Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Venerable Conchita de México



María Concepción Cabrera de Armida, Conchita, esposa y madre de numerosos hijos, es una de las santas modernas, que durante años Jesús preparó
a una maternidad espiritual para los sacerdotes.

En el futuro, ella será de gran importancia para la Iglesia universal.


Una vez Jesús explicó a Conchita: “Hay  almas que han recibido la unción a través de la ordenación sacerdotal. Pero hay… también almas sacerdotales que tienen una vocación sin tener la dignidad o la ordenación sacerdotal. Ellos se ofrecen en unión conmigo... Estas almas ayudan espiritualmente a la Iglesia de manera poderosa. Tú serás madre de un gran número de hijos espirituales, pero ellos costarán a tu corazón como mil mártires. Ofrécete como holocausto para los sacerdotes, únete a mi sacrificio para obtener gracias para ellos”... “Quisiera volver a este mundo... en mis sacerdotes. Quisiera renovar el mundo, revelándome en ellos y dar un impulso fuerte a mi Iglesia, derramando el Espíritu Santo sobre mis sacerdotes como en una nueva Pentecostés”. “La Iglesia y el mundo necesitan una nueva Pentecostés, una Pentecostés sacerdotal, interior”.

Cuando era joven Conchita rezaba a menudo delante del Santísimo: “Señor, me siento incapaz de amarte, por ello quisiera casarme. Dame muchos hijos de manera que ellos te amen más de cuanto yo soy capaz”. De su matrimonio, particularmente feliz, nacieron nueve hijos, dos mujeres y siete varones. Ella los consagró a todos a la Virgen: “Te los doy completamente como tus hijos. Tú sabes que yo no los sé educar, conozco demasiado poco qué quiere decir ser madre, pero Tú, Tú lo sabes”. Conchita asistió a la muerte de cuatro de sus hijos, que tuvieron todos una muerte santa.

Conchita fue concretamente madre espiritual para el sacerdocio de uno de sus hijos; de él ella escribió: “Manuel nació en la misma hora en que murió Padre José Camacho. Cuando supe la noticia, recé a Dios que mi hijo pudiera reemplazar a este sacerdote en el altar… Desde el momento en que el pequeño Manuel inició a hablar, hemos rezado juntos para la gran gracia de la vocación al sacerdocio.... El día de su Primera Comunión y en todas las fiestas principales renové la súplica... A la edad de diecisiete años entró en la Compañía de Jesús”.
En 1906 desde España donde se encontraba, Manuel (nacido en 1889, su tercer hijo) le comunicó su decisión de ordenarse sacerdote y ella le escribió: 

“¡Entrégate al Señor con todo el corazón sin negarte nunca! ¡Olvida las criaturas y sobre todo olvídate a ti mismo! No puedo imaginarme un consagrado que no sea un santo. No es posible darse a Dios a medias. ¡Trata de ser generoso con Él!”.

En 1914 Conchita encontró a Manuel en España por última vez, porque él no regresó jamás a México. En aquel tiempo el hijo le escribió: “Mi querida, pequeña mamá, me has indicado el camino. Tuve la suerte, desde pequeño, de escuchar de tus labios la doctrina saludable y exigente de la cruz. Ahora quisiera ponerla en obra”. También la madre probó el dolor de la renuncia: “Llevé tu carta delante del tabernáculo y dije al Señor que acepto con toda mi alma este sacrificio. El día siguiente puse la carta sobre mi pecho mientras recibía la Santa Comunión, para renovar el sacrificio total”.


Mamá, enséñame a ser sacerdote

El 23 de julio de 1922, una semana antes de la ordenación sacerdotal, Manuel que por aquel entonces tenía treinta años, escribió a su madre: “¡Mamá, enséñame a ser sacerdote! Háblame de la alegría inmensa de poder celebrar la Santa Misa. Entrego todo en tus manos como tú me has custodiado sobre tu pecho cuando era niño y me has enseñado a pronunciar los hermosos nombres de Jesús y María, para introducirme en este misterio. Me siento de veras un niño que te pide oraciones y sacrificios.... Apenas sea ordenado sacerdote, te enviaré mi bendición y después acogeré de rodillas la tuya”.

El hijo Manuel
Cuando Manuel fue ordenado sacerdote, el 31 de julio de 1922 en Barcelona, Conchita se levantó para participar espiritualmente a la ordenación; a causa de la diferencia de horario en México era de noche. Ella se conmovió profundamente: “¡Soy madre de un sacerdote!... ¡Puedo solamente llorar y agradecer! Invito a todo el cielo a agradecer en mi lugar, porque me siento incapaz por mi miseria”. Diez años después escribió al hijo: “No logro imaginarme un sacerdote que no sea Jesús y aún menos cuando forma parte de la Compañía de Jesús. Rezo por ti para que tu transformación en Cristo, desde el momento de la celebración, se realice de modo que tú seas Jesús de día y de noche” (17 de mayo de 1932). “¿Qué haríamos sin la cruz? La vida sin dolores que unen, santifican, purifican y obtienen gracias, sería insoportable” (10 de junio de 1932). Padre Manuel murió a los 66 años en olor de santidad.


El Señor hizo comprender a Conchita en función de su apostolado: “Te confío todavía otro martirio: tú sufrirás lo que los sacerdotes hacen en mi contra. Tú vivirás y ofrecerás por su infidelidad y miseria”. Esta maternidad espiritual para la santificación de los sacerdotes y de la Iglesia la consumió completamente. Conchita murió en 1937 a los 75 años.



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Tomado de Congregatio Pro Clericis
www.clerus.org

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Los ministros de la Iglesia


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 12 de noviembre de 2014




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis precedente hemos destacado cómo el Señor sigue apacentando a su rebaño a través del ministerio de los obispos, con la colaboración de los presbíteros y diáconos. Es en ellos donde Jesús se hace presente, con el poder de su Espíritu, y sigue sirviendo a la Iglesia, alimentando en ella la fe, la esperanza y el testimonio de la caridad. Estos ministerios constituyen, por lo tanto, un don grande del Señor para cada comunidad cristiana y para toda la Iglesia, ya que son un signo vivo de su presencia y de su amor.

Hoy queremos preguntarnos: ¿qué se les pide a estos ministros de la Iglesia, para que vivan de modo auténtico y fecundo su servicio?

