San Pablo y su Carta a los Filipenses

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Sala Pablo VI
Miércoles 27 de junio de 2012

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra oración está hecha, como hemos visto los miércoles pasados, de silencios y palabra, de canto y gestos que implican a toda la persona: los labios, la mente, el corazón, todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy quiero hablar de uno de los cantos o himnos más antiguos de la tradición cristiana, que san Pablo nos presenta en el que, en cierto modo, es su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Se trata de una Carta que el Apóstol dicta mientras se encuentra en la cárcel, tal vez en Roma. Siente próxima su muerte, pues afirma que su vida será ofrecida como sacrificio litúrgico (cf. Flp 2, 17).

A pesar de esta situación de grave peligro para su incolumidad física, san Pablo, en toda la Carta, manifiesta la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de que no ve la muerte como una pérdida, sino como una ganancia. En el último capítulo de la Carta hay una fuerte invitación a la alegría, característica fundamental del ser cristianos y de nuestra oración. San Pablo escribe: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4, 4). Pero, ¿cómo puede alguien estar alegre ante una condena a muerte ya inminente? ¿De dónde, o mejor, de quién le viene a san Pablo la serenidad, la fuerza, la valentía de ir al encuentro del martirio y del derramamiento de su sangre?

Encontramos la respuesta en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana denomina carmen Christo, el canto a Cristo, o más comúnmente, «himno cristológico»; un canto en el que toda la atención se centra en los «sentimientos» de Cristo, es decir, en su modo de pensar y en su actitud concreta y vivida. Esta oración comienza con una exhortación: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2, 5). Estos sentimientos se presentan en los versículos siguientes: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, la entrega. No se trata sólo y sencillamente de seguir el ejemplo de Jesús, como una cuestión moral, sino de comprometer toda la existencia en su modo de pensar y de actuar. La oración debe llevar a un conocimiento y a una unión en el amor cada vez más profundos con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como él, en él y por él. Practicar esto, aprender los sentimientos de Jesús, es el camino de la vida cristiana.

Ahora quiero reflexionar brevemente sobre algunos elementos de este denso canto, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios y abarca toda la historia humana: desde su ser de condición divina, hasta la encarnación, la muerte en cruz y la exaltación en la gloria del Padre está implícito también el comportamiento de Adán, el comportamiento del hombre desde el inicio. Este himno a Cristo parte de su ser «en morphe tou Theou», dice el texto griego, es decir, de su ser «en la forma de Dios», o mejor, en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su «ser como Dios» para triunfar o para imponer su supremacía; no lo considera una posesión, un privilegio, un tesoro que guardar celosamente. Más aún, «se despojó de sí mismo», se vació de sí mismo asumiendo, dice el texto griego, la «morphe doulou», la «forma de esclavo», la realidad humana marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por la muerte; se hizo plenamente semejante a los hombres, excepto en el pecado, para actuar como siervo completamente entregado al servicio de los demás. Al respecto, Eusebio de Cesarea, en el siglo iv, afirma: «Tomó sobre sí mismo las pruebas de los miembros que sufren. Hizo suyas nuestras humildes enfermedades. Sufrió y padeció por nuestra causa y lo hizo por su gran amor a la humanidad» (La demostración evangélica, 10, 1, 22). San Pablo prosigue delineando el cuadro «histórico» en el que se realizó este abajamiento de Jesús: «Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8). El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre y recorrió un camino en la completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre hasta el sacrificio supremo de su vida. El Apóstol especifica más aún: «hasta la muerte, y una muerte de cruz». En la cruz Jesucristo alcanzó el máximo grado de la humillación, porque la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: «mors turpissima crucis», escribe Cicerón (cf. In Verrem, v, 64, 165).

En la cruz de Cristo el hombre es redimido, y se invierte la experiencia de Adán: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretendió ser como Dios con sus propias fuerzas, ocupar el lugar de Dios, y así perdió la dignidad originaria que se le había dado. Jesús, en cambio, era «de condición divina», pero se humilló, se sumergió en la condición humana, en la fidelidad total al Padre, para redimir al Adán que hay en nosotros y devolver al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres subrayan que se hizo obediente, restituyendo a la naturaleza humana, a través de su humanidad y su obediencia, lo que se había perdido por la desobediencia de Adán.

En la oración, en la relación con Dios, abrimos la mente, el corazón, la voluntad a la acción del Espíritu Santo para entrar en esa misma dinámica de vida, come afirma san Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: «La obra del Espíritu Santo busca transformarnos por medio de la gracia en la copia perfecta de su humillación» (Carta Festal 10, 4). La lógica humana, en cambio, busca con frecuencia la realización de uno mismo en el poder, en el dominio, en los medios potentes. El hombre sigue queriendo construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para alcanzar por sí mismo la altura de Dios, para ser como Dios. La Encarnación y la cruz nos recuerdan que la realización plena está en la conformación de la propia voluntad humana a la del Padre, en vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor, de la caridad de Dios y así llegar a ser realmente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo cerrado en sí mismo, afirmándose a sí mismo. El hombre sólo se encuentra saliendo de sí mismo. Sólo si salimos de nosotros mismos nos reencontramos. Adán quiso imitar a Dios, cosa que en sí misma no está mal, pero se equivocó en la idea de Dios. Dios no es alguien que sólo quiere grandeza. Dios es amor que ya se entrega en la Trinidad y luego en la creación. Imitar a Dios quiere decir salir de sí mismo, entregarse en el amor.

En la segunda parte de este «himno cristológico» de la Carta a los Filipenses, cambia el sujeto; ya no es Cristo, sino Dios Padre. San Pablo pone de relieve que, precisamente por la obediencia a la voluntad del Padre, «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre» (Flp 2, 9-10). Aquel que se humilló profundamente asumiendo la condición de esclavo, es exaltado, elevado sobre todas las cosas por el Padre, que le da el nombre de «Kyrios», «Señor», la suprema dignidad y señorío. Ante este nombre nuevo, que es el nombre mismo de Dios en el Antiguo Testamento, «toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (vv. 10-11). El Jesús que es exaltado es el de la última Cena, que se despoja de sus vestiduras, se ata una toalla, se inclina a lavar los pies a los Apóstoles y les pregunta: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 12-14). Es importante recordar siempre en nuestra oración y en nuestra vida que «el ascenso a Dios se produce precisamente en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y, por eso, la verdadera fuerza purificadora que capacita al hombre para percibir y ver a Dios» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 124).

