El Mensaje de Fátima




EL MENSAJE DE FÁTIMA


PRESENTACIÓN



En el tránsito del segundo al tercer milenio, Juan Pablo II ha decidido hacer público el texto de la tercera parte del « secreto de Fátima ».
Tras los dramáticos y crueles acontecimientos del siglo XX, uno de los más cruciales en la historia del hombre, culminado con el cruento atentado al « dulce Cristo en la Tierra », se abre así un velo sobre una realidad, que hace historia y la interpreta en profundidad, según una dimensión espiritual a la que la mentalidad actual, frecuentemente impregnada de racionalismo, es refractaria.
Apariciones y signos sobrenaturales salpican la historia, entran en el vivo de los acontecimientos humanos y acompañan el camino del mundo, sorprendiendo a creyentes y no creyentes. Estas manifestaciones, que no pueden contradecir el contenido de la fe, deben confluir hacia el objeto central del anuncio de Cristo: el amor del Padre que suscita en los hombres la conversión y da la gracia para abandonarse a Él con devoción filial. Éste es también el mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión y a la penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del Evangelio.
Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas. La primera y la segunda parte del « secreto » —que se publican por este orden por integridad de la documentación— se refieren sobre todo a la aterradora visión del infierno, la devoción al Corazón Inmaculado de María, la segunda guerra mundial y la previsión de los daños ingentes que Rusia, en su defección de la fe cristiana y en la adhesión al totalitarismo comunista, provocaría a la humanidad.
Nadie en 1917 podía haber imaginado todo esto: los tres pastorinhos de Fátima ven, escuchan, memorizan, y Lucía, la testigo que ha sobrevivido, lo pone por escrito en el momento en que recibe la orden del Obispo de Leiria y el permiso de Nuestra Señora.
Por lo que se refiere la descripción de las dos primeras partes del « secreto », por lo demás ya publicado y por tanto conocido, se ha elegido el texto escrito por Sor Lucía en la tercera memoria del 31 de agosto de 1941; después añade alguna anotación en la cuarta memoria del 8 de diciembre de 1941.
La tercera parte del « secreto » fue escrita « por orden de Su Excelencia el Obispo de Leiria y de la Santísima Madre.... » el 3 de enero de 1944.
Existe un único manuscrito, que se aquí se reproduce en facsímile. El sobre lacrado estuvo guardado primero por el Obispo de Leiria. Para tutelar mejor el « secreto », el 4 de abril de 1957 el sobre fue entregado al Archivo Secreto del Santo Oficio. Sor Lucía fue informada de ello por el Obispo de Leiria.
Según los apuntes del Archivo, el 17 de agosto de 1959, el Comisario del Santo Oficio, Padre Pierre Paul Philippe, O.P., de acuerdo con el Emmo. Card. Alfredo Ottaviani, llevó el sobre que contenía la tercera parte del « secreto de Fátima » a Juan XXIII. Su Santidad, « después de algunos titubeos », dijo: « Esperemos. Rezaré. Le haré saber lo que decida ».1
En realidad, el Papa Juan XXIII decidió devolver el sobre lacrado al Santo Oficio y no revelar la tercera parte del « secreto ».
Pablo VI leyó el contenido con el Sustituto, S. E. Mons. Angelo Dell'Acqua, el 27 de marzo de 1965 y devolvió el sobre al Archivo del Santo Oficio, con la decisión de no publicar el texto.
Juan Pablo II, por su parte, pidió el sobre con la tercera parte del « secreto » después del atentado del 13 de mayo de 1981.S. E. Card.Franjo Seper, Prefecto de la Congregación, entregó el 18 de julio de 1981 a S. E. Mons. Martínez Somalo, Sustituto de la Secretaría de Estado, dos sobres: uno blanco, con el texto original de Sor Lucía en portugués, y otro de color naranja con la traducción del « secreto » en italiano. El 11 de agosto siguiente, Mons. Martínez devolvió los dos sobres al Archivo del Santo Oficio.2
Como es sabido, el Papa Juan Pablo II pensó inmediatamente en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María y compuso él mismo una oración para lo que definió « Acto de consagración », que se celebraría en la Basílica de Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981, solemnidad de Pentecostés, día elegido para recordar el 1600° aniversario del primer Concilio Constantinopolitano y el 1550° aniversario del Concilio de Éfeso. Estando ausente el Papa por fuerza mayor, se transmitió su alocución grabada. Citamos el texto que se refiere exactamente al acto de consagración:
« Madre de los hombres y de los pueblos,Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza con el amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza ».3
Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las peticiones de « Nuestra Señora », quiso explicitar durante el Año Santo de la Redención el acto de consagración del 7 de junio de 1981, repetido en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al recordar el fiat pronunciado por María en el momento de la Anunciación, en la plaza de San Pedro el 25 de marzo de 1984, en unión espiritual con todos los Obispos del mundo, precedentemente « convocados », el Papa consagra a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María, en un tono que evoca las angustiadas palabras pronunciadas en 1981.
« Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que invaden el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, elevamos directamente a tu corazón: abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor a este mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos.
De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones, que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta consagración.
¡“Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”!
¡No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades! ».
Acto seguido, el Papa continúa con mayor fuerza y con referencias más concretas, comentando casi el triste cumplimiento del Mensaje de Fátima:
« He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación.
El poder de esta consagracióndura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo.
¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.
Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el Jubileo extraordinario de toda la Iglesia.
En este Año Santo, bendita seas por encima de todas las creaturas, tú, Sierva del Señor, que de la manera más plena obedeciste a la llamada divina.
Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo.
Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.
Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal.
¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!
¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!
¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!
Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.
Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del hombre y el « pecado del mundo », el pecado en todas sus manifestaciones.
Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal.Que transforme las conciencias.Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza».4
Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y universal de consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora (« Sim, està feita, tal como Nossa Senhora a pediu, desde o dia 25 de Março de 1984 »: « Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido »: carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así como cualquier otra petición ulterior, carecen de fundamento.
En la documentación que se ofrece, a los manuscritos de Sor Lucía se añaden otros cuatro textos: 1) la carta del Santo Padre a Sor Lucía, del 19 de abril del 2000; 2) una descripción del coloquio tenido con Sor Lucía el 27 de abril del 2000; 3) la comunicación leída por encargo del Santo Padre en Fátima el 13 de mayo actual por el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado; 4) el comentario teológico de Su Eminencia el Card. Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Una indicación para la interpretación de la tercera parte del « secreto » la había ya insinuado Sor Lucía en una carta al Santo Padre del 12 de mayo de 1982. En ella se dice:
« La tercera parte del secreto se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no [Rusia] diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre sufrirá mucho, varias naciones serán destruidas” (13-VII-1917).
La tercera parte es una revelación simbólica, que se refiere a esta parte del Mensaje, condicionado al hecho de que aceptemos o no lo que el mismo Mensaje pide: “si aceptaren mis peticiones, la Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, diseminará sus errores por el mundo, etc.”.
Desde el momento en que no hemos tenido en cuenta este llamamiento del Mensaje, constatamos que se ha cumplido, Rusia ha invadido el mundo con sus errores. Y, aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos. Si no renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la injusticia violando los derechos de la persona humana, de inmoralidad y de violencia, etc.
Y no digamos que de este modo es Dios que nos castiga; al contrario, son los hombres que por sí mismos se preparan el castigo. Dios nos advierte con premura y nos llama al buen camino, respetando la libertad que nos ha dado; por eso los hombres son responsables ».5
La decisión del Santo Padre Juan Pablo II de hacer pública la tercera parte del « secreto » de Fátima cierra una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso de Dios y de la atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia.
La acción de Dios, Señor de la Historia, y la corresponsabilidad del hombre en su dramática y fecunda libertad, son los dos goznes sobre los que se construye la historia de la humanidad.
La Virgen que se apareció en Fátima nos llama la atención sobre estos dos valores olvidados, sobre este porvenir del hombre en Dios, del que somos parte activa y responsable.

