Catequesis sobre los mandamientos, 10 / B: "No mates" según Jesús



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 17 de octubre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera continuar la catequesis sobre la Quinta Palabra del Decálogo: «No matarás». Ya hemos subrayado cómo este mandamiento revela que a los ojos de Dios la vida humana es valiosa, sacra e inviolable. Nadie puede despreciar la vida de otros o la propia; el hombre, de hecho, lleva en sí la imagen de Dios y es objeto de su amor infinito, cualquiera que sea la condición en la que ha sido llamado a la existencia.

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hace poco, Jesús nos revela de este mandamiento un sentido aún más profundo. Él afirma que, frente al tribunal de Dios, también la ira contra un hermano es una forma de homicidio. Por eso, el Apóstol Juan escribe: «Todo el que aborrece a su hermano es un asesino» (1 Juan 3, 15). Pero Jesús no se detiene en esto, y en la misma lógica añade que también el insulto y el desprecio pueden matar. Y nosotros estamos acostumbrados a insultar, es cierto. Y nos sale un insulto como si fuera un suspiro. Y Jesús nos dice: «Detente, porque el insulto hace mal, mata». El desprecio. «Pero yo... esta gente, a este lo desprecio». Y esta es una forma para matar la dignidad de una persona. Y sería hermoso que esta enseñanza de Jesús entrara en la mente y en el corazón, y cada uno de nosotros dijera: «Nunca insultaré a nadie». Sería un propósito hermoso, porque Jesús nos dice: «Mira, si tú desprecias, si tú insultas, si tú odias, eso es homicidio».

Ningún código humano equipara hechos tan diferentes asignándoles el mismo grado de juicio. Y de manera coherente, Jesús invita además a interrumpir la oferta del sacrificio en el templo si se recuerda que un hermano se ha ofendido con nosotros, para ir a buscarlo y reconciliarse con él. También nosotros, cuando vamos a Misa, deberíamos tener esta actitud de reconciliación con las personas con las que hemos tenido problemas. Incluso si hemos pensado mal de ellos, les hemos insultado. Pero muchas veces, mientras esperamos que venga el sacerdote a decir la Misa, se charla un poco y se habla más de los demás. Pero esto no se puede hacer. Pensemos en la gravedad del insulto, del desprecio, del odio: Jesús los pone al mismo nivel del asesinato. ¿Qué pretende decir Jesús, extendiendo hasta este punto el campo de la Quinta Palabra? El hombre tiene una vida noble, muy sensible, y posee un yo recóndito no menos importante de su ser físico. De hecho, para ofender la inocencia de un niño basta una frase inoportuna. Para herir a una mujer puede bastar un gesto de frialdad. Para partir el corazón de un joven es suficiente negarle la confianza. Para aniquilar a un hombre basta ignorarlo. La indiferencia mata. Es como decir a la otra persona: «Tú estás muerto para mí», porque tú lo has matado en tu corazón. No amar es el primer paso para matar; y no matar es el primer paso para amar.

En la Biblia, al inicio, se lee esa frase terrible salida de la boca del primer homicida, Caín, después de que el Señor le pregunta dónde está su hermano, Caín responde: «No lo sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Génesis 4, 9). Así hablan los asesinos: «no me afecta», «son cosas tuyas» y cosas similares. Probemos a responder a esta pregunta: ¿Somos nosotros los custodios de nuestros hermanos? ¡Sí que lo somos! ¡Somos custodios los unos de los otros! Y este es el camino de la vida, es el camino del no matarás. La vida humana necesita amor. Y, ¿cuál es el amor auténtico? Es el que Cristo nos ha mostrado, es decir, la misericordia. El amor del que no podemos prescindir es el que perdona, que acoge a quien nos ha hecho mal. Ninguno puede sobrevivir sin misericordia, todos necesitamos el perdón. Por lo tanto, si matar significa destruir, suprimir, eliminar a alguien, entonces no matar querrá decir cuidar, valorar, incluir. Y también perdonar.

Nadie se puede ilusionar pensando: «Estoy bien porque no hago nada malo» un mineral o una planta tienen este tipo de existencia, en cambio el hombre, no; una persona —un hombre o una mujer— no. A un hombre o a una mujer se les pide más. Hay bien por hacer, preparado para cada uno de nosotros, cada uno el suyo, que nos hace ser nosotros mismos hasta el fondo. «No matarás» es un llamamiento al amor y a la misericordia, es una llamada a vivir según el Señor Jesús, que dio la vida por nosotros y por nosotros resucitó. Una vez repetimos todos juntos, aquí en la plaza, una frase de un Santo sobre esto. Tal vez nos ayude: «No hacer el mal es algo bueno. Pero no hacer el bien no es bueno». Siempre debemos hacer el bien. Ir más allá.

Él, el Señor, que encarnándose santificó nuestra existencia; Él, que con su sangre la hizo inestimable; Él, «el jefe que lleva a la vida» (Hechos 3, 15), gracias al que cada uno es un regalo del Padre. En Él, en su amor más fuerte que la muerte y por la potencia del Espíritu que el Padre nos da, podemos acoger la Palabra «No matarás» como el llamamiento más importante y esencial: es decir, no matarás significa una llamada al amor.




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Tomado de:

http://w2.vatican.va

Los escritos de San Pablo: Su Teología - El estado del hombre sin Cristo - La muerte



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

TEOLOGÍA DE SAN PABLO - 4° ENTREGA

10.4. LA MUERTE

"El salario del pecado es la muerte", Rom 6, 23. Donde hay pecado hay muerte espiritual y física. Pablo une estrechamente: Ley, pecado y muerte. Los personifica. El concepto de muerte en Pablo aparece con significaciones muy diversas:

Muchas veces significa sencillamente el fin natural de la vida terrena sin ningún matiz secundario, 2 Cor 1, 9-10: “pues hemos tenido sobre nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. Él nos libró de tan mortal peligro y nos librará; en Él esperamos que nos seguirá librando”; y en Filp 2, 27: “Es cierto que estuvo enfermo y a la muerte. Pero Dios se compadeció de él; y no sólo de él, sino también de mí, para que no tuviese yo tristeza sobre tristeza”.
Pero generalmente la muerte aparece en estrecha relación con el pecado:

  • Es consecuencia de él: Rom. 5,12: “por tanto como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron”; y en Rom 8,10: “Mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia”.
  • El pecado es el aguijón de la muerte: 1 Cor. 15, 56: “El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley”.
  • La muerte como el pecado es un tirano y un enemigo, Rom 5, 14: “Con todo, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una transgresión semejante a la de Adán”. Y posteriormente en Rom 5, 17: “En efecto, si por el delito de uno reinó la muerte por un hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno, Jesucristo!”.
  • El pecado no solo engendra la muerte física sino que trae ante todo la muerte espiritual Rom 7, 10-11: “y yo morí; y resultó que el precepto, dado para vida, me causó la muerte. Porque el pecado, aprovechándose del precepto, me sedujo, y por él me dio muerte”.
  • Los deseos de la carne se encaminan a la muerte, entendida como perdición total. Rom 8, 6: “Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio de Dios: no se someten a la Ley de Dios, ni siquiera pueden”.
  • También el pecado extiende su dominio a la creación natural, que anhela la redención: Rom 8, 19-22: “Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la caducidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto”.
  • Cristo nos libera de la muerte espiritual y física. Él muere por nosotros y resucitando se convierte en el "primogénito" de los muertos: 1 Cor 15, 26: “El último enemigo en destruir será la  Muerte”; 1 Cor 15, 55-57: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado es la ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!”; y en Col 1, 18: “Él es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia: Él es el principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo”.
  • Con Cristo somos sepultados en la muerte por el bautismo: Rom 6,  3-6: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?. Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos injertado en Él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante, sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda libre del pecado”; y en Filip 3, 10: “Y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hecho semejante a Él en la muerte”.

