Catequesis del Papa. La pasión por la evangelización: el celo apostólico del creyente 1. La llamada al apostolado (Mt 9, 9-13)


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 11 de enero de 2023

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Empezamos hoy un nuevo ciclo de catequesis, dedicado a un tema urgente y decisivo para la vida cristiana: la pasión por la evangelización, es decir, el celo apostólico. Se trata de una dimensión vital para la Iglesia: la comunidad de los discípulos de Jesús de hecho nace apostólica, nace misionera, no proselitista y desde el principio debíamos distinguir esto: ser misionero, ser apostólico, evangelizar no es lo mismo que hacer proselitismo, no tiene nada que ver una cosa con la otra. Se trata de una dimensión vital para la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús nace apostólica y misionera. El Espíritu Santo la plasma en salida ―la Iglesia en salida, que sale―, para que no se repliegue en sí misma, sino que sea extrovertida, testimonio contagioso de Jesús ―también la fe se contagia―, orientada a irradiar su luz hasta los últimos confines de la tierra. Pero puede suceder que el ardor apostólico, el deseo de alcanzar a los otros con el buen anuncio del Evangelio, disminuya, se vuelva tibio. A veces parece eclipsarse, son cristianos cerrados, no piensan en los demás. Pero cuando la vida cristiana pierde de vista el horizonte de la evangelización, el horizonte del anuncio, se enferma: se cierra en sí misma, se vuelve autorreferencial, se atrofia. Sin celo apostólico, la fe se marchita. Sin embargo, la misión es el oxígeno de la vida cristiana: la tonifica y la purifica. Emprendemos, pues, un camino al descubrimiento de la pasión evangelizadora, empezando por las Escrituras y la enseñanza de la Iglesia, para obtener de las fuentes el celo apostólico. Después nos acercaremos a algunas fuentes vivas, a algunos testimonios que han encendido de nuevo en la Iglesia la pasión por el Evangelio, para que nos ayuden a reavivar el fuego que el Espíritu Santo quiere hacer arder siempre en nosotros.

 Y hoy quisiera empezar por un episodio evangélico de alguna manera emblemático, lo hemos escuchado: la llamada del apóstol Mateo, y él mismo lo cuenta en su Evangelio, en el pasaje que hemos escuchado (cfr. 9,9-13).

Todo empieza por Jesús, el cual “ve” ―dice el texto― «un hombre». Pocos veían a Mateo tal y como era: lo conocían como aquel que estaba «sentado en el despacho de impuestos» (v. 9). De hecho, era un recaudador de impuestos: es decir, uno que recaudaba tributos de parte del imperio romano que ocupaba Palestina. En otras palabras, era un colaboracionista, un traidor del pueblo. Podemos imaginar el desprecio que la gente sentía por él: era un “publicano”, así se llamaba. Pero, a los ojos de Jesús, Mateo es un hombre, con sus miserias y su grandeza. Estad atentos a esto: Jesús no se detiene en los adjetivos, Jesús busca siempre el sustantivo. “Este es un pecador, este es un tal para cual…” son adjetivos: Jesús va a la persona, al corazón, esta es una persona, este es un hombre, esta es una mujer, Jesús va a la sustancia, al sustantivo, nunca al adjetivo, olvida los adjetivos. Y mientras entre Mateo y su gente hay distancia ―porque ellos veían el adjetivo, “publicano” ―, Jesús se acerca a él, porque todo hombre es amado por Dios; “¿También este desgraciado?”. Sí, también este desgraciado, es más, Él ha venido por este desgraciado, lo dice el Evangelio: “Yo he venido por los pecadores, no por los justos”.  Esta mirada de Jesús que es hermosa, que ve al otro, sea quien sea, como un destinatario de amor, es el inicio de la pasión evangelizadora. Todo parte de esta mirada, que aprendemos de Jesús.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es nuestra mirada hacia los otros? ¡Cuántas veces vemos los defectos y no las necesidades; cuántas veces etiquetamos a las personas por lo que hacen o lo que piensan! También como cristianos nos decimos: ¿es de los nuestros o no es de los nuestros? Esta no es la mirada de Jesús: Él mira siempre a cada uno con misericordia, es más, con predilección. Y los cristianos están llamados a hacer como Cristo, mirando como Él especialmente a los llamados “alejados”. De hecho, el pasaje de la llamada de Mateo se concluye con Jesús que dice: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (v. 13). Y si cada uno de nosotros se siente justo, Jesús está lejos, Él se acerca a nuestros límites y a nuestras miserias, para sanarnos.

Por tanto, todo empieza por la mirada de Jesús “Vio a un hombre”, Mateo. A esto le sigue ―segundo paso― un movimiento. Primero la mirada, Jesús vio, después el segundo paso, el movimiento. Mateo estaba sentado en el despacho de los impuestos; Jesús le dijo: «Sígueme». Y él «se levantó y le siguió» (v. 9). Notamos que el texto subraya que “se levantó”. ¿Por qué es tan importante este detalle? Porque en esa época quien estaba sentado tenía autoridad sobre los otros, que estaban de pie delante de él para escucharlo o, como en ese caso, para pagar el tributo. Quien estaba sentado, en resumen, tenía poder. Lo primero que hace Jesús es separar a Mateo del poder: del estar sentado recibiendo a los otros le pone en movimiento hacia los otros; no recibe, no: va a los otros; le hace dejar una posición de supremacía para ponerlo a la par con los hermanos y abrirle los horizontes del servicio. Esto hace y esto es fundamental para los cristianos: nosotros discípulos de Jesús, nosotros Iglesia, ¿estamos sentados esperando que la gente venga o sabemos levantarnos, ponernos en camino con los otros, buscar a los otros? No es cristiano decir: “Pero que vengan, yo estoy aquí, que vengan”. No, ve tú a buscarlos, da tú el primer paso.

