31. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Perfeccionamiento del quinto mandamiento




P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


B. SERMÓN DE LA MONTAÑA

31.- PERFECCIONAMIENTO DEL QUINTO MANDAMIENTO

TEXTOS

Mateo 5, 21-26

"Habéis oído que se dijo a los antepasados: no matarás: y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su herma­no "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego. Si pues al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte en seguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adver­sario te entregue al juez y el juez al alguacil, y se te meta en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta haber pagado el último céntimo".

Lucas 12, 57-59.

"¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el algua­cil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo".


INTRODUCCIÓN

La Ley de Moisés admite ser perfeccionada fundamentalmente por dos motivos.

Fue dada a un pueblo muy rudo, incipiente en la senda de la moralidad. No era pedagógicamente prudente, desde el comienzo, expresar todas las exigencias de una ley moral perfecta. Tenía que haber una graduación en esa enseñanza. Es la condescendencia de Dios con la psicología de los hombres. Jesucristo es quien trae esa perfección suma de la Ley moral.

Además, las leyes morales de Moisés tenían también como fin esencial el buen régimen externo del pueblo judío. Por eso, ciertos pecados que pue­den quedar ocultos en el santuario de la conciencia sin manifestación exte­rior, no quedaban claramente sancionados. De aquí, que el quinto manda­miento esté formulado de modo que en él se condene de una manera ex­presa el homicidio, pero no se condena expresamente la ira interna y no se da tanta importancia a la mera injuria de palabra.

La Ley evangélica de Cristo va, sin embargo, a la purificación interior de la conciencia y prohíbe hasta los más escondidos sentimientos malos de los hombres.

Notemos que Jesucristo aparece aquí con un poder legislativo, propio de Dios. Dirá al pueblo: "Oísteis..., pero yo os digo". Se arroga a sí mismo la autoridad de corregir y completar y perfeccionar la Ley de Moisés; sola­mente Dios, divino legislador, podía tener esa autoridad.


MEDITACIÓN

1) "El que se encolerice contra su hermano, reo será ante el tribunal"

Para entender la expresión del Señor hay que conocer ciertas costumbres de la sociedad judía de aquella época.

En el pueblo judío había, por lo menos, dos clases de tribunales. Los tribu­nales establecidos en ciertas ciudades y que podían entender en los delitos ordinarios; y estaba el tribunal supremo de la nación, designado con el nombre de Sanedrín o Gran Consejo, al que estaban reservados los delitos ordinarios; y estaba el tribunal supremo de la nación, designado con el nombre de Sanedrín o gran Consejo, al que estaban reservados los delitos de gran transcendencia, delitos que perjudicaban notablemente a la sociedad.

El Evangelio, en este pasaje que estamos considerando, alude a estos dos tribunales, cuando en un caso dice que "el que se aíra contra su hermano, reo es ante el tribunal o juzgado", se refiere al tribunal secundario que ha­bía en las ciudades; y cuando dice que el que insulta despectivamente al prójimo es "reo ante el Sanedrín", se refiere al Supremo Tribunal.

En el pasaje que estudiamos hay algo así como una especie de compara­ción, como una pequeña parábola. Nuestro Señor para dar a entender la serie creciente de pecados que se pueden cometer, dejándose llevar de la pasión de la ira -serie que comienza con los movimientos internos de la ira y termina en palabras muy injuriosas-, se vale de esa jerarquía de tribuna­les, e incluso introduce un tercer término, la gehenna del fuego que desig­na el infierno. Hay en todo ello una comparación para declarar, usando esas imágenes, los graves castigos que puede merecer el hombre iracundo, aún sin llegar al homicidio.

Gehenna era un valle que limitaba Jerusalén al sur, donde se habían come­tido todo género de abominaciones idolátricas y tenía reputación siniestra y llegó a ser para los judíos, figura del infierno.

Pero las comparaciones no hay que tomarlas al pie de la letra, como si realmente hubiese que llevar al hombre iracundo a los tribunales. La com­paración sirve sólo para indicarnos la gradual gravedad de los pecados.

El primer pecado que señala Cristo, que es el que estamos tratando ahora, es el pecado de la cólera interna: "el que se aíra, el que se encoleriza con­tra su hermano". Al decir el Señor que "reo es ante el juzgado" no quiere indicar que realmente hay que llevarlo ante el tribunal. Sería absurdo tra­tándose de un pecado interno del corazón. Lo que Jesucristo nos quiere enseñar es que, aunque sea cólera interna que no se manifiesta ni en pala­bras ni en obras, es un pecado que tiene tanta o mayor importancia que los otros pecados externos que son juzgados en los tribunales.

2) "Quienquiera que dijere a su hermano "imbécil" ("raca"), reo será ante el Sanedrín"

"Raca" que es un término que hemos traducido por la palabra "imbécil", era una palabra que entre los judíos denotaba un profundo desprecio, y que a veces, cuando se pronunciaba, iba con frecuencia acompañada de la acción de escupir en el suelo.

La cólera interna, manifestada ya en injurias e insultos, y sobre todo, cuan­do son insultos que denotan un gran desprecio, es un pecado más grave que el anterior. El Señor nos indica que es uno de esos pecados equivalen­te a los que eran juzgados por el Sanedrín.

3) "Y quienquiera que dijere "renegado" (impío), reo será de la gehenna de fuego"

Aquí se trata de un insulto todavía mayor. Se refería a la pérdida del senti­do moral y religioso, hasta el punto de la apostasía. El Señor claramente indica la gravedad de este pecado, pecado mortal, al decir que merece el castigo del infierno.

Todas estas enseñanzas del Señor están indicando la importancia que en la nueva Ley Evangélica hay que dar a las relaciones fraternales, de modo que no sólo la ofensa de obra, sino la mera cólera interna, los insultos, y las injurias graves de palabra, son pecado, y pueden ser pecado grave. La Ley del amor que Cristo instituirá posteriormente, se refiere también a to­dos los sentimientos internos y palabras que brotan del corazón.

