La resurrección de Cristo en la teología de san Pablo

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 5 de noviembre de 2008


Queridos hermanos y hermanas:


"Si no resucitó Cristo, es vacía nuestra predicación, y es vacía también vuestra fe (...) y vosotros estáis todavía en vuestros pecados" (1 Co 15, 14.17). Con estas fuertes palabras de la primera carta a los Corintios, san Pablo da a entender la importancia decisiva que atribuye a la resurrección de Jesús, pues en este acontecimiento está la solución del problema planteado por el drama de la cruz. Por sí sola la cruz no podría explicar la fe cristiana; más aún, sería una tragedia, señal de la absurdidad del ser. El misterio pascual consiste en el hecho de que ese Crucificado "resucitó al tercer día, según las Escrituras" (1 Co 15, 4); así lo atestigua la tradición protocristiana. Aquí está la clave de la cristología paulina: todo gira alrededor de este centro gravitacional. Toda la enseñanza del apóstol san Pablo parte del misterio de Aquel que el Padre resucitó de la muerte y llega siempre a él. La resurrección es un dato fundamental, casi un axioma previo (cf. 1 Co 15, 12), basándose en el cual san Pablo puede formular su anuncio (kerigma) sintético: el que fue crucificado y que así manifestó el inmenso amor de Dios por el hombre, resucitó y está vivo en medio de nosotros.

Es importante notar el vínculo entre el anuncio de la resurrección, tal como san Pablo lo formula, y el que se realizaba en las primeras comunidades cristianas prepaulinas. Aquí se puede ver realmente la importancia de la tradición que precede al Apóstol y que él, con gran respeto y atención, quiere a su vez entregar. El texto sobre la resurrección, contenido en el capítulo 15, versículos 1-11, de la primera carta a los Corintios, pone bien de relieve el nexo entre "recibir" y "transmitir". San Pablo atribuye mucha importancia a la formulación literal de la tradición; al término del pasaje que estamos examinando subraya: "Tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos" (1 Co 15, 11), poniendo así de manifiesto la unidad del kerigma, del anuncio para todos los creyentes y para todos los que anunciarán la resurrección de Cristo.

La tradición a la que se une es la fuente a la que se debe acudir. La originalidad de su cristología no va nunca en detrimento de la fidelidad a la tradición. El kerigma de los Apóstoles preside siempre la re-elaboración personal de san Pablo; cada una de sus argumentaciones parte de la tradición común, en la que se expresa la fe compartida por todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. Así san Pablo ofrece un modelo para todos los tiempos sobre cómo hacer teología y cómo predicar. El teólogo, el predicador, no crea nuevas visiones del mundo y de la vida, sino que está al servicio de la verdad transmitida, al servicio del hecho real de Cristo, de la cruz, de la Resurrección. Su deber es ayudarnos a comprender hoy, tras las antiguas palabras, la realidad del "Dios con nosotros"; por tanto, la realidad de la vida verdadera.

Aquí conviene precisar: san Pablo, al anunciar la Resurrección, no se preocupa de presentar una exposición doctrinal orgánica —no quiere escribir una especie de manual de teología—, sino que afronta el tema respondiendo a dudas y preguntas concretas que le hacían los fieles. Así pues, era un discurso ocasional, pero lleno de fe y de teología vivida. En él se encuentra una concentración de lo esencial: hemos sido "justificados", es decir, hemos sido salvados por el Cristo muerto y resucitado por nosotros. Emerge sobre todo el hecho de la Resurrección, sin el cual la vida cristiana sería simplemente absurda. En aquella mañana de Pascua sucedió algo extraordinario, algo nuevo y, al mismo tiempo algo muy concreto, marcado por señales muy precisas, registradas por numerosos testigos.

Para san Pablo, como para los demás autores del Nuevo Testamento, la Resurrección está unida al testimonio de quien hizo una experiencia directa del Resucitado. Se trata de ver y de percibir, no sólo con los ojos o con los sentidos, sino también con una luz interior que impulsa a reconocer lo que los sentidos externos atestiguan como dato objetivo. Por ello, san Pablo, como los cuatro Evangelios, otorga una importancia fundamental al tema de las apariciones, que son condición fundamental para la fe en el Resucitado que dejó la tumba vacía. Estos dos hechos son importantes: la tumba está vacía y Jesús se apareció realmente.

Así se constituye la cadena de la tradición que, a través del testimonio de los Apóstoles y de los primeros discípulos, llegará a las generaciones sucesivas, hasta nosotros. La primera consecuencia, o el primer modo de expresar este testimonio, es predicar la resurrección de Cristo como síntesis del anuncio evangélico y como punto culminante de un itinerario salvífico. Todo esto san Pablo lo hace en diversas ocasiones: se pueden consultar las cartas y los Hechos de los Apóstoles, donde se ve siempre que para él el punto esencial es ser testigo de la Resurrección. Cito sólo un texto: san Pablo, arrestado en Jerusalén, está ante el Sanedrín como acusado. En esta circunstancia, en la que está en juego su muerte o su vida, indica cuál es el sentido y el contenido de toda su predicación: "Por esperar la resurrección de los muertos se me juzga" (Hch 23, 6). Este mismo estribillo lo repite san Pablo continuamente en sus cartas (cf. 1 Ts 1, 9 s; 4, 13-18; 5, 10), en las que apela a su experiencia personal, a su encuentro personal con Cristo resucitado (cf. Ga 1, 15-16; 1 Co 9, 1).

Pero podemos preguntarnos: ¿Cuál es, para san Pablo, el sentido profundo del acontecimiento de la resurrección de Jesús? ¿Qué nos dice a nosotros a dos mil años de distancia? La afirmación "Cristo ha resucitado" ¿es actual también para nosotros? ¿Por qué la Resurrección es un tema tan determinante para él y para nosotros hoy? San Pablo da solemnemente respuesta a esta pregunta al principio de la carta a los Romanos, donde comienza refiriéndose al "Evangelio de Dios... acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 1.3-4).

San Pablo sabe bien, y lo dice muchas veces, que Jesús era Hijo de Dios siempre, desde el momento de su encarnación. La novedad de la Resurrección consiste en el hecho de que Jesús, elevado desde la humildad de su existencia terrena, ha sido constituido Hijo de Dios "con poder". El Jesús humillado hasta la muerte en cruz puede decir ahora a los Once: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Se ha realizado lo que dice el Salmo 2, versículo 8: "Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra". Por eso, con la Resurrección comienza el anuncio del Evangelio de Cristo a todos los pueblos, comienza el reino de Cristo, este nuevo reino que no conoce otro poder que el de la verdad y del amor.

Por tanto, la Resurrección revela definitivamente cuál es la auténtica identidad y la extraordinaria estatura del Crucificado. Una dignidad incomparable y altísima: Jesús es Dios. Para san Pablo la identidad secreta de Jesús, más que en la encarnación, se revela en el misterio de la Resurrección. Mientras el título de Cristo, es decir, "Mesías", "Ungido", en san Pablo tiende a convertirse en el nombre propio de Jesús, y el de Señor especifica su relación personal con los creyentes, ahora el título de Hijo de Dios ilustra la relación íntima de Jesús con Dios, una relación que se revela plenamente en el acontecimiento pascual. Así pues, se puede decir que Jesús resucitó para ser el Señor de los vivos y de los muertos (cf. Rm 14, 9; 2 Co 5, 15) o, con otras palabras, nuestro Salvador (cf. Rm 4, 25).

Todo esto tiene importantes consecuencias para nuestra vida de fe: estamos llamados a participar hasta lo más profundo de nuestro ser en todo el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. Dice el Apóstol: hemos "muerto con Cristo" y creemos que "viviremos con él, sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él" (Rm 6, 8-9). Esto se traduce en la práctica compartiendo los sufrimientos de Cristo, como preludio a la configuración plena con él mediante la resurrección, a la que miramos con esperanza. Es lo que le sucedió también a san Pablo, cuya experiencia personal está descrita en las cartas con tonos tan apremiantes como realistas: "Y conocerlo a él, el poder de su resurrección y la comunión de sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Flp 3, 10-11; cf. 2 Tm 2, 8-12).

La teología de la cruz no es una teoría; es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos. El cristianismo no es el camino de la comodidad; más bien, es una escalada exigente, pero iluminada por la luz de Cristo y por la gran esperanza que nace de él. San Agustín dice: a los cristianos no se les ahorra el sufrimiento; al contrario, les toca un poco más, porque vivir la fe expresa el valor de afrontar la vida y la historia más en profundidad. Con todo, sólo así, experimentando el sufrimiento, conocemos la vida en su profundidad, en su belleza, en la gran esperanza suscitada por Cristo crucificado y resucitado. El creyente se encuentra situado entre dos polos: por un lado, la Resurrección, que de algún modo está ya presente y operante en nosotros (cf. Col 3, 1-4; Ef 2, 6); por otro, la urgencia de insertarse en el proceso que conduce a todos y todo a la plenitud, descrita en la carta a los Romanos con una imagen audaz: como toda la creación gime y sufre casi dolores del parto, así también nosotros gemimos en espera de la redención de nuestro cuerpo, de nuestra redención y resurrección (cf. Rm 8, 18-23).

En síntesis, podemos decir con san Pablo que el verdadero creyente obtiene la salvación profesando con su boca que Jesús es el Señor y creyendo con el corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos (cf. Rm 10, 9). Es importante ante todo el corazón que cree en Cristo y que por la fe "toca" al Resucitado; pero no basta llevar en el corazón la fe; debemos confesarla y testimoniarla con la boca, con nuestra vida, haciendo así presente la verdad de la cruz y de la resurrección en nuestra historia.

De esta forma el cristiano se inserta en el proceso gracias al cual el primer Adán, terrestre y sujeto a la corrupción y a la muerte, se va transformando en el último Adán, celestial e incorruptible (cf. 1 Co 15, 20-22.42-49). Este proceso se inició con la resurrección de Cristo, en la que, por tanto, se funda la esperanza de que también nosotros podremos entrar un día con Cristo en nuestra verdadera patria que está en el cielo. Sostenidos por esta esperanza proseguimos con valor y con alegría.

Homilías: La Inmaculada Concepción (B)

Lecturas: Gen 3,9-15.20; S 97,1-4; Ef 1,3-6.11-12; Lc 1,26-38

Bendita entre todas las mujeres

P.José R. Martínez Galdeano, S.J.