En las «Cartas pastorales» enviadas a sus discípulos Timoteo y Tito, el apóstol Pablo se detiene con atención en la figura de los obispos, presbíteros y diáconos, también en la figura de los fieles, ancianos y jóvenes. Se detiene en una descripción de cada cristiano en la Iglesia, trazando para los obispos, presbíteros y diáconos aquello a lo que están llamados y las características que se deben reconocer en los que son elegidos e investidos con estos ministerios. Ahora, es emblemático cómo, junto a las virtudes inherentes a la fe y a la vida espiritual —que no se pueden descuidar, porque son la vida misma—, se enumeran algunas cualidades exquisitamente humanas: la acogida, la sobriedad, la paciencia, la mansedumbre, la fiabilidad, la bondad de corazón. Es este el alfabeto, la gramática de base de todo ministerio. Debe ser la gramática de base de todo obispos, de todo sacerdote, de todo diácono. Sí, porque sin esta predisposición hermosa y genuina a encontrar, conocer, dialogar, apreciar y relacionarse con los hermanos de modo respetuoso y sincero, no es posible ofrecer un servicio y un testimonio auténticamente gozoso y creíble.

Hay luego una actitud de fondo que Pablo recomienda a sus discípulos y, en consecuencia, a todos los que son investidos con el ministerio pastoral, sean obispos, sacerdotes o diáconos. El apóstol exhorta a reavivar continuamente el don que se ha recibido (cf. 1 Tm 4, 14; 2 Tm 1, 6). Esto significa que debe estar siempre viva la consciencia de que no son obispos, sacerdotes o diáconos porque son más inteligentes, más listos y mejores que los demás, sino sólo en virtud de un don, un don de amor dispensado por Dios, en el poder de su Espíritu, para el bien de su pueblo. Esta consciencia es verdaderamente importante y constituye una gracia que se debe pedir cada día. En efecto, un pastor que es consciente de que su ministerio brota únicamente de la misericordia y del corazón de Dios nunca podrá asumir una actitud autoritaria, como si todos estuviesen a sus pies y la comunidad fuese su propiedad, su reino personal.

La consciencia de que todo es don, todo es gracia, ayuda también a un pastor a no caer en la tentación de ponerse en el centro de la atención y confiar sólo en sí mismo. Son las tentaciones de la vanidad, del orgullo, de la suficiencia, de la soberbia. Ay si un obispo, un sacerdote o un diácono pensase que lo sabe todo, que tiene siempre la respuesta justa para cada cosa y que no necesita de nadie. Al contrario, la consciencia de ser él, en primer lugar, objeto de la misericordia y de la compasión de Dios debe llevar a un ministro de la Iglesia a ser siempre humilde y comprensivo respecto a los demás. Incluso con la consciencia de estar llamado a custodiar con valentía el depósito de la fe (cf. 1 Tm 6, 20), él se dispondrá a escuchar a la gente. Es consciente, en efecto, de tener siempre algo por aprender, incluso de quienes pueden estar lejos de la fe y de la Iglesia. Con sus hermanos en el ministerio, todo esto debe llevar, además, a asumir una actitud nueva, caracterizada por el compartir, la corresponsabilidad y la comunión.


Queridos amigos, debemos estar siempre agradecidos al Señor, porque en la persona y en el ministerio de los obispos, de los sacerdotes y de los diáconos sigue guiando y formando a su Iglesia, haciéndola crecer a lo largo del camino de la santidad. Al mismo tiempo, debemos seguir rezando, para que los pastores de nuestras comunidades sean imagen viva de la comunión y del amor de Dios.


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Tomado de:
www.vatican.va
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El ministerio Episcopal de la Iglesia


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 5 de noviembre de 2014




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado lo que el apóstol Pablo decía al obispo Tito. ¿Pero cuántas virtudes debemos tener, nosotros, los obispos? Hemos escuchado todos, ¿no? No es fácil, no es fácil, porque somos pecadores. Pero nos encomendamos a vuestra oración, para que al menos nos acerquemos a estas cosas que el apóstol Pablo aconseja a todos los obispos. ¿De acuerdo? ¿Rezaréis por nosotros?

Hemos ya tenido ocasión de destacar, en las catequesis anteriores, cómo el Espíritu Santo colma siempre a la Iglesia con sus dones, en abundancia. Ahora, con el poder y la gracia de su Espíritu, Cristo no deja de suscitar ministerios, con el fin de edificar a las comunidades cristianas como su cuerpo. Entre estos ministerios, se distingue el ministerio episcopal. En el obispo, con la colaboración de los presbíteros y diáconos, es Cristo mismo quien se hace presente y sigue cuidando de su Iglesia, asegurando su protección y su guía.

En la presencia y en el ministerio de los obispos, presbíteros y diáconos podemos reconocer el auténtico rostro de la Iglesia: es la Santa Madre Iglesia jerárquica. Y, verdaderamente, a través de estos hermanos elegidos por el Señor y consagrados con el sacramento del Orden, la Iglesia ejerce su maternidad: nos engendra en el Bautismo como cristianos, haciéndonos renacer en Cristo; cuida nuestro crecimiento en la fe; nos acompaña a los brazos del Padre, para recibir su perdón; prepara para nosotros la mesa eucarística, donde nos nutre con la Palabra de Dios y el Cuerpo y la Sangre de Jesús; invoca sobre nosotros la bendición de Dios y la fuerza de su Espíritu, sosteniéndonos a lo largo de toda nuestra vida y envolviéndonos con su ternura y su calor, sobre todo en los momentos más delicados de la prueba, del sufrimiento y de la muerte.

