Nuestra Señora de Lourdes


FIESTA: 11 DE FEBRERO




Tiene su origen en la villa francesa de Lourdes, a orillas del río Gave, cuando el 11 de febrero de 1858, se apareció una resplandeciente figura a una niña de 14 años llamada Bernadette (Bernardita) Soubirous, ella vio una nube dorada y a una Señora vestida de blanco, con sus pies descalzos cubiertos por dos rosas doradas, que parecían apoyarse sobre las ramas de un rosal, en su cintura tenía una ancha cinta azul, sus manos juntas estaban en posición de oración y llevaba un rosario. Bernadette al principio se asustó; sorprendida se arrodilló pues no alcanzaba a comprender lo que había visto y comenzó a rezar el rosario que siempre llevaba consigo; al mismo tiempo que la niña, la Señora pasaba las cuentas del suyo entre sus dedos. Al finalizar, la Virgen María retrocedió hacia la Gruta y desapareció, para aparecer nuevamente a los pocos días. El 18 de febrero en la tercera aparición la Virgen le dijo a Bernadette: "Ven aquí durante quince días seguidos". La niña le prometió hacerlo y la Señora le expresó "Yo te prometo que serás muy feliz, no en este mundo, sino en el otro".

La noticia de las apariciones se corrió por toda la comarca, y muchos acudían a la gruta creyendo en el suceso, otros se burlaban.

Hubo 18 apariciones entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858. Todas las apariciones se caracterizaron por la sobriedad de las palabras de la Virgen, y por la aparición de una fuente de agua que brotó inesperadamente junto al lugar de las apariciones y que desde entonces es un lugar de referencia de innumerables milagros constatados por hombres de ciencia. Tomada con incredulidad por el clero en los primeros momentos, la manifestación fue recibiendo con el tiempo una acogida cada vez más favorable, hasta el punto que los mismos romanos pontífices han dado muestra de devoción a la inmaculada de Lourdes y han privilegiado su Basílica.


En las apariciones, la Señora exhortó a la niña a rogar por los pecadores, invitó a la conversión y a la penitencia; pidió que edificaran una capilla y que fueran en procesión y mandó a Bernadette a besar la tierra, como acto de penitencia para ella y para otros. La Virgen le había dicho: "Rogarás por los pecadores... Besarás la tierra por la conversión de los pecadores". Como la visión retrocedía, Bernardita la seguía de rodillas besando la tierra.

El pueblo presente en el lugar también la imitó y, hasta el día de hoy, esta práctica continúa.

El 25 de marzo, a pedido del párroco del lugar, la niña preguntó a la Señora ¿Quién eres?, y ella le respondió: "Yo soy la Inmaculada Concepción".

Luego Bernadette fue a contarle al sacerdote, y él quedo asombrado, pues era casi imposible que una jovencita analfabeta pudiese saber sobre el dogma de la Inmaculada Concepción, declarado por el Papa Pío IX en 1854.

En la aparición del día 5 de abril, la niña permanece en éxtasis, sin quemarse por la vela que se consume entre sus manos.

El 16 de julio de 1858, la Virgen María aparece por última vez y se despide de Bernadette. Las apariciones fueron declaradas auténticas el 18 de Enero 1862.

En 1876, se edificó allí la actual Basílica, uno de los lugares de peregrinación del mundo Católico.
Bernadette fue canonizada por el Papa Pío XI el 8 de diciembre de 1933.

Lourdes es uno de los lugares de mayor peregrinaje en el mundo, millones de personas acuden cada año y muchísimos enfermos han sido sanados en sus aguas milagrosas.


La fiesta de Nuestra Señora de Lourdes se celebra el día de su primera aparición, el 11 de febrero.


EL MENSAJE DE LA VIRGEN

La enseñanza espiritual que dejó Nuestra Señora para todo el mundo

El Mensaje que la Santísima Virgen dio en Lourdes, puede resumirse en los siguientes puntos:

1.- Es un agradecimiento del cielo por la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, que se había declarado cuatro años antes por Pio IX (1854), al mismo tiempo que así se presenta Ella misma como Madre y modelo de pureza para el mundo que está necesitado de esta virtud.

