Combatir la pobreza inicua siendo sobrios y solidarios

CIUDAD DEL VATICANO
1 ENE 2009 (VIS).- A las 10,00 de hoy, en la basílica vaticana, el Santo Padre presidió la celebración eucarística en la solemnidad de Santa María Madre de Dios y con ocasión de la XLII Jornada Mundial de la Paz, cuyo tema en 2009 es: "Combatir la pobreza, construir la paz".

Comentando en la homilía el tema de la Jornada Mundial de la Paz, el Papa explicó que existe, por una parte, "la pobreza elegida y propuesta por Jesús, y por otra, la pobreza que hay que combatir para que el mundo sea más justo y solidario".

"El nacimiento de Jesús en Belén -dijo- nos revela que Dios eligió la pobreza para sí mismo en su venida en medio de nosotros. (...) El amor por nosotros empujó a Jesús no sólo a hacerse hombre, sino a hacerse pobre".

Sin embargo, añadió, existe "una pobreza que impide a las personas y a las familias vivir según su dignidad; una pobreza que ofende la justicia y la igualdad y que, como tal, amenaza la convivencia pacífica".

El Papa recordó que en el mensaje de este año había vuelto a denunciar, "frente a las plagas difundidas, como las enfermedades pandémicas, la pobreza de los niños y la crisis alimentaria, la inaceptable carrera armamentística", y refiriéndose al fenómeno de la globalización, dijo que es necesario que las naciones "se esfuercen por mantener alto el nivel de la solidaridad".

Benedicto XVI preguntó si "estamos preparados para leer la actual crisis económica en su complejidad, como desafío para el futuro y no sólo como una emergencia a la que dar respuestas a corto plazo. ¿Estamos dispuestos a hacer juntos una revisión profunda del modelo de desarrollo dominante, para corregirlo de forma concertada y a largo plazo. Lo exigen, en realidad, antes que las dificultades financieras inmediatas, el estado de salud ecológica del planeta y, sobre todo, la crisis cultural y moral, cuyos síntomas son evidentes desde hace tiempo en todo el mundo".

"Para combatir la pobreza inicua, que oprime a tantos hombres y mujeres y amenaza la paz de todos, es necesario redescubrir la sobriedad y la solidaridad, como valores evangélicos y al mismo tiempo universales. No sepuede combatir eficazmente la miseria", si no se "reduce el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tiene siquiera lo necesario", afirmó.

El Santo Padre confió a la Virgen María "el profundo deseo de vivir en paz que anida en el corazón de la gran mayoría de las poblaciones israelí y palestina, una vez más puestas en peligro por la intensa violencia en la franja de Gaza, en respuesta a otra violencia".

"También la violencia, también el odio y la desconfianza son formas de pobreza -quizá las más tremendas- que hay que combatir". En este sentido, expresó "también la fundada esperanza de que, con la sabia y previsora contribución de todos, no será imposible escucharse, encontrarse y dar respuestas concretas a la difundida aspiración a vivir en paz, en seguridady dignidad".

La justificación en la enseñanza de san Pablo

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 19 de noviembre de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En el camino que estamos recorriendo guiados por san Pablo, queremos reflexionar ahora sobre un tema que está en el centro de las controversias del siglo de la Reforma: la cuestión de la justificación. ¿Cómo llega a ser justo el hombre a los ojos de Dios? Cuando san Pablo se encontró con el Resucitado en el camino de Damasco era un hombre realizado: irreprensible en cuanto a la justicia que deriva de la Ley (cf. Flp 3, 6), superaba a muchos de sus coetáneos en la observancia de las prescripciones mosaicas y era celoso en sostener las tradiciones de sus padres (cf. Ga 1, 14). La iluminación de Damasco le cambió radicalmente la existencia: comenzó a considerar todos sus méritos, logrados en una carrera religiosa integérrima, como "basura" frente a la sublimidad del conocimiento de Jesucristo (cf. Flp 3, 8). La carta a los Filipenses nos ofrece un testimonio conmovedor del paso de san Pablo de una justicia fundada en la Ley y conseguida con la observancia de las obras prescritas, a una justicia basada en la fe en Cristo: comprendió que todo lo que hasta entonces le había parecido una ganancia, en realidad frente a Dios era una pérdida, y por ello decidió apostar toda su existencia por Jesucristo (cf. Flp 3, 7). El tesoro escondido en el campo y la perla preciosa, por cuya adquisición invierte todo lo demás, ya no eran las obras de la Ley, sino Jesucristo, su Señor.

La relación entre san Pablo y el Resucitado llegó a ser tan profunda que lo impulsó a afirmar que Cristo ya no era solamente su vida, sino su vivir, hasta el punto de que para poder alcanzarlo, incluso el morir era una ganancia (cf. Flp 1, 21). No es que despreciara la vida, sino que había comprendido que para él el vivir ya no tenía otro objetivo, y por tanto ya no albergaba otro deseo que alcanzar a Cristo, como en una competición de atletismo, para estar siempre con él: el Resucitado se había convertido en el principio y el fin de su existencia, el motivo y la meta de su carrera.

Sólo la preocupación por el crecimiento en la fe de aquellos a los que había evangelizado y la solicitud por todas las Iglesias que había fundado (cf. 2 Co 11, 28) lo impulsaban a ralentizar la carrera hacia su único Señor, para esperar a los discípulos de modo que pudieran correr con él hacia la meta. Aunque en la anterior observancia de la Ley no tenía nada que reprocharse desde el punto de vista de la integridad moral, una vez alcanzado por Cristo prefería no juzgarse a sí mismo (cf. 1 Co 4, 3-4), sino que se limitaba a correr para conquistar a Aquel por el que había sido conquistado (cf. Flp 3, 12).

Precisamente por esta experiencia personal de la relación con Jesucristo, san Pablo pone ya en el centro de su Evangelio una irreductible oposición entre dos itinerarios alternativos hacia la justicia: uno construido sobre las obras de la Ley, el otro fundado sobre la gracia de la fe en Cristo. La alternativa entre la justicia por las obras de la Ley y la justicia por la fe en Cristo se convierte así en uno de los temas predominantes en sus cartas: "Nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores; a pesar de todo, conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la Ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley, pues por las obras de la Ley nadie será justificado" (Ga 2, 15-16). Y a los cristianos de Roma les reafirma que "todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3, 23-24). Y añade: "Pensamos que el hombre es justificado por la fe, independientemente de las obras de la Ley" (Rm 3, 28). Lutero en este punto tradujo "justificado sólo por la fe". Volveré sobre esto al final de la catequesis, pues antes debemos aclarar qué es esta "Ley" de la que hemos sido liberados y qué son esas "obras de la Ley" que no justifican.

