Homilía del papa Francisco para la Jornada Mariana con ocasión del Año de la Fe, domingo 13 de octubre



HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Domingo 13 de octubre de 2013



En el Salmo hemos recitado: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 97,1).

Hoy nos encontramos ante una de esas maravillas del Señor: ¡María! Una criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador.

Precisamente mirando a María a la luz de las lecturas que hemos escuchado, me gustaría reflexionar con ustedes sobre tres puntos: Primero, Dios nos sorprende; segundo, Dios nos pide fidelidad; tercero, Dios es nuestra fuerza.

1. El primero: Dios nos sorprende. La historia de Naamán, jefe del ejército del rey de Aram, es llamativa: para curarse de la lepra se presenta ante el profeta de Dios, Eliseo, que no practica ritos mágicos, ni le pide cosas extraordinarias, sino únicamente fiarse de Dios y lavarse en el agua del río; y no en uno de los grandes ríos de Damasco, sino en el pequeño Jordán. Es un requerimiento que deja a Naamán perplejo y también sorprendido: ¿qué Dios es este que pide una cosa tan simple? Decide marcharse, pero después da el paso, se baña en el Jordán e inmediatamente queda curado (cf. 2 R 5,1-14). Dios nos sorprende; precisamente en la pobreza, en la debilidad, en la humildad es donde se manifiesta y nos da su amor que nos salva, nos cura, nos da fuerza. Sólo pide que sigamos su palabra y nos fiemos de él.

Ésta es también la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de él, aunque no lo comprenda del todo: “He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Es su respuesta. Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: Fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme.

Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguridades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?
2. En la lectura de San Pablo que hemos escuchado, el Apóstol se dirige a su discípulo Timoteo diciéndole: Acuérdate de Jesucristo; si perseveramos con él, reinaremos con él (cf. 2 Tm 2,8-13). Éste es el segundo punto: acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo, y esto es perseverar en la fe: Dios nos sorprende con su amor, pero nos pide que le sigamos fielmente. Nosotros podemos convertirnos en «no fieles», pero él no puede, él es «el fiel», y nos pide a nosotros la misma fidelidad. Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla. Y esto, desgraciadamente, sucede también con nuestras opciones fundamentales, como el matrimonio. La dificultad de ser constantes, de ser fieles a las decisiones tomadas, a los compromisos asumidos. A menudo es fácil decir “sí”, pero después no se consigue repetir este “sí” cada día. No se consigue ser fieles.

María ha dicho su “sí” a Dios, un “sí” que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos “sí” pronunciados en su corazón tanto en sus momentos gozosos como en los dolorosos; todos estos “sí” culminaron en el pronunciado bajo la Cruz. Hoy, aquí hay muchas madres; piensen hasta qué punto ha llegado la fidelidad de María a Dios: hasta ver a su Hijo único en la Cruz. La mujer fiel, de pie, destrozada por dentro, pero fiel y fuerte.

Y yo me pregunto: ¿Soy un cristiano a ratos o soy siempre cristiano? La cultura de lo provisional, de lo relativo entra también en la vida de fe. Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias, y añade que, a pesar de que a veces no somos fieles, él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a él y confesarle nuestra debilidad para que él nos dé su fuerza. Y este es el camino definitivo: siempre con el Señor, también en nuestras debilidades, también en nuestros pecados. no ir jamás por el camino de lo provisional. Esto nos mata. La fe es fidelidad definitiva, como la de María.

3. El último punto: Dios es nuestra fuerza. Pienso en los diez leprosos del Evangelio curados por Jesús: salen a su encuentro, se detienen a lo lejos y le dicen a gritos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17,13). Están enfermos, necesitados de amor y de fuerza, y buscan a alguien que los cure. Y Jesús responde liberándolos a todos de su enfermedad. Llama la atención, sin embargo, que solamente uno regrese alabando a Dios a grandes gritos y dando gracias. Jesús mismo lo indica: diez han dado gritos para alcanzar la curación y uno solo ha vuelto a dar gracias a Dios a gritos y reconocer que en él está nuestra fuerza. Saber agradecer, saber alabar al Señor por lo que hace por nosotros.

Miremos a María: después de la Anunciación, lo primero que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, es decir, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios no sólo por lo que ha hecho en Ella, sino por lo que ha hecho en toda la historia de salvación. Todo es don suyo; Si podemos entender que todo es don de Dios, ¡cuánta felicidad habrá en nuestro corazón! él es nuestra fuerza. Decir gracias es tan fácil, y sin embargo tan difícil. ¿Cuántas veces nos decimos gracias en la familia? Es una de las palabras clave de la convivencia. «Por favor», «perdona», «gracias»: si en una familia se dicen estas tres palabras, la familia va adelante. «Por favor», «perdona», «gracias». ¿Cuántas veces decimos «gracias» en la familia? ¿Cuántas veces damos las gracias a quien nos ayuda, se acerca a nosotros, nos acompaña en la vida? Muchas veces damos todo por descontado. Y así hacemos también con Dios. Es fácil ir al Señor a pedirle algo, pero ir a darle gracias... ¡Ah!, no se me ocurre.

