Jubileo de las 40 Horas - Noviembre 2011


V. Sea por siempre bendito y alabado.
R. Mi Jesús Sacramentado.

Padre nuestro, Ave María y Gracia.




ACTO DE ADORACIÓN

Señor mío, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre: Te adoro realmente presente en el augusto Sacramento del Altar. Mi Señor y mi Dios: En esta Hostia santa, confieso y de ninguna manera dudo, de la verdad de la presencia de tu Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad. Que todas las criaturas del cielo y de la tierra te alaben y te rindan infinitas acciones de gracias por el gran amor con que bajaste del cielo hasta nosotros, y por habernos dejado en prenda de ese amor tu mismo Cuerpo vivo e inmortal. Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros. Danos tu paz y alimenta nuestras almas con esa comida espiritual, para que, ni en la vida ni en la muerte, nos separemos jamás de Ti. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


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TURNOS DE ADORACIÓN - NOVIEMBRE 2011


1 - 2
Santa Rosa de Lima. Almte Guisse 2150, Lince.
María Madre de Dios. Av. La Paz 600, Miramar, San Miguel.

3 - 4 - 5
Ntra. Sra. del Sagrado Corazón. Arnaldo Márquez 1417, J. María.
Sagrado Corazón de Jesús. Benito Lazo 517, Magdalena.

6 - 7 - 8
Iglesia San José. (Misioneros Santos Apóstoles) Jr. Junín 891, Lima.

9 - 10 - 11
San José. República Dominicana 458, Jesús María.
Corazón de María. 1º de Julio 523, Magdalena del Mar.

12 - 13 - 14
Casa Ejercicios de Santa Rosa. Miró Quesada 448, Lima.

15 - 16 - 17
San Antonio de Padua. Av. San Felipe 571, Jesús María.
Virgen del Rosario. Plaza Huertos de Manchay.

18 - 19 - 20
Señor de la Misericordia. Urb. Los Pinos c/23 Av. Colonial, Lima.

21 - 22 - 23
Santa María Madre de la Iglesia. G. Escobedo c/8, Jesús María.
Jesús Reparador. Jr. Miró Quesada 706, Lima.

24 - 25 - 26
San Sebastián. Jr. Ica c/5 Lima.
María Madre del Pueblo de Dios. Av. San Cristóbal 207, Rímac.

27 - 28 -29
Monasterio de la Encarnación. Av. Brasil 1778, Pueblo Libre.

30
Monasterio de Trinitarias. Jr. Áncash 790, Lima.
Santa Liberata. Alameda de los Descalzos, Rímac.



Fuente: "Jubileo de las 40 Horas, Año 2011". Arzobispado de Lima.

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Para enterarnos más sobre el Jubileo, visitemos las anteriores publicaciones:









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Día de Todos los Santos




Solemnidad que se celebra el primero de noviembre. Fue instituida en honor a todos los santos, conocidos y desconocidos, y, según Urbano IV, para compensar cualquier deficiencia en la celebración de las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles.

En los primeros días los cristianos acostumbraban a solemnizar el aniversario de la muerte de un mártir por Cristo en el lugar del martirio. En el siglo IV, las diócesis vecinas comenzaron intercambiar fiestas, transferir las reliquias, repartirlas y unirse en una fiesta común, como se demuestra en la invitación de San Basilio de Caesarea (397) a los obispos de la provincia del Ponto. Frecuentemente  grupos de personas sufrían el martirio el mismo día, lo cual condujo naturalmente a una celebración común. En la persecución de Diocleciano el número de mártires llego a ser tan grande que no se le podía asignar un día separado a cada uno. Pero la Iglesia, sintiendo que cada mártir debía ser venerado, señaló un día en común para todos. La primera muestra de ello se remonta a Antioquía en el domingo antes de Pentecostés. También se menciona lo de un día en común en un sermón de San Efrén el Sirio (373), y en la 74ta. homilía de San Juan Crisóstomo (407).

Al principio solo los mártires y San Juan el Bautista eran honrados con un día especial. Gradualmente se fueron añadiendo otros santos, y el número aumentó cuando se estableció el proceso regular de canonización. Aun así, tan temprano como el año 411 había en el calendario cristiano caldeo una “Commemoratio Confessorum” para el viernes después de Pascua. En Occidente el Papa San Bonifacio IV, 13 de mayo de 609 ó 610, consagró el Panteón en Roma a la Santísima Virgen y a todos los mártires, y ordenó un aniversario. Gregorio III (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los santos y fijó el aniversario para el 1 de noviembre. Ya existía en Roma una basílica de los Apóstoles, y su dedicación se conmemoraba todos los años el día 1 de mayo. Gregorio IV (827-844) extendió la celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia. La vigilia parece que se celebraba tan temprano como la fiesta misma, y el Papa Sixto IV (1471-84) añadió la octava.





'''Fuente''': Mershman, Francis. "All Saints' Day." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907.
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Traducido por Esteban Philipps.
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Tomado de Aciprensa.
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Día de los Fieles Difuntos

La Iglesia celebra la conmemoración de todos los fieles difuntos el día 2 de noviembre, o, si éste cae en domingo o solemnidad, el 3 de noviembre. Todo el clero debe recitar el Oficio de Difuntos y todas las Misas son de Réquiem, excepto la de la fiesta corriente, donde es de obligación.

La base teológica de la fiesta es la doctrina de que las almas que al salir del cuerpo no están perfectamente limpias de pecados veniales o no han reparado totalmente las transgresiones del pasado, son privadas de la visión beatífica, y que los creyentes en la tierra pueden ayudarles con las oraciones, la limosna y sobre todo por el Sacrificio de la Misa.

En los primeros días del cristianismo se escribía en los dípticos los nombres de los hermanos que habían partido. Después, en el siglo VI, era costumbre en los monasterios benedictinos tener una conmemoración de los miembros difuntos en Pentecostés. En España, en tiempos de San Isidoro de Sevilla (m. 636), había un día semejante el sábado antes de sexagésima o antes de Pentecostés. En Alemania existió para el día 1 de octubre (según el testimonio de Widukindo, abad de Corvey, c. 980) una ceremonia consagrada a orar por los difuntos, la cual fue aceptada y bendecida por la Iglesia. San Odilón de Cluny (m. 1048) ordenó que en todos los monasterios de su congregación se celebrara anualmente la conmemoración de todos los fieles difuntos. De allí se extendió entre las otras congregaciones de los benedictinos y entre los cartujos.

De las diócesis, Lieja fue la primera en adoptarla, bajo el obispo Notger (m. 1008). Luego se halla en el martirologio de San Protadio de Besançon (1053-66). El obispo Otrico (1120-25) la introdujo en Milán para el 15 de octubre. En España, Portugal y América Latina es tradicional que los sacerdotes en este día celebren tres Misas. Una concesión similar para todo el mundo fue solicitada al Papa León XIII. No la concedió pero ordenó un Réquiem especial el domingo 30 de septiembre de 1888.