4) "Deja tu ofrenda allí, delante del altar"

Es tal la importancia que Cristo da a los pecados contra la caridad fraterna, que claramente nos enseña que ningún sacrificio puede ser aceptado por Dios, si es ofrecido por un corazón que está enemistado con su hermano. Mejor es que deje la ofrenda en el altar y vaya primero a reconciliarse con él. Se trata ciertamente del hermano que ha ofendido a otro; pero no olvi­demos la obligación que tiene todo cristiano de perdonar las injurias antes de acercarse a Dios.

Como aplicación concreta al caso de nuestra participación en la Eucaristía, tendríamos que decir que si tenemos conciencia de haber ofendido a al­guien, para podernos acercar a comulgar, por lo menos, tenemos que tener el arrepentimiento y la decisión sincera de pedirle perdón, excusarnos ante él lo antes posible. Y si hemos sido ofendidos, tener la actitud generosa de perdonar.

5) Parábola

El Señor no se contentó con recomendar la necesidad de la reconciliación, sino que insistió en ella por medio de un ejemplo, que podríamos llamar parábola:

Así como el hombre que es llevado a los tribunales le conviene reconciliarse con su enemigo antes de caer en manos del juez, porque cuando caiga en manos del juez no encontrará misericordia, sino justicia; así al que tiene algo, al que ha ofendido al hermano, le conviene reconciliarse con él antes de presentarse al Juez eterno; porque si cae en manos de la justicia de Dios, allí tendrá que pagar hasta el último céntimo. Es decir, en el juicio definitivo de Dios, el peso de la justicia divina cae sobre el condenado; y condenado será quien carece de caridad con el prójimo y quien ha vivido cometiendo ofensas graves a otros, sin arrepentirse ni pedir perdón. (Cfr. Mt 25,31-46)



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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30. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - La Ley antigua y la Ley nueva

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


B. SERMÓN DE LA MONTAÑA

30.- LA LEY ANTIGUA Y LA LEY NUEVA

TEXTOS

Mateo. 5, 17-20

"No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Si, os lo aseguro; el cielo y la tierra pa­sarán antes que pase una i o un ápice de la Ley sin que todo se haya cum­plido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los es­cribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos".

Lucas 16, 17

"Más fácil es que el cielo y la tierra pasen, que no caiga un ápice de la Ley".


INTRODUCCIÓN

Jesús era atacado por los escribas y fariseos de no cumplir la Ley y de mostrar desprecio hacia ella. Será una de las acusaciones constantes que hagan contra Jesús. El Señor en este pasaje, que completará con otros pa­sajes que estudiaremos más adelante, da una respuesta a estas acusaciones; y al mismo tiempo, pasa él a la acusación contra los fariseos, para darles a entender que los que verdaderamente no cumplen con la Ley son ellos.

A continuación de este pasaje, el Señor explicará claramente el sentido que tiene la palabra "dar cumplimiento" o "perfeccionar" la Ley, y refi­riéndose a varios preceptos de Decálogo aclarará la verdadera perfección que exigen.


MEDITACIÓN

1) "No vine a suprimir la Ley y los Profetas, sino a darle su cumpli­miento"

"La Ley y los Profetas" significa la Escritura toda. "Darle cumplimiento "significa llevarla a su plenitud, darle su forma perfecta y definitiva. "Todo se haya cumplido": de manera especial se refiere a la realización de todas las profecías anunciadas en el Antiguo Testamento. Todo el Antiguo Tes­tamento no puede entenderse sin Cristo. Cristo es el que hace realidad y explica toda la historia de salvación significada en el Antiguo Testamento.

En el Antiguo Testamento había leyes morales, sobre todo el Decálogo, junto con un sin fin de prescripciones, aumentadas cada día por la casuística de los rabinos, que convertían la ley judía en insoportable y has­ta absurda en muchas ocasiones.

Cristo vino a perfeccionar todo lo referente a la Ley moral, concretamente, a explicar y poner de manifiesto la perfección que exigía el cumplimiento del Decálogo; pero termina con la casuística judía de los rabinos. Caso muy concreto será la manera cómo entendían el cumplimiento del descan­so sabático.

Pero en el Judaísmo existían también una serie de leyes relativas al culto y a la pureza legal. Todo eso no era sino prefiguración del nuevo culto insti­tuido por Cristo, que se fundaría en su santo sacrificio y requeriría de los cristianos una gran pureza de corazón. Venida la realidad, desaparece la figura. Así es como Cristo perfecciona todas las leyes rituales y da verda­dero cumplimiento al auténtico culto que el hombre debe tributar a Dios.

Y la purificación legal es superada por la purificación interna de corazón por lo que será la esencia de la redención de Cristo, la justificación por la fe, el renacer de nuevo del agua y del Espíritu, y obtener así la verdadera filiación divina.

Por eso, San Pablo nos dirá; "El fin de la Ley es Cristo" (Rom 10,4). "La Ley fue nuestro pedagogo para llevarnos a Cristo, para que fuésemos jus­tificados por la fe. Mas venida la fe, ya no estamos bajo el pedagogo" (Gal 3, 24-25)

Cuadro de texto: 1Y, finalmente, existían en el judaísmo también leyes acomodadas a aquella época para regir y gobernar al Pueblo de Dios. Después de la venida de Cristo, el Pueblo de Dios es la Iglesia que abarca a todos los países de la tierra. Cristo establecerá nuevos poderes y nuevas leyes que han de regir en la Iglesia para el buen pastoreo de los fieles, del nuevo Pueblo de Dios.

2) "El que deje de cumplir..."