Los católicos, junto con los ortodoxos orientales, somos los únicos que en el ejercicio de la fe cristiana practicamos la devoción a la Virgen María. Por el testimonio de algunos convertidos sabemos que esta laguna era antes para ellos fuente de insatisfacción; a veces incluso captaban una contradicción entre lo que en la Escritura se dice de María y sus mismos teólogos y pastores afirmaban y lo que de hecho se fomentaba y se vivía en su confesión. Sin embargo otros nos critican con frecuencia a los católicos el culto que damos a María. Nos urge por eso saber dar “razón de nuestra esperanza”. Las fiestas de María, como hoy, nos ofrecen la oportunidad de hacerlo.

El Catecismo de la Iglesia Católica, que reúne el contenido de la fe de la Iglesia, habla en muchos lugares de la Virgen María. Porque María forma parte de la fe de la Iglesia. El misterio de Cristo, el misterio del Espíritu y el misterio de la Iglesia remiten necesariamente a María (CIC 963).

En esta Iglesia, que nosotros formamos y en la que participamos de riquezas sobrenaturales que sólo por la fe podemos conocer, María –enseña el Catecismo– tiene la función de Madre, de modelo o figura ideal y de colaboradora de Cristo en el orden de la gracia (963–969).

Y la experiencia lo confirma. En particular la prerrogativa de la Inmaculada Concepción de María ha suscitado y suscita siempre, sobre todo en tantos jóvenes, el anhelo, el ansia de imitarla liberándose de todo pecado, en particular contra la pureza. María, aplastando la cabeza de la serpiente, es un imán, una llamada interior de todo hijo e hija de la Iglesia y una esperanza de liberación del pecado.

“El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo” (CIC 964). Ahora bien lo único que Jesús vino a realizar en este mundo es la obra de nuestra salvación: “Yo he venido para que tengan vida”(Jn 10,10). “Para eso he venido, para dar testimonio de la verdad”(Jn 18,37). Y hemos escuchado en la segunda lectura que el Padre “nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables por el amor; y nos ha destinado en el mismo Cristo a ser sus hijos y así con Cristo hemos heredado también nosotros y a esto estamos destinados según su voluntad”. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3,16).

Y si la vida de la Virgen María no tuvo ni tiene otro sentido que la de la colaboración con la obra de salvación de su hijo Jesús, podemos deducir que para nuestra salvación fue concebida, para nuestra salvación fue madre de Jesús, para nuestra salvación lo acompañó hasta la cruz, para nuestra salvación quedó en la tierra orando en el Cenáculo y hasta la muerte por aquella comunidad de hijos de Dios y para nuestra salvación participó de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús con su propia muerte y su asunción.

Y la lectura del Génesis, que hemos escuchado, viene a decir lo mismo: “Establezco hostilidades entre ti –la serpiente– y la mujer –María–, entre tu estirpe y la suya –Jesús–. Ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón”. Con razón, pues, la Iglesia la reconoce como Madre y ve una verdadera maternidad sobrenatural en la función maternal de María, quien acogió el mandato de su Hijo en la cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, mostrando al discípulo amado y a todos los discípulos, también ellos muy amados (CIC 964-966).

Y continúa el Catecismo, citando ahora el Concilio: “Esta maternidad de María perdura sin cesar (repito: sin cesar) en la economía de la gracia”. Pues continúa en estos momentos “desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. Porque con su asunción a los cielos no abandonó su misión salvadora sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna... Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (969). Es abogada porque es Madre, es auxiliadora porque es Madre, es Socorro y Mediadora porque es Madre.

Y el Catecismo saca otra consecuencia: “La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano”(971). Esto significa que como, por ejemplo, en una persona cualquiera de sus miembros es parte de la misma persona (si sus pulmones enferman la persona enferma), así la devoción a la Virgen María es parte del culto y honor que la Iglesia tributa a Dios. Si la devoción a María es floja, nuestra respuesta al amor de Dios no le está dando la honra y la gloria ni le agradece como debiera. Por eso “la Santísima Virgen es honrada con razón –con razón, dice el Catecismo– por la Iglesia con un culto especial” y, siendo diferente y lógicamente menos sustancial que el culto a la Trinidad, “lo favorece muy poderosamente”(971).

Es, pues, la devoción a la Virgen María una riqueza de la gracia de Dios que debemos cuidar, una luz que nos ilumina el misterio de Cristo y de la Iglesia. Y así cierra el Catecismo sus reflexiones diciendo: “no se puede concluír mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su Misterio, en su peregrinación de la fe, y lo que será al final de su marcha (la de la Iglesia), donde le espera para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad, en comunión con todos los santos, aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre” (972).

La devoción mariana, por eso, debe ser componente normal de nuestro comportamiento religioso. Y no nos limitemos a pedir cosas o bienes de este mundo, sino invoquemos especialmente lo que la hizo grande, los dones sobrenaturales, la gracia, la luz y la fuerza del Espíritu, la participación de sus virtudes. El Catecismo señala el Santo Rosario, “síntesis de todo el Evangelio”, como la llamó el Papa Pablo VI(971), y la celebración de las fiestas de la Virgen. La invocación y recurso a María aparece en la petición de perdón al comienzo de la misa y el recuerdo de su presencia tras la consagración.

Desde el corazón de la Iglesia saludemos a María con frecuencia y con amor de hijos: Alégrate, Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres. Porque has encontrado gracia ante Dios para ti y para nosotros; porque has concebido un hijo que es Hijo de Dios; porque has colaborado para que nosotros seamos también hijos de Dios por el bautismo e hijos tuyos porque así lo quiso Jesús; porque para Dios nada hay imposible.

Homilías: Domingo 2 de Adviento (B)

Lecturas: Is 40,1-5.9-11; S. 84; 2Pe 3,8-14; Mc 1,1-8

Viene el que puede más a librarnos
P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.


“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Así comienza San Marcos su evangelio. Es el evangelio que con parte del de San Juan toca leer este año. Ya saben que la Iglesia introdujo algunas variaciones litúrgicas tras el Concilio Vaticano II. Una fue la de las lecturas, de modo que así aumentase el conocimiento de la Biblia. Ya no son las mismas cada año sino cada tres años.

Del autor y origen del evangelio de San Marcos tenemos algunos datos. Marcos no fue de los doce apóstoles; aparece en los Hechos de los Apóstoles como sobrino de Bernabé, un magnífico discípulo, de los primeros convertidos, que trajo a San Pablo a Antioquia y que fue seleccionado con él por el Espíritu Santo para evangelizar tierras paganas (Hch 4,36-37;11,25-26;13,1-3). Marcos era sobrino de Bernabé y les acompañó, pero tras la etapa de Chipre se volvió a Antioquia. Por eso Pablo no lo quiso, pese a sus deseos y los de Bernabé; se separaron; Pablo marchó hacia las comunidades de Asia continental fundadas en su viaje anterior y Bernabé con Marcos marchó a la isla de Chipre, también evangelizada en el primer viaje. Marcos vivía en Jerusalén. En su casa, que debía ser grande, se reunía una comunidad cristiana. Cuando Pedro es liberado de la cárcel por el ángel del Señor, va a la casa de la madre de Marcos. Marcos es nombrado luego en cartas de San Pedro, que le llama “su hijo” y por dos veces en las de Pablo, que le ha perdonado y le alaba cálidamente. San Ireneo transmite la noticia de que Marcos estaba en Roma con San Pedro, del que venía a ser como su secretario. La comunidad pidió a Marcos que pusiera por escrito las catequesis que daba Pedro en Roma y así lo hizo. De esta forma se escribió el evangelio según San Marcos.

“Comienza el Evangelio”. La palabra evangelio tiene aquí el sentido de “buena nueva”. Lo que los apóstoles anunciaban era antes que nada una magnífica noticia. Su centro no eran obligaciones morales difíciles, casi imposibles de cumplir. Los que piensan de la fe cristiana de esta manera, no han entendido nada. El Evangelio es una noticia magnífica porque es la noticia de cómo los hombres hemos sido liberados del pecado por Jesucristo y podemos participar de la misma liberación y llegar a ser hijos de Dios y gozar de su felicidad por toda la eternidad.

Es el “el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Esta denominación de Hijo de Dios, referida a Jesucristo, hay que entenderla en todo su contenido dogmático que tiene en la comunidad y fe cristiana. Porque Jesucristo es “el Hijo de Dios”. Así se le llama, sin ninguna exageración, porque lo es. Y lo es en el sentido de la fe cristiana: que no es creado, que es el Hijo natural de Dios Padre; que preexiste desde la eternidad, porque es Dios con el Padre. Esta es una de las muchas veces que la Escritura expresa la fe cristiana en la divinidad de Cristo. Es interesante que Ustedes caigan en la cuenta. El misterio de la Trinidad, la realidad de la existencia del Padre, Hijo y Espíritu Santo partícipes de una misma divinidad, siendo diferentes en cuanto Padre, Hijo y Espíritu, es un dato revelado.

Tras este título así prosigue: “Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos»”. No hay explicaciones previas. Habla Pedro, el rudo pescador, sin formación literaria ninguna, que va al grano directamente, porque no sabe dar introducciones.

La cita de Isaías está dirigida a sus contemporáneos hace más de 500 años, desterrados en Babilonia durante 70 años a causa de sus idolatrías. Dios los castigó, como siempre hace, para moverles a la conversión. El profeta no es el mismo Isaías, que ha vivido más de 200 años antes y, naturalmente, ya murió. Pero aquel Isaías creó escuela; de ella y con su estilo inspira Dios a este profeta de nombre desconocido para despertar y mantener la esperanza de los desterrados: La vuelta de los desterrados a su patria de Palestina está cercana. De hecho así sucedió con la llegada del rey Darío. Pero aquel profeta y aquel regreso eran a su vez proféticos, eran el símbolo de la liberación que Jesús realizaría y que sería preparada por Juan Bautista. La profecía, más completa, la hemos podido escuchar en la primera lectura.

Es la forma como lee la Iglesia el Antiguo Testamento y lo debemos leer nosotros. Los hechos y profecías no se cumplen plenamente en ese tiempo, sino que anuncian y se cumplen plenamente en el Nuevo. El Bautista es el mensajero y Jesús es el Señor que llega.