Así morimos al pecado, al hombre viejo, a la carne, a la Ley: Rom 6, 6: “Sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado”. Y en Rom 6, 11. “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”. En 8, 10: “mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia”. Y en Gal 2, 19: “En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado”.

Hay que morir diariamente a las obras de la carne: Rom 8, 13: “pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis”; Col 3, 5: “Por tanto, mortificad cuanto en vosotros es terreno: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia que es una idolatría”.

La muerte corporal tiene un nuevo sentido para el cristiano: es un encuentro con el Señor: 2 Cor 5, 1-4: “Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos”. Y en Filip 1, 19-23: “Y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Sometió todo bajo sus pies y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del lo llena todo en todo”. Así, la muerte es un morir para el Señor: Rom 14, 7-8: “porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y su morimos para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos del Señor somos”. La muerte, es el camino de la resurrección: Rom 8,11: “Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita entre vosotros, Aquel que resucitó a  Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”.




Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Los escritos de San Pablo: Su Teología - El estado del hombre sin Cristo - La Ley



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

TEOLOGÍA DE SAN PABLO - 3° ENTREGA

10.3. LA LEY

Por el nombre de Ley se entiende toda la economía de la salvación que rigió al pueblo judío de Moisés a Cristo.  Particularmente la legislación de Moisés, la “TORAH”.

En Pablo se hace una distinción entre la parte ética de la Ley, Rom 7, 7-11: “¿Qué decir, entonces? ¿Qué la ley es pecado? ¡De ningún modo! Si embargo yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ¡No te des a la concupiscencia! Mas el pecado aprovechándose del precepto, suscitó en mí toda suerte de concupiscencias; pues sin ley el pecado estaba muerto. ¡Vivía yo un tiempo si ley!, pero en cuanto sobrevino el precepto, revivió el pecado, y yo morí; y resultó que el precepto, dado para vida, me causo muerte. Porque el pecado, aprovechándose del precepto, me sedujo, y por él me dio la muerte”;  y la ética ritual (fiestas, sacrificios, observancias) que aparece incluida en lo que él llama: "elementos del mundo", Gal 4, 8-9: “Pero en otro tiempo, cuando no conocíais a Dios, servíais a los que en realidad no son dioses. Mas ahora que habéis conocido a Dios, o mejor, que él os ha conocido, ¿cómo retornáis a esos elementos  sin fuerza ni valor, a los cuales queréis volver a servir de nuevo?.

Para comprender la doctrina paulina sobre la Ley hay que considerar dos cosas especialmente:
  • a.- la división tripartita de la historia de la salvación, que Pablo recibe de la tradición rabínica.
  • b.- el contexto polémico de la discusión con los judaizantes.

Las tres grandes etapas de la historia salvífica eran:
  1. De Adán a Moisés: periodo sin Ley. Hay pecados y transgresiones pero no se atribuyen al hombre porque no existe la Ley, Rom 4, 15: “Porque la ley produce la ira; por el contrario, donde no hay ley, no hay transgresión”. Y Rom 5, 13: “Porque, hasta la ley, había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa no habiendo ley”.
  2. De Moisés a Cristo: es la época de la Ley. Su presencia ocasiona el que los pecados se imputen a los hombres y que ellos sean objeto de condenación y maldición, Gal 3, 10: “Porque todos los que viven en las obras de la ley incurren en maldición. Pues dice la Escritura: “Maldito todo el que se mantenga en la práctica de todos los preceptos escritos en el libro de la Ley”; y en  Rom 4, 15: “porque la ley produce la ira; por el contrario donde no hay ley no hay transgresión”.
  3. De Cristo hasta el final de la historia: Él acaba con la Ley, Ef 2, 15: “anulando su carne en la Ley con sus mandamientos y sus decretos, para crear en sí mismo, de los dos un solo Hombre Nuevo, haciendo las paces”; y en Rom 10, 4: “Porque el fin de la Ley es Cristo, para justificación de todo creyente”. Él nos comunica la nueva Ley: el Espíritu Santo, Rom 8, 2: “Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte”; que lleva a la libertad, 2 Cor 3, 17: “Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad”.

En la polémica con los judaizantes Pablo insiste en la incapacidad de justificar que tenía la Ley. Más todavía, pone de relieve que su papel es el de aumentar las transgresiones, Rom 5, 20: “La Ley, en verdad, intervino para que abundara el delito; pero donde abundo el pecado sobreabundó la gracia”; y el de hacer al hombre objeto de maldición, Gal 3, 10: “Porque todos los que viven en las obras de la ley incurren en maldición. Pues dice la Escritura: “Maldito todo el que se mantenga en la práctica de todos los preceptos escritos en el libro de la Ley”;

Para Pablo existe una oposición radical entre:
  • Ley y Gracia: Rom 6, 14-15: “Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia”, y en Gal 2, 21: “No anulo la gracia de Dios, pues si por la  ley se obtuviera la justicia, Cristo habría muerto en vano”; y en Gal 5, 4-5: “Habéis roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la ley. Habéis caído en desgracia. En cuanto a nosotros por el Espíritu y la fe esperamos la justicia anhelada”.
  • Ley y Fe: La Fe y no la Ley es la que justifica. Gal  3, 1-2: “¡Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a vosotros, a cuyos ojos ha sido presentado Jesucristo crucificado? Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿habéis recibido el Espíritu por las obras de la Ley o por la fe en la predicación?”.
  • Ley y Promesa: la Ley que vino después de la promesa no puede hacer vana la palabra de Dios, Gal 2, 21: “No tengo por inútil la palabra de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano”.
Estas antítesis ponen de relieve el valor de la gracia en la obra de la redención: Dios salva gratuitamente.

Pablo exagera el poco valor de la Ley e insiste en su carácter negativo:
  • Da solamente conocimiento del pecado: Rom 3, 20: “ya que nadie será justificado ante él por las obras de la ley, pues la ley no da sino el conocimiento del pecado”; y en 7, 7: “¿Qué decir, entonces? ¿Qué la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ¡No te des a la concupiscencia”.
  • No puede ser causa de vida: Gal 3, 21: “Según esto, ¿la ley se opone a las promesas de Dios? ¡ De ningún modo! Si se nos hubiera otorgado una ley capaz de dar vida, en ese caso la justicia vendría realmente d e la ley”.
  • Da una justicia ilusoria porque provoca la "ira de Dios": Rom 4, 15. “porque la ley produce la ira; por el contrario, donde no hay ley, no hay transgresión”.
  • Es un pedagogo severo del cual uno quiere librarse: Gal 3, 25: “Mas una vez llegada la fe ya no estamos bajo el pedagogo”.
  • Provoca la concupiscencia y da ocasión al pecado de obrar la muerte: Rom 7, 7-11: “Porque el pecado aprovechándose del precepto, me sedujo, y por él, me dio muerte”.
  • Es la "fuerza" del pecado, que sin ella quedaría inerte: 1 Cor 15, 55-56: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?.
Decíamos que esta actitud negativa de Pablo frente a la Ley se explica en el contexto de su polémica con los judaizantes. Ellos insistían en una observancia de la Ley a partir de las solas fuerzas naturales. Veían en esa observancia la causa de la justificación. Caían en el desprecio de los gentiles, a quienes llamaban "sin Ley" y "pecadores", y en un ritualismo y formalismo esclavizantes.

