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Cristología II - 18° Parte: El Misterio Pascual - El Sacrificio del Hijo del Hombre



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


6.7. EL SACRIFICIO DEL HIJO DEL HOMBRE, SE REALIZA POR EL RESCATE DE MUCHOS

Marcos y Mateo nos transmiten una declaración muy profunda sobre el sentido de la muerte de Jesús. Jesús anuncia que aquel que quiera ser el primero debe hacerse el servidor de los demás y dice: "Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos". Mc 10, 45; Mt 20, 28. Isaías en la profecía del Siervo de Yahvé, presenta la muerte del siervo con la idea esencial de un sacrificio personal hecho para la liberación de muchos. En Is 53, 10, dice: "ofrece su vida en sacrificio expiatorio". El "dar su vida", en el lenguaje de Jesús significa algo más que ofrecer la muerte física, literalmente se puede traducir por "dar el alma", indicando el don de la persona en el don de la vida. Este don comporta la oblación de sufrimientos físicos y morales, que hacían del siervo un "varón de dolores, despreciado y desestimado", Is 53, 3, en este sentido es aún más un don del "alma", que un don de la vida. Una expresión transmitida por Lucas confirma la conciencia que tenía Jesús de deber realizar el sufrimiento moral atribuido al siervo, es decir, su destino de oprobio: "Os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: Ha sido contado entre los malhechores", Lc 22, 37. Esta cita de Isaías 53, 12 empieza con un: "es necesario", que atestigua el plan divino y un "os digo", que manifiesta la autoridad de aquel que lo conoce y lo revela.

En los evangelios de Marcos y Mateo, el alma de Cristo es entregada como: "rescate de muchos a cambio de muchos". Esta expresión es muy fuerte, Jesús considera su Pasión como el precio que hay que pagar para la liberación de muchos, esto es, de la humanidad entera. El término "rescate" pone de manifiesto la intención de Jesús de llevar a la práctica lo que estaba anunciado sobre el siervo de Yahvé: es decir, la donación de su propia vida, como cordero inocente, para la liberación de la humanidad pecadora. El intercambio ante Dios de su vida ofrecida en sacrificio expresa la "sustitución" que caracteriza la misión del siervo: "eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba ... él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas... Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos", Is 53, 4-12.

Esta manera de ilustrar el anuncio de su muerte a base de oráculos de Isaías, implica por parte de Jesús una verdadera originalidad. Aun cuando apreciara los sufrimientos de los justos, el judaísmo desconocía dos aspectos esenciales de la profecía:

  • Se guardaba muy bien de atribuir al Mesías un destino doloroso. 
  • Limitaba el valor expiatorio de los sufrimientos de los justos al pueblo de Israel.

No se tomaba en cuenta en consideración ni un Mesías sufriente y paciente ni tampoco la perspectiva universalista de su obra. Con respecto a la corriente de la tradición judaica, se da, pues, un novedad en el modo de asumir de la profecía estos dos rasgos esenciales:

  • El sufrimiento expiatorio.
  • La liberación de la humanidad entera.

La novedad del mesianismo de Jesús es mucho más amplia que las señala la profecía del siervo de Yahvé . Notemos los aspectos de esta transformación.

