¿Las cosas marchan mal? 2º Parte


P. Vicente Gallo S.J.


La situación puede ser amarga e insostenible por encontrar que se están teniendo peleas muy frecuentes y hasta por cosas tontas. Ocurre, quizás, que en su trato mutuo menudean insultos, sarcasmos, rudeza, y aun críticas. Las críticas podemos afirmar que nunca son constructivas, porque siempre producen dolor y heridas en el amor. Es necio apelar a la justificación de que las críticas que se hacen son “críticas constructivas”. No lo son, destruyen.

Puede ser también el caso de los celos, sospechas fundadas o infundadas que hacen sentir inseguridad en la vida de relación. También el caso de muy frecuentes escapes fuera de casa, dice que para hacer deporte, para atender invitaciones en su vida social que resulta ya sospechosa para el otro, o fáciles pretextos para darse al trabajo, quedándose en la oficina hasta las tantas y casi siempre. Acaso, el simple ocurrir que, estando en casa, uno se da demasiado al licor, a la televisión o al internet evadiendo la conversación entre los dos.

Situaciones de esta índole, admiten aún menos que se las deje estar y sin tomar medidas. Pero cuídense: fácilmente ocurre que se caiga en querer poner remedios peores que la enfermedad. Buscar la solución de querer hacer luz razonando para poner las cosas en claro, sin pelearse, sin agresiones, con un buen discutirlo ambos serenamente y, si ello procediera, valiéndose de la presencia de los papás de uno o de ambos, o de un experto en temas de relación matrimonial que les ofrezca confianza; esto es algo que conduce a muy poco ni positivo ni durable. Aunque se eviten por todos los medios las acusaciones y las consiguientes heridas, el beso con el que terminarían sería de “amigos”, para una convivencia sin tormentas, pero con las inevitables olas que mantendrán un ambiente de temor, de angustia, de equilibrio muy poco estable en el deseado buen matrimonio.

Sin entrar por ese camino, abordar la confrontación como la vía eficaz para poner el remedio “de una vez por todas”, podría parecerle, al que se encuentra herido en esa situación, lo más expeditivo y práctico; es la solución a la que se recurre casi siempre, pero con unos efectos negativos que son inevitables. En el mejor de los casos, la situación se aclara y se hace la paz, un armisticio en el que uno queda como vencedor y el otro como vencido, ojalá sin ofensas; pero casi seguro con heridas en el vencido o en los dos, difíciles de curar, que seguirán doliendo, y Dios quiera que no terminen matando la relación de amor en la pareja, siendo peor el remedio que la enfermedad.

En fin, que de nuevo llegamos a concluir, como única solución válida, evitar el camino del intercambio de ideas o el de la confrontación aunque sea civilizada; y adoptar el que proponíamos en los casos anteriores: el diálogo en base a comunicar los sentimientos con amor confiado, y la escucha con todo el corazón. Ayudándose el uno al otro como se lo tienen prometido a Dios desde el día de su Boda, y trabajando de ese modo el vivir en intimidad; sin cansarse nunca, cuando hay luz o cuando hay nubes, y todos los días de su vida.

Siempre. Cuando se está viviendo un ambiente de tristeza en la relación de pareja. Cuando prevalecen sentimientos de desilusión, de aburrimiento, de vida de pareja muy vacía, en larvada soledad de los dos. Cuando un día y otro hay muy pocos detalles o manifestaciones de cariño entre ambos. Cuando los saludos al comienzo del día o al regresar a la casa están teñidos de frialdad. Cuando se detecta que se están haciendo las cosas sin planearlas juntos o haciéndolas cada uno sin contar con el otro y con su ayuda. Cuando conversan juntos, sí, pero de una manera rutinaria, superficial, impersonal, hablando casi siempre de cosas que para nada atañen a su vivir en pareja. Que sea el diálogo desde los sentimientos el camino, siempre al alcance de los dos, para sanear la situación y ponerse a vivir felices su enamoramiento

Mucho más todavía cuando sucede que uno de los dos, o los dos por su parte, sienten indiferencia hacia el otro en lo referente a sus intereses personales, o bien a sus problemas, o a lo que le ocurre en su trabajo. Cuando, ante el interés que el otro pueda manifestar al respecto, el que escucha reacciona con fastidio o con irritación abierta u oculta, con el conocido “¿me puedes dejar en paz?”. Cuando diciéndolo así o sin decirlo, uno se siente mejor comprendido por otros, por sus amigos, por sus padres, por sus familiares, más que por su propio cónyuge. Y cuando uno, egoístamente, se aprovecha de que el otro es bueno o de que desconoce algo, cuando uno manifiesta superioridades, o cuando se lleva siempre para él la parte mejor aun en la comida.

Puede ser también cuando se está teniendo falta de ilusión en la relación mutua, y más si se hace notorio. Cuando cada uno está usando de su dinero como propio y no de los dos, o cada uno hace sus gastos porque quiere y sólo para él. Cuando uno de los dos se queda al margen y se irresponsabiliza de cosas que son de ambos: los pagos de la casa, el mantenimiento diario, los arreglos que hay que hacer, las deudas que se estén contrayendo, y aun la educación de los hijos, que debe ser asunto de los dos en buena armonía.

También cuando uno toma al otro como algo que se tiene seguro. Cuando, en consecuencia, uno ve que el otro pone mayor interés que en su pareja en su estatus o posición humana, y en lo que gana o puede ganar con lo que él/ella vale. Cuando para él o ella lo que cuenta es “mi chequera”, “mis hijos”, “mis amigos”, “mi puesto en el trabajo”, “mi tiempo que es mío e intocable”, y hasta “mi cuerpo”, “mi gimnasio”, “mis masajes”, o “mis perfumes”.

En todos esos casos u otros parecidos, no andemos divagando, ni dando largas; ni tomando caminos de solución aparentemente razonables y eficaces, pero que resultan inútiles o destructivos. Quedémonos siempre con lo único que nunca nos ha defraudado ni puede defraudar: abrirse al otro con una confianza total en el amor, y buscando amarse cada vez más; convirtiendo las situaciones de peligro en la oportunidad para crecer en el amor mutuo. Dialogar desde los sentimientos. Lo venimos repitiendo casi obsesivamente.

Sin estar esperando que sea el otro quien tome la iniciativa para dialogar; y siempre superando todas esas barreras que se cruzan en el camino para el diálogo, o las dudas para hacerlo. Siempre hay que mantenerse firmes en la decisión de amar. Si en la pareja se tienen impuesta la obligación de “dialogar” todos los días, nunca parecerá poco oportuno el hacerlo, y siempre será bienvenido el diálogo que de hecho se está necesitando.

Muchas situaciones se arreglan si cada día se dedican a su vida en pareja algún rato aunque no sea largo. Dedicados al simple gozar su vida de intimidad en el amor y de confianza mutua en el diálogo. Habrá situaciones que necesitarán un tratamiento más intencionado, y emplearán para al asunto un tiempo más largo, quizás un día entero en una casa de vacaciones o en la playa mientras los hijos tienen dónde divertirse y los papás pueden quedarse a solas. Puede bastar, acaso, la tarde de un sábado o de un domingo. Pero dedicándolo a eso: a dialogar con mucho amor acerca de los sentimientos que el uno o los dos están teniendo en esa concreta situación. Para afianzarse de ese modo en el amor de enamoramiento y de verdadera intimidad gozándolo.

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Una nueva Encíclica social


Nota informativa de Vatican Information Service.

CIUDAD DEL VATICANO, 7 JUL 2009 (VIS).- Esta mañana, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, ha tenido lugar la presentación de la Encíclica de Benedicto XVI "Caritas in veritate". Han participado en el acto los cardenales Renato Raffaele Martino, Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz y Paul Josef Cordes, Presidente del Pontificio Consejo "Cor Unum"; el arzobispo Giampaolo Crepaldi, recientemente nombrado obispo de Trieste (Italia) y hasta ahora secretario del Pontificio Consejo Justicia y Paz y el profesor Stefano Zamagni, catedrático de Economía Política en la Universidad de Bolonia (Italia) y consultor del Pontificio Consejo Justicia y Paz.

En su intervención, el cardenal Martino habló de la necesidad de una nueva encíclica social a veinte años de distancia de la "Centesimus annus" de Juan Pablo II, enumerando los cambios que han tenido lugar en estas dos últimas décadas.

"Las ideologías políticas, que caracterizaron la época precedente a 1989, han perdido virulencia -dijo- y han sido sustituidas por la nueva ideología de la técnica. (...) La acentuación de los fenómenos de globalización, determinados por el final de los bloques contrapuestos y por la red informática y mundial. (...) Las religiones han vuelto al escenario público mundial. (...) La emergencia de algunos países de la situación de retraso está cambiando los equilibrios geopolíticos mundiales. (...) El problema de la gobernación internacional".

"Estas grandes novedades bastarían para motivar la escritura de otra encíclica social -agregó el purpurado-, pero existe además una razón que no se debe olvidar. La "Caritas in veritate" fue concebida por el Santo Padre como una conmemoración de los 40 años de la "Populorum progressio" de Pablo VI, aunque el tema de la nueva encíclica "no es el desarrollo de los pueblos, sino el desarrollo humano integral. (...) Se podría decir que la perspectiva de la "Populorum progressio" se amplía".