El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece aquí dos indicaciones importantes para nuestra oración. La primera es la invocación «Señor» dirigida a Jesucristo, sentado a la derecha del Padre: él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos «dominadores» que la quieren dirigir y guiar. Por ello, es necesario tener una escala de valores en la que el primado corresponda a Dios, para afirmar con san Pablo: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3, 8). El encuentro con el Resucitado le hizo comprender que él es el único tesoro por el cual vale la pena gastar la propia existencia.

La segunda indicación es la postración, el «doblarse de toda rodilla» en la tierra y en el cielo, que remite a una expresión del profeta Isaías, donde indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45, 23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el ponerse de rodillas durante la oración expresan precisamente la actitud de adoración ante Dios, también con el cuerpo. De ahí la importancia de no realizar este gesto por costumbre o de prisa, sino con profunda consciencia. Cuando nos arrodillamos ante el Señor confesamos nuestra fe en él, reconocemos que él es el único Señor de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración fijemos nuestra mirada en el Crucificado, detengámonos con mayor frecuencia en adoración ante la Eucaristía, para que nuestra vida entre en el amor de Dios, que se abajó con humildad para elevarnos hasta él. Al comienzo de la catequesis nos preguntamos cómo podía alegrarse san Pablo ante el riesgo inminente del martirio y del derramamiento de su sangre. Esto sólo es posible porque el Apóstol nunca apartó su mirada de Cristo, hasta llegar a ser semejante a él en la muerte, «con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 11). Como san Francisco ante el crucifijo, digamos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, una esperanza cierta y una caridad perfecta, juicio y discernimiento para cumplir tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).


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Tomado de:

www.vatican.va

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Adios querido P. Vicente Gallo, S.J.

Partió a la Casa del Padre 
el miércoles 11 de julio 2012

Un gran colaborador de nuestro blog ha partido a la Casa del Padre. Nuestro querido y apreciado P. Vicente Gallo, S.J. tenía 81 años de edad y 62 años en la Compañía de Jesús cuando falleció en la madrugada del miércoles 11 de julio en la enfermería de la Compañía de Jesús, como consecuencia de una enfermedad que fue debilitando su salud progresivamente.

La última etapa de su vida ministerial la vivió en nuestra Parroquia de San Pedro en Lima, dedicándose principalmente a administrar el sacramento de la confesión y en un inicio en acompañar al movimiento Encuentro Matrimonial Mundial del Perú.


Durante esta última etapa también se dedicó a escribir sus libros dirigidos a los matrimonios: Serán una sola carne (2008) y Espiritualidad Matrimonial (2009) volcando toda su experiencia vivida en su trabajo pastoral con matrimonios cuando intervenía en el Encuentro Matrimonial Mundial donde empezó a participar cuando realizaba su ministerio en Arequipa.

La Ciudad Blanca fue su primer destino cuando vino de España, allí desarrolló su ministerio inicialmente en el Colegio San José del cual fue Rector, donde recibió el reconocimiento y agradecimiento de sus alumnos quienes le ayudaron a editar el libro Serán una sola carne. También en Arequipa fue Director de la Casa de Retiros Manresa.


Cuando iniciamos nuestra labor pastoral a través del blog, el P. Vicente Gallo, S.J. se constituyó en nuestro primer gran colaborador, gesto que nos orientó en nuestro trabajo invitando posteriormente a otros padres de la Compañía de Jesús para que hagan de este espacio virtual parte de su labor ministerial. Nos agrada compartir que el P. Vicente Gallo, S.J. consideró al blog como un espacio muy importante para hacer llegar a la Iglesia el mensaje de Cristo y en su caso, enfocado a la vida matrimonial, por lo que siempre mostró su satisfacción y agradecimiento por participar con nosotros en el blog que también es suyo y a quien pediremos interceda desde la Casa del Padre por esta virtual labor pastoral.



A través del blog el P. Vicente Gallo, S.J. ha podido expresar su preocupación por la formación cristiana de los matrimonios, compartiendo con nosotros su gran experiencia en el Encuentro Matrimonial Mundial. En este movimiento llegó a integrar el Equipo Coordinador Diocesano de Arequipa, el Equipo Coordinador Diocesano de Lima, el Equipo Coordinador Nacional del Movimiento en el Perú y finalmente el Equipo Coordinador Zonal Latinoamericano – Zona Centro: Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Habiendo sido además miembro del Consejo Latinoamericano del Movimiento.

Dedicado a este tema, en sus últimos años no dejó de manifestar sus deseos para que nunca falten sacerdotes que acompañen este tipo de movimientos y más aún se puedan dedicar en cada Parroquia a la pastoral de matrimonios, tanto en una adecuada preparación para recibir el sacramento como en el acompañamiento a las familias y parejas de esposos dentro de la vida matrimonial, por su importancia en la sociedad y en la formación cristiana de los hijos.


Agradecemos a Dios por la vida fructífera del P. Vicente Gallo S.J.; por haber contado con su colaboración en nuestro blog durante estos años aprovechando su basta experiencia con matrimonios; por haber contado con su permanente disponibilidad y porque ha contribuido a mejorar la vida cristiana y la relación de pareja de los matrimonios a través de su labor pastoral, labor que seguirá haciendo a través de sus libros y de sus artículos que acá siempre encontraremos. El P. Vicente partió a la Casa del Padre, pero a través de su legado se ha quedado con nosotros.

 

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Invitamos a leer la publicación con ocasión de los 50 años de sacerdote donde incluimos su homilía:

¡Felicidades P. Vicente Gallo S.J.! - Bodas de Oro Sacerdotales

Invitamos a leer los artículos sobre sus libros:

Y a visitar sus publicaciones dedicadas a las parejas:

Fotografía: P. Vicente Gallo, S.J. durante el saludo de los fieles en la sacristía de nuestra Parroquia luego de su Misa el día en que cumplió sus 50 años de vida sacerdotal, dando la bendición a quienes lo acompañamos, el 30 de julio del 2009. 