La insistencia de Pablo en lo negativo de la Ley no le impidió reconocer sus aspectos positivos:
  • La Ley de Dios, es buena, santa, espiritual: Rom 7, 12.14: “Así que la ley es santa, y santo el precepto, y justo y bueno. Luego ¿se ha convertido lo bueno en muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el pecado, para aparecer como tal, se sirvió de una cosa buena, para procurarme la muerte, a fin de que el pecado ejerciera todo su poder de pecado por medio del precepto. Sabemos en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado”.
  • Era un privilegio de Israel, Rom 9, 4: "Son israelitas; de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas”; que tenía en ella el medio de conocer lo que agradaba a Dios.
  • Las afirmaciones de Pablo contra la Ley y a favor de la fe; no la anulan (a la Ley) sino que la confirman, Rom 3, 31: “Entonces ¿por la fe privamos a la ley de su valor? ¡De ningún modo!. Más bien la consolidamos”.
La Ley tuvo un carácter provisional, Gal 3, 23-25: "Y así, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la Ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe. Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo".

Cristo trajo la liberación de la ley del pecado y de la muerte, Rom 8, 1-2: “Por tanto, ninguna condena pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte”.



Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Catequesis sobre los mandamientos, 14-A: No desees al cónyuge de otros; No desees los bienes de los demás.



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 21 de noviembre de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nuestros encuentros sobre el Decálogo nos llevan hoy al último mandamiento. Lo escuchamos al principio. Estas no son solo las últimas palabras del texto, sino mucho más: son el cumplimiento del viaje a través del Decálogo, que llegan al fondo de todo lo que encierra. En efecto, a simple vista, no agregan un nuevo contenido: las palabras «no codiciarás la mujer de tu prójimo [...], ni los bienes de tu prójimo» están al menos latentes en los mandamientos sobre el adulterio y el robo. ¿Cuál es entonces la función de estas palabras? ¿Es un resumen? ¿Es algo más?

Tengamos muy en cuenta que todos los mandamientos tienen la tarea de indicar el límite de la vida, el límite más allá del cual el hombre se destruye y destruye a su prójimo, estropeando su relación con Dios. Si vas más allá, te destruyes, también destruyes la relación con Dios y la relación con los demás. Los mandamientos señalan esto. Con esta última palabra, se destaca el hecho de que todas las transgresiones surgen de una raíz interna común: los deseos malvados. Todos los pecados nacen de un deseo malvado. Todos. Allí empieza a moverse el corazón, y uno entra en esa onda, y acaba en una transgresión. Pero no en una transgresión formal, legal: en una transgresión que hiere a uno mismo y a los demás.

En el Evangelio, el Señor Jesús dice explícitamente: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre» (Mc 7, 21-23).

Entendemos así que todo el itinerario del Decálogo no tendría ninguna utilidad si no llegase a tocar este nivel, el corazón del hombre. ¿De dónde nacen todas estas cosas feas? El Decálogo se muestra lúcido y profundo en este aspecto: el punto de llegada –el último mandamiento– de este viaje es el corazón, y si éste, si el corazón, no se libera, el resto sirve de poco. Este es el reto: liberar el corazón de todas estas cosas malvadas y feas. Los preceptos de Dios pueden reducirse a ser solo la hermosa fachada de una vida que sigue siendo una existencia de esclavos y no de hijos. A menudo, detrás de la máscara farisaica de la sofocante corrección, se esconde algo feo y sin resolver.

En cambio, debemos dejarnos desenmascarar por estos mandatos sobre el deseo, porque nos muestran nuestra pobreza, para llevarnos a una santa humillación. Cada uno de nosotros puede preguntarse: Pero ¿qué deseos feos siento a menudo? ¿La envidia, la codicia, el chismorreo? Todas estas cosas vienen desde dentro. Cada uno puede preguntárselo y le sentará bien. El hombre necesita esta bendita humillación, esa por la que descubre que no puede liberarse por sí mismo, esa por la que clama a Dios para que lo salve. San Pablo lo explica de una manera insuperable, refiriéndose al mandamiento de no desear (cf. Rom 7, 7-24).

Es vano pensar en poder corregirse sin el don del Espíritu Santo. Es vano pensar en purificar nuestro corazón solo con un esfuerzo titánico de nuestra voluntad: eso no es posible. Debemos abrirnos a la relación con Dios, en verdad y en libertad: solo de esta manera nuestras fatigas pueden dar frutos, porque es el Espíritu Santo el que nos lleva adelante.

La tarea de la Ley Bíblica no es la de engañar al hombre con que una obediencia literal lo lleve a una salvación amañada y, además, inalcanzable. La tarea de la Ley es llevar al hombre a su verdad, es decir, a su pobreza, que se convierte en apertura auténtica, en apertura personal a la misericordia de Dios, que nos transforma y nos renueva. Dios es el único capaz de renovar nuestro corazón, a condición de que le abramos el corazón: es la única condición; Él lo hace todo; pero tenemos que abrirle el corazón.

Las últimas palabras del Decálogo educan a todos a reconocerse como mendigos; nos ayudan a enfrentar el desorden de nuestro corazón, para dejar de vivir egoístamente y volvernos pobres de espíritu, auténticos ante la presencia del Padre, dejándonos redimir por el Hijo y enseñar por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el maestro que nos enseña. Somos mendigos, pidamos esta gracia.

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3). Sí, benditos aquellos que dejan de engañarse creyendo que pueden salvarse de su debilidad sin la misericordia de Dios, que es la sola que puede sanar el corazón. Solo la misericordia del Señor sana el corazón. Bienaventurados los que reconocen sus malos deseos y con un corazón arrepentido y humilde no se presentan ante Dios y ante los hombres como justos, sino como pecadores. Es hermoso lo que Pedro le dijo al Señor: “Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”. Hermosa oración ésta: “Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”.


Estos son los que saben tener compasión, los que saben tener misericordia de los demás, porque la experimentan en ellos mismos.



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Tomado de:

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Los escritos de San Pablo: Su Teología - El estado del hombre sin Cristo - La carne



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


TEOLOGÍA DE SAN PABLO - 2° ENTREGA

10.2. LA CARNE

a. Concepto de carne en la antropología bíblica.

En la Biblia existen tres conceptos de la lengua hebrea que expresan su antropología:

  • “Nefesh” = en hebreo, significa = ser persona. La traducción de los 70 (LXX), del hebreo al griego, lo tradujeron por “psyje” = alma, y de ahí provienen muchas confusiones, por ejemplo en hebreo se denomina “nefesh hayyah” = al ser vivo. Y “nefesh met”, = al ser muerto.
  • “Basar” = en hebreo significa = carne. Al griego se tradujo con la palabra "sarx": significa la manifestación sensible del "Nefesh".  Indica todo el hombre en su manifestación externa.
  • “Ruah” = en hebreo significa = espíritu. Traducido al griego por la palabra "pneuma": es lo que da consistencia al “Nefesh-Basar”. Es el aliento vital. Es extrínseco; viene de Dios. Pero no es espiritual según nuestro concepto, ni corresponde a nuestra idea de alma inmortal.

b. La "carne" en Pablo: “Sarx”

En sentido natural: es la materia animada, la parte mas débil del cuerpo humano, por oposición a la parte sólida (los huesos) y a la líquida (la sangre). En este sentido natural identifica a veces "carne" con "cuerpo", 1 Cor 6, 16. 18: “ ¿O no sabéis que quien se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella? ... ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo”;  2 Cor  4, 10-11: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas  partes la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos”. En estos casos "sarx" significa el cuerpo físico.

