La Iglesia - 21º Parte: La Iglesia y la gracia de Cristo

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



24. La Iglesia, receptáculo visible de la gracia de Cristo
         
La Iglesia es visible e invisible. Es visible y controlable por razón de los hombres (personas) que la componen, pero es al mismo tiempo portadora de un misterio sobrenatural: el misterio de la presencia divina que sigue actuando en los sacramentos, en la palabra predicada y escuchada, en el cristiano individualmente considerado y en todo el Pueblo de Dios.


24.1. La Iglesia, signo manifestativo de la gracia de Dios
         
Porque Cris­to muerto y resucitado es el signo de nuestra reconciliación con el Padre. Pero la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, en el cual obtienen los hombres la salvación. Dios pudo hacer las cosas de otro modo y revestir de Cristo a los hombres sin necesidad de ningún elemento sensible. Pero entonces no estaríamos en la economía de la encarnación, por el contrario, los designios de Dios concebidos desde to­da la eternidad, Rom 8, 29, han sido los de salvar a los hombres haciéndolos conformes a la imagen de su Hijo hecho hombre. Ahora bien, siendo la Iglesia el Cuerpo de Cristo, la inserción en ella es señal visible y manifestativa de la inserción en Cristo.
         
El hombre muere y resucita con Cristo mediante el bautismo, Rom 6, 3; Gal 3, 27; Col 2, 12, que es precisamente la puerta por la que se entra a la Iglesia. De donde entrar en la Iglesia es la señal visible de que el hombre ha nacido de nuevo, Jn 3, 5 a la vida de Cristo. Pero, además, la Iglesia tiene un valor de signo dinámico. Es "un signo levantado entre las naciones", Is 11, 12 que por su misma existencia, por los frutos de santidad que produce, es una invitación constante a incorporarse a ella, que es lo mismo que incorporarse a Cristo. La Iglesia, como signo manifestativo, es decir, como sacramento, lleva ­entrañada en sí la tensión misionera.


24.2. La Iglesia, instrumento eficaz de la gracia
         
La Iglesia no es sólo la señal. Es también instrumento de justificación. Y en esto guarda también cierta analogía con la humanidad de Cristo. Cristo y la Iglesia están tan inseparablemente unidos que la negación de la "instrumentalidad" de la Igle­sia lleva entrañada lógicamente la negación de la "instrumentalidad" de la humanidad de Cristo, si es que en verdad es la Iglesia el Cuerpo de Cristo (que lo es), como dice S. Pablo. En efecto, la Iglesia es el instrumento, el signo eficaz en el cual los hombres se unen con Dios en Cristo, su Hijo, y en esta  unión sobrenatural adquiere la humanidad un principio de unidad más perfec­ta que la unión natural en la sola especie humana o descendencia común (categorías del AT.).
         
Así, el que se une a Cristo se hace un solo espíritu con El, y mediante esta unión habita en él el espíritu de filiación, Rom 8, 15; Gal 4, 6. Así se constituye la familia de Dios, Efes 2, 17-21; mediante un principio de unidad interna muy superior a la de la familia humana. La Iglesia, que ha realizado en sus hijos este ideal de unidad en Dios, está llamada a realizarlo también en todos los hombres, a quienes invita y atrae con su luz, que es la de Cristo.


24.3. La Iglesia  Sacramento de la Comunión koinonia
                        
La Iglesia vive “de”, “en” y “para” la comunión que la santa Trinidad establece en el seno de la historia del género humano. Por ello debe de procurarla en medio de un mundo visible, más bien la exige. La iglesia es, desde este punto de vista, la presencia pública, de la acogida humana del don salvífico de Dios, hecho realidad en el misterio de Cristo.
         
Por ello la Iglesia puede ser considerada como “sacramento de la comunión” del Dios Uno y  Trinitario, por el que la Iglesia se hace presente ante el género humano como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, y Templo del Espíritu Santo.
         