"La "Caritas in veritate" demuestra con claridad no solo que el pontificado de Pablo VI no supuso un retroceso en la Doctrina Social de la Iglesia, (...) sino que aquel Papa contribuyó de forma significativa a enfocar la visión de la Doctrina Social de la Iglesia en el surco de la "Gaudium et spes" y de la tradición precedente y sentó las bases sobre las que se insertó Juan Pablo II".

Por su parte, el arzobispo Crepaldi habló de las nuevas cuestiones que aborda la encíclica. "Los dos derechos fundamentales a la vida y a la libertad religiosa -indicó- encuentran por primera vez un lugar explícito y denso en una encíclica social" y "están ligados orgánicamente con el tema del desarrollo. (...) En la "Caritas in veritate", la llamada "cuestión antropológica" pasa a ser a pleno título una cuestión social".

Otras dos temáticas nuevas son la del ambiente -donde la naturaleza se concibe no "como un depósito de recursos materiales", sino como "palabra creada" confiada al ser humano "para el bien de todos"- y la de la técnica. "Es la primera vez -subrayó el prelado- que una encíclica afronta de forma orgánica esta cuestión". "La referencia continua a la Verdad y al Amor infunde a "Caritas in veritate" una gran libertad de pensamiento, con las que despeja el campo de todas las ideologías que desgraciadamente todavía pesan sobre el desarrollo".

El cardenal Cordes afirmó que "si la primera Encíclica, "Deus caritas est", sobre la teología de la caridad, contenía indicaciones sobre la doctrina social, ahora estamos frente a un texto dedicado totalmente a esta materia".

Tras poner de relieve que "la doctrina social de la Iglesia es un elemento de evangelización", subrayó que "no se puede leer la doctrina social fuera del contexto del evangelio y de su anuncio", ya que "nace y se interpreta a la luz de la revelación".

El presidente del Pontificio Consejo "Cor Unum" señaló que "el centro de la doctrina social es el ser humano". En este contexto se preguntó si "la cuestión antropológica no implica que se deba responder a una pregunta central: ¿qué hombre queremos promover? (...) ¿Puede una civilización sobrevivir sin puntos de referencia con fundamento, sin una mirada a la eternidad, negando al ser humano una respuesta a sus interrogantes más profundos? ¿Puede existir verdadero desarrollo sin Dios?".

Refiriéndose finalmente al concepto de progreso, el purpurado puso de relieve que la Encíclica, "además de unificar las dos dimensiones de la promoción humana y del anuncio de la fe, introduce un ulterior elemento en el concepto de progreso: la esperanza", a la que el Papa ha dedicado su segunda Encíclica, la "Spe salvi".

El profesor Zamagni comentó que la Encíclica se muestra favorable "a la concepción de mercado, típica de la economía civil, según la cual se puede vivir la experiencia de la socialidad humana en el contexto de una normal vida económica y no fuera o al margen de ella".

"Los principales factores estructurales de la crisis -explicó- son tres. El primero concierne al cambio radical en la relación entre finanzas y producción de bienes y servicios que se ha ido consolidando a lo largo de los treinta últimos años. (...) El segundo factor -continuó- es la difusión, a nivel de cultura popular, del "ethos" de la eficiencia como criterio último de juicio y de justificación de la realidad económica. (...) La tercera causa -terminó- tiene que ver con la matriz cultural que se ha consolidado en los últimos decenios, a raíz del proceso de globalización y de la llegada de la tercera revolución industrial, la de las tecnologías info-telemáticas".

Fuente: V.I.S. - Vatican Information Service
OP/PRESENTACION CARITAS IN VERITATE/... VIS 090707 (900)

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Síntesis de la Encíclica "Caritas in Veritate"



Nota informativa de Vatican Information Service.


CIUDAD DEL VATICANO, 7 JUL 2009 (VIS).- Sigue la síntesis facilitada por la Oficina de Prensa de la Santa Sede de la nueva encíclica de Benedicto XVI, "Caritas in veritate": La Caridad en la verdad, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad. La Encíclica, publicada hoy, consta de una introducción, seis capítulos y una conclusión y está fechada el 29 de junio de 2009, solemnidad de San Pedro y San Pablo.


"En la Introducción -explica la síntesis- el Papa recuerda que la caridad es "la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia". Por otra parte, dado el "riesgo de ser mal entendida o excluida de la ética vivida" advierte de que "un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales".


"El desarrollo (...) necesita esta verdad", escribe Benedicto XVI y analiza "dos criterios orientadores de la acción moral: la justicia y el bien común. (...) Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis. Ésta es la vía institucional del vivir social".


El primer capítulo está dedicado al "Mensaje de la "Populorum progressio" de Pablo VI que "reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según libertad y justicia". "La fe cristiana -escribe Benedicto XVI- se ocupa del desarrollo no apoyándose en privilegios o posiciones de poder (...) sino solo en Cristo". El pontífice evidencia que "las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material". Están ante todo en la voluntad, el pensamiento y todavía más "en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos".


"El desarrollo humano en nuestro tiempo" es el tema del segundo capítulo."El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último -reitera el Papa- corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza" Y enumera algunas distorsiones del desarrollo: una actividad financiera "en buena parte especulativa", los flujos migratorios "frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra". Frente a esos problemas ligados entre sí, el Papa invoca "una nueva síntesis humanista", constatando después que "el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos: (...) crece la riqueza mundial en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades (...) y nacen nuevas pobrezas". "En el plano cultural -prosigue- (...) las posibilidades de interacción"han dado lugar a "nuevas perspectivas de diálogo", (...) pero hay un doble riesgo". En primer lugar "un eclecticismo cultural" donde las culturas se consideran "sustancialmente equivalentes". El peligro opuesto es el de"rebajar la cultura y homologar los (...) estilos de vida". Benedicto XVI recuerda "el escándalo del hambre" y auspicia "una ecuánime reforma agraria en los países en desarrollo". Asimismo, el pontífice evidencia que el respeto por la vida "en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos" y afirma que "cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida acaba por no encontrar la motivación y la energía necesarias para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre". Otro aspecto ligado al desarrollo es el "derecho a la libertad religiosa. La violencia - escribe el Papa-, frena el desarrollo auténtico" y esto "ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración fundamentalista".


"Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil" es el tema del tercer capítulo, que se abre con un elogio de la experiencia del don, no reconocida a menudo, "debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. (...) El desarrollo, (...) si quiere ser auténticamente humano, necesita en cambio dar espacio al principio de gratuidad", y por cuanto se refiere al mercado la lógica mercantil, ésta debe estar "ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política". Retomando la encíclica "Centesimus annus" indica "la necesidad de un sistema basado en tres instancias: el mercado, el Estado y la sociedad civil" y espera en "una civilización de la economía". Hacen falta "formas de economía solidaria" y "tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco". El capítulo se cierra con una nueva valoración del fenómeno de la globalización, que no se debe entender solo como "un proceso socio-económico". (...) La globalización necesita "una orientación cultural personalista y comunitaria abierta a la trascendencia (...) y capaz decorregir sus disfunciones".


En el cuarto capítulo, la Encíclica trata el tema del "Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente". "Gobierno y organismos internacionales -se lee- no pueden olvidar "la objetividad y la indisponibilidad" de los derechos. A este respecto, se detiene en las "problemáticas relacionadas con el crecimiento demográfico". Reafirma que la sexualidad no se puede "reducir a un mero hecho hedonístico y lúdico". Los Estados, escribe, "están llamados a realizar políticas que promuevan la centralidad de la familia". "La economía -afirma una vez más- tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona". La misma centralidad de la persona, escribe, debe ser el principio guía "en las intervenciones para el desarrollo" de la cooperación internacional. (...) Los organismos internacionales -exhorta el Papa-deberían interrogarse sobre la real eficacia de sus aparatos burocráticos","con frecuencia muy costosos". El Santo Padre se refiere más adelante a las problemáticas energéticas."El acaparamiento de los recursos" por parte de Estados y grupos de poder, denuncia, constituyen "un grave impedimento para el desarrollo de los países pobres". (...) "Las sociedades tecnológicamente avanzadas -añade- pueden y deben disminuir la propia necesidad energética", mientras debe "avanzar la investigación sobre energías alternativas".


"La colaboración de la familia humana" es el corazón del quinto capítulo, en el que Benedicto XVI pone de relieve que "el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia". De ahí que, se lee, la religión cristiana puede contribuir al desarrollo "solo si Dios encuentra un puesto también en la esfera pública". El Papa hace referencia al principio de subsidiaridad, que ofrece una ayuda a la persona "a través de la autonomía de los cuerpos intermedios". La subsidiariedad, explica, "es el antídoto más eficaz contra toda forma de asistencialismo paternalista" y es más adecuada para humanizar la globalización". Asimismo, Benedicto XVI exhorta a los Estados ricos a "destinar mayores cuotas" del Producto Interno Bruto para el desarrollo, respetando los compromisos adquiridos. Y augura un mayor acceso a la educación y, aún más, a la "formación completa de la persona" afirmando que, cediendo al relativismo, se convierte en más pobre. Un ejemplo, escribe, es el del fenómeno perverso del turismo sexual. "Es doloroso constatar -observa- que se desarrolla con frecuencia con el aval de los gobiernos locales". El Papa afronta a continuación al fenómeno "histórico" de las migraciones. "Todo emigrante, afirma, "es una persona humana" que "posee derechos que deben ser respetados por todos y en toda situación". El último párrafo del capítulo lo dedica el Pontífice "a la urgencia de la reforma" de la ONU y "de la arquitectura económica y financiera internacional". Urge "la presencia de una verdadera Autoridad política mundial" (...) que goce de "poder efectivo".