  • El que sirve y da su vida como rescate es el "Hijo del hombre". Si de un modo general el vocablo de Hijo de hombre por el que Jesús se designa a sí mismo, comporta una referencia al oráculo de Daniel, aquí la alusión es más significativa en razón del verbo "servir" ya que en la visión del profeta Daniel se dice: "Todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron", Dan 7, 14. En contraste con el Hijo del hombre servido por la humanidad, Jesús presenta un Hijo del hombre que sirve y da su vida en rescate por la humanidad. El contraste es tanto más acusado cuanto el "logion" evangélico se caracteriza por una oposición a la actitud de los gobernantes que se hacen servir.
  • Cuando habla del Hijo del hombre, Jesús evoca una figura celeste, gloriosa, de orden divino. La grandeza del servicio y la grandeza de la donación de la vida en sacrificio se ponen de relieve de esa forma. Así encontramos el hecho "teológico" en el hecho "soteriológico".
  • La excelencia de la persona que sirve y se entrega nos hace comprender mejor por que puede haber un intercambio válido de un individuo por la multitud; por el hecho de ser una persona divina humanada, el Hijo del hombre posee una dimensión superior a la totalidad de los hombres y, por consiguiente, puede con todo derecho entregarse a cambio de la humanidad entera, "dando su alma" como rescate puede liberar a todas las almas humanas.
  • Jesús indica igualmente que ese sacrificio forma parte de la finalidad de la Encarnación El Hijo del hombre ha venido para esto: servir y sacrificarse en bien del género humano. La afirmación carga el acento sobre el papel capital del sacrificio, que lejos de ser un mero accidente histórico (como algunos pretenden) ha constituido el motivo principal de su existencia. Así se evidencia la orientación altruista de la Encarnación. Jesús quiere demostrar que la venida del Hijo del hombre se funda enteramente en el amor y en la más humilde donación de sí mismo.
  • Según la declaración de Jesús el "servicio" aparece como "servicio a los hombres". En el oráculo de Isaías, el siervo se presentaba como siervo de Dios, Yahvé decía de él "mi siervo", Is 52, 13. Jesús sitúa más el servicio en sus relaciones con la humanidad: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servirles. Es cierto que el servicio a los hombres lleva implícito un homenaje al Padre; si el Hijo del hombre da su vida como rescate, es porque el Padre se lo pide. En Getsemaní Jesús manifiesta su "obediencia", ofreciéndose  al Padre en actitud de "sacrificio cruento".

De todas maneras queda claro que la dirección fundamental del servicio va de Dios al hombre, cuando en la profecía de Isaías iba del hombre a Dios. El Hijo del hombre es el Hijo de Dios que, al hacerse hombre, se pone al servicio de los hombres, y lleva ese servicio hasta la oblación total de sí mismo para la liberación de la humanidad entera.


6.8. EL SACRIFICIO DEL BUEN PASTOR

La entrega de la vida por parte del Pastor. El evangelio de Juan nos ofrece unas palabras de Jesús que describen su sacrificio con términos muy parecidos a los que nos transmiten Marcos y Mateo. Juan dice: "Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas", Jn 10, 11. 15. 17. 18. La semejanza aparece en la expresión "ofrecer su vida". Jesús se refiere ahí a la profecía del siervo paciente para anunciar su propia muerte. En Marcos y Mateo el Hijo del hombre aparece de forma opuesta a los gobernantes que ejercen la autoridad en provecho propio, como quien domina. En Juan el buen pastor se contrapone al mercenario que busca su ventaja, en ambos casos se ve la orientación altruista del ejercicio del poder como servicio.

La identidad divina de Jesús está insinuada en la expresión "Yo soy", y por la cualidad de ser pastor, atribuida en el AT. a Yahvé. Es más exactamente una identidad de Hijo, pues Jesús habla de su Padre que le conoce y ama, Jn l0, 15. 17. Afirma su soberanía de Hijo de Dios en el poder que tiene de dar su vida y recobrarla, precisando su obediencia de Hijo hacia la voluntad salvífica del Padre. Jn 10, 18. Encontramos en Juan la dirección descendente del sacrificio de Jesús : es esencialmente un don de Dios a los hombres. Es la Encarnación la que permite al Hijo ser el pastor que da la vida por sus ovejas, y de este modo invierte la orientación del sacrificio. Sin embargo, como ya hemos observado esta dirección descendente (del Padre, por el Hijo en favor de los hombres), no suprime el homenaje de obediencia del Hijo al Padre: "Esa es la orden que he recibido de mi Padre", Jn  10. 18.

Bajo el punto de vista de la "finalidad redentora de la Encarnación" se advierte la equivalencia entre: "El Hijo del hombre ha venido para dar su vida como rescate", y : "Yo he venido para que tengan vida". Otras palabras de Juan expresan esta finalidad en Getsemaní: "Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? !, Padre, líbrame de esta hora ! Pero, ¡si he venido con miras a esta hora !", Jn 12, 27. La "hora" que es la de la Pasión, aterra a Jesús hasta el punto de estimularle a pedir que le liberen de ella, es decir, "ser salvado de ella". Pero agrega que la petición iría en contra del fin por el que ha venido. "Haber venido con miras a esta hora", es análogo a "haber venido a dar su vida en rescate". Finaliza con una orientación positiva de su sacrificio, "Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo", Jn 10, 17. Jesús da su vida como Hijo obediente con miras a la Resurrección. Así pues la finalidad de dar su vida no se queda en la mera muerte: incluye también la intención del triunfo definitivo y glorioso: la Resurrección.