El desierto era el lugar donde sobre todo Israel había experimentado la presencia, la misericordia y el poder de Dios. Del Bautista dice San Lucas que “moró en el desierto hasta el día en que se presentó ante Israel” (Lc 1,80). En el desierto de Judea, cerca de donde Juan bautizaba, en Qumrán, se han descubierto edificaciones de un monasterio esenio. Los esenios fueron una secta judía, que existió en tiempos de Jesús y se dedicaban a la oración, a una vida muy penitente, al estudio de la Escritura y tenían muchos ritos y lavatorios parecidos al bautismo de Juan. Es posible que Juan estuviese allí desde joven. Recordemos que tiene la misma edad de Jesús (nació sólo tres meses antes) unos 32-33 años; ha podido vivir en Qumrám desde los 17-20. La zona es muy cercana a Jericó y no está lejos de Jerusalén. El Bautista tuvo sin duda una inspiración del Espíritu Santo (Lucas dice de él que desde niño “crecía y se fortalecía en el espíritu” –1,80) y salió a anunciar la próxima venida del Mesías, del liberador prometido por Dios a lo largo de los siglos, aunque él no lo conocía ni había visto nunca (Jn 1,31.33).

Juan predicaba la conversión. Siempre es así. Para recibir a Dios es necesario vaciarse de sus pecados. Para que la Navidad sea de verdad una fiesta, la fiesta de Jesús que viene, es necesaria la conversión. Aquellos hombres se conmovían con la predicación del Bautista, se arrepentían de sus pecados y lo manifestaban dejándose bautizar. Nosotros hemos sido bautizados por Jesús, que nos ha bautizado con el Espíritu Santo. En nuestro bautismo no sólo se nos perdonaron los pecados sino que se nos comunicó la gracia santificante, la participación en la vida de Jesús, como sarmientos injertados en la viña, de modo que hemos sido hechos en verdad hijos de Dios. Contamos con la posibilidad de una ayuda de Dios mucho mayor. No la desperdiciemos.

Mañana es la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Pidamos su ayuda para vencer al pecado en nuestra carne. A ese pecado, que cada uno conocemos, que nos hace caer con más frecuencia, que nos quita la paz, combatámoslo con la oración frecuente, continua, con la penitencia, con la vigilancia, con la fuerza del Espíritu Santo.

Homilía DOMINGO 1º DE ADVIENTO (B)

Lecturas: Is 63,16-17; 64,1.3-8; S 79; 1Cor 1,3-9; Mc 13,33-37

Vigilen, que Él es fiel
P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.



Lo han resaltado el Papa y los Padres participantes en el Sínodo de la Palabra: Una de las características necesarias para la lectura inteligente de la Sagrada Escritura es leer la vida iluminada por su luz. El texto de la Escritura hay que proyectarlo sobre nuestra vida y nuestra circunstancia. Entonces es cuando encontramos claridad y fuerza para conocer y cumplir la voluntad de Dios en la situación concreta que se vive. No atenerse a esta regla impide que la lectura de la Biblia sea provechosa y aun la hace aburrida.

Habrán observado que las tres lecturas de hoy enfatizan, destacan, la vigilancia. La primera estimulaba a los judíos desterrados en Babilonia a estar atentos al Señor, que va a llegar para retornarlos a su tierra de Israel. La segunda es un texto en que San Pablo anima a mantenerse fieles a Cristo en la espera de su venida para el juicio final. En el evangelio Jesús insiste que hay que vigilar para que ni la ruina, que anuncia, del templo y Jerusalén ni el Juicio final nos sorprendan descuidados, no haciendo las buenas obras necesarias para nuestra salvación.

La Iglesia usa estos textos para aplicarlos a la actitud con que ahora debemos prepararnos para un gran acontecimiento próximo: la venida de Jesús. Se trata, sí, del recuerdo de la venida de Jesús al mundo hace 2008 años. Ha sido un acontecimiento que ha cambiado el mundo. ¿Qué sería de nosotros, del mundo, si Cristo no hubiera venido?. Sin embargo quedarse en el mero recuerdo histórico no es suficiente.

La riqueza de la Navidad es mucho mayor. La importancia de la Navidad está en primer lugar en que ha hecho de la historia del hombre una “historia de salvación”. Esto significa que Dios es un actor interno dentro de la historia del género humano; no está al margen ni meramente contemplando, sino que ha intervenido ya y sigue interviniendo. Entendamos bien. No se trata de que el Hijo de Dios haya tomado carne en el seno de la Virgen María, haya predicado el Evangelio, haya fundado la Iglesia católica y nos ofrezca toda la riqueza de su obra. Todo eso es verdad, pero nosotros nos preparamos a algo mucho más transcendental, porque es el fin de todo ello. Porque aquella historia de hace 2.000 años se ha de hacer historia en cada uno de nosotros: Cristo ha de nacer, morir, resucitar en cada uno de nosotros. La historia navideña sigue hoy y se repite. Hoy en el interior de cada uno gracias a la Iglesia, que mantiene y amplifica la presencia y acción salvadora de Cristo, Jesús sigue naciendo, sigue proclamando su Evangelio, sigue curando, sigue perdonando, sigue llamando, sigue muriendo y resucitando. Vigilar es estar atentos a todo esto, que Cristo realiza en el espíritu de cada uno.

Cristo resucitado está vivo y sigue actuando en la Iglesia y en nosotros. Vigilar es advertir, darse cuenta de la presencia continua del Espíritu de Cristo y de su acción en nuestra mente y nuestro corazón. Vigilamos si caemos en la cuenta de que el Espíritu de Cristo está presente en nosotros cuando, haciendo un acto de fe en su presencia, le ofrecemos una obra buena hecha de la forma más perfecta posible y con el mayor interés y alegría por ser para él, cuando le pedimos su luz y su ayuda para ello y para lograr hacerlo con el mayor posible para con Dios y con el prójimo. Estamos vigilantes cuando tenemos buen cuidado de que egoísmos, presunciones, orgullo infantil y otros instintos malsanos de nuestra alma los rechazamos en la medida de nuestras posibilidades. Estamos vigilantes cuando la escucha o la lectura de la Palabra es consciente de que sea la Palabra de Dios y nos hace revisar nuestra vida y caer en la cuenta de los puntos en que nos desviamos de su realización, y bajo la luz del Espíritu tratamos de corregirnos. Vigilamos cuando al toque caemos en la cuenta de que hemos fallado en un punto, aun pequeño, en nuestra conducta para que sea completamente como la de Cristo.

El velar que se espera de nosotros, es ansiar corregir defectos y pedir a Dios hacer nuestro lo de Isaías: “Tú, Señor, eres nuestro padre; desde siempre te invocamos como ‘Nuestro redentor’. Señor, ¿por qué permites que nos desviemos de nuestros caminos (es decir que sigamos en defectos y pecados) y endureces nuestro corazón para que no te respetemos? Cambia de actitud por amor a tus siervos y a las tribus que te pertenecen”. Porque el remordimiento tras algo mal hecho es una gracia de Dios para ayudarnos a ser mejores. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica gozosamente la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas enojado, porque habíamos pecado; aparta nuestras culpas y seremos salvos”.

Estemos atentos a lo que Dios hace en nosotros, en los que nos rodean, en toda la Iglesia: “En mi acción de gracias a Dios les tengo siempre presentes por la gracia que Dios les ha dado en Cristo Jesús (se habían convertido por la predicación de Pablo). Pues por él han sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber. El testimonio de Cristo se ha confirmado en ustedes, hasta el punto de que no les falta ningún don a los que aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. El los mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusarlos en el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo, Jesucristo Señor Nuestro”.

Este año que termina, a nivel de Iglesia hemos recibido al menos dos gracias: El documento de Aparecida del Episcopado Latinoamericano se está estudiando y tratando de aplicar, y el Sínodo de la Palabra, recién terminado, que debemos estudiar y gozar a fondo. También esto es vigilar.

Vigilar es también dar gracias por todo lo que ha hecho en su familia. Y tal vez, por ser tantas, se les olvidaron ya gracias, inspiraciones, descubrimientos de defectos, de riquezas de la fe, de impulsos y adelantos en alguna la virtud. ¿Dios, Jesús, María, la Palabra de Dios no son hoy más conocidos y amados? Tal vez reentraste este año en la Iglesia, descubriste el amor de Jesucristo. Tal vez recibiste el bautismo, la confirmación, el matrimonio. Estamos viviendo una historia de salvación. Dios la lleva adelante por Jesucristo en el Espíritu y por la Iglesia. Demos gracias.

Vigilar es también pedir para que vuelvan los descarriados. Oren por ellos, pidan la gracia de poder decirles esta Navidad una palabra de amor y confianza en Jesús. “¡Él es fiel!”. Que brille su rostro y salve a todos, que venga a visitar su viña, la Iglesia, su propia familia, su propio corazón. “¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios! El ignorante no los entiende ni el necio se da cuenta” (S. 92). Estemos atentos, muy atentos. “¡Él es fiel!”.

Conferencia

LAICOS: Formación para su apostolado

TEMA:

Historia de la Iglesia 3º Parte
Nacimiento del Mahometismo
Las Cruzadas

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.

Martes 25 de noviembre de 7:00 a 8:00PM

Parroquia San Pedro de LIma
Esquina de Jr. Azángaro y Jr. Ucayali a espalda de la antigüa Biblioteca Nacional.
Donativo S/. 2,00

Historia de la Iglesia












Los Primeros Siglos

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.


El comienzo

Jesús muere el 7 de abril del año 30. Resucita el 9. Pentecostés se puede considerar como el nacimiento de la Iglesia: el 16 de abril. Ese mismo día el Libro de los Hechos de los Apóstoles dice que se incorporaron unos 3000 fieles. Toda la narración de los Hechos está impregnada de entusiasmo. Celebran la Eucaristía (Fracción del Pan), se escucha la Palabra, se ponen cosas en común. Se narran milagros de Pedro, encarcelan y azotan a Pedro y Juan. Nombran los primeros diáconos. Los cristianos son perseguidos, muere Esteban, la iglesia se dispersa y se extiende por Judea y Samaria. El año 34 sucede la conversión de Saulo.