Continuemos la Eucaristía invocando la intercesión de María para que nos ayude a dejarnos sorprender por Dios sin oponer resistencia, a ser hijos fieles cada día, a alabarlo y darle gracias porque él es nuestra fuerza. Amén.



...
Tomado de:
www.vatican.va
...

Catequesis del Papa Francisco sobre María en Jornada Mariana


CON OCASIÓN DEL AÑO DE LA FE

PALABRAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Sábado 12 de octubre de 2013



Queridos hermanos y hermanas:

En este encuentro del Año de la fe dedicado a María, Madre de Cristo y de la Iglesia, Madre nuestra. Su imagen, traída desde Fátima, nos ayuda a sentir su presencia entre nosotros. Hay una realidad: María siempre nos lleva a Jesús. Es una mujer de fe, una verdadera creyente. Podemos preguntarnos: ¿Cómo es la fe de María?

1. El primer elemento de su fe es éste: La fe de María desata el nudo del pecado (cf. Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm., Lumen gentium, 56). ¿Qué significa esto? Los Padres conciliares [del Vaticano II] han tomado una expresión de san Ireneo que dice así: «El nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe, lo desató la Virgen María por su fe» (Adversus Haereses, III, 22, 4).

El «nudo» de la desobediencia, el «nudo» de la incredulidad. Cuando un niño desobedece a su madre o a su padre, podríamos decir que se forma un pequeño «nudo». Esto sucede si el niño actúa dándose cuenta de lo que hace, especialmente si hay de por medio una mentira; en ese momento no se fía de la mamá o del papá. Ustedes saben cuántas veces pasa esto. Entonces, la relación con los padres necesita ser limpiada de esta falta y, de hecho, se pide perdón para que haya de nuevo armonía y confianza. Algo parecido ocurre en nuestras relaciones con Dios. Cuando no lo escuchamos, no seguimos su voluntad, cometemos actos concretos en los que mostramos falta de confianza en él – y esto es pecado –, se forma como un nudo en nuestra interioridad. Y estos nudos nos quitan la paz y la serenidad. Son peligrosos, porque varios nudos pueden convertirse en una madeja, que siempre es más doloroso y más difícil de deshacer.

Pero para la misericordia de Dios – lo sabemos – nada es imposible. Hasta los nudos más enredados se deshacen con su gracia. Y María, que con su «sí» ha abierto la puerta a Dios para deshacer el nudo de la antigua desobediencia, es la madre que con paciencia y ternura nos lleva a Dios, para que él desate los nudos de nuestra alma con su misericordia de Padre. Todos nosotros tenemos alguno, y podemos preguntarnos en nuestro corazón: ¿Cuáles son los nudos que hay en mi vida? «Padre, los míos no se puede desatar». Pero eso es un error. Todos los nudos del corazón, todos los nudos de la conciencia se pueden deshacer. ¿Pido a María que me ayude a tener confianza en la misericordia de Dios para deshacerlos, para cambiar? Ella, mujer de fe, sin duda nos dirá: «Vete adelante, ve donde el Señor: Él comprende». Y ella nos lleva de la mano, Madre, Madre, hacia el abrazo del Padre, del Padre de la misericordia.

2. Segundo elemento: la de fe de María da carne humana a Jesús. Dice el Concilio: «Por su fe y obediencia engendró en la tierra al Hijo mismo del Padre, ciertamente sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo» (Const. dogm., Lumen gentium, 63). Este es un punto sobre el que los Padres de la Iglesia han insistido mucho: María ha concebido a Jesús en la fe, y después en la carne, cuando ha dicho «sí» al anuncio que Dios le ha dirigido mediante el ángel. ¿Qué quiere decir esto? Que Dios no ha querido hacerse hombre ignorando nuestra libertad, ha querido pasar a través del libre consentimiento de María, a través de su «sí». Le ha preguntado: «¿Estás dispuesta a esto? Y ella ha dicho: «sí».

Pero lo que ha ocurrido en la Virgen Madre de manera única, también nos sucede a nosotros en el plano espiritual cuando acogemos la Palabra de Dios con corazón bueno y sincero y la ponemos en práctica. Es como si Dios adquiriera carne en nosotros. Él viene a habitar en nosotros, porque toma morada en aquellos que le aman y cumplen su Palabra. No es fácil entender esto, pero, sí, es fácil sentirlo en el corazón.