Tarcisio Bertone, SDB

Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe






EL « SECRETO » DE FATIMA

PRIMERA Y SEGUNDA PARTE DEL « SECRETO »

EN LA REDACCIÓN HECHA POR SOR LUCÍA
EN LA « TERCERA MEMORIA » DEL 31 DE AGOSTO DE 1941
DESTINADA AL OBISPO DE LEIRIA-FÁTIMA
(texto original)


(Traducción) 6
Tendré que hablar algo del secreto, y responder al primer punto interrogativo.
¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del R. P. José Bernardo Gonçalves, aquella en que me manda escribir al Santo Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.
Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.
Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a revelar dos.
La primera fue, pues, la visión del infierno.
Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.
Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de susto y pavor.
Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos dijo con bondad y tristeza:
— Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.7 


TERCERA PARTE DEL « SECRETO »
(texto original)





(Traducción)8
« J.M.J.
Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima.
Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.
Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.
Tuy-3-1-1944 ».


INTERPRETACIÓN DEL « SECRETO »
CARTA DE JUAN PABLO II
A SOR LUCÍA
(texto original)


(Traducción)

Reverenda Sor
María Lucía
Convento de Coimbra


En el júbilo de las fiestas pascuales, le presento el augurio de Cristo Resucitado a sus discípulos: « ¡la paz esté contigo! »
Tendré el gusto de poder encontrarme con Usted en el tan esperado día de la beatificación de Francisco y Jacinta que, si Dios quiere, beatificaré el próximo 13 de mayo.
Sin embargo, teniendo en cuenta que ese día no habrá tiempo para un coloquio, sino sólo para un breve saludo, he encargado ex profeso a Su Excelencia Monseñor Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que vaya a hablar con Usted. Se trata de la Congregación que colabora más estrechamente con el Papa para la defensa de la fe católica y que ha conservado desde 1957, como Usted sabe, su carta manuscrita que contiene la tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria, Fátima.
Monseñor Bertone, acompañado del Obispo de Leiria, su Excelencia Monseñor Serafim de Sousa Ferreira e Silva, va en mi nombre para hacerle algunas preguntas sobre la interpretación de la « tercera parte del secreto ».
Reverenda Sor Lucía, puede hablar abierta y sinceramente a Monseñor Bertone, que me referirá sus respuestas directamente a mí.
Ruego ardientemente a la Madre del Resucitado por Usted, por la Comunidad de Coimbra y por toda la Iglesia.
María, Madre de la humanidad peregrina, nos mantenga siempre estrechamente unidos a Jesús, su amado Hijo y Hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria.
Con una especial Bendición Apostólica.
JUAN PABLO II
Vaticano, 19 de abril de 2000.