2.- Derramó innumerables gracias de sanaciones físicas y espirituales, para que nos convirtamos a Cristo en su Iglesia.

3.- Es una exaltación a la virtudes de la pobreza y humildad aceptadas cristianamente, al escoger a Bernadette como instrumento de su mensaje.

4.- Un mensaje importantísimo en Lourdes es el de la Cruz. La Santísima Virgen le repite que lo importante es ser feliz en la otra vida, aunque para ello sea preciso aceptar la cruz. "Yo también te prometo hacerte dichosa, no ciertamente en este mundo, sino en el otro"

5.- En todas la apariciones vino con su Rosario: La importancia de rezarlo.

6.- Importancia de la oración, de la penitencia y humildad (besando el suelo como señal de ello); también, un mensaje de misericordia infinita para los pecadores y del cuidado de los enfermos.

7.- Importancia de la conversión y la confianza en Dios.


PRIMEROS MILAGROS

26 de febrero: El primer milagro
El agua milagrosa obró el primer milagro. El buen párroco de Lourdes había pedido una señal, y en vez de la muy pequeña que había pedido, la Virgen acababa de darle una muy grande, y no solo a el, sino a toda la población.
Había en Lourdes un pobre obrero de las canteras, llamado Bourriette, quien veinte años antes había tenido el ojo izquierdo severamente lastimado por la explosión de una mina. Era un hombre muy honrado y muy cristiano, quien mandó a la hija a buscarle agua a la nueva fuente y se puso a orar, aunque estaba un poco sucia, se froto el ojo con ella. Comenzó a gritar de alegría. Las tinieblas habían desaparecido, no le quedaba mas que una ligera nubecilla, que fue desapareciendo al seguir lavándose.
Los médicos habían dicho que el jamás se curaría. Al examinarlo de nuevo no quedo mas remedio que llamarle a lo sucedido por su nombre: milagro. Y lo mas grande era que el milagro había dejado las cicatrices y las lesiones profundas de la herida, pero había devuelto aun así la vista.
Muchos milagros siguen sucediendo en Lourdes por lo que en el santuario hay siempre una multitud de enfermos.
4 de marzo
Siguiendo su costumbre, Bernardita, antes de dirigirse a la gruta, asistió a la Santa Misa. Al final de la aparición, tuvo una gran tristeza, la tristeza de la separación. ¿Volvería a ver a la Virgen?
La Virgen siempre generosa, no quiso que terminara el día sin una manifestación de su bondad: un gran milagro, un milagro maternal.
Un niño de dos años estaba ya agonizando, se llamaba Justino. Desde que nació tuvo una fiebre que iba poco a poco desmoronando su vida. Sus padres, ese día, lo creían muerto. La Madre en su desesperación lo tomó y lo llevó a la fuente. El niño no daba señales de vida. La madre lo metió 15 minutos en el agua que estaba muy fría. Al llegar a la casa, notó que se oía con normalidad la respiración del niño.
Al día siguiente, Justino se despertó con tez fresca y viva, sus ojos llenos de vida, pidiendo comida y sus piernas fortalecidas.
Este hecho conmocionó a toda la comarca y pronto a toda Francia y Europa; tres médicos de gran fama certificaron el milagro, llamándolo de primer orden.