Los preceptos morales del Antiguo Testamento, todos los que están inclui­dos en el Decálogo conservan, por supuesto, toda su vigencia en el Nuevo Testamento. Y a este Decálogo hay que añadir los preceptos morales que añadió Cristo como aclaración y perfeccionamiento del Decálogo, y la nueva ley de la caridad, instituida por el mismo Señor, junto con las demás enseñanzas morales de Jesucristo en su Evangelio. Precisamente, todo el Sermón del Monte, es parte sustancial del nuevo código moral de Cristo.

Pero la ley moral incluye preceptos graves y preceptos que llamamos ve­niales, por no llevar consigo un rompimiento total con Dios y la pérdida de la gracia santificante.

El Señor se refiere en el texto que meditamos a aquellos que no dan im­portancia al quebrantamiento de los mandamientos no graves, y que con su conducta y ejemplo, o incluso con sus mismas palabras, hacen que otros no los observen.

Por supuesto, que todos los mandamientos son de gran importancia para la verdadera santidad y para mostrar en su cumplimiento el verdadero amor al Señor. Pero el que no ofenda a Dios gravemente, no se condenará; pero si ha descuidado las ofensas veniales, no se ha preocupado de ellas, y peor aún, ha sido causa de que otros sigan su ejemplo, ese tal, por la misericor­dia de Dios, no irá al infierno, pero siendo su santidad, su amor a Dios tan mezquino, será considerado "pequeño" en el Reino de Dios. Participará de la gloria eterna, pero su capacidad de recibir esa gloria quedará muy limitada por su actitud de tibieza.

En otros pasajes del Evangelio meditaremos la Palabra de Dios que en re­petidas ocasiones nos enseña que cada cual recibirá el premio de acuerdo a sus obras.

3) "Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos"

La mejor explicación de esta sentencia de Jesús la tenemos en la parábola del fariseo y el publicano. (Lc 18, 9-14). Era la justicia de los fariseos una justicia meramente externa y material de los preceptos de la Ley, y que a veces interpretaban muy equivocadamente, movidos por su egoísmo y sus privilegios y ventajas personales. Conocemos de su vanidad y soberbia profunda; al mismo tiempo que del desprecio a los demás. Y para ellos, la justificación era obra más personal de ellos, que gracia de Dios.

Sobre las actitudes de los fariseos ya hemos hablado en meditaciones ante­riores, y tendremos ocasión de volver a hablar, cuando meditemos las grandes críticas y los duros juicios que el Señor hace de ellos: (Cfr. cap. 23 de San Mateo)

Es lógico que en el Sermón del Monte el Señor, que está exponiendo su código de perfección moral y que valora, por encima de todo, la actitud in­terna del corazón del hombre, amoneste a sus apóstoles y a todos sus dis­cípulos y a la multitud que le estaba escuchando, para que se esfuercen en vivir la santidad cristiana, la "verdadera justicia" que él nos enseña, con un corazón mucho más humilde, sincero, y con una actitud de amor al próji­mo, elementos todos éstos desconocidos en la "Justicia" de los fariseos. Y que reconozcamos que la verdadera "justificación" viene de Dios, y que nosotros solos, sin la ayuda y la gracia de Dios, no podemos nada. Así será nuestra "justicia" agradable a Dios.



Examen de la oración


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29. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Sal de la tierra - Luz del mundo


 P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


B. SERMÓN DE LA MONTAÑA

29.- SAL DE LA TIERRA - LUZ DEL MUNDO

TEXTOS

Mateo 5, 13-16

"Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿Con qué se salará? Ya no sirve para nada más que para tirarla afuera y ser pisoteada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede estar oculta una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.

Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean nuestra bue­nas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Marcos 4, 21.

Les decía también: " ¿Acaso se trae una lámpara para colocarla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero?".

Lucas 8, 16.

"Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero para que los que entren vean la luz".


INTRODUCCIÓN

Mateo, después de exponernos el programa que Cristo ha señalado para todos los cristianos en su predicación de las Bienaventuranzas, continúa con la enseñanza de Cristo sobre la misión que tiene todo cristiano en el mundo, misión sublime que debe dar sentido a toda la vida. Aceptar a Cristo, aceptar sus enseñanzas, es comprometernos a ser sal de la tierra, luz del mundo, ciudad colocada en lo alto de un monte. Son metáforas que explican la responsabilidad de todo cristiano y que pone de manifiesto que todos los dones que recibe el cristiano, sobre todo el don de la fe y del se­guimiento a Cristo, son dones para compartir con todos los hombres.


MEDITACIÓN

1) "Vosotros sois la sal de la tierra"

Todos conocemos las cualidades principales de la sal y el uso que de ella hace el hombre. La sal se utiliza para preservar los alimentos de la corrup­ción; al mismo tiempo, da sabor y hace agradables los alimentos.

Estas son las cualidades que quiere el Señor que cada cristiano desarrolle en el mundo. Misión del cristiano será luchar en este mundo para preser­varlo de la corrupción del pecado, de todo mal moral. Para cumplir con esta misión es necesario que la sal no esté desvirtuada; es decir, si el cris­tiano, él mismo vive en la corrupción del pecado, le será imposible preser­var a otros, preservar el ambiente, de lo que es pecado, vicio, alejamiento de Dios. Tiene, pues, que vivir él esa pureza de vida que le haga ser ver­dadera sal de la tierra.

Pero además, su vida tiene que ser "buen olor de Cristo" como nos dirá San Pablo (2 Cor 2, 15). Tiene que dar sabor cristiano, tiene que mostrar la alegría y felicidad de seguir a Cristo. Hace agradable el cumplimiento de los mandamientos de Dios, su santísima voluntad. Hacer agradable la convivencia humana en espíritu cristiano. Que cualquiera que se acerque a un verdadero cristiano, sienta en él la presencia de Cristo, y una presencia que atraiga, que le mueva a conversión.

