¡FELIZ NAVIDAD!



En aquella Navidad aquellos que lo creyeron, fueron corriendo a Belén. El cuadro era bien sencillo. Unos pobres han tenido un niño, que sufre y ríe. Así sin más, tantas veces el Señor viene a nosotros.

Que nos dé a todos la gracia de acogerle; que nos envíe su ángel y nos despierte; y nos haga descubrir que en pobreza y humildad encontraremos siempre a Aquél, que bajo tal vestido es amor, paz y perdón de Dios, que cambia los corazones perdonando y dando luz.


A todos una feliz Navidad.


Diciembre 2011

José Ramón Martínez Galdeano, S.J. y equipo.







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Homilía del Papa - Misa de Nochebuena - Solemnidad de la Natividad del Señor


MISA DE NOCHEBUENA

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
24 de diciembre de 2011

(Vídeo)

Queridos hermanos y hermanas

La lectura que acabamos de escuchar, tomada de la Carta de san Pablo Apóstol a Tito, comienza solemnemente con la palabra apparuit, que también encontramos en la lectura de la Misa de la aurora: apparuit – ha aparecido. Esta es una palabra programática, con la cual la Iglesia quiere expresar de manera sintética la esencia de la Navidad. Antes, los hombres habían hablado y creado imágenes humanas de Dios de muchas maneras. Dios mismo había hablado a los hombres de diferentes modos (cf. Hb 1,1: Lectura de la Misa del día). Pero ahora ha sucedido algo más: Él ha aparecido. Se ha mostrado. Ha salido de la luz inaccesible en la que habita. Él mismo ha venido entre nosotros. Para la Iglesia antigua, esta era la gran alegría de la Navidad: Dios se ha manifestado. Ya no es sólo una idea, algo que se ha de intuir a partir de las palabras. Él «ha aparecido». Pero ahora nos preguntamos: ¿Cómo ha aparecido? ¿Quién es él realmente? La lectura de la Misa de la aurora dice a este respecto: «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre» (Tt 3,4). Para los hombres de la época precristiana, que ante los horrores y las contradicciones del mundo temían que Dios no fuera bueno del todo, sino que podría ser sin duda también cruel y arbitrario, esto era una verdadera «epifanía», la gran luz que se nos ha aparecido: Dios es pura bondad. Y también hoy, quienes ya no son capaces de reconocer a Dios en la fe se preguntan si el último poder que funda y sostiene el mundo es verdaderamente bueno, o si acaso el mal es tan potente y originario como el bien y lo bello, que en algunos momentos luminosos encontramos en nuestro cosmos. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: ésta es una nueva y consoladora certidumbre que se nos da en Navidad.

En las tres misas de Navidad, la liturgia cita un pasaje del libro del profeta Isaías, que describe más concretamente aún la epifanía que se produjo en Navidad: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz. Para dilatar el principado con una paz sin límites» (Is 9,5s). No sabemos si el profeta pensaba con esta palabra en algún niño nacido en su época. Pero parece imposible. Este es el único texto en el Antiguo Testamento en el que se dice de un niño, de un ser humano, que su nombre será Dios fuerte, Padre para siempre. Nos encontramos ante una visión que va, mucho más allá del momento histórico, hacia algo misterioso que pertenece al futuro. Un niño, en toda su debilidad, es Dios poderoso. Un niño, en toda su indigencia y dependencia, es Padre perpetuo. Y la paz será «sin límites». El profeta se había referido antes a esto hablando de «una luz grande» y, a propósito de la paz venidera, había dicho que la vara del opresor, la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada de sangre serían pasto del fuego (cf. Is 9,1.3-4).

Dios se ha manifestado. Lo ha hecho como niño. Precisamente así se contrapone a toda violencia y lleva un mensaje que es paz. En este momento en que el mundo está constantemente amenazado por la violencia en muchos lugares y de diversas maneras; en el que siempre hay de nuevo varas del opresor y túnicas ensangrentadas, clamemos al Señor: Tú, el Dios poderoso, has venido como niño y te has mostrado a nosotros como el que nos ama y mediante el cual el amor vencerá. Y nos has hecho comprender que, junto a ti, debemos ser constructores de paz. Amamos tu ser niño, tu no-violencia, pero sufrimos porque la violencia continúa en el mundo, y por eso también te rogamos: Demuestra tu poder, ¡oh Dios! En este nuestro tiempo, en este mundo nuestro, haz que las varas del opresor, las túnicas llenas de sangre y las botas estrepitosas de los soldados sean arrojadas al fuego, de manera que tu paz venza en este mundo nuestro.

La Navidad es Epifanía: la manifestación de Dios y de su gran luz en un niño que ha nacido para nosotros. Nacido en un establo en Belén, no en los palacios de los reyes. Cuando Francisco de Asís celebró la Navidad en Greccio, en 1223, con un buey y una mula y un pesebre con paja, se hizo visible una nueva dimensión del misterio de la Navidad. Francisco de Asís llamó a la Navidad «la fiesta de las fiestas» – más que todas las demás solemnidades – y la celebró con «inefable fervor» (2 Celano, 199: Fonti Francescane, 787). Besaba con gran devoción las imágenes del Niño Jesús y balbuceaba palabras de dulzura como hacen los niños, nos dice Tomás de Celano (ibíd.). Para la Iglesia antigua, la fiesta de las fiestas era la Pascua: en la resurrección, Cristo había abatido las puertas de la muerte y, de este modo, había cambiado radicalmente el mundo: había creado para el hombre un lugar en Dios mismo. Pues bien, Francisco no ha cambiado, no ha querido cambiar esta jerarquía objetiva de las fiestas, la estructura interna de la fe con su centro en el misterio pascual. Sin embargo, por él y por su manera de creer, ha sucedido algo nuevo: Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva. Este ser hombre por parte de Dios se le hizo del todo evidente en el momento en que el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La resurrección presupone la encarnación. El Hijo de Dios como niño, como un verdadero hijo de hombre, es lo que conmovió profundamente el corazón del Santo de Asís, transformando la fe en amor. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: esta frase de san Pablo adquiría así una hondura del todo nueva. En el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo. De este modo, el año litúrgico ha recibido un segundo centro en una fiesta que es, ante todo, una fiesta del corazón.

