Domingo V Cuaresma. Ciclo B – El grano de trigo


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P. Adolfo Franco, jesuita


Lectura del santo evangelio según san Juan (12, 20 - 33):

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este. mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»

Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Palabra del Señor


La Pasión es camino de fecundidad, como cuando el grano de trigo muere

El Evangelio de San Juan que se lee en este domingo nos trae tres afirmaciones de Jesús sobre la esencia misma de su misión salvadora, sobre el misterio que ardía en su intimidad:

"Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto"

"Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre"

"Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Jesucristo es consciente de su misión y del modo trágico en que se va a realizar esa misión. Y ante esta tragedia nos hace entrever cuáles son sus sentimientos (mi alma está agitada). Pero sobre todo quiere revelarnos el sentido de esta tragedia: Va a ser elevado como un despojo, pero también como un estandarte: y así será un imán que atraerá a todos los que sienten la necesidad de ser salvados. El va a morir, como un grano de trigo, pero va a convertirse en un hermoso e inacabable campo de trigo lleno de doradas espigas.

El plan de salvación es difícil de entender, porque el paso hacia la salvación, es a través de la muerte: una muerte que es no sólo término de la existencia biológica, sino muerte de todo en El: sus sentimientos quedan triturados, aparentemente todo desemboca en un fracaso, muere su éxito; todos los componentes de su personalidad, de sus deseos, mueren, y muriendo se convierten en fuerza incontenible de fecundidad.

Es sepultado en la tierra como una semilla. Y esta es una visión que da además hermosura y armonía a esa tragedia del Calvario. Nunca nuestra tierra ha recibido en sus surcos una semilla más promisoria. Nuestra tierra, esta tierra que nos recibe, sobre la que habitamos, en la que nos movemos y que nos alimenta, ha sido enriquecida por esta siembra, y regada con ese río de vida que es la persona misma del Hijo de Dios. Felicidad a esta tierra que ha sido santificada con la presencia creadora de esta hermosa semilla, de este grano de trigo.

Jesucristo va conscientemente a este encuentro con la madre tierra, que es el término pleno de una encarnación, en cuyo comienzo Jesús fue sembrado en otra tierra, la tierra hermosa del seno de María.

Y va a cambiar completamente los colores y los sentidos: el sufrimiento de Cristo será la gloria (Padre, glorifica tu nombre). La muerte será una explosión de la vida (si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. ¡Qué diferente modo de entender la vida, y de entender el triunfo! Esto está sobre todos los cálculos, sobre todas las previsiones económicas: trasciende de un salto todo nuestro pequeño horizonte aritmético.

Y así se convierte en lo más atractivo que un ser humano lleno de ideales puede soñar. Nosotros, a veces no lo sabemos, pero en el fondo de nuestro corazón hay una atracción a este Jesús que se entrega sin cálculos, para ser la prenda cierta de que Dios nos ama, que es nuestro Padre, y que nos quiere salvar: o sea nos quiere llevar a una inimaginable felicidad: "estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros" (Rom. 8, 18).



Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Textos claves del Nuevo Testamento - 4. "...no hago el bien..."

 


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.


Querer el bien está al alcance del hombre, pero no siempre el realizarlo con plenitud: "El querer el bien está a mi alcance, pero el hacerlo no. Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Y si hago el bien que quiero, no soy quien lo hace, sino la fuerza del pecado que actúa en mí" (Rm 7, 18-20); ¿Quién puede librarme de esta situación de frustración? Sólo Jesucristo es quien puede triunfar de verdad sobre el mal en el corazón del hombre. Transformados por la "gracia" podemos hacer el bien y superar el mal con el bien: "La ley del Espíritu vivificador me ha liberado por medio de Cristo Jesús de la ley del pecado y de la muerte" (Rm 8,2)



Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

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Teología fundamental. 34. El Credo. Descenso a los infiernos y Resurrección de Jesucristo

 


P. Ignacio Garro, jesuita †


5. EL CREDO

Continuación


5.15. RESURRECCIÓN, ASCENSIÓN Y SEGUNDA VENIDA DE JESÚS

El milagro de la resurrección es el más importante que obró Jesucristo, la prueba más clara de su divinidad, y el principal fundamento de nuestra fe. 


5.15.1 DESCENSO DE CRISTO A LOS INFIERNOS 

Las palabras "bajó a los infiernos" que recitábamos en el Credo significan que el alma de Cristo, separada de su cuerpo, bajó al lugar donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la Redención. 

