204. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Hipocresía y vanidad de los fariseos


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IX. JESÚS SUBE A JERUSALÉN PARA LA FIESTA DE LA PASCUA

DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN HASTA LA ÚLTIMA CENA 

(Fines de Marzo - Primeros de Abril, año 30)


JESÚS ENTRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

204.- HIPOCRESÍA Y VANIDAD DE LOS FARISEOS.

TEXTOS

Mateo 23,1-12

Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos.
Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conduc­ta, porque ellos dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien las filacterias y bien largas las orlas del manto; van buscando los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame ‘Rabbí’.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar `Rabbí', porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie 'Pa­dre' vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar 'Preceptores', porque uno solo es vuestro Preceptor: Cristo.
El mayor entre vosotros sea vuestro servidor. "Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado."

Marcos 12,38-40

Decía también en su instrucción: "Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los prime­ros asientos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa."

Lucas 20,45-47

Estando todo el pueblo oyendo, dijo a los discípulos: "Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje y quieren ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas, y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas. Esos tendrán una sentencia más rigurosa."


INTRODUCCIÓN

Terminaba la vida pública del Señor. Todo su ministerio apostólico ha­bía sido jalonado con multitud de encuentros hostiles con los escribas y fariseos que le odiaban y querían su muerte; y que, además, impedían que el pueblo sencillo aceptase su mensaje, la llegada del Reino Mesiánico.

Es ahora, en el mismo Templo de Jerusalén, vísperas de su muerte, cuan­do el Señor pronuncia su discurso de anatemas contra los escribas y fari­seos. En él repite muchas de las acusaciones que había pronunciado en otras oportunidades. Su intención era la de poner en alerta a todo el pue­blo sobre la hipocresía, vanidad y malas obras de los que eran sus guías espirituales. Que ellos no cayesen en los mismos vicios y no se dejasen seducir por sus jefes.

Mateo es el que trae el discurso completo del Señor, cuya introducción es el pasaje que hemos transcrito arriba. Marcos y Lucas hacen un breví­simo resumen, como aparece en los textos transcritos. Pero Lucas nos expone los anatemas de Cristo contra los escribas y fariseos en otro con­texto. Todos estos anatemas los veremos en la meditación siguiente.


MEDITACIÓN

1) "Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta."

Los escribas y fariseos eran los encargados oficialmente de enseñar la Ley al pueblo judío. Tenían, pues, una legítima autoridad religiosa. Jesús comienza su discurso salvaguardando la autoridad religiosa. Y hace una clara distinción entre lo que es doctrina y conducta. En cuanto los escri­bas y fariseos se limitan a enseñar la Ley, la Escritura, en las sinagogas y en el Templo de Jerusalén, su enseñanza debe ser aceptada. Su conducta, sin embargo, no está de acuerdo con lo que enseñan; ellos no cumplen con la Ley de Dios. Por lo tanto, el pueblo, que debe seguir sus enseñan­zas, no ha de imitar su conducta.

Por las muchas veces que el Señor ha refutado doctrinas falsas de los fa­riseos y escribas, como por ejemplo lo referente al descanso sabático, comprendemos que no quiere decir que todo lo que digan los escribas y fariseos ha de ser admitido, sino solamente aquello que constituye su au­toridad: Enseñar la verdadera Ley de Dios; lo que es doctrina propia suya, sus interpretaciones arbitrarias y personales, y sus maneras de prac­ticar la oración, el ayuno, la limosna, no debían ser admitidas.

La doctrina del Señor es valedera dentro de la Iglesia. En la Iglesia son el Santo Padre, los Obispos, e incluso los mismos sacerdotes, los que tienen una legítima autoridad de enseñar las verdades de nuestra fe y de la mo­ral cristiana. En cuanto que ellos enseñan con esa autoridad, que viene dada por Dios, hay que obedecerles y seguir sus enseñanzas. Si su vida no se ajusta a lo que predican, será un pecado muy grave el que cometan y, de ordinario, será un gravísimo pecado de escándalo. Pero cualquier sacerdote, obispo, que imparte su enseñanza de acuerdo a la Tradición y Magisterio de la Iglesia, debe ser escuchado por todos los fieles. Por su­puesto, si se alejan de la verdadera doctrina y lo que predican son inter­pretaciones subjetivas que se apartan de la ortodoxia de la fe, deben ser rechazados.

Por la infinita misericordia del Señor, conocemos que el Papa, por espe­cial providencia de Dios y bajo la guía del Espíritu Santo, nunca podrá, en su magisterio oficial y universal a toda la Iglesia, errar en verdades de fe o de moral. Aunque conozcamos también que haya habido en la histo­ria de la Iglesia Papas cuya conducta no estaba de acuerdo con lo que en­señaban, conducta de pecados y de escándalos.

2) Primeras acusaciones del Señor a los fariseos y escribas

a) "Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas."

Los escribas y fariseos habían multiplicado los preceptos y normas mora­les que, como nos dice el Señor en otra oportunidad, se basaban, no en la Ley de Dios, sino en tradiciones puramente humanas. (Cfr. Mc 7, 13; Mt 15,7)

Y eran tremendamente duros e intransigentes con el pueblo, a quien obli­gaban a guardar todos esos innumerables preceptos, que ellos mismos no observaban. Y para señalar este rigor y dureza de los escribas y fariseos pone la comparación de aquel que pone tal peso en una bestia de carga que no la deja caminar; se hunde ante el peso de la carga.

b) "Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres."