Hay una idea complementaria al sacrificio que Jesús hace en la cruz. Se trata de la idea de "servicio". Es en el lavatorio de los pies donde Jesús pone la conexión entre "servicio" y "sacrificio". El evangelista Juan indica esta conexión en la conciencia de Jesús cuando dice: "Sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa... y se puso a lavar los pies de sus discípulos", Jn 13, 3-5. El gesto es un primer cumplimiento del amor que Jesús ha querido manifestar con su Pasión, amor que llega "hasta el extremo", Jn 13, 1. No se puede ver ahí un simple gesto pedagógico, destinado a servir como ejemplo a sus discípulos. Encierra ciertamente esa intención, Jn 13, 15, pero también es más que eso: Jesús adopta ahí deliberadamente esa actitud de humilde servicialidad que caracterizará su Pasión y así testimonia que el servicio va por delante del sufrimiento, al considerarlo no como un deber que se le impone, sino como un modo de practicar hasta el extremo un amor de siervo.

Juan insiste especialmente en la conciencia filial de Jesús: el que se pone a lavar los pies de sus discípulos es el Hijo de Dios que ha recibido todo poder del Padre. Empeña en ese gesto toda su persona de Hijo, como también el don de su vida es acto del Hijo que pasa de este mundo a su Padre. Así, pues, "servicio" y "sacrificio", tienen pues, un distintivo esencialmente "filial".

En el evangelio de Juan hay expresiones que subrayan la eficacia del "sacrificio": la imagen del grano de trigo que al morir da "mucho fruto", Jn 12, 24, dirige la atención hacia un principio del plan divino de salvación, a saber: la considerable fecundidad otorgada al sufrimiento. La naturaleza de esta fecundidad aparece más claramente a continuación: "Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera", Jn 12, 31, la victoria de Jesús sobre Satán no es sino el aspecto negativo de la obra salvífica. Más positivo es el atractivo que ejercerá sobre todos los hombres aquel que habrá sido "levantado de la tierra", Jn.12,32. Jesús indicaba de qué modo habría de morir, Jn 12, 33. A los ojos del evangelista, la elevación obre la cruz es signo de la elevación gloriosa y del poder que Cristo posee desde ahora sobre la humanidad. La muerte la presenta pues, como fuente del poder salvador y santificador.

Hay también en Juan en la idea del "sacrificio" un gesto sacerdotal. Hemos dicho que el sacrificio de Jesús va unido a la idea de servicio: "Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será el esclavo de todos", Mc 10, 42-44. Esta consigna perfila de hecho la actitud sacerdotal, pues va dirigida a aquellos a quienes Jesús quiere hacer jefe y pastores de su Iglesia, esto es, aquellos a quienes quiere comunicar su sacerdocio. Se trata de un sacerdocio concedido de un modo nuevo y más amplio, cuya característica es el servicio a la humanidad.

La originalidad de Jesús, consiste en presentar al Hijo del hombre no ya como alguien que es servido, sino como quien sirve. En su calidad de Hijo de hombre, reivindica poderes divinos, como el de perdonar los pecados, pero se comporta como siervo. Ahora bien, esta originalidad está destinada a dar una nueva faz al sacerdocio: aunque se le comuniquen poderes divinos, el sacerdote no podrá ejercerlos sino a titulo de servicio a los hombres. Las palabras y los gesto de Jesús, ayudan a comprender que el discípulo de Jesús no puede ser sacerdote sino siendo a la vez pastor y siervo. El discípulo debe reproducir el gesto del "buen pastor", que da su vida por las ovejas, pues el precepto de la caridad tiene como modelo el más grande amor, que consiste dar la vida por los amigos, Jn 15, 12-13. Debe hacerse el humilde servidor de todos, según el ejemplo del lavatorio de los pies.

