Catequesis del Papa sobre la vejez: 6. «“Honra a tu padre y a tu madre”: el amor por la vida vivida»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 20 de abril de 2022

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, con la ayuda de la Palabra de Dios que hemos escuchado, abrimos un pasaje a través de la fragilidad de la edad anciana, marcada de forma especial por las experiencias del desconcierto y del desánimo, de la pérdida y del abandono, de la desilusión y la duda. Naturalmente, las experiencias de nuestra fragilidad, frente a las situaciones dramáticas —a veces trágicas— de la vida, pueden suceder en todo tiempo de la existencia. Sin embargo, en la edad anciana estas pueden suscitar menos impresión e inducir en los otros una especie de hábito, incluso de molestia.  Cuántas veces hemos escuchado o hemos pensando: “Los ancianos molestan”; lo hemos dicho, lo hemos pensando… Las heridas más graves de la infancia y de la juventud provocan, justamente, un sentido de injusticia y de rebelión, una fuerza de reacción y de lucha. En cambio, las heridas, también graves, de la edad anciana están acompañadas, inevitablemente, por la sensación de que, sea como sea, la vida no se contradice, porque ya ha sido vivida. Y así los ancianos son un poco alejados también de nuestra experiencia: queremos alejarlos.

En la común experiencia humana, el amor  —como se dice—  es descendiente: no vuelve sobre la vida que está detrás de las espaldas con la misma fuerza con la que se derrama sobre la vida que está todavía delante. La gratuidad del amor aparece también en esto: los padres lo saben desde siempre, los ancianos lo aprenden pronto. A pesar de eso, la revelación abre un camino para una restitución diferente del amor: es el camino de honrar a quien nos ha precedido. El camino de honrar a las personas que nos han precedido empieza aquí: honrar a los ancianos.

Este amor especial que se abre el camino en la forma del honor  —es decir, ternura y respeto al mismo tiempo— destinado a la edad anciana está sellado por el mandamiento de Dios. «Honrar al padre y a la madre» es un compromiso solemne, el primero de la “segunda tabla” de los diez mandamientos. No se trata solamente del propio padre y de la propia madre. Se trata de la generación y de las generaciones que preceden, cuya despedida también puede ser lenta y prolongada, creando un tiempo y un espacio de convivencia de larga duración con las otras edades de la vida. En otras palabras, se trata de la vejez de la vida.

Honor es una buena palabra para enmarcar este ámbito de restitución del amor que concierne a la edad anciana. Es decir, nosotros hemos recibido el amor de los padres, de los abuelos y ahora nosotros les devolvemos este amor a ellos, a los ancianos, a los abuelos. Nosotros hoy hemos descubierto el término “dignidad”, para indicar el valor del respeto y del cuidado de la vida de todos. Dignidad, aquí, equivale sustancialmente al honor: honrar al padre y a la madre, honrar a los ancianos y reconocer la dignidad que tienen.

Pensemos bien en esta bonita declinación del amor que es el honor. El cuidado mismo del enfermo, el apoyo a quien no es autosuficiente, la garantía del sustento, pueden carecer de honor. El honor desaparece cuando el exceso de confianza, en vez de declinarse como delicadeza y afecto, ternura y respeto, se convierte en rudeza y prevaricación. Cuando la debilidad es reprochada, e incluso castigada, como si fuera una culpa. Cuando el desconcierto y la confusión se convierten en un resquicio para la burla y la agresividad. Puede suceder incluso entre las paredes domésticas, en las residencias, como también en las oficinas o en los espacios abiertos de la ciudad. Fomentar en los jóvenes, también indirectamente, una actitud de suficiencia —e incluso de desprecio—  hacia la edad anciana, sus debilidades y su precariedad, produce cosas horribles. Abre el camino a excesos inimaginables. Los chicos que queman la manta de un “vagabundo”  —lo hemos visto—, porque lo ven como un desecho humano, son la punta del iceberg, es decir, del desprecio por una vida que, lejos de las atracciones y de las pulsiones de la juventud, aparece ya como una vida de descarte. Muchas veces pensamos que los ancianos son el descarte o los ponemos nosotros en el descarte; se desprecia a los ancianos y se descartan de la vida, dejándoles de lado.

Este desprecio, que deshonra al anciano, en realidad nos deshonra a todos nosotros. Si yo deshonro al anciano me deshonro a mí mismo. El pasaje del Libro del Eclesiástico, escuchado al inicio, es justamente duro en relación con este deshonor, que clama venganza a los ojos de Dios. Existe un pasaje, en la historia de Noé, muy expresivo en relación con esto. El viejo Noé, héroe del diluvio y todavía gran trabajador, yace descompuesto después de haber bebido algún vaso de más.  Ya es anciano, pero ha bebido demasiado. Los hijos, por no hacerle despertar en la vergüenza, lo cubren con delicadeza, con la mirada baja, con gran respeto. Este texto es muy bonito y dice todo del honor debido al anciano; cubrir las debilidades del anciano, para no avergonzarlo, es un texto que nos ayuda mucho.  