Todo eso no tiene nada de sensiblería. Precisamente en la nueva experiencia de la realidad de la humanidad de Jesús se revela el gran misterio de la fe. Francisco amaba a Jesús, al niño, porque en este ser niño se le hizo clara la humildad de Dios. Dios se ha hecho pobre. Su Hijo ha nacido en la pobreza del establo. En el niño Jesús, Dios se ha hecho dependiente, necesitado del amor de personas humanas, a las que ahora puede pedir su amor, nuestro amor. La Navidad se ha convertido hoy en una fiesta de los comercios, cuyas luces destellantes esconden el misterio de la humildad de Dios, que nos invita a la humildad y a la sencillez. Roguemos al Señor que nos ayude a atravesar con la mirada las fachadas deslumbrantes de este tiempo hasta encontrar detrás de ellas al niño en el establo de Belén, para descubrir así la verdadera alegría y la verdadera luz.

Francisco hacía celebrar la santa Eucaristía sobre el pesebre que estaba entre el buey y la mula (cf. 1 Celano, 85: Fonti, 469). Posteriormente, sobre este pesebre se construyó un altar para que, allí dónde un tiempo los animales comían paja, los hombres pudieran ahora recibir, para la salvación del alma y del cuerpo, la carne del Cordero inmaculado, Jesucristo, como relata Celano (cf. 1 Celano, 87: Fonti, 471). En la Noche santa de Greccio, Francisco cantaba personalmente en cuanto diácono con voz sonora el Evangelio de Navidad. Gracias a los espléndidos cantos navideños de los frailes, la celebración parecía toda una explosión de alegría (cf. 1 Celano, 85 y 86: Fonti, 469 y 470). Precisamente el encuentro con la humildad de Dios se transformaba en alegría: su bondad crea la verdadera fiesta.

Quien quiere entrar hoy en la iglesia de la Natividad de Jesús, en Belén, descubre que el portal, que un tiempo tenía cinco metros y medio de altura, y por el que los emperadores y los califas entraban al edificio, ha sido en gran parte tapiado. Ha quedado solamente una pequeña abertura de un metro y medio. La intención fue probablemente proteger mejor la iglesia contra eventuales asaltos pero, sobre todo, evitar que se entrara a caballo en la casa de Dios. Quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse. Me parece que en eso se manifiesta una cercanía más profunda, de la cual queremos dejarnos conmover en esta Noche santa: si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón «ilustrada». Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios. Hemos de seguir el camino interior de san Francisco: el camino hacia esa extrema sencillez exterior e interior que hace al corazón capaz de ver. Debemos bajarnos, ir espiritualmente a pie, por decirlo así, para poder entrar por el portal de la fe y encontrar a Dios, que es diferente de nuestros prejuicios y nuestras opiniones: el Dios que se oculta en la humildad de un niño recién nacido. Celebremos así la liturgia de esta Noche santa y renunciemos a la obsesión por lo que es material, mensurable y tangible. Dejemos que nos haga sencillos ese Dios que se manifiesta al corazón que se ha hecho sencillo. Y pidamos también en esta hora ante todo por cuantos tienen que vivir la Navidad en la pobreza, en el dolor, en la condición de emigrantes, para que aparezca ante ellos un rayo de la bondad de Dios; para que les llegue a ellos y a nosotros esa bondad que Dios, con el nacimiento de su Hijo en el establo, ha querido traer al mundo. Amén.


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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20111224_christmas_sp.html

© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana


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Discurso del Papa por Navidad


DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA CURIA ROMANA CON MOTIVO
DE LAS FELICITACIONES DE NAVIDAD

Sala Clementina
Jueves 22 de diciembre de 2011

[Vídeo]

Señores Cardenales,
Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado,
queridos hermanos y hermanas

Vivimos hoy en un momento especialmente intenso. La santa Navidad está ya muy cerca y lleva a la gran familia de la Curia romana a reunirse para este hermoso intercambio de felicitaciones, que conllevan el deseo recíproco de vivir con alegría y auténtico fruto espiritual la fiesta de Dios que se hizo carne y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14). Esta es para mí una ocasión no sólo para expresar mi felicitación personal, sino también para manifestar a cada uno de vosotros mi agradecimiento y el de la Iglesia por vuestro generoso servicio; os ruego que lo transmitáis también a todos los colaboradores de nuestra gran familia. Doy las gracias de modo particular al Cardenal Decano, Angelo Sodano, que se ha hecho portavoz de los sentimientos de todos los presentes y de los que trabajan en las diferentes oficinas de la Curia, del Governatorato, incluidos los que desempeñan su ministerio en las Representaciones Pontificias repartidas por todo el mundo. Todos estamos comprometidos en que el anuncio que los ángeles proclamaron en la noche de Belén, «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14), resuene en toda la tierra para llevar gozo y esperanza.