Ya en las etapas preparatorias del Concilio se hallaban propuestas en las que se presentaba la comunión de todo el género humano como el eje vertebrador de la eclesiología católica. En esta línea de comunión hay que señalar el Sínodo de la Iglesia Católica del año 1985, en él se destaca la importancia de la comunión de la Iglesia como la comunión con Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esta unión se ha de dar en la Iglesia de un modo particular en la diversidad de culturas, en la pluriformidad de la variedad de los aspectos humanos pero unidad en la doctrina de fe y costumbres, basado en la comunión de corazones, teniendo todos, un mismo sentir en Cristo.
         
Hay un término que expresa bien en la Iglesia esta idea de la comunión  = koinonia, esta palabra está tomada de la experiencia que tuvo la primitiva comunidad cristiana en Jerusalén: “Todos los creyentes estaban de acuerdo y  tenían todo en común”, Hech 2, 44. Esta koinonía se produce por el proceso de la trinidad económica: la salvación viene de Dios, por el Hijo en el Espíritu Santo.  Es el dinamismo propio del amor trinitario el que envuelve al creyente haciéndole participar en él.
         
Es del Padre de donde procede esta comunión, se realiza por los méritos de su Hijo Jesucristo y nos la otorgan el Padre y el Hijo enviando el Espíritu Santo, es el Espíritu el que entrega esa comunión de los creyentes teniendo como modelo al mismo Jesucristo. Unidos en Cristo-Jesús, esa es la expresión de koinonía, en el ámbito de la Iglesia de Cristo.
         
El Bautismo sacramento de iniciación cristiana y primer vínculo de unión con todo el Cuerpo de Cristo, y la Eucaristía son los dos sacramentos, junto a los otros, que facilitan y expresan ese vínculo de unión en el amor = agape.

                        
La comunión (koinonía) exige gestos, actitudes y acciones concretas en su ejercicio práctico. Así en el seno de los miembros de la propia asamblea cristiana Pablo pide que haya “un mismo sentir”, Rom 12, 16; 15, 5; 1 Cor 1, 10; 2 Cor 13, 11; comunión que debe de respetar las diferencias y las peculiaridades de cada uno. La colecta que Pablo realiza a favor de los hermanos pobres de Jerusalén 2 Cor 8, 4; 9, 13; hace real la comunión entre las Iglesias particulares y conserva la unión entre los cristianos. El amor a los hermanos 1 Jn 2, 7-11; 3, 11-15, la fe auténtica 2 Jn 8-11, la comunicación de bienes Hech 2, 42, la oración de unos por otros, los contactos epistolares, son expresiones reales y concretas de la comunión de nuestros primeros hermanos cristianos y que nosotros debemos de mantener y fomentar hoy día. La Iglesia es el lugar ideal para mantener esa unión en Cristo por su Espíritu.


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Carta de Santiago: Guía de lectura

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.

Guía de la Carta de Santiago

1,1
Saludo

1,2-18
Resistir en la prueba - Cada uno es probado por su propia codicia que le arrastra y le seduce - Todo don perfecto baja de lo alto.

1,19-27
"Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos".

2,1-13
La fe no hace distinción de personas según su riqueza o pobreza
La "ley de la libertad" hace al creyente libre de los favoritismos.

2,14-26
¿Para qué sirve el afirmar que uno tiene la fe si menosprecia las obras?
"La fe sin obras está muerta".

3,1-18
Procurad no haceros maestros de los demás, pues el "decir y hablar" no significa ser sabios - ¿Hay entre vosotros quien tenga sabiduría o experiencia? Que muestre por su buena conducta que la sabiduría ha impregnado de amabilidad su vida".
Los artífices de la paz siembran en esa paz los frutos de la justicia.

4,1-12
"Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes" - ¿Quién eres tú para erigirte en juez? - Uno sólo es el legislador y juez, que pueda salvar o perder.

4,13-5,6
Muchos negociantes y ricos son presuntuosos y soberbios - Saber hacer el bien y no hacerlo es pecado - ¡Para qué amontonar riquezas, si todo ésto se acaba!

5,7-18
Tened paciencia porque la "parusía" del Señor del Señor se acerca - Los profetas son un ejemplo para nosotros - La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

5,19-20
Quien convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados.