No obstante todas las providencias materiales que las sociedades más ricas y organizadas ponen a disposición de la vejez  —de las cuales podemos ciertamente estar orgullosos—, la lucha por la restitución de esa forma especial de amor que es el honor, me parece todavía frágil e inmadura. Debemos hacer de todo, sostenerla y animarla, ofreciendo mejor apoyo social y cultural a aquellos que son sensibles a esta decisiva forma de “civilización del amor”. Y sobre esto, me permito aconsejar a los padres: por favor, acercad a los hijos, a los niños, a los hijos jóvenes a los ancianos, acercarles siempre. Y cuando el anciano está enfermo, un poco fuera de sí, acercarles siempre: que sepan que esta es nuestra carne, que esto es lo que ha hecho que nosotros estemos aquí ahora. Por favor, no alejar a los ancianos. Y si no hay otra posibilidad que enviarlos a una residencia, por favor, id a visitarlos y llevad a los niños a verlos: son el honor de nuestra civilización, los ancianos que han abierto las puertas. Y muchas veces, los hijos se olvidan de esto. Os digo una cosa personal: a mí me gustaba en Buenos Aires, visitar las residencias de ancianos. Iba a menudo y visitaba a cada uno. Recuerdo una vez que pregunté a una señora: “¿Usted cuántos hijos tiene?” — “Tengo cuatro, todos casados, con nietos”. Y empezó a hablarme de la familia. “¿Y ellos vienen?” — “¡Sí, vienen siempre!”. Cuando salí de la habitación la enfermera, que había escuchado, me dijo: “Padre, ha dicho una mentira para cubrir a sus hijos. ¡Desde hace seis meses no viene nadie!”. Esto es descartar a los ancianos, es pensar que los ancianos son material de descarte. Por favor, es un pecado grave. Este es el primer gran mandamiento, y el único que indica el premio: “Honra al padre y a la madre y tendrás vida larga en la tierra”. Este mandamiento de honrar a los ancianos nos da una bendición, que se manifiesta de esta manera: “Tendrás larga vida”. Por favor, custodiad a los ancianos. Y si pierden la cabeza, custodiadlos también porque son la presencia de la historia, la presencia de mi familia, y gracias a ellos yo estoy aquí, lo podemos decir todos: gracias a ti, abuelo y abuela, yo estoy vivo. Por favor, no los dejéis solos. Y esto, de custodiar a los ancianos, no es una cuestión de cosméticos ni de cirugía plástica, no. Más bien es una cuestión de honor, que debe transformar la educación de los jóvenes respecto a la vida y a sus fases. El amor por lo humano que nos es común, e incluye el honor por la vida vivida, no es una cuestión de ancianos. Más bien, es una ambición que iluminará a la juventud que hereda sus mejores cualidades. La sabiduría del Espíritu de Dios nos conceda abrir el horizonte de esta auténtica revolución cultural con la energía necesaria.



Tomado de:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220420-udienza-generale.html

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113. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Curación de un ciego en Betsaida


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IV. JESÚS REGRESA A GALILEA Y MARCHA A TIERRAS DE PAGANOS PASA DE NUEVO POR GALILEA

PASA DE NUEVO POR GALILEA

(Junio - Setiembre, año 29)


113.- CURACIÓN DE UN CIEGO EN BETSAIDA

TEXTO

Marcos 8, 22-26

Llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. To­mando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó. "¿Ves algo?". El, al­zando la vista, dijo: "Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan". Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver claramente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente to­das las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: "Ni siquiera entres en el pueblo".

INTRODUCCIÓN

Marcos es el único evangelista que nos cuenta este milagro del Señor nada más desembarcar en Betsaida, donde Cristo ya era conocido.

Al igual que en el milagro del sordomudo (Cfr. medit. 109) el Señor utiliza algunos ritos especiales y hace el milagro de una manera gradual. Esta manera de actuar del Señor es contraria a su manera ordinaria de pro­ceder en los milagros. Tampoco aquí Cristo nos explica el sentido de su proceder extraordinario.

Al final de la escena se nos repite la orden del Señor al ciego, que ha reco­brado la vista, de que no publique el milagro pasando por el pueblo, sino que directamente vaya a su casa. La razón es guardar el secreto mesiánico.

MEDITACIÓN

El Señor, lleno de misericordia, atiende la petición de los que piden la cu­ración del ciego. Es un milagro más, signo de la llegada del Reino, que el Señor realiza en favor de este hombre, desvalido por su ceguera.

Todos los milagros de curaciones de ciegos tienen el sentido transcendental que el mismo Señor indica en el caso de la curación del cie­go de nacimiento: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida." (Jn 8, 12)

Ciertamente en las cosas que se refieren a Dios, en todo lo referente a los misterios profundos de nuestra fe y de nuestra vida cristiana, somos ciegos naturalmente; y necesitamos que el Señor nos ilumine, que abra los ojos de nuestra alma para poder comprenderlos y aceptarlos.

Los Santos Padres consideran también con sentido simbólico la manera de actuar del Señor. Al obrar de esa manera gradual creen que el Señor quiso significar la obra lenta y difícil que supone para Jesús iluminar la mente de los hombres. Y también indicamos que la gracia de Dios se deja sentir paulatina y progresivamente.

Oración constante al Señor pidiéndole que siempre sea él la luz que nos ilumine en nuestra vida.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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112. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - La levadura de los fariseos


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IV. JESÚS REGRESA A GALILEA Y MARCHA A TIERRAS DE PAGANOS PASA DE NUEVO POR GALILEA

PASA DE NUEVO POR GALILEA

(Junio - Setiembre, año 29)


112.- LA LEVADURA DE LOS FARISEOS

TEXTOS

Mateo 16, 5-12

Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes. Jesús les dijo: "Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos." Ellos hablaban entre si diciendo: "Es que no hemos traído pa­nes." Mas Jesús, dándose cuenta les dijo: "Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no compren­déis, ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres, y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni de los siete panes de los cuatro mil hombres, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos." Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadu­ra de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.

Marcos 8, 14-21

Se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. El les hizo esta advertencia: "Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes". Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta Jesús, les dice: "¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí cinco panes para cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?" "Doce", le contestan. "Y cuándo repartí los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?" Le contestaron: "Siete". Y continuó: "¿Aún no entendéis?".

Lucas 12, 1

En esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, se puso a decir primeramente a sus discípulos: "¡Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía!".

INTRODUCCIÓN

Terminado el enfrentamiento de Jesús con los fariseos y saduceos, que consideramos en la meditación anterior, el Señor sube de nuevo a la barca y ordena a los apóstoles que se dirijan a la costa oriental. Desembarcan en Betsaida y allí tendrá lugar la curación de un ciego.

Pero de camino hacia Betsaida, el Señor mantiene un diálogo con sus apóstoles sobre la levadura de los fariseos. Aconseja a sus apóstoles que se guarden de la levadura de los fariseos y saduceos. San Marcos añade que deben guardarse de la levadura de Herodes. Conocemos la vida tan inmoral que llevaba Herodes y cómo también lo único que le interesaba de Jesús era verle hacer algún gran milagro.

