Parábola del administrador infiel

P. Adolfo Franco, S.J.


Lucas 16, 1-13

El Señor nos indica que somos simples administradores de lo que tenemos y que debemos administrar bien.


Jesús con frecuencia nos da lecciones sobre el dinero y su recto uso, lecciones sobre la pobreza y los peligros de la riqueza. En esta ocasión se vale de una parábola, la del administrador infiel, al que le piden cuentas de su administración, porque hay serias sospechas de su honestidad; y entonces se dedica a rebajar las deudas de los siervos de su amo, para hacérselos favorables. Utiliza el dinero ajeno para ganarse amigos.

Y el Señor saca como conclusión que nos ganemos amigos con el dinero injustamente obtenido, para que podamos aspirar a la salvación. Y termina diciendo su mensaje central: no podemos servir a Dios y al dinero.

¿Por qué esta contraposición entre Dios y el dinero? ¿Por qué los pone Jesús como enemigos? Parecería que tener riqueza es en sí mismo un mal. Y ciertamente el Señor no quiere decir eso. Pero ¿qué mal hay en la riqueza que puede convertirse en enemigo de Dios? Si nos fijamos bien en la afirmación de Jesús, se trata de “servir”; y entonces se entiende perfectamente: el que sirve al dinero, no puede servir a Dios.

De antemano hay que dejar bien claro que el dinero, la riqueza, los bienes materiales, no son en sí mismo ni malos ni buenos; lo que los hace malos o buenos es el uso que se les dé. Porque el dinero puede hacer de una persona un soberbio y un materialista y puede hacer también un ser generoso y desprendido. Depende del uso que se haga de él. El dinero puede ser usado para pagar vicios, y puede servir para curar enfermedades. Todo depende; lo malo del dinero es convertirse en sus servidores.

Por otra parte, si dijéramos que el dinero, los bienes materiales son esencialmente tan malos, habría que preguntar ¿por qué Dios ha hecho al hombre de manera que necesite de esos bienes materiales para vivir? Se necesita el dinero para la comida, para la salud, para la educación, para la vivienda. Para cumplir todas esas necesidades de la vida, es necesario el dinero. Y es Dios quien nos ha hecho de tal forma que necesitamos alimento, vestido, cuidado de salud y habitación. Así que, por una parte el dinero nos es necesario para vivir, y por otra parte se nos dice que es tan nefasto; parecería que Dios mismo nos obliga a convivir con nuestro enemigo.

¿Qué propone Jesús, frente a esto? Muchas cosas propone. Y lo primero es el desprendimiento. Desprendimiento es renunciar a algunas cosas, a muchas cosas; compartir más, no acumular; en la Biblia se nos dice que la limosna cura multitud de pecados. Desprendimiento es todo eso; y sobre todo buscar conseguir una meta cristiana importante y es que nuestro corazón esté limpio completamente de todo deseo material; que tengamos lo necesario sí, pero que lo tengamos como si no lo tuviéramos; hacer que las cosas no nos dominen, que no se apoderen de nosotros, no ser siervos del dinero . Cuando hay avaricia, tristeza por la pérdida de algo material, cuando hay hambre y sed de tener más, cuando necesitamos asegurarnos mediante el acaparamiento, entonces es que nuestro corazón no está limpio de la riqueza. Estamos siendo invadidos por lo material. Cuando somos mezquinos al dar, cuando pensamos que nunca tenemos lo suficiente, y que nunca nos sobra nada; cuando solo damos lo inservible, entonces es que las riquezas están dominando nuestro corazón,. Y hay que purificarlo. ¿Serías capaz de dar lo mejor que tienes?

Jesús nos dice más, que la riqueza es un continuo peligro. Y tanto que por ella se cometen tantos atropellos. Y esto es bastante claro. Las maneras de hacer dinero en muy gran escala, los grandes negocios, son el tráfico de armas, el narcotráfico, la corrupción de altos funcionarios, el tráfico de personas vendidas para la prostitución; añadamos el robo, la especulación y la estafa. Todo eso es conseguir dinero destruyendo vidas. Negociar con vidas humanas. El deseo de las riquezas se convierte así en enemigo de Dios: Dios y el dinero enfrentados. Porque el que medra con tráfico de armas es culpable de muertes, y se hace enemigo de Dios; el que lucra con la destrucción moral de los jóvenes drogadictos, se hace enemigo de Dios; y lo mismo el que se aprovecha de los bienes comunes   de la sociedad y el que negocia con la honra de niños y mujeres en el tráfico sexual. Se ve claramente cómo el dinero se convierte en el enemigo de Dios.

Pero además de eso, el dinero y el afán de riquezas nos quita la perspectiva de la vida humana. Estamos hechos para la vida sobrenatural, estamos orientados hacia al futuro, a la vida de más allá de la vida. Y el dinero, la preocupación por los bienes de este mundo, nos ciega la mirada del horizonte, de lo que hay más allá. Nos quita la esperanza de los bienes extraordinarios que Dios ha prometido a sus hijos. Nos hace perder de vista el futuro, por estar tan enfrascados en un presente tan mezquino. Nos hace desperdiciar la vida presente por no orientarla de verdad a la vida futura.

Jesús simplifica todo diciendo: o Dios o el dinero. Es una forma clara de advertirnos, y sobre todo de poner al descubierto la trampa del dinero. El dinero, en efecto, es una trampa: arriesgar lo mejor, que es Dios, por ganar lo peor que es lo material. ¡Qué mala elección haríamos si perdiéramos a Dios por obtener el dinero.


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El rico y Lázaro

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 16, 19-31

El Señor nos presenta el terrible final del que vivió para darse la buena vida.



Esta página del Evangelio es de las más difíciles y de las más duras. Jesús hablando del infierno. No es el único momento en que Jesús habla de la otra vida y del posible fracaso del hombre. En otros momentos habla de que la puerta del banquete “se cerrará”, de que dirá a los que no estén preparados: “no les conozco”. O hablará de los que son puestos a la derecha y de los que son puestos a la izquierda.

En este párrafo de San Lucas la narración es más larga y detallada: es la tragedia del rico, que después de una vida cómoda, llena de diversiones y de banquetes, va al infierno, después de morir.

Los detalles de la parábola son muy nítidos: hay dos personas con vidas muy diferentes: el uno es rico y vive espléndidamente, el otro es pobre y vive de las sobras del rico. En la otra vida se cambian los papeles: el pobre es premiado con el paraíso, el rico es sepultado en el infierno. Uno de los terribles sufrimientos que padece el rico es la sed, debido al fuego que lo envuelve. Es una sed que no tendrá ningún alivio. No hay posibilidad de salir de ese lugar de fuego, y no hay paso de un sitio al otro. Y no se pueden mandar mensajes a los que están en este mundo, sino que los que estamos en este mundo debemos utilizar los medios normales que Dios ha dado para salvarnos.