En los años 41 y 42 sucede una nueva persecución donde muere Santiago y encarcelan a Pedro. A partir del año 46 Pablo comienza a viajar extendiendo el evangelio a los pueblos paganos. Comienza por Siria. Pablo llega a Europa en su segundo viaje. Tras su tercer viaje, Pablo es encarcelado, él apela al César y llega a Roma (donde termina la narración de los Hechos). Muy probablemente liberado viajó a España y realizó otro viaje a Oriente. Muere martirizado en Roma.

La primera persecución que realiza el Imperio Romano, fue en el año 64 por disposición de Nerón (que había incendiado Roma) quien acusó a los cristianos de haber incendiado Roma. La gente le creyó, pues la conducta de los cristianos tan diferente y contra ritos paganos les había puesto enfrente.

Pedro llega a Roma, no se sabe la fecha cierta, pero sí se afirma con certeza que muere martirizado hacia el año 67 en Roma.
En el año 68 Jerusalén y Judea se sublevan contra Roma y hacia el año 70 son destruidas por las fuerzas romanas, a partir de ahí ocurre la dispersión judía.


Señales de Crecimiento

En el siglo I, ya eran un buen número de fieles, según el historiador pagano Tácito refiere que ya eran una “grandísima multitud” (señal de rápido crecimiento). Hay comunidades cristianas en Roma, Pompeya y Erculano.

En el siglo II ponderan crecimiento San. Justino, San Ireneo, Tertuliano. Ya hay obispos en casi toda Italia, en Francia y España. Al final del siglo se tiene obispos en Inglaterra (Tertuliano) y en Alemania (Ireneo).

En el siglo III el cristianismo se ha extendido por toda la ribera del Mediterráneo, Siria, Persia, Mesopotamia y la India.


Las Persecuciones

Se cuentan hasta 10 persecuciones. Las leyes persecutorias estuvieron vigentes hasta Constantino (edicto de Milán año 313); fueron exigidas con algunas intermitencias pacíficas (a veces más largas). Roma era tolerante con costumbres y religiones de pueblos sometidos. Entre los perseguidores hubo buenos emperadores (desde el punto de vista político). La causa parece ser en el caso del Cristianismo su resistencia a aceptar las leyes imperiales de divinización y culto de los emperadores.

Domiciano (81 – 96) se empeñó en ser adorado como Dios. Desató la persecución el año 95. Muchos mártires, incluso de la familia imperial como Flavio Clemente y su esposa Flavia Domitila, murieron durante este período.

Trajano (98-117) y Adriano la reactivaron, aunque disminuye la obra policíaca de descubrir cristianos; se aplica la ley cuando ocurren denuncias. En este período mueren martirizados el Papa Clemente, San Onésimo, San Timoteo, San Ignacio de Antioquía.

Marco Aurelio (161-180) fue cultivador del estoicismo. Durante su gobierno murieron martirizados San Justino y San Policarpo, de cuyos martirios se conservan las actas.
Luego de Marco Aurelio siguió un período de paz hasta el año 202. En ese año Septimiano Severo publica un nuevo edicto persecutorio, porque los cristianos no tomaron parte en los sacrificios por su triunfo a los dioses paganos.

Durante el período de persecuciones hubo también apóstatas, bastantes en la de Decio (249-251), pero también hubo muchos mártires.

La última y tal vez la más cruel de todas las persecuciones fue la ocurrida en los gobiernos de Diocleciano y de Maximiano (284-305), y que por la ferocidad con que ocurrió y por el gran número de mártires fue llamada la Era de los Mártires.


Constantino

Con la llegada de Constantino al trono imperial cambian las cosas. Momento decisivo fue la victoria del Puente Milvio sobre su rival Majencio a las puertas de Roma el 28 de octubre del 312.

La tradición narra que, antes de la batalla, tuvo una visión en la que se le presentó el anagrama de Cristo y la cruz oyendo ·Con este signo vencerás”. De hecho Constantino hizo grabar en los estandartes imperiales el monograma de Cristo y la cruz. Con el Edicto de Milán del año 313 termina el período de las persecuciones. Se reconoce a los cristianos la libertad, el derecho a tener lugares de culto y otras instituciones civiles. Posteriormente publicó muchas disposiciones favorables al Cristianismo. La madre de Constantino era cristiana y él mismo se bautizó en el lecho de muerte.


Herejías y problemas

No hay que pensar que no los hubo. Hubo problemas con el reparto de limosnas, que obligaron a Pedro a instituir diáconos.

Pablo tuvo que luchar con los judaizantes; así ocurrió en el Concilio de Jerusalén y se ve en Gálatas. Hay divisiones en Corinto. A los Colosenses les pone en guardia contra vanas filosofías (2,8 ss); a Timoteo le habla de fábulas profanas (1Tim 4,7). San Juan en Apocalipsis y en sus cartas habla de malos obispos y de poca energía contra las herejías.

San Clemente I, Papa quien murió en el año 99, tiene que enfrentar a los ebionitas que niegan la divinidad de Cristo; nazarenos que quieren imponer la ley de Moisés; docetismo para los que la humanidad de Cristo es sólo aparente.

Surgen también escritores paganos anticristianos como Porfirio, Plotino entre otros. Las herejías más importantes fueron:

· Gnosticismo: no hace falta Jesucristo para llegar a lo más alto de la experiencia mística.
· Marcionismo: rechaza todo el Antiguo Testamento.
· Maniqueísmo: hay dos principios opuestos: el bueno y el malo.
· Montanismo: no hay perdón para algunos pecados, sobre todo el homicidio, adulterio y apostasía.
· Milenarismo: Cristo instaurará un reino de mil años y luego vendrá el fin del mundo.
· Novacianismo: más rigorista que el montanismo.
· Adopcionismo: Cristo mero hombre, pero elevado a ser Dios.
· Monarquianismo o sabelianismo: no hay tres personas en Trinidad sino tres modos de presentarse.

El arrianismo
Fue la mayor herejía en la Iglesia primitiva. Surge en el siglo IV. Tiene como principio que el Hijo ha sido creado y él crea luego los demás seres. Los obispos se reunieron en Nicea (325) y condenaron el arrianismo. Sin embargo se propagó mucho. El arrianismo logró que obispos opositores importantes (Osio de Córdoba y San Atanasio de Alejandría) fueran echados de sus sedes. Logró por algún tiempo el favor del poder imperial y así se propagó.


Escritores Cristianos
En primer lugar los evangelios y escritos canónicos (juzgados como inspirados y reglas de fe).
La Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles, que viene a ser un catecismo. Las Didascalias y las Constituciones Apostólicas tienen el mismo estilo. Aparecen escritos apócrifos y surgen escritores cristianos defendiendo el derecho a ser cristianos y combatiendo errores, entre ellos destacan Cuadrato, San Justino el filósofo, San Ireneo, Tertuliano, San Clemente de Alejandría y toda su escuela, Orígenes y la escuela de Antioquía.


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Beatificación del P. Pedro Kibe Kasui SJ y sus 187 compañeros mártires

Entre ellos a los jesuitas P. Julián Nakaura, P. Diego Ryosetu Yuuki y el Hno. Nicolás Keian Fukunag.

Nagasaki (Japón), 21 Nov. 08 (AICA)
El próximo lunes, 24 de noviembre, tendrá lugar en Nagasaki (Japón) la ceremonia de beatificación de 188 mártires japoneses. Los futuros beatos son sacerdotes, religiosos y laicos que sufrieron martirio entre 1603 y 1639. La causa se conoce como “El padre Pedro Kibe Kasui SJ y sus 187 compañeros mártires”; entre ellos otros jesuitas: los sacerdotes Julián Nakaura y Diego Ryosetu Yuuki, y el hermano Nicolás Keian Fukunag.

Se espera que alrededor de 30.000 personas participarán en la ceremonia de beatificación, que tendrá lugar en el Big-N Baseball Stadium de Nagasaki.

La celebración eucarística en la que se elevará a los altares a los 188 mártires del siglo XVII, asesinados entre 1603 y 1639, será presidida por el cardenal Seiichi Peter Shirayanagi, arzobispo emérito de Tokio, con la presencia del cardenal José Saraiva Martins, prefecto emérito de la Congregación para las Causas de los Santos y enviado del Papa para la ocasión.

Además de la totalidad de los obispos del Japón, está prevista la participación de prelados de otros países, entre ellos de Corea, Taiwan y Filipinas.

El domingo día 23, a las 7:30 pm, se celebrará en la Parroquia de Fátima, la Eucaristía con motivo de la beatificación del P. Pedro Kibe sj y compañeros mártires.

Tomado de:

Homilías: Domingo 34 T.O. (A) - SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Lecturas: Ez 34,11-12.15-17; S. 22; 1Cor 15,20-26.28; Mt 25,31-46

El Reino de Jesús y su ley
Homilía por el P.José R. Martínez Galdeano, S.J.



Culmina hoy la serie de domingos del año litúrgico con esta fiesta de Cristo Rey. El próximo domingo comenzará el nuevo año litúrgico con el primer domingo del adviento, que es el período de preparación espiritual para vivir la Navidad de modo que nos haga crecer en Cristo.

La vida cristiana, tanto la individual de cada uno como la grupal de la Iglesia, viene a ser ir asimilando la vida de Jesucristo. Todo lo que somos, nuestro modo de pensar, de sentir y de obrar, debe ir haciéndose como los de Jesús. Dicho de otra forma: El Espíritu de Jesús, que se nos ha comunicado en el bautismo y que continúa inyectándose por los sacramentos y otras obras de la gracia, ha de ser como esas células madre, que se multiplican y transforman el organismo en el que han sido injertadas de modo que partes muertas se revitalicen. De esta forma el cristiano no es que vaya imitando cada vez mejor a Cristo, sino que va haciendo que Cristo mismo vaya apoderándose más de él y así viva en él con más realismo; no es sólo que piensa y obra como Cristo, sino que es Cristo el que piensa y obra en él; es la forma como Cristo se hace vivo y presente en el mundo por el cristiano. De esta manera el fiel, obrando su propia salvación, obra la de los demás.


Esta salvación eterna, obrando la de los demás, es el fin último de la existencia humana. “¿Que le importa al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”. Es la margarita, la perla preciosa, que merece venderlo todo para poder comprarla. Esta salvación no se puede lograr sino por Jesucristo. “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto: Jesucristo” (1Cor 3,11) “y no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4,12). De ningún otro hemos de esperar el perdón de los pecados, ni de ningún otro la verdad, ni de ninguno el amor que vence a la muerte, ni de ningún otro la vida que dura hasta la eternidad. Porque sólo Él tiene el poder sobre ese reino, que es suyo, “reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (prefacio de misa de Cristo Rey).