Ya en la comunidad de Corinto existía la opinión, que se repetirá muchas veces a lo largo de la historia, según la cual se trataba de la ley moral y que, por tanto, la libertad cristiana consistía en la liberación de la ética. Así, en Corinto circulaba la expresión “πάντα μοι έξεστιν” (todo me es lícito). Es obvio que esta interpretación es errónea: la libertad cristiana no es libertinaje; la liberación de la que habla san Pablo no es liberación de hacer el bien.

¿Pero qué significa, por consiguiente, la Ley de la que hemos sido liberados y que no salva? Para san Pablo, como para todos sus contemporáneos, la palabra Ley significaba la Torá en su totalidad, es decir, los cinco libros de Moisés. En la interpretación de los fariseos, la que había estudiado y hecho suya san Pablo, la Torá implicaba un conjunto de comportamientos que iban desde el núcleo ético hasta las observancias rituales y cultuales que determinaban sustancialmente la identidad del hombre justo. De modo particular, la circuncisión, las observancias acerca del alimento puro y en general la pureza ritual, las reglas sobre la observancia del sábado, etc. Esos comportamientos también aparecen a menudo en los debates entre Jesús y sus contemporáneos.

Todas estas observancias, que expresan una identidad social, cultural y religiosa, habían llegado a ser singularmente importantes en el tiempo de la cultura helenística, comenzando desde el siglo III a.C. Esta cultura, que se había convertido en la cultura universal de entonces y era una cultura aparentemente racional, una cultura politeísta aparentemente tolerante, constituía una fuerte presión hacia la uniformidad cultural y así amenazaba la identidad de Israel, que se veía políticamente obligado a entrar en esa identidad común de la cultura helenística con la consiguiente pérdida de su propia identidad, que implicaba también la pérdida de la preciosa herencia de la fe de sus padres, de la fe en el único Dios y en las promesas de Dios.

Contra esa presión cultural, que no sólo amenazaba la identidad israelita, sino también la fe en el único Dios y en sus promesas, era necesario crear un muro de contención, un escudo de defensa que protegiera la preciosa herencia de la fe; ese muro consistía precisamente en las observancias y prescripciones judías. San Pablo, que había aprendido estas observancias precisamente en su función defensiva del don de Dios, de la herencia de la fe en un único Dios, veía amenazada esta identidad por la libertad de los cristianos: por eso los perseguía.

En el momento de su encuentro con el Resucitado comprendió que con la resurrección de Cristo la situación había cambiado radicalmente. Con Cristo, el Dios de Israel, el único Dios verdadero, se convertía en el Dios de todos los pueblos. El muro entre Israel y los paganos —así lo dice la carta a los Efesios— ya no era necesario: es Cristo quien nos protege contra el politeísmo y todas sus desviaciones; es Cristo quien nos une con Dios y en el único Dios; es Cristo quien garantiza nuestra verdadera identidad en la diversidad de las culturas. El muro ya no es necesario. Cristo es nuestra identidad común en la diversidad de las culturas, y es él el que nos hace justos. Ser justo quiere decir sencillamente estar con Cristo y en Cristo. Y esto basta. Ya no son necesarias otras observancias. Por eso la expresión "sola fide" de Lutero es verdadera si no se opone la fe a la caridad, al amor. La fe es mirar a Cristo, encomendarse a Cristo, unirse a Cristo, conformarse a Cristo, a su vida. Y la forma, la vida de Cristo es el amor; por tanto, creer es conformarse a Cristo y entrar en su amor. Por eso, san Pablo en la carta a los Gálatas, en la que sobre todo ha desarrollado su doctrina sobre la justificación, habla de la fe que obra por medio de la caridad (cf. Ga 5, 6).

San Pablo sabe que en el doble amor a Dios y al prójimo está presente y se cumple toda la Ley. Así, en la comunión con Cristo, en la fe que crea la caridad, se realiza toda la Ley. Somos justos cuando entramos en comunión con Cristo, que es el amor. Veremos lo mismo en el evangelio del próximo domingo, solemnidad de Cristo Rey. Es el evangelio del juez cuyo único criterio es el amor. Sólo pide esto: ¿Me visitaste cuando estaba enfermo?, ¿cuando estaba en la cárcel? ¿Me diste de comer cuando tenía hambre?, ¿me vestiste cuando estaba desnudo? Así la justicia se decide en la caridad. Así, al final de este evangelio, podemos decir casi: sólo amor, sólo caridad. Pero no hay contradicción entre este evangelio y san Pablo. Es la misma visión según la cual la comunión con Cristo, la fe en Cristo, crea la caridad. Y la caridad es realización de la comunión con Cristo. Así, estando unidos a él, somos justos, y de ninguna otra forma.

Al final, sólo podemos orar al Señor para que nos ayude a creer. Creer realmente; así, creer llega a ser vida, unidad con Cristo, transformación de nuestra vida. Y así, transformados por su amor, por el amor a Dios y al prójimo, podemos ser realmente justos a los ojos de Dios.
Tomado de:

¡FELIZ AÑO NUEVO!



¡FELIZ AÑO NUEVO!

Que en este nuevo año
Dios derrame bendiciones en sus familias,
corone con el éxito sus proyectos y
nos conceda la gracia de servir
con caridad a los demás
a través de nuestra permanente ofrenda
y mayor esfuerzo.

Son los sinceros deseos del Equipo Editor del Blog Formación Pastoral para laicos.

Homilías: Solemnidad de Santa María Madre de Dios (B)

Lecturas: Nm 6,22-27; S. 66; Ga 4,4-7; Lc 2,16-21

Madre de Jesús y Madre nuestra
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.



La liturgia de hoy quiere reunir la celebración de la Maternidad divina de María, de la circuncisión de Jesús e imposición de su nombre “Jesús”, y de la conmemoración de la Jornada mundial de la paz, a la que la Iglesia se suma con gusto y en la que el Papa envía un mensaje a toda la humanidad cada año. Dadas las obvias limitaciones, me reduciré a alguna reflexión sobre el misterio de la Maternidad divina de María.