Hay también una relación directa y esencial entre sacrificio y gesto eucarístico. Sería difícil no ver referencia ninguna eucarística en las palabras de Jesús: "¿podéis beber la copa que yo voy a beber?", Mc 10, 38. Esta copa es el cáliz de la pasión. Es el cáliz de dolor lo que Jesús, en Getsemaní, pide al Padre que  aleje de él. Ese cáliz Jesús lo bebe en calidad de Hijo del Padre: "La copa que me ha dado el Padre ¿no la voy a beber?", Jn 19, 11. Todo lo que es don del Padre debe suscitar acción de gracias; el Hijo no puede recibir el cáliz sino como testimonio de amor en actitud de obediencia y de cumplir la voluntad del Padre.

Donde se ve la relación más directa entre sacrificio y eucaristía es en la última cena. Aquí fundamenta Jesús el inminente valor sacrificial de su vida. La fórmula de consagración del pan, indica ese valor: "Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros...", Lc 22, 19. La versión de Pablo es más breve: "Este es mi cuerpo que se da por vosotros", l Cor 11, 24. La determinación: "que se da por vosotros", no equivale a: "que se os da". Si Jesús hubiera empleado simplemente esta última forma, habría hablado del don que él hacía a sus discípulos de su cuerpo como alimento. Por el contrario, al decir: "se da por vosotros", expresa la oblación que se hace por los hombres, es decir, el sacrificio. Es su cuerpo sacrificado el que distribuye a sus discípulos en la cena.

Esto lo confirma la declaración transmitida por Juan en el discurso eucarístico: "El pan que yo voy a dar, es mi carne por la vida del mundo", Jn 6, 5-15. En efecto, por el hecho de que Jesús dé su carne , que ha sido ofrecida por la vida del mundo, esa carne hace vivir a aquellos que se nutren de ella: "si uno come de este pan vivirá para siempre... el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna", Jn 6, 51-54.

El sacrificio de Jesús es la sangre de la nueva alianza: "Esta es mi sangre de la alianza que es derramada por muchos", Mc 14, 24. La fórmula indica la alianza como objetivo final de la efusión de la sangre. Esta fórmula rememora la empleada por Moisés el rociar al pueblo con la sangre de los toros para la conclusión de la alianza en el Sinaí y dice: "esta la sangre de la alianza que Yahvé ha hecho con vosotros", Ex 24, 8. Pero inspirándose en la figura del "siervo", Jesús se identifica personalmente con la alianza: "mi sangre de la alianza". Ya hemos notado que Lucas dice: "Esta copa es la nueva alianza en mi sangre", Lc 22, 20.

Queda por precisar las implicaciones de estas ideas en el marco del sacrificio. Si Jesús es la "alianza", realiza en su sacrificio la oblación de la humanidad a Dios y el don de Dios a la humanidad. Según la imagen de la alianza estipulada por Dios con Moisés en el Sinaí, su "sangre" es a la vez la sangre reservada al altar y sangre rociada sobre el pueblo, Ex 24, 6-8. Esto es, sangre ofrecida a Dios, y sangre dada a los hombres. Jesús representa a los hombres delante de Dios y al Padre delante de los hombres.

Por el hecho de personificar la alianza, Jesús es el mediador, mucho más que Moisés, en Jesús se dan la divinidad (es verdadero Dios), y la humanidad (es verdadero hombre). Esta unión de Dios y el hombre en su persona le permite llevar a cabo un sacrificio que sea al mismo tiempo don de Dios al hombre y oblación del hombre a Dios. Así, el sacrificio de Jesús al Padre es primeramente un don de Dios a la humanidad, es el don del Hijo enviado por el Padre, aquí el sacrificio tiene una dirección descendente, y Jesús ofrece su vida al Padre en favor de los hombres, es una dirección ascendente.

La afirmación de la alianza personificada en Jesús demuestra que las dos direcciones no son contradictorias; no se excluyen entre sí. La oblación del hombre a Dios no debe hacer ignorar, en el sacrificio, el don divino, y éste no debe hacer olvidar el aspecto de homenaje expiatorio. Así, el vínculo establecido por Jesús entre alianza y sacrificio. Demuestra que para la estipulación de la alianza, no ha sido suficiente el hecho mismo de la encarnación, el Hijo de Dios hecho hombre, ha sido necesario que la alianza se contraiga en la sangre: consistiendo en una reconciliación que se ha realizado mediante un sacrificio.




Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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