Las palabras de Cristo sobre la "sal desvirtuada" son palabras que expre­san el rechazo del Señor a los malos cristianos.

"No sirve para nada, sino para tirarla afuera y ser pisoteada por los hom­bres". Hay una referencia clara a la exclusión del Reino de Dios.

2) "Vosotros sois la luz del mundo"

Es la misión del cristiano como participación en Cristo, verdadera luz del mundo, como él mismo se proclamó en varias oportunidades (Cfr. Jn 8; 12,46)

La luz ilumina las tinieblas, señala y nos guía en nuestro caminar, muestra la belleza de la creación, da calor, vivifica y fecunda la tierra. Esas son las propiedades de esa gran luminaria que es el sol que Dios creó para bien del hombre.

Y si echamos una mirada al mundo que nos rodea, encontramos que es un inundo que vive en tinieblas, en ceguera de fe y de los principios morales más transcendentales; que vive confundido sin comprender cuál es el ver­dadero sentido del hombre y su destino. Es un mundo frío, helado por el egoísmo, donde reinan las injusticias, la violencia, el odio, la miseria, el hambre; un mundo que irá creciendo en lo que se refiere a ciencia y a téc­nica, pero que va camino de una muerte espiritual.

Pues, es en este mundo, donde Cristo nos pide a los cristianos que seamos luz verdadera que disipe tanta tiniebla, tanto error, tanta ceguera y poda­mos proyectar la verdadera luz de Cristo. Irradiar a Cristo que ilumina to­dos los problemas más trascendentales del hombre y la humanidad; Cristo que es verdadero guía y camino que lleva la auténtica felicidad; Cristo, que es amor infinitamente misericordioso que nos enseña con sus palabras y su ejemplo verdadera caridad fraterna; Cristo, el único capaz de dar vida so­brenatural, vida de hijos de Dios, vida de tal fecundidad que sus frutos per­manecen hasta la vida eterna.

Misión grandiosa y dignísima que tiene que dar un sentido muy profundo a toda nuestra vida. Pero como explicábamos antes al hablar de la sal, para cumplir con está misión tenemos nosotros que ser plenamente iluminados por la luz de Cristo y vivir de esa luz todos los momentos de nuestra vida.

Sólo así podremos irradiar la luz de Cristo.

3) "La ciudad colocada sobre el monte"

En los profetas Isaías (2,2) y Miqueas (4,1) se nos habla del monte del Se­ñor y se nos dice que sobre ese monte se construirá la casa, la ciudad de Dios, que necesariamente tendrá que ser vista y conocida por todos los pueblos.

Evidentemente, que este pasaje puede considerarse como una profecía re­ferente a la Iglesia que Cristo había de fundar y, que fundada sobre Cristo, había de ser conocida por todos los hombres.

Pero el Señor, en el pasaje que comentamos, aplica la metáfora a cada uno de sus discípulos. Todos han de ser como ciudad colocada en alto. Es de­cir, la vida santa de cada cristiano tiene que ser vista, colocada a la luz del mundo para que cuando el mundo mire a los cristianos, cuando el mundo contemple esa vida santa según Cristo, tenga que reconocer en ella el sello de Dios, un reflejo de gloria divina, y pueda sacar de ahí edificación y un ejemplo y motivo para su conversión y para glorificar a Dios.

Con estas metáforas están unidas las últimas palabras de Señor:

"Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras bue­nas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". No se trata de hacer las cosas con la finalidad vanidosa de ser alabados por los hombres. Se trata de la fuerza intrínseca que tiene toda vida since­ramente cristiana de ser sal, luz y ciudad puesta en alto, de manera que to­dos puedan recibir esa sal, compartir esa luz, y contemplar esa ciudad; de manera que puedan contemplar la bondad y la gloria de Dios y alabarle por todos los beneficios que concede a los hombres.

El mundo cambiaría radicalmente si, en verdad, los cristianos cumpliesen con su misión dada por Cristo. Pero desgraciadamente, son muy pocos los que son sal de la tierra, luz del mundo y ciudad colocada en lo alto. Misión que deben cumplir los cristianos en todos los campos de su vida, familiar, profesional, social, político, cultural.


Examen de la oración


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28. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Las Bienaventuranzas: 2° Parte


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


B. SERMÓN DE LA MONTAÑA

28. - LAS BIENAVENTURANZAS: 2ª PARTE

TEXTO

Mateo. 5,7-12

"Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericor­dia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con men­tira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros".

Lucas 6, 22-26

"Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expul­sen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recom­pensa será grande en el cielo. Porque de este modo trataron sus padres a los profetas. Pero ¡ay de vosotros, los ricos! porque habéis recibido vues­tro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos! porque ten­dréis hambre. ¡Ay de vosotros los que reís ahora! porque tendréis aflic­ción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas¡".


INTRODUCCIÓN

En el Evangelio de San Mateo encontramos, otras cuatro bienaventuran­zas pronunciadas por el Señor. A excepción de la última, San Lucas las omite. En cambio añade lo que llamamos "las maldiciones", tremendas imprecaciones contra los ricos y poderosos. No será la única vez que el Señor tenga tan duras críticas y amonestaciones de castigo a los ricos.

San Lucas ha quedado impactado por las palabras del Señor que se refieren, de manera especial, a esos "pobres de Yahvé", que veíamos en la meditación anterior. Son pobres que viven una pobreza real, actual, sentida en su vida ordinaria. Y son pobres que aceptan esa realidad con un corazón sumiso a Dios. Son las tres primeras bienaventuranzas que explica Lucas. Y al mismo tiempo recuerda las enseñanzas del Señor que se refie­ren al peligro que tienen los ricos de condenarse. Estas maldiciones o "dis­cursos de amenaza", como las llaman otros autores, las pudo pronunciar Cristo en otra oportunidad. Pero Lucas, las presenta al final de sus bienaventuranzas a los "pobres de Yahvé". San Mateo, en cambio, hace de las bienaventuranzas de Cristo todo un programa de santidad cristiana que abarca todos los aspectos principales de las enseñanzas del Señor sobre el verdadero Reino de Dios, que será siempre opuesto a todos los criterios y enseñanzas del mundo.