Por eso para nosotros Jesucristo lo es todo, es el logro del fin supremo, único y último de la existencia. La Palabra, la que existía desde el principio, la que era Dios, la que hizo todo, la que es la vida y la luz para todos los hombres, se hizo carne, vivió y vive entre nosotros lleno de gracia y de verdad, y de su plenitud infinita hemos recibido y continuamos recibiendo gracia tras gracia; porque la gracia y la verdad nos han llegado y están llegando por Jesucristo (v. Jn 1,1-17).

Que Cristo es nuestro Rey significa también que Él nos proporcionará la fuerza, la capacidad y el espíritu necesarios para conseguir responder a las exigencias del Evangelio; que, habiendo encontrado a Cristo, no necesitamos buscar más, sino saciarnos más y más de su presencia. “Pondré agua en el desierto y ríos en la soledad para dar a beber a mi pueblo elegido” (Is 43,20). Y “el agua que Yo le daré, saltará y le llevará hasta la vida eterna” (Jn 4,14).

Esa agua refrescante que salta hasta la eternidad es el amor; porque “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el crea en Él no perezca” (Jn 3,16); porque “me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gal 2,20); porque “hemos creído en el amor; y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él. Y si alguno dice: Amo a Dios y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4,16-21).

Por eso la ley del Reino no puede ser otra: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros. Amar a Dios y amar al prójimo; porque les aseguro que cada vez que lo hicieron con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron, y si no lo hicieron, tampoco conmigo lo hicieron” (Jn 15,12; Mc 12,30). En esto consiste en sustancia la lucha contra el pecado, “que habita en mí” (Ro 7,17), en que de modo positivo obremos el amor para con Dios y con los demás.

“El Señor es el lote de mi heredad y mi copa. Mi suerte está en su mano. Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (S. 16,5–11). Cristo es lo que nos ha tocado en herencia. Es algo maravilloso. Démonos cuenta, que tenemos que saltar de alegría; que no tenemos que temer nada ni hay peligro; que Él, “el buen pastor, nos acompaña y no nos faltará nada; que nos guiará por el camino justo; que su bondad y su misericordia nos acompañan todos los días hasta que lleguemos a habitar en la casa del Señor por años sin término”.

“De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo” (Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando este texto: Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos habló junto y de una vez en esta sola Palabra, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado todo en él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (C.E.C. 65).

Hagamos, pues, de la vida un acto de amor. Pidámoslo siempre, que Él nos lo quiere conceder y lo concederá.

La teología de la cruz en la predicación de san Pablo

AUDIENCIA GENERAL

DE S.S. BENEDICTO XVI
Miércoles 29 de octubre de 2008


Queridos hermanos y hermanas:


En la experiencia personal de san Pablo hay un dato incontrovertible: mientras que al inicio había sido un perseguidor y había utilizado la violencia contra los cristianos, desde el momento de su conversión en el camino de Damasco, se había pasado a la parte de Cristo crucificado, haciendo de él la razón de su vida y el motivo de su predicación. Entregó toda su vida por las almas (cf. 2 Co 12, 15), una vida nada tranquila, llena de insidias y dificultades. En el encuentro con Jesús le quedó muy claro el significado central de la cruz: comprendió que Jesús había muerto y resucitado por todos y por él mismo. Ambas cosas eran importantes; la universalidad: Jesús murió realmente por todos; y la subjetividad: murió también por mí. En la cruz, por tanto, se había manifestado el amor gratuito y misericordioso de Dios.

Este amor san Pablo lo experimentó ante todo en sí mismo (cf. Ga 2, 20) y de pecador se convirtió en creyente, de perseguidor en apóstol. Día tras día, en su nueva vida, experimentaba que la salvación era "gracia", que todo brotaba de la muerte de Cristo y no de sus méritos, que por lo demás no existían. Así, el "evangelio de la gracia" se convirtió para él en la única forma de entender la cruz, no sólo el criterio de su nueva existencia, sino también la respuesta a sus interlocutores. Entre estos estaban, ante todo, los judíos que ponían su esperanza en las obras y esperaban de ellas la salvación; y estaban también los griegos, que oponían su sabiduría humana a la cruz; y, por último, estaban ciertos grupos de herejes, que se habían formado su propia idea del cristianismo según su propio modelo de vida.

Para san Pablo la cruz tiene un primado fundamental en la historia de la humanidad; representa el punto central de su teología, porque decir cruz quiere decir salvación como gracia dada a toda criatura. El tema de la cruz de Cristo se convierte en un elemento esencial y primario de la predicación del Apóstol: el ejemplo más claro es la comunidad de Corinto. Frente a una Iglesia donde había, de forma preocupante, desórdenes y escándalos, donde la comunión estaba amenazada por partidos y divisiones internas que ponían en peligro la unidad del Cuerpo de Cristo, san Pablo se presenta no con sublimidad de palabras o de sabiduría, sino con el anuncio de Cristo, de Cristo crucificado. Su fuerza no es el lenguaje persuasivo sino, paradójicamente, la debilidad y la humildad de quien confía sólo en el "poder de Dios" (cf. 1 Co 2, 1-5).

La cruz, por todo lo que representa y también por el mensaje teológico que contiene, es escándalo y necedad. Lo afirma el Apóstol con una fuerza impresionante, que conviene escuchar de sus mismas palabras: "La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. (...) Quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Co 1, 18-23).

Las primeras comunidades cristianas, a las que san Pablo se dirige, saben muy bien que Jesús ya ha resucitado y vive; el Apóstol quiere recordar, no sólo a los Corintios o a los Gálatas, sino a todos nosotros, que el Resucitado sigue siendo siempre Aquel que fue crucificado. El "escándalo" y la "necedad" de la cruz radican precisamente en el hecho de que donde parece haber sólo fracaso, dolor, derrota, precisamente allí está todo el poder del Amor ilimitado de Dios, porque la cruz es expresión de amor y el amor es el verdadero poder que se revela precisamente en esta aparente debilidad. Para los judíos la cruz es skandalon, es decir, trampa o piedra de tropiezo: parece obstaculizar la fe del israelita piadoso, que no encuentra nada parecido en las Sagradas Escrituras.

San Pablo, con gran valentía, parece decir aquí que la apuesta es muy alta: para los judíos, la cruz contradice la esencia misma de Dios, que se manifestó con signos prodigiosos. Por tanto, aceptar la cruz de Cristo significa realizar una profunda conversión en el modo de relacionarse con Dios. Si para los judíos el motivo de rechazo de la cruz se encuentra en la Revelación, es decir, en la fidelidad al Dios de sus padres, para los griegos, es decir, para los paganos, el criterio de juicio para oponerse a la cruz es la razón. En efecto, para estos últimos la cruz es moría, necedad, literalmente insipidez, un alimento sin sal; por tanto, más que un error, es un insulto al buen sentido.

San Pablo mismo, en más de una ocasión, sufrió la amarga experiencia del rechazo del anuncio cristiano considerado "insípido", irrelevante, ni siquiera digno de ser tomado en cuenta en el plano de la lógica racional. Para quienes, como los griegos, veían la perfección en el espíritu, en el pensamiento puro, ya era inaceptable que Dios se hiciera hombre, sumergiéndose en todos los límites del espacio y del tiempo. Por tanto, era totalmente inconcebible creer que un Dios pudiera acabar en una cruz.

Y esta lógica griega es también la lógica común de nuestro tiempo. El concepto de apátheia indiferencia, como ausencia de pasiones en Dios, ¿cómo habría podido comprender a un Dios hecho hombre y derrotado, que incluso habría recuperado luego su cuerpo para vivir como resucitado? "Te escucharemos sobre esto en otra ocasión" (Hch 17, 32), le dijeron despectivamente los atenienses a san Pablo, cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos. Creían que la perfección consistía en liberarse del cuerpo, concebido como una prisión. ¿Cómo no iban a considerar una aberración recuperar el cuerpo? En la cultura antigua no parecía haber espacio para el mensaje del Dios encarnado. Todo el acontecimiento "Jesús de Nazaret" parecía estar marcado por la más total necedad y ciertamente la cruz era el aspecto más emblemático.

¿Pero por qué san Pablo, precisamente de esto, de la palabra de la cruz, hizo el punto fundamental de su predicación? La respuesta no es difícil: la cruz revela "el poder de Dios" (cf. 1 Co 1, 24), que es diferente del poder humano, pues revela su amor: "La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres" (1 Co 1, 25). Nosotros, a siglos de distancia de san Pablo, vemos que en la historia ha vencido la cruz y no la sabiduría que se opone a la cruz. El Crucificado es sabiduría, porque manifiesta de verdad quién es Dios, es decir, poder de amor que llega hasta la cruz para salvar al hombre. Dios se sirve de modos e instrumentos que a nosotros, a primera vista, nos parecen sólo debilidad.

El Crucificado desvela, por una parte, la debilidad del hombre; y, por otra, el verdadero poder de Dios, es decir, la gratuidad del amor: precisamente esta gratuidad total del amor es la verdadera sabiduría. San Pablo lo experimentó incluso en su carne, como lo testimonia en varios pasajes de su itinerario espiritual, que se han convertido en puntos de referencia precisos para todo discípulo de Jesús: "Él me dijo: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"" (2 Co 12, 9); y también: "Ha escogido Dios lo débil del mundo para confundir lo fuerte" (1 Co 1, 28). El Apóstol se identifica hasta tal punto con Cristo que también él, aun en medio de numerosas pruebas, vive en la fe del Hijo de Dios que lo amó y se entregó por sus pecados y por los de todos (cf. Ga 1, 4; 2, 20). Este dato autobiográfico del Apóstol es paradigmático para todos nosotros.

San Pablo ofreció una admirable síntesis de la teología de la cruz en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 5, 14-21), donde todo está contenido en dos afirmaciones fundamentales: por una parte, Cristo, a quien Dios ha tratado como pecado en nuestro favor (v.21), murió por todos (v. 14); por otra, Dios nos ha reconciliado consigo, no imputándonos nuestras culpas (vv.18-20). Por este "ministerio de la reconciliación" toda esclavitud ha sido ya rescatada (cf. 1 Co 6, 20; 7, 23). Aquí se ve cómo todo esto es relevante para nuestra vida. También nosotros debemos entrar en este "ministerio de la reconciliación", que supone siempre la renuncia a la propia superioridad y la elección de la necedad del amor.

San Pablo renunció a su propia vida entregándose totalmente al ministerio de la reconciliación, de la cruz, que es salvación para todos nosotros. Y también nosotros debemos saber hacer esto: podemos encontrar nuestra fuerza precisamente en la humildad del amor y nuestra sabiduría en la debilidad de renunciar para entrar así en la fuerza de Dios. Todos debemos formar nuestra vida según esta verdadera sabiduría: no vivir para nosotros mismos, sino vivir en la fe en el Dios del que todos podemos decir: "Me amó y se entregó a sí mismo por mí".
Tomado de:

Los Mártires de El Salvador


Contexto Histórico:

El pequeño país de El Salvador llevaba unos 15 años en extrema tensión social, Sacerdotes, laicos, religiosos y religiosas habían sido asesinados, entre ellos Rutilio Grande SJ (1997) y Oscar Romero (1980). Años más tarde los jesuitas seguían en el centro del conflicto, fomentando el dialogo y siendo mediadores entre las fuerzas armadas y la guerrilla, entre la principal figura fue Ignacio Ellacuría SJ.

El 16 de noviembre de 1989 fueron asesinados el rector de la Universidad Centroamericana (UCA), el español Ignacio Ellacuría; los sacerdotes de la misma nacionalidad Amando López, Juan Ramón Moreno, Segundo Montes e Ignacio Martín Baró, así como el salvadoreño Joaquín López y López. Junto a los jesuitas fueron asesinadas la cocinera Elba Julia Ramos y su hija Celina, de 16 años.

Hombres de diálogo que frente a la violencia de los extremistas de derecha e izquierda, quisieron ser una tercera fuerza, que emplease la negociación como medio eficaz y salida razonable para lograr la paz nacional. Ellacuria y sus compañeros mediaron infinidad de veces entre ambos bandos, sin dejar de criticar y repudiar las avanzadas violentas. As{i el 16 de noviembre de 1989, una treintena de hombres armados irrumpieron en la casa de los jesuitas acribillándolos a balazos junto con una señora ayudante de la casa y su hija.


Joaquín López y López SJ
“Es bueno dar pan por un día, pero mucho mejor es enseñar a conseguir pan para toda la vida”
"No miremos a nuestros intereses; veamos qué podemos hacer por los hermanos"

Lolo como era conocido familiarmente era el único salvadoreño, nació el 16 de agosto de 1918, 20 años después ingresaba al noviciado de la Compañía de Jesús en El Paso (Texas).

Tras completar sus estudios, se ordena sacerdote en 1950, haciendo su profesión solemne 4 años después. Su vida apostólica transcurrió entre el colegio Externado y Fe y Alegría (obra de la que fue director hasta su muerte).

En 1956 fue uno de los fundadores de la UCA, desde entonces nunca dejó la comunidad universitaria, si bien anduvo dedicado a la educación popular en Fe y Alegría, que tenía 13 escuelas, 12 talleres y 8 mil alumnos; significaban para él la respuesta inmediata necesaria para los agudos problemas educativos de su país, sin restarle importancia a los cambios estructurales que este necesitaba con urgencia.

Hombre tímido, de pocas palabras, pero intenso quehacer, puso sus cualidades de organizador y empresario al servicio de los más pobres de El Salvador. A pesar de padecer un cáncer de próstata siguió trabajando con empeño fin, dando su vida el 16 de noviembre de 1989.


Juan Ramón Moreno Pardo SJ
“Es Dios el que envía, pero es el pueblo al que es enviado, el pueblo real con sus aflicciones y anhelos, dolores y esperanzas, el que configura la forma concreta que la misión deberá tomar”
"Tomar cuerpo real es incorporarse a las luchas y esperanzas de un pueblo en marcha"


Nació en Villafuerte (Navarra, España) el 29 de agosto de 1933. Ingreso a la Compañía de Jesús el 14 de septiembre de 1950. Fue ordenado sacerdote el 14 de junio de 1964 e hizo su profesión solemne el 2 de febrero de 1968 en San Salvador. Estuvo dedicado a labores universitarias relacionadas con la teología, espiritualidad y la pastoral. Su público principal fue el de los sacerdotes, religiosos y religiosas, novicios y estudiantes.

Fue nombrado maestro de novicios en el momento de los grandes cambios para la provincia jesuita de Centroamérica (1969). Fundo el Centro Ignaciano de Centroamérica (CICA) en Panmá y luego en Managua. Inicio la revista Diakonía y fue director del Instituto de Ciencias Religiosas ICR en Managua. Fue el hombre de confianza de un gran público que encontraba en él la profundidad y el consejo que buscaba. La idea de ser párroco rural le atraía y a su regreso a San Salvador en 1985, pidió a su provincial la posibilidad de serlo, sin embargo, tras cumplir las tareas encomendadas en la UCA como bibliotecario del Centro de Reflexión Teológica, quedó allí así le encontraron sus asesinos el 16 de noviembre de 1989.


Segundo Montes Mozo S.J.
"No es tiempo aún de cantar victoria, tampoco es tiempo para la desesperanza"
“estoy seguro de haber vivido entre ellos”

Segundo Montes nació en Valladolid, el 15 de mayo de 1933. Ahí hizo sus primeros estudios y la educación media, entre 1936 y 1950. El 21 de agosto de 1950, Montes ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús de Orduña. Ahí hizo el primer año, pues el segundo (1951) lo hizo en el noviciado de Santa Tecla, bajo la dirección de Miguel Elizondo. Fue ordenado sacerdote en Innsbruck Austria, el 25 de julio de 1963.

La vida de Segundo Montes transcurrió entre el Colegio Externado y la UCA. En el colegio estuvo dos temporadas, entre 1957 y 1960 y entre 1966 y 1976.

Entre 1973 y 1976 fue Rector, precisamente, cuando el colegio pasaba por una profunda crisis de identidad y organización. Pero la crisis no lo asustó. Su fuerte personalidad y su gran energía le ayudaron a dirigir el colegio en aquellos años de cambio. Los largos años pasados en el Colegio Externado lo hicieron muy popular entre los ex alumnos y sus familias. Donde quiera que fuera encontraba conocidos. Casó a muchos de ellos, bautizó a sus hijos e hijas y oyó sus dificultades matrimoniales. Después, cuando la crisis del país polarizó a la sociedad salvadoreña, se le fueron alejando. Sin embargo, durante muchos años, nadie lo acusó ni lo atacó en los panfletos y campos pagados que circularon tan profusamente. Sólo al final de su vida, su nombre comenzó a aparecer en la lista de los jesuitas acusados de ser los responsables de la violencia en El Salvador, de dirigir al FMLN, de servirle de fachada, etc. Su nombre era el tercero en la lista, después del de Ellacuría y Martín-Baró.

En la UCA comenzó como profesor pero, poco a poco, la dinámica universitaria lo fue alejando del colegio. Además de profesor de visiones científicas -una perspectiva filosófica de las ciencias- y sociología, fue Decano de la Facultad de Ciencias del Hombre y de la Naturaleza, entre 1970 y 1976. Entonces, prácticamente en su madurez, decidió hacer un alto y estudiar más

En 1984, las dificultades, el desafío y el ejemplo de algunas comunidades de desplazados y refugiados salvadoreños dentro y fuera del país, por causa de la guerra, despertaron un interés particular y ardiente –tan característico suyo- en él. Desde entonces hasta su muerte, Segundo Montes adquirió una prominencia especial, tanto en El Salvador como en Estados Unidos, por ser el investigador y el analista más importante del fenómeno de los desplazados, los refugiados y también los emigrantes.

Desde principios de la década de los ochenta, Segundo Montes dedicó una parte de sus fines de semana a atender ministerialmente parroquias suburbanas sin sacerdote. Primero estuvo en Calle Real y luego, desde 1984, en la colonia Quezaltepec. En su actividad pastoral, Montes se supo ganar el aprecio de la gente sencilla por su generosidad y su trato franco y abierto.
Su deseo nunca satisfecho por comprender mejor la realidad social salvadoreña lo llevó a estudiar la estratificación social, el patrón de la tenencia de la tierra y los militares. Publicó religiosamente el hallazgo de todos estos estudios, algunos de los cuales utilizó como libros de texto, en las materias que impartía. Su aguda observación lo ayudó a identificar un fenómeno novedoso y bastante curioso, a comienzos de la década de los ochenta: la "pérdida" de los dólares, que los salvadoreños residentes en Estados Unidos enviaban a sus familiares en el El Salvador. Este hecho lo alertó acerca de la importancia de la emigración salvadoreña para la economía nacional.
El domingo 12 de noviembre ya no pudo ir a la colonia. Los combates en la ciudad se lo impidieron. Ese día, la comunidad parroquial había planificado entregarle un reconocimiento, pues compartía con él se sentía orgullosa por el premio recibido en Washington. El domingo siguiente tampoco pudo llegar.