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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La perfección de la Ley

P. Adolfo Franco, S.J.


DOMINGO VI
DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt. 5, 17-37

Jesús nos habla de perfección cristiana y de salir de la mediocridad, llevar el "cumplimiento" a la perfección.

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Seguimos en este nuevo domingo con la lectura del Sermón del Monte. Jesucristo va a hacer un desarrollo de cómo debe ser la conducta de los que quieran seguirle en este Reino que está El instaurando.

Y empieza con dos afirmaciones que introducen todo lo demás que va a enseñarnos a continuación y que dan el sentido al resto de sus enseñanzas en este Sermón. Dos afirmaciones: que Él no ha venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento, o sea a convertirla en la “ley perfecta” que Dios quiere; por eso llevará cada mandamiento de la antigua ley,  a su perfección. Y la segunda afirmación que completa la primera, es que nuestra justicia, o sea nuestra conducta debe ser mejor que la de los escribas y fariseos. Y al desarrollar estas enseñanzas nos dirá cuál es la meta a la que debemos pretender llegar que debemos llegar: la perfección de nuestro Padre Celestial.

Y en el párrafo del Evangelio de hoy aplica esas dos normas a cinco de los mandamientos de la antigua ley:

Y lo primero es al mandamiento de “no matarás”. El mandamiento estaba entendido en forma restrictiva: se cumplía con él no matando. Pero eso no basta, Jesús lleva a su perfección este mandamiento, diciéndonos que lo que Dios quiere es que no hagamos ningún daño, en absoluto, ningún daño a nadie, ni de palabra, ni de pensamiento ni de obra. Y el que no lo cumple así, tiene un comportamiento como el de los escribas y fariseos: por eso nos dice que si no tenemos una conducta mejor que la de los escribas y fariseos no entraremos en el reino de los cielos.

Sigue el Señor con estas enseñanzas, que elevan la ley de Dios a su límite más perfecto. Y entra al tema de los litigios. La defensa de los derechos, es un asunto verdaderamente importante. Pero Jesús quiere por encima de todo derecho la paz: el buscar el arreglo sin violencia. Y dice que si tenemos un pleito arreglemos el asunto antes de llegar al juez. Puede estar implicado en esto el perdón del que hablará el Señor tantas veces en el Evangelio. Y también está hablando de la necesidad de renunciar a lo propio por el bien de la paz. Los fariseos no tenían misericordia, buscaban llegar, si fuera necesario, a la condena del adversario, porque era ese su sentido de la justicia: una forma de venganza. Y la venganza nunca tendrá cabida alguna en el Evangelio de Jesús.

A continuación se refiere al adulterio, el sexto mandamiento de la Ley de Dios. De nuevo Jesús lleva este mandamiento a su perfección. Indicándonos que se falta a este mandamiento con malas miradas, malos pensamientos o malos deseos. No basta con evitar el adulterio de obra, sino que ninguna de nuestras facultades debe mancharse,  ni  pervertirse. Es que Dios quiere que tengamos  pura la mirada, el pensamiento, el deseo, la acción. Porque debemos ser totalmente puros para Dios. Y el que no actúa así, se comporta como los escribas y fariseos, que solamente se contentaban con lo mínimo de este mandamiento.

También en este Evangelio que hoy hemos leído aplica Jesús sus dos enseñanzas fundamentales, de la perfección de la ley y de la superación de la conducta de los escribas y fariseos, al tema del divorcio. De este tema hablará el Señor también en otra oportunidad. Ahora deja bien sentado que no es lícito el divorcio; y que todo casamiento con una mujer que se separó de su marido es adulterio, y lo mismo en el caso de la mujer que se casara con un hombre divorciado. La perfección del matrimonio en el plan de Dios no puede subordinarse a condiciones, ni circunstancias.

Y finalmente en este párrafo que hemos leído se nos habla del juramento. Dos cosas inculca Jesús: la primera el juramento es cosa muy sagrada y la segunda que debe bastar la rectitud y la veracidad de las personas, sin necesidad de apoyar nuestras afirmaciones en juramentos. Baste con decir sí, o no, sin apoyos de juramentos, que es usar lo sagrado que es el nombre de Dios o su templo, en cosas de la vida ordinaria.