Esta maternidad de la Iglesia se expresa, en especial, en la persona del obispo y en su ministerio. En efecto, como Jesús eligió a los Apóstoles y los envió a anunciar el Evangelio y a apacentar su rebaño, así los obispos, sus sucesores, son puestos a la cabeza de las comunidades cristianas, como garantes de su fe y como signos vivos de la presencia del Señor en medio de ellos. Comprendemos, por lo tanto, que no se trata de una posición de prestigio, de un cargo honorífico. El episcopado no es una condecoración, es un servicio. Jesús lo quiso así. No debe haber lugar en la Iglesia para la mentalidad mundana. La mentalidad mundana dice: «Este hombre hizo la carrera eclesiástica, llegó a ser obispo». No, no, en la Iglesia no debe haber sitio para esta mentalidad. El episcopado es un servicio, no una condecoración para enaltecerse. Ser obispos quiere decir tener siempre ante los ojos el ejemplo de Jesús que, como buen Pastor, vino no para ser servido, sino para servir (cf. Mt 20, 28; Mc 10, 45) y para dar su vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). Los santos obispos —y son muchos en la historia de la Iglesia, muchos obispos santos— nos muestran que este ministerio no se busca, no se pide, no se compra, sino que se acoge en obediencia, no para elevarse, sino para abajarse, como Jesús que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 8). Es triste cuando se ve a un hombre que busca este ministerio y hace muchas cosas para llegar allí y cuando llega allí no sirve, se da importancia y vive sólo para su vanidad.

Hay otro elemento precioso, que merece ser destacado. Cuando Jesús eligió y llamó a los Apóstoles, no los pensó uno separado del otro, cada uno por su cuenta, sino juntos, para que estuviesen con Él, unidos, como una sola familia. También los obispos constituyen un único colegio, reunido en torno al Papa, quien es custodio y garante de esta profunda comunión, que tanto le interesaba a Jesús y a sus Apóstoles mismos. Cuán hermoso es, entonces, cuando los obispos, con el Papa, expresan esta colegialidad y tratan de ser cada vez más y mejor servidores de los fieles, más servidores en la Iglesia. Lo hemos experimentado recientemente en la Asamblea del Sínodo sobre la familia. Pero pensemos en todos los obispos dispersos en el mundo que, incluso viviendo en localidades, culturas, sensibilidades y tradiciones diferentes y lejanas entre sí, de un sitio a otro —un obispo me decía hace días que para llegar a Roma se necesitaban, desde el lugar de donde era él, más de 30 horas de avión— se sienten parte uno del otro y llegan a ser expresión de la relación íntima, en Cristo, de sus comunidades. Y en la oración eclesial común todos los obispos se reúnen juntos a la escucha del Señor y del Espíritu, pudiendo así poner atención en profundidad al hombre y a los signos de los tiempos (cf. Conc. Ecum. Vat. ii, const. Gaudium et spes, 4).


Queridos amigos, todo esto nos hace comprender por qué las comunidades cristianas reconocen en el obispo un don grande, y están llamadas a alimentar una sincera y profunda comunión con él, a partir de los presbíteros y los diáconos. No existe una Iglesia sana si los fieles, los diáconos y los presbíteros no están unidos al obispo. Esta Iglesia que no está unida al obispo es una Iglesia enferma. Jesús quiso esta unión de todos los fieles con el obispo, también de los diáconos y los presbíteros. Y esto lo hacen con la consciencia de que es precisamente en el obispo donde se hace visible el vínculo de cada una de las Iglesias con los Apóstoles y con todas las demás comunidades, unidas a sus obispos y al Papa en la única Iglesia del Señor Jesús, que es nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica. Gracias.

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Tomado de:
www.vatican.va
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La realidad visible de la Iglesia


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 29 de octubre de 2014




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis anteriores tuvimos ocasión de destacar cómo la Iglesia tiene una naturaleza espiritual: es el cuerpo de Cristo, edificado en el Espíritu Santo. Cuando nos referimos a la Iglesia, sin embargo, inmediatamente el pensamiento se dirige a nuestras comunidades, nuestras parroquias, nuestras diócesis, a las estructuras en las que a menudo nos reunimos y, obviamente, también a los miembros y a las figuras más institucionales que la dirigen, que la gobiernan. Es esta la realidad visible de la Iglesia. Entonces, debemos preguntarnos: ¿se trata de dos cosas distintas o de la única Iglesia? Y, si es siempre la única Iglesia, ¿cómo podemos entender la relación entre su realidad visible y su realidad espiritual?

Ante todo, cuando hablamos de la realidad visible de la Iglesia, no debemos pensar sólo en el Papa, los obispos, los sacerdotes, las religiosas y todas las personas consagradas. La realidad visible de la Iglesia está constituida por muchos hermanos y hermanas bautizados que en el mundo creen, esperan y aman. Pero muchas veces escuchamos que se dice: «La Iglesia no hace esto, la Iglesia no hace esto otro...» – «Pero, dime, ¿quién es la Iglesia?» – «Son los sacerdotes, los obispos, el Papa...» – La Iglesia somos todos, nosotros. Todos los bautizados somos la Iglesia, la Iglesia de Jesús. Todos aquellos que siguen al Señor Jesús y que, en su nombre, se hacen cercanos a los últimos y a los que sufren, tratando de ofrecer un poco de alivio, de consuelo y de paz. Todos los que hacen lo que el Señor nos ha mandado son la Iglesia. Comprendemos, entonces, que incluso la realidad visible de la Iglesia no es mensurable, no es posible conocer en toda su amplitud: ¿cómo se hace para conocer todo el bien que se hace? Muchas obras de amor, numerosas fidelidades en las familias, tanto trabajo para educar a los hijos, para transmitir la fe, tanto sufrimiento en los enfermos que ofrecen sus sufrimientos al Señor... Esto no se puede medir y es muy grande. ¿Cómo se hace para conocer todas las maravillas que, a través de nosotros, Cristo logra obrar en el corazón y en la vida de cada persona? Mirad: también la realidad visible de la Iglesia va más allá de nuestro control, va más allá de nuestras fuerzas, y es una realidad misteriosa, porque viene de Dios.

Para comprender la relación, en la Iglesia, la relación entre su realidad visible y su realidad espiritual, no hay otro camino más que mirar a Cristo, de quien la Iglesia constituye el cuerpo y de quien ella nace, en un acto de infinito amor. También en Cristo, en efecto, en virtud del misterio de la Encarnación, reconocemos una naturaleza humana y una naturaleza divina, unidas en la misma persona de modo admirable e indisoluble. Esto vale de modo análogo también para la Iglesia. Y como en Cristo la naturaleza humana secunda plenamente la naturaleza divina y se pone a su servicio, en función de la realización de la salvación, así sucede, en la Iglesia, por su realidad visible, respecto a la naturaleza espiritual. También la Iglesia, por lo tanto, es un misterio, en el cual lo que no se ve es más importante que aquello que se ve, y sólo se puede reconocer con los ojos de la fe (cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 8).

