El Matrimonio en estos tiempos, 3º Parte

P. Vicente Gallo, S.J.


3. El Matrimonio y el celibato

La Familiaris Consortio que plantea toda esa doctrina ya en los números 12 y 13, en el número 16 dice: “La virginidad o celibato por el Reino de los Cielos, no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman”. Son otro modo de vivir el misterio de la Alianza de Dios con los hombres que se le han rendido por la fe. Y añade: “Cuando no se estima el matrimonio, no puede estimarse tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un valor donado por el Creador, pierde significado renunciar a su uso por el Reino de los Cielos”. Cita a San Juan Crisóstomo que dice: “Lo que aparece un bien solamente en comparación con un mal, no es un bien grande; pero aquello que es mejor que los bienes considerados tales por todos, es un bien en grado superlativo”.

Y explica más el número 16 de la “Familiaris Consortio”: “En la virginidad, el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las Bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose el célibe totalmente a la Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ella en la plena verdad de la vida eterna. La persona virgen anticipa así, en su carne, el mundo nuevo de la futura resurrección. Y mediante este testimonio, la virginidad mantiene viva en la Iglesia la conciencia del misterio del matrimonio cristiano indisoluble, y lo defiende de toda reducción y empobrecimiento. Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre hasta encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia los hombres”.

Dos citas más del mismo texto: “Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona así virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la Familia según el designio de Dios”. “La fidelidad de la personas vírgenes, ante las eventuales pruebas, debe edificar con su ejemplo la firmeza de la fidelidad de los esposos”. La virginidad consagrada y el matrimonio de cristianos es, por igual, haberse hecho de Cristo abrazado con la Cruz. Pero no es haberse hecho así al recibir el sacramento del matrimonio o al consagrarse en la virginidad, sino al haberse comprometido, mediante esos ritos, a estar siendo de Cristo totalmente y exclusivamente de él durante toda la vida. Sin renegar ya de ser de Cristo, queriendo ser siempre santos con El.

Optar por ser célibes sin entregarse a ser santos, siendo de Cristo de manera total y en exclusiva, o querer vivir el celibato sin mantenerse fieles en esta entrega a Cristo de modo irrenunciable, es algo imposible y hasta inadmisible por irracional. De modo semejante a como es imposible, y acaso hasta inadmisible, la fidelidad total y la indisolubilidad del matrimonio, sin esa misma entrega a ser definitivamente de Cristo, desde la fe en él, y con el amor que Dios pone en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos da.

Si en los últimos tiempos se han dado tantas deserciones entre los consagrados por el Celibato con Voto, es porque, quienes desertaron, no se entregaron a ser de Cristo de manera exclusiva y total, o porque, después, no se mantuvieron en esa entrega, ni la cultivaron con la vida de auténtica oración. Y del mismo modo, si cada vez más se rompe la indisolubilidad del matrimonio cristiano y aun se discute su legitimidad, es por la renuncia a entender el matrimonio con un amor como el de Cristo a su Iglesia y por no querer vivirlo con esa radicalidad del verdadero amor.

¿Nuestro amor de pareja, cada día de la vida, en qué se parece al amor de Cristo a su Iglesia y en qué nos estamos quedando lejos de ese amor de Dios realizándose en nosotros?

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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?

P. Francisco Varo




Aquellos que se sienten incómodos ante la afirmación de que Jesús ha resucitado y encuentran vacío el sepulcro en donde había sido depositado, lo primero que se les ocurre pensar y decir es que alguien había robado su cuerpo (cfr. Mt 28,11-15).

La losa encontrada en Nazaret con un rescripto imperial donde se recuerda que es necesario respetar la inviolabilidad de los sepulcros testimonia que hubo un gran revuelo en Jerusalén motivado por la desaparición del cadáver de alguien procedente de Nazaret en torno al año 30.

No obstante, el hecho mismo de encontrar el sepulcro vacío no impediría pensar que el cuerpo había sido robado. Pese a todo, causó tal impacto en las santas mujeres y en los discípulos de Jesús que se acercaron al sepulcro, que incluso antes de haber visto a Jesús vivo de nuevo, fue el primer paso para el reconocimiento de que había resucitado.

En el evangelio de San Juan hay un relato preciso de cómo encontraron todo. Narra que en cuanto Pedro y Juan oyeron lo que María les contaba, salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro: «Los dos corrían juntos, pero el otro discí­pulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos aplanados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, en­tró en el sepulcro y vio los lienzos aplanados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no caído junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en el mismo sitio de antes. Entonces, entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20, 3-8).