En este final del año, Europa se encuentra en una crisis económica y financiera que, en última instancia, se funda sobre la crisis ética que amenaza al Viejo Continente. Aunque no están en discusión algunos valores como la solidaridad, el compromiso por los demás, la responsabilidad por los pobres y los que sufren, falta con frecuencia, sin embargo, la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y a los grupos sociales a renuncias y sacrificios. El conocimiento y la voluntad no siguen siempre la misma pauta. La voluntad que defiende el interés personal oscurece el conocimiento, y el conocimiento debilitado no es capaz de fortalecer la voluntad. Por eso, de esta crisis surgen preguntas muy fundamentales: ¿Dónde está la luz que pueda iluminar nuestro conocimiento, no sólo con ideas generales, sino con imperativos concretos? ¿Dónde está la fuerza que lleva hacia lo alto nuestra voluntad? Estas son preguntas a las que debe responder nuestro anuncio del Evangelio, la nueva evangelización, para que el mensaje llegue a ser acontecimiento, el anuncio se convierta en vida.

En efecto, el gran tema de este año, como también de los siguientes, es cómo anunciar el Evangelio. ¿De qué manera la fe, en cuanto fuerza viva y vital, puede llegar a ser hoy realidad? Todos los acontecimientos eclesiales del año que está por concluir han estado relacionados en definitiva con este tema. Se han realizado viajes a Croacia, a España, para la Jornada Mundial de la Juventud, a mi Patria, Alemania, y finalmente a África, Benín, para la entrega del Documento postsinodal sobre justicia, paz y reconciliación; un documento del que ha de nacer una realidad concreta en las diversas Iglesias particulares. Han sido inolvidables también los viajes a Venecia, a San Marino, a Ancona, para el Congreso eucarístico, y a Calabria. Y ha tenido lugar, en fin, la importante jornada del encuentro entre las religiones y entre las personas en búsqueda de verdad y de paz en Asís; una jornada concebida como un nuevo impulso en la peregrinación hacia la verdad y la paz. La institución del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización nos remite anticipadamente al Sínodo que sobre el mismo tema tendrá lugar en el próximo año. También tiene que ver con ello el Año de la Fe, en recuerdo del comienzo del Concilio, hace cincuenta años. Cada uno de estos acontecimientos ha tenido su propio matiz. En Alemania, el país de origen de la Reforma, la cuestión ecuménica, con todas sus dificultades y esperanzas, ha tenido naturalmente una importancia particular. Indisolublemente unida a esto, hay siempre en el centro de las discusiones una pregunta: ¿Qué es una reforma de la Iglesia? ¿Cómo sucede? ¿Cuáles son sus caminos y sus objetivos? No sólo los fieles creyentes, sino también otros ajenos, observan con preocupación cómo los que van regularmente a la iglesia son cada vez más ancianos y su número disminuye continuamente; cómo hay un estancamiento de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el escepticismo y la incredulidad. ¿Qué debemos hacer entonces? Hay una infinidad de discusiones sobre lo que se debe hacer para invertir la tendencia. Y, ciertamente, es necesario hacer muchas cosas. Pero el hacer, por sí solo, no resuelve el problema. El núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces.

En este sentido, el encuentro en África con la gozosa pasión por la fe ha sido de gran aliento. Allí no se percibía ninguna señal del cansancio de la fe, tan difundido entre nosotros, ningún tedio de ser cristianos, como se percibe cada vez más en nosotros. Con tantos problemas, sufrimientos y penas como hay ciertamente en África, siempre se experimentaba sin embargo la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar. Encontrar esta fe dispuesta al sacrificio, y precisamente alegre en ello, es una gran medicina contra el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa.

La magnífica experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, ha sido también una medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida. Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano, que quisiera intentar caracterizar en cinco puntos.

1. Primero, hay una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia. Esto es lo que ha impresionado de inmediato a los jóvenes y a todos los presentes: venimos de todos los continentes y, aunque nunca nos hemos visto antes, nos conocemos. Hablamos lenguas diversas y tenemos diferentes hábitos de vida, diferentes formas culturales y, sin embargo, nos encontramos de inmediato unidos, juntos como una gran familia. Se relativiza la separación y la diversidad exterior. Todos quedamos tocados por el único Señor Jesucristo, en el cual se nos ha manifestado el verdadero ser del hombre y, a la vez, el rostro mismo de Dios. Nuestras oraciones son las mismas. En virtud del encuentro interior con Jesucristo, hemos recibido en nuestro interior la misma formación de la razón, de la voluntad y del corazón. Y, en fin, la liturgia común constituye una especie de patria del corazón y nos une en una gran familia. El hecho de que todos los seres humanos sean hermanos y hermanas no es sólo una idea, sino que aquí se convierte en una experiencia real y común que produce alegría. Y, así, hemos comprendido también de manera muy concreta que, no obstante todas las fatigas y la oscuridad, es hermoso pertenecer a la Iglesia universal, a la Iglesia católica, que el Señor nos ha dado.