El sexto y último capítulo está centrado en el tema del "Desarrollo de los pueblos y la técnica". El Papa pone en guardia ante la "pretensión prometeica" según la cual "la humanidad cree poderse recrear valiéndose de los 'prodigios' de la tecnología". La técnica, subraya, no puede tener una"libertad absoluta". El campo primario "de la lucha cultural entre el absolutismo de la tecnicidad y la responsabilidad moral del hombre es hoy el de la bioética", explica el Papa, y añade: "La razón sin la fe está destinada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia". La cuestión social se convierte en "cuestión antropológica". La investigación con embriones, la clonación, lamenta el Pontífice, "son promovidas por la cultura actual", que "cree haber desvelado todo misterio". El Papa teme "una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos".


En la Conclusión de la Encíclica, el Papa subraya que el desarrollo "tiene necesidad de cristianos con los brazos elevados hacia Dios en gesto de oración", de "amor y de perdón, de renuncia a sí mismos, de acogida al prójimo, de justicia y de paz".

ENC/CARITAS IN VERITATE/...

VIS 090707(1400)


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Orar con la Iglesia



Carisma del Apostolado de la Oración

Síntesis por el P. Antonio Gonzalez Callizo S.J.
Director Nacional del A.O.




1. El Apostolado de la Oración aspira a formar cristianos configurados por la Eucaristía.
Deben esforzarse por formar cristianos que estén plasmados interiormente por la Eucaristía, que da fuerza para empeñarse con generosidad en abrazar todas las dimensiones de la vida con espíritu de sacrificio respecto de los hermanos, como el Cuerpo de Cristo ofrecido y la Sangre derramada.
Juan Pablo II, Congreso Mundial de Secretarios Nacionales, Roma 1985, Oración y Servicio 1985, Nº4 p. 258, § 3.

El misterio de la Eucaristía envuelve toda la vida cristiana; no sólo nuestros actos de piedad y devoción, sino más aún todas las actividades que tienden a la promoción de la justicia en nombre del Evangelio y que son exigencia de nuestra participación en la Cena del Señor… No podemos separar en nuestra vida lo que Jesús unió: la celebración de su Última Cena y el lavatorio de los pies.
P. Peter-Hans Kolvenbach. El Apostolado de la Oración ante el tercer milenio, Valladolid 1995, Oración y Servicio 1996, Nº1 p. 15 § 4.

2. Consagrados al Corazón de Cristo.
Aunque existe todavía alguna oposición a ciertas prácticas devocionales del Sagrado Corazón de Jesús, no puede haber oposición en la Iglesia a la espiritualidad del Corazón de Cristo, que toca a la esencia del cristianismo. La carta del Santo Padre a la Compañía de Jesús desde Paray-le-Monial en 1986, ha sido de utilidad también para otras congregaciones cuyos carismas están relacionados con la espiritualidad del Corazón de Cristo. Para muchos, la imagen bíblica y evangélica de esta carta ha sido ocasión de un nuevo inicio en la práctica de esta devoción y un nuevo futuro para esta espiritualidad.
P. Peter-Hans Kolvenbach. Cuatro aspectos proféticos del Apostolado de la Oración, Oración y Servicio 1995, Nº1 p. 38 § 4.

3. Mediante el Ofrecimiento Diario.
El Ofrecimiento Diario, esa forma sencilla y profunda a la vez, expresa el propósito de vivir unido a Cristo en su entrega redentora y de prolongar la Eucaristía a lo largo de toda la jornada; en un deseo de morir con Cristo para que los hermanos tengan vida; a ejemplo del Señor, un salir de sí mismo y una entrega a los demás.
P. Peter-Hans Kolvenbach. El Apostolado de la Oración ante el tercer milenio, Valladolid 1995, Oración y Servicio 1996, Nº1 p. 15 § 2.

4. Y la oración por las intenciones de la Iglesia.
El Apostolado de la Oración durante un siglo y medio de vida ha creado una profunda comunión de oración entre centenares de millones de creyentes. No se puede esperar menos para el futuro… Esta vasta comunión de oración contribuirá eficazmente a la edificación tanto de la Iglesia universal cuanto de las Iglesias locales.
Juan Pablo II, Carta del Santo Padre al P. Peter-Hans Kolvenbach, Roma 1994. Oración y Servicio 1995 Nº2, p. 113, § 3.
San Pablo nos revela en sus cartas la apostolicidad de su oración, en el sentido de que la sabe impregnada de sus afanes pastorales, de la evocación de las personas por las que ruega, del gozo de ver incrementado el conocimiento de Cristo resucitado, de su angustia al advertir que, aquí o alá, el Reino parece alejarse más bien que llegar… La oración apostólica puede compararse incluso a un combate al lado del Señor, en pro de nuestros hermanos y hermanas.
P. Peter-Hans Kolvenbach. El Apostolado de la Oración ante el tercer milenio, Valladolid 1995, Oración y Servicio 1996, Nº1 p. 7 § 5.

5. Y dedicados al trabajo apostólico.
La oración que fomentan ustedes no consiste sólo en la recitación de una fórmula, sino que ha de nacer del corazón del fiel con consciencia de la propia situación de criatura, pero también de hijo adoptivo de Dios, así como de la conciencia de la propia participación en la función sacerdotal, profética y real de Cristo en virtud de la unión con Él.
Juan Pablo II, Congreso Mundial de Secretarios Nacionales, Roma 1985, Oración y Servicio 1985, Nº4 p. 258, § 5.

En este tiempo de odio y de violencia, de injusticia y de discriminación, la reparación debida al Señor no es auténtica si no integra el sentido del pobre, la promoción de la justicia, el amor hacia el más pequeño, el respeto a la vida.
P. Peter-Hans Kolvenbach Paray-le Monial 1988, Misión Agradable, 1988, p. 36, § 2.

6. La Compañía de Jesús apoya y promueve este servicio pastoral, así como el Movimiento Eucarístico Juvenil (MEJ), ambos encomendados por la Santa Sede.
El Apostolado de la Oración puede dar una aportación valiosa y concreta a la difusión en todos los niveles de la afirmación grande y consoladora de que cada cristiano puede estar unido íntimamente a Cristo Redentor por medio del ofrecimiento de su vida al Corazón de Cristo. No dudo de que la Compañía de Jesús siga poniendo sus capacidades, talentos, organización y obediencia al servicio de esta finalidad espiritual tan elevada.
Juan Pablo II, Congreso Mundial de Secretarios Nacionales, Roma 1985, Oración y Servicio 1985, Nº4 p. 257, § 6.

Cuanto más cabal sea la formación en la vida eucarística que estos niños y jóvenes reciban, tanto más convincente será su testimonio de fe en un mundo secularizado, y más fructíferos sus esfuerzos por compartir con otros su amistad con Cristo.
P. Peter-Hans Kolvenbach, Mensaje a los miembros y directores del Apostolado de la Oración, Roma 1994, Oración y Servicio 1995, Nº1, p. 45, § 3.

El Apostolado de la Oración es una Obra que la Iglesia ha encomendado a la Compañía de Jesús: la Compañía juzga que puede y que debe seguir prestando este servicio.
P. Peter-Hans Kolvenbach Congreso Mundial de Secretarios Nacionales, Roma 1985, Oración y Servicio 1995, Nº1 p. 21, § 4.
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Invitación:
A quienes estén interesados en conocer más sobre el Apostolado de la Oración, invitamos a que participe de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y nos acompañe en las reuniones semanales luego de la Misa a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. Quien puede darles mayor información sobre las reuniones es el Sr. Germán Peñares Dueñas, Coordinador General del AO de San Pedro.
El P. Antonio Gonzalez Callizo S.J. es el Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO) y reside en San Pedro.
Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.
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Lecturas de la liturgia, viernes 17 de julio.

Santoral


Lecturas de la liturgia
  • Primera Lectura: Exodo 12,37-42
    "Noche en que el Señor sacó a Israel de Egipto"

    En aquellos días, los israelitas marcharon de Ramsés hacia Sucot: eran seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños; y les seguía una multitud inmensa, con ovejas y vacas y enorme cantidad de ganado. Cocieron la masa que habían sacado de Egipto, haciendo hogazas de pan ázimo, pues no había fermentado, porque los egipcios los echaban y no los dejaban detenerse; y tampoco se llevaron provisiones.

    La estancia de los israelitas en Egipto duró cuatrocientos treinta años. Cumplidos los cuatrocientos treinta años, el mismo día, salieron de Egipto las legiones del Señor. Noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto: noche de vela para los israelitas por todas las generaciones.