En sentido moral: el ser animado en cuanto que es medio del pecado e instrumento del mismo. Todo el hombre en cuanto esclavo del pecado e inclinado a él, Rom 7, 14-20: “Sabemos, en efecto que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del mundo. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí”... ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!”. Pablo se siente dominado por las tendencias naturales y terrestres.  En este sentido aparece en la antinomia carne - Espíritu. El significado es: el hombre dominado por sus inclinaciones terrenas y a la vez el hombre bajo la acción del Espíritu Santo.

De este término "carne" = “sarx”, se derivan de los adjetivos: "sarkinos” y "sarkikos" = carnal. 1 Cor  3, 1-3: “Yo hermanos no pude hablaros como a hombre espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di ha beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente, pues todavía sois carnales. Porque mientras haya entre vosotros envidia y discordia ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?. Y en  2 Cor 1, 12: “El motivo de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia, de que nos hemos conducido en el mundo, y sobre todo respecto a vosotros, con la sencillez y sinceridad que vienen de Dios, y no con sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios”.

c. El alma y el espíritu en Pablo
  • En sentido natural: alma = “psyje”. Y espíritu = “pneuma”,  son casi sinónimos, Filp 1, 27: “Lo que importa es que vosotros llevéis una conducta digna del Evangelio de Cristo, para que tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu y lucháis unánimes por la fe del Evangelio”; e indican el principio de cualquier forma de vida, especialmente de la vida espiritual, intelectiva, 1 Cor 2, 11: “En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él?. Más en concreto “psyje”, señala al hombre con su conciencia, entendimiento, voluntad, 1 Tes 2,  8: "Tanto os queríamos, que estábamos dispuestos a daros no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestras propias vidas. ¡Habéis llegado a sernos tan entrañables!”. Y en Rom 16,4: “Ellos expusieron sus cabezas para salvarme. Y no soy yo solo en agradecérselo, sino también todas las Iglesias de la gentilidad”; Filp 2,30: “Porque, por la obra de Cristo, (Epafrodito) ha estado  a la muerte, arriesgando su vida para compensar vuestra ausencia en servicio mío”.
  • En sentido moral: “pneuma”, es el principio de la vida nueva, mientras “psyje”, es el principio de una vida natural. De “psyje” deriva le adjetivo "psyjikes", para indicar al hombre que vive sin el Espíritu de Dios, 1 Cor 2, 14: “El hombre no acepta naturalmente las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él. Y no las puede entender, pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas”; de "pneuma", en cambio, deriva el adjetivo "pneumatikos", para señalar al hombre espiritual, que actúa movido por el Espíritu,1 Cor 2, 15: "En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirle?. Pero nosotros tenemos la mente de Cristo”. Y en Rom 1, 11: “Pues ansío veros a fin de comunicaros algún don espiritual que os fortalezca”.
d. La carne y sus frutos
  • El pecado se sirve de la carne como instrumento. Por eso es llamada carne de pecado, Rom 8, 3: “Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne”, porque toda acción mala tiene su origen en ella. La carne tiene tendencias contrarias al Espíritu y a la razón, Gal 5, 13-17: “Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos unos a otros por amor,... pero si os mordéis y os devoráis unos a otros, ¡mirad no vayáis a destruiros mutuamente! Os digo esto: proceded según el Espíritu, y no deis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu apetencias contrarias a la carne, como que son entre sí tan opuestos, que no hacéis lo que queréis”; y en Rom 7, 21-23: “Descubro , pues, esta ley: aunque quiera hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros”.
  • Entre los frutos de la carne también se recuerdan pecados que tienen que ver con el cuerpo, Gal 5, 19-20: “Ahora bien las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios, ... no seamos vanidosos provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente”.
  • La carne no es intrínsecamente mala. Existe la posibilidad de librarse de la corrupción de la carne y vivir según el Espíritu, Rom 7, 24-25: “¡Pobre de mí! ¿quién me librará de este cuerpo que me leva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor”.  El hombre puede convertirse en templo del Espíritu, 1 Cor 6, 19: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?”; y ofrecer sus miembros como sacrificio agradable a Dios, Rom 12, 1: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual”.
  • Pablo pone de relieve dos frutos de la carne:
  • La idolatría, Rom 1, 21-23: “Porque habiendo conocido a Dios no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció, jactándose de sabios se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles”; y en Gal. 5, 20: “Idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, ambiciones, divisiones, disensiones”.
  • La impureza: la ve como una pena infligida por Dios por la degradación intelectual en la que cayó el hombre por la idolatría, Rom 1, 18-20: “En efecto la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras; su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables”.

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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Los Orígenes: Los Números


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.

El libro de los Números

Este libro es poco conocido y también poco sugestivo. Su nombre proviene del cálculo con motivo del censo (cap. 1) del pueblo judío que sale de Egipto y también de un segundo censo (cap. 26) sobre ese mismo pueblo que está a punto de entrar en la prometida tierra soñada de Canaán.

Asimismo, destaca a la peculiar tribu de Leví como la responsable del cuidado del santuario donde Dios se hace presente y va con su pueblo en la tienda del encuentro (9,15-23; 11,24s) y en el arca de la alianza (10,35s). Ambas preceden al pueblo en su marcha por el desierto. Los capítulos 3 y 4 presentan la razón de ser de los levitas y su función. Se hace evidente la influencia de la “tradición sacerdotal” (véase AQUÍ) en la redacción de este farragoso y para no pocos, tedioso libro de los Números. Una extensa serie de sus facultades rituales y de sus peculiares normas coactivas se describen en los caps. 5-9,14; 15-19.

En todo caso podemos subrayar que, en la marcha del pueblo, a Israel le acompaña su Señor Yahvéh, y por eso él también es santo, y todos sus miembros han de ser santos, con la ayuda solidaria de los sacerdotes y levitas, elegidos por vocación de Dios para esta tarea. Sin embargo, el libro de los Números no es muy optimista respecto de la respuesta de ese pueblo a su Señor. En definitiva, aunque se trate de un pueblo consagrado a Yahvéh, en realidad es también un pueblo tentado por la idolatría. Los relatos más centrales de este libro (11-14; 20-21) narran una serie de conflictos e incertidumbres que merecen castigo, aunque la reconciliación se hace muy presente en las oraciones y sacrificios. Pecado y reconciliación van unidas.

En los capítulos ya finales, el libro se abre hacia un futuro con la bendición de Balaán (22-24), la sucesión del liderazgo de Moisés (27,12-23), los días dedicados al Señor (28-29), la lucha contra quienes arrastran a Israel hacia el pecado de infidelidad (31), la instalación ordenada de las tribus en la tierra prometida (32), y los últimos mandatos de Moisés a los israelitas desde Moab (33,50-36,13).

LA «GLORIA DEL SEÑOR SE LES APARECIÓ, Y EL SEÑOR DIJO A MOISÉS: COGE EL BASTÓN, REÚNE LA ASAMBLEA TÚ CON TU HERMANO AARÓN, Y EN PRESENCIA DE ELLOS ORDENAD A LA ROCA QUE DE AGUA. SACARÁS AGUA DE LA ROCA PARA DARLES DE BEBER A ELLOS Y A SUS BESTIAS.
MOISÉS RETIRÓ LA VARA DE LA PRESENCIA DEL SEÑOR, COMO SE LO MANDABA; AYUDADO DE AARÓN REUNIÓ LA ASAMBLEA DELANTE DE LA ROCA, Y LES DIJO: ESCUCHAD, REBELDES: ¿CREÉIS QUE PODEMOS SACAROS ACUA DE ESTA ROCA? MOISÉS ALZÓ LA MANO Y GOLPEÓ LA ROCA CON EL BASTÓN DOS VECES, Y BROTÓ AGUA TAN ABUNDANTEMENTE QUE BEBIÓ TODA LA GENTE Y LAS BESTIAS, (Nm 20,7-11)

Guía del Libro de los Números

(1,1-4,49)
• Censo de los que salieron de Egipto. • Estatuto de los levitas. • Disposición de las tribus alrededor de la “rienda”. • Acerca de la tribu de Leví. • Sus funciones y clanes. • Censo de los levitas.