Se trata entonces en todo esto de vivir con radicalidad lo que el Señor nos ha trazado en cada uno de los diez mandamientos: no hay límites en su cumplimiento, siempre podremos cumplirlos de manera más perfecta. Siempre nos quedará mucho para llegar a donde Dios quiere.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Sal de la tierra, luz del mundo


P. Adolfo Franco, S.J.

Domingo V

Mateo 5, 13-16

La ausencia de Dios en nuestro mundo ¿se deberá a que los cristianos no somos ni sal ni luz?


Después de proclamar a sus oyentes las bienaventuranzas, el Señor nos dice que somos la luz del mundo y la sal de la tierra. Nos dice la inutilidad de la sal que pierde el sabor, y la inutilidad de la luz que no difunde sus rayos.

Es claro que el cristiano tiene una misión hacia los demás, y esa misión el Señor la expresa con esta metáfora de la sal y de la lámpara. Y esa misión tiene como destinatario el mundo que está a nuestro alrededor.

Por eso es necesario darnos cuenta de la falta de sabor y de la oscuridad de nuestro mundo, para saber cuál debe ser nuestra acción, nuestro esfuerzo, para dar al mundo lo que necesita en el momento actual.

En el momento actual el mundo ha perdido la referencia a Dios. Dios está ausente del mundo. Es verdad que quedan prácticas religiosas, que hay hombres de verdad religiosos; pero la cultura de nuestro mundo es una cultura secular: Dios no es la presencia continua, ni es la referencia de los asuntos fundamentales. Parece que los países que piensan que han avanzado más en la modernización, destierran la presencia de todo lo religioso, porque esto según ellos perjudica a la nación. Un mundo que viviera como si Dios no existiera, parecería entonces un mundo con menos problemas, y más armónico.

En los asuntos fundamentales que hoy se debaten: la familia, la vida, el progreso y el desarrollo; en todos estos asuntos Dios no tiene voz ni voto. El comportamiento de los hombres y de las sociedades está regido por el consenso, por la suscripción de tratados mutuos, por la declaración de los Derechos Humanos. Los Diez Mandamientos en cuanto que son el programa de Dios sobre el hombre, no son tomados en consideración. La vida y la muerte, la familia y los nacimientos, la hermandad entre las naciones, no se rigen por lo sagrado, por esas normas que salen del Corazón de Dios y que llamamos los Mandamientos.

Y cuando los comportamientos están regidos simplemente por los razonamientos humanos, se pierden las nociones fundamentales sobre el mismo hombre. La justicia es una meta por la que se suspira siempre, pero por la que nadie hace nada en serio; se promete mucho entre los países desarrollados, para ayudar a los pobres, pero se escatiman los recursos, eso cuando no se disfrazan los negocios internacionales, como ayuda a la reconstrucción. Cuando se tienen esas miras simplemente “humanas y razonables” y no se tiene en cuenta el carácter sagrado del mundo, se dedican muchos más recursos a la guerra y a las armas, que a la paz y a la ayuda de las emergencias.

Se piensa que una sociedad se ha modernizado, cuando se ha quitado alma al matrimonio (y simplemente se convierte en un hecho banal); cuando se intenta llamar matrimonio a cualquier tipo de relación entre cualquier tipo de personas. Se piensa que una sociedad se ha modernizado cuando se liberalizan las normas que rigen la vida y la muerte. Porque el hombre se considera dueño absoluto de la vida, del matrimonio, de la muerte, y no cae en la cuenta de que es un ser que todo lo ha recibido, y que hay un Dios que ha establecido un orden que es el que de verdad ayuda al hombre a vivir con dignidad. Cuando se quita el carácter sagrado del comportamiento humano, ya todo es posible, el asunto queda reducido entonces a encontrar razones para hacer lo que uno tiene en mente hacer.

Me parece que es éste un efecto grave de la secularización: el quitar al comportamiento humano el carácter sagrado que tiene; y por más que cerremos los ojos, se actúa (se quiera o no) siempre frente a Dios. Y por eso Dios tiene que ser un interlocutor insustituible en todas las cosas fundamentales de nuestro mundo y de nuestra cultura.