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¿Qué es la Biblia? - 5º Parte


P. Ignacio Garro, S.J.


12. La Biblia mensaje de Dios salvífico, redactado en palabra humana



Algunas normas orientadoras y concretas para una lectura religiosa de la Biblia:

  1. Cristo es el centro del mensaje de salvación que nos revela la Biblia. El Espíritu Santo la inspira en vistas a la manifestación de Cristo. Todas y cada una de las partes de la Biblia se orientan a El. La comunión con el Espíritu que la inspira exige tener presente siempre a Cristo en cada uno de los libros. Tratar de descubrir cómo está El presente en lo que se lee.
  2. La Biblia ha sido entregada al hombre para que le acompañe en su vida, así se lo enseña el Apóstol Pablo a su discípulo Timoteo, en 2 Tim 3, 16: “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena”. Pero Dios ha dispuesto que el hombre peregrine por la vida no solo, sino en compañía; que la salvación se logre en una comunidad, en y por la Iglesia, prolongación del mismo Cristo, que es su propio cuerpo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, a favor de su cuerpo que es  la  Iglesia”. Col 1, 24. Y también : “Os exhorto, pues, yo, prisionero por el Señor, a que viváis de una manera  digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todo, actúa por todos y está en todos”. Efes 4, 1-6. Si toda la Biblia tiende a Cristo, tiende al Cristo total, tiende también por lo mismo a la Iglesia, que es la plenitud de Cristo. Si Cristo se prolonga en la Iglesia, y Cristo es la palabra, la palabra se perpetúa también en la Iglesia: "El que a vosotros oye a mí me oye", Jn 15, 15: "Yo les he comunicado tu palabra", Jn.17, 8. La Iglesia es como la caja de resonancia de la palabra de Dios, que es la Escritura. Sin ella la palabra escrita es de suyo letra muerta, letra que mata (2 Cor 3, 6). La lectura de la Escritura para ser provechosa debe de realizarse en ese ambiente que es la comunidad cristiana. Sólo quien sintoniza con la Iglesia puede captar en plenitud las riquezas de la Biblia.
  3. Esta lectura y resonancia eclesial adquieren su máxima expresión en la lectura litúrgica, cuando la comunidad cristiana se reúne en nombre del Señor, para repetir, presencializar y actualizar su palabra. El Concilio Vaticano II lo ha repetido con claridad insuperable: "En la liturgia Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el evangelio", Constitución Sacrosanctum  Concilium . Nº 35.
  4. Cuando dos o más se reúnen en nombre del Señor allí está El en medio de ellos, Mt 18, 20. Ese grupo es prolongación de la Iglesia reunida en el nombre del Señor. Y es signo visible y particular de la misma. La palabra de Dios leída en grupo adquiere también una resonancia especial. Dicha lectura para ser provechosa debe de ser preparada anteriormente por cada uno de los miembros del grupo o del equipo; y debe de terminar con un compromiso colectivo y personal ante la palabra.
  5. Pero no basta ni la lectura litúrgica ni la de grupo. Se necesita también que vayan precedidas, acompañadas y seguidas por la lectura individual. Leer bien la Biblia supone un mínimo de iniciación de qué libro es la Biblia. Requiere hacer algún curso de Iniciación a la Biblia para tener un mínimum de base cultural y teológica para entender mejor la Palabra de Dios. Iniciación que se adquiere sobre todo con la lectura de la misma Biblia. Supuesta esta iniciación bíblica, debe de leerse habitualmente el texto que se va a leer en público. Bastan unos minutos diarios de lectura, pero mantenidos con constancia para ir adquiriendo esa soltura y fluidez que el texto bíblico requiere para ser bien leído y comprendido.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J., por su colaboración.

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Homilías - Los envió y les dio su autoridad - Domingo 15° T.O. (B)




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas Am 7,12-15; S 84; Ef 1,3-14; Mc 6,7-13



Amós es enviado por Dios a profetizar y lo hará guste o no al rey ni al sacerdote del templo idolátrico. Jesús envía a sus discípulos a predicar. Es una orden. La repetirá antes de la Ascensión: “Vayan por todo el mundo. Prediquen el Evangelio a toda criatura” (Mt 28,18).
Los apóstoles y luego la Iglesia han considerado siempre esta orden como una obligación inexcusable. Es para la Iglesia una razón de ser: Está al servicio del Evangelio. San Pablo dirá: “Ay de mí si no evangelizo” (1Cor 9,16). También el Santo Padre Benedicto XVI, en la Introducción a la encíclica Caritas in Veritate  La Caridad en la Verdad– se expresa así: “Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad” (1). Y citaré por fin al Papa Pablo VI, cuando visitó a los cristianos de Filipinas:
“Para esto me ha enviado el mismo Cristo.  Yo soy apóstol y testigo. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de vuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad. Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la verdad y la vida. ¡Jesucristo! Recuérdenlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos” (Homil. en Manila 29/09/1970).
“¡Ay de mí si no evangelizo!”. Esta preocupación nos atañe también a nosotros. Como el ADN de una persona no está sólo en el órgano más importante sino en cada célula, así el espíritu misionero debe estar en cada cristiano. Quien carece de espíritu apostólico y misionero, no tiene el Espíritu de Cristo. El texto de Mateo paralelo al de Marcos de hoy dice que Jesús se compadeció de la multitud que le seguía, “porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor, y entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha y los obreros pocos. Rueguen, pues, al Señor de la mies que envíe operarios a su mies” (Mt 9,36-38). Sorprende que lo primero que les pide no sea que vayan a la mies, sino que oren.
Todo el mundo podemos orar y la oración es esencial para que la obra de la Iglesia de fruto. La oración  une a los racimos, a nosotros, con la vid, Cristo; y, si un racimo goza de savia abundante, esa savia se difunde por toda la vid y los frutos aumentan. Pero esto es lo que Dios quiere, que demos fruto abundante (Jn 15,8). La Iglesia que proclamó patrona de las misiones a Santa Teresa del Niño Jesús, que encerrada en su convento carmelita nunca pisó un territorio de misión, pero ofreció oraciones y penitencias por la obra misionera, Ni San José ni la Virgen María hicieron milagros ni tuvieron grandes predicaciones; sin embargo San José es honrado como Patrono de la Iglesia y María como su Madre. Nadie lo discute. Pero de esos títulos indiscutibles se hicieron acreedores porque oraron por la obra de Jesús y ofrecieron todas sus obras y sacrificios por ella. Orando y ofreciendo nuestras buenas obras y sacrificios por la Iglesia y su misión, colaboramos de modo muy eficaz con ella. Si cada mañana renovamos el ofrecimiento a Cristo de nuestras obras y luego aceptamos el esfuerzo y sacrificios para hacerlas con perfección, daremos grandes pasos en la santidad. Por eso la Iglesia aprecia tanto la obra del Apostolado de la Oración.
Pero sin duda que lo más fundamental para mantener el entusiasmo misionero es el amor a Jesucristo. Quien ama de todo corazón a Jesucristo quiere que sea conocido y amado; habla con entusiasmo de Él; lo busca en el Sagrario, en la oración, en los evangelios; ofrece su dinero para que sea más conocido; no se echa atrás ante el sacrificio necesario para su servicio. La caridad y la cruz son los argumentos mejores. Así vivió Cristo, así Pablo: “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20). Cada regreso de un hijo pródigo a la casa, cada descubrimiento de alguien al que Cristo ama y llama, cada uno de los que descubren que Dios y Jesús les ama, nos da a los que le amamos una enorme alegría. Amemos con pasión a Jesucristo; será un honor el trabajar con Él; no nos importará “ir sin pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja”; veremos con alegría que, donde nos reciben, son expulsados los demonios, se curan los enfermos, nace la esperanza, surge la sonrisa, asoma el sol de la fe y del amor.
No esperemos más. Si en alguna medida lo estamos haciendo, demos gracias a Dios por esa gracia y continuemos haciéndolo aun mejor. Si tenemos que reconocer con humildad que andamos deficitarios, pidamos al Señor la gracia de no enterrar el talento de nuestra fe. Pidamos al Señor esa gracia que la da a todo el que se lo pida, leamos de Jesucristo y su doctrina, oremos, no tengamos miedo, pidamos que nos acompañen incluso los milagros. Jesucristo quiere la salvación de nuestros hermanos mucho más que nosotros. Que María, Madre de la Iglesia nos consiga esas gracias.



Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog




Misioneros de Jesús

P. Adolfo Franco, S.J.

Marcos 6, 7-13



Jesucristo envía a sus apóstoles a su primera actuación evangelizadora. Esto nos recuerda que todos somos apóstoles enviados, porque somos bautizados.




Jesucristo se rodeó de doce Apóstoles, para que después de El siguieran la obra de salvación y la predicación del Evangelio. Y aun antes de dejar este mundo, hizo que estos doce elegidos tuvieran una práctica apostólica. Y para que puedan hacer bien esta experiencia apostólica, les da unas instrucciones bastante exigentes. De esto trata el Evangelio de este domingo.5

La primera indicación del Señor es que no llevan nada (casi nada) para el camino: "... ni pan, ni alforja, ni dinero..." Es decir hay que ser libre de todos los condicionamientos que pueden atarnos, cuando se predica el Evangelio. El apóstol, primero debe liberarse totalmente, para que su único fin sea predicar el Evangelio que es de Dios, más que del predicador. Esto quiere decir pobreza, confianza en Dios, libertad y desprendimiento. Todo esto junto se puede entender en este mensaje. El estar libres de las ataduras que condicionan el mensaje, lo practicaron los profetas y los predicadores: desde Elías (Dios lo tuvo que alimentar milagrosamente, porque él no tenía nada, era absolutamente pobre), hasta Juan Bautista (lleva la pobreza hasta el extremo en su forma de vivir en el desierto). Y sobre todos el mismo Jesús, que no tenía ni casa ni dónde reclinar su cabeza, menos incluso que los pájaros y que las zorras. La pobreza es un gran instrumento apostólico; cuando es una pobreza que nace del corazón, y no simplemente impuesta por las circunstancias. Esta pobreza produce la libertad de espíritu.

Esta libertad del hombre enviado a evangelizar es necesaria, y no siempre los predicadores somos fieles a este mandato. Claro que la sociedad en que vivimos es mucho más compleja que la sociedad campesina y simple, en que vivieron Jesús y los apóstoles. Pero a veces es verdad que queremos añadir algunos elementos de fuerza exteriores al mensaje, superficiales (dinero, influencia, poder, presión, violencia) para hacer eficaz la predicación.

Otra indicación importante es el contenido del mensaje mismo que se debe transmitir. El Evangelista San Mateo, en el pasaje paralelo explicita más que San Marcos el contenido del mensaje que deben transmitir los apóstoles en esta misión (Cf. Mt 10, 7 y 13). Jesús les dice que el mensaje es anunciar la inminencia del Reino de Dios, y que trasmitan la paz. Ese debe ser el contenido fundamental de toda predicación, sea cual sea la forma en que se realice.

Hablar de la cercanía del Reino de Dios es hablar sobre todo de Dios mismo, de su centralidad en la vida del hombre, de la primacía de Dios sobre todo lo demás, sobre cualquier otro interés. De la necesidad de buscarlo y adorarlo. De la importancia de someter nuestra conducta, y nuestra conciencia a lo que Dios ha enseñando: eso es hacer cercano el Reino de Dios. Hablar de la cercanía del Reino de Dios es hablar de que Dios está en nuestro corazón, y que desea que le permitamos invadirnos (El no lo hará sin que nuestra libertad le abra la puerta). Y trasmitir la paz es orientar el impulso de la predicación a la salvación, a la esperanza: dar paz y trasmitir paz, fundada precisamente en la aceptación del Reino de Dios. Aunque el Reino de Dios es lo más exigente, no se le puede trasmitir enarbolando amenazas y castigos. Hay que dar la paz: no una paz sin fundamento, sino la paz de la verdad y de la esperanza fundada en la Salvación de Jesucristo.

Está claro que el que habla del Reino de Dios debe hacerlo por experiencia propia: debe haber permitido que Dios sea el centro de su vida. El evangelizador debe haber sido evangelizado. Se trata de que las palabras que salen de nuestra boca sean un mensaje que nos brote del corazón, si no serán palabras que se las llevará el viento antes de que le lleguen a nuestro oyente.

Y para comunicar la paz, hay que estar inundado por la paz. ¿Cómo se puede transmitir la paz con violencia? Y esa violencia se manifiesta de muchas maneras: se manifiesta en nuestra impaciencia por lograr el fruto pronto, y que lo veamos, se manifiesta en la forma impositiva de hablar, hablar como quien pelea para dejar noqueado al oyente; a veces se puede manifestar en  nuestra violencia oratoria de la que sale más impaciencia que paz.

La paz es lo que todos deseamos en lo más profundo de nosotros. Tener la serenidad del espíritu, con una certeza de que hemos asentado nuestra vida en algo sólido, no en algo deleznable. Y esta seguridad y esta serenidad sólo la podemos obtener estando arraigados en Jesucristo nuestro Salvador, o sea, habiendo aceptado el Reino de Dios.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Homilía del 14º Domingo del TO, 08 de Julio del 2012

Felices los que sin ver creen


P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Lecturas Ez 2,2-5; S. 122; 2Cor 12, 7-10; Mc 6, 1-6



Con la narración de este hecho San Marcos cierra la primera de las tres secciones en que puede dividirse su evangelio. En la segunda Jesús no volverá a entrar en una sinagoga, anda por zonas de menos presencia judía, incluso paganas, y dedica a sus discípulos mucho tiempo. La última cubre la pasión y resurrección desde el Domingo de ramos. El evangelio de hoy concluye la primera parte.
Los vecinos de Nazaret, que está cerca de Cafarnaum, a menos de 40 Km., han oído de los milagros y del impacto allí. Hay mucha expectación cuando Jesús se adelanta para pedir el libro y hablar. La reacción es ambivalente: Por un lado admiración. Por otro lado la resaca. Intentan una explicación y no la encuentran. Le conocen. No creen. Jesús no pide alabanzas, honores, reconocimiento de su sabiduría. Todo eso le sobra. Lo que pide es fe. Porque solo será justificado el que crea en Él. Pero la fe no es tan fácil. “Desconfiaban de Él”. Después de la resurrección, antes de despedirse de modo definitivo, les dirá: “El que creyere y se bautizare se salvará, pero el que no creyere se condenará”. (Mc 16,17).
La fe es un homenaje que una persona da a la calidad espiritual de otra aceptando como verdad lo que ella me comunica. Al creer se reconoce cierta superioridad a quien sabe y nos hace el favor de regalarnos una verdad. La verdad siempre es un bien y nos hace mejores. Por la fe acepto como un bien la verdad y, al acogerla, reconozco su valor para mí y doy gracias a quien me la comunicó.
En el acto de fe sobrenatural en Dios creemos en Dios. Confiamos totalmente en su palabra. Nos entregamos al plan que tiene cobre cada uno, porque es infinitamente bueno y no dudamos de su amor. Reconocemos, aceptamos y agradecemos que nos dé a conocer realidades maravillosas y bienes, que nosotros nunca podríamos ni sospechar; que además tales bienes nos los quiera dar; y además que esas verdades sean que me ama, que se me entrega, que me quita todo lo negativo y sucio y que quiere abrirme a su infinito amor tenerme junto a Él por toda la eternidad.
El Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C.) nos enseña que “la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios” (150). En la fe el creyente acepta el señorío de Dios hasta lo más íntimo de sí mismo. El acto abarca todo el “yo”, hasta el mismo pensar, que se abre y somete a Dios y reconoce su señorío sobre el pensamiento, sobre lo más yo y sobre lo que aparentemente no puedo renunciar sin renunciar a ser yo mismo. En el acto de fe el creyente se pone totalmente en manos de Dios, se reconoce criatura y totalmente dependiente de Él. Es el acto más radical de obediencia a Dios. Es un acto libre; y tiene que ser libre para que el homenaje, que el hombre hace a Dios, sea verdadero y llegue a alcanzar el corazón de Dios y sea valorado por Él.
Este acto de adhesión a Dios es claro que lleva consigo inseparablemente el asentimiento libre a toda verdad que Dios nos haya revelado; a creer en aquel que nos  ha enviado, Jesucristo su Hijo; y a creer por fin en el Espíritu Santo, que revela a cada uno de los hombres quién es Jesús (152).
La fe así entendida nos levanta y nos enriquece a una vida nueva, de calidad muy superior, a la vida sobrenatural, que brota en nosotros al unirnos por el bautismo a Cristo, la vid, haciéndonos sarmientos suyos y dando frutos que son suyos y son nuestros.
Este asentimiento libre, como todo en esta realidad sobrenatural que nos trae Cristo, es fruto de la gracia de Dios, que es necesaria también para el acto de fe. Para decir sí a una persona, es necesario que me encuentre con ella. Pero el hombre no puede subir a Dios por sí solo y menos desde la fosa del pecado; Dios ha bajado y baja a encontrarse con el hombre y lo hace en su Hijo Jesucristo. El encuentro de la criatura con el Creador no puede darse si Dios no baja; pero Dios toma siempre la iniciativa. Lo que el hombre debe hacer es lo que puede: responder a la llamada positivamente.
La respuesta positiva del hombre, siendo libre, no es automática. Por desgracia se da en el hombre la concupiscencia, la tendencia al mal, el desorden y la soberbia interior, que Satanás azuza, la tentación de “ser como dioses”, tan atrayente. Sucede a muchos, sucedió a los nazaretanos. Conocían a Jesús desde siempre, desde que aprendió a andar y hablar. Era uno de tantos, ni siquiera había estado en Jerusalén ni había estudiado la Torá con rabí alguno, nadie en tantos años le había visto hacer nada que demostrara poderes extraordinarios; y de los milagros ¿qué podría ser?, algunos rabís decían que era con el poder del Demonio, pues no respetaba el sábado.
La Iglesia nos ha convocado a los creyentes al “año de la fe”. Será un año de gracia para nosotros y para otros. Redoblemos nuestras oraciones y penitencias pidiendo para nosotros la gracia de una fe vigorosa y atrayente que nos haga luces brillantes. Pidamos por los que no tienen fe o la tienen débil; que busquen la luz, abran los ojos y venzan la soberbia. Pero además profundicemos la fe con su práctica y su estudio, de forma que seamos más capaces de dar razón de nuestra esperanza (1Pe 3,15). Les aseguro un gran placer espiritual al gustar de su riqueza doctrinal y espiritual. Que el año de la fe sea para todos ustedes el año de la alegría, de la gratitud y del amor.
“El justo vive de la fe” (Ro 1,17). María, madre de Dios “por haber creído” (Lc 1,38.45)), alimente en nuestros corazones una fe cada día más luminosa y contagiosa.



Nota exegética

Sobre el término de “hermanos” de Jesús se apoyan no pocos hermanos separados para negar la concepción virginal de Jesús y el culto a la Virgen María.

1.- Hermano tiene un significado muy amplio en la Biblia, no solo son los hijos de un mismo padre y madre, sino los primos y otros parientes, los de la misma tribu y aun connacionales (Gen 13,8; Lev 10,4; 2Sam 19,13; Dt 25,3).

2.- A María, la madre de Jesús, no se asigna en los evangelios a ningún otro hijo que a Jesús. No se explica cómo Jesús en la cruz encomendó su madre al discípulo amado si hubiera tenido otros hijos.

3.- Por lo demás los hermanos separados caen en gran error al negar a María la concepción virginal de Jesús y su maternidad divina, afirmada claramente por Mateo y Lucas. Proceden sin lógica al negarlo porque tuviera otros hijos, Prescindiendo de si María tuvo o no otros hijos, que María tuviera otros hijos no quita que fuese la madre de Jesús, ni, por tanto, que fuese madre de Dios, ni que la concepción de Jesús fuese virginal. A Jesús lo concibió milagrosa y virginalmente, sin obra de varón, como es claro para quien lee sin prejuicio a Mateo y Lucas: Jesús es Dios, tiene como Padre sólo a Dios y como Madre a la Virgen María. María es madre de Dios, porque su hijo primogénito es Dios, el Hijo de Dios, que en María y de María se hizo hombre, y sólo ya por ese hecho merece de nuestra parte respeto, agradecimiento y todo el culto con que los católicos la honramos. 



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Rechazo a Jesús


P. Adolfo Franco, S.J.

Mc 6, 1-6

La vida de Cristo fue aceptada por algunos, rechazada y amenazada por otros. Y estas actitudes contrapuestas se mantienen.


Este párrafo de San Marcos narra más que un episodio, manifiesta una situación constante en la vida del Señor y es la resistencia de tantos ante su persona y su predicación; y con frecuencia no sólo el rechazo sino la hostilidad abierta. Aquí es rechazado en su propia  tierra, por los suyos. Los rechazos de Jesús son continuos en toda su vida. Ya había anunciado lo mismo el Evangelista San Juan, cuando escribió en los primeros versículos de su Evangelio: "vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron" (Jn. 1, 11).

Toda la historia de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte, y después incluso hasta nuestros días, se podría describir como un drama que se entabla entre el rechazo y la aceptación: algunos lo aceptan, muchos lo rechazan. Ya desde que los magos se presentaron a Herodes, sucedió esto mismo: los extraños, los magos venidos del Oriente, lo aceptan; Herodes, su connacional lo rechaza hasta la muerte. Cuando predique, le dirán endemoniado, rechazarán el que pueda perdonar, le dirán que continuamente está violando los mandamientos de Dios. Incluso ante los milagros más patentes, los sabios reaccionarán en contra, para no aceptar lo evidente, e inventarán una explicación absurda de los milagros: que los realiza por el poder del demonio.

Y es que en verdad no era fácil aceptar a Jesús: su Encarnación lo acercó a nosotros hasta hacerlo uno de los nuestros, pero para muchos quizá se puso demasiado cerca. Parecería que a los hombres nos asusta el que Dios esté tan cerca. El hecho mismo de ponerse a nuestro nivel se convierte en dificultad: ¿cómo aceptar que un hombre, como cualquiera, que comía y caminaba, que no tenía poder aparentemente, iba a ser aceptado como Hijo de Dios? Eso constituye una fuerte dificultad.

Pero no es eso sólo: es también muy difícil lo que predica ¿cómo aceptar su doctrina? Cuando predica la humildad, cuando pone la bienaventuranza en la pobreza, cuando dice que hay que amar a los enemigos, y que los últimos serán los primeros. Y tantas otras "originalidades" de su doctrina, que producían a veces sorpresa, muchas veces rechazo y hasta indignación. No era fácil aceptar un Salvador que viene sin poder, que nace en un lugar sin importancia, que busca a gente sin cultura y sin influencias. Fue sobre todo chocante que realizara la salvación de la humanidad en el fracaso de la cruz.

Hoy día sucede lo mismo que en la vida de Jesús: muchos lo rechazan, porque intelectualmente su doctrina, y todo lo que lo rodea, es contradictorio con las altas elucubraciones de mentes que se creen superiores: ¡qué ironía que la razón humana, quiera ponerse por encima de la Sabiduría de Dios y que fracase tan estrepitosamente ante la sublime VERDAD!

Lo rechazan los cómodos, que piensan que el destino de la vida es el goce, y confunden la calidad de la vida del ser humano con el placer: como si el hombre no tuviera algo más que sentidos corporales.

Lo rechazan los orgullosos, que se han convertido a sí mismos en regla suprema del saber, en regla suprema para juzgar el bien y el mal: y hace falta ser miopes para medir toda la realidad con la medida pequeña del propio ser tan pequeño, y tan pobre. Evidentemente que tenemos que ver todo desde nuestro pequeño punto de vista, y no hay otro punto de referencia: pero conociéndonos tan limitados (si es que de veras nos conocemos), al menos podríamos sospechar que nuestro punto de vista es incapaz de alcanzar lo supremo y lo infinito.

Y lo rechazan finalmente los cobardes, que prefieren no enfrentarse al problema, y que han hecho de su vida un camino de continua evasión: sólo tienen tiempo para lo frívolo y lo superficial.

Nos cuesta aceptar a Jesús a todos nosotros. ¿Y por qué? Por una razón sencilla y es que El quiere todo de nosotros: si le damos entrada El querrá entrar totalmente en nuestra vida. Aceptar a Jesús es convertirlo en lo supremo y en el Todo. Querrá que todo nuestro amor sea El, que toda nuestra vida sea El. El no aceptará ser el primero, quiere ser el único. No un objeto más en nuestra colección de objetos; nos dice: no pueden servir a Dios y al dinero. La donación que Dios nos pide encuentra resistencias en nuestro corazón.

Y sin embargo en aceptarlo está nuestra salvación, y hasta que no lo aceptemos estaremos insatisfechos e incompletos. Como lo decía san Agustín: "nos hiciste, Señor, para ti; e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti".


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Agradecemos al P. Adolfo Franco S.J. por su colaboración. 


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¿Qué es la Biblia? - 4º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.


10. La interpretación de la Sagrada Escritura (Hermenéutica)

El Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática “Verbum Dei” nº 12, 2, dice: “Para descubrir la intención del autor hay que tener en cuenta entre otras cosas, los géneros literarios. Pues la verdad se presenta y enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, ya sea en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios. El intérprete indagará lo que el autor sagrado intenta decir y dice, según su tiempo y cultura, por medio de los géneros literarios propios de su época. Para comprender exactamente lo que el autor quiere afirmar en sus escritos, hay que tener en cuenta los modos de pensar, de expresarse, de narrar que se usaban en el tiempo del escritor, y también las expresiones que entonces  se solían emplear más en la conversación ordinaria”.

Para la interpretación correcta en la Biblia hay algo que constituye su tema central y que da unidad a todo el libro. Es la idea fundamental de la “Historia de la Salvación”; en realidad, más que contarnos la historia de un pueblo, nos cuenta la acción salvadora de Dios a favor de ese pueblo y, en definitiva, de toda la humanidad.

Al decir que la Biblia es una “Historia de Salvación” queremos decir que Dios se ha querido comunicar con el hombre a través de la historia, de decir, de los acontecimientos humanos. Es en los acontecimientos humanos, principalmente en los más peligrosos, en los sufrimientos, en los pecados, donde Israel ha experimentado esa salvación de Dios. Para interpretar bien los sentidos bíblicos se habla de varios sentidos de la Biblia:
  • Sentido literal: el que expresan inmediatamente las palabras.
  • Sentido propio: si se toman las palabras en su sentido directo.
  • Sentido impropio: si se toman en sentido figurado, metafórico.
  • Sentido histórico: que expresa lo que conoció  el autor sagrado.
  • Sentido pleno: sentido intentado pro Dios, desconocido por el escritor sagrado, y descubierto a la luz de la revelación posterior.
  • Sentido típico: el que Dios pretende significar con las realidades  expresadas por las palabras del autor sagrado.
  • Sentido implícito o consecuente: es el que se deduce mediante el raciocinio de la verdad  intentada por el autor sagrado en la Sagrada Escritura.
La hermenéutica, viene de la palabra griega “ermhneutikh“ que significa: relativo a la interpretación de una palabra. Se trata de descubrir lo que pretendió significar el autor sagrado y lo que quiso manifestarnos Dios. Para alimentar nuestra fe con la Sagrada Escritura necesitamos descubrir qué es lo que Dios ha querido comunicarnos, y para ello es necesario conocer lo que el autor sagrado ha querido decirnos. 

Esta tarea ha de hacerse de acuerdo con ciertos criterios y principios fundamentales que deben ser tenidos en cuenta por todo creyente y también por el creyente que puede ser al mismo tiempo hombre de ciencia.

1. Reflexión con la ayuda de las ciencias humanas: El intérprete cristiano para comprender el sentido de la Sagrada Escritura debe de emplear todos los recursos que ponen a su alcance las ciencias humanas, análogos a los que se aplican a cualquier otro escrito de la antigüedad, a saber:
  • La crítica textual: para determinar con la mayor exactitud posible el texto más próximo al original.
  • La ciencia histórica y la arqueológica: que tratan de proporcionarnos una visión del mundo en el que el autor sagrado redactó los textos bíblicos y la manera de pensar y de vivir de sus lectores u oyentes inmediatos.
  • La crítica literaria: que ayuda a comprender los géneros literarios y las características estilísticas y lingüísticas del autor, de su tiempo, de su medio ambiente, de modo que se pueda conocer mejor la intención del autor y el sentido del escrito. Especial mención merecen los géneros literarios como instrumento de interpretación de la Sagrada Escritura.

2. La unidad de la Sagrada Escritura: Para una acertada interpretación de la Sagrada Escritura es necesario, además leer cada parte de la Biblia teniendo en cuenta el contexto particular en que dicho pasaje se encuentra y el conjunto de todos los escritos bíblicos en su unidad. Esta unidad y totalidad de la Biblia se origina, ante todo, del hecho de que su autor es Dios. Pero,  además, hay una unidad inherente al conjunto de los Textos bíblicos: una unidad profunda vital, históricamente visible.

3. La Tradición viva de la Iglesia: Para entender rectamente la Sagrada Escritura se ha de comprender desde la Tradición viva de la Iglesia.

La tradición viva de la Iglesia no debe de ser confundida con la rutina, con la mera repetición mecánica, con la conservación pasiva y estática de la enseñanza recibida a la manera como se conserva una pieza de museo. La Tradición es continuación del diálogo de Dios con el hombre en el ámbito de la Iglesia. Aun cuando lo que nos dice hoy Dios en la Iglesia no constituya una nueva revelación con relación a lo que ya nos dijo por su Hijo Unigénito y por medio de los Apóstoles, sin embargo, no hemos de imaginar la acción reveladora de Dios como si Dios ya hubiera enmudecido, como algo perteneciente al pasado. Dios continua hablando. Por la Tradición no solamente se transmiten palabras, sino también realidades, algo que va más allá de lo que las palabras puedan expresar: la realidad del Misterio de Cristo.
Esta Tradición de la Iglesia está presente en la vida de la misma. La Iglesia transmite con su fe, con su vida, con su praxis lo que ella es, lo que ella vive, lo que ella realiza, lo que ella cree en el tiempo privilegiado, normativo, de la Iglesia apostólica. En todo caso ni la Escritura puede ser leída como Palabra de Dios independientemente de la tradición divino ‑ apostólica conservada en la Iglesia, ni la Tradición de la fe auténtica puede ser comprendida independientemente de la Escritura. En cierto modo, la Escritura es norma de la Tradición.

4. El Magisterio de la Iglesia: Sagrada Escritura, Tradición viva y Magisterio, no son tres realidades en conflicto sino íntimamente ligadas e interdependientes. La Sagrada Escritura tiene una dignidad excepcional, pero está sumergida en una Tradición viva, cuyo eje y manifestación más autorizada es.
La interpretación de la Biblia no queda al criterio de los creyentes individualmente considerados, ni siquiera de los más sabios. El Magisterio de la Iglesia tiene el derecho y el deber de decir la última palabra. Pero antes de pronunciarla necesita interrogar a la Biblia, a la luz de la ciencia y de la vida de la Iglesia, y escuchar humildemente la fe del pueblo de Dios. El Magisterio no ha hecho ningún juicio dogmático sobre quiénes han sido los autores humanos de los libros bíblicos, ni sobre la fecha en que fueron redactados y cuando se pronuncia sobre algún versículo particular, lo hace, habitualmente, de forma negativa, saliendo al paso de una interpretación falsa, que considera como una amenaza para la fe.

5. Sentidos de la Sagrada Escritura: El leguaje de la Sagrada Escritura está cargado de sentido. Dado que el autor bíblico expresa con lenguaje humano lo que Dios quiere decir, el sentido de la Escritura, en cuanto palabra humana, es a la vez, el sentido de la Escritura en cuanto palabra divina. No se dan en la Escritura santa, independientes entre sí, un sentido humano y un sentido divino. El sentido querido por el autor humano con palabras humanas, es el sentido que Dios intenta abrirnos y comunicarnos.


11. Los Géneros Literarios

Se entiende por "género literario", las formas o modos de expresión de que se sirven los escritores inspirados para expresar su pensamiento, los acontecimientos históricos, las costumbres de una época determinada o de un país determinado. 

En la Sagrada Escritura hallamos formas de expresión orientales, muy diferentes de las formas literarias occidentales. Que la Sagrada Escritura presenta géneros literarios muy diversos, es algo que salta a la vista, por eso su estudio ha de ser hecho con mucho cuidado y requiere conocer bien la literatura oriental antigua. Los géneros literarios son el modo de exponer, por escrito, un pensamiento, una idea, una comunicación concreta del acontecer histórico de una persona o de un pueblo, en nuestro caso del pueblo elegido por Dios Israel y el nuevo Pueblo de Dios instaurado por Cristo. Como hay mucho modos de expresar lo ocurrido, de ahí viene que haya diversos estilos literarios, que a su vez constituyen los llamados “géneros literarios”.
 
Estos pueden ser: Historia, narrativa, ley, profetas, lírica, sabiduría, cartas pastorales y apocalíptica, junto a otros subgéneros.

Así la verdad de un mismo pensamiento, siendo una, se puede expresar por procedimientos distintos. En la elaboración de los escritos de la Sagrada Escritura han intervenido muchos géneros literarios o formas literarias diversas, por ejemplo no es lo mismo el género literario de los libros históricos, 1 y 2 Samuel; 1 y 2 Macabeos que el género lírico de los Salmos, o el poético del Cantar de los Cantares, etc. No es lo mismo la verdad que lleva una palabra, que ha de interpretarse en un sentido directo, ejemplo: la sal,  que escrita en sentido metafórico: "Ustedes son la sal de la tierra". Mt 5, 13. Esta forma distinta de expresar la verdad es la que origina los estilos diferentes, y estos estilos diferentes son los que constituyen los "géneros literarios". 

Un acontecimiento ocurrido en el pueblo elegido es un relato histórico, y otro acontecimiento diferente es una epopeya religiosa; una parábola se describe de una manera diferente de una poesía; una cosa es un canto lírico, como los salmos, y otra cosa diferente es el género epistolar de S. Pablo, etc. Para conocer qué género literario usaron, en cada caso, los autores sagrados, será necesario tener un conocimiento exacto de la literatura que se estudia, luego habrá que hacer un estudio comparativo para ver cómo han sido realizados los diversos escritos dentro de la misma literatura o de diversas literaturas de aquellos culturas orientales en tiempos lejanos y determinar el entorno y función vital en que se produjo el escrito. De esta manera se evitan lecturas fundamentalistas de la Sagrada Escritura. 

Por lo tanto, la Biblia es un libro difícil de entender, requiere estudios profundos, conocimientos de especialistas en muy diversas materias: lenguas orientales: hebreo, arameo, acadio, sirio; estudios de lingüística oriental, arqueología, antropología oriental semita, literatura oriental comparada, filología, historia de Israel, exégesis científica, etc; esta diversidad de materias se estudia en la Iglesia Católica, en Facultades Universitarias de Sagrada Escritura y en Centros altamente especializados. Así la Iglesia estudia, interpreta, y enseña la Palabra de Dios, después de realizar los estudios serios y pertinentes para poder ofrecer a los fieles creyentes la verdad que se nos revela en la Biblia y lo hace como maestra que enseña y guía a la verdad de la Palabra revelada.

11.1. Clases de géneros literarios
Actualmente suelen distinguirse dentro de la Biblia siete grandes géneros literarios: Historiografía narrativa, ley, profetas, lírica, sapiencial y/o didáctico, cartas pastorales y apocalíptica. Al establecer esta lista no queremos decir que cada uno de los libros de la Biblia tenga que coincidir exactamente con uno de estos géneros literarios; dentro de cada libro podemos encontrar géneros y formas diversas (cosmogonías, etiologías, parábolas, midrash), que muchas veces se cruzan entre sí. Cada género literario su contenido, intención, ubicación, características y otras formas de expresión, y cada una de ellas ha de tenerse en cuenta para entender e interpretar bien el texto que se estudia.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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