Una lectura metódica de la Biblia

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.



Para que la vida, conducta e identidad del creyente cristiano sea suya, personal y enraizada en su forma de ser, parece necesario que este creyente vaya adquiriendo la costumbre de leer la Biblia por cuyo medio el Dios de Jesucristo trata de decirnos algo de manera tan personal y directa, que sea capaz de hacerse experiencia de fe y en consecuencia de convertirnos en testigos de ella, en vivir como “resucitados”.


La Biblia es con mucho el mejor libro “devocional”. Él nos conduce al Dios que siempre es mayor que nosotros. Su centro es la persona de Jesucristo. En lo más íntimo de los corazones, en los momentos más intensos y serios estamos persuadidos de que a pesar de nuestra debilidad, nuestra frivolidad y egoísmo, Jesucristo es muy capaz de devolver y dar sentido y dignidad a nuestra vida entera. En definitiva nosotros más que nunca confiamos sobretodo en él como salvador, porque Él entraña el misterio del Creador y Señor de todo.


Con el fin de facilitar la lectura diaria de la Biblia, proponemos a los lectores que en ella procuren seguir el plan que les presentamos en las posteriores publicaciones. En ellas les iremos apuntando las referencias a textos que consideramos estimulantes para iniciarse así en la asidua y fascinante lectura de la Biblia santa, como alimento para ir creciendo así en nuestra personalizada fe que a de conformar en cualquier circunstancia nuestra identidad cristiana. En recuadro aparte facilitamos la guía de cada libro bíblico con el fin de evitar en muchos creyentes la confusión y el desánimo al perder la perspectiva del conjunto. El grado de perseverancia en el descubrir la Biblia reside, pienso yo, en la experiencia sentida del misterio de Dios y de Jesucristo en la vida de cada uno. Esto pertenece a lo más íntimo de la persona y conforma lo esencial de su identidad.


También para algunos puede ser útil seguir el ciclo litúrgico que tiene la Iglesia, y de esta forma al cabo de uno, dos o tres años habrán leído lo más sustancial de la Biblia litúrgica. Este ciclo anual se inicia a fines del mes de noviembre con el tiempo del “Adviento”.




TEXTOS PARA LEER Y ORAR


Lucas 8,4-15. Parábola del sembrador.
Colosenses 1,3-14. Oremos unos por otros.
Salmo 42 (41). Tengo sed del Dios vivo.
Juan 4,1-42. Jesús y la samaritana.
Juan 3,1-21. Jesús y Nicodemo.
Mateo 6,5-15. Oración del “Padre nuestro”.
1 Samuel 3,1-21. Vocación de Samuel.
Salmo 103 (102). “Bendice alma mía al Señor”.



NOTA SOBRE LA NUMERACIÓN DE LOS SALMOS


A partir del Salmo 9, terminado el versículo 21, cambia la numeración según sea la fuente original de la edición. La Vulgata, conforme a la versión griega considera la serie de diez y ocho versículos posteriores al 21 del Salmo 9 como formando parte de éste. Sin embargo, la versión en hebreo considera esos mismos versículos como el Salmo 10. Para entendernos entre nosotros, en las nuestras publicaciones, el número entre paréntesis que aparece en la cita de los salmos indica la numeración de la Vulgata, pues suele ser la más utilizada en los libros litúrgicos.




Tú, por tu parte, permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste, sabiendo de quién lo has aprendido, y que desde la infancia conoces las Escrituras santas como fuentes de sabiduría y salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda escritura está inspirada por Dios y es provechosa para enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud. Con ella, el creyente estará preparado para hacer el bien. (2Tim 3, 14-17)



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Agradecemos al P. Fernando Martínez Galdeano, S.J. por su colaboración.


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Matrimonios: Ser sarmientos de la única Vid, 1º Parte

P. Vicente Gallo, S.J.




“Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: ‘Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador; ... permaneced en mí y yo en vosotros’ (Jn 15, 1-4). Con estas sencillas palabras se nos revela la misteriosa comunión que vincula en unidad al Señor con los Discípulos, a Cristo con los bautizados; una comunión viva y vivificante, por la cuál los cristianos ya no se pertenecen a sí mismos sino que son propiedad de Cristo, como los sarmientos unidos a la vid. La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del Espíritu Santo”.


“Jesús continúa: ‘Yo soy la vid; vosotros los sarmientos’ (Jn 15, 5). La comunión de los cristianos entre sí nace de la comunión con Cristo: todos somos sarmientos de la única vid que es Cristo. El Señor Jesús nos indica que esta comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida íntima del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por ella pide Jesús ‘Que todos sean uno: como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado’ (Jn 17, 21). Esta comunión es el misterio mismo de la Iglesia”, dice Juan Pablo II (CL 18)



1. Ministerios, Servicio y carismas


“La misión salvífica de la Iglesia, en nuestro mundo, se lleva a cabo no sólo por los ministros que tiene en virtud del sacramento de Orden, sino también por todos los fieles laicos. Estos, en virtud de su condición bautismal y de su vocación específica, participan, en efecto, en el oficio sacerdotal, profético y regio de Jesucristo, cada uno en su propia medida”, dice el Papa (CL 23). “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, va haciendo y dirige al pueblo sacerdotal, realiza el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo, y lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios” (LG 10). Esos ministros son los Obispos, Presbíteros y Diáconos.

Pero hay otros “ministerios” que proceden de los otros Sacramentos, por los que nos incorporamos a Cristo y nos hacen su Iglesia, como el Bautismo, la Confirmación y el Matrimonio. Por ejemplo, presidir oraciones litúrgicas, ejercitar el ministerio de la Palabra, dar la sagrada Comunión y aun el Bautismo, allí donde los Presbíteros difícilmente podrían hacerlo, aunque dependiendo de la autoridad de ellos. Son ministerios para ejercerlos los laicos. No para que los Presbíteros sean suplantados o se abstengan de hacerlo; sino porque no pueden llegar a ello y lo delegan.

Además de esos “ministerios”, los fieles laicos pueden ejercer también legítimamente otros oficios responsabilizándose de algunos servicios, parroquiales o no, para los que no es necesario ser sacerdote; cumplen oficios eclesiales como catequesis bautismal o de primera Comunión, o para la Confirmación o el Matrimonio, catequesis familiar, preparación de los enfermos para sufrir con Cristo y morir si es necesario, y también algunas funciones en la liturgia, como acolitar, leer la Palabra, hacer las Preces por la Iglesia y el mundo, etc.

Hay, también, otros dones del Espíritu Santo, que se llaman carismas, igualmente para el bien de la Iglesia en su misión de salvar al mundo. Son cualidades especiales para servir a la Evangelización y a la edificación de la Iglesia en el mundo: el don de la palabra, el don de interpretarla, el don de enseñar (en charlas o en retiros), el don de discernir, de organizar, de administrar, y también el don de la música, y de lenguas. No sólo como dones naturales, sino dados especialmente por el Espíritu Santo para beneficio de la Comunidad. Siempre bajo la autoridad y vigilancia de quienes tienen su ministerio por el sacramento del Orden, que personifican en la Iglesia a Cristo el Pastor.

De todos modos, la Iglesia está siempre dirigida por el Espíritu Santo, que es quien distribuye los ministerios, los servicios y los carismas como El quiere, para la edificación del Cuerpo de Cristo y el cumplimiento de su misión salvadora que trajo del Padre a favor del mundo. Con esa unión de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, organizados por el Espíritu de esa manera, es como fructificarán para el Padre los sarmientos de la única Vid (Jn 15, 1-8).

En la Iglesia surgen también diversos Movimientos Laicales y diversos modos de Vida Consagrada. Igualmente entre ellos debe brillar la Unidad de un mismo Cuerpo. Una sola es la Vid de todos esos sarmientos. Uno solo es el Cuerpo de todos esos diversos modos de ser miembros. Ninguno de ellos se pertenecen a sí mismos, sino a Cristo, como miembros, como sarmientos de la Vid. “Siendo muchos, no forman sino un solo Cuerpo en Jesucristo, siendo, cada uno por su parte, los unos miembros de los otros” (Rm 12,5, y 1Co 12,12-26). “Pero siempre “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu” (Ef 4, 4), aunque mantengan cada uno sus maneras peculiares de ser y de hacer.

En consecuencia, no es cristianamente honesto “comulgar en la Eucaristía” si no vivimos de hecho esa “unidad del Cuerpo del Señor” (1Co 11, 18-29), como se hace con tanta frecuencia “comulgando” unos y otros sin tener ni querer tal unidad entre los Movimientos o entre sus miembros. Además de poco honesto, resulta estéril en la actividad apostólica que unos y otros pretendan por su parte; pues Jesús oró al Padre: “Que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en Ti, que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Más aún : al hablar de “Comunión” en la Iglesia, no nos referimos principalmente a la comunión en la Eucaristía, sino a “la comunión con Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo” (CL 19). Es eso a lo que llamamos “Comunión de los santos” en nuestro Credo, como parte esencial de nuestra fe. Cada fiel laico se encuentra en esa relación con todo el Cuerpo y le ofrece su propia aportación, cada uno con sus peculiares dones o carismas hechos servicios en la Iglesia de Jesucristo.


Todo “lo santo”, en la pertenencia de cada uno a Cristo, es el tesoro de la Iglesia; y todo ello pertenece a todos y a cada uno de los fieles, miembros del mismo Cuerpo. De esa manera, cada fiel es partícipe de la santidad de los otros, igual que con su propia santidad hace santa a la Iglesia que es la única Vid y el único Cuerpo. Unidos siempre con Cristo en comunión de vida, de caridad y de verdad, siendo todo ello fruto del mismo Espíritu Santo; todos juntos, somos el Reino de Dios.


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Sociedades Secretas: Masones - 2º Parte, Organización

Las Sectas
en
Latinoamérica


43º Parte


P. Ignacio Garro, S.J.

Profesor del Seminario Arquidiocesano de Arequipa, ex profesor del Seminario de Trujillo.

Continuación...



3.- ORGANIZACIÓN DE LA MASONERÍA


La organización básica de la masonería es la Logia 61, que debe de estar constituida por un mínimo de siete Maestros. Estos se reparten los cargos de "oficial" y tienen sus sitiales reservados en el Templo. Cada Logia puede escoger el rito en el que desea trabajar. Tres Logias, al federarse pueden constituir una Obediencia, que debe de ser reconocida por una Potencia Masónica, o conjunto de Logias denominadas: Gran Logia Unida de Inglaterra, Gran Oriente de Francia, etc. Dentro de la complejidad que entraña la descripción exacta de todas y cada una de las Grandes Logias que hay en el mundo, indicaremos lo relativo a ritos, grados, talleres, iniciación, símbolos, cámaras, poder legislativo y poder ejecutivo, etc.

a.- Obediencia masónica

Existen Obediencias regulares e irregulares o liberales.

- Obediencia regular: Se la denomina masonería regular, es la rama primera y principal que se une directamente al tronco principal, que es la Gran Logia Unida de Inglaterra. La "regularidad" es de origen si la Logia ha sido constituida legalmente; "de principios" si conserva los "principios fundamentales" y el estado jurídico estatuido por la Gran Logia Unida de Inglaterra e impuesto a todas la obediencias masónicas en 1929. Son regulares la Gran Logia Unida de Inglaterra, madre de toda la masonería regular, y la "Grande Loge National Française", fundada en 1913; la "Grosseloge" alemana, llamada también "Christlicher Freimaurerorden" (Orden cristiana de los masones); el "Gran Oriente Español"; el "Gran Oriente de las Islas Filipinas". La masonería holandesa, austriaca, de los Países escandinavos, la de EEUU, etc., y exige de sus miembros la creencia en un Dios revelado y en la inmortalidad del alma, y aunque mantienen autonomía nacional, deben ceñirse a las directrices generales dictadas por la Gran Logia Unida de Inglaterra, que es la única que se considera única heredera de la Franç-Masonería tradicional.


- Obediencia irregular: Llamada también masonería irregular o liberal. Es como una rama lateral de la masonería regular. Surge cuando la logia del "Grand Oriente de France" de desgajó de la anterior en 1877. Negaron la creencia en el Gran Arquitecto del Universo (GAU), y se inclinó descaradamente hacia una actividad política y antirreligiosa (anticatólica). Logias irregulares son la Gran Logia Española, la Gran Logia Italiana, y otras muchas.
Las Logias irregulares predominan en los países latinos de Europa. Esta clase de masonería con su animosidad contra la religión, con su anticlericalismo a ultranza, con su politización no disimulada, en la actualidad goza de poca estima. Mantienen dos puntos de vista fundamentalmente antagónicos con la masonería de obediencia regular, a saber: la libertad de culto religioso de sus miembros masones, y la soberanía masónica nacional, siendo totalmente autónomas y pudiendo relacionarse o no, con Obediencias extranjeras mediante tratados de amistad.


- Masonería ocultista: Los expertos 62 hablan, además de la masonería regular e irregular, de una rama de masonería y la denominan: masonería ocultista. Es una rama marginal y por lo tanto es masonería irregular, que al parecer prolifera en no pocos grupos actuales de NMR, y que aspiran al desarrollo de las fuerzas ocultas de la mente humana (espiritismo) o del hombre mismo a fin de que éste alcance su perfección plena. Esta rama de la masonería ocultista ha dado origen a grupos de espiritismo y de satanismo. En esta rama no es fácil precisar si entraron en la masonería maestros de las ciencias ocultas, o dedicados a la magia negra, a la nigromancia, o alquimistas, etc., o si es que los masones propiciaron este tipo de ideas y de pensamientos. Esta rama de la masonería ocultista tiene influencia del esoterismo, del ocultismo y del iluminismo, así como del cultivo y manipulación de las fuerzas ocultas de la mente humana, los fenómenos metapsíquicos y los fenómenos parapsicológicos. Esta masonería ocultista ha tenido su principal desarrollo en el mundo anglo-sajón; Inglaterra, Alemania, y también en Francia, Italia y otros países.



b.- Ritos


La elección de rito responde a la forma simbólica que se desea adoptar para el estudio de la Gran Tradición Masónica, conjunto de conocimientos filosóficos que constituyen el patrimonio cultural masón, basado sobre todo en los estudios de las obras de alquimistas ocultistas.

Los ritos más conocidos son el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, (el más común y aceptado dentro de la masonería y consta de 33 grados), que abre sus trabajos evocando al Gran Arquitecto del Universo. En sus Logias está presente la Biblia, generalmente abierta en la página primera del Evangelio de San Juan. También existe el Rito de la Gran Logia Unida de Inglaterra, que consta de tres grados: aprendiz, compañero y maestro; el Rito De York, tiene 7 grados y es parecido al rito escocés pero tiene una configuración más religiosa que otro ritos masónicos; en sus trabajos hay un momento reservado para una oración al Altísimo. Existe el Rito Moderno o la Gran Logia de Oriente de Francia, sus ritos adquieren un carácter más caballaresco, se instauró bajo el reinado de Luis XIV por medio de su ministro Fénèlon, que pretende crear con la masonería un movimiento pacifista mundial, en este rito no se invoca al Gran Arquitecto del Universo. Dicen trabajar por la mayor gloria de la Humanidad. Existen otros ritos más.

La instrucción masónica no se recibe de una sola vez, requiere tiempo e ir pasando lúcidamente por cada uno de los grados. El número de grados varía según los sistemas o ritos a los que se pertenece. Veamos:

Los tres grados elementales de toda Logia masónica son tres: Aprendiz, Compañero, Maestro. Estos tres grados se denominan simbólicos, y no consta de otros el llamado "rito inglés", que es el que practican la mayoría de las logias. Nosotros vamos a describir el Rito Escocés Antiguo y Aceptado.


c.- Grados

El "Rito Escocés Antiguo y Aceptado" admite tres variedades de grados, a saber:
a.- Rito escocés filosófico, con 18 grados
b.- Rito escocés primitivo, con 25 grados
c.- Rito escocés antiguo y aceptado, con 33 grados

Estos 33 grados se dividen en:

1.- Simbólicos, que comprenden los grados 1º, 2º y 3º y forman la masonería blanca.
2.- Capitulares, que comprende los grados del 4º al 18º inclusive y forman la masonería encarnada.
3.- Filosóficos o Concejiles
, desde el grado 19º al 30º inclusive, constituyen la llamada masonería negra.
4.- Sublimes, que son los tres últimos grados formado por los jefes supremos de la masonería, llamada masonería blanca.
Los nombres que recibe el masón en cada uno de los 33 grados y el grado mismo se detallan en el siguiente esquema:


ESQUEMA DEL RITO ESCOCÉS ANTIGUO Y ACEPTADO

1.- Grados Simbólicos:

1º Aprendiz
2º Compañero
3º Maestro. (Este grado confiere la plenitud de los derechos masónicos).

2.- Grados Capitulares:

4º Maestro secreto
5º Maestro perfecto
6º Secretario íntimo
7º Preboste y Juez
8º Intendente de los edificios
9º Maestro elegido de los nueve
10º Ilustre elegido de los quince
11º Sublime caballero elegido
12º Gran Maestro Arquitecto
13º Del Real Arco
14º Gran Elegido Perfecto, o, de la Bóveda Sagrada y Sublime Masón
15º Caballero de Oriente o de la espada
16º Príncipe de Jerusalén
17º Caballero de Oriente y Occidente
18º Soberano Príncipe Rosa-Cruz o Caballero Rosa-Cruz

3.- Grados Filosóficos o Concejiles:

19º Gran Pontífice de la Jerusalén Celeste, o Sublime Escocés
20º Venerable Gran Maestro de las Logias regulares
21º Caballero Prusiano o Patriarca noaquita
22º Príncipe del Líbano, o Caballero Real Hacha
23º Jefe del Tabernáculo
24º Príncipe del Tabernáculo
25º Caballero de la Serpiente de Bronce o de Airain
26º Príncipe de la Merced, o Escocés Trinitario
27º Gran Comendador del Templo
28º Caballero del Sol
29º Gran Escocés de San Andrés
30º Gran Elegido Caballero Kadosh, o del Águila Blanca y Negra

4.- Grados Sublimes:

31º Gran Inspector Inquisidor Comendador
32º Sublime y Valiente Príncipe del Real Secreto
33º Soberano Gran Inspector General.



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Referencias:


61 Logia, viene del alemán antiguo "laubja = choza de leñador". Entre los antiguos constructores, la Logia era el local donde antes y después de entrar al trabajo se reunían los arquitectos con los maestros de obras junto a los obreros, para planificar la construcción de cada día.
62 Cfr. "Sectas". "Nuevos movimientos religiosos". Manuel Guerra. Pags: 499 s.s. Edit. Eunsa, 993


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Para leer la 1º Parte:

Sociedades Secretas: Masones - 1º Parte, Historia

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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Clara de Asís


AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI

Sala Pablo VI
Miércoles 15 de septiembre de 2010
[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

Una de las santas más queridas es sin duda santa Clara de Asís, que vivió en el siglo XIII, contemporánea de san Francisco. Su testimonio nos muestra cuánto debe la Iglesia a mujeres valientes y llenas de fe como ella, capaces de dar un impulso decisivo para la renovación de la Iglesia.

¿Quién era Clara de Asís? Para responder a esta pregunta contamos con fuentes seguras: no sólo las antiguas biografías, como la de Tomás de Celano, sino también las Actas del proceso de canonización promovido por el Papa sólo pocos meses después de la muerte de Clara y que contiene los testimonios de quienes vivieron a su lado durante mucho tiempo.

Clara nació en 1193, en el seno de una familia aristocrática y rica. Renunció a la nobleza y a la riqueza para vivir humilde y pobre, adoptando la forma de vida que proponía Francisco de Asís. Aunque sus parientes, como sucedía entonces, estaban proyectando un matrimonio con algún personaje de relieve, Clara, a los 18 años, con un gesto audaz inspirado por el profundo deseo de seguir a Cristo y por la admiración por Francisco, dejó su casa paterna y, en compañía de una amiga suya, Bona de Guelfuccio, se unió en secreto a los Frailes Menores en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Era la noche del domingo de Ramos de 1211. En la conmoción general, se realizó un gesto altamente simbólico: mientras sus compañeros empuñaban antorchas encendidas, Francisco le cortó su cabello y Clara se vistió con un burdo hábito penitencial. Desde ese momento se había convertido en virgen esposa de Cristo, humilde y pobre, y se consagraba totalmente a él. Como Clara y sus compañeras, innumerables mujeres a lo largo de la historia se han sentido atraídas por el amor a Cristo que, en la belleza de su divina Persona, llena su corazón. Y toda la Iglesia, mediante la mística vocación nupcial de las vírgenes consagradas, se muestra como lo que será para siempre: la Esposa hermosa y pura de Cristo.

En una de las cuatro cartas que Clara envió a santa Inés de Praga, la hija del rey de Bohemia, que quiso seguir sus pasos, habla de Cristo, su Esposo amado, con expresiones nupciales, que pueden ser sorprendentes, pero conmueven: «Amándolo, eres casta; tocándolo, serás más pura; dejándote poseer por él eres virgen. Su poder es más fuerte, su generosidad más elevada, su aspecto más bello, su amor más suave y toda gracia más fina. Ya te ha estrechado en su abrazo, que ha adornado tu pecho con piedras preciosas… y te ha coronado con una corona de oro grabada con el signo de la santidad» (Carta I: FF, 2862).

Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no sólo fue un maestro cuyas enseñanzas seguir, sino también un amigo fraterno. La amistad entre estos dos santos constituye un aspecto muy hermoso e importante. De hecho, cuando dos almas puras y enardecidas por el mismo amor a Dios se encuentran, la amistad recíproca supone un estímulo fuertísimo para recorrer el camino de la perfección. La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura. Al igual que san Francisco y santa Clara, también otros santos han vivido una profunda amistad en el camino hacia la perfección cristiana, como san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal. Precisamente san Francisco de Sales escribe: «Es hermoso poder amar en la tierra como se ama en el cielo, y aprender a quererse en este mundo como haremos eternamente en el otro. No hablo aquí del simple amor de caridad, porque ese deberíamos sentirlo hacia todos los hombres; hablo de la amistad espiritual, en el ámbito de la cual dos, tres o más personas se intercambian la devoción, los afectos espirituales y llegan a ser realmente un solo espíritu» (Introducción a la vida devota III, 19).

Después de pasar algunos meses en otras comunidades monásticas, resistiendo a las presiones de sus familiares, que inicialmente no aprobaron su elección, Clara se estableció con sus primeras compañeras en la iglesia de san Damián, donde los frailes menores habían arreglado un pequeño convento para ellas. En aquel monasterio vivió más de cuarenta años, hasta su muerte, acontecida en 1253. Nos ha llegado una descripción de primera mano de cómo vivían estas mujeres en aquellos años, en los inicios del movimiento franciscano. Se trata de la relación admirada de un obispo flamenco de visita a Italia, Jaime de Vitry, el cual afirma que encontró a un gran número de hombres y mujeres, de todas las clases sociales, que «dejándolo todo por Cristo, huían del mundo. Se llamaban Frailes Menores y Hermanas Menores, y el Papa y los cardenales los tienen en gran consideración… Las mujeres… viven juntas en varias casas, no lejos de las ciudades. No reciben nada, sino que viven del trabajo de sus propias manos. Y se sienten profundamente afligidas y turbadas, porque clérigos y laicos las honran más de lo que quisieran» (Carta de octubre de 1216: FF, 2205.2207).

Jaime de Vitry captó con perspicacia un rasgo característico de la espiritualidad franciscana al que Clara fue muy sensible: la radicalidad de la pobreza, unida a la confianza total en la Providencia divina. Por este motivo, ella actuó con gran determinación, obteniendo del Papa Gregorio IX o, probablemente, ya del Papa Inocencio III, el llamado Privilegium paupertatis (cf. FF, 3279). De acuerdo con este privilegio, Clara y sus compañeras de san Damián no podían poseer ninguna propiedad material. Se trataba de una excepción verdaderamente extraordinaria respecto al derecho canónico vigente y las autoridades eclesiásticas de aquel tiempo lo concedieron apreciando los frutos de santidad evangélica que reconocían en el modo de vivir de Clara y de sus hermanas. Esto demuestra que en los siglos de la Edad Media el papel de las mujeres no era secundario, sino considerable. Al respecto, conviene recordar que Clara fue la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una Regla escrita, sometida a la aprobación del Papa, para que el carisma de Francisco de Asís se conservara en todas las comunidades femeninas que ya se iban fundando en gran número en su tiempo y que deseaban inspirarse en el ejemplo de Francisco y de Clara.

