El Pan bajado del cielo




P. Adolfo Franco, jesuita.

DOMINGO XX
del Tiempo Ordinario

Juan 6, 51-58

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne, para vida del mundo.» Discutían entre sí los judíos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como aquel que comieron vuestros antepasados, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»
Palabra del Señor.

Dios es el que alimenta nuestra vida por eso Jesús se convirtió en la Eucaristía como nuestro alimento.

Jesús en este párrafo del evangelio, que meditamos este domingo, nos hace afirmaciones maravillosas, que desafían nuestra fe, pero que también nos llenan de ilusión: Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. El que coma este pan vivirá eternamente. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. El que me come vivirá por mí. Todo esto se está refiriendo a la Eucaristía, a lo que El daría generosamente a sus Apóstoles en la Ultima Cena, y en ellos nos lo entregaría a todos nosotros al decirles: Hagan esto en conmemoración mía.

¿A dónde nos lleva todo esto? La Eucaristía es Cristo vivo, y está destinada a convertirse en mi alimento. En alimento de mi vida: esa vida total mía, que está necesitada de un alimento especial, y que sólo El me lo puede dar. Mi alma necesita a Jesús mismo como alimento. Decimos algunas veces que nos alimentamos de ilusiones, o que la lectura es un alimento. Pero ahí el alimentar se está tomando como una metáfora. En cambio en este caso no es una metáfora: Jesús es realmente el alimento de nuestra vida; El mismo se encarga de conectar este alimento con la vida que produce. Sin este alimento no vive nuestra vida.

¿Cómo nos alimenta Jesús? El alimenta nuestra vitalidad interior; nuestra capacidad de amar, se alimenta y crece, cuando Jesús entra en nuestro interior, para ser asimilado. El alimenta nuestra fe, y ésta se hace más viva. Jesús, al entrar como alimento fortalece nuestra conducta: ese espacio donde se toman las decisiones importantes queda nutrido por Jesús como alimento. Todo lo que es vivo en nuestro interior se alimenta con Jesús, cuando lo recibimos con plena conciencia. Nuestras ilusiones, nuestros amores, nuestros ideales, todo queda nutrido por Jesús; un yo alimentado por Jesús, es un yo fuerte y firme, con un gran sentido de la entrega y con una capacidad de amar grande.

Naturalmente si continuamos desarrollando este asunto del alimento, tenemos que detenernos sobre cómo se asimila el alimento. Un alimento para alimentar debe ser asimilado. Que Jesús sea acogido, y se le permita ir por nuestros sistemas vitales para nutrir cada rincón de nuestra vida. Un alimento de verdad nos nutre, si a través de nuestra sangre lleva sus nutrientes a cada rincón de nuestro organismo, a cada célula de nuestro cuerpo. De la misma forma, hay que hacer que Jesús convertido en alimento recorra todos los rincones de nuestro ser total, para nutrirlo. Y como es con su vida con lo que nos alimentamos, El puede decir que el que el que lo come vivirá por El.

Ese es el resultado de esta comida. El que come a Cristo vive por El, y debe llegar a la identificación con su vida; caminar hacia esa meta sublime, de que la vida de Cristo sea la que vive el sujeto que se alimenta de la Eucaristía. Es algo muy elevado lo que nos propone Jesús en este discurso, que vivamos no ya con nuestra vida sino con la suya. Al entrar El en nuestro corazón, termina produciendo esa invasión que quiere ser total, si es que le permitimos obrar y no le ponemos obstáculos. Pero no siempre dejamos que el Alimento-Jesús entre y recorra todo lo que somos por dentro para invadirlo. Hay zonas donde no llega, que parece que se le bloquean: no abrimos todas las compuertas para que El entre y disponga, decida, ocupe todos los espacios, sin dejar ningún átomo de nuestro ser sin recibirlo. Cada átomo de nuestra vida tiene que “comulgar”; y esto no siempre sucede.

Considerar esto debería hacernos exclamar, como decía Pascal: Alegría, alegría, lágrimas de alegría. Jesús entonces se convierte en mi vida de verdad. Con esta perspectiva adquieren sentido cada una de las afirmaciones que Jesús nos dirige en este párrafo del Evangelio de hoy: si no comemos su carne y bebemos su sangre no tenemos vida en nosotros. El que come de este pan vivirá para siempre; y Yo (sigue afirmando Jesús) lo resucitaré en el último día.

Es otro aspecto importante de este mensaje. La Eucaristía está íntimamente ligada a la resurrección, a la vida eterna. Comemos la semilla de la inmortalidad. El Cuerpo de Cristo que recibimos es el Cuerpo de Cristo resucitado. Y va formando en nosotros una vida tan indestructible, como la vida de Jesús es indestructible. Viviremos para siempre. Ya se nos está dando, por así decirlo un certificado de inmortalidad.

Realmente que la Eucaristía es uno de los grandes milagros de Dios. Es su presencia entre nosotros, para hacernos vivir con su propia vida, y regalarnos su propia eternidad.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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