Así, pues, en el caso de la Iglesia, debemos preguntarnos: ¿cómo es que la realidad visible puede ponerse al servicio de la realidad espiritual? Una vez más, podemos comprenderlo mirando a Cristo. Cristo es el modelo de la Iglesia, porque la Iglesia es su cuerpo. Es el modelo de todos los cristianos, de todos nosotros. Cuando se mira a Cristo no hay lugar a error. En el Evangelio de san Lucas se relata cómo Jesús, al volver a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga y leyó, refiriéndolo a sí mismo, el pasaje del profeta Isaías donde está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (4, 18-19). He aquí: como Cristo se valió de su humanidad —porque también era hombre— para anunciar y realizar el designio divino de redención y de salvación —porque era Dios—, así debe ser también para la Iglesia. A través de su realidad visible, de todo lo que se ve, los sacramentos y el testimonio de todos nosotros cristianos, la Iglesia está llamada cada día a hacerse cercana a cada hombre, comenzando por quien es pobre, por quien sufre y está marginado, de modo que siga haciendo sentir en todos la mirada compasiva y misericordiosa de Jesús.


Queridos hermanos y hermanas, a menudo como Iglesia experimentamos nuestra fragilidad y nuestros límites. Todos los tenemos. Todos somos pecadores. Nadie de nosotros puede decir: «Yo no soy pecador». Pero si alguno de nosotros siente que no es pecador, que levante la mano. Veamos cuántos... ¡No se puede! Todos lo somos. Y esta fragilidad, estos límites, estos pecados nuestros, es justo que nos causen un profundo dolor, sobre todo cuando damos mal ejemplo y nos damos cuenta de que nos convertimos en motivo de escándalo. Cuántas veces, en el barrio, hemos escuchado: «Pero, esa persona que está allá, va siempre a la iglesia pero habla mal de todos, critica a todos...». Esto no es cristiano, es un mal ejemplo: es un pecado. De este modo damos un mal ejemplo: «Y, en definitiva, si este o esta es cristiano, yo me hago ateo». Nuestro testimonio es hacer comprender lo que significa ser cristiano. Pidamos no ser motivo de escándalo. Pidamos el don de la fe, para que podamos comprender cómo, a pesar de nuestra miseria y nuestra pobreza, el Señor nos hizo verdaderamente instrumento de gracia y signo visible de su amor para toda la humanidad. Podemos convertirnos en motivo de escándalo, sí. Pero podemos llegar a ser también motivo de testimonio, diciendo con nuestra vida lo que Jesús quiere de nosotros.


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Tomado de:
www.atican.va
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La Iglesia, el cuerpo de Cristo


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 22 de octubre de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Cuando se quiere poner de relieve cómo los elementos que componen una realidad están estrechamente unidos unos con otros y forman juntos una sola cosa, se usa a menudo la imagen del cuerpo. A partir del apóstol Pablo, esta expresión se aplicó a la Iglesia y se reconoció como su rasgo distintivo más profundo y más hermoso. Hoy, entonces, queremos preguntarnos: ¿en qué sentido la Iglesia forma un cuerpo? ¿Y por qué se define «cuerpo de Cristo»?

En el libro de Ezequiel se describe una visión un poco particular, impresionante, pero capaz de infundir confianza y esperanza en nuestro corazón. Dios muestra al profeta un montón de huesos, separados unos de otros y secos. Un escenario desolador... Imaginaos toda una llanura llena de huesos. Dios le pide, entonces, que invoque sobre ellos al Espíritu. En ese momento, los huesos se mueven, comienzan a acercarse y a unirse, sobre ellos crecen primero los nervios y luego la carne y se forma así un cuerpo, completo y lleno de vida (cf. Ez 37, 1-14). He aquí, esta es la Iglesia. Por favor, hoy, en casa, tomad la Biblia, en el capítulo 37 del profeta Ezequiel, no lo olvidéis, y leed esto, es hermoso. Esta es la Iglesia, es una obra maestra, la obra maestra del Espíritu, quien infunde en cada uno la vida nueva del Resucitado y nos coloca uno al lado del otro, uno al servicio y en apoyo del otro, haciendo así de todos nosotros un cuerpo, edificado en la comunión y en el amor.

La Iglesia, sin embargo, no es solamente un cuerpo edificado en el Espíritu: la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Y no se trata sencillamente de un modo de decir: ¡lo somos de verdad! Es el gran don que recibimos el día de nuestro Bautismo. En el sacramento del Bautismo, en efecto, Cristo nos hace suyos, acogiéndonos en el corazón del misterio de la cruz, el misterio supremo de su amor por nosotros, para hacernos luego resucitar con Él, como nuevas criaturas. Esto es, así nace la Iglesia, y así la Iglesia se reconoce cuerpo de Cristo. El Bautismo constituye un verdadero renacimiento, que nos regenera en Cristo, nos hace parte de Él, y nos une íntimamente entre nosotros, como miembros del mismo cuerpo, del cual Él es la cabeza (cf. Rm 12, 5; 1 Cor 12, 12-13).