En el convento de san Damián Clara practicó de modo heroico las virtudes que deberían distinguir a todo cristiano: la humildad, el espíritu de piedad y de penitencia, y la caridad. Aunque era la superiora, ella quería servir personalmente a las hermanas enfermas, dedicándose incluso a tareas muy humildes, pues la caridad supera toda resistencia y quien ama hace todos los sacrificios con alegría. Su fe en la presencia real de la Eucaristía era tan grande que, en dos ocasiones, se verificó un hecho prodigioso. Sólo con la ostensión del Santísimo Sacramento, alejó a los soldados mercenarios sarracenos, que estaban a punto de atacar el convento de san Damián y de devastar la ciudad de Asís.

También estos episodios, como otros milagros, cuyo recuerdo se conservaba, impulsaron al Papa Alejandro IV a canonizarla sólo dos años después de su muerte, en 1255, elogiándola en la bula de canonización, en la que se lee: «¡Cuán intensa es la potencia de esta luz y qué fuerte el resplandor de esta fuente luminosa! En verdad, esta luz se mantenía encerrada en el ocultamiento de la vida claustral y fuera irradiaba fulgores luminosos; se recogía en un angosto monasterio, y fuera se expandía en todo el vasto mundo. Se custodiaba dentro y se difundía fuera. Clara, en efecto, se escondía; pero su vida se revelaba a todos. Clara callaba, pero su fama gritaba» (FF, 3284). Y es exactamente así, queridos amigos: son los santos quienes cambian el mundo a mejor, lo transforman de modo duradero, introduciendo las energías que sólo el amor inspirado por el Evangelio puede suscitar. Los santos son los grandes bienhechores de la humanidad.

La espiritualidad de santa Clara, la síntesis de su propuesta de santidad está recogida en la cuarta carta a santa Inés de Praga. Santa Clara utiliza una imagen muy difundida en la Edad Media, de ascendencias patrísticas: el espejo. E invita a su amiga de Praga a reflejarse en ese espejo de perfección de toda virtud que es el Señor mismo. Escribe: «Feliz, ciertamente, aquella a la que se concede gozar de estas sagradas nupcias, para adherirse desde lo más hondo del corazón a aquel [a Cristo] cuya belleza admiran incesantemente todos los dichosos ejércitos de los cielos, cuyo afecto apasiona, cuya contemplación conforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo resplandece suavemente, cuyo perfume devuelve los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial. Y, puesto que él es esplendor de la gloria, candor de la luz eterna y espejo sin mancha, mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y escruta continuamente en él su rostro, para que de ese modo puedas adornarte toda por dentro y por fuera… En este espejo refulgen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad» (Carta IV: FF, 2901-2903).
Agradeciendo a Dios que nos da a los santos que hablan a nuestro corazón y nos ofrecen un ejemplo de vida cristiana a imitar, quiero concluir con las mismas palabras de bendición que santa Clara compuso para sus hermanas y que todavía hoy custodian con gran devoción las Clarisas, que desempeñan un papel precioso en la Iglesia con su oración y con su obra. Son expresiones en las que se muestra toda la ternura de su maternidad espiritual: «Os bendigo en vida y después de mi muerte, como puedo y más de cuanto puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias bendice y bendecirá en el cielo y en la tierra a su hijos e hijas, y con las que un padre y una madre espiritual bendicen y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amén» (FF, 2856).
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Tomado de:
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Santa Teresa de Jesús




Santa Teresa de Ávila
Contemplativa, Fundadora de las Carmelitas Descalzas,
Doctora de la Iglesia

Fiesta: 15 de octubre


Breve


Nace Teresa en Ávila el 28 de marzo de 1515. A los dieciocho años, entra en el Carmelo. A los cuarenta y cinco años, para responder a las gracias extraordinarias del Señor, emprende una nueva vida cuya divisa será: «O sufrir o morir». Es entonces cuando funda el convento de San José de Ávila, primero de los quince Carmelos que establecerá en España. Con san Juan de la Cruz, introdujo la gran reforma carmelitana. Sus escritos son un modelo seguro en los caminos de la plegaria y de la perfección. Murió en Alba de Tormes, al anochecer del 4 de octubre de 1582. Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.


Vida de Santa Teresa

Se cree que la palabra "Teresa" viene de la palabra griega "teriso" que se traduce por "cultivar"; cultivadora. O de la palabra "terao" que significa "cazar", "la cazadora". Como bien dice el Padre Sálesman en su biografía, ambos títulos le quedan bien a Santa Teresa, por ser ella "Cultivadora" de las virtudes y "cazadora" de almas para llevarlas al cielo.


Santa Teresa es, sin duda, una de las mujeres más grandes y admirables de la historia. Es una de las tres doctoras de la Iglesia. Las otras dos son Santa Catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús.


Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila y Ahumada. La santa habla de ellos con gran cariño. Alonso Sánchez tuvo tres hijos de su primer matrimonio, y Beatriz de Ahumada le dio otros nueve. Al referirse a sus hermanos y medios hermanos, Santa Teresa escribe: "por la gracia de Dios, todos se asemejan en la virtud a mis padres, excepto yo".


Teresa nació en la ciudad castellana de Ávila, el 28 de marzo de 1515. A los siete años, tenía ya gran predilección por la lectura de las vidas de santos. Su hermano Rodrigo era casi de su misma edad de suerte que acostumbraban jugar juntos. Los dos niños, eran muy impresionados por el pensamiento de la eternidad, admiraban las victorias de los santos al conquistar la gloria eterna y repetían incansablemente: "Gozarán de Dios para siempre, para siempre, para siempre . . ."


Busca el martirio

Teresa y su hermano consideraban que los mártires habían comprado la gloria a un precio muy bajo y resolvieron partir al país de los moros con la esperanza de morir por la fe. Así pues, partieron de su casa a escondidas, rogando a Dios que les permitiese dar la vida por Cristo; pero en Adaja se toparon con uno de sus tíos, quien los devolvió a los brazos de su afligida madre. Cuando ésta los reprendió, Rodrigo echó la culpa a su hermana.


En vista del fracaso de sus proyectos, Teresa y Rodrigo decidieron vivir como ermitaños en su propia casa y empezaron a construir una celda en el jardín, aunque nunca llegaron a terminarla. Teresa amaba desde entonces la soledad. En su habitación tenía un cuadro que representaba al Salvador que hablaba con la Samaritana y solía repetir frente a esa imagen: "Señor, dame de beber para que no vuelva a tener sed".

Toma a la Virgen como Madre

La madre de Teresa murió cuando ésta tenía catorce años. "En cuanto empecé a caer en la cuenta de la pérdida que había sufrido, comencé a entristecerme sobremanera; entonces me dirigí a una imagen de Nuestra Señora y le rogué con muchas lágrimas que me tomase por hija suya".

El peligro de la mala lectura y las modas

Por aquella época, Teresa y Rodrigo empezaron a leer novelas de caballerías y aun trataron de escribir una. La santa confiesa en su "Autobiografía": "Esos libros no dejaron de enfriar mis buenos deseos y me hicieron caer insensiblemente en otras faltas. Las novelas de caballerías me gustaban tanto, que no estaba yo contenta cuando no tenía una entre las manos. Poco a poco empecé a interesarme por la moda, a tomar gusto en vestirme bien, a preocuparme mucho del cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición". El cambio que paulatinamente se operaba en Teresa, no dejó de preocupar a su padre, quien la envió, a los quince años de edad a educarse en el convento de las agustinas de Avila, en el que solían estudiar las jóvenes de su clase.


Enfermedad y conversión

Un año y medio más tarde, Teresa cayó enferma, y su padre la llevó a casa. La joven empezó a reflexionar seriamente sobre la vida religiosa que le atraía y le repugnaba a la vez. La obra que le permitió llegar a una decisión fue la colección de "Cartas" de San Jerónimo, cuyo fervoroso realismo encontró eco en el alma de Teresa. La joven dijo a su padre que quería hacerse religiosa, pero éste le respondió que tendría que esperar a que él muriese para ingresar en el convento. La santa, temiendo flaquear en su propósito, fue a ocultas a visitar a su amiga íntima, Juana Suárez, que era religiosa en el convento carmelita de la Encarnación, en Avila, con la intención de no volver, si Juana le dejaba quedarse, a pesar de la pena que le causaba contrariar la voluntad de su padre. "Recuerdo . . . que, al abandonar mi casa, pensaba que la tortura de la agonía y de la muerte no podía ser peor a la que experimentaba yo en aquel momento . . . El amor de Dios no era suficiente para ahogar en mí el amor que profesaba a mi padre y a mis amigos".


La santa determinó quedarse en el convento de la Encarnación. Tenía entonces veinte años. Su padre, al verla tan resuelta, cesó de oponerse a su vocación. Un año más tarde, Teresa hizo la profesión. Poco después, se agravó un mal que había comenzado a molestarla desde antes de profesar, y su padre la sacó del convento. La hermana Juana Suárez fue a hacer compañía a Teresa, quien se puso en manos de los médicos. Desgraciadamente, el tratamiento no hizo sino empeorar la enfermedad, probablemente una fiebre palúdica. Los médicos terminaron por darse por vencidos, y el estado de la enferma se agravó.


Teresa consiguió soportar aquella tribulación, gracias a que su tío Pedro, que era muy piadoso, le había regalado un librito del P. Francisco de Osuna, titulado: "El tercer alfabeto espiritual". Teresa siguió las instrucciones de la obrita y empezó a practicar la oración mental, aunque no hizo en ella muchos progresos por falta de un director espiritual experimentado. Finalmente, al cabo de tres años, Teresa recobró la salud.


Disipaciones, lucha con la oración y justificaciones

Su prudencia, amabilidad y caridad, a las que añadía un gran encanto personal, le ganaron la estima de todos los que la rodeaban. Según la reprobable costumbre de los conventos españoles de la época, las religiosas podían recibir a cuantos visitantes querían, y Teresa pasaba gran parte de su tiempo charlando en el recibidor del convento. Eso la llevó a descuidar la oración mental y el demonio contribuyó, al inculcarle la íntima convicción, bajo capa de humildad, de que su vida disipada la hacía indigna de conversar familiarmente con Dios. Además, la santa se decía para tranquilizarse, que no había ningún peligro de pecado en hacer lo mismo que tantas otras religiosas mejores que ella y justificaba su descuido de la oración mental, diciéndose que sus enfermedades le impedían meditar. Sin embargo, añade la santa, "el pretexto de mi debilidad corporal no era suficiente para justificar el abandono de un bien tan grande, en el que el amor y la costumbre son más importantes que las fuerzas. En medio de las peores enfermedades puede hacerse la mejor oración, y es un error pensar que sólo se puede orar en la soledad".


Poco después de la muerte de su padre, el confesor de Teresa le hizo ver el peligro en que se hallaba su alma y le aconsejó que volviese a la práctica de la oración. La santa no la abandonó jamás desde entonces. Sin embargo, no se decidía aún a entregarse totalmente a Dios ni a renunciar del todo a las horas que pasaba en el recibidor y al intercambio de regalillos. Es curioso notar que, en todos esos años de indecisión en el servicio de Dios, Santa Teresa no se cansaba jamás de oír sermones "por malos que fuesen"; pero el tiempo que empleaba en la oración "se le iba en desear que los minutos pasasen pronto y que la campana anunciase el fin de la meditación, en vez de reflexionar en las cosas santas".


La penitencia y la cruz

Convencida cada vez más de su indignidad, Teresa invocaba con frecuencia a los grandes santos penitentes, San Agustín y Santa María Magdalena, con quienes están asociados dos hechos que fueron decisivos en la vida de la santa. El primero, fue la lectura de las "Confesiones" de San Agustín. El segundo fue un llamamiento a la penitencia que la santa experimentó ante una imagen de la Pasión del Señor: "Sentí que Santa María Magdalena acudía en mi ayuda . . . y desde entonces he progresado mucho en la vida espiritual".


A la santa le atraían mas los Cristos ensangrentados y manifestando profunda agonía. En una ocasión, al detenerse ante un crucifijo muy sangrante le preguntó: "Señor, ¿quién te puso así?, y le pareció que una voz le decía: "Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así, Teresa". Ella se echó a llorar y quedó terriblemente impresionada. Pero desde ese día ya no vuelve a perder tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevan a la santidad.

Visiones y comunicaciones

Una vez que Teresa se retiró de las conversaciones del recibidor y de otras ocasiones de disipación y de faltas (los santos son capaces de ver sus faltas), Dios empezó a favorecerla frecuentemente con la oración de quietud y de unión. La oración de unión ocupó un largo periodo de su vida, con el gozo y el amor que le son característicos, y Dios empezó a visitarla con visiones y comunicaciones interiores. Ello la inquietó, porque había oído hablar con frecuencia de ciertas mujeres a las que el demonio había engañado miserablemente con visiones imaginarias. Aunque estaba persuadida de que sus visiones procedían de Dios, su perplejidad la llevó a consultar el asunto con varias personas; desgraciadamente no todas esas personas guardaron el secreto al que estaban obligadas, y la noticia de las visiones de Teresa empezó a divulgarse para gran confusión suya.


Una de las personas a las que consultó Teresa fue Francisco de Salcedo, un hombre casado que era un modelo de virtud. Este la presentó al Padre Daza, doctor tenido por muy virtuoso, quien dictaminó que Teresa era víctima de los engaños del demonio, ya que era imposible que Dios concediese favores tan extraordinarios a una religiosa tan imperfecta como ella pretendía ser. Teresa quedó alarmada e insatisfecha. Francisco de Salcedo, a quien la propia santa afirma que debía su salvación, la animó en sus momentos de desaliento y le aconsejó que acudiese a uno de los padres de la recién fundada Compañía de Jesús. La santa hizo una confesión general con un jesuita, a quien expuso su manera de orar y los favores que había recibido. El jesuita le aseguró que se trataba de gracia de Dios, pero la exhortó a no descuidar el verdadero fundamento de la vida interior. Aunque el confesor de Teresa estaba convencido de que sus visiones procedían de Dios, le ordenó que tratase de resistir durante dos meses a esas gracias. La resistencia de la santa fue en vano.


Otro jesuita, el P. Baltasar Alvarez, le aconsejó que pidiese a Dios ayuda para hacer siempre lo que fuese más agradable a sus ojos y que, con ese fin, recitase diariamente el "Veni Creator Spiritus". Así lo hizo Teresa. Un día, precisamente cuando repetía el himno, fue arrebatada en éxtasis y oyó en el interior de su alma estas palabras: "No quiero que converses con los hombres sino con los ángeles".


…Ella dirá después: "El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas".


La santa, que tuvo en su vida posterior repetidas experiencias de palabras divinas afirma que son más claras y distintas que las humanas; dice también que las primeras son operativas, ya que producen en el alma una tendencia a la virtud y la dejan llena de gozo y de paz, convencida de la verdad de lo que ha escuchado.


Persecuciones

En la época en que el P. Alvarez fue su director, Teresa sufrió graves persecuciones, que duraron tres años; además, durante dos años, atravesó por un periodo de intensa desolación espiritual, aliviado por momentos de luz y consuelo extraordinarios. La santa quería que los favores que Dios le concedía, permaneciesen secretos, pero las personas que la rodeaban estaban perfectamente al tanto y, en más de una ocasión, la acusaron de hipocresía y presunción.


El P. Alvarez era un hombre bueno y timorato, que no tuvo el valor suficiente para salir en defensa de su dirigida, aunque siguió confesándola. Lamentablemente, los mediocres siempre son la mayoría. Estos se molestan ante la auténtica santidad porque no saben como lidiar con las intervenciones sobrenaturales por claras que sean. Prefieren descartarlas o ignorarlas, asumiendo que son producto de la exageración o el desequilibrio. Para justificar su posición apelan a las verdaderas exageraciones y desequilibrios y agrupan lo auténtico con lo falso. En otras palabras, carecen de discernimiento espiritual.


En 1557, San Pedro de Alcántara pasó por Avila y, naturalmente, fue a visitar a la famosa carmelita. El santo declaró que le parecía evidente que el Espíritu de Dios guiaba a Teresa, pero predijo que las persecuciones y sufrimientos seguirían lloviendo sobre ella. Las pruebas que Dios le enviaba purificaron el alma de la santa, y los favores extraordinarios le enseñaron a ser humilde y fuerte, la despegaron de las cosas del mundo y la encendieron en el deseo de poseer a Dios.


Extasis

En algunos de sus éxtasis, de los que nos dejó la santa una descripción detallada, se elevaba hasta un metro. Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: "Tan alta vida espero que muero porque no muero".A este propósito, comenta Teresa: Dios "no parece contentarse con arrebatar el alma a Sí, sino que levanta también este cuerpo mortal, manchado con el barro asqueroso de nuestros pecados". En esos éxtasis se manifestaban la grandeza y bondad de Dios, el exceso de su amor y la dulzura de su servicio en forma sensible, y el alma de Teresa lo comprendía con claridad, aunque era incapaz de expresarlo. El deseo del cielo que dejaban las visiones en su alma era inefable. "Desde entonces, dejé de tener miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Las experiencias místicas de la santa llegaron a las alturas de los esponsales espirituales, el matrimonio místico y la transverberación.


Santa Teresa nos dejó el siguiente relato sobre el fenómeno de la transverberación: "Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los ángeles, se trata de visiones intelectuales, como las que he referido más arriba . . . El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines . . . Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella.

El anhelo de Teresa de morir pronto para unirse con Dios, estaba templado por el deseo que la inflamaba de sufrir por su amor. A este propósito escribió: "La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí". Según reveló la autopsia en el cadáver de la santa, había en su corazón la cicatriz de una herida larga y profunda.


El año siguiente (1560), para corresponder a esa gracia, la santa hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios. Un voto de esa naturaleza está tan por encima de las fuerzas naturales, que sólo el esforzarse por cumplirlo puede justificarlo. Santa Teresa cumplió perfectamente su voto.


Escritora Mística

El relato que la santa nos dejó en su "Autobiografía" sobre sus visiones y experiencias espirituales da muestra de una extraordinaria sencillez de estilo y de una preocupación constante por no exagerar los hechos. La Iglesia califica de "celestial" la doctrina de Santa Teresa, en la oración del día de su fiesta. Las obras de la mística Doctora" ponen al descubierto los rincones más recónditos del alma humana. La santa explica con una claridad casi increíble las experiencias más inefables. Y debe hacerse notar que Teresa era una mujer relativamente inculta, que escribió sus experiencias en la común lengua castellana de los habitantes de Avila, que ella había aprendido "en el regazo de su madre"; una mujer que escribió sin valerse de otros libros, sin haber estudiado previamente las obras místicas y sin tener ganas de escribir, porque ello le impedía dedicarse a hilar; una mujer, en fin, que sometió sin reservas sus escritos al juicio de su confesor y sobre todo, al juicio de la Iglesia. La santa empezó a escribir su autobiografía por mandato de su confesor" "La obediencia se prueba de diferentes maneras".


Por otra parte, el mejor comentario de las obras de la santa es la paciencia con que sobrellevó las enfermedades, las acusaciones y los desengaños; la confianza absoluta con que acudía en todas las tormentas y dificultades al Redentor crucificado y el invencible valor que demostró en todas las penas y persecuciones. Los escritos de Santa Teresa subrayan sobre todo el espíritu de oración, la manera de practicarlo y los frutos que produce. Como la santa escribió precisamente en la época en que estaba consagrada a la difícil tarea de fundar conventos de carmelitas reformadas, sus obras, prescindiendo de su naturaleza y contenido, dan testimonio de su vigor, industriosidad y capacidad de recogimiento.


Santa Teresa escribió el "Camino de Perfección" para dirigir a sus religiosas, y el libro de las "Fundaciones" para edificarlas y alentarlas. En cuanto al "Castillo Interior", puede considerarse que lo escribió para instrucción de todos los cristianos, y en esa obra se muestra la santa como verdadera doctora de la vida espiritual.


Fundadora

Las carmelitas, como la mayoría de las religiosas, habían decaído mucho del primer fervor, a principios del siglo XVI. Ya hemos visto que los recibidores de los conventos de Avila eran una especie de centro de reunión de las damas y caballeros de la ciudad. Por otra parte, las religiosas podían salir de la clausura con el menor pretexto, de suerte que el convento era el sitio ideal para quien deseaba una vida fácil y sin problemas. Las comunidades eran sumamente numerosas, lo cual era a la vez causa y efecto de la relajación. Por ejemplo, en el convento de Avila había 140 religiosas.


Santa Teresa comenta más tarde: "La experiencia me ha enseñado lo que es una casa llena de mujeres. ¡Dios nos guarde de ese mal" Ya que tal estado de cosas se aceptaba como normal, las religiosas no caían generalmente en la cuenta de que su modo de vida se apartaba mucho del espíritu de sus fundadores. Así, cuando una sobrina de Santa Teresa, que era también religiosa en el convento de la Encarnación de Avila, le sugirió la idea de fundar una comunidad reducida, la santa la consideró como una especie de revelación del cielo, no como una idea ordinaria. Teresa, que llevaba ya veinticinco años en el convento, resolvió poner en práctica la idea y fundar un convento reformado. Doña Guiomar de Ulloa, que era una viuda muy rica, le ofreció ayuda generosa para la empresa.


San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán y el obispo de Avila, aprobaron el proyecto, y el P. Gregorio Fernández, provincial de las carmelitas, autorizó a Teresa a ponerlo en práctica. Sin embargo, el revuelo que provocó la ejecución del proyecto hizo que el provincial retirase el permiso y Santa Teresa fue objeto de las críticas de sus propias hermanas, de los nobles, de los magistrados y de todo el pueblo. A pesar de eso, el P. Ibañez, dominico, alentó a la santa a proseguir la empresa con la ayuda de Doña Guiomar. Doña Juana de Ahumada, hermana de Santa Teresa, emprendió con su esposo la construcción de un convento en Avila en 1561, pero haciendo creer a todos que se trataba de una casa en la que pensaban habitar. En el curso de la construcción, una pared del futuro convento se derrumbó y cubrió bajo los escombros al pequeño Gonzalo, hijo de Doña Juana, que se hallaba ahí jugando. Santa Teresa tomó en brazos al niño, que no daba ya señales de vida, y se puso en oración; algunos minutos más tarde, el niño estaba perfectamente sano, según consta en el proceso de canonización. En lo sucesivo, Gonzalo solía repetir a su tía que estaba obligada a pedir por su salvación, puesto que a sus oraciones debía el verse privado del cielo.


Por entonces, llegó de Roma un breve que autorizaba la fundación del nuevo convento. San Pedro de Alcántara, Don Francisco de Salcedo y el Dr. Daza, consiguieron ganar al obispo a la causa, y la nueva casa se inauguró bajo sus auspicios el día de San Bartolomé de 1562. Durante la misa que se celebró en la capilla con tal ocasión, tomaron el velo la sobrina de la santa y otras tres novicias.


La inauguración causó gran revuelo en Avila. Esa misma tarde, la superiora del convento de la Encarnación mandó llamar a Teresa y la santa acudió con cierto temor, "pensando que iban a encarcelarme". Naturalmente tuvo que explicar su conducta a su superiora y al P. Angel de Salazar, provincial de la orden. Aunque la santa reconoce que no faltaba razón a sus superiores para estar disgustados, el P. Salazar le prometió que podría retornar al convento de San José en cuanto se calmase la excitación del pueblo.


La fundación no era bien vista en Avila, porque las gentes desconfiaban de las novedades y temían que un convento sin fondos suficientes se convirtiese en una carga demasiado pesada para la ciudad. El alcalde y los magistrados hubiesen acabado por mandar demoler el convento, si no los hubiese disuadido de ello el dominico Báñez. Por su parte, Santa Teresa no perdió la paz en medio de las persecuciones y siguió encomendando a Dios el asunto; el Señor se le apareció y la reconfortó.


Entre tanto, Francisco de Salcedo y otros partidarios de la fundación enviaron a la corte a un sacerdote para que defendiese la causa ante el rey, y los dos dominicos, Báñez e Ibáñez, calmaron al obispo y al provincial. Poco a poco fue desvaneciéndose la tempestad y, cuatro meses más tarde, el P. Salazar dio permiso a Santa Teresa de volver al convento de San José, con otras cuatro religiosas de la Encarnación.


Convento de San José


La santa estableció la más estricta clausura y el silencio casi perpetuo. El convento carecía de rentas y reinaba en él la mayor pobreza; Las religiosas vestían toscos hábitos, usaban sandalias en vez de zapatos (por ello se les llamó "descalzas") y estaban obligadas a la perpetua abstinencia de carne. Santa Teresa no admitió al principio más que a trece religiosas, pero más tarde, en los conventos que no vivían sólo de limosnas sino que poseían rentas, aceptó que hubiese veintiuna.


Teresa, la gran mística, no descuidaba las cosas prácticas sino que las atendía según era necesario. Sabía utilizar las cosas materiales para el servicio de Dios. En una ocasión dijo: "Teresa sin la gracia de Dios es una pobre mujer; con la gracia de Dios, una fuerza; con la gracia de Dios y mucho dinero, una potencia".


Mas fundaciones


En 1567, el superior general de los carmelitas, Juan Bautista Rubio (Rossi), visitó el convento de Avila y quedó encantado de la superiora y de su sabio gobierno; concedió a Santa Teresa plenos poderes para fundar otros conventos del mismo tipo (a pesar de que el de San José había sido fundado sin que él lo supiese) y aun la autorizó a fundar dos conventos de frailes reformados ("carmelitas contemplativos"), en Castilla.


Santa Teresa pasó cinco años con sus trece religiosas en el convento de san José, precediendo a sus hijas no sólo en la oración, sino también en los trabajos humildes, como la limpieza de la casa y el hilado. Acerca de esa época escribió: "Creo que fueron los años más tranquilos y apacibles de mi vida, pues disfruté entonces de la paz que tanto había deseado mi alma . . . Su Divina Majestad nos enviaba lo necesario para vivir sin que tuviésemos necesidad de pedirlo, y en las raras ocasiones en que nos veíamos en necesidad, el gozo de nuestras almas era todavía mayor".
La santa no se contenta con generalidades, sino que desciende a ejemplos menudos, como el de la religiosa que plantó horizontalmente un pepino por obediencia y la cañería que llevó al convento el agua de un pozo que, según los plomeros, era demasiado bajo.


En agosto de 1567, Santa Teresa se trasladó a Medina del Campo, donde fundó el segundo convento, a pesar de las múltiples dificultades que surgieron. A petición de la condesa de la Cerda se fundo un convento en Malagón. Después siguieron los de Valladolid y Toledo. Esta última fue una empresa especialmente difícil porque la santa sólo tenía cinco ducados al comenzar; pero, según escribía, "Teresa y cinco ducados no son nada; pero Dios, Teresa y cinco ducados bastan y sobran".


Una joven de Toledo, que gozaba de gran fama de virtud, pidió ser admitida en el convento y dijo a la fundadora que traería consigo su Biblia. Teresa exclamó: "¿Vuestra Biblia? ¡Dios nos guarde! No entréis en nuestro convento, porque nosotras somos unas pobres mujeres que sólo sabemos hilar y hacer lo que se nos dice". No es que la santa rechazare la Biblia, sino que supo descubrir que esta se habría convertido en un pretexto para faltar en humildad.


La reforma de los religiosos carmelitas

La santa había encontrado en Medina del Campo a dos frailes carmelitas que estaban dispuestos a abrazar la reforma: uno era Antonio de Jesús de Heredia, superior del convento de dicha ciudad y el otro, Juan de Yepes, más conocido con el nombre de San Juan de la Cruz.


Aprovechando la primera oportunidad que se le ofreció, Santa Teresa fundó un convento de frailes en el pueblecito de Duruelo en 1568; a este siguió, en 1569, el convento de Pastrana. En ambos reinaba la mayor pobreza y austeridad. Santa Teresa dejó el resto de las fundaciones de conventos de frailes a cargo de San Juan de la Cruz.

Nuevas fundaciones, dificultades y gracias extraordinarias

La santa fundó también en Pastrana un convento de carmelitas descalzas. Cuando murió Don Ruy Gómez de Silva, quien había ayudado a Teresa en la fundación de los conventos de Pastrana, su mujer quiso hacerse carmelita, pero exigiendo numerosas dispensas de la regla y conservando el tren de vida de una princesa. Teresa, viendo que era imposible reducirla a la humanidad propia de su profesión, ordenó a sus religiosas que se trasladasen a Segovia y dejasen a la princesa su casa de Pastrana.


En 1570, la santa, con otra religiosa, tomó posesión en Salamanca de una casa que hasta entonces había estado ocupada por ciertos estudiantes "que se preocupaban muy poco de la limpieza". Era un edificio grande, complicado y ruinoso, de suerte que al caer la noche la compañera de la santa empezó a ponerse muy nerviosa. Cuando se hallaban ya acostadas en sendos montones de paja ("lo primero que llevaba yo a un nuevo monasterio era un poco de paja para que nos sirviese de lecho"), Teresa preguntó a su compañera en qué pensaba. La religiosa respondió: "Estaba yo pensando en qué haría su reverencia si muriese yo en este momento y su reverencia quedase sola con un cadáver". La santa confiesa que la idea la sobresaltó, porque, aunque no tenía miedo de los cadáveres, la vista de ellos le producía siempre "un dolor en el corazón". Sin embargo, respondió simplemente: "Cuando eso suceda, ya tendré tiempo de pensar lo que haré, por el momento lo mejor es dormir".


En julio de ese año, mientras se hallaba haciendo oración, tuvo una visión del martirio de los beatos jesuitas Ignacio de Azevedo y sus compañeros, entre los que se contaba su pariente Francisco Pérez Godoy. La visión fue tan clara, que Teresa tenía la impresión de haber presenciado directamente la escena, e inmediatamente la describió detalladamente al P. Alvarez, quien un mes más tarde, cuando las nuevas del martirio llegaron a España, pudo comprobar la exactitud de la visión de la santa.


Nombrada superiora de La Encarnación


Por entonces, San Pío V nombró a varios visitadores apostólicos para que hiciesen una investigación sobre la relajación de las diversas órdenes religiosas, con miras a la reforma. El visitador de los carmelitas de Castilla fue un dominico muy conocido, el P. Pedro Fernández. El efecto que le produjo el convento de La Encarnación de Avila fue muy malo, e inmediatamente mandó llamar a Santa Teresa para nombrarla superiora del mismo. La tarea era particularmente desagradable para la santa, tanto porque tenía que separarse de sus hijas, como por la dificultad de dirigir una comunidad que, desde el principio, había visto con recelo sus actividades de reformadora.


Al principio, las religiosas se negaron a obedecer a la nueva superiora, cuya sola presencia producía ataques de histeria en algunas. La santa comenzó por explicarles que su misión no consistía en instruirlas y guiarlas con el látigo en la mano, sino en servirlas y aprender de ellas: "Madres y hermanas mías, el Señor me ha enviado aquí por la voz de la obediencia a desempeñar un oficio en el que yo jamás había pensado y para el que me siento muy mal preparada . . . Mi única intención es serviros . . . No temáis mi gobierno. Aunque he vivido largo tiempo entre las carmelitas descalzas y he sido su superiora, sé también, por la misericordia del Señor, cómo gobernar las carmelitas calzadas". De esta manera se ganó la simpatía y el afecto de la comunidad y le fue menos difícil restablecer la disciplina entre las carmelitas calzadas, de acuerdo con sus constituciones. Poco a poco prohibió completamente las visitas demasiado frecuentes (lo cual molestó mucho a ciertos caballeros de Avila), puso en orden las finanzas del convento e introdujo el verdadero espíritu del claustro. En resumen, fue aquella una realización característicamente teresiana.


Sevilla

En Veas, a donde había ido a fundar un convento, la santa conoció al P. Jerónimo Gracián, quien la convenció fácilmente para que extendiese su campo de acción hasta Sevilla. El P. Gracián era un fraile de la reforma carmelita que acababa precisamente de predicar la cuaresma en Sevilla.
Fuera de la fundación del convento de San José de Avila, ninguna otra fue más difícil que la de Sevilla; entre otras dificultades, una novicia que había sido despedida, denunció a las carmelitas descalzas ante la Inquisición como "iluminadas" y otras cosas peores.


La persecución lleva a la separación entre calzados y descalzos


Los carmelitas de Italia veían con malos ojos el progreso de la reforma en España, lo mismo que los carmelitas no reformados de España, pues comprendían que un día u otro se verían obligados a reformarse. El P. Rubio, superior general de la orden, quien hasta entonces había favorecido a santa Teresa, se pasó al lado de sus enemigos y reunió en Plasencia un capítulo general que aprobó una serie de decretos contra la reforma. El nuevo nuncio apostólico, Felipe de Sega, destituyó al P. Gracián de su cargo de visitador de los carmelitas descalzos y encarceló a San Juan de la Cruz en un monasterio; por otra parte, ordenó a Santa Teresa que se retirase al convento que ella eligiera y que se abstuviese de fundar otros nuevos.


La santa, al mismo tiempo que encomendaba el asunto a Dios, decidió valerse de los amigos que tenía en el mundo y consiguió que el propio Felipe II interviniese en su favor. En efecto, el monarca convocó al nuncio y le reprendió severamente por haberse opuesto a la reforma del Carmelo.


En 1580 obtuvo de Roma una orden que eximía a los carmelitas descalzos de la jurisdicción del provincial de los calzados. "Esa separación fue uno de los mayores gozos y consolaciones de mi vida, pues en aquellos veinticinco años nuestra orden había sufrido más persecuciones y pruebas de las que yo podría escribir en un libro. Ahora estábamos por fin en paz, calzados y descalzos, y nada iba a distraernos del servicio de Dios".


Aguila y paloma


Indudablemente Santa Teresa era una mujer excepcionalmente dotada. Su bondad natural, su ternura de corazón y su imaginación chispeante de gracia, equilibradas por una extraordinaria madurez de juicio y una profunda intuición, le ganaban generalmente el cariño y el respeto de todos. Razón tenía el poeta Crashaw al referirse a Santa Teresa bajo los símbolos aparentemente opuestos de "el águila" y "la paloma". Cuando le parecía necesario, la santa sabía hacer frente a las más altas autoridades civiles o eclesiásticas, y los ataques del mundo no le hacían doblar la cabeza. Las palabras que dirigió al P. Salazar: "Guardaos de oponeros al Espíritu Santo", no fueron el reto de una histérica sino la verdad. Y no fue un abuso de autoridad lo que la movió a tratar con dureza implacable a una superiora que se había incapacitado a fuerza de hacer penitencia. Pero el águila no mata a la paloma, como puede verse por la carta que escribió a un sobrino suyo que llevaba una vida alegre y disipada: "Bendito sea Dios porque os ha guiado en la elección de una mujer tan buena y ha hecho que os caséis pronto, pues habíais empezado a disiparos desde tan joven, que temíamos mucho por vos. Esto os mostrará el amor que os profeso". La santa tomó a su cargo a la hija ilegítima y a la hermana del joven, la cual tenía entonces siete años: "Las religiosas deberíamos tener siempre con nosotras a una niña de esa edad".


Ingenio y franqueza


El ingenio y la franqueza de Teresa jamás sobrepasaban la medida, ni siquiera cuando los empleaba como un arma. En cierta ocasión en que un caballero indiscreto alabó la belleza de sus pies descalzos, Teresa se echó a reír y le dijo que los mirase bien porque jamás volvería a verlos. Los famosos dichos "Bien sabéis lo que es una comunidad de mujeres" e "Hijas mías, estas son tonterías de mujeres", demuestran el realismo con que la santa consideraba a sus súbditas.


Criticando un escrito de su buen amigo Francisco de Salcedo, Teresa le escribía: "El señor Salcedo repite constantemente: 'Como dice el Espíritu Santo', y termina declarando que su obra es una serie de necedades. Me parece que voy a denunciarle a la Inquisición".


Selección de novicias


La intuición de Santa Teresa se manifestaba sobre todo en la elección de las novicias. Lo primero que exigía, aun antes que la piedad, era que fuesen inteligentes, es decir, equilibradas y maduras, porque sabía que es más fácil adquirir la piedad que la madurez de juicio. "Una persona inteligente es sencilla y sumisa, porque ve sus faltas y comprende que tiene necesidad de un guía. Una persona tonta y estrecha es incapaz de ver sus faltas, aunque se las pongan delante de los ojos; y como está satisfecha de sí misma, jamás se mejora". "Aunque el Señor diese a esta joven los dones de la devoción y la contemplación, jamás llegará a ser inteligente, de suerte que será siempre una carga para la comunidad". ¡Que Dios nos guarde de las monjas tontas!"


Últimos años


En 1580, cuando se llevó a cabo la separación de las dos ramas del Carmelo, Santa Teresa tenía ya sesenta y cinco años y su salud estaba muy debilitada. En los dos últimos años de su vida fundó otros dos conventos, lo cual hacía un total de diecisiete. Las fundaciones de la santa no eran simplemente un refugio de las almas contemplativas, sino también una especie de reparación de los destrozos llevados a cabo en los monasterios por el protestantismo, principalmente en Inglaterra y Alemania.


Dios tenía reservada para los últimos años de vida de su sierva, la prueba cruel de que interviniera en el proceso legal del testamento de su hermano Lorenzo, cuya hija era superiora en el convento de Valladolid. Como uno de los abogados tratase con rudeza a la santa, ésta replicó: "Quiera Dios trataros con la cortesía con que vos me tratáis a mí". Sin embargo, Teresa se quedó sin palabra cuando su sobrina, que hasta entonces había sido una excelente religiosa, la puso a la puerta del convento de Valladolid, que ella misma había fundado. Poco después, la santa escribía a la madre de María de San José: "Os suplico, a vos y a vuestras religiosas, que no pidáis a Dios que me alargue la vida. Al contrario, pedidle que me lleve pronto al eterno descanso, pues ya no puedo seros de ninguna utilidad".


En la fundación del convento de Burgos, que fue la última, las dificultades no escasearon. En julio de 1582, cuando el convento estaba ya en marcha, Santa Teresa tenía la intención de retornar a Avila, pero se vio obligada a modificar sus planes para ir a Alba de Tormes a visitar a la duquesa María Henríquez. La Beata Ana de San Bartolomé refiere que el viaje no estuvo bien proyectado y que Santa Teresa se hallaba ya tan débil, que se desmayó en el camino. Una noche sólo pudieron comer unos cuantos higos. Al llegar a Alba de Tormes, la santa tuvo que acostarse inmediatamente. Tres días más tarde, dijo a la Beata Ana: "Por fin, hija mía, ha llegado la hora de mi muerte". El P. Antonio de Heredia le dio los últimos sacramentos y le preguntó donde quería que la sepultasen. Teresa replicó sencillamente: "¿Tengo que decidirlo yo? ¿Me van a negar aquí un agujero para mi cuerpo?" Cuando el P. de Heredia le llevó el viático, la santa consiguió erguirse en el lecho, y exclamó: "¡Oh, Señor, por fin ha llegado la hora de vernos cara a cara!" Santa Teresa de Jesús, visiblemente transportada por lo que el Señor le mostraba, murió en brazos de la Beata Ana a las 9 de la noche del 4 de octubre de 1582.


Precisamente al día siguiente, entró en vigor la reforma gregoriana del calendario, que suprimió diez días, de suerte que la fiesta de la santa fue fijada, más tarde, el 15 de octubre.


Santa Teresa fue sepultada en Alba de Tormes, donde reposan todavía sus reliquias.


Su canonización tuvo lugar en 1622.


El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI le reconoció el título de Doctora de la Iglesia.


En la actualidad, las carmelitas descalzas son aprox. 14.000 en 835 conventos en el mundo. Los carmelitas descalzos son 3.800 en 490 conventos.


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