Una mirada ―Jesús vio―, un movimiento ―se levanta― y tercero, una meta. Después de haberse levantado y haber seguido a Jesús, ¿dónde irá Mateo? Podríamos imaginar que, cambiada la vida de ese hombre, el Maestro lo conduzca hacia nuevos encuentros, nuevas experiencias espirituales. No, o al menos no enseguida. En primer lugar, Jesús va a su casa; ahí Mateo le prepara «un gran banquete», en el que «había un gran número de publicanos» (Lc 5,29) es decir, gente como él. Mateo vuelve a su ambiente, pero vuelve cambiado y con Jesús. Su celo apostólico no empieza en un lugar nuevo, puro, un lugar ideal, lejano, sino ahí, empieza donde vive, con la gente que conoce. Este es el mensaje para nosotros: no debemos esperar ser perfectos y tener hecho un largo camino detrás de Jesús para testimoniarlo; nuestro anuncio empieza hoy, ahí donde vivimos. Y no empieza tratando de convencer a los otros, convencer no: sino testimoniando cada día la belleza del Amor que nos ha mirado y nos ha levantado y será esta belleza, comunicar esta belleza la que convenza a la gente, no comunicarnos nosotros, sino al mismo Señor. Nosotros somos los que anuncian al Señor, no nos anunciamos a nosotros mismos, ni anunciamos un partido político, una ideología, no: anunciamos a Jesús. Es necesario poner en contacto a Jesús con la gente, sin convencerles, sino dejar que el Señor convenza. Como de hecho nos ha enseñado el Papa Benedicto, «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por atracción» (Homilía en la misa inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo de 2007). No olvidéis esto: cuando veáis a cristianos que hacen proselitismo, que te hacen una lista de gente para que vayas… estos no son cristianos, son paganos disfrazados de cristianos, pero el corazón es pagano. La Iglesia crece no por proselitismo, crece por atracción. Una vez recuerdo que en el hospital de Buenos Aires se fueron unas monjas que trabajaban allí porque eran pocas y no podían sacar adelante el hospital y vino una comunidad de hermanas de Corea y llegaron, pongamos un lunes, por ejemplo, no recuerdo el día. Tomaron posesión de la casa de las hermanas del hospital y el martes bajaron a visitar a los enfermos del hospital, pero no hablaban una palabra de español, solamente hablaban coreano y los enfermos estaban felices, porque comentaban: “Buenas estas monjas, buenas, buenas” – Pero ¿qué te ha dicho la monja? – “Nada, pero con la mirada me ha hablado, han comunicado a Jesús”. No comunicarse a sí mismo, sino con la mirada, con los gestos, comunicar a Jesús. Esta es la atracción, lo contrario del proselitismo.

Este testimonio atractivo, este testimonio alegre es la meta a la que nos lleva Jesús con su mirada de amor y con el movimiento de salida que su Espíritu suscita en el corazón. Y nosotros podemos pensar si nuestra mirada se parece a la de Jesús para atraer a la gente, para acercar a la Iglesia. Pensemos en esto.



Tomado de:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2023/documents/20230111-udienza-generale.html

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Catequesis del Papa sobre el discernimiento: 14. El acompañamiento espiritual


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 4 de enero de 2023

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Antes de comenzar esta catequesis, quisiera que nos uniéramos a los que, aquí al lado, están rindiendo homenaje a Benedicto XVI y dirijo mi pensamiento a él, que fue un gran maestro de catequesis. Su pensamiento agudo y educado no era autorreferencial, sino eclesial, porque siempre quiso acompañarnos al encuentro con Jesús. Jesús, el Crucificado resucitado, el Viviente y el Señor, fue la meta a la que nos condujo el Papa Benedicto, llevándonos de la mano. Que nos ayude a redescubrir en Cristo la alegría de creer y la esperanza de vivir.

Con esta catequesis de hoy concluimos el ciclo dedicado al tema del discernimiento, y lo hacemos completando el discurso sobre las ayudas que pueden y deben sostenerlo: sostener el proceso de discernimiento. Una de ellas es el acompañamiento espiritual, importante, en primer lugar, para el conocimiento de uno mismo, que hemos visto que es una condición indispensable para el discernimiento. Mirarse en el espejo, a solas, no siempre ayuda, porque uno puede fantasear la imagen. En cambio, mirarse al espejo con la ayuda de otro, eso ayuda mucho porque el otro te dice la verdad —cuando es veraz— y así te ayuda.

La gracia de Dios en nosotros siempre actúa sobre nuestra naturaleza. Pensando en una parábola evangélica, podemos comparar la gracia a la buena semilla y la naturaleza a la tierra (cf. Mc 4,3-9). Es importante, en primer lugar, darnos a conocer, sin tener miedo a compartir los aspectos más frágiles, en los que nos descubrimos más sensibles, débiles o temerosos de ser juzgados. Darse a conocer, manifestarse a una persona que nos acompañe en el viaje de la vida. No que decida por nosotros, no: que nos acompañe. Porque la fragilidad es, en realidad, nuestra verdadera riqueza: somos ricos en fragilidad, todos; la verdadera riqueza, que debemos aprender a respetar y acoger, porque, cuando se la ofrecemos a Dios, nos hace capaces de ternura, de misericordia y de amor. Ay de las personas que no se sienten frágiles: son duras, dictatoriales. En cambio, las personas que reconocen con humildad sus propias fragilidades son más comprensivas con los demás. La fragilidad —diría— nos hace humanos. No es casualidad que la primera de las tres tentaciones de Jesús en el desierto —la relacionada con el hambre— intente robarnos nuestra fragilidad, presentándonosla como un mal del que hay que deshacerse, un impedimento para ser como Dios. En cambio, es nuestro tesoro más preciado: de hecho, Dios, para hacernos semejantes a Él, quiso compartir hasta el final nuestra propia fragilidad. Miremos el crucifijo: Dios que baja precisamente a la fragilidad. Miremos al pesebre donde llega con una fragilidad humana grande. Él compartió nuestra fragilidad.