En el rito griego esta conmemoración se celebra en la víspera del domingo de sexagésima, o en la víspera de Pentecostés. Los armenios celebran la pascua de los difuntos el día después de Pascua.


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Fuente: Mershman, Francis. "All Souls' Day." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01315b.htm>.

Traducido por Quique Sancho. rc


La existencia del Purgatorio según las Sagradas Escrituras y la tradición

I

Unánime es la voz de la humanidad en admitir la existencia de un lugar donde las almas, abandonada esta vida sin estar plenamente reconciliadas con su Creador, deben ser retenidas antes de entrar en la posesión de la felicidad eterna. Ciertamente que este argumento es por sí de tan gran valor, que, aunque la Iglesia no hubiese proclamado la existencia del Purgatorio como dogma de fe, debería bastar para persuadirnos de ellas. Pero la Iglesia ha hablado claro a este respecto, y en el Concilio de Trento, apoyada en la autoridad de las sagradas Escrituras y en la constante tradición católica, definió solemnemente, en la sesión veinticinco, “que no sólo existe el Purgatorio, sino también que las almas que allí son detenidas pueden ser ayudadas con los sufragios de los fieles y especialmente con el adorable sacrificio del la Misa”. Y con esta definición condenó de una vez para siempre la doctrina protestante. Verdad es que la palabra Purgatorio no se halla formalmente expresada en los Santos Evangelios; pero ¿qué debe importarnos esto si hallamos claramente expresado cuanto ella significa? Y ante todo dos indicaciones principales nos hace Nuestro Señor Jesucristo mismo: la primera está en el evangelio de San Mateo (capítulo XIII), donde nos habla de una blasfemia injuriosa al Espíritu Santo, añadiendo que semejante pecado no se perdonará ni en esta vida ni en la futura. Los intérpretes de la Sagrada Escritura y los Doctores de la Iglesia toman este texto para demostrar la existencia del Purgatorio. En efecto, si existe en el otro mundo un lugar donde ciertos pecados, por no ser graves, pueden ser perdonados, este lugar no puede ser otro sino aquel que llamamos Purgatorio, porque los pecados de los condenados son irremisibles.

En el Evangelio de San Lucas (capítulo XII) el mismo divino Redentor nos dice que a prudencia nos impone el deber de habérnoslas con nuestro adversario, mientras todavía nos hallamos por el camino, esto es, en vida, por temor de que, llegados al término del viaje, él no pueda entregarnos en las manos del Juez, y éste en las de su ministro, el cual nos aherrojará en una prisión de la cual no es posible salir en tanto no se haya satisfecho la deuda hasta el último maravedí. Según esta enseñanza de Jesús, es claro que si hacemos penitencia de nuestros pecados en la vida presente, nuestro adversario, que puede ser el demonio o también nuestra propia conciencia, en la cual está escrita la ley de Dios, nos acusará al término de la vida ante el Juez, que es el mismo Jesucristo, y él nos encerrará en una cárcel que no puede ser otra sino la del Purgatorio, y de la que no saldremos hasta que hayamos satisfecho, ya sea por medio de nuestros sufrimientos, bien por medio de la caridad de los vivos, toda la pena debida por nuestras culpas.

Pero el testimonio que más explícitamente que cualquier otro nos prueba la existencia del dogma del Purgatorio, es el que nos da san Pablo en su primera carta a los de Corinto: “Hay quien sobre el fundamento de la fe pone por materiales oro, plata, piedras preciosas, es decir, obras perfectas; otro también hay que pone maderas, heno, hojarasca, o sea, obras defectuosas. El que edificó del primer modo recibirá la paga establecida; pero el que edificó del segundo mudo deberá padecer por ello; no obstante no dejará de salvarse, si bien como quien pasa por el fuego”, esto es, deberá sufrir temporalmente en las llamas purificadoras del Purgatorio, según explican concordes los Padres de la Iglesia, revestidos de una dignidad y de una antigüedad de que no gozan los postulados protestantes, aparecidos en escena dieciséis siglos después de la Institución del cristianismo.

“El apóstol San Pablo, nota aquí San Francisco de Sales, se sirve en este pasaje de doble semejanza: la primera es la del arquitecto que, empleando materiales sólidos, construye una casa sobre buenos fundamentos; la segunda, al contrario es la del otro arquitecto que, edificando sobre los mismos fundamentos, emplea materias combustibles. Supongamos ahora, añade el Santo, para entrar en el pensamiento del Apóstol, que el fuego prenda en ambas casas; la que ha sido fabricada con materiales sólido no sufrirá desperfecto, mientras que la otra quedará al instante reducida a cenizas. Si el arquitecto de la primera se hallare dentro de ella, saldrá sano y salvo; el otro, sin embargo, si quiere salvarse, deberá necesariamente pasar a través de las llamas y recibir sobre sí las huellas del incendio. Imagen natural del Purgatorio, en el cual las almas manchadas con cualesquiera culpas que no merecen el infierno deberán pasar y recibir también las señales del incendio por las obras de la otra vida; mientras que las almas que no tienen necesidad de purificarse de ninguna mancha de culpa son preservadas de estas llamas, y van derechas al cielo a recibir la recompensa por sus buenas obras”.

Finalmente, omitiendo otros testimonios tomados de las Escrituras del Nuevo Testamento, referiré solamente lo que dice San Juan en el capítulo quinto de su Apocalipsis. “Y a todas las criaturas en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra…, oí que decían: Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, bendición, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos”. Cuáles sean las criaturas que están en el cielo y sobre la tierra ya lo sabemos; pero ¿cuáles son, preguntan los intérpretes aquellas otras que debajo de la tierra cantan alabanzas al Altísimo? No pueden ser otras, responden, más que las almas de los fieles difuntos, que se hallan recluidas en aquella prisión subterránea, llamada Purgatorio, en donde, no obstante el rigor de los tormentos, no cesan de bendecir y de alabar al Señor. No son ciertamente las almas de los condenados, porque éstas, bien lejos de alabar y bendecir al Señor, le blasfeman de continuo.

II

Conformes con estos testimonios de las Escrituras están las antiquísimas Liturgias de la Iglesia, la doctrina de los Santos Padres y los monumentos de las catacumbas. Las primeras, en efecto, que no son otra cosa sino los libros que contienen las leyes reguladoras del culto y las oraciones autorizadas por la Iglesia, y pueden, por lo tanto definirse diciendo que son el formulario auténtico del culto público, se remontan hasta los Apóstoles, y prescriben que en el templo, después de haber sido leídos en los sagrados dípticos los nombres de las personas vivas, con las cuales había comunión de oraciones, se leyeran los de los difuntos recomendados de un modo particular, y el sacerdote, como lo practica aún en nuestros días, se recogía en oración para impetrar en su favor el lugar de refrigerio, de luz y de paz. Todas las antiguas liturgias, sin excepción, nos recuerdan este rito, el cual, por la forma en que se practicaba, tomó el nombre de oraciones sobre los dípticos.