¿Pensamos que la encarnación de Jesús es sólo algo del pasado, que no nos concierne personalmente? Creer en Jesús significa ofrecerle nuestra carne, con la humildad y el valor de María, para que él pueda seguir habitando en medio de los hombres; significa ofrecerle nuestras manos para acariciar a los pequeños y a los pobres; nuestros pies para salir al encuentro de los hermanos; nuestros brazos para sostener a quien es débil y para trabajar en la viña del Señor; nuestra mente para pensar y hacer proyectos a la luz del Evangelio; y, sobre todo, nuestro corazón para amar y tomar decisiones según la voluntad de Dios. Todo esto acontece gracias a la acción del Espíritu Santo. Y, así, somos los instrumentos de Dios para que Jesús actúe en el mundo a través de nosotros.

3. Y el último elemento es la fe de María como camino: El Concilio afirma que María «avanzó en la peregrinación de la fe» (ibíd., 58). Por eso ella nos precede en esta peregrinación, nos acompaña, nos sostiene.

¿En qué sentido la fe de María ha sido un camino? En el sentido de que toda su vida fue un seguir a su Hijo: él –Jesús– es la vía, él es el camino. Progresar en la fe, avanzar en esta peregrinación espiritual que es la fe, no es sino seguir a Jesús; escucharlo, y dejarse guiar por sus palabras; ver cómo se comporta él y poner nuestros pies en sus huellas, tener sus mismos sentimientos y actitudes. Y, ¿cuáles son los sentimientos y actitudes de Jesús?: Humildad, misericordia, cercanía, pero también un firme rechazo de la hipocresía, de la doblez, de la idolatría. La vía de Jesús es la del amor fiel hasta el final, hasta el sacrificio de la vida; es la vía de la cruz. Por eso, el camino de la fe pasa a través de la cruz, y María lo entendió desde el principio, cuando Herodes quiso matar a Jesús recién nacido. Pero después, esta cruz se hizo más pesada, cuando Jesús fue rechazado: María siempre estaba con Jesús, seguía a Jesús mezclada con el pueblo, y oía sus chácharas, la odiosidad de aquellos que no querían a Jesús. Y esta cruz, ella la ha llevado. La fe de María afrontó entonces la incomprensión y el desprecio. Cuando llegó la «hora» de Jesús, esto es, la hora de la pasión, la fe de María fue entonces la lamparilla encendida en la noche, esa lamparilla en plena noche. María veló durante la noche del sábado santo. Su llama, pequeña pero clara, estuvo encendida hasta el alba de la Resurrección; y cuando le llegó la noticia de que el sepulcro estaba vacío, su corazón quedó henchido de la alegría de la fe, la fe cristiana en la muerte y resurrección de Jesucristo. Porque la fe siempre nos lleva a la alegría, y ella es la Madre de la alegría. Que ella nos enseñe a caminar por este camino de la alegría y a vivir esta alegría. Este es el punto culminante –esta alegría, este encuentro entre Jesús y María–, pero imaginemos cómo fue... Este encuentro es el punto culminante del camino de la fe de María y de toda la Iglesia. ¿Cómo es nuestra fe? ¿La tenemos encendida, como María, también en los momentos difíciles, los momentos de oscuridad? ¿He sentido la alegría de la fe?

Esta tarde, Madre, te damos gracias por tu fe de mujer fuerte y humilde; y renovamos nuestra entrega a ti, Madre de nuestra fe. Amén.

...
Tomado de:
www.vatican.va
...

Mensaje del Papa con motivo de la vigilia de oración en el Santuario Romano del Divino Amor


VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

CON MOTIVO DE LA VIGILIA DE ORACIÓN EN EL SANTUARIO ROMANO
DEL DIVINO AMOR

Sábado 12 de octubre de 2013



Queridos hermanos y hermanas

Saludo a todos los peregrinos que están en el Santuario del Divino Amor, y a los que se conectan desde los santuarios marianos de Lourdes, Nazaret, Luján, Vailankanni, Guadalupe, Akita, Nairobi, Benneux, Częstochowa y Marian Valley.

Esta tarde me siento unido a todos ustedes en la recitación del Santo Rosario y en la Adoración Eucarística bajo la mirada de la Virgen María.

La mirada. ¡Qué importante es! ¡Cuántas cosas pueden decirse con una mirada! Afecto, aliento, compasión, amor, pero también reproche, envidia, soberbia, incluso odio. Con frecuencia, la mirada dice más que las palabras, o dice aquello que las palabras no pueden o no se atreven a decir.
¿A quién mira la Virgen María? Nos mira a todos, a cada uno de nosotros. Y, ¿cómo nos mira? Nos mira como Madre, con ternura, con misericordia, con amor. Así ha mirado al hijo Jesús en todos los momentos de su vida, gozosos, luminosos, dolorosos, gloriosos, como contemplamos en los Misterios del Santo Rosario, simplemente con amor.

Cuando estamos cansados, desanimados, abrumados por los problemas, volvámonos a María, sintamos su mirada que dice a nuestro corazón: “¡Animo, hijo, que yo te sostengo!” La Virgen nos conoce bien, es madre, sabe muy bien cuáles son nuestras alegrías y nuestras dificultades, nuestras esperanzas y nuestras desilusiones. Cuando sintamos el peso de nuestras debilidades, de nuestros pecados, volvámonos a María, que dice a nuestro corazón: «!Levántate, acude a mi Hijo Jesús!, en él encontrarás acogida, misericordia y nueva fuerza para continuar el camino».