  • Salmo Responsorial: 135
    "Porque es eterna su misericordia."

    Dad gracias al Señor porque es bueno. R.

    En nuestra humillación, se acordó de nosotros: R.

    Y nos libró de nuestros opresores. R.

    Él hirió a Egipto en sus primogénitos. R.

    Y sacó a Israel de aquel país. R.

    Con mano poderosa, con brazo extendido. R.

    Él dividió en dos partes el mar Rojo. R.

    Y condujo por en medio a Israel. R.

    Arrojó en el mar Rojo al Faraón. R.

  • Evangelio: Mateo 12, 14-21
    "Les mandó que no lo descubrieran. Así se cumplió lo que dijo el profeta"

    En aquel tiempo, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos le siguieron. Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: "Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones."

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Homilías - Desde el principio la Palabra existe, todo se hace por ella, de ella viene una gracia tras otra - Domingo 14° T.O. (B)


P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Ez 2,2-5; S.122; 2Cor 12,7-10; Mc 6,1-6

Aclaré en otra ocasión el problema de este texto sobre los hermanos de Jesús, que contra la virginidad y el culto a la virgen María usan algunos protestantes.

No hablaré de ello. Resumo la respuesta: 1.- El que María tuviera otros hijos no quita que fuese la madre de Jesús, ni, por tanto, que fuese madre de Dios, ni que la concepción de Jesús fuese virginal. 2.- “Hermano” en la Biblia significa también meramente pariente y hasta del mismo pueblo o aun connacional (Gen 13,8; Lev 10,4; 2Sam 19,13; Dt 25,3). 3.- El evangelio habla de “otra María”, madre de otros discípulos, Santiago y José, hermanos de Jesús (Mt. 13,55; 27,56; 28,1). Los hebreos, como nosotros, no ponemos el mismo nombre a dos hijos o hijas de los mismos padres. 4.- No se explica cómo Jesús en la cruz encomendó su madre al discípulo amado si hubiera tenido otros hijos.

Los textos de hoy insisten en que no escuchar la palabra de Dios es un pecado muy grave. Dios habla de que los israelitas no han escuchado a los profetas, son rebeldes, le han ofendido continuamente, son testarudos y obstinados. Tampoco escucharon a Jesús sus vecinos de Nazaret. Lo conocían muy bien. Menospreciaron su enseñanza porque no había estudiado nada y era de familia pobre, como la mayor parte de ellos mismos. Con esa actitud quedó bloqueado todo el poder de Jesús, que es para bien de los que le acogen, es decir creen en él.

Ya en el Antiguo Testamento y más todavía en el Nuevo la palabra de Dios ocupa un papel central. Es poder que obra (Jn 1,3) y es luz que revela (1,4-5). Dios actúa (Ge 1) y se comunica con la palabra. La palabra de Dios obra lo que dice y revela el pensamiento, el sentimiento y el deseo de Dios (Is 55,11).

Pero en el Nuevo Testamento la palabra es Jesús. “El Verbo, la Palabra, se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Esta Palabra obra milagros (Mt 8,8ss; Jn 4,50ss), perdona los pecados (Mt 9, 1ss), transmite a los Doce sus poderes (Mt 18,18), instituye la Iglesia (Mt 16,18; Lc 22,32; Jn 21,15ss) y los sacramentos portadores de gracia (Lc 22,19; Jn 20,23). En Jesús y por Jesús la Palabra creadora de Dios actúa y salva. Pero en Jesús, además de obrar, la Palabra revela los misterios del Reino de Dios (Mt 13), anuncia (Mt 4,33), enseña con autoridad (Mc 1,22), con certeza absoluta; porque sus palabras no pasarán (Mt 24,35), porque “sus palabras son palabras de Dios” (Jn 3,34), son espíritu y vida (Jn 6,63), porque Jesús no habla de sí mismo, sino que primero le habló el Padre (Jn 12,49).

En la palabra, pues, está la salvación. La palabra viene a identificarse con Dios. Aceptarla es aceptar a Dios; rechazarla es rechazar a Dios (Mc 8,38). Sin embargo no todos la aceptan (Mt 13). Siempre, hasta el fin de los tiempos, habrá quienes la acepten y habrá quienes la rechacen. Los hay que la rechazan de plano como camino asfaltado; los que la aceptan superficialmente; los que pretenden lo imposible, que dé fruto en un corazón vicioso; los que la acogen y practican con más o menos generosidad. Rechazarla es condenarse. Buscarla y acogerla con afán, renunciar a todo por encontrarla y obrarla es la salvación (Mt 13,49). El que es de Dios la escucha y no verá la muerte; pero quien la rechaza, queda condenado porque es hijo del Diablo (Jn 8, 43s. 47. 51).

Difundir la palabra es función esencial y principalísima de la Iglesia. El crecer de la palabra es lo mismo que el crecer de la Iglesia (Hch 6,7). Es palabra de vida (Flp 2,16, es viva y eficaz (Hb 4,12), a ella deben los fieles su salvación (Hch 13,26), es la palabra de Jesús (Mc 16,20).

De aquí derivan cosas muy importantes para el vigor de nuestra vida cristiana. La siembra de la palabra en el propio corazón es una necesidad y una obligación de todo creyente consciente. No bastan oraciones, ni frecuencia de sacramentos. Es necesario leer y aun meditar la palabra de Dios: Escuchar bien la homilía en la misa, leer la Biblia y libros santos, no deben ser en nosotros algo extraordinario sino normal, como vemos, leemos y escuchamos programas de TV, radio, periódicos o revistas. Un católico responsable debe estar bien informado de la postura de la Iglesia ante situaciones actuales, también debe conocer suficientemente ciertas cosas incluso para clarificarlas a los demás; debe sobre todo conocer bien lo concerniente a los deberes de su propia vida familiar, profesional y social. El mismo crecer en la fe va exigiendo al cristiano una mejor formación. De aquí la importancia de los retiros, los fines de semana dedicados a la escucha o lectura de la palabra o de la enseñanza de la Iglesia, la homilía de la misa, la lectura y reflexión de la palabra de Dios en familia.

De todo lo dicho (y más que se podría añadir) pueden deducir, hermanos, la importancia de lo que se llama la formación permanente. La catequesis no es una actividad de la Iglesia limitada a niños y jóvenes y. menos, a momentos puntuales de recepción de sacramentos. El niño y el adulto, el joven y el anciano, han de seguir conservando lo aprendido y aprendiendo lo que exigen las nuevas necesidades personales y de la Iglesia, han de seguir profundizando y gustando más y más del tesoro de la fe, que en definitiva es tan profundo, tan alto, tan ancho como el amor de Dios que se revela en Cristo (v. Ef 3,14-29).

De aquí se deduce la enorme importancia que tienen los grupos y asociaciones eclesiales y los cursos de religión en los colegios. Hay mucho que hacer en su mejora. Yo invoco a los profesores a que los preparen bien, que toquen los puntos que verdaderamente son problemas prácticos para sus alumnos, que impartan las lecciones como verdaderos profetas, que pidan a Dios ese espíritu que necesitan para su misión, que lo hagan con entusiasmo. El curso de religión puede y debe ser una hora muy interesante para niños y jóvenes. Y también invoco a los padres a que le den importancia, a que conozcan lo que allí se enseña, a que pidan corregir las lagunas que pueda haber y, a veces, a que recuerden o aprendan lo olvidado o nunca se les enseñó.

Recuerden, hermanos, Jesús es la verdad y todo el que es de la verdad, escucha su voz (Jn 19,37)



Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog




A Jesús se le anuncia como signo de contradicción


P. Adolfo Franco S.J.

Comentario del evangelio del domingo 14 TO.
Marcos 6, 1-6
A Jesús se le anuncia como signo de contradicción: para los que lo aceptan es salvación... ¿hasta qué punto lo aceptamos?



Este párrafo de San Marcos narra más que un episodio, manifiesta una situación constante en la vida del Señor y es la resistencia de tantos ante su persona y su predicación; y con frecuencia no sólo el rechazo sino la hostilidad abierta. Aquí es rechazado en su propia tierra, por los suyos. Los rechazos de Jesús son continuos en toda su vida. Ya había anunciado lo mismo el Evangelista San Juan, cuando escribió en los primeros versículos de su Evangelio: "vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron" (Jn. 1, 11).

Toda la historia de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte, y después incluso hasta nuestros días, se podría describir como un drama que se entabla entre el rechazo y la aceptación: algunos lo aceptan, muchos lo rechazan. Ya desde que los magos se presentaron a Herodes, sucedió esto mismo: los extraños, los magos venidos del Oriente, lo aceptan; Herodes, su connacional lo rechaza hasta la muerte. Cuando predique, le dirán endemoniado, rechazarán el que pueda perdonar, le dirán que continuamente está violando los mandamientos de Dios. Incluso ante los milagros más patentes, los sabios reaccionarán en contra, para no aceptar lo evidente, e inventarán una explicación absurda de los milagros: que los realiza por el poder del demonio.