Que María haya concebido virginalmente a Jesús, Hijo de Dios y Dios como el Padre, participando de su misma naturaleza divina, es una verdad contenida en la Escritura clara y cierta. La Iglesia no ha necesitado de grandes teólogos, que los ha tenido y sigue teniendo, ni de muchas especulaciones para llegar a ella. «Llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús” –dice el Catecismo n. 495– María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la Madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, Aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios. Desde las primeras formulaciones de la fe la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo» (CIC 495-496).

Fuera de los que niegan la misma divinidad de Cristo, admiten esta verdad de fe el resto de los hermanos separados. Sin embargo no sacan las consecuencias debidas. Porque la obra de salvación de los hombres por Cristo está presente a lo largo de toda la historia humana, que por ello es designada correctamente como “historia de salvación”. Y a esta historia María está íntimamente vinculada de modo necesario. Aparece ya en el Paraíso tras el pecado: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje. Él te aplastará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Ge 3,15).

A partir de este momento María aparece en la historia de la salvación como una estrella orientadora simbolizada en la figura de una serie de mujeres bíblicas como Sara, esposa de Abrahán y madre milagrosa de Isaac, Ana, la madre del profeta Samuel, Débora, Rut, Judit y Ester, y muchas otras. “María sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de El con confianza la salvación y la acogen. Con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación (LG 55)” (CIC 489).

En efecto esta verdad de la maternidad divina de María establece su relación no sólo con Jesús sino también con todos nosotros. La maternidad divina de María tiene su razón de ser y su misión en la naturaleza y misión de Jesús. Jesús no ha venido para otra cosa sino para la salvación de los hombres del pecado y se ha unido a la naturaleza humana para, rescatándonos con su muerte, unirnos a Él como sarmientos a la vid y como cuerpo a su cabeza. Son verdades archirrepetidas en la revelación. “Le pondrás por nombre Jesús porque él va a salvar a su pueblo de sus pecados” –dijo el ángel a José y lo había dicho a María, Mt 1,21; Lc 2,31–.

Para continuar esa su obra salvadora, Jesús iba a fundar su Iglesia, le iba a dar todos sus poderes y la seguridad de que estaría con ella hasta el fin de los tiempos (Mt 16,18; 28,18-20). En el momento supremo, en “su hora”, cuando completaba su obra, teniendo al pie de la cruz a la pecadora arrepentida, al discípulo amado, a su propia Madre, viendo en ellos el embrión de su Iglesia, a la cual haría su esposa querida y dejaría toda su herencia, en ese momento para él tan importante dio al discípulo la suya por Madre y a él se la encomendó. Ese grupito era símbolo de la Iglesia entera y aquel discípulo querido era el símbolo de todo creyente, discípulo de Cristo. La virgen María recibía entonces una nueva misión: la de madre del discípulo, de todo discípulo de Cristo, la misión de Madre de la Iglesia.

La Iglesia lo ha ido conociendo con más y más claridad a medida que ha ido viviendo más a fondo la riqueza de su fe. Por eso señal de que cada uno de nosotros vamos creciendo en la fe y vamos entrando más y más en el misterio de Jesús, es precisamente nuestra devoción a la virgen María. No se trata de que María sustituya a Cristo (lo que sería un disparate) sino de que en el mundo rico de verdades y dones de la fe todos aumenten su fuerza bajo la luz y el afecto de María. La Iglesia fomenta la devoción a la virgen María. Cada fiel debe aumentarla en sí y en otros.

La Iglesia nos lo enseña. En la misa, su acto de culto más importante como sabemos, la comunidad comienza purificando su alma con la contrición. En la primera fórmula de la parte introductoria se invoca la intercesión de los santos y singularmente de la Virgen María. Luego, en la parte sacrifical y de ofrenda del sacrificio de Cristo al Padre, se invoca siempre la intercesión de María junto a la de los santos. La liturgia recuerda también con frecuencia misterios, fiestas, advocaciones de María a lo largo del año.

Los santuarios de María, muchas veces erigidos a petición de la misma virgen María, son a lo largo y ancho de la tierra la prueba de la providencia maternal de María sobre sus hijos. Allí se convierten los pecadores, se curan tantos enfermos aun con milagros, encuentran paz los atribulados. Son fuente de gracia, de esperanza, de perdón para todos.

Lo que pidamos a María, si es bueno, nos será siempre concedido. No importa que no seamos dignos. La madre no actúa con amor porque el hijo lo merezca, sino porque es su hijo y tiene necesidad. Celebremos las fiestas de María con especial devoción. Preparémonos a ellas. Hagámosle obsequios especiales de sacrificios especiales y buenas obras. Alimentemos nuestra devoción y fervor leyendo de ella y sus misterios. En nuestras oraciones, por las intenciones y métodos más varios, que esté siempre presente el recuerdo, la acción de gracias, la petición a la virgen María.

Así como la primera pregunta a hacernos para evaluar nuestro caminar, por ejemplo en el año que ayer terminó, debe ser: ¿Mi amor a Jesucristo crece o bien está estancado o disminuye?, de modo semejante hagámonos las mismas preguntas sobre el amor a María: ¿Crece? ¿disminuye o está estancado?. María, Madre de Jesús, Madre de la Iglesia, ¿lo es para mi? ¿lo que es cada vez más? ¿qué han sido estas navidades en este aspecto?

Los hijos de Dios, los hermanos de Jesús, no somos huérfanos de Madre. María nos ha acogido respondiendo a la voluntad de Jesús, su Hijo y Señor. Acojámosla nosotros, como hizo Juan, entre las gracias más hermosas y grandes que Jesús nos ha dado.

Homilías: Sagrada Familia - Familia nueva para una Iglesia nueva (B)




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Eclo 3,2-6.12-14; S. 127; Col 3,12-21; Lc 2,22-40

Las fiestas navideñas tienen una entrañable dimensión familiar. Esta fiesta de la Sagrada Familia subraya el hecho de que Jesús durante la mayor parte de su vida formó parte activa de una familia ejemplar. Era una familia normal, pobre en un pueblito pobre, sacudida por los aconteceres sociales y políticos de su tiempo, como cualquier otra. Fue ciertamente una familia profundamente religiosa. Se respiraba en los muros de su humilde morada la presencia de Dios. La Iglesia se ve reflejada en ella y también estimulada a ser en este mundo la familia de los hijos de Dios. 