2. De aquí nace después un modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser cristianos. Una de las experiencias más importantes de aquellos días ha sido para mí el encuentro con los voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud: eran alrededor de 20.000 jóvenes que, sin excepción, habían puesto a disposición semanas o meses de su vida para colaborar en los preparativos técnicos, organizativos y de contenido de la JMJ, y precisamente así habían hecho posible el desarrollo ordenado de todo el conjunto. Al dar su tiempo, el hombre da siempre una parte de la propia vida. Al final, estos jóvenes estaban visible y «tangiblemente» llenos de una gran sensación de felicidad: su tiempo que habían entregado tenía un sentido; precisamente en el dar su tiempo y su fuerza laboral habían encontrado el tiempo, la vida. Y entonces, algo fundamental se me ha hecho evidente: estos jóvenes habían ofrecido en la fe un trozo de vida, no porque había sido mandado o porque con ello se ganaba el cielo; ni siquiera porque así se evita el peligro del infierno. No lo habían hecho porque querían ser perfectos. No miraban atrás, a sí mismos. Me vino a la mente la imagen de la mujer de Lot que, mirando hacia atrás, se convirtió en una estatua de sal. Cuántas veces la vida de los cristianos se caracteriza por mirar sobre todo a sí mismos; hacen el bien, por decirlo así, para sí mismos. Y qué grande es la tentación de todos los hombres de preocuparse sobre todo de sí mismos, de mirar hacia atrás a sí mismos, convirtiéndose así interiormente en algo vacío, «estatuas de sal». Aquí, en cambio, no se trataba de perfeccionarse a sí mismos o de querer tener la propia vida para sí mismos. Estos jóvenes han hecho el bien –aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya supuesto sacrificios– simplemente porque hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás. Sólo se necesita atreverse a dar el salto. Todo eso ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio «yo». Una oración atribuida a san Francisco Javier dice: «Hago el bien no porque a cambio entraré en el cielo y ni siquiera porque, de lo contrario, me podrías enviar al infierno. Lo hago porque Tú eres Tú, mi Rey y mi Señor». También en África encontré esta misma actitud, por ejemplo en las religiosas de Madre Teresa que cuidan de los niños abandonados, enfermos, pobres y que sufren, sin preguntarse por sí mismas y, precisamente así, se hacen interiormente ricas y libres. Esta es la actitud propiamente cristiana. También ha sido inolvidable para mí el encuentro con los jóvenes discapacitados en la fundación San José, de Madrid, encontré de nuevo la misma generosidad de ponerse a disposición de los demás; una generosidad en el darse que, en definitiva, nace del encuentro con Cristo que se ha entregado a sí mismo por nosotros.

3. Un tercer elemento, que de manera cada vez más natural y central forma parte de las Jornadas Mundiales de la Juventud, y de la espiritualidad que proviene de ellas, es la adoración. Fue inolvidable para mí, durante mi viaje en el Reino Unido, el momento en Hydepark, en que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió, de modo más reducido, en Zagreb, y de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos. Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío». La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y recibir rectamente el Cuerpo del Señor.

4. Otro elemento importante de las Jornadas Mundiales de la Juventud es la presencia del Sacramento de la Penitencia que, de modo cada vez más natural, forma parte del conjunto. Con eso reconocemos que tenemos continuamente necesidad de perdón y que perdón significa responsabilidad. Existe en el hombre, proveniente del Creador, la disponibilidad a amar y la capacidad de responder a Dios en la fe. Pero, proveniente de la historia pecaminosa del hombre (la doctrina de la Iglesia habla del pecado original), existe también la tendencia contraria al amor: la tendencia al egoísmo, al encerrarse en sí mismo, más aún, al mal. Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo. Por eso necesitamos la humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del Creador, que nos atrae hacia lo alto.

5. Finalmente, como última característica que no hay que descuidar en la espiritualidad de las Jornadas Mundiales de la Juventud, quisiera mencionar la alegría. ¿De dónde viene? ¿Cómo se explica? Seguramente hay muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado. Tengo un cometido en la historia. Soy aceptado, soy querido. Josef Pieper, en su libro sobre el amor, ha mostrado que el hombre puede aceptarse a sí mismo sólo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro que le diga, y no sólo de palabra: «Es bueno que tú existas». Sólo a partir de un «tú», el «yo» puede encontrarse a sí mismo. Sólo si es aceptado, el «yo» puede aceptarse a sí mismo. Quien no es amado ni siquiera puede amarse a sí mismo. Este ser acogido proviene sobre todo de otra persona. Pero toda acogida humana es frágil. A fin de cuentas, tenemos necesidad de una acogida incondicionada. Sólo si Dios me acoge, y estoy seguro de ello, sabré definitivamente: «Es bueno que yo exista». Es bueno ser una persona humana. Allí donde falta la percepción del hombre de ser acogido por parte de Dios, de ser amado por él, la pregunta sobre si es verdaderamente bueno existir como persona humana, ya no encuentra respuesta alguna. La duda acerca de la existencia humana se hace cada vez más insuperable. Cuando llega a ser dominante la duda sobre Dios, surge inevitablemente la duda sobre el mismo ser hombres. Hoy vemos cómo esta duda se difunde. Lo vemos en la falta de alegría, en la tristeza interior que se puede leer en tantos rostros humanos. Sólo la fe me da la certeza: «Es bueno que yo exista». Es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro. Ésta es una de las experiencias maravillosas de las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Nos llevaría muy lejos hablar ahora también del encuentro de Asís de manera detallada, como merecería la importancia del acontecimiento. Agradezcamos sencillamente a Dios porque nosotros –representantes de las religiones del mundo y también representantes del pensamiento en búsqueda de la verdad – pudimos encontrarnos aquel día en un clima de amistad y de respeto recíproco, en el amor por la verdad y en la responsabilidad común por la paz. Podemos esperar que de este encuentro haya nacido una nueva disponibilidad para servir la paz, la reconciliación y la justicia.

Por último, quisiera agradecer de corazón a todos vosotros por el apoyo para llevar adelante la misión que el Señor nos ha confiado como testigos de su verdad, y os deseo a todos la alegría que Dios, en la encarnación de su Hijo, nos ha querido dar. Feliz Navidad a todos vosotros. Gracias.