(5,1-8,26)
• Leyes diversas: impureza, restitución, ofrenda de celos, “nazireato” y fórmula de bendición. • Ofrenda de las carretas. • Ofrenda de la Dedicación. • Las lámparas del candelabro. • Consagración de los levitas.

(9,1-10,36)
• Aniversario de la Pascua. • La nube. • Las trompetas de plata. • Orden de marcha a partir del Sinaí.

(11,1-14,45)
• Quejas del pueblo. • Intercesión de Moisés. • Respuesta de Yahvéh. • Los setenta ancianos. • Las codornices. • Quejas de María y Aarón. • Envío de exploradores a Canaán. • Su informe. • Rebelión del pueblo. • La ira de Yahvéh y la intercesión de Moisés. • Perdón y castigo.

(15,1-19,22)
• La ofrenda de la harina, el aceite y el vino. • Sobre las faltas por inadvertencia. • Violación del sábado. • Rebelión de Coré, Datán y Abirón. • Su castigo. • Los incensarios. • Intercesión de Aarón. • La vara de Aarón. • Función expiatoria del sacerdocio. • Derechos de sacerdotes y levitas. • Los diezmos. • La vaca roja y el agua lustral. • Ritos de purificación.

(20,1-21,35)
• Muerte de María. • Agua de la roca (Meribá). • Castigo de Moisés y Aarón. • Negativa de paso por Edom. • Muerte de Aarón. • Victoria sobre Arad. • La serpiente de bronce. • Victorias en Transjordania.

(22,1-24,25)
• El rey de Moab llama a Balaán. • La burra de Balaán. • Encuentro con el rey de Moab. • Balaán bendice al pueblo de Israel y le anuncia un futuro glorioso.

(25,1-30,17)
• Actos de idolatría. • Nuevo censo y repartición de la tierra. • Censo de los levitas. • Derechos de las hijas. • Josué, el sucesor de Moisés. • Sacrificios y fiestas. • Sobre los votos.

(31,1-36,13)
• Guerra santa contra Madián. • Reparto del botín. • Reparto de la Transjordania. • Etapas del “Éxodo”. • Distribución de la tierra prometida. • Límites. • Los encargados. • Ciudades le víricas. • Ciudades de refugio. • La herencia de la mujer casada.



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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Los escritos de San Pablo: Su Teología - El estado del hombre sin Cristo - El pecado y su extensión



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


TEOLOGÍA DE SAN PABLO - 1° ENTREGA

10. EL ESTADO DEL HOMBRE SIN CRISTO

En la carta a los Romanos Pablo, después del saludo inicial y de la acción de gracias, pasa al tema del motivo de la carta: la Salvación, la Justificación nos viene del Padre por medio de su Hijo Jesucristo. A continuación presenta su tesis de la justificación por la fe. Pero primero tiene que explicar bien la situación del género humano que vive en tinieblas y en sombra de muerte a causa del pecado de Adán y de sus propios pecados.

10.1. EL PECADO Y SU EXTENSIÓN

a. Punto de partida

En el pensamiento de Pablo, el punto de partida es el hombre integral en su situación existencial: hombre irredento; hombre sin Cristo. Pablo considera esta existencia como una existencia bajo el influjo del pecado. Sin Cristo el hombre está condenado irremisiblemente. El pecado lo domina como un tirano y lo conduce a la muerte, Rom 3, 23: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios”; y en 1 Cor 15, 56: “El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la Ley”; y en Rom 6, 23: “Pues el salario de la muerte es el pecado, pero el don de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”; y en Rom 7, 5: “Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, excitadas por la Ley, actuaban en nuestros miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte”; y en Rom 8, 6: “Pues, las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu vida y paz”.

b. Todos pecadores

  • Todos los hombres, sin excepción, bajo la ira de Dios a causa de sus pecados, Rom 1, 21-32: “Porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció, jactándose de sabios se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén”; y también los judíos, aunque recibieron la Ley santa y buena, Rom 2, 9-12: “Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal; del judío primeramente y también del griego”.
  • Los gentiles para Pablo conocían a Dios en la creación y, por eso, no tienen excusa al no haberlo honrado ni haberle dado gracias, Rom 1, 18-20: “En efecto, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de manera que son inexcusables”; y en 1Cor 6, 9-10: “¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios”.
  • Pablo acusa también a los judíos. Ellos tenían en la Ley mosaica una manifestación clara de la voluntad de Dios. Y, sin embargo no la observaron. No tienen, por consiguiente, nada que pueda salvarlos de la ira divina, Rom 2, 1-3: “Por eso no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas, ya que obras esas mismas cosas tú que juzgas y sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que obran tales cosas. Y ¿te figuras, tú que juzgas a los que cometen tales cosas y las cometes tú mismo, que escaparás al juicio de Dios?”.
  • Pablo finaliza con esta afirmación en Rom  3, 10: "Ya demostramos que tanto judíos como griegos están todos bajo el pecado"; y en  Rom 3, 23;  "Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios"; Gal 3, 22: “Pero la Escritura encerró todo bajo el pecado, a fin de que la promesa fuera otorgada a los creyentes mediante la fe en Jesucristo”.


c. Origen del pecado

El pecado invade la humanidad con la caída de Adán, Rom 5, 12: “Por tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron”;  y ejerce un poder propio de rey, lo cual quería decir: poder absoluto, Rom 5, 21: “así, lo mismo que el pecado reinó por la muerte, así también reinará la gracia en virtud de la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor”.

Pablo insiste en el paralelismo Adán - Cristo.  El primer Adán dañó a la humanidad con abundancia el "nuevo Adán", Cristo, la repara con sobreabundancia. Sin Cristo, la potencia del pecado introducida en el mundo con Adán produce efectos de muerte eterna a través de los pecados personales que ratifican la primera trasgresión, Rom 5, 15-21: “Pero con el don no sucede como con el delito. Si por el delito de uno murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos!, ... En efecto, si por el delito de uno reinó la muerte por un hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno, Jesucristo!”.

d. Vocabulario

Pablo considera el pecado como deuda, Rom 3, 24-25: “ y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente”; Col 1, 14: “ (Cristo) en quien tenemos la redención; el perdón de los pecados”;  Ef 1, 7:  “En Él (Cristo) tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia”.
Por la redención Dios adquiere a su Pueblo, Ef 1, 13-14: “En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para la redención del pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria”.
También considera el pecado como una fuerza que domina al hombre. Pablo personifica el pecado y lo hace intervenir en la vida y en la historia de la humanidad. Pero el pecado principalmente, como acción del hombre, es infidelidad, desobediencia a la voluntad salvífica de Dios. Tres términos son usados especialmente por el Apóstol para indicar la maldad del pecado:

  • “hamartía” = pecado como un apartarse del camino de Dios, Rom 3, 24-25: “Y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo-Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente”. Y en Rom 5, 12 y s.s. dice: “Por tanto, como por un hombre entro el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte alcanzó a todo los hombres, ya que todos pecaron”.
  • “paráptoma” = caída, falta moral, Rom 4, 25: “(Jesús nuestro Señor) quien fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación”. Y también en Rom 5, 15: “Pero con el don no sucede como con el delito. Si por el delito de uno murieron todos, ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos!”. Y en 2 Cor 5, 19: “Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación”.
  • “parábasis” = es la trasgresión de la ley, conociendo la ley:  “Tú que te glorías en la ley, transgrediéndola, deshonras a Dios”. Y en Rom 5, 14: “con todo, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una trasgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir”. Y en Gal 3, 19: “Entonces ¿para qué la ley? Fue añadida en razón de las transgresiones hasta que llegase la descendencia , a quien iba destinada la promesa, promulgada por los ángeles y con la intervención de un mediador”.


e. Lista de pecados

En varias ocasiones Pablo enumera pecados que excluyen de la participación del Reino de Dios, como en 1 Cor 5, 10-11: “No me refería a los impuros de este mundo en general o a los avaros o a los ladrones o idólatras. De ser así, tendríais que salir del mundo. ¡No!, os escribí que no os relacionarais con quien, llamándose hermano, es impuro, avaro, idólatra, difamador, borracho o ladrón. Con esos, ¡ni comer!”.