 El texto leído pertenece al segundo capítulo del evangelio de San Lucas. Los dos primeros capítulos de San Lucas, que versan sobre la infancia de Jesús, está solidamente documentado que fueron escritos primero en hebreo. Lucas los recogió y pulió algunos detalles lingüísticos (escribe muy bien el griego), pero dejó abundantes huellas del texto primitivo hebreo para no alterar su sabor primitivo. No es hipótesis absurda que su primer origen esté en la Virgen María. 

El texto narra muy claramente el hecho y el por qué debieron hacerlo. Eran una familia profundamente religiosa, Dios estaba en ellos y no dudaron ni un momento el cumplir con la Ley en todos sus detalles. A los cuarenta días del nacimiento del primogénito presentaron al niño al Señor. Eran pobres y entregaron el precio del rescate, dos pichones de paloma, señalado para ellos por la Ley. 

Lucas no se detiene demasiado en los ritos cultuales sino que narra con más amplitud las reacciones y bendiciones de los ancianos Simeón y Ana. Ambos eran personas de Dios. Lo buscaban. Por eso Dios se comunicaba con ellos y aquel día el Espíritu Santo les sugirió ir al Templo y les iluminó para descubrir en aquel niño al Mesías prometido, al Salvador, a la liberación (propiamente el “rescate”) de Jerusalén. Cree y entenderás. Si vivimos con fe, con más fe, veremos a Dios salvador con más frecuencia. El que busca a Dios ciertamente que lo encuentra. 

En aquella familia se cumplía todo lo que prescribía la ley del Señor. Y así “el niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba”. 

Así debe ser en toda familia cristiana, así debería ser en sus familias. Aprovechen la Navidad para infundir y aumentar esta presencia de Jesús, del Emmanuel, del “Dios con nosotros”, en su familia. No sólo en sus personas, también en sus familias. 

Todos sabemos que la familia está enferma. Pero más grave es que las fuerzas sociales que están actuando lo hacen para dañarla aun más. Son sobre todo ustedes, los laicos, los que forman las familias, quienes más pueden hacer en este esfuerzo por restaurar la familia como institución social y religiosa. No cedan, no se cansen. Pidan a Dios que les ayude. Procuren que en su casa reine el amor, que se realice la bendición del ángel: “Gloria a Dios en Cielo y en la tierra la paz por la buena voluntad de Dios”. Porque es lo que Dios quiere: que en la familia cristiana reine el amor, el Amor de Dios, porque Dios es amado y Dios llena de amor. Que Dios sea amado, porque cada uno lo ama y vive la felicidad de ese amor; porque ese amor les lleva y sostiene para respetar, para no herir, para ayudar, para vivir juntos el dolor y la alegría. 

De la buena salud de la familia dependen muchos y fundamentales bienes para las personas, la sociedad y la Iglesia. El éxito de otras instituciones sociales y eclesiales (como la escuela misma y la parroquia) dependen de la salud de la familia. No bastaría la acción del Estado para solucionar problemas, por ejemplo la criminalidad juvenil, el fracaso escolar o la drogadicción, si la familia no cumple. Caigan en la cuenta, padres, de la importancia de su misión. Sólo ustedes la pueden realizar. Y háganla cada vez mejor. No huyan del problema. Afróntenlo. Es un bien en primer lugar para los mismos padres. Porque la familia viene a ser un desafío, que exige de los padres progreso continuo en las virtudes, en los conocimientos y en el arte de la educación. Es necesario el diálogo sincero y humilde entre los esposos para que, iluminados con la luz de Dios y animados por el amor que la gracia del sacramento del matrimonio alimenta y perfecciona, superen las dificultades que van surgiendo, a veces previsibles pero otras inesperadas. De esta forma la vida familiar con su exigencia hace crecer las virtudes sobrenaturales y la santidad, porque pide oración, ejemplo, sacrificio de tiempo para la escucha y humildad para el diálogo, y otras muchas renuncias que el buen desempeño de la paternidad y maternidad hacen necesarias. 

También los hijos pueden y deben aportar mucho a la vida familiar, y deben irse haciendo responsables de ello. A medida que los hijos van creciendo, los padres sabiamente educadores muestran a los hijos lo mucho que pueden contribuir a la felicidad de la familia, de la que ellos participan. Así experimentarán la felicidad del que hace el bien. Con razón se designa a la familia con el término del “hogar”. Como en el fuego cada uno de los elementos que lo producen calienta al otro y es calentado por él y así se mantiene y crece, así en la familia cada uno de sus miembros procura contribuir al bienestar y amor de la familia y, al recibirlo de los demás, crece él mismo en felicidad y capacidad de amar. 

Puede ser que alguno se pregunte ¿cómo lograr todo esto? Con la ayuda de Dios todo es posible. La palabra luminosa y fuerte de Dios leída y comentada en familia, la oración común en ciertos momentos, la memoria de la presencia de Dios con motivo de sucesos felices o difíciles, la acción del Espíritu en el corazón de cada uno, irán logrando que la atmósfera familiar sea la que nos sugieren las lecturas de la misa de hoy y tantas otras de la Escritura: “El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros. El que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos y, cuando rece, su oración será escuchada; al que honra a su madre el Señor lo escucha. La ayuda prestada al padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados”. 

Padres, hijos que reciben hoy la palabra del Señor. “Que la paz de Cristo reine en sus corazones; que la palabra de Cristo habite entre ustedes en toda su riqueza”. Estas serán familias que hagan una sociedad nueva, un Perú mejor, una Iglesia renovada.





Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog

Hacerse compañía

P. Vicente Gallo Rodríguez S.J.

“Después, dijo Yahvé: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que sea su ayuda’. Yahvé formó de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para que les pusiera nombre. Y cada ser viviente había de llamarse como el hombre le había llamado. Pero no encontró entre ellos un ser semejante a él para que fuese su ayuda.