COLOQUIO
CON SOR MARÍA LUCÍA DE JESÚS
Y DEL INMACULADO CORAZÓN


La cita de Sor Lucía con Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado por el Santo Padre, y de Su Excia. Mons. Serafim de Sousa Ferreira e Silva, Obispo de Leiria-Fátima, tuvo lugar el pasado jueves 27 de abril en el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra.
Sor Lucía estaba lúcida y serena; estaba muy contenta del viaje del Papa a Fátima para la beatificación, que ella tanto esperaba, de Francisco y Jacinta.
El Obispo de Leiria-Fátima leyó la carta autógrafa del Santo Padre que explicaba los motivos de la visita. Sor Lucía se sintió honrada y la releyó personalmente, teniéndola en sus propias manos. Dijo estar dispuesta a responder francamente a todas las preguntas.
Llegados a este punto, Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone le presentó dos sobres, uno externo y otro dentro con la carta que contenía la tercera parte del « secreto » de Fátima, y ella dijo inmediatamente, tocándola con los dedos: « es mi carta »; y después, leyéndola: « es mi letra ».
Con la ayuda del Obispo de Leiria-Fátima, se leyó e interpretó el texto original, que está en portugués. Sor Lucía estuvo de acuerdo en la interpretación según la cual la tercera parte del secreto consiste en una visión profética comparable a las de la historia sagrada. Reiteró su convicción de que la visión de Fátima se refiere sobre todo a la lucha del comunismo ateo contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de las víctimas de la fe en el siglo XX.
A la pregunta: « El personaje principal de la visión, ¿es el Papa? », Sor Lucía respondió de inmediato que sí y recuerda que los tres pastorcitos estaban muy apenados por el sufrimiento del Papa y Jacinta repetía: « Coitandinho do Santo Padre, tenho muita pena dos peccadores! » (« ¡Pobrecito el Santo Padre, me da mucha pena de los pecadores! »). Sor Lucía continúa: « Nosotros no sabíamos el nombre del Papa, la Señora no nos ha dicho el nombre del Papa, no sabíamos si era Benedicto XV o Pío XII o Pablo VI o Juan Pablo II, pero era el Papa que sufría y nos hacía sufrir también a nosotros ».
Por lo que se refiere al pasaje sobre el obispo vestido de blanco, esto es, el Santo Padre —como se dieron cuenta inmediatamente los pastorcitos durante la “visión”—, que es herido de muerte y cae por tierra, Sor Lucía está completamente de acuerdo con la afirmación del Papa: « una mano materna guió la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, 13 de mayo de 1994).
Puesto que Sor Lucía, antes de entregar al entonces Obispo de Leiria-Fátima el sobre lacrado que contenía la tercera parte del « secreto », había escrito en el sobre exterior que sólo podía ser abierto después de 1960, por el Patriarca de Lisboa o por el Obispo de Leiria, Su Excia. Mons. Bertone le preguntó: « ¿por qué la fecha tope de 1960? ¿Ha sido la Virgen quien ha indicado esa fecha? Sor Lucía respondió: « no ha sido la Señora, sino yo la que ha puesto la fecha de 1960, porque según mi intuición, antes de 1960 no se hubiera entendido, se habría comprendido sólo después. Ahora se puede entender mejor. Yo he escrito lo que he visto, no me corresponde a mí la interpretación, sino al Papa ».
Finalmente, se mencionó el manuscrito no publicado que Sor Lucía ha preparado como respuesta a tantas cartas de devotos de la Virgen y de peregrinos. La obra lleva el título « Os apelos da Mensagen da Fatima » y recoge pensamientos y reflexiones que expresan sus sentimientos y su límpida y simple espiritualidad, en clave catequética y parenética. Se le preguntó si le gustaría que la publicaran, y ha respondido: « Si el Santo Padre está de acuerdo, me encantaría, si no, obedezco a lo que decida el Santo Padre ». Sor Lucía desea someter el texto a la aprobación de la Autoridad eclesiástica, y tiene la esperanza de poder contribuir con su escrito a guiar a los hombres y mujeres de buena voluntad por el camino que conduce a Dios, última meta de toda esperanza humana.
El coloquio se concluyó con un intercambio de rosarios: a Sor Lucía se le dio el que le había regalado el Santo Padre y ella, a su vez, entrega algunos rosarios confeccionados por ella personalmente.
La bendición impartida en nombre del Santo Padre concluyó el encuentro.


COMUNICADO DE SU EMINENCIA EL CARD. ANGELO SODANO
SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD

Al final de la solemne Concelebración Eucarística presidida por Juan Pablo II en Fátima, el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, ha pronunciado en portugués las palabras que aquí reproducimos en traducción española.

Hermanos y hermanas en el Señor:
Al concluir esta solemne celebración, siento el deber de presentar a nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II la felicitación más cordial, en nombre de todos los presentes, por su próximo 80° cumpleaños, agradeciéndole su valioso ministerio pastoral en favor de toda la Santa Iglesia de Dios.
En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice me ha encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su venida a Fátima ha sido la beatificación de los dos “pastorinhos”. Sin embargo, quiere atribuir también a esta peregrinación suya el valor de un renovado gesto de gratitud hacia la Virgen por la protección que le ha dispensado durante estos años de pontificado. Es una protección que parece que guarde relación también con la llamada “tercera parte” del secreto de Fátima.
Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada Escritura, que no describe con sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un mismo fondo hechos que se prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas. Por tanto, la clave del lectura del texto ha de ser de carácter simbólico.
La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Via Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX.
Según la interpretación de los pastorinhos, interpretación confirmada recientemente por Sor Lucia, el « Obispo vestido de blanco » que ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia la Cruz entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego.
Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido « una mano materna quien guió la trayectoria de la bala », permitiendo al « Papa agonizante » que se detuviera « en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, en: Insegnamenti, vol. XVII1, 1994, p. 1061). Con ocasión de una visita a Roma del entonces Obispo de Leiria-Fátima, el Papa decidió entregarle la bala, que quedó en el jeep después del atentado, para que se custodiase en el Santuario. Por iniciativa del Obispo, la misma fue después engarzada en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.
Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que propugnaba el ateísmo. También por esto el Sumo Pontífice le está agradecido a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en otras partes del mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con la carga de sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado. Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una estimulante actualidad. « La Señora del mensaje parecía leer con una perspicacia especial los signos de los tiempos, los signos de nuestro tiempo ... La invitación insistente de María santísima a la penitencia es la manifestación de su solicitud materna por el destino de la familia humana, necesitada de conversión y perdón » (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 1997, n. 1, en: Insegnamenti, vol. XIX2, 1996, p. 561).
Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen de Fátima, el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe la tarea de hacer pública la tercera parte del « secreto », después de haber preparado un oportuno comentario.
Hermanos y hermanas, agradecemos a la Virgen de Fátima su protección. A su materna intercesión confiamos la Iglesia del Tercer Milenio.
Sub tuum praesidium confugimus, Santa Dei Genetrix! Intercede pro Ecclesia. Intercede pro Papa nostro Ioanne Paulo II. Amen.
Fátima, 13 de mayo de 2000.

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FUENTE:
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20000626_message-fatima_sp.html

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Los Evangelios Sinópticos

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.



Jesús no dejó nada escrito


Nos consta sin lugar a dudas que Jesús sabía escribir, pues en el bello episodio de la mujer adúltera, “Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en el suelo” (Jn 8,6). Pero Él no nos ha dejado nada escrito, que pudiera servirnos para encontrar su verdad en un libro de su puño y letra. A pesar de esto, hoy en nuestra Biblia, nos hallamos ante unos escritos que se refieren a Jesús de forma directa, que recogen sus “dichos y hechos”, y que éstos han sido redactados por gente que recogió el testimonio de los apóstoles. Y esta tradición incluso escrita comenzó y se desarrolló en las comunidades cristianas, antes de las primeras cartas de Pablo (a. 50 – 65).

Esta y no otra ha sido la razón de que nosotros hayamos iniciado nuestro acercamiento a la Biblia, y más en particular al Nuevo Testamento a partir del seguimiento a Jesucristo desde la fe en su persona misma. Los “evangelios” fueron escritos desde la fe “común” a un Jesucristo resucitado, y con el fin de que tales escritos iluminaran y acrecentaran esa misma fe, es decir, la vida de las comunidades cristianas. Pero ellos fueron redactados en su forma definitiva, pasado un cierto tiempo, entre los años 65 – 90.


¿Por qué se llaman "Evangelios"?

La palabra “evangelio” procede de la lengua griega, y tiene el significado de “buena nueva”. A partir de Pentecostés, los apóstoles se sintieron impulsados por el Espíritu a anunciar a todo el mundo que el Jesús que había sido crucificado, ése mismo Jesús había resucitado por la fuerza del mismo Dios. Esto era una “buena noticia” para todos. Y ante esta predicación, algunos la acogen y responden de forma positiva. Empiezan en Judea y en todo el territorio de Palestina. Y más allá, en Antioquía de Siria donde los creyentes fueron ya considerados como cristianos con su propia identidad, y no como una secta del judaísmo. El “evangelio” consistía entonces, en la proclamación de la muerte y resurrección del Señor. San Pablo utiliza esta palabra, prácticamente en todas sus cartas, y en algunas de ellas de forma repetida.

Pero, pronto se vio la necesidad en las comunidades cristianas de recordar los dichos y hechos del Señor, con el fin de hallar en ellos, luz y energía para conducirse como verdaderos cristianos en la vida de cada día. Este es el punto de arranque de los cuatro evangelios que hoy leemos y meditamos. Por eso, para su buena interpretación conviene tener en cuenta el contexto social e histórico de aquellas comunidades.


Su origen "apostólico"

Se presenta casi como evidente que las comunidades evangelizadas por los apóstoles y discípulos que habían conocido y tratado personalmente a Jesús no sólo transmitían lo que había acontecido en su pasión y después de su resurrección, sino también mucho de lo que habían visto y oído durante su intensa vida junto a él. Sus recuerdos avivaban su misión.
Por otra parte, las situaciones diversas de la comunidad y los problemas que surgían servían para estimular estos recuerdos aún no lejanos. Los primeros cristianos alimentaban ya su vida de fe cristiana con lo que contaban acerca de Jesús, sus propios testigos oculares. Este era su catecismo de base. Y desde la fe, su actitud era diferente al mero recordar e imitar, porque el Señor era “un viviente” que estaba junto a ellos en comunión por medio de su Espíritu. Y ese mismo Espíritu les ayudaba a escuchar el pasado de aquel Jesús histórico y a escudriñar en todo ello lo que podría querer decirles en su vida presente actual.

Los evangelios, tal como ellos se recogen hoy en día, no son sino el resultado de un período de reflexión, de oración y de enseñanzas recibidas, que las primeras comunidades cristianas creyentes experimentaron en su seno bajo el aliento de los apóstoles y sus más inmediatos seguidores, y siempre bajo la presencia de Dios, conscientes de haber sido bautizados con su Espíritu de fuego, protector e iluminador.


Vaticano II

“La santa madre Iglesia ha defendido en todo momento y en todas partes, con gran firmeza y máxima constancia, que los cuatro evangelios mencionados, cuya historicidad afirma sin dudar, narran ellos fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación de los mismos hasta el día de la ascensión. Después de este día, los apóstoles comunicaron a sus oyentes esos dichos y hechos con la mayor comprensión que les daban la resurrección gloriosa de Cristo y la enseñanza del Espíritu de la verdad.
Los autores sagrados compusieron los cuatro evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos  a síntesis, adaptándolos a la situación de las diversas iglesias, conservando el estilo de la proclamación: así nos transmitieron siempre datos auténticos y genuinos acerca de Jesús. Sacándolo de su memoria o del testimonio de los que asistieron desde el principio y fueron ministros de la Palabra, lo escribieron para que conozcamos la verdad de lo que nos enseñaban.” (DV n19)


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Homilía del 6º Domingo de Pascua (B): Esto les mando: ámense




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.
Lecturas. Hch 10,25s.34s.44-48; S. 97; 1Jn 4,7-10; Jn 15,9-17



El evangelio de hoy continúa inmediato al del domingo pasado. Recuerden: el bautismo nos une a Cristo, dándonos participación en su vida divina. No es mero modo de hablar sino verdad y realidad. Como las ramas con el tronco forman la vid, formamos nosotros con Cristo la Iglesia, en la que debemos dar frutos de buenas obras.
Hoy nos habla Jesús de lo más importante de esa vida que viene de Él y del más importante de sus frutos: del amor que Él nos tiene y del amor que nosotros debemos tenerle a Él y a los demás. “Ustedes son mis amigos”. “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido para que vayan y den fruto.” Ya la Iglesia es fruto del amor de Dios. En esta Iglesia hemos encontrado ese amor de Dios, en esta Iglesia seguimos encontrando los medios mejores para mantener y crecer en el amor de Dios y para darlo a conocer y hacerlo llegar a otros.
Nadie nos ha amado ni nos ama como Jesús a cada uno de nosotros. “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo”; y “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Tengamos cada uno siempre esto presente: “me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gal 2,20); permanezcan en mi amor”; nos lo recuerda el signo de la cruz, que tantas veces hacemos.
Nuestro ser católicos no es otra cosa que vivir esta realidad: Con Cristo resucitado soy de verdad hijo de Dios, formando una Iglesia viva, en la que Él es la cabeza y yo y los demás cristianos somos el cuerpo, vivo con la vida que nos viene y se alimenta y crece de Él. En el bautismo se nos dio esta vida, que obra por la fe, la esperanza y la caridad, se alimenta con la oración y los sacramentos y se manifiesta con los frutos de la caridad y demás frutos del Espíritu Santo.
Esta caridad, que se ha derramado en nuestros corazones, es fruto en nosotros de la presencia del Espíritu Santo en nuestras almas  y de la muerte redentora de Cristo (Ro 5,5-6). Y no olvidemos que, puesto que en la Trinidad cada una de las personas posee la naturaleza divina, que es una sola (no hay tres dioses, sino uno), si una persona está presente, también lo están las otras dos. Así con la gracia santificante fruto del Espíritu hacen morada en nuestra alma el Padre y el Hijo (Jn 14,23). Dios es amor y hemos nacido de Dios en el amor (1Jn 4,8). Por eso toda la ley de Cristo tiene que reducirse a: “amarás a Dios con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo” (Mc 12,30-32). A esto se dirige el dinamismo de Cristo, que habita en nuestra alma y nos alienta desde ella a toda obra buena: “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor… Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”.
Porque Dios ama a todos con un amor infinito e incondicional allí donde está. En mi propio corazón Dios me está amando con el amor que le llevó a dar su vida por mí y me quiere dar las ayudas necesarias para que mi respuesta sea la mejor. “Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. Pero también en mi propio corazón está amando a los demás y desde él, por medio de las obras, palabras y oraciones, puja por manifestarles ese amor infinito que les tiene.
Porque el testimonio cristiano no es un tercer elemento que se añade a los del amor a Dios y al prójimo. El testimonio es la alegría y el resplandor sobrenatural con que el amor se manifiesta. Por esto nos dice que “en esto se conocerá que somos sus discípulos, en que nos amamos unos a otros como Él nos ha amado” (Jn 13,35). Son palabras que, si están en el evangelio, no son meramente para aquellos once, sino para todos, para nosotros también. Hay que leerlas una y otra vez, sin miedo a estremecerse de emoción agradecida. Igualito que el Padre le ama a él, así me ama a mí Jesús. Como Él vive por el Padre, y el Padre y Él son una misma cosa,  así en la Iglesia, viviendo en ella, nosotros vivimos unidos a Cristo resucitado.
“Permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud. Ustedes son mis amigos. Les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre. Yo los he elegido y destinado para que den fruto y su fruto dure. Y todo lo que pidan, el Padre se lo dará. Ámense”.
A la luz de la palabra de Dios nos hemos asomado y gustado un poco de las maravillas que Cristo resucitado nos aporta. Abrámonos siempre a ellas desde la fe: La oración, los sacramentos, la escucha de la palabra, la guarda de los mandamientos, que estarán siempre entre los deberes fundamentales del hombre honesto, la práctica de la caridad con Dios y con el prójimo hasta la entrega de la vida, sacrificando intereses legítimos propios. Todo esto junto con una gran alegría es vivir de Cristo resucitado y para que Cristo continúe resucitando al mundo desde la Iglesia, es decir desde todos nosotros. No es difícil, basta darnos cuenta de cómo es y qué significa nuestra vida.
Que con la ayuda de la Virgen María así lo hagamos todos, y cada vez mejor.



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13 de Mayo del 2012

El mandamiento del Amor

P. Adolfo Franco, S.J.


Jn 15, 9-17

Extraordinaria enseñanza sobre el amor, que Jesús señala como el centro de la vida del cristiano.
Y hoy 13 celebramos el día de la madre; ellas son un modelo de ese amor que Jesús nos enseña. Felicidades a las mamás.
Con oraciones y un abrazo
Adolfo




Jesús en el largo discurso que tiene con los discípulos al final de la Ultima Cena está dando las últimas recomendaciones y enseñanzas. Es la última vez que hablará tan largo con ellos. Y en este contexto se inserta el párrafo que leemos en este domingo.

El mensaje es especialmente hermoso, porque todo él se centra en el amor. Jesús nos dice que nos ama, como el Padre lo ama a El. Y nos pide permanecer en el amor. Nos llama amigos. Nos dice que el amor debe llevarnos a guardar los mandamientos y a dar la vida por los demás. Y añade que somos objeto de su elección; nos ha elegido para amarnos y para que amemos.

Esta es la esencia de nuestra relación con Dios. Si hubiera que hacer una síntesis breve de lo que es ser Cristiano, es ésta, que es la síntesis que hace Jesús.

Lo primero y esencial es la relación de amor entre Jesús y el cristiano. Y entre el cristiano y Jesús. La religión cristiana para muchos es un conjunto de reglas de conducta, o un conjunto de cumplimientos rituales, o un conjunto de verdades sobre Dios, el mundo y la vida. Religión cristiana convertida en una moral, o en prácticas rituales o en una ciencia de lo trascendente. Cristo pone el énfasis en otra cosa. No es que haya que descartar de la vida cristiana, ni los mandamientos, ni las prácticas sacramentales, ni el conocimiento que deriva de la fe. Pero la esencia es otra cosa, es la relación de amor entre Cristo y el cristiano, que además es la que da vida auténtica a la moral, a los ritos y al conocimiento de las verdades.

Si no amamos no somos nada, y nuestro cumplimiento de preceptos morales, será puna mala imitación de lo que Jesús quería. El recto cumplimiento de la moral cristiana es una consecuencia del amor: estar enamorado de Jesús nos conduce a hacer el bien: es una prolongación del amor mismo. El bien buscado siempre y en toda circunstancia, es un impulso que nace del amor que se le tiene a Jesús. Por eso El mismo dice: si me aman guardarán mis mandamientos. Y darán la vida por los demás, que es el resumen de toda la moral cristiana: vivir sin egoísmo hasta dar a cada uno de los que me rodean un poco de mi vida. Esa es la moral del mandamiento que se refiere a los padres, a la vida de los demás, a la pureza, a los bienes. Quien quebranta alguno de estos mandamientos, no da vida, sino quita vida. Y Jesús está hablando de dar la vida.

Además nos dice que no le hemos elegido nosotros, sino que El nos ha elegido. El es el que tiene la iniciativa siempre, El es el que hace la Salvación, el que nos la ofrece, el que nos llama a participar con El; El es quien nos elige para ser sus amigos, para depositar en nosotros su amor. El que ama hace una elección. Y eso hace Jesús al amarnos, nos elige. Ese Jesús que vivió, murió y resucito ¿me ama a mí? ¿está hoy presente a mi lado? A veces estas palabras nos pueden parecer palabras hermosas inventadas, pero que no corresponden a nada real. Y sin embargo aunque no se conviertan en algo corporal y material, son tan reales o más que el suelo que pisamos y el aire que respiramos. Algo parecido les pasó a los apóstoles cuando lo vieron resucitado: pensaron que era un fantasma, también nosotros pensamos que su amor es un fantasma. Y Jesús tiene que demostrarles y demostrarnos que no es un fantasma. Nosotros no tenemos normalmente la posibilidad de la constatación palpable de su presencia. Pero estamos rodeados de símbolos que nos llevan a conocer esta realidad, a veces se nos comunican experiencias íntimas, y siempre tenemos la luz de la fe (que es la forma más certera de conocer la realidad), y todo eso converge en la misma verdad: Jesús me ama. Y me ama porque ha elegido libremente amarme; y de ahí deriva que yo cumpla sus mandamientos, y que dé también la vida, como El ha dado la vida por los amigos. Y así daremos fruto, o sea nuestra vida no habrá sido estéril, sino de verdad fructuosa. Esa es la forma en que Jesús quiere que entendamos nuestra propia existencia, la existencia cristiana.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Vivir santamente el sexo en el matrimonio - 3º Parte

3. La sexualidad en el Matrimonio cristiano


P. Vicente Gallo, S.J.



El Matrimonio es un Sacramento de la Iglesia.  Por eso, dada la profundidad por la que la Iglesia califica al Matrimonio como “Sacramento” de la Iglesia, es necesario conocer la doctrina permanente de esa Iglesia en lo referente a la sexualidad, como tema esencial al hablar del matrimonio que es comunión en el amor. El Amor es lo más santo para quienes entendemos que Dios es Amor. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión  con otro”. (Nº 2332).  Tres aspectos de la sexualidad que se deben tener en cuenta al hablar del amor que ahí se practica.

El Catecismo habla a los esposos, y les dice: “Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual.  La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende, en parte, de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos” (Nº 2333).  En el matrimonio, en la familia y en la sociedad, son una riqueza las diferencias físicas, morales y espirituales, que hay en la sexualidad del varón frente a la sexualidad de la mujer; ellas hacen que, como personas, se necesiten y se apoyen mutuamente, siendo complementarios el uno del otro.

Citando después a la Familiaris Consortio dice: “Creando al hombre ‘varón y mujer’, Dios da la dignidad personal de igual modo al varón y a la mujer”.  Y tomándolo de la Mulieris Dignitatem, añade: “El hombre es  persona, y esto se aplica en la misma medida al varón y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de Dios personal” (Nº 2334).  Este aspecto de ser “personas”, así como el serlo varón y mujer por igual, hace que el sexo de los hombres sea esencialmente distinto del sexo de los animales, que también es distinto en el macho y en la hembra.  Los hombres son personas, no sólo animales;  tienen espíritu, por el que deben ser responsables y sus actos tienen moralidad.

Dice el mismo Catecismo: “Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios.  La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador. ‘El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen  una sola carne’ (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas” (Nº 2335).  Todos como personas, hombres y mujeres, son la “imagen” y la “semejanza” de Dios, procediendo de esa unión del varón y la mujer mediante el sexo usado responsablemente por los dos como “personas”, desde un amor espiritual, semejante al de Dios.

Refiriendo todo eso al Sacramento de la Iglesia, que es el Matrimonio cristiano, dice también el Catecismo: “Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: ‘Habéis oído que se dijo “no cometerás adulterio”; pues yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’ (Mt 5, 27-28).  El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (Mt 19, 6).  La Tradición de la Iglesia ha entendido así  el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana” (Nº 2336).

Juan Pablo II, en la Familiaris Consortio (Nº 13), nos enseña, igualmente, que el amor conyugal no es un amor como otro cualquiera dentro de los modos de amor humano.  El amor del acto de unión sexual en el matrimonio, abarca la totalidad del hombre y la mujer como personas: el reclamo corporal mutuo desde el instinto, la fuerza de la afectividad y de los sentimientos, junto con la acción responsable y alturada del espíritu y la voluntad, con la que se dan el uno al otro  Más allá de la unión en una sola carne, ese acto pide, a la vez que hace, no tener más que un solo corazón y una sola alma.

Los esposos que viven su Sacramento del Matrimonio viven en un mundo en el que ven y escuchan siempre entender de otra manera el amor conyugal o el acto de unión sexual de la pareja.  Pero son ellos quienes pueden decir a todos, como réplica, el gozo distinto que ellos viven entendiendo el matrimonio desde su fe, y el amor distinto con el que se unen conyugalmente en su acto de unión sexual, que los hace partícipes del gozo de Dios.

Esa felicidad distinta, la que viven los esposos conscientemente cristianos, radica en que su amor, con el que día a día luchan por mantenerse fieles el uno al otro, es un amor no simplemente humano, sino el amor con el que a cada uno ama Dios al amar a su cónyuge, y que lo hace desde el corazón del otro, siendo en ambos un corazón de Dios en Jesucristo, por la acción del Espíritu Santo que les hace partícipes de ese Amor de Dios Padre.  Ese amor exige en sí mismo inquebrantable fidelidad, como Dios siempre nos es fiel en su amor.  Y esa fidelidad lleva consigo la seguridad de que su unión en el amor no se acabará nunca (1Co 13, 8): impone la indisolubilidad del matrimonio, que no es una carga, sino una garantía de que serán felices siempre como Dios ha querido que lo sean. 

Con un amor, como el de Dios, abierto a la fecundidad creadora, ese amor humano de la unión sexual se purifica de toda tara de egoísmo que tiene lo puramente instintivo, lo hace espiritual, responsable; proyectado hacia el dar vida a otra persona, el hijo, como fruto de tal amor, y a no quedarse en el sólo acto, sino a perdurar en la pervivencia que ambos tendrán en los hijos.  Ni aun la muerte los separará rompiendo el amor del que gozan juntos: será el paso a la plenitud del amor con el que Dios ama, y del gozo de ese amor inconmensurable en la vida eterna del Cielo.

Viviendo el matrimonio como Sacramento de la Iglesia, no sólo sino principalmente en la unión sexual de los esposos, ocurre que entonces, a las características normales de todo amor conyugal en el nivel natural, se añade un sentido nuevo de lo que se hace en esa unión sexual, el sentido del amor desde la fe cristiana, amar como ama Dios. No solamente se purifica y consolida el amor conyugal: la fe lo eleva hasta el punto de hacer de ese amor, con esas nuevas características,  expresión de un nuevo valor del matrimonio: el valor de ser Signo y manifestación del amor de Cristo amando a su Iglesia.

Resulta claro que el vivir santamente el sexo es uno de los elementos muy importantes en lo que planteamos como “Espiritualidad Matrimonial”.  Es difícil vivir santamente algo que por lo general se vive pecadoramente, usándolo desde lo instintivo animal que, por su fuerza, hace olvidar lo espiritual característico de los seres humanos como personas, que siempre deben poner en sus actos verdadera responsabilidad.  Pero la “espiritualidad” de que hablamos consistirá precisamente en el esfuerzo firme y permanente para hacer prevalecer la fe y el espíritu por encima del instinto animal en los actos sexuales.
    
Como complemento importante, diremos algo acerca del Celibato de los Sacerdotes y los Religiosos consagrando con Voto a Dios el no uso de lo sexual. La fuerza instintiva de la sexualidad permanecerá siempre en ellos, como seres humanos que son.  Mutilar su genitalidad o anular la fuerza y los valores de su sexo, sería algo ilícito, contrario a la voluntad de Dios y a su plan divino al crear al hombre y a la mujer como son.  Permaneciendo sexuados, con el Voto subliman su potencialidad sexual dándose también con ella a ser de Cristo de manera total y exclusiva, para que Cristo ame hoy a su Iglesia por medio de ellos con todo el amor divino con que la ama. Con la sexualidad así ofrecida para ser de Cristo, alcanzan la fecundidad misma de Jesucristo, como Salvador de la vida caduca y pobre del hombre viejo, y dador de la Vida Nueva que él nos trajo del Padre. 

De ese modo, el Celibato es, además, signo y anuncio de lo que serán los seres humanos en la eternidad del Reino de los cielos, donde ya no necesitarán procrear (Lc 20, 35).  Jesús no habría salvado nada usando su sexo para procrear nuevos hombres tan “perdidos” como lo estaban todos.  Jesús es Dios hecho hombre para Salvar a los hombres dándoles la Vida Nueva que como hombres necesitaban recibir, y que no podía venir del vigor y fuerza de los hombres mismos, sino de un poder y un amor distintos, el poder y el amor de Dios (Jn 1, 13, y 3, 6-7). 

El hacer nacer después en el mundo hombres nuevos con la Vida Nueva que Cristo nos trajo, deberá ser por la misma vía: mediante la Iglesia virgen y desde el Celibato consagrado, a fin de que todo sea obra del Espíritu Santo que Cristo nos envió para que fuese la vida de su Iglesia.  La Iglesia debe ser “Virgen”, no ya como María sino como Cristo; y quienes se consagran a él, para ser ministros de su gracia y su obra salvadora, deben mantener personalmente en ellos esa “virginidad” de la Iglesia.  Serán sólo de Cristo y totalmente de Cristo, en nombre de todos los cristianos sus hermanos a quienes representan actuando en nombre de toda la Iglesia, como ministros de ella y de Jesucristo el Salvador.

No es que el celibato y la virginidad sean de la esencia de ser ministros de la Iglesia; pero sí de veras muy significativo de serlo, y muy congruente en la pretensión de ser presencia misma de Cristo. La Iglesia Romana lo impone, y lo hace legítimamente. Quien en ella quiera ser sacerdote, debe aceptarlo. Y quienes deseen en ella consagrarse a ser vírgenes, hacen algo que agrada mucho al Señor y sirve muy preclaramente a su Iglesia y a la humanidad en nombre de ella.


¿Hemos pensado alguna vez que en el “hacer el amor” sexualmente hacemos especialmente verdad el Amor con el que Dios nos ama, y que en ello se complace Dios cuando se hace según el Plan suyo para el que nos unió en Matrimonio?


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Sacramento del Bautismo - 3º Parte



IV. Quién puede recibir el Bautismo

"Es capaz de recibir el Bautismo todo ser humano, aún no bautizado, y solo él" (CIC, can. 864: CCEO, can. 679). (CIC 1246)


El Bautismo de adultos

En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del Evangelio está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de adultos es la práctica más común. El catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupa entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. (CIC 1247)
En caso de pareja de adultos convivientes, deben recibir además el sacramento del Matrimonio en la misma ceremonia que reciben los sacramentos de Iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), para regularizar su situación, de esta forma podrán participar plenamente en la Iglesia.
Previamente, en todos los casos, el catecumenado debe recibir una adecuada catequesis que los introduzca en el misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que celebra la Iglesia.
Por este motivo se exhorta a las instituciones correspondientes a elaborar y desarrollar planes de formación religiosa para estos casos que no sólo contengan temas de doctrina, sino una base espiritual para que se dispongan adecuadamente a recibir los sacramentos y puedan desarrollar una vida sacramental con sentido y así aprovechar las gracias que se reciban.


El Bautismo de niños

Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios (cf Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1). (CIC 1250)

Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado (cf LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868). (CIC 1251)
La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Pastoralis actio 4: AAS 72 [1980] 1139). (CIC 1252)


Fe y Bautismo

El Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" y él responde: "¡La fe!". (CIC 1253)

En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la vigilia pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana. (CIC 1254)

Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial (officium; cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo. (CIC 1255)


V. Quién puede bautizar

Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono (cf CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, como enfermedad terminal, enfermos en agonía (niños, adultos), etc., cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar (cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria (N., Yo te bautizo en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo). La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16). (CIC 1256)


VI. La necesidad del Bautismo
 
El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del Espíritu" a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, sin embargo, Él no queda sometido a sus sacramentos. (CIC 1257)

Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento. (CIC 1258)

A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el Bautismo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento. (CIC 1259)

"Cristo murió por todos y la vocación última del hombre en realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual" (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad. (CIC 1260)

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo. (CIC 1261)



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Extractos del Catecismo de la Iglesia Católica.