La palabra "infiernos" significa los lugares inferiores. Estos son tres: 

  • El infierno propiamente dicho, o lugar de los condenados; 
  • El purgatorio, donde se purifican las almas; y 
  • El llamado seno de Abraham, donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la Redención. A este lugar nos referimos ahora.

Estas almas se hallaban detenidas allí porque el cielo estaba cerrado con el pecado; y nadie podía entrar en él antes de que Cristo lo abriera, con su muerte. Y aunque no experimentaban sufrimiento alguno, era, muy grande su deseo de ver a Dios. 

Jesucristo descendió ahí para consolar estas almas justas, hacerles saber que el misterio de la Redención se había realizado, y que pronto irían con El al cielo. 


5.15.2. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO 

El artículo del Credo: "Resucitó al tercer día", nos enseña que Cristo por su propio poder juntó su alma con su cuerpo, para nunca más morir. 

Es de advertir que en tanto que los demás muertos que han resucitado, han sido resucitados por el poder de Cristo, éste resucitó por su propia virtud.

Advierte el Catecismo Romano la conveniencia de que resucitara al tercer día; pues si hubiera resucitado antes, su muerte no hubiera quedado comprobada, así como tampoco su Resurrección, prueba de su divinidad. 

Los guardias que custodiaban el sepulcro no lo vieron resucitar. Pero sintieron el terremoto que acompañó su resurrección, y vieron que un ángel del Señor bajó del cielo, removió la piedra del sepulcro y se sentó en ella. Su semblante deslumbraba como el rayo, y sus vestiduras eran como la nieve. Los guardias repuestos del espanto que sufrieron, refirieron lo ocurrido a los príncipes de los sacerdotes. 

María Magdalena y otras santas mujeres fueron el domingo muy de mañana al sepulcro y lo encontraron vacío. Cristo se les apareció, y les ordenó que anunciaran su resurrección a los discípulos (cfr. Mt. 28, Mc. 16, Lc. 24, Jn. 20, etc.). 

Después siguieron las diversas apariciones, ya a algunos apóstoles en particular, ya a todos reunidos en el Cenáculo, y a todos los discípulos. San Pablo da cuenta de que una vez se apareció a más de 500 hermanos, a cuyo testimonio apela. 


5.15.2.1 Importancia de este milagro 

El milagro de la resurrección es el más importante que obró Jesucristo, la prueba más clara de su divinidad, y el principal fundamento de nuestra fe. Así escribía San Pablo a los corintios: "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana vuestra fe" (I Cor. 15, 14). 

Da mayor valor a este milagro la circunstancia de que Cristo profetizó en diversas ocasiones su resurrección. Esto lo sabían no sólo los apóstoles, sino también los enemigos de Cristo; y así se apresuraron a pedirle a Pilatos guardias para el sepulcro, no fuera que sus discípulos lo robaran (cfr. Mt. 16, 21; 17, 9; 20, 19). 

"Nos acordamos, dijeron los judíos a Pilatos, que aquél impostor, estando todavía en vida, dijo: después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se guarde el sepulcro hasta el tercer día, no vayan sus discípulos y le hurten, y digan a la plebe: ha resucitado de entre los muertos; y sea el último engaño más pernicioso que el primero. Les respondió Pilatos: Ahí tenéis la guardia; id y ponedla como os parezca. Con esto yendo allá, aseguraron bien el sepulcro, sellando la puerta y poniendo guardias" (Mt. 27, 63-66). 


5.15.2.2 Pruebas de su Resurrección 

Sabemos que Cristo resucitó verdaderamente por el testimonio de los Apóstoles y de muchos discípulos que le vieron muchas veces después de su resurrección, que hablaron y comieron con El, y llegaron a tocar su cuerpo, como el Apóstol Tomás. 

Aparición a los discípulos en el Cenáculo 

Estando los discípulos en el Cenáculo, Jesús se les apareció de repente y les dijo: "La paz sea con vosotros". Viendo su temor agregó: "¿De qué os asustáis? Mirad mis manos y mis pies, yo mismo soy; palpad y ved que un espíritu no tiene carne ni huesos, como vosotros véis que yo tengo". Dicho esto, les mostró las manos y los pies" (Lc. 24, 36 y ss.). 