Amando López Quintana SJ
"El amor de Dios se manifiesta en elcariño humano, en la entrega"

Amando López nació en Cubo de Bureba (Burgos, España), el 6 de febrero de 1936. Sus primeros estudios los hizo ahí mismo, pero la secundaria la hizo en Javier. El 7 de septiembre de 1952, entró en el noviciado de la Compañía de Jesús de Orduña, donde estuvo un año. Después, a él también lo enviaron a hacer el segundo año al noviciado de Santa Tecla. En Dublín estudio teología siendo ordenado sacerdote en el mismo lugar el 29 de julio de 1965.
A finales de 1970, cuando los obispos no aceptaron a los dos candidatos para Rector del seminario, propuestos por los superiores de la Compañía de Jesús, éstos sugirieron, como última posibilidad, a Amando López, un doctor en teología recién llegado y sin antecedentes. Impresionados por sus credenciales académicas, los obispos lo aceptaron de inmediato. Su sorpresa fue grande cuando se vio Rector del seminario con tan sólo unos meses en San Salvador.
Dirigió el seminario en los años más turbulentos de su historia, que culminaron con la salida de la Compañía de Jesús, en 1972. Muy poco después de haber sido nombrado Rector, los obispos se sorprendieron por las novedades que éste introdujo en el seminario. Amando López se preocupó por elevar el nivel académico de los estudios, por el bienestar material de los seminaristas y por tratarlos como personas adultas, no como niños o menores de edad. Se rodeó de un equipo joven, bien preparado y abierto a las necesidades humanas, religiosas y pastorales de los seminaristas. Sin embargo, debió discutir con la conferencia episcopal acerca de la teología que debía enseñarse y sobre los profesores más idóneos para hacerlo. Después de largas y amargas discusiones, consiguió que los obispos aumentaran el presupuesto para la alimentación de los seminaristas y, por lo tanto, pudo introducir algunas mejoras. Además, defendió a los seminaristas de algunas decisiones arbitrarias e injustas de sus respectivos obispos. Estos querían que los seminaristas fueran formados de la misma manera que ellos, sin caer en la cuenta de la diferencia en años y mentalidad.
Los seminaristas eran conscientes de las estructuras injustas de la sociedad salvadoreña así como de la connivencia de algunos miembros de la jerarquía. Sus protestas no tardaron en aflorar y en llegar a oídos de los obispos. Estos, por supuesto, reprobaron la toma de conciencia de los seminaristas y se aprestaron a tomar represalias, pero el Rector salió en su defensa. Entonces, la conferencia episcopal comenzó a buscar la manera para sacar a los jesuitas del seminario. La forma como se llevó a cabo la entrega de la institución y su cierre temporal en 1972 minaron la salud de Amando López. Pasó unos meses bastante difíciles, en una de las residencias universitarias de San Salvador. Pese a ello, fue profesor de filosofía en la UCA durante dos años (1973-1974) y superior de la comunidad donde residía.
Tal vez porque no se encontraba muy a gusto en San Salvador después de lo que había tenido que pasar y también porque se necesitaba un Rector, los superiores lo destinaron a dirigir el Colegio Centro América -trasladado a Managua desde hacía varios años-, en 1975. A Amando López el destino debió hacerle ilusión, porque había dejado muchas amistades en Nicaragua y porque el país y su gente le atraían sobremanera.

El carisma de Amando era el don del consejo. Poseía una capacidad natural para escuchar, un corazón grande para acoger y una risa contagiosa para animar.

Ignacio Martín Barro SJ
“Alfabetizarse es sobre todo aprender a leer la realidad circundante y a escribirla en la propia historia”
"Sufrir con sentido es sacrificarse, es SER"
Nació el 7 de noviembre de 1942, en Valladolid (España). Entró en el noviciado de la Compañía de Jesús de Orduña, el 28 de septiembre de 1959. Después, sus superiores lo trasladaron al noviciado de Villagarcía y de ahí lo enviaron al de Santa Tecla, en El Salvador, donde hizo su segundo año de noviciado.
Fue profesor de psicología en la UCA desde 1971 llegando a ser director de dicho departamento, apasionado investigador se caracterizó por su rigor científico coincidiendo generalmente la realidad con sus conclusiones. Reconocido como psicologo social nacional e internacional obtuvo el título de Doctor en dicha materia.
Una de sus principales preocupaciones era proporcionar a sus estudiantes una visión objetiva y amplia del mundo. Simultáneamente entre 1988 y 89 trabajaba como párroco de la comunidad de Jayaque, pueblo campesino incrustado entre las fincas cafetaleras siendo hombre de gran pasión religiosa por los pobres y la justicia, entre ellos experimentaba un cambio notable, se volvía más alegre, reía mucho y se mostraba cariñoso.

Su voz fue la única que distinguió una testigo del asesinato, cuando les gritó a los militares: “esto es una injusticia, ustedes son una carroña”

Ignacio Ellacuria SJ
"Somos libremente parciales en favor de las mayorías populares"
“No es cerrando los ojos o callando las voces de protesta como se resolveran los problemas sociales”

Nació en Portugalete (Vizcaya, España), el 9 de noviembre de 1930. Fue el cuarto de cinco hijos varones del oculista de la ciudad. También fue el cuarto en optar por el sacerdocio. Sus primeros estudios los hizo en Portugalete, pero después su padre lo envió al colegio de los jesuitas de Tudela. Ellacuría era reservado y algo intenso.
Ingresó al noviciado el 14 de septiembre de 1947, en Loyola, el hogar de san Ignacio, el fundador de la Compañía de Jesús. Un año después fue enviado, junto con otros cinco novicios, a fundar el noviciado de la Compañía de Jesús en Santa Tecla (El Salvador). Seguramente, para los seis novicios fue difícil determinar si eran voluntarios o cumplían una orden. Meses antes, el maestro de novicios solicitó voluntarios para ir a Centroamérica. Les pidió que lo pensaran unos días y si sentían que esta misión estaba de acuerdo con su vocación, que escribieran su nombre en un pedazo de papel. El viaje fue largo. Salieron de Bilbao el 26 de febrero de 1949 y llegaron un mes más tarde a Santa Tecla. Sus familias acudieron a la estación a despedirlos. Sin duda, la separación fue muy difícil para todos.
Al frente de la expedición venía el maestro de novicios, Miguel Elizondo. En él, los novicios encontraron un maestro de gran sentido común y espiritualidad profunda.
En septiembre de 1949, los seis novicios pronunciaron sus votos de pobreza, obediencia y castidad. En la década de 1950, los jesuitas de Centroamérica no contaban con un centro de estudio para formar a sus estudiantes, sino que éstos eran enviados a Quito, donde estudiaban humanidades clásicas (dos años) y filosofía (tres años), en la Universidad Católica. Estos cinco años fueron muy importantes para el desarrollo intelectual de Ellacuría y sus compañeros, así como para todos los otros que tuvieron la oportunidad de estudiar en esta institución.
En la UCA comenzó dando clases de filosofía, en 1967. Pronto lo nombraron miembro de la Junta de Directores. Desde 1972 fue Jefe del Departamento de Filosofía. Desde 1976 dirigió la revista Estudios Centroamericanos (ECA) y desde 1979 fue Rector de la UCA y Vicerrector de Proyección Social. Impartió cursos, dirigió seminarios y dictó conferencias en América Latina, Europa y Estados Unidos.

En Ellacuría, la compasión y el servicio fueron cosas últimas. El encuentro con Mons. Romero le proporcionó una ultimidad nueva, la cual se expresó más en su vida que en sus escritos: la gratuidad. Cabe recordar aquí su insistencia en la dimensión ética y práctica de la inteligencia. Le gustaba repetir que había que hacerse cargo de la realidad y cargar con ella, con lo oneroso de ella.

Ellacuría se dejó llevar por la fe de Mons. Romero y por la fe la del pueblo crucificado. Esto es importante, porque el Ellacuría a quien en casi todas las otras cosas le tocaba ir por delante y llevar a otros, en la fe se sentía llevado por otros. En el saberse llevado por la fe de otros, Ellacuría experimentó la gratuidad de la fe en Dios. En definitiva, la fe lo llevó al martirio, y mientras tanto, lo llevó a caminar en la historia. En ese caminar siempre se esforzó por "actuar con justicia", como dice el profeta Miqueas, pero también experimentó la humildad de quienes tienen que habérselas con Dios.
En los últimos años de la década de los sesenta, luchó para abandonar los esquemas desarrollistas y optar por la liberación. Quería poner la estructura universitaria al servicio de la liberación del pueblo salvadoreño, pero siempre desde el modo propio de la universidad.
La UCA fue su vida y su pasión. Pero no porque hiciera de ella un absoluto, sino porque la concibió como un instrumento para servir a la liberación del pueblo salvadoreño. Bajo su dirección e inspiración, la UCA se convirtió en una universidad con un sólido prestigio académico y con una proyección hacia la sociedad eficaz. En el campo académico, estaba convencido de la necesidad de elevar el nivel de la educación superior y para eso impulsó la elaboración de una nueva ley.