Y el acompañamiento espiritual, si es dócil al Espíritu Santo, ayuda a desenmascarar malentendidos, incluso graves, en la consideración que tenemos de nosotros mismos y en nuestra relación con el Señor. El Evangelio presenta varios ejemplos de conversaciones clarificadoras y liberadoras hechas por Jesús. Pensemos, por ejemplo, en la de la Samaritana, que leemos, leemos, y siempre hay esa sabiduría y ternura de Jesús; pensemos en la que tuvo con Zaqueo, con la mujer pecadora, con Nicodemo y con los discípulos de Emaús: la manera de acercarse del Señor. Las personas que tienen un verdadero encuentro con Jesús no temen abrirle su corazón, presentarle su vulnerabilidad, su propia insuficiencia, su propia fragilidad. De este modo, su compartir se convierte en una experiencia de salvación, de perdón libremente recibido.

Contar ante otra persona lo que hemos vivido o lo que buscamos ayuda a aportar claridad en nuestro interior, sacando a la luz los muchos pensamientos que nos habitan y que a menudo nos perturban con sus insistentes estribillos. Cuántas veces, en momentos oscuros, tenemos pensamientos así: “Lo he hecho todo mal, no valgo nada, nadie me comprende, nunca tendré éxito, estoy destinado al fracaso”, cuántas veces se nos ha ocurrido pensar estas cosas. Pensamientos falsos y venenosos, que la confrontación con el otro ayuda a desenmascarar, para sentirnos amados y estimados por el Señor por lo que somos, capaces de hacer cosas buenas por Él. Descubrimos con sorpresa formas distintas de ver las cosas, signos de bondad que siempre han estado presentes en nosotros. Es verdad, podemos compartir nuestras fragilidades con el otro, con el que nos acompaña en la vida, en la vida espiritual, el maestro de vida espiritual, sea laico, sea sacerdote, y decir: “Mira lo que me pasa: soy un desgraciado, me pasan estas cosas”. Y quien nos acompaña responde: “Sí, todos pasamos estas cosas”. Esto nos ayuda a aclararlas bien y ver de dónde vienen las raíces y así superarlas.

Quien acompaña —el acompañante o la acompañante— no sustituye al Señor, no hace el trabajo en lugar del acompañado, sino que camina a su lado, le anima a leer lo que se mueve en su corazón, el lugar por excelencia donde habla el Señor. El acompañante espiritual, al que llamamos director espiritual —no me gusta este término, prefiero acompañante espiritual, es mejor—, es el que te dice: “Muy bien, pero mira aquí, mira aquí”, te llama la atención sobre cosas que pueden estar pasando; te ayuda a comprender mejor los signos de los tiempos, la voz del Señor, la voz del tentador, la voz de las dificultades que no logras superar. Por eso es muy importante no caminar solos. Hay un dicho en la sabiduría africana —porque tienen esa mística de la tribu— que dice: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”, ve acompañado, ve con tu gente. Esto es importante. En la vida espiritual es mejor estar acompañado por alguien que conozca nuestras cosas y nos ayude. Y eso es acompañamiento espiritual.

Este acompañamiento puede ser fructífero si, ambas partes, han experimentado la filiación y la fraternidad espiritual. Descubrimos que somos hijos de Dios cuando descubrimos que somos hermanos, hijos del mismo Padre. Por eso es indispensable formar parte de una comunidad en camino. No estamos solos, somos gente de un pueblo, de una nación, de una ciudad que camina, de una Iglesia, de una parroquia, de este grupo... una comunidad en camino. No vamos solos al Señor: esto no está bien. Tenemos que entenderlo. Como en el relato evangélico del paralítico, a menudo somos sostenidos y curados gracias a la fe de otra persona (cf. Mc 2,1-5); que nos ayuda a avanzar, porque todos tenemos a veces parálisis interiores y hace falta alguien que nos ayude a superar ese conflicto con su ayuda. No vamos solos al Señor, recordémoslo; otras veces, somos nosotros quienes asumimos ese compromiso por otro hermano o hermana. Y somos acompañantes para ayudar al otro. Sin una experiencia de filiación y fraternidad, el acompañamiento puede dar lugar a expectativas irreales, malentendidos y formas de dependencia que dejan a la persona en un estado infantil. Acompañamiento, pero como hijos de Dios y hermanos con nosotros.

La Virgen María es maestra de discernimiento: habla poco, escucha mucho y guarda en su corazón (cf. Lc 2,19). Las tres actitudes de la Virgen: hablar poco, escuchar mucho y guardar en el corazón. Y las pocas veces que habla, deja huella. Por ejemplo, en el Evangelio de Juan, hay una frase muy breve pronunciada por María que es una consigna para los cristianos de todos los tiempos: «Hagan lo que Él les diga» (cf. 2,5). Es curioso: una vez oí a una anciana muy buena, muy piadosa; no había estudiado teología, nada. Era muy sencilla. Y me dijo: “¿Sabe el gesto que hace siempre la Virgen?”. No sé: te mima, te llama... “No, el gesto que hace la Virgen es éste” [señala con el índice]. No entendí y le pregunté: “¿Qué significa?” . Y la anciana me contestó: “Siempre señala a Jesús”. Qué bonito: la Virgen no toma nada para sí, señala a Jesús. Hagan lo que Jesús les diga: así es la Virgen. María sabe que el Señor habla al corazón de cada uno, y nos pide que traduzcamos esta palabra en acciones y opciones. Ella supo hacerlo mejor que nadie, y de hecho está presente en los momentos fundamentales de la vida de Jesús, especialmente en la hora suprema de su muerte de cruz.

Queridos hermanos y hermanas, terminamos esta serie de catequesis sobre el discernimiento: el discernimiento es un arte, un arte que se puede aprender y que tiene sus propias reglas. Si se aprende bien, permite vivir la experiencia espiritual de manera cada vez más bella y ordenada. Ante todo, el discernimiento es un don de Dios, que hay que pedir siempre, sin presumir nunca de experto y autosuficiente. Señor, dame la gracia de discernir en los momentos de la vida, qué tengo que hacer, qué tengo que entender. Dame la gracia de discernir, y dame la persona que me ayude a discernir.