La mirada de María no se dirige solamente a nosotros. Al pie de la cruz, cuando Jesús le confía al Apóstol Juan, y con él a todos nosotros, diciendo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26), los ojos de María están fijos en Jesús. Y María nos dice, como en las Bodas de Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). María indica a Jesús, nos invita a dar testimonio de Jesús, nos guía siempre a su Hijo Jesús, porque sólo en él hay salvación, sólo él puede trasformar el agua de la soledad, de la dificultad, del pecado, en el vino del encuentro, de la alegría, del perdón. Sólo él.

«Bienaventurada porque has creído». María es bienaventurada por su fe en Dios, por su fe, porque la mirada de su corazón ha estado siempre fija en Dios, en el Hijo de Dios que ha llevado en su seno y que ha contemplado en la cruz. En la Adoración del Santísimo Sacramento, María nos dice: «Mira a mi Hijo Jesús, ten los ojos fijos en él, escúchalo, habla con él. Él te mira con amor. No tengas miedo. Él te enseñará a seguirlo para dar testimonio de él en las grandes y pequeñas obras de tu vida, en las relaciones de familia, en tu trabajo, en los momentos de fiesta; te enseñará a salir de ti mismo, de ti misma, para mirar a los demás con amor, como él, que te ha amado y te ama, no de palabra, sino con obras».


¡Oh María!, haznos sentir tu mirada de Madre, guíanos a tu Hijo, haz que no seamos cristianos «de escaparate», sino de los que saben «mancharse la manos» para construir con tu Hijo Jesús su Reino de amor, de alegría y de paz.


...
Tomado de:
www.vatican.va
...

«Creo en la Iglesia, una, santa, católica...»


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles 9 de octubre de 2013



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Se ve que hoy, con este mal día, vosotros habéis sido valientes: ¡felicidades!

«Creo en la Iglesia, una, santa, católica...». Hoy nos detenemos a reflexionar sobre esta nota de la Iglesia: decimos católica, es el Año de la catolicidad. Ante todo: ¿qué significa católico? Deriva del griego «kath'olòn» que quiere decir «según el todo», la totalidad. ¿En qué sentido esta totalidad se aplica a la Iglesia? ¿En qué sentido nosotros decimos que la Iglesia es católica? Diría en tres significados fundamentales.

1. El primero. La Iglesia es católica porque es el espacio, la casa en la que se nos anuncia toda entera la fe, en la que la salvación que nos ha traído Cristo se ofrece a todos. La Iglesia nos hace encontrar la misericordia de Dios que nos transforma porque en ella está presente Jesucristo, que le da la verdadera confesión de fe, la plenitud de la vida sacramental, la autenticidad del ministerio ordenado. En la Iglesia cada uno de nosotros encuentra cuanto es necesario para creer, para vivir como cristianos, para llegar a ser santos, para caminar en cada lugar y en cada época.

Por poner un ejemplo, podemos decir que es como en la vida de familia; en familia a cada uno de nosotros se nos da todo lo que nos permite crecer, madurar, vivir. No se puede crecer solos, no se puede caminar solos, aislándose, sino que se camina y se crece en una comunidad, en una familia. ¡Y así es en la Iglesia! En la Iglesia podemos escuchar la Palabra de Dios, seguros de que es el mensaje que el Señor nos ha dado; en la Iglesia podemos encontrar al Señor en los Sacramentos, que son las ventanas abiertas a través de las cuales se nos da la luz de Dios, los arroyos de los que tomamos la vida misma de Dios; en la Iglesia aprendemos a vivir la comunión, el amor que viene de Dios. Cada uno de nosotros puede preguntarse hoy: ¿cómo vivo yo en la Iglesia? Cuando voy a la iglesia, ¿es como si fuera al estadio, a un partido de fútbol? ¿Es como si fuera al cine? No, es otra cosa. ¿Cómo voy yo a la iglesia? ¿Cómo acojo los dones que la Iglesia me ofrece, para crecer, para madurar como cristiano? ¿Participo en la vida de comunidad o voy a la iglesia y me cierro en mis problemas aislándome del otro? En este primer sentido la Iglesia es católica, porque es la casa de todos. Todos son hijos de la Iglesia y todos están en aquella casa.