Se trata entonces de una enseñanza de lo que es esta vida y de lo que será la otra. Hay dos destinos posibles después de esta vida, y nos ganamos uno u otro destino con lo que hacemos en esta vida. Y el destino futuro es para siempre; ahí ya no se puede remediar nada. Todo esto es realmente duro, y escalofriante. Un destino eterno y con el peor de los sufrimientos.

Este es el resumen del mensaje de Jesús, que nos trasmite San Lucas en este párrafo. Podemos ahora hacer nuestras preguntas y plantear nuestro desconcierto. Pero no podemos desconocer lo que Jesús enseña.

Es una enseñanza que nos hiere y nos deja temerosos, nos deja inseguros. Y nos vienen preguntas muy válidas, pero que no pueden anular la enseñanza del Señor tan clara. Y preguntamos ¿cómo el Señor misericordioso puede castigar así a un hombre insignificante? ¿Por qué tiene que ser eterno ese castigo, para un hombre que cometió pecados? ¿No es desproporcionado el castigo? Si Dios sabía que este hombre sería malo, ¿para qué lo mandó a la existencia? ¿Hay algún mal tan monstruoso que merezca una pena tan horripilante? ¿Cómo se puede afirmar que Dios es infinitamente bueno y misericordioso, si condena a alguien al infierno?

Y son preguntas verdaderas, y que no alcanzamos a responder; aunque sí habría que precisar que no se puede hablar con propiedad de castigo; se trata más bien de la elección equivocada que una persona puede hacer; porque se trata de que cada uno con sus acciones en esta vida escoge el destino de la vida eterna.

Frente a estas preguntas no nos queda más que hacer que afirmar la enseñanza de Jesús, y al final decir que no encontramos respuestas. Y decimos que Dios es bueno y misericordioso, aunque sea verdad que existe el infierno. Y por otra parte afirmamos que la enseñanza sobre el infierno nos es necesaria; que es un acto de bondad del Señor el habernos revelado esta enseñanza sobre el más allá.

Esta enseñanza barre esa concepción de una religión sin exigencia; un sentimiento religioso desleído sobre los compromisos con Dios. Una religión llena de vaguedades, en la que en el fondo Cristo no nos ha salvado de nada. Tendríamos una religión sin una verdadera exigencia de vida. Si las decisiones que tomamos sobre las cosas fundamentales de la vida, no tuvieran ninguna consecuencia grave, equivaldría a que nuestra libertad no es tomada en serio; si, hagas lo que hagas, te salvarás igual, no importa mucho lo que haces, tu libertad no tiene importancia, tú mismo, como persona, no tienes importancia.

De lo que se trata, a mi parecer, es si de verdad elegimos o no elegimos a Dios. Y si no elegimos a Dios, Dios quedará lejos de nosotros para siempre. El no va a destruir nuestra decisión, la va a respetar. Si le hemos dicho a Dios: “no te metas en mi vida”, El no se meterá ni ahora ni nunca. Y si hemos elegido estar sin Dios, después descubriremos que la ausencia total de Dios es insoportable, nos hemos condenado nosotros mismos a no tener a Dios, porque voluntariamente no lo hemos querido elegir. Se puede plantear también otra pregunta ¿es posible que alguien rechace de verdad a Dios de esa manera? La verdad que es difícil pensar que esto suceda, ¿pero estamos tan seguros de que nadie lo haga? ¿Estamos seguros de no rechazarlo nosotros, por elegirnos a nosotros mismos antes que a El?

Así que pienso que en esta enseñanza del infierno se trata de varias cosas: de la seriedad de nuestra relación con Dios, o sea el vivir de verdad nuestra Religión; se trata también de la tremenda realidad y responsabilidad de ser personas libres, se trata de que nosotros mismos nos tomemos en serio; y se trata de la necesidad vital de elegir a Dios, porque sin El no somos más que vacío. El infierno será eso estar siempre asomado al vacío, donde no hay sentido y todo es tremendamente frío.


Pero Jesucristo por su misericordia nos ha salvado, con tal de que lo aceptemos de verdad, de que lo sigamos, de que hagamos de El nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.


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Homilía del Domingo 25 TO (C), 22 de septiembre del 2013

Dios o el dinero:
Hay que elegir

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Am 8, 4-7; S 112; 1 Ti 2,1-8; Lc 16, 1-13



Hoy y el domingo próximo el evangelio se focaliza sobre el tema y se insiste en advertirnos acerca del uso de las riquezas y del deber de la limosna. Son puntos de gran importancia para la vida cristiana.
Literariamente la parábola está construida con mucho realismo. Los documentos del tiempo indican que en tiempos de Jesús eran frecuentes cosas así. El rico de la parábola era propietario legítimo de su fortuna. Se ve que era muy grande. Representa a Dios, supremo Señor de todos los bienes creados. Su administrador es cualquier hombre, cualquiera de ustedes, que posee algunos bienes con los que vive él y su familia.
Admitida la existencia de Dios y la continua acción de su providencia sobre el mundo, hemos de creer que nuestros bienes materiales proceden de la acción creadora de Dios y de las leyes que Dios les ha dado y sirven a su conservación y multiplicación. Todo ello y los intrincados vericuetos, por los que han llegado a nuestras manos, los ha querido y dirigido Dios para que, usándolos según su voluntad, cada uno realicemos su plan sobre nosotros. De su empleo, como la parábola de los talentos nos recuerda a todos (Mt 25). nos va pedir cuentas a la hora de la muerte. Todos los talentos de que disponemos, uno, tres o cinco, son de Dios y nosotros tenemos la obligación de que den fruto, de que con su uso nos acerquemos a Dios, hagamos su voluntad y ayudemos a los más necesitados que nosotros.
La parábola toma pie de un hecho no infrecuente en la sociedad de entonces. No aprueba la conducta moral del administrador. Al contrario califica de “injusto” lo que hizo; pero al menos fue astuto y de esa manera logró poder seguir viviendo con holgura. Fue inteligente para lo suyo. Esto es lo que Jesús ve de bueno en él. Nos lo pone como ejemplo de talento práctico, aunque empleado para el mal, a fin de que nos estimule a ser inteligentes para el bien.
“Y es que los hijos de este mundo –los que no tienen fe ni esperan otro– son más astutos  con su gente que los hijos de la luz. Por eso les digo: Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas”.
A modo de comentario marginal, estas palabras de Jesús revelan la verdad de fe de la existencia de “las moradas eternas” y del castigo que supone su pérdida, también eterna, y que reafirmará en la  parábola del Epulón, que viene a continuación y será comentada el domingo próximo.
Jesús llama aquí al dinero “injusto” y lo repetirá luego. No dice que toda persona rica lo sea por haber recurrido a medios inmorales; pero es injusto porque el deseo de tenerlo suscita la tentación de adquirirlo sea como sea aun por medios inmorales, y porque emplearlo moralmente bien no es fácil. Tengan cuidado, hermanos. Saben ustedes que los modos inmorales de hacerse ricos son un pecado social hoy normal. Y la justicia del Estado tiene muchas y graves deficiencias para garantizar el cumplimiento general de justas disposiciones. Como sacerdote y responsable de la formación cristiana y moral de ustedes, hijos de la Iglesia, llamados a ser santos en el cumplimiento de sus deberes profesionales y cívicos y en el uso de sus bienes temporales, debo advertir el grave peligro de claudicar. Estas conductas son más graves y escandalosas en los altos niveles de poder y decisión, pero son también inmorales en los niveles inferiores. Y tengan en cuenta que tales abusos llegan fácilmente a constituir materia grave: horas extras que no se pagan, exigencias para tramitaciones que son derecho del ciudadano y obligación del funcionario, mentiras que encubren gastos no realizados, préstamos usureros, falsos documentos, falsas denuncias… un montón de trucos que forman una red paralizante en el camino a una sociedad honesta. Los daños a las víctimas y a terceros fácilmente son graves y difíciles de subsanar, a lo que normalmente los culpables están obligados. Muchas injusticias se cometen a cuenta del dinero. Es importante que todos estén atentos para evitar verse jamás involucrados, aun desde lejos, en situaciones semejantes, que les acarrearían graves problemas de conciencia.   
Y prosigue Jesús: “El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho; el que no es honrado en lo mínimo tampoco en lo importante es honrado”. Si alguien, administrando poco, no se resiste ante pequeños robos o injusticias, imagínense lo que haría ante cantidades mucho más grandes. Robos mayores podrían pasar desapercibidos.
“Lo poco” y “lo mucho”, “lo mínimo” y “lo importante”, lo ajeno y lo vuestro son aquí los bienes materiales de este mundo y los bienes sobrenaturales de la gracia y la gloria, que nos corresponden como hijos de Dios.de los dones espirituales, de las virtudes y de la gloria eterna.
Y Jesús concluye con una frase lapidaria: “Ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero”. Tanto Dios como el ansia de hacerse rico exigen el esfuerzo total de la persona. Dios pide un amor con todo el corazón y todas las fuerzas. Quien tenga su máximo interés en hacerse rico, no recibirá dones sobrenaturales ni gracia en abundancia, no los aprecian ni los agradecen y creen que son fruto de su esfuerzo. Quien, al usar de su dinero, junto a sus necesidades piense en las necesidades de Cristo en los pobres, recibirá muchas gracias y dones que le llevarán rápido a la santidad.