 Y avisa en 1 Cor 6, 9-10: “¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios”. Y en 2 Cor 12, 20: “En efecto, temo que a mi llegada no os encuentre como yo querría; ni me encontréis como querríais: que haya discordias, envidias, iras, ambiciones, calumnias, murmuraciones, insolencias, desórdenes”.
Y en Gal 5, 19-21: “Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios”.

En Rom 1, 24-31: “Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos, Amén. Por eso los entregó a sus pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso normal de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismo el pago de su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia y maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, difamadores, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen”.

Y en Col 3, 5-9: “Por tanto, mortificad cuanto en vosotros es terreno: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia que es una idolatría, todo lo cual atrae la ira de Dios sobre los rebeldes, y que vosotros en otro tiempo practicasteis, cuando vivíais de ese modo. Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y obscenidades, lejos de vuestra boca. No os mintáis unos a otros, despojados del hombre viejo con sus obras”.

Pablo avisa a su discípulo Timoteo, 2 Tim 3, 1-5: “Ten presente que en los últimos días sobrevendrán momentos difíciles, los hombres serán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos, irreligiosos, desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, despiadados enemigos del bien, traidores, temerarios, infatuos, más amantes de los placeres que de Dios, que teniendo la apariencia de piedad, reniegan de su eficacia. Tú guárdate también de ellos”.

f. Cristo triunfa sobre el pecado

Cristo, nuevo Adán, salva al hombre y lo libera del dominio del pecado, Rom 5, 17-19: “En efecto, si por el delito de uno reinó la muerte por un hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno, por Jesucristo!. Así pues, como el delito de uno atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno procura a todos la justificación que da la vida. En efecto, así como por la desobediencia de un hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno todos serán constituidos justos”.

El cristiano justificado por la fe y el bautismo, Gal 3, 26-29: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo; ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abrahán, herederos según la promesa”.

El cristiano ha muerto al pecado y se convierte en una nueva criatura, Rom 6, 5-6: “Porque si nos hemos injertados en él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado”. Y en 2 Cor 5, 17 dice: “Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo”.

El cristiano vive en el Espíritu, Rom 8, 9: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu ya que el Espíritu  de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece”. Aunque el que vive en el espíritu puede volver a pecar, Rom 6, 11-12: “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias”.

g. La vida cristiana

La justificación nuestra es un triunfo de la sabiduría y del amor de Dios hacia nosotros, Rom 8, 32: “El que no perdonó ni a su propio Hijo antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?”. Y en Efes 3, 10-11: “Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los principados y potestades en los cielos mediante la Iglesia, conforme al designio eterno realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro, quien mediante la fe en él, nos da valor para llegar confiados a Dios”. Y en 1 Cor 1, 21-24: “De hecho como el mundo mediante su sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación; así, mientras los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios”.

El amor de Dios se manifiesta en nuestra vida haciendo que todo concurra para nuestro bien, Rom 8, 28: “Por lo demás, sabemos  que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio”.


Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Los Orígenes: El Éxodo como base de la Ley



P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.

EL LIBRO DEL ÉXODO

El Éxodo como base de la Ley

Como ya lo hemos indicado más arriba, la Torá (la Ley) consta de cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Hemos tratado ya el conocido escrito del Génesis que trata sobre los orígenes del pueblo judío. De los cuatro que restan, el Éxodo conforma el núcleo constitutivo de ese pueblo de Israel como nación, que tiene a Dios, el transcendente e inefable, como a su Señor.
En principio, ¿qué significa la palabra “éxodo”? Proviene de la lengua griega y significa “un camino para salir”. El libro consta de cuarenta capítulos y se puede dividir fundamentalmente en tres partes:




1. Salida de Egipto (1-15,21)

Se comienza con una breve descripción de la situación de opresión de los judíos. Enseguida aparece la figura de Moisés como destinado por Dios para liberar al pueblo oprimido. Desde su nacimiento se manifiesta esta vocación. La “palabra de Dios” le interpela y le elige de forma personal y clara (3-4,17). Dios le sugiere que tome a Aarón como acompañante pues éste goza de elocuente palabra. Se presentan ante el faraón a fin de persuadirle que les deje salir de Egipto por las buenas (cap. 5). Con el fin de superar la oposición del faraón se suceden hasta diez plagas (7-11). La cena de pascua y de los panes ázimos (12) es de origen cananeo, pastoril y agrícola, pero los judíos la transformaron en “memorial” (recuerdo viviente) de aquella prodigiosa salida de Egipto, que fue obra de su Señor.

Se comía el cordero acompañado de pan sin levadura (ázimo) y de hierbas amargas del desierto; con un atuendo listo para un largo peregrinar. Era el comienzo del año religioso, en una noche de luna llena, la primera de la primavera, en el primer mes del año que comienza a revivir. Se insiste en que la salida de Egipto fue un acontecimiento prodigioso, fue cosa de una intervención de Yahvéh. Su género literario es más propio de una epopeya. Hasta el mar, signo del mal, es superado para dejar paso abierto y libre a los judíos liberados de la esclavitud egipcia (14,15-15,21).

MOISÉS REPLICÓ A DIOS: MIRA, YO IRÉ A LOS ISRAELITAS Y LES DIRÉ QUE EL DIOS DE VUESTROS PADRES ME HA ENVIADO A VOSOTROS; SI ELLOS ME PREGUNTAN CÓMO SE LLAMA, ¿QUÉ LES RESPONDO? DIOS DIJO A MOISÉS: SOY EL QUE SOY; ÉSTO DIRÁS A LOS ISRAELITAS: YO SOY ME ENVÍA A VOSOTROS. DIOS AÑADIÓ: ESTO DIRÁS A LOS ISRAELITAS: EL SEÑOR DIOS DE VUESTROS PADRES, DIOS DE ABRAHAM, DIOS DE ISAAC, DIOS DE JACOB. ME ENVÍA A VOSOTROS. ESTE ES MI NOMBRE PARA SIEMPRE; ASÍ ME LLAMARÉIS DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN, (Ex 3,13-15)




PASCUA Y ÁZIMOS

La fiesta judía de la Pascua es un memorial (actualización de un I acontecimiento pasado) del día en el que Yahvéh liberó a su pueblo de la esclavitud en Egipto (Ex 12,1-14). Suele llamarse también "fiesta de los ázimos" porque en esos días el pan ha de ser cocido sin levadura. Comienza la primavera y con ella la recolección de la cebada; y todo comienza como de nuevo. La levadura vieja es desechada a la espera de la nueva. Con la Pascua se inicia el año religioso judío, y la celebración se prolonga por siete días.