Entonces Yahvé hizo caer un sueño profundo al hombre, y este se durmió. Y le sacó una de las costillas, tapando el hueco con carne. De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formó una mujer, y se la presentó al hombre. Entonces el hombre exclamó: ‘Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne’. Y la llamó mujer”; había sido sacada del hombre”.
(Génesis 2, 18-23)


Cuando a un encarcelado se le quiere castigar por una falta grave de insubordinación, hay una manera de hacerlo sin mayores torturas: meterlo aislado de todos los demás en una celda de castigo, y dejarlo ahí días o acaso meses sin que pueda comunicarse con nadie. Pienso en Abimael Guzmán apresado y sentenciado, con juicio sumarísimo, a ser recluido en una cárcel de alta seguridad: estando él solo, en una apartada celda, en total aislamiento hasta en el pequeño patio a donde en algunas horas le permitieran salir a pasear y tomar el aire o el sol. Como sucede en tantas “celdas de castigo” que se dan en cualquier parte del mundo.

Estar días y días encerrado en esa soledad, acostado, de pie o paseando, quizás leyendo, pero sin contacto con nadie; y así días y días, cadena perpetua,... es como para volverse loco. Solamente viendo a sus guardianes y viéndolos como enemigos. Cualquiera que se viese en tal situación de castigo, experimentaría lo terrible de semejante soledad. Es duro castigo el estar solo. Vale la pena meditarlo.

Como es triste la soledad de un enfermo en un hospital, a quien nadie viene jamás a visitarlo. Igualmente si está enfermo en su propia casa, pero sin familiares, sin amigos, sin que los vecinos siquiera entren a visitarlo ni atenderlo. Como es muy penosa, también, la soledad de un niño cuyos padres han muerto en un accidente, y él se ha quedado solo en la vida. O el anciano que se quedó viudo, y le ocurre que ni los hijos se interesan por él. Esa soledad se puede dar hasta viviendo en pareja, casados, pero sin verse o sin hablarse semanas y meses.

Desde lo profundo de nuestro ser humano, todos buscamos compañía. Cuando sufrimos, el estar acompañados es ya un importante alivio. Compartir nuestras penas o temores aligera ese peso que nos oprime en nuestro dolor; como si nos aliviase el que nos acompaña y nos escucha. Hasta nuestras alegrías y satisfacciones experimentamos que son más valiosas cuando alguien las comparte acompañándonos.

Y hago una reflexión más. El vivir mismo, sin compañía de nadie, nos parece carecer de sentido y de valor. Aunque sabemos también que, el vivir acompañado de gente alrededor, no quita la soledad tan penosa para el ser humano; seguimos en ella si no hay relación de amor con quienes nos acompañan. Solamente con amor hay verdadera compañía. Como también, sólo haciéndose compañía se goza del amor. Hasta en el Paraíso del Libro del Génesis, aquella pareja hecha para participar de la felicidad divina, tenía que pasearse con Dios (Gén 3, 8).

En la relación con la gente uno puede disfrutar de riquezas o de poder. Sin embargo, sería el hombre más desdichado aquel que, teniendo todo eso, no fuese amado por nadie; y más desdichado todavía aquel que, con poder o con dinero y con salud, igual que sin esas cosas, él mismo no amase a ninguna otra persona. Ser amados y amar son consustanciales a los seres humanos y a su anhelo de ser felices viviendo. Amar y ser amados es lo que más buscamos y queremos encontrar.

Con una profunda visión de la realidad del hombre, la Biblia, en el relato de la creación, nos dice que al hombre le hizo Dios después de todas las demás cosas que creó, queriendo poner en el hombre una imagen y semejanza de El mismo, como Dios, al coronar la creación. Nos pone a Adán en el Paraíso, dueño y señor de todo lo que podría necesitar, porque Dios le había provisto de todo; “pero no encontraba un semejante a él para que fuese su ayuda”.

Dios al verlo, sintió pena; y sentenció: “No es bueno para el hombre estar solo; voy a hacerle una ayuda adecuada”. Creó entonces a la mujer para que viniese a llenar el vacío que tenía el hombre allá en lo profundo de su ser, sintiéndose inconsistente como faltándole una costilla. Se la presentó al hombre en un despertar de su sueño, y él exclamó al ver tal compañera: “Esta sí, que es carne de mi carne y hueso de mis huesos”. Añade la Biblia: “Los dos estaban desnudos, pero no sentían vergüenza”, no tenían de qué sentirla.

Serían felices tales como eran, pero juntos los dos. Encontraban su ser completo estando juntos, y viéndose así, como eran, “no sentían vergüenza”. El desorden al mirarse, y la consiguiente vergüenza al verse uno al otro desnudos, vinieron después, cuando se escondieron avergonzados por haber pecado al querer buscar la felicidad en las cosas en vez de tenerla en ellos.

Dios instituyó así el matrimonio: no para desahogo de sus pasiones, sino para complementarse, y ser felices de esa manera. Sentenciando: “Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. Jesús, más tarde, añadió a esa sentencia divina: “Y lo que Dios ha unido, que nunca lo separe el hombre”, como puede hacerlo de tantos modos con sus torpezas.

Es por ello que el hombre igual que la mujer, en su despertar a ser adultos, se buscan como si un profundo imán los atrajese mutuamente. No para satisfacer su instinto sexual, que podrían hacerlo y lo hacen fácilmente fuera del matrimonio. Sino “para ser su ayuda” el uno unido al otro.
Cuando él o ella van haciéndose mayores y no encontraron ya su pareja, sienten la penosa angustia de quedarse solos. Si enviudan, es frecuente que se busquen otra pareja, sintiendo que lo necesitan en su soledad; aunque el viudo tenga riquezas, honores o poder, pero sin que los hijos siquiera le basten como consuelo. Cuanto más se acercan a la ancianidad, la soledad se les hace más dura y pesada, se ven más necesitados de tener a su lado el complemento que Dios pensó. Así nos lo dice la experiencia más general.

Comunicándose mutuamente con una confianza sin barreras, y así “viéndose al desnudo” el uno al otro, no sentirán vergüenza por verse tan de veras; sino que en ello encontrarán la dicha de ese amor que se demuestran viviendo ambos su relación en una apertura total. Esa confianza y apertura mutua es lo que más adelante veremos como el “diálogo” necesario en el matrimonio, tomando la decisión de amar a quien eligió para ser su pareja.