LAS APARICIONES DE LA VIRGEN Y LA IGLESIA

El 18 de Enero 1862, el obispo firmó la pastoral aprobando las apariciones. Su carácter sobrenatural y la vida tan auténtica de la vidente.
1874: el Papa Pío IX concedió al santuario el titulo de Basílica.
1876: corono solemnemente la estatua de la Virgen.
León XIII: aprobó el oficio y misa de Lourdes
Pío X llamo a Lourdes: "sede del poder y de la misericordia de María, donde tuvieron lugar maravillosas apariciones de la Virgen"
1907: este mismo Papa extendió la celebración de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes a toda la Iglesia universal.
Pío XI: afirmo: "Lourdes, donde la Virgen se apareció varias veces a la bienaventurada Bernardita, donde exhorto a todos los hombres a la penitencia".
Elevó al honor de los altares a Santa Bernardita Soubirous el 8 de Dic 1933.
Pío XII: escribió la encíclica "La peregrinación a Lourdes", el mas completo de todos los documentos sobre Lourdes"
Juan XXIII: en la clausura del centenario de las apariciones de Lourdes, recordaba lo siguiente: "La Iglesia, por la voz de sus Papas, no cesa de recomendar a los católicos que presten atención al mensaje de Lourdes"
Finalmente, Juan Pablo II es el primer Papa que ha peregrinado a Lourdes, en el año de 1983, con motivo del 125 aniversario de las apariciones. Allí ofició la Santa Misa el día 15 de Agosto, afirmando dos veces: "Venimos en peregrinación a Lourdes, donde María dijo a Bernardita: "Yo soy la Inmaculada Concepción" y añadió: "Aquí habló con una simple muchacha de Lourdes, rezó con ella el rosario, le dio varios mensajes, y concluyó el Papa diciendo: "la Virgen viene a salvar a los pecadores.."

PUNTOS DE REFLEXIÓN SOBRE LAS APARICIONES EN LOURDES
Enseñanza espiritual sobre los signos visibles de la primera aparición.

1.- Rodeada de luz: es el símbolo de la luz de la fe, a la cual nos abrimos por el Bautismo. La fe es la luz de la vida con que debemos brillar ante el mundo. Debemos hacer resplandecer la fe por la santidad de nuestras vidas.

2.- La luz era tranquila y profunda: en la fe cristiana hallaremos el reposo para nuestra alma.

3.- De belleza incomparable, no hay nada igual aquí en la tierra: trabajar intensamente por adquirir la verdadera belleza que es la del alma, a fin de que Dios pueda contemplarnos con agrado.

4.- Ropaje tan blanco, tan puro, tan delicado que jamas tela alguna pudo imitar: de que pureza tan perfecta y delicada ha de estar revestida delante de Dios, nuestra alma; ya que el pecado mancha nuestro blanco ropaje.

5.- Pies desnudos, brillando sobre cada uno de ellos una rosa luminosa: Los pies desnudos nos predican la pobreza evangélica, esta bella y sublime virtud a la cual Jesús ha prometido el mismo Reino de los Cielos. Las rosas luminosas: Jesús nos envía a difundir por todas partes el buen olor de Cristo, el divino perfume del Evangelio.

6.- Las manos siempre juntas, con el santo rosario: en ferviente oración, orando siempre y sin interrupción. La oración nuestro alimento constante, la respiración del alma, pues todas las virtudes solo nacen en un alma que ora.



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Tomado de:
http://www.iglesia.org/articulos/maria-lourdes.php

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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Marzo



APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN
INTENCIONES PARA EL MES DE
MARZO




Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración
y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.






Por las Intenciones del Papa


Intención General:


Para que las naciones de América Latina puedan caminar en la fidelidad al Evangelio y sean pródigas en la justicia y la paz.










Intención Misional:

Para que el Espíritu Santo de luz y fuerzas a las comunidades cristianas y a los fieles perseguidos o discriminados a casusa del Evangelio en tantas partes del mundo.






Por las Intenciones de la Conferencia Episcopal Peruana
Para que los esposos progresen y perseveren en una feliz unión matrimonial, mediante la oración y los sacramentos, por el arte de la mutua escucha y de la sincera búsqueda del bien material y espiritual de ambos y de los hijos.




La Justicia y la Paz en América Latina

Nuestros pueblos “tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia. Para estos pueblos, sus pastores han de fomentar una cultura que permita, como decía mi predecesor Pablo VI: “pasar de la miseria a la posesión de lo necesario, a la adquisición de la cultura... a la cooperación en el bien común... hasta el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin”. (Populorum progressio, 21) (Benedicto XVI, Aparecida, Brasil, 13.5.2007. Extracto)



Luz y Fuerza del Espíritu Santo para los perseguidos

“...Recuerdo en la oración a quienes han hecho de su vida una exclusiva consagración al trabajo de la evangelización. Una mención particular es para aquellas Iglesias locales y para aquellos misioneros y misioneras que se encuentren testimoniando y difundiendo el Reino de Dios en situaciones de persecución, con formas de opresión que van desde la opresión social hasta la cárcel, la tortura y la muerte. No son pocos quienes actualmente son llevados a la muerte por causa de su “Nombre”... (Benedicto XVI. Homilía. Jornada Mundial de las Misiones. 29.7.2009. Extractos)”


Aparecida - Misión Continental

“Creemos y esperamos: ... Formar comunidades vivas que alimenten la fe e impulsen la acción misionera...” Mensaje Final.


Eucaristía

Misa por la paz y la justicia (Misal romano)


Palabra de Dios

Isaías 58,5-12. El ayuno que agrada al Señor es hacer justicia.
Isaías 9,2-7. La luz de Dios brilla en medio de su pueblo.
Mateo 25,31-46. El juicio final: Jesús se identifica con los que sufren.


Reflexionemos

¿Qué podemos hacer para que nuestro país avance en la fidelidad al Evangelio y progrese en la justicia y la paz?

Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos.
Asimismo, invitamos a la Misa de los Primeros Viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.

P. Antonio Gonzalez Callizo S.J.
Director Nacional del Apostolado de la Oración (AO)
Parroquia San Pedro




Visítenos en:

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¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!
Apostolado de la Oración
Azángaro 451, Lima


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Los Primeros Viernes - 1º Parte: Razones a favor


P. José Luis de Urrutia, S.J. †


En esta práctica actualmente se da un hecho paradójico: sigue manteniéndose en una parte importante del Pueblo de Dios; importante no sólo por su número, sino por ser entre los cristianos más auténticos en su vida y en su adhesión al Magisterio. Pero al mismo tiempo, algunos de sus pastores, los sacerdotes, han cesado de propagarla, y aún a veces la impugnan duramente.

Fenómeno extraño que exige revisar los mismos fundamentos de esta práctica. En la revisión que vamos a intentar hacer concisamente, analizaremos: I) las razones en las que antes se apoyó; II) las causas de la nueva oposición; III) el por qué de la promesa.

I. Razones a favor de los Primeros Viernes

Ante todo notemos que histórica y teológicamente sólo tiene sentido hablar de esta práctica dentro de la espiritualidad del Sagrado Corazón y para quienes la admitan. Por lo demás, los Primeros Viernes se apoyan en una doble autoridad: 1º, la de Santa Margarita María y 2º la del Pueblo de Dios (incluyendo la Jerarquía

1º En Santa Margarita María

A la Madre Saumaise escribía en 1688 que un viernes durante la comunión (quizá al tener la tercera de las grandes revelaciones, en 1674, cuando el Señor le pidió que comulgase todos los primeros viernes), le fueron dichas estas palabras: «Te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: no morirán en mi desgracia y sin haber recibido los sacramentos; mi divino Corazón será su asilo seguro en los últimos momentos». Esta promesa no fue divulgada hasta 1867, en que se publicó la carta. Por tanto, la práctica de los primeros viernes ha cumplido ya un siglo en la Iglesia.

La obtención de esta promesa, como se ve, no está condicionada (según algunos han sostenido sin probarlo), ni a que después no se desmerezca el privilegio (sería reducir a nada la promesa), ni a que las comuniones sean de elevado fervor. Basta que sean comuniones válidas y dentro de esta espiritualidad (como correspondencia al amor de Cristo, ofreciéndonos a aceptar su voluntad, por todos los que no le aman…) La segunda parte de la promesa: que recibirán los sacramentos a la hora de la muerte, por tratarse de un medio, se deberá dar únicamente si es necesario para el fin de su salvación.

¿Qué valor tiene la afirmación de Santa Margarita María? Aún admitiendo ciertas anomalías en su psicología, sin embargo se puede afirmar:

Su virtud heroica, canonizada por la Iglesia con juicio infalible, no solamente excluye la mala fe, sino que asegura su más sincera búsqueda de la verdad.

Por parte de Dios, estaría contra su promesa evangélica “buscad y hallaréis”, que la hubiese dejado perdida en una perpetua ilusión errónea, precisamente en lo que constituyó el centro de su vida y el motor de su santidad: la misión a la que se creyó llamada. Eso no sucede en la hagiografía.

Su doctrina, además de no contradecir en nada al dogma (de lo contrario su proceso de canonización se hubiera interrumpido), lo expone con un vigor y un fruto que si sus revelaciones fueran falsas se habrían conseguido sólo gracias a una fantasía delirante: lo que resulta moralmente imposible según la teología espiritual.

2º En el Pueblo de Dios

Una práctica secular ya del Pueblo de Dios y tan extendida en toda la Iglesia; práctica impulsada por el Magisterio de los Papas y los Obispos de todo el mundo, no solamente porque creían que estaba bien comulgar ciertos días, sino basados en la promesa cuya autenticidad confirmaban: todo esto, para quienes creemos en la asistencia del Espíritu Santo a su Iglesia, induce la verdad de tal doctrina, pues de lo contrario el Espíritu Santo no hubiera permitido semejante credulidad, ni levantado sobre algo falso toda una espiritualidad tradicional de perfección.

En esta misma práctica masiva del Pueblo de Dios encontramos la respuesta a una serie de objeciones que se le han opuesto:

1. «Es una presunción insostenible el creerse uno cierto de su salvación» El Concilio Tridentino (D. 806) dice: «Nadie se prometa con absoluta certeza la perseverancia…, ya que hay que procurar la salvación con temor y temblor (Fil. 2,12)… y se debe temer, sabiendo que no hemos renacido en la gloria, sino en la esperanza de la gloria». Y en el canon correspondiente (D. 826): «Si alguno dice con absoluta e infalible certeza, sin especial revelación, que tendrá el gran don de la perseverancia, sea anatema»

Respuesta: No se trata de una certeza absoluta, sino moral, no exigida por la evidencia ni por el dogma; ni aun del mismo hecho de la validez de una comunión tenemos certeza absoluta. Por otro lado, una experiencia masiva demuestra que después de comulgar nueve primeros viernes, los fieles no caen en la presunción, sino que continúan comulgando y con más temor de Dios y del pecado que antes, aunque ya más impulsados por el amor que por el miedo al infierno. Si alguno comulgase presuntuosamente, es decir, sin propósito de enmienda, pensando pecar después, está claro que su comunión sería sacrílega, no válida, y no ganaría la promesa. Respecto a los posibles presuntuosos luego de ganar la promesa, pastoralmente, para evitarlos, habrá que exponer adecuadamente el espíritu de la devoción al Sagrado Corazón; teológicamente no nos toca preocuparnos por cómo se verificará en ellos la promesa: Dios tiene infinitos medios para evitar que haya presuntuosos, o si los permite, para convertirlos después, según su misteriosa Providencia.

2. «Es una promesa increíble; una concepción mágica del cristianismo: que toda su finalidad sea comulgar nueve veces y precisamente los primeros viernes de mes. ¿No sería mejor comulgar un domingo al mes durante un año, por ejemplo?»

Respuesta: Respondemos ante todo que se trata de un problema histórico: ¿Dios lo ha prometido, sí o no? Rechazarla temerariamente a priori porque a mí y ante mí me parece al revés que a los Papas y a la Iglesia, que supone poca prudencia en Dios, es demasiada petulancia (¡el gran pecado intelectual del humanismo contemporáneo!) Por supuesto que Dios podía haber hecho la promesa de la perseverancia final de otras mil formas, o no haberla hecho. Pero si quiere prometer el cielo por nueve o por una comunión, ¿es que nos va a pedir consejo? «¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» ¿Quién ha sido alguna vez consejero suyo? (Rom 11,33 s, también 1Cor 2,16; Is 40,13; Job 15,8; Sab 9,13) «No son mis planes los vuestros, ni vuestros caminos los míos. Como los cielos distan de la tierra, así mis caminos están sobre los vuestros y mis planes sobre vuestros planes» (Is 55,8-9) Más inverosímil nos parecería, sino fuese de fe, que Dios se quede en la Eucaristía para que le comamos, expuesto incluso a tanta irreverencias. Bien mirado, a priori nos parecería imposible (más aún que esta promesa) el que Dios se degradase tanto y no lo aceptaríamos, como tampoco lo aceptan los protestantes. Pero la creatura no debe juzgar, sino buscar el camino que Dios ha trazado (Y por algo hace Dios las cosas)

Bien puede ser además una promesa y plan de Dios lo que por todas partes da el fruto inesperado de reanimar la vida cristiana e introducir la costumbre de la comunión frecuente, ya que muestra la experiencia ser la comunión de los primeros viernes el único medio para conseguir en muchísimos cristianos la frecuencia de sacramentos y de hecho, una vez comenzada, suele generalmente continuarse, o al menos repetirse a menudo los nueve primeros viernes. Es el criterio que nos da Cristo para la discreción de espíritus: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16)

3. «No tiene más valor esta promesa –objetan algunos- que la del escapulario del Carmen, y desde luego menos que la hecha por Cristo en San Juan (6,47ss): ‘El que cree, tiene la vida eterna’; ‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo: si alguno lo come, vivirá eternamente’; ‘El que come mi carne vive en Mí y Yo en él, tiene la vida eterna y Yo le resucitaré el último día’; ‘El que come este pan, vivirá eternamente’»

Respuesta: Sin embargo podemos responder: La promesa del escapulario del Carmen dice que se salvarán los que mueran con él, lo cual uno no sabe hasta la hora de la muerte si se realizará. Ni presenta pruebas de autenticidad y autoridad tan claras como la promesa de los primeros viernes.

La promesa de Cristo en San Juan, estrictamente indica que quien comulgue tiene la gracia santificante (que es la vida eterna); pero no excluye que pueda perderla. Así decimos: el que tiene entrada, entrará; lo cual no excluye que llegue a perder la entrada y no pueda entrar. La promesa de los Primeros Viernes es como decir: ya tienes derecho a entrar; es decir, el condicionado se cumple al comulgar el noveno viernes; en el otro caso no se cumple hasta la hora de la muerte. Sin embargo, aquella promesa de Cristo en San Juan es el fundamento de esta otra. Según aquella lo normal es que quien comulga frecuentemente mantenga siempre en sí la vida eterna. Esta, lo vemos en la práctica, concede una gracia especial por la que, generalmente, se continúa comulgando frecuentemente (aparte de ser también válida la promesa para los que dejen de hacerlo)

Para algunos espíritus más intelectuales (ojalá que no más orgullosos), las promesas sobran. A ellos sólo les gusta obrar por razón; moverse por promesas, les parece infantil. Pero Dios nos conoce bien, y por eso multiplica las bienaventuranzas y las promesas. Y a las promesas de Dios se ha debido la gran difusión de esta práctica, como del escapulario del Carmen. Este modo nuestro de ser lo demuestra hasta la vida comercial: se compra muchas veces un producto en lugar de otro buscando regalos que promete. En términos actuales diríamos que Dios acomodándose a ese modo de ser nuestro, nos propone premios concretos como propaganda, para que vivamos según su revelación.

4. «Si esta promesa fuese verdadera sería demasiado fácil salvarse: se regalaría el cielo por una bagatela»

Respuesta: Aquí hay que distinguir dos cosas: Una, la gracia de la perseverancia. Otra, lo que cueste ganar el cielo. Que Dios conceda la gracia de la perseverancia fácilmente, no debe extrañarnos, menos ahora que según algunos casi todo el mundo se salva. A la Santísima Virgen Dios se la concedió, sin exigirle nueve comuniones ni nada, al confirmarla en gracia en el instante de su Inmaculada Concepción. Pero esto no impidió que, análogamente a Cristo, tuviese que pagar un precio tremendo para ganar el cielo para sí y para nosotros. De igual forma, que Dios prometa a uno la perseverancia, no quiere decir que no tenga que llevar su cruz. Recordemos que la espiritualidad al Sagrado Corazón, con su entrega a Dios renunciando a todo egoísmo y gusto personal a fin de vivir para los demás y aceptando todos los padecimientos de la vida como venidos de la mano de Dios, constituye la ascética más exigente, aunque sea al mismo tiempo la más fácil y más elevada.

En consecuencia, no extrañará que los Papas, a quienes compete el juicio definitivo, hayan aprobado, con las otras particularmente esta «gran promesa»: La Congregación de Ritos, en 1872 con la confirmación posterior de León XIII. El mismo Papa en la constitución “Benignae” (28 de junio de 1889) afirmó: “Jesucristo invita y atrae a todos los hombres a sí con la esperanza de magníficas promesas”. Benedicto XV en la bula de canonización de Santa Margarita María (13 de mayo de 1920) dice: “El Señor Jesús se dignó dirigir estas palabras a su fiel esposa…” y a continuación repite las que contienen esta promesa que antes citamos. Pío XI en la encíclica “Miserentissimus Redemptor” escribía: “Hoy prevalece por todo el mundo la costumbre de comulgar los primeros viernes, conforme al deseo de Cristo Jesús”. Pío XII en la “Haurietis aquas” explica: “El motivo principal de abrazar este culto no han de ser los beneficios que Nuestro Señor ha prometido en revelaciones privadas”, con lo cual implícitamente afirma que los ha prometido. Y el Sínodo Romano dirigido por Juan XXIII concede a los sacerdotes de Roma celebrar los primeros viernes misa votiva del Sagrado Corazón y les encarga que mantenga la costumbre de llevar esos días la comunión a los enfermos, lo que supone una aceptación de esta promesa.



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El texto es una Comunicación Nacional del Apostolado de la Oración - Madrid, enero de 1969, del P. José Luis de Urrutia, S.J. †, en ese tiempo Director de la revista "Reino de Cristo" de dicho AO.



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Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2011

«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo,
con él también habéis resucitado»
(cf. Col 2, 12)


Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010

BENEDICTUS PP. XVI




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Tomado de:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20101104_lent-2011_sp.html

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Homilía: Ser perfectos - 7º Domingo (TO) A




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Lev 19,1-2.17-18; S 102; 1Cor 3,16-23; Mt 5,38-48

Con la perícopa de hoy acaba el primero de los tres capítulos que San Mateo dedica a la larga exposición que hace del Sermón de la montaña.

Este fragmento algunos de ustedes se habrán dado cuenta de que tiene un claro sabor semítico o judío –los judíos descienden de Sem, el hijo de Noé– por las hipérboles, contraposiciones y paralelismos. Esta forma de explicación es típicamente hebrea. El evangelista habla el arameo o hebreo, lo que confirma que Mateo es el autor de este evangelio como dice la tradición; muestra también que se ha esforzado por transcribir las palabras de Jesús con la máxima fidelidad posible y que el destino de su catequesis son cristianos de cultura hebrea, como también dice la tradición. La túnica y la capa eran prendas de uso normal; forzar a acompañar parte del camino llevando una carga era un derecho de los correos reales persas. Las alusiones a estos detalles son huellas que confirman que estamos en tiempos de Jesús y de que la perícopa fue pronunciada por él.

El sentido es claro: el discípulo de Jesús no sólo no hiere ni de obra ni de palabra, sino que, aun en el caso de ser ofendido, no se venga, es más perdona el mal recibido.