Aunque en su origen era una celebración familiar, con la reforma de Josías (649-609 a.C.), se transforma en una fiesta de peregrinación nacional al templo de Jerusalén. En éste se sacrificaba el cordero, que luego se comía en las casas. Su sangre derramada quedaba alrededor del altar de los holocaustos. Este sacrificio recuerda al ángel exterminador que pasa de largo ante las jambas marcadas con la sangre del cordero sacrificado sin romperle ningún hueso. Yahvéh había decidido que se respetaran esas casas: "Cuando Yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando Yo hiera al país de Egipto" (Ex 12,13).

La palabra "Pascua" proviene de la raíz consonántica "psh" (pasar por alto). Yahvé quiso que la vida fuera preservada en esas casas. La décima plaga eliminaba a los primogénitos de los egipcios. La Pascua era una celebración memorable en honor de Yahvéh. Era una fiesta para siempre. Se transmitía de generación en generación. Daba comienzo la víspera de la primera luna llena después del equinoccio de primavera (20-21 marzo).




2. En el desierto (15,22-18)

Guiados por su líder Moisés, los “salidos” de Egipto caminan hacia el desierto del Sinaí. No es posible el localizar sobre el terreno los elementos geográficos que se señalan en el libro del Éxodo. Lo único seguro que tenemos son los puntos de partida (ciudad de Ramsés) en el amplio delta del Nilo, y el de llegada (oasis de Cadés) al noreste de la accidentada península del Sinaí.

En medio de este penoso peregrinar, se establece con firmeza (en tablas de piedra) la Ley fundamental y constitutiva que ha de regir al pueblo liberado por su Señor. Tampoco tenemos certeza de la montaña en la que Yahvéh se manifestó a Moisés y le dio el espíritu de esa tal ley constitutiva (el decálogo). Tradicionalmente se ha fijado hacia el sur montañoso de la península del Sinaí en la sugestiva y empinada montaña llamada Jebel Musa (2.244 mts.) Durante este paso por el desierto, entre murmuraciones y desfallecimientos, con la ayuda de Dios, el pueblo elegido va caminando con esperanza hacia la tierra (“prometida”)


EL SEÑOR DIJO A MOISÉS: ¿POR QUÉ SIGUES CLAMANDO A MI? DÍ A LOS ISRAELITAS QUE SE PONGAN EN MARCHA. Y TÚ ALZA TU CAYADO, EXTIENDE TU MANO SOBRE EL MAR.
Y DIVÍDELO, PARA QUE LOS ISRAELITAS ENTREN EN MEDIO DEL MAR A PIE ENJUTO. QUE YO VOY A ENDURECER EL CORAZÓN DE LOS EGIPCIOS PARA QUE LOS PERSIGAN, Y ME CUBRIRÉ DE GLORIA A COSTA DEL FARAÓN Y DE TODO SU EJÉRCITO, DE SUS CARROS Y DE LOS GUERREROS, (Ex 14,15-17)

SALIENDO DE RAFIDIM LLEGARON AL DESIERTO DE SINAÍ Y ACAPARON ALLÍ FRENTE AL MONTE. MOISÉS SUBIÓ HACIA DIOS. EL SEÑOR LO LLAMÓ DESDE EL MONTE, DICIENDO: ASÍ DIRÁS A LA CASA DE JACOB Y ÉSTO ANUNCIARÁS A LOS ISRAELITAS: YA HABÉIS VISTO LO QUE HE HECHO CON LOS EGIPCIOS, Y CÓMO A VOSOTROS OS HE LLEVADO SOBRE ALAS DE ÁGUILA Y OS HE TRAÍDO A MÍ, AHORA, PUES, SI DE VERAS ESCUCHÁIS MI VOZ Y GUARDÁIS MI ALIANZA, VOSOTROS SERÉIS MI PROPIEDAD PERSONAL ENTRE LOS PUEBLOS, PORQUE MÍA ES TODA LA TIERRA; SERÉIS PARA MÍ UN REINO DE SACERDOTES Y UNA NACIÓN SANTA. (EX. 19,2-6)



3. En el Sinaí (19-40) 

El término “alianza” es traducción de la palabra hebrea “berit”, pero su sentido normal no es del todo equivalente. Ambos términos se inspiran en buena parte en los tratados internacionales, es decir en los pactos de unos países con otros. Sin embargo, el concepto hebreo tiene el matiz de la iniciativa de una de las partes que espera la respuesta positiva de la otra parte. En el caso, Yahvéh toma la iniciativa de la “alianza”. Es Yahvéh quien elige al pueblo judío como su aliado. Es, por tanto, el pueblo “elegido”. Ello es motivo de orgullo e identidad.

Después de un prolongado, austero y providencial caminar por el árido desierto, llega el tiempo de una libre respuesta del pueblo judío a la iniciativa de Yahvéh. En la montaña santa (Sinaí = Horeb), Moisés recibe del Señor Yahvéh las llamadas “diez palabras” o decálogo, expresadas con gran fuerza (20,1-17). Desde esta perspectiva, la Ley aparece como el gran don del Señor a su pueblo. Y la respuesta de Israel no sólo será de agradecimiento, sino de aceptación y fidelidad. Este espíritu de fidelidad animará a los creyentes en la tarea de buscar y hacer lo que el Señor quiere de ellos. De este espíritu deriva el “código de la alianza” (20,22-23,19). Recoge éste una colección de normas y leyes que pertenecen sobre todo a los tiempos posteriores de los Jueces. Se hace referencia en ellas al culto y vida social de aquel entonces.

A continuación (24,12-31,18) el texto que resta, encuadrado por la mención de las “tablas de piedra” presenta una serie de normas y prescripciones sobre el culto y el sacerdocio. Su significado es que el corazón del “culto” está vinculado al espíritu de las “diez palabras”, al arca de la alianza. Son posteriores al acontecimiento, pero buscan su inspiración en lo esencial, en el núcleo de la Ley, en su corazón.

Desde el cap. 32 al 34, el Éxodo narra el pecado de idolatría (el becerro de oro) que consiste en hacerse un dios amañado, hecho por el hombre, al que es posible manipular según el propio interés y provecho. Moisés intercede ante Yahvéh, y los versículos 34,5-7 expresan que el Señor es “clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel”. El rostro de Moisés, luego de su encuentro con Yahvéh, irradiaba la luz y fuerza del espíritu de lo alto (34,29-35).

Se termina el libro del Éxodo (35-40) con una serie de normas acerca del santuario, ese lugar de presencia y compañía, de encuentro con Yahvéh, en un ambiente de ánimo, perdón y reconciliación. También en ésto se manifiesta su gloria y su fuerza más allá de la debilidad (40,34-38).

Con el fin de "habitar entre ellos", Yahvéh en el Sinaí por medio de Moisés, da instrucciones a su pueblo para la fabricación de un santuario transportable. En el interior de la tienda (el tabernáculo) está el arca de la alianza con las tablas de la Ley (éste es el lugar más santo). Separado por una cortina hay otro espacio con un altar para el Incienso, un candelabro de siete luces (menoráh) y una mesa para los panes-ofrenda. Fuera de la tienda se colocaba una vasija grande de bronce, donde los sacerdotes se purificaban, y un altar para los sacrificios ofrecidos como holocausto. El espacio del arca era el lugar del encuentro con Yahvéh. En el arca, además de las tablas de la Ley se conservaban un vaso con maná y la vara de Aarón.