Y volviendo a nuestra enseñanza del evangelio, en esas cosas tenemos que ser hoy día sal de la tierra y luz del mundo: testimoniando claramente que un mundo tejido en su cultura y en sus comportamientos sólo con tratados, convenciones, estadísticas y proclamas internacionales, es un mundo profundamente equivocado y destinado a perjudicar al hombre y su dignidad, por más que se piense que eso es el futuro, que eso es lo moderno. Llamar a eso progreso es un verdadero engaño, es un camino al fracaso.


Seamos luz del mundo y sal de la tierra: hay que proclamar la necesidad imperiosa de Dios y de que su voluntad, expresada en su Palabra, sea la que nos ayude a determinar los comportamientos individuales y sociales. Seremos sal de la tierra y luz del mundo, si proclamamos y hacemos patente la presencia de Dios.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Presentación del Señor

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio para el domingo 02 de febrero donde se celebra la Presentación del Señor. Acceda AQUÍ.

Las cartas de Santiago, Pedro y Judas

El P. Fernando Martínez Galdeano, S.J. nos presenta las otras cartas católicas escritas por Santiago, Pedro y Judas. Acceda AQUÍ.

El inicio del Génesis: La Creación - 2º Parte

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa compartiendo con nosotros los temas relacionados con la creación que trata el Génesis en sus inicios, en esta oportunidad se centra en el relato Yahvista. Acceda AQUÍ. 

Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de FEBRERO

Para orar con el Papa y la Conferencia Episcopal Peruana a través de las Intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración para el mes de FEBRERO. Acompañamos las intenciones con textos para su reflexión seleccionados por el P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del A.O. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa

Continuamos compartiendo los mensajes del Papa Francisco que nos ofrece en sus presentaciones, acceda a través de los siguientes enlaces:
22/01/2014 - Audiencia General: Unidad de los cristianos: "Que todos sean uno"
25/01/2014 - Homilía: Solemnidad de la Conversión de San Pablo
01/02/2014 - Discurso: El Papa Francisco al Camino Neocatecumenal: Lleven a todos el amor de Dios
02/02/2014 - Ángelus: La Iglesia y el mundo necesitan consagrados, levadura para una sociedad justa, dice el Papa
02/02/2014 - Ángelus: Amar, aceptar y respetar la vida desde el seno materno, exhorta el Papa Francisco

Unidad de los cristianos: «Que todos sean uno»


PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 22 de enero de 2014


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El sábado pasado empezó la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que concluirá el sábado próximo, fiesta de la Conversión de san Pablo apóstol. Esta iniciativa espiritual, como nunca valiosa, implica a las comunidades cristianas desde hace más de cien años. Se trata de un tiempo dedicado a la oración por la unidad de todos los bautizados, según la voluntad de Cristo: «Que todos sean uno» (Jn 17, 21). Cada año, un grupo ecuménico de una región del mundo, bajo la guía del Consejo mundial de Iglesias y del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, sugiere el tema y prepara materiales para la Semana de oración. Este año, tales materiales provienen de las Iglesias y comunidades eclesiales de Canadá, y hacen referencia a la pregunta dirigida por san Pablo a los cristianos de Corinto: «¿Es que Cristo está dividido?» (1 Cor 1, 13).

Ciertamente Cristo no estuvo dividido. Pero debemos reconocer sinceramente y con dolor que nuestras comunidades siguen viviendo divisiones que son un escándalo. Las divisiones entre nosotros cristianos son un escándalo. No hay otra palabra: un escándalo. «Cada uno de vosotros —escribía el Apóstol— dice: “Yo soy de Pablo”, “yo soy de Apolo”, “yo soy de Cefas”, “yo soy de Cristo”» (1, 12). Incluso quienes profesaban a Cristo como su líder no son aplaudidos por Pablo, porque usaban el nombre de Cristo para separarse de los demás dentro de la comunidad cristiana. El nombre de Cristo crea comunión y unidad, no división. Él vino para crear comunión entre nosotros, no para dividirnos. El Bautismo y la Cruz son elementos centrales del discipulado cristiano que tenemos en común. Las divisiones, en cambio, debilitan la credibilidad y la eficacia de nuestro compromiso de evangelización y amenazan con vaciar la Cruz de su poder (cf. 1, 17).