La transformación agraria de 1976, impulsada por el régimen militar, lanzó la figura de Ellacuría al ámbito público. Desde entonces, siempre estuvo presente en las grandes crisis del país, a través de sus análisis críticos y sus propuestas creativas. La UCA, aun en contra del parecer de algunos de sus miembros, apoyó el plan de transformación agraria del presidente Molina, porque Ellacuría consideró que, pese a todas sus limitaciones, beneficiaría a las mayorías populares y porque al mismo tiempo era un ataque contra la oligarquía terrateniente. Molina pidió el apoyo de la UCA, pero en el momento decisivo, retrocedió ante la presión de la oligarquía. Entonces, Ellacuría escribió un famoso editorial en ECA, titulado "A sus órdenes mi capital", en el cual denunció que "el gobierno ha cedido, el gobierno se ha sometido, el gobierno ha obedecido. Después de tantos aspavientos de previsión, de fuerza de decisión, ha acabado diciendo, ‘a sus órdenes mi capital’". El editorial le costo a la UCA el subsidio gubernamental y cinco bombas, colocadas por una organización paramilitar de derecha, conocida como Unión Guerrera Blanca. No era esta la primera vez que la proyección social de la UCA molestaba al gobierno. Hubo dos antecedentes. Dos publicaciones. La primera fue un estudio de la huelga de ANDES 21 de Junio y la segunda fue un estudio de las elecciones presidenciales de 1972, donde se quedó probado de manera consistente, la existencia de fraude. Estas publicaciones también le costaron el subsidio gubernamental a la UCA y ambas dieron inicio a la larga serie de libros que ahora conforman el acervo editorial de UCA Editores. Paradójicamente, el coronel Molina fue el presidente que le concedió la nacionalidad salvadoreña a Ellacuría.
La crisis nacional se agravó hasta desembocar en el golpe de Estado del 15 de octubre de 1979, dirigido por los oficiales jóvenes de la Fuerza Armada. La UCA y el mismo Ellacuría apoyaron el movimiento de los militares. El primer gobierno estuvo integrado por destacados académicos de la UCA, entre ellos, su Rector, Román Mayorga, y su Director de Investigaciones, Guillermo Ungo. El gobierno fracasó y la violencia se desató. En marzo de 1980, Mons. Romero cayó víctima del odio. En una de las dos residencias universitarias y en la UCA misma estallaron varias bombas. En la residencia de los jesuitas estallaron dos bombas en menos de 48 horas. La situación se deterioró tanto que, a finales de 1980, poco después del asesinato de los dirigentes de la oposición política de la izquierda, Ellacuría salió del país, bajo la protección de la embajada española. Sus amigos le avisaron que en una reunión de comandantes se había discutido una lista de personalidades que serían asesinadas, entre las cuales se encontraba él. Sin dejar de ser Rector, permaneció fuera de El Salvador hasta abril de 1982.
A raíz del fracaso de la ofensiva del FMLN de enero de 1981, Ellacuría comenzó a madurar dos ideas importantes y estrechamente relacionadas, ninguna de las cuales fue bien comprendida. La primera fue la inviabilidad de la violencia armada como solución de la crisis nacional. La única salida posible era el diálogo de las partes enfrentadas. La segunda fue lo que dio en llamar la tercera fuerza. Su tesis era que ni el gobierno, ni los partidos políticos, ni el ejército, ni la guerrilla podían garantizar los intereses de las mayorías populares, porque todos ellos tenían como prioridad la toma del poder y la defensa de unos intereses muy particulares. Por consiguiente, las mayorías tenían que manifestarse por sí mismas y velar por su propio bienestar. El bien del país radicaba en el bienestar de esas mayorías y, por consiguiente, el conflicto armado debía resolverse teniendo delante este bienestar. Ni la derecha ni la izquierda aceptaron su postura, aunque por razones distintas.
No obstante, Ellacuría mantuvo hasta el final de sus días que la única salida al conflicto armado era la negociación política. De ahí que la ofensiva militar del FMLN de noviembre de 1989 le molestara muchísimo. En realidad estaba muy enojado, porque, en su opinión, esa ofensiva traería más males que bienes. Le pareció que el FMLN se había precipitado y derrochaba las fuerzas que con tanto trabajo había acumulado en los últimos años. Tampoco estaba muy satisfecho con la postura del FMLN en la mesa de negociación tenida en San José (Costa Rica). En su enojo, dijo que exigiría a ambas partes respetar la UCA como terreno neutral. Según él, la neutralidad de la UCA, reconocida por ambas partes, podía convertirse en un precedente importante para el país, puesto que se podría hacer lo mismo con los templos, los hospitales, las escuelas, etc.
La opción universitaria a favor de la liberación de las mayorías empobrecidas estaba haciendo estragos en su salud y su ánimo, así como también en el de los demás. En particular, Ellacuría llevaba tres años muy cansado y padeciendo quebrantos de salud. Se había encerrado en sí mismo, volviéndose callado, serio e incluso hosco. Cumplía con sus responsabilidades administrativas, daba su clase, atendía a visitantes e invitaciones en el exterior, y, además, encontraba tiempo para escribir. En estos últimos años, casi no revisaba lo que escribía, lo entregaba al editor tal como le salía. En esta época última, a su rendimiento como escritor le daba un siete o un ocho. A quien le recomendaba descanso, le respondía que el pueblo no descansaba de la guerra ni de la pobreza. Lo menos que podía hacer era seguir trabajando por su liberación y su paz, sin importarle el mal carácter, la enfermedad o no llegar al final, pues, en este caso, también habría cumplido con su misión.

Elba y Celina Ramos
"No he perdido mi buen humor, siempre lo conservo, aunque vengan tempestades"

Elba nació en el cantón Las Flores (Santiago de María), el 5 de marzo de 1947. Su madre, Santos Ramos, era de Usulután y se dedicaba al negocio de frutas. Su padre, cuyo nombre no aparece en el acta de nacimiento, era administrador de la finca Los Horcones, en Usulután.
A finales de la década de 1960, Elba conoció a su esposo Obdulio, con quien vivió hasta el 16 de noviembre de 1989. El era caporal de la hacienda El Paraíso, en Santa Tecla, y ella trabajaba como doméstica en San Salvador. Durante la cosecha de café, Elba pedía permiso en la casa donde trabajaba para ir a cortar café en El Paraíso. Su cuadrilla era la que Obdulio dirigía. Cuando decidieron vivir juntos, Elba dejó de trabajar fuera de su hogar. Vivieron en una hacienda, en los alrededores de Santa Tecla, cuyo propietario los ayudaba económicamente. En 1970, al morir éste, víctima de uno de los primeros secuestros, Elba y Obdulio abandonaron la propiedad.
Obdulio encontró trabajo como vigilante en la hacienda Las Minas, en Jayaque. Como parte del arreglo, le permitieron sembrar maíz y frijol. Elba lo ayudaba en la milpa, pero ya no iba a la recolección del café. Estando en Las Minas nació Celina Mariset, el 27 de febrero de 1973. Era la tercera hija.Se trasladaron a Acajutla vivían con la madre y la hermana de Elba. Encontraron techo en el hogar de su cuñado. Obdulio consiguió trabajo en los muelles del puerto, mientras ella se dedicaba a vender fruta, en una tienda, en el barrio Los Coquitos.
La violencia los expulsó de Acajutla tres años después, en 1979. La actividad del puerto había disminuido de manera considerable y Obdulio se quedó sin trabajo. Alquilaron un pequeño cuarto con piso de tierra, dividido en la mitad por una cortina, en la colonia Las Delicias, en Santa Tecla. Obdulio, aprovechando sus relaciones con varios administradores de las fincas de los alrededores, encontró trabajo como jardinero, en una residencia de la colonia San Francisco, en San Salvador. Pero en 1985, Obdulio se encontró de nuevo sin trabajo. La familia para la que trabajaba como jardinero abandonó el país por causa de la violencia. Poco después, encontró otro trabajo. Esta vez como vigilante nocturno, en la colonia Acovit, vecina a la colonia Quezatepec, en los suburbios de Santa Tecla.
En ese mismo año, Elba consiguió empleo como cocinera en el teologado de los jesuitas, en Antiguo Cuscatlán. La señora que cuidaba la casa cural de Las Delicias le avisó de esta oportunidad, que no dejó pasar. Cuatro años más tarde, en 1989, Obdulio consiguió un nuevo trabajo. La comunidad universitaria necesitaba un jardinero que se hiciera cargo del inmenso terreno, donde Segundo Montes planificaba sembrar una hortaliza y árboles frutales. Montes le ofreció el trabajo y una casa recién hecha, junto al portón de entrada, en la avenida Einstein. Obdulio aceptó y desde entonces hasta su muerte, cuidó del jardín con gran cariño.
Celina estudió seis años de primaria en la Escuela Luisa de Marillac, en Santa Tecla. El tercer ciclo lo hizo en el Instituto José Damián Villacorta, también en Santa Tecla. En 1989 terminó el primer año de bachillerato comercial, en dicho instituto. Había obtenido una beca de mil colones junto con otras dos compañeras, pero debía obtener buenas calificaciones para poder seguir gozando de ella. Entonces dejó el equipo de baloncesto y no formó parte de la banda de guerra del instituto, dos actividades que la atraían especialmente, porque era muy activa. También dejó la catequesis. De hecho, estaba bastante preocupada, porque tenía dos materias pendientes. A los catorce años, Celina conoció a su novio, quien jugaba en el equipo de baloncesto del instituto. Habían pensado casarse pronto, pero "dependiendo" de lo que dijera "la niña Elba". Habían pensado comprometerse en diciembre de 1989.
El sábado 11 de noviembre, al comenzar la ofensiva, una patrulla del FMLN colocó una bomba en el portón de la residencia universitaria, forzándola. La familia de Obdulio vio desde dentro cuando ponían la bomba y cómo ingresaban al patio. La bomba quebró todos los vidrios de su pequeña casa. Como ya estaba oscuro y ya habían comenzado las escaramuzas, permanecieron tirados en el piso de la casa hasta la mañana del domingo. La noche de ese día ya no durmieron en su casa, ubicada junto al portón, porque tuvieron miedo. Durmieron en una pequeña sala, junto al comedor de la residencia universitaria. El miércoles 15, Elba se llevó ropa para el teologado por si no podía regresar en la tarde y tenía que quedarse a dormir allí. Los teólogos le dijeron que se quedara, pero ella no quiso, porque no quería estar lejos de su esposo. Su fidelidad la llevó a la muerte a ella y a su hija.
Temprano, en la mañana del 16 de noviembre, Obdulio las encontró abrazadas en la muerte. El cuerpo de Elba sobre el de Celina, en un intento inútil por protegerla de las balas. El fue el primero en encontrar en el patio los cuerpos tendidos sin vida de los cuatro jesuitas. Los otros dos estaban dentro de la residencia. Obdulio sobrevivió porque los asesinos no lo vieron. Mudo de horror, se dirigió a la residencia vecina para avisar a los otros jesuitas de lo que había sucedido esa madrugada.
Silencioso y servicial, Obdulio siguió trabajando como jardinero. En el sitio donde encontró los cuerpos de los cuatro jesuitas plantó rosas. En el centro colocó dos rosales amarillos, uno por Elba y otro por Celina. Alrededor de ellos plantó seis rosales rojos. Cuidó de ellos hasta su muerte, ocurrida en 1994. La tristeza y la nostalgia se apoderaron de él. A los visitantes les mostraba con amablidad el jardín de rosas y les explicaba su significado. Presa del miedo, al comienzo se negó a proporcionar mayores detalles a los periodistas; pero después, con el paso del tiempo, fue hablando cada vez más. Perdió el miedo a las cámaras y a los micrófonos, pero siempre se lamentó de lo que calificó como una "ingratitud" inmensa. Murió a causa de una infección mal atendida, pero es probable que tampoco él quisiera seguir viviendo. La vida se había vuelto una carga excesivamente pesada para él. La ingratitud era más de lo que podía soportar.


"... Usted reposa ahora, don Ignacio,con Amando,
el arcángel consejero;con la "fé y alegría" de aquel Lolo;
con Segundo, el de barbas de dios Zeus.
Con Pardito, silente y laboriosoque alcanzó a Dios
en su correr eterno;y con Nacho,
conciencia inquisitivaque ha de encuestar los ángeles del cielo.
Allí descansan de este rudo tiempode congoja,
dolor, llanto y miseriay desde el gran martirio atribulado
defienden a la vida de esta tierra.
Elba y Celina, lirios de este pueblo,
reposan más allá de su silencio:
ellas volvieron a su lar amablea
dormir en la tierra primigenia."
Fragmento de"De la hostia, la sangre y la arboleda"por Francisco Andrés Escobar