Lo que brota de ello, entonces, es una profunda comunión de amor. En este sentido, es iluminador cómo Pablo, exhortando a los maridos a «amar a las esposas como al propio cuerpo», afirma: «Como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo» (Ef 5, 28-30). Qué hermoso sería si nos acordásemos más a menudo de lo que somos, de lo que hizo con nosotros el Señor Jesús: somos su cuerpo, ese cuerpo que nada ni nadie puede ya arrancar de Él y que Él recubre con toda su pasión y todo su amor, precisamente como un esposo con su esposa. Este pensamiento, sin embargo, debe hacer brotar en nosotros el deseo de corresponder al Señor Jesús y compartir su amor entre nosotros, como miembros vivos de su mismo cuerpo. En la época de Pablo, la comunidad de Corinto encontraba muchas dificultades en ese sentido, viviendo, como a menudo también nosotros, la experiencia de las divisiones, las envidias, las incomprensiones y la marginación. Todas estas cosas no están bien, porque, en lugar de edificar y hacer crecer a la Iglesia como cuerpo de Cristo, la dividen en muchas partes, la desunen. Y esto sucede también en nuestros días. Pensemos en las comunidades cristianas, en algunas parroquias, pensemos en nuestros barrios, cuántas divisiones, cuántas envidias, cómo se critica, cuánta incomprensión y marginación. ¿Y esto qué conlleva? Nos desune entre nosotros. Es el inicio de la guerra. La guerra no comienza en el campo de batalla: la guerra, las guerras comienzan en el corazón, con incomprensiones, divisiones, envidias, con esta lucha con los demás. La comunidad de Corinto era así, eran campeones en esto. El apóstol Pablo dio a los corintios algunos consejos concretos que son válidos también para nosotros: no ser celosos, sino apreciar en nuestras comunidades los dones y la cualidades de nuestros hermanos. Los celos: «Ese se compró un coche», y yo siento celos. «Este se ganó la lotería», son también celos. «Y a este otro le está yendo bien, bien en esto», y son más celos. Todo esto divide, hace daño, no se debe hacer. Porque así los celos crecen y llenan el corazón. Y un corazón celoso es un corazón ácido, un corazón que en lugar de sangre parece tener vinagre; es un corazón que nunca es feliz, es un corazón que divide a la comunidad. Entonces, ¿qué debo hacer? Apreciar en nuestras comunidades los dones y las cualidades de los demás, de nuestros hermanos. Y cuando surgen en mí los celos —porque surgen en todos, todos somos pecadores—, debo decir al Señor: «Gracias, Señor, porque has dado esto a aquella persona». Apreciar las cualidades, estar cerca y participar en el sufrimiento de los últimos y de los más necesitados; expresar la propia gratitud a todos. El corazón que sabe decir gracias es un corazón bueno, es un corazón noble, es un corazón que está contento. Os pregunto: ¿Todos nosotros sabemos decir gracias, siempre? No siempre porque la envidia y los celos nos frenan un poco. Y, por último, el consejo que el apóstol Pablo da a los corintios y que también nosotros debemos darnos unos a otros: no considerar a nadie superior a los demás. ¡Cuánta gente se siente superior a los demás! También nosotros, muchas veces decimos como el fariseo de la parábola: «Te doy gracias Señor porque no soy como aquel, soy superior». Pero esto no es bueno, no hay que hacerlo nunca. Y cuando estás por hacerlo, recuerda tus pecados, los que nadie conoce, avergüénzate ante Dios y dile: «Pero tú Señor, tú sabes quién es superior, yo cierro la boca». Esto hace bien. Y siempre en la caridad considerarse miembros unos de otros, que viven y se entregan en beneficio de todos (cf. 1 Cor 12–14).

Queridos hermanos y hermanas, como el profeta Ezequiel y como el apóstol Pablo, invocamos también nosotros al Espíritu Santo, para que su gracia y la abundancia de sus dones nos ayuden a vivir de verdad como cuerpo de Cristo, unidos, como familia, pero una familia que es el cuerpo de Cristo, y como signo visible y hermoso del amor de Cristo.


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Tomado de:
www.vatican.va
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La Iglesia, el pueblo de Dios


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 15 de octubre de 2014



Queridos hermanos y hermanas:

Durante este tiempo hemos hablado de la Iglesia, de nuestra santa madre Iglesia jerárquica, el pueblo de Dios en camino. Hoy queremos preguntarnos: al final, ¿qué será del pueblo de Dios? ¿Qué será de cada uno de nosotros? ¿Qué debemos esperar? El apóstol Pablo animaba a los cristianos de la comunidad de Tesalónica, que se planteaban estas mismas preguntas, y después de su argumentación decían estas palabras que están entre las más hermosas del Nuevo Testamento: «Y así estaremos siempre con el Señor» (1 Ts 4, 17). Son palabras sencillas, ¡pero con una densidad de esperanza tan grande! «Y así estaremos siempre con el Señor». ¿Creéis vosotros esto?... Me parece que no. ¿Creéis? ¿Lo repetimos juntos? ¿Tres veces?: «Y así estaremos siempre con el Señor». «Y así estaremos siempre con el Señor». «Y así estaremos siempre con el Señor». Es emblemático cómo en el libro del Apocalipsis Juan, retomando la intuición de los profetas, describe la dimensión última, definitiva, en los términos de la «nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo» (Ap 21, 2). He aquí lo que nos espera. He aquí, entonces, quién es la Iglesia: es el pueblo de Dios que sigue al Señor Jesús y que se prepara día tras día para el encuentro con Él, como una esposa con su esposo. Y no es sólo un modo de decir: será una auténtica boda. Sí, porque Cristo, haciéndose hombre como nosotros y haciendo de todos nosotros una sola cosa con Él, con su muerte y su resurrección, se ha verdaderamente casado con nosotros y ha hecho de nosotros como pueblo su esposa. Y esto no es otra cosa más que la realización del designio de comunión y de amor tejido por Dios en el curso de toda la historia, la historia del pueblo de Dios y también la historia de cada uno de nosotros. Es el Señor quien lleva adelante esto.

Hay otro elemento, sin embargo, que nos anima ulteriormente y nos abre el corazón: Juan nos dice que en la Iglesia, esposa de Cristo, se hace visible la «nueva Jerusalén». Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en ciudad, símbolo por excelencia de la convivencia y la relacionalidad humana. ¡Qué hermoso es, entonces, ya poder contemplar, según otra imagen también sugestiva del Apocalipsis, a todas las gentes y a todos los pueblos reunidos juntos en esta ciudad, como en una tienda, «la tienda de Dios!» (cf. Ap 21, 3). Y en este marco glorioso ya no habrá aislamientos, prevaricaciones y distinciones de algún tipo —de naturaleza social, étnica o religiosa—, sino que seremos todos una sola cosa en Cristo.