La voz del Señor siempre se reconoce, tiene un estilo único, es una voz que apacigua, anima y tranquiliza en las dificultades. El Evangelio nos lo recuerda constantemente: «No temas» (Lc 1,30), que bella esa palabra del ángel a María; «No temas», «no tengáis miedo», es justo el estilo del Señor: «no temas». «¡No temas!», nos repite el Señor hoy también a nosotros; «no temas»: si confiamos en su palabra, jugaremos bien el partido de la vida, y podremos ayudar a los demás. Como dice el Salmo, su Palabra es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (cf. 119.105). Gracias.

 



Tomado de:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2023/documents/20230104-udienza-generale.html

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Catequesis del Papa sobre el discernimiento: 13. Ayudas para realizarlo



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 21 de diciembre de 2022

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos ―están terminando― las catequesis sobre el discernimiento, y quien ha seguido hasta ahora estas catequesis podría quizá pensar: pero ¡qué complicado es discernir! En realidad, es la vida la que es complicada y, si no aprendemos a leerla, complicada como es, corremos el riesgo de malgastarla, llevándola adelante con trucos que terminan por desalentarnos.

En nuestro primer encuentro habíamos visto que siempre, cada día, lo queramos o no, realizamos actos de discernimiento, en lo que comemos, leemos, en el trabajo, en las relaciones, en todo. La vida nos pone siempre frente a elecciones, y si no las realizamos de forma consciente, al final es la vida la que elige por nosotros, llevándonos donde no quisiéramos.

Pero el discernimiento no lo hacemos solos. Hoy entramos más concretamente en algunas ayudas que pueden facilitar este ejercicio del discernimiento, indispensable de la vida espiritual, aunque de alguna manera ya las hemos visto en el transcurso de estas catequesis. Pero un resumen nos ayudará mucho.

Una primera ayuda indispensable es la confrontación con la Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia. Estas nos ayudan a leer lo que se mueve en el corazón, aprendiendo a reconocer la voz de Dios y a distinguirla entre otras voces, que parecen imponerse a nuestra atención, pero que al final nos dejan confundidos. La Biblia nos advierte que la voz de Dios resuena en la calma, en la atención, en el silencio. Pensemos en la experiencia del profeta Elías: el Señor le habla no en el viento que rompe las piedras, no en el fuego o en el terremoto, sino que le habla en una brisa suave (cfr. 1 Re 19,11-12). Es una imagen muy hermosa que nos hace entender cómo habla Dios. La voz de Dios no se impone, la voz de Dios es discreta, respetuosa, yo me permitiría decir que la voz de Dios es humilde, y precisamente por esto es pacificadora. Y solo en la paz podemos entrar en lo profundo de nosotros mismos y reconocer los auténticos deseos que el Señor ha puesto en nuestro corazón. Y muchas veces no es fácil entrar en esa paz del corazón, porque estamos ocupados en muchas cosas todo el día… Pero por favor, cálmate un poco, entra en ti mismo, en ti misma. Dos minutos, párate. Mira qué siente tu corazón. Hagamos esto, hermanos y hermanas, nos ayudará mucho, porque en ese momento de calma sentimos enseguida la voz de Dios que nos dice: “Mira, es bueno lo que estás haciendo…”. Dejemos que en la calma venga enseguida la voz de Dios. Nos espera por esto.

Para el creyente, la Palabra de Dios no es simplemente un texto que hay que leer, la Palabra de Dios es una presencia viva, es una obra del Espíritu Santo que conforta, instruye, da luz, fuerza, descanso y gusto por vivir. Leer la Biblia, leer un fragmento, uno o dos fragmentos de la Biblia, son como pequeños telegramas de Dios que te llegan enseguida al corazón. La Palabra de Dios es un poco ―y no exagero―, es un poco como un auténtico anticipo de paraíso. Y lo había comprendido bien un gran santo y pastor, Ambrosio, obispo de Milán, que escribía: «Cuando leo la divina Escritura, Dios vuelve a pasear en el paraíso terrestre» (Epist., 49,3). Con la Biblia nosotros abrimos la puerta a Dios que pasea. Interesante…

Esta relación afectiva con la Biblia, con la Escritura, con el Evangelio, lleva a vivir una relación afectiva con el Señor Jesús: ¡no tener miedo de esto! El corazón habla al corazón, y esta es otra ayuda indispensable y no descontada. Muchas veces podemos tener una idea distorsionada de Dios, considerándolo como un juez hosco, un juez severo, preparado para vernos fallar. Jesús, al contrario, nos revela un Dios lleno de compasión y de ternura, dispuesto a sacrificarse a sí mismo para salir a nuestro encuentro, precisamente como el padre de la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15,11-32). Una vez, alguien le preguntó ―no sé si a su madre o a su abuela, me lo contaron― “¿qué debo hacer, en este momento?”  ― “Escucha a Dios, Él te dirá qué debes hacer. Abre el corazón a Dios”: un buen consejo. Recuerdo una vez, durante una peregrinación de jóvenes que se hace una vez al año en el Santuario de Luján, a 70 kilómetros de Buenos Aires: se hace toda la jornada para llegar allí; yo tenía la costumbre de confesar durante la noche. Se acercó un joven, unos 22 años, todo lleno de tatuajes. “Dios mío ―pensé yo―  ¿qué será este?”. Y me dijo: “Sabe usted, he venido porque tengo un problema grave y se lo he contado a mi madre y mi madre me ha dicho: ‘Ve donde la Virgen, haz la peregrinación, y la Virgen te dirá’. Y he venido. He tenido contacto con la Biblia, aquí, he escuchado la Palabra de Dios y me ha tocado el corazón y debo hacer esto, esto, esto, esto, esto”.  La Palabra de Dios te toca el corazón y te cambia la vida. Lo he visto muchas veces, esto, muchas veces. Porque Dios no quiere destruirnos, Dios quiere que seamos más fuertes, más buenos cada día. Quien permanece ante el Crucifijo advierte una paz nueva, aprende a no tener miedo de Dios, porque Jesús en la cruz no da miedo a nadie, es la imagen de la impotencia total y a la vez del amor más pleno, capaz de afrontar cualquier prueba por nosotros. Los santos siempre han tenido una predilección por Jesús Crucificado. La historia de la Pasión de Jesús es el camino maestro para confrontarnos con el mal sin dejarse abrumar por él; en ella no hay juicio ni tampoco resignación, porque está atravesada por una luz mayor, la luz de la Pascua, que permite ver un designio mayor en esas terribles acciones, que ningún impedimento, obstáculo o fracaso puede frustrar. La Palabra de Dios siempre te hace mirar al otro lado: es decir, está la cruz, aquí, es terrible, pero hay otra cosa, una esperanza, una resurrección. La Palabra de Dios te abre todas las puertas, porque Él, el Señor, es la puerta. Tomemos el Evangelio, tomemos la Biblia en la mano: cinco minutos al día, no más. Llevad un Evangelio de bolsillo con vosotros, en el bolso, y cuando estéis de viaje tomadlo y leed un poco, durante el día, un fragmento, dejar que la Palabra de Dios se acerque al corazón. Haced esto y veréis cómo cambiará vuestra vida con la cercanía a la Palabra de Dios. “Sí, Padre, pero yo estoy acostumbrado a leer la Vida de los Santos”: esto hace bien, hace bien, pero no dejar la Palabra de Dios. Toma el Evangelio contigo, y léelo también solo un minuto al día.