MEDITACIÓN

1) "Bienaventurados los misericordiosos"

Se trata, por supuesto, de una misericordia eficiente y efectiva, no es una misericordia meramente emotiva. (Cfr. 1 Jn 3, 16-18; Sant. 2, 14-17)

Se refiere, primero y ante todo, a toda obra de caridad, espiritual y material, que realmente ayude al prójimo a sobrellevar sus miserias, sus problemas y dificultades.

También entra en la virtud de la misericordia la comprensión y el perdón al prójimo.

Una explicación concreta de la misericordia la tenemos por parte del mismo Cristo en las parábolas del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37) y del juicio fi­nal (Mt 25, 31-46).

El premio es extraordinario y de enorme consolación y confianza para todo creyente. La infinita misericordia del Señor, de la que tanto necesitamos, se volcará sobre nosotros. Dios nos promete obrar con nosotros, no como me­recen nuestros pecados, sino de acuerdo a su infinita bondad y misericordia. Realmente, felices aquellos que viven siempre protegidos por la misericor­dia del Señor.

Y es tanto lo que el Señor agradece todo lo que hagamos en favor de sus hi­jos, que esa benevolencia para con ellos será causa de entrar en la Casa del Padre (Mt 25, 31-46). Y la palabra de Dios llega a decirnos que "Si alguno de Uds. se extravía lejos de la verdad y otro le hace volver de su mal cami­no, salvará su alma de la muerte y se le perdonarán todos sus pecados" (Sant. 5, 19-20). Generosísima promesa del Señor, de su misericordia: quien se esfuerza en salvar un alma, tiene su propia salvación asegurada.

2) "Bienaventurados los limpios de corazón"

Recordemos las palabras del Señor en una discusión con los fariseos: "De dentro del corazón salen las intenciones malas, los asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias. Eso es lo que hace impuro al hombre" (Mt 15, 19-20).

Creo que estas palabras del Señor explican el sentido de su bienaventuran­za. Los limpios de corazón son aquellos que no tienen ningún pensamiento o deseo que nazca de las pasiones bajas del corazón del hombre; que no tengan ningún afecto desordenado. Un corazón con una radical pureza de intención. Como aconsejaba San Pablo: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo" (Filip.2, 5)

Los fariseos daban importancia a los hechos, a las obras; pero no conside­raban pecado lo que solamente quedaba en el interior del hombre, en su co­razón, si no se manifestaba en alguna obra mala. Cristo cambia una ley ex­terna, meramente dirigida a regular los actos externos, por una ley que llega a lo más profundo del hombre, a su corazón.

Es la interioridad de la ley de Cristo. Las obras nacen de dentro del corazón humano; por eso, Cristo exige la pureza total de ese corazón.

Y para esa pureza es totalmente necesario que en ese corazón viva Cristo, y que ese corazón haya asimilado las enseñanzas del Señor. De aquí, que la vida de oración, de trato con el Señor, de meditación de su Evangelio, sea el medio mejor para conseguir la limpieza, la pureza de corazón, que trae consigo la bienaventuranza de que habla Cristo.

¿Cuál es el premio que el Señor concede a los limpios de corazón? "Ellos verán a Dios". Y este ver a Dios debemos entenderlo en sus dos tiempos, acá en la tierra y después en el cielo.

Ver a Dios en la tierra es tener el don de ciencia y de sabiduría para gustar y saborear las cosas de Dios y poder disfrutar de su trato íntimo, de su unión constante, aún en el tiempo de nuestro peregrinaje. La perfección to­tal de ese "ver a Dios" se dará en la visión beatífica que gozan todos los bienaventurados en el cielo.

3) "Bienaventurados los pacíficos".

Cristo es llamado el Príncipe de la Paz, y en su nacimiento, el canto angélico a los pastores prometía la paz a los hombres de buena voluntad. Al final de su vida, en el Sermón de la Ultima Cena, el Señor regalará el don de su paz a los apóstoles; y una vez resucitado, el saludo ordinario en sus apariciones era "la paz con vosotros". Y hoy día "La paz sea con vosotros" es el salu­do litúrgico de la iglesia en toda Eucaristía que celebramos.

Para conseguir esta paz vino Cristo a la tierra. En su cruz, recon­ciliándo­nos con su padre, trajo la paz divina a todos los hombres entre sí, donde ya no puede haber discriminación alguna. Todos formamos una misma unidad en Cristo Jesús.

"Bienaventurados los pacíficos" son aquellos que de una manera activa se esfuerzan, en primer lugar, por vivir ellos esa paz y reconciliación con Dios, y una paz y armonía con todos los hombres. Pero aquí la palabra "pacíficos" puede y debe interpretarse también en el sentido de aquellos que trabajan porque exista esa paz en el mundo. Los que trabajan para que los hombres se reconcilien con Dios, y los que trabajan para quitar todo odio, toda violencia, toda agresividad y todo sentimiento de hostili­dad entre los hombres. Los que trabajen porque la verdadera paz, basada en la justicia, solidaridad, libertad y respeto de todos los derechos huma­nos, reine en este mundo.

El premio: "Serán llamados hijos de Dios". Ellos poseerán de una manera muy especial la realidad de la filiación divina y sentirán y experimentarán esa filiación, que es el mayor tesoro que puede tener la persona humana.