En presencia de este escenario inaudito y maravilloso, nuestro corazón no puede dejar de sentirse confirmado con fuerza en la esperanza. Mirad, la esperanza cristiana no es sencillamente un deseo, un auspicio, no es optimismo: para un cristiano, la esperanza es espera, espera ferviente, apasionada de la realización última y definitiva de un misterio, el misterio del amor de Dios, en quien hemos renacido y en quien ya vivimos. Y es espera de alguien que está por llegar: es el Cristo Señor que se hace cada vez más cercano a nosotros, día tras día, y que viene a introducirnos finalmente en la plenitud de su comunión y de su paz. La Iglesia, entonces, tiene la tarea de mantener encendida y bien visible la lámpara de la esperanza, para que pueda seguir resplandeciendo como signo seguro de salvación e iluminando a toda la humanidad el sendero que conduce al encuentro con el rostro misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, he aquí, entonces, lo que esperamos: ¡que Jesús regrese! La Iglesia esposa espera a su esposo. Debemos, pues, preguntarnos con mucha sinceridad: ¿somos de verdad testigos luminosos y creíbles de esta espera, de esta esperanza? ¿Viven aún nuestras comunidades en el signo de la presencia del Señor Jesús y en la cálida espera de su venida, o bien se presentan cansadas, adormecidas, bajo el peso del agotamiento y de la resignación? ¿Corremos también nosotros el riesgo de agotar el aceite de la fe y el aceite de la alegría? ¡Estemos atentos!

Invoquemos a la Virgen María, madre de la esperanza y reina del cielo, para que nos mantenga siempre en una actitud de escucha y de espera, para poder ser ya ahora permeados por el amor de Cristo y participar un día en la alegría sin fin, en la plena comunión de Dios. No lo olvidéis, jamás olvidarlo: «Y así estaremos siempre con el Señor» (1 Ts 4, 17). ¿Lo repetimos? ¿Tres veces más? «Y así estaremos siempre con el Señor». «Y así estaremos siempre con el Señor». «Y así estaremos siempre con el Señor».


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Tomado de:
www.vatican.va
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La división de los cristianos


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 8 de octubre de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las últimas catequesis, buscamos destacar la naturaleza y la belleza de la Iglesia, y nos preguntamos qué implica para cada uno de nosotros formar parte de este pueblo, pueblo de Dios que es la Iglesia. No debemos, sin embargo, olvidar que son muchos los hermanos que comparten con nosotros la fe en Cristo, pero que pertenecen a otras confesiones o a tradiciones diferentes de la nuestra. Muchos se han resignado a esta división —también dentro de nuestra Iglesia católica se han resignado—, que en el curso de la historia ha sido a menudo causa de conflictos y sufrimientos, también de guerras y ¡esto es una vergüenza! También hoy, las relaciones no están siempre marcadas por el respeto y la cordialidad... Pero me pregunto: nosotros, ¿cómo nos situamos ante todo esto? ¿Estamos también nosotros resignados, si no hasta indiferentes a esta división? O bien ¿creemos firmemente que se puede y se debe caminar en la dirección de la reconciliación y de la plena comunión? La plena comunión, es decir, poder particiapar todos juntos en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Las divisiones entre los cristianos, mientras hieren a la Iglesia, hieren a Cristo, y nosotros divididos provocamos una herida a Cristo: la Iglesia, en efecto, es el cuerpo del cual Cristo es la cabeza. Sabemos bien cuánto interesó a Jesús que sus discípulos permanecieran unidos en su amor. Basta pensar en sus palabras referidas en el capítulo diecisiete del Evangelio de san Juan, la oración dirigida al Padre en la inminencia de su pasión: «Padre Santo guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17, 11). Esta unidad era ya amenazada cuando Jesús estaba aún entre los suyos: en el Evangelio, en efecto, se recuerda que los apóstoles discutían entre ellos sobre quién era el más grande, el más importante (cf. Lc 9, 46). El Señor, sin embargo, insistió mucho en la unidad en el nombre del Padre, haciéndonos entender que nuestro anuncio y nuestro testimonio serán tanto más creíbles cuanto más nosotros primero seamos capaces de vivir en comunión y amarnos. Es lo que después sus apóstoles, con la gracia del Espíritu Santo, comprendieron profundamente y tomaron en serio, de modo que san Pablo llegará a implorar a la comunidad de Corinto con estas palabras: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir» (1Cor 1, 10).

Durante su camino en la historia, la Iglesia es tentada por el maligno, que busca dividirla, y lamentablemente ha estado marcada por separaciones graves y dolorosas. Son divisiones que a veces se han prolongado a lo largo del tiempo, hasta hoy, por lo que resulta ya difícil reconstruir todas sus motivaciones y sobre todo encontrar las posibles soluciones. Las razones que llevaron a las fracturas y a las separaciones pueden ser las más diversas: desde las divergencias sobre principios dogmáticos y morales y sobre concepciones teológicas y pastorales diferentes, los motivos políticos y de conveniencia, hasta las discusiones debidas a antipatías y ambiciones personales... Lo cierto es que, de un modo u otro, detrás de estas laceraciones está siempre la soberbia y el egoísmo, que son causa de todo desacuerdo y que nos hacen intolerantes, incapaces de escuchar y aceptar a quien tiene una visión o una postura diversa de la nuestra.

Ahora, ante todo esto, ¿hay algo que cada uno de nosotros, como miembros de la santa madre Iglesia, podemos y debemos hacer? Desde luego no debe faltar la oración, en continuidad y en comunión con la de Jesús, la oración por la unidad de los cristianos. Y junto con la oración, el Señor nos pide una apertura renovada: nos pide que no nos cerremos al diálogo y al encuentro, sino que acojamos todo lo que de válido y positivo se nos ofrece también de quien piensa diverso de nosotros o mantiene posturas diferentes. Nos pide que no fijemos la mirada sobre lo que nos divide, sino más bien sobre lo que nos une, buscando conocer mejor y amar a Jesús, y compartir la riqueza de su amor. Y esto implica concretamente la adhesión a la verdad, junto con la capacidad de perdonar, de sentirse parte de la misma familia, de considerarse un don el uno para el otro y hacer juntos muchas cosas buenas, y obras de caridad.