Es muy hermoso pensar en la vida con el Señor como una relación de amistad que crece día tras día. ¿Habéis pensado en esto? ¡Es el camino! Pensemos en Dios que nos ama, ¡nos quiere amigos! La amistad con Dios tiene la capacidad de cambiar el corazón; es uno de los grandes dones del Espíritu Santo, la piedad, que nos hace capaces de reconocer la paternidad de Dios. Tenemos un Padre tierno, un Padre afectuoso, un Padre que nos ama, que nos ha amado desde siempre: cuando se experimenta, el corazón se derrite y caen dudas, miedos, sensaciones de indignidad. Nada puede oponerse a este amor del encuentro con el Señor.

Y esto nos recuerda otra gran ayuda, el don del Espíritu Santo, que está presente en nosotros, y que nos instruye, hace viva la Palabra de Dios que leemos, sugiere significados nuevos, abre puertas que parecían cerradas, indica sendas de vida allí donde parecía que hubiera solo oscuridad y confusión. Yo os pregunto: ¿vosotros rezáis al Espíritu Santo? ¿Pero quién es este gran Desconocido? Nosotros rezamos al Padre, sí, el Padre Nuestro, rezamos a Jesús, ¡pero olvidamos al Espíritu! Una vez, haciendo la catequesis a los niños, hice una pregunta: “¿Quién de vosotros sabe quién es el Espíritu Santo?”. Y un niño: “¡Yo lo sé!” ― “¿Y quién es?” – “El paralítico” ¡me dijo! Él había oído “el Paráclito”, y pensaba que era un paralítico. Y muchas veces ―esto me ha hecho pensar― para nosotros el Espíritu Santo está ahí, como si fuera una Persona que no cuenta. ¡El Espíritu Santo es el que te da vida al alma! Dejadle entrar. Hablad con el Espíritu, así como habláis con el Padre, como habláis con el Hijo: hablad con el Espíritu Santo ―¡que no tienen nada de paralítico!―. En Él está la fuerza de la Iglesia, es el que te lleva adelante. El Espíritu Santo es discernimiento en acción, presencia de Dios en nosotros, es el don, el regalo más grande que el Padre asegura a aquellos que lo piden (cfr. Lc 11,13). ¿Y Jesús cómo lo llama? “El don”: “Permaneced aquí en Jerusalén esperando el don de Dios”, que es el Espíritu Santo. Es interesante llevar la vida en amistad con el Espíritu Santo: Él te cambia, Él te hace crecer.

La Liturgia de las Horas hace iniciar los principales momentos de oración de la jornada con esta invocación: «Dios mío, ven en mi auxilio. Señordate prisa en socorrerme». “¡Señor, ayúdame!”, porque solo no puedo ir adelante, no puedo amar, no puedo vivir… Esta invocación de salvación es la petición irreprimible que brota de lo profundo de nuestro ser. El discernimiento tiene el objetivo de reconocer la salvación que el Señor ha obrado en mi vida, me recuerda que nunca estoy solo y que, si estoy luchando, es porque lo que está en juego es importante. El Espíritu siempre está con nosotros. “Oh, Padre, he hecho algo malo, tengo que ir a confesarme, no puedo hacer nada…”. Pero, ¿has hecho una cosa mala? Habla con el Espíritu que está contigo y dile: “Ayúdame, he hecho esto que está muy mal”. Pero no cancelar el diálogo con el Espíritu Santo. “Padre, estoy en pecado mortal”: no importa, habla con Él así te ayuda a recibir el perdón. No dejar nunca este diálogo con el Espíritu Santo. Y con estas ayudas, que el Señor nos da, no debemos temer. ¡Adelante, ánimo y con alegría!




Tomado de:

vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20221221-udienza-generale.html

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ESPECIAL DE NAVIDAD


 

¡FELIZ NAVIDAD!

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Jn. 1, 14


Feliz Navidad

No es Feliz como ‘sin problemas’.
Ni que la vida sea fácil, ni vivir una quimera.
La dicha no es vegetar en un jardín hermoso
donde cada fruto es exquisito y hay aroma de júbilo.
Que todo eso son visiones de falsos profetas
o miradas de ave de paso,
que sobrevuela la tierra sin llegar a posarse en el suelo de lo concreto.

Feliz Navidad, es la alegría asustada de la mujer que arriesga,
y la confianza serena del receptor de la promesa.
Es el entusiasmo incierto de los peregrinos en ruta,
tras una estrella.
Es la emoción humilde de los excluidos,
testigos hoy del milagro.
Y es el gozo lúcido de Dios encarnado en niño,
cuando empieza a vaciarse por completo.
Esa fiesta celebramos,
esa historia compartimos,
esa promesa anhelamos:
Feliz Navidad.