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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2011/december/documents/hf_ben-xvi_spe_20111222_auguri-curia_sp.html

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Palabras del Papa por Navidad en Audiencia de los miércoles


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 21 de diciembre de 2011

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

En la sociedad actual, donde por desgracia las fiestas que se avecinan están perdiendo progresivamente su valor religioso, es importante que los signos externos de estos días no nos alejen del significado genuino del misterio que celebramos. A saber: el Verbo de Dios se ha hecho carne y ha puesto su morada entre nosotros. Vivamos, por tanto, con gozo este hecho maravilloso. El Eterno ha entrado en los límites del espacio y el tiempo para hacer posible que hoy nos encontremos con Él. Dios está cerca de cada uno de nosotros y desea que lo descubramos, para que con su luz se disipen las tinieblas que encubren nuestra vida y la humanidad. Vivamos asimismo la Navidad contemplando con fervor el camino del inmenso amor de Dios, que nos atrae hacia Sí a través de la encarnación, pasión, muerte y resurrección de su Hijo. Sobre todo, vivamos este misterio en la Eucaristía, verdadero eje de la Navidad. En ella se hace realmente presente Jesús, Pan bajado del cielo y Cordero sacrificado por nuestra salvación.


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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20111221_sp.html


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El misterio de la Navidad

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 2, 1-14


Al fin llegó la Navidad; al mundo le ha cambiado el rostro, porque Jesús habita en él. Feliz Navidad


Hoy volvemos a celebrar este misterio de la Navidad, en que se manifiesta en su esplendor el amoroso mensaje que Dios tiene para nosotros. Esa escena de Jesús recién nacido, con la Virgen y San José a sus costados, es la presentación increíble de la salvación que Dios empieza a realizar. En este momento se han echado a andar ya los planes de Dios, y no tienen vuelta atrás, ni pausa. Todo se va a ir desencadenando como un torrente de maravillas, de bondad, de luz. Y es que parecería que Dios estaba impaciente por echar a andar “la segunda creación”. Y ahora que ya ha llegado la plenitud de los tiempos, en que esa hoja del calendario, esperada por todos los siglos precedentes, finalmente ha aparecido, Dios ha empezado a manifestar la alegría que hay en los cielos, y nos ha enviado a un coro de ángeles a que nos digan: “Gloria a Dios en los cielos y Paz en la tierra a los hombres que Dios ama”. Es el anuncio de Dios a nosotros: que estemos alegres, porque El nos ama, y su señal de amor es este Niño pequeño que es el Salvador.

Ahora desde este primer momento aparece el nuevo estilo de Dios, si es que se puede hablar así; porque en realidad Dios es siempre el mismo. Pero es evidente también que esta manifestación de Dios en un pesebre, recién nacido y necesitado de que lo cuiden, es algo completamente nuevo.

Al mirarlo ahí con los ojitos cerrados, con sus brazos buscando cariño, el asombro de Dios nos llena el corazón de emoción, de lágrimas, de risas. No sabemos lo que nos pasa, de tanta alegría que tenemos, al ver a Jesús recién nacido para nuestra salvación. Y miramos a nuestro alrededor y vemos una cueva completamente desnuda, abandonada; ha estado abandonada, el suelo está sucio: Jesús ha venido a nuestra tierra y ha escogido este rincón. Al fondo respiran fuertemente dos animales que dan un poco de calor a esa cueva tan fría, en la que brilla la luz de Dios y arde la hoguera de su amor.

¿Qué es esto? Hay que preguntárselo. Dios se ha manifestado, pero realmente en forma incomprensible. No es sólo una escena idílica y tierna, que lo es. Es principalmente un mensaje y un mensaje dirigido a nosotros. Y ojalá fuéramos capaces de leer este mensaje y asimilarlo. Es el principio de la historia de Dios en el mundo hecho hombre. Y es en síntesis su presentación. Dios, hecho hombre, el Hijo del Hombre, va a ser así, en los años en que como hombre viva entre nosotros. Esa es la forma que Dios tiene de hablarnos a nosotros.

¿Y qué dice ese mensaje? Hay que pensarlo mucho tiempo, y hay que dejar que desde el silencio de la contemplación de la escena, nos surja en el corazón la respuesta. Este mensaje nos dice, que “tanto ha amado Dios al mundo y a cada uno de nosotros, que nos ha dado a su Hijo”. Este mensaje nos dice por tanto que el amor de Dios es invencible, y que no depende de nosotros, que El toma la iniciativa.

Este mensaje nos dice que nuestros valores están desorientados: que la importancia está en ser inocente y puro como un niño; que todas las riquezas se concentran en la pureza de corazón, en la humildad y en la bondad, y que todo lo demás es completamente superficial. Este mensaje pone al descubierto nuestra desorientación al buscar la felicidad fuera del portal de Belén: hay que buscarla en el gozo del Niño que se nos ha dado, en Jesús, y al que cantan sin cansarse los ángeles, y los hombres debemos acompañar también ese canto sin cansarnos.

Ese mensaje nos dice que Dios está con nosotros, que se ha hecho uno de nosotros y que quiere nacer también dentro de nosotros.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Jesús quiere volver otra vez


Nos han dicho que quieres volver a nacer otra vez. Mira que eres loco ¿eh?
¿Pero no ves lo que somos y lo que estamos haciendo? Y sin embargo, Tú quieres venir.

Creo que con tu gesto testarudo de volver cada Navidad, estás pretendiendo decirnos algo:

Que el cielo está siempre abierto, que hay estrellas para guiar nuestros pasos, que hay ángeles humanos a nuestro lado, que podemos hacernos tiernos como niños, que el mundo puede ser nuevo y que Dios es Padre y Madre en nuestro desconcierto.
Que nadamos en abundancia mientras hay personas, hermanos nuestros y tuyos, que sufren hambre de pan, de cultura, de cariño, de libertad, de dignidad.
Que tenemos un mensaje que se llama Evangelio, que todavía no es Buena Noticia para todos.
Que nos preocupamos mucho por nosotros y nos justificamos dando limosna.