Pablo reprende a los corintios por sus discusiones, pero también da gracias al Señor «por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús, pues en Él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia» (1, 4-5). Estas palabras de Pablo no son una simple formalidad, sino el signo de que él ve ante todo —y de esto se alegra sinceramente— los dones de Dios en la comunidad. Esta actitud del Apóstol es un aliento, para nosotros y para cada comunidad cristiana, a reconocer con alegría los dones de Dios presentes en otras comunidades. A pesar del sufrimiento de las divisiones, que lamentablemente aún permanecen, acogemos las palabras de Pablo como una invitación a alegrarnos sinceramente por las gracias que Dios concede a otros cristianos. Tenemos el mismo Bautismo, el mismo Espíritu Santo que nos dio la Gracia: reconozcámoslo y alegrémonos.


Es hermoso reconocer la gracia con la que Dios nos bendice y, aún más, encontrar en otros cristianos algo de lo que necesitamos, algo que podemos recibir como un don de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. El grupo canadiense que ha preparado los materiales de esta Semana de oración no ha invitado a las comunidades a pensar en lo que podrían dar a sus vecinos cristianos, sino que les ha exhortado a encontrarse para comprender lo que todaspueden recibir a su vez de las demás. Esto requiere algo más. Requiere mucha oración, requiere humildad, requiere reflexión y continua conversión. Sigamos adelante por este camino, rezando por la unidad de los cristianos, para que este escándalo disminuya y ya no tenga lugar entre nosotros.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Homilía del Papa en la Solemnidad de la Conversión de San Pablo



HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San Pablo extramuros
Sábado de 25 enero de 2014




«¿Está dividido Cristo?» (1 Co 1,13). La enérgica llamada de atención de san Pablo al comienzo de su Primera carta a los Corintios, que resuena en la liturgia de esta tarde, ha sido elegida por un grupo de hermanos cristianos de Canadá como guión para nuestra meditación durante la Semana de Oración de este año.

El Apóstol ha recibido con gran tristeza la noticia de que los cristianos de Corinto están divididos en varias facciones. Hay quien afirma: «Yo soy de Pablo»; otros, sin embargo, declaran: « Yo soy de Apolo»; y otros añaden: «Yo soy de Cefas». Finalmente, están también los que proclaman: «Yo soy de Cristo» (cf. v. 12). Pero ni siquiera los que se remiten a Cristo merecen el elogio de Pablo, pues usan el nombre del único Salvador para distanciarse de otros hermanos en la comunidad. En otras palabras, la experiencia particular de cada uno, la referencia a algunas personas importantes de la comunidad, se convierten en el criterio para juzgar la fe de los otros.

En esta situación de división, Pablo exhorta a los cristianos de Corinto, «en nombre de nuestro Señor Jesucristo», a ser unánimes en el hablar, para que no haya divisiones entre ellos, sino que estén perfectamente unidos en un mismo pensar y un mismo sentir (cf. v. 10). Pero la comunión que el Apóstol reclama no puede ser fruto de estrategias humanas. En efecto, la perfecta unión entre los hermanos sólo es posible cuando se remiten al pensar y al sentir de Cristo (cf. Flp 2,5). Esta tarde, mientras estamos aquí reunidos en oración, nos damos cuenta de que Cristo, que no puede estar dividido, quiere atraernos hacia sí, hacia los sentimientos de su corazón, hacia su abandono total y confiado en las manos del Padre, hacia su despojo radical por amor a la humanidad. Sólo él puede ser el principio, la causa, el motor de nuestra unidad.