Lucas trae el pasaje en otro contexto muy distinto y concretiza la mala le­vadura de los fariseos en su hipocresía.

MEDITACIÓN

1) Los apóstoles

Los apóstoles, al subir a la barca con el Señor, se habían olvidado de lle­var pan. Cuando el Señor les habla de guardarse de la levadura de los fari­seos y saduceos, interpretan sus palabras como referidas al pan material con levadura; la única preocupación que ellos tenían era la falta de pan para la comida.

El Señor les hace ver que no se trata del pan material y que tampoco de­ben preocuparse por la falta de pan, y les recuerda los grandes milagros de las dos multiplicaciones de los panes. Y el Señor quiere mostrarles su ex­trañeza ante la actitud de incomprensión de los apóstoles y la actitud de poca fe, después de haber visto y experimentado tantas veces su omnipotencia y su bondad. Y deberían haber entendido también el sentido de su advertencia de guardarse de la levadura de los fariseos y saduceos. No era la primera vez que el Señor usaba esta comparación de la levadura para expresar enseñanzas divinas (Cfr. la parábola de la levadura, Cfr. Mt 13, 33)

En otros pasajes el Señor también reprenderá la poca fe de sus apóstoles y la falta de comprensión para entender sus enseñanzas. El Señor conoce mejor que nadie la rudeza de los apóstoles que él mismo ha escogido para colaboradores de su obra de redención. Les reprenderá algunas veces, pero lo que prevalece en todo el trato del Señor con los apóstoles es su gran paciencia, su gran cariño y ternura, y una pedagogía divina que llega­rá a transformar esa rudeza, esa falta de fe, en inteligencia clara de los misterios del Reino de Dios y en fidelidad hasta la muerte del martirio.

¡Cuántas veces nosotros también somos bien rudos para entender las ense­ñanzas de Cristo y sus verdaderas exigencias! Necesitamos muchas gra­cias del Señor para quitar de nuestro corazón tanto prejuicio y tanto apego a las cosas materiales, que son las que nos hacen tener el entendimiento cenado para comprender al Señor y su mensaje de salvación.

2) "Guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos"

El Señor se refiere al mal espíritu, a las malas intenciones que habían mos­trado, los fariseos y saduceos al pedirle "una señal del cielo". Es probable que ni los mismos apóstoles hubiesen caído en la cuenta de toda la maldad que suponía esa petición y de la peligrosa doctrina que encerraba la exi­gencia y reclamo a Dios de un gran milagro para poder creer.

Con frecuencia las doctrinas e ideas que más pueden perjudicar a las al­mas, no son las que con claridad exponen doctrinas ateas o claramente in­morales. El cristiano se daría cuenta en seguida de la maldad de esas doc­trinas y no las aceptaría. Pero cuando son doctrinas que aparentemente son buenas y que parecen justificarse por las situaciones concretas de la exis­tencia; y más aún, si son presentadas por personas que se consideran espi­rituales y buenas; entonces, el peligro de la mala influencia de esas doctri­nas es mucho mayor y son fácilmente aceptadas, aunque encierren grandes errores y sean muy perjudiciales para la vida cristiana.

Los fariseos y sus doctrinas fueron un caso concreto de esto que intenta­mos explicar. Eran tenidos por todos como los verdaderos guías del pue­blo de Israel y las acusaciones que hacían contra el Señor parecían fundar­se en doctrinas sanas y verdaderas: quebrantaba los sábados, no ayunaba, no cumplía con las prescripciones de las purificaciones, etc. Y su influen­cia en el pueblo judío era enorme; de aquí las consecuencias trágicas que siguieron al magisterio de los escribas y fariseos. Por eso, el Señor advier­te a los apóstoles que no se dejen influenciar por ellos que son como una levadura mala que hace fermentar toda la masa, pero la convierte no en pan verdadero, sino en veneno para quien lo coma.

A través de la historia de la Iglesia se ha dado con frecuencia este tipo de "levaduras malas"; muchas herejías y muchos desvíos en la práctica de la vida cristiana se han presentado por personas que eran juzgadas como buenos cristianos, e incluso pertenecían a la jerarquía de la Iglesia; y el contenido de esas doctrinas se decía que era contenido del mismo Evange­lio y de las enseñanzas de Cristo. La fidelidad al Magisterio de la Iglesia evitará siempre caer en esas trampas y apartarnos del verdadero Evange­lio, del seguimiento verdadero a Cristo.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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111. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Los fariseos piden una señal



P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IV. JESÚS REGRESA A GALILEA Y MARCHA A TIERRAS DE PAGANOS PASA DE NUEVO POR GALILEA

PASA DE NUEVO POR GALILEA

(Junio - Setiembre, año 29)


111.- LOS FARISEOS PIDEN UNA SEÑAL

TEXTOS

Mateo 15, 39-16, 4

Después, despidió a la muchedumbre, subió a la barca, y se fue a la región de Magadán. Se acercaron entonces los fariseos y saduceos y, para ponerle a prueba, le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Más él les res­pondió: "Al atardecer decís: 'va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego', y a la mañana: 'hoy habrá tormenta, porque el cielo tie­ne un rojo sombrío'. ¡Conque sabéis discernir el aspecto del cielo y no po­déis discernir las señales de los tiempos! ¡Generación malvada y adúltera! Una señal reclama y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás". Y dejándolos, se fue.

Marcos 8, 10-13

Subió a continuación a la barca con sus discípulos, y se fue a la región de Dalmanutá. Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pi­diéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un pro­fundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: "¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna se­ñal". Y dejándolos, se embarcó de nuevo y se fue a la orilla opuesta.

Lucas 12, 54-56

Decía también a la gente: "Cuando veis una nube que se levanta de occi­dente, al momento decís: 'va a llover', y así sucede. Y cuando sopla del sur, decís: 'viene bochorno', y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿Cómo no exploráis, pues, este tiempo?".

INTRODUCCIÓN

Una escena casi igual la encontramos en el pasaje donde Cristo rechaza la acusación de los fariseos de que expulsa a los demonios con el poder de Belcebú. En esa oportunidad también le pedirán los fariseos "una señal del cielo" para probar su misión divina, y Jesús responderá también ne­gándose a dar otra señal que la señal del profeta Jonás. (Cf. Medit. n. 67)

En este pasaje de ahora, de nuevo los fariseos piden esa señal del cielo para poder creer en él. Mateo y Marcos nos dicen que después del milagro de la segunda multiplicación de los panes, Jesús subió a la barca y partió de allí dirigiéndose a la orilla occidental del Lago; se nos habla del lugar del des­embarco como de la región de "Magadán", o la región de "Dalmanutá". Hasta hoy no se ha descubierto la localización de estas regiones, pero lo que sí es cierto es que el Señor desembarcó en alguna playa de la costa occidental del Lago, y, muy probablemente, cerca de Cafarnaúm. Y casi nada más desembarcar, Jesús se encuentra una vez más con la terrible hostilidad de los fariseos, en esta ocasión, unidos a los saduceos. Este nue­vo encuentro de Jesús con sus enemigos es el que nos narran Mateo y Mar­cos. El texto que citamos de Lucas está en otro contexto.

MEDITACIÓN

1) "Se acercaron entonces los fariseos y saduceos y para ponerle a prueba..."

Llama la atención ver unidos a los fariseos y saduceos, que eran enemigos irreconciliables entre ellos y que se despreciaban mutuamente. Conoce­mos ya el porqué de esa enemistad. (Cfr. Medit. n. 2)

Se da un hecho tantas veces repetido en la historia: enemigos entre sí se unen para atacar a Cristo, a su Iglesia, a su doctrina. También Pilatos y Herodes se amistaron para condenar a Jesús.

Y estas alianzas se dan siempre con una "mala intención", como se nos dice en el Evangelio: "tentar al Señor", "ponerlo a prueba". No es el deseo de amistarse para buscar la verdad, buscar el bien, sino para defender los propios intereses. Esto fue lo que unió a fariseos y saduceos. Cada grupo veía amenazados sus propios intereses con el apostolado de Cristo que arrastraba a las gentes sencillas de Galilea. Y para defender los propios in­tereses se emplean todos los medios posibles, aunque sean inmorales.

Enorme peligro de aliarse con los enemigos de Cristo. Una cosa es tole­rancia, la comprensión con los que están en el error, con los que llevan una vida alejada de Dios, y otra muy diferente la condescendencia, la connivencia con el error, compartir con ellos maneras de actuar contrarias al Evangelio. Un caso concreto de este peligro se ha dado recientemente en la Iglesia, cuando algunos grupos cristianos, dirigidos por sacerdotes, han creído posible una alianza con el marxismo y han intentado llevarla a cabo. Fruto de esta alianza ha sido con frecuencia ataques a la Iglesia, al Santo Padre y a doctrinas fundamentales de nuestra fe cristiana.

Y, en general, podemos decir que toda condescendencia excesiva con el mundo, con sus criterios, con sus costumbres y manera de actuar, lleva irremediablemente a una alianza que va contra Cristo. Y en el fondo de esa alianza se esconde también una gran cobardía por parte de los cristia­nos, un querer defender los propios intereses mundanos, un miedo a las críticas del mundo y un buscar satisfacción a las propias concupiscencias.

2) "Le pidieron que les mostrase una señal que viniera del cielo"

Los fariseos tenían motivos más que suficientes para creer en Jesús. Ha­bían presenciado toda clase de milagros, y eran también testigos de la san­tidad de Cristo y de su doctrina. Pero quieren como justificarse de su increencia exigiendo a Cristo, para poderle dar fe, que haga un milagro es­pectacular, un milagro de tipo cósmico.

Por supuesto, que aunque hubiese hecho ese milagro, tampoco creerían en él, pues su corazón estaba completamente cerrado a la revelación y a la gracia de Dios.

La actitud que muestran aquí es totalmente reprensible. Se muestran con una actitud de soberbia increíble que exige a Dios que ponga los medios que ellos quieren para poder creer. Quieren imponer su propio criterio y su propio juicio al criterio y juicio de Dios. ¿Quién es el hombre para poder exigir a Dios y reclamarle milagros espectaculares?

Y sabemos que no era ése el camino del Padre para su Hijo. El camino, que había elegido el Padre, era un camino de sencillez y humildad, de bon­dad y misericordia ciertamente, con muchísimas pruebas, más que sufi­cientes, para demostrar que El era el Hijo de Dios, el Mesías. Pero no era el camino de los milagros espectaculares. Esta fue una de las tentaciones de Jesús en el desierto, y respondió a ella diciendo: No tentarás al Señor tu Dios." (Mt 4, 7) Los fariseos han actuado ahora como el demonio tentando al Señor.

3) Respuesta del Señor

En primer lugar, el Señor les descubre la perversidad que hay en el cora­zón de los que le estaban "tentando".

Los judíos se preciaban de predecir los tiempos ateniéndose al aspecto que el cielo ofrecía y de otros indicios que ellos con la experiencia habían esta­blecido. A este espíritu de observación alude el Señor. Y a continuación les hace ver la hipocresía y maldad de su corazón. Ellos tan observadores de los fenómenos naturales son incapaces de descubrir las señales que anuncian la llegada del Mesías. Estaban ciegos para verlas. Aquellos hom­bres tenían ante los ojos la vida, el apostolado, las palabras y las obras del Señor; y además conocían las Escrituras. A través de todas estas "señales de los tiempos", ellos que se jactaban de ser los maestros y guías espiri­tuales del pueblo de Israel, deberían haber conocido la visita de Dios a su pueblo por medio de Jesús. Pero, a pesar de todas estas "señales", aque­llos hombres siguieron aferrados a su incredulidad, constantes en sus intrigas y en su persecución al Señor; y todavía, con descaro, andaban pi­diendo una señal del cielo. Y el Señor les llama "generación malvada y adúltera". "Malvada por sus intenciones perversas, y "adúltera" porque vi­ven habiendo abandonado al verdadero Dios y posponiéndole a sus pro­pios intereses.

Y Jesús terminará diciéndoles que no les dará otra "señal" que la de Jonás, el profeta. Sobre el sentido de estas palabras del Señor. (cfr. Meditación 67, n. 2.)

Indicaremos aquí solamente que la verdadera prueba definitiva del Señor para todos los tiempos y todos los hombres es su Pasión, Muerte y Resu­rrección; prueba de su divinidad, y al mismo tiempo, prueba de su infinito amor a los hombres.

4) "Y dejándolos, se fue"

Palabra de sentido trágico en el Evangelio. Cristo ha hecho todo lo posible a través de más de un año de predicación y de signos milagrosos para atraer a su pueblo y a los guías de ese pueblo, a los escribas y fariseos, a la aceptación del Reino de Dios, encarnado en su misma persona. Jesucristo ha fracasado con ellos, y "los deja y se marcha". La mayor tragedia para todo hombre será siempre rechazar las invitaciones de Cristo a la conver­sión, a la fe, al amor, y que tenga también que irse de nuestro lado para siempre. Si la salvación consiste en "estar siempre con el Señor" (Philip. 1, 23), la condenación es vivir para siempre "alejados del Señor".



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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110. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Segunda multiplicación de los panes

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IV. JESÚS REGRESA A GALILEA Y MARCHA A TIERRAS DE PAGANOS PASA DE NUEVO POR GALILEA

PASA DE NUEVO POR GALILEA

(Junio - Setiembre, año 29)


110.- SEGUNDA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES

TEXTOS

Mateo 15, 32-39

Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima esa gente, porque ya hace tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino." Y le dicen sus discípulos: "¿Cómo hacernos en un desierto con pan sufi­ciente para saciar una multitud tan grande?". Díceles Jesús: "¿Cuántos pa­nes tenéis? Ellos le contestaron: "Siete, y unos pocos pececillos." Entonces mandó a la gente acomodarse sobre la tierra. Tomó luego los siete panes y los peces, dio gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los dis­cípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas. Y los que habían comido fueron cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños. Después despidió a la muche­dumbre.

Marcos 8, 1-9

Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no teniendo qué co­mer, llama Jesús a sus discípulos y les dice: "Me da lástima esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos." Sus discípulos le respondieron: "¿Cómo po­drá alguien saciar de pan a estos aquí en el desierto?". El les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos le respondieron: "Siete." Entonces él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió.

INTRODUCCIÓN

Las opiniones están divididas entre los autores, si realmente Jesús repitió el milagro de la multiplicación de los panes, o se trata de una segunda na­rración del mismo milagro. Con todo, sigue prevaleciendo entre los auto­res católicos, la opinión de que es un segundo milagro, muy parecido al primero, pero diferente de él.

Las razones que se aducen en favor de esta opinión ciertamente tienen mucho peso: La segunda multiplicación de los panes y peces es narrada por Mateo y Marcos que también narraron la primera. En la primera, el milagro se da entre los judíos; en la segunda, tiene lugar principalmente a favor de paganos, de los que vivían en esa región de la Decápolis, aunque hubiese también judíos. Son distintos los números de los participantes, los números de los peces y panes, y los números de los cestos recogidos con las sobras.

Y las palabras del Señor, cuando algo más adelante dirá a sus discípulos: "¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil hombres y de cuán­tos cestos recogidos; ni de los siete panes para los cuatro mil hombres y de cuántas canastas recogidas?" (Mt 16, 9-10). También es un dato distinto los tres días de perseverancia junto a Jesús que se narra en la segunda multiplicación.

MEDITACIÓN

1) Entusiasmo de la muchedumbre

La muchedumbre que persevera con Jesús tres días es la misma gente que había sido beneficiada por el Señor con multitud de curaciones. Y en esos tres días, el Señor no se limitó a realizar esos milagros, sino que también debió de predicarles sobre el Reino de Dios. La gente transforma su entu­siasmo por los milagros obrados por el Señor, en entusiasmo por escu­charle. Y parece que no se cansan de escucharle y de estar a su lado oyen­do su predicación. Tres días comiendo mal de los pocos alimentos que ha­bían traído, pero que ya al segundo día debieron de faltar, y durmiendo sin ninguna comodidad, sobre la misma tierra, unas pocas horas.

Era en tierra de paganos, aunque ya dijimos que en aquella región, vivían también colonias de judíos. Habría muchos judíos, pero también habría muchos paganos. Para todos es su primer encuentro con Jesús; y hasta allí no habían llegado las maledicencias de los escribas y fariseos. Y su entu­siasmo por Jesús crece cada vez más. Qué contraste el de los escribas y fariseos y el de los judíos, en general, que rechazaron a Cristo, y el de esta gente, que por primera vez oye al Señor, recibe sus beneficios y su pala­bra, no quiere apartarse de él.

Con frecuencia, sucede algo muy parecido en nuestros días. Los países por tradición cristianos, pareciera que se han cansado del Señor y ya no encuentran ninguna novedad ni en su persona ni en su enseñanza. Falta de entusiasmo por Cristo en tantos cristianos que desde pequeños han tenido la inmensa gracia de conocer a Cristo. No estiman ni valoran esa fe que han recibido. Con facilidad abandonan al Señor.

El verdadero cristiano es el que cada día valora más su fe y hace crecer su entusiasmo por el Señor, por conocer más y más su palabra, por amarle y seguirle. Cristo y su palabra son inagotables en riquezas espirituales, y cuanto más se profundiza en ellas, más tesoros se consiguen. Recordemos la famosa frase de Tertuliano: "No tengo ninguna curiosidad después de haber conocido a Cristo". De tal manera Cristo sacia todos los deseos del corazón humano, que después de conocerle a él y de entrar en trato íntimo con el, las demás cosas se consideran secundarias. Es lo que dirá San Pa­blo: "Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por ba­sura para ganar a Cristo". (Phil.3, 8)

2) Los sentimientos de Cristo Nuestro Señor

"Me da compasión esa gente." Se trata aquí de una compasión divina, y al mismo tiempo, plenamente humana ante las necesidades materiales de aquella gente que le estaba escuchando y que no tenía qué comer. El Se­ñor siente una compasión verdadera ante las necesidades y sufrimientos materiales de los hombres. ¿Cómo mirará el Señor hoy día, con qué com­pasión, a la inmensa mayoría de millones de hombres que no tienen para comer? Y su amor de caridad abraza a todos y abraza todo lo que el hom­bre necesita. Donde hay alguien que sufre en el cuerpo o en el alma, ahí está el Señor presente y muestra su compasión hacia él, y nos pide a todos los hombres que aliviemos la miseria y el dolor de los hermanos; en la me­dida que podamos hacerlo. La compasión de Cristo fue una compasión eficaz que le llevó a dar de comer milagrosamente a aquellos cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

3) El milagro de la Multiplicación, de los panes

Remitimos a las consideraciones que hicimos en la meditación de la pri­mera multiplicación de los panes (med. n. 95).

Solamente insistimos aquí en la actitud que muestran los apóstoles. Ellos habían presenciado la primera multiplicación de los panes, pero parece que han olvidado ese gran milagro del Señor; y ante las mismas circuns­tancias muestran como una falta de fe en el Señor y falta de conocimiento de su bondad y de su amor para con los pobres. Con qué frecuencia el hombre olvida los grandes beneficios del Señor y vuelve a caer en tenta­ciones de fe y desa­lien­to.

Podríamos también decir que esta segunda multiplicación de los panes en­cierra, lo mismo que en la primera, el simbolismo de la Eucaristía. La pri­mera multiplicación la realizó el Señor antes del discurso sobre el Pan de Vida; esta segunda multiplicación debía ser para los apóstoles una confir­mación de ese mismo discurso. Y cuando Cristo instituya la Eucaristía en la Ultima Cena, repetirá las mismas acciones que en la multiplicación de los panes. Levantará los ojos al cielo, hará la bendición y acción de gra­cias, partirá el pan y hará que se distribuya a los demás. Cristo será enton­ces ese mismo pan que entrega a los hombres para compartirlo con todos y que sea alimento del alma.


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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109. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - En Decápolis: Curación de enfermos. Curación del sordomudo


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IV. JESÚS REGRESA A GALILEA Y MARCHA A TIERRAS DE PAGANOS PASA DE NUEVO POR GALILEA

PASA DE NUEVO POR GALILEA

(Junio - Setiembre, año 29)


109.- EN DECÁPOLIS: CURACIÓN DE ENFERMOS. CURACIÓN DEL SORDOMUDO

TEXTOS

Mateo 15, 29-31

Pasando de allí, vino Jesús junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glori­ficaron al Dios de Israel.

Marcos 7, 31-37

Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, ha­blaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y levantando los ojos al cielo, dio un gemido y le dijo: "Effatá", que quiere decir "¡Ábrete!". Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a na­die se lo cantaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publi­caban. Y se maravillaban sobremanera y decían: "Todo lo ha hecho bien; también hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

INTRODUCCIÓN

Después de la curación de la hija de la Cananea, el Señor abandonó los confines de Tiro y Sidón y se dirigió a la región orien­tal del Lago de Tiberiades, a la Decápolis, sin pasar por Gali­lea.

Sobre el itinerario que siguió hay varias opiniones. Lo que sí es cierto es que no pasó por Galilea. Desde Sidón se dirigió hacia el sudeste y, pasan­do probablemente, por la falda meridional del monte Hermón, junto a las fuentes del Jordán, descendería después a la región de Decápolis, y llegó a la región oriental del lago.

Sobre la región de Decápolis, indicamos ya en la meditación n. 80, que era una confederación de "Diez Ciudades" en la Transjordania, que estaba bajo el dominio directo de Roma. Preva­le­cía la población greco-romana, pero eran muchas las comuni­dades judías que vivían también en estas ciu­dades helenísticas.

Por eso, al llegar Jesús, se fue juntando a su paso gran cantidad de gente, no sólo de los judíos, sino también de los paganos, deseosos de conocerle, porque su fama se había extendido a aquella región. Allí mismo fue donde había hecho el milagro de la curación del endemoniado de Gerasa. Tam­bién los paganos presentarían sus enfermos a Jesús con el deseo de que fuesen curados.

Mateo nos habla en general de la multitud de milagros que realizó el Se­ñor a su paso por la Decápolis, mientras Marcos se fija concretamente en un milagro, el del sordomudo, que por la manera como lo realizó el Señor debía ser resaltado.

MEDITACIÓN

1) Curaciones múltiples

Una escena evangélica que ya hemos visto repetida en otras ocasiones. Je­sús ante la multitud humilde y sencilla que acude a él para ser curada de sus miserias y enfermedades. Jesús encuentra ahora esa gran acogida por parte de las comunidades judías de aquella región y a las que se sumaron muchos paganos. Una vez más, el corazón de Cristo se mueve a compa­sión y misericordia y realiza una multiplicación de milagros que son otras tantas señales de la llegada del Reino que él anuncia. Y aquí tenemos otro ejemplo-excepción de la omnipotencia y bondad de Cristo extendiéndose también a los paganos. Que hubo también paganos que fueron sanados, se desprende de lo que nos dice Mateo al final de este pasaje: "Y glorificaban al Dios de Israel".

Estas escenas del Evangelio que nos repiten frecuentemente la actuación omnipotente y misericordiosa del Señor con los más pobres, necesitados y enfermos, deben siempre suscitar en nosotros una gran fe y confianza en el Señor. El Señor resucitado es el mismo que pasó por la tierra multiplican­do sus obras de misericordia, y su actitud de bondad para con nosotros es la misma que tuvo para con aquellas multitudes. Debemos presentar al Se­ñor constantemente todas nuestras miserias de cualquier orden que sean, y estar convencidos que él escuchará nuestra súplica.

Al mismo tiempo, estas escenas deben hacernos recordar siempre la tras­cendencia que el Señor dio, en su misión salvífica, a las obras corporales de misericordia. Estas obras siguen siendo esenciales en toda la actividad de la Iglesia y deben serlo en toda actividad de cualquier cristiano.

2) Curación de un sordomudo

¿Por qué obró el Señor de esta manera? En otras ocasiones, el Señor cura con sólo imponer las manos, o incluso, con sólo sus palabras; en esta opor­tunidad, el Señor realiza una serie de ceremonias.

La respuesta nos es desconocida, porque el Señor no se ha dignado mani­festar los motivos de su proceder así. Pero los Santos Padres se atreven a conjeturar algunas razones que pudo tener el Señor. La respuesta que dan, pues, los Santos Padres, no tiene más valor que el de una conjetura.

Los Santos Padres interpretan esta manera de obrar tan especial de Jesús, como si con ella, el Señor hubiera querido impactar al enfermo y así susci­tar en él una fe mayor.

Y ven un simbolismo especial en el hecho de meter los dedos en los oídos del enfermo y tocar con saliva su lengua. Sólo la omnipotencia de Cristo puede abrir los oídos para entender la palabra de Dios, y sólo la sabiduría de los labios de Cristo puede desatar nuestra lengua para poder alabarle y glorificarle.

3) Reacción de la gente

Se da primero un desborde de alegría y entusiasmo. Y consecuencia de este entusiasmo, publican y alaban la misericordia del Señor. Proclaman los milagros que ha hecho.

Es cierto que Jesús se lo había prohibido por motivos del secreto mesiánico, que otras veces hemos explicado. La manera de comportarse de la gente no habría que considerarla como una desobediencia mal intencionada y como un desprecio a su mandato; sino como algo que no se puede evitar en la euforia del momento, y que, sin duda alguna, el Señor no tomaría a mal. El pueblo le estaba dando testimonio de su admiración y agradecimiento.

¡Ojalá que cuantas veces recibimos nosotros un beneficio del Señor, se desbordara así la gratitud de nuestro corazón!

Y en medio del entusiasmo se oyó una alabanza que salía de los labios emocionados de la gente: "Todo lo ha hecho bien". Resumen maravilloso de toda la vida de Cristo: todo lo hizo bien, porque en todo momento hizo la voluntad de su Padre.

El contenido de esta alabanza resume el ideal de santidad de todo cristia­no. En todas partes y en cualquier circunstancia podemos santificarnos, si aquello que tenemos que hacer, aun lo más trivial e insignificante lo hace­mos con pureza de intención, con fe, con amor, y de la mejor manera posi­ble. La santidad no consiste en hacer grandes cosas, que raramente se pi­den a los cristianos, sino que la santidad consiste en el quehacer cotidiano de cada hora y de cada minuto, en la situación de vida que me haya puesto el Sefíor, con tal de que a imitación de Cristo "todo lo haga bien". Nunca hay algo trivial en la vida del cristiano. Todo se puede convertir en santidad.


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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VIGILIA PASCUAL


 

Esta es la noche en que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos.

Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.

Pregón Pascual


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101. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Jesús, Pan de Vida - Consecuencias del discurso de Jesús


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


E. ULTERIOR MINISTERIO EN GALILEA: HASTA LA FIESTA DE PENTECOSTES

(Hasta fines de mayo del Año 29)


101.- JESÚS, PAN DE VIDA

d) CONSECUENCIAS DEL DISCURSO DE JESÚS

TEXTO

Juan 6, 60-71

Muchos de sus discípulos, al oírle dijeron: "Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?". Sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos mur­muraban por esto, les dijo: "¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen." Porque Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar. Y añadió: "Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre." Desde entonces muchos de los discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos?". Le respondió Simón Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios." Jesús les respondió: "¿No os he elegido yo a vosotros, los doce? ¡Y uno de vosotros es un diablo!". Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce.

INTRODUCCIÓN

El rechazo del mensaje de Cristo se da también por parte de bastantes discí­pulos suyos. Pero no se refiere el Señor aquí a los Doce. Se trata de un cír­culo amplio de discípulos que seguían al Señor, que podían llegar a más de cien. Acordémonos que a 72 de estos discípulos los envió el Señor a predi­car. La respuesta que da Jesús a estos discípulos, que se han escandalizado de sus palabras, es afirmarles una vez más su origen divino y que no le juz­guen por sus meras apariencias externas. Ellos mismos le verán en su As­censión volver al Padre de donde había salido. Este es el señor de las pala­bras de Cristo: "¿Y si viéseis al Hijo del hombre subir a donde estaba an­tes?".

Por "espíritu" entiende aquí Cristo la categoría de lo divino y sobrenatural, lo que es fuerte y omnipotente. "La carne" es lo humano, lo radicalmente débil e impotente, lo perecedero. En una palabra: "espíritu "identifica con lo divino; la "carne" con lo humano.

MEDITACIÓN

1) Actitud de Cristo con los discípulos que le quieren abandonar

Jesús no se indigna ni muestra una actitud desprecio hacia ellos. Todavía quiere atraerlos hacia sí y, por eso, les hace reflexionar. Como hemos indi­cado en la introducción, al indicarles Cristo su próxima Ascensión a los Cie­los, prueba evidente de su divinidad, les invita a que caigan en la cuenta de que quien les habla y enseña no es un profeta cualquiera, sino el mismo Hijo del Padre. Y, consiguientemente, sus palabras son "espíritu y vida". En sus palabras, en su enseñanza, se revela toda la fuerza de Dios, toda la vida del Espíritu. En sus palabras están todas las promesas de vida eterna garantiza­das por el origen divino del mismo Cristo.

"La carne no sirve para nada"; lo que es puramente natural y humano, débil y perecedero, no tiene ningún valor en orden a las cosas divinas, en orden a la vida eterna. Pero si el cuerpo y la sangre de Cristo "vivifican", es porque en la humanidad de Cristo mora la plenitud de la divinidad. La humanidad de Cristo es el instrumento más eficaz para acercarse Dios al hombre y para, a través de esa humanidad, recibir los hombres todos, la verdadera vida sobre­natural, la misma vida del Hijo de Dios y, por ende, la vida eterna.

La actitud benévola de Cristo invitando a sus discípulos a reflexionar, no es bien acogida; y el Evangelista nos dirá "que muchos de sus discípulos se vol­vieron atrás y ya no andaban con él."