Si a pesar de esto quieres volver a venir Jesús, entonces ven, ven pronto, ven siempre, ven a nuestras casas esta Navidad, ven a nuestra ciudad, ven a nuestro grupo, ven a nuestro mundo.
Y ven, antes que nada, a nuestro corazón.




Ulibarri, Fl.




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¿Jesús nació en Belén o en Nazaret?

Vicente Balaguer



San Mateo dice de manera explícita que Jesús nació en «Belén de Judá en tiempos del rey Herodes» (Mt 2,1; cfr 2,5.6.8.16) y lo mismo San Lucas (Lc 2,4.15). El cuarto evangelio lo menciona de una manera indirecta. Se produjo una discusión a propósito de la identidad de Jesús y “unos decían: Éste es verdaderamente el profeta. Otros: Éste es el Cristo. En cambio, otros replicaban: ¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén, la aldea de donde era David?” (Jn 7,40-42). El cuarto evangelista se sirve aquí de una ironía: él y el lector cristiano saben que Jesús es el Mesías y que nació en Belén. Algunos oponentes a Jesús quieren demostrar que no es el Mesías diciendo que, de serlo, hubiera nacido en Belén y en cambio ellos saben (creen saber) que nació en Nazaret. El procedimiento es habitual en el cuarto evangelio (Jn 3,12; 6,42; 9,40-1). Por ejemplo, pregunta la mujer samaritana: “¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob?” (Jn 4,12). Los oyentes de Juan saben que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, superior a Jacob, de modo que la pregunta de la mujer era en una afirmación de esa superioridad. Por tanto, el evangelista prueba que Jesús es el Mesías incluso con las afirmaciones de sus oponentes.

Éste ha sido el consenso común entre creyentes e investigadores durante más de 1900 años. Sien embargo, en el siglo pasado, algunos investigadores afirmaron que Jesús es tenido en todo el Nuevo Testamento por “el nazareno” (el que es, o el que proviene, de Nazaret) y que la mención de Belén como lugar de nacimiento obedece a una invención de los dos primeros evangelistas que revisten a Jesús con una de las características que en aquel momento se atribuían al futuro mesías: ser descendiente de David y nacer en Belén. Lo cierto es que una argumentación como ésta no prueba nada. En el siglo I, se decían bastantes cosas del futuro mesías que no se cumplen en Jesús y, por lo que sabemos —a pesar de lo que pueda parecer (Mt 2,5; Jn 7,42)—, no parece que la del nacimiento en Belén fuera una de las que se invocaran más a menudo como prueba. Hay que pensar más bien en la dirección contraria: porque Jesús, que era de Nazaret (es decir que estaba criado allí), había nacido en Belén es por lo que los evangelistas descubren en los textos del Antiguo Testamento que se cumple en él esa cualidad mesiánica. Todos los testimonios de la tradición avalan además los datos evangélicos. San Justino, nacido en Palestina hacia el año 100 d.C., menciona unos cincuenta años más tarde que Jesús nació en una cueva cerca de Belén (Diálogo 78). Orígenes también da testimonio de ello (Contra Celso I, 51). Los evangelios apócrifos atestiguan lo mismo (Pseudo-Mateo, 13; Protevangelio de Santiago, 17ss.; Evangelio de la infancia, 2-4).

En resumen, el parecer común a los estudiosos de hoy en día es que no hay argumentos fuertes para ir contra lo que afirman los evangelios y se ha recibido en toda la tradición: Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes.

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Bibliografía: A. Puig, Jesús. Una biografía, Destino, Barcelona 2005; J. González Echegaray,Arqueología y evangelios, Verbo Divino, Estella 1994; S. Muñoz Iglesias, Los evangelios de la infancia, BAC, Madrid, 1990.

Fotografía: Gruta donde nació Jesús, Iglesia de la Natividad, Belén.
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Tomado de: http://www.opusdei.es/art.php?p=15301

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¿Dónde y cómo nació Jesús?


Juan Chapa


De los evangelistas, Mateo y Lucas nos dicen que Jesús nació en Belén (ver la pregunta: ¿Jesús nació en Belén o en Nazaret?). Mateo no precisa el lugar, pero Lucas señala que María, después de dar a luz a su hijo, “lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento” (Lc 2,7). El “pesebre” indica que en el sitio donde nació Jesús se guardaba el ganado. Lucas señala también que el niño en el pesebre será la señal para los pastores de que allí ha nacido el Salvador (Lc 2,12.16). La palabra griega que emplea para “aposento” es katályma. Designa la habitación espaciosa de las casas, que podía servir de salón o cuarto de huéspedes. En el Nuevo Testamento se utiliza otras dos veces (Lc 22,11 y Mc 14,14) para indicar la sala donde Jesús celebró la última cena con sus discípulos. Posiblemente, el evangelista quiera señalar con sus palabras que el lugar no permitía preservar la intimidad del acontecimiento. Justino (Diálogo con Trifón 78) afirma que nació en una cueva y Orígenes (Contra Celso 1,51) y los evangelios apócrifos refieren lo mismo (Protoevangelio de Santiago 20; Evangelio árabe de la infancia 2; Pseudo-Mateo 13).