Piense cada uno de nosotros a la luz de este evangelio en cuáles son sus preocupaciones y temores más normales, en qué gasta su dinero, cuánto da de limosna. Que el Señor nos ilumine a todos con su luz. Pidámoslo así a la Virgen María, Madre de los pobres.


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Parábola del grano de mostaza

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 17, 5-10

El Señor nos enseña cuánta fuerza puede tener nuestra fe.


El Señor nos da una importante lección sobre la fe; que es por otra parte una invitación; invitación a vivir con esa fe que El nos presenta en esa forma deslumbrante y paradójica con que nos enseña muchas de sus verdades. Tener fe como un granito de mostaza. Basta un poquito de esa fe, y entonces tendremos una fuerza suficiente para arrancar un árbol enorme y tirarlo al mar. Con un poco de fantasía podríamos imaginar a una pequeña hormiguita (como un grano de  mostaza) arrancando un tremendo árbol y lanzándolo con un sola mano por los aires hasta que caiga en el mar. Eso es lo que nos dice el Señor. Y ¿dónde se puede conseguir esa fe?

¿De qué fe se trata, y de qué fuerza? Muchas veces ponemos la fe en tantas cosas, en las que no hay que ponerla. Hay personas que ponen su fe en cosas impropias: los adivinos, el horóscopo, las rayas de la mano. Evidentemente que no se trata de esa fe. Dios rechaza con toda severidad esas supersticiones. La Biblia es abundante en la enseñanza contra todas esas formas falsas de credulidad.

La fe tiene como destino sólo Dios. Sólo Dios es digno de nuestra fe, de la fe de que habla aquí el Señor. Es una fe religiosa, sobrenatural, por la cual nos ponemos en las manos de Dios, y abrimos nuestra mente y nuestro corazón al mundo de las realidades invisibles. La fe es la decisión más profunda que hacemos por Dios; saltamos en lo que nos parece el vacío; aunque en realidad no es vacío, porque sabemos que Dios nos sustenta y nos recoge en nuestro salto. Le fe es una nueva luz para caminar en la vida; es una nueva luz para valorar las cosas; es un deseo de Dios como una sed; la fe es un ansia de caminar hacia Dios y de entregarnos completamente en sus manos.

La fe se refiere al conocimiento de las verdades que Dios nos enseña, y se refiere también a la entrega por la cual le damos a Dios toda nuestra vida. La fe por tanto, nos conecta con Dios. Y así esa fe tiene el poder de Dios mismo. Casi podríamos decir que esa fe que nos conecta con Dios es una chispa de Dios mismo, y por eso no hay que extrañarse del poder que tiene; esa fe tiene el poder de Dios. Aunque parezca una comparación un tanto material, podríamos comparar esa fuerza de la fe, con la fuerza que hay en el pequeño átomo cuando se logra liberar toda su tremenda fuerza escondida.

Pero mejor la podremos entender si vemos a un hombre dejar todo y en la suprema pobreza caminar el camino que Dios le señala; si vemos a una persona abandonar sus comodidades para entrar en la isla de los leprosos para siempre; la fe es tan fuerte que hace a una mujer entregarse a cuidar a las personas tiradas en los basureros. Eso es de verdad arrancar un árbol y tirarlo al mar.

Esa fe es un don de Dios, pero al que nuestra entrega puede colaborar. Cuando se logra tener esa fe, todo se hace posible, aún las cosas que parecen imposibles, porque para Dios nada hay imposible.

La fuerza que Jesús le atribuye a la fe, es la fuerza de Dios mismo. O sea que con la fe, la fuerza de Dios viene a nosotros. La fuerza de la fe es capaz de espantar la enfermedad, de ahuyentar al demonio, es capaz de alimentar a cinco mil hombres con pocos panes; esa fe es capaz de resucitar muertos. Y eso no es nada: la fe es capaz de decir unas palabras a un pedazo de pan, y hacer que ese pan deje de ser pan, para ser Jesús; con unas palabras (pequeñas como un granito de mostaza) dichas por el sacerdote con fe, en el nombre del Señor, desaparecen del pecador los pecados más graves, y son como árboles que se arrojan al mar. Es Dios evidentemente el que da la fuerza a esas palabras, para que esos tremendos árboles sean arrojados al mar.


Pero lo más hermoso de esa fe es que es capaz de levantarnos a nosotros mismos y arrojarnos en el mar de Dios. Así en esa comparación con que Jesús habla, la fe sería el poder de Dios, el árbol seríamos nosotros mismos, y el mar a donde es arrojado el árbol sería el Dios inmenso, infinito y maravilloso. Nosotros arrojados por la fuerza de la fe en los brazos de Dios. Esta es otra maravilla de la fe a la que Jesús nos invita con su enseñanza tan imaginativa y paradójica: un granito de mostaza arrancando un árbol y tirándolo al mar. 


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Homilía del Domingo 24º T.O. (C), 15 de septiembre del 2013

Pecado y misericordia de Dios

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Ex 32,7-11.13-14; S 50; 1Tim 1,12-17; Lc 15,1-32



Es uno de los pasajes más bellos de los evangelios. ¡Con qué gusto habla Jesús de la Misericordia de su Padre! No sólo ilumina las mentes sino que estimula los corazones. Maravilloso capítulo, que también confirma la destreza literaria de San Lucas.
Jesús, “el resplandor de la gloria del Padre”, que dice de sí mismo que “quien le ve a Él, ve al Padre”, deja brillar aquí la luz de su misericordia para con los pecadores. Los fariseos, los más religiosos de su tiempo, no entendían que pudiera rozarse con publicanos y pecadores. A veces también otros damos la impresión de alinearnos con los fariseos. ¡Cuidado!.
Y no es tan fácil darse cuenta de los propios pecados. Adán y Eva se dieron cuenta, se vieron desnudos y huyeron de Dios. Pero David, adúltero y asesino de Urías, necesitó del profeta Natán para descubrir sus gravísimos pecados. Hoy es frecuente llamar “error” al pecado. En los errores no se ofende a nadie; en el pecado siempre se ofende a Dios: “contra Ti, contra Ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces”(S. 51).
Gracias a la revelación del profeta, David pudo darse cuenta. Y gracias a la misericordia, que Dios tuvo de Pablo, blasfemo e insolente, y a que le dio la fe y el amor de Cristo Jesús, conoció el perseguidor fariseo que Jesús vino a salvar a los pecadores y que él mismo era el primero de ellos: porque “el pecado habita en mí” (Ro 7,20).
Sin embargo, no siendo fácil darse cuenta del pecado o de su gravedad, parece que darse cuenta  de la misericordia de Dios nos es aun más difícil. Hemos necesitado que se nos revelase. ¿Qué religión humana tiene un texto como el capítulo que hemos escuchado?
Se puede afirmar que la gran revelación bíblica es la de la Misericordia de Dios. Es lo que vio Moisés de Dios en el monte cuando pidió ver el rostro de Dios. Pasó Dios delante, sólo pudo ver Moisés la espalda y oyó aquella voz: “Iahvé, Iahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado” (Ex 34, 6s).
Apenas cayeron en pecado nuestros primeros padres, Dios promete enviar al Redentor (Ge 3,15). También tras el Diluvio el Señor conmovido se promete que no volverá a repetir castigo semejante, porque comprende: “Nunca más volveré a maldecir el suelo por culpa del hombre, la naturaleza del corazón humano es mala desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente, como lo he hecho” (Ge 21). Conmovedor es el pulso, digamos, entre Dios y Abrahán en que el patriarca logra ir rebajando las condiciones para salvar a Sodoma de 50 hasta 10 justos.
Una y otra vez a lo largo de su historia perdonó Dios a Israel de sus pecados. Jonás no quiere ir a Nínive porque sabe que, si la gente se arrepiente, Dios les va a perdonar y todas sus amenazas se resolverán en nada y él quedará en ridículo, como sucedió: “¿No voy a tener yo lástima de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de 120.000 personas que no distinguen su derecha ni su izquierda?” (Jon 4,11). “¿Es un niño tan caro para mí Efraím (una de las tribus que aquí representa a todo el pueblo), es un niño tan mimado, que, tras haber pecado tanto y tan gravemente, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él. Ternura hacia él no ha de faltarme. Doy palabra” (Jer 31,20).
A pesar de toda esa historia a sus espaldas, los fariseos, y con ellos muchos otros, no pensaban en un Mesías que buscase a los pecadores, y mucho menos que perdonase los pecados. Se pensaba más bien en un Mesías, como preveía Juan Bautista, que “recogiera su trigo en el granero, pero la paja la quemaría con fuego que no se apaga” (Mt 3,12). Pero Dios no es así. Es una gran gracia el descubrir la misericordia de Dios.
“Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados” (1Jn 1,8s). No es de santos no ver pecado en el propio corazón. El pecado está en no ver la misericordia de Dios. No es virtud pensar que tenemos derecho al perdón de Dios. Es virtud reconocer el propio pecado y la misericordia de Dios.
La conciencia de ser pecador y la fe en la Misericordia de Dios son fundamentales en nuestra relación con Dios. La misa comienza siempre por la toma de conciencia de mi realidad pecadora, mi petición de perdón y el perdón de Dios pedido por el sacerdote para todos los fieles. No nos confesemos jamás sin activar la conciencia de ser pecadores: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa. Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Borra en mí toda culpa. Devuélveme la alegría de tu salvación” (S.51).
El concepto de pecado en sentido amplio incluye la concupiscencia. “En la culpa nací. Pecador me concibió mi madre”(S.51,7). Nos atrae el pecado y, cuando se trata de hacer el bien moral, un bloqueo interior nos frena. La concupiscencia es la inclinación hacia el mal moral; todos la experimentamos. Es también y al mismo tiempo el freno y la resistencia interior para hacer el bien, que también experimentamos. No es en sí misma pecado, pero es consecuencia del pecado original; nos lleva al pecado, grande o pequeño; y crece cediendo a él. Disminuye en cambio con los actos de virtud; de ahí la importancia de la mortificación.
Por fin no olvidemos mirarnos en el hermano mayor. ¿Es la tristeza la manera fundamental de vivir nuestra relación con Dios? Ya en el orden natural son normalmente mucho más numerosos los bienes que Dios nos da que los males. Pero caigamos en la cuenta de los bienes sobrenaturales: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Deberías alegrarte”. Eres hijo de Dios. ¿Te alegras y le das gracias cuando vienes a misa, cuando puedes hablar con Él sin hacer cola, cuando abres el Evangelio y leyéndolo te conmueves por su amor, porque te resulta tan fácil el perdón cuando reconoces tu pecado?

Y pídele la alegría de animar a tu hermano/a a emprender el camino del regreso y alégrate. Porque “quien convierte a un pecador, salvará su alma de la muerte” (Sant  5,20). Cantemos por eso con María, nuestra Madre que: “la misericordia de Dios llega a sus fieles de generación en generación…porque auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia” (Lc 1,50.54). 



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La Iglesia - 13º Parte: Pentecostés y la primera comunidad cristiana

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


16. Pentecostés: La efusión del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo Glorificado. (La Iglesia manifestada)

La actividad de Jesucristo en orden a la formación de la Iglesia sólo se consumó con el envío (misión) del Espíritu Santo. Sólo desde el ­día de Pentecostés existe la Iglesia. El Kyrios Glorificado junto con el poder del Padre comunica su Espíritu Santo a aquel grupo que había sido conformado para constituir el cuerpo de la Iglesia. Así la faz de la Iglesia sólo se presenta completa cuando se la considera tanto bajo el aspecto cristológico como pneumátológico. La actividad fundamental del Jesús histórico, la acción de su Espíritu en los discípulos y la libre decisión de los Doce constituyen un todo unitario del cual salió la Iglesia bajo la forma concreta de sus comienzos. El Espíritu que el día de Pentecostés vino sobre los discípulos es el don y el signo de la reconciliación. La misión del Espíritu aconteció públicamente, del mismo modo que la crucifixión de Cristo se produjo ante las puertas de la ciudad santa en medio de la publicidad del pue­blo judío y del imperio romano.
La autocomunicación de Dios mismo en la misión del Espíritu Santo estaba tan expuestas a la tergiversación y al escándalo como la encar­nación del Verbo divino en el cuerpo humano de María. Hech 2, 13. Pero precisamente esta tergiversación ocasionó que la comunidad llena del Espíritu Santo saliera a la publicidad de la ciudad de Jerusalén y después del mundo entero. Pedro con la fuerza y la luz del Espíritu comunica y desvela en nombre de los Doce el mensaje de salvación y dio valerosamente testimonio de: "cómo los judíos habiendo matado a Jesús, mataron al autor de la vida, pero Dios Padre rico en misericordia lo resucitó de entre los muertos y lo ha confirmado como Salvador y Mesías sentándolo a su derecha, se­gún lo predicho en las antiguas profecías", Hech 2 14, s.s. Cada uno puede participar de ese Espíritu, si hace penitencia y se deja bautizar en el nombre de Jesucristo.

Hablamos de "Iglesia Manifestada" en el sentido explícito de la palabra y del acontecimiento salvífico que en ella se significa, a saber: el plan eterno de salvación universal del Dios Trino y Uno, cuyos funda­mentos acabamos de mencionar, es el tiempo del "kairós" de la Ekklesia de Cristo como oferta y promesa de salvación de la humanidad, como misterio de verdad y de gracia  que el hombre acepta por la fe y profesa en su "creo en la Iglesia". Así se manifiesta toda la Iglesia "como una muche­dumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así el misterio de Cristo, siendo la recapitulación y plenitud de todo el plan de salvación y el medio escogido por Dios para salvar a todo el género humano se perpetúa de un modo sacramental en medio de nosotros como fuente de verdad y de gracia salvadoras en el misterio de la Igle­sia vivificada y asistida continuamente por le presencia salvífica del Espíritu Santo. Así el entronque de la "Ekklesia" de Cristo con el misterio del Dios Uno y Trino y de la misión del Hijo (encarnación) y de la misión del Espíritu (Pentecos­tés) al mundo, señala el origen de la Iglesia, como nuevo pueblo de Dios, en el espacio y el tiempo que es la historia humana y señala su misión salvífica universal a to­dos los hombres de todos dos tiempos, 1Tim 1, 2.


17. La Primitiva Comunidad Cristiana

El libro que nos narra fielmente los acontecimientos del devenir de la primitiva comunidad cristiana es el libro de los Hechos de los Apósto­les. Es un libro de apología de la Iglesia, nos la presenta tal como surgió después del acontecimiento pentecostal y de la acción inmediata de los apóstoles movidos por la fuerza del Espíritu. Pedro aparece co­mo el  apóstol dirigente de la primera comunidad cristiana y Pablo co­mo el misionero elegido por Cristo para llevar el evangelio a los gentiles, siendo ambos los grandes portadores del proceso formativo de la Iglesia.

La conversión a la fe en Cristo, el bautismo en Cristo, el don de la ­fiesta pentecostal a cada uno de los bautizados, la celebración euca­rística y el amor fraternal operativo y social, Hech 2, 38, ss, son las exigencias vitales más importantes para ser cristiano, para ser miembro real de aquella primera comunidad cristiana. Pablo, el gran evangelizador de la gentilidad hace inteligible la com­prensión teológica de los sucesos del misterio de Cristo, su vida, pasión muerte y resurrección. Igualmente del Cristo glorificado que intercede continuamente por nosotros. Con esto surge la nueva concepción cristiana del cosmos y sobre todo del hombre redimido y liberado que la Iglesia vive y anuncia al mundo entero. Los escritos y las cartas pastorales paulinas nos hablan de la primera organización de estas comunidades de gentiles al misterio de Cristo.


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Parábolas de misericordia

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 15, 1-32

Jesús nos descubre la maravillosa fiesta de la misericordia del Padre.


El Evangelista San Lucas agrupa en estos versículos tres parábolas sobre la misericordia. Quiere dejar bien establecido que Jesús ha venido a salvar, que su deseo es tener una fiesta por la salvación de sus hijos. Sobre todo quiere poner al descubierto el corazón tierno y amoroso de Dios. Estas tres parábolas tienen detalles hermosos, que pretenden subrayar la voluntad de misericordia, el deseo incontenible que tiene Dios de salvarnos. El pastor carga sobre sus hombros la oveja perdida, no la empuja golpeándola con la punta de su cayado. La mujer que enciende la lámpara, y que se afana incansablemente en buscar la moneda perdida, y que explota de alegría cuando termina su búsqueda. ¿Será verdad, Dios mío, que explotas de alegría cuando nos encuentras? ¿Será verdad que encendiste todas las luces para buscarnos? ¿Mi Dios, tú nos cargas sobre tus hombros? Señor, hazme entender que por mí haces fiesta.

Pero la que más se ha destacado siempre de las tres parábolas es la del hijo pródigo, y con razón, por la transparencia del amor, por la fuerza del dramatismo, y por la emoción dolida que surge en un padre que ve alejarse al hijo, y de un hijo que llega al extremo del fracaso. Y sobre todo destaca por el amor incondicional del Padre cuando vuelve a abrazar al hijo que se fue.

Lo primero que el Señor quiere inculcarnos es que alejarse de la casa del padre es caminar al fracaso. Una afirmación contundente, pero que es esencial: alejarse de Dios es arruinar la vida. La dignidad del hombre, sólo se salvaguarda en la casa del Padre. La felicidad que se pretende obtener lejos de Dios, termina siendo amargura y fracaso. El ser humano se realiza al calor de Dios, y se destruye cuando camina lejos de Dios. Con frecuencia se tiene (inconscientemente) la idea de que Dios hace la vida aburrida, y que para buscar la felicidad hay que liberarse de cada uno de los diez mandamientos. Se piensa que la felicidad se puede obtener cuando se borran de nuestro pensamiento las ideas religiosas. Se piensa que las orientaciones y las prácticas religiosas hacen la vida reprimida. Y que en la aventura del placer, en que uno rompe todos los esquemas de los “niños buenos”, es donde se encuentra la chispa de la vida, lo emocionante.

Y por eso la parábola nos presenta al hijo, cuando ya ha gastado todo; despierta de su sueño de felicidad equivocada; y se ve rodeado de animales inmundos, sucio, con hambre y sin dignidad. Pelea por quitarle su comida a los animales. Ese es el despertar del que ha equivocado el camino.

La segunda gran enseñanza que nos la da la parábola, es que Dios es Padre. Esto lo hemos dicho tantas veces todos, que parecen tópicos vacíos de significación; palabras que no se sienten y que se repitan por rutina. Decimos que Dios es nuestro Padre, y no nos llenamos de emoción. ¿Es verdad que Dios nos trae a la vida, y se llena de ternura con nosotros, y nos echa de menos cuando nos alejamos? ¿Es verdad que suspira por encontrarnos, que todos los días sale al camino para ver si en el horizonte al fin me ve a mí acercarme a su casa? ¿Es verdad que me llena de besos, que me pone su anillo, que me viste, y que prepara para mí un banquete? ¿Será verdad? ¿Será verdad que le gusta que le diga el Padre Nuestro? ¿Será verdad que mira a ver si este domingo he ido a verlo, a estar con El a solas, al menos un rato? ¿Es vedad que me amas así, Dios querido?

Otra enseñanza es que Dios vive impreso en nuestro corazón, su huella es imborrable (una chispa de su vida nos hizo vivir) y que no descansamos hasta que nos volvamos a El de todo corazón. San Agustín decía: “nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que no descanse en Ti”. Esto es lo que siente el hijo pródigo: una irresistible añoranza de Dios, de su Padre. Cuando ha pasado el torbellino de las aventuras que lo han tenido aturdido, cuando se ha disipado la niebla del placer, se siente sólo, tristemente sólo, necesitando el abrazo de su padre, su voz tranquilizadora. Cuando se sienta a pensar, en esa pocilga que es la descripción de su propia suciedad, siente una honda necesidad de llamar por su nombre a su Padre. Y este fuego interior lo va preparando para verse de nuevo con su Padre ¿cómo imaginaría este muchacho que sería ese encuentro? ¿Cómo soñaría con su padre, la última noche en la pocilga?.

Dice San Agustín, ese hijo pródigo, salvado por las lágrimas de su madre: “Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo”.






Agradecemos al P. Adolfo por su colaboración.


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Evangelio según San Juan - 3º Parte, su estructura

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.


Estructura del evangelio según San Juan


Este evangelio según san Juan está formado por dos grandes secciones: el libro referente a los signos (cap. 2-12) y la hora de la exaltación de Jesús (cap. 13-20). Va precedido por una introducción (cap. 1) y se suma un final como epílogo (cap. 21)

Introducción (Cap. 1)

Este capítulo primero nos presenta un himno cristológico de hondura impresionante (1-14), y el testimonio de Juan Bautista acerca de Jesús, al que se añade el testimonio de algunos de sus primeros discípulos (15-51).

En el himno se proclama que el "Verbo" (el Hijo) estaba junto a Dios y en Dios, y que la creación toda entera fue hecha "con vistas al Hijo de Dios" y que mediante su "encarnación", nosotros si reconocemos su luz creadora en medio de las tinieblas, somos asumidos por ella y en verdad también alcanzamos el ser hijos de Dios.

Acerca de Juan Bautista, el evangelista subraya que él no es la luz verdadera (1,8), que no es el Mesías (1,20), que sólo Jesús "es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (1,29). El testimonio del Bautista es afirmativo y tajante: "Y como lo he visto, doy testimonio de que él es el Hijo de Dios" (1,34). A este testimonio sigue el de sus primeros discípulos (1,37-51)

El libro de los "signos" (Cap. 2-12)

Se llama así a esta parte del evangelio de Juan, porque en ella se narran siete acontecimientos que son calificados como unos "signos" por su significado, porque manifiestan la voluntad del Padre en los hechos y dichos (sus "obras") de Jesús según san Juan. Estas obras provocan dos reacciones contrarias: unos creen y así eligen la vida, y otros no creen y escogen la muerte.


  • Signo 1º: El agua es transformada en vino (2,1-11). Se complementa con las conversaciones con Nicodemo y la Samaritana (3,3-8 y 4,21-24). Es éste un signo gozoso del paso de la antigua alianza a la nueva. Hemos de nacer de nuevo y beber del agua que salta hasta la vida eterna.
  • Signo 2º: La curación del hijo de un funcionario real (4,46-54). La palabra de este Jesús cuando creída con fe viene a ser signo de sanación y de vida.
  • Signo 3º: La curación del paralítico de Betesdá, precisamente en sábado (5,1-8). Se refuerza con los versículos que siguen, del 19 al 29. Es signo del poder de Jesús. Actúa en nombre del Padre.
  • Signo 4º: La multiplicación generosa de los panes (6,1-14). Se descubre en ella su significado con el discurso sobre el verdadero pan (6,23-58). Jesús es el alimento capaz de dar vida en comunión con él.
  • Signo 5º: Jesús camina sobre las agua del lago (6,16-22). Es un signo de que Jesús domina las fuerzas de la naturaleza y de que su persona nunca ha de ser motivo de miedo y temor, sino todo lo contrario.
  • Signo 6º: La curación de un ciego de nacimiento (9,1-41). Signo evidente de que aquel que sigue a Jesús "no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida" (8,12). Luz y fe van juntas.
  • Signo 7º: La resurrección de su amigo Lázaro (11,1-45). Es este un signo de la victoria definitiva de Jesús sobre la muerte. A partir de ese momento sus adversarios empezaron a planear su muerte (11,53)


Despedida (Cap. 13-17)

Constituye la parte mayor del segundo gran bloque de este evangelio (cap. 13-20). Juan se sintió impresionado por el acontecimiento de la muerte y resurrección de su Señor. Para él, Cristo es exaltado en la cruz como el signo de humanidad de la gloria del Padre, porque desde ella se derrama su Espíritu sobre el mundo. Es el signo por excelencia del amor de Dios a los hombres. Esta es en definitiva su gloria y su esplendor.
Juan presenta en la cena pascual la escena del lavatorio de los pies en relación con el mandamiento nuevo del "amaos los unos a los otros como yo os he amado" (13,34). Prosigue luego el "discurso de despedida" en el que Jesús manifiesta sus confidencias, instrucciones y palabras de ánimo y consuelo. Es un discurso "trinitario" en el que la promesa del Espíritu de la verdad dará a sus  discípulos la capacidad de ser testigos suyos ante el mundo entero.

La "hora" de Jesús (Cap. 18-20)

La pasión es la "hora" en la que la revelación se cumple (19,30). El relato de Juan coincide en su conjunto y en no pocos detalles con la tradición de los evangelios sinópticos. Se observa una mayor insistencia suya en el domino soberano de Jesús. La hora en la que los hombres levantaron al crucificado, es la hora anunciada por el mismo Jesús, es la hora de su revelación definitiva y plena. La hora: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy" (8,28). No era fácil aceptar tal doctrina.
Con la entrega de su espíritu en la cruz (28,30), Jesús se convierte por la resurrección en un ser capaz de hacer partícipe del Espíritu Santo a toda criatura humana. Sus apariciones ponen de relieve no sólo que su identidad es la misma que la del Jesús de Nazaret, que vivió y murió, sino también su forma nueva de estar con los suyos. Es el mismo Jesús histórico, pero su presencia es diferente pues responde a una realidad nueva: "Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (20,17)

Epílogo (Cap. 21)

Según la opinión más generalizada entre los estudiosos, este capítulo final fue añadido posteriormente, ya terminada la obra. Sin embargo, puesto que aparece en todos los manuscritos que han llegado hasta nosotros, es considerado como perteneciente a la comunidad joánica. Una respuesta al porqué se hizo esta añadidura no es fácil. De hecho, la escena muestra a Pedro como el gran pastor de la Iglesia de Cristo, y a Juan como el apóstol "testigo" de la verdad y misterio del Jesús de Nazaret. "Jesús hizo muchas cosas. Si se quisieran recordar una por una, pienso que ni en el mundo entero cabrían los libros que podrían escribirse" (21,25). Pedro recibía así el carisma de la unidad eclesial y Juan lo testificaba como un hecho vivido.


Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Carta de las hermanas trapenses de Azeir, Siria

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte esta carta que ha recibido de unas monjas trapenses de Siria, que obedece a la actual situación de amenaza de guerra que vive esa país,  a continuación transcribimos su contenido.


En Marzo de 2005 un pequeño grupo de monjas del Monasterio Cisterciense de Valserena en la Toscana se trasladaron a Aleppo, Siria, para fundar allí una nueva comunidad monástica. Las monjas se inspiraron para asumir el legado de siete monjes que fueron martirizados en 1997 en Tibhirine, Algeria. Las hermanas querían seguir el ejemplo de estos hombres, que habían dedicado su vida totalmente a Dios y a sus queridos vecinos argelinos, tanto cristianos  como musulmanes.

La cita de la Escritura que guió a las hermanas es Juan 10, 16: “Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas tengo que conducir. Y escucharán mi voz”.

Una vez que se establecieron en Aleppo,  con la bendición tanto del Vicario apostólico Latino como el Obispo Maronita de Tartous, las hermanas adquirieron una nueva conciencia de la importancia de ayudar a los cristianos árabes que permanecían en el Medio Oriente, así  como el respeto por la diversidad de sus tradiciones. Su proyecto era, y continúa siendo, establecer un monasterio permanente en el terreno que compraron cerca de la frontera de Siria con el Líbano, en una villa maronita llamada Azeir, sobre una colina, lejos de las grandes ciudades. El monasterio está al servicio de las comunidades cristianas aisladas, en una tierra que es predominantemente musulmana, pero que es el hogar de las más antiguas tradiciones cristiana…

Para las hermanas, Siria representa el lugar de encuentro del Este y del Oeste, el lugar donde comienza el cristianismo y se expande hacia Asia Menor, Grecia, Roma y después Armenia e India –todo el camino a China, con santos tales como Afraates, Efraím, Ciro, Simeón Protostilita, Marón, Isaac de Nínive, y otros que siguieron sus huellas, como Juan Crisóstomo y Juan Damasceno.

Es esta la tradición que las hermanas quieren rendir honor y perpetuar, perseverando en su misión a pesar del miedo y de las privaciones:  mantener vivo el monasterio y proporcionar la oportunidad a quien lo desee de pasar unos días allí, con una iglesia donde ir.

Estas monjas han estado proporcionando una perspectiva independiente, muy necesaria, de los tumultuosos acontecimientos que están ocurriendo en Siria, en los informes de testigos publicados en su página web y en el diario de los obispos italianos, Avvenire.

Esta es la traducción de una carta escrita el 29 de Agosto, en la que las hermanas parecen estar conteniendo la respiración mientras el Presidente Obama delibera sobre qué acción tomará Estados Unidos sobre Siria, si es que toma alguna.


Hoy no tenemos palabras, si no las de los salmos que la oración litúrgica pone en nuestros labios en estos días:

«Reprime a la Fiera del Cañaveral, a la banda de los Toros, a los Novillos de los pueblos… oh Dios desbarata a los pueblos belicosos…». «Que el Señor se ha asomado desde su excelso santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los lamentos de los cautivos y librar a los condenados a muerte»… «Escucha, Dios, mi voz que se queja, protege mi vida del terrible enemigo; escóndeme de la conjura de los perversos, del tumulto de los malhechores, que afilan la lengua como un puñal y asestan las flechas, palabras hirientes… Aseguran el delito, proponen esconder trampas y dicen: “¿Quién lo verá? Traman crímenes, ocultan la trama tramada. El los escruta, aquel que escruta lo íntimo del hombre, el corazón profundo”. Alabad a mi Dios con tamboriles, elevad cantos al Señor con címbalos, ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza, ensalzad e invocad su Nombre. PORQUE EL SEÑOR ES UN DIOS QUEBRANTADOR DE GUERRAS. “Tú eres grande, Señor, eres glorioso, admirable en poder e insuperable!».

Miramos a la gente de nuestro alrededor, a nuestros obreros que han venido a trabajar todos, inciertos, atónitos: «Han decidido atacarnos». Hoy hemos ido a Tartous… sentíamos la rabia, la impotencia, la incapacidad de darle un sentido a todo esto: la gente intenta trabajar, como puede, vivir normalmente. Se ve a los campesinos regar sus campos; a los padres comprar los cuadernos para las escuelas, que están a punto de empezar; a los niños pedir, ignorantes, un juguete o un helado… se ve a los pobres, tantos, que intentan conseguir alguna moneda, las calles llenas de refugiados “internos” de Siria, llegados desde todas partes a la única zona que aún queda relativamente habitable… miras la belleza de estas colinas, la sonrisa de la gente, la mirada buena de un muchacho que está a punto de alistarse, y nos regala dos o tres cacahuetes americanos que tiene en el bolsillo, sólo para “sentirse juntos”… Y piensas que mañana han decidido bombardearnos… Así. Porque “es hora de hacer algo”, así se lee en las declaraciones de los hombres importantes, que mañana beberán su te mirando en la televisión la eficacia de su intervención humanitaria… ¿Mañana nos harán respirar los gases tóxicos de los depósitos bombardeados, para castigarnos de los gases que ya hemos respirado?

La gente, aquí, delante de la televisión, con los ojos y los oídos atentos: ¡¡«Se espera una palabra de Obama»!! ¿Una palabra de Obama? El premio Nobel de la Paz, ¿hará caer sobre nosotros su sentencia de guerra? ¿Más allá de toda justicia, del sentido común, de toda misericordia, de toda humildad, de toda sabiduría?

Habla el Papa, hablan los Patriarcas y los obispos, hablan innumerables testigos, hablan analistas y personas de experiencia, hablan incluso los opositores al régimen… ¿Y todos nosotros estamos aquí, esperando una sola palabra del gran Obama? Y si no fuera él, sería otro, éste no es el problema. No se trata de él, no es él “el grande”, sino el Maligno que en estos tiempo está verdaderamente muy activo.

El problema es que se ha convertido en algo fácil contrabandear la mentira con la nobleza, los intereses más despiadados como una búsqueda de justicia, la necesidad de protagonismo y de poder como “la responsabilidad moral de no cerrar los ojos”… Y a pesar de todas nuestras globalizaciones y fuentes de información, parece que nada puede ser verificado, que no existe un mínimo de verdad objetiva… Es decir, no se quiere que ésta exista; porque en cambio, una verdad existe y los hombres honestos pueden encontrarla, buscándola verdaderamente juntos, si no se lo impidiesen los que tienen otros intereses.

Hay algo que no funciona y es algo grave… porque la consecuencia es la vida de un pueblo. Es la sangre que llena nuestras calles, nuestros ojos, nuestro corazón.

Pero ahora, ¿para qué sirven ya las palabras? Una nación destruida, generaciones de jóvenes exterminados, niños que crecen con las armas en la mano, mujeres que se han quedado solas, a menudo objeto de varios tipos de violencia… destruidas las familias, las tradiciones, los edificios religiosos, los monumentos que contaban y conservaban la historia y, por tanto, las raíces de un pueblo…

Mañana, por tanto, (¿o el domingo? qué amabilidad la suya…) más sangre.
Nosotros, como cristianos, podemos al menos ofrecerla a la misericordia de Dios, unirla a la sangre de Cristo que en todos aquellos que sufren lleva a cumplimiento la redención del mundo. Intentan asesinar la esperanza, pero nosotros debemos resistir a esto con todas nuestras fuerzas.

A quien sienta verdadero amor hacia Siria (hacia el hombre, hacia la verdad…) pedimos mucha oración… mucha, preocupada, valiente…

Las hermanas trapenses de Azeir, Siria




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Exaltación de la Santa Cruz

«La señal del cristiano, único camino para conquistar la unión con la Santísima Trinidad, condición puesta por Cristo para seguirle. Motivo de gozo y esperanza, signo de nuestra salvación»


Por Isabel Orellana Vilches
MADRID, 14 de septiembre de 2013 (Zenit.org) - Los cristianos sabemos que la señal que nos identifica es la Santa Cruz. Lo aprendimos en el catecismo y el Evangelio nos enseña que cualquiera que se disponga a seguir a Cristo tiene en ella su única brújula, la que va a guiarle por el camino que lleva a la unión con la Santísima Trinidad. Es la condición puesta por Él: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,tome su cruz cada día y sígame» (Lc 9, 23). San Juan de la Cruz lo recordaba con estas palabras: «Quien busca la gloria de Cristo y no busca la cruz de Cristo, no busca a Cristo». La cruz exige renunciar por amor a Él y al prójimo a lo que más cuesta. Quien no la acepta no sabe amar. Requiere coherencia, disponibilidad, valentía, etc. Dios rechaza la tibieza. Cuando la cruz se acepta con alegría resulta liviana; fortalece y dispone para superar las dificultades que se presentan.

No hay integrante de la vida santa que no haya contemplado este «árbol de la vida»; todos se han abrazado a él. El beato Charles de Foucauld advertía: «Sin cruz, no hay unión a Jesús crucificado, ni a Jesús Salvador. Abracemos su cruz, y si queremos trabajar por la salvación de las almas con Jesús, que nuestra vida sea una vida crucificada». No hay otra vía para alcanzar la santidad, como también reconocía santa Maravillas de Jesús:«El camino de la propia santificación es el santo misterio de la cruz». La cruz confiere sentido al sufrimiento humano, ilumina y consuela en las fatigas del camino, inunda de esperanza el corazón, suaviza las circunstancias más adversas, lima toda aspereza. «Poned los ojos en el Crucificado y se os hará todo poco...», manifestaba santa Teresa de Jesús.

El «árbol de la cruz» es el símbolo de la Salvación. Contiene todos los matices semánticos que se atribuyen a la expresión exaltar. Se reconocen en el santo madero los excelsos méritos que Cristo le otorgó con su propia vida, ya que en él estuvo «colgado» salvando al mundo libremente, mostrando su insondable amor. Se deja correr el caudal de pasión que inspira cuando se contempla, induciéndonos a ir a él y adorarlo. La cruz es signo de unidad, de paz y de reconciliación, es el distintivo de los «ciudadanos del cielo» (Flp 3, 20), llave que nos abre sus puertas. «O morir o padecer; no os pido otra cosa para mí. En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es camino para el cielo», expresaba Teresa de Jesús. Solo es «necedad», como decía san Pablo, para los que se pierden; para el resto, es «fuerza de Dios»: «Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios […]. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (I Corintios 1, 18ss).

Esta festividad rememora el acontecimiento que se produjo el 14 de septiembre del año 320, cuando la emperatriz de Constantinopla, santa Elena, madre de Constantino el Grande, encontró el madero (Vera Cruz) en el que murió el Redentor. Hechos extraordinarios marcaron este momento: la resurrección de una persona y la aparición de la cruz en el cielo. Para albergar esta excelsa reliquia signo de la victoria de Cristo, manifestación del perdón y de la misericordia de Dios, esperanza para los creyentes, centro de nuestra fe, santa Elena y Constantino hicieron construir la basílica del Santo Sepulcro. Unos siglos más tarde, en el 614, el rey de Persia, Cosroes II, conquistó Jerusalén y tomó como trofeo la Vera Cruz, el venerado emblema cristiano que se custodiaba en el templo. Mofándose de los cristianos, lo utilizó como escabel de sus pies. Pero catorce años más tarde el emperador Heraclio, una vez que derrotó a los persas, pudo devolver el santo madero a Constantinopla. Después, fue trasladado a Jerusalén el 14 de septiembre del año 628.

Al parecer, cuando Heraclio se propuso introducir la cruz solemnemente no pudo cargarla sobre sus hombros; se quedó paralizado. El patriarca Zacarías, que formaba parte de la comitiva caminando a su lado, señaló que el esplendor de la procesión nada tenía que ver con la faz de Cristo humilde y doliente en su camino hacia el Calvario. El emperador se desprendió de sus ricas vestiduras y de la corona que ceñía su cabeza, y cubierto con una humilde túnica pudo transportar la cruz caminando descalzo por las calles de Jerusalén para depositarla en el lugar de donde había sido arrebatada siglos atrás. Desde entonces se celebra litúrgicamente esta festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. Con objeto de evitar otro expolio, fue dividida en cuatro fragmentos. Uno de ellos quedó custodiado en Jerusalén en un cofre de plata; otro se llevó a Roma, un tercero a Constantinopla y el resto fue convertido en minúsculas astillas que se repartieron en templos dispersos por el mundo.

Esta fecha litúrgica es crucial para los creyentes. La cruz no es un ninguna tragedia, como no lo es amarla, algo que resultará extraño fuera de la fe. Es una bendita «locura» que inunda el corazón de gozo. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) lo advertía: «ayudar a Cristo a llevar la cruz proporciona una alegría fuerte y pura». No la rehuyamos. Cristo nos ayuda a portarla con su gracia; sigue compartiéndola con nosotros. Que un día no nos tenga que decir lo que en celeste coloquio le confió al Padre Pío: «Casi todos vienen a Mí para que les alivie la cruz; son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla».


Tomado de ZENIT
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