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Comentando el Mensaje del Papa por Cuaresma - 1º Parte

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.



Creer en la caridad suscita caridad. «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

La verdad primera de que Dios existe no es abstracta. Es la constatación de que es mi Padre y que me ama. Ha ligado su existencia a mi salvación. Por eso creó todo “bueno” para el hombre, para su salvación, que es hacerle partícipe de su propia vida, y por eso envió a su Hijo para poder estrecharse con los hombres en un infinito y eterno abrazo de amor. No se cree en serio en Dios si no se le ama.

1. La fe como respuesta al amor de Dios
En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal, que incluye todas nuestras facultades, a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor.

Benedicto XVI repite con frecuencia que en el orden de la fe todo comienza con un encuentro personal con Cristo. Lo confirman la historia de las conversiones de adultos cuyo proceso psicológico conocemos, como las de Pablo, Agustín o André Frossard. Razones teológicas también lo prueban. Porque el acto de fe debe ser un acto libre de aceptación de Dios que “me ama”. Este acto no se puede poner sino bajo la acción la acción de la “gracia”. La gracia, que es Dios viniendo al encuentro del hombre, tiene siempre la iniciativa en todo encuentro con Dios. Esa llamada de Dios puede ser más o menos fuerte y más o menos rica en elementos intelectuales y psicológicos, pero normalmente contiene siempre la experiencia de una persona que llama, que está ahí y no puedo dudar de ello, que es buena y me ama con grandísimo amor, que perdona y limpia si se es pecador, que es plenamente confiable y no me pide simplemente más sino que le ame. Por eso “creer en Dios” es mucho más que un acto puramente intelectual de admitir como verdadera una proposición abstracta. En el acto de fe el creyente “cree en el amor” tras la experiencia de ser amado personal e incondicionalmente.
     
Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14), Está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

Esta fe transforma nuestro ser y produce el amor a Dios y hacia todo lo que Dios ama, que viene a ser ya nuestro. Como la luz, que no puede hacer otra cosa que iluminar; como el fuego, que no puede sino hacer que todo arda, el amor pide, exige que todo sea amar.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz –en el fondo la única– que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

Donde mejor y con más facilidad se ve todo esto es en Cristo crucificado. Ha sido, es y seguirá siendo la primera lámpara de fe: “Mirarán al que traspasaron”


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