La tradición de la Iglesia ha trasmitido desde muy pronto el carácter sobrenatural del nacimiento de Jesús. San Ignacio de Antioquia, hacía el año 100, lo afirma al decir que “al príncipe de este mundo se le ocultó la virginidad de María, y su parto, así como también la muerte del Señor. Tres misterios portentosos obrados en el silencio de Dios” (Ad Ephesios 19,1). A finales del siglo II, San Ireneo señala que el parto fue sin dolor (Demonstratio Evangelica 54) y Clemente de Alejandría, en dependencia ya de los apócrifos, afirma que el nacimiento de Jesús fue virginal (Stromata 7,16). En un texto del siglo IV atribuido a San Gregorio Taumaturgo se dice claramente: “al nacer (Cristo) conservó el seno y la virginidad inmaculados, para que la inaudita naturaleza de este parto fuese para nosotros el signo de un gran misterio” (Pitra, “Analecta Sacra”, IV, 391). Los evangelios apócrifos más antiguos, a pesar de su carácter extravagante, preservan tradiciones populares que coinciden con los testimonios arriba señalados. La Odas de Salomón (Oda 19), la Ascensión de Isaías (cap. 14), el Protoevangelio de Santiago (cap. 20-21) y el Pseudo-Mateo (cap. 13) refieren cómo el nacimiento de Jesús estuvo revestido de un carácter milagroso.Todos estos testimonios reflejan una tradición de fe que ha sido sancionada por la enseñanza de la Iglesia y que afirma que María fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto: “La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo ‘lejos de disminuir consagró la integridad virginal’ de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la ‘Aeiparthenos’, la ‘siempre-virgen’ (cf. LG 52)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 499).


Bibliografía:

Catecismo de la Iglesia Católica; J. González Echegaray,Arqueología y evangelios, Verbo Divino, Estella 1994; S. Muñoz Iglesias, Los evangelios de la infancia, BAC, Madrid, 1990; F. Varo, Rabí Jesús de Nazaret, BAC, Madrid 2005.

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Tomado de:
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La Anunciación del Ángel a María


P. Adolfo Franco, S.J.

Lc 1, 26-38

Ahora no es Juan Bautista sino la Virgen misma la que nos sirve de precursora de la llegada de Jesús; y nos lo dice porque ella ya lo tiene en su seno.



El Adviento se nos termina: ya está para llegar la Promesa que han esperado los hombres en tantas generaciones. El párrafo del evangelio de hoy es la primera página de los Nuevos Tiempos. Tres son los personajes que componen esta escena delicada y llena de una fuerza incontenible.

El primer personaje es el Arcángel Gabriel. Se presenta trayendo palabras nuevas, dirigidas a una persona excepcional (su nombre era María). Pero al dirigírselas a ella que es el prototipo de la humanidad nueva que la salvación va a establecer, también son dirigidas a todos nosotros. ALEGRATE, es la primera palabra que dice el Arcángel en su mensaje. Es mucho más que un deseo, es también un programa de vida: ese debe ser nuestro vivir, una alegría que tiene sus raíces en la Salvación que se nos va a dar. Y añade: LLENA DE GRACIA. En este calificativo de María, ha descubierto la riqueza de privilegios de esta mujer excepcional. Pero también el mensaje se derrama hacia nosotros: Dios nos va a invadir de plenitud, El quiere que también nos llenemos de su vida. El Ángel además insiste: NO TEMAS. Con esta venida del Señor se terminan los temores, porque el Enemigo va a ser derrotado definitivamente, y si no hay peligro ni enemigo, no tiene por qué haber temor.

El segundo personaje de la escena es María. Es una personalidad de una grandeza sin límites ni dimensiones: es siempre más que lo se puede pensar. Es la PUERTA de Dios: El va a entrar en el mundo para hacerse hombre, y va a entrar por esa PUERTA; en Ella se hace el misterio del Dios-Hombre; y por Ella, como por arco triunfal va a entrar el Esperado de las naciones. Es además, como decía el Ángel la LLENA DE GRACIA. Aquí culmina al fin la batalla que se empezó en el primer Paraíso: Ella es llena de gracia, porque es el símbolo del triunfo total sobre la antigua serpiente ("Pongo enemistad entre ti y la serpiente, entre tu descendencia y la suya" Gen. 3, 15). María es la Virgen que es a la vez Madre: Dios se hace hombre, no por simple voluntad de hombres, sino por puro don de Dios. Comienza en María una nueva relación de Dios con nosotros: relación de gratuidad total de sus dones, y la superación de todos los cálculos, y de lo simplemente racional. La Encarnación nunca será la simple consecuencia de un deseo humano. El ESPIRITU SANTO estará sobre ti: y desde este momento, ese Espíritu será la gran riqueza que Dios comunica a todos sus hijos; el Espíritu nos enseñará todo, podremos decir a Dios PADRE, porque el Espíritu nos lo hace decir, y seremos bautizados por Jesús en Espíritu Santo. Esta Mujer así bendecida por Dios, es simplemente la ESCLAVA DEL SEÑOR, la que cumple su PALABRA.

Y el Personaje Central: el Verbo hecho carne. De El hace el ángel una sintética descripción, una especie de identikit: es HIJO DE MUJER, Hijo de María, es JESUS, es GRANDE, HIJO DEL ALTISIMO, tendrá el TRONO DE DAVID su padre, y su Reino NO TENDRA FIN. Es una lección de la más maravillosa Cristología. Su realidad humana queda totalmente fuera de dudas: hijo de mujer; así que es un hombre realmente. Pero además es Grande e Hijo del Altísimo: tan grande como la Infinitud de Dios, y Dios, como su propio Padre. Es toda una persona que simultáneamente se iguala a Dios, porque lo es, y se iguala al hombre porque también lo es. En El se junta el cielo con la tierra: el hombre puede escalar las más elevadas alturas, porque El conecta el cielo con la tierra. Y se llama JESUS, que significa salvación: El dirá que no ha venido a juzgar, sino que toda su vocación desde su entraña, es salvar. Y se completa esta descripción densa y apretada que hace el Ángel con la afirmación del TRONO: el de David, porque viene a ser el Conductor del pueblo depositario de las Promesas; pero se añade, que su REINO no tendrá fin: ni límite temporal, ni límite geográfico, y por eso mandará a sus discípulos (cuando llegue el momento), como mensajeros a TODOS LOS PUEBLOS.