Y ¡cuán bellas y conmovedoras son las oraciones por los muertos que hallamos registradas en estas liturgias, especialmente en las orientales, casi idénticas a las del Misal romano! ¡Qué maravillosos y vivientes monumentos de la tradición cristiana! “Acordémonos, dice la liturgia de los nestorianos de Malabar, de nuestros padres, de nuestros hermanos, de los fieles que dejaron esta vida en la fe ortodoxa; supliquemos al Señor se digne absolverlos, perdonarles sus pecados y sus prevaricaciones, y hacerlos dignos de participar de la felicidad eterna en compañía de los justos que cumplieron la divina voluntad”. “Recibid esta oblación, oh Dios mío, dice la de los nestorianos caldeos, por todos los que lloran, se hallan enfermos, que padecen opresiones, calamidades y enfermedades, y por todos los difuntos que la muerte ha separado de nosotros… Perdonad los delitos y pecados de los que han muerto, os lo pedimos por vuestra gracias y por vuestras misericordias”.

No menos expresivo es cuanto hallamos a este propósito en la liturgia de que se sirven los griegos hace más de doce siglos, y que ellos atribuyen a San Pablo y a San Juan Crisóstomo. “Os ofrecemos, oh Señor, se lee allí, este sacrificio también por el descanso y la libertad de vuestro siervo N, a fin de que él pueda hallar en lugar luminoso, en donde no hay dolores ni gemidos y que le deis el reposo allí donde resplandece la luz de vuestra faz”. Todos sabemos cómo en los siglos IV y V los heresiarcas Arrio, Nestorio y Eutiques arrebataron millones de al seno de la unidad de la Iglesia, La Santa Sede Romana, del mismo modo que lo hicieron en el siglo XVI los heresiarcas del protestantismo. Pues bien, estas sectas, cortadas, separadas del árbol de la vida, como sarmientos arrancados y arrojados lejos de la vid, han conservado estas antiguas Liturgias. Y es un hecho que los orientales, usan todos sin excepción, oraciones y sacrificios por los difuntos. ¿Se podrá, por tanto, decir que los cismáticos han tomado esta práctica de la Iglesia Roana después de su separación? Es imposible, porque la aversión que sienten contra esta Iglesia desde su rebelión no se los hubiera permitido. Luego esta práctica la tienen desde tiempos anteriores a su delito de deserción, y la providencial conservación de aquellas liturgias entre ellos, constituye también un monumento de lo que recibieron como doctrina de los Apóstoles. “Si hombres habitantes en diversos países, nota un agudo escritor, beben vino de igual sabor, se puede deducir la consecuencia de que tal vino está hecho de la misma calidad de uvas. Así, la doctrina del Purgatorio y de los sufragios, practicada en todas las Liturgias, procede del mismo árbol de la doctrina apostólica, plantado por el mismo divino Redentor”.

III

Y las oraciones de la liturgia llevan el aval de la autoridad de los Santos Padres, los cuales han admitido y enseñado siempre la existencia del Purgatorio. San Dionisio Areopagita, en su libro de la Jerarquía católica, que se remonta a la cuna del cristianismo, refiriendo los usos de su tiempo, entre otras cosas escribe: “En las funciones fúnebres, acercándose el venerable obispo, reza una oración sagrada sobre el difunto, y con aquella oración invoca la divina misericordia, a fin de que el difunto le sean perdonadas todas las culpas cometidas por humana fragilidad, y así legue a ser colocado en el esplendor y en la orada de los vivientes”. ¿No está acaso esta doctrina perfectamente de acuerdo con lo que hoy profesa la Iglesia católico referente al Purgatorio? Clemente Alejandrino, que vivió también en el siglo II, dice ante todo que el cristiano, el cual muere después de haber abandonado sus vicios, debe todavía satisfacer por medio de suplicios por los pecados cometidos después del bautismo; y poco después añade: “Los cristianos deben moverse a compasión del estado en que se hallan aquellos que, siendo castigados después de la muerte, aunque arrepentidos, confiesen sus propias y las expíen con tormentos que deben padecer”.

San Juan Crisóstomo asegura también, a su vez, que no en vano establecieron los Apóstoles que, cuando se celebran los sacrosantos misterios, se haga conmemoración de los que pasaron ya a la otra vida; porque ellos sabían que tanta práctica le es de gran provecho y alivio”. Por tanto, según este santo doctor, la oración hecha por los difuntos, en su forma más sublime y santa, radica ciertamente en los tiempos apostólicos, y nos sirve de documento y de prueba para demostrar la fe que en aquellos primeros siglos tenían los cristianos siglos en la existencia del Purgatorio.

Y como este Santo Padre se expresan también los Santos Basilio, Anastasio, Hilario, Jerónimo, Gregorio, Agustín y muchísimos otros que sería prolijo enumerar; todos los cuales, Padres y escritores de los primeros siglos de la Iglesia, enseñaron del modo más claro la existencia del Purgatorio, y el poder que tenemos para aliviar y socorrer a las almas que se hallan en él. Por cuanto ellos nos transmitieron se ve que no se trata ya de una innovación y variación de la doctrina cristiana, sino de una doctrina universal que data de la primera y más pura edad de la Iglesia, siendo los Padres y Doctores reconocidos como los expositores más autorizados de la religión cristiana. Pues bien, su unanimidad respecto de la doctrina que atañe al Purgatorio es tal que, Calvino, el más violento enemigo del mismo, se vio forzado a exclamar: “Confieso que desde hace mil trescientos años fue consagrado el uso de hacer oraciones por los difuntos”. Verdad es que, poco después, él mismo, como arrepentido de haberse demostrado demasiado dócil a la verdad, quiso afirmarse en su obstinación añadiendo solapadamente esta temeraria impiedad: “Todos ellos, lo confieso, fueron arrastrados al error…, y los Padres antiguos se adhirieron a la creencia del Purgatorio para condescender con la opinión corriente y vulgar”. Pero ¿qué persona de recto juicio no ve el punto que este subterfugio de Calvino no es sino una atroz impostura y calumnia contra todos los Padres?

Finalmente, entre los muchos testimonios de la antigüedad que dan fe de la creencia en el Purgatorio entre los primeros cristiano, existe también el de las catacumbas romanas. Basta solamente penetrar en aquellos subterráneos para convencerse de esta verdad. Allí, en aquellas silenciosas lápidas, que cierran los lóbulos en donde reposan los cuerpos de los primitivos cristianos, está indeleblemente esculpida la creencia en el Purgatorio. Encima de ellos la vemos expresada en los votos que se hacen por la paz del difunto, en las preces por las que se implora refrigerio para su espíritu, en la esperanza que allí se expresa de que pronto legue a posesionarse de la eterna bienaventuranza, y en las oraciones que el fallecido pide a los vivos para apresurar su liberación. Ahora bien, estos votos, estas preces, esta esperanza suponían, sin duda alguna, el temor de que aquellas almas estuviesen todavía alejadas de la felicidad a la cual suspiraban por llegar. Y las oraciones que ellas imploran de los vivos predican claramente la fe en la utilidad de nuestros sufragios. En otros términos, también, aquellas antiquísimas lápidas, que son de las más antiguas, y datan todas de tiempos anteriores a la paz de Constantino, revelan en los primitivos cristianos su fe en el Purgatorio.

