la misma audiencia. Todos nosotros hoy rezaremos especialmente por ellos, por sus enfermedades. Gracias.

En la primera catequesis sobre la Iglesia, el miércoles pasado, hemos partido de la iniciativa de Dios que quiere formar un pueblo que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Comienza con Abrahán y luego, con mucha paciencia —Dios tiene mucha paciencia, mucha—, prepara a este pueblo en la Antigua Alianza hasta que, en Jesucristo, lo constituye como signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y entre ellos (cf. Conc. Ecum. Vat. ii, const. Lumen gentium, 1). Hoy queremos detenernos en la importancia, para el cristiano, de pertenecer a este pueblo. Hablaremos sobre la pertenencia a la Iglesia.

No estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta, no, nuestra identidad cristiana es pertenencia. Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es «soy cristiano», el apellido es «pertenezco a la Iglesia». Es muy hermoso notar cómo esta pertenencia se expresa también en el nombre que Dios se atribuye a sí mismo. Al responder a Moisés, en el episodio estupendo de la «zarza ardiente» (cf. Ex 3, 15), se define, en efecto, como el Dios de los padres. No dice: Yo soy el Omnipotente..., no: Yo soy el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. De este modo Él se manifiesta como el Dios que estableció una alianza con nuestros padres y permanece siempre fiel a su pacto, y nos llama a entrar en esta relación que nos precede. Esta relación de Dios con su pueblo nos precede a todos, viene de ese tiempo.

En este sentido, el pensamiento se dirige en primer lugar, con gratitud, a quienes nos han precedido y nos han acogido en la Iglesia. Nadie llega a ser cristiano por sí mismo. ¿Está claro esto? Nadie llega a ser cristiano por sí mismo. No se hacen cristianos en el laboratorio. El cristiano es parte de un pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un pueblo que se llama Iglesia y esta Iglesia lo hace cristiano, el día del Bautismo, y luego en el itinerario de la catequesis, etc. Pero nadie, nadie se convierte en cristiano por sí mismo. Si creemos, si sabemos rezar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si lo sentimos cercano y lo reconocemos en los hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido. La fe la hemos recibido de nuestros padres, de nuestros antepasados, y ellos nos la enseñaron. Si pensamos bien en esto, quién sabe cuántos rostros queridos pasan ante nuestros ojos, en este momento: puede ser el rostro de nuestros padres que pidieron para nosotros el Bautismo; el de nuestros abuelos o de algún familiar que nos enseñaron a hacer el signo de la cruz y a recitar las primeras oraciones. Yo recuerdo siempre el rostro de la religiosa que me enseñó el catecismo, siempre me viene a la mente —ella, con seguridad, está en el cielo, porque es una santa mujer—, y yo la recuerdo siempre y doy gracias a Dios por esta religiosa. O bien el rostro del párroco, de otro sacerdote o de una religiosa, de un catequista, que nos ha transmitido el contenido de la fe y nos ha hecho crecer como cristianos... He aquí, esta es la Iglesia: una gran familia, en la cual uno es acogido, donde se aprende a vivir como creyentes y como discípulos del Señor Jesús.

Este camino lo podemos vivir no sólo gracias a otras personas, sino junto a otras personas. En la Iglesia no existe el «hazlo tú solo», no existen «jugadores líberos». ¡Cuántas veces el Papa Benedicto ha descrito a la Iglesia como un «nosotros» eclesial! En algunas ocasiones sucede que escuchamos a alguno decir: «Yo creo en Dios, creo en Jesús, pero la Iglesia no me interesa...». ¿Cuántas veces lo hemos escuchado? Y esto no está bien. Hay quien considera que puede tener una relación personal, directa, inmediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia. Son tentaciones peligrosas y perjudiciales. Son, como decía el gran Pablo VI, dicotomías absurdas. Es verdad que caminar juntos es comprometedor, y a veces puede resultar fatigoso: puede suceder que algún hermano o alguna hermana nos cause problema, o nos provoque escándalo... Pero el Señor ha confiado su mensaje de salvación a personas humanas, a todos nosotros, a testigos; y es en nuestros hermanos y en nuestras hermanas, con sus dones y sus límites, que Él viene a nuestro encuentro y se hace reconocer. Y esto significa pertenecer a la Iglesia. Recordadlo bien: ser cristiano significa pertenencia a la Iglesia. El nombre es «cristiano», el apellido es «pertenencia a la Iglesia».

Queridos amigos, pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, la gracia de no caer nunca en la tentación de pensar que podemos prescindir de los demás, que podemos prescindir de la Iglesia, que podemos salvarnos por nosotros mismos, ser cristianos de laboratorio. Al contrario, no se puede amar a Dios sin amar a los hermanos, no se puede amar a Dios fuera de la Iglesia; no se puede estar en comunión con Dios sin estarlo en la Iglesia, y no podemos ser buenos cristianos si no es junto a todos aquellos que buscan seguir al Señor Jesús, como un único pueblo, un único cuerpo, y esto es la Iglesia. Gracias.


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Tomado de
www.vatican.va

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La Iglesia - 1° Parte


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 18 de junio de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Y felicidades a vosotros porque habéis sido valientes, con este tiempo que no se sabe si viene el agua, o si no viene el agua... ¡Estupendos! Esperamos terminar la audiencia sin agua, que el Señor tenga piedad de nosotros.

Hoy comienzo un ciclo de catequesis sobre la Iglesia. Es un poco como un hijo que habla de su madre, de su familia. Hablar de la Iglesia es hablar de nuestra madre, de nuestra familia. La Iglesia no es una institución finalizada a sí misma o una asociación privada, una ong, ni mucho menos se debe restringir la mirada al clero o al Vaticano... «La Iglesia piensa...». La Iglesia somos todos. «¿De quién hablas tú?». «No, de los sacerdotes...». Ah, los sacerdotes son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. No hay que reducirla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano... Estas son partes de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, todos familia, todos de la madre. Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en un laboratorio, no nació improvisamente. Ha sido fundada por Jesús, pero es un pueblo con una historia larga a sus espaldas y una preparación que tiene su inicio mucho antes de Cristo mismo.

Esta historia, o «prehistoria», de la Iglesia se encuentra ya en las páginas del Antiguo Testamento. Hemos escuchado el libro del Génesis: Dios eligió a Abrahán, nuestro padre en la fe, y le pidió que se ponga en camino, que deje su patria terrena y que vaya hacia otra tierra, que Él le indicaría (cf. Gn 12, 1-9). Y en esta vocación Dios no llama a Abrahán solo, como individuo, sino que implica desde el inicio a su familia, a sus parientes y a todos aquellos que estaban al servicio de su casa. Una vez en camino —sí, así comienza a caminar la Iglesia—, luego, Dios ampliará aún más el horizonte y colmará a Abrahán de su bendición, prometiéndole una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena a la orilla del mar. El primer dato importante es precisamente este: comenzando por Abrahán Dios forma un pueblo para que lleve su bendición a todas las familias de la tierra. Y en el seno de este pueblo nace Jesús. Es Dios quien forma este pueblo, esta historia, la Iglesia en camino, y allí nace Jesús, en este pueblo.

Un segundo elemento: no es Abrahán quien constituye a su alrededor un pueblo, sino que es Dios quien da vida a ese pueblo. Normalmente era el hombre el que se dirigía a la divinidad, tratando de colmar la distancia e invocando apoyo y protección. La gente rezaba a los dioses, a las divinidades. En este caso, en cambio, se asiste a algo inaudito: es Dios mismo quien toma la iniciativa. Escuchemos esto: es Dios mismo quien llama a la puerta de Abrahán y le dice: sigue adelante, deja tu tierra, comienza a caminar y yo haré de ti un gran pueblo. Este es el comienzo de la Iglesia y en este pueblo nace Jesús. Dios toma la iniciativa y dirige su palabra al hombre, creando un vínculo y una relación nueva con Él. «Pero, padre, ¿cómo es esto? ¿Dios nos habla?» «Sí». «¿Y nosotros podemos hablar a Dios?». «Sí». «¿Pero nosotros podemos tener una conversación con Dios?». «Sí». Esto se llama oración, pero es Dios el que hizo esto desde el comienzo. Así Dios forma un pueblo con todos aquellos que escuchan su Palabra y que se ponen en camino, fiándose de Él. Esta es la única condición: fiarse de Dios. Si tú te fías de Dios, lo escuchas y te pones en camino, eso es hacer Iglesia. El amor de Dios precede a todo. Dios siempre es el primero, llega antes que nosotros, Él nos precede. El profeta Isaías, o Jeremías, no recuerdo bien, decía que Dios es como la flor del almendro, porque es el primer árbol que florece en primavera. Para decir que Dios siempre florece antes que nosotros. Cuando nosotros llegamos Él nos espera, Él nos llama, Él nos hace caminar. Siempre se adelanta respecto a nosotros. Y esto se llama amor, porque Dios nos espera siempre. «Pero, padre, yo no creo esto, porque si usted lo supiese, padre, mi vida ha sido muy mala, ¿cómo puedo pensar que Dios me espera?». «Dios te espera. Y si has sido un gran pecador te espera aún más y te espera con mucho amor, porque Él es el primero. Es esta la belleza de la Iglesia, que nos lleva a este Dios que nos espera. Precede a Abrahán, y precede también a Adán.