Y es que en verdad no era fácil aceptar a Jesús: su Encarnación lo acercó a nosotros hasta hacerlo uno de los nuestros, pero para muchos quizá se puso demasiado cerca. Parecería que a los hombres nos asusta el que Dios esté tan cerca. El hecho mismo de ponerse a nuestro nivel se convierte en dificultad: ¿cómo aceptar que un hombre, como cualquiera, que comía y caminaba, que no tenía poder aparentemente, iba a ser aceptado como Hijo de Dios? Eso constituye una fuerte dificultad.

Pero no es eso sólo: es también muy difícil lo que predica ¿cómo aceptar su doctrina? Cuando predica la humildad, cuando pone la bienaventuranza en la pobreza, cuando dice que hay que amar a los enemigos, y que los últimos serán los primeros. Y tantas otras "originalidades" de su doctrina, que producían a veces sorpresa, muchas veces rechazo; y hasta indignación. No era fácil aceptar un Salvador que viene sin poder, que nace en un lugar sin importancia, que busca a gente sin cultura y sin influencias. Fue sobre todo chocante que realizara la salvación de la humanidad en el fracaso de la cruz. Parecería imposible aceptar a un Dios tan pergeño.

Hoy día sucede lo mismo que en la vida de Jesús: muchos lo rechazan, porque intelectualmente su doctrina, y todo lo que lo rodea, es contradictorio con las altas elucubraciones de mentes que se creen superiores (qué ironía que la razón humana, quiera ponerse por encima de la Sabiduría de Dios y que fracase tan estrepitosamente ante la sublime VERDAD).

Lo rechazan los cómodos, que piensan que el destino de la vida es el goce, y confunden la calidad de la vida del ser humano con el placer: como si el hombre no tuviera algo más que sentidos corporales.

Lo rechazan los orgullosos, que se han convertido a sí mismos en regla suprema del saber, en regla suprema para juzgar el bien y el mal: y hace falta ser miopes para medir toda la realidad con la medida pequeña del propio ser tan pequeño, y tan pobre. Evidentemente que tenemos que ver todo desde nuestro pequeño punto de vista, y no hay otro punto de referencia: pero conociéndonos tan limitados (si es que de veras nos conocemos), al menos podríamos sospechar que nuestro punto de vista es incapaz de alcanzar lo supremo y lo infinito.

Y lo rechazan finalmente los cobardes, que prefieren no enfrentarse al problema, y que han hecho de su vida un camino de continua evasión: sólo tienen tiempo para lo frívolo y lo superficial.

Nos cuesta aceptar a Jesús a todos nosotros. ¿Y por qué? Por una razón sencilla y es que El quiere todo de nosotros: si le damos entrada El querrá entrar totalmente en nuestra vida. Aceptar a Jesús es convertirlo en lo supremo y en el Todo. Querrá que todo nuestro amor sea El, que toda nuestra vida sea El. El no aceptará ser el primero, quiere ser el único. No un objeto más en nuestra colección de objetos; nos dice: no pueden servir a Dios y al dinero. La donación que Dios nos pide encuentra resistencias en nuestro corazón.

Y sin embargo en aceptarlo está nuestra salvación, y hasta que no lo aceptemos estaremos insatisfechos e incompletos. Como lo decía san Agustín: "nos hiciste, Señor, para ti; e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti".

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Agradecemos al P. Franco S.J. por su colaboración.

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¿Las cosas marchan mal?



P. Vicente Gallo S.J.

En el amor de pareja, en su vivir la relación y compartir juntos la vida, hay días claros, llenos de luz; y días nublados en los que no se ve el sol. También puede llegar la noche, en la que ya ni luz hay siquiera. Es menos noche la que es pasajera, en la que permanece la esperanza y a la que sobreviene la alegría del amanecer; pero noche total es cuando ni la esperanza queda, es la terrible noche de la muerte. Son distinciones sumamente importantes que hay que entenderlas y saber tenerlas presentes llegado el caso, para no confundirse lamentablemente y sentir desconcierto cuando el sol se oculta.

La luz es hermosa, resulta muy grata, pero sólo en el Cielo será permanente; en el vivir de aquí, siempre sobrevendrán los nubarrones y la noche, cuando la luz se debilita o cuando se oculta a nuestra visión. Así es la realidad insoslayable del amor en la vida de pareja; no hay que hacerse otras ilusiones vanas. Habrá que arreglar los problemas que sobrevengan en la vida de relación de pareja antes de que, con la noche total de la muerte de uno, no quede tiempo para hacerlo, y se llore por no haberlo hecho antes.

Con frecuencia caemos en el amodorramiento o quizás en el sueño, sin ser conscientes de que la luz apenas brilla o que estamos sumidos por las tinieblas. Debemos permanecer lúcidos en todas las situaciones, despiertos para percatarnos de que el enemigo está sembrando la cizaña en nuestro campo; y que nos está tendiendo redes en apariencia despreciables, como lo es para una mosca la tela de araña, o para un león la malla de cuerdas que le lanza el cazador. Enredados sin esperarlo ni apenas advertirlo, todo acabará en vernos perdidos como aherrojados con cadenas imposibles ya de romper. No se olvide que las redes y las maromas están compuestas de hilos, cada uno de ellos muy despreciables, pero que, bien tramados, sirven para esclavizar aun a los que se consideran más fuertes. Así sucede en muchas ocasiones.

Cuando en la vida de pareja el uno o el otro están siendo hipersensibles, y detrás de cualquier palabra o detalle sin mayor malicia del cónyuge uno encuentra malas intenciones, ganas de herir, o ve un monte donde no lo hay, es que la relación está funcionando mal. El que se ve así afectado tiene el deber de procurar tener un diálogo entre ambos lo antes posible, antes de que ese estado de ánimo hostil se agrave, y antes de que paulatinamente vaya creciendo y termine en algún doloroso reventón.

En primer lugar deberá hacerse consciente de la hipersensibilidad que padece. No importa tanto el descubrir las causas de las que procede; ni son esas causas las que se han de llevar al diálogo que se necesita tener. Tampoco debe esperar a que el otro le haga caer en la cuenta de que está bajo una hipersensibilidad fuera de lo normal, aunque puede servir de motivo a uno para caer en la cuenta de ello y admitir que es así. Pero al admitirlo, no debe asumir la actitud de defenderse o de buscar razones que le justifiquen esa hipersensibilidad. Por el contrario, su deber es admitirlo y tomárselo en serio, para así ponerse a dialogar. Pero dialogar sobre esa hipersensibilidad.

El diálogo consistirá en poner en el otro tal confianza que se acerque a él para decirle todo lo hipersensible que se ve por cualquier palabra o detalle, y comenzar diciendo que se asusta al darse cuenta de ello, porque le parece un síntoma de que la relación de pareja está enferma y en peligro. Debe decirle al otro los sentimientos que tiene al caer en la cuenta de esa situación; los pensamientos que le asaltan al reaccionar tan hipersensible, y las actitudes o comportamientos que adopta en esos casos. Quizás el otro se sienta parecido.

Ya de entrada, el primero debe suplicar al otro que le ayude a curarse de esa fiebre de tales sentimientos de mal signo que le afectan. Es válido recordarle que para esto se casaron juntos: para amarse y ayudarse todos los días de su vida; y que ahora está necesitado de la ayuda de su amor incondicional. Si terminan riéndose de sí mismos por ver cómo son, con buen humor y dándose un beso muy amoroso, el diálogo ha sido correcto y verdadero. Podrán decirse el uno al otro que ahora se aman más de veras que antes de haber tenido la decisión de dialogar, y haberlo tomado como remedio.

No habrían llegado a ello, ni a sentirse tan felices, si hubiesen caído en la trampa de echarse la culpa el uno al otro o haber querido encontrar quién de los dos era más culpable; o si el enredo hubiera sido quedarse en mirar los pensamientos o los comportamientos, como si ellos fuesen el hecho en cuestión, en lugar de dejarlos en lo que son: simples manifestaciones de la hipersensibilidad y los sentimientos experimentados, que era el verdadero tema del diálogo. Mucho menos válido sería si, por temores infundados, o por parecer que la cosa no era para tanto, una pequeñez, se hubiesen mantenido sin dialogar debidamente.


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Pongo otro ejemplo. Podría ser el caso de que el uno o el otro se sintiese usado, manipulado en lugar de amado, en su vida de relación de pareja; y no en una ocasión, sino generalmente. Por eso de que “hablando se entiende la gente”, el afectado podría tomar la decisión de “aclarar las cosas de una vez por todas y que eso se termine”. Sin duda que es una decisión plausible; pues si se deja estar, lo que podía ser una simple sensación o sospecha puede convertirse en lamentable realidad; y de todas las maneras, es preferible que cuanto antes se acabe ese abuso en la relación muy ajeno al amor de pareja y de veras inadmisible. Ciertamente necesitan hablar.

Pero ha de saberse hablar de la cosa, sin hacer que la situación derive en una pelea en la que ambos se causen heridas feas que serían peores que el remedio que se busca. Ello ocurriría si el llamado “diálogo” fuese “poner las cartas sobre la mesa”; comenzado, el que se siente usado, llamando al otro para que le escuche, y “diciéndole todo lo que necesita saber: porque está ya muy harto de sus abusos de confianza”, citándole dos, tres o cinco casos que puede recordar. Para pedirle así que lo reconozca, que no trate de defenderse, y que se cuide de no volverlo a repetir.

Aclaradas de ese modo las cosas, se podría terminar la reunión, y a vivir en adelante sin problemas. ¿Se conseguirá? Podemos dar por cierto que no se habrá conseguido nada, si no es la satisfacción del que se sentía usado, y la humillación del que abusaba; eso en el mejor de los casos. Pero la relación habrá empeorado seguramente. Ocultamente afectados, será peor la situación.

El camino adecuado es el mismo que propusimos en el caso anterior: ponerse a dialogar sobre los sentimientos. En un gesto de confianza y de intimidad de amor, abrirse al otro para manifestarle cómo se está sintiendo de un tiempo a esta parte: un sentimiento mezcla de tristeza y de rabia. Decirle cómo ese sentimiento le hace perderse en pensamientos confusos que minan su relación de pareja, predominando la sensación de parecerle que en vez de amado está siendo usado; y así mismo, hablar de los comportamientos que está teniendo: retraimiento, silencios, reacciones agresivas como defensa, etc.

Debe decir que todo esto le preocupa, y que quiere acabar de sentir eso: pidiéndole al otro que le ayude a verse liberado. Necesita ser escuchado con el corazón; y deja al otro que hable, escuchándole con el corazón igualmente. Entonces sí es muy verosímil que terminarán abrazándose muy de corazón a corazón. Han tenido un verdadero “diálogo”. Su relación se ha hecho más sólida, y su amor mucho más grande gracias a esa decisión de amor y confianza. Y gracias a seguir creyendo siempre en el Diálogo sobre los sentimientos como el único camino para lograr la Intimidad o mantenerse en ella cuando pareciera haberse perdido.
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Palabra y sacramento son las dos columnas del sacerdocio




AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI

Miércoles 1 de julio de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Con la
celebración de las primeras Vísperas de la solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo en la basílica de San Pablo extramuros se clausuró, como sabéis, el 28 de junio, el Año paulino, en recuerdo del segundo milenio del nacimiento del Apóstol de los gentiles. Damos gracias al Señor por los frutos espirituales que esta importante iniciativa ha aportado a tantas comunidades cristianas. Como preciosa herencia del Año paulino, podemos recoger la invitación del Apóstol a profundizar en el conocimiento del misterio de Cristo, para que sea él el corazón y el centro de nuestra existencia personal y comunitaria. Esta es, de hecho, la condición indispensable para una verdadera renovación espiritual y eclesial.

Como subrayé ya durante la
primera celebración eucarística en la Capilla Sixtina después de mi elección como sucesor del apóstol san Pedro, es precisamente de la plena comunión con Cristo de donde "brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños" (Homilía, 20 de abril de 2005, n. 4:L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de abril de 2005, p. 7). Esto vale en primer lugar para los sacerdotes. Por eso demos gracias a la Providencia de Dios que nos ofrece ahora la posibilidad de celebrar el Año sacerdotal. Deseo de corazón que constituya para cada sacerdote una oportunidad de renovación interior y, en consecuencia, de firme revigorización en el compromiso de su misión.

Como durante el Año paulino nuestra referencia constante ha sido san Pablo, así en los próximos meses contemplaremos en primer lugar a san Juan María Vianney, el santo cura de Ars, recordando el 150° aniversario de su muerte. En la
carta que escribí para esta ocasión a los sacerdotes, quise subrayar lo que más resplandece en la existencia de este humilde ministro del altar: "su total identificación con el propio ministerio". Solía decir que "un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina". Y casi sin poder percibir la grandeza del don y de la tarea confiados a una pobre criatura humana, suspiraba: "¡Oh, qué grande es el sacerdote!... Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia".

En verdad, precisamente considerando el binomio "identidad-misión", cada sacerdote puede advertir mejor la necesidad de la progresiva identificación con Cristo, que le garantiza la fidelidad y la fecundidad del testimonio evangélico. El título mismo del Año sacerdotal —"Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote"— pone de manifiesto que el don de la gracia divina precede a toda posible respuesta humana y realización pastoral, y así, en la vida del sacerdote, el anuncio misionero y el culto no se pueden separar nunca, como tampoco se deben separar la identidad ontológico-sacramental y la misión evangelizadora.

Por lo demás, podríamos decir que el fin de la misión de todo presbítero es "cultual": para que todos los hombres puedan ofrecerse a Dios como hostia viva, santa, agradable a él (cf. Rm 12, 1), que en la creación misma, en los hombres, se transforma en culto, en alabanza al Creador, recibiendo la caridad que están llamados a dispensarse abundantemente unos a otros. Lo constatamos claramente en los inicios del cristianismo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo decía que el sacramento del altar y el "sacramento del hermano" o, como dice, el "sacramento del pobre" constituyen dos aspectos del mismo misterio. El amor al prójimo, la atención a la justicia y a los pobres, no son solamente temas de una moral social, sino más bien expresión de una concepción sacramental de la moralidad cristiana, porque a través del ministerio de los presbíteros se realiza el sacrificio espiritual de todos los fieles, en unión con el de Cristo, único Mediador: sacrificio que los presbíteros ofrecen de forma incruenta y sacramental en espera de la nueva venida del Señor. Esta es la principal dimensión, esencialmente misionera y dinámica, de la identidad y del ministerio sacerdotal: a través del anuncio del Evangelio engendran en la fe a aquellos que aún no creen, para que puedan unir al sacrificio de Cristo su propio sacrificio, que se traduce en amor a Dios y al prójimo.

Queridos hermanos y hermanas, frente a tantas incertidumbres y cansancios también en el ejercicio del ministerio sacerdotal, es urgente recuperar un juicio claro e inequívoco sobre el primado absoluto de la gracia divina, recordando lo que escribe santo Tomás de Aquino: "El más pequeño don de la gracia supera el bien natural de todo el universo" (Summa Theologiae, I-II, q. 113, a. 9, ad 2). Por tanto, la misión de cada presbítero dependerá, también y sobre todo, de la conciencia de la realidad sacramental de su "nuevo ser". De la certeza de su propia identidad, no construida artificialmente sino dada y acogida gratuita y divinamente, depende el siempre renovado entusiasmo del sacerdote por su misión. También para los presbíteros vale lo que escribí en la encíclica
Deus caritas est: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n. 1).

Habiendo recibido con su "consagración" un don de gracia tan extraordinario, los presbíteros se convierten en testigos permanentes de su encuentro con Cristo. Partiendo precisamente de esta conciencia interior, pueden realizar plenamente su "misión" mediante el anuncio de la Palabra y la administración de los sacramentos. Después del concilio Vaticano II, en muchas partes se tuvo la impresión de que en la misión de los sacerdotes en nuestro tiempo había algo más urgente; algunos creían que en primer lugar se debía construir una sociedad diversa. En cambio, la página evangélica que hemos escuchado al inicio llama la atención sobre los dos elementos esenciales del ministerio sacerdotal. Jesús envía, en aquel tiempo y hoy, a los Apóstoles a anunciar el Evangelio y les da el poder de expulsar a los espíritus malignos. Por tanto, "anuncio" y "poder", es decir, "Palabra" y "sacramento", son las dos columnas fundamentales del servicio sacerdotal, más allá de sus posibles múltiples configuraciones.

Cuando no se tiene en cuenta el "díptico" consagración-misión, resulta verdaderamente difícil comprender la identidad del presbítero y de su ministerio en la Iglesia. El presbítero no es sino un hombre convertido y renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo, haciendo constantemente suyos los criterios evangélicos. El presbítero no es sino un hombre de unidad y de verdad, consciente de sus propios límites y, al mismo tiempo, de la extraordinaria grandeza de la vocación recibida: ayudar a extender el reino de Dios hasta los últimos confines de la tierra.

¡Sí! El sacerdote es un hombre todo del Señor, puesto que es Dios mismo quien lo llama y lo constituye en su servicio apostólico. Y precisamente por ser todo del Señor, es todo de los hombres, para los hombres. Durante este Año sacerdotal, que se prolongará hasta la próxima solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, oremos por todos los sacerdotes. Es preciso que en las diócesis, en las parroquias, en las comunidades religiosas —especialmente en las monásticas—, en las asociaciones y en los movimientos, en las diversas organizaciones pastorales presentes en todo el mundo, se multipliquen iniciativas de oración, en particular de adoración eucarística, por la santificación del clero y por las vocaciones sacerdotales, respondiendo a la invitación de Jesús a pedir "al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38).

La oración es el primer compromiso, el verdadero camino de santificación de los sacerdotes y el alma de la auténtica "pastoral vocacional". El escaso número de ordenaciones sacerdotales en algunos países no sólo no debe desanimar, sino que debe impulsar a multiplicar los espacios de silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y el sacramento de la Confesión, para que muchos jóvenes puedan escuchar y seguir con prontitud la voz de Dios, que siempre sigue llamando y confirmando. Quien ora no tiene miedo; quien ora nunca está solo; quien ora se salva. Sin duda, san Juan María Vianney es modelo de una existencia hecha oración. Que María, la Madre de la Iglesia, ayude a todos los sacerdotes a seguir su ejemplo para ser, como él, testigos de Cristo y apóstoles del Evangelio.
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San Bernardino Realino S.J., San Juan Francisco de Régis S.J. y compañeros jesuitas de Europa



El 2 de julio la Iglesia recuerda varios santos y beatos sacerdotes de la Compañía de Jesús que estuvieron dedicados al apostolado en distintas partes de Europa.


En esta memoria se honra a los santos y beatos sacerdotes de la Compañía de Jesús que, en distintas regiones de Europa, estuvieron dedicados al apostolado de las misiones populares y rurales.

Ellos son:

*San Bernardino Realino: italiano, nacido el año 1530, fallecido el 2 de julio de 1616, canonizado por Pío XII en 1947.

*San Juan Francisco de Régis: francés, nacido el año 1597, fallecido el 31 de diciembre de 1640, canonizado por Clemente XII en 1737.

*San Francisco de Jerónimo: italiano, nacido el año 1642, fallecido el 11 de mayo de 1716, canonizado por Gregorio XVI en 1839.

*Beato Julián Maunoir: francés, nacido el año 1606, fallecido el 28 de enero de 1683, beatificado por Pío XII en 1951.

*Beato Antonio Baldinucci: italiano, nacido el año 1665, fallecido el 7 de noviembre de 1717, beatificado por León XIII en 1893.

"Oh Dios, que enviaste a tus sacerdotes a anunciar la paz por ciudades y aldeas;
llama obreros, que vayan también hoy a trabajar en la mies de tu Hijo".
SAN BERNARDINO REALINO SJ.

Pertenece a la segunda generación de jesuitas. La que fue formada, a la muerte de Ignacio, por quienes habían tratado al líder del grupo de los fundadores y habían sido marcados por su huella.

Ingresó Bernardino a la Compañía cuando era superior general el padre Laínez, uno de los compañeros de Ignacio en la fundación de la Compañía y su sucesor como superior general.

El padre Laínez quería para la Compañía gente ya hecha: "Denme ustedes personas que tengan experiencia del mundo, porque tales son buenos para nosotros".

Realino tenía esa experiencia. Cuando ingresa al noviciado, en Nápoles (en la costa centro-suroeste de Italia), a los 34 años, ha sido por diez años magistrado al servicio de municipios del norte de Italia. Y trae consigo la cultura humanista renacentista, que ha adquirido en las universidades de Módena, Bolonia y Ferrara, todas en el valle y al sur del río Po, en el norte de Italia.

LOS PRIMEROS AÑOS
Precisamente cerca de Ferrara (sede de la corte de Este), en Carpi, había nacido Bernardino, el 1º de diciembre de 1530. Su padre era caballerizo mayor de varias cortes de Italia y se hallaba casi siempre ausente del hogar. Esto hizo que Bernardino fuese hechura de su madre, a la que adoraba. Su afecto por ella, a la que perdió antes que a su padre, lo conservó vivo y tierno hasta su última vejez. Escribe él mismo, en tercera persona: "Confiado exclusivamente a la educación materna, reveló una índole capaz de hacer concebir de él las más halagüeñas esperanzas".
Junto a su madre creció Bernardino piadoso y con un estupendo carácter, afable y risueño.

ESTUDIOS Y CLORINDA
En su casa, bajo la dirección de profesores particulares, había iniciado los estudios de las literaturas latina y griega, que culminó brillantemente en la Academia de Módena. En ella, entre los 16 y 18 años, se mostró un compañero llano y afable, con una gran gusto y afición por la literatura.
De Módena se trasladó, en 1548, con 18 años, a Bolonia. Allí estudió tres años Filosofía, como preparación para la carrera de Medicina, que pensaba seguir.
Súbitamente, en 1551, con 21 años, cambió sus planes: sería abogado. En este cambio de planes tuvo que ver decisivamente la voluntad de una mujer, a la que él llama Clorinda, que tenía entonces unos 18 años, tres menos que él, de la que se enamoró perdidamente "hasta el punto -son sus palabras- de cifrar mi dicha en cumplir sus legítimos deseos, teniendo por género de crimen el sustraerme a su voluntad, pareciéndome que todo lo que yo era o tenía, a ella debía atribuírsele". Clorinda era una chica piadosa (Bernardino se enamoró de ella viendo su compostura en la misa) y de exquisita cultura en letras y filosofía, que había adquirido ella sola, sin maestros. Conservamos las cartas y los poemas que se dirigían los dos jóvenes.
Para la carrera de abogado, no servían los estudios de filosofía que había realizado Bernardino. Y tuvo que recuperar los tres años "perdidos" en ellos con una dedicación vehemente, por cinco años, a los de jurisprudencia, para abreviar el tiempo habitual en que ellos solían realizarse. Así logró Bernardino graduarse brillantemente en Derecho Civil y Canónico (eclesiástico) el 3 de junio de 1556, cuando tenía 25 años.

ALCALDE Y MAGISTRADO
La preparación académica de Bernardino, su cultura humanista, el prestigio que le daban sus cualidades humanas, abrieron rápidamente para él la puerta de los puestos públicos. Sin duda le ayudaron también las vinculaciones que tenía su padre: entonces se hallaba al servicio del Cardenal de Trento, Cristóbal Madruzzo, gobernador de Milán.
Inmediatamente Bernardino fue nombrado alcalde de Felizzano. Después, abogado fiscal de Alessandría de Piamonte (en la parte alta del valle del Po, cerca de Turín). Más tarde, alcalde de Cassino y pretor de Caltel Leone.
De cómo era Bernardino en el desempeño de sus cargos, tenemos un testimonio notable: el elogio con que lo despide la ciudad de Felizzano, cuando termina su oficio en ella. Dice así: "Deseamos poner en conocimiento de todos que este integérrimo gobernador jamás se desvió un ápice de la justicia, ni se dejó cegar por el odio, ni por amor o por codicia de riquezas. Ni es menos de alabar su prudencia en componer enemistades y discordias; así es que tanta paz y sosiego asentó entre nosotros, que creímos había inaugurado una nueva era de tranquilidad y bonanza. Añádase a todo esto, que siempre tomó la defensa de los débiles contra la prepotencia de los poderosos; y tan imparcial se mostró en la administración de la justicia, que nadie, por humilde que fuese su condición, jamás desconfió de alcanzar de él su derecho".

EL HUMANISTA
Este elogio nos invita a penetrar más profundamente en la persona del magistrado Realino.
Tiene un temperamento optimista, dulce, respetuoso de los otros, inclinado a la beneficencia.
Con este temperamento, vive los ideales del humanista italiano de los siglos XVI y XVII: estima optimista del hombre, valoración de todas las dimensiones humanas, de la virtud (que vence a la "fortuna" y que es premiada naturalmente con la "gloria"), de la nobleza (que es conquista y mérito personal), del saber en función del hacer (y, consiguientemente, de la vida activa sobre la contemplativa, en orden a construir la sociedad civil), del trabajo humano, del amor como don de sí. Todo ello, en una matriz cristiana, que sublima todas estas dimensiones de la naturaleza humana.
Esto lo plasma Bernardino en su trabajo de magistrado, buscando el "bien común", en un servicio de carácter social.

EN NÁPOLES: MADURACIÓN DOLOROSA
Un paso más en su carrera de hombre público es el de oidor y lugarteniente del nuevo gobernador de Nápoles, el marqués de Pescara. (Nápoles era entonces español y lo sería por siglos.)
La vida de Bernardino cambia de escenario. El norte de Italia, donde hasta entonces se había desarrollado, se cambia por el sur.
Realino había ido madurando personalmente y su opción cristiana se había ido haciendo más consciente. Influyen en su maduración fracasos profesionales y, sobre todo, la muerte de Clorinda, su mujer amada, en 1561, cuando ella tenía 28 años.
Queda profundamente herido. La desilusión de lo terreno (escribe entonces un tratado sobre la vanidad de las cosas temporales) se hace aspiración a lo definitivo. Y todo ello lo va preparando a encontrar en la Compañía (fundada 25 años antes) la realización de sus ideales.
Tres años dura este proceso. Tras ellos, sucederá algo decisivo en la vida de aquel magistrado ya de 33 años.

VOCACIÓN DE JESUITA
Bernardino no conocía a la Compañía de Jesús. La orden era joven: san Ignacio había muerto hacía sólo ocho años.
El primer contacto fue fortuito. En las calles de Nápoles Bernardino se tropezó con dos jesuitas jóvenes. Quedó impactado por la hondura y la alegría que revelaban externamente. Bernardino se informó de quiénes eran. Y el domingo siguiente fue a misa al templo de la nueva orden.
Allí escuchó la predicación del padre Juan Bautista Carminata. Se trataba de un predicador notable, que ya había brillado en los púlpitos de Italia antes de ordenarse de sacerdote. Quedó impactado por las palabras del predicador. Se preparó durante varios días a una confesión general que decidió hacer con el predicador. Se fue al colegio de los jesuitas y pidió una entrevista con Carminata. Este le sugirió que, antes de la confesión general, hiciese unos días de ejercicios espirituales. El mismo Carminata se los dirigió.
Realino aceptó. Y, en aquellos ejercicios, tomó la decisión de renunciar a su carrera y entregarse a Dios. El siguiente paso fue la concreción de dónde realizar su entrega. Poco a poco se fue determinando, serenamente, por la Compañía.
Todavía le surgió una duda. Su padre era anciano y achacoso, incapaz de valerse por sí mismo. Aunque no tenía necesidades materiales, estaba solo (la madre de Realino había muerto hacía años). ¿No sería mejor postergar el ingreso a la Compañía hasta que falleciese su padre? Discernió el asunto. Y se convenció serenamente de que debía seguir ya su vocación.