José Gálvez Krüger Texto tomado de Falletti, Luis Nuestros difuntos y el Purgatorio Luis Pili, Editor, Barcelona, 1939


Hay un purgatorio, hay indulgencias. Cristo Purificador instituye, a través de su Iglesia, las Indulgencias

El misterio de Dios Purificador en ultratumba.

De diferentes maneras, desde el principio del cristianismo, la Iglesia universal no ha dejado de dar testimonio al Salvador justo y misericordioso que no deja de purificar, después de la muerte corporal, las almas inmortales cuya vida terrestre terminó sin que ellas hayan reparado, completamente, sus faltas hacia Él. Desde principios del siglo III, Tertuliano remite a la tradición apostólica las ofrendas eucarísticas por los difuntos. Clemente de Alejandría ve en ellas un acto de compasión, Agustín y Crisóstomo un alivio procurado a los muertos. Agustín evoca las penas que las purifican. De ahí saca san Bernardo el sustantivo purgatorio, en el siglo XI.

El concilio ecuménico de Florencia, en 1439, nos ofrece (dependiendo de Benedicto XII, 1336) una formulación dogmática de esa penas purificadoras que afectan a los difuntos: “Aquellos que han muerto en amistad con Dios antes de haber hecho obras dignas de penitencia son purificadas después de su muerte mediante penas purificadoras y se benefician de los sufragios de los vivos”.

Estilo afirmativo que el segundo concilio ecuménico de Trento completa negativamente anatematizando a los negadores de la permanencia de una “pena temporal que se debe sufrir en este mundo o en el otro, en el purgatorio, antes de acceder al Reino de los Cielos”. Luego, en su última sesión (diciembre de 1563), el concilio no se limitó a recomendar la discreción en la predicación sobre ese tema, sino insistió sobre el tema doctrinal: “La Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, enseñó según las Sagradas Escrituras y la antigua tradición de los Padres, que hay un Purgatorio; las almas que ahí son retenidas, son auxiliadas por las intercesiones de los fieles, en especial por el sacrificio propiciatorio del altar; el concilio prescribe a los obispos que tomen las debidas providencias para que esta doctrina del purgatorio sea creída, enseñada y predicada en todo lugar”.

El Concilio Vaticano II citó este texto y reafirmó el dogma mencionando “algunos discípulos del Señor purificados después de su muerte” (LG 51 y 49).

Hay un Purgatorio; es decir, hay un Dios purificador que purifica a los bautizados aquí abajo y también, si no aceptaron esta purificación terrestre, después de la muerte. Ningún alma puede entrar en el Reino de la visión de Dios si no ha logrado una purificación plena de sus faltas.

La fe en Dios purificador expresa la esperanza en Dios. Entre el infierno, alejamiento definitivo de Dios, y el Cielo, proximidad inmediata, el purgatorio es aproximación progresiva. El alma del Purgatorio consciente de su pecado, aún no plenamente reparado, experimenta un sufrimiento moderado por la dichosa certeza de su salvación eterna. El mismo fuego divino es para el condenado Suplicio, para el impuro Purificación, para el totalmente purificado Beatitud.

Si algunos sobrevalúan al Purgatorio, otros subestiman su pena. Solo aquellos que, en la fe, toman consciencia de la infinita santidad de Dios y de las heridas que el pecador infringe a la humanidad y a sí mismo, pueden comprender el dolor de los impuros purificados. Este dolor escapa a la mayoría de los hombres enceguecidos por el pecado. Los místicos lo intuyen merced a la gracia misma que los purifica.

Esta es la misericordia de la Pureza Purificadora de Dios que Cristo, a través de su Iglesia, continuará anunciando hasta el fin de la historia a todas las generaciones. A la vez que anuncia los méritos de su Pasión y de los santos, activos en las indulgencias.

El misterio de las santas indulgencias, signos de la indulgencia de Cristo

Contrariamente a lo que algunos imaginan, la Iglesia de nuestro tiempo a reafirmado solemnemente, por boca de Pablo VI, en 1967, la doctrina y la práctica de las indulgencias.

A partir del siglo III, conscientes de la solidaridad entre bautizados, que llamamos comunión de los Santos, “los penitentes hacían un llamado a toda la comunidad, pedían a los confesores de la fe, cuyos sufrimientos eran considerados preciosísimos, que los ayudaran, por sus méritos, a obtener del obispo la reconciliación”, en el sacramento de la penitencia. “Las oraciones y las buenas obras de los justos eran tan estimadas, continúa Pablo VI, que se afirmaba: el penitente es lavado, purificado, rescatado, gracias a la ayuda de todo el pueblo cristiano”; se “creía que la Iglesia satisfacía, en cada uno de sus miembros (justos), como un solo cuerpo, unido a Cristo, para la remisión de los pecados”.

Por ese motivo, los obispos, luego de haber establecido la medida de la satisfacción que el pecador deseoso de reconciliación debía brindar, “permitían que las penitencias canónicas fuesen reemplazadas por otras obras realizadas por los penitentes mismos o por otros fieles”.

La Iglesia de los primeros siglos estaba convencida de esto: los obispos podían liberar a cada creyente de las consecuencias de sus pecados por la aplicación de los méritos de Cristo y de los santos.

Esta convicción condujo a la práctica de las Indulgencias.

La Indulgencia es la remisión de un castigo temporal debido al pecado ya perdonado en tanto que ofensa a Dios. Recordémoslo: el perdón del pecado no suprime la necesidad de una reparación por parte del pecador (de la misma manera que un violador de un derecho humano puede recibir el perdón de la víctima sin dejar estar obligado a reparar el daño que ha causado). Como todas las madres, la Iglesia castiga corrigiendo, a la vez que perdona.

Entregando a Pedro y a sus sucesores las llaves del Reino de los Cielos, Cristo les entregó el tesoro de sus méritos y de los méritos de los santos que dependen de los suyos. Los Papas pueden sacar de este tesoro para beneficiar a los miembros débiles de la Iglesia con los méritos superabundantes de los santos. Por el sacramento de la Reconciliación, la Iglesia perdona las faltas; mediante las indulgencias paga las deudas que resultan de las faltas.