EL DECÁLOGO

Hay textos del Deuteronomio (4,13;10,4) que aluden a "las diez palabras" que recibió Moisés de Yahvéh. Una tradición de muchos siglos señala a los textos del Ex 20,2-17 y Dt 5,6-21 como “el decálogo”. Más que una numeración (diez) es un "nombre" que se da a una serie de normas de vida que provienen de Dios y quedan grabadas de forma perdurable (en piedra). El hecho de dar un nombre a estos textos en el A.T. muestra la importancia y dignidad que se concede al decálogo. Este expresaría la voluntad de Dios a quienes desean conducir su vida por el camino de liberación hacia la tierra de la promesa.

Palabra de partida: "Yo soy Yahvéh, tu Dios, que te ha sacado de Egipto, de la esclavitud".

  1. Primera palabra: "No tendrás otros dioses en mi presencia". Su presencia abarca toda nuestra vida.
  2. Segunda palabra: "No te harás imagen alguna de ídolos o dioses".
  3. Tercera palabra: "No pronunciarás el nombre de Yahvéh, tu Dios, en vano".
  4. Cuarta palabra: “Recuerda y observa el día del sábado para santificarlo”. El precepto sabático ocupa un puesto central. Es un día de descanso y sobre todo un día de encuentro con el Señor, creador y liberador. 
  5. Quinta palabra: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Los padres son vistos como "imágenes" de Dios. 
  6. Sexta palabra: "No matarás". Aunque por medio de una negación lo que se afirma es una actitud positiva hacia la vida. 
  7. Séptima palabra: "No cometerás adulterio". Su objetivo primordial sería el preservar la fidelidad en el matrimonio. 
  8. Octava palabra: "No robarás". Prohíbe cualquier tipo de robo, incluida la apropiación de otras personas (esclavitud, secuestro, etc.) 
  9. Novena palabra: "No darás falso testimonio contra tu prójimo". Estamos llamados a vivir en el espíritu de la verdad. 
  10. Décima palabra: "No codiciarás lo que tiene tu prójimo". Entre lo que es del prójimo aparece “la mujer”. Se supone que la codicia nace en lo más profundo del corazón y suele relacionarse con la envidia.


En la tradición cristiana "los diez mandamientos" ocupan un puesto sustancial y primario en su moral. Sus variaciones respecto del decálogo son escasas. "Porque el fin de la ley es Cristo, y por él restablece Dios en su amistad a todo creyente" (Rm 10,4).


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Novena a la Inmaculada Concepción



NOVENA


Por la señal...
Señor mío Jesucristo...


ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres, Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida por Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu Concepción: así como por Eva nos vino la muerte, así nos viene la vida por ti, que por la gracia de Dios has sido elegida para ser Madre del nuevo pueblo que Jesucristo ha formado con su sangre.

A ti, purísima Madre, restauradora del caído linaje de Adán y Eva, venimos confiados y suplicantes en esta novena, para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.

Acordaos, Virgen Santísima, que habéis sido hecha Madre de Dios, no sólo para vuestra dignidad y gloría, sino también para salvación nuestra y provecho de todo el género humano. Acordaos que jamás se ha oído decir que uno solo de cuantos han acudido a vuestra protección e implorado vuestro socorro, haya sido desamparado. No me dejéis, pues, a mi tampoco, porque si me dejáis me perderé; que yo tampoco quiero dejaros a vos, antes bien, cada día quiero crecer más en vuestra verdadera devoción.

Y alcanzadme principalmente estas tres gracias: la primera, no cometer jamás pecado mortal; la segunda, un grande aprecio de la virtud cristiana, y la tercera, una buena muerte. Además, dadme la gracia particular que os pido en esta novena (hacer aquí la petición que se desea obtener).

Rezar la oración del día correspondiente.



ORACIONES FINALES

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, te ofrezco en este día alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Rezar tres Avemarías.

Tu Inmaculada Concepción, oh Virgen Madre de Dios, anunció alegría al universo mundo.

ORACIÓN. Oh Dios mío, que por la Inmaculada Concepción de la Virgen, preparaste digna habitación a tu Hijo: te rogamos que, así como por la previsión de la muerte de tu Hijo libraste a ella de toda mancha, así a nosotros nos concedas por su intercesión llegar a ti limpios de pecado. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo. Amén.



DÍA PRIMERO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como preservaste a María del pecado, original en su Inmaculada Concepción, y a nosotros nos hiciste el gran beneficio de libramos de él por medio de tu santo bautismo, así te rogamos humildemente nos concedas la gracia de portarnos siempre como buenos cristianos, regenerados en ti, Padre nuestro Santísimo.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA SEGUNDO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como preservaste a María de todo pecado mortal en toda su vida y a nosotros nos das gracia para evitarlo y el sacramento de la confesión para remediarlo, así te rogamos humildemente, por intercesión de tu Madre Inmaculada, nos concedas la gracia de no cometer nunca pecado mortal, y si incurrimos en tan terrible desgracia, la de salir de él cuanto antes por medio de una buena confesión.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA TERCERO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como preservaste a María de todo pecado venial en toda su vida, y a nosotros nos pides que purifiquemos más y más nuestras almas para ser dignos de ti, así te rogamos humildemente, por intercesión de tu Madre Inmaculada, nos concedas la gracia de evitar los pecados veniales y la de procurar y obtener cada día más pureza y delicadeza de conciencia.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA CUARTO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como libraste a María de la inclinación al pecado y le diste dominio perfecto sobre todas sus pasiones, así te rogamos humildemente, por intercesión de María Inmaculada, nos concedas la gracia de ir domando nuestras pasiones y destruyendo nuestras malas inclinaciones, para que te podamos servir, con verdadera libertad de espíritu, sin imperfección ninguna.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA QUINTO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como, desde el primer instante de su Concepción, diste a María más gracia que a todos los santos y ángeles del cielo, así te rogamos humildemente, por intercesión de tu Madre Inmaculada, nos inspires un aprecio singular de la divina gracia que tú nos adquiriste con tu sangre, y nos concedas el aumentarla más y más con nuestras buenas obras y con la recepción de tus Santos Sacramentos, especialmente el de la Comunión.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA SEXTO 

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como, desde el primer momento, infundiste en María, con toda plenitud, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo, así te suplicamos humildemente, por intercesión de tu Madre Inmaculada, nos concedas a nosotros la abundancia de estos mismos dones y virtudes, para que podamos vencer todas las tentaciones y hagamos muchos actos de virtud dignos de nuestra profesión de cristianos.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA SÉPTIMO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como diste a María, entre las demás virtudes, una pureza y castidad eximía, por la cual es llamada Virgen de las vírgenes, así te suplicamos, por intercesión de tu Madre Inmaculada, nos concedas la dificilísima virtud de la castidad, que tantos han conservado mediante la devoción de la Virgen y tu protección.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA OCTAVO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como diste a María la gracia de una ardentísima caridad y amor de Dios sobre todas las cosas, así te rogamos humildemente, por intercesión de tu Madre Inmaculada, nos concedas un amor sincero de ti, ¡oh Dios Señor nuestro!, nuestro verdadero bien, nuestro bienhechor, nuestro padre, y que antes queramos perder todas las cosas que ofenderte con un solo pecado.

Meditar y rezar la oración final.


DÍA NOVENO

Comenzar con el ofrecimiento y la oración preparatoria.

ORACIÓN DE ESTE DÍA. Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo Redentor nuestro: así como has concedido a María la gracia de ir al cielo y de ser en él colocada en el primer lugar después de Ti, te suplicamos humildemente, por intercesión de María Inmaculada, nos concedas una buena muerte, que recibamos bien los últimos Sacramentos, que expiremos sin mancha ninguna de pecado en la conciencia y vayamos al cielo, para siempre gozar, en tu compañía y la de nuestra Madre, con todos los que se han salvado por ella.

Meditar y rezar la oración final.



Tomado de:
www.devocionario.com