(José María Rodríguez Olaizola, jesuita)





Navidad








Para orar en Navidad
Enlaces a Rezando voy








*Feliz Navidad - Texto de apoyo - Rezandovoy

ESPECIAL: ADVIENTO, CICLO A - 4° SEMANA


 
Que ya estabas aquí

Dicen que vienes,
y siempre es tiempo, pues te esperamos
en la tierra sedienta de milagros,
en la duda que nos muerde,
en el sollozo ajeno
que estremece
e inquieta.
Te esperamos en el fracaso
que nos derriba,
y en el triunfo
(que no nos vuelva islas distantes),
en el perdón que se nos escapa,
en la calma que no alcanzamos.
Te acercas
en el vendaval que a veces nos sacude,
en el arrumaco que nos aquieta.
Te nos llegas, sorprendente.
Desbordas
nuestra espera de palabras nuevas
con respuesta eterna.
Y estás muy dentro
y muy fuera.
Vienes volviéndolo todo del revés,
puerta imprevista
a un cielo de pobres y pequeños,
hombro en que se recuestan
los heridos, los culpables,
los enfermos.

Ya, Señor,
Dios-con-nosotros,
Dios nuestro.

(José María Rodríguez Olaizola, jesuita)









IV Domingo de Adviento - A: El sueño de San José

 


CUARTO domingo de Adviento (ciclo A). El sueño de san José.
Compartimos la reflexión del P. Adolfo Franco, jesuita

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Doctrina Social de la Iglesia - 48. La Globalización V

 


P. Ignacio Garro, jesuita †


8. LA GLOBALIZACIÓN

Continúa...


8.8.- El apoyo del neoliberalismo económico: del ser al deber ser

Pero según los entendidos, ni las estrategias político-comerciales son suficientes para explicar en toda su amplitud el fenómeno de la globalización. Todo ello no hubiera ocurrido así sin el impulso ideológico que ha recibido de las teorías económicas neoliberales. El neoliberalismo ha convertido lo que era un hecho masivo y pluridimensional, en un ideal y un horizonte hacia el que encaminar toda la sociedad mundial.

Ahora bien, no hay que pensar que el neoliberalismo es solamente un propuesta económica sobre las ventajas del mercado para regular la economía y sobre la necesidad de reducir las dimensiones y las funciones del Estado. El liberalismo, lo sabemos, es partidario de que las funciones del Estado sean mínimas, que participe lo menos posible con sus empresas estatales en el comercio, en la industria, etc, a lo máximo que regule ampliamente estas áreas pero que no sea el Estado el que entra en el mundo de la Empresas ni del comercio. Todo este mundo pertenece a la Empresa libre y privada. En el sistema neoliberal se asigna una relevancia notable a la libertad individual, al libre comercio y a la competitividad. Con esto estamos pasando, imperceptiblemente, de los aspectos económicos de la globalización a la transformación cultural que ello lleva consigo.

El neoliberalismo no es un cuerpo de doctrinas homogéneas, sino más bien una tendencia intelectual y política en las que priman las actuaciones económicas de los agentes individuales sobre las acciones políticas de sociedad organizada, ya sean grupos políticos formales o informales, como gremios, asociaciones, etc. Por  eso promueve todo lo que garantice la libertad de acción de estos agentes individuales, y defiende con vigor la propiedad privada de los medios de producción, la apropiación de las ganancias y el mantenimiento asegurado de los patrimonios.

 

8.8.1.- Consecuencias de la globalización. Indicadores de graves injusticias en la actual  “aldea global”.

Nadie negará que la globalización ha facilitado los intercambios entre los pueblos: ante todo, los económicos, comerciales y financieros; y también los culturales y humanos y por lo tanto sociales y políticos. Hoy las oportunidades para todos son, en principio, mucho más abundantes que antes y a la vez hay que reconocer que hasta ahora la globalización ha desencadenado prevalentemente desajustes, divisiones, dividiendo el mundo actual en “conectados” y “desconectados”; entre los que tienen acceso relativamente fácil a las nuevas tecnologías y los que quedan excluidos de las mismas.

El peligro de la globalización, radica, sobre todo, en que ella sirva y potencie sólo a los “conectados”, es decir, a los más ricos y fuertes, ya sean pueblos o personas, y olvide a los “desconectados”, o sea, a los más débiles y pobres, ya sean personas o países enteros. La globalización tiene un fallo humano principal y es que por ahora adolece de solidaridad, es decir, no es solidaria, pero no por el método, o la forma, sino por los que la usan de manera unilateral e insolidaria. Esta insolidaridad por su propio mecanismo lleva a que cada vez haya más diferencias y separación entre los países ricos y los países pobres.

El día que la humanidad tenga mecanismos de controlar oportuna y equilibradamente este proceso de globalización, las posibilidades de progreso en términos de eficacia, organización, productividad, difusión conocimientos, de mejora del nivel de vida y de aproximación cultural y humana entre los pueblos, sus aplicaciones son ilimitadas. Los riesgos de la globalización son: “homogeneización” cultural y sociológica empobrecedora (todos querrán vivir  como viven las culturas dominantes: EEUU; Europa, Japón, etc) desapareciendo la peculiaridad, riqueza y diversidad de las culturas indígenas y autóctonas; en el ámbito intelectual racional el “uniformismo” en la forma de pensar es el denominado “pensamiento único”. Es decir, hay que aceptar las ideologías dominantes del neocapitalismo liberal, creando una masificación despersonalizante, excluyendo toda originalidad y creatividad de los pueblos autóctonos y libres y, sobre todo, exclusión de los pueblos pobres de la participación de los bienes universales de la tierra.