2. Un segundo significado: la Iglesia es católica porque es universal, está difundida en todas las partes del mundo y anuncia el Evangelio a cada hombre y a cada mujer. La Iglesia no es un grupo de élite, no se refiere sólo a algunos. La Iglesia no tiene cierres, es enviada a la totalidad de las personas, a la totalidad del género humano. Y la única Iglesia está presente también en las más pequeñas partes de ella. Cada uno puede decir: en mi parroquia está presente la Iglesia católica, porque también ella es parte de la Iglesia universal, también ella tiene la plenitud de los dones de Cristo, la fe, los Sacramentos, el ministerio; está en comunión con el obispo, con el Papa y está abierta a todos, sin distinciones. La Iglesia no está sólo a la sombra de nuestro campanario, sino que abraza una vastedad de gentes, de pueblos que profesan la misma fe, se alimentan de la misma Eucaristía, son servidos por los mismos pastores. ¡Sentirnos en comunión con todas las Iglesias, con todas las comunidades católicas pequeñas o grandes en el mundo! ¡Es bello esto! Y después sentir que todos estamos en misión, pequeñas o grandes comunidades, todos debemos abrir nuestras puertas y salir por el Evangelio. Preguntémonos entonces: ¿qué hago yo para comunicar a los demás la alegría de encontrar al Señor, la alegría de pertenecer a la Iglesia? ¡Anunciar y testimoniar la fe no es un asunto de pocos, se refiere también a mí, a ti, a cada uno de nosotros!

3. Un tercer y último pensamiento: la Iglesia es católica porque es la «Casa de la armonía» donde unidad y diversidadsaben conjugarse juntas para ser riqueza. Pensemos en la imagen de la sinfonía, que quiere decir acorde, y armonía, diversos instrumentos suenan juntos; cada uno mantiene su timbre inconfundible y sus características de sonido armonizan sobre algo en común. Además está quien guía, el director, y en la sinfonía que se interpreta todos tocan juntos en «armonía», pero no se suprime el timbre de cada instrumento; la peculiaridad de cada uno, más todavía, se valoriza al máximo.

Es una bella imagen que nos dice que la Iglesia es como una gran orquesta en la que existe variedad. No somos todos iguales ni debemos ser todos iguales. Todos somos distintos, diferentes, cada uno con las propias cualidades. Y esto es lo bello de la Iglesia: cada uno trae lo suyo, lo que Dios le ha dado, para enriquecer a los demás. Y entre los componentes existe esta diversidad, pero es una diversidad que no entra en conflicto, no se contrapone; es una variedad que se deja fundir en armonía por el Espíritu Santo; es Él el verdadero «Maestro», Él mismo es armonía. Y aquí preguntémonos: ¿en nuestras comunidades vivimos la armonía o peleamos entre nosotros? En mi comunidad parroquial, en mi movimiento, donde yo formo parte de la Iglesia, ¿hay habladurías? Si hay habladurías no existe armonía, sino lucha. Y ésta no es la Iglesia. La Iglesia es la armonía de todos: jamás parlotear uno contra otro, ¡jamás pelear! ¿Aceptamos al otro, aceptamos que exista una justa variedad, que éste sea diferente, que éste piense de un modo u otro —en la misma fe se puede pensar de modo diverso— o tendemos a uniformar todo? Pero la uniformidad mata la vida. La vida de la Iglesia es variedad, y cuando queremos poner esta uniformidad sobre todos matamos los dones del Espíritu Santo. Oremos al Espíritu Santo, que es precisamente el autor de esta unidad en la variedad, de esta armonía, para que nos haga cada vez más «católicos», o sea, en esta Iglesia que es católica y universal. Gracias.


...
Tomado de:

www.vatican.va

...

La Iglesia - 16º Parte: La naturaleza de la Iglesia - La Iglesia Templo de Dios en el Espíritu Santo

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


20. La Iglesia Templo de Dios en el Espíritu Santo


He aquí la tercera noción fundamental de S. Pablo para declarar el mis­terio de la Iglesia: la de Templo. La realidad del Templo estaba muy presente en la mentalidad del pueblo de Dios en el A T. Lugar sagrado por excelencia era el lugar ideal para encontrarse con Dios. Por ello S. Pablo lo usa en una perspectiva teológica que partiendo del edifi­cio de piedra y real, (Templo de Jerusalén), se concentra cada vez con mayor intensidad en la presencia del Señor con su gracia de salvación en medio de su pueblo elegido.

La teología del N T asoció el cumplimiento de esa promesa con la apa­rición del Mesías, Cristo, con la muerte de Cristo en el calvario y la ratificación de la nueva alianza en su sangre. Se desgarró la corti­na que separaba el "sancta sanctorum", en señal de supresión del anti­guo culto de la ley de Moisés, que preparó al nuevo culto de "Espíritu y de verdad", Jn 4, 23 y de la apertura del nuevo santuario mesiánico, no vinculado ya con el edificio de piedra, Mt 27, 51; Hebr 9, 12. Fiel a esta tradición S. Pablo la desarrolla aplicándola a la Iglesia de Cristo y a cada uno de sus miembros con el simbolismo de "templo espiritual".