Las palabras que utiliza el evangelista para describir lo que Pedro y él vieron en el sepulcro vacío expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que pudieron contemplar. De entrada, la sorpresa de encontrar allí los lienzos. Si alguien hubiera entrado para hacer desaparecer el cadáver, ¿se habría entretenido en quitarle los lienzos para llevarse sólo el cuerpo? No parece lógico. Pero es que, además, el sudario estaba «todavía enrollado», como lo había estado el viernes por la tarde alrededor de la cabeza de Jesús. Los lienzos permanecían como habían sido colocados envolviendo al cuerpo de Jesús, pero ahora no envolvían nada y por eso estaban «aplanados», huecos, como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado y hubiera salido sin desenvolverlos, pasando a través de ellos. Y todavía hay más datos sorprendentes en la descripción de lo que vieron. Cuando se amortajaba el cadáver, primero se enrollaba el sudario a la cabeza, y después, todo el cuerpo y también la cabeza se envolvían en los lienzos. El relato de Juan especifica que en el sepulcro el sudario permanecía «en el mismo sitio de antes», esto es, conservando la misma disposición que había tenido cuando estaba allí el cuerpo de Jesús.

La descripción del evangelio señala con extraordinaria precisión lo que contemplaron atónitos los dos Apóstoles. Era humanamente inexplicable la ausencia del cuerpo del Jesús. Era físicamente imposible que alguien lo hubiera robado, ya que para sacarlo de la mortaja, habría tenido que desenvolver los lienzos y el sudario, y éstos habrían quedado allí sueltos. Pero ellos tenían ante sus ojos los lienzos y el sudario tal y como estaban cuando habían dejado allí el cuerpo del Maestro, en la tarde del viernes. La única diferencia es que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Todo lo demás permanecía en su lugar.

Hasta tal punto fueron significativos los restos que encontra­ron en el sepulcro vacío, que les hicieron intuir de algún modo la resurrección del Señor, pues «vieron y creyeron».

Bibliografía: M. Balagué, «La prueba de la Resurrección (Jn 20,6-7)»: Estudios Bíblicos 25 (1966) 169-192; Francisco Varo, Rabí Jesús de Nazaret (B.A.C., Madrid, 2005) 197-201.



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Tomado de: http://www.opusdei.es/art.php?p=15372

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Sociedades Secretas: Rosacruces - 2º Parte, Grados, organización y posición de la Iglesia Católica

Las Sectas
en
Latinoamérica



54º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.

Profesor del Seminario Arquidiocesano de Arequipa, ex profesor del Seminario de Trujillo.



Continuación de los Rosacruces


4.- GRADOS INICIATICOS

Los propósitos y las promesas no se quedan en un sencillo estilo de vida humana normal y común. Enseñan las siguientes teorías (sospechosas desde todo punto de vista) filosóficas y pseudo-científicas, como por ejemplo:

En el séptimo grado, explican al iniciado cómo puede separarse temporalmente el cuerpo psíquico del físico y ambos hacerse visibles al mismo tiempo. Recibe asimismo instrucciones sobre cómo proyectar el cuerpo psíquico en el espacio, hacia cualquier punto o lugar, y hacerlo visible a otras personas, sin que afecte al funcionamiento normal del mismo. Aprende también a desarrollar el "aura", de modo que puede hacerse claramente visible en un cuarto oscuro y lo suficientemente fuerte como para que irradie cierta luz y haga magnéticas las manos.

En el octavo grado, le enseñan al rosacruz cómo proyectar el cuerpo psíquico a través de la materia y el espacio, hacia cualquier persona o lugar, haciéndose visible allí tal y como es en esta encarnación o como era en una encarnación anterior, con la habilidad adicional de que el rosacruz pueda hacer que las cosas materiales se muevan o respondan a sus deseos, pudiendo producir sonidos en instrumentos musicales, por medio de su propia voz o por medio de cosas que puede tocar psíquicamente. Aprende cómo asistir a sesiones o convocaciones de ramas de la Orden de Rosacruz en lugares del extranjero sin necesidad de viajar.

Para el noveno grado le prometen capacitación para hacer uso de las fuerzas de la naturaleza, haciéndose apto para sobreponerse o vencer sus debilidades materiales, así como para eliminar cosas psíquicas y mentales que pueden ser obstáculos en su vida y se le enseña a dirigir o cambiar el curso de los acontecimientos naturales que tengan relación con él.

La iniciación en los tres últimos grados es tan inefable, que las instrucciones se darán solo "psíquicamente" a los miembros que lo merecen y que han avanzado desde los grados que anteceden. Estas últimas iniciaciones muy a menudo tienen lugar, también "psíquicamente", en los Templos de la Orden en el Oriente. Entonces son llamados "Illuminati" .