Abrahán y los suyos escucharon la llamada de Dios y se pusieron en camino, a pesar de que no sabían bien quién era este Dios y a dónde los quería llevar. Es verdad, porque Abrahán se puso en camino fiándose de este Dios que le había hablado, pero no tenía un libro de teología para estudiar quién era este Dios. Se fía, se fía del amor. Dios le hace sentir el amor y él se fía. Eso, sin embargo, no significa que esta gente haya estado siempre convencida y haya sido siempre fiel. Al contrario, desde el inicio hubo resistencias, repliegue sobre sí mismos y sobre los propios intereses y la tentación de regatear con Dios y resolver las cosas al propio estilo. Estas son las traiciones y los pecados que marcan el camino del pueblo a lo largo de toda la historia de la salvación, que es la historia de la fidelidad de Dios y de la infidelidad del pueblo. Dios, sin embargo, no se cansa. Dios tiene paciencia, tiene mucha paciencia, y en el tiempo sigue educando y formando a su pueblo, como un padre con su hijo. Dios camina con nosotros. Dice el profeta Oseas: «Yo he caminado contigo y te he enseñado a caminar como un papá enseña a caminar al niño». Hermosa esta imagen de Dios. Así es con nosotros: nos enseña a caminar. Y es la misma actitud que mantiene en relación con la Iglesia. Incluso nosotros, en efecto, en nuestro propósito de seguir al Señor Jesús, experimentamos cada día el egoísmo y la dureza de nuestro corazón. Sin embargo, cuando nos reconocemos pecadores, Dios nos colma con su misericordia y su amor. Y nos perdona, nos perdona siempre. Es precisamente esto lo que nos hace crecer como pueblo de Dios, como Iglesia: no es nuestra bondad, no son nuestros méritos —nosotros somos poca cosa, no es eso—, sino que es la experiencia cotidiana de cuánto nos quiere el Señor y se preocupa de nosotros. Es esto lo que nos hace sentir verdaderamente suyos, en sus manos, y nos hace crecer en la comunión con Él y entre nosotros. Ser Iglesia es sentirse en las manos de Dios, que es padre y nos ama, nos acaricia, nos espera, nos hace sentir su ternura. Y esto es muy hermoso.

Queridos amigos, este es el proyecto de Dios. Cuando Dios llamó a Abrahán pensaba en esto: formar un pueblo bendecido por su amor y que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Este proyecto no cambia, está siempre en acto. En Cristo ha tenido su realización y todavía hoy Dios lo sigue realizando en la Iglesia. Pidamos, pues, la gracia de ser fieles al seguimiento del Señor Jesús y a la escucha de su Palabra, dispuestos a salir cada día, como Abrahán, hacia la tierra de Dios y del hombre, nuestra verdadera patria, y así llegar a ser bendición, signo del amor de Dios para todos sus hijos. A mí me gusta pensar que un sinónimo, otro nombre que podemos tener nosotros cristianos sería este: somos hombres y mujeres, somos gente que bendice. El cristiano con su vida debe bendecir siempre, bendecir a Dios y bendecir a todos. Nosotros cristianos somos gente que bendice, que sabe bendecir. ¡Esta
es una hermosa vocación!


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Tomado de:
www.vatican.va

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La sabiduría de Dios

El P. Adolfo Franco S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del domingo 6 de julio, "El Señor nos habla de la importancia de la sencillez para poder ser buenos receptores de la Sabiduría de Dios". Acceda AQUÍ.

Procesión del Sagrado Corazón de Jesús - Lima

El domingo 29 de Junio la nueva imagen del Sagrado Corazón de Jesús salió en la tradicional procesión por las calles de Lima, presidió el Párroco P. Enrique Rodríguez, S.J., acompañamos la publicación con un archivo fotográfico. Acceda AQUÍ.