Cuando estamos en su presencia, nos hacemos aún más conscientes de que no podemos considerar las divisiones en la Iglesia como un fenómeno en cierto modo natural, inevitable en cualquier forma de vida asociativa. Nuestras divisiones hieren su cuerpo, dañan el testimonio que estamos llamados a dar en el mundo. El Decreto sobre el ecumenismo del Vaticano II, refiriéndose al texto de san Pablo que hemos meditado, afirma de manera significativa: «Con ser una y única la Iglesia fundada por Cristo Señor, son muchas, sin embargo, las Comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; ciertamente, todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y marchan por caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido». Y, por tanto, añade: «Esta división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura» (Unitatis redintegratio, 1). Las divisiones nos han hecho daño a todos. Ninguno de nosotros desea ser causa de escándalo. Por eso, todos caminamos juntos, fraternalmente, por el camino de la unidad, construyendo la unidad al caminar, esa unidad que viene del Espíritu Santo y que se caracteriza por una singularidad especial, que sólo el Espíritu santo puede lograr: la diversidad reconciliada. El Señor nos espera a todos, nos acompaña a todos, está con todos nosotros en este camino de la unidad.

Queridos amigos, Cristo no puede estar dividido. Esta certeza debe animarnos y sostenernos para continuar con humildad y confianza en el camino hacia el restablecimiento de la plena unidad visible de todos los creyentes en Cristo. Me es grato recordar en este momento la obra del beato Juan XXIII y del beato Juan Pablo II. Tanto uno como otro fueron madurando durante su vida la conciencia de la urgencia de la causa de la unidad y, una vez elegidos Obispos de Roma, han guiado con determinación a la grey católica por el camino ecuménico. El papa Juan, abriendo nuevas vías, antes casi impensables. El papa Juan Pablo, proponiendo el diálogo ecuménico como dimensión ordinaria e imprescindible de la vida de cada Iglesia particular. Junto a ellos, menciono también al papa Pablo VI, otro gran protagonista del diálogo, del que recordamos precisamente en estos días el quincuagésimo aniversario del histórico abrazo en Jerusalén con el Patriarca de Constantinopla, Atenágoras.

La obra de estos Pontífices ha conseguido que el aspecto del diálogo ecuménico se haya convertido en una dimensión esencial del ministerio del Obispo de Roma, hasta el punto de que hoy no se entendería plenamente el servicio petrino sin incluir en él esta apertura al diálogo con todos los creyentes en Cristo. También podemos decir que el camino ecuménico ha permitido profundizar la comprensión del ministerio del Sucesor de Pedro, y debemos confiar en que seguirá actuando en este sentido en el futuro. Mientras consideramos con gratitud los avances que el Señor nos ha permitido hacer, y sin ocultar las dificultades por las que hoy atraviesa el diálogo ecuménico, pidamos que todos seamos impregnados de los sentimientos de Cristo, para poder caminar hacia la unidad que él quiere. Y caminar juntos es ya construir la unidad.

En este ambiente de oración por el don de la unidad, quisiera saludar cordial y fraternalmente a Su Eminencia el Metropolita Gennadios, representante del Patriarcado Ecuménico, a Su Gracia David Moxon, representante del arzobispo de Canterbury en Roma, y a todos los representantes de las diversas Iglesias y Comunidades Eclesiales que esta tarde han venido aquí. Con estos dos hermanos, en representación de todos, hemos rezado ante el Sepulcro de Pablo y hemos dicho entre nosotros: “Pidamos para que él nos ayude en este camino, en este camino de la unidad, del amor, haciendo camino de unidad”. La unidad no vendrá como un milagro al final: la unidad viene en el camino, la construye el Espíritu Santo en el camino. Si no caminamos juntos, si no rezamos los unos por los otros, si no colaboramos en tantas cosas como podemos hacer en este mundo por el Pueblo de Dios, la unidad no se dará. Se construye en este camino, a cada paso, y no la hacemos nosotros: la hace el Espíritu Santo, que ve nuestra buena voluntad.

Queridos hermanos y hermanas, oremos al Señor Jesús, que nos ha hecho miembros vivos de su Cuerpo, para que nos mantenga profundamente unidos a él, nos ayude a superar nuestros conflictos, nuestras divisiones, nuestros egoísmos; y recordemos que la unidad es siempre superior al conflicto. Y nos ayude a estar unidos unos a otros por una sola fuerza, la del amor, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cf. Rm 5,5 ). Amén.


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Tomado de:
www.vatican.va
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