A los cristianos de Corinto les escribe el Apóstol: "¿No sabéis que sois "santuario" de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado y "vosotros sois ese santuario", l Cor  3, 16-17. Su trabajo apostólico se dirige a hacer siempre más patente y eficaz esta presencia de Dios en medio de la comunidad de creyentes en Cristo, que constituyen el "templo santo de Dios", es decir, la parte más íntima del templo, el lugar donde Dios habita.

S. Pablo apoyándose en pasajes del A T  amonesta a la comunidad de Co­rinto a no adoptar modos de vida que es comparado con el sacrilegio tantas veces cometido por Israel de introducir en el templo ídolos. El Apóstol supone en este mensaje que los cristianos de Corinto cons­tituyen el "templo vivo de Dios", veamos: "¿Qué conformidad entre el santuario de Dios y el de los ídolos? Porque nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: "habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo",  2 Cor 6, 16-17.

­Escribiendo a los Efesios S. Pablo desarrolla esta noción de templo de Dios en el Espíritu, de la que Cristo es la piedra angular: "Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los a­póstoles y profetas siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu", Efes 2, 19-22. El Espíritu Santo, a través del cual actúa el Señor en la Iglesia y en los fieles, es, pues, el Espíritu de Cristo, prometido por el Señor a los apóstoles, y en ellos y por ellos a su Iglesia entera, es el Espíritu que une a todos los creyentes en el Cuerpo de Cristo y en el nuevo pueblo de Dios, constituyéndolos en templo santo de Dios.

En virtud de esta promesa mesiánica de la efusión del Espíritu San­to sobre la comunidad cristiana, el Espíritu es el "pneuma de Dios", que habita en sus miembros, Rom 8, 9-11: "es el Espíritu Santo, princi­pio de una vida propiamente divina", pues "en efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son Hijos de Dios.... El Espíri­tu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios". Rom 8, 14-16.

Habiendo recibido el Espíritu de Dios como primicias, los creyentes en Cristo están capacitados en la Iglesia para entender las cosas del Espíritu y expresarlas en términos espirituales, 2 Cor 1, 22; l Cor. 2, 12. Contraponiendo al hombre bio-físico, "psíquico" que se guía solamente por la "psyjé", al hombre espiritual "pneumático", es decir, "sobrenatural", que tiene al Espíritu divino como principio y motor de toda su vida, S. Pa­blo coloca a los cristianos en este segundo término, ya que la fe es obra del Espíritu, y les exhorta a dejarse dirigir por este Espíritu de Dios para ser cada día más espirituales, capaces de entender los planes salvíficos de Dios en sus vidas y en todo el género humano. La noción de S. Pablo de "Templo de Dios", en el Espíritu implica también el pensamiento fundamental de la concepción eclesiológica de que la Iglesia de Cristo es una Iglesia "santa".

Se trata primero, del in­dicativo de una santificación que se realiza en Cristo Jesús, l Cor 1, 2, en el baño sacramental del bautismo por mediación del Espíritu Santo: "Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios", 1 Cor 6, 11; 2 Cor 13, 13. El don de esta santificación y elevación de la Iglesia implica, en segundo lugar el imperativo moral de que sus hijos la realicen en una vida cristiana santa. De aquí la preocupación constante en S. Pablo de mantener a los santos inmunes contra las infiltraciones del paganismo, con sus ritos ido­látricos, y sus costumbres relajadas, 2 Cor 6, 11-18, y sus frecuentes amonestaciones a desterrar del seno de la comunidad cristiana toda manifestación de malicia, perversidad, injusticia, impureza y tantas otras desviaciones morales y frecuentes entre los paganos, pero incom­patibles con la nueva existencia de los creyentes en Cristo, llama­dos a ser santos en la Iglesia Santa, l Cor 5, 7-13; 6, 9-10; 2 Cor 6, 1-10.

Sólo siguiendo fielmente este imperativo moral, los cristia­nos realizan en su pleno sentido el ideal paulino de constituir el Templo santo de Dios, mientras la infidelidad a dichas exigencias de santidad moral entre les cristianos la equipara S. Pablo con la destrucción del santuario de Dios. l Cor 3, 17. El don del Espíritu Santo no sólo es el elemento constitutivo de la comunidad cristiana, según la concepción eclesiológica de S. Pablo, sino también el principio animador de su vida eclesial. El Espíritu San­to cuida del orden de las comunidades cristianas, y éstas se hallan plenamente bajo su dirección. S. Pablo nos ha legado testimonios abun­dantes de la posesión del Espíritu y de sus manifestaciones caris­máticas en las comunidades cristianas, l Cor 12 y 14.

No sólo el mi­nisterio apostólico y cuantos ejercen funciones y tareas ministeriales en las comunidades locales son considerados por S. Pa­blo como instrumentos del Espíritu Santo Rom 12, 6-16; 1 Cor 12, 4-6, sino todos sus diversos miembros han recibido del único Espíritu sus propios carismas: "A cada uno se da la manifestación del Espíri­tu para el provecho común", l Cor 12, 7. Toda esta diversidad de caris­mas está puesta al servicio de la comunidad. Su índole comunitaria se manifiesta en la naturaleza misma de estos dones del Espíritu: el ministerio apostólico, la fe, la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia, el carisma de curaciones, etc, que cuantos han recibido estos dones del Espíritu deben de ponerlos al servicio y utilidad de la comuni­dad con diligencia y amor fraterno. Rom 16, 6-16; l Cor 13, 4-28.