Es un dolor pero hay divisiones, existen cristianos divididos, estamos divididos entre nosotros. Pero todos tenemos algo en común: todos creemos en Jesucristo, el Señor. Todos creemos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y todos caminamos juntos, estamos en camino. ¡Ayudémonos unos a otros! Pero tú la piensas así, tú la piensas así... En todas las comunidades hay buenos teólogos, que ellos discutan, que ellos busquen la verdad teológica porque es un deber, pero nosotros caminemos juntos, orando unos por otros y haciendo obras de caridad. Y así hagamos la comunión en camino. Esto se llama ecumenismo espiritual: caminar el camino de la vida todos juntos en nuestra fe, en Jesucristo el Señor. Se dice que no se puede hablar de cosas personales, pero no resisto la tentación. Estamos hablando de comunión... comunión entre nosotros. Y hoy estoy muy agradecido al Señor porque hoy son 70 años desde que hice la Primera Comunión. Pero hacer la primera comunión todos debemos saber que significa entrar en comunión con los demás, en comunión con los hermanos de nuestra Iglesia, pero también en comunión con todos los que pertenecen a comunidades diversas pero creen en Jesús. Agradezcamos al Señor por nuestro Bautismo, agradezcamos al Señor por nuestra comunión, y para que esta comunión termine siendo de todos, juntos.

Queridos amigos, sigamos adelante entonces hacia la plena unidad. La historia nos ha separado, pero estamos en camino hacia la reconciliación y la comunión. ¡Y esto es verdad! ¡Y esto tenemos que defenderlo! Todos estamos en camino hacia la comunión. Y cuando la meta nos parezca demasiado distante, casi inalcanzable, y nos veamos sorprendidos por el desaliento, que nos anime la idea de que Dios no puede hacer oídos sordos a la voz de su propio Hijo Jesús y no atender su oración y la nuestra, para que todos los cristianos sean verdaderamente una sola cosa.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Los carismas de la Iglesia


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 1 de octubre de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Desde los inicios el Señor colmó a la Iglesia con los dones de su Espíritu, haciéndola así cada vez más viva y fecunda con los dones del Espíritu Santo. Entre estos dones se destacan algunos que resultan particularmente preciosos para la edificación y el camino de la comunidad cristiana: se trata de los carismas. En esta catequesis queremos preguntarnos: ¿qué es exactamente un carisma? ¿Cómo podemos reconocerlo y acogerlo? Y sobre todo: el hecho de que en la Iglesia exista una diversidad y una multiplicidad de carismas, ¿se debe mirar en sentido positivo, como algo hermoso, o bien como un problema?

En el lenguaje común, cuando se habla de «carisma», se piensa a menudo en un talento, una habilidad natural. Se dice: «Esta persona tiene un carisma especial para enseñar. Es un talento que tiene». Así, ante una persona particularmente brillante y atrayente, se acostumbra decir: «Es una persona carismática». «¿Qué significa?». «No lo sé, pero es carismática». Y decimos así. No sabemos lo que decimos, pero lo decimos: «Es carismática». En la perspectiva cristiana, sin embargo, el carisma es mucho más que una cualidad personal, que una predisposición de la cual se puede estar dotados: el carisma es una gracia, un don concedido por Dios Padre, a través de la acción del Espíritu Santo. Y es un don que se da a alguien no porque sea mejor que los demás o porque se lo haya merecido: es un regalo que Dios le hace para que con la misma gratuidad y el mismo amor lo ponga al servicio de toda la comunidad, para el bien de todos. Hablando de modo un poco humano, se dice así: «Dios da esta cualidad, este carisma a esta persona, pero no para sí, sino para que esté al servicio de toda la comunidad». Hoy, antes de llegar a la plaza me encontré con muchos niños discapacitados en el aula Pablo VI. Eran numerosos y estaban con una asociación que se dedica a la atención de estos niños. ¿Qué es? Esta asociación, estas personas, estos hombres y estas mujeres, tienen el carisma de atender a los niños discapacitados. ¡Esto es un carisma!

Una cosa importante que se debe destacar inmediatamente es el hecho de que uno no puede comprender por sí solo si tiene un carisma, y cuál es. Muchas veces hemos escuchado a personas que dicen: «Yo tengo esta cualidad, yo sé cantar muy bien». Y nadie tiene el valor de decir: «Es mejor que te calles, porque nos atormentas a todos cuando cantas». Nadie puede decir: «Yo tengo este carisma». Es en el seno de la comunidad donde brotan y florecen los dones con los cuales nos colma el Padre; y es en el seno de la comunidad donde se aprende a reconocerlos como un signo de su amor por todos sus hijos. Cada uno de nosotros, entonces, puede preguntarse: «¿Hay algún carisma que el Señor hizo brotar en mí, en la gracia de su Espíritu, y que mis hermanos, en la comunidad cristiana, han reconocido y alentado? ¿Y cómo me comporto respecto a este don: lo vivo con generosidad, poniéndolo al servicio de todos, o lo descuido y termino olvidándome de él? ¿O tal vez se convierte en mí en motivo de orgullo, de modo que siempre me lamento de los demás y pretendo que en la comunidad se hagan las cosas a mi estilo?». Son preguntas que debemos hacernos: si hay un carisma en mí, si este carisma lo reconoce la Iglesia, si estoy contento con este carisma o tengo un poco de celos de los carismas de los demás, si quería o quiero tener ese carisma. El carisma es un don: sólo Dios lo da.

La experiencia más hermosa, sin embargo, es descubrir con cuántos carismas distintos y con cuántos dones de su Espíritu el Padre colma a su Iglesia. Esto no se debe mirar como un motivo de confusión, de malestar: son todos regalos que Dios hace a la comunidad cristiana para que pueda crecer armoniosa, en la fe y en su amor, como un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. El mismo Espíritu que da esta diferencia de carismas, construye la unidad de la Iglesia. Es siempre el mismo Espíritu. Ante esta multiplicidad de carismas, por lo tanto, nuestro corazón debe abrirse a la alegría y debemos pensar: «¡Qué hermosa realidad! Muchos dones diversos, porque todos somos hijos de Dios y todos somos amados de modo único». Atención, entonces, si estos dones se convierten en motivo de envidia, de división, de celos. Como lo recuerda el apóstol Pablo en su Primera Carta a los Corintios, en el capítulo 12, todos los carismas son importantes ante los ojos de Dios y, al mismo tiempo, ninguno es insustituible. Esto quiere decir que en la comunidad cristiana tenemos necesidad unos de otros, y cada don recibido se realiza plenamente cuando se comparte con los hermanos, para el bien de todos. ¡Esta es la Iglesia! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en la comunión, no puede equivocarse: es la belleza y la fuerza del sensus fidei, de ese sentido sobrenatural de la fe, que da el Espíritu Santo a fin de que, juntos, podamos entrar todos en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida.

Hoy la Iglesia festeja la conmemoración de santa Teresa del Niño Jesús. Esta santa, que murió a los 24 años y amaba mucho a la Iglesia, quería ser misionera, pero quería tener todos los carismas, y decía: «Yo quisiera hacer esto, esto y esto», quería todos los carismas. Y rezando descubrió que su carisma era el amor. Y dijo esta hermosa frase: «En el corazón de la Iglesia yo seré el amor». Y este carisma lo tenemos todos: la capacidad de amar. Pidamos hoy a santa Teresa del Niño Jesús esta capacidad de amar mucho a la Iglesia, de amarla mucho, y aceptar todos los carismas con este amor de hijos de la Iglesia, de nuestra santa madre Iglesia jerárquica.

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Tomado de:
www.vatican.va
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Viaje apostólico del Papa Francisco a Albania


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 24 de septiembre de 2014





Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera hablar del viaje apostólico que realicé a Albania el domingo pasado. Lo hago ante todo como acción de gracias a Dios, que me ha concedido realizar esa visita para demostrar a este pueblo, incluso físicamente y de modo tangible, mi cercanía y la de toda la Iglesia. Deseo también renovar mi fraterno reconocimiento al episcopado albanés, a los sacerdotes y a los religiosos y religiosas que trabajan con tanto empeño. Mi agradecimiento se dirige también a las autoridades que me acogieron con tanta cortesía, así como a cuantos cooperaron para la realización de la visita.

Este viaje nació del deseo de ir a un país que, tras haber estado durante largo tiempo oprimido por un régimen ateo e inhumano, está viviendo una experiencia de pacífica convivencia entre sus diversos componentes religiosos. Me parecía importante alentarlo en este camino, para que lo continúe con tenacidad y profundice en él todos sus aspectos a favor del bien común. Por ello, en el centro del viaje tuvo lugar un encuentro interreligioso donde pude constatar, con viva satisfacción, que la pacífica y fructuosa convivencia entre personas y comunidades que pertenecen a religiones distintas no sólo es algo que se puede desear, sino que es concretamente posible y factible. ¡Ellos lo hacen realidad! Se trata de un diálogo auténtico y fructuoso que evita el relativismo y tiene en cuenta la identidad de cada uno. Lo que une a las diversas expresiones religiosas, en efecto, es el camino de la vida, la buena voluntad de hacer el bien al prójimo, sin negar o disminuir las respectivas identidades.

El encuentro con los sacerdotes, las personas consagradas, los seminaristas y los movimientos laicales fue una ocasión para hacer grata memoria, con acentos de especial emoción, por los numerosos mártires de la fe. Gracias a la presencia de algunos ancianos, que vivieron en su carne las terribles persecuciones, se evocó la fe de numerosos heroicos testigos del pasado, quienes siguieron a Cristo hasta las extremas consecuencias. Precisamente de la unión íntima con Jesús, de la relación de amor con Él, brotó para estos mártires —así como para cada mártir— la fuerza para afrontar los acontecimientos dolorosos que los condujeron al martirio. También hoy, como ayer, la fuerza de la Iglesia no viene de las capacidades organizativas o de las estructuras, que incluso son necesarias: la Iglesia no encuentra su fuerza allí. Nuestra fuerza es el amor de Cristo. Una fuerza que nos sostiene en los momentos de dificultad y que inspira la actual acción apostólica para ofrecer a todos bondad y perdón, testimoniando así la misericordia de Dios.

Al recorrer la calle principal de Tirana, que desde el aeropuerto conduce a la gran plaza central, pude contemplar los retratos de los cuarenta sacerdotes asesinados durante la dictadura comunista y para los cuales se inició la causa de beatificación. Ellos se suman a los centenares de religiosos cristianos y musulmanes asesinados, torturados, encarcelados y deportados sólo porque creían en Dios. Fueron años sombríos, durante los cuales se limitó la libertad religiosa y estaba prohibido creer en Dios, miles de iglesias y mezquitas fueron destruidas, transformadas en depósitos y cines que propagaban la ideología marxista, los libros religiosos fueron quemados y a los padres se les prohibía poner a los hijos los nombres religiosos de los antepasados. El recuerdo de estos hechos dramáticos es esencial para el futuro de un pueblo. La memoria de los mártires que resistieron en la fe es garantía para el destino de Albania; porque su sangre no fue derramada en vano, sino que es una semilla que dará frutos de paz y de colaboración fraterna. Hoy, en efecto, Albania es un ejemplo no sólo de renacimiento de la Iglesia, sino también de pacífica convivencia entre las religiones. Por lo tanto, los mártires no son personas derrotadas, sino vencedores: en su heroico testimonio se refleja la omnipotencia de Dios que siempre consuela a su pueblo, abriendo nuevas sendas y horizontes de esperanza.

Este mensaje de esperanza, fundado en la fe en Cristo y en la memoria del pasado, lo confié a toda la población albanesa que vi entusiasta y gozosa en los sitios de los encuentros y de las celebraciones, así como en las calles de Tirana. Alenté a todos a encontrar energía siempre nueva en el Señor resucitado, para poder ser levadura evangélica en la sociedad y comprometerse, como ya se hace, en actividades caritativas y educativas.

Una vez más doy gracias al Señor porque, este viaje, me concedió encontrar un pueblo valiente y fuerte, que no se dejó vencer por el dolor. A los hermanos y hermanas de Albania renuevo la invitación a la valentía del bien, para construir el presente y el mañana de su país y de Europa. Encomiendo los frutos de mi visita a la Virgen del Buen Consejo, venerada en el homónimo santuario de Escútari, a fin de que siga guiando el camino de este pueblo mártir. Que la dura experiencia del pasado lo arraigue cada vez más en la apertura a los hermanos, especialmente a los más débiles, y lo haga protagonista de ese dinamismo de la caridad tan necesario en el actual contexto sociocultural. Quisiera que todos nosotros enviásemos hoy un saludo a ese pueblo valiente y trabajador, y que en paz busca la unidad.


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Tomado de:
www.vatican.va
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