La Anunciación es realmente la aurora de este nuevo esplendoroso día. El Adviento se nos acaba, amanece la Navidad.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Homilía - Hágase en mí según tu palabra - Domingo 4º de Adviento (B)



P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J. 

Lecturas: 2Sm 7,1-5.8-11.16; S. 88; Rom 16,25-27; Lc 1,26-38

Los textos de la escritura dan hoy los últimos toques a la preparación para la Navidad. El primero narra la gran promesa a David de que un descendiente suyo regiría por siempre a Israel; de esa esperanza vivía el pueblo judío. En la segunda se canta el designio de Dios, anterior a la creación del mundo, de que el Hijo se hiciese hombre para salvar a todos los hombres. El evangelio nos narra el comienzo de esa historia con el anuncio a María y su aceptación por ella, cuando “el Verbo se hizo carne y comenzó a habitar entre nosotros, los hombres” (v. Jn 1,14). En vísperas de la llegada de Jesús, María es signo y modelo de la espera de la Iglesia.

Cuando se cumplió el tiempo de enviar su Hijo al mundo, Dios mandó a Gabriel a la virgen María. Era la elegida para ser la madre. El saludo muestra por qué: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres”. El motivo único, que las palabras del ángel indican, motivo de la elección de Dios es que su plenitud de la gracia. Cada persona es amada por Dios incondicionalmente por sí misma y con amor personal; tiene para ella una misión y prevé la gracia más que abundante para que la cumpla. Creada para ser la Madre de su Hijo, cuando llegase el momento de hacerse hombre, María fue dotada de una gracia incomparable desde su concepción, desde el primer momento de su existencia. En ese momento se cumplió lo prometido cuando Dios castigó a la serpiente, al Demonio, en el Paraíso: “Pondré enemistad absoluta, radical y total (este sentido tiene la expresión bíblica) entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya” (Gen 3,15). La Iglesia ha llegado a ver en esta promesa la gracia de la concepción inmaculada de María. Llena de gracia desde el primer momento y fiel a ella, era para Dios lo único valioso para ser su Madre y así lo resalta el ángel: “llena de gracia”, convertida en gracia, y “bendita entre las mujeres”, pues no hay otra mujer tan beneficiada de la gracia como ella.

La plenitud en la gracia fue en María el único motivo para que Dios se fijase en ella para ser su Madre. La primera disposición para recibir a Jesús es abrirnos a la gracia; todo contacto con Dios, todo acto de fe, de esperanza y caridad que nos une con Dios es fruto de la gracia. Llenémonos de gracia para recibir a Jesús en la Navidad. Una buena confesión purificadora, un arrepentimiento especial de defectos y pecados más comunes, de los que hieren más a Dios y al prójimo, de la deficiencia en las virtudes más urgentes, como la oración, la caridad, la humildad…

Pero el relato revela también otras verdades: que la concepción de Jesús fue virginal y que el hijo de María sería el Mesías prometido y esperado por los judíos y además el Hijo de Dios, que se hacía hombre.

De María dice el texto que hasta aquel momento había permanecido virgen: “el ángel Gabriel fue enviado a una virgen…la virgen se llamaba María”. María se turba porque no entiende qué quiere decir el saludo del ángel. El ángel la quiere tranquilizar anunciándole que va a ser madre del Mesías, el descendiente de David prometido en la profecía que hemos escuchado en la primera lectura. Le deberá poner el nombre de Jesús, es decir Jahvé salva; será grande; será Hijo del Altísimo y reinará por siempre sobre el pueblo de Israel. Todos estos datos son rasgos claros de que ese niño es el Mesías prometido, el salvador.

Sin embargo María no acepta (toda gracia de Dios por grande que sea debe ser aceptada libremente por la criatura) y responde: ¿Cómo puede ser si no conozco varón? La expresión “no conocer varón” aquí sólo puede tener el sentido de abstención del uso de la sexualidad. La pregunta de María y lo que responderá el ángel muestran que María tenía el propósito firme contraído ante Dios de mantener su virginidad. Entenderlo de otra manera, como había sido el caso de Sara, la esposa de Abrahán, de Ana, la madre de Samuel, y de otras mujeres, no hubiera provocado tal pregunta; sería una buena noticia para una mujer israelita, pero carecía de dificultad por “no haber conocido varón” hasta ese momento si estaba en el propósito de hacerlo después.

La respuesta de Gabriel asegura unas garantías y una forma de concebir al hijo más que extraordinarias: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Es doble afirmación de la intervención divina en la concepción de aquel niño. Y añade: “por eso (es decir, como resultado de esa acción de Dios) el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios”. Recuerden que para el israelita el nombre designa el ser: “se llamará Hijo de Dios” es lo mismo que “será Hijo de Dios”.

Gabriel termina aduciendo como prueba la concepción de Isabel en su vejez y concluye con una sentencia que para el creyente no admite respuesta: “Para Dios no hay nada imposible”. Ante esto María acepta, asumiendo plenamente su responsabilidad: “He aquí la esclava del Señor”. Lo hará hasta la cruz.

“Hágase en mí según tu palabra”. Y “la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). Vino la salvación al mundo por María: ahora viene a cada uno de nosotros también por María. De manos de María recibamos a Jesús. Hagamos nuestra su actitud: la palabra del Señor no volverá a Él vacía (Is 55,11). Llegará a nosotros la paz y para Dios será la gloria (Lc 2,14).

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Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog