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Jesús de Nazaret - 8º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA





8. La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1, 32). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación: ¡Hosanna!, quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!».
Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Zac 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. 

Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.



9. El Misterio Pascual de Cristo
«Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, y resucuitó al tercer día»

9.1. El proceso de Jesús

Decíamos que Jesús murió crucificado y su sacrificio fue designio divino de salvación y ofrecimiento voluntario de Sí mismo al Padre por nuestros pecados. Estamos en pleno comienzo de la Pascua de Cristo, es decir, el “paso” de este mundo al Padre. Cristo es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Él se ofreció como víctima propiciatoria al Padre a favor de los hombres.

Divisiones de las autoridades judías respecto a Jesús. Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no solamente el fariseo Nicodemo, o el notable José de Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús  sino que durante mucho tiempo hubo disensiones a propósito de El hasta el punto de que en la misma víspera de su pasión, S. Juan pudo decir de ellos que «un buen número creyó en él», aunque de una manera muy imperfecta (Jn 12, 42).

Eso no tiene nada de extraño si se considera que al día siguiente de Pentecostés «multitud de sacerdotes iban aceptando la fe» (Hech 6, 7) y que «algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe» (Hech 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a S. Pablo que «miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley» (Hch 21, 20).


9.2. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación

a.- «Jesús entregado según el preciso designio de Dios»

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hech 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han «entregado a Jesús» (Hech 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: «Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel, de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría habías predestinado» (Hech 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera para realizar su designio de salvación


b.- «Muerto por nuestros pecados según las Escrituras»

Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado.   S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Cor 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras».  

La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente. Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente. Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús, luego a los propios apóstoles.


c.- «Dios le hizo pecado por nosotros»

En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte.  

Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo, la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado, «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5, 21).

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado. Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22, 2).   Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).


9.3. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados

El primer Adán en su soberbia “quiso ser como dios” desobedeció el mandato de Dios y pecó gravemente, con su pecado entró la muerte y la desgracia en todo el género humano. Cristo el nuevo Adán, es el Siervo de Yahveh que obedece al Padre y entrega su vida al Padre en favor de todo el género humano. Cristo ofrece en la cruz su vida libremente en favor de todo el género humano. Dios Padre se reconcilia con todo el género humano por medio de su hijo Jesucristo. Cristo con su muerte destruyó la malicia y la maldad del pecado y con su resurrección nos otorgó una nueva vida, a saber: la filiación divina.

Así, donde en Adán  hubo: soberbia, Cristo tuvo: la  humildad del Siervo de Yahveh. Donde hubo desobediencia de Adán, en Cristo hubo “obediencia hasta la muerte y muerte de cruz”. Donde en Adán hubo pecado Cristo nos otorgó la gracia de hijos de Dios. Con Adán entró la muerte, Cristo nos otorgó la verdadera vida.


9.4. Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer,¡oh Dios, tu voluntad! ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hebr 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34).   El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz, antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).


9.5. «El cordero que quita el pecado del mundo»

Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7) y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45)

9.6. Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1), porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres.  

En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando El mismo se encamina hacia la muerte.

9.7. Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles, en «la noche en que fue entregado» (1 Cor 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre, por la salvación de los hombres: «Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22, 19). «Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

La Eucaristía que instituyó en este momento será el «memorial» de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla. Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: «Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad» (Jn 17, 19).

9.8. La agonía de Getsemaní

El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní haciéndose «obediente hasta la muerte» (Filp 2, 8). Jesús ora: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...» (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado que es la causa de la muerte, pero sobre todo está asumida por la persona divina del «Príncipe de la Vida» (Hech 3, 15), de «el que vive» (Apoc 1, 18). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre, acepta su muerte como redentora para «llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero» (1 Petr 2, 24).


9.9. La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del «cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29) y el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con El por «la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28). Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios. Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.

9.10. Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

«Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará». Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.

9.11. En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

El «amor hasta el extremo» (Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Cor 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos. «Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación», enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna» (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «Salve, oh cruz, única esperanza».

9.12. Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre». El «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual». El llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) porque El «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Ptr 2, 21).   El quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor. Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo.


9.13. Jesucristo fue sepultado  

«Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos» (Hebr 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente «muriese por nuestros pecados» (1 Cor 15, 3), sino también que «gustase la muerte», es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que El expiró en la Cruz y el momento en que resucitó.

Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba  manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero, después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero. La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de «El que vive» que puede decir: «estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Apoc 1, 18).

Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la naturaleza, pero los reunió de nuevo, uno con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser El mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en El la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando El mismo el principio de reunión de las partes separadas.

Ya que el «Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte» (Hech 3, 15) es al mismo tiempo «el Viviente que ha resucitado», era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte. Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada de la carne, la persona única no se encontró dividida en dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo.


9.14. «Sepultados con Cristo...»

El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida:   «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 4).

9.15. Cristo descendió a los infiernos

En cuanto a la expresión "descendió a los infiernos", hay que entenderla de esta manera: "y descendió al lugar de los muertos", es decir, el "Scheol", con esta palabra hebrea, la teología del A T designaba el lugar donde descansaban las almas de todos los seres muertos desde Adán hasta el día del juicio final. ¿Qué le sucedió a Cristo en el intervalo comprendido entre la muerte (Viernes santo a mediodía) y la Resurrección (madrugada del domingo). Decimos en el Credo que Jesús descendió, después de su muerte, al infierno, o al lugar de los muertos. Ahora bien, con su cuerpo no pudo descender pues estaba en el sepulcro enterrado, luego tuvo que descender al lugar de los muertos con su alma unida a la divinidad de la Persona del Verbo.

¿Qué significa esta bajada de Cristo a los infiernos afirmada desde los orígenes? No hay duda de que quiere indicar lo que se produjo inmediatamente después de la muerte de Jesús, pero lo hace por medio de una representación gráfica que necesita interpretación. La situación personal de Cristo en el momento de la bajada a los infiernos está descrita en la Primera carta de S. Pedro: "pues, también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el arca, en la que unos pocos, ocho personas, fueron salvados a través de las aguas". l Petr 3, 18-20.
Tal como se le describe en este pasaje, Cristo se encuentra, por consiguiente, en el estado característico de la muerte; todavía no ha vencido a esa muerte en su carne, lo que se producirá cuando salga victorioso de la tumba. Por eso la mayor parte de los exegetas que, según el texto de Pedro, la bajada a los infiernos precedió a la Resurrección. Sobre el descenso de Cristo a los infiernos = "scheol", palabra hebrea que designa la estancia de los muertos. Esta doctrina de la Iglesia tiene un fundamento escriturístico referido a Cristo en Hech 2, 27: "... de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción". Este pasaje se sitúa en el contexto que pone de relieve la victoria de Cristo. Pablo dice en Col 1, 18: "primogénito de entre los muertos...", Rom 10, 6-7; Efes 4 8-10.

Y luego precisa que Cristo descendió, no al infierno como lugar definitivo de los condenados, sino al infierno donde los justos están retenidos: "Scheol", en hebreo = lugar de los muertos; "Hades", en griego = morada de los muertos, palabra o término empleado por la traducción de los LXX para traducir del hebreo la palabra "Scheol". Aunque Cristo no estuvo en el infierno de los condenados por su esencia divina, su acción irradió en él confundiendo a los condenados por su incredulidad y su malicia.

Así, pues, en su descenso a los infiernos, Cristo por la virtud de su pasión, libró a los justos, los cuáles no podían entrar en la vida de la gloria eterna a causa del pecado de Adán. Si las almas de los justos del Antiguo Testamento llegaron a la gloria celestial, fue gracias a los méritos de la pasión y muerte de Cristo. El descenso de Cristo a los infiernos fue como una acto de iluminación a fin de mostrar a las almas de los justos su poder salvífico visitándolos y derramando sobre ellos su luz. Por eso el descenso de Cristo a los infiernos está en estrecha conexión universalidad de la redención.