El Señor ya había acusado a los fariseos de su gran vanidad y de buscar en todo, aun en las obras de culto a Dios, la alabanza humana. Encontra­mos estas acusaciones en el Sermón del Monte: "Cuando hagas limosna no 19 vayas trompeteando por delante como lo hacen los hipócritas (los fariseos y escribas) en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres." (Mt 6,2)

"Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las si­nagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados, para ser vistos de los hombres." (Mt 6,5)

"Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfi­guran su rostro para que los hombres noten que ayunan." (Mt 6, 16) Buscaban además ocupar los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, considerándose muy superiores a los demás. (Cfr. Medit. 159)

Hasta en la manera de vestir buscaban llevar ropas especiales y procura­ban que sus filacterias y horlas o flecos de sus mantos se distinguiesen de los que llevaba la gente ordinaria. Las filacterias eran pequeños estuches en que guardaban trozos de pergamino, donde estaban escritos algunos textos de la Ley y colocaban en los brazos o en la frente. De ordinario se las ponían en tiempo de oración, pero los fariseos las llevaban con fre­cuencia durante todo el día. Los textos principales que solían escribirse en los pergaminos eran Dt. 6,4-9; 11,13-32; Ex. 13, 2-16, textos funda­mentales en el credo del pueblo de Israel.

También les gustaba ser saludados por todos en las calles con reverencia y dándoles el título de "Rabbí", equivalente a "Maestro".

Toda esta vanidad nos muestra en los escribas y fariseos un corazón so­berbio, muy pagado de sí mismo, y que pone su tesoro en la alabanza de los hombres. En ese corazón no puede entrar Dios, y todas las obras que broten de ese corazón, aunque aparentemente sean buenas, quedan vicia­das por la soberbia y la vanidad. No merecen ningún premio, sino la reprobación por parte de Dios.

c) "Devoran la hacienda de las viudas."

Marcos y Lucas añaden esta acusación del Señor. Los escribas y fariseos, aprovechando su fama de hombres santos y su prestigio como maestros de la Ley, exigían remuneraciones de las viudas, a las que sin escrúpulo alguno privaban aun de los pocos bienes que tenían. Contra ellos el jui­cio de Dios será muy severo. Dios vela especialmente por las personas más desvali­das que no tienen quien las defienda, como era el caso de las viudas en aquellos tiempos.

3) Exhortación a la humildad

El Señor hace un paréntesis en su discurso contra la soberbia y vanidad de los fariseos y escribas, para hacer una exhortación a sus discípulos so­bre cuál debe ser su comportamiento, fundado en la humildad y sin bus­car las alabanzas humanas.

El Señor pone varios ejemplos concretos para inculcar el espíritu con que siempre deben proceder sus discípulos. No es que niegue la licitud de usar esos títulos, necesarios y comunes en toda sociedad. La paternidad humana y la paternidad espiritual pueden ser reconocidas con el título de "padre"; el oficio de enseñar también es reconocido con el título de "maestro"; y así de cualquier otro título común con el que se significa las relaciones existentes dentro de una sociedad, sea civil o religiosa.

Lo que el Señor quiere decir es que un cristiano cualquiera que tenga un puesto de autoridad o de privilegio, nunca puede buscar esos títulos por sí mismos, y aprovecharse de ellos para buscar honores y recompensas humanas; y, por otra parte, sentirse superiores a los demás y despreciar­los. Y tampoco se deben aceptar prescindiendo de Dios. Toda autoridad viene de Dios y hace referencia a Dios. Y toda autoridad es concedida por Dios, no para beneficio propio, sino para bien de los demás. El que tenga más autoridad y reciba más títulos de aprecio debe considerarse el servidor de todos.

Y cuanta más autoridad, mayor ha de ser su entrega en el servicio a los demás, sin dejarse llevar de su egoísmo y de las ventajas que pueda re­portarle su cargo. (Cfr. Medit.188)

Y repite el Señor la sentencia que ya ha dicho en otras oportunidades: "Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado."(Cfr. Lc 14,11; 18,14) Es Dios el que humilla y exalta. El ca­mino de la verdadera gloria de los hombres está en la humildad, en reco­nocer su nada y miseria delante de Dios, en reconocer que todo lo debe a Dios, y en servir con amor y sencillez a sus hermanos, sin jamás creerse superior a ninguno de ellos. A quien vive y obra así, Dios le llenará de sus gracias y dones y su recompensa será muy grande en el Reino de los Cielos. Por el contrario, la soberbia y la vanidad del hombre terminarán en su humillación y en su ruina humana y moral, y en su propia condena­ción.

Nuestra Madre, la Santísima Virgen, ya cantó en su himno de acción de gracias a Dios, el "Magnificat", los designios de Dios sobre los soberbios y los humildes: "Dispersa a los soberbios de corazón..., y enaltece a los humildes." (Lc 1, 5 1-52)


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Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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203. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Cristo, hijo y señor de David

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IX. JESÚS SUBE A JERUSALÉN PARA LA FIESTA DE LA PASCUA

DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN HASTA LA ÚLTIMA CENA 

(Fines de Marzo - Primeros de Abril, año 30)


JESÚS ENTRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

203.- CRISTO, HIJO Y SEÑOR DE DAVID

TEXTOS

Mateo 22,41-46

Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús esta cuestión: "¿Qué pensáis acerca de Cristo? ¿De quién es hijo?" Dícenle: "De David." Re­plicó: "¿Cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor cuando dice:
‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies'?
Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?" Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a pre­guntarle más.

Marcos 12,35-37

Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: "¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo:
`Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies.'
El mismo David le llama Señor; ¿Cómo entonces puede ser hijo suyo?" La muchedumbre le oía con agrado.

Lucas 20,41-44

Les preguntó: "¿Cómo dicen que el Cristo es hijo de David? Porque Da­vid mismo dice en el libro de los Salmos:
`Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra
hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies.'
David, pues, le llama Señor; ¿Cómo entonces puede ser hijo suyo?"


INTRODUCCIÓN

El Señor advierte que sus adversarios no le proponen ya nuevas pregun­tas; no se atreven por temor a quedar de nuevo confundidos por la sabi­duría de sus respuestas. Y es ahora el Señor quien les hace una pregunta con el deseo de hacerlos reflexionar sobre la naturaleza del Mesías. Cris­to les manifiesta la naturaleza divina del Mesías e, implícitamente, les está confirmando su propia naturaleza divina. Una última oportunidad para que sus adversarios se conviertan y le reconozcan a él como el ver­dadero Mesías, Hijo del Padre.


