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Homilía del 5º Domingo del T.O. (C), 10 de Febrero del 2013

Alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Is 6,1-8; S 137; 1Cor 15,1-11; Lc 5,1-11





La primera lectura narra la vocación de Isaías hacia mediados del siglo VII a.C. El profeta no se adelanta a ofrecerse a Dios. El profeta es elegido por Dios y es Dios quien le escoge, le da la misión y le proporciona las fuerzas para cumplirla. Dios entra en su espíritu y lo transforma. El profeta experimenta la suciedad de su purificación mientras es purificado de sus pecados por Dios. Sólo entonces estará preparado para la misión y podrá decir obediente: “Aquí estoy, mándame”.  
El texto de la segunda lectura es muy importante e interesante. Da el resumen de la predicación de Pablo: que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día, como estaba predicho, y se apareció a diversos testigos. Es lo mismo que predican los demás apóstoles y son los elementos fundamentales de la fe. Sin creer en ellos nadie se salva.
De ese conjunto de verdades, que Pablo llama “el Evangelio”, dice que se las “transmitió, tal como lo había recibido”. Es una afirmación que declara lo que es la “Tradición” y afirma su función y valor en la Iglesia. Pablo justifica la verdad, la autoridad, necesidad y valor salvador de esa doctrina en que es la doctrina que les había transmitido “tal como la había recibido”. Pablo la había recibido de los apóstoles y primeros creyentes, no la había inventado él; y lo que había recibido se lo había transmitido a ellos sin cambiarlo. Esta transmisión del Evangelio por una generación de creyentes a la generación siguiente, que la recibe para transmitirla a su vez a la otra generación siguiente es lo que se llama en la doctrina cristiana la “Tradición”. Tiene algún parecido con lo que en las ciencias de la cultura llaman tradiciones, pero en el fondo son algo muy diferente. Las tradiciones culturales pueden perder o adquirir elementos en el proceso de transmisión. Pero Cristo no mandó escribir ni transmitir su mensaje por escrito; simplemente les mandó divulgarlo como Él lo había hecho y darlo a conocer a todos los hombres hasta el fin del mundo y de los tiempos, lo acompañó con el poder garante de los milagros y les garantizó con su asistencia el éxito: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” –como ven está invocando su poder divino–. “Vayan, pues, y enseñen a todas las gentes” –no pide que escriban libros, careciendo de medios económicos y técnicos suficientes y de capacidad intelectual para hacerlo– “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y sepan que yo estoy todos los días con ustedes hasta el fin del mundo”. Cuando estas palabras aparecen en la Biblia en boca de Dios, se trata de la garantía total que Dios da a un enviado suyo para realizar perfectamente una misión muy difícil para un hombre (v. Ge 26,24; Ex 3,17; Is 41,10-16; Hch 18,9s). Dichas a sus discípulos poco antes de abandonarlos corporalmente de modo definitivo, les garantiza que les acompañará y lo realizarán bien. Pero no sería así si pudieran equivocarse, cuando enseñaran y obligaran a creer lo que no es verdad, por eso la Iglesia debe ser infalible, debe no poder errar, cuando transmite de una generación a otra la doctrina de Cristo. Dicho en otras palabras: la Tradición de la Iglesia es infalible cuando transmite verdades de fe.
Esta Tradición nace ya con los apóstoles. En el texto leído se ve esto en el caso de la fe en la resurrección de Jesús. Pablo lo sabe por Cefas, es decir Pedro, por los doce, por muchos de los quinientos que todavía viven en ese tiempo (hacia el año 56, cuando escribe la carta), por Santiago y por él mismo. A Pablo se aparece Jesús después de la Ascensión a las puertas de Damasco. No hay que pensar que no pueda hacerlo en otras ocasiones. Ese encuentro se produce en el corazón de cada uno. A Pablo lo transformó de perseguidor a apóstol. No fue él, sino “la gracia de Dios con él”. Esa misma gracia no es tan rara ni excepcional; podemos nosotros obtenerla con la oración y siendo fieles a la gracia.
En el evangelio vemos a Jesús proponiendo su mensaje a grandes muchedumbres. Fue sin duda en su vida la actividad a la que dedicó más tiempo. Porque todo empieza por la fe. “¿Cómo van a creer si no han oído? Y ¿cómo oirán si no se les predica?” (Ro 10,14). Predicar la palabra de Dios es la primera misión que tiene la Iglesia. Al ver aquella pesca que habían hecho obedeciendo a Jesús, cayó Pedro de rodillas; porque sentía a Dios muy cerca y la presencia de Dios abruma por nuestro pecado y por su misericordia. Estamos en el Año de la fe. La fe es siempre la condición exigida por Cristo para que la fuerza de Dios cure a los enfermos; pero como dice San Pablo: “la fe viene de la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo” (Ro 10,17).
Un día “los apóstoles dijeron a Jesús: Auméntanos la fe” (Lc 17,5). Se aumenta la fe cuando se practica, sobre todo si hay que hacer un esfuerzo. Se aumenta la fe con la oración, se aumenta la fe con el estudio y la lectura de la Palabra de Dios, se aumenta la fe cuando se pone en práctica y más si exige sacrificio, se aumenta con la caridad, con el perdón, con el esfuerzo de corregir vicios y defectos, viviendo con la mirada puesta en Cristo humilde de modo que le sigamos más de cerca. Se aumenta cuando se vive con entusiasmo y se comunica con sencillez a los demás, primero en la familia, luego más allá.
 El ejemplo de María, que guardaba en su corazón lo que veía y oía de Jesús y trataba de  practicarlo, es el camino (v. Lc 2,51).


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