El valor de esta afirmación aparece inmediatamente: la bajada a los infiernos nos garantiza que Cristo ha conocido verdaderamente la muerte. Si no hubiera existido ese periodo intermedio, y si la Resurrección hubiera sucedido en el acto, al último suspiro de Jesús, se habría podido dudar de la realidad de su muerte. La bajada a los infiernos demuestra que el final de su vida no ha sido una especie de paso fugaz con el que simplemente habría rozado la muerte humana, y eso fue el límite extremo de su humillación.


9.16. La obra de Cristo en su descenso a los infiernos
"Predicación" y liberación: ¿Cuáles son los "espíritus encarcelados" hacia los cuales Cristo se dirigió para predicarles?

Hasta ahora hemos supuesto que eran difuntos. Los espíritu encarcelados son, pues, las almas de los difuntos que en la tradición judía eran consideradas como el ejemplo de la incredulidad más obstinada, aquellas que habían resistido a la predicación de Noé antes del diluvio. Se encuentran en prisión, esto es, no solamente en la residencia de los muertos, sino también en las cadenas de su pecado de insubordinación, en una verdadera cautividad.
La prisión implica, en efecto, que no se encuentran simplemente en una situación de espera sino de una cierta punición. Su destino se describe y contrasta con el de las ocho personas que se salvaron del agua entre los contemporáneos del diluvio. Así pues, los "espíritus encarcelados" son las almas que, en el momento en que Cristo se dirige hacia ellos, parecen estar todavía bajo dominio de su culpabilidad.

Ahora bien, ¿la conversión no es algo imposible a unas almas que se encuentran en el más allá? ¿Hay que limitarse, pues, a la interpretación según la cual Cristo descendió a los infiernos para llevar a los justos la buena nueva de la salvación y liberarlos? A primera vista, esta interpretación parece expresar toda la fuerza del texto, pues éste habla de "predicación". Esa predicación no va dirigida a los justos, sino a culpables, a incrédulos obstinados. A pesar de todo, el  texto, tal y como se nos presenta, nos sugiere la idea de una conversión.

Conclusión: Para precisar el significado de la bajada de Cristo a los infiernos, hay que despojarla de la imagen con que se la representa: esta bajada significa que Cristo ha pasado verdaderamente por el estado de la muerte, estado de abajamiento en que el alma es separada del cuerpo. Sin embargo, según la primera epístola de Pedro, ese estado coincide con una vivificación espiritual: el alma de Cristo ha sido inmediatamente glorificada, y para la humanidad entera, esa glorificación, que se produjo en el instante de la muerte, es el acontecimiento capital, que comporta la concesión de la gloria celestial a todas las almas de los justos.

Para terminar, observemos que se puede plasmar el sentido de la bajada a los infiernos en el marco litúrgico, como un paso de la Pascua judía (Antigua Alianza)  a la fiesta cristiana de la Pascua de Cristo, (Nueva Alianza).  Cristo murió en el momento en que iba a comenzar la Pascua judía. Pascua que coincidía con el día sábado.

La Pascua era la fiesta de la liberación del pueblo judío, evocación de la gran liberación del pasado y promesa de la liberación futura; el sábado era símbolo de descanso final, el de la era mesiánica. En ese momento de la Pascua y del sábado, Cristo a proporcionado la liberación y el descanso mesiánico a todas las almas de la antigua economía.

De este modo Cristo dio cumplimiento, para ellas, a todas las promesas vinculadas a la Pascua y al día sábado. Una vez que terminaron esa Pascua y ese sábado, Cristo estableció, en virtud de su Resurrección corporal, una nueva Pascua y un nuevo Sábado para aquellos que viven en la tierra: fiesta de Pascua, domingo (día del Señor =Dominus), símbolo de la nueva era, de la liberación ya consumada y del descanso mesiánico, ya asegurado. Ahí se evidencia la última conexión entre la glorificación que sigue inmediatamente a la muerte, en una bajada a los infiernos que al mismo tiempo es una entrada en el cielo, y la glorificación corporal de Cristo.



Continuará.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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