Este perdón de las deudas no significa de ninguna manera una dispensa respecto de la ley divina de la penitencia. Por el contrario, la Iglesia condiciona la adquisición de una indulgencia plenaria y su aplicación, por el bautizado, a sí mismo o recurriendo a Dios, a un difunto, a través de las intenciones del Papa y el recurso a los sacramentos en el contexto de una caridad pura que detesta todo pecado, incluso venial. Sólo aquellos que tienden a la perfección pueden, a través de la Indulgencia plenaria, apropiarse de los méritos de Cristo y de su Iglesia. Los vivos sólo pueden beneficiarse plenamente del tesoro de la Iglesia si es que están dispuestos a acrecentarlo.

Adquiriendo Indulgencias, los bautizados manifiestan su fe en los méritos superabundantes de Cristo, y de los santos, su comunión con el sucesor de Pedro, su caridad sobrenatural respecto de ellos mismos y de los justos de la Iglesia sufriente: la práctica de las Indulgencias” (agrega Pablo VI) constituye un excelente ejercicio de caridad cuando es destinado a ayudar a nuestros hermanos difuntos dormidos en Cristo.

En ese sentido, antes de su ruptura decisiva con Roma, Lutero redactó, en 1517, un Tratado sobre las Indulgencias, donde se mostraba tan sensible a su utilidad para la Iglesia, que escribía sin hesitar: mediante ellas, “el Papa va en ayuda de los difuntos”. Además, en mayo de 1518, Lutero escribía al Papa León X, a propósito de sus tesis sobre las Indulgencias: “Santo Padre, reconozco su voz como la de Cristo, que habla y gobierna en usted”. La violación de este compromiso está en el origen de la Reforma.

Hoy día, muchos bautizados podrían considerar, a la luz de la doctrina permanente de la Iglesia, la bondad y las ventajas de las indulgencias para la vida cristiana en el tiempo y en la eternidad.

Debemos reparar nuestras faltas frente a los muertos: la adquisición y la aplicación de las indulgencias es uno de los medios más hermosos de hacerlo. Tal vez esto fue lo que habían percibido esos cristianos de Corinto cuando se daban, en favor de sus muertos, esos baños misteriosos evocados por San Pablo (I Cor 15, 29): tal es al menos la interpretación dada recientemente por muchos autores, especialmente por el exegeta dominico C. Spicq.

Se puede ver que la doctrina y la práctica de las indulgencias resultan de un largo desarrollo y de una aplicación de muchas verdades misteriosas enseñadas por los Apóstoles en el Nuevo Testamento y primeramente por la Tradición: a saber, la solidaridad de los cristianos entre ellos, la oración eficaz de los vivos por los muertos en Cristo, el poder entregado a Pedro y a sus sucesores de atar y desatar (las llaves del reino).

Se puede, entonces, hablar con respeto y gratitud, de un misterio de las Indulgencias revelado en sus fuentes y dogmatizado por la Iglesia, un misterio al que todos los cristianos confirmados por el Espíritu en la Sangre de Cristo deben, después de haberlo estudiado con admiración y amor, dar testimonio, aun con un martirio sangriento, si fuese necesario. Es verosímil, por otro lado, que muchos de los mártires católicos de la época de la Reforma dieron su vida por confesar frente al mundo este misterio de la Indulgencia de Cristo que se manifiesta en las santas indulgencias de la Iglesia.

José Gálvez Krüger Tomado de Margerie S.J., Bertrand de Le mystère des Indulgentes P. Lethielleux, París, 1998


Fiesta de Todos los Santos


1º de Noviembre



La Iglesia Católica ha llamado "santos" a aquellos que se han dedicado a que su propia vida le sea lo más agradable posible a Nuestro Señor.

Hay unos que han sido "canonizados", o sea declarados oficialmente santos por el Sumo Pontífice, por lo que por su intercesión se han conseguido admirables milagros, y porque después de haber examinado minuciosamente sus escritos y de haber hecho una cuidadosa investigación e interrogatorio a los testigos que lo acompañaron en su vida, se ha llegado a la conclusión de que practicaron las virtudes en grado heroico.

Para ser declarado "santo" por la Iglesia Católica se necesita toda una serie de trámites rigurosos. Primero una exhaustiva averiguación con personas que lo conocieron, para saber si en verdad su vida fue ejemplar y virtuosa. Si se logra comprobar por el testimonio de muchos que su comportamiento fue ejemplar, se le declara "Siervo de Dios". Si por detalladas averiguaciones se llega a la conclusión de que sus virtudes, fueron heroicas, es declarado "Venerable". Más tarde, si por su intercesión se consigue algún milagro totalmente inexplicable por medios humanos, es declarado "Beato". Finalmente si se consigue un nuevo y maravillosos milagro por haber pedido su intercesión, el Papa lo declara "santo".

En el caso de algunos santos el procedimiento de canonización ha sido rápido, como por ejemplo para San Francisco de Asís y San Antonio, que sólo duró 2 años.

Poquísimos otros han sido declarados santos seis años después de su muerte, o a los 15 o 20 años. Para la inmensa mayoría, los trámites para su beatificación y canonización duran 30, 40, 50 y hasta cien años o más. Después de 20 o 30 años de averiguaciones, la mayor o menor rapidez para la beatificación o canonización, depende de quien obtenga más o menos pronto los milagros requeridos.

Los santos "canonizados" oficialmente por la Iglesia Católica son varios millares. Pero existe una inmensa cantidad de santos no canonizados, pero que ya están gozando de Dios en el cielo. A ellos especialmente está dedicada esta fiesta de hoy.



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Tomado de Aciprensa.
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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Noviembre


APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
NOVIEMBRE




Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.






Por las Intenciones del Papa

Intención General:

Por las Iglesias católicas orientales, para que su venerable tradición sea reconocida y estimada como riqueza espiritual por toda la Iglesia.






Intención Misional:

Para que el continente africano encuentre en Cristo la fuerza para hacer realidad el camino de reconciliación y justicia señalado por el segundo Sínodo de los Obispos de África.








Por las Intenciones de la Conferencia
Episcopal Peruana

Que cada fiel aspire a la santidad, con perseverancia, conformando la propia vida con criterios evangélicos, de modo que se creen comunidades eclesiales de intensa vida cristiana, alimentadas con la Palabra de Dios, las enseñanzas de la Iglesia y los sacramentos.





La venerable tradición de las Iglesias orientales

“...Son las Iglesias orientales quienes de modo muy especial conservan el eco del primer anuncio evangélico; las más antiguas memorias de los signos realizados por el Señor, los primeros reflejos de la luz pascual y el resplandor del fuego nunca apagado de Pentecostés. Su patrimonio espiritual, arraigado en las enseñanzas de los Apóstoles y de los Padres, ha dado vida a venerables tradiciones litúrgicas y disciplinarias, mostrando la capacidad del “pensamiento de Cristo” de fecundar las culturas y la historia...” (Benedicto XVI a la Congregación para las Iglesias Orientales. 9.6.2007. Extracto)


Reconciliación, Justicia y Paz en África

“...Las guerras locales o regionales, las masacres y los genocidios que tienen lugar en el continente han de interpelarnos de manera muy especial, si es verdad que en Jesucristo formamos parte de la misma familia y compartimos la misma vida, puesto que por nuestras venas circula la misma Sangre de Cristo, que nos convierte en hijos de Dios, miembros de la Familia de Dios, no deberían existir más odios, injusticias y guerras entre hermanos... La Palabra y el Pan de vida ofrecen luz y alimento, como antídoto y viático en la fidelidad al Maestro y Pastor de nuestras almas, para que la Iglesia en África cumpla el servicio de reconciliación, de justicia y de paz...” (Benedicto XVI al Consejo Esp. del Sínodo para África. 19.3.2009. Extracto)


Aparecida - Misión Continental

“Jesús invita a todos a participar de su misión... con creatividad y audacia en todos los lugares... y más allá de nuestras fronteras.” (Documento conclusivo, 4. Extracto)


Eucaristía

Misa por la justicia y la paz (Misal romano)


Palabra de Dios

Salmo 85,10-13. La justicia y la paz se besan.
Efesio 2,14-22. Cristo es nuestra paz.
Mateo 5,9. Dichosos los que trabajan por la paz.


Reflexionemos
¿Qué hacemos o qué podemos hacer para favorecer la paz y la reconciliación en donde vivimos?
Juan Pablo II dijo: “No hay paz sin justicia, ni justicia sin perdón”, aplicamos esta enseñanza?
Comprometámosnos a algo concreto y posible en favor de la paz, la justicia y la reconciliación.

P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.
Asimismo, invitamos a la Misa de los Primeros Viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


Visítenos también en:

http://www.apostlesshipofprayer.net Elegir idioma ESPAÑOL, hacer clic en ventana “Oración y Servicio”
www.jesuitasperu.org Apostolado parroquial
www.sanpedrodelima.org

¡ADVENIAT REGNUM TUUM! ¡Venga a nosotros tu reino!
Apostolado de la Oración Azángaro 451, Lima

Mons. Manuel Prado Pérez Rosas SJ partió a la Casa del Padre



Mons. Manuel Prado Pérez Rosas SJ, Arzobispo Emérito de Trujillo desde 1999, falleci
ó alrededor de las tres de la mañana del 9 de octubre (2011) en nuestra Enfermería de Fátima, a los 88 años de edad y 71 de jesuita. Se mantuvo hasta el final muy lúcido, siempre invocando a Dios insistentemente para ser recogido: “Ven Señor Jesús”, repetía insistentemente. “Prácticamente se quedó dormido”, nos cuenta el Hno. Sixto Coronel, quien junto al equipo de nuestra Enfermería lo atendió en los últimos meses con el cariño y respeto que les caracterizan. Un cáncer hepático lo ha ido consumiendo lentamente. Muchas horas de silencio lleno de contenido religioso, siempre muy reservado. A nuestro pesar, tuvimos que respetar su deseo de no recibir visitas ni llamadas personales.

El viernes 7 había sido aniversario de su ordenación Episcopal, en 1970 (Su primera Diócesis fue Chachapoyas). Fue Ordenado sacerdote el 13 de julio de 1956.

Maestro de novicios en Huachipa de varias generaciones de jesuitas, había sido Rector del Colegio San José de Arequipa, y luego del San Ignacio de Piura. Nos sorprendió siempre por su gran sencillez y discreción, que mantuvo radicalmente, hasta en los últimos años, que trabajó en la Casa de Retiro de Villa Kostka, en la Vicaría Parroquial Santa María de Huachipa confiada a los jesuitas en Cajamarquilla, y atendiendo a religiosas de la zona de Chaclacayo y Chosica. Ni en las ocasiones más solemnes se dejaba ver en Lima.

Agradecidos por su ejemplo de jesuita y obispo, nos encomendamos a él para que nos ayude a seguir sus enseñanzas, ahora desde la vida plena junto al Padre en Jesús Resucitado, muy cerca sin duda a María, cuya devoción discretamente siempre nos inculcó.




Mons. Manuel Prado Pérez Rosas, SJ

(Benjamín Crespo, SJ)


Con Manuel nos unía una gran amistad, desde los años que él fue Maestro de Novicios y Rector en Huachipa, y que a lo largo de los años fue creciendo en ser amigos y compañeros de Jesús. Luego fue en Chachapoyas, siendo el Obispo y el Provincial me destinó para hacer mi etapa de magisterio en esas queridas tierras amazonenses. Por eso le pedí que fuera quien me ordenara sacerdote.

Como dice Sixto al anunciar su partida, Manuel fue hombre de principios, entregado a Dios por entero, dando su vida sin descanso a la misión que le confío la Compañía y la Iglesia en el Perú. Esta misión la realizó primero en Arequipa en el Colegio San José, de Padre Espiritual y luego Rector, y también de Rector del Colegio San Ignacio de Loyola de Piura. Y de Piura vino a Lima para dedicarse a la formación como Rector y Maestro de Novicios, en años de transición y cambios en la Iglesia y en la Compañía, invitándonos a vivir en el amor personal a Jesucristo, el amor a la Iglesia y a la Compañía, pidiendo y renovando cada día la gracia de ser fieles al Señor hasta la muerte en la vocación a la que hemos sido llamados.

Siempre discreto con aquella discreta caridad ignaciana, no le gustaba aparecer, más bien se retraía por su manera propia de vivir la modestia y ser reservado, pero ciertamente mostrando su corazón de amigo, de compañero. Y en Chachapoyas y Trujillo como Obispo y Pastor de su pueblo, escuchando, visitando pueblos y comunidades, amando a los más pobres y humildes como Jesús, tratando de curar toda enfermedad y toda dolencia, anunciándoles a Jesucristo compasivo, misericordioso, amigo cercano y fiel.

Y todos estos últimos años en Huachipa, atendiendo pastoralmente a la gente más sencilla de las poblaciones cercanas, a laicos, religiosas y sacerdotes que acudían a él para que los acompañe en la experiencia de Ejercicios Espirituales, o escuchando sus conversas personales y confesiones.

Manuel fue pues hombre de discreción, respetuoso y delicado, sin hacerse notar, pero sirviendo con cariño y afecto de hermano, amigo y pastor. Como jesuita y pastor se preocupó mucho por la promoción de vocaciones religiosas y sacerdotales, fue muchos años Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Vocaciones, queriendo y pidiendo al Señor por seminaristas y sacerdotes diocesanos, a imagen de Jesucristo Buen Pastor y animando a configurarnos con Cristo sacerdote y pastor.

(Fragmento de un correo escrito por el P. Benjamín Crespo SJ, y circulado hoy por el P. Adolfo Franco SJ, Socio del P. Provincial)





Monseñor Manuel Prado: ejemplo de bondad, sencillez y humildad


(Tomado de Noticias Trujillo, lunes, 10 de octubre de 2011)



El gobierno pastoral de Monseñor Manuel Prado Pérez Rosas S.J. se
caracterizó por la sencillez y la humildad. Recorrió varias veces y por
periodos largos toda la extensa arquidiócesis. Desafió incluso la violencia
terrorista que asolaba por aquellos años la sierra liberteña, quedándose a
compartir con profesores y campesinos de pueblos como Angasmarca,
Cachicadán, Tulpo, Santiago de Chuco, Quiruvilca, Chuquisongo, Usquil,
Otusco, entre otros, durante varios días, desoyendo las advertencias de las
autoridades. Su amor y celo pastoral así se lo demandaban.

Tan pronto llegó a Trujillo, una de sus primeras medidas fue reabrir el
Seminario Mayor San Carlos y San Marcelo, para formar a sacerdotes de la
arquidiócesis, que había permanecido cerrado por más de 12 años,
convirtiéndolo en un centro de formación eclesial modelo en el país.

Pese a sus múltiples ocupaciones, Monseñor Prado se dio el tiempo para
reunirse con jóvenes universitarios, a quienes dirigía y aconsejaba formando
los movimientos apostólicos Grupo Universitario Católico - GRUC - y
Comunidad Universitaria Católica - CUC. Alguno de sus miembros han
sobresalido y sobresalen en la sociedad.

Durante el embate de la epidemia del Cólera en 1991, cuando el Perú vivía
tiempos de profunda crisis económica y social, puso a disposición del
Gobierno Regional toda la infraestructura de las parroquias, especialmente
las rurales para que se convirtieran en pequeños sanatorios de emergencia.
El director regional de Salud de entonces, el Dr. Julio Bazán Maríñez dijo:
"yo no conocía mucho a monseñor Prado, pero ante mi dramático llamado de
emergencia él acudió y ofreció toda su ayuda. Si él no ayudaba, el Cólera
nos barría en La Libertad. Era un hombre muy práctico, de pocas palabras y
muy efectivo", dijo.

Otro médico que agradecía permanentemente era el Dr. Hernán Miranda Cueto,
fundador del Instituto de Medicina Tropical, por su constante apoyo contra
la uta o la leishmianasis, enfermedad endémica en la sierra liberteña.

Amigo de los trabajadores, los acompañaba en sus horas difíciles. Durante la
dictadura militar en los años 1977 y 1980, supo reclamar los derechos de los
ciudadanos frente a las agresiones. Muchas veces el arzobispado se convirtió
en refugio de las personas civiles para evitar que fueran víctimas de
atropellos y abusos.

En varias oportunidades hacía visitas pastorales a las fábricas, plantas
pesqueras, e ingenios azucareros, llevando el mensaje de la doctrina social
de la Iglesia.

En los últimos años, luchó porque Trujillo contara con un centro de salud
mental adonde fueran recogidos los más abandonados, lucha que sin embargo no
fue atendida y hoy muchos enfermos mentales siguen deambulando por las
calles en el centro histórico de Trujillo.

Fue un ejemplo de unidad pastoral. Cuando llegó a Trujillo encontró un clero
dividido y enfrentado. Varios sacerdotes estaban suspendidos en su
ministerio o se habían retirado y el levantó las banderas de la unidad,
acogiendo a todos. Al término de su ministerio pastoral en Trujillo dejó un
clero unido, fortalecido y con muchos más sacerdotes jóvenes que impulsarían
la iglesia en el siglo XXI.

(Ver también detalles biográficos de Mons. Prado, y una foto en que aparece junto el P. Oñate, quien - después de ser cercano colaborador del P. Arrupe - vino especialmente a apoyarlo en Trujillo, en: http://www.noticiastrujillo.com/index.php?option=com_content <http://www.noticiastrujillo.com/index.php?option=com_content&task=view&id=5 0536&Itemid=95> &task=view&id=50536&Itemid=95. - Links enviados por el P. Benjamín Crespo desde Roma)


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La oración cristiana: 8º Parte - La lectura de la Biblia, alimento del espíritu


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Castelgandolfo
Miércoles 3 de agosto de 2011

[Vídeo]

El hombre en oración (8)


Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra veros aquí, en la plaza, en Castelgandolfo, y reanudar las audiencias interrumpidas en el mes de julio. Quiero continuar con el tema que hemos iniciado, es decir, una «escuela de oración», y también hoy, de un modo algo diferente, sin alejarme del tema, aludir a algunos aspectos de carácter espiritual y concreto, que me parecen útiles no sólo para quien vive —en alguna parte del mundo— el período de vacaciones de verano, sino también para todos los que están comprometidos en el trabajo diario.

Cuando tenemos un momento de pausa en nuestras actividades, de modo especial durante las vacaciones, a menudo tomamos en las manos un libro que deseamos leer. Este es precisamente el primer aspecto sobre el que quiero reflexionar. Cada uno de nosotros necesita tiempos y espacios de recogimiento, de meditación, de calma… ¡Gracias a Dios es así! De hecho, esta exigencia nos dice que no estamos hechos sólo para trabajar, sino también para pensar, reflexionar, o simplemente para seguir con la mente y con el corazón un relato, una historia en la cual sumergirnos, en cierto sentido «perdernos», para luego volvernos a encontrar enriquecidos.

Naturalmente, muchos de estos libros de lectura, que tomamos en las manos en las vacaciones, son por lo general de evasión, y esto es normal. Sin embargo, varias personas, especialmente si pueden tener espacios de pausa y de relajamiento más prolongados, se dedican a leer algo más comprometedor. Por eso, quiero haceros una propuesta: ¿por qué no descubrir algunos libros de la Biblia que normalmente no se conocen, o de los que hemos escuchado algún pasaje durante la liturgia, pero que nunca hemos leído por entero? En efecto, muchos cristianos no leen nunca la Biblia, y la conocen de un modo muy limitado y superficial. La Biblia —como lo dice su nombre— es una colección de libros, una pequeña «biblioteca», nacida a lo largo de un milenio. Algunos de estos «libritos» que la componen permanecen casi desconocidos para la mayor parte de las personas, incluso de los buenos cristianos. Algunos son muy breves, como el Libro de Tobías, un relato que contiene un sentido muy elevado de la familia y del matrimonio; o el Libro de Ester, en el que esa reina judía, con la fe y la oración, salva a su pueblo del exterminio; o, aún más breve, el Libro de Rut, una extranjera que conoce a Dios y experimenta su providencia. Estos libritos se pueden leer por entero en una hora. Más comprometedores, y auténticas obras maestras, son el Libro de Job, que afronta el gran problema del dolor inocente; el Qohélet, que impresiona por la desconcertante modernidad con que pone en tela de juicio el sentido de la vida y del mundo; el Cantar de los Cantares, estupendo poema simbólico del amor humano. Como veis, todos estos son libros del Antiguo Testamento. ¿Y el Nuevo? Ciertamente, el Nuevo Testamento es más conocido, y los géneros literarios son menos variados. Pero conviene descubrir la belleza de leer un Evangelio todo seguido, y recomiendo también los Hechos de los Apóstoles o una de las Cartas.