Como ellos no le acabasen de creer, pues el gozo y la admiración los tenía fuera de sí, Jesús les pidió de comer; le presentaron un trozo de pez; él comió, y en seguida, les explicó las Escrituras, diciéndoles: "Así era necesario que Cristo padeciese, y que resucitase de entre los muertos al tercer día" (Lc. 24, 43 y 46). 

La aparición a Santo Tomás fue de la siguiente manera: cuando los discípulos le dijeron: "Hemos visto al Señor", Tomás, que había estado ausente, no quiso creerles, sino que les replicó: "Si no veo en sus manos la señal de sus clavos, y meto mi dedo en el lugar que en ellas hicieron los clavos, y mi mano en la llaga de su costado, no creeré". Ocho días después estaban todos reunidos, y Tomás con ellos. Jesús se apareció y los saludó: "La paz sea con vosotros". Luego dijo a Tomás: "Mete aquí tu dedo y mira mis manos; da acá tu mano y métela en mi costado; y no quieras ser incrédulo, sino fiel". Tomás exclamó: "Señor mío y Dios mío". Jesús le replicó: "Tomás, porque has visto has creído; bienaventurados aquellos que sin haber visto, han creído" (Jn. 20, 24 ss.). Cristo pudo entrar en el Cenáculo, estando las puertas cerradas, porque uno de los dotes de los cuerpos gloriosos es la sutileza, o sea, el poder de penetrar otros cuerpos. 


5.15.2.3 Frutos de la Resurrección 

De la Resurrección de Cristo hemos de sacar los siguientes frutos: 

  • Fe firme en su divinidad y en la de su Iglesia. 
  • Esperanza de que como El, resucitaremos algún, día. 
  • Propósito de levantarnos del pecado, representado por su muerte, a la virtud y santidad, simbolizada por su Resurrección. 

Esta es la clara doctrina de San Pablo: "Así como Cristo resucitó de la muerte a la vida, así también nosotros vivamos con un nuevo género de vida" (Rom. 6, 4). "Si resucitasteis con Cristo, buscad las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboreaos con las cosas de lo alto, y no con las de la tierra" (Col. 3, 11). 



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Damos gracias a Dios por la vida del P. Ignacio Garro, S.J. quien nos brindó toda su colaboración. Seguiremos publicando los materiales que nos compartió para dicho fin.

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Domingo IV Cuaresma. Ciclo B – Jesús y Nicodemo


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P.  Adolfo Franco, jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Juan (3, 14 - 21):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

Palabra del Señor


La Cuaresma es un camino hacia la salvación que Dios nos anuncia

La Cuaresma es un camino cuyo término es la Pascua: la gran manifestación de Dios Salvador. Dios, nuestro querido Padre, nos salva, nos libera de todo aquello que nos amenaza y nos ataca. Y por eso la liturgia de este tiempo de Cuaresma destaca en varios textos la obra de la salvación de Dios en Jesucristo.

Así lo hace en este Domingo, cuando nos trae a reflexión una buena parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, del Evangelio de San Juan: "tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único".

Es muy importante entender que Dios es principalmente SALVACIÓN, porque esencialmente es AMOR. Y este texto lo recalca cuando añade: "no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo". Esta afirmación del deseo, de la voluntad de Dios, de salvar, es fundamental para nosotros. Nos da una seguridad contra nuestros temores, nos elimina miedos, nos da un firme apoyo. Tenemos la certeza de la salvación. Nos da una gran seguridad saber que es Dios el que desea y obra nuestra salvación. Pero la salvación no es automática, pues está dirigida a hombres libres y el hombre libre no se salva sin una participación personal. 

Y por eso continúa esta lección de Jesús, presentando una tragedia real y lamentable: "los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas". Dios quiere salvarnos, pero hay personas que libremente prefieren las tinieblas.

Puede parecer una afirmación muy drástica, pero no será Jesús quien disfrace la verdad con atenuantes. Y entonces queda para cada uno una pregunta: ¿yo prefiero las tinieblas o la luz? ¿Deseo que mis obras sean puestas en la luz? ¿Me atrevo a que la luz de Dios ilumine toda mi conducta?

Es verdad que somos tan frágiles, tan llenos de escondites, y de subterfugios, que tememos ser enfocados por el reflector de Dios, que pone al descubierto toda nuestra imperfección. Pero hay personas que de una vez han querido arriesgarse a dar el salto de la autenticidad, y sabiéndose débiles y llenos de muchas oscuridades, han decidido ponerse ante este reflector que es la Luz de Dios, sin temor, confiados en que Dios los va a recibir, y esperanzados en que esa luz de Dios los va a purificar poco a poco de las tinieblas.

Esa Luz de Dios iluminando nuestra vida, empieza por quitarnos el antifaz, a través del cual vemos la realidad y vemos a los demás. Y mientras no desaparezca ese estorbo de nuestra visión, estaremos llenos de sombras. La realidad que vemos a través de nuestra careta, es una realidad deformada, por nuestras posiciones ya tomadas, por las ideologías que distorsionan el conocimiento de lo real. Atreverse a dudar de las propias certezas, quitar esa venda de los ojos, es algo importante para atreverse a estar bajo la Luz. Nos llenamos de certezas postizas, de prejuicios, de ofuscaciones, de autosuficiencia: y esas actitudes nos impiden recibir de Dios la verdadera luz, el conocimiento y la sabiduría que debería iluminar nuestra vida. El subjetivismo, la manera propia y personal de ver y de juzgar, es algo inevitable, porque somos sujetos, y porque tenemos que utilizar nuestra mente (y no la de los otros) para comprender y para tener un conjunto de criterios establecidos; pero es importante y sabio introducir una gota de duda en nuestras certezas, para tener la capacidad de corregir la equivocación, si es que la llegamos a sospechar. Otra cosa importante que hace la Luz de Dios es poner un poco de duda en nuestras pretendidas certezas.

La luz de Dios nos lleva también a aceptar que además de existir nuestras certezas, existe la verdad en sí: la realidad manifestada por Dios. Dios nos ha enseñado, se nos ha revelado, y hay que preferir su luz a nuestras tinieblas. Dios nos da el sentido de la vida, más allá del que nosotros le encontremos; Dios nos dice lo que es el bien, y la bondad, por encima de lo que a mí me parece. Dios nos dice cuál es el camino de la realización. Es el único que puede decirme quién es El (no cómo me lo imagino yo), y quien soy yo de verdad.

Así Dios nos salva también; la salvación que Dios nos ofrece, la redención que nos libra del pecado, nos libra también de la oscuridad, para que caminemos como hijos de la Luz.



Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Teología fundamental. 33. El Credo. Necesidad y Universalidad de la Redención


P. Ignacio Garro, jesuita †


5. EL CREDO

Continuación


5.14. NECESIDAD Y UNIVERSALIDAD DE LA REDENCIÓN

5.14.1 Su necesidad 

La Redención, como la Encarnación, no era absolutamente necesaria, pues Dios podía dejar abandonado al hombre, o perdonarlo generosamente. 

Pero si era necesaria en el supuesto de que Dios exigiera una reparación condigna. En este caso era preciso que una de las divinas Personas se hiciera hombre y reparara la ofensa causada a Dios, porque sólo un hombre-Dios puede reparar de una manera digna la ofensa cometida contra Dios. 


5.14.2 Su universalidad y nuestra cooperación 

Es de fe que Cristo murió por todos los hombres, esto es, que se entregó en rescate para que todos se salven. 

Aunque de hecho muchos no lo consigan, por no emplear los medios de salvación necesarios. 

Calvino enseñó que Cristo no murió por todos los hombres, sino sólo por los elegidos. Lo mismo enseñan los jansenistas, quienes para denotar esta idea no representan a Cristo crucificado con los brazos abiertos, sino casi cerrados. 

Esta enseñanza está en contradicción con la Sagrada Escritura. San Juan nos dice: "Cristo es propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero (I Jn. 2, 2). Y San Pablo: "Cristo se dio a sí mismo en rescate por todos" (I Tim. 2, 6). 

Cuando la Escritura dice que "Cristo murió por muchos", de acuerdo con el género de la lengua hebrea y los textos ya citados, muchos deben entenderse en el sentido de multitud: Cristo murió por la multitud, esto es, por todos. 

Aunque Cristo murió por todos los hombres, no podemos salvarnos sin la cooperación de nuestra parte. Es el mismo Cristo quien nos enseña: "Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos" (Mt. 19, 17). Y San Agustín dice: "El que te creó sin ti, no te salvará sin ti". Esto es, sin tu cooperación. 

"Este hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre -todo hombre sin excepción alguna- ha sido redimido por Cristo, porque con el hombre -cada hombre sin excepción alguna- se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello. Cristo, muerto y resucitado por todos, da siempre al hombre -a todo hombre y a todos los hombres- su luz Y su fuerza para que puedan responder a su máxima vocación" (Juan Pablo II, Enc. Redemptor Hominis, num. 14), cfr. Puebla, núm. 1310.

Los protestantes, en especial Lutero y Calvino niegan la necesidad de cooperar a la gracia, enseñando que sólo la fe justifica; esto es, que ella nos aplica los méritos de Cristo, sin necesidad de cooperación de nuestra parte. 

Este es un gravísimo error, que está en evidente contradicción con la enseñanza de la Sagrada Escritura. "La fe sin obras es muerta", declara Santiago (2, 20). Y San Pablo: "No son justos los que oyen la ley, sino aquéllos que la cumplen" (Rom. 2, 13). Y el mismo Cristo declara que en el juicio final recibirán la recompensa del cielo los que hayan practicado las obras de misericordia para con su prójimo (cfr. Mt. 25, 34).


5.14.3 Aplicación de los méritos 

Es necesario, pues, que nos apliquemos los méritos de Cristo mediante los medios instituidos por El con este fin: la fe, los mandamientos, los sacramentos, la oración. Quienes desprecian estos medios no pueden salvarse. 

Sería falso afirmar que los méritos de Cristo, por ser de infinito valor, se extienden sin más a todos. Porque, aunque sean de infinito valor, son como una medicina, que no aprovecha sino al que se la aplica.

Advirtamos aquí dos circunstancias: 

a) Cristo no se contentó con merecernos la salvación, sino que nos dio también la oportunidad de merecerla con nuestros propios méritos. Lo cual es mucho más honroso para nosotros, pues no la recibimos como limosna, sino con cierto derecho a ella. 

b) Nuestros méritos no menoscaban los de Cristo, pues de ellos reciben toda su eficacia. Además, es indispensable que unamos nuestra satisfacción a la de Cristo, esto es, que expiemos nuestros pecados para poder salvarnos. Y así nos dice: "Si no hacéis penitencia, todos por igual pereceréis" (Lc. 13, 5). 

En este sentido debe entenderse la frase de San Pablo: "Completo en mi carne lo que falta por padecer a Cristo" (Col. 1, 24). Esto es, mortifico mi carne para que puedan aplicárseme los méritos y satisfacción que Cristo me alcanzó con sus padecimientos y su muerte.


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Curso Historia de la Iglesia

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El P. Gerardo Aste SJ nos dice en su presentación: "La muerte es una realidad inevitable por la que todos tarde o temprano pasaremos y algunos viven este momento con más paz y otros con más angustia. El objetivo de estos encuentros es compartir cómo el cristianismo entiende la muerte para que la podamos vivir con paz, esperanza y serenidad." Este curso comprende en 7 entregas, compartimos los enlace AQUÍ.




Reflexiones sobre Semana Santa

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Textos claves del Nuevo Testamento - 3. "...para ser testigo..."


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.


En principio, los doce elegidos por Jesús fueron “los testigos” de su resurrección: “Se impone, por tanto, que alguno de los hombres que nos acompañaron durante todo el tiempo en que Jesús, el Señor, se encontraba entre nosotros, desde el día mismo en que recibió el bautismo de Juan hasta que se marchó de nuestro lado, se agregue a nuestro grupo para ser con nosotros testigo de su resurrección" (Hch 1,21-22). Los doce son, por tanto, el fundamento de la Iglesia: “La muralla se asienta sobre doce pilares, que tienen grabados los nombres de los doce apóstoles del Cordero” (Ap 21,14).

Y es el testimonio apostólico el que se conserva y transmite en la Iglesia como un tesoro de valor permanente: “Toma como modelo la sana enseñanza que me oíste acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Y conserva este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros” (2Tim 1,13-14); “Tú, hijo mío, procura que la gracia de Cristo Jesús te fortalezca. Y lo que me oíste proclamar en presencia de tantos testigos, confíalo a personas fieles, capaces a su vez de enseñarlo a otras personas” (2Tim 2,1-2). Al transmitir el testimonio de la Iglesia apostólica somos cooperadores del Dios que salva: “Lo único que nosotros hacemos es colaborar con Dios; vosotros sois el campo que Dios cultiva, la casa que Dios edifica ” (I Cor 3,9).



Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

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Discernimiento Espiritual - P. Gerardo Aste, jesuita

 


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