Por lo tanto la Iglesia es el Templo santo en el Señor, en el cual los cristianos han sido edificados hasta ser morada de Dios en el Espíritu, Efes 2, 22, o Santuario del Dios vivo, ya que en ellos se cumple la promesa del A T  : "Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo", Lev 26, 11-12; Ez 37, 26-27. Al cumplirse ahora la promesa del Señor, Dios habita en este Templo en el Espíritu, o en esta construcción del Espíritu, en cuanto la Iglesia es obra e instrumento del Espíritu, que la edifica, y es también su principio vital con la distribución de sus gracias. l Cor 3, 16-17. l Cor 12 y 14.

Así S. Pablo con la triple imagen de la Iglesia: "Pueblo de Dios", "Cuerpo de Cristo" y "Templo de Dios en el Espíritu",  sitúa el misterio de la Iglesia en una perspectiva trinitaria.


  1. La Iglesia viene a la existencia en virtud de la acción creadora de Dios Padre, Señor absoluto de la Iglesia. Del Padre parte la acción creadora del "Pueblo de Dios", (nexo con la génesis histórica de este término). También emplea otras expresiones parecidas a esta como "fa­milia de Dios", Efes 2, 19. Siendo Dios el Padre de este pueblo y Señor de la casa de la cual los gentiles no son ya forasteros, sino familia­res de Dios (filiación divina). Dios Padre es el que edifica la Igle­sia y Cristo es la piedra angular y los creyentes son juntamente edi­ficados para llegar a ser templo santo y morada de Dios en el Espí­ritu.
  2. La relación de la Iglesia a Cristo es igualmente un elemento esen­cial en la concepción eclesiológica de S. Pablo. La imagen que más ha empleado (refiriéndola al Hijo) es la de Cuerpo de Cristo. Cristo es la piedra angular, Efes 2, 20, que une las paredes laterales del edificio. Cristo asume en estas imágenes de la construcción una función determi­nante. Como fundamento, en su orden único, de la comunidad, sobre él ejercen además la misión fundacional los apóstoles y los profetas, y en él son edificados los creyentes como piedras vivas, siendo él el prin­cipio de unidad y solidez y crecimiento de la Iglesia, que llega a ser morada de Dios en el Espíritu.
  3. La función del Espíritu Santo en la Iglesia es concebida por S. Pa­blo como un inhabitar del Espíritu en la comunidad cristiana en cuan­to tal y en sus miembros en particular. Esta inhabitación la atribuye S. Pablo al Espíritu como función peculiar de la Tercera Persona divina, en virtud de la cual la comunidad y el cristiano son templo de Dios en el Espíritu. Para el Apóstol se trata de una inhabitación eficazmente ac­tiva del Espíritu en la Iglesia, determinando su crecimiento y su acti­vidad en los diversos aspectos de su vida eclesial. Proclamación del men­saje cristiano, floración carismática, vida cultual y sacramental y fun­ciones ministeriales. La teología posteriormente  se ha hecho eco de es­ta presencia y actividad del Espíritu Santo, llegando a afirmar que es éste el "corazón" y el "alma" de la Iglesia.


...


Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.
...

Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.




...

El Señor cura a diez leprosos

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 17, 11-19

El Señor cura la lepra de diez leprosos, a uno que regresa a agradecerle la curación le cura también el alma.


Es muy importante considerar en los milagros de Jesús qué finalidad tienen. La finalidad que tienen las palabras y los hechos de Jesús es realizar y manifestar nuestra salvación. Manifestar que El es el Salvador enviado por Dios, para restaurar la humanidad caída. Y eso es lo que pretenden sus discursos, sus parábolas, sus hechos todos y sus milagros.

Y en los milagros de Jesús, muchas veces vemos más el hecho prodigioso que el mensaje. Lo deslumbrante de su actuación hace que nuestros ojos queden asombrados y que no puedan ver lo fundamental. Y no es que no sea importante el hecho milagroso, la curación, la pesca, la multiplicación de los panes; sí son importantes esos hechos; pero esos hechos y la actuación de Jesús en ellos tienen un mensaje. Y no podemos quedar a oscuras del mensaje, que es lo fundamental, por estar deslumbrados por el prodigio.