Diríamos que Dios se jugó mucho al hacer a los hombres “a su propia imagen y semejanza: para hacerlos así, los hizo libres, como lo es El. Siendo libres los dos, es como habrían de decidir o no decidir, decidir una cosa o la contraria, igual en su vida personal que en su vida de relación. Pero si Dios es AMOR, serían “semejantes a Dios” amándose de así, responsablemente, libremente. Y si en el amarse como Dios nos ama es como encontrarían ser felices como Dios, ambos, esposo y esposa, serán cada uno responsables de su amor y su felicidad. Echar la culpa al otro, generalmente es elegir el engaño.

También ocurre entonces que cuando dos esposos se aman con ese amor con el que Dios los ama, son de veras “imagen de Dios”. Es Dios quien se ve en ellos como en un espejo, gozándose al hallarse reflejado en ese amor. Pero, además, todos los que los ven amarse de ese modo encuentran en ellos a Dios; lo encuentran los hijos, y todos los que los miran con esos ojos limpios que aún tienen los niños para ver e interpretar.

Cuando decimos a los niños que Dios es Padre, o que Dios es AMOR, lo entenderán si ven a sus padres amarse de esa manera, particularmente viendo a su padre amar a su madre de ese modo. De lo contrario, es posible que no entiendan bien lo que decimos. Igual que les ocurre a los mayores cuando un sacerdote dice esas cosas a su gente y no encuentran en él ese Amor de Dios del que les hablan. No pueden ni creer ni entender algo tan luminoso.

Quiero decir más del caso del sacerdote. Si no asume con fe e ilusión su celibato al que le llamó el Señor, sabiéndose ser la presencia de Cristo desposado con su Iglesia, con esa parcela de la Iglesia que a él se le ha confiado para amarla “como Cristo ama a su Iglesia”, sentirá una soledad penosa. El celibato le resultará como una carga pesada, acaso hasta insoportable; aunque se vea rodeado de la gente y de su estima, o quizás de sus aplausos. Pero se sentirá tan feliz como Jesucristo que optó por ser célibe para darse plenamente, no a una mujer, sino a todos los que redimía con igual amor; si el sacerdote es fiel en amar a su Iglesia tanto como Cristo la ama. Y si entonces es amado por su gente, sentirá que es Cristo quien es amado en la persona de él. ¡Cuán felices han sido los santos sacerdotes y los consagrados con Votos Religiosos viviendo con toda fidelidad y entrega su consagración!

Uno que había sido Religioso y que le habían hecho Obispo, me decía en una ocasión que lo más duro para él en su nuevo estado de Obispo era haber dejado de vivir en Comunidad Religiosa. Ahora, en su casa se sentía solo, aunque tenía sirvientes. Y en su vida, trabajando mucho, sentía la soledad de que sus sacerdotes le respetaban, sí, pero se le quedaban distantes. En algunos casos, hasta le parecía que le tomaban como un “enemigo”. Añoraba la vida de antes; le parecía que, al haber “subido de nivel”, había sido condenado a sufrir la soledad. Los Obispos también pueden sufrirla, es evidente.

En el mismo matrimonio es muy frecuente seguir viviendo juntos, comiendo en la misma mesa, durmiendo en el mismo lecho; pero sufriendo una soledad angustiosa. Cuando llevan tiempo sin intercambiar una conversación seria, o cuando se hirieron y no se perdonaron aún. También cuando se han resignado a seguir adelante para no dar escándalo; pero haciendo cada uno totalmente su vida propia. Cuando no se tienen verdadero amor de intimidad. Cuando su enamoramiento ha desaparecido, y ya no se tienen ni amor. Es muy penosa soledad en la que están cada uno, viviendo en pareja. Se unieron para toda la vida, y no para vivir así, sino más bien para ser el uno apoyo firme del otro. Así les ocurre también a los sacerdotes si son simplemente no casados, si no son Cristo amando a su Iglesia hasta el extremo en el que Jesús amó a los suyos tales como eran (Jn 13, 1).

La parusía en la predicación de san Pablo

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 12 de noviembre de 2008

Queridos hermanos y hermanas:
El tema de la Resurrección, sobre el que hablamos la semana pasada, abre una nueva perspectiva, la de la espera de la vuelta del Señor y, por ello, nos lleva a reflexionar sobre la relación entre el tiempo presente, tiempo de la Iglesia y del reino de Cristo, y el futuro (éschaton) que nos espera, cuando Cristo entregará el Reino al Padre (cf.1 Co 15, 24). Todo discurso cristiano sobre las realidades últimas, llamado escatología, parte siempre del acontecimiento de la Resurrección: en este acontecimiento las realidades últimas ya han comenzado y, en cierto sentido, ya están presentes.

Probablemente en el año 52 san Pablo escribió la primera de sus cartas, la primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de esta vuelta de Jesús, llamada parusía, adviento, nueva, definitiva y manifiesta presencia (cf. 1 Ts 4, 13-18). A los Tesalonicenses, que tienen sus dudas y problemas, el Apóstol escribe así: "Si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 Ts 4, 14). Y continúa: "Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el Señor" (1 Ts 4, 16-17). San Pablo describe la parusía de Cristo con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero que transmiten un mensaje sencillo y profundo: al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá de las imágenes, el mensaje esencial: nuestro futuro es "estar con el Señor"; en cuanto creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado.

En la segunda carta a los Tesalonicenses, san Pablo cambia la perspectiva; habla de acontecimientos negativos, que deberán suceder antes del final y conclusivo. No hay que dejarse engañar —dice— como si el día del Señor fuera verdaderamente inminente, según un cálculo cronológico: "Por lo que respecta a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera" (2 Ts 2, 1-3). La continuación de este texto anuncia que antes de la venida del Señor tiene que llegar la apostasía y se revelará un no bien identificado "hombre impío", el "hijo de la perdición" (2 Ts 2, 3), que la tradición llamará después el Anticristo.

Pero la intención de esta carta de san Pablo es ante todo práctica; escribe: "Cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado de que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan" (2 Ts 3, 10-12). En otras palabras, la espera de la parusía de Jesús no dispensa del trabajo en este mundo; al contrario, crea responsabilidad ante el Juez divino sobre nuestro obrar en este mundo. Precisamente así crece nuestra responsabilidad de trabajar en y para este mundo. Veremos lo mismo el domingo próximo en el pasaje evangélico de los talentos, donde el Señor nos dice que ha confiado talentos a todos y el Juez nos pedirá cuentas de ellos diciendo: ¿Habéis dado fruto? Por tanto la espera de su venida implica responsabilidad con respecto a este mundo.

En la carta a los Filipenses, en otro contexto y con aspectos nuevos, aparece esa misma verdad y el mismo nexo entre parusía —vuelta del Juez-Salvador— y nuestro compromiso en la vida. San Pablo está en la cárcel esperando la sentencia, que puede ser de condena a muerte. En esta situación piensa en su futuro "estar con el Señor", pero piensa también en la comunidad de Filipos, que necesita a su padre, san Pablo, y escribe: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger. Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús, cuando yo vuelva a estar entre vosotros" (Flp 1, 21-26).

San Pablo no tiene miedo a la muerte; al contrario: de hecho, la muerte indica el completo estar con Cristo. Pero san Pablo participa también de los sentimientos de Cristo, el cual no vivió para sí mismo, sino para nosotros. Vivir para los demás se convierte en el programa de su vida y por ello muestra su perfecta disponibilidad a la voluntad de Dios, a lo que Dios decida. Sobre todo, está disponible, también en el futuro, a vivir en esta tierra para los demás, a vivir para Cristo, a vivir para su presencia viva y así para la renovación del mundo. Vemos que este estar con Cristo crea a san Pablo una gran libertad interior: libertad ante la amenaza de la muerte, pero también libertad ante todas las tareas y los sufrimientos de la vida. Está sencillamente disponible para Dios y es realmente libre.

Y ahora, después de haber examinado los diversos aspectos de la espera de la parusía de Cristo, pasamos a preguntarnos: ¿Cuáles son las actitudes fundamentales del cristiano ante las realidades últimas: la muerte, el fin del mundo? La primera actitud es la certeza de que Jesús ha resucitado, está con el Padre y, por eso, está con nosotros para siempre. Y nadie es más fuerte que Cristo, porque está con el Padre, está con nosotros. Por eso estamos seguros y no tenemos miedo. Este era un efecto esencial de la predicación cristiana. El miedo a los espíritus, a los dioses, era muy común en todo el mundo antiguo. También hoy los misioneros, junto con tantos elementos buenos de las religiones naturales, se encuentran con el miedo a los espíritus, a los poderes nefastos que nos amenazan. Cristo vive, ha vencido a la muerte y ha vencido a todos estos poderes. Con esta certeza, con esta libertad, con esta alegría vivimos. Este es el primer aspecto de nuestro vivir con respecto al futuro.

En segundo lugar, la certeza de que Cristo está conmigo, de que en Cristo el mundo futuro ya ha comenzado, también da certeza de la esperanza. El futuro no es una oscuridad en la que nadie se orienta. No es así. Sin Cristo, también hoy el futuro es oscuro para el mundo, hay mucho miedo al futuro. El cristiano sabe que la luz de Cristo es más fuerte y por eso vive en una esperanza que no es vaga, en una esperanza que da certeza y valor para afrontar el futuro.

Por último, la tercera actitud. El Juez que vuelve —es Juez y Salvador a la vez— nos ha confiado la tarea de vivir en este mundo según su modo de vivir. Nos ha entregado sus talentos. Por eso nuestra tercera actitud es: responsabilidad con respecto al mundo, a los hermanos, ante Cristo y, al mismo tiempo, también certeza de su misericordia. Ambas cosas son importantes. No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales, porque Dios sólo puede ser misericordioso. Esto sería un engaño. En realidad, vivimos en una gran responsabilidad. Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra a Cristo, para que se renueve. Pero incluso trabajando y sabiendo en nuestra responsabilidad que Dios es verdadero juez, también estamos seguros de que este juez es bueno, conocemos su rostro, el rostro de Cristo resucitado, de Cristo crucificado por nosotros. Por eso podemos estar seguros de su bondad y seguir adelante con gran valor.

Un dato ulterior de la enseñanza paulina sobre la escatología es el de la universalidad de la llamada a la fe, que reúne a los judíos y a los gentiles, es decir, a los paganos, como signo y anticipación de la realidad futura, por lo que podemos decir que ya estamos sentados en el cielo con Jesucristo, pero para mostrar en los siglos futuros la riqueza de la gracia (cf. Ef 2, 6 s): el después se convierte en un antes para hacer evidente el estado de realización incipiente en que vivimos. Esto hace tolerables los sufrimientos del momento presente, que no son comparables a la gloria futura (cf. Rm 8, 18). Se camina en la fe y no en la visión, y aunque sería preferible salir del destierro del cuerpo y estar con el Señor, lo que cuenta en definitiva, habitando en el cuerpo o saliendo de él, es ser agradables a Dios (cf. 2 Co 5, 7-9).

Finalmente, un último punto que quizás parezca un poco difícil para nosotros. En la conclusión de su primera carta a los Corintios, san Pablo repite y pone también en labios de los Corintios una oración surgida en las primeras comunidades cristianas del área de Palestina: Maranà, thà! que literalmente significa "Señor nuestro, ¡ven!" (1 Co 16, 22). Era la oración de la primera comunidad cristiana; y también el último libro del Nuevo testamento, el Apocalipsis, se concluye con esta oración: "¡Ven, Señor!". ¿Podemos rezar así también nosotros? Me parece que para nosotros hoy, en nuestra vida, en nuestro mundo, es difícil rezar sinceramente para que acabe este mundo, para que venga la nueva Jerusalén, para que venga el juicio último y el Juez, Cristo. Creo que aunque, por muchos motivos, no nos atrevamos a rezar sinceramente así, sin embargo de una forma justa y correcta podemos decir también con los primeros cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!".

Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte, queremos que acabe este mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto. Pero ¿cómo podría suceder esto sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera, totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor! Ven a tu modo, del modo que tú sabes. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven a los campos de refugiados, en Darfur y en Kivu del norte, en tantos lugares del mundo. Ven donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón, ven y renueva nuestra vida. Ven a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia tuya. En este sentido oramos con san Pablo: Maranà, thà! "¡Ven, Señor Jesús"!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve.
Tomado de:

¡FELIZ NAVIDAD!


“Hoy les ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”
Lc. 2,11.

¡Feliz Navidad!

Que en nuestros corazones acojamos
el nacimiento del Niño Jesús, para que nos renueve
con su gracia y como ofrenda a Él contribuyamos a construir
un Perú más creyente, justo y solidario.
Dios los bendiga.

Son los deseos del Equipo Editor de Formación Past
oral para Laicos.

Navidad distinta

Canción Navideña
Invitamos a reflexionar la letra de esta significativa canción.

De Belenes, de campanas y regalos
se compone nuestra pobre Navidad
panderetas y zambombas que no falten
porque así es mucho más fácil no pensar.

Yo quiero una Navidad distinta
en la que el odio y el rencor no tengan sitio
en la que el pobre sea tratado como rico
que en nada influyan los colores de la piel.
Yo quiero una Navidad distinta
donde el amor y la paz lo llenen todo.

Celebrando dos mil años estas fiestas
sin que el mundo reconozca la verdad
mientras se hablen de miserias y de guerras
es que aún no se entendió la Navidad.

De recuerdos, rituales y nostalgias
hemos hecho el fundamento de la fe
pero Cristo es realidad y está presente
desde el día en que nació pobre en Belén.


Árbol de Navidad


Me
agradaría
preparar en estos días
un árbol de Navidad
muy especial
y colgar, en lugar de regalos
los nombres
de todos mis amigos. Los de cerca
y los de más lejos. Los de siempre y los que
tengo ahora.
Los que veo cada día, y los que encuentro de
vez en cuando.
Aquellos a los que siempre recuerdo y a los que a menudo olvido.
A los constantes y a los inconstantes. A los de las horas
alegres y a los de las horas difíciles. A los que sin querer herí
y a los que sin querer me hirieron. Aquellos a quienes conozco
profundamente, y aquellos a quienes sólo conozco por su
apariencia.
A los que me deben algo y a los que les debo mucho. A los amigos humildes
y a los amigos importantes. Por eso los nombro a todos, a todos los amigos que han
pasado por mi vida. A los que reciben este mensaje y a los que no lo recibirán.
Un árbol de raíces profundas, para que sus nombres no se puedan arrancar jamás.
Un árbol que, al florecer el año que viene, nos traiga ilusión, salud, amor y paz.
Un árbol bendecido por Dios, que nos recuerde que Jesús también quiere nacer en mi corazón y en el de aquellos cuyos nombres cuelgan en él.
Y me recuerde que con la gracia de Dios, podré decirle como nuestra Madre María, sí a su proyecto que tiene para mí.
Ojalá que por Navidad, nos podamos reencontrar compartiendo los mejores deseos
de esperanza
dando algo
de felicidad a aquellos
que lo han perdido todo.
¡FELIZ NAVIDAD!
...
Compartido por Enrique Hernández.

Tu regalo para Jesús

Fr. Nelson M.



Hace poco volví a escuchar aquella pregunta que me ha cautivado en cada Diciembre: ¿Y tú, qué le vas a regalar al Niño Jesús? Es una pregunta sencilla, casi infantil, pero con frecuencia las respuestas tienen inesperada profundidad.

Esa pregunta ha sido respondida en clave humorística, haciendo mofa, por ejemplo, de la vida política de nuestros países. El asunto tiene su gracia pero no es lo que más atrae nuestra atención en este momento.

Más interesante es la respuesta en clave afectiva y nostálgica, con un toque de belleza e inocencia, como cuando "El Niño del Tambor" (El Tamborilero) regaló al Niño Dios su destartalado tamborcito, después de asegurar de ese juguete que "su ronco acento es un canto de amor."

En clave práctica y solidaria muchos reflexionan sobre el don de la vida, y lo que implica defender la vida humana, rescatando seres humanos del genocidio abortista, o de las cadenas de la pobreza o el maltrato infantil.

En clave artística y literaria, bien sabemos cómo el Niño del Portal ha sido fuente inagotable de poemas, cuentos, cuadros, esculturas, representaciones teatrales, autos sacramentales, meditaciones en prosa y verso. Muchos de los autores así inspirados han ofrecido o "regalado" sus obras a Cristo.

En clave espiritual y mística, la respuesta es obvia: lo que hay que regalar al Niño es el don de la propia vida; lo que hay que ofrecer es la propia persona, el propio ser.

En clave de evangelización sabemos que el regalo es: corazones convertidos; hombres y mujeres gozosos de celebrar el amor que ha visitado nuestra tierra con la llegada del Recién Nacido.
Otro modo de abordar la pregunta es pensando en objetos específicos, que por su significado o por la manera como nos han ayudado o impedido la recepción del Evangelio. Del mismo modo que hay personas que dejan sus muletas en aquel santuario en que han recobrado la salud, uno podría pensar en dejar a los pies del Niño Dios aquello que ha marcado alguna época de la vida con los trazos indelebles del dolor o la carencia. O también: todo aquello que se ha convertido en símbolo de la victoria del amor cristiano.

Según este criterio, los enemigos reconciliados deberían dejar un "Acta de Perdón" en el Portal de Belén.

Aquella pluma, o lápiz, o bolígrafo con que escribiste tu más hermosa Carta de Amor podría bien reposar junto a Cristo, como tributo a Aquel que nos ha amado sobre toda medida.
Las fotografías de aquel retiro o peregrinación en que te encontraste con el Hijo de Dios y Redentor de los Hombres, deberían ser tu homenaje de gratitud a Aquel que fue causa de tu regocijo.

Muchas parejas felizmente casadas saben que sólo junto a Jesús Niño hay un lugar digno para sus anillos o alianzas matrimoniales. Algo parecido dirán obispos y sacerdotes piadosos en relación con aquellos emblemas o recuerdos de su propia ordenación.

En clave personal, confieso que he llegado a mirar mi servicio en Internet, y en particular mi "Casa para tu Fe Católica" como el testamento que podré dejar, con humilde y tembloroso amor, a mis hermanos en la fe. Hoy le regalo mi página web a Jesús Niño, y en ella, todo el bien que el ministerio de la predicación pueda hacer para gloria suya y de su Santa Iglesia.
¿Y tú, qué le vas a regalar al Niño Jesús?


amigos@fraynelson.comPd.: La colección completa de estos escritos se halla aquí. En estos y todos nuestros escritos nos acogemos con gusto al parecer y veredicto definitivo de la Santa Iglesia Católica, y, en particular, de la Sede Apostólica.
Compartido por Zoila Ortiz.