5.- ORGANIZACION

En su organización disciplinar los rosacruces presentan unas evidentes semejanzas con la masonería.

Usan palabras de pase, toques, signos, salutaciones diferentes en cada grado, tienen varias ceremonias secretas para la iniciación en los respectivos grados; el juramento de no revelar nada; el rigor de la fiscalización de los que quieren entrar en la Logia; las mismas palabras "logia", "maestro", "gran maestro", "soberano gran maestro", "supremo consejo", "suprema gran logia", etc., nos hablan de una gran influencia de la masonería en la organización de los rosacruces.

En la entrada de la logia, por ejemplo, el guardián no solamente exigirá a cada solicitante de admisión la palabra de pase correcta y la tarjeta de afiliación, sino que ocasionalmente someterá a pruebas a los miembros en lo relacionado con la legítima posesión de la palabra pase. El miembro está obligado bajo juramento a mantener en secreto las características de cada ceremonia de iniciación, incluso o que sea dicho por el maestro y por cada uno de los oficiales, así como por el miembro y también lo que es ejecutado por los maestros, oficiales y miembros antes de la ceremonia, durante ella o después, esto incluye los métodos de abrir y cerrar tales ceremonias, los términos, las palabras, frases y signos, etc, usados en el templo, logia o cámaras exteriores en la noche o en el día de tales iniciaciones, así como los toques, palabras de pase, salutaciones y signos de reconocimiento.

Todo esto debe de ser mantenido por los miembros rosacruces "en sagrado secreto". El primer juramento que presta todo candidato antes de iniciarse y formar su nombre en el Libro Negro Oficial de cada logia es :

"Ante el Signo de la Cruz, prometo por mi honor no revelar a nadie que no sea Frater o Soror de esta Orden, los signos, secretos o palabras que pudiera haber aprendido antes, durante o después de haber pasado el Primer Grado".


6.- LOS ROSACRUCES Y LA IGLESIA CATOLICA

Lo que a nosotros nos interesa son las enseñanzas de los rosacruces, y vemos que éstas son contrarias a la fe cristiana y católica. La propaganda de los rosacruces repite constantemente que se trata de una "institución no religiosa", y que "cada miembro puede seguir su propia conciencia en asuntos religiosos", y que "no hay nada en las enseñanzas de los rosacruces que interfiera con las convicciones religiosas del individuo". Lo cual no es verdad, como veremos a continuación.

a.- El panteísmo:

Son muchos los textos en los cuales se predica la identificación substancial entre Dios y el Universo.

Tomamos éste del Manual Rosacruz", pág., 162:

"Erróneamente hablamos del alma en el hombre y del alma del hombre, como si cada ser humano o cada organismo consciente tuviese dentro de su cuerpo, en ese plano terrenal, algo separado y distinto que llamamos alma; y, por tanto en cien seres habría cien almas. Esto, en verdad, es erróneo. No hay sino una sola alma en el Universo, el alma de Dios, la conciencia viviente y vital de Dios. Dentro de cada ser viviente hay un segmento no separado de esa alma del hombre. Ella nunca cesa de formar parte del alma universal... El alma que está en el hombre, es Dios que está en él, lo cual hace que toda la humanidad sea parte de Dios. El hombre es Dios e hijo de Dios, y no hay otro Dios sino el Hombre".

En la página 168 del Manual de Rosacruz, explica que los rosacruces entienden por la expresión "conciencia cósmica", tantas veces usadas por ellos, y dicen:

"Es la conciencia que irradia de Dios y llena todo el espacio (y en consecuencia, todas las cosas). Tiene vitalidad, poder constructivo. Inteligencia divina. En esta conciencia se proyectan las conciencias psíquicas de todos los Maestros, y todos los Adeptos pueden armonizarse con ella. La Conciencia Cósmica lo sabe todo, pasado, presente y futuro, porque ella es todo".

b.- Reencarnación:

Para la filosofía de los rosacruces es absolutamente básica la idea de la pluralidad de las vidas terrenas por medio de la reencarnación. El Manual rosacrucista pretende resumirla así:

"El alma del hombre, que es esencia divina, tiene como atributo una memoria y una conciencia que constituye la personalidad del yo individual. Esta personalidad es inmortal, así como la Esencial del Alma también lo es. La Esencia del Alma no está separada de la esencia universal cósmica o divina, puesto que sólo una parte de la misma reside en cada ser durante una encarnación en la tierra. La personalidad, sin embargo, es distinta y única en cada ser. Esta personalidad se manifiesta en el cuerpo humano durante los primeros tiempos de su vida, con el yo, o carácter de la persona y, cuando sobreviene la transición, se traslada al plano Cósmico junto con la esencia del Alma.