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Especial: Nuestra Señora de Fátima













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Autobiografía de San Ignacio - Capítulo X

Texto recogido por el P. Luis Gonçalves da Camara entre 1553 y 1555


Capítulo X

92. En Venecia por aquel tiempo se ejercitaba en dar los ejercicios y en otras conversaciones espirituales. Las personas mas señaladas a quienes los dio son Mro. Pedro Contarini y Mro. Gaspar de Doctis, y un español llamado por nombre Rozas. Y estaba también allá otro español, que se llamaba el bachiller Hoces, el cual trataba mucho con el peregrino y también con el obispo de Cette,y aunque tenía algún deseo de hacer los ejercicios, con todo no lo ponía en ejecución. Al fin resolvió hacerlos; y después que los hizo, a los tres o cuatro días, expuso su intención al peregrino, diciéndole que tenía miedo no fuese que le enseñase en los ejercicios alguna doctrina mala, por las cosas que le habia dicho un tal. Y por eso había llevado consigo ciertos libros para recurrir a ellos en el caso de que quisiese engañarle. Este se ayudó muy notablemente en los, ejercicios, y al fin se resolvió a seguir el camino del peregrino. Fue también el primero que murió.

93. En Venecia tuvo también el peregrino otra persecución, pues, habia muchos que decían que había sido quemada su estatua en España y en Paris. Y pasó eso tan adelante, que se hizo proceso, y fue dada sentencia en favor del peregrino. Los nueve compañeros llegaron a Venecia a principio del 37. Allí se dividieron para serir en diversos hospitales. Después de dos o tres meses se fueron todos a Roma para tomar la bendición para pasar a Jerusalen. El peregrino no fue por causa del doctor Ortiz, y también del nuevo cardenal Teatino. Los compañeros volvieron de Roma con pólizas de 200 o 300 escudos, los cuales le fueron dados de limosna para pasar a Jerusalen, y ellos no los quisieron tomar mas que en pólizas. Estos escudos, después, no pudiendo ir a Jerusalen, los devolvieron a aquellos que se los habían dado. Los compañeros volvieron a Venecia del mismo modo que habían ido, es decir, a pie y mendigando, pero divididos en tres grupos, y de tal modo que siempre eran de diferentes naciones. En Venecia se ordenaron de misa los que no estaban ordenados, y les dio licencia el nuncio que estaba entonces en Venecia, el cual despues se llamó el cardenal Verallo. Se ordenaron a título de pobreza, haciendo todos votos de castidad y pobreza.

94. Aquel año no había naves que fuesen a Levante, porque los habian roto con los turcos. Y asi ellos, viendo que se alejaba la esperanza de pasar a Jerusalen, se dividieron por el Veneto con intención de esperar el año que habían determinado, y si después de cumplido no hubiese pasaje, se irían a Roma. Al peregrino tocó ir con Fabro y Laínez a Vicenza. Allí encontraron una cierta casa fuera de la ciudad, que no tenía ni puertas ni ventanas, en la cual dormían sobre un poco de paja que habían llevado. Dos de ellos iban siempre a pedir limosna en la ciudad dos veces al día, y era tan poco lo que traían, que casi no podían sustentarse. Ordinariamente comían un poco de pan cocido, cuando lo tenían, y cuidaba de cocerlo el que quedaha en casa. De este modo pasaron cuarenta días, no atendíendo más que a la oración.

95. Pasados los cuarenta días, llegó el Mro. Juan Coduri, y los cuatro decidieron empezar a predicar, y dirigiéndose los cuatro a diversas plazas, en el mismo día y a la misma hora comenzaron su sermón, gritando primero fuerte y llamando a la gente con el bonete. Con estos sermones se hizo mucho ruido en la ciudad, y muchas personas se movieron a devoción, y ellos tenían con más abundancia las cosas necesarias para la vida. En el tiempo que estuvo en Vicenza tuvo muchas visiones espirituales,y muchas, casi ordinarias, consolaciones; y lo contrario le sucedió en París. Principalmente, cuando comenzó a prepararse para ser sacerdote en Venecia, y cuando se preparaba para decir la misa, durante todos aquellos viajes tuvo grandes visitaciones sobrenaturales de aquellas que solía tener cuando estaba en Manresa. También estando en Vicenza supo que uno de los compañeros, que estaba en Bassano, se encontraba enfermo y a punto de morir, y él se hallaba también en aquel mismo tiempo enfermo de fiebre. Con todo, se puso en camino, y andaba tan fuerte, que Fabro, su compañero, no le podía seguir. Y en este viaje tuvo certidumbre de Dios, y lo dijo a Fabro, que el compañero no moriría de aquella enfermedad.Y llegando a Bassano, el enfermo se consoló mucho y sanó pronto. Despues volvieron todos a Vicenza, y estuvieron allá por algún tiempo los diez, y algunos iban a pedir limosna por los pueblos cercanos.

96. Después, acabado el año, y no encontrándose pasaje, decidieron ir a Roma, y también quiso ir el peregrino, porque la otra vez, cuando fueron a Roma los compañeros, aquellos dos de los cuales él dudaba, se mostraron muy benévolos. Se dirigieron a Roma, divididos en tres o cuatro grupos, y el peregrino con Fabro y Laínez; y en este viaje fue muy especialmente visitado del Senor. Había determinado, después que fuese sacerdote, estar un año sin decir misa, preparándose y rogando a la Virgen que le quisiese poner con su Hijo. Y estando un día, algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia, y haciendo oración, sintó tal mutación en su alma y vió tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto, sino que Dios Padre le ponía con su Hijo.

97. Después, viniendo a Roma, dijo a los compañeros que veía las ventanas cerradas, queriendo decir que habían de tener allí muchas contradicciones. Y dijo también: -Debemos estar muy sobre nosotros mismos y no entablar conversación con mujeres, si no fuesen ilustres-. Y a este propósito, después en Roma Mro. Francisco confesaba a una mujer y la visitaba alguna vez para tratar de cosas espirituales, y esta mujer fue encontrada después encinta; pero quiso el Señor que se descubriese el que había hecho el mal. Algo semejante sucedió a Juan Coduri con una hija espiritual suya, que fue encontrada con un hombre. Y yo, que escribo estas cosas, dije al peregrino, cuando me narraba esto, que Laínez lo contaba con otros pormenores, según había yo oído. Y él me dijo que todo lo que decía Laínez era verdad, porque él no se acordaba tan detalladamente; pero entonces, cuando lo narraba, sabe cierto que no había dicho más que la verdad. Esto mismo me dijo entre otras cosas.


Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III


Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

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