En conclusión, queridos amigos, hoy quiero sugerir que tengáis a mano, durante el período estival o en los momentos de pausa, la sagrada Biblia, para gustarla de modo nuevo, leyendo de corrido algunos de sus libros, los menos conocidos y también los más conocidos, como los Evangelios, pero en una lectura continuada. Si se hace así, los momentos de distensión pueden convertirse no sólo en enriquecimiento cultural, sino también en alimento del espíritu, capaz de alimentar el conocimiento de Dios y el diálogo con él, la oración. Esta parece ser una hermosa ocupación para las vacaciones: tomar un libro de la Biblia, para encontrar así un poco de distensión y, al mismo tiempo, entrar en el gran espacio de la Palabra de Dios y profundizar nuestro contacto con el Eterno, precisamente como finalidad del tiempo libre que el Señor nos da.



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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20110803_sp.html

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La Oración en los Ejercicios Espirituales - 4º Parte



4. DESARROLLO DE MI ORACIÓN


Para el desarrollo de la oración revisaremos un esquema de oración propuesto (no rígido sino flexible a la forma personal de orar) y los métodos de oración ignacianos.

Esquema de la Oración

En primer lugar hablemos de la propuesta de esquema, podemos seguir los siguientes pasos, tanto cuanto me ayuden, luego de realizar el comienzo de la oración:

  1. Hago mi oración preparatoria: (oración escrita por San Ignacio de Loyola)

"Señor,

· que todas mis intenciones (deseos, planes, intereses, motivos, razones que tengo para vivir, trabajar, hacer el bien a otros...)

· acciones (conversar, moverme, caminar, mirar, escuchar, servir, cocinar, visitar, trabajar...)

· y operaciones (examinar, reflexionar, leer, estudiar, sentir, rezar, orar..)

· sean puramente ordenadas para hacer tu voluntad: de tal manera que siempre y en todo estén de acuerdo con tu intención, con lo que Tú quieres para mi vida y la vida de los demás".

Le pido a Dios, o a Jesús o a María, que me den su fuerza para que este tiempo de oración, sea de provecho para mí.

  1. Pido, en concreto, lo que más quiero obtener en la oración: la gracia a pedir de acuerdo al tema que se me propone y al fin de lo que se quiere alcanzar.

3. Luego, trabajo la materia de la oración, si es un texto, lo leo, lo leo despacio, con calma, sin apuro. Si es necesario, lo hago dos veces para entenderlo bien.

Procuro recordar lo que he leído: para comprenderlo mejor. Señalo los puntos, las ideas que más me llamaron la atención en la exposición del tema o la lectura del texto o la frase en la que me quiero fijar y detener.

Para el desarrollo propio de la oración utilizo el método de oración según la materia a orar. (Más adelante veremos los métodos más utilizados)

  1. Luego de hacer mi oración con el método utilizado, converso con Jesús, con María: con agradecimiento, y pidiéndoles que me concedan la gracia que necesito. (San Ignacio llama a esto Coloquio). Sin ningún apuro, converso sobre lo que más he sentido en este tiempo de oración.
  2. Le doy gracias a Dios y le pido fuerza para la vida, para poner en práctica lo que descubrí en la oración. Y termino rezando un Padre Nuestro, Ave María y un Gloria.

Luego reviso mi oración para saber cómo me fue en a oración.


Métodos de oración ignacianos

Según sea la materia o tema sobre el cual voy a orar, San Ignacio me recomienda diversos métodos:

  1. La Meditación o método de las tres potencias.
  2. La Contemplación Evangélica.
  3. La aplicación de sentidos.
  4. La oración de las listas o primer modo de orar de San Ignacio.
  5. La contemplación del significado de las palabras de una oración o segundo modo de orar ignaciano.
  6. La oración por compás o tercer modo de orar ignaciano.

Los que vamos a conocer en el taller serán los tres primeros.

La Meditación o Método de las tres potencias.

Este método es utilizado cuando oramos las palabras de Jesús, los escritos de los Santos, los mensajes vivos de la Iglesia o en los contenidos de nuestra fe.

  1. Meditar. Es un trabajo de la inteligencia en busca de profundización religiosa. Por ejemplo, estudiando los Documentos de Aparecida descubro nuevos aspectos sobre Cristo, la Iglesia, el hombre, que van orientando mejor nuestro trabajo evangelizador en América Latina hoy. Pero si yo me limito a este trabajo intelectual, por más que enriquezca mi espíritu, no hago una meditación, sino un estudio religioso, que podría hacer en cualquier otro momento del día en cualquier otro sitio.
  2. Meditación Espiritual. Implica el ejercicio de oración no como único, pero sí como muy importante. Este ejercicio pone en actividad mi MEMORIA, mi INTELIGENCIA y mi VOLUNTAD; de ahí el nombre de “ejercicio de las tres potencias” que se le da.

Si yo quiero meditar, por ejemplo, sobre la Palabra de Jesús en San Juan 14,21:

Recordar. Traer a la memoria (sin prisas, y con el corazón tanto como con la mente):

¿Quién ha hablado así? ¿Cuándo? ¿A quién?

Este ejercicio es de la MEMORIA, pero penetrado ya de algunos sentimientos religiosos previamente evocados.

Reflexionar. (Sin apresurarme, y con el corazón tanto como con la mente) sobre el sentido de estas palabras:

El por qué. Las consecuencias que esto tiene en mi vida. La relación de dichas palaras con otras que recuerdo, su valor y el juicio que de todo eso saco…

Este es el ejercicio de la INTELIGENCIA, penetrada también de afectividad espiritual.

Aficionarme. A Jesús y a lo que Él ama. Admirar, desear…

Es el ejercicio de la VOLUNTAD, es decir, de los afectos (corazón) y también de las resoluciones (voluntad en el sentido moderno de la palabra).

Teóricamente, el afecto no viene sino después de la reflexión, porque no se ama lo que no se conoce; pero el ejercicio debe hacerse en el ambiente de afectividad y de espontaneidad.

Y aunque la meditación tenga sus “leyes”, éstas no deben tenerse como cadenas por quien medita. No deben impedirle pasar de la meditación con flexibilidad, según se lo pida su propio impulso a la invitación del Espíritu. Llevar un espíritu rígido o monocorde es una disposición mediocre para la oración.


Referencias:

Guías de ayuda para hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en la vida corriente. Ignacio Huarte, S.J.

Métodos Ignacianos de Oración – Equipo de Pastoral Juvenil, Compañía de Jesús en el Perú. Lima.

Para sentir y gustar con Dios. Módulo Taller de Oración Cristiana – Encuentros, Casa de la Juventud, Lima. 1998.



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