"Serán llamados" no quiere decir, de ninguna manera, que es un título externo que se les concede. Recordemos la frase de Juan: "Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios y realmen­te lo somos" (1 Jn 3,1). No es título externo, es la realidad más interior de nuestra alma con la comunicación del Espíritu Santo que nos hace participar, en verdad, de la filiación divina. La experiencia y la alegría de esa filiación es el premio concedido a los pacíficos. Y esa filiación tendrá su total y pleno desarrollo en la gloria eterna.

4) "Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia... por mi causa".

No se trata de la "justicia" en abstracto, Se especifica diciendo "por causa mía" o "por causa del Hijo del hombre".

Se trata de ser perseguido, calumniado, e incluso, apresado, azotado, y martirizado, por causa de Jesús. Por seguir su doctrina por confesarle a El delante del mundo. Por no claudicar de nuestra fe bajo ninguna circunstancia, aunque sea la amenaza de la muerte.

Y esta persecución y este martirio es lo que Cristo profetizó a sus apósto­les en muchas ocasiones. Y la historia nos habla del martirio de los apósto­les de Cristo y de las terribles persecuciones y martirios en los primeros si­glos de la Iglesia.

Pero esa situación no fue cosa específica de los primeros tiempos del Cris­tianismo, sino que ha sido privilegio de la Iglesia y de los Cristianos de to­dos los tiempos, hasta el día de hoy.

Y no se trata solamente de esa persecución abierta y sangrienta que perse­vera hasta el fin de los tiempos, porque así lo anunció Cristo; sino que se manifiesta de mil maneras, con multitud de discriminaciones, con despre­cios y burlas, con calumnias y toda clase de críticas.

El cristiano debe saber que si realmente es buen cristiano y es testigo pú­blico del Señor y de su doctrina, de una manera o de otra, tendrá que sufrir alguna clase de persecución. Pero esta persecución debería ser un título de gloria, y causa de una gran alegría interior. Así lo vivieron los apóstoles. De ellos se nos dice que "Después de haber sido azotados y juzgados, sa­lieron muy gozosos por haber sido considerados dignos de sufrir por el nombre de Jesús." (Hech. 5, 40-41)

"Su recompensa será grande". Evidentemente, el Señor no se deja ganar en generosidad, y aquél que ha sabido sufrir por Cristo, por defenderle a él y su causa, ese recibirá premios extraordinarios de infinito valor, que noso­tros no podemos ahora ni barruntar. Lo que sí tenemos que afirmar es que el martirio, el morir por Cristo, se ha considerado siempre en la Iglesia como un privilegio, un regalo de Dios, un gran don de su amor.

5) Las maldiciones

La mejor manera de interpretar las tres primeras maldiciones es leer lo que el Señor dijo a los "malos" en el juicio final (Mt 25, 41- 43) y leer la pará­bola del rico y el pobre de Lázaro. (Lc 16, 19-31)

No se trata de un ataque absoluto dirigido a todos los ricos. Es una clara condena a todos aquellos que apegados a sus riquezas, viven para ellas las usan y disfrutan de ellas egoístamente, y de ordinario cometiendo injusti­cias, y se refiere también a aquellos que hallan su dios en los placeres, y en la satisfacción de todos los instintos, con precisión de todo lo que es caridad, falta de solidaridad para ayudar a los que necesitan. Ciertamente de ellos no es el Reino de Dios y están destinados a la condenación. Tre­mendas palabras de Cristo Juez que el hombre de nuestra sociedad no quiere escuchar.

En cuanto a la cuarta maldición: Cuando hablen bien de ustedes..." se re­fiere a aquellos que son alabados y exaltados por los del mundo, por los que siguen los criterios del mundo. No se trata de la alabanza o el bien ha­blar de otra persona; sino de una alabanza y de un bien hablar que se fun­da en la manera de proceder de los hombres mundanos, de las personas dadas a sus placeres y a sus vicios. Ciertamente si es el mundo, los hombres del mundo, los que alaban y hablan bien de otros, es señal de que esos otros siguen sus criterios. Si seguimos el Evangelio y vamos contra el espíritu del mundo, ciertamente el mundo no nos alabará y nos odiará, como lo profetizó Cristo (Cfr. Jn 15, 18-19; 1 Jn 3,19; Jn 7,7).

 

Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.







27. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Las Bienaventuranzas: 1° Parte

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


B. SERMÓN DE LA MONTAÑA

27.- LAS BIENAVENTURANZAS: lª PARTE

TEXTOS

Mateo 5, 1-6:

Viendo a la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados".

Lucas 6, 17-21:

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jeru­salén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos, quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque sa­lía de él una fuerza que sanaba a todos. Alzando los ojos hacia sus discípu­los dijo: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados.

Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis".

INTRODUCCIÓN

El Sermón del Monte se considera como la Carta Magna del Cristianismo y el Código Moral más perfecto que hayan recibido los hombres. No hay doctrina más sublime, ni doctrina que abarque con tanta profundidad nues­tras relaciones con Dios y con el prójimo. Todo él es el camino que nos tra­za Cristo, si querernos construir una sociedad justa y una sociedad basada en la solidaridad, en la paz y en el amor.

Antes de entrar a la explicación del Sermón del Monte, queremos aclarar algunas dificultades que suelen suscitarse. La mayoría de autores creen que no fue un sermón pronunciado por el señor de una sola vez. Es propio de San Mateo dividir su evangelio en capítulos que recogen las principales enseñanzas del Señor, aunque hayan sido pronunciadas en diversas oca­siones, y en capítulos que más bien nos describen los milagros que hacía con infinita misericordia, para bien de los más pobres y enfermos y tam­bién para confirmar su doctrina.

Y esta interpretación parece confirmarse, porque muchas de las enseñan­zas que pone aquí Mateo, las encontramos esparcidas en los otros evange­lios en diversos contextos. Pero lo transcendental es que todas son ense­ñanzas de Cristo, Verdad Divina y Luz del mundo.

Y en cuanto al contexto de la primera parte del Sermón del Monte, parece que es San Lucas quien nos da la versión más probable. Mateo omite la elección de los Doce, que prefiere colocarla como introducción a las ins­trucciones apostólicas que iba a predicarles, en su capítulo 10.

Lucas nos habla de que Cristo salió hacia un monte para hacer oración y que allí pasó toda la noche orando. A la mañana siguiente, reunió a sus discípulos y escogió a Doce para que fueran sus Apóstoles. Luego bajó con ellos y en alguna parte más llana del mismo monte, probablemente, ya casi en la falda del mismo monte, se encontró con gran multitud de gente que venía a su encuentro. Es entonces, cuando comenzó a predicarles. Era gente pobre, humilde, sencilla, pero con un corazón generoso y con gran fe en el Señor. A ellos de manera especial, y por supuesto, a sus discípulos y apóstoles, se dirige Cristo y da comienzo al Sermón de las Bienaventuranzas.

Podría extrañar el que se encontrase en aquella ocasión una "gran muche­dumbre del pueblo". Ya conocemos la aceptación que tenía Cristo en los comienzos de su predicación y las multitudes que le seguían. San Mateo, justo inmediatamente antes de la exposición del Sermón del Monte, escri­be: "Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclaman­do la Buena Nueva y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pue­blo. Su fama llegó a toda Siria; y le traían todos los pacientes aquejados de enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíti­cos, y los sanó. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán". (Mt 4, 23-25). Pasajes muy parecidos a éste ya los hemos comentado en meditaciones anteriores. (Cfr. med. 17 y 19)

Son muchas las meditaciones que tenemos que dedicar al Sermón del Monte. En esta primera, nos ceñiremos a las Bienaventuranzas, y no to­das, sino a las que son comunes a Mateo y Lucas, aunque tengan sus mati­ces diferentes.

MEDITACIÓN

1) Introducción de Juan Pablo II al Sermón de las Bienaventuran­zas en su alocución a los jóvenes del Perú (2 Feb. 1985)

"Acabamos de escuchar uno de los pasajes del Evangelio que más ha con­movido al mundo a lo largo de los siglos: las ocho Bie­na­ven­turanzas del Sermón de la montaña. Con expresivas pala­bras se refirió el Papa Pablo VI a este pasaje, presentándolo como uno de los textos más sorprendentes y más positivamente revolucionarios: ¿Quién se habría atrevido en el curso de la historia proclamar felices a los pobres de espíritu, a los afligidos, a los mansos, a los hambrientos, a los sedientos de justicia, a los misericordiosos, a los puros de corazón, a los artífices de la paz, a los per­seguidos, a los insultados...?

Aquellas palabras, sembradas en una sociedad basada en la fuerza, en el poder, en la riqueza, en la violencia, en el atropello, podían interpretarse como un programa de vileza y abulia, indignas del hombre; y en cambio eran proclamas de una nueva civilización del amor (Homilía de Pablo VI en la Misa del 29 de enero 1978). Queridos amigos: el programa evangéli­co de las Bienaventuranzas es transcendental para la vida del cristiano y para la trayectoria de todos los hombres.

Para los jóvenes es sencillamente un programa fascinante. Bien se puede decir que quien ha comprendido y se pone a practicar las ocho Bienaventuranzas propuestas por Jesús, ha comprendido y puede hacer realidad todo el Evangelio. En efecto, para sintonizar plena y certeramente con las Bienaventuranzas, hay que captar en todas sus dimensiones las esencias del mensaje de Cristo hay que aceptar sin reserva alguna el Evan­gelio"

Creemos que estas palabras de Pablo VI y Juan Pablo II son ya un comen­tario bien profundo sobre el sentido de las Bienaventuranzas.

2) "Bienaventurados"

Esta palabra significa lo mismo que "felices", y la palabra "feliz" y "felici­dad" son palabras que están inscritas indeleblemente en el corazón de to­dos los hombres. Todos desean la felicidad y este deseo no es una señal de egoísmo; es una prueba de que Dios ha depositado en el corazón de cada ser humano un destello de su infinitud, de su gloria de su bienaventuranza eterna, en la que todos estamos llamados a participar. Y Jesús quiere esta felicidad para todos los hombres, y por eso viene al mundo, se encarna y muere en la cruz, para llevarnos a la gloria y bienaventuranza del padre.

Ocho veces resonarán en este sermón la palabra "felices", "Bienaventura­dos". El problema radica en que el hombre busca su felicidad por caminos equivocados, centrados en un egoísmo idolátrico, y esos caminos desembo­can en la tragedia del individuo y en la construcción de una sociedad injus­ta, donde prevalece el odio, la envidia, la miseria y toda clase de desgracias. Es Cristo quien nos indica los verdaderos caminos de la felicidad en estas bienaventuranzas que proclama.

3) "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt)

"Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios"(Lc)

Como vemos, la formulación de esta primera bienaventuranza es distinta en Mateo y Lucas. Lucas dice "pobres" sin especificar "pobres de espíritu".

"Los pobres" hay que entenderlo, interpretarlo en la perspectiva del Antiguo Testamento. Son los "anawim" del Antiguo Testamento, que carentes de bienes, de riquezas, son despreciados y marginados en la sociedad; pero, al mismo tiempo, estos "anawim", se caracterizan en el Antiguo testamento por ser hombres religiosos, piadosos, que aceptan su situación y ponen en Dios su confianza. Se caracterizan por su humildad y piedad.

Por supuesto, que el Señor no se refiere a la pobreza extrema de miseria y hambre. El Señor rechaza esa situación que va en contra de todos los dere­chos y dignidad del hombre.

San Mateo se refiere también a esos hombres de Yahvé "anawim" del Anti­guo Testamento, pero ha querido ampliar el sentido de la bienaventuranza a aquellos que, aún teniendo bienes materiales, viven en una actitud de pro­funda humildad ante Dios, de un gran desprendimiento de los bienes mate­riales, de gran austeridad en el uso de esos mismos bienes, y de una sincera caridad en la ayuda material a los necesitados.

El premio que se promete a estos "pobres" es el Reino de Dios.

Por "Reino de Dios" hay que entender todos los bienes mesiánicos, los ofre­cidos aquí en la tierra y los ofrecidos en la vida eterna. Bienes de fe, espe­ranza y caridad; bienes de filiación divina, de oración y trato íntimo con el Señor, bienes de paz y consuelo basados en la confianza en la Providencia de Dios; y los bienes prometidos de la gloria eterna.

4) "Bienaventurados los mansos"

Esta bienaventuranza la trae sólo San Mateo. En general se suele interpretar la virtud de la mansedumbre como la virtud de la paciencia: "Bienaventurados los pacientes". Y podríamos referir esta bienaventuranza a aquellos que sa­ben dominar y controlar los ímpetus de la ira y de la violencia, los que lle­van en paciencia las contrariedades cotidianas de la vida, los que saben su­frir pacientemente los defectos y limitaciones del prójimo y ser comprensi­vos con todos ellos.

Pero algunos autores creen que aquí la virtud de la "mansedumbre" se re­fiere a una virtud heroica, opuesta a la venganza, y que consiste en saber "devolver bien por mal". Son bienaventurados aquellos que ante las ofen­sas que puedan recibir, están siempre dispuestos a corresponder, no sólo con el perdón, sino con la prestación de un bien, de un beneficio: es doctri­na que el Señor expondrá en otras oportunidades.

El premio que se les ofrece es "poseerán en herencia la tierra". El sentido literal de la promesa es claro. Por "tierra" se entiende "la tierra prometida" que significa el cielo. Ese es el lugar prometido para todos los cristianos, la verdadera patria a la que todos somos llamados.

Los Santos Padres, en una interpretación acomodaticia, consideran que esa "tierra" puede referirse también al "corazón de los hombres". Es decir, que el hombre manso, paciente, el que sabe devolver bien por mal, acabará por conquistar el corazón de los hombres, atraerá hacia sí la benevolencia y el aprecio de los demás.

5) "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados " (Mt)

"Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis" (Lc)

Las lágrimas son signo de dolor, de sufrimiento. En la bienaventuranza no se puede tratar de cualquier dolor y de cualquier sufrimiento.

Un dolor y un sufrimiento que provenga del egoísmo, de las pasiones, de los pecados y de sus consecuencias, no entran en esta bienaventuranza.

La bienaventuranza se refiere a los que lloran, es decir a los que sufren por cualquier circunstancia adversa. Puede identificarse con la primera bienaventuranza de los pobres de Yahvé, y quizá así lo entienda Lucas, pero su sentido es mucho más profundo.

Son bienaventurados los que hacen de sus dolores y sufrimientos una oblación a Dios unida al sacrificio de Cristo. Son bienaventurados los que viven en una actitud de sacrificio por amor al prójimo. Son bienaventura­dos los que lloran con profundo arrepentimiento sus pecados.

El premio: "Seréis consolados".

Es totalmente cierto, y ésta es la experiencia de todos los que sufren con verdadero espíritu cristiano, que aún en medio de sus dolores mantienen la paz y la serenidad interior, acrecientan su fe y confianza en el Señor, e incluso sienten la alegría de poder unir sus sufrimientos a los de Cristo y sentirse corredentores con El.

Y "seréis consolados" tiene su plenitud de realización después de la muerte, cuando se cumpla la palabra del Señor: "Dios enjugará toda lágri­ma de sus ojos". (Apoc. 21,4)

6) "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, por que ellos serán saciados" (Mt)

"Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados". (Lc)

Los autores creen que la bienaventuranza, tal como la expresa Lucas, es una repetición, una vez más, de la misma primera y segunda bienaventu­ranza. Las tres se refieren exclusivamente a los "anawim" o pobres de Yahvé en su situación real de pobreza, sufrimiento y hambre.

San Mateo, teniendo en cuenta a esos "Pobres de Yahvé", sin embargo, su enseñanza va más allá. En su bienaventuranza nos habla de "hambre y sed de justicia".

En la Biblia la palabra "justicia" tiene siempre un sentido religioso. En el Evangelio se nos dice de José que era "hombre justo" (Mt 1,19), es decir piadoso, servidor fiel, cumplidor de la voluntad de Dios. Este sentido tie­ne en otros textos del Antiguo Testamento (Cfr. Gen 7,1; 18, 23-32; Ez. 18,5ss; Prov. 12.10). Otras veces significa bueno, caritativo con el próji­mo (Tob. 7,6; 9,6).

Quien se esfuerza en cumplir en todo la voluntad de Dios, ése es justo, ése es santo. La bienaventuranza se refiere a los que tienen hambre y sed de esta justicia, de esta santidad. No se trata de un deseo vago e ineficaz, sino de un deseo sincero y eficaz por vivir en esa total sumisión a la vo­luntad de Dios.

El premio es "serán saciados". Llegarán a la plenitud de la unión con Dios, a la intimidad con El, que llenará todas las ansias del corazón humano.

Felices verdaderamente los que siguen estos caminos del Señor. Su palabra es infalible. Todas sus promesas se cumplen. Quien intente vivir estas bienaventuranzas sentirá siempre alegría y felicidad sobrenatural, alegría y felicidad que supera cualquier otra alegría y felicidad terrena. De nosotros depende vivir ya en la tierra el comienzo de la bienaventuranza eterna.




Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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