MEDITACIÓN

Cristo lo que quiere enseñar a sus adversarios es que el mismo rey David reconocía al Mesías como un ser muy superior a sí mismo, a quien llama "su Señor", y dice de él que está sentado a la diestra de Dios.

Todos reconocían que el texto del Salmo profético de David-se refería al Mesías:

"Oráculo de Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies. (Salmo 110, 1)"

Jesús cita el Salmo de David cambiando algo la primera parte.

En vez de decir: Oráculo de Yahveh a mi Señor, dice: "Dijo el Señor a mi Señor."

Jesús aplica la palabra "Señor" por igual a Dios y al Mesías. Y además dice que el Mesías se sentará a la diestra de Dios. Estar sentado a la dies­tra de Dios, significa que el Mesías participará de su mismo poder y dig­nidad.

Por lo tanto, Jesús está indicando que el Mesías, aunque en la carne fue­se hijo de David, como estaba anunciado en las Escrituras, era algo muy superior a un mero hombre. Siendo descendiente, hijo de David, éste le llama "mi Señor" y reconoce en él la suprema dignidad de estar sentado a la diestra de Dios. Si solamente fuera un mero descendiente suyo según la carne, no tendría sentido que David le llamase "mi Señor".

El Mesías sí era hijo de David; pero, principalmente, era. Hijo de Dios, enviado por el Padre para cumplir su misión redentora.

Acabada su misión volvería donde el Padre y se sentaría a su diestra, es decir, participaría de todo poder al igual que Dios, y sería Señor al que todas las gentes tendrían que adorar como adoraban a Dios.

Jesucristo se había declarado muchas veces Hijo de Dios, enviado del Padre; que desde toda la eternidad vivía junto a él; que él no era de aquí abajo sino de "arriba". Y también había declarado que tenía todo poder sobre la vida y la muerte, y que era el juez que habría de juzgar a todos los hombres al final de los tiempos. Había, pues, manifestado su natura­leza divina, igual al Padre.

De esto se habían escandalizado los escribas y fariseos y todos sus otros adversarios. Jesús les muestra ahora cómo el gran rey David ya había profetizado la naturaleza divina del Mesías.

Los Evangelistas al transmitirnos esta enseñanza de Jesús, la entienden como una nueva revelación del origen divino de Cristo.

Los Santos Padres han considerado que en este pasaje del salmo davídico se anuncia la divinidad de Cristo.


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Examen de la oración


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202. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - La resurrección de los muertos


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IX. JESÚS SUBE A JERUSALÉN PARA LA FIESTA DE LA PASCUA

DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN HASTA LA ÚLTIMA CENA 

(Fines de Marzo - Primeros de Abril, año 30)


JESÚS ENTRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

202.- LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

TEXTOS

Mateo 22,23-33

Aquel día se le acercaron unos saduceos, esos que niegan que haya resu­rrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriese sin tener hijos, su hermano se casará con la viuda, para dar descendencia a su hermano. Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y murió; y, no teniendo descendencia, dejó su mujer a su herma­no. Sucedió lo mismo con el segundo, y con el tercero, hasta los siete. Después de todo murió la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque todos la tuvieron."
Les respondió Jesús: "Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. Pues en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo. Y en cuanto a la resu­rrección de los muertos, ¿no habéis leído aquellas palabras de Dios cuan­do os dice: 'Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?' No es un Dios de muertos, sino de vivos."
Al oír esto, la gente se maravillaba de su doctrina.

Marcos 12,18-27

Se le acercaron unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el her­mano de alguno y deja la mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el se­gundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió tam­bién la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Pues los siete la tuvieron por mujer."
Jesús les contestó: "¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de en­tre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿No habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: `Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?' No es un Dios de muertos, sino de vivos. Andáis muy equivocados."

Lucas 20,27-40

Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay re­surrección, le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si mue­re el hermano de alguno que estaba casado y no tenía hijos, que su herma­no tome a la mujer para dar 'descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Pues los siete la tuvieron por mujer."
Jesús les dijo: "los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en el otro mundo y en la resu­rrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado tam­bién Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor 'el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob'. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven."
Algunos de los escribas le dijeron: "Maestro, has hablado bien." Y ya no se atrevían a preguntarle nada.


INTRODUCCIÓN

Esta vez son los saduceos los que, probablemente instigados también por los fariseos, se presentan ante el Señor para interrogarle.

Y es clara la intención que llevan: burlarse del Señor y dejarle en ridícu­lo delante de la gente que lo escuchaba.

Los saduceos venían a constituir la aristocracia dentro del pueblo judío. Pertenecían a la casta sacerdotal y habían tomado el nombre de "saduceos" del sumo sacerdote "Sadoc" que ejerció su oficio en los rei­nados de David y Salomón (Cfr. 2 Sam.8, 17; 15, 24). Se caracterizaban por su escepticismo religioso y por su vida de lujo y comodidades; eran muy ajenos a la vida del pueblo y estaban muy distanciados de él. Ellos no creían en la resurrección de los muertos, y por eso le proponen al Se­ñor el ejemplo de siete hermanos, que, por cumplir con la ley de levirato, sucesivamente se fueron casando con la misma mujer sin dejar ningún hijo. Si existiese la resurrección de los muertos se daría un grave con­flicto en la otra vida: ¿De cuál de los hermanos podría considerarse esa mujer una verdadera esposa, ya que había estado casada con los siete? El ejemplo mismo que ponen ya es ridículo; lo que pretendían era que el Señor, no pudiendo dar una respuesta satisfactoria a su pregunta, queda­se desprestigiado.

Según la ley del levirato (Cfr. Deut. 25,5-10), cuando varios hermanos vi­vían juntos y uno de ellos, casado, muere sin dejar hijos, otro de los her­manos debía tomar a la esposa del difunto para poder tener descendencia de ella y que la descendencia continuase el nombre de la familia, y poder así también conservar los bienes patrimoniales del hogar.

El Señor, con paciencia y serenidad suma, se digna responder a la pre­gunta malintencionada de los saduceos. Y serán ellos los que queden desprestigiados y confundidos ante todos los oyentes. Por el contrario, la gente, al oír la respuesta del Señor, "se maravillaba de su doctrina".


MEDITACIÓN

1) "Estáis en un error por no entender las Escrituras ni el poder de Dios."

Como dijimos, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos; pero los fariseos, y la gente sencilla que les seguía, tenían una idea equi­vocada respecto a cómo sería la vida después de la resurrección. Ellos creían que la vida de los hombres sería muy similar a la que tenían sobre la tierra, con sus necesidades y sus instintos; la diferencia estaba en que sería una vida feliz donde el hombre, sin enfermedad ni dolor alguno, pudiese satisfacer todos sus deseos.

El Señor afirma la resurrección y nos indica que esta verdad de fe estaba ya anunciada en las Escrituras. Una supervivencia del justo, como pre­mio a sus buenas obras durante su vida, la encontramos en muchos pasa­jes del Antiguo Testamento; pero la misma resurrección aparece clara en algunos textos.

"Revivirán tus muertos, sus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo, los moradores del polvo." (Is 26,19)


"Bien sé yo que mi Defensor está vivo, y que él, el último,
se levantará sobre la tierra.
Después con mi piel me cubrirá de nuevo, y con mi carne veré a Dios Yo, sí, yo mismo le veré, le mirarán mis ojos, no los de otro." (Job 19,25-27)

"Al llegar a su último suspiro dijo: 'Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros, que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna. " (2 Mac. 7,9)

Y podemos decir que los capítulos del 2 al 5 del libro de la Sabiduría son también una revelación anticipada, aunque algo velada, de la resurrec­ción de los justos.

Pero será el Señor el que, en su Evangelio, nos repetirá muchas veces la verdad de esta resurrección, centro de nuestra fe y esperanza cristiana, y que fue predicada, desde el comienzo de la actividad misionera de la Iglesia, por todos los apóstoles.

Y el Señor, a continuación de decirles que no comprendían las enseñan­zas de las Escrituras, les añade que tampoco comprenden el poder de Dios. Dios, infinito en su poder, Creador de cielos y tierra, tiene también el poder de resucitar a los muertos y con una resurrección de naturaleza muy distinta a como la concebían los fariseos. Los cuerpos resucitados ya no tendrán ningún género de necesidades materiales; serán transfor­mados a la manera de cuerpos espirituales, a imitación de los ángeles, y gozarán de la incorrupción y participarán de la misma gloria de Dios. San Pablo nos describirá la naturaleza de esta resurrección:


"Así también en la resurrección de los muertos:
se siembra corrupción, resucita incorrupción;
se siembra vileza, resucita gloria;
se siembra debilidad, resucita fortaleza;
se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual." (1 Cor 15,42-44)

Esta es la grandeza del poder de Dios capaz de resucitar a los muertos y transformar los cuerpos viles y miserables que tuvimos durante la vida, en cuerpos llenos de luz, de gloria, de inmortalidad.

En la otra vida, pues, no habrá matrimonios ni se sentirán las concupis­cencias de la carne. Seremos como ángeles de Dios, en continua alaban­za y adoración de la Santísima Trinidad, y en felicísima participación de toda la infinitud de la bondad y del amor de Dios.

Quien crea en Dios y en su poder infinito no podrá dudar jamás que su poder se extiende hasta el hecho de la resurrección de los muertos; y si El nos lo ha revelado, la santa y consoladora obligación del hombre será prestar su asentimiento a esta verdad de fe.

2) "Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos."

Los saduceos parece que no admitían como verdadera Escritura Santa sino el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia, lo que se lla­maba el Libro de la Ley. Por eso el Señor escoge un texto del libro de Éxodo para probar que los muertos resucitan.

El texto que utiliza el Señor se refiere a la definición que Dios da de sí mismo a Moisés cuando sale a su encuentro en el monte Horeb y se le aparece en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Dios dice a Moisés: "Así dirás a los hijos de Israel: Yahveh, el Dios de vuestros pa­dres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha en­viado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación." (Ex.3, 15)

El argumento es fácil de entender. Si los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob hubieran vuelto a la nada con su muerte, Dios no podría llamarse Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Dios no puede llamarse a sí mismo Dios de lo que no existe, Dios de la nada. Luego los Patriarcas siguen vi­viendo después de la muerte y están llamados a una vida plena de resu­rrección de sus cuerpos.

Podría decirse que las palabras del Señor probarían solamente la supervi­vencia del alma de los Patriarcas en el Sheol, a donde iban las almas de los justos después de la muerte. Esta era la creencia judía. Pero el Señor da a entender que la supervivencia del alma exige la resurrección de los cuerpos. Los judíos no concebían una vida auténtica y plena del hombre sin el cuerpo. Dios, que ha creado al hombre como ser compuesto de alma y cuerpo, y que es principio y origen de toda vida, infundirá de nue­vo en esos cuerpos muertos el soplo de vida y hará que resuciten para unirse al alma, y pueda así el hombre gozar de la plenitud de la vida que le corresponde. E implícitamente el Señor nos dice también que éste será el destino de todos los que mueran en su amistad, en su gracia.

Los saduceos y los que escuchaban las palabras del Señor entendieron el razonamiento. Algunos escribas que estaban escuchando alabaron su res­puesta; comprendieron perfectamente que era una confirmación de la creencia que ellos tenían, la creencia en la resurrección de los muertos.

La gente se maravillaba de su doctrina, nos dice Lucas. Los saduceos tu­vieron que retirarse confundidos y no se atrevieron a insistir en su pre­gunta o proponer otra nueva.

Con este episodio termina Jesús sus controversias con los escribas, fari­seos, herodianos y saduceos. Su sabiduría infinita había quedado mani­festada en sus respuestas; y por otra parte también manifestada la mala intención de los que le interrogaban y su gran ignorancia.

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Examen de la oración


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201. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - El tributo debido al César


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

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IX. JESÚS SUBE A JERUSALÉN PARA LA FIESTA DE LA PASCUA

DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN HASTA LA ÚLTIMA CENA 

(Fines de Marzo - Primeros de Abril, año 30)


JESÚS ENTRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

201.- EL TRIBUTO DEBIDO AL CÉSAR

TEXTOS

Mateo 22,15-22

Entonces los fariseos se fueron y deliberaron sobre la forma de sorpren­derle en alguna palabra. Le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios con franqueza, y que no te importa de nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece ¿es lí­cito pagar tributo al César o no?" Más Jesús, conociendo su malicia, dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tribu­to." Ellos le presentaron un denario. Y les dice: "¿De quién es esta ima­gen y la inscripción?" Dícenle: "Del César." Entonces les dice: "Pues lo del César, devolvédselo al César; y lo de Dios, a Dios." Al oír esto, que­daron maravillados y, dejándole, se fueron.

Marcos 12,13-17

Envían donde él algunos fariseos y herodianos, con el fin de sorprenderle en alguna palabra. Vienen y le dicen: "Maestro, sabemos que eres since­ro y no te importa de nadie, porque no miras la condición de las perso­nas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?" Pero él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: "¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea." Se lo trajeron y les dice: "¿De quién es esta imagen y la inscripción?" Ellos le contestaron: "Del César." Jesús les dijo: "Lo del César, devolvédselo al César; y lo de Dios, a Dios." Y se maravilla­ban de él.

Lucas 20,20-26

Quedándose ellos al acecho, le enviaron algunos espías, que fingieran ser justos, para sorprenderle en alguna palabra y poderle entregar al poder y autoridad del procurador. Y le preguntaron: "Maestro, sabemos que ha­blas y enseñas con rectitud, y que no tienes en cuenta la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no?" Pero él, habiendo conocido su astucia, les dijo: "Mostradme un denario. ¿De quién lleva la imagen y la inscrip­ción?" Ellos contestaron: "Del César." El les dijo: "Pues bien, lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios."
No pudieron sorprenderle en ninguna palabra ante el pueblo y, maravi­llados por su respuesta, se callaron.


INTRODUCCIÓN

Al atardecer del Lunes Santo el Señor volvió a Betania, y al día siguien­te, muy temprano, salió de nuevo para Jerusalén. Así nos lo parece indi­car San Marcos (Cfr. Mc 11,20). Como de costumbre, entró en el Templo y se puso a enseñar.

Los jefes de los judíos habían quedado humillados por el Señor el día anterior; pero no cesan en su afán de poderle coger preso. Los fariseos traman una estratagema para sorprender al Señor con preguntas malévo­las y capciosas. Esperaban que alguna respuesta que diese el Señor fuera motivo para condenarle y desprestigiarle ante el pueblo. Serán varias las preguntas que le harán. Pero el Señor con su sabiduría infinita contestará de tal manera que los que quedarán confundidos serán sus mismos adversarios. El Señor terminará su actividad en este Martes Santo con una acusación detallada de todos los vicios de los escribas y fariseos.

La primera de estas preguntas capciosas es la que vamos a considerar ahora. Notemos que los fariseos no quieren ser ellos mismos los que se presenten ante el Señor para interrogarle. Saben que el Señor conoce su hostilidad y suponen que a ellos no les responderá. Además no quieren ser de nuevo humillados por el Señor, como lo habían sido en otras oca­siones.

Por eso envían a algunos discípulos suyos y también a algunos herodianos. Estos últimos no formaban un grupo religioso sino que cons­tituían más bien una especie de partido político que apoyaba al rey Herodes. Más bien eran muy poco religiosos y se caracteri­za­ban por una vida bastante relajada en sus costumbres.

Los fariseos y los herodianos se consideraban enemigos entre ellos; pero se unen en su odio a Jesús y los herodianos se prestan al nuevo juego de los fariseos. Instruidos por ellos se presentan ante el Señor con una acti­tud totalmente hipócrita de alabanza y estima para captarse su benevo­lencia y confianza. Y es así como le proponen la pregunta sobre el pago del tributo al César.

Se discutía en las escuelas de los rabinos sobre la licitud de este pago. Para ellos era como un reconocimiento de la autoridad del César sobre el pueblo judío en contra de la fidelidad que debían exclusivamente a Dios, el único y verdadero Rey de Israel. La pregunta estaba muy bien pensa­da, porque cualquier respuesta que diese el Señor sería ocasión para condenarle. Si respondía que no, sería acusado ante las autoridades ro­manas y sería condenado por éstas; si respondía que sí, iría en contra del pensamiento popular del pueblo judío, de toda la gente que le estaba es­cuchando en el Templo, y todos se pondrían en su contra y a favor de los fariseos. Estos ya podrían prender a Jesús y condenarle según sus leyes. Meditemos la actitud de Cristo y su respuesta.


MEDITACIÓN

1) "Devolved al César lo que es del César"

Lo primero que hace el Señor es desenmascarar la hipocresía de los que le interrogan. El, que conoce lo que hay en el corazón del hombre, como tantas veces se nos dice en el Evangelio, nunca puede ser engañado, ni jamás podrá ser captada su benevolencia con sólo palabras de adulación. Palabras de alabanza que brotan de un corazón sincero, y acompañadas de buenas obras, sí serán gratas al Señor y atraerán toda clase de gracias y beneficios.

Y la respuesta que da el Señor deja confundidos a sus adversarios y ma­ravillados a todos los que le escuchan. Al mismo tiempo esa respuesta establece un principio básico de conducta humana con relación a sus de­beres con la autoridad civil.

¿Qué significa "devolver al César lo que es del César"? De hecho, la si­tuación concreta del pueblo judío era de sumisión al Imperio Romano. Estaban bajo las autoridades del Imperio, bajo la autoridad del César. Los súbditos tenían obligación de acatar las leyes que dimanaban de la autoridad civil siempre que esas leyes no fueran en contra de la Ley de Dios.

Al decir el Señor "devolved al César lo que es del César", no quiere decir que los tributos que habían de pagar fuesen para enriquecerse el César, sino que es una manera de expresar el acatamiento que se debía a las ór­denes que dimanaban de la autoridad.

El Señor no entra en el problema de si es justa o no la ocupación de Judea por el Imperio Romano. De hecho, él nunca habló a favor de una rebelión contra el Imperio; él sabía que esa rebelión no traería ninguna buena consecuencia para el pueblo judío, sino su total ruina.

La enseñanza de Cristo tampoco quiere decir que los pueblos tengan que tener una actitud pasiva ante las injusticias que se cometen contra él. Debe luchar contra toda clase de injusticia; pero esa lucha no puede desembocar en una rebelión violenta y de sangre, sino en casos extremos y cuando se prevea que las consecuencias de esa rebelión serán favora­bles para los oprimidos. Es la doctrina que siempre ha enseñado la Igle­sia: "Como es sabido, la insurrección revolucionaria - salvo en caso de tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país - engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y pro­voca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor." (Paulo VI, Populorum progressio, n. 31)

La sociedad civil y sus autoridades tienen una autonomía en todo lo refe­rente a buscar el bien común de todos los súbditos. Autonomía que no significa, de ninguna manera, precisión de Dios y de sus mandamientos, sino que no depende de ninguna otra autoridad para establecer en con­creto las leyes y normas que han de regir la economía, la política, el ordenamiento jurídico y demás aspectos de la vida de los ciudadanos, se­gún los principios de la justicia y de la recta moral. Por eso la enseñanza de Cristo, sobre todo lo referente a los bienes temporales "no sólo no pri­va al orden temporal de su autonomía, de sus propios fines, leyes, me­dios e importancia para el bien del hombre, sino que, por el contrario, lo perfecciona en su valor y excelencia propia y, al mismo tiempo, lo ajusta a la vocación plena del hombre sobre la tierra." (Conc. Vat. II, Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, n. 7)

Y el súbdito tendrá siempre obligación moral de cumplir con las leyes que dimanen de la autoridad civil, siempre que no sean claramente injus­tas y no vayan contra los mandamientos de Dios.

2) "Devolved a Dios, lo que es de Dios"

Lo que el Señor quiere enseñarnos con esta sentencia suya es que jamás la sumisión a la autoridad pública puede ser un obstáculo para el cumpli­miento de todos nuestros deberes con Dios. Y por supuesto, cuando haya conflicto entre las leyes del estado y las Leyes de Dios, como ya hemos indicado anteriormente, siempre debe prevalecer el cumplimiento de las Leyes de Dios.

El cristiano jamás podrá absolutizar el compromiso político, sus ideales económicos, la misma cultura de su país y cualquier otro aspecto de los valores humanos. Sólo Dios es absoluto y sólo las leyes que él impone, siempre para nuestro bien, serán de valor absoluto.

A Dios le debemos el culto de alabanza y adoración, nuestra entrega to­tal al cumplimiento de su voluntad, de todos sus mandamientos, nuestra gratitud y amor por habernos hecho hijos suyos y destinarnos a la vida eterna, Todos estos valores son valores absolutos y primarios que deben estar por encima de cualquier otro valor.

No otra cosa es lo que significa el primer mandamiento de la Ley de Dios: "Amar a Dios sobre todas las cosas."

Y en este sentido nos enseña el Señor algo fundamental en la vida del cristiano. Jamás el cristiano deberá separar su vida pública, su vida pro­fesional y de trabajo, su vida política, econó­mi­ca, social, de lo que es su fe y de su compromiso con el Señor. Al contrario, manteniendo la fideli­dad a la autonomía que tienen las cosas temporales, debe sin embargo procurar "instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana... y buscar en todas partes y en todo la justicia del Reino de Dios... establecer rectamente el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo." (Conc. Vatic. II, Decreto sobre el Apostolado Seglar, n. 7)

Todos los cristianos deberían examinarse con franqueza sobre cómo cumplen con esta enseñanza profunda del Señor que debe regir todas sus relaciones con la autoridad civil y todo su comportamiento en la valora­ción y uso de todas las cosas temporales, su comportamiento en todos los campos de la política, economía, profesión, relaciones sociales.


...


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.





200. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Parábola de los viñadores asesinos


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IX. JESÚS SUBE A JERUSALÉN PARA LA FIESTA DE LA PASCUA

DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN HASTA LA ÚLTIMA CENA 

(Fines de Marzo - Primeros de Abril, año 30)


JESÚS ENTRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

200.- PARÁBOLA DE LOS VIÑADORES ASESINOS

TEXTOS

Mateo 21,33-46

"Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la ro­deó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labra­dores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciéndose: 'Respetarán a mi hijo'. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: 'Este es el heredero. Vamos, matémosle, y nos quedaremos con su herencia.' Le agarraron, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aque­llos labradores?" Dícenle: "A esos miserables les dará una muerte mise­rable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo." Y Jesús les dice: "¿No habéis leído nunca en las Escrituras:

`La piedra que los constructores desecharon,
se ha convertido en piedra angular;
fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos'?"
Por eso os digo: "Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda frutos."
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus palabras, comprendieron que se estaba refiriendo a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Marcos 12,1-12

Y se puso a hablarles en parábolas: "Un hombre plantó una viña, la ro­deó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos la­bradores, y se marchó lejos. A su debido tiempo, envió un siervo a los la­bradores para recibir de éstos la parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo; también a éste le hirieron en la cabeza y le insulta­ron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hirien­do a uno, matando a otros. Todavía le quedaba uno, su hijo querido; les envió a éste último, diciéndose: 'Respetarán a mi hijo'. Pero aquellos labradores se dijeron entre sí: 'Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.' Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labra­dores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura:

`La piedra que los constructores desecharon,
se ha convertido en piedra angular;
fue el Señor quien hizo esto
y es maravilloso a nuestros ojos'?"
Trataban de detenerle -pero tuvieron miedo a la gente- porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.

Lucas 20,9-19

Se puso a decir al pueblo esta parábola: "Un hombre plantó una viña y la arrendó a unos labradores, y se marchó lejos por mucho tiempo. A su de­bido tiempo, envió un siervo para que le diesen la parte del fruto de la viña. Pero los labradores, después de golpearle, le despacharon con las manos vacías. Volvió a enviar otro siervo, pero ellos, después de gol­pearle e insultarle, le despacharon con las manos vacías. Tomó a enviar un tercero, pero ellos, después de herirle, lo echaron. Dijo, pues, el amo de la viña: ‘¿Qué haré?' Voy a enviar a mi hijo querido; tal vez le respe­ten. Pero los labradores, al verle, se dijeron entre sí: 'Este es el here­de­ro; matémosle, para que la herencia sea nuestra.' Y echándole fuera de la viña, le mataron. ¿Qué les hará, pues, el amo de la viña? Vendrá y dará muerte a estos labradores, y entregará la viña a otros."
Al oír esto, dijeron: "De ninguna manera". Pero él, clavando en ellos la mirada, dijo: "¿Pues, qué es lo que está escrito:
`La piedra que desecharon los constructores, se ha convertido en piedra angular'?
Todo el que caiga sobre esta piedra, se destrozará, y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará."
Los escribas y los sumos sacerdotes trataron de echar le mano en aquel mismo momento -pero tuvieron miedo al pueblo- porque habían com­prendido que aquella parábola la había dicho por ellos.

INTRODUCCIÓN

A continuación de la parábola de los dos hijos, el Señor propone la pará­bola de los viñadores asesinos.

El Señor mediante esta parábola indica muy claramente, a todos los jefes judíos, el gravísimo pecado que están cometiendo al rechazarle e intentar matarle; y al mismo tiempo les manifiesta el terrible castigo que les espe­ra. También les enseña el plan de la Providencia de su Padre, que será arrebatarles a ellos el Reino de Dios para entregarlo a los pueblos gentiles.


MEDITACIÓN

1) La viña

Los profetas del Antiguo Testamento habían comparado al pueblo de Is­rael con una viña. El texto más famoso es el de la canción de la viña del profeta Isaías. Isaías describe la viña casi en los mismos términos que el Señor en la parábola:

"Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar." (Is 5, 1-2) Y al final del canto nos dice Isaías: "Pues bien, viña de Yahveh Sebaot es la Casa de Israel y los hombres de Judá por su plantío exquisito." (Is 5,7)

Todos los judíos conocían este pasaje de Isaías; por eso, cuando comen­zó a hablar el Señor de una viña, entendieron perfectamente que se refe­ría al pueblo de Israel. Más aún, Isaías ya nos habla, en la comparación de la viña, del rechazo y rebeldía del pueblo de Israel contra Yahveh: "Y esperó que diese uvas, pero dio agraces... Esperaba de ellos justicia, y hay asesinatos; honradez, y hay alaridos." (Is 5,2-7)

Y finalmente el profeta Isaías nos habla también del castigo que Yahveh daría a su viña, por la que había hecho todo lo posible para que diera buenos frutos: "¿Qué más pude hacer yo a mi viña, que no se lo haya he­cho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces? Ahora, pues, voy a haceros saber lo que hago yo a mi viña; quitar su seto, y será quemada; despostillar su cerca, y será pisoteada. Haré de ella un erial que ni se pode ni se escarde, crecerá la zarza y el pino, y a las nubes pro­hibiré llover sobre ella." (Is 5,4-6)

Comprendemos, pues, que el Señor no hizo sino explicar más el texto de Isaías con su parábola de los Viñadores asesinos, y mediante esta pará­bola hacer una síntesis de toda la historia del pueblo de Israel hasta entonces, donde apareciese claro el continuo rechazo de ese pueblo a to­das las invitaciones que Yahveh le hacía para su conversión. Y como consecuencia de este rechazo, el castigo de la reprobación definitiva.

2) El Dueño de la viña, sus siervos y su Hijo

El Dueño de la viña es Dios, que tenía a Israel como su pueblo escogido. Dios había encargado el cuidado de su viña a los jefes de Israel, a los sa­cerdotes, escribas, fariseos, ancianos. Los siervos representan a los pro­fetas que Dios enviaba con frecuencia para llamar a los judíos a conver­sión y hacer que diesen frutos de buenas obras. Sin embargo, la suerte de los profetas se nos da a conocer en todo el Antiguo Testamento: Nunca fueron escuchados y muchos de ellos serían torturados y asesinados. Será una de las acusaciones explícitas que el Señor hará contra los jefes y el pueblo judío: ¡Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados." (Lc 13,34)

Dios muestra un amor y una paciencia extraordinarios con su pueblo. No cesa de mandarle profetas; pero llega hasta el extremo de enviar a su propio Hijo, a su Unigénito, al Hijo por naturaleza. Jesucristo, al hablar­nos del dueño de la viña que envía a su propio hijo, se está refiriendo a sí mismo, el verdadero Hijo de Dios. Una nueva confesión de Cristo de su divinidad y de su misión como enviado del Padre. Y al decirnos "el hijo querido" está aludiendo a las palabras que el Padre pronunció sobre él en su Bautismo y Transfiguración: "Este es mi Hijo, el Amado."

Dios no podía hacer más por su pueblo. Era la máxima prueba de su amor y generosidad. Pero los judíos no sólo rechazaron al Hijo de Dios sino que llegarían a matarlo. En la parábola se hace, pues, una alusión clara a la muerte del Señor.

En la parábola se nos dice también que otro de los motivos de matar al hijo era el de quedarse con la herencia del amo, con la viña. Los jefes ju­díos eran los que manipulaban a su antojo al pueblo de Israel, se consi­deraban los dueños de ese pueblo. Cristo les estorbaba; se llevaba tras sí a ese pueblo y les dejaba a ellos sin los privilegios y autoridad de que go­zaban hasta entonces. Esta fue otra de las motivaciones que indujeron a los jefes judíos a matar a Cristo.

Al decirnos Jesús en la parábola que al hijo lo sacaron fuera de la viña y lo mataron, está haciendo una clara alusión a su muerte en la cruz fuera de Jerusalén.

3) El castigo

El castigo como se nos descubre en la parábola es la muerte de todos aquellos viñadores asesinos. En este pasaje de la parábola Jesús profetiza el castigo que espera a los jefes judíos por rechazarle. Aquí se trata de la muerte como muerte eterna en oposición a la verdadera vida, que sólo será regalada a los que acepten a Cristo y su Reino. "Les dará muerte" indica claramente la expulsión para siempre del Reino de Dios, donde se encuentra la salvación y la verdadera vida.

Y hay otra profecía del Señor cuando habla del castigo. El Reino de Dios será transferido a otros pueblos: Se indica con estas palabras la conver­sión de los pueblos gentiles que entrarán a formar parte de la Iglesia, el verdadero Reino de Dios en este mundo.

Tal fue la responsabilidad y el pecado del pueblo escogido de Dios, que no sólo perdieron todos sus privilegios, sino que merecieron la reprobación definitiva por parte de Dios.

Todo aquel que de manera consciente rechace a Cristo tendrá siempre la misma condena. Quedará en nada la vocación divina que había recibido para ser hijo de Dios y como tal entrar en su Reino. Ser excluido del Rei­no de Dios será su suerte eterna de condenación.

4) La piedra angular

Conociendo la manera como se construían muchas casas en el Oriente, y concretamente en Palestina, comprenderemos mejor el sentido de la nue­va enseñanza de Cristo. Sobre una gran piedra, a veces sobre roca viva, se levantaban las paredes de la casa, y asentaban los ángulos de esas pa­redes sobre la piedra. A esa piedra o roca viva se llamaba la piedra angu­lar, y es la que daba firmeza y consistencia a la casa.

En el Antiguo Testamento la piedra angular podía significar, en sentido figurado, los jefes de Israel; en Isaías se refiere al Mesías: "Por eso, así dice Yahveh: He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: Quien tuviera fe en ella no va­cilará." (Is 38,16)

El Señor en sus palabras alude a este texto y se aplica a sí mismo otro texto de los salmos: "La piedra que los constructores desecharon, se ha convertido en piedra angular; ésta ha sido la obra de Yahveh, una mara­villa a nuestros ojos." (Salmo 117,22-23)

La piedra angular no es otra que el Mesías, Jesucristo, el hijo de Dios. Pero los constructores, es decir, los jefes judíos que estaban llamados a construir el Reino de Dios sobre la fe en Cristo, rechazaron esta piedra angular y, consiguientemente, vino la ruina total para ellos y su pueblo.

Y San Lucas añade otras palabras del Señor: "Todo el que caiga sobre esta piedra, se destrozará; y aquel sobre quien ella caiga, le aplastará."

Son palabras bien duras contra todos aquellos que en su vida hayan lu­chado contra Cristo, hayan sido enemigos suyos. Perecerán igual que los judíos. Pero, por otra parte, son consoladoras para aquellos que han puesto el fundamento de su vida en Cristo. No hay ningún otro funda­mento donde pueda asentarse la vida humana. Pero apoyados en Cristo no tenemos que tener miedo a nada ni a nadie. Estamos seguros del triunfo- definitivo, de nuestra salvación eterna. Y ésta es también la con­fianza inquebrantable que tiene la Iglesia que se funda en Cristo. No ha­brá ningún poder humano que la pueda destruir y perseverará hasta el fin de los tiempos. Todos los enemigos de Cristo y de la Iglesia han pereci­do, como lo demuestra la Historia; y la Iglesia y todos los fieles de Cristo siguen persistiendo a través de todos los siglos.

5) Reacción de los jefes judíos

Como tantos otros pasajes del Evangelio, éste también termina con la descripción de la reacción de los jefes judíos, enraizados cada vez más en su ceguera y en su maldad. Sólo el gran temor que tenían al pueblo sencillo que rodeaba al Señor y que entonces le seguía de corazón, impi­dió que le detuviesen y llevasen a cabo su condena a muerte.

Ellos habían comprendido perfectamente el sentido de la parábola de Cristo, palabra divina; pero en vez de hacerles reflexionar, es ocasión para que su corazón se endurezca cada vez más, crezca su odio a Jesús y se confirme su decisión de matarle. Para el que está ciego de nada sirve la luz. Y ellos eran ciegos, pero ciegos con ceguera voluntaria y respon­sable. Misterios insondables de la libertad y maldad humanas.

Pero en aquel momento no podían prender a Jesús; se retiraron, pues, y se apartaron de Jesús. "Y dejándole, se fueron." En esta frase del Evan­gelista encontramos la mayor desgracia que puede acaecer a un hombre: Abandonar a Jesús y alejarse de él. Así como todos los bienes nos vienen por Jesús, así todos los males llegan por abandonarle. Que nunca jamás abandonemos a Jesús en nuestra vida.


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Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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