En el nivel económico hay una predominancia del pensamiento neocapitalista en el que el dinero, las ganancias, son más importantes que las personas que las crean. La aplicación de la globalización ha facilitado una mayor y mejor productividad pero no ha redistribuido equitativamente la riqueza con los más necesitados, al contrario ha ayudado a los más ricos a que sean cada vez más ricos con subsidios y ayudas en el área agrícola, industrial, etc, como ocurre con los agricultores de EEUU, Europa y Japón.

Mirando la actual situación económica y social mundial con los “ojos de los de abajo”, que han quedado al margen del bienestar, se habla de la “glocalización”, [1] que es preservar la propia identidad local, personal y comunitaria en medio de un mundo globalizado, es decir, tomar lo mejor de la globalización en el ámbito de las técnicas informáticas y de las técnicas del conocimiento y vivir el propio desarrollo y progreso sin perder la identidad de lo que es propio de una persona, de un grupo social o económico.

A pesar de todo lo expuesto y tal y como funciona hoy día el sistema mundial. ¿No sería más razonable hablar de “conquista” de la ideología neocapitalista que de “globalización” como intercambio de conocimiento, cultura y bienestar? ¿O no podríamos pensar más bien que a la ideología neoliberal y capitalista le viene muy bien el proceso de globalización con su ideología neocapitalista para dominar más sutilmente todo el Tercer Mundo y Cuarto Mundo? ¿Y qué tal vez por eso la promueven tanto? Pues, a mayor globalización (de los países ricos) mayor dominio sobre los países pobres. Los expertos en esta materia piensan que la solución podría estar en un término medio, en espera de mejores soluciones históricas, es decir, vivir en la “globalización” aprovechando todas los avances que nos proporciona, sin perder la identidad con las características múltiples que puede ofrecer la “glocalización”.

Por ello el proceso imparable de la globalización exige un discernimiento ético muy serio, que sepa poner en el centro del proceso a la persona humana, que sepa respetar el medio ambiente, es decir, crear un desarrollo autosostenible, sin eliminar grandes extensiones de selvas, talas de bosques, etc, y promoviendo más bien un desarrollo equilibrado, autosostenible y justo de todos los pueblos. Urge construir una estrategia positiva y eficaz para hacer que la globalización esté al servicio de todo el hombre, y no solamente de aquel que los filósofos llaman “homo oeconomicus”, hombre consumidor, compulsivo en adquirir cosas, para el que lo importante es comprar, tener objetos, ser propietario de ... cosas, olvidándose de los demás hombres que le rodean que carecen de lo más necesario para vivir dignamente.

Lo que importa de verdad es globalizar también los derechos humanos y sociales y la justicia social, la emigración pudiendo cualquier ciudadano del mundo emigrar libremente a cualquier país del mundo. El gran reto para la globalización, que deben de fomentar los países ricos, es procurar y conseguir el verdadero desarrollo humano, económico, cultural y social de todos los pueblos. No olvidemos, como hemos dicho anteriormente, que sólo el 20% de la humanidad (1.200 millones de personas) participa de este proceso de globalización efectiva, ¿dónde queda el 80% de la población mundial (4.800 millones de personas) restante?. [2]

Si pretendemos que la globalización sea algo más que un simple término retórico, resulta imprescindible desarrollar, sin reparar en el coste, el concepto de “interdependencia”, es decir, todos dependemos de todos. Todos necesitamos de todos. Empresas, trabajadores, agricultores, sindicatos, asociaciones culturales, colegios de abogados, arquitectos, universidades, la Iglesia Católica y otras denominaciones religiosas, asociaciones comunales, municipales, partidos políticos, gobiernos locales y gobiernos nacionales, dentro de un concierto mundial, todos, debemos sentirnos miembros de una misma familia humana y hacer propia la necesidad ajena configurando un único Bien Común, el Bien de la Humanidad.

Acabemos este apartado con las palabras de J. Pablo II en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero de 1998, al afirmar: “La globalización de la economía y de las finanzas es ya una realidad y siempre más claramente va recogiendo los efectos de los rápidos progresos ligados a las nuevas tecnologías informáticas. Nos encontramos en el umbral de una nueva era, que conlleva grandes esperanzas e interrogantes inquietantes, ... Es necesario no perder nunca de vista la persona humana que debe ser puesta en el centro de todo proyecto social, ... El desafío, ciertamente, es el de asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen”. [3]

 

8.9.- Algunos principios de la DSI aplicables al fenómeno de la globalización    

Seleccionamos tres puntos mutuamente complementarios. El primer principio es más genérico: la prioridad de la persona humana. El segundo más directamente relacionado con la economía. El tercero se refiere más propiamente a la dimensión mundial de la economía y de las discriminaciones y desigualdades que en ella se originan

8.9.1.- Prioridad de la persona humana

Que la persona humana es principio, sujeto y fin de todas las actividades e instituciones sociales y, específicamente de las socioeconómicas, quedó ya afirmado en el Conc. Vat II, y está en el núcleo central de la doctrina de J. Pablo II como un principio que ha de presidir cualquier consideración de los hechos económicos en relación con la persona humana.

Estos tres términos: la persona como sujeto, medio y fin, merecen  alguna explicación para que no se interprete como una pura acumulación retórica de palabras sin sentido:

- La persona como sujeto: el primer principio que ha de regir “la globalización es que es un hecho humano, y por ello, a priori la globalización no es ni buena ni mala. Será lo que la gente quiere que sea”, (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias sociales, 27 abril, 2001); “es un signo claro de los tiempos y por lo tanto no es intrínsecamente perversa sino que constituye un reto moral en el que hay que descubrir los aspectos positivos y evitar los negativos”, (Discurso en el Congreso Universitario, 9 de abril, 2001; por lo tanto la globalización por tratarse de un hecho humano los principios que han de orientarla habrá que buscarlos en la persona humana y en los principios que regulan las relaciones sociales humanas teniendo como fin el bien común. Por lo tanto el ser humano tiene que tomar parte activa en la vida de la sociedad en todas sus manifestaciones, sin resignarse a ser sólo beneficiaria de la acción del  Estado, por muy positiva que ésta sea para los ciudadanos.