El “ojo por ojo y diente por diente” es muy anterior a los tiempos de Jesús como principio de administración de justicia. Es común en las legislaciones más antiguas de Oriente y está ya 1800 años a.C. en el código de Hammurabi y de aquí fue adoptado por otras legislaciones penales, entre ellas la del Éxodo. Se la designa como “la ley del talión” y significó un avance jurídico frente a la costumbre hasta entonces vigente de la venganza personal. Posteriormente su crueldad fue atenuándose en la misma legislación israelita. Aquí no se trata de una ley penal para el estado, sino de introducir entre los hombres un nuevo comportamiento humano, la nueva moral del reino. Cristo establece un principio antitético de conducta personal, cuando se es ofendido: sufrir y aguantar con paciencia. Sin embargo hay que evitar el malentendido de aplicar esta doctrina a la justicia administrada y garantizada por el Estado. Cierto que si el Estado, cuya primera obligación es garantizar el orden de la justicia y el libre ejercicio de los derechos, “castigase” a los violadores de modo que con impunidad los violasen aun más gravemente, el desorden social sería insoportable y los males superarían incluso a los causados por las violaciones de los criminales. No se trata de las relaciones de estado—criminales, sino entre particulares. Se trata de conflictos interpersonales y de los límites del derecho a la defensa y la venganza ante el mal que el prójimo me causare.

Sobre el mandato “Amarás a tu prójimo” en la escritura no se añade “y aborrecerás a tu enemigo”. Pero sucedía que los judíos entendían en general como prójimo sólo a los demás judíos y, a lo sumo, a los extranjeros que habían adoptado la religión de Israel. A los paganos los despreciaban (v. Ef 2,14-16). Jesús, en cambio, no sólo prohíbe que se les odie ni trate mal, sino que manda que se les ame y que se pida a Dios por ellos, para que les bendiga y les haga partícipes de sus dones y amor. Y eso aunque su conducta no sea la que Jesús avala sino que se porten mal y aun en el caso de que les persigan. Y lo dice no como algo de supererogación, que supera obligaciones, sino que es un deber; el cristiano ha de amar a sus enemigos y rezar por ellos. Su dignidad de hijo de Dios le obliga, pues debe ser como su Padre y el Padre hace salir el sol y llover sobre todos ellos, sin distinguir entre buenos y malos. El argumento es desde luego conmovedor: nada de ira ni afán de castigos para con los pecadores. Somos todos hermanos e hijos del mismo Padre y como tales debemos portarnos.

Y lo reafirma con otros argumentos: primero, que amar sólo a los amigos y saludarles carece de valor moral, no demuestra virtud. Lo hace todo el mundo; los mismos publicanos, que tienen el alma podrida por el afán de dinero y roban lo que pueden; y hasta los paganos idólatras y adoradores de dioses que no son y esclavos de cualquier vicio. ¿Para eso vienen a escucharme y oírme hablar de Dios y dicen buscar el Reino de Dios?. No se engañen—parece decirles—. “Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”. La perfección moral del Reino exige el amor al prójimo y prójimo lo es todo hombre; también el extranjero; más aun también el enemigo que les ha ofendido y ofende; también el publicano y el pagano. Y precisamente, según la palabra misma de Jesús, la perfección moral solo aparece clara cuando llega a la caridad con el publicano y el pagano, es decir con quien no se tienen lazos ni razones humanas para hacerle el bien, sino al contrario.

Al fin del discurso dirá Jesús que tal conducta es caminar por la senda acertada, dar los buenos frutos, que prueban que el árbol, el corazón, está sano, y construir sobre roca (v. 5,13-20.24-24).

Esta doctrina nos ha de llevar a todos a examinarnos a fondo. En nuestras relaciones diarias, dada nuestra fragilidad, molestamos y nos molestan fácilmente con palabras, actitudes, gestos. Roces, discusiones, agresiones y disputas comienzan y se dan con frecuencia; cualquier cosita nos hiere y no sabemos perdonar ni humillarnos; no sabemos amar sobre la marcha en la familia, en el trabajo, en los grupos eclesiales, entre los mismos amigos; no somos perfectos. Pero si nos esforcemos por serlo, la vida normal de cada día a lo cristiano nos da la oportunidad de ser sal y luz, de hacernos perfectos e hijos de nuestro Padre. Hemos de pedirlo a Dios continuamente, hemos de seguir corriendo hasta alcanzarlo (v. 1Cor 9,24).


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