Allí permanece hasta el momento en que debe ocurrir otra encarnación con la Esencia del Alma en otro cuerpo físico, para sufrir otras y diferentes experiencias, las cuales se añaden a la memoria de la personalidad y permanecen intactas allí en forma de conocimiento y sabiduría acumulados del Yo interno. La personalidad permanece consciente de sí misma mientras está en el plano Cósmico, así como estuvo consciente de sí misma en el plano terrenal, y puede ejecutar las manifestaciones psíquicas de sí misma más fácilmente desde el plano Cósmico que lo que podría llevarlas a cabo desde el plano terrenal. Cada personalidad puede encarnarse muchas veces, desconociéndose el número de encarnaciones. Los rosacruces saben que la personalidad nunca retrograda o entra en cuerpos de animales inferiores, y que sólo ocasionalmente entra en un cuerpo de sexo diferente".

c.- Contradicciones evidentes:

Las repetidas frases de los rosacruces, sobre todo en su propaganda de captación de nuevos adeptos, de que la Fraternidad Rosacruz, es una "institución no religiosa", "no sectaria", etc., son solamente desmentidas por el mismo Manual Rosacruz, en el cual encontramos detalladas descripciones del templo, del altar, del Sanctum Sagrado, el "lugar donde mora la Presencia de Dios", de las oraciones y bendiciones que ellos tienen, de las ceremonias y ritos, de las personas consagradas al culto en el templo rosacruz etc. Todo ello en su conjunto le confiere un claro y manifiesto aspecto religioso definitivo y que se manifiesta en el secreto que juran guardar, en cómo tienen sus reuniones y cómo guardan dicho secreto todos los miembros de las logias.

Si es verdad, como dicen, y no hay por qué ponerlo en duda, de que la Fraternidad Rosacruz persigue una "finalidad puramente natural", excluyendo positivamente lo sobrenatural; si es verdad que la Fraternidad Rosacruz no quiere ser un movimiento religioso, como reiteradas veces lo afirma, entonces es también verdad que la Fraternidad Rosacruz es verdaderamente el más acabado tipo de pseudo-religión (o falsa religión).



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1º Parte: Historia y aspectos doctrinales

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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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La oración cristiana: 3º Parte, Biblia y oración


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 18 de mayo de 2011

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

En las dos últimas catequesis hemos reflexionado sobre la oración como fenómeno universal, que, si bien con formas distintas, está presente en las culturas de todos los tiempos. Hoy, en cambio, quiero comenzar un recorrido bíblico sobre este tema, que nos llevará a profundizar en el diálogo de alianza entre Dios y el hombre que anima la historia de salvación, hasta su culmen: la Palabra definitiva que es Jesucristo. En este camino nos detendremos en algunos textos importantes y figuras paradigmáticas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Será Abraham, el gran patriarca, padre de todos los creyentes (cf. Rm 4, 11-12.16-17), quien nos ofrecerá el primer ejemplo de oración, en el episodio de la intercesión por las ciudades de Sodoma y Gomorra. Y también quiero invitaros a aprovechar el recorrido que haremos en las próximas catequesis para aprender a conocer mejor la Biblia —que espero tengáis en vuestras casas— y, durante la semana, deteneros a leerla y meditarla en la oración, para conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios y el hombre, entre Dios que se comunica a nosotros y el hombre que responde, que reza.

El primer texto sobre el que vamos a reflexionar se encuentra en el capítulo 18 del libro del Génesis; se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaba llegando a tal extremo que resultaba necesaria una intervención de Dios para realizar un acto de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades. Aquí interviene Abraham con su oración de intercesión. Dios decide revelarle lo que está a punto de suceder y le da a conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham es su elegido, escogido para convertirse en un gran pueblo y hacer que a todo el mundo llegue la bendición divina. Tiene una misión de salvación, que debe responder al pecado que ha invadido la realidad del hombre; a través de él el Señor quiere reconducir a la humanidad a la fe, a la obediencia, a la justicia. Y ahora este amigo de Dios se abre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por los que están a punto de ser castigados y pide que sean salvados.

Abraham plantea enseguida el problema en toda su gravedad, y dice al Señor: «¿Es que vas a destruir al justo con el culpable? Si hay cincuenta justos en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa! matar al justo con el culpable, de modo que la suerte del justo sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?» (Gn 18, 23-25). Con estas palabras, con gran valentía, Abraham presenta a Dios la necesidad de evitar una justicia sumaria: si la ciudad es culpable, es justo condenar su delito e infligir el castigo, pero —afirma el gran patriarca— sería injusto castigar de modo indiscriminado a todos los habitantes. Si en la ciudad hay inocentes, estos no pueden ser tratados como los culpables. Dios, que es un juez justo, no puede actuar así, dice Abraham, con razón, a Dios.