EL JESUITA
Puso en orden sus negocios, escribió una carta, larga y sentida, a su padre y, con la bendición de éste, fue admitido en la Compañía el 13 de octubre de 1534. Quien lo admitió fue el superior (provincial) de los jesuitas de Nápoles, padre Alfonso Salmerón, uno de los compañeros de san Ignacio, fundadores con él de la Compañía. Salmerón, junto con el entonces superior general de los jesuitas, había sido brillante teólogo en el Concilio de Trento.
La vocación de jesuita para Realino tiene un tono de deslumbramiento. Escribe a su padre que ha encontrado en la Compañía "vida buena, sana doctrina, pobreza de vestidos y riqueza de espíritu, ardor de caridad hacia Dios, y el prójimo". Ha encontrado "un verdadero retrato de la primitiva iglesia apostólica". Sus compañeros serán para él su "paraíso terrestre".
Este deslumbramiento es el que le hace renunciar alegremente a su profesión y a muchos aspectos de su cultura humanista (de la que conserva la mejor parte de sus contenidos ideales). Opta por la ciencia de la cruz, y se niega a sí mismo y su propia voluntad. Y correrá "a gran paso hacia aquella sangrienta pero vencedora Insignia del Capitán y Señor nuestro Cristo Jesús".
Y lo hace con alegría y consolación espiritual, feliz de poder honrar y servir al otro, dirigiendo todas las cosas para gloria de Dios. La alegría y la consolación espiritual es precisamente una de las características constantes, a lo largo de toda su vida, como se puede constatar en sus cartas y en los testimonios de quienes convivieron con él.
Su entrega le hace inclinarse a ser hermano jesuita (no sacerdote). Afirma que ha sido admitido por su buena salud y fuerzas físicas, que le harían un buen hermano, encargado de las tareas domésticas. No había sido admitido sólo por esas cualidades: tenía dos doctorados (en derecho civil y eclesiástico), había sido un magistrado brillante por ocho años, era autor de obras y comentarios de clásicos latinos. Los superiores lo destinaron al sacerdocio. Y, dada su preparación académica, menos de tres años después de su entrada al noviciado, el 24 de mayo de 1567 se ordenó sacerdote.
E inmediatamente san Francisco de Borja, nuevo superior general, que había sucedido al padre Laínez dos años antes, lo nombró maestro de novicios. Y eso, a pesar de que no había terminado los estudios teológicos. Tres años después de su ordenación sacerdotal, el primero de mayo de 1570, hizo su profesión de cuatro votos (los de pobreza, castidad y obediencia, y el de obedecer al papa en los envíos a misiones), grado de vinculación máxima a la Compañía que se concede sólo a quienes muestran excelencia en virtud y en ciencia.

EL APÓSTOL: EN NÁPOLES
Reside diez años (desde su entrada al noviciado) en Nápoles. Allí se gana a todos con su humildad y amabilidad. Y prodiga el consejo, el consuelo y el socorro.
Dirige la "congregación mariana" (grupo de formación de selectos) de nobles. Se encarga de la formación espiritual de los alumnos del colegio. Enseña el catecismo a rudos, ignorantes, desheredados y pilluelos de la calle. Asiste a los enfermos de los hospitales, a los presos de las cárceles y a los condenados a remar en las galeras. Busca allí esclavos turcos y mahometanos, para convertirlos.

EL APÓSTOL: 42 AÑOS EN LECCE
Mientras tanto, la ciudad de Lecce, en la Apulia, en el sureste de Italia (en el "talón" de la "bota" italiana), pedía la presencia de jesuitas Y en 1574 son destinados allí Bernardino, otro padre y un hermano. Y en Lecce vivirá Bernardino (que tenía entonces 44 años) hasta su muerte 42 años después.
Los tres jesuitas fueron recibidos en Lecce con júbilo, casi en triunfo, el 13 de diciembre de 1574. Eclesiásticos, caballeros y nobles salieron a recibiros a caballo, desde lejos de la ciudad. Y, ya en ella, se organizó una procesión para acompañarlos a la casa preparada para ellos.
Poco más de dos años después, en 1577, se inaugura la nueva iglesia de los jesuitas y se comienzan las obras del colegio. Este se inaugura seis años más tarde, en 1583. Su primer rector es Realino. En otras oportunidades fue vicerrector. Y en otras simple "operario". Pero siempre fue el alma del colegio. Obra predilecta suya fue la fundación de "congregaciones marianas" para los distintos grupos sociales: estudiantes, artesanos, comerciantes, eclesiásticos, nobles... De sus manos salían para los pobres limosnas sin límite. Tan sin límite, que se hace voz común que se trata de milagros. También se le atribuyen milagros de sanación de enfermos.
Lo externo (obras, limosnas) no identifica a Bernardino. Es, fundamentalmente, un consejero espiritual, por medio de las conversaciones, las cartas, las confesiones, los ejercicios Hay en su trabajo un mínimo de organización y un máximo de contactos interpersonales.
41 años y medio trabajó Realino en Lecce. Hubo proyectos de destinos a otras ciudades más importantes y, concretamente, a Roma. La gente de Lecce se alborotaba al conocer los proyectos de arrebatarles a su querido padre. De hecho problemas de salud de Bernardino frustraron su salida de Lecce.

EL SANTO
Precisamente, largas enfermedades, incomprensiones y mezquindades de algunos compañeros (sobre todo en sus primeros años en Lecce) purifican la alegría y el espíritu de Bernardino. Y a la fama de taumaturgo se une la de santidad. Y es que era austero hasta la exageración, privándose alegremente aun de lo necesario. Para él era lo peor de la casa. Se prodigaba a todos sin acordarse de los sacrificios, las molestias, los trabajos, las adversidades y los sufrimientos que le costaba. El tiempo del sueño lo entregaba a la oración, una oración en la que la devoción a María ocupaba un lugar privilegiado.
De cómo era Bernardino nos habla esta nota suya:
"El 28 de mayo, tuve un claro conocimiento de cómo soy nada y, por lo mismo, soy todo pecado, como que en el pecado está la nada.
Si soy nada, no debo sentirme cuando me veo despreciado, cuando no se atiende a mis gustos, etc. Si soy nada, debo estar siempre colgado de Dios, para que me conserve lo que me ha dado y es suyo; y para el fin que me lo ha dado, es decir, sólo para su gloria y alabanza... Si soy nada, nada puedo hacer: y, si hago algo, es Dios quien lo obra en mí: luego... a él solo la honra...
Conocí en la misma meditación que yo nada puedo y que Dios solo es el que obra todo el bien...
La humildad es la verdad. La humildad no desconoce el bien obrado ni los favores recibidos, pero todo lo atribuye a Aquél de quien todo procede".
Hubo un encuentro entre dos santos. Cuando Realino lleva algo más de 20 años en Lecce, en los años 1595 y 96, san Roberto Bellarmino es su superior provincial, al serlo de todos los jesuitas de la "provincia" de Nápoles. Queda en la tradición la estima que Bellarmino mostró hacia Realino, cuando como provincial visitó el colegio de Lecce.
La fama de santidad de Bernardino originó, el 21 de diciembre de 1615 (tenía ya 85 años y le quedaban seis meses de vida), una pintoresca petición del alcalde de Lecce a los notables de la ciudad, para que se dirijan oficialmente al obispo de la diócesis, a los obispos de diócesis cercanas y al papa, pidiéndoles empezar el examen de los testigos, para proceder más rápidamente a la canonización del anciano, cuando muriese. Además, el buen alcalde con los notables se presentó, pocos días antes de la muerte de Bernardino, para pedirle que fuese su patrono y protector en el cielo.

EL ANCIANO
Efectivamente, los años habían ido pasando. Y las fuerzas físicas de Bernardino lo habían acusado. Su último superior podrá escribir: "por la extrema vejez no podrá ejercer más los ministerios propios de la Compañía, pero continuará ayudando a todos con la oración, con el consejo de su vida transparente".
El 30 de junio de 1616 tuvo un ataque de apoplejía, que le hace perder el habla. Dos días después, el 2 de julio, moría el anciano. Tenía 85 años.
La noticia causó un revuelo en Lecce. La casa de los jesuitas y su iglesia se llenó de gente. Tanta que, al día siguiente, fue imposible celebrar la misa y cantar el oficio de difuntos. Hubo que hacerlo al día siguiente, a puerta cerrada y casi en secreto.

Nuestro anciano había firmado su última correspondencia, a un desolado, con estas palabras: "el viejo inútil Bernardino Realino".
No era inútil. Había llenado su vida. Buen ejemplo para nosotros.

Fue Beatificado por Pio VII en 1806.
Canonizado por Pio VII en 1947
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Su fiesta se celebra el 2 de julio
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(Angel Palencia SJ. Tomada de la Página Web del Centro Pastoral de la Universidad del Pacífico)