Por supuesto, no fue una sorpresa para el Señor, pues como nos dice el mis­mo Evangelista Juan "Jesús sabía quiénes eran los que creían y quién era el que le iba a entregar."

El Señor se refiere clarísimamente a la fe de muchos de sus mismos discípu­los. Es cierto que tenían una cierta fe en él, pero podríamos decir, que era una fe condicionada. Si las enseñanzas de Jesús sobrepasaban su capacidad de comprensión, las rechazaban, como en este caso de la revelación del mis­terio Eucarístico.

La fe en Cristo no puede ser una fe limitada y condicionada. O se cree con toda sinceridad en Cristo como el Hijo del Padre, en Cristo como la verdade­ra luz y la misma Verdad absoluta que no puede ni engañarse ni engañar, o no se cree en Cristo. El aceptar la revelación de Cristo no se debe a moti­vos humanos, de que pueda comprenderla y explicarla el entendimiento hu­mano. El aceptar la revelación de Cristo se basa exclusivamente en su testi­monio divino. Es absurdo enfrentarse a Cristo para decirle qué es lo que podemos creer y qué es lo que podemos creer. Cuántos a través de la histo­ria se han apartado de la verdadera revelación de Cristo, por tener fe limita­da y condicionada. Nuestra fe tiene que ser un "Sí" incondicional a todo lo que el Señor, en su infinito amor, ha revelado a los hombres. ¿Qué es mi ver­dad humana y mi entendimiento limitado para enfrentarlos a la Verdad y Sa­biduría Divinas?

¡Son tantos los misterios de Dios, que nunca llegará el hombre a compren­derlos de una manera exhaustiva durante su peregrinar por la tierra! Y son misterios centrales de nuestra fe: el misterio de la Santísima Trinidad, el mis­terio de la Eucaristía, el misterio de la Redención, el misterio de la posible condenación eterna, y tantos otros. Pero todos estos misterios los aceptamos con humildad y profundo agradecimiento al Señor que ha querido revelárnos­los.

Fue, sin duda, para el Señor una gran decepción. Que no le creyesen los es­cribas y fariseos, ya lo conocía de siempre; pero que fueran muchos de sus discípulos los que le abandonasen, le dolió profundamente al Señor. Y esta escena es la que se llama "la crisis de Galilea". A partir de ahora, el Señor se dedicará mucho más especialmente al grupo de los Doce; y, salvo alguna rara excepción, ya no hará sus correrías apostólicas por Galilea. Esta escena cierra prácticamente el año que Jesús dedicó a su ministerio apostólico en Galilea. Volverá algunas veces de nuevo a Galilea, pero su modo de proce­der será ya muy distinto.

2) La Confesión de Pedro

Al Señor le queda el consuelo de la fidelidad de los Doce, aunque ya conoce que uno de ellos le iba a traicionar. Pero quiere que esta fidelidad se mani­fieste públicamente y con valentía. Volviéndose a los Doce les pregunta: "¿También vosotros queréis marcharon?".

Pedro aparece siempre como el representante principal de los Doce y el que habla por ellos. Y en esta ocasión, responde inmediatamente con todo conven­cimiento y todo afecto hacia el Señor: "¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios."

A las protestas, murmuraciones y abandono por parte de muchos discípulos de Cristo, Pedro opone su plena fe y aceptación de todo lo que ha revelado Cristo: "Tú tienes palabras de vida eterna." Sus palabras son siempre ver­daderas y eficaces, y como ha hablado de otorgarnos "la vida eterna", mediante la entrega de su Cuerpo y de su Sangre como alimento espiritual, esa promesa se cumplirá.

Y sólo el Señor tiene "palabras de vida eterna". Fuera de él, no hay nadie, ni hay posibilidad de que exista alguien, que pueda revelar los misterios y ha­cer las promesas que Cristo nos revela y promete. Y la razón es porque sólo él es "el Santo de Dios." "Santo de Dios" era otro título mesiánico. El Mesías era el que más participaba de la santidad de Dios.

Las palabras de Pedro han resonado siempre en la Iglesia y en el corazón de los verdaderos cristianos. Sólo en Cristo encuentra la Iglesia y cada uno de los cristianos su verdadero Camino, Verdad y Vida, su Salvación y la Vida Eterna. Jesús agradecería de todo corazón la confesión decidida, valiente, en presencia de los que le abandonaban, de Pedro. Pero Jesús llevaba otra amargura en el corazón, y quiso manifestarla, con el fin de hacer recapaci­tar a aquel apóstol entre los "Doce" que ya estaba pensando traicionarle: "¿No os he elegido yo a vosotros, los Doce? Y uno de vosotros es un dia­blo." Y para que no tengamos posible duda, el evangelista nos indica que el Señor se refería a Judas Iscariote que lo iba a entregar. Misterios insonda­bles de la gracia y de la libertad humana que puede rechazarla. El Señor se­guirá hasta el fin de su vida intentando convertir al mismo Judas. Fue él quien se encerró en su decisión tomada y llevará a cabo la peor traición de todos los siglos. El Señor llama "diablo" a Judas; en el sentido de que su pe­cado era instigado por Satanás. Satanás mueve e inspira a Judas a cometer tal traición.

Pero es necesario reafirmar la plena libertad de Judas en el pecado que co­metió entregando a Cristo. Satanás no quita la libertad moral del hombre; po­drá instigar, tentar; pero siempre será el hombre quien sea responsable de su pecado.

Jesucristo habla de "aquel que le iba a entregar"; se trata de un futuro que Jesús, por su ciencia divina, veía ya como una realidad presente. Pero hasta que se cumplió la traición, Judas siguió siendo libre para arrepentirse y cam­biar de decisión.

Y Judas había sido uno de los Doce escogidos personalmente por Cristo, con toda sinceridad y buscando el mejor bien para el mismo Judas. Debe ser mo­tivo de reflexión para todos. Aun los regalos más generosos y sublimes de Dios los podemos nosotros transformar en nuestra condenación. Mantenga­mos siempre una profunda humildad, y continuamente oremos por nuestra perseverancia final y nuestra fidelidad constante a Cristo.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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