- La persona como medio:  es la persona humana la que ha  de dar sentido  a todas las actividades humanas y sociales, ya sean culturales, sociales económicas, políticas o de cualquier otra índole. Esto lo dejó bien claro la encíclica “Pacem in terris”, en la que los derechos humanos son presentados como base de una convivencia pacífica, en justicia, tanto en el nivel nacional como internacional. La prioridad de la persona, se concreta en subordinar todo el orden social y las actividades que en él se desarrollan a la efectiva realización de los derechos humanos como derechos universales.

 - La persona humana como fin: El primer principio que ha de regir la globalización “es el valor inalienable de la persona humana, fuente de todos  los derechos y de todo orden social. El ser humano ha de ser siempre un fin y nunca un medio, un sujeto personal y no un objeto, y tampoco un producto comercial”, (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias sociales, 27 abril, 2001). Por lo tanto el fenómeno de la globalización no es el fin de la economía sino la persona humana es el fin. Aunque nadie duda de este orden de medios a fines, en la práctica es frecuente que las cosas se organicen de forma bien diferente.

Por eso la encíclica “Laborem exercens” resalta la prioridad del trabajo humano sobre la importancia del capital. Sin embargo en el contexto de globalización de hoy se da prioridad principal al capital y no al trabajo humano. Es el capital el que impone las leyes, reglas de juego, intereses comerciales etc, en detrimento del trabajo humano. Se produce así una subordinación total de toda la actividad económica a los dictados de la eficiencia económica y financiera, es decir lo importante es ganar dinero, y cuanto más y más mejor.

8.9.2.- Un modelo mixto de economía

La DSI fue siempre enemiga de cualquier sistema totalitario, ya sea del totalitarismo estatal socialista y comunista como del totalitarismo del capitalismo salvaje. Por eso se opuso con todo vigor al socialismo en sus formas más radicales al final del S. XIX y comienzos del S. XX. Pero tampoco aprobó las reglas de juego que proponía el capitalismo salvaje.

Esto explica que desde los comienzos del S. XIX hasta los bien entrados del S. XX los documentos oficiales de la Iglesia mantuvieran una postura muy crítica respecto a ambos sistemas. No es extraño que emprendiese la búsqueda de una vía alternativa capaz de eliminar lo que más rechazaba de uno y otro sistema. Por eso tanto las encíclicas “Rerum novarum” (1891), como “Mater et magistra” (1961) vieran con buenos ojos la evolución que se produce en el socialismo y en el capitalismo hacia un modelo mixto de economía, que rechace los aspectos injustos y totalitarios y aprueba en buena armonía lo mejor de cada sistema. Y “Mater et magistra” dice: “Como tesis inicial, hay que establecer que la economía debe ser obra, ante todo, de la iniciativa privada de los individuos, ya actúen por sí solos, ya se asocien entre sí de múltiples maneras para procurar sus intereses comunes.

Sin embargo, por las razones que ya adujeron nuestros predecesores, es necesaria también la presencia activa del poder civil (el Estado, legítimamente constituido) en esta materia, a fin de garantizar, como es debido, una producción creciente que promueva el progreso social y redunde en beneficio de todos los ciudadanos”, M et M nº 51-52.

La necesidad de esta presencia simultánea y complementaria de la iniciativa privada y la autoridad pública del Estado queda refrendada por la experiencia histórica. Esta apuesta de la Iglesia por un sistema mixto se ha mantenido hasta Juan Pablo II, que lo vuelve a proponer como el mejor sistema, tanto para los países que salen del colectivismo comunista cuanto para los que luchan por superar el  subdesarrollo.

Por eso podemos afirmar: La complementariedad entre la iniciativa privada y una instancia que vigile y cuide los intereses generales seguirá siendo necesaria a escala planetaria, aunque las dificultades para arbitrar fórmulas concretas y operativas van a ser ahora muy superiores.

8.9.3.-  Desarrollo integral y solidario

Es en el Conc. Vat. II donde se aborda el concepto de desarrollo como categoría ética con implicaciones sociopolíticas y económicas. Sus exigencias se formulan frente a las tendencias dominantes de la época: por una parte a confundir desarrollo como mero crecimiento económico; por otra, a promover el desarrollo económico sin prestar atención a los efectos sobre  los países más pobres. También la “Gaudium et Spes” formula con precisión las dos exigencias de todo desarrollo que aspire a llamarse humano: que sea desarrollo de toda la persona (integral) y que este desarrollo no se haga con unos a costa de otros, (que sea solidario). “Populorum progressio”, nº 20-21 también aclara bien el tema y finalmente J. Pablo II en “Sollicitudo rei socialis”, toca el tema del de una visión cristiana del desarrollo. Para ello recurren a la fe cristiana en la creación y en la salvación. Creación y salvación en Cristo, SRS, nº 30-31.



[1] Filósofo alemán Ralf Dahrenddorf, entrevista, periódico el País, 20 nov. 2003.

[2] En un cálculo aproximado por técnicos en demografía y calidad de vida del PNUD, (Organismo de la ONU), en el año 2000, a nivel mundial, de estos 4.800 millones de personas aproximadamente 800 millones, viven en Países en Vía de Desarrollo (PVD) con una renta media entre 10 y 15 dólares diarios por persona; otros 700 millones, también en PVD con renta baja entre 4 y 8 dólares diarios por persona; otros 1.500 millones viven en países pobres con una renta muy baja de 2 dólares diarios por persona; otros 1.000 millones con renta mínima de 1 dólar diario por persona; y 800 millones con una renta miserable de menos de 1 dólar diario por persona.

[3] J. Pablo II, XXXI. Mensaje para la jornada Mundial de la Paz, 1998, 3 , en AAS, 90,(1998) 147-156.


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Damos gracias a Dios por la vida del P. Ignacio Garro, SJ † quien, como parte del blog, participó con mucho entusiasmo en este servicio pastoral, seguiremos publicando los materiales que nos compartió.


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