Hay varios milagros narrados en los Evangelios, en que se indica explícitamente la intención de Jesús en el milagro; y en esa intención se puede leer el mensaje. El milagro en la acción salvadora de Jesús no es un fin sino un medio. Así en las bodas de Caná, el fin del milagro es suscitar la fe del grupo de apóstoles recién reunido. Cuando cura al paralítico, el fin que tiene la curación es destacar el poder que El tiene de perdonar pecados. En muchos de los milagros también hay una intención simbólica: p. ej. en la multiplicación de los panes se está simbolizando la eucaristía, en la curación del ciego de nacimiento se está simbolizando la fe; y lo mismo en otros muchos milagros.

También en este milagro de la curación de los diez leprosos hay, además del beneficio de la curación corporal, una intención y un mensaje. Podemos decir que es una acción de Jesús en dos tiempos: primero la curación de la lepra de diez enfermos, y después la curación de lo íntimo del ser del enfermo (ya no sólo su cuerpo); por eso le dice al único que regresa a agradecerle la curación física: “Tu fe te ha salvado”.

Naturalmente estos diez leprosos querían la curación de su enfermedad. Les pasa a ellos como a cualquier enfermo de todos los tiempos: todos deseamos estar sanos. Esta terrible enfermedad por otra parte convertía al enfermo en un ser discriminado, aislado socialmente; los leprosos debían vivir fuera de las ciudades, en espacios lejanos, donde no pudieran contagiar la enfermedad, y en donde no pudieran hacer “impuros” de impureza legal, a los que se encontrasen con ellos. Tantas enfermedades son, además de dolorosas para el que las padece, causa de discriminación. El enfermo sufre en el cuerpo y sufre la soledad, el abandono; es un sujeto al que hay que evitar, o al que hay que ver lo menos posible y de lejos.

Eso les pasaba a estos diez leprosos, que se acercan a Jesús, y a quienes Jesús cura con misericordia. Sentían el dolor de su enfermedad, y se sentían solos en un mundo que los evitaba y los obligaba a vivir marginados de la sociedad. Jesús se acerca a sus vidas, no sólo físicamente sino cordialmente.

Jesús tiene además otra intención, al hacer esta curación; intención que queda revelada al decirle al único leproso agradecido: “tu fe te ha salvado”. Jesús quiere darles a esos enfermos algo más que un cuerpo limpio de lepra; quiere que descubran al que los ha curado, que se abran por la fe al Salvador, que tiene ese poder extraordinario sobre la enfermedad.

Y es que la peor enfermedad que podemos tener es la falta de fe. Y a nosotros también el Señor, a través de este milagro quiere darnos la misma lección. La peor enfermedad que podemos tener es no tener fe, no conocerlo a El, no seguirlo y no amarlo. Sin embargo no lo vemos así. La enfermedad corporal merece de nuestra parte más cuidados que la enfermedad espiritual. Si tengo una anomalía en el estómago, en los pulmones, enseguida voy al médico; la enfermedad corporal nos empuja a ir al que nos puede curar. Estamos en pecado, enfermos en el alma, y no nos urge ir al confesor que nos puede curar, perdonar el pecado en nombre de Jesús..

Las enfermedades y los defectos corporales nos molestan más, que nuestros defectos o vicios espirituales. Se va al médico, se hace gimnasia, se hacen dietas, para corregir enfermedades corporales, o para mejorar el cuerpo. En cambio qué poco nos preocupamos para corregir nuestro carácter violento, nuestra propensión a la mentira, nuestra sensualidad desordenada. Eso no nos incomoda tanto, como cualquier defecto corporal.


El Señor nos da ese mensaje, cuando pasa de la curación corporal de los leprosos, a la curación espiritual del único que volvió a agradecerle el milagro.




...

Para leer otras reflexiones del P. Adolfo Franco, S.J. acceda a este enlace.

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

...

Parábola del grano de mostaza

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 6 de octubre, "El Señor nos enseña cuánta fuerza puede tener nuestra fe". Acceda AQUÍ.

San Francisco de Asís

Con motivo de su fiesta, que se celebra el 04 de octubre, compartimos la biografía de san Francisco de Asís, fundador de la Orden de los Frailes Menores (OFM) conocido como los franciscanos. "Ninguna otra cosa hemos de hacer sino ser solícitos en seguir la voluntad de Dios y en agradarle en todas las cosas" San Francisco de Asís. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 15º Parte: La naturaleza de la Iglesia - La Iglesia Cuerpo Místico de Cristo

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa ofreciéndonos su estudio sobre la Iglesia, en esta oportunidad trata el tema de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Acceda AQUÍ.

Evangelio según San Juan - 4º Parte, Guía

El P. Fernando Martínez, S.J. nos comparte su última entrega sobre el evangelio según san Juan, en esta oportunidad nos ofrece una guía para su lectura. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa

Compartimos los mensajes del papa Francisco en sus presentaciones, acceda en los siguientes enlaces:
02/10/2013 - Audiencia: La Santa Iglesia
04/10/2013 - Homilía: Fiesta de San Francisco de Asís
04/10/2013 - Encuentro del Papa con los jóvenes: Tengan coraje y sean testimonio del Evangelio con sus vidas