Ahora bien, si leemos más atentamente el texto, nos damos cuenta de que la petición de Abraham es aún más seria y profunda, porque no se limita a pedir la salvación para los inocentes. Abraham pide el perdón para toda la ciudad y lo hace apelando a la justicia de Dios. En efecto, dice al Señor: «Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él?» (v. 24b). De esta manera pone en juego una nueva idea de justicia: no la que se limita a castigar a los culpables, como hacen los hombres, sino una justicia distinta, divina, que busca el bien y lo crea a través del perdón que transforma al pecador, lo convierte y lo salva. Con su oración, por tanto, Abraham no invoca una justicia meramente retributiva, sino una intervención de salvación que, teniendo en cuenta a los inocentes, libre de la culpa también a los impíos, perdonándolos. El pensamiento de Abraham, que parece casi paradójico, se podría resumir así: obviamente no se puede tratar a los inocentes del mismo modo que a los culpables, esto sería injusto; por el contrario, es necesario tratar a los culpables del mismo modo que a los inocentes, realizando una justicia «superior», ofreciéndoles una posibilidad de salvación, porque si los malhechores aceptan el perdón de Dios y confiesan su culpa, dejándose salvar, no continuarán haciendo el mal, también ellos se convertirán en justos, con lo cual ya no sería necesario el castigo.

Es esta la petición de justicia que Abraham expresa en su intercesión, una petición que se basa en la certeza de que el Señor es misericordioso. Abraham no pide a Dios algo contrario a su esencia; llama a la puerta del corazón de Dios pues conoce su verdadera voluntad. Ya que Sodoma es una gran ciudad, cincuenta justos parecen poca cosa, pero la justicia de Dios y su perdón, ¿no son acaso la manifestación de la fuerza del bien, aunque parece más pequeño y más débil que el mal? La destrucción de Sodoma debía frenar el mal presente en la ciudad, pero Abraham sabe que Dios tiene otro modos y otros medios para poner freno a la difusión del mal. Es el perdón el que interrumpe la espiral de pecado, y Abraham, en su diálogo con Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Señor acepta perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oración de intercesión comienza a descender hacia los abismos de la misericordia divina. Abraham —como recordamos— hace disminuir progresivamente el número de los inocentes necesarios para la salvación: si no son cincuenta, podrían bastar cuarenta y cinco, y así va bajando hasta llegar a diez, continuando con su súplica, que se hace audaz en la insistencia: «Quizá no se encuentren más de cuarenta.. treinta... veinte... diez» (cf. vv. 29.30.31.32). Y cuanto más disminuye el número, más grande se revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha con paciencia la oración, la acoge y repite después de cada súplica: «Perdonaré... no la destruiré... no lo haré» (cf. vv. 26.28.29.30.31.32).

Así, por la intercesión de Abraham, Sodoma podrá salvarse, si en ella se encuentran tan sólo diez inocentes. Esta es la fuerza de la oración. Porque, a través de la intercesión, la oración a Dios por la salvación de los demás, se manifiesta y se expresa el deseo de salvación que Dios alimenta siempre hacia el hombre pecador. De hecho, el mal no puede aceptarse, hay que señalarlo y destruirlo a través del castigo: la destrucción de Sodoma tenía precisamente esta función. Pero el Señor no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta y que viva (cf. Ez 18, 23; 33, 11); su deseo siempre es perdonar, salvar, dar vida, transformar el mal en bien. Ahora bien, es precisamente este deseo divino el que, en la oración, se convierte en deseo del hombre y se expresa a través de las palabras de intercesión. Con su súplica, Abraham está prestando su voz, pero también su corazón, a la voluntad divina: el deseo de Dios es misericordia, amor y voluntad de salvación, y este deseo de Dios ha encontrado en Abraham y en su oración la posibilidad de manifestarse de modo concreto en la historia de los hombres, para estar presente donde hay necesidad de gracia. Con la voz de su oración, Abraham está dando voz al deseo de Dios, que no es destruir, sino salvar a Sodoma, dar vida al pecador convertido.

Esto es lo que quiere el Señor, y su diálogo con Abraham es una prolongada e inequívoca manifestación de su amor misericordioso. La necesidad de encontrar hombres justos en la ciudad se vuelve cada vez menos apremiante y al final sólo bastarán diez para salvar a toda la población. El texto no dice por qué Abraham se detuvo en diez. Quizás es un número que indica un núcleo comunitario mínimo (todavía hoy, diez personas constituyen el quórum necesario para la oración pública judía). De todas maneras, se trata de un número escaso, una pequeña partícula de bien para salvar un gran mal. Pero ni siquiera diez justos se encontraban en Sodoma y Gomorra, y las ciudades fueron destruidas. Una destrucción que paradójicamente la oración de intercesión de Abraham presenta como necesaria. Porque precisamente esa oración ha revelado la voluntad salvífica de Dios: el Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin contar ni siquiera con unos pocos inocentes de los cuales partir para transformar el mal en bien. Porque es este precisamente el camino de salvación que también Abraham pedía: ser salvados no quiere decir simplemente escapar del castigo, sino ser liberados del mal que hay en nosotros. No es el castigo el que debe ser eliminado, sino el pecado, ese rechazar a Dios y el amor que ya lleva en sí mismo el castigo. Dirá el profeta Jeremías al pueblo rebelde: «En tu maldad encontrarás el castigo, tu propia apostasía te escarmentará. Aprende que es amargo y doloroso abandonar al Señor, tu Dios» (Jr 2, 19). De esta tristeza y amargura quiere el Señor salvar al hombre, liberándolo del pecado. Pero, por eso, es necesaria una transformación desde el interior, un agarradero de bien, un inicio desde el cual partir para transformar el mal en bien, el odio en amor, la venganza en perdón. Por esto los justos tenían que estar dentro de la ciudad, y Abraham repite continuamente: «Quizás allí se encuentren...». «Allí»: es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar ese germen de bien que puede sanar y devolver la vida. Son palabras dirigidas también a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien; que hagamos todo lo necesario para que no sean sólo diez justos, para conseguir realmente que vivan y sobrevivan nuestras ciudades y para salvarnos de esta amargura interior que es la ausencia de Dios. Y en la realidad enferma de Sodoma y Gomorra no existía ese germen de bien.

Pero la misericordia de Dios en la historia de su pueblo se amplía aún más. Si para salvar Sodoma eran necesarios diez justos, el profeta Jeremías dirá, en nombre del Omnipotente, que basta un solo justo para salvar Jerusalén: «Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y averiguad, buscad por todas sus plazas, a ver si encontráis a alguien capaz de obrar con justicia, que vaya tras la verdad, y yo la perdonaré» (Jr 5, 1). El número se ha reducido aún más, la bondad de Dios se muestra aún más grande. Y ni siquiera esto basta; la sobreabundante misericordia de Dios no encuentra la respuesta de bien que busca, y Jerusalén cae bajo el asedio de sus enemigos. Será necesario que Dios mismo se convierta en ese justo. Y este es el misterio de la Encarnación: para garantizar un justo, él mismo se hace hombre. Siempre habrá un justo, porque es él, pero es necesario que Dios mismo se convierta en ese justo. El infinito y sorprendente amor divino se manifestará plenamente cuando el Hijo de Dios se haga hombre, el Justo definitivo, el perfecto Inocente, que llevará la salvación al mundo entero muriendo en la cruz, perdonando e intercediendo por quienes «no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Entonces la oración de todo hombre encontrará su respuesta; entonces toda intercesión nuestra será plenamente escuchada.

Queridos hermanos y hermanas, que la súplica de Abraham, nuestro padre en la fe, nos enseñe a abrir cada vez más el corazón a la misericordia sobreabundante de Dios, para que en la oración diaria sepamos desear la salvación de la humanidad y pedirla con perseverancia y con confianza al Señor, que es grande en el amor. Gracias.



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1º Parte

2º Parte

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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20110518_sp.html

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Oración por la Unidad de los Cristianos


DÍA SÉPTIMO

Vivir en la fe de la resurrección

Isaías 60, 1-3.18-22 Llamarás a tu muralla “Victoria” y a tus puertas “Alabanza”

Salmo 118, 1.5-7 No he de morir, viviré

Romanos 6,3-11 Por el bautismo fuimos sepultados en Cristo… para que también nosotros emprendamos una vida nueva

Mateo 28, 1-10 Jesús les dijo: “No tengan miedo…”

La perseverancia de los primeros cristianos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones sólo fue posible con el poder de la vida de Jesús resucitado. Este poder continúa actuando, como dan prueba los cristianos de la Jerusalén actual. A pesar de las dificultades de la situación donde se encuentran, y cualquiera que sea la posible semejanza con Getsemanía y Gólgota, saben en la fe que todo se renueva en la verdad de la resurrección de Jesús de entre los muertos.

La luz y la esperanza de la resurrección transforman todo. Como anunció Isaías, la oscuridad se cambia en luz; todos los pueblos son iluminados. La fuerza de la resurrección irradia desde Jerusalén, lugar de la Pasión del Señor, y atrae a todas las naciones hacia su claridad. Es una nueva vida, donde la violencia se descarta y donde se encuentra seguridad en la salvación y la alabanza.

En el salmo, encontramos las palabras para celebrar la experiencia central del cristianismo: el paso de la muerte a la vida. Es la señal permanente del amor inquebrantable de Dios. Este paso de los terrores de la muerte a la nueva vida es lo que define a todos los cristianos. Ya que, como nos enseña San Pablo, por el bautismo hemos estado en el sepulcro con Cristo y hemos resucitado con Él. Hemos muerto con Cristo, y vivimos para compartir su vida de resucitado. Podemos ver al mundo diferentemente, con compasión, paciencia, amor y esperanza, porque, en Cristo, las dificultades del momento nunca pueden ser la palabra final de la historia. A pesar de nuestras divisiones, nosotros los cristianos, sabemos que el bautismo nos reúne para permitirnos llevar la cruz en la luz de la resurrección.

Según el Evangelio, esta vida de resucitado no es un simple concepto o una idea alentadora; ella se arraiga en un acontecimiento vivo en el tiempo y en el espacio. Es el acontecimiento que nos relata la lectura del Evangelio de manera muy humana y expresiva. Desde Jerusalén, el Señor resucitado saluda a sus discípulos de todas las épocas, pidiéndonos a todos seguirlo sin temor. Va delante de nosotros.

ORACIÓN

Dios, que proteges a la viuda, al huérfano y al extranjero en un mundo donde muchos conocen la desesperación, Tú has resucitado a tu Hijo para llevar esperanza a la humanidad y renovación a la tierra. Sigue consolidando y unificando tu Iglesia en sus luchas contra las fuerzas de la muerte en un mundo donde la violencia hacia la creación y hacia la humanidad obscurecen la esperanza en la nueva vida que Tú ofreces. Te lo pedimos en nombre de Cristo resucitado, en la fuerza de su Espíritu. Amén.


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1º Día
2º Día
3º Día
4º Día

5º Día

6º Día


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Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

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2º Carta a los Tesalonicenses

P. Fernando Martínez, S.J.

Guía a la 2ª Carta a los Tesalonicenses

1,1-12: Saludo * Perseverancia en las pruebas * Un día glorioso, el Señor vendrá en fuerza y poder * Para vosotros será un día grande.

2,1-17: Pero su venida no es inminente * Pues todavía es el tiempo del maligno y de quienes encuentran placer en la maldad * Este no es vuestro caso por haber sido elegidos para la salvación.

3,1-15: El Señor es fiel * Obligación de trabajar: quien no quiera hacerlo que no coma.

3,16-18: Bendición y saludo final.

Sobre esta segunda carta a los de Tesalónica se presentan serias dudas: primero si ella fue escrita de forma personal por el mismo Pablo como se afirma en 2Tes 3,17 y segundo, cuándo fue escrita y a quiénes iba destinada en verdad.

Hasta hace muy poco tiempo se venía sosteniendo que esta carta había sido escrita por Pablo, unos tres o cuatro meses después de la primera con el fin de aclarar algunas de sus propias interpretaciones.

Sin embargo, los datos del análisis de la crítica histórica de esta segunda carta, dan pie fundado para presuponer que su autor, no habría sido san Pablo, pero sí un discípulo suyo; y que el motivo de su redacción fue observar en las comunidades cristianas, pasada ya la guerra judeo-romana (a. 67-70) y haber sido arrasada Jerusalén y su santo templo, un movimiento “apocalíptico” sobre el fin de la historia humana. La carta se habría escrito, por tanto, en una fecha posterior. En esta hipótesis verosímil, los destinatarios serían las numerosas comunidades afectadas. Y en este caso, el autor para conferir una mayor autoridad a su carta, la presenta como redactada de puño y letra por el mismo Pablo, y como una continuación de las enseñanzas dadas en su primera a los Tesalonicenses.

Lo que el autor pretende es evitar una interpretación errónea de la tradición paulina acerca de la “Parusía” en un tiempo tan confuso para los creyentes de origen particularmente judío. Subraya que la venida del Señor no es inmediata. Hay que seguir en actitud de espera. Vigilantes sí, pero con sosiego y sin dejar de trabajar en este mundo actual y real. Censura la ociosidad de algunos y subraya que el trabajo manual no degrada a la persona, al contrario, le confiere dignidad y libertad.

“No vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie (…) el que no trabaja, que no coma.” (2 Tes 3,7ss)

AQUILA y PRISCILA:

Se trata de un matrimonio joven. Aquila es el nombre del marido y Prisca o Priscila el de su mujer. El era de raza judía, y ella una romana a quien su esposo conoció en alguno de sus viajes de negocios (fabricante de lonas para tiendas). Priscila debía ser una mujer de una personalidad destacada en la comunidad cristiana, pues de las seis veces que el Nuevo Testamento les menciona, su nombre aparece en primer lugar cuatro veces.

Esta joven pareja probablemente se convirtió a la fe cristiana ya en Roma. Con motivo de un decreto de expulsión de los judíos de la ciudad imperial (a. 49), el matrimonio se había establecido en Corinto, y es precisamente cuando apareció Pablo y le recibieron en su casa y taller. Su amistad fue tan grande que se embarcaron con él (a 52) y le acompañaron hasta Efeso, en donde se quedaron, mientras Pablo continuaba su regreso hacia Antioquía de Siria

A la muerte del emperador Claudio (a 54) y anulado su decreto, el matrimonio parece ser que regresó a Roma, pues Pablo en su carta a los Romanos les dedica un saludo muy personal: “Saludos especiales para Priscila y Aquila, que tanto trabajaron conmigo anunciando a Cristo Jesús y que se jugaron la vida por salvar la mía. Y no sólo yo tengo que agradecérselo, sino también todas las iglesias de procedencia pagana” (16,3-4). Nada sabemos de su peligro moral, pero lo de Efeso fue duro (1 Cor 15,32)

ROMA:

Según la tradición fue fundada en el año 753 a.C. en un lugar de confluencia del río Tíber y seis colinas próximas al mar. De espíritu abierto, fue creciendo en población y atrajo ideas y gentes de otras muchas zonas del Mediterráneo. Llegó a ser una ciudad poderosa y cosmopolita. En la época del N.T. estaba en pleno apogeo, con más de un millón de habitantes y un conjunto impresionante de construcciones públicas. No está claro el inicio de la comunidad cristiana en Roma.

La carta de Pablo a los romanos data del año 57, y para ese año ya existía una comunidad numerosa allí. De la fe de los romanos “todo el mundo se hace lenguas” (Rm 1,8). Pablo llega a Roma el año 60 ó 61 y los hermanos salieron a su encuentro y “al verlos, dio gracias a Dios y cobró ánimos” (Hch 28,15)

“A propósito de la venida de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, os ruego que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o carta nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima” (2 Tes 2,1-2)

PARUSÍA

La esperanza cristiana está centrada en la venida de Cristo. En la carta a los Hebreos la parusía será como una segunda venida, la definitiva: “Después se mostrará por segunda vez, pero ya no en relación con el pecado, sino para bien de quienes esperan de él la salvación definitiva” (Heb 9,28). La palabra griega “parusía”, significa “presencia” o “llegada”. En la vida y cultura helenista se utilizaba para las visitas oficiales del emperador o de alguno de sus representantes a las ciudades.

La “parusía” de Cristo será una venida en poder y en fuerza visible ante todo el mundo. Para los cristianos de Tesalónica y para el mismo Pablo esta segunda venida la sentían próxima. Con el paso rápido del tiempo y al cerciorarse de que su presentimiento no se cumplía, se indicará de forma reflexiva “que un día es para el Señor como mil años, y mil años como un día” (2Pe 3,8). El tiempo es de Dios. El mensaje sería que el tiempo desemboca ante un Cristo que nos espera y nos recibe como resucitado. Lo que llamamos tiempo histórico se are hacia lo absoluto. Este pertenece a Dios.

JUSTIFICACIÓN

El infinitivo “justificar! Es un concepto opuesto al de “condenar”. En los escritos de san Pablo el término es básico para captar “su evangelio”, es decir, el misterio de nuestra salvación en Cristo. Pablo era judío, educado en la Ley y “fariseo” de corazón (piadoso y cumplidor). Ante su intensa visión de Jesucristo resucitado cae de bruces y queda deslumbrado ante la luz inmensa de que el único que salva es el Señor. La Ley que hasta entonces había sido su meta más preciada pierde su sentido salvífico. La Ley ya no salva y las obras que se hacen para cumplirla con escrúpulo no sirven. Al contrario, son frustrantes. Hacemos con frecuencia lo que no desearíamos hacer: “La Ley sólo nos trae el conocimiento del pecado” (Rm 3,20). La fe es la respuesta de base a la gracia que Dios ofrece.


Cartas de San Pablo (Introducción) y